martes, 29 de septiembre de 2026

Iluminaciones en la sombra

 

Charles Cros
Cajita de sándalo. Antología poética
Traducción, prólogo y notas de Pedro José Vizoso
Grand Island, Nebraska, 2026.

Hay escritores que son también personajes. Nos interesa su vida tanto como su obra. Charles Cros, una figura tenida por menor en el ámbito de la poesía francesa simbolista de la segunda mitad del siglo XIX francés, es uno de ellos. Además de poeta, fue inventor. Una carta de su viuda enumera sus principales logros. “Desde la muerte de mi pobre marido, no he dejado de buscar la oportunidad de hacerle justicia y de probar al mundo, con documentos y fechas incontestables, el caudal científico que dejó tras de sí”, comienza.  Y luego habla de la fotografía en colores, del fonógrafo y del fotófono. Pero no llegó a patentar ninguno de esos hallazgos y el mérito y el rendimiento económico quedaron para otros.

            Murió joven, en 1888, a los cuarenta y cinco años. Era amigo de Verlaine y no solo le acompañó a recibir a un poeta precozmente genial que respondía al nombre de Rimbaud, sino que alojó en su casa al maleducado adolescente cuando el recién casado Verlaine no tuvo más remedio que decirle que dejara la suya. No se portó allí mejor. Un día usó las páginas de una de las revistas literarias que Cros coleccionaba porque aparecían en ella sus poemas “para limpiarse el culo con ellas”. Así se refiere a la anécdota, sin los eufemismos habituales, Pedro José Vizoso. Y continúa: “El gesto es brutal no solo por su grosería, sino por su precisión simbólica: es un desprecio dirigido al archivo íntimo de otro poeta, a sus pruebas de existencia literaria, a aquello que Cros guardaba con una mezcla de orgullo y pudor”.

            Pedro José Vizoso, profesor de español en el norteamericano Hastings College, dirige una colección sugerentemente llamada “Biblioteca de sombras” y en ella ha traducido y editado a poetas olvidados y a menudo tenidos, no siempre sin razón, como menores. Tiene la virtud, gracias a las gracias de su prosa y a su bien asimilada erudición, de rescatarlos de la sombra, de despertar nuestro interés por ellos.

            Tras ocuparse de Maurice Rollinat, músico y poeta, le llega ahora el turno a un inventor y poeta, Charles Cros, que tuvo la mala suerte de enemistarse con Verlaine –se puso de parte de su mujer en el conflicto matrimonial ocasionado por Rimbaud--  y por eso este no le incluyó en su obra Los poetas malditos, que tanto contribuyó a la mitificación de determinados autores (esa ausencia hizo que tampoco apareciera en Los raros, de Rubén Darío, y que estuviera ausente de las influencias del modernismo español). Verlaine, sin embargo, en 1888, a los pocos meses de su muerte, le dedicó una semblanza, que se incluye en esta edición, en la que trata de hacerle justicia. Luego André Bretón, en su Antología del humor negro, rescataría alguno de sus caprichos verbales como “Arenque ahumado”. Charles Cros tuvo cierto éxito en su momento como poeta cómico: se le considera inventor del “monólogo dramático”, el poema puesto en boca de un personaje y dedicado a la recitación pública.

            Las traducciones de Pedro José Vizoso no tienen siempre muy en cuenta la literalidad, pretenden que el texto resultante sea también un poema, que suene en español como tal. Y a menudo lo consigue. Pero a veces sus opciones resultan caprichosas o poco afortunadas. La cajita de sándalo, que es como él traduce el título del único libro que Cros publicó en vida, Le coffret de santal, no suena mejor que El cofre de sándalo o El cofrecillo de sándalo, que sería la traducción literal. Y llamar Cajita de sándalo a su antología poética de Cros no parece que sea un acierto. Inexplicable resulta que al libro póstumo Le collier de griffes lo titule El collar de colmillos, cuando él mismo aclara en nota que “griffes” significa “garras”, “uñas” o “zarpas”. Y continúa: “Me parecían opciones muy forzosas para describir un collar. La imagen estaba clara, sin embargo, un collar de uñas de tigre, de león o de oso. Pero me resultaba algo anómala o, cuando menos, desusada en español”. No más que en francés, por cierto.

