miércoles, 2 de abril de 2025

Disparate y verdad

 

Miguel Martínez
Hermano pulpo
Diputación de Soria. Soria, 2025

Entre tantos poetas indistinguibles, he aquí uno inconfundible; entre tantos poetas correctamente aburridos, he aquí uno que nos hace sonreír y reír y nunca nos deja indiferentes.

            Miguel Martínez, madrileño de 1982, ha encontrado desde muy pronto su manera, su marca personal. Profesor de filosofía, interesado por la ciencia, sus temas no son los habituales –al menos en apariencia-- ni tampoco el modo de tratarlos con un humor disparatado y una imaginería insólita.

            Hermano pulpo es su cuarto libro de poemas y ha obtenido un veterano premio, el Leonor de poesía. El título remite al “hermano lobo” de San Francisco de Asís que glosó en versos bien conocidos Rubén Darío. Con espíritu franciscano, Miguel Martínez muestra su amor a todas las criaturas, pero las que él suele escoger, de los cefalópodos a los equinodermos, no son las preferidas por los poetas.

            Cada una de las partes del libro –salvo la última--, se inicia con una cita de un manual de zoología (o de la Wikipedia). La que encabeza la primera, “La inteligencia de los cefalópodos”, comienza así: “Los cefalópodos son una clase de invertebrados marinos pertenecientes al filo de los moluscos. Existen unas 700 especies, comúnmente llamadas pulpos, calamares, sepias y nautilos”.

            Detrás de una cita semejante, si no es irónica, esperaríamos encontrarnos con un poeta de aliento dieciochesco, moralizante y divulgativo. Qué sorpresa se llevarán los lectores que no conozcan a Miguel Martínez al leer “Hermano pulpo”, el poema que da título al libro. Es un monólogo que podría interpretar Woody Allen en un escenario –pero el propio autor tampoco lo haría mal, si juzgamos por sus lecturas en YouTube--; el poeta le habla al pulpo, al que considera “su semejante, su hermano”, como en el famoso verso de Baudelaire: “Querido pulpo / mon semblable mon frère / yo tampoco me lo podía creer cuando era niño / pero no era broma, estamos solos / y en la última cama de hospital / no vendrá mamá pulpo a rescatarnos. / La vida es esperar al tiburón definitivo / entre el tedio, la belleza y el espanto”. No termina ahí el poema, sino que añade un final anticlimático, una divertida variación del “carpe diem”.

            Con la sonrisa en los labios y una continua sensación de asombro ante su inédita imaginería, leemos los poemas de Miguel Martínez, pero también nos oprimen a menudo el corazón, especialmente en la sección final, “Madrastra naturaleza”, que incluye tres desasosegantes poemas dedicados a la vejez del padre (hay otro igualmente conmovedor en la primera parte, “Hijo”), en los que Miguel Martínez se permite bordear la falacia patética sin incurrir en ella. Destaca especialmente por su originalidad “El descendimiento Roger Van der Weyden”, con su entrelazamiento del microcosmos y el macrocosmos, la desnudez del padre que sale de la ducha a los 79 años y el inevitable acabamiento del universo. “Somos tristes cascotes con pestañas”, afirma: “se nos está haciendo añicos la galaxia / nos despistamos un segundo / y se nos desploma traidora la belleza”.

            El humor es en Miguel Martínez el excipiente de una desoladora, por realista, visión del mundo, de un unamuniano “sentimiento trágico de la vida”. Lo que él dice ya lo dijeron Schopenhauer y Cioran y tantos otros desde Sófocles (“Lo mejor para el hombre es no haber nacido”), pero él lo dice de una manera distinta. Antes citamos a Woody Allen, el comienzo de “Cesárea” nos recuerda algún monólogo de Gila: “Como nacer me dio pereza / lo fui dejando para luego / al médico le dije voy más tarde / a mi padre mañana te confirmo / a mi madre nada porque ella / ya sabía que daba a luz / un signo de interrogación”. El poeta se imagina a sí mismo, “dada su inclinación al drama”, empuñando el cordón umbilical con aires shakesperianos y preguntándose: “¿Ser o no ser? Voy a pensarlo / dadme un poco más de tiempo”.

            Inconfundible Miguel Martínez, aunque a veces nos muestre ecos de otros poetas, como al comienzo de “Masai mara”, que utiliza al comienzo la misma técnica casi de greguería de Miguel d’Ors en “Pequeño testamento”, o “Voy andando junto a un acantilado sin quitamiedos” que reescribe “Para que yo me llame Ángel González”, sin que desmerezca junto al texto que le sirve de modelo.

            Uno de los recursos más característicos de Miguel Martínez son las comparaciones disparatadas. Si en “Gastroscopia”, el esófago del poeta es una casa en la que cabe todo el mundo (“pueden celebrar dentro de mi / sus cumpleaños y sus jubilaciones / al fondo hay sitio / usted también, señor anestesista / que pase la historia de la medicina”), en “Haciendo historia” revive la historia de la humanidad cada mañana: “Me levanto con un sueño paleolítico / desayuno tostadas de mamut / busco refugio en la Altamira de mi váter / son las 10 y ya completamente bípedo / me lavo los dientes con el hacha bifaz / y se me ocurre la rueda y la escritura”. Otro poema, “El tiempo es una perra pequeña y despeinada”, comienza así: “Vuelvo a casa y me encuentro el Holocausto / mi perra se ha comido a Primo Levi / las marchas de la muerte en el pasillo / las cámaras de gas por toda la cocina / los uniformes a rayas, las vallas eléctricas / y los barracones convertidos en confeti”. Esa perra que destroza un libro se convierte al final del poema “en una puta metáfora del tiempo”.

            Apenas hay poema en Hermano lobo que no encierre, por conmovedor que resulta el tema, una sonrisa, una extrañeza y un hallazgo feliz.

El riesgo de un estilo muy personal –y con un cierto descuido de la puntuación, todo hay que decirlo-- es que la manera se convierta en manierismo, en una mecánica fórmula. Pero no hay poeta de verdad que no asuma sus riesgos. 

 

martes, 25 de marzo de 2025

Los misterios de Venecia

 

Ignacio Jáuregui
Venecia. Un asedio en espiral
Athenaica Ediciones. Sevilla, 2025.

¿Un libro más sobre Venecia?, se preguntará el lector. Pocas ciudades cuentan con tantas minuciosas guías y con tanta buena y mala literatura. Y eso no es cosa de hoy: desde el siglo XVIII, por lo menos, todo autor que se decida a escribir sobre Venecia ha de comenzar disculpándose por hacerlo. No incumple ese rito Ignacio Jáuregui, pero no tardamos en aceptarle las disculpas. Su “asedio en espiral” a la ciudad –así subtitula el libro--  está lleno de deslumbramientos y descubrimientos que en más de un caso lo serán no solo para quienes conocen –o creen conocer-- bien Venecia, sino incluso para los propios venecianos.

            Antes de continuar con los merecidos elogios, y de tratar de razonarlos, un reparo. Con más que discutible criterio, el autor (o quizá el editor) ha decidido eliminar títulos y subtítulos de los capítulos para indicarlos únicamente en el índice. Obliga así al lector a recurrir de continuo a él para saber por dónde va a discurrir cada uno de los paseos que vertebran el libro. Y ni siquiera lo coloca al comienzo como un ilustrativo mapa del territorio, como un estructurado resumen de todo lo que nos vamos a encontrar.

            Ignacio Jáuregui es arquitecto urbanista y a esa formación suya se deben muchos de los aciertos de la obra. Pocas veces se han explicado con tanto acierto los secretos del urbanismo veneciano, ese fractal laberinto hecho de laberintos menores, en los que sin embargo resulta difícil perderse, a no ser de manera voluntaria y con pocas ganas de encontrar la salida.

            Pero Ignacio Jáuregui no solo habla de Venecia desde su especialidad: conoce bien casi todo lo que se ha escrito sobre ella (y todo lo fundamental), aunque no nos abruma con bibliografía (se limita a precisas citas al comienzo de los capítulos y cuando resulta pertinente), y además es un prosista de excepción: muchas de sus descripciones podrían, deberían, figurar en cualquier antología de páginas sobre Venecia.

            Junto a los habituales paseos por los lugares más conocidos de la ciudad, y por otros bastante menos conocidos, encontramos cinco series que se van alternando al final de cada uno de ellos. Hay un “Manual de instrucciones” con prácticos consejos para moverse por la ciudad y una “Arqueología personal” en el que se habla de anteriores estancias en Venecia y se reproducen fragmentos de cuadernos escritos entonces, ironizando a veces sobre sus preciosismos estilísticos.

Las series que yo prefiero son las tituladas “Límites”, la más novedosa, e “Inventarios”. En la primera, se van recorriendo todos los bordes de Venecia, paseos bien conocidos en algunos casos, poco accesibles e incluso amenazadores rincones en otros. Jaúregui llega a lugares a los que no llega ningún viajero ni han visitado nunca la mayoría de los venecianos, como Sacca Fisola, esa barriada obrera construida en una isla artificial al norte de la Giudecca.

            Los “Inventarios” podrían formar una obra aparte, a medio camino entre el ensayismo y la prosa poética. Hay un inventario de jardines, unos abiertos a todos y otros muchos secretos y solo entrevistos: “El vislumbre de un verde resplandeciente tras un muro: esa es la imagen que se lleva uno de la mayoría de los jardines venecianos”.

            El inventario de atardeceres lo encontramos incluido en la serie “Manual de instrucciones”: desde la Giudecca, con la ciudad extendida como un diorama; desde el puente de la Academia, donde el crepúsculo une “en un mismo baño dorado la Salute y sus sacristías palaciegas con el lienzo alargado de la Dogana”; en Santa Maria Formosa, donde “la luz se agarra a los pináculos más altos, transmutando en oro el cobre cansado”; en tantos lugares a los que Jáuregui nos lleva con mano maestra para que luego, conociéndolos todos, escojamos uno al que volver cada atardecer.

            Hay también inventarios de “Puertas al agua”, de reflejos, de umbrales, de arcos entre fachadas, de puertas a ninguna parte (tan venecianas) y, finalmente, de “Lugares propios”, de esos rincones que no suelen figurar en las guías y que cada visitante de Venecia cree ser el primero en descubrir. Del último de ellos, detallada y sugerentemente descrito, se reserva el nombre y la dirección como proponiéndonos un enigma para que tratemos de encontrarlo la próxima vez que volvamos a esa ciudad tan amada como detestada.

            “Contra Venecia” se titula precisamente la última de las series intercaladas, en la que se detiene especialmente en el libro de Regis Debray así titulado, “la mejor requisitoria contra Venecia, la más articulada, exigente y difícil de rebatir”. Jáuregui lo hace con su buen sentido habitual, sin dejar por eso de admitir lo mucho de cierto que hay en esos reproches. A Venecia, la perpetua agonizante que vive de exhibir los restos de su pasada grandeza, contrapone Debray el caótico vitalismo de Nápoles. Para Jáuregui, ambas ciudades tienen mucho en común y este libro magistral sobre Venecia –conviene no perderse sus observaciones sobre el denostado turismo, tan llenas de inteligente sentido común-- incluye al final una estampa de Nápoles y una promesa: “A la vuelta de la escalinata, se me abre la curva de Sorrento, con el Vesubio recortado al fondo contra un cielo azul de estreno y los farallones de Capri montando guardia en el golfo. A mis pies, el hormiguero en ebullición de los Quartieri, el tajo obstinado de Spaccanapoli, el diagrama que dibujan las cúpulas barrocas, las grúas del puerto, el castillo de los aragoneses guardando la puerta del mar. Más pronto que tarde voy a tener que escribir sobre Nápoles”.

            Los que amamos Nápoles tanto como Venecia --tanto monta, monta tanto-- esperamos ya con impaciencia esa otra muestra de la mejor literatura, viajera o no.



martes, 18 de marzo de 2025

Galería de fantasmas

 

César González Ruano
Siluetas de escritores contemporáneos
Introducción de Miguel Pardeza
Renacimiento. Servilla, 2025.

Pocos escritores han sido cancelados, para utilizar un término de moda, tantas veces como César González Ruano. Cuando murió en 1963, parecía un figurón de la época, destinado a perdurar solo en las librerías de viejo y en la memoria anecdótica de los que fueron sus discípulos en el periodismo literario y de relumbrón, de Francisco Umbral a Manuel Alcántara.

Pero no importa lo ambiguo y contradictorio que fuera el personaje, con una biografía llena de puntos oscuros (se ha llegado incluso a acusarle de participar en una red clandestina que vendía pasaportes durante la ocupación nazi de Francia para luego llevar a los compradores, denuncia a la Gestapo mediante, al matadero), sus libros, especialmente los aparentemente menores, sus incontables artículos periodísticos, tienen un encanto destinado a permanecer. Escribía a vuela pluma, sin volver sobre lo escrito, soñó siempre con una obra maestra que no tuvo tiempo, ni quizá ganas, de emprender (lo que más se le aproximó fue su afamado y hoy algo apolillado Baudelaire, de 1931), pero en su caso la calderilla pro pane lucrando –y algo más que el pan, le gustaba vivir por encima de sus posibilidades-- estaba acuñada con oro de la mejor ley.

            Buen ejemplo de ello lo constituye este volumen, Silueta de escritores contemporáneos, que no había sido reeditado desde su primera publicación en 1949, y que se ha elegido con muy buen tino para iniciar una Biblioteca González Ruano dirigida por el primer especialista en el escritor, Miguel Pardeza.

            Como cronista de la vida literaria, como retratista al minuto de sus figuras y figurones, González Ruano no tiene rival. Retirado en Sitges, tras ocho años de voluntario exilio, sin atreverse a volver a un Madrid en el que mandaban ahora los suyos, pero que nada tenía que ver con el Madrid fascinante y brillante de la preguerra, redactó en dos meses --y luego completó “en una noche y de una tirada” con siete siluetas más porque el editor le dijo que faltaban páginas--, una obra en apariencia sin mayores pretensiones, pero en la que el tiempo no ha dejado ni una arruga. Importa poco que junto a los hombres mayores de nuestra literatura –Unamuno, Valle-Inclán, Azorín, Baroja-- aparezcan otros que tuvieron renombre en su día y hoy solo aparecen, cuando aparecen, en las notas a pie de página de los manuales, o que no lo tuvieron nunca. González Ruano conoció a todos y de todos guarda en su memoria una anécdota significativa.

            La obra es lo que menos importa en estas semblanzas que tratan de rescatar a la persona, convertida en personaje, que estaba detrás de ella. Y nada refleja, a juicio de González Ruano, el carácter de alguien como la casa en que vive. Mis casas tituló uno de sus libros; Las casas de los escritores que conocí podía haber titulado otro, del que este sería un anticipo. Pero si los triunfadores –de Emilia Pardo Bazán a Ramón Gómez de la Serna-- tenían casa, la turbamulta de bohemios y hampones (que tanto juego darían más tarde al Juan Manuel de Prada de La máscara del héroe) tenían los cafés y por eso en estas páginas se hace un buen recuento de los más significativos en los años veinte y treinta.

            González Ruano se estrenó como poeta y fue uno de los más activos participantes en la aventura ultraísta, de tan corto recorrido en su momento como de perdurable memoria entre los eruditos, y tardó en convencerse de que, oscurecido por el brillo de sus coetáneos, los poetas del 27, poco tenía que hacer en ese campo. Pero tras abandonar el verso siguió siendo poeta, aunque camuflado en la prosa, y a la intuición del poeta se deben muchos de los hallazgos de estas Siluetas de escritores contemporáneos. “Caricaturas liricas” se les podría considerar en más de un caso, utilizando el término que Juan Ramón aplicó a las suyas, escritas con no menor ingenio, pero quizá con menos cordialidad.

            Lirismo, costumbrismo y humor son los tres ingredientes que sabiamente, con una fórmula que nadie más ha vuelto a utilizar con tanto acierto, entremezcla González Ruano. No todos los autores están vistos con la misma cercanía ni con la misma simpatía. Quizá el que más antipático le resulta sea Miguel de Unamuno, cuya silueta termina con una anécdota que nadie que lea este libro dejará de repetir alguna vez, seguro del regocijo que despierta entre los oyentes.

            Lo mejor de la literatura de González Ruano, lo más perdurable, es su literatura memorialística. Mi medio siglo se confiesa a medias tituló sus memorias y “a medias” se confiesa siempre, también en estas páginas dedicadas a escritores a los que ha conocido personalmente. Del episodio más novelero de su biografía, encontramos una referencia al paso: “De pronto –esas cosas pasan siempre así-- me metieron en la cárcel lo alemanes y a poco más me mandan a criar malvas. Entonces Marañón se portó conmigo, y con la única persona en el mundo que sufría por mí, de un modo entrañable, activo, eficaz que no olvidaré nunca. Cuando recibí en mi celda de la prisión militar de Cherche-Midi un pan de higos que él me había enviado, lo tomé en pedacitos, convencido de que mientras me durara nada me había de pasar”.

            No está claro por qué detuvieron en París los alemanes a González Ruano, pero sí que no fue por sus actividades contra la ocupación. A la literatura le sientan bien las oscuridades biográficas, esos secretos a los que un autor no puede dejar de aludir, pero que nunca se aclaran del todo.

            El prólogo de Miguel Pardeza, tan excelente y oportuno en sus primeras páginas, luego quizá se alarga demasiado y entra en erudiciones sobre el género biográfico que quizá hubieran sido preferible dejar para otra ocasión. No importa demasiado. El lector puede abandonar este largo preámbulo tras las primeras diez páginas y dejar las setenta restantes para un improbable después. Conviene no demorar demasiado el encuentro con la “gravedad y ligereza” --para decirlo con una expresión de Dámaso Alonso aplicada a Manuel Machado-- de César González Ruano, un grato reencuentro y siempre una promesa de felicidad para la inmensa minoría de sus incondicionales, un descubrimiento para los más jóvenes lectores.

           

martes, 11 de marzo de 2025

Caleidoscopio culturalista

 

Stamatis Polenakis
Luz oscura
Antología poética
Edición de Virginia López Recio
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas. Granada, 2024.

Nacido en Atenas en 1970, Stamatis Polenakis pertenecería al que su traductora y antóloga, Virginia López Recio, denomina “Grupo del 2008”, marcado por la crisis económica de ese año, de alcance mundial, pero que afectó especialmente a su país.

No hay sin embargo nada en esta selección, que abarca tres libros publicados entre 2008 y 2014, que aluda a ello. Aunque abunde la referencia a los mitos clásicos, faltan las alusiones a la Grecia contemporánea. En el último de los libros antologados, encontramos una serie de poemas protagonizados por Odiseo, pero Odiseo o Ulises es tan patrimonio de la Grecia de hoy como de cualquier otro país occidental. De hecho, el Odiseo de Polenakis viaja a Irlanda y en Teruel encuentra ecos de una guerra que no tiene que ver con la de de Troya: “Lo único que recuerdo de aquel breve viaje / son las callejuelas desiertas / y la tremenda helada que me traspasaba / mientras andaba en las madrugadas tremendamente solo. / Sé únicamente que llegaba en tren / desde Zaragoza buscando en vano / los últimos remanentes del ejército / republicano que se retiró / abandonando definitivamente la ciudad / en una noche de invierno del 38 / bajo una brutal tormenta de nieve”.

            Stamatis Polenakis es un poeta culturalista que en ocasiones recuerda a Juan Luis Panero. Sus protagonistas son a menudo escritores o personajes literarios. Cito algunos: Henriette, la mujer que se suicidó junto al poeta Heinrich von Kleist; Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, o Gustav von Aschenbash, el de La muerte en Venecia; Ramón Mercader, el asesino de Troski; Marina Tsvietáieva, Victor Hugo, Kafka, Mayakovski, Pessoa… Un índice onomástico resulta copioso. Junto a estos nombres conocidos, hay otros de personajes que no han pasado a la historia como la Emma Bergman de “Elegía, 1845”, cuyo nombre encontró el autor en la lápida de un cementerio: “Que sea leve la nieve que cubrirá / mañana los valles, este cuerpo / que se hunde lentamente bajo las piedras / y las malas hierbas, / que se eleve ya libre, sin carga alguna, / como las grises olas del Báltico”.

            Muchos de los poemas  adoptan la técnica del monólogo dramático, y nos los imaginamos fácilmente como parte de un espectáculo teatral (el autor es también dramaturgo); otros, escritos en prosa o en verso, tienen mucho de microrrelatos. Hay referencias personales, pero la mayor parte de los poemas aluden a las tragedias del siglo XX: las guerras mundiales, los campos de concentración, el gulag soviético, la ocupación israelí de Palestina, una tragedia que pasa de un siglo a otro (el “Encomio” a Rachel Corrie, activista aplastada por una excavadora israelí en la franja de Gaza el año 2003, podía haberse escrito hoy).

            Se leen con gusto y emoción estos poemas de línea clara, pero a menudo se echa en falta en ellos esa especial tensión del lenguaje poético. La traductora nos indica que ha pretendido “trasladar lo más fielmente posible los poemas originales al español”. No es necesario, sin embargo, conocer el griego moderno --basta comparar el original con la traducción-- para comprobar que traduce en verso un poema como “No sé que me deparará el mañana”, escrito en prosa y que en más de un caso trocea, como si fueran versos más breves (pero que a menudo no se ajustan a la métrica) los versículos del original. En el prólogo nos advierte de que solo se ha apartado del texto griego “cuando la pretendida fidelidad restaba belleza”. Habría sido necesario entonces que nos ofreciera en nota la traducción literal para que pudiéramos distinguir entre lo escrito por el autor y lo que leemos. La justificación que ofrece para esos cambios resulta un tanto sorprendente: “Porque creemos que la belleza, ante todo, ha de presidir todo poema. La Poesía es Belleza”. Nada más impreciso que esa afirmación.

            Luz oscura se incluye en una “Biblioteca de Autores Griegos Contemporáneos” que cuenta con una directora, Olga Omatos Saenz, y con un “comité científico”. El término “científico”, en las publicaciones académicas (al menos en las que se refieren a la literatura), suele ser una palabra vacía o, peor aún, indica solo que un texto se edita con el añadido de prescindibles notas y variantes. Una mínima revisión le habría indicado a la traductora y editora que no se deben mezclar las notas que aclaran las referencias del texto (y que, salvo en dos o tres casos, solo son útiles para los lectores que carezcan de un móvil: las aclara una consulta a la Wikipedia) con las que nos indican dónde fue publicada antes la traducción del poema. Las segundas, que carecen de interés para cualquier lector, deberían se sustituidas por una aclaración final, si la traductora cree pertinente añadir ese dato. En las notas informativas, no se nos explica –con buen criterio-- quiénes son Marina Tsvietáieva o Mayakovski, pero sí Wilfred Owen o Camile Claudel. No sé nos indica en cambio quién es el Mercader que se menciona en un texto, “Mercader es el destino”, en el que no figura el nombre de Troski. No es que resulte necesario, mejor dejar que adivinemos quién está hablando, pero habría que unificar el criterio. Y no distraer al lector con caprichosas notas poco pertinentes que no ayudan, sino todo lo contrario, a valorar la edición.

            Conviene decir estas cosas que a la hora de reseñar un libro de procedencia académica no se dicen nunca. Y subrayar que si hay un “comité científico” que avala la edición resulta corresponsable de la calidad de la misma.  

miércoles, 5 de marzo de 2025

Los buenos sentimientos

 

José Saborit
Más vida
Pre-Textos. Valencia, 2025.

“El infierno de la literatura está lleno de buenas intenciones” afirma una frase que se atribuye a André Guide y que tiene sus variantes: “Con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. ¿Es cierto eso? Falta añadir un adverbio para que lo sea: “Solo con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. Ni, por supuesto, solo con malos. Las flores del mal es una de las obras maestras de la poesía universal; Las flores del bien, un merecidamente olvidado libro poético de la posguerra. Pero eso no se debe a los temas tratados en ellos ni a la bondad o maldad de los autores, sino al mayor o menor talento poético de Baudelaire en un caso y de Pemán en el otro.

            José Saborit, poeta y pintor, como Ramón Gaya, no le teme a “las palabras gastadas” como amor y vida, ni a “las palabras fatigadas” como perfecta y alegría, según indica en uno de los poemas; tampoco a los buenos sentimientos. El resultado es un libro conmovedor, que no busca la originalidad, pero que la consigue de la mejor y más difícil manera: hablando con verdad de lo que importa. No es un poeta de escuela, en el mal sentido de la palabra, pero se sabe miembro de una comunidad poética, que podríamos denominar valenciana o levantina, y los nombres de sus componentes aparecen en las dedicatorias: Lola Mascarell, Vicente Gallego, Antonio Moreno, Antonio Cabrera, Susana Benet. Son poetas de la cotidianidad trascendida, del asombro de vivir, del mirar como una forma del pensamiento.

            Uno de los poemas de Más vida se titula “Suite de Lucía”. Bajo ese título podrían integrase otros dispersos por el libro: “Encinta”, “Amor”, “Lucía la mañana”, “Primer gesto”, “Desayuno”, “Mamá”. Son los poemas de la paternidad, menos frecuentes que los de la maternidad y por su carga sentimental casi imposibles de escribir sin incurrir en el ternurismo. José Saborit lo consigue y ese es uno de los logros que conviene subrayar en este libro.

El poema “Encinta (junio 2021)” –pocos títulos en principio menos prometedores--  dice así: “Míranos: una luz sin noche, clara, / se adivina a lo lejos, / asoma tras las nubes, parpadea / y aún antes de nacer ya nos alumbra. / Todo el mundo renace / de sus propias cenizas, / se convierte en un niño / que juega ante mis ojos / y me canta los nombres / risueños de las cosas, / y las cosas no saben / seguir siendo las mismas que eran antes. / Qué ganas de jugar / ahora que amanece. / En tu vientre un latido / camina hacia nosotros. / Es la vida que viene a ser más vida”.

            El más difícil todavía lo consigue Saborit en poemas como “Por qué las flores”, ese tema que de tan manido pintores y poemas han dejado en manos de los aficionados domingueros, o “Soledad”, con su rasgo de ingenio en el verso final.

            La estética de Saborit le impide cualquier exhibicionismo culturalista, pero hay algunas resonancias. “Plumier” recrea una rima de Bécquer, convertida el arpa en un plumier que, “en un ángulo oscuro” del escritorio, “aún espera tal vez / esa mano de nieve de aquel niño / que dormita en el ángulo / oscuro de mi mano”. Un tema muy machadiano, aunque con otro enfoque, recrea “Las moscas”: “El vuelo de una mosca le distrae, / decían, y ordenaban con tono admonitorio: / preste usted atención a la palabra”. El “Beatus ille” de Horacio y Fray Luis es evocado en “Descanso”.

            El riesgo de estos poemas es el de la lección demasiado explícita. Pero ocurre pocas veces, como en el poema “Cítricos”, con esa historia final referida por un jardinero: “¿Tú sabes cómo mueren / los cítricos?, me dijo. / Cuando llegan a viejos, / después de haber vencido / hongos, plagas, sequías, / dan su canto del cisne, / una última cosecha gigantesca, / soberbia, generosa, exuberante. / Y después mueren”. En un libro de autoayuda quizá quedaría bien.

            Preferibles los poemas de final anticlimático, como “Una hoja de acelga”, cuyas “tersas nervaduras” se transforman en “el río nacarado que conquista / con su bajorrelieve minucioso / pequeñas dunas verdes / vencidas tras el vuelo” y toda ella en “el ala rota / de un ángel lujurioso”, para afirmar finalmente “que esta humilde hoja de acelga / prefiere seguir siendo lo que es, / una hoja de acelga entre otras hojas”. Y el poema termina sin rebuscadas trascendencias: “Sobre el fuego, en un cazo, / el agua empieza a hervir”.

            El mal tiene más prestigio literario que el bien, el dolor es más productivo en literatura que la felicidad, el exotismo aventurero da más juego que la cotidianidad con la que todos podemos identificarnos. Pero Saborit ha sabido ver (y ha sabido decir, casi siempre de manera memorable) lo que de verdad importa: el asombro de vivir.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lunes, 24 de febrero de 2025

Azorín y algunos descosidos

 

       Francisco Fuster
Azorín, clásico y moderno
Alianza Editorial. Madrid, 2025.

¿Tiene sentido una nueva biografía de Azorín, un autor para muchos sabido y olvidado, casi una mención del bachillerato y de los viejos trabajos académicos sobre la generación del 98 y el modernismo? Tiene sentido: su vida de escritor atraviesa desde la regencia de María Cristina, a finales del siglo XIX, hasta los años sesenta, los del desarrollo económico del franquismo tras el abandono de la autarquía. Y no fue un mero espectador, de gran lucidez en muchas ocasiones, sino que siempre, junto a su vocación literaria, tuvo otra de intervención política. Y en todos esos años ocupó un lugar central en la escena literaria española: pocos tan elogiados y admirados, pocos tan denostados.

            De Azorín creemos saberlo todo, pero nos queda mucho por conocer. Francisco Fuster resume con agilidad lo consabido y arroja luz sobre aspectos menos conocidos, como sus tejemanejes en la vieja política o el carácter presuntamente venal de algunas de sus publicaciones (Un discurso de La Cierva al parecer le sirvió, entre otras varias prebendas, para que el político loado le donara unos cuantos miles de pesetas). Su apoyo a Juan March, en los años de la República, antes de ser recompensado con el primer premio de la Fundación March, además de bien retribuido, contó con la colaboración de los abogados del banquero a la hora de nutrir de argumentos jurídicos los artículos en que pedía su libertad.

            El epistolario de Azorín –abundantemente utilizado por Francisco Fuster-- ofrece diversas pistas biográficas que aún no se han seguido. Dos ejemplos: en una carta de 1905 a Ramón Pérez de Ayala le pregunta si quiere escribirle alguno de sus artículos de Blanco y Negro; en otra, a Mariano Rodríguez de Rivas, indica que en París fue “agente de cambio de prisioneros”, pero que la más elemental discreción “le veda hablar de aquel período histórico”.

            Hay un Azorín apolillado, ciertamente, y otro que nos avergüenza un poco, como sus alabanzas al político de turno del que esperaba alguna prebenda (aunque esos claroscuros añaden interés al personaje), pero queda muchas páginas que han envejecido menos que las de cualquiera de sus contemporáneos.

            El meritorio empeño biográfico de Francisco Fuster queda, sin embargo, lastrado por descuidos y errores, unos nimios y otros no tanto, que acreditan la falta de una atenta revisión. Ya en el primer párrafo nos encontramos con que, tras afirmar que, “aunque varios biógrafos le atribuyen la condición de primogénito, no lo es, pues tiene un hermano mayor, Luis, al que no llega a conocer pues fallece de forma prematura, a los siete meses de edad”, añade que “es el tercero de los nueve hijos que tienen sus padres”. Otra afirmación peregrina: Casares Quiroga presidirá “el que acaba siendo el último gobierno de la Segunda República”. Un corrector añadiría: “antes del comienzo de la guerra civil”.

            Hay errores de más bulto: la llegada al poder de Maura en 1907 no supuso el inicio de la campaña del “¡Maura, no!”, que tuvo su origen en la represión de la Semana Trágica; José María Valverde no dijo que, si Azorín hubiera dejado de escribir en 1915, podría haber pasado a la historia “como introductor de toda la literatura española de protesta y reforma social, y hasta quizá se habría visto que su estilo inauguraba, en nuestro idioma, la posibilidad de una prosa aplicada a ver, a fondo, la realidad del país”. En 1915 ya había realizado Azorín su viraje conservador y publicado sus encomios de La Cierva; la fecha que da Valverde es la de 1905.

            Acostumbra Fuster a fundamentar sus afirmaciones en opiniones ajenas, de las que a menudo, para saber quién las formula tenemos que recurrir a las notas del final porque en el texto no se nos indica el nombre. En la página 214, leemos: “Desde el punto de vista simbólico, la importancia de octubre de 1934 reside en que, cuando estalla la guerra civil, varios intelectuales –entre los cuales figuran liberales como Marañón, Ortega y Gasset o Baroja-- situaron el origen del conflicto en la Revolución de Asturias, y culpan a la República de haber permitido el auge de un comunismo radical de tinte soviético”. Para fundamentar esa afirmación una nota nos remite al libro de Jordi Gracia La resistencia silenciosa, en el que tampoco encontramos ninguna justificación, salvo la referencia a un folleto propagandístico de Marañón publicado en 1938, donde se añade que, el caso de Marañón, casi parece que la guerra “empezó en su domicilio particular, cuando el conde de Romanones, que además es paciente suyo, y muy rácano, ha de ir cediendo a la evidencia del cambio de régimen antes de la caída del sol”. Divagaciones de tono ensayístico, como estas de Jordi Gracia, no pueden servir de apoyo a la afirmación de que Ortega o Baroja, al igual que luego harán los revisionistas como Pío Moa, situaron el origen de la guerra civil en 1934.

            Conviene tener también cierta precaución a la hora de incluir como documento biográfico lo que es solo ficción caricaturesca. La semblanza que José María Carretero, El Caballero Audaz, ofrece del paso de Azorín por la subsecretaría de Instrucción Pública, añadida a una entrevista que le hizo para La Esfera cuando la reproduce en uno de los tomos de Galería, publicados en los años cuarenta (antes había aparecido en Lo que sé por mí), no es el testimonio de ningún testigo presencial, carece de validez como dato biográfico.

            No invalidan estas observaciones, y otras que podríamos añadir, el libro de Francisco Fuster, pero para el lector atento le quitan “presunción de veracidad”, que es la cualidad esencial de cualquier investigador. Alguna ventaja tiene este hecho: más de una vez me he dedicado a confirmar por mi cuenta algunas de las afirmaciones de Fuster, y puedo garantizar que la mayoría están bien fundadas. Y que vale la pena volver sobre Azorín porque sus mejores páginas, algunas de ellas todavía perdidas en las páginas de los periódicos o más editadas en algunas de las revueltas misceláneas de los últimos años, ganan con el paso del tiempo. Y el autor, anarquista y franquista, republicano federal y todo lo contrario, estuvo lejos de ser el santo de palo en que algunos quisieron convertirle o que él mismo fingió ser en más de una ocasión.

martes, 18 de febrero de 2025

Niña prodigio, esforzada superviviente

 

Marina Patrón Sánchez
Josefina de la Torre. Una biografía
Renacimiento. Sevilla, 2005.

Muchas vidas caben en una vida. Josefina de la Torre, nacida en 1907 en el seno de una familia burguesa que había dado, y seguiría dando, nombres destacados en la vida artística y cultural española, parecía predestinada a convertirse en una de las principales figuras de la literatura española.

En 1917, Margarita Nelken le dedicó un artículo en un diario madrileño con el título de “Una poetisa de ocho años” (le quitaba dos, como si fuera necesario acentuar la precocidad). Su hermano Claudio de la Torre, una de las figuras destacadas de la nueva literatura, la ayudó a relacionarse y a promocionar su obra. En 1924 viaja por primera vez a Madrid y en una exposición de su primo Néstor, el gran pintor modernista, queda fascinada por el retrato de un joven. Su hermano Claudio se acercó entonces para presentarle a un amigo escritor, Juan Chabás, que era precisamente el modelo del retrato. Fue su primer amor, al que siguió un enamoramiento con Luis Buñuel, que tampoco acabó bien, aunque en este caso parece que afortunadamente, a juzgar por lo que su rival, Jeanne Rucar, quien se casaría con el cineasta, cuenta en sus memorias: “No tuvimos ni ideas ni responsabilidades compartidas. Él decidía todo: dónde vivir, las horas de comer, nuestras salidas, la educación de los hijos, mis aficiones, mis amistades”.

En 1927 –de tanto simbolismo para la literatura española-- la poeta casi adolescente publica su primer libro, Versos y estampas, y en el mismo privilegiado lugar, los suplementos de la revista Litoral, en que aparecieron los primeros libros de Cernuda o Aleixandre. Su mentor fue Pedro Salinas.

De la gestión editorial del segundo libro, Poemas de la isla, de 1930, se ocuparía Juan Chabás. Pero el fin de aquel amor, boicoteado por la familia de la poeta y por la indecisión de Chabás, debida a su precariedad económica, dificultó su difusión. Culminación del prestigio como poeta de Josefina de la Torre fue su inclusión, junto a Ernestina de Champourcin, en la segunda edición, aparecida en 1934, de la mítica antología de Gerardo Diego. Luego, aunque seguiría editando acá y allá algún texto (e incluso tuvo su etapa de novelista rosa y policíaca con el pseudónimo de Laura de Cominges), desapareció como escritora hasta su tardía resurrección en los años ochenta. Ni siquiera la menciona el antiguo gran admirador Juan Chabás en su Literatura española contemporánea, publicada en La Habana en 1953, ni la incluye en su antología Poetas de todos los tiempos que, en la parte española, concluye precisamente con Ernestina de Champourcín.      

            Pero la literatura era solo uno de los intereses de Josefina de la Torre: la música y el teatro le atraían igualmente, y en ambos destacó desde niña. Con su hermano Claudio colaboraría desde los años veinte en actividades teatrales y cinematográficas. Durante la posguerra, su actividad principal sería la de actriz, en algún caso con compañía propia, en la mayor parte de las ocasiones desempeñando pequeños papeles.

            Josefina de la Torre parece que quiso facilitarle el trabajo a un futuro biógrafo. Escribió diarios, minuciosas agendas, guardó cartas, recortes periodísticos, cualquier documento que pudiera dejar constancia de su trayectoria vital. Marina Patrón Sánchez ha tenido en cuenta todo ese material y también el diario de la madre de la escritora, Francisca Millares, una figura fundamental en su vida. El resultado es un volumen que interesa más por la figura de la protagonista que por las referencias a la obra literaria, quizá un tanto menor.

            No llegó a ser lo que estaba predestinado a ser aquella niña prodigio que deslumbró a la buena sociedad de Las Palmas a comienzos del siglo XX. Se interpuso una guerra civil, en la que se vio forzada a tomar partido alistándose a la Falange, y también su condición de mujer que tenía que estar bajo la protección continua de la madre y el hermano mayor. Quizá para escapar de esa sujeción se casó por primera vez en enero de 1954. La convivencia no llegó a durar tres meses, pero el matrimonio duró hasta que murió el marido en 1977. Solo entonces se pudo casar, a los setenta años, con quien llevaba décadas de convivencia semiclandestina, su gran amor, el actor Ramón Corroto, veintitrés años más joven, pero que sin embargo moriría veintidós años antes.

            Mucho de melodrama hubo en la larga vida de Josefina de la Torre, que tuvo tiempo para trabajar en una tienda de modas y para poner un puesto en el Rastro junto a su cuñada, la escritora Mercedes Ballesteros, viuda de Claudio de la Torre.

Del olvido, desvanecida su fama como actriz, no solo en el teatro, también en el cine, la radio y la televisión, la rescataría la juvenil relación con la generación más famosa de la literatura española, con aquellos años veinte que tras la guerra civil se mitificarían y que mientras transcurrían no parecían tener mayor importancia. “Noticias de Madrid, ninguna”, le escribe Chabás en una carta de 1927. “No pasa nunca cada. Va y viene Lorca por los cafés. Y, no se sabe cuándo ni dónde, se esconde y hace cosas magníficas. Cada vez mejor. Fernández Almagro publicará pronto un libro. Azorín fracasa otra vez en el teatro Se casa Moreno Villa. Da un banquete Ramón Gómez de la Serna. Alberti no sale de casa si no viene a Madrid Sánchez Mejías. Y escribe versos como los de Litoral y Revista de Occidente que son ya casi poesía pura. Todo eso es la actualidad. Y hace frío. Y se estrenan unos filmes magníficos. Y se cantan en la calle tres o cuatro charlestones más”.

            Un profesor norteamericano, Carlos Reyes, traduciendo la antología de Gerardo Diego, encontró los versos de Josefina de la Torre. No sabía si estaba viva o muerta. Se pasó una década investigando sobre ella y en 1999 consiguió que le recibiera en su casa. Josefina de la Torre moriría tres años después, a punto de cumplir los noventa y cinco. Tuvo tiempo de conocer el nuevo interés por su obra y por su figura, convertida en una de las heroínas de un tiempo sombrío.

jueves, 13 de febrero de 2025

Ingenuidad y compromiso

 

Ernesto Cardenal
Prosas dispersas
Prólogo de Luce López-Baralt
Selección e introducción de Juan Carlos Moreno-Arrones Delgado
Fundación Banco Santander. Madrid, 2024.

En una de las “Disertaciones” –así se titula la sección-- incluidas en Prosas dispersas, afirma Ernesto Cardenal que la suya, aunque bastante divulgada, “no es una gran poesía”. Y añade que, si hay alguna grandeza en ella, sería una grandeza pequeña que se debe “a motivos extraliterarios, a que sus temas y su inspiración han sido la causa de nuestros pueblos, la causa de nuestra América y su Revolución”.

            Y acierta en lo que dice. Aunque escribió mucho durante su larga vida, si por algo cuenta en la historia de la literatura es por sus libros primeros, anteriores al triunfo de la revolución sandinista. Luego el personaje devoró al autor. Aunque en su etapa final, su poesía se alejó del compromiso y la propaganda para adentrarse en un especie de espiritualidad cósmica muy ligada a los avances científicos, sus dilatadas elucubraciones no despertaron gran interés ni entre los interesados por la literatura ni entre los aficionados a la ciencia.

            Estas Prosas dispersas se incluyen en una benemérita colección de la Fundación Banco de Santander titulada “Obra fundamental”, pero que rara vez publica obras fundamentales, sino obras menores de autores mayores o menores. “Obra principal cardenaliana” titula su prólogo el autor de la selección, pero es una afirmación más que dudosa, a la que sigue una inexactitud reiterada en las primeras líneas: “El libro que ahora tiene entre sus manos pretende aunar toda la obra en prosa de Ernesto Cardenal”; “recopilar toda su obra en prosa y publicarla en una única edición” habría sido su último proyecto.

            No reúne toda la obra en prosa de Ernesto Cardenal este libro, sino una selección de sus textos dispersos, tal como el título indica, reunidos por el propio autor, si hemos de hacer caso al prologuista. En una buena parte, son escritos muy circunstanciales cuyo rescate no parece estar justificado.

            “Recuerdo de un paseo con el poeta Benedetti en La Habana” contiene afirmaciones de candorosa ingenuidad propagandística. Así explica Benedetti, según recuerda Cardenal, el desabastecimiento de las tiendas cubanas: “En Uruguay hacen mil carteras de señora y son carísimas y casi nadie las puede comprar y por eso las tiendas de mi país están llenas de carteras. Aquí, cuando hacen carteras, tienen que hacer cuarenta mil y todo el mundo las compra y por eso no hay carteras. Quiero decir, no hay carteras en las tiendas porque las carteras las tiene la gente”. Peor todavía es la justificación de los fusilamientos de jóvenes idealistas en la fortaleza de La Cabaña que, según nos dice, le hizo Cintio Vitier: aunque ellos no lo supieran, “estaban siendo utilizados por agentes de la CIA y batistianos”.

            Simplona propaganda, que nadie se atrevería a utilizar hoy, encontramos en muchos de estos textos. Los policías de Nicaragua, tras el triunfo de la revolución sandinista, escriben poesía porque no eran como la policía de Europa: “Tanto el ejército como la policía estaban compuestos por los que habían sido guerrilleros. Y por lo tanto también eran jóvenes. Estaban llenos de sentimientos de amor; habían combatido en la revolución por amor, y había muchas mujeres entre ellos, Por eso en la policía había teatro, y danza, y grupos musicales, y talleres de poesía (como los había también en el ejército)”. Incluso había un taller de poesía en el Servicio de Inteligencia y Contrainteligencia de la Seguridad del Estado”. Por eso, “con esta policía de la revolución nunca se vieron en Managua a los policías arrojando bombas lacrimógenas al pueblo, ni repeliéndolos con mangueras de agua, ni llevando máscaras ni escudos antimotines”; todo lo contrario de lo que ocurría en Londres, donde la policía apaleaba a los obreros en huelga.

            La creación de talleres de poesía es uno de los logros de los que Ernesto Cardenal estaba más orgulloso. Su labor como ministro de Cultura consistió en buena parte en extenderlos por todo el país. Llegó a elaborar unas reglas para escribir poesía que fueron muy elogiadas por la prensa extranjera, según afirma más de una vez. “El Tablet de Londres escribió asombrado que la normas poéticas de Pound, comprensibles tan solo por los más cultos de lengua inglesa, fueron presentadas en forma sencilla a los obreros y campesinos”.

            Se incluyen en Prosas dispersas esas normas para escribir poesía de las que Cardenal estaba tan orgulloso. “Es fácil escribir buena poesía y las reglas para hacerlo son pocas y sencillas”, afirma al comienzo, con lo que anima poco a seguir leyendo.

           “Los versos no deben ser rimados”, leemos en la primera regla. Y lo explica: “No hay que buscar después de una línea que termine con corazón otra que termine con León, o si termina con Sandino, haya otra que termina con destino. La rima suele ser buena en las canciones, y es muy apropiada para las consignas o los anuncios”. Una cosa es que los poemas no necesiten utilizar la rima y otra que no deban utilizarla, pero parece que Cardenal no es muy amigo de sutilezas.

            Escribir como pintar o cantar puede ser un entretenimiento personal, un desahogo o un recuso pedagógico. Nadie niega el encanto de los dibujos que hacen los niños o el interés de los poemas –sobre todo para ellos mismos-- que los aficionados escriben en un taller de poesía, pero hace falta mucha ingenuidad para pensar que en eso consiste llevar la cultura “al pueblo”. Ese “pueblo” que en los Maratones de Poesía que organizaba Cardenal “estaba oyendo ininterrumpidamente desde la mañana hasta la noche a poetas profesionales y también obreros y campesinos y soldados y policías”. Al parecer, tales actividades –que a mi me parecen más bien casi una forma de tortura, como ser obligados a escuchar entero un discurso de Fidel Castro-- fueron muy elogiados en la Unión Soviética por “el poeta de multitudes” Evtuchenko.

            Las páginas que se salvan de esta recopilación, que no contribuirá a agrandar el prestigio del autor, son las que tienen que ver con su ingreso en la Trapa y su encuentro con Thomas Merton, con su retiro a la isla de Solentiname, con el recuerdo de viejos amigos. También ofrece observaciones de interés “Poesía de los Estados Unidos”, el prólogo a la selección y versión de poetas norteamericanos que realizó con José Coronel Urtecho.

            La posteridad de un escritor depende de que su obra caiga en buenas manos –no en la de acríticos devotos-- que sepan cribar lo perecedero de lo que sigue conservando interés para los lectores. No es eso lo que ha ocurrido con esta recopilación de la prosa dispersa y circunstancial de Ernesto Cardenal.

           

martes, 4 de febrero de 2025

La comedia humana

  


Edgar Lee Masters
Antología de Spoon River
Traducción, introducción y notas de Eduardo Moga
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2025.
 

“Habent sua fata libelli”, tienen su destino los libros, dice un aforismo clásico. Edgar Lee Master (1868-1950) escribió medio centenar de volúmenes de los más diversos géneros literarios. Todos se los ha llevado la trampa, de ninguno se acuerda nadie hoy, salvo de uno: esta Antología de Spoon River, ya bien conocida del lector español y que ahora vuelve a traducir y prologar modélicamente Eduardo Moga.

            La primera edición apareció en 1915 y el éxito fue inmediato, menos por parte de la crítica (aunque contó con el elogio de los más alerta, como Ezra Pound) que de los lectores: se sucedieron las ediciones y pronto las traducciones. Edgar Lee Master había escrito una obra en apariencia muy local (contaba la vida en una población del Medio Oeste norteamericano), pero de interés universal y fácil de trasladar a cualquier lengua: su valor no radicaba en la experimentación o el artificio lingüísticos, sino en el mundo inédito para la poesía que mostraba y en la manera que tenía de hacerlo (en la “inventio” y en la “dispositio”, que dirían los retóricos clásicos, más que en la “elocutio”).

            El título resulta un tanto engañoso. Esta Antología no tiene nada de antología. No es una colección de poemas atribuidos a distintos autores, ni una colección de epitafios inspirados en la Antología griega, aunque esa obra estuviera en su origen. Los epitafios clásicos compendian una vida en unos pocos versos y a veces están escritos en primera persona, pero su intención epigramática y por lo general apologética tiene poco que ver con el lenguaje a menudo coloquial y sin censuras morales con que se expresan los dos centenares y medio de personajes que aparecen en esta especie de comedia humana, tragicomedia más bien, que algo tiene de miniatura del ciclópeo empeño de Balzac o de los novelistas del naturalismo.

            Más que de epitafios, podríamos hablar de monólogos dramáticos. El primer poema del libro, “The Hill”, “La colina”, alude al cementerio y es una variación del manriqueño tópico del “ubi sunt”: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley. / el pusilánime, el fortachón, el payaso, el bebedor, el camorrista? / Duermen, están durmiendo todos en la colina”.

            El libro parece inspirado en una de esas sesiones espiritistas que tan de moda estuvieron a finales del siglo XIX y comienzos del XX. El poeta se convierte en el médium a través del cual escuchamos las voces de los muertos. No deja de ser una curiosa coincidencia que, por las mismas fechas del año 1914 en que Edgar Lee Masters comienza a escribir los poemas de su Antología, a Pessoa se le aparece inesperadamente el primer heterónimo y maestro de todos los demás, Alberto Caeiro. En un caso y otro, los poemas se amontonan y el poeta más que escribir parece transcribir las voces que escucha en su cabeza. El resultado tiene poco que ver con lo que entonces se entendía por poesía: versos medidos, rima, sentimentalismo, lenguaje convencionalmente literario y deudor de reconocidos maestros.

            Eduardo Moga, en un prólogo que resume bien todo que se ha dicho de Edgar Lee Masters y su obra principal, destaca la importancia de una escritura en libertad y casi automática, de un dejarse llevar por la inspiración, de “una ignorancia que conduce al creador al mejor resultado, al que acierta en el corazón mismo de lo pretendido, sin saber –aunque intuyéndolo oscuramente--  que era eso lo que pretendía”.

            En la precisa erudición de Eduardo Moga –que tiene la elegancia de referirse a las traducciones anteriores sin subrayar los defectos para ponderar la suya, cosa poco frecuente--, no faltan algunas atinadas observaciones sobre la poesía en general: “el empeño por encajar todos los elementos de la creación en un molde conforme a la tradición, sostenido por los conocimientos que se poseen y las técnicas que se dominan, palidece –o apaga-- el descubrimiento verdadero; se acomoda uno a las exigencias del oficio –y puede alcanzar objetivos plausibles--, pero se escapan los hechos vivos: los que bullen en el subsuelo del pensamiento, en la penumbra de la conciencia individual y el espíritu colectivo”.

            Nunca entendió del todo Edgar Lee Masters lo que había hecho con Antología de Spoon River. Por eso a la serie de poemas escritos casi a vuela pluma, en el tiempo en que le dejaba libre su trabajo de abogado, y que fue publicando en un periódico a medida que los escribía, como si de una novela por entregas se tratara, quiso añadirles dos textos de más empeño: la parodia de la épica clásica que titula “La Espuniada” (la atribuye a un poeta de Spoon River) y un epílogo dialogado que trata de emular a Goethe y su Fausto. El lector haría bien en prescindir de esos pegotes, aunque puedan no carecer de valor para el estudioso, como han hecho algunos editores contraviniendo la intención del autor, algo casi nunca recomendable, pero alguna vez necesario.

            Los críticos más conspicuos de su tiempo desdeñaron la Antología de Spoon River porque consideraban que eso no era poesía (hoy hablarían despectivamente de “parapoesía”), sino historietas y cuentecillos, a menudo escabrosos, contados en una prosa coloquial cortada como si fuera verso. Pero cuando se ha convertido en aburrida hojarasca la mayor parte de la gran poesía que ellos admiraban, nos siguen emocionando estas pobres gentes de un pueblo perdido que en sus desdichas e ilusiones compendian las de la humanidad.

miércoles, 29 de enero de 2025

Evasión y victoria

 

Martín López-Vega
Ábrete, sésamo (Poemas nuevos y escogidos 1994-20249
Prólogo de Luis García Montero
Renacimiento. Sevilla, 2025.

Cada edición de un texto literario constituye propuesta de lectura. Martín López-Vega ha decidido hacer seguir a su más reciente libro de poemas, Ábrete, sésamo de una selección de sus poemas en orden inverso al cronológico. No es el único en invertir el orden habitual: lo hicieron antes, entre otros, Miguel d’Ors y Aurora Luque. No parece una decisión afortunada. En cualquier caso, habría sido necesaria una explicación, que no ofrecen ni el autor ni el divagatorio prologuista. Tampoco parece razonable que los lectores que quieran saber dónde acaba el nuevo libro tenga que recurrir al índice porque no hay una portadilla que lo separe de los poemas ya anteriormente publicados.

            ¿Detalles menores? Sin duda, pero conviene insistir en ellos ya que se olvida a menudo que la selección, organización, edición de los textos literarios es también una labor intelectual que repercute en el efecto estético del conjunto.

            En la poesía de Martín López-Vega hay dos tipos de poemas que de algún modo chocan entre sí, que parecen escritos por poetas diferentes. Por un lado, están los que conforman una especie de crónica familiar, tan impactantes, con su desgarro y su agridulce humor, incluso con sus notas de costumbrismo; por el otro, los poemas culturalistas y viajeros, los del estudiante que desde muy joven quiere conocer otras tradiciones, los del adulto al que su trabajo le lleva a muy distintos y distantes lugares.

            El libro de familia de Martín López-Vega tiene su cara y su cruz, un villano y una figura ejemplar. Así comienza “Poema de género”: “Mi padre me lo enseñó todo / acerca de cómo no debe ser un hombre. / Mi abuelo me lo enseñó todo / acerca de cómo eran antes los hombres”. Duele leer algunas de estas referencias familiares, aún siendo conscientes de que la poesía no es directa confesión, sentimentalismo primario. El humor ayuda al distanciamiento. Si “Los recogedores de ocle o bien Carta al padre”, una obra maestra de cierta manera de entender la literatura, nos encoge el corazón, nos hacen sonreír en cambio “Mi abuela: poesía completa” o “La Gloria”.

            “El correlato objetivo” se titula uno de los poemas en que se evoca una traumática experiencia familiar –pero ya de la familia creada por el poeta-- y la manera de tratarlo, explicitada en el título, nos confirma la creciente maestría del autor.

            Pero hay un Martín López-Vega muy distinto, el que se abre a otros horizontes, a otras culturas. El poema más antiguo del libro, el verleniano “Café Luxembourg” nos lleva a París; “Gianicolo”, a su estancia en la romana Academia de España; “Alfama”, uno de los más extensos y ambiciosos, a Álvaro de Campos y a los días lisboetas.

Abundan las estampas viajeras en estas páginas, y constituyen buena parte de su encanto. Es el caso de “Alejandría”, de “Cabo Sunion”, de “Barcos anclados frente al puerto de Lima” o de “Un columpio sobre el Vilnia”. Los últimos de estos poemas tienen un tono distinto: son poemas de amor.

            Martín López-Vega, que siempre parece haber querido ser un poeta extranjero (“Adulto extranjero” titula uno de sus poemas), que rehúye en sus versos el sonsonete de la versificación tradicional, que en algún momento pareció excesivamente libresco y culturalista, no le teme enfrentarse a los temas más convencionales. Y el todo que nos queda, su penúltimo libro, es un libro de amor, de amor con nombre propio, repetido más de una vez en los poemas. El riesgo de ese aparente dejar de lado la literatura, al menos en lo que tiene de artificio, es el mero desahogo confesional. Pero al autor --y a muchos de sus lectores-- le parece que vale la pena correr ese riesgo.

            Aparte de los poemas a la familia heredada y a la familia creada, destacan en López-Vega los que se refieren a los amigos, esa otra familia, como el titulado “Yendo a casa de Xuan Bello con unas semillas que le traigo de Portugal”, con su receta de cocina incluida. La amistad fue durante largos años de errancia el sostén del protagonista de Ábrete, sésamo, que se llama como el autor y que tanto se le parece (aunque no se pueden confundir del todo).

            La poesía de Martín López-Vega nos narra, en su conjunto, una trayectoria biográfica: la literatura (y la música y el arte, cuántos hermosos poemas con trasfondo pictórico) como medio de construir una identidad y escapar de un entorno hostil, y la victoria final, con la llegada del hijo que resetea toda la historia del mundo.

            Martín López-Vega, como todos los autores que no quieren limitarse a lo consabido, es un poeta que tantea, que arriesga y que a veces se equivoca. Pero cuando acierta, y muchos de sus aciertos están en este libro, consigue poemas de una intensidad y una verdad solo suyas, pero que nos iluminan y enriquecen a todos.



           

miércoles, 22 de enero de 2025

Arte y vida

 

Manuel Moya
Libro de visitas
Eolas Ediciones. León, 2024.

Manuel Moya, sin abandonar su natal Fuenteheridos, en la provincia de Huelva, ha sido capaz de desarrollar una amplia obra literaria que abarca todos los géneros, especialmente la poesía y la narrativa. No menos destacada es su labor de traductor. Ha puesto en español buena parte de la obra de Fernando Pessoa y le ha dedicado una bien informada biografía. De Pessoa tomó el gusto por los heterónimos, esos poetas que son y no son el poeta que los crea y que de alguna manera consiguen vivir al margen de su autor.

            En 1997, Violeta C. Rangel obtuvo un importante premio de poesía con su primer libro, La posesión del humo. Había nacido en Sevilla, vivía en Barcelona y no ocultaba que se ganaba la vida como prostituta. Su lenguaje directo, en relación con el “realismo sucio” que entonces comenzaba a ser la última moda en la poesía española, su experiencia de los márgenes y su denuncia de la violencia de género, llamaron de inmediato la atención y la convirtieron en una de las voces destacadas de la joven poesía. Siguió publicando, siguió siendo leída y admirada, aunque no tardó en sospecharse que detrás de ella se escondía Manuel Moya, como detrás del escandaloso Álvaro de Campos el introvertido Fernando Pessoa.

            Mucho tiene que ver con ese ejercicio de alteridad este fascinante Libro de visitas, algo más que una colección de estampas culturalista, aunque puede entenderse también como una colección particular de homenaje a autores admirados, la mayoría de ellos poetas.

            El principal, el que ocupa el centro del libro, es, como cabía esperar, Fernando Pessoa. En el poema más extenso, “Oración (Prazeres)”, monologa el poeta con su madre cuando los dos se vuelven a encontrar tras la muerte la canción “Un soir à Lima”, la preferida de ella, sirve de leitmotiv. Hay emoción y verdad en esta recreación de la vida del poeta desde la relación con la figura materna.

Antes nos hemos encontrado, más sintéticamente, con un “autorretrato” del creador de los heterónimos y más adelante aparecerá la necrológica que le dedica Álvaro de Campos. Al universo pessoano pertenecen también el monólogo de Sá-Carneiro el día de su suicidio (“¿Amar la vida? ¿Para qué, / qué puede darme a mí la vida, qué podría darle yo?”) y los dos poemas que enmarcan el libro, variaciones sobre el tema del rey don Sebastián: “Quien vuela en sus sueños vuela lejos”.

            Manuel Moya no le teme enfrentarse a figuras bien conocidas, a recrear anécdotas biográficas que ha sido ya abundantemente tratadas por otros autores. “Albergo Roma” nos vuelve a contar el suicidio de Cesare Pavese. Imposible no pensar en el poema de Juan Luis Panero incluido en Los trucos de la muerte: “Solo bajó del tren, / atravesó solo la ciudad desierta, / solo entró en el hotel vacío, / abrió su solitaria habitación / y escuchó con asombro el silencio”. Lorquianas resonancias encontramos, ya desde el título, en el “Llanto por Pier Paolo Passolini”, cuyo impactante asesinato, como el de Lorca, no parece que nunca vaya a ser del todo aclarado.

            Los poemas sobre temas y autores más convencionales (la “Carta a un joven poeta (Rilke)” o la variación sobre el poema “Invictus”) alternan con otros de mayor novedad. Nos sorprende la sencillez de “Elena Garro habla de sus gatos” o la recreación del humor vanguardista y del lenguaje criollo en “Oh posteridad (Girondo)”: “Oh posteridad, ponete calcetines, / haz como si la tos no te muriera. / cerrá el pico de una vez, descansá, / mas sobre todo no digás que venís de la luna / o que tenés embajada en el infierno”.

            Tres poemas se dedican a otros tantos pintores: Ergon Schiele, Modigliani y Kathe Kiolwitz, alternando la écfrasis, la descripción de alguno de sus cuadros, con la anécdota biográfica: “Jeanne Hébuterne vela a Modigliani en su viaje a las costas de Livorno”.

            No podía faltar en un libro como este, que de algún modo es una colección de vidas como la Antología de Spoon River, un homenaje a Edgar Lee Masters. En la segunda de las estelas que le dedica encontramos unos versos que pueden aplicarse al propio Manuel Moya, al menos en lo que se refiere a los mejores poemas de Libro de visitas, a los que menos tienen de ejercicio literario: “lo cierto es que ha sido en mi carne donde se excavaron sus tumbas, / que es en mi carne donde rompen como olas sus memorias, / que todas esas voces me golpean, que de mí se nutren, / que desde mí vuelan y se adhieren al papel, / que desde mí escriben sus líneas y regresan, / y que yo solo soy la lápida banal de sus apariciones, / la colina donde todos ellos duermen”.

            Manuel Moya no ha necesitado abandonar Fuenteheridos para irse a Madrid y ponerse a la cola, como decía Baroja, en busca de la gloria literaria. El centro del mundo está en cualquier lugar para el que sabe mirar sin las anteojeras del localismo. En Libro de visitas nos da una nueva muestra de su capacidad para hablar con múltiples voces, para hacer propios los mundos ajenos que más admira.

miércoles, 15 de enero de 2025

Enfermedades del alma

 

Guillermo Lahera
Breve manual de psiquiatría con alma
Debate. Barcelona, 2024.

Guillermo Lahera ha escrito un breve manual de psiquiatría que es algo más que un excelente libro de divulgación científica: una emocionante obra literaria. Significativo resulta que el primer nombre propio que aparezca no sea el de ningún especialista, sino el del poeta Carlos Marzal. Y no es que trate de las relaciones, que pusieron de moda los románticos, entre genio y locura, y que todavía hoy sirven para malentender a autores como Leopoldo María Panero.

            El primer acierto del libro es la clave autobiográfica en que está escrito. “Echo la vista atrás y me recuerdo de adolescente anhelando ser psiquiatra algún día”. Los modelos venían de la literatura y el cine y le movía el deseo “de conocer los sutiles recovecos del ser humano, cuando en realidad apenas conocía lo más básico”. Esos elementos autobiográficos a veces pueden parecer excesivos o un tanto fuera de lugar: “Ese día fui a dar patadas al Retiro con mi hijo mayor, Javier, que entonces tenía diez años. Disfrutó haciéndome cañitos, rompiéndome la cadera con sus regates y demostrando su abrumadora superioridad futbolística”. El capítulo final –en el que el enfermo mental es su propio padre-- nos confirma que son parte esencial del libro, que está escrito por alguien que no observa los problemas de los que trata desde un lugar superior y al margen.

El afán iluminador de la condición humana que mueve a Guillermo Lahera es el mismo que el del novelista y, como un hábil narrador se muestra en el relato de los casos prácticos que vertebran su libro, rememorados en la última página: “Pienso en Julián, el poeta; en Leonor y en su bíblica deriva final; en Kevin, que ha conseguido volver a sus pillerías; en el acumulador José, barroco en su habla e insólitamente promiscuo en su intimidad; en Cecilia y en los surcos de sus lágrimas; en Ainhoa, compañera de generación y víctima de la brutalidad impune; en mi padre, que me enseñó la teoría de la relatividad”.

            No se trata de concretos casos clínicos -según es habitual en cierta publicaciones especializadas-- con los nombres cambiados para mantener la privacidad, sino de literatura basada en hechos reales. Guillermo Lahera actúa como un novelista del realismo o del naturalismo, como Zola o Galdós: funde varios casos en uno, con los elementos de la realidad consigue otra realidad más verdadera. Podría citar en su apoyo a Antonio Machado: “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía”. No basta la observación, sin imaginación no se pueden narrar vidas ajenas ni tampoco hacer ciencia.

            Pero lo que se pretende no es, o no es solo, crear conmovedoras historias a partir de las tragicómicas peripecias de los enfermos mentales. Este Breve manual de psiquiatría con alma es efectivamente eso: un breve manual que nos pone al día, en precisas síntesis, pero sin simplificación ninguna, de los actuales avances de la psiquiatría y rememora sus oscuros antecedentes –que llegan hasta casi ayer mismo-- más represivos que curativos. Guillermo Lahera conoce bien la teoría y la práctica de la psiquiatría y sabe que es algo más que una especialidad de la medicina: un saber sobre el alma, o sobre lo que antes se llamaba alma y hoy no sabemos muy bien cómo llamar, una disciplina humanística, al igual que la filosofía o la literatura.

            Con habilidad de buen narrador, interrumpe cada historia para hablarnos del caso clínico que ejemplifica –delirio, depresión, trastorno obsesivo-compulsivo o bipolar, poniéndonos alerta ante la simplificación que a veces suponen tales términos-- y luego la concluye de manera a menudo sorprendente.

            Caracteriza a Lahera el buen sentido, su alejamiento de posturas radicales, el continuo reconocimiento de lo mucho que todavía no sabemos y de que, en muchas ocasiones, los mejores especialistas, incluido él mismo, andan a tientas. Cita, para subrayar que las dudas serán siempre mayores que las certezas, una paradoja de Emerson Pugh: “Si el cerebro humano fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, nosotros seríamos tan simples que no lo entenderíamos”. Y al hablar de la industria farmacéutica, nos pone en guardia sin demonizarla: “Igual que Ike o Zara son empresas que quieren ganar dinero. Pero si están bien reguladas y vigiladas desde el punto de vista ético, son agentes imprescindibles en nuestro sistema de salud”. Conviene por eso no aceptar de manera acrítica sus mensajes comerciales, pero tampoco incurrir en tópicas teorías conspiratorias.

            Hay lugar para el humor en este libro tan lleno de dolor (ahí está la historia de Amparo con su obsesión por la limpieza o la del acumulador José) y para el apunte satírico. A propósito de las causas de la enfermedad de su padre, catedrático de Física, señala que pudieron estar entre ellas “las dinámicas destructivas del departamento universitario que dirigía”, y añade: “los departamentos universitarios deberían ser objeto de estudio psicopatológico, dada su explosiva concentración de trepas, envidiosos y narcisistas, muchas veces peligrosamente ociosos”.

            El lector atento acaso note leves desajustes en la reconstrucción de algún caso (no parece verosímil que Julián, que se autodefine como poeta del silencio en la estela de Valente, imite en su nuevo libro a Rubén Darío), o algún dato discutible (¿se suicidó Larra “por honor”?), pero eso en absoluto impide que cerremos el libro con un sentimiento de admiración y gratitud. Mucho nos enseña este Breve manual de psiquiatría con alma sobre los problemas de salud mental, ahora tan de moda, pero más sobre nosotros mismos.