sábado, 28 de marzo de 2015

Alberto Manguel, autobiografía y erudición


Una historia natural de la curiosidad
Alberto Manguel
Alianza Editorial. Madrid, 2015.

Nacido en Buenos Aires, pero criado en Tel Aviv, Alberto Manguel aprendió el inglés y el alemán antes que el español. De nacionalidad canadiense, vive en Francia en una antigua rectoría cercana al Loira que ha llenado de libros y que describe en el primer capítulo de La biblioteca de noche.  Su adolescencia es argentina: estudió el bachillerato en el afamado Colegio Nacional de Buenos Aires, donde tuvo como profesor a Isaías Lerner, y fue amigo y colaborador de Borges. Conoce a la perfección las principales literaturas, pero el aburrimiento le llevó a abandonar los estudios universitarios en el primer curso. Desde su inicial Guía de lugares imaginarios, de 1980, ha conseguido la hazaña de colocar misceláneas y divagaciones eruditas sobre la lectura y las bibliotecas, sobre Homero y Montaigne, sobre grandes obras o enormes minucias, entre los libros más vendidos.
            Le ayuda que escriba en inglés, le ayuda su relación –como traductor, como antólogo, como director de colecciones– con el negocio editorial. Alberto Manguel sabe que lo primero para vender un libro es encontrar un título adecuado. Su última obra podía haberse titulado Comentarios sobre el poema de Dante, pero se titula Una historia natural de la curiosidad; el grueso volumen tiene más, sin embargo, de lo primero que de lo segundo y eso hará que la curiosidad de algunos lectores se agoten pronto y lo dejen de lado, aburridos: la minuciosa glosa de los versos de Dante que llena la mayor parte de sus páginas no responde a nuestras expectativas.
            Pero Una historia natural de la curiosidad no es solo un libro sobre la Divina comedia, aunque le dedique la mayor parte de las páginas. Cada capítulo va precedido de una introducción en cursiva, no muy extensa (dos o tres páginas, pocas veces más) que puede ser leída independientemente y que en su conjunto constituyen una obra aparte de carácter autobiográfico. Algunas de las anécdotas que se nos cuentan son bien conocidas (Manguel se ha referido a ellas en varias ocasiones, especialmente en el libro Conversaciones con un amigo), pero otras se nos refieren por primera vez, como la pérdida temporal de la capacidad de hablar y escribir en las navidades de 2013. Llenas de serena emoción resultan las páginas que dedica a la vejez al comienzo del capítulo 15. Acalladas las pasiones, velados los sentidos, el placer le llega fundamentalmente “a través del acto de pensar”; los sueños y las ideas le parecen “más ricos y más claros que nunca”. Pero el cuerpo no deja que la mente se independice e impone continuamente su presencia, “mordiendo, rascando, apretando, aullando o cayendo en un estado de embotamiento o agotamiento injustificado”.
            Los breves pasajes autobiográficos constituyen lo mejor de Una historia natural de la curiosidad y podrían ser el germen de una obra aparte. Conviene anotar, sin embargo, que a Manguel, que tanto tiene en común con Borges (de él aprendió quizá el arte de las antologías temáticas), le falta una cualidad esencial del maestro argentino: no es un estilista, carece (al menos cuando escribe en español o cuando se le traduce al español) de eso que suele denominarse “calidad de página”.
            En los libros de Manguel, importa menos lo que tienen de estructurada monografía (a veces solo un recurso editorial) que las digresiones y las citas. Una historia universal de la curiosidad trata de responder a las preguntas fundamentales del  ser humano (“¿Qué es el lenguaje?”, “¿Quién soy?”, “¿Qué hacemos aquí?” se titulan algunos de los capítulos) basándose, no siempre de justificada manera, en los versos de Dante. El lector respira aliviado cuando se olvida de ellos y nos cuenta, por ejemplo, la historia de Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, quien hizo “tantas cosas extraordinarias a lo largo de sus sesenta años de vida que es casi imposible mencionarlas todas”, o la del belga Paul Otlet, que quiso poner al alcance de cualquiera, mediante complejas técnicas bibliográficas,  la totalidad del saber humano, anticipando Internet. O cuando resume un cuento de los hermanos Grimm sobre la promesa de la Muerte de enviar antes a sus mensajeros.
            Como Umberto Eco, y siguiendo ambos la lección de Borges, Manguel le ha quitado el polvo a la erudición para ponerla al alcance de todos los lectores. Pero como el Umberto Eco de Historia de la belleza o Historia de las tierras y los lugares legendarios corre el riesgo de acabar publicando libros ilustrados que apetece más hojear y regalar que leer.

            

sábado, 21 de marzo de 2015

Los diarios de Iñaki Uriarte


Diarios 2008-2010
Iñaki Uriarte
Pepitas de calabaza. Logroño, 2015.

Hay libros que son la obra de toda vida. El diario de Iñaki Uriarte, que comenzó a publicarse en 2010, cuando su autor había cumplido ya los sesenta años es uno de ellos. Una segunda entrega apareció al año siguiente y la tercera acaba de llegar a las librerías. No son obra distinta, sino partes del mismo libro y de ahí que compartan título (o ausencia de título: Diarios es más bien un subtítulo) y un diseño gráfico que lleva a confundir unas entregas con otra.
            Contra todo pronóstico, estos diarios llamaron la atención de críticos y lectores desde el primer momento. Hoy, cinco años después de su aparición, son ya un clásico. No se puede hablar del diario en España sin mencionar, en un primerísimo lugar, el nombre de Iñaki Uriarte. Lo que a Andrés Trapiello, Miguel Sánchez-Ostiz o José Carlos Llop les costó tomos y tomos, Uriarte lo consiguió con unas pocas páginas.
            Las razones de ello son fundamentalmente dos. La primera que el autor no había publicado libro ni apenas había publicado nada (dos poemas en una revista de los años setenta, alguna reseña), pero no era un desconocido. Desde los tiempos en que colaboraba en La moneda de hierro, junto a Félix de Azúa, Luis Antonio de Villena o Fernando Savater, había cultivado la amistad de los más destacados nombres de su generación, y no solo de ellos. Era el lector atento, la persona cordial, el confidente discreto que siempre estaba en el lugar adecuado en el momento justo. No se había dedicado a nada, salvo a leer y a vivir, no hacía sombra a nadie. No parecía que fuera a hacerla tampoco con un puñado de anotaciones aparecidas en una editorial provinciana.
            Pero había otra razón, la fundamental: Iñaki Uriarte no necesitaba ese instantáneo coro mediático, tan útil sin embargo, para fidelizar a los lectores. Bastaba abrir su diario por cualquier página, bastaba leer dos o tres de sus mínimas entradas, para quedar seducido de inmediato, para convertir la primera entrega de sus diarios –complementada con los que vinieron después– en un libro de cabecera. Y este es el motivo de que algunos de los elogiosos ditirambos con que se recibieron se convirtieran después en resentidos silencios. Iñaki Uriarte dejaba de ser un simpático personaje del entorno literario para se alguien que llegaba para quedarse y hacía sombra.
            La máxima del minimalismo, menos es más, la domina Iñaki Uriarte como nadie. Buena parte de su diario son citas, breves citas de unos pocos libros a los que vuelve siempre: Montaigne, en primer lugar. Citas, tan bien seleccionadas, que nos sorprenden aunque sean de un escritor que conocemos bien. A menudo, ni siquiera necesita comentarlas para hacerlas propias.
            Otro elemento constante es el elogio de la pereza, del levantarse tarde, del disfrutar del instante en una playa, en la terraza de un hotel, en casa con un libro en las manos. La vida de Iñaki Uriarte ha sido lo que tradicionalmente se denominaba “vida de un rentista”: nunca ha necesitado trabajar, y con frecuencia alude a ello con algo de apenas disimulada mala conciencia. Para ganarse la simpatía del lector no deja de insistir en su poca voluntad, en las limitaciones de su carácter. No lo necesita. Le basta con su sentido común, con su sentido del humor, con una inteligencia que se muestra, sin deslumbrar, voluntariamente asordinada, en cada página.
            Iñaki Uriarte, un hombre aparentemente sin biografía (en las solapas de sus libros se repite escuetamente que nació en Nueva York en 1946, vive en Bilbao y es de San Sebastián), sabe aprovechar al máximo sus más noveleros incidentes vitales: una detención durante el franquismo en la que conoció al policía Amedo; sus encuentros con gente importante (él siempre en discreto segundo plano); el exilio de su padre en Nueva York, donde fue amigo de Galíndez, el político vasco secuestrado, torturado y asesinado por Trujillo; la pensión que sus abuelos maternos tenían en la calle 82 Oeste, y en la que se alojó Rubén Darío; los pintorescos personajes de una familia de la gran burguesía vasca…
            También nos habla mucho de viajes, e Iñaki Uriarte sabe hacerlo sin incurrir en el tópico ni en la convencional postal turística. No menos interesante que su estancia en la Provenza, en Atenas, Berlín o Nueva York, son sus repetidas visitas a Avilés, donde afirma tener un palacio: el hotel Ferrera, y de donde es su mujer.
            El mayor protagonismo es quizá para el tercer miembro de esta singular familia: se llama Borges y es un gato tímido y sabio que se parece bastante al autor.
            Iñaki Uriarte tardó mucho en decidirse a publicar sus diarios. Esta tercera entrega se corresponde con el momento en que apareció el primer volumen y de ahí, afirma él, que le haya costado más escribirla. Antes escribía para sí mismo y ahora se siente observado. Teme molestar a alguien y por eso borra las entradas que considera maliciosas. El lector no se toma demasiado en serio esos escrúpulos. Iñaki Uriarte es un eficaz satírico de las tonterías del mundo contemporáneo y sabe poner a cada uno en su lugar, llámese Vargas Llosa o Chillida, o a tantos conocidos de los que no da nombre, ni  falta que hace. Actúa siempre con exquisita cortesía, como no queriendo molestar, pero sabe dar con el punto flaco. Así termina su referencia a la monja de un convento de clausura que les vende dulces a través del torno: “Nos cuenta que son veintidós monjas, seis de ellas jóvenes. Hay incluso una negrita recién llegada de Kenia que no sabe una palabra de español. Pienso en el puticlub Jamaica que hemos dejado atrás en la carretera”.
            Los diarios de Iñaki Uriarte, estemos o no de acuerdo con sus observaciones (lo estamos casi siempre), son uno de esos libros que nunca cansan y a los que nunca nos cansamos de volver.   