Extraña, por otra parte, que no se mencionen, al hablar de la escasa presencia de Cros en español, las dos antologías que se le han dedicado: 40 poemas, en traducción del poeta español Luis Martínez de Merlo, y La hora verde y otros poemas, traducida por el poeta argentino Daniel Fara.

            Un escritor es también una época. Y Charles Cros está ligado a uno de los períodos más fascinantes de la historia de París, que entonces era casi la capital del mundo, el del final del Segundo Imperio y la Comuna. A partir de 1868, Cros asiste regularmente al salón de Nina de Villard, que fue su amante (y antes o después, o la vez, de muchos otros prometedores músicos y poetas) durante los años más productivos de su obra literaria. Nina de Villard es todo un personaje que merece un libro aparte. Pedro José Vizoso traza de ella esta estampa final: “Muere el 22 de julio de 1884, muy envejecida con apenas cuarenta y un años, y loca, quizá a causa de una sífilis contraída a lo largo de una vida sexual promiscua. Su belleza juvenil ha desaparecido tras las capas de grasa, y la llama de su brillante inteligencia chisporrotea como una vela que se consume, extraviada en los vericuetos de los delirios neuróticos”.

            Nabokov escribió una novela, Pálido fuego, que consistía en un extenso poema anotado. La novela de verdad estaba en los comentarios, más que en los versos. El prólogo y las notas de Pedro José Vizoso pueden leerse independientemente de los poemas a los que acompañan y algo tienen de novela fragmentaria y dispersa a la manera barojiana. A Baroja se alude a propósito del reino de la Araucanía, una mixtificación histórica semejante al reino de Redonda, del que fuera monarca Javier Marías con el nombre de Xavier I. Un hermano de Charles Cros fue rey de la Araucanía y en Las tragedias grotescas, una de las más de conocidas y fascinantes novelas de Baroja, aparece un rey de la Araucanía y la Patagonia que es todo un hombre de negocios: “Al que compra terreno por mil pesetas le doy la cruz de la Corona de Acero, y al que compra por dos mil le concedo la Estrella del Sur, que es la más alta recompensa de mi país”.

            Muchos de los poemas de Charles Cros son solo reliquias de la época, pero hay otros que conservan su frescor poético. Varios están escritos en prosa, en la estela de Baudelaire y anticipando quizá las Iluminaciones de Rimbaud. Entre ellos destaca “El mueble”, inspirado en “un escritorio antiguo de madera de rosa y marquetería de marfil” que Cros conoció en casa de Verlaine. Gaston Bachelard se refiere a él en una de sus obras más sugerentes, La poética del espacio. Otros textos memorables son los sonetos “Deterioro” donde el poema describe su alma “como un piso vacío de sucios cielos rasos”, o “Porvenir” en el que se dirige a sus “lectores de mañana” que han de reanimar sus “devastados huesos”. Los versos no desmerecen la sugerida y sugerente novela, basada en hechos reales, que Pedro José Vizoso teje en torno a ellos.



martes, 22 de septiembre de 2026

Bonet, el memorioso

 

Juan Manuel Bonet
Luces lejos (Antología poética)
Selección y prólogo de Juan Marqués
Renacimiento. Sevilla, 2026.

“Nuestros defectos son la otra cara de nuestras virtudes”, le escuché decir una vez a Luis Rosales en un coloquio sobre poesía última, que en aquellos años era la de los novísimos. En el prólogo a Luces lejos, la antología que le ha dedicado, Juan Marqués elogia a Juan Manuel Bonet con las siguientes palabras: “su cabeza es algo así como un antecedente de Google, no solo repleta de nombres, de títulos y de datos, sino rapidísima e infalible a la hora de clasificarlos, ordenarlos y valorarlos”.

