jueves, 31 de marzo de 2011

Felipe Benítez Reyes: Cuatro blogs y un elogio


Felipe Benítez Reyes
Las respuestas retóricas
La isla de Siltolá, Sevilla, 2011


No hay que confundir el continente con el contenido. Internet ha cambiado el modo de difundir la literatura. ¿Ha cambiado la literatura? Un editor sevillano, Javier Sánchez Menéndez, tuvo la feliz idea de reunir en volumen una selección de los blogs literarios más significativos. El resultado por lo general no se diferencia demasiado de las recopilaciones de artículos o de los diarios personales.
En algunos casos, como el de Enrique García-Máiquez con De ida y vuelta no se diferencia nada, ya que lo que recopila son los artículos a los que remitían las entradas de su blog. La mayoría de los admiradores de Enrique García-Máiquez, un poeta a la vez ingenioso y hondo, un prosista tocado por el dedo de la gracia, no conocían esos artículos, publicados en revistas de combativo conservadurismo religioso. Y no creo que mejoren mucho su opinión al conocerlos. García-Máiquez se muestra en ellos como un brillante sofista que defiende sus creencias con desprecio de la verdad. “Los indígenas americanos hicieron un negocio redondo con el descubrimiento y la colonización”, afirma. Y continúa: “Cambiar sus religiones, a menudo sangrientas, por la católica fue un chollo” (inquisición y autos de fe son sin duda inventos de la leyenda negra). Para colmo, la oferta “incluía un dos por uno, y los indígenas se llevaron de regalo el idioma español”. Tampoco “cambiando pepitas de oro por espejitos hicieron el indio”, porque –se pregunta poéticamente— “¿qué es el amarillo brillo del oro sino un sonoro ripio comparado con los infinitos colores que caben en el cristal limpio de un espejo?”. La poesía puesta al servicio de la sinrazón. ¡Tantas tiendas que compran el oro a buen precio y aún no se han enterado que podrían cambiarlo por espejitos! Como aplicado discípulo de Juan Manuel de Prada, aunque él cree serlo de Chesterton, García-Máiquez se inventa un “progre” de caricatura para poder refutarle y burlarse a gusto. No, amigo García-Máiquez, un “progre” no se entristece en una boda y se alegra en un divorcio: se alegra de que, cuando un matrimonio no funciona, exista la posibilidad de divorciarse.
José Manuel Benítez Ariza subtitula Pintura rápida, la selección de su blog, “Diario de un otoño”, y efectivamente se trata de breves apuntes que hablan de cotidianidad y lecturas, de sus clases, de sus intervenciones en algún concurso literario, de su gata, de algún viaje, del tiempo que hace. Benítez Ariza, un escritor “muy apegado a la autobiografía”, antes de abrir su blog nunca había llevado un diario. En el prólogo explica las razones: “Mantener un diario al uso me ha parecido siempre, literariamente hablando, una tarea fútil, porque, o bien este era verdaderamente íntimo, y por tanto quedaba excluida toda posibilidad de que el autor se beneficiara del diálogo implícito que a través de sus obras establece con el público, o bien, si su publicación estaba programada como una obra más, eso parecía ir en detrimento –y reconozco que mi actitud al respecto es algo ingenua— de la autenticidad del propio diario, de su carácter confidencial, de su verdad”. No sé si esta actitud es ingenua, sé que es muy simplista. Un diario, incluso concebido para no publicarse en vida, puede establecer un “diálogo implícito” con sus futuros lectores póstumos; y un diario publicado por su autor no tiene forzosamente que haberse programado, mientras se escribía, como una obra más: puede tratarse de un viejo diario de juventud, perdido y reencontrado. ¿Y por qué ha de ser menos auténtico, menos confidencial, menos verdadero un diario que luego se publica? La mayor parte de los libros, y especialmente los literarios al margen de las grandes editoriales, tienen un publico tan reducido que admiten mejor las confidencias que las grandes proclamas destinadas a cambiar el mundo.
Fernando Valls es profesor, especializado en narrativa contemporánea, especialmente en el microrrelato. Justifica su blog, antologado en Verde veronés, “por la carencia de espacios para la reflexión en libertad, y por la casi decepción que produce la mayoría de los hasta ahora existentes, sobre todo los más visibles, los suplementos culturales de los periódicos y las revistas literarias”. No estoy yo muy seguro de que la “reflexión en libertad” de Fernando Valls –sus elogios de Eduardo Mendoza o de Almudena Grandes, por ejemplo— encontrara muchas dificultades en los suplementos y revistas que encuentra “casi decepcionantes”. Su tono es siempre profesoral, algo convencional y sin demasiado sentido del humor; solo alguna vez se permite perder los papeles y dar rienda suelta a su mal humor, como cuando arremete contra Carlos Ruiz Zafón, reducido a sus iniciales.
Las respuestas retóricas, de Felipe Benítez Reyes, comienza con un ditirámbico prólogo de su buen amigo Carlos Marzal. Lo leemos con el escepticismo habitual en estos casos, pero bastan unas pocas páginas para que nos demos cuenta de que no hay en esas páginas ninguna exageración. Benítez Reyes convierte en mayor cualquier género menor. Su blog reúne artículos, escritos circunstanciales, alguna traducción que se quedó traspapelada. Un cajón de sastre, ciertamente. Pero sus artículos no están escritos a vuela pluma, no se limitan a dar una opinión sobre cualquier asunto de actualidad (¿quién no tiene una opinión sobre la crisis, el terrorismo, las autonomías?, ¿y a quién le importan esas opiniones, por lo general tan poco informadas como mal razonadas?); son piezas literarias escritas con la precisión de un poema. Un ejemplo, al azar, “Mercados”, enumeración de mercados cercanos y lejanos, descritos todos ellos con sorprendente e imaginativa precisión: “El mercado de Cádiz es algo así como la despensa del dios Neptuno; los pescaderos espolvorean continuamente con hielo picado su mercaduría, y los peces parecen amortajados en montones de diamantes, y sus ojos de pánico se deforman con los prismas del hielo picado, y todo parece una visión calidoscópica de ojos muertos: mires a donde mires, ves ojos muertos que te miran”.
Al publicarse en libro, los blogs de escritores pierden lo único que les caracterizaba: el comentario de los lectores, la posibilidad de aclarar y puntualizar de inmediato aquello que se ha escrito. Se convierten en libros misceláneos, en libros como los demás. Algo irritantes cuando tratan de hacernos tragar amargas pócimas sectarias con el azúcar del ingenio, como hace García-Máiquez; una caja deslumbrante de sorpresas, un continuo ejercicio de poesía y verdad, en el caso de Benítez Reyes, el escritor con más talento de su generación, según afirma Carlos Marzal en el prólogo. Uno de los escritores con más talento de cualquier generación, como afirmo yo, que le leo con nunca defraudado asombro desde que, allá por 1979, publicó su primer cuaderno de versos, Estancia en la heredad.

jueves, 24 de marzo de 2011

Eloy Sánchez Rosillo: El milagro de cada día


Eloy Sánchez Rosillo
Sueño del origen
Tusquets, Barcelona, 2011



Hay una engañosa naturalidad en la poesía de Eloy Sánchez Rosillo, un poeta que, tras ciertos retoricismos y culturalismo iniciales, parece hablar solo de pequeñas anécdotas cotidianas en el lenguaje de todos los días.
Unas golondrinas vuelan en el aire de septiembre, un paseo por la playa le trae el recuerdo de otros paseos infantiles, la luna se alza en el cielo nocturno, llueve sobre los naranjos de las huertas cercanas al río… No necesita más para escribir algunos de los mejores poemas del libro.
Pero junto a esa poesía casi zen, que parece hecha de nada, se encuentran otros textos más retoricistas con algo del voluntarioso optimismo de los libros de autoayuda. Es el caso de “Un pacto con la vida”: “El bien que está en tu mano, / que está en la mía y en la de cualquiera / y que tan solo necesita y busca / que haya en el corazón consentimiento / para llegar hasta la luz del día, / sabe cerrar heridas, cura daños / no ya a quien con asombro lo recibe, / sino a la propia carne lacerada / y al retraído espíritu / (que ahora por fin se expande) / del que con decisión quiere que sea”.
El poema “Luz entrevista” nos remite a una inefable experiencia mística. Tras referirse a su “servidumbre al tiempo fragmentado”, al tiempo indetenible que se precipita “en la fatalidad de la mar última”, escribe: “Pero ocurrió una vez que, de repente, / sin preguntarme, supe por amor, / y todo desde entonces me acompaña / y es simultáneo todo. / No hay transcurso”.
Hay transcurso, sin embargo y afortunadamente, en los poemas de este libro, que hablan del sucederse de las estaciones, de la añoranza de marzo en los días de invierno, de la llegada a los umbrales de la vejez. Eloy Sánchez Rosillo acierta cuando mira, siente, sueña; no cuando reflexiona, moraliza o nos refiere con minucia inefables experiencias más o menos exotéricas. Nos admira el poeta, nos deja indiferentes la prosaica exposición de su sabiduría vital.
El poema “En silencio” ejemplifica muy claramente una de las caídas del libro. “Los hechos más terribles y el mayor desamparo / ocurren en silencio”, afirma al comienzo. Enumera luego alguno de esos “hechos más terribles” y termina: “En estos y otros casos puede haber / gritos desgarradores que nieguen el silencio / en aquellos que sufren”. O sea, que no siempre ocurren en silencio. Pero añade: “mas son gritos inútiles que al silencio equivalen, / porque nadie los oye”. Nadie los oye, salvo que alguien los oiga, añado yo. Con lo cual todo queda en nada: los hechos más terribles y el mayor desamparo ocurren en silencio unas veces y otras no. El poema se queda así en nada, en un vacuo ejercicio retórico. Es lo que ocurre con la mayoría de los poemas sobre el propio hecho de escribir un poema (“Haciendo el equipaje”, por ejemplo), a los que tan aficionado resulta desde sus primeros libros.
Hay bastante ganga en los nutridos títulos últimos de Eloy Sánchez Rosillo, como la hay en toda su poesía, pero a algunos lectores no nos importa demasiado: ese cansino, prosaico, razonador decir parece la condición necesaria para el salto, el trampolín que le permite elevarse a un lugar a donde solo él llega.
Ya he aludido al primer poema del libro, “Golondrinas en septiembre”, que viene tras dos esforzados tanteos iniciales, que no acabamos de creernos (¿Qué es eso de que, si la dejas “crecer, hacerse adulta”, la mañana vendrá más tarde para hacer “que respires sosegado, / limpio ya de tus propias asechanzas, / ajeno a todo mal”). En “Golondrinas en septiembre” no encontramos filosofías, sino “una mañana de oro limpio y bien pulido, / de oro fresco que cae / incesante del cielo”, una mañana llena de golondrinas que “en el jardín da vueltas y más vueltas / y hacen de su trabajo una alegría / que me gana los ojos / y me ata a la vida”.
En “Sucede que allí” los pequeños detalles exactos hace que la visión, el salto atrás en el tiempo, nos parezca más real que el paseo actual que la enmarca. La primera parte del poema cuenta o resume lo que se hará verdad para el lector unos versos después. Ejemplifica bien este poema cómo, lo que consideramos, cansinos prosaísmos de la poesía de Sánchez Rosillo no son sino el punto de apoyo necesario para que su poesía, tan nítidamente suya, tan inimitable como abundantemente imitada, haga su aparición.
“Nocturno con luna” se titula uno de los poemas del libro y podría titularse una antología de la poesía de Rosillo. Un tema que parecía ya solo propio de trasnochados neorromanticismos o de artificiosas chinerías alcanza en él una verdad y una intensidad que solo encuentra par en Leopardi.
No me resisto a la tentación de copiar entero “Huertos junto al río”. Apenas una acuarela, el contraste del gris de la mañana con el oro de los naranjos, pero también algo más, mucho más, tal el machadiano “Las ascuas de un crepúsculo morado”, sin necesidad de hacer explícita ninguna reflexión sobre la madurez y la muerte que asoma en el horizonte como cumplimiento, no como amenaza: “Qué bendición, la lluvia en los naranjos, / a mitad de diciembre. / Dentro de algunos días recogerán los frutos, / ya en sazón bien cumplida. Pero ahora / brillan todos intensos, encendidos, unánimes / en la mañana gris, mientras se escucha / este apenas ruido, / este rumor tan delicado y manso / de la lluvia cayendo sobre las hojas verdes”.
Un poema, cuando lo es de verdad, es algo más que un poema: es una experiencia que nos cambia la vida, que nos hace mirar el mundo de otra manera. Raro será el lector que no encuentre en Sueño del origen alguno de esos poemas, que no son los mismos para todos: cada uno debe encontrar los suyos.

jueves, 17 de marzo de 2011

La Legión de Cristo: Una historia singular


Jesús Rodríguez
La confesión. Las extrañas andanzas de Marcial Maciel
y otros misterios de la Legión de Cristo
Debate, Barcelona, 2001



No tengo ninguna duda de que Dios, si existe, es un gran humorista. Con un sentido del humor muy negro y muy peculiar y particularmente justiciero. Solo a él se le puede ocurrir una historia tan disparatada y esperpéntica, capaz de poner en solfa a papas y cardenales, como la que cuenta Jesús Rodríguez en La confesión.
Los Legionarios de Cristo fueron fundados en los años cuarenta del pasado siglo por un joven sacerdote mexicano, Marcial Maciel Degollado, que se había formado en el duro ambiente de la guerra de los cristeros, la particular guerra carlista que vivió aquel país tras el triunfo de la revolución y el laicismo anticlerical de los gobiernos subsiguientes. El catolicismo volvió entonces casi a las catacumbas y muchos creyentes, sobre todo en las zonas rurales, decidieron tomar las armas para defender su fe.
En 1946, Marcial Maciel llegó a España en compañía de un puñado de niños y adolescentes que le habían confiado sus padres para que los convirtiera en sacerdotes. En la España de Franco, con su espíritu de cruzada, encontró el ambiente adecuado para desarrollar su organización. Pronto tuvo muy claro que para poder influir en la sociedad había que apuntar a lo más alto, seducir a los líderes. Y él comenzó seduciendo a señoras beatas de la alta sociedad. Era alto, rubio, guapo, tenía ideas muy claras sobre cómo conseguir la salvación. Primero seducía (espiritualmente hablando) a las madres, luego a los hijos: su propósito era conseguir dinero, cuanto más mejor, y vocaciones, también cuantas más mejor. Su mayor éxito en España lo constituyó la familia Oriol, una de las más destacadas en la oligarquía franquista: cinco hijos de Íñigo Oriol y Urquijo (hermano del ministro de Franco que sería secuestrado por los GRAPO cuando era presidente del Consejo de Estado) se hicieron legionarios. Y los donativos de la familia –en fincas y en metálico— se cuentan por millones de euros.
La llegada de Juan Pablo II al Vaticano supuso la época de oro de los Legionarios de Cristo. Desde el primer momento, el nuevo papa vio en Marcial Maciel un alma gemela: como él no era un teólogo ni un intelectual (aunque la formación de Carol Woytila resultaba infinitamente superior a la de Maciel), sino un hombre de acción. Ambos venían de países con un catolicismo a la defensiva: el México postrevolucionario, la Polonia comunista. Se entendieron a la perfección desde el encuentro inicial, que tuvo lugar en 1979, cuando Maciel se encargó de organizar el primer viaje triunfal del papa al extranjero, con destino precisamente a México. Ambos habían nacido en 1920 y se querían y se entendían como hermanos. El dinero que había que inyectarle a Solidaridad para se mantuviera firme en su lucha contra el gobierno comunista vino de muy diversas procedencias, pero una de las principales eran las arcas de los Legionarios, que Maciel manejaba a su antojo, sin tener que dar cuentas ni al fisco ni a nadie.
Los Legionarios de Cristo representaban a la verdadera iglesia, a la que no se había dejado contaminar por las ideas del concilio. Al contrario que los jesuitas y otras órdenes tradicionales no habían querido ponerse al día ni demagógicamente al lado de los pobres. Sus curas seguían vistiendo sotana, pero de la más elegante manera, como si estuviera diseñada por Armani, y se distinguían por ser bien parecidos, deportistas, exigentes consigo mismos y con los demás. Eran castos y puros, rechazaban la homosexualidad como el peor de los pecados, hacían voto de pobreza. Representaban la pureza del dogma en una época que se hundía en el lodazal del marxismo y el relativismo.
Los seminarios tradicionales se vaciaban, pero sus centros de formación estaban llenos de aspirantes al sacerdocio. Cuando había que recibir al papa, allí estaban los legionarios, más entusiastas que nadie, dispuestos a llenar inmensas plazas de entusiastas seguidores. Marcial Maciel ya tenía preparado en Roma un suntuoso sepulcro (costó un millón de euros) donde se venerarían sus restos cuando él fuera (como lo fue su gran rival en estos menesteres, Josemaría Escrivá de Balaguer) santo.
Y en esto ocurrido lo inesperado, ese golpe de guión que solo se le podía ocurrir a un gran humorista despreocupado de la verosimilitud. Resulta que son cada vez más las personas que han visto al fundador vestido de paisano y en compañía femenina asistiendo a la ópera en París, subiendo al Concorde con destino a Nueva York o saliendo del madrileño hotel Ritz. De vez en cuando se encuentra con algún legionario, pero no se inmuta: sonriente se limita a decir que hay que ser amable con las ricas patrocinadoras.
En los años cincuenta, ya se le había investigado por acusaciones de pederastia. Se las arregló para salir absuelto. Ahora arrecian las denuncias –está de moda el tema— de antiguos legionarios. Se despachan como calumnias de los eternos enemigos.
Las evidencias se van acumulando. Pero nadie se inquieta en la Legión: todo está bajo control. Los legionarios no leen más prensa que la que sus superiores les permiten, no pueden conectarse a Internet, tener teléfono móvil, enviar ni recibir cartas que no sean censuradas. Y en el vaticano, del Papa abajo ninguno con algún poder está libre de haber recibido sustanciosas sumas de dinero –en sobres cerrados— “para obras de caridad” (y ya se sabe que la caridad bien entendida empieza consigo mismo).
Pero llega al papado Joseph Ratzinger, un intelectual astuto, que no quiere que toda esa suciedad le estalle en la cara y que con habilidad infinita logra poner a la Legión de Cristo contra las cuerdas.
Marcial Maciel, además de abusar sexualmente de niños y adolescentes durante décadas (y luego, a los más escrupulosos, él mismo les confesaba para perdonarles el pecado que con él había cometido), era drogadicto (en más de una ocasión mandó a sus seminaristas a buscarle la droga), tenía diversas identidades (con sus correspondientes pasaportes: agente petrolero, ex agente de la CIA), manejaba cantidades fabulosas de dinero en efectivo. Y no se casó una vez, sino varias, y alguno de sus hijos le acusó de abuso sexual…
“No sabíamos nada, nos engañó a todos”, dicen los que compartieron con él durante décadas las riendas de la Legión. Y luego añaden: “Puede que él fuera un pecador, pero su obra es santa, es la obra de Dios, Marcial Maciel solo fue un instrumento de Dios”.
Esta historia increíble la cuenta Jesús Rodríguez de la más ponderada manera, sin incurrir en el libelo. Entrevista a unos y otros, a amigos y enemigos, consulta documentos, permite a todos, partidarios y detractores, dar su opinión.
Y aunque es verdad todo lo que se nos cuenta no acabamos de creérnoslo. Porque la secta que fundó Marcial Maciel –y que encandiló, y encandila, a banqueros, ministros, rectores, buena parte de la más rutilante derecha española— da más miedo que la propia historia de su fundador. Si Marcial no hubiera delirado en los últimos años (y se hubiera limitado a los pecados que él mismo absolvía en el confesionario), hoy sería un santo más y Ratzinger no habría tenido ocasión de entrar en esa Santa Mafia para tratar de poner un poco de orden y salvar, al menos, las apariencias.

jueves, 10 de marzo de 2011

Luis García Montero: Enseñanzas de la edad


Luis García Montero
Un invierno propio
Visor, Madrid, 2011



Un lugar propio tiene Luis García Montero, desde hace años, en la poesía española. Se dan en él cualidades que rara vez van juntas. El creador camina de la mano del teórico y el teórico sabe descender de las ideas generales para intervenir muy activamente en el polémico día a día de la actividad literaria. A ello se une la explícita militancia política en una izquierda vagamente utópica, que ha contribuido no poco a convertirlo en algo más que en un poeta, en un personaje público. Tampoco conviene olvidar –a otro nivel— una notable capacidad para entender los mecanismos promocionales –premios, homenajes a los maestros, colecciones, revistas subvencionadas— y para utilizarlos con una cierta vocación amical y clientelar.
Los poemas de Un invierno propio vuelven a tratar los temas que le han preocupado siempre –el amor, la amistad, el compromiso—, pero desde una perspectiva distinta marcada por la sensación de que el invierno de la vejez está cada vez más próximo.
Como han subrayado, y caricaturizado hasta la saciedad, sus detractores, García Montero gusta del lenguaje de la conversación y de los escenarios urbanos. Estos poemas nos hablan del paso por el control de seguridad en un aeropuerto (“En la bandeja pongo / el reloj, la cartera, el teléfono móvil / y el cinturón”), de noches y de alcohol (“Y recuerdo también la hospitalaria / sonrisa de los bares, / después de que las luces de sus puertas / no hayan defraudado”), de los mensajes telefónicos que nos llegan una noche de fin de año (“Que se acabe la crisis, / república, salud y el amor de los tuyos, / mañana no será lo que Dios quiera, / este año es el nuestro y es valiente, / atreverse a nacer con la que está cayendo, / hoy me acuerdo de ti”), de viajes en metro (“Educada la mira, se aparta y le murmura / siéntese usted, señora, / yo me bajo en la próxima estación”).
Pero la poesía de García Montero no se reduce, ni de lejos, a costumbrismo contemporáneo y bien intencionado sermón. Desde el primer poema juega con el lenguaje, nos enseña sus cartas. Los versos iniciales parodian las frases simples de quien comienza a aprender un idioma: “Mi nombre es Luis, / soy español, / vivo en Madrid, / en el número uno, calle Larra, / me dice usted la hora por favor, / ¿dónde ha nacido usted / y cuántos años tiene?, / buenos días, amigo, / buenos días, mi amor, te quiero mucho”. En la segunda parte del poema, como en el teatro del absurdo, esas frases se entremezclan y se convierten en otra cosa. Aparecen entonces “los predicados de altas temperaturas”, “los verbos de nieve”, “los sujetos derretidos”. García Montero parte del lenguaje de todos los días, pero gusta de subvertirlo, de llenarlo de niebla, de magia y de sorpresas.
El poema final nos habla de los inevitables cambios de chaqueta, de las etapas de la vida que vamos dejando atrás, de la madurez que no se consigue sin pisotear algunas ilusiones juveniles. Y lo hace, menos con consideraciones generales que con ejemplos muy concretos: abandonamos una casa, una discusión, una fiesta y nos acompañan las dudas y los remordimientos (“Cuando cierro la puerta de mi casa / suelen los escalones llenárseme de dudas”, “Es como cuando salgo de alguna discusión / y el ascensor se cubre de verdades no dichas”, “Es como cuando salgo de una fiesta / y me asalta el temor / de que alguien se haya molestado”). El final, variante de la moraleja dieciochesca, le sirve luego de título: “Tal vez nos vamos de nosotros mismos. / Pero queda una luz, un grifo abierto, / la sombra de una puerta mal cerrada”.
El gusto por los largos títulos aforísticos hace que el índice de Un invierno propio admita una lectura independiente: “La poesía solo existe como una forma de orgullo”, “La verdad no es un punto de partida”, “El porvenir es una negociación con el pasado”, “El dogmatismo es la prisa de las ideas”.
Disuena del conjunto algún poema, como el titulado “El amor es un ejercicio literario (que le da sentido a la vida y a la literatura)”, homenaje a Bécquer no menos banalmente trascendente que la segunda parte de su título. “La tristeza del mar cabe en un vaso de agua”, otro ejercicio que no desdeña los tópicos de ciertos cantautores más o menos latinoamericanos, se salva en cambio por el acierto con que convierte la enumeración descriptiva de “los hombres tristes” en un sorpresivo autorretrato. Otra enumeración muy distinta, pero otro acierto, encontramos en “Dar vueltas en la cama es perderse en el mundo”, un viaje alrededor de la memoria mientras llega el sueño: “Ese primer paseo en alguna ciudad / que tiembla todavía en manos del viajero. / La luz del aire limpio después de haber querido / un pacto sin demonios / con la serenidad de los recuerdos”. Siguen puestas de sol, desnudos, conversaciones y “aquel rincón sin prisas en el río Genil / con un atardecer a precios populares / que llenó mi reloj de otoños y alamedas. / El agua lujuriosa de la ropa empapada…” (notemos, es frecuente en el libro, el tino sorpresivo de la adjetivación).
Luis García Montero sabe darle la vuelta al habla de todos los días, convertir la prosa de la cotidianidad en otra cosa. (Cierto que a veces se pierde en vaguedades, en poéticos sinsentidos, en algún blando ternurismo. Pero toda manera de entender la poesía tiene sus riesgos.) Nunca ha renunciado a denunciar lúcidamente las inclemencias del mundo contemporáneo, pero eso no le ha impedido reconocer que puede haber un momentáneo paraíso a la vuelta de cualquier esquina: “Esta luna pacífica, / este rumor discreto de ciudades nocturnas, / una mesa sin horas / y unos cuantos amigos verdaderos”.

jueves, 3 de marzo de 2011

Pietro Citati: Momentos estelares

Pietro Citati
La luz de la noche
Los grandes mitos en la historia del mundo
Acantilado, Barcelona, 2011



A propósito de Chuang-tzu, quizá la obra más sugestiva de la literatura taoísta, escribe Pietro Citati: “Un libro único y maravilloso; libro para leer y releer, hojear y volver a hojear; libro para tener junto a la cama o en la mesa de trabajo durante meses enteros; nos bastará una imagen para inventar mundos, una sentencia o un cuentecillo para reflexionar durante años, una página para cambiar completamente nuestra vida…”
No resultaría excesivamente exagerado aplicar esas mismas palabras a La luz de la noche, un fascinante compendio de mitos, evocaciones, reflexiones, un lúcido paseo por la historia del mundo vista con una luz distinta.
Algo nos recuerda Piedro Citati (Florencia, 1930) a Stefan Zweig. Como él, es autor de grandes biografías –Goethe, Leopardi, Tolstói, Kafka—; como él, escribe con calidad de página, con vocación de estilo: cuida el dato, no fantasea, no noveliza, pero no se olvida nunca de que está haciendo literatura.
La luz de la noche vendría a ser así el equivalente de uno de las obras más famosas de Zweig, sus Momentos estelares en la historia de la humanidad. Pero Citati atiende menos a los hechos históricos, que a los mitos que están detrás de ellos.
Comienza el libro aludiendo a los túmulos que los viajeros del siglo XVIII se encontraban con cierta frecuencia junto al camino en la estepa ucraniana: “Hacían entonces un alto de unos minutos o de unas horas. Alrededor se extendía una alfombra de flores: tulipanes silvestres, lirios amarillos y violetas, amapolas, ranúnculos, jacintos púrpura, sumergidos en una hierba blanca como de plumón, un mar de plata; al fondo, en el aire transparente y azul, pasaban, veloces, recortados contra el cielo, los ciervos, los lobos grises y azules, las águilas y las avutardas. Los viajeros no sabían que en aquellos túmulos yacían los cuerpos de los príncipes escitas, cuyas costumbres y empresas habían leído apasionadamente en Heródoto”.
Con la enigmática historia de los escitas comienza el viaje que este libro propone; al final, como no podía ser de otra manera, nos encontramos con “El fin del mundo”, con el mito del Apocalipsis visto desde una mente esquizofrénica. En medio hay lugar para muchas estancias luminosas. Las páginas dedicadas a Las mil y una noches, por ejemplo, o a El cuento de los cuentos, del napolitano Giambattista Basile, “una gran máquina para vencer a la Melancolía y borrarla de la faz de la tierra”. No menos memorables resultan los capítulos que se ocupan de las hadas: “Mientras caminamos por las colinas, nos paramos junto a una fuente, miramos las luces y las sombras del crepúsculo, nos balanceamos al borde del sueño, basta con fijar la mirada para que el tabique de aire y de gasa se disuelva y entremos en ese mundo que está al lado del nuestro, o para que la innumerables criaturas invisibles desciendan entre nosotros a revelarnos misterios, anunciarnos el futuro, contarnos historias, descubrirnos tesoros escondidos”.
Lleno de tesoros escondidos está este libro inagotable, que en su primera parte nos habla de Apolo y de Ulises, de Sócrates y Nerón, de Plutarco y del Apuleyo que en sus Metamorfosis o El asno de oro nos contó como nadie la historia de Amor y Psique, una de esas historias donde mejor resplandece la “luz de la noche” que da título al volumen.
De San Pablo a Dante nos lleva la segunda parte, que se ocupa de los ritos y los mitos cristianos. Junto a las páginas dedicadas al Dios carnal de San Agustín, destacan las que se ocupan de El canto de la perla, compuesto en el siglo I o en el siglo II después de Cristo, de autor desconocido, en el que se encuentran paralelismos “con los Apocalipsis judíos tardíos, los Evangelios y las Epístolas de San Pablo, con la tradición judeocristiana y la de la iglesia de Siria, con la gnosis pagana y cristiana, con la cultura zoroástrica, mandea y maniquea e incluso con las antiguas novelas griegas, inspiradas en el culto al sol”. Pietro Citati comienza a hablar de esa obra enigmática como quien nos cuenta un cuento: “Un príncipe muy joven vivía en un remoto reino de Oriente”.
A China se dedica la tercera parte, al mundo islámico la cuarta. En esta última –aparte de las páginas sobre Las mil y una noches, ya mencionadas-- destacan las dedicadas a literatura persa, más allá del admirado y adulterado Omar Jayyam; como él indica, una vez conocidas “las albas y las noches” de Nezami o “el espejo de los colores y los perfumes” de Rumi no dejarán ya de acompañarnos para siempre como las aguas claras de Petrarca, los albatros, faros e incensarios de Baudelaire, la nave naufragada y los pájaros de Hopkins”.
La quinta y última parte, “La muerte de los dioses”, comienza con el encuentro entre Moctezuma y Cortés y termina con Leopardi y su poema “El infinito”. Unas historias son bien conocidas del lector español –la conquista de México, la destrucción del imperio inca—, mientras que otras resultarán tan novedosas como la de Sabbatai Zevi, al que los judíos del siglo XVII consideraron el Mesías y que acabó convertido al Islam, pero todas ellas se leen con el mismo interés.
Pietro Citati sabe contar, seducir con la música de las palabra, y por eso nadie tan capaz como él para dejar constancia de las aventuras de la inteligencia y para dejarnos entrever esa otra luz que está más allá, y no más acá, de la luz de la razón.

jueves, 24 de febrero de 2011

La costumbre de no leer o Juan Ramón y sus editores


Juan Ramón Jiménez
Alerta
Visor, Madrid, 2010
Texto preparado por Javier Blasco
Prólogo de Armando Romero


Eduardo Aunós, un conocido político de la época de Primo de Rivera y del primer franquismo, fue famoso por su erudita grafomanía. En la colección Austral puede encontrar el curioso algunas de sus obras. Eugenio d’Ors, que tuvo que elogiarlo muchas veces en público, decía de él en privado que “si hubiera leído tantos libros como ha escrito, sería sin duda el hombre más culto del mundo”. En su monumental Biografía de Venecia (1948), dedicada precisamente a d’Ors (“que a ejemplo de los Dux venecianos se desposa con la sabiduría a la que ofrenda cotidianamente el anillo nupcial de sus glosas”), el anónimo colaborador le gastó la broma de confundir el puente de Rialto con el de los Suspiros: ni el autor ni ninguno de sus entusiastas comentaristas en la prensa de entonces se percató de ello.
Y es que hay libros que no se leen, no ya por el público al que parecen destinados, sino ni siquiera por sus autores, editores, prologuistas. Algún ejemplo de ello he señalado ya en la elegante edición que con motivo del trienio Zenobia-Juan Ramón Jiménez (2006-2008) publica Visor en colaboración con la Diputación de Huelva (y algunas otras instituciones públicas). Frente a la anterior edición en tomos sueltos de lo fundamental de la obra del poeta, aparecida en 1981 con motivo del centenario, esta ofrece la peculiaridad de dedicar un amplio espacio –siete tomos— a la prosa crítica, en buena parte desconocida y llena de sorpresas para la mayor parte de los lectores del poeta.
La última entrega aparecida se titula Alerta y está, según nos dice el prologuista, Armando Romero, basada “en sus proyectadas charlas radiofónicas a principio de la década del 40 en Washington”. No hay ninguna otra indicación sobre la procedencia de los textos. Una peculiaridad de la serie es carecer de notas a la edición: sus prólogos no tienen una intención erudita, están encargados por lo general a prestigiosos escritores que tratan de ofrecer (y a menudo lo consiguen) una lectura atractiva y actual de la poesía de Juan Ramón Jiménez. Pero cuando se trata de obras que el poeta dejó a medio hacer (más de la mitad de las suyas) esas anotaciones no son capricho académico, sino necesidad: el editor se ve forzado a intervenir, a ser de algún modo coautor, y debe dejar constancia de esa intervención.
Armando Romero, prologuista de Alerta, no ha leído, o no ha leído con la suficiente atención, el libro que prologa. En caso contrario, se habría dado cuenta de que los textos reunidos proceden no solo de intervenciones radiofónicas, sino también de sus clases. En uno de los capítulos dedicados a Miguel de Unamuno escribe: “La primera parte de la conversación es una lectura. Observo que ustedes toman más notas cuando leo que cuando hablo. Y la síntesis de Unamuno se limita mejor con la escritura que con la palabra. Lo que más me importa en estas clases es ser claro y conciso. Suplico al Dr. R. O. que me dé la hora”.
No ha leído el libro el prologuista, no lo ha leído tampoco quien figura en la portada como encargado de la preparación del texto, Javier Blasco, catedrático de Literatura y uno de los mayores expertos en la poesía de Juan Ramón y en el modernismo. El caso de Javier Blasco, que dirige la colección junto a Francisco Silvera, es aún más incomprensible. Los criterios generales de la edición (ya sabemos que los particulares de cada tomo no figuran en ninguna parte) han decidido publicarlos, no al comienzo, como sería lo lógico, sino en el último tomo de índices, un tomo que, cinco años después de comenzada la publicación, todavía no ha aparecido, ni se sabe cuándo aparecerá. Pero el lector curioso puede encontrarlos anticipadamente en el número monográfico que la revista Cuadernos Hispanoamericanos (julio-agosto 2007) dedicó al poeta con el título de “El hilo del laberinto: escritura y conciencia en inacabable metamorfosis”. Entre otras muy inteligentes reflexiones sobre los problemas editoriales que plantea la obra de Juan Ramón Jiménez, siempre en constante revisión, se nos dice que los fragmentos, los borradores de un texto, deben incluirse en apéndice y no en el cuerpo del libro que el moderno editor se ocupa de organizar.
Si Javier Blasco hubiera leído el libro cuyo texto teóricamente ha preparado habría colocado en apéndice, y no tras el primer prólogo, un segundo prólogo que no es más que una incompleta versión inicial (casi todos sus párrafos terminan de la misma manera: con un “etc.”).Y no es el único caso.
Aparte de estas desidias –debidas seguramente a que quienes aceptaron este encargo por parte de las instituciones públicas correspondientes delegaron en exceso en colaboradores desatentos—, Alerta es un libro espléndido, una buena muestra del Juan Ramón Jiménez que menos ha envejecido. Hay un largo capítulo, “El modernismo poético en España y en Hispanoamérica”, en el que autobiografía y crítica se mezclan de ejemplar manera. Las páginas que se dedican a Unamuno, un escritor que pudiera parecer en las antípodas suyas, siguen siendo inteligente y amorosamente iluminadoras, a pesar de tanto como se ha escrito sobre el rector salmantino.
Junto a la crítica hay también autocrítica. De su libro Arias tristes (que acaba de aparecer en esta misma colección excelentemente prologado por Aurora Luque) nos dice “que influyó, por desgracia, en América y en España, con su lamentable pesimismo necio”. Y al Diario de un poeta recién casado lo considera “la jactancia impertinente de un joven sorprendido que no quiere asustarse y sí asustar”.
Las páginas dedicadas a la poesía norteamericana quizá ayuden más a entender la poesía del propio Juan Ramón, un crítico que se esfuerza siempre por estar bien informado, pero que rehúye deliberadamente la aséptica imparcialidad. El radical rechazo de Eliot se refuerza con la caricatura, a medio camino entre el surrealismo y los dibujos animados, de su apariencia física: “Yo me represento a T. S. Eliot (por su obra y por las fotografías de su persona) como un ente monstruoso humano (esas orejas de elefante, esos ojos de óptica, ese mentón de cartón piedra), que tiene una y sola mano, grande como un anuncio de guante de mano, en vez de cabeza, y dos cabezas inadvertidas en vez de manos”.
Si a partir de los años veinte, cuando aumentó su capacidad creativa a la vez que su obsesión autocrítica, Juan Ramón Jiménez fue incapaz de ordenar adecuadamente su obra, quizá no debemos ser demasiado exigentes con los editores que, a su muerte, han intentado poner orden en el caos, farragoso a ratos y a menudo deslumbrante, de sus inéditos. Pero no estaría mal que algunos editores se exigieran un poco más a sí mismo o controlaran un poco mejor la utilización de su nombre.

jueves, 17 de febrero de 2011

Alain de Botton: Un himno a la inteligencia


Alain de Botton
Miserias y esplendores del trabajo
Traducción de Alfonso Barguñó Viana
Lumen, Barcelona, 2011



Con una cita del “Canto a los oficios”, de Walt Witman, comienza Alain de Botton un fascinante ensayo que tiene tanto de novedosa indagación sociológica como de poema épico. Podía haber comenzado igualmente con los versos de la “Oda marítima”, de Fernando Pessoa: “A solas conmigo, en el muelle desierto, esta mañana de verano, / miro hacia la barra, miro hacia lo Indefinido, / miro y me alegra ver, / pequeño, negro y claro, un trasatlántico que entra”.
Un buque, “The Goddess of the Sea”, entra en el puerto de Londres. Como Fernando Pessoa, Alain de Botton nos hace conscientes de toda la magia y el misterio que hay en ese hecho aparentemente trivial: “Solo el recorrido del buque ya es impresionante. Hace tres semanas que partió de Yokohama y, desde entonces, ha hecho escala en Yokkaichi, Censen, Bombay, Estambul, Casablanca y Rotterdam. Hace apenas unos días, mientras la lluvia caía sobre las naves industriales de Tilbury, el buque comenzó su ascenso en el mar Rojo bajo el sol implacable mientras una familia de cigüeñas de Yibuti lo sobrevolaba en círculo. Las grúas de acero que ahora se mueven sobre el casco se deshacen de un cargamento heterogéneo de hornos de convección, zapatillas deportivas, calculadoras, fluorescentes, anacardos y animales de juguetes de vivos colores. Las cajas de limones de Marruecos acabarán en las estanterías de las tiendas del centro de Londres al caer la tarde. Al amanecer habrá en York televisores nuevos”.
El más trivial de los objetos cotidianos lleva tras sí una historia que nos asombraría escuchar. Cualquier supermercado resulta, para el que sabe mirar y ver más allá de lo que aparece a primera vista, una edición ilustrada de las mil y una noches. Tras un “Made in Pakistan”, Miguel d’Ors –en un poema memorable-- trató de imaginarse las manos que lo habían hecho posible: “¿A quién pertenecíais, manos menesterosas?, / ¿qué vida estaba tras vosotras, qué / ilusiones, qué rostros, / qué penas y qué nombres?, ¿qué puñado / de monedas ilusas / contasteis un minuto después de haber cerrado / este envoltorio?”. Una camisa “comprada en las rebajas” le sirve para descubrir que “todas las vidas son una misma Vida”.
Alain de Botton habla de lo mismo, pero con una perspectiva distinta. Lo que a él le interesa subrayar es lo que hay de creatividad, belleza e inteligencia (no de explotación de trabajadores cercanos o remotos) en todo aquello que solemos aceptar como un mal necesario: los grises almacenes de las afueras de las ciudades, las torres del tendido eléctrico, los lugares donde se almacenan los desechos industriales.
En contra del tópico habitual, se atreve a hablarnos de la “abrumadora belleza, sin alma e impecable, que caracteriza a muchos de los centros de trabajo del mundo moderno”. Por ejemplo, los veinticinco inmensos almacenes, que situado junto a tres autopistas principales, “están a cuatro horas por carretera del ochenta por ciento del Reino Unido, y todas las semanas, principalmente por la noche, distribuyen una parte muy considerable de los materiales de construcción, artículos de papelería, alimentos, muebles y ordenadores suministrados en el país”. En lo alto, con vista a seis carriles de autopista, hay un local al que acuden los camioneros que acaban de descargar o están esperando para recoger la mercancía: “Quien sienta desagrado por la vida doméstica encontrará consuelo en esta cafetería embaldosada y brillantemente iluminada, que huele a patatas fritas y gasolina, ya que da la reconfortante sensación de ser un lugar en el que todo el mundo está de paso y, por lo tanto, no existe el ambiente de unión o convivencia que pondría en evidencia de forma humillante la propia alienación”. Los lugares de paso –un sociólogo habló de “no lugares” y ese impropio término sigue en uso— no son un mal menor, una de las nefastas consecuencias del mundo moderno, sino un logro de la inteligencia.
Hasta las Maldivas viaja Alain de Botton, acompañado de un fotógrafo, para seguir hacia atrás el viaje de unos filetes de atún fresco que encuentra amontonados en una estantería. Al leer esa crónica ilustrada, recordamos las novelas de aventuras del siglo XIX, como cuando nos habla de los barcos que entran y salen en el puerto. Pero para resultar apasionante no necesita ir muy lejos ni alentar el ensueño de aventura que hay en todos los sedentarios. Uno de los capítulos nos lleva a las oficinas centrales en Europa de una de las más importantes empresas de auditoría del mundo, situadas en un transparente bloque de oficinas cerca de la Torre de Londres, al otro lado del Támesis. Pocos oficios más prosaicos, pocas páginas más iluminadoras y apasionantes.
En el gran poema de la vida moderna que es Miserias y esplendores del trabajo hay lugar para el costumbrismo y el humor, como en “Emprendedores”, visita a una convención donde los que tienen ideas para nuevos negocios acuden en busca de financiación. También acierta a darles una sorprendente vuelta de tuerca a los tópicos clásicos, como el de las ruinas. Un error al tomar la salida de una autopista le conduce, no a su residencia en Los Ángeles, sino en dirección sudeste, hacia el desierto de Mojave. Extraviado, ha de pasar la noche en un motel. Cuando va a dar una vuelta por la ciudad cercana, se encuentra con un aeropuerto en el que aparece que acaba de aterrizar una gran flota internacional. Al acercarse, ve que a unos les falta el morro, a otros el fuselaje posterior. Aquellos aviones que se estaban desintegrando le parecen el equivalente moderno de lo que “el Coliseo de Roma debió de ser para el joven Edward Gibbon”.
Miserias y esplendores del trabajo –las fotografías de Richard Baker no constituyen un mero adorno— nos enseña a ver el mundo de otra manera. No solo las catedrales y los objetos que guardan los museos son dignos de admiración: “Los pasillos de un supermercado medio contienen veinte mil productos, de los cuales cuatro mil son refrigerados y deben reemplazarse cada tres días; los restantes dieciséis mil hay que reponerlos cada dos semanas”. Cuánta inteligencia, cuánto esfuerzo, qué prodigiosa organización es necesaria simplemente para que, sin darle importancia, carguemos el carro de la compra con esta fruta que se nos apetece, aquel queso parmesano, esos filetes de atún fresco “pescado con sedal en las Maldivas”.

jueves, 10 de febrero de 2011

El enigma Laforet

Anna Caballé, Israel Rolón
Carmen Laforet. Una mujer en fuga
RBA / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010



Entre los muchos y desmesurados elogios que Carmen Laforet recibió tras la publicación de Nada, el de Azorín resultó involuntariamente profético. “Réspice a Carmen” se titula el curioso artículo, aparecido en Destino el 21 de julio de 1945. Adopta la forma de una irónica reprimenda (o “réspice” en el rebuscamiento léxico del autor): “Tiene usted veinticuatro años. ¿Y usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos”.
Poco más de una década después, cuando lo reproduce en 1956 el volumen Escritores, las palabras finales estaban a punto de ser una definitiva verdad: “¡Ah, Carmen, Carmen Laforet! ¡Qué cosas hacen los jóvenes que no saben lo que hacen! Por lo menos, júrenos usted que no lo hará más; necesitamos esa declaración para nuestra tranquilidad. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como Nada, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel, sin entresijos psicológicos que nos hagan pensar y sentir. Solo de este modo atenuará usted su primera funesta falta”.
Haciendo caso a la reprimenda de Azorín, siete años tardó Carmen Laforet en publicar otra novela, y esa novela, La isla y los demonios, estaba muy cerca de ser “una novela vulgar”. En el mismo año de 1952 reunió, con el título de La muerta, los cuentos que había ido escribiendo hasta entonces. “No es novelista de un solo libro, como algunos temieron a raíz del silencio que siguió a Nada”, se nos dice en la solapa. Y unas líneas más arriba se elogia el “vigor y el interés novelesco” de esa novela con una curiosa y descalificatoria manera: “no se localizan en el estilo, desmañado y fácil; ni en el argumento, que parece confesión; ni en la técnica, inadvertida por poco pretenciosa”.
La única novela de Carmen Laforet que puede suscitar hoy un interés semejante al de Nada en el famélico blanco y negro de los años cuarenta es una novela en la que ella es también protagonista, pero no autora. Se titula Carmen Laforet. Una mujer en fuga y la han escrito Anna Caballé, la máxima especialista en los estudios biográficos, e Israel Rolón, que hace algunos años editó la correspondencia entre la escritora y Ramón J. Sender, quien se enamoró de ella con un amor nunca correspondido (los grandes afectos de Carmen Laforet fueron siempre mujeres). Es un libro minuciosamente desolado, que nos lleva, sin un respiro, de la cima que le cayó encima como una inesperada lotería a la sima por la que fue deslizándose durante toda su vida sin parecer que llegaba nunca al fondo.
A Carmen Laforet –una joven inquieta, sensible, sin demasiadas preocupaciones intelectuales— el azar le jugó una mala pasada, pareciendo todo lo contrario. Conoció en Madrid, a donde se había trasladado para estudiar Derecho, a un joven editor, Manuel Cerezales, y decidió llevarle el manuscrito de una novela en la que relataba, de manera muy transparente, su reciente experiencia barcelonesa como estudiante de Filosofía y Letras. El editor, que pronto se convertiría en su novio y luego en su marido, se dio en seguida cuenta de la espontaneidad y la fuerza de aquellas páginas, que disonaban de la retórica del momento, y sugirió retoques, quizá reescribió algunos pasajes, eliminó capítulos, mecanografió luego el texto y aconsejó a la autora que lo enviara a un premio recién creado, el Nadal. Lo ganó, derrotando a un autor famoso, César González Ruano (que se llevó muy a mal el fracaso: “Pero ¿cuándo se ha visto en un premio literario que se prefiera un desconocido a un escritor amigo de renombre?”) y el resto de la historia es desde hace tiempo historia de la literatura.
Carmen Laforet no tardó en odiar aquella novela que le había dado la fama, y que siendo la más suya, no era enteramente suya. También pronto se distanciaría de Manuel Cerezales, del que acabó separándose en 1970, que intelectualmente valía más que ella y que nunca se había fiado enteramente de ella. Quería seguir siendo su mentor, controlar sus escritos y sus apariciones públicas, evitar que las experiencias matrimoniales se convirtieran en materia literaria. Cuando Carmen Laforet consiguió librarse de su marido ya era tarde: lo llevaba dentro. Ella misma fue su más riguroso crítico: acabó rompiendo todo lo que escribía, y finalmente siendo incapaz de escribir una línea.
Seiscientas páginas dedican Anna Caballé e Israel Rolón a resolver el enigma de Carmen Laforet, esa mujer siempre en fuga de sí misma. Desdeñaba todo lo que tenía que ver con la literatura, no quería ser escritora y sin embargo vivió siempre de lo derechos de autor –era una exigente negociadora al respecto— y de los anticipos sobre libros que no escribiría nunca.
Proponen los biógrafos varias hipótesis para solucionar ese enigma. Ninguna acaba de convencernos del todo, salvo la más sencilla: que el inesperado éxito de una novela juvenil —que apareció en el momento justo y expresó, sin pretenderlo, el desánimo de toda una generación de españoles— colocó en la primera línea literaria a una escritora menor, de escaso aliento. Al principio, su marido la ayudó a no hacer demasiado el ridículo en entrevistas y artículos. Cuando quiso volar sola, no fue capaz. Se esforzaba por no ser autobiográfica, por no exhibir demasiado su intimidad, en la que no faltaron las pasiones inconfesables, y eso era lo único que sabía hacer. Sus artículos valían poco, sus conferencias defraudaban siempre. Y sin embargo, convertida en mito, recibía continúas invitaciones, mientras que de su marido –y de tantos otros que valían más que ella— nadie se acordaba. Fue muy sensible al desprecio que hacia ella sintieron Cela (que al principio temió que su éxito le hiciera sombra), Barral y tantos otros escritores. Y había algo más: una enfermedad mental que se fue acentuando con los años.
Quizá el misterio de Carmen Laforet –como el misterio de la realidad, según Alberto Caeiro— sea “no tener misterio ninguno”.

jueves, 3 de febrero de 2011

Frederic Eden: Un jardín y silencio

Frederic Eden
Un jardín en Venecia
Gallo Nero, 2010



De los muchos rincones secretos de Venecia, acaso el más secreto hoy en día, es un jardín que se esconde detrás de una prisión. En un tiempo fue famoso, “El jardín del Edén”, pero hace años que nadie se pasea por él, salvo el viento y los fantasmas. Está en la alargada isla de la Giudecca, no lejos de una iglesia que suelen frecuentar los turistas, la del Redentore, pero pocos se acercan hasta su herrumbrosa verja de entrada. Prefieren pasear por la fundamenta, contemplando el hermoso panorama de la ciudad al otro lado del canal, llegarse hasta la otra iglesia de Zitelle, tomar allí el vaporetto.
El jardín del Edén es, en realidad, el jardín de Eden, de Frederic Eden, que adquirió el huerto que luego convertiría en jardín el año 1884. Frederic Eden era uno de tantos aristócratas ingleses como en el siglo XIX escogieron Venecia para vivir; dificultades articulatorias le habían convertido casi en un inválido: “Llegué flotando en una góndola sin la molestia o incordio que me producen la silla de ruedas o el carruaje. Ni ruido, ni moscas, ni polvo. Un aire tan suave que apenas podría llamársele brisa; un sol que calienta y en raras ocasiones quema; una luz suave y de una blancura velada, que te permite leer sin que el resplandor te fatigue; un clima que no exige nada a nadie…”
El jardín fue creciendo poco a poco, ampliándose, tropezando con las mil y una dificultades que ofrece el suelo de Venecia (fango y escombros, continuas infiltraciones de agua salada) para la vida vegetal: la ciudad fue un tiempo conocida como la tomba dei fiori, la tumba de las flores, salvo que crecieran en macetas, en patios y terrazas.
En 1903, en Country Life, una de esas minuciosas y fascinantes revistas inglesas dedicadas a la aristocrática vida en el campo, contó Eden la historia de su jardín. Ha pasado más de un siglo y esas páginas conservan intacta, como la ciudad de Venecia, toda su capacidad de seducción.
En Venecia no hay lugar para la monotonía: “De todos los lugares de la tierra es el más variable en cuanto a sus estados de ánimo. Los cambios en sus colores son tan drásticos de un día para otro, y en ocasiones de una hora a la siguiente, como los cambios de un mes para otro, o incluso de estación en estación, en climas más nórdicos. Esta variabilidad, que desespera a su aplicado estudioso, es la alegría de su ocioso amante”.
Para crear su jardín veneciano, en aquel lugar que había sido huerta de un convento, y que ahora se volvía de espaldas a Venecia y abría los ojos al azul y a las islas de la laguna, Frederic Eden tuvo en cuenta dos contrapuestos modelos: un jardín escocés, los jardines de la Alhambra. El jardín de Ross-shire, con la vieja pared del castillo al norte, descendía hasta el sur y estaba protegido de los vientos fríos por setos altos; terminaba en un prado y en un arroyo con truchas. En nada se parece el clima de Escocia al de Venecia, pero la disposición de los dos jardines era la misma, solo que ahora el castillo era una prisión y “como silencioso sustituto del arroyo de truchas teníamos la laguna”. A Frederic Eden no pareció molestarle el poco amigable vecino que le había tocado en suerte. Todo lo contrario: la prisión le resultaba tan útil como lo era para la sociedad, “pues, aunque es triste para los que se ven encerrados en su silencio, el resguardo del viento norte y del ruido es una bendición muy apreciada por el jardín y por nosotros”.
En Granada, “unos arroyuelos de agua brillante, traída por conductos generalmente invisibles, dan bebida y vida a unos jardines maravillosos”. Del Generalife (para él, las dos maravillas de España eran el paisaje de la Vega, visto desde la Alhambra, y los cuadros del Museo del Prado) tomó Eden el uso de albercas y las sutiles maneras de utilizar el agua, no solo para el riego, sino como un elemento más de la magia del jardín.
Cuando murió Frederic, en 1916, ya su jardín había sido escenario de numerosas historias. No hubo personaje importante del fin de siglo que no paseara por sus senderos. Cocteau le dedicó un poema en el que lo llama “jardín exquisitamente fatal, / sepulcro enmarañado de rosas”: una discusión en aquel lugar idílico llevó a un joven amigo a tomar la decisión de suicidarse; lo hizo, muy teatralmente, disparándose un tiro en los escalones de Santa María de la Salute.
Posteriormente, el jardín sería propiedad de la princesa Aspasia de Grecia, cuya hija Alejandra se casaría con el destronado rey Pedro de Yugoslavia. Uno de los invitados habituales era el novelista inglés Cecil Roberts, muy leído en su día, quien en Un año de mi vida, su diario de 1950, habla de aquel jardín, ya para entonces poblado de espectros: “Un sol completamente rojo cubre la laguna en los atardeceres, y tiñe de escarlata el bajo muro de ladrillo que rodea el espacio donde los cipreses se elevan oscuros, destacando contra el cielo cuajado de estrellas, y donde en los últimos días de otoño las uvas cuelgan en gruesos racimos a lo largo de los emparrados. Más allá del alto muro, se divisa una espléndida vista de la cúpula y las torres de la iglesia del Redentor”.
Un jardín en Venecia es la historia de un jardín y es algo más. Las comparaciones de Frederic Eden a veces nos hacen sonreír. Elegir una pérgola es tan delicado, afirma, como elegir esposa; lo primero que hay que hacer es decidir para qué se quiere: “Algunos hombres buscan una esposa que sea como una amiga, constante u ocasional; otros, como una compañera, una dulce compañera día y noche; otros, que sea una administradora que lo gestione todo, y que a menudo se convierte en tirana; algunos quieres sirvientas, y de ellas pueden llegar a hacer esclavas”. Algo semejante pasaría con las pérgolas: las que son buenas para las parras no sirven para las rosas.
El último propietario conocido fue un austríaco que murió en el año 2000 y que, en sus últimos tiempos, dejó el jardín a su suerte, abandonado, colonizado por las plantas silvestres. Así sigue, así pueden verle los pocos curiosos que rodean los muros de la prisión y se acercan a su puerta. Pero el breve libro de Frederic Eden –también él una secreta maravilla— nos permite abrir esa puerta, retroceder en el tiempo, escuchar el murmullo moro de las aguas, admirar la cúpula del Redentores sobre las vides y las rosa.







jueves, 27 de enero de 2011

Diana Cullell: Académicos disparates


Diana Cullell
La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI
Devenir, Madrid, 2010

A Eugenio d’Ors le bastaba leer un artículo de periódico para conocer de inmediato si quien lo había escrito era o no bachiller. Y solo con hojear un volumen de crítica podía discernir “si allí se ha empleado talento universitario o de autodidacta”. En su opinión, a quien ha pasado, siquiera distraídamente, por las aulas universitarias “le quedan ciertas sospechas –un saber que no se sabe lo que no se sabe—, una actitud más cauta en lo deficiente; menos propensa, por tanto, al ridículo”.
Eran otros tiempos. Hoy pocos estudios más propensos al ridículo, más ayunos de rigor conceptual, menos útiles para el lector interesado que buena parte de los estudios académicos que se dedican al análisis de la literatura contemporánea.
El ejemplo más reciente lo firma Diana Cullell, doctora en Literatura Española por la Universidad de Manchester, y actualmente profesora en la de Liverpool. Se dedica al análisis –así dice el título— de La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI. Alguien podría pensar que mi opinión no es imparcial, ya que soy juez y parte: acá y allá se citan algunos trabajos míos y la autora incluso tiene la amabilidad de clasificarme como poeta de la experiencia (probablemente sin haber leído ninguno de mis poemas, como no necesita leer a ningún otro poeta para decidir si es o no poeta de la experiencia: debería patentar el procedimiento). Nada me gustaría más que escuchar una razonada opinión distinta. Pero para darla hay que leer el libro, no hojearlo distraídamente, y eso no se si algún otro crítico se decidirá a hacerlo (y no seré yo quien se lo reproche).
No me detendré en que analizar –como se hace en la segunda parte del estudio—junto a la de Cernuda, Gil de Biedma y García Montero, la poesía de María Antonia Ortega, Esther Zarraluki y Almudena Guzmán no es la mejor manera de reivindicar la poesía femenina. Me limitaré a subrayar que parece un método cuanto menos discutible afirmar que María Antonia Ortega es poeta de la experiencia, aunque no lo parezca y milite en el campo de “la diferencia”, porque comparte con la obra de Lorenzo Oliván el presentar la sensualidad “de manera penetrante en la reconstrucción que hace la mente a partir de varios elementos tanto de fondo como de forma dentro del poema”.
Diana Cullell no da muestras de haber leído a los poetas que tan precisamente clasifica y califica. Se basa para ello en lo que se ha dicho de ellos, en literatura secundaria: estudios, antologías, artículos periodísticos. Y todo lo coloca al mismo nivel: no distingue entre un documentado estudio y cualquier pintoresca polémica, ni tampoco entre lo publicado en una fecha o en otra. Un ejemplo que me concierne: “Mientras José Luis García Martín parece guardar objetividad en La generación del 99 (1999), con 12 experienciales entre los 28 antologados, y en Selección nacional (1998), con 7 de 15, la antología La generación de los ochenta (1988) toma un giro inesperado e incluye a 13 poetas de la estética dominante entre un total de tan solo 15”.
Difícilmente puede tomar un giro inesperado una antología de 1988 en relación con otra publicada diez años después. Esas antologías que cita tienen distinto campo de selección: los poetas surgidos en la década de los ochenta, los surgidos en la de los noventa. Si hubiera hecho un análisis de los antologados (o si siquiera los hubiera leído) y hubiera definido ese flatus vocis en que se ha convertido el sintagma “poesía de la experiencia”, Diana Cullell podía simplemente pensar que la “estética dominante” entre los nuevos poetas de los ochenta ya no era tan “dominante” en los nuevos poetas de los noventa. Pero pedir rigor a una estudiosa capaz de calificar (en nota de la página 187) a la antología El sindicato del crimen, del apócrifo Eligio Rabanera, como “obra maestra del grupo”, es pedir peras al olmo. Ser juez y parte tiene sus ventajas: puedo contar cómo se hizo esa antología. No pretendía defender ninguna estética, sino reírse de los ataques que ciertos resentidos poetas (principalmente andaluces) hacían a otros poetas (también principalmente andaluces) que les arrebataban los premios y el prestigio que ellos creían merecer mejor. Se envió una amplia circular y para participar hubo que pagar cinco mil pesetas, porque el libro –que presuntamente reunía a los poetas que manejaban el cotarro— fue una autoedición. Pero para quienes enseñan en universidades extranjeras (y no solo) esa azarosa broma es una obra maestra del rigor antológico y quien se incluye en ella –Jose Carlos Llop, Antoni Marí, entre otros— queda marcado al parecer para siempre, al menos entre los desatentos profesores de literatura, como “poeta de la experiencia”.
Diana Cullell, según señala en el prólogo, concibe su libro “como un estudio y una re-evaluación de una línea primordial que recorre la literatura peninsular española del último medio siglo. En dicha línea, el trabajo anhela verificar su continuidad y existencia dentro del ámbito literario de los últimos años poniendo de manifiesto ciertas deficiencia y desacertadas interpretaciones que han arrojado a la sombra a importantes autores y obras claves en ella”.
Para ello, decía, utiliza solo literatura secundaria: un poeta es poeta de la experiencia porque en tal o cual información periodística se le calificó de tal, o porque se le incluye en esta o en otra antología. Pero esa literatura secundaria tampoco parece haberla leído con demasiada atención. En la página 64 escribe: “La antología Fin de siglo (El sesgo clásico en la última poesía española) (Villena, 1992a, 31-32), pese a su programa estético, coincide con De lo imposible a lo verdadero: poesía española 1965-2000 (Garrido Moraga, 2000) en la inclusión de Antonio Rodríguez Jiménez, quien fue uno de los organizadores, junto a María Antonia Ortega y Pedro Rodríguez Pacheco, de las lecturas que dieron lugar a la ‘poesía de la Diferencia’, facción contraria a la que le relaciona Villena”.
Pero no hay tal coincidencia en la inclusión: Villena se limita a mencionar en el prólogo a varios poetas no incluidos que participan de la misma estética, entre ellos Rodríguez Jiménez y su libro Un verano en los ochenta. Y es que Rodríguez Jiménez podrá ser un adalid de la llamada “poesía de la Diferencia” (que no nombra una estética, sino un nutrido grupo de agraviados), pero su manera de entender la poesía, salvo en la calidad, en nada se diferencia de la de los poetas realistas de principios de los ochenta: “Entro distante —como casi siempre— / y la interrogo sin mirarla a los ojos: / ¿Hay colonia de mujer? Sonríe, / y en su mirada observo distraído un lado de humedades”.
Diana Cullell no se limita a mal resumir “riñas literarias” –así titula uno de los subcapítulos de su libro—, también toma de la obra de Bourdieu el concepto de “habitus” (“situación o condición típica o habitual de una entidad, particularmente del cuerpo”, según lo define) y lo aplica reiteradamente al análisis de los poetas. El resultado oscila entre lo banal, lo ininteligible y lo risible.

jueves, 20 de enero de 2011

Historias del tren

Vicente Molina Foix
La ciudad dormitorio
Felipe Benítez Reyes
Ciudades del sueño
Fundación de Ferrocarriles Españoles, Madrid, 2010



El tren y la literatura hacen buena pareja. Casi la misma buena pareja que Luis García Montero y Jesús García Sánchez (Chus Visor, para los amigos), encargados de coordinar buena parte de los premios literarios españoles, y entre ellos el de relato y poesía que organiza la Fundación de Ferrocarriles Españoles. Acaba de aparecer el volumen dedicado a los premios del 2010, que encabezan Vicente Molina Foix y, naturalmente, Felipe Benítez Reyes (Felipe Benítez Reyes, como Benjamín Prado, no puede faltar en ningún galardón con el que algo tengan que ver García Montero y García Sánchez).
Hasta hace poco tiempo había dos clases de premios literarios: unos daban dinero y otros, prestigio (aunque también solían ir acompañados de dinero). A los segundos, por lo general, no era necesario presentarse. Y es que, en ese tiempo, un poeta ya reconocido no solía enviar sus libros a concurso. José Hierro, Ángel González, Francisco Brines, como tantos otros, se daban a conocer mediante un premio literario, pero luego ya solo recibían el Premio de la Crítica, el Nacional, el reina Sofía… Quienes seguían presentándose a concursos una vez que dejaban de ser jóvenes e inéditos entraban en otro escalafón: el de los Carlos Murciano, los Joaquín Márquez o los Manuel Terrín Benavides.
Hoy las cosas han cambiado y poetas que ya forman parte, o creen formar parte, de la historia de la literatura, como Guillermo Carnero, Luis Antonio de Villena o Jaime Siles no tienen reparo en competir por el Loewe, el Ciudad de Torrevieja o cualquier otro más o menos amañado y siempre sustancioso galardón.
¿Vale la pena leer el volumen que reúne los Premios del Tren en su edición del 2010? La pregunta no es ociosa. Todo buen lector, y cualquier librero, sabe que no suele haber mejor indicación de que un libro resulta prescindible que el que lleve la indicación de que es premio Tal o Cual (salvo, claro, si llega acompañado de más o menos planetaria alharaca publicitaria). Generalmente los únicos que se aventuran en esos volúmenes son los concursantes profesionales para tratar de averiguar los gustos de los distintos jurados.
“La ciudad dormitorio”, de Vicente Molina Foix, es un relato costumbrista y ágil; no se lee con desagrado, pero resulta enteramente olvidable. ¿Es el mejor entre los cientos y cientos de relatos presentados al concurso? Eso es imposible de determinar. Entre los cinco finalistas que lo acompañan hay uno que acredita a un excelente narrador, “La sirena varada”, de Félix J. Palma, y otros dos que cumplen una función exactamente contraria, “Boulette d’Avesnes o el gran reto de don Raimundo”, de Cristina Mejías, una acartonada e involuntaria parodia de Agatha Christie, y “Trayecto inaugural”, de Andrés Barba, narrador y ensayista de cierto prestigio que hará bien en esconder este volumen. Marta Sanz y Abilio Estévez demuestran conocer el oficio.
“Ciudades del sueño (y sombreros)”, de Felipe Benítez Reyes, es un poema muy suyo, muy virtuosamente manierista. Tiene poco que ver con el tema del concurso, pero menciona la palabra “tren” y eso parece suficiente para cumplir con las bases: “la irresolución de la madrugada / que cruzan unos trenes nigrománticos”. Con sus gotas de humor y onirismo, con su sabia retórica, da la impresión de que está escrito siguiendo una fórmula, la habitual receta de la casa.
Otra fórmula muy distinta emplea Enrique Baltanás, que no publica un poema, sino una serie que habla de trenes reales y de trenes metafóricos, como el de la muerte, al que al final del soneto “La vida retirada” se pide que llegue con retraso. Enrique Baltanás escribe en un lenguaje claro, respetando la métrica tradicional, no desdeñando la anécdota ni las emociones consabidas. Se le lee siempre con gusto, pero quizá abunda en poemas predecibles desde el primer verso: “Los años van pasando como trenes veloces…”
Habilidoso resulta Josep M. Rodríguez en “Nocturno y tren”, un ejercicio de concisión e ingenio, tanto más efectivo –algo frecuente en cierta poesía− cuanto con menos atención se lee.
Más interés que la mayor parte de los textos premiados presenta la primera parte del prólogo –la segunda nos cuenta los muchos galardones que han recibido anteriormente los galardonados−, esbozo costumbrista sobre los antiguos viajes en tren y apunte para una historia de las relaciones entre el tren y la poesía, con el regalo de un espléndido poema de Juan Ramón Jiménez.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, he tenido la curiosidad de leer uno de esos volúmenes colectivos en que se amontonan los cuentos y poemas premiados en algún concurso. No es experiencia que aconseje a nadie, salvo como curiosidad.
En literatura, como en cualquier otra actividad, todo lo que no es necesario estorba. La Fundación de los Ferrocarriles Españoles, si quiere ayudar a los escritores, podría sortear anualmente, entre todos los que viajan en ferrocarril, un primer premio de quince mil euros, un segundo de cinco mil y cuatro accésits de quinientos. Cumpliría la misma función de mecenazgo y nos ahorraríamos una heterogénea miscelánea anual y el mal ejemplo que para los jóvenes ambiciosos y para cualquier escritor menesteroso supone leer algunos de los textos premiados.

jueves, 13 de enero de 2011

Pablo Anadón: El humo de los días


Pablo Anadón
Estudios de la luz

Pre-Textos. Valencia, 2010.


Se fuma mucho en el último libro de Pablo Anadón, un poeta argentino que ha querido reaccionar contra el informalismo y el experimentalismo de la poesía contemporánea. En el poema que sirve de epílogo, “En este bar escribo”, poesía y humo se identifican: “miro el humo / de la pipa que es casi todo el lujo / necesario, lo mismo que los versos, / para irisar mis días de azulada / ilusión verdadera: a uno y otros / los extraigo del fondo de mi pecho / y algo tienen de afuera, algo de adentro, / y en el ritmo pausado del aliento / asumen formas raras, imprevistas, / según el soplo, el ánimo y el viento”. En el poema inicial “paladea el tabaco de la pipa” mientras a medianoche, y en su sillón de siempre, intenta traducir a Robert Frost.
La poesía moderna –o buena parte de ella− rechaza la anécdota, el argumento, o gongorinamente disimula el núcleo de experiencia que le sirve de punto de partida. No ocurre así en Pablo Anadón, un poeta muy a contracorriente de las tendencias de su país (no tanto de cierta poesía española), cuyos poemas pueden convertirse fácilmente en apuntes de un cuaderno autobiográfico. Comienza el libro en un interior doméstico, “jugando al juego de la poesía” (propia o traducida, que para él es lo mismo); en el poema siguiente lo vemos preparándose un café en la cafetera “plateada y negra, hecha en Ferrara” que servirá de pretexto para los versos. Otros poemas nos hablan del ruido de la segadora que se interrumpe de pronto y permite escuchar “el latido silencioso del campo”; del perro que se queda mirando “un pájaro que pasa / por el aire lejano de la tarde”; de la taza de café que le trae uno de sus hijos, de la leña que corta junto a otro; de una cría de pingüino encontrada muerta en una playa; de una pipa usada…
Las anécdotas que dan origen a los poemas de Pablo Anadón pertenecen casi siempre a la cotidianidad familiar. El lector español pensará sin duda en Miguel de Unamuno y en los poetas de ahora mismo que siguen la estela de Miguel d’Ors. Pero en Anadón no encontramos confesionalismo religioso, aunque sí temor y temblor ante el misterio de vivir.
¿No hay un riesgo de banalidad en esta poesía del amor conyugal y paternal, de la vida estudiosa y provinciana, en esta poesía clara y llena de buenas intenciones? Lo hay ciertamente, y Pablo Anadón trata de sortearlo de varios modos. En primer lugar conviene señalar que la dicha doméstica que se canta es un paraíso perdido. “Yo he tenido una casa”, comienza el poema titulado precisamente “La casa”, y esa casa “donde pasar las noches del invierno junto al fuego”, donde fue feliz “como puede serlo un hombre / que ha vivido asomado siempre al vidrio / de su desasosiego”, esa casa sigue ahí, pero él desde fuera mira sus ventanas y la puerta que “dividió su vida en dos mitades”. Este libro lleno de anécdotas hurta la banal y melodramática anécdota que le sirve de punto de partida.
¿Qué recursos utiliza Pablo Anadón para evitar la trivialidad y la falacia patética? El primero, el más evidente, es el rescate de la métrica tradicional. Más o menos la mitad de los poemas del libro son sonetos: “Felicidad hecha de casi nada, / de sol sobre los árboles, de vana / sombra de humo de pipa y azulada / serranía que enmarca la ventana…”. El tono intimista y personal no evita, de vez en cuando, algún eco de Borges: “Yo soy aquí el de siempre, poca cosa / que transfigura a veces la poesía. / Soy el que mira transcurrir la prosa / de su desasosiego noche y día / y un alba observa por el vidrio el rosa / que tiñe el mundo, y llora de alegría”.
El espacio cerrado del soneto, su juego de simetrías y correspondencias, ayuda a impedir que los versos se queden en mero desahogo o en álbum de instantes y fotografías familiares. Pero Pablo Anadón –lo mismo le pasaba a Unamuno− no escribe sonetos con demasiada facilidad (y quizá por eso no suele incurrir en el consabido sonsonete). En el soneto “Por la ventana”, que anteriormente hemos citado casi completo, sobra, por ejemplo, el primer cuarteto, y en el muy postmodernista “Conversación”, casi letra de bolero (“Hoy nos vimos de nuevo, amor perdido, / en el café de siempre y conversamos / de los hijos, la casa, los reclamos / del pasado que vuelve y no se ha ido”), disuena un dudoso endecasílabo: “pero sé que todo eso es lo que ha sido”. No me resisto a ponerle un signo de interrogación al final de otro soneto, al que ya he aludido, “El ruido de la segadora”: “Sentado en el sillón / de mimbre viejo en el umbral de casa / he traído de nuevo al corazón / tanta cosa querida, y en la escasa / luz del día he rezado una oración / por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa”. El riesgo de la poesía clara, de la que está más allá y no más acá de la buena prosa, es que en ella no se puede decir, como en cierta poesía más o menos surrealista y autosuficiente, cualquier cosa que se nos ocurra: no podemos decir que “lo que fue, ya pasa” porque “lo que fue”, ya ha pasado.
Arriesga mucho Pablo Anadón en este libro, al contrario que tantos poetas innovadores y experimentales. Cuanto tropieza y cae, no hay lector que no lo note. Pero cuando acierta –y lo hace más a menudo de lo que quizá estoy dando a entender− consigue una poesía “hecha de casi nada”, pero que nos permite, como ninguna otra, entrever en la luz de cada día lo que está más allá de la luz y de los días.

jueves, 6 de enero de 2011

Giovanni Papini: Ingeniosa, virulenta diatriba


Giovanni Papini
Gog
Rey Lear,. Madrid, 2010
Traducción de Paloma Alonso Alberti



Cuanto más conocido es un autor, más desconocido se vuelve. En los años cuarenta y cincuenta, cuando su crédito en Italia descendía, se multiplicaban las ediciones de Giovanni Papini en España, y buena prueba de ello es que es uno de los autores todavía más presentes en las librerías de viejo. El furibundo ateo de los comienzos se había convertido al catolicismo y se había aproximado al fascismo. Por eso era un apestado en la Italia de posguerra y tan querido en la España franquista.
¿Repercutió ese cambio ideológico en el interés y en la calidad de su obra? Es posible que sí, porque las páginas suyas que mejor han resistido el paso del tiempo –los relatos fantásticos de El piloto ciego, por ejemplo- pertenecen a la primera época. Pero su libro más universal –y que no ha perdido nada de su capacidad de fascinación- lo escribió después de la aparatosa conversión al catolicismo. Se trata de Gog, publicado en 1931, editado por primera vez en español en 1933, traducido por Mario Verdaguer, y reeditado infinidad de veces desde entonces. Ahora aparece en una nueva versión y lo leemos como si de una obra nueva se tratase.
Ensayo, fabulación y sátira se entremezclan en este libro que retrata, como ningún otro, la crisis de los años veinte, cuando un mundo –una idea del mundo- parece haberse hundido definitivamente con los cañonazos de la Gran Guerra y las multitudes y los intelectuales se entretienen, antes de la catástrofe final, frívolamente con cualquier disparate.
El propósito de Papini con Gog no era muy distinto del que pocos años antes, en 1926, había inspirado la novela de Baroja El gran torbellino del mundo, primera entrega de la trilogía “Agonías de nuestro tiempo”. Baroja, como Papini, quiere poner en cuestión el desbarajuste intelectual que ha traído la guerra y lo hace con una leve trama novelesca y con unos personajes que se trasladan de un lugar a otro por la Europa en ruinas. No faltaba en Baroja, como no faltará en Papini, el componente antisemita que no tardaría en servir de coartada para el genonicidio.
Gog, el protagonista de Papini, representa la brutalidad del capitalismo americano, el trastrocamiento de jerarquías intelectuales surgido tras la guerra. Ha viajado por el mundo, se ha entrevistado con los grandes hombres del momento, y ha dejado constancia de lo que ha visto en un diario sin fechas.
Pero Gog es también algo más: representa al hombre viejo, negador y destructor, que Papini cree haber dejado atrás con su conversión al catolicismo. Afortunadamente se le ha quedado dentro y es a él a quien se debe que esta obra, que podía no haber pasado de un sermón contra la modernidad, haya envejecido tan poco.
El pretexto argumental –un manuscrito encontrado en un manicomio- es solo eso, un pretexto que se olvida pronto. Los capítulos pueden ser leídos con independencia unos de otros, y olvidando incluso que se trata de las memorias de un tal Gog.
La entrevista con Freud (que aún vivía cuando se publica el libro) contiene la reflexión más certera que se haya escrito sobre el psicoanálisis: “Literato por instinto y médico por la fuerza, concebí la idea de transformar una idea de la medicina –la psiquiatría- en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología”.
Todas las falsas entrevistas –con Henry Ford, Ghandi, Lenin, Einstein—encierran una paradójica verdad, juegan a darle la vuelta a las ideas consabidas. A ratos lo que hay de sofístico en ellas queda demasiado a la vista, pero nunca dejan de ofrecernos un motivo de asombro, una intuición feliz.
No es extraño que Borges fuera un admirador de Papini. En este libro, que apareció antes de que Borges se convirtiera en narrador, están en germen muchos de sus cuentos. La mezcla de erudición y ficción es la misma, y también el gusto por la paradoja.
Borgiano es el breve ensayo –podría ser incluido en El hacedor- titulado “El papel”: “La materia prima de la vida moderna no es el hierro, ni el petróleo, ni el carbón, ni el caucho: es el papel. Cada día caen bosques enteros bajo el hacha para proporcionar una cantidad enorme de una sustancia que no tiene la duración ni la dureza de la madera. Si las fábricas de papel se cerrasen, la civilización quedaría paralizada”. Todavía sigue siendo verdad, aunque cada vez sea menos verdad.
Unos capítulos se inclinan más hacia la ficción, otros hacia el ensayo, pero no hay ninguno que no encierre una inquietante fantasmagoría, una muestra de amargo humor.
El enloquecido mundo en ebullición de los años veinte ya no es nuestro mundo, pero de algún modo lo sigue siendo. Y la fórmula de Papini –que bebe en Jonathan Swift y en Voltaire- sigue conservando su vigencia.
A quienes se atraganten con El cementerio de Praga, esa indigesta mezcla de erudición y folletín, esa muestra de que, si a veces dormita Homero, lo que había en Umberto Eco de narrador lleva tiempo durmiendo la siesta, yo les aconsejaría que lean –o relean- Gog, ingeniosa, virulenta diatriba contra los disparates intelectuales de mundo que ya no es el nuestro y sigue siendo el nuestro.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Para niños de cualquier edad


Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez
Poesía para niños de 4 a 120 años
Antología de autores contemporáneos
La isla de Siltolá, Sevilla, 2010



La mejor poesía para niños no ha sido escrita expresamente para niños. Partiendo de ese presupuesto, Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez –los tres poetas, los tres autoantologados— han preparado una selección de poesía contemporánea para lectores de todas las edades.
“Nunca se es lo bastante grande para dejar de ser niño”, afirman al comienzo de un prólogo en que no faltan las frases brillantes y donde quizá sobra el voluntarismo optimista: “La poesía es un teléfono móvil que se recarga con los buenos sentimientos; en su agenda solo hay bellas impresiones y números mágicos para hablar, aquí y ahora, con el más allá del hombre y con el más acá del niño”.
La selección comienza con Pablo García Baena y termina con Tomás Rodríguez Reyes, un poeta que aún no ha cumplido treinta años. Los nombres conocidos alternan con los desconocidos, pero los poemas memorables los firman casi siempre los primeros. Para el lector habitual de poesía no hay, por lo tanto, descubrimientos, pero el que no frecuenta las antologías de poesía contemporánea puede encontrarse con más de un deslumbramiento.
Aquilino Duque, con sentido del ritmo y brillante palabra, evoca antiguos veranos y sabe encontrar la concisión emocional de la poesía popular: “Ojos que no son tus ojos / dime para qué los quiero”.
Del “Pozo oscuro de los sueños” nos habla Antonio Colinas con imaginería que viene de los cuentos tradicionales: “Amable duendecillo de los bosques, / remoto brujo, pájaro agorero, / hadas, amigos de mis horas dulces, / llevad lejos de mí este desamparo, / venid con vuestras pócimas y ungüentos, / cegad con varas mágicas el sol”.
De Miguel d’Ors se selecciona un clásico, su “Pequeño testamento”, una enumeración de maravillas cotidianas (con técnica próxima a la greguería: “los flamencos como claves de sol de la corriente, / las avispas, esos tigres condensados…) que concluye con la ironía final: “Todo para vosotros, hijos míos. / Suerte de haber tenido un padre rico”. También otros dos poemas familiares que trata de eludir el tópico y dejar intacta la emoción: “Los abuelos” y “Respuesta a mi hija Laura”.
Fernando Ortiz recrea viejos romances en “El colegio” y parafrasea a Antonio Machado: “En la calle hay una casa, / la casa tiene un balcón / y al balcón se asoma un niño / entre geranios en flor”.
Eloy Sánchez Rosillo se entretiene mirando las cambiantes nubes: “Ahora, mano entreabierta me pareces, / y ahora un hombre que abraza a una mujer. / Pero sigo observándote / y eres, de pronto, un perro, / un caballo que salta, / rosa, barco en la niebla, una paloma, / mapa de dónde, rostro / medio oculto de quién”.
Los tres poemas de Luis Alberto de Cuenca nos muestran su aspecto menos frívolo y se acercan a la oración y al himno: “Álzate, corazón, consumido de penas, / levántate, que sopla un viento de esperanza / por el mundo, llevándose con él tus inquietudes / y la costra de angustia que apaga tus latidos”.
Javier Salvago, que tuvo su momento en los ochenta y hoy está un tanto olvidado, constituirá una sorpresa para muchos. Pocas veces la maestría técnica está más cargada de emoción, más ajena al mero virtuosismo. Su sonetillo trisílabo “Evocación y elegía” puede competir sin riesgo con el justamente célebre en que Manuel Machado define al verano.
De los barcos “que llegan sigilosos al muelle” y que tienen “algo de símbolo y de fácil metáfora” nos habla Felipe Benítez Reyes, un poeta brillante siempre y casi siempre convincente.
Amalia Bautista sueña la casa de su infancia y acaricia los pies de sus hijas, en un poema al borde del fácil ternurismo: “Los tienen a estrenar. Y me conmueve / pensar en cada paso que aún no han dado”.
De los tres villancicos de José Mateos, destaca el primero: “Qué buen televisor / es mi ventana. / Me tiene aquí plantado / esta mañana”.
Juan Bonilla firma el más breve de estos poemas, casi un cuento con moraleja: “Un muñeco de nieve / está tomando el sol. / Ya se arrepentirá”.
“La cabalgata de Reyes”, con sus pequeños detalles exactos y su toque costumbrista, le sirve a José Luis Piquero para hablarnos del desconcierto de vivir: “¿Será esa sensación de que están todos / perdidos menos yo, de que van todos / en dirección contraria, lo que siente / también un niño al dejar de creer?”. Muy otro es el tono de “Figuras de madera en la clase de matemáticas”, un poema conceptual y plástico, uno de los más destacados de la antología.
La selección de Enrique García-Máiquez no le hace demasiada justicia, aunque se agradece el ingenio y el arte deliberadamente menor de “Mayo”.
No es enteramente una antología esta antología. Algo tiene de acumulativo centón. Y de confundir la poesía para niños con poemas sobre niños o sobre animales. Al niño de la poesía, tanto o más que la letra, le gusta la música. Y en la letra le gustan los coloristas disparates, los absurdos, los sustos. Nada menos de su gusto que las algodonosas nostalgias adultas de los días de infancia.
En Poesía para niños de 4 a 120 años hay efectivamente poesía para niños de todas las edades. Pero hay que encontrarla. Los complacientes antólogos –si se incluyen a sí mismos a qué amigo iban a dejar fuera— no nos facilitan demasiado el trabajo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Isabel Escudero: De todos y de nadie


Isabel Escudero
Nunca se sabe
Pre-Textos, Valencia, 2010


La poesía popular ha inspirado mucha gran poesía: recordemos, por citar solo un ejemplo, a los hermanos Machado, hijos de uno de los primeros folcloristas españoles, Antonio Machado y Álvarez. Los poemas de Isabel Escudero –los de su último libro, los de todos sus libros—s indica la nota preliminar, “en los juegos de sabias polimetrías, asonancias y otros trucos que de la poesía anónima nos han quedado”. Siguiendo a su maestro y mentor, Agustín García Calvo, considera que el pueblo, “al no ser nadie, es el solo dueño de la lengua viva”.
Lo que Isabel Escudero considera “el pueblo” –término ambiguo y confuso donde los haya— es la sociedad rural extremeña en que vivió su infancia. Las coplas, los cantes y los dichos que oyó entonces resuenan continuamente en sus versos. El uso y abuso del diminutivo remite quizá a lo que de infancia recuperada hay en estos poemas: “Niñez lejana: / de chiquita que era / hoy me llena la casa”.
Pero no solo hay neopopularismo (a ratos un tanto artificioso) en Nunca se sabe. Una de las secciones del libro se titula “Farolillos y candiles” y la breve nota que lo explica sirve para aclarar tres de las cuatro direcciones en que se mueve el libro: “Los farolillos son coplas breves con cierto carácter oriental que recuerdan en tono y tema a los haikus, pero en variantes acopladas de rimas generalmente asonante y las medidas de nuestras coplas tradicionales. Los candiles, coplas breves de corte andaluz que recuerdan a las de los varios palos del flamenco; y otras veces a coplas y sentencias castellanas al estilo de Dom Sem Tob”.
Ejemplos de “farolillos”: “Pradera blanca: / la vaca con su aliento / deslíe la escarcha”, “Calentura del ocaso ardiendo / entre las ramas / del saúco enfermo”. Ejemplares resultan las versiones propias de haikus clásicos, como los de Issa Kobayasi: “Viejo y soltero: / por el roto de mi manta / se cuela febrero”, “Con el deshielo / un río de niños / inundó un pueblo”. Isabel Escudero, como antes hicieron los poetas de los años veinte, adapta el haiku a la tradición española, sin tratar de mimetizar unas fórmulas métricas y expresivas. No es extraño por eso que algún presunto haiku de Issa remita más bien a García Lorca. “El jilguerillo / para herir al sol / trina amarillo”, escribe Isabel Escudero; y Lorca: “Escucha el débil trino / amarillo / del canario”.
No faltan las adivinanzas en esta, a veces solo presunta, recreación de la poesía popular: “Dos cosas tengo yo / que no costaron un céntimo: / una es negra y va por fuera, / otra blanca y está dentro: / una la perderé un día / y con ella yo me pierdo, / y entonces será la otra / la sola cosa que os dejo”. La solución viene indicada al final: se trata de la sombra y el esqueleto. Algunas de estas adivinanzas, concisamente memorables, merecían hacerse populares: “Ni sale / ni entra; / se mueve / y está quieta”, “¿Cómo se llama este juego / que solo por jugar / ya pierdo?”.
Dos secciones del libro interrumpen esta sucesión, a ratos un tanto monótona, de formas breves: “Flor de vejez” y “De las mujeres”. La primera comienza con una recreación de “Anímula vágula, blándula…”, el famoso poema atribuido al emperador Adriano: “Seas tú, almita mía, / como flor del azafrán, / tan poca cosa, que apenas / a ras de tierra naces, / en manos de mujeres / te deshaces. / No sepas tú cuánto sabor / deja tu huella / donde quiera que desmenuzándote / te me mueras”. No es el único caso en que se recrea un poema ajeno. “Los ojos de las rosas” ofrece una versión, menos afortunada que el original, del cernudiano “Los espinos”: “Verdor nuevo los espinos / tienen ya por la colina, / toda de púrpura y nieve / en el aire estremecida. / Cuántos ciclos florecidos / les has visto; aunque a la cita / ellos serán siempre fieles, / tú no lo serás un día”. El poema de Isabel Escudero, deliberadamente menos rotundo, como deshilachado, dice así: “Mira otra vez el rosal florido, / abiertos ya los ojos de las rosas / que te miran ahí pasmada. / Habrá un día en que faltes a la cita, / y ellos ahí seguirán abriéndose / sin ti, los ojos de las rosas”. Al Antonio Machado de Soledades se remite –a veces con la explicita inclusión de algún verso: “¿Y ha de morir conmigo…?”— en otros casos. De fantasmas y de muertos familiares y de la muerte que acecha hablan estos poemas doloridos y en voz bajan que en ocasiones no dudan en bordear la falacia patética ni desdeñan el toque costumbrista.
“De las mujeres” comienza con un homenaje a Safo (“Safó” escribe ella siguiendo la pedantería de su maestro) y, aparte de bien humoradas muestras de poesía erótica (“Le alzó las faldas / para tocar el misterio, / pero el misterio / dejó unas plumitas / y alzó el vuelo”), incluye una “Guirnalda de flores y frutas” que no habría desdeñado firmar alguno de los poetas de la Antología palatina.
Como un centón inagotable este Nunca se sabe de Isabel Escudero, que no escasea en trivialidades, excesivas familiaridades y algún ternurismo prescindible, pero que casi en cada página nos ofrece un hallazgo memorable, una punzante, dolorida maravilla. ¿Habría sido mejor que la autora filtrara críticamente las “coplas, versos, proverbios, acertijos o canciones que se le escapan a rachas al menor tropiezo”? Tal vez sí. Pero corríamos el riesgo de dejar fuera, entre las piedrecillas, algún diamante. Nunca se sabe.