sábado, 14 de marzo de 2015

Óscar Hahn, Loewe de línea clara


Los espejos comunicantes
Óscar Hahn
XXVII Premio Loewe
Visor. Madrid, 2015.

Hasta hace poco había dos clases principales de premios de poesía: aquellos a los que había que presentarse, generalmente de manera anónima, destinados a poetas nuevos o poco conocidos, y aquellos otros a los que se daban sin necesidad de presentarse y que por lo general reconocían una larga trayectoria literaria. Los primeros eran, y son, innumerables, desde el veterano Adonais hasta el sustancioso Loewe, pasando por los que convocan editoriales, ayuntamientos, diputaciones; los segundos siempre se han contado con los dedos de una mano: el Premio de la Crítica, el Nacional de Literatura, el Cervantes, el Príncipe de Asturias.
            Últimamente las cosas han comenzado a cambiar. A Claudio Rodríguez, Ángel González o Francisco Brines, tras ser descubiertos por el Adonais, no se les ocurriría participar en ningún otro concurso. Luis Antonio de Villena, Jaime Siles o Guillermo Carnero, a pesar de que ya están en las páginas de la historia literaria, no dudan en competir por los más sustanciosos galardones (a veces los mismos en los que ellos actúan habitualmente de jurados).
            Por eso sorprende menos, aunque algo sorprende, que el premio Loewe lo haya obtenido en su última convocatoria Óscar Hahn, un poeta chileno de 1938, cuyas poesías completas, Archivo expiatorio (1961-2009), prologadas por Luis García Montero, ya habían sido publicadas por la editorial Visor.
            Los espejos comunicantes es un libro de fácil lectura y de apariencia menor. A más de un lector le extrañará encontrarse con un poema infantil inspirado en una historia de E. T. A. Hoffmann: “Muñequitas de madera / lindas muñecas mecánicas / todas con ojos de vidrio / y colorete en la cara”.
            Tampoco falta el poema que es poco más que simplismo y buenas intenciones. “¿Es que existe en el mundo alguna guerra / que no sea sucia?” comienza el titulado “Guerra sucia”. Y en “Nueva paradoja de Zenón” critica que haya países donde a los dieciocho años un joven no puede beber alcohol, pero puede ser enviado a la guerra.
            Son los inconvenientes de una estética realista que, al no jugar a oscurecer el verso o a destruir el lenguaje, no puede encubrir ninguna incursión en la obviedad o el tópico.
            Pero en el epigonal y a ratos algo desganado Los espejos comunicantes sigue estando presente el gran poeta que es Óscar Hahn, un poeta de línea clara, refractario a las vanguardias, uno de los más notables poetas de este tiempo.
            Los mejores poemas del libro nos cuentan una historia emparentada con la literatura fantástica. En “El recién llegado”, el difunto “que no sabe / todavía dormir el sueños eterno”, “mira a su alrededor desorientado / como cuando una noche despertamos / en una habitación desconocida / y buscamos el cielo raso, el cuadro / familiar el teléfono las fotos / y nuestra ropa encima de la silla”.
            “Teoría de la relatividad” nos cuenta una historia de fantasmas (no es la única); el imaginario de ciertas películas de terror o de ciencia ficción aparece en otros poemas, y en “Transformers” le sirve para conseguir un original poema erótico.
            No desdeña el humor Óscar Hahn (“Reloj de pie”) que contrasta con el directo sentimentalismo de otros poemas: “un amor indecible como este loco amor”.
            Los defectos son la otra cara de las virtudes de un poeta; cada estética permite determinados aciertos, posibilita determinadas caídas. La poesía fácil de Óscar Hahn –fácil de leer y en algunos casos diríamos que fácil de escribir– resulta memorable en poemas como “En la tumba del poeta desconocido”, “Solitude” o “La suprema soledad”, dedicado a Miguel de Unamuno.
            A partir de cierta edad, los poetas no escriben nuevos libros de poemas, sino solo poemas sueltos que añadir a una obra ya hecha. Es quizá lo que le ocurre a Óscar Hahn en Los espejos comunicantes.


sábado, 7 de marzo de 2015

El arte de la entrevista


Vidas contadas
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2015.


César González-Ruano, uno de los maestros de Marino Gómez-Santos, definió la entrevista periodística como "la necesidad al servicio de la vanidad". Y lo explicaba --precisamente en una conversación con Gómez-Santos-- de la siguiente manera: "Casi nadie ha ido a hacer una entrevista a nadie con ganas, sino por ganarse unos duros con la colaboración de un tío conocido que, el ochenta por ciento de las veces, a la juventud naturalmente iconoclasta del que le hace la entrevista, le parece una especie de memo afortunado".
            Marino Gómez-Santos, ovetense de 1930 que a los veinte años se plantó en Madrid con un libro sobre Clarín bajo el brazo y lleno de ambiciones literarias, se hizo en seguida un nombre como renovador del no demasiado valorado género de la entrevista. Eran las suyas largas conversaciones no sujetas a la inmediata actualidad ni tampoco atenidas a un cuestionario previo. Sus primeros éxitos los consiguió acercándose a los grandes nombres de la España anterior a la guerra civil. Todo aspirante a escritor que llegaba entonces a Madrid lo primero que hacía era "ir al café Gijón y luego a casa de don Pío para hacerle una entrevista". Él no solo fue al café Gijón sino que le dedicó un espléndido libro que causó cierto escándalo y no entrevistó una vez a Baroja, sino docenas de veces, e incluso le ayudó en alguna de sus obras epigonales, tan reiterativas como llenas de encanto.
            Las entrevistas de Gómez-Santos se publicaban en el diario Pueblo, dirigido por Emilio Romero, a lo largo de toda una semana. Muy pronto comenzaron a recopilarse en libros, como Diálogos españoles, de 1958, o a formar ellas mismas un pequeño volumen, como Gregorio Marañón cuenta su vida, de 1961.
            Vidas contadas reúne una selección de las conversaciones con escritores. Comienza con dos que ya se incluían en la primera recopilación, las dedicadas a Azorín y a Marañón, y que están entre las mejores suyas. La conversación –es un decir-- con Azorín tiene el encanto de sus libros últimos, llenos de minucias eruditas y de destellos de inteligencia bajo su aparente grisura. Azorín ya era entonces, y desde hacía décadas, "el caballero inactual"; esa inactualidad contribuye paradójicamente a que su interés se mantenga intacto.
            A Marañón, una de sus grandes admiraciones, junto a Severo Ochoa, le dedicaría luego Gómez-Santos una ejemplar biografía, que no le quita valor a la síntesis biográfica preparada en varias visitas al mítico cigarral de los Dolores. De los liberales que trajeron la república y que pronto se desengañaron de ella, Marañón fue el único que consiguió ocupar un lugar destacado en la España franquista, como ya lo había ocupado, antes de hacerse republicano, durante el reinado de Alfonso XIII. Y lo hizo sin traicionarse nunca a sí mismo. Algo de su secreto se desvela en estas páginas pioneras.
            De gran interés, nada envejecida, resulta también la entrevista con Alejandro Casona a su vuelta del exilio. Es un Casona que no acaba de entender la paradoja de que le aplaudan los que le denostaban cuando el estreno de Nuestra Natacha y le ataquen los que le aplaudieron entonces, o sus herederos ideológicos. En la entrevista --que algo tiene de testamentario: Casona moriría imprevistamente no mucho después-- rememora su infancia asturiana, las andanzas con las Misiones Pedagógicas, la imposibilidad ya de un verdadero regreso: "A mí me ocurre ahora aquello que decía Rusiñol, que cuando el español va a América y vive un tiempo allí, termina teniendo dos patrias que son España y América, y después acaba teniendo una sola que es el barco, porque siempre quiere venir y cuando ha llegado está deseando volver".
            No todas las entrevistas que se recopilan en este tomo han envejecido igual de bien. Distante nos resulta Ignacio Agustí, tan distante como su literatura, y en exceso elusivo Wenceslao Fernández Flórez, un personaje que, como reconoce el propio Gómez-Santos, "se le escapó casi entero de las manos".
            No ocurre lo mismo con Eugenio Montes, quizá el más brillante estilista de la Falange, y un escritor con muchos recovecos --fue poeta ultraísta antes de dejarse deslumbrar por el clasicismo romano-- que no puede limitarse a su adscripción ideológica.
            A una etapa distinta pertenece la entrevista con Vicente Aleixandre, en la que nos sorprende encontrarnos al poeta Justo Jorge Padrón, momentos antes de recoger el Nobel de Aleixandre, "como un torero en las horas previas de su actuación en la plaza", tumbado en su suite del Gran Hotel, "rodeado de bellísimas mujeres". Luego se pasaría la noche "bailando con aquellas bellísimas mujeres que parecían damas de corte para un príncipe". Fue el máximo momento de gloria, de gloria prestada, del poeta canario.
            En sus entrevistas de la primera época, en sus memorias, tituladas muy significativamente  La memoria cruel, Marino Gómez-Santos ha acertado a contarnos como nadie la novela de la literatura, con sus figuras y sus figurones. Él mismo, a sus ochenta y cinco años, es todo un personaje que no cree haber recibido el reconocimiento que merece; le hace falta un entrevistador con idéntico talento e idéntica ambición que él tenía hace sesenta años.

            

sábado, 28 de febrero de 2015

Xuan Bello: Una especie de música


Las cosas que me gustan
Xuan Bello
Traducción de José Luis Piquero
Xordica. Zaragoza, 2015.

¿Cuál es el secreto de la literatura de Xuan Bello? ¿Por qué un puñado de artículos escritos en un dialecto minoritario, el asturiano occidental, reunidos en libro con el título de Unas poucas cousas guapas (2009) y traducidos ahora al castellano (Las cosas que me gustan) y al catalán (Unes cuantes coses boniques) sigue conservando intacta su capacidad de fascinación?
            En primer lugar, porque esos artículos, publicados semanalmente en el desaparecido Les Noticies, eran periodismo y eran literatura, no se limitaban a glosar la perecedera actualidad, estaban ya concebidos como partes de un todo, como evocación de momentos felices –de ahí el título-- y estaban escritos con voluntad de estilo.
            Y en segundo lugar porque Xuan Bello tuvo muy claro desde el principio que el carácter universal de una literatura no tiene nada que ver con el número de hablantes de la lengua en que se escribe. En inglés, en español, en chino se publican textos que no interesan más allá de los límites de una región o de cuatro amigos, mientras que en la lengua más minoritaria –en la que solo hablan unos pocos miles de personas– se pueden escribir obras que trasciendan las fronteras y los siglos. La traducción es parte, y una parte esencial, de la historia de la literatura.
            A la manera de los tesoros enterrados en la infancia --"una llave oxidada, un cromo de Gento, dos huesos de melocotón, un martillo con el mango podrido y una piedra muy rara, de color verde"-- y del mapa que lleva a ellos, Unas pocas cosas guapas (mejor esa versión literal que el título que le han puesto en español) pretende ser un recuento de momentos felices, de lugares, de lecturas y fantasmagorías. El maestro más evidente de esta prosa lírica y divagatoria, que gusta de entremezclar el detalle exacto con la ficticia erudición, se encuenta en Álvaro Cunqueiro, a quien se homenajea en uno de los capítulos. Pero Xuan Bello tiene personalidad propia, no es un epígono más del maestro de Mondoñedo.
            Entremezclan las páginas de Unas pocas cosas guapas lo vivido y lo soñado, lo leído y lo fantaseado en las tardes ociosas, ante un vaso de buen vino, mientras asciende, el humo del cigarrillo. En ellas están Coimbra y Lisboa y Roma y Nueva York, pero también las tierras del occidente asturiano, recorridas a pie o a caballo: "Allí el mundo se llama Villapedre, Tox, Vigo, Veiga, Santiago, Barañu: si vienes de El Chanu de Luarca pronto de das cuenta de la fuerza de la idea, de la sutilidad de la frontera".
            Xuan Bello cuenta cuentos, y lo hace como nadie, pero no todo lo que parece cuento en su prosa hipnótica lo es. En algún caso, yo mismo puedo ser notario de la fidelidad de su memoria: formaba parte del grupo de amigos que en el Nueva York insólitamente rural de Staten Island buscaron un templo tibetano y lo encontraron escondido entre colinas, en un rincón secreto que parecía lejos del mundo y estaba a dos pasos de Manhattan; y le acompañé, junto a José María Micó, por las calles de Lisboa, en aquella mañana que se vuelve mágica en su prosa, hasta la Praça do Príncipe Real, con su árbol inmenso bajo el que parece que podría resguardarse entero el rebaño del homérico cíclope.
            Leer a Xuan Bello es como ponerse a escuchar el piano, la flauta o la gaita de  un genial improvisador: unos temas llevan a otros, las variaciones parecen inagotables, se suceden la exaltación y la melancolía, y tras conseguir que la emoción nos nuble la vista inicia un saltarín paso de baile. ¿Importa algo que lo que nos cuenta ya nos lo haya contado antes, que esa cíta de Andrade ya la haya repetido más de una vez? La alacridad de estas melodías no fatiga nunca.
            Hay pasajes de este libro (el recuento de puentes y de fuentes, aquel atardecer en Terracina) que valen por un poema en prosa, pero el autor sabe escapar a tiempo de los riesgos del lirismo, que solo resulta aceptable en pequeñas dosis.
            Se agradece que ponga a menudo los pies en la tierra, que hable de amigos y de libros concretos, que entremezcle recuerdos de infancia con anécdotas de su vida de escritor que frecuenta congresos y vanidades y que no olvida los esfuerzos por imponer el asturiano como lengua literaria; también, los escasos momentos que anclan estas divagaciones a la actualidad periodística del momento en que fueron escritas.
            Siempre el mismo y siempre diferente, nunca nos cansamos de leer a Xuan Bello --el más local y el más universal de los escritores asturianos-- como nunca nos cansamos de escuchar a Mozart.
           


            

sábado, 21 de febrero de 2015

Manuel Vilas, eficacia probada


El hundimiento
Manuel Vilas
Visor. Madrid, 2015

No sé si alguien ha caído en la cuenta de lo mucho que tienen en común los programas televisivos de máxima audiencia, los reality, con el género literario de la autoficción, que  tan de moda se puso a la par que ellos. En ambos casos se juega con los límites entre la realidad y la ficción, entre lo espontáneo y lo guionizado.
            Mucho de reality show tiene la segunda etapa de la poesía de Manuel Vilas, la que le ha convertido en uno de los poetas más reconocidos y premiados del momento. Antes de la publicación de El cielo (2000), era un autor cuya discreta poesía neocernudiana pasaba sin pena ni gloria. A partir de ese libro, sustituyó el educado tono menor por el grito, la sutileza por la brocha gorda y los índices de audiencia crecieron de inmediato. Cito un fragmento de un poema en que nos cuenta su visita a Lourdes: "Cené en Mc Donald's, porque en Lourdes hay Mc Donald's, / una buena hamburguesa con patatas fritas, y un vaso / de coca cola con hielo, treinta y cinco / francos, comí al lado de monjas, postulantes, novicias y creyentes. / Yo, un hombre solo, una mano en la hamburguesa, / en la otra una patata, larga y amarilla, fina y quemada, / un turista absurdo, un tipo que viaja / a los confines morales de este mundo blanco; la mano se corona / con un rosario o con una navaja, tal vez con las dos cosas juntas".
            El autor se convierte en personaje --Gran Vilas se titula su anterior libro de versos--, un personaje que llora, grita, filosofa, se desnuda, se desespera, se emborracha ante el lector. No es nada nuevo, por cierto, este tipo de poesía: Walt Whitman no dudó en titular "Canto a mí mismo" una de las secciones de sus Hojas de hierba. Lo novedoso es la estridencia, la falta de matices, la voluntaria o involuntaria comicidad.
            Abundan en El hundimiento, como en toda la poesía de Vilas (también exitoso novelista), los poemas que cuentan una historia, siempre tremebunda. En "Orange", la protagonista quiere abandonar a su familia y queda con el amante en una cafetería (lleva en el coche "dos maletas y el portátil"), pero este no aparece: "Volviste a casa y tu marido te rompió la cara. / Te dio una bofetada salvaje que te dañó el oído / y no oías los insultos, / eso te ahorraste". Sigue luego la sucesión de desgracias (que yo copio sin marcar la diferencia entre los versos): "Aquella noche dormiste en un hotel barato del centro. Pero no podías dormir. Bebías más. Te quedaste dormida por efecto del alcohol y a las tres horas te despertaste con un ataque de pánico. Tu marido dijo que no volverías a ver a tu hijo. Llamaste a una amiga, que no ayudó. Al día siguiente acudiste a tu trabajo, y a los tres días tu jefe te despidió. Dijo que no quería mujeres desesperadas en su empresa". Despido improcedente se llama esa figura.
            Otras historias son quizá alegóricas. En "Los nadadores nocturnos", todos los días va a nadar al gimnasio un grupo del que el hablante del poema forma parte. Están allí hasta que cierra. Luego van emborracharse a un bar "regentado por chinos casi muertos, / después de haber nadado hasta el agotamiento". No se hablan. Los versos finales dicen así: "Siempre estamos esperando / que alguno no venga nunca más, / pero resistimos como hijos de perra, / todo un misterio de los nadadores nocturnos". Todo un misterio ciertamente.
            Pero la mayoría de los poemas de El hundimiento tienen un tono de desgarrada confesión personal. No parece haber mucha literatura en el titulado "974310439" --un número de teléfono--, dedicado a la muerte de la madre: "Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo. / Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí".
            Los poemas de El hundimiento están llenos de pequeños detalles que pretenden dar verosimilitud y realismo al poema. A menudo son precisamente esos detalles, que se pretenden exactos, los que nos hacer ver que estamos solo ante una fórmula aplicada un tanto mecánicamente. Un ejemplo. En el poema "1980" compara su vida, a los cincuenta y un años, con la del padre cuando tenía la misma edad: "Salimos los dos al mismo tiempo y montamos / en sendos automóviles, / el mío tiene música y el tuyo solo radio, / tu Seat 1430, y tal vez sea esa la única diferencia". ¿Qué radio es esa en la que no se emite música?
            Es fácil caricaturizar la poesía de Manuel Vilas. Qué inverosímiles los neonazis de “El IV Reich”, qué ridículo su lamento porque Azorín, Baroja, Machado, Lorca, Unamuno no hubieran sino unos borrachos (“Red, red wine”).
            Y sin embargo, a pesar de todo, es difícil escapar a la fuerza de algunos de estos poemas –“Spiritual”, por ejemplo--, hechos quizá más para ser declamados que para la lectura silenciosa y atenta. Emocionarse con estos versos, y emocionantes son muchos de ellos, requiere poner a un lado el espíritu crítico, lo mismo que cualquier reality. “Sangra la ficción por todo mi cuerpo”, nos dice en “Spanish dream”, y a veces es sangre verdadera. Pero leemos, en el mismo acumulativo poema, “España, pensé en pasar de ti, pero no puedo, eres mi esposa”. ¿No se puede “pasar” de una esposa, no existe el divorcio? Quienes disfrutan, se emocionan y conmueven con programas como “Hay una cosa que te quiero decir” no deben perderse El hundimiento, real como la vida misma cuando está adecuadamente guionizada. 

sábado, 14 de febrero de 2015

Elogio y refutación de la crítica académica


Prosemas. Revista de estudios poéticos
Extraordinario dedicado a Ángel González
Universidad de Oviedo, 2015.

Es bien sabido que no solo la mejor, sino también buena parte de la peor crítica literaria, especialmente si se refiere a la literatura contemporánea, se hace en la Universidad. Sorprende encontrarse con una pintoresca muestra de esta última en un lugar tan inesperado como el número inicial de la revista Prosemas, un volumen monográfico dedicado íntegramente al poeta Ángel González.
            Y digo que sorprende porque la revista nace como "un órgano difusor de contenidos científicos" y cuenta como garantía con un prestigioso comité editorial y con un abrumador "comité científico" internacional.
            Quizá el que John C. Wilcox, catedrático de la Universidad de Illinois, forme parte del comité científico puede explicar, aunque no justificar, que nadie parezca haberse tomado la molestia de leer su colaboración antes de publicarla.
            Se titula "Apuntes para una poética gerontológica en el Ángel González de Nada grave" e incurre en una lectura biográfica de los poemas que muestra tanto un desconocimiento de la biográfica del poeta (fácilmente subsanable) como del lenguaje poético. Lo que menos importa es que afirme taxativamente que el libro se terminó de escribir "el 12 de enero de 2008, el mismo día de la muerte de nuestro poeta" (como si hubiera estado en la Unidad de Cuidados Intensivos con el cuaderno de notas en la mano). Del primer poema, "Orazal" (inversión del nombre de Lázaro porque su protagonista se nos presenta como "el  resucitado de la vida", no de la muerte), "infiere" que Nada grave "se inspiró en el hecho de que el mismo Ángel González habría sufrido una suerte de ataque, tal como un derrame cerebral, un infarto o una embolia pulmunar en que él perdió conciencia total, o aun que murió". O sea que Ángel González, antes de 2002, en que se publicaron los primeros poemas de su libro póstumo, murió y resucitó, y no metafóricamente, sino como consecuencia de "un derrame cerebral, un infarto o una embolia pulmonar". De otro poema, "Hoy", deduce que el poeta se presenta a sí mismo "como un ser humano con una sola pierna" porque "con el derrame cerebral habría perdido el uso de la otra pierna". El fundamento de tan peregrina afirmación --el poeta se quedó cojo a causa de un derrame cerebral—lo encuentra en los siguientes versos: "Soy esto / --dice o casi relincha, desafiante, mi cuerpo-- / y nada más que esto: / cuadrúmano o solípedo / y poca cosa más: sedentario, nocturno".
            Contrastan esos disparates interpretativos con el buen hacer de la mayoría de los colaboradores, muy especialmente María Payeras Grau o  Ángel Luis Luján Atienza. La primera sitúa al poeta en su generación, sintetizando acertadamente estudios anteriores, y relaciona la poesía de Ángel González con la narrativa española del medio siglo basándose en la novedosa utilización del punto de vista. El segundo se ocupa de los sonetos de Ángel González, prestando especial atención al último, "Todo el mundo lo sabe", que con su mezcla de ironía y gravedad, de habilidad técnica y desengañada visión del mundo, pudiera servir como el mejor colofón de su obra.
            De los dos trabajos que concluyen el volumen (hay además una completa bibliografïa a cargo de Begoña Camblor), firmados por valiosos investigadores jóvenes, Miguel Ángel García y Luis Bagué Quílez, se nos dice que son "resultado del Proyecto de Investigación de referencia FFI2011-26412, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad". ¿Y que es lo que se investiga en ellos que hace que merezcan una especial financiación en un tiempo de recursos escasos? Miguel Ángel García glosa y amplifica lo que dijo Ángel González en los dos estudios que dedicó a la generación del 27. Al hacerlo encuentra "sorpresas inesperadas". Por ejemplo, que "consuela leer, en este no menos áspero mundo de hoy en día, incluido el de los nuevos bardos", que "la literatura forma parte de la Historia, es Historia ella misma". Menudo descubrimiento. Tras la retórica académica –afirma que algo es una obviedad y refuerza su afirmación con la correspondiente cita de otro estudioso, como si las obviedades dependieran del criterio de autoridad—no parece haber más que reiteración de lo ya dicho y consabido.
            Luis Bagué Quílez, también financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, se ocupa de la influencia de la poesía de Ángel González en la poesía española actual. Comienza bien, comparando "Para que yo me llame Ángel González" con un texto que de él procece,"Todo ocurrió para que tú nacieras", de Miguel d'Ors, pero luego cualquier externa semejanza le vale para señalar improbables parentescos. Llega incluso a relacionar un poema de Nada grave, publicado en 2008, con uno de Bruno Mesa incluido en Nadie, de 2002, y otro del mismo libro con uno de Javier Almuzara aparecido en Constantes vitales, de 2004. ¿Influye Ángel González en la poesía española actual o influyó la poesía española joven en Ángel González?
            La cortesía académica impide decir estas cosas. Pero por encima de esa cortesía está el respeto a los lectores. Claude Le Bigot comienza así su artículo: “Hablar de antipoesía para valorar a un poeta que ha merecido un amplio reconocimiento en el panorama de las letras españolas podría resultar poco pertinente, y hasta contraproductivo, a la hora de asomarse a la veta realista que caracteriza parte de la producción del medio siglo pasado”. Bastaría ese párrafo para que el “preceptivo informe de evaluación” lo rechazara (o para que el lector deje de seguir leyendo). Si Nicanor Parra, que se refirió a la antipoesía antes de que el autor de Áspero mundo comenzara a publicar, ha obtenido el premio Cervantes y ningún suplemento cultural ha dejado de ocuparse reiteradamente de ella, ¿cómo va a sorprender que se hable de la antipoesía a propósito de Ángel González? ¿Cómo va a ser “contraproductivo” (quizá quiere decir “contraproducente”)?
            La crítica académica suelen hacerla funcionarios, o aspirantes a ello, que tienen sus propias reglas de evaluación para la promoción interna. Eso explica tanto sus indudables aciertos –fuera de la Universidad y sus métodos y sus medios serían imposibles determinados estudios-- como sus estrepitosos errores, que se evitarían con una evaluación más atenta al rigor y la novedad de los contenidos y  menos gremial.

             

sábado, 7 de febrero de 2015

Jardiel Poncela, el humor, el amor y otras paradojas


¡Haz reir, haz reir!
Vida y obra de Enrique Jardiel Poncela
Víctor Olmos
Renacimiento. Sevilla, 2015.

El teatro es el género literario más perecedero y el de Enrique Jardiel Poncela no parece haber resistido demasiado bien el paso del tiempo, al contrario de lo que ocurre con su chispeante obra menor --la recogida, por ejemplo, en El libro del convaleciente y Exceso de equipaje-- y con sus libérrimas novelas, especialmente con La tournée de Dios, que no ha perdido nada de su pungencia provocadora.
            De la mayoría de las obras teatrales de Jardiel Poncela estrenadas durante la posguerra nos queda el ingenioso o llamativo título --Los ladrones somos gente honrada, Cómo mejor están las rubias es con patatas-- y poco más. Difícilmente resisten la representación y apenas si alguna réplica salva el interés de la lectura.
            Hizo todo lo posible Jardiel por acomodar su irreverente talento a la pacata sociedad franquista, pero fue en vano: sus estrenos acabaron siendo una estrepitosa sucesión de fracasos.
            Pero era todo un personaje, y ese personaje no ha perdido capacidad de seducción. Tras varios ensayos biográficos, firmados por su hija Evangelina o por los que fueron sus más cercanos discípulos, Víctor Olmos nos ofrece la que pretende ser la primera biografía completa y no limitada por la cercanía afectiva.
            ¡Haz reír, haz reír! (el título, no sé si muy afortunado, procede de una canción de Donald O'Connor en la película Cantando bajo la lluvia), bien documentada y muy generosamente ilustrada, resume la trayectoria literaria de Jardiel Poncela, de la que él mismo fue un eficaz analista en los extensos prólogos que gustaba poner a la recopilación de sus obras, y nos desvela algunos enigmas de su complicada vida sentimental.
            Jardiel Poncela siempre presumió de su éxito con las mujeres, un éxito que paradójicamente constituyó la gran tragedia de su vida. Al menos eso cuenta en “Misterio femenino”, peculiar ensayo de autobiografía erótica que escribió en 1945 y que no se publicaría hasta después de su muerte, de acuerdo con sus indicaciones: “Mi vida amorosa no ha sido hasta hoy mismo más que una sucesión de renuncias voluntarias. De renuncias a mujeres espléndidas; de renuncias a mujeres capaces de haber esclavizado a todo hombre; de renuncias a mujeres que en todo caso hubieran sido espléndidas para cualquiera; pero de mujeres que no satisfacían mi deseo y mi ansia: de mujeres que no reunían los tres 100 x 100 anhelados y buscados por mí”. Lo que buscaba era la que él denominaba mujer cúbica, esto es, la que reunía “un 100 por 100 de belleza, un 100 x 100 de inteligencia y un 100 x 100 de sexualidad”. 
            Después de muchas aproximaciones –en el poema “La lista” hace el recuento de sus amantes-- creyó encontrarla por fin una tarde de septiembre de 1943 en Barcelona: “No la vi más que un instante y ya comprendí su decisiva influencia en mi vida. Pasó por la calle, delante de mí, que estaba sentado en la terraza de un café, y no ha habido electrocutado que haya recibido la descarga eléctrica que recibí yo al verla. Levantarme como un rayo, detenerla, cogiéndola por un brazo sin considerar nada y decirle allí mismo, en la acera, desatinado y febril, cuanto pasaba por mí, fue simultáneo. Y amarla, instantáneo; y hacerla mía, lo que se tarda en alquilar una habitación”.
            Ningún don Juan más seguro de sí mismo que Jardiel si hemos de creer su palabras (escritas para publicarse póstumas, no lo olvidemos): “En cuando a preguntarla si yo le gustaba, y si ella aceptaba, ni pensé en hacerlo, ni recuerdo haberlo hecho casi nunca, pues de siempre sé que sí, como sé que mis pulmones funcionan y como sé que todo primer acto va a aplaudirse. Y en efecto, yo le gustaba, y ella aceptaba, y pronto me amaba cuanto era capaz de amor...”
            Juntos se fueron a América, en una gira que él pensaba triunfal y que resultó un fracaso (en parte por la animadversión de los exiliados republicanos), y con ella vivió los mejores días de su vida hasta que se dio cuenta de que no era la mujer cúbica que él buscaba y decidió separarse de ella: “Esta renuncia ha sido la peor de todas; ha sido horrenda, porque física y sexualmente aquella mujer estaba –y sigue estando— metida dentro de mi propia piel; porque era mi agua y mi pan; porque aquella maravillosa criatura era toda la luz de mis sentidos, y porque sin ella el mundo estaba para mí a oscuras. Y siento todo así, yo renuncié y provoqué un rompimiento”.
            Por la biografía de Víctor Olmos sabemos que las cosas no fueron tan inverosímiles como nos la cuenta Jardiel, como quizá se las contaba a sí mismo. La mujer que le deslumbró una tarde en Barcelona y a la que dio trabajo como actriz en su compañía, tras el fracaso de aquella avantura teatral, le abandonó en Buenos Aires por un exitoso boxeador. Evangelina Jardiel, hija de otra mujer que también le abandonó, se ha referido a “su angustia el día de embarcar hacia España, esperando hasta el último momento que ella apareciera, y su desolación cuando el barco le iba alejando de Buenos Aires y de ella”.
            Jardiel Poncela, el más brillante de los discípulos de Ramón Gómez de la Serna, quien supo aprovechar como ningún otro, en su vida y en su obra, los nuevos aires que había traído la vanguardia, las libertades republicanas, en la guerra civil se puso decididamente del lado de los sublevados. Más de una vez declaró su admiración por Franco y el nuevo régimen, que sin embargó prohibió sus novelas y solo toleró una obras de teatro escritas ya con una vigilante autocensura. “Yo he escrito siempre el teatro de una manera y la novela de otra diferente”, declaró en “Misterio femenino”, mostrándose y ocultándose como hace siempre en esas páginas. “En las novelas he dejado correr mi rabia. En las comedias no la he dejado aparecer, porque le hubiera sido antipática a la sensibilidad sui generis del público teatral”. Olvida añadir que las novelas --y lo más vivo de su obra-- fueron escritas en una época de libertad mientras que la mayor parte de su teatro en tiempos en que le habían puesto plomo en las alas.
            La vida de Jardiel está llena de paradojas, como sus aforismos –él los llamó “máximas mínimas”--, en muchos casos no menos memorables que los de Oscar Wilde. Víctor Olmos nos cuenta esa peripecia biográfica en una prosa clara, que procura atenerse a la documentación, sin recurrir a la imaginación para llenar los huecos, lo que es muy de agradecer, y a la vez hace un análisis de sus principales obras con abundantes citas. ¿Haz reír, haz reír! es también una excelente antología, la mejor introducción a un escritor, que se quiso ante todo autor teatral, y que por diversas razones quizá no diera en el teatro lo mejor de su talento.

            

sábado, 31 de enero de 2015

El amor, la poesía


Versos de amor
Rosa Navarro Durán
Alianza Editorial. Madrid, 2015

Hay quien piensa que el amor es un invento de los poetas y quizá no ande muy descaminado. Lo que llamamos amor es menos un sentimiento natural que una invención cultural.
            Todo lo que hay que decir sobre el amor lo dijeron antes que nadie los poetas. Por eso abundan tanto, y tienen tanto éxito, las antologías de poesía amorosa. Versos de amor, de Rosa Navarro Durán, gran estudiosa y divulgadora de los clásicos, se centra en la poesía española (no incluye a los poetas latinoamericanos) y deja fuera la poesía contemporánea (los más recientes seleccionados pertenecen a la generación del 27).
            En la introducción, inteligentemente incitativa de la lectura, se refiere a una posible “utilidad” de la antología: “¿Qué mejor que regalar un libro de hermosos versos amorosos a la persona amada? No hay más que hacerlo con el marcapáginas en el lugar adecuado, pero sin indicarlo; con ese cuidado descuido –la esencia de la elegancia– que tan bien se sabían los renacentistas, damas y caballeros”.
            Al igual que Tirante el Blanco utilizó para declararse un espejo y los pastores de Sannazaro o Garcilaso una fuente, según se nos refiere en el prólogo, este libro también podría servir para una “declaración de amor”.
            No estaría yo tan seguro, sin que eso suponga restarle ningún mérito a la colectánea que nos ofrece Rosa Navarro Durán. Predominan en ella, junto a los cancioneros medievales, los poetas del siglo de oro y cuesta imaginarse a un amante de hoy declarándose, por ejemplo, con un soneto de Fernando de Herrera: “Cubre en oscuro manto y sombra fría / del cielo puro el resplandor sereno / l’húmida noche, y yo, de dolor lleno, / lloro mi bien perdido y mi alegría”.
            La antología de Rosa Navarro Durán se dirige a dos tipos de lectores. El prólogo y la disposición temática de los versos van encaminados hacia el lector común, al que pretende ayudar a decir lo que siente, a “declararse” (“Todo gran poeta nos plagia”, escribió Ortega), pero el núcleo de los textos seleccionados se encamina a poner de relieve a poetas que para muchos tienen ya solo un valor arqueológico.
            El índice podría servir para un tratado sobre la pasión amorosa: “¿Qué es amor?”, “El enamoramiento”, “La mirada”, “La declaración”, sin faltar los capítulos dedicados al beso, a los celos o a la ruptura.
            Entres las definiciones de amor destaca el conocido soneto de Lope de Vega que comienza con “desmayarse, atreverse, estar furioso” y, tras la enumeración de efectos contradictorios a lo largo de trece versos, termina con el rotundo endecasílabo que todos hemos citado alguna vez: “Eso es amor. Quien lo probó lo sabe”. Compite con él otro soneto, el de los oxímoros, que Francisco de Quevedo tomó de Camoens y en el que el amor “es yelo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado…”
            Como una antología de los sonetos del siglo de oro puede considerarse este libro. Aquí están, junto a los citados Lope y Quevedo, los otros grandes, Góngora, Garcilaso, Villamediana, pero junto a ellos poetas que suenan menos, salvo a los estudiosos (Francisco de Figueroa o Luis Martín de la Plaza) y que quizá constituyen el aliciente mayor para el buen lector de poesía.
            La poesía posterior está más pobremente representada: con un poema aparecen Lorca, Cernuda, Antonio Machado; con ninguno, Miguel Hernández. Pero a una antología hay que juzgarla por lo que ofrece, no por lo que deja fuera. Y Rosa Navarro Durán ha optado, muy claramente, por el campo de su especialidad, no limitándose solo a los poemas líricos, sino incluyendo también –con muy buen criterio– fragmentos teatrales.
            Los poemas, ya lo hemos dicho, se distribuyen temáticamente, sin tener en cuenta la cronología y sin notas que dificulten la lectura. Las precisiones eruditas quedan para el apéndice “Localización de los textos”, que a menudo ofrece algo más.
            Al margen de los poetas del siglo de oro, Bécquer y Salinas, como no podía ser de otra manera, son los poetas más representados. De Gerardo Diego se seleccionan dos sonetos, uno de los cuales, “Insomnio”, puede competir con los clásicos.
            Quizá, más que a los enamorados en general (que preferirían a Benedetti o a la tuitera Ajo), este libro se dirige a los enamorados de la poesía. No les defraudará.

sábado, 24 de enero de 2015

Guillermo Carnero: Culturalismo y poesía


Una máscara veneciana
Guillermo Carnero
Institució Alfons el Magnànim. Valencia, 2014.


En abril de 2011, una institución cultural invitó al poeta Guillermo Carnero a pasar un mes en Venecia, “sin las limitaciones de un turista” (suponemos que tales limitaciones consistirán en tener que abonar los propios gastos). Resultado de esa estancia es este libro, que es menos un libro sobre Venecia que un minucioso recorrido erudito por las huellas de Italia y Venecia en la poesía del propio Carnero.
            En el epílogo, afirma haberlo escrito “sin el lastre que son las reglas de investigación y de documentación erudita”. Se ha permitido la “leve pillería” de sustituir “el placer de la servidumbre” por el de la transgresión.
            Pero esa “pillería”, esa transgresión, si existe, es tan leve que no la nota el lector. En Una máscara veneciana utiliza Carnero para hablar de su propia poesía la misma minuciosidad erudita que empleó para estudiar el grupo Cántico o la poesía dieciochesca. No se permite el menor rasgo de humor, salvo decir que disfruta al hacerlo “como un lechón albino”.
            Buena parte del breve volumen se dedica a la defensa del culturalismo, como rasgo característico de la poesía de su generación –la de los novísimos– y de la suya propia en particular. El culturalismo sería “un procedimiento renovador de la expresión de la intimidad y superador del intimismo primario, en tanto hace posible dar cuenta de la experiencia cotidiana a través de la cultural y evitar las limitaciones del yo lírico neorromántico. El culturalismo permite hablar del yo sin mencionarlo, y referirse del mismo modo a las situaciones existenciales de la vida cotidiana, por el procedimiento de expresar lo uno y lo otro por analogía”.
            Pero el culturalismo, que se puso de moda en los años setenta, a la vez que el rechazo de la poesía social, comenzó a ser denostado en la década siguiente, cuando otra generación entró en escena, y Carnero tantos años después sigue anclado en aquellas viejas polémicas. Para él todo lo que no es culturalismo es “intimismo primario”, “social realismo de crítica y denuncia”, utilización de un lenguaje directo “similar al usado en la comunicación no literaria, y la limitación a los referentes procedentes de la vida cotidiana y contemporánea”. Gustavo Adolfo Bécquer representaría así el ejemplo de lo que él más detesta (“¡A otro perro con esas golondrinas!” tituló su colaboración en un homenaje al autor de las Rimas): un lirismo “facilón y primario”, una “reducida y previsible gama de situaciones existenciales”, a la que se añade “sensibilidad en bruto y exclamativa sensiblería” junto con “desdén de la exigencia y la inteligencia del lector”.
            Guillermo Carnero, en su afán polémico, confunde a Bécquer con sus imitadores, lo que sería como confundirle a él, que pasó –según indica– “más horas en los museos que en el campo” con los presuntos culturalistas que sacan las referencias eruditas de sus poemas de cualquier diccionario enciclopédico o directamente de la Wikipedia.
            Los ataques de Guillermo Carnero a los presuntos enemigos del culturalismo son siempre en defensa propia. Por eso pierde a menudo la objetividad crítica que suele caracterizar sus trabajos académicos y no duda en arremeter incluso contra Manrique, a su entender responsable último de los desvaríos realistas de la llamada poesía de la experiencia: “Cuando Jorge Manrique escribió lo de dejemos a los romanos fundó, sin saberlo, un peligroso pacto demagógico de incalculables consecuencias garbanceras”.
            El culturalismo extremo de los primeros libros de Carnero cambió, tras un largo periodo de silencio, con Verano inglés (1999), su libro  más aplaudido y premiado, pero él pone todo su esfuerzo en que no se vea “como una defección o una adjuración”, no quiere ser confundido como un converso al intimismo.
            Una antología con los poemas citados completa el volumen, junto con una reproducción de las obras de arte mencionadas. ¿Es Guillermo Carnero un poeta erudito, un poeta cuyos poemas necesitan abundantes notas a pie de página? En su primera época así es, y ello explica el éxito de su poesía en el ámbito universitario. A menudo sus referencias resultan tan recónditas que el poema se volvería indescifrable sin la colaboración del propio autor, el más eficaz comentarista de sí mismo.
            No ocurre eso con su poesía última, en la que cultiva lo que él mismo denomina “un culturalismo de baja intensidad”, que es en realidad otra manera más efectiva, más atenta al lector. de utilizar las referencias culturales. Buen ejemplo de ello lo constituye el poema “Al salir de la ducha”, de Verano inglés, que menciona las odaliscas de Ingres y las pastoras de Boucher, entre otros pintores y escultores de la belleza femenina, pero que comienza con un verso de los tan denostados por el primer Carnero: “Me gusta contemplarte al salir de la ducha”. ¿Intimismo primario, lenguaje directo “similar al utilizado en la comunicación no literaria”?
            Guillermo Carnero, al contrario que Gimferrer, su compañero generacional, es un poeta que ha sabido evolucionar: su poesía actual no es una parodia de su poesía primera. Ha aprendido la lección de sus antagonistas literarios, aunque él se niegue a reconocerlo, y sus poemas últimos –los inéditos que se incluyen en este libro, por ejemplo– tienen más en común con Miguel d’Ors o Fernando Ortiz que con los suyos propios en la época de Ensayo de una teoría de la visión (1979). Así comienza uno de ellos, puesto en boca de Boecio: “No me diste paciencia ni humildad; / tampoco astucia para parecer, / plácido y obediente en un rincón. / feliz en la renuncia y el servicio”.  Compárese este monólogo dramático con el de “El príncipe Ludovico Manín contempla el apogeo de la primavera”, por citar solo un ejemplo de su rebuscada, y ya a menudo mera arqueología, poesía primera.
            En Una máscara veneciana no es Venecia lo que más importa. Da la impresión de que a Carnero un mes en cualquier biblioteca rodeado de libros sobre Venecia le habría resultado más útil para su visión de la ciudad que un año de estancia en ella.
                       


              

sábado, 17 de enero de 2015

El periodismo permanece y dura


Cuando en España estalló la paz
Valentín de Pedro
Edición de Aníbal Salazar
Renacimiento. Sevilla, 2014.

En 1917, cuando aún no ha terminado la Gran Guerra, un joven escritor argentino llega a España como corresponsal de varios periódicos de su país. Una selección de sus crónicas las reunirá en un volumen de significativo título, España renaciente, aparecido en 1922. Refleja ese libro un momento de esplendor de la cultura española. En sus páginas se retrata o entrevista a Ortega, a Unamuno, a Azorín, a Pérez de Ayala, a Baroja, a Juan Ramón Jiménez, y también a Ramón y Cajal o Picasso. La atención intelectual de Hispanoamérica, que se había vuelto hacia Francia tras la independencia, se centra de nuevo en España.
            Veinte años después, en 1942, vuelve a publicar Valentín de Pedro una serie de crónicas españolas en un diario argentino con el irónico encabezamiento de “Cuando estalló la paz”. Al contrario de lo que ocurrió con la serie anterior, en esta ocasión han tardado más de setenta años en reunirse en volumen. Lo que tenían de actualidad hace tiempo que ha desaparecido, pero se siguen leyendo con la misma emoción que cuando se publicaron por primera vez.
            Valentín de Pedro –en un poema incluido España renaciente había declarado: “Por mi sangre y mi idioma, yo me afirmo español”– se quedó en nuestro país y se convirtió en un escritor español más. Además de su labor periodística, publicó novelas cortas (el género entonces de moda), estrenó varias piezas teatrales y, sobre todo, fundó y dirigió la colección de teatro La farsa, la más leída y difundida del momento, en la que aparecieron las primeras ediciones de las obras de Lorca, de Casona y de todos los grandes dramaturgos del momento.
            La república encontró en Valentín de Pedro a uno de sus más activos defensores y, por eso, tras la guerra civil fue encarcelado y pasó largos meses en la galería de los condenados a muerte ede la prisión de Porlier. Se salvó gracias a la intervención del gobierno de Argentina.
            Nada más llegar a su país quiso dejar constancia de lo que había visto, de lo que había vivido. Y lo hace en espléndidos reportajes. Escribe de memoria, sin consultar papeles, y por eso alguno de sus datos concretos está equivocado (como nos advierte el erudito editor, Aníbal Salazar), pero eso importa poco.
            Algunos de los protagonistas de estas páginas son bien conocidos –Julián Besteriro, Antonio de Hoyos y Vinent, Lluis Companys–, mientras que otros, como el periodista Mauro Bajatierra, están hoy olvidados. Todos los capítulos, sin embargo, se leen con el mismo interés. Los títulos, casi de folletín, ya nos indican que se dirige a un público general, no especialmente concienciado: “Al pie del patíbulo, amigos de la tertulia literaria lograron el indulto de Diego de San José”, “Querían ajusticiar a seis republicanos y les faltába el delito de qué acusarles”, “Se desvivió por defender la vida de los facciosos, pero ellos le hicieron ejecutar”.
            No es posible leer sin emoción los últimos momentos de la vida de Javier Bueno. Estaba consultando un diccionario de latín cuando le llamaron. “¿Vas a jueces? Eso es el indulto”, le dijeron sus compañeros. “Dejó el libro abierto sobre el petate –cuenta Valentín de Pedro– y echó a andar apoyado en el bastón, pues la herida de Asturias le impedía el normal movimiento de un pie”.
            No volvió más, el libro quedó abierto por la última página que estaba consultando. ¿Por qué aquella llamada camuflada?, se pregunta Valentín de Pedro. “Conociendo a Javier Bueno no era presumible que ofreciera resistencia. ¿Temieron acaso que los demás condenados se amotinaran para impedir su fusilamiento?”. Cuando se supo que había entrado en capilla, “no hubo más que silencio, un silencio compuesto de cinco mil silencios que ahogaban la protesta y el dolor de cinco mil corazones”. Los últimos momentos los pasó charlando de literatura y filosofía con el capellán que debía asistirle espiritualmente, quien al referírselos a los que sabía que habían sido sus amigos “se le quebraba la voz por la emoción y no pudo sofocar una frase que le salió del alma: ¡Qué hombre han matado! ¡Qué hombre!”
            A la vez que se publicaba en el diario porteño Ahora la serie “Cuando en España estalló la paz”, aparecía en el semanario Crítica otra serie “Quiebros de la cárcel”, donde los protagonistas son gentes anónimas y no falta ni el costumbrismo ni el humor. En la antesala de la muerte, aquellos hombres, cuando no había habido “saca”, entre el recuento de la tarde y el toque de silencio, aún encontraban momentos para contar chistes, cantar, hacer teatro en una falsa emisora a la que llamaban Radio Pepa.
            Aníbal Salazar reúne en Cuando en España estalló la paz las dos series de artículos de Valentín de Pedro, más algunos poemas de su experiencia carcelaria, y les añade un minucioso prólogo y, en apéndice, las semblanzas de los personajes evocados. No necesita esos eruditos aditamentos el volumen para constituir la mejor demostración de que el periodismo, el gran periodismo, resiste el paso del tiempo y de que las hemerotecas están llenas de libros que solo esperan el tino y la voz del editor que les diga “levántate y anda”.

sábado, 10 de enero de 2015

José Carlos Llop, verdad y manierismos


La vida distinta
José Carlos Llop
Pre-Textos. Valencia, 2014.

Hay autores que constituyen por sí mismo un género literario. Como en el caso de Miguel de Unamuno y de Ramón Gómez de la Serna, las novelas, los diarios, los artículos o los poemas de José Carlos Llop se parecen más entre sí que a otras novelas, diarios o poemas.
            El personaje que construye en todos ellos –directa o indirectamente– es el de un amante de la alta cultura, del mundo de ayer del que habló Stefan Sweig, un personaje, desterrado en un tiempo de decadencia, a medias entre el Montaigne retirado en su torre y el “príncipe de Aquitania en su torre abolida” que cantara Nerval.
            La vida distinta comienza con lo que podía haber sido un artículo necrológico; termina con las notas de un viaje a Burdeos (lo titula como el libro, lo subtitula “La Chandon de Bordeaux”), que es el poema más extenso y que el que ejemplifica mejor sus aciertos y sus insuficiencias.
            Comencemos por estas últimas: varios de los textos dan la impresión de haber sido alargados innecesariamente. Suelen comenzar de una manera prosaica (“Mi amigo ya no recibirá el New Yorker. / que seguirá llegando a su despacho, a nombre / de alguien que ahora ya no es nadie”) y luego van alternando la anécdota con la reflexión, la imagen precisa y brillante con el llano decir. A veces la mezcla funciona y otras no, porque las transiciones no están bien resueltas o porque se excede en uno de los elementos (“Rising Splendor”).
            El mejor Llop es el de poemas como “Sábado de invierno” o “Un día feliz”. El primero –podría ser una nota de diario– nos habla de un día de nieve que transfigura la ciudad cotidiana: “Al despertar, he abierto las persianas / y los árboles del jardín eran lámparas de mármol blanco / y la tierra, alabastro. Tenían algo palaciego las plantas, / como criados con librea nueva y el mirlo negro del laurel / ejercía de mayordomo”.
            “Un día feliz” evoca una escena en la vida Pasternak, su conversación con Stalin, cuando le preguntó si consideraba a Maldelstam un buen poeta. El poema comienza muy eficazmente poniendo al lector en situación: “Imagina que estás con un grupo de amigos / en una casa de campo. Ya no sois jóvenes / y las palabras oscilan entre la brillantez / adulta, que es otra, y la piedad / de saberse hombre y por tanto débiles”. En ese momento el timbre suena al fondo del pasillo y el dictador pregunta a uno de los poetas más conocidos del momento por otro al que ha decidido exterminar. Y Pasternak, que lo veía como un rival literario, no acierta a defenderlo.
            Sobre la poesía en el mismo tiempo de miseria trata también “Cuarteto ruso”, uno de los ejemplo en que la reflexión –sobre la función del poeta, el dolor y la belleza– y la anécdota (la visita de Chatwin a Nadezha Mandestam) se entretejen de manera adecuada.
            Bruce Chatwin, el escritor viajero, es el protagonista de “Escolio”, una poema que, según nos indica a pie de página, es solo “una nota a pie de página” de la biografía que le dedica “otro novelista, apellidado / como el gran bardo de Inglaterra”, esto es Nicholas Shakespeare. Los fantasmas de Chatwin –“viajes, arte y literatura”– son los mismos que los de Llop, quien igualmente gusta de llenar sus páginas con “fragmentos de su colección particular”: “un cuenco de alfarería china / con manchas azules; una primera / edición de Flaubert; una caja / japonesa de laca, del siglo XVI; / una taba egipcia de turquesa, / que era su talismán; / un cuchillo / aborigen y un vestido de Fortuny…”
            Leer a José Carlos Llop –tan gustoso de los pequeños detalles y de las enumeraciones inacabables, como listas de un catálogo: “Jardines del Luxemburgo”, su homenaje a París, puede servir de ejemplo – proporciona un placer semejante al de visitar anticuarios, librerías de viejo, lugares prestigiados por el arte y la literatura.
            El humor asoma en un poema como “La tentación del geómetra”, que algo tiene del juguetón erotismo rococó del XVIII. También da una nota distinta al tono grave del volumen la “Balada del señor Pepys”, retrato a dos voces del famoso diarista, una que nos describe su vida de gran señor, figura destacada en la corte inglesa, y otra que nos descubre lo que solo se sabría muchos años después al publicarse sus diarios: “Nos os engañéis, amigo mío; / tras esa máscara triunfal / por fuerza se esconde / el cinismo y el humus negro / de la melancolía y de ahí / el misterio de sus papeles…”
            Ciudades vividas, ciudades leídas, ciudades soñadas las de José Carlos Llop; “Veo esta mañana unas fotos de Burdeos / bajo la nieve. El Garona es ahora el Neva / y la fachada dieciochesca de la ciudad / –sus casas y palacios teñidos de blanco– / recuerdan a San Petersburgo, Leningrado…”
            Hay quien dice que los géneros literarios son convenciones, y tiene razón, pero solo en parte. “La vida distinta”, el extenso poema final que da título al libro, podía haber sido un cuaderno de notas sobre Burdeos, pero al disponerse en verso y como un único poema el lector busca una intensidad y una coherencia estructural de la que carece. Los géneros literarios son propuestas de lectura: la propuesta que nos ofrece Llop para este parte fundamental de su libro me parece fallida.
            Como el libro en su conjunto, quizá; un libro que, sin embargo, no defraudará a los admiradores del escritor, que aquí está con toda su verdad y casi todos sus manierismos. 

sábado, 3 de enero de 2015

Miguel Dalmau, Román Piña Valls: Requiem por la literatura española


La mala puta. Réquiem por la literatura española
Miguel Dalmau / Román Piña Valls
Sloper. Mallorca, 2014.

La literatura española ha muerto. Miguel Dalmau y Román Piña Valls certifican su defunción en un libro al que han dado el llamativo título de La mala puta, que es como al parecer calificó Hemingway a la literatura española en un encuentro con Carlos Barral allá por 1959.
            ¿Cómo han llegado a esa conclusión? Román Piña Valls se basa en un cuestionario a diversos escritores; Miguel Dalmau prefiere remitirse a algunos episodios autobiográficos.
            “He aquí los hechos”, comienza. Resulta que él, en el año del centenario cortazariano, había preparado una magna biografía del autor de Rayuela, pero las citas que incluía no fueron autorizadas por los propietarios de los derechos y al final la editorial que se la había encargado renunció a publicarla. “Esto ha ocurrido este mismo invierno en un país presuntamente libre y democrático”, denuncia Dalmau, quien además se queja de que ese acto de censura –a cualquier cosa se le llama hoy censura– no haya despertado un movimiento de solidaridad entre los escritores.
            Sus choques con la “censura” vienen de lejos. Cuando Juan Luis Cebrián publicó su primera novela le encargaron la crítica en el suplemento cultural de La Vanguardia. Parece que el exdirector de El País no la encontró suficientemente elogiosa y llamó para quejarse al director del diario de la competencia y este inmediatamente exigió que a Dalmau se le apartara de la sección de libros; el encargado de esa sección, sin embargo,  se plantó y pudo seguir colaborando en el periódico barcelonés. “Este episodio de primera mano –glosa Dalmau– demuestra hasta qué punto ya existía la censura hace treinta años”.
            El asunto no acabó ahí: “Inútil añadir que jamás he recibido una buena crítica de El País dedicada a mis libros”. Cierto que cuando apareció su biografía de Gil de Biedma le dedicaron dos páginas, pero enseguida comenzaron los ataques de “tipos que tenían allí una columna cada semana, o un espacio de crítica, y estaba claro que no podían sufrir que su propio periódico jamás hubiera acogido su trabajo con la misma generosidad”. Uno de ellos, Jordi Gracia, a quien se califica –citando a un anónimo editor barcelonés– como “un profesor universitario oportunista y tontito”.
            Sigamos con las desventuras de Dalmau que le han llevado a entonar un réquiem por la literatura española. “Razones para detestar a Gimferrer” titula uno de los capítulos del libro. ¿Y cuáles son esas razones? Pues que no le publicó su primera novela, a pesar de que Dalmau, gracias según dice a sus contactos familiares, consiguió una carta de recomendación nada menos que de un intelectual tan prestigioso como Laín Entralgo, entonces director de la Real Academia, de la que era miembro Gimferrer. Dalmau no se amilanó por el rechazo: “Aprovechando de nuevo contactos familiares me presenté en el despacho de José Pardo, subdirector general de la editorial Planeta, propietaria de Seix Barral”. No era un cualquiera: “En aquel momento solo el magnate Lara tenía más poder que él”. No pudo contener su asombro al enterarse del caso: “Se quedó blanco: no todos los días llega a su despacho un autor novel avalado por el presidente de la Real Academia, y con una recomendación por escrito declarando que el cadete posee talento e imaginación. Pardo comprendió en seguida que yo tenía todo el derecho del mundo a preguntarle por qué aquel incompetente que les aconsejaba al otro lado de la calle insistía en no publicarme”.
            De este estilo son las anécdotas autobiográficas que le sirven a Miguel Dalmau para certificar el estilo catatónico en que se encuentra hoy la literatura española. Las reflexiones sociológicas que extrae de ellas resultan, cuando menos, sorprendentes. Quien cuenta como recurrió a recomendaciones y a sus relaciones familiares para publicar sus libros denuncia que la clase literaria derroche su tiempo y energía “diseñando estrategias en la sombra para promocionarse”.  Y sermonea a sus colegas: “El artista verdadero no malgasta el tiempo en este tipo de estupideces. Cada minuto de teléfono perdemos un adjetivo, cada correo la opción de una frase afortunada. Pero vivimos en un país de vagos y el mejor modo de allanar el camino no es el trabajo bien hecho sino la intriga”.
            De trabajo bien hecho no parece que pueda dar muchas lecciones Miguel Dalmau; tampoco Ramón Piña Valls, aunque no resulte tan minuciosamente vacuo y desopilante. Sin desperdicio, digno de figurar en cualquier antología del disparate, resulta  “Tocador de señoras”, el capítulo que Dalmau dedica a las mujeres de los escritores (a las escritoras ni se refiere): “Esposas, compañeras, amantes… Obviamente no las considero responsables del hundimiento de nuestra literatura, pero sin duda son cómplices de su mediocridad”. ¿Y por qué? Pues porque son sumamente prácticas: “Les gusta ayudar al escritor rentable que quizá haya en nosotros, pero reprimen al verdadero artista”. No son buenas consejeras literarias y eso él lo sabe bien: “Por azares de la vida he tenido la suerte o la desgracia de vivir en pareja con siete mujeres: todas fueron musas, todas me quisieron mucho y me aguantaron bastantes perrerías; todas leyeron puntualmente mis manuscritos, pero os juro por Snoopy que no eran Natalia Ginzburg. Aunque todas poseían estudios literarios y amaban la lectura, incluso habían publicado libros, lo cierto es que solo dos de ellas eran ‘críticas literarias’ fiables. Y eso ya es la leche. Estadísticamente es casi imposible, pues, que si solo has vivido con una mujer te haya tocado a ti, precisamente a ti, la Sontag que circulaba libre por el éter. Esperándote con los brazos abiertos”.
            En la literatura española, como en cualquier otra, hay mucho que criticar, sin duda alguna. Pero Miguel Dalmau se limita a ejercer su derecho a la pataleta y a generalizar con escaso conocimiento de causa y evidente desprecio del más mínimo rigor intelectual. Román Piña Valls, quizá para no dejarle en mal lugar, tampoco se esfuerza mucho en su encuesta sobre la profesión de escritor y sobre los novelistas que tuvieron un momento de éxito en los ochenta o los noventa y luego desaparecieron.
            “Los muertos que vos matáis”, habría que decirles a ambos, “gozan de buena salud”.