Como gestor cultural –ha sido director del Reina Sofía y del Instituto Cervantes--, como comisario de exposiciones, como autor de catálogos, como feliz rastreador de libros inencontrables e historiador de las vanguardias pictóricas y poéticas, de la arquitectura de los años treinta y de tantas otras cosas, Juan Manuel Bonet no tiene parangón. Pero todas esas cualidades lastran de algún modo su obra creativa, que comenzó en la primera línea generacional, con los poemas de La patria oscura y las notas de diario –prosa poética en la mayoría de los casos-- de La ronda de los días y que luego se fue difuminando en ediciones de bibliófilo, poemas en catálogos de pintores admirados y promocionados, postales, pies de foto.

            En el año 2015, reunió sus poemas en el volumen Vía Laberinto, de sugerente cubierta inspirada en otra de Ottone Rosai (no desdeña Bonet ninguno de los aspectos del libro y nunca olvida referirse a la cubierta en sus fichas bibliográficas). Coleccionista exhaustivo de su propia obra, procuró no dejar nada fuera, ni siquiera aquellos apuntes más circunstanciales que no se sostienen al margen de la imagen a la que acompañaban. Añadió al final una copiosa serie de notas donde se entremezclan las que tienen interés (algunas son tan sugerentes como los poemas a los que se refieren) con otras muchas que aportan datos sin interés ninguno, como el nombre de la revista en que se publicó por primera vez el poema (aunque, por lo general, no indica ni el número ni la fecha). Un ejemplo: “Pentagrama” lleva una escueta nota que dice “En Boulevard Magenta”. Y a propósito de “Rue Visconti” anota: “El lector brasileñista reconocerá el título del libro más conocido de Gilberto Freyre”.

¿Y qué pasa con los lectores no “brasileñistas”, que son la mayoría? Bonet podía haber indicado ese título en la nota o prescindido de ella. A no ser que quiera indicar que sus poemas, llenos de alusiones cómplices y de guiños para el lector avisado,  no son para todos, sino solo, como indica Antonio Martínez Sarrión en el título de uno de sus libros, “pautas para conjurados”.

            Ningún poeta más necesitado de un buen editor, en el sentido intelectual del término (en el aspecto gráfico y tipográfico, todas sus publicaciones han tenido los mejores editores), que le ayude a no perecer bajo el peso de su obsesiva minuciosidad, de su prodigiosa memoria –es otro Funes, el memorioso, como el personaje de Borges-- que no siempre acierta a establecer una jerarquía entre los infinitos detalles que retiene.

            Juan Marqués, poeta y crítico, está lejos de cumplir esa labor de editor y antólogo. No es ya que su prólogo consista en un acrítico ditirambo al que añade una segunda parte enumerando todo lo que le debe a Bonet (algo de escaso interés para el común de los lectores), sino que incurre en algún llamativo error. Señalo el más incomprensible. Juan Manuel Bonet –escribe--  “en otra muestra de su generosidad, ha llegado a atribuir los que tal vez sean sus mejores y más irresistibles versos a un gris, pero refulgente, desdichado pero encendido, ficticio pero eterno poeta checo”.

Y ciertamente el libro Praga, de 1994, estaba firmado por un heterónimo, Pavel Hrádok, y atribuidos a él aparecen esos poemas en Via Laberinto. Juan Marqués, en cambio, como enmendándole la plana al generoso Bonet, retira ese nombre, no solo de la selección de poemas que incluye en la antología, sino incluso de las referencias bibliográficas del final, lo que es como borrar el nombre de Caeiro, Reis o Álvaro de Campos e incluir sus poemas entre los del Pessoa ortónimo. Hrádock es un heterónimo, con biografía propia (podemos leerla en la edición original de Praga y en una de las notas de Via Laberinto), sus poemas se corresponden con las distintas etapas de esa biografía (la vanguardista de los años veinte, la de la ocupación soviética), y por eso llevan la fecha de la supuesta escritura. Eliminar el nombre de Hrádock, que no es un pseudónimo, es mutilar el texto.

            No es el único caso en que Juan Marqués enmienda la plana a un poeta al que dice admirar tanto, pero al que parece no haber entendido del todo. La sección de Via Laberinto titulada “Cinco suites con pintores (1994-2009)” se transforma en la antología en “5 poemas dispersos” (el título es de Marqués, no de Bonet) e incluye tres de esas suites (serie de poemas relacionados, no un único poema), “Luces lejos”, ”Plaza del árbol”, “Dock Sud”), dos poemas de la cuarta, “5 poemas fifties”, y ninguno de la quinta. Se prescinde también de las notas de Bonet que añaden algún dato significativo a los poemas y que, en algún caso, como en “Noche de primavera en Jaime Vera”, tienen más interés que el propio poema.

            Las reseñas de libros no suelen referirse a estos detalles –suelen ser publicidad por otros medios, junto a algún raro “ajuste de cuentas”--, por eso resulta doblemente necesario hablar de lo que nadie habla, de ese trabajo invisible de puesta a punto del texto literario, a veces de una torpeza incomprensible en quienes se dedican profesionalmente al estudio de la literatura. Elogiar sin tasa al autor que se edita (Marqués llega a decir que los poemas de Bonet “son adorables y rotundamente bonitos”) es tarea fácil y siempre agradecida por el homenajeado, pero le hace poco favor y no deja de constituir una estafa para los lectores.

            Tras la recopilación de Via Laberinto, Bonet ha publicado dos nuevas series de poemas, Valparaíso, acompañado de fotografías de Françoise Núñez, y Sala de mapas, con ilustraciones de Pablo Sycet. Las dos se incluyen en Luces lejos y representan bien los aciertos y las limitaciones del autor: lo que le hace volar también le pone plomo en las alas. Su técnica enumerativa, su acumulación de referencias y alusiones culturalistas, que a menudo escapan al lector, su prosaísmo (“Valparaíso, cuarenta / años casi han pasado / después de aquellos Naufragios”) y de vez en cuando algún fulgor. Mayor interés presenta “Sala de mapas”, los mapas siempre tan propicios a la ensoñación viajera  (recordemos el poema ”Bajo la dulce lámpara”, de Pablo García Baena), pero a menudo se queda en mero apunte que requeriría un mayor desarrollo. Cito entero uno de los pasajes: “Esas colinas de Roma, / la escalera que así sube / a nuestra Academia allá, / libros, Il Museo del Louvre, / nuestras bodegas triestinas / y sus vinos transparentes”.

Se añaden cinco poemas inéditos de la serie “Postales”, que esta vez sí van acompañados de la postal a la que se refieren.

            Habría que distinguir, a la hora de antologar a Juan Manuel Bonet (que es un poeta, no un excelente erudito que escribe versos), los poemas que tienen valor independiente y aquellos otros que difícilmente se sostienen sin la imagen que los acompañaba en la primera edición. El autor no parece capaz de distinguirlos. Juan Marqués debería haberle ayudado a prescindir de lo accesorio para quedarse con aquellos versos en los que sabe evocar como nadie una atmósfera, un paisaje urbano, un matiz sentimental, casi romanzas sin palabras, como los mejores poemas de Verlaine.



miércoles, 16 de septiembre de 2026

Enseñar al que no sabe

 

50 imprescindibles.
Antología de la poesía española del siglo XX
Edición de Remedios Sánchez y Elena Escribano
Cátedra. Madrid, 2026.

Un título debe resultar atractivo, pero es también un contrato con el lector, no una simple estrategia publicitaria. Titular una antología de la poesía española del siglo XX como 50 imprescindibles y prescindir en ella de Unamuno, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Leopoldo Panero, Carlos Edmundo de Ory, Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, entre otros nombres que no faltan en ningún manual, e incluir a Elsa López, María Rosal o María Ángeles Pérez López, por mucho que se adivine la buena intención de aumentar el número de mujeres, parece algo más que un ejercicio del derecho de los antólogos a aplicar su criterio. Ninguna antología puede ser enteramente objetiva, pero las discrepancias van disminuyendo según avanza el consenso crítico. Las antologías de poesía joven a menudo coinciden en muy pocos autores, o incluso en ninguno, pero las antologías del Siglo de Oro, por diferente que sea el gusto de los antólogos, coinciden en la mayoría de ellos.

            En una antología para iniciar en la poesía, como pretende ser esta que firman Remedios Sánchez y Elena Escribano, especialistas ambas en didáctica de la literatura, parece necesario incluir notas que expliquen “aquellos conceptos o vocablos que puedan resultar menos conocidos sin abrumar con erudición innecesaria”. Pero las notas resultan sorprendentemente innecesarias. En el verso “una tristeza afín a la nostalgia”, a pie de página se indica: “afín: parecido”. Otros ejemplos: “denso” se aclara que significa “espeso”; “en vano”, “inútilmente”; “propicios”, “favorables”; “dispersos”, “dispersados”; “párvulos”, “pequeño, de corta edad”. Y hasta se explica en nota lo que quiere decir “año bisiesto”.

            ¿A qué tipo de lectores se dirige este libro? ¿A los hablantes extranjeros que están aprendiendo español? ¿A los alumnos de primaria que aún no han aprendido a usar el diccionario?

            Pero no todas las notas son superfluas, también las hay erróneas. Jaime Siles inicia un soneto con el siguiente verso: “Amor bajo las jarcias de un velero”. Y las antólogas aclaran en nota que “jarcias” significa “instrumentos y redes de pesca”. No nos imaginamos cómo podrá ser el amor bajo un arpón, una caña de pescar o una red para atrapar sardinas; “jarcias” tiene también otro significado que al lector no le será difícil averiguar por su cuenta.

A propósito de “Lamento en Elca”, un poema de Francisco Brines, se anota la palabra “Elca : “espacio mítico que se corresponde a la finca del poeta en Oliva”, pero se trata simplemente del nombre de la finca. Un verso de Joan Margarit afirma que la libertad, entre otras cosas, es “un rey saliendo en tren hacia el exilio”. Y la nota aclara: “se refiere a Alfonso XIII”. ¿Seguro? Alfonso XIII partió hacia el exilio en barco desde Cartagena. Otras notas no son superfluas ni erróneas, pero sí imprecisas. De “Kampa”, título de un poema de Clara Janés, se indica: “isla de Chequia”, lo que aclara poco; mejor sería indicar que es el barrio donde vivió el poeta Vladimir Holan,  situado en una isla que forma el Moldava al cruzar por Praga.

            Errores insignificantes los que aparecen en las notas, quizá simples lapsus. Hay otros más importantes, por la ignorancia que suponen de autores fundamentales, como Antonio Machado, del que se afirma lo siguiente: “Entre sus poemarios más importantes se encuentran Soledades (1907), Campos de Castilla (1912) y Proverbios y cantares (1912)”. Pero “Proverbios y cantares”, como es bien sabido, no es un libro, sino una parte de Campos de Castilla, que ya aparece en la primera edición de 1912 y que fue muy aumentada en la definitiva de 1917.

Cuando se habla de los poetas que se quedaron en España tras la guerra civil, se menciona a Jorge Guillén. De Versos humanos de Gerardo Diego, se indica que inicia una nueva etapa tras la guerra civil cuando se trata de un libro publicado en 1925. De entre los últimos libros de Blas de Otero, se destaca Pido la paz y la palabra, que es de 1955 y supone el inicio de su poesía social.

Incomprensiblemente, Remedios Sánchez y Elena Escribano a veces se comportan como un alumno en un examen que no ha preparado y hablan de una obra no leída glosando el título. Así, Miguel d’Ors “se convierte en un juglar ciego para recorrer la Alhambra nazarí en Ciego en Granada”. Pero ese libro, que toma el título de unos conocidos versos de Francisco de Icaza (que las antólogas, obviamente, no conocen), no habla ni de la Alhambra en general ni de Granada en particular, aunque fuera la ciudad en que el autor entonces vivía.

            Termina Cincuenta imprescindibles, una antología que pretende ser “profundamente atractiva para lectores de cualquier edad” con unas curiosas “actividades” para después de la lectura. Hay alguna especialmente curiosa: “Con ayuda de internet, investiga sobre los Novísimos. ¿Quiénes fueron? ¿Cuáles son los rasgos principales de su poesía?”. Pero resulta que ninguno de los nueve novísimos figura entre estos cincuenta poetas imprescindibles seleccionados por Remedios Sánchez y Elena Escribano.

Más sorprendente resulta aún que, a lectores a los que las antólogas consideran necesario aclararles en nota que “vago” significa “perezoso”, se les pida que, como actividad complementaria, realicen lo que podría muy bien constituir tema para una tesis doctoral. “Los autores que forman parte de este período –escriba a propósito del “bloque 4”, dedicado a los poetas de mediados de siglo-- presentan una pluralidad de voces que amplían el panorama poético del período. Elige uno o dos autores (o autoras) y explica cómo su poesía aborda el paso del tiempo, la memoria de la guerra o el desarraigo, relacionándolo con el contexto histórico”.  

            Una de las intenciones de las antólogas, según indican en la nota preliminar, es invitar “a descubrir que la poesía no es un género difícil”. Y no lo es. Este volumen ganaría, tras eliminar el engañoso título, con solo los poemas, sin las síntesis histórico-literarias de cada período en que se enredan las autoras (llegan a hablar del “gobierno provisional” de Calvo Sotelo), sin las inanes notas y sin las presentaciones de los poetas (la Wikipedia o la versión menos sofisticada de la Inteligencia Artificial nos las ofrecen más precisas y con menos errores). Y si quieren insistir especialmente en la poesía escrita por mujeres convendría que no olvidaran nombres como los de Elena Martín Vivaldi, María Beneyto o Aurora Luque.



 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Esfinge sin secreto

 

Eduardo Jordá
Número cero
Bob Dylan: retrato de un hombre invisible
Libros del Asteroide. Sevilla, 2026.

Una buena idea de la editorial Libros del Asteroide el encargo a escritores de prestigio un libro sobre figuras muy conocidas de la cultura popular. El primero estuvo dedicado a Julio Iglesias y fue un acierto solicitárselo a Ignacio Peyró, el mejor representante de un conservadurismo elegante, irónico y tolerante cada vez menos presente en la vida española. Julio Iglesias le sirvió como pretexto para retratar, con humor inteligente, una época y una clase social, la de la guapa gente de derechas. Una adecuada campaña de promoción ayudó a que el libro tuviera un éxito creciente, cortado de pronto por ciertas feas denuncias contra el personaje, denuncias que no extrañaron a nadie y que no llegaron a mayores gracias a un eficaz equipo de abogados y a su autoexilio en la República Dominicana.

            La indagación biográfica y sociológica de Peyró sobre Julio Iglesias interesa incluso a quienes no tienen ningún interés por el melódico cantante; el libro de Eduardo Jordá sobre Bob Dylan, sorprendentemente titulado Número cero, limita su atractivo a los muy cafeteros, a los que veneran todo lo que tenga que ver son su ídolo.

            Al contrario de lo que ocurre en el caso de Julio Iglesias, la vida de Bob Dylan –o lo que nos cuenta de su vida Eduardo Jordá-- no resulta demasiado novelera. Es la de una esfinge sin secreto, un hombre sin misterio, o sin más misterio que su talento para componer sus canciones e interpretarlas sin aparente fatiga, primero por los escenarios de su país y luego por los del resto del mundo, durante más de medio siglo.

            Al éxito inicial, le sucedió un cierto hastío en los años ochenta, un paso por el purgatorio del que salió para convertirse en alguien por encima del bien y del mal, un fetiche al que se venera y no solo un cantante de proteico e inagotable repertorio.

Eduardo Jordá le aplica las consideraciones, tan poco románticas, que el romántico John Keats dedicó a la figura del poeta: “El poeta no es nada en sí mismo: no tiene yo, es el todo y la nada, no tiene carácter, goza de la luz y la oscuridad”. Formula luego una paradoja que todavía sigue sorprendiendo al lector común: “El poeta es la más antipoética de todas las criaturas”.

            Una variante de esa teoría se la aplica Jordá a Dylan ya en el primer capítulo, a propósito de unas palabras que le dijo a Leonard Cohen: “Por lo que a mí respecta, tú eres el número uno. Yo soy el número cero”. Pero Jordá no resulta tan convincente como Keats cuando nos explica ese aparente ejercicio de modestia. Bob Dylan sería “alguien que estaba fuera de toda comparación, como el número cero, el número más enigmático de todos porque sirve para designar la nada y el infinito, el vacío y el universo entero, lo que no existe y lo que siempre existirá. El número cero –Dylan lo sabía muy bien-- es el comienzo de todo y también el final de todo. Es el Génesis y al Apocalipsis”. Una peculiar interpretación de la teoría del Big Bang y de la Biblia la que hace Eduardo Jordá. ¿El cero designa al infinito? No es una afirmación que resulte evidente.

            “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, afirmaba Hölderlin. Y Jordá resulta mejor cuando cuenta que cuando especula. Y cuenta poco en este libro, desafortunadamente, y en alguno de los mejores casos –como en el capítulo final dedicado a los amish-- incluso lo que cuenta no parece venir muy a cuento.

            Tampoco entendemos muy bien la razón de ciertos pasajes, pero no importa (son los que recordamos al cerrar el libro), como cuando habla de una interpretación de la Octava Sinfonía de Bruckner dirigida por Sergiu Celibidache (y disponible en YouTube, según nos indica): “Es como si consiguiera levantar sobre sus hombros una montaña de sonido  --ingrávida como una nube, pesada como una cordillera-- y, a través de su batuta de mago, la fuera sosteniendo en el aire, cada vez más alta, cada vez más arriba, hasta que toda aquella montaña –una montaña tan grande como el mundo--, se iba deshaciendo en volutas y acababa convirtiéndose en pura luz y puro silencio”.                                                     

            Poner en palabras las impresiones que proporciona la música es un empeño condenado al fracaso, igual que el de los místicos cuando intentan hacernos comprender sus experiencias inefables. Pero Dylan no es solo intérprete y compositor, es también autor de las letras que canta, que para algunos le sitúan entre los principales poetas de lengua inglesa y que le han llevado a obtener el más prestigioso de los galardones literarios, el premio Nobel. Para el lector de este libro, esa es una cuestión de fe: ninguno de los fragmentos que se citan justifican los elogios y las rebuscadas exégesis que les dedica Jordá. Bobby Zimmerman (su verdadero nombre) “ya era Bob Dylan cuando acababa de cumplir diez años”, afirma Jordá y lo hace basándose en el poema que escribe con motivo del Día del Padre. “Este regalo es solo para mi padre”, comienza, y termina, cuatro versos después, con este otro: “Sé que mi padre es el mejor del mundo”. Si ese final caracteriza a un genio, como afirma Jordá, hay pocos niños que no lo sean.

            “¿Qué diablos quiere decir esto?”, se pregunta Jordá tras citar unos versos de la canción “I and I” (“Yo y yo./ Uno le dice al otro: ningún hombre puede sobrevivir si contempla mi rostro”), y luego trata de explicárnoslo, advirtiéndonos antes que “Dylan siempre complica las cosas en lugar de simplificarlas”, relacionándola con un pasaje del Éxodo y señalando que el cantante se atribuye el papel de Jehová y el de Moisés, “e incluso el de la columna de fuego que anuncia la presencia de Dios: esa columna serían sus canciones”.

No sale muy bien parado Jordá de estas rebuscadas exégesis, Acierta más cuando comenta Wigwam, “una de las canciones más hermosas y más felices –la felicidad es belleza, la belleza felicidad-- que Dylan ha compuesto jamás a lo largo de su vida”. En ella, Dylan “se limita a tararear un estribillo, feliz como un niño que se deja arrastrar por la corriente en un arroyo helado de montaña”. La letra de esa canción, la única que Jordá cita completa, dice así: “Da-da-da-da-da-da / La-da-da-di / Ta-da-da-da-da.”

            “No hay nada más. Eso es todo”, concluye Jordá. Y si hubiéramos de juzgar solo por las muestras que de las letras de Dylan nos ofrece, deberíamos darle la razón.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La vergüenza nacional


Carlos Enrique Bayo Falcón
El rey golfo
Akal. Madrid, 2026.

Muchos años de investigación sobre la inverosímil historia del anterior jefe del Estado español se resumen en este libro. No incluye demasiadas novedades, casi todo lo que nos cuenta ha sido anteriormente aireado, aunque poco, por la prensa tenida por seria y respetable, pero causa impresión irlo leyendo capítulo tras capítulo, cada uno superando al anterior. Imposible no preguntarse cómo fue posible.

El título no hace honor al contenido. El rey golfo nos lleva a imaginarnos a un simpático tarambana de opereta, pero la historia que nos cuenta es la de alguien que siempre se consideró por encima de la ley. Bajo su reinado se votó una constitución democrática que todavía, medio siglo después, sigue vigente; él, sin embargo, nunca se sintió sometido a ella. Cuando se cansó de Adolfo Suárez, el primer jefe de Gobierno elegido democráticamente tras la dictadura, impulsó un “golpe de timón” para sustituirlo por alguien más de su gusto, el general Armada. Mucho se ha especulado sobre el 23-F, pero desde el principio, para quien quiso verlo, las cosas estuvieron claras: parte del ejército se sublevó en nombre del rey y el rey, que podía haber desautorizado a los golpistas desde el primer momento, esperó a que fracasara la “solución Armada” para hacerlo. Y si fracasó fue, paradójicamente, a causa de quien había dado, y nunca mejor dicho, el pistoletazo de salida del golpe: el coronel Tejero, que no quiso aceptar el gobierno de concentración nacional, consensuado con la oposición, que el presunto “elefante blanco” traía bajo el brazo. El relato posterior, que convirtió al instigador de la trama, en el salvador de la democracia es una obra maestra de la manipulación informativa.

            De la Constitución, el único punto que parecía interesarle al anterior jefe del Estado fue el referido a su “inviolabilidad”, que él entendió que le daba licencia absoluta para hacer negocios al margen de las leyes, cuando solo se refiere a sus actividades políticas, que deben contar con la supervisión del gobierno y de las que son responsables los miembros del gobierno que las autorizan. De la vida privada del jefe del Estado, la Constitución no dice nada y se sobreentiende que está sometida, como la de cualquier ciudadano, al Código Civil.

            Ya antes de ser rey, desde su época de príncipe de España, Juan Carlos de Borbón cobró comisiones de dudosa legalidad. Y asentado en el trono participó en lucrativos negocios que llevaron a la cárcel a varios de sus colaboradores, pero que ni siquiera mancharon su buena fama --había quien decía que no era monárquico, sino juancarlista--, porque el rey no solo era inviolable, sino intocable.

            Acumuló una inmensa fortuna en dinero negro, pero durante sus años de reinado parece no tocó ni un euro de ese capital, como reservándolo por si las cosas venían mal dadas (tenía en la memoria a su bisabuela, “la de los tristes destinos”, Isabel II y a su abuelo, Alfonso XIII, otro rey aficionado a los negocios raros, y a su padre, el rey que nunca reinó porque su propio hijo se le adelantó en la cola). Toda su dispendiosa vida privada corrió a cargo del erario público. Con dinero público, se pagó a sus amantes, en edificios públicos se las alojó algunas veces y con dinero público se trataron de acallar los chantajes de alguna de ellas, como Bárbara Rey. Los regalos que recibía por parte de quienes querían conseguir sus favores, coches de alta gama, yates de lujo (la única excepción eran los maletines llenos de dinero), los traspasaba de inmediato al Patrimonio Nacional para no pagar impuestos y para que los gastos de mantenimiento y personal no corrieran a cuenta suya). Incluso el dinero que ganaba legalmente –el que le correspondía de la dotación de la Casa Real-- pasaba a engrosar sus ahorros para los malos tiempos.

            Naturalmente, nada de eso pudo hacerse sin la complicidad de los sucesivos gobiernos de la democracia y sin el mirar para otro lado de las instancias judiciales, tan propicias en otros casos a iniciar una investigación a partir de un bulo recogido por cualquier medio informativo. La Constitución era la capa que lo tapaba todo, pero sobre el alcance de la inviolabilidad del jefe del Estado, sobre si afecta solo a sus actividades como jefe del Estado (que es la interpretación más plausible si el artículo correspondiente se cita en su integridad y no recortado, como suele hacerse) o también a su vida privada aún no se ha pronunciado –que yo sepa-- el Tribunal Constitucional y no parece que nadie con capacidad para interponer el correspondiente recurso esté interesado en que lo haga.

            La corrupción es el mal endémico de la democracia española, se dice. Y para atajarlo y ejemplificar, el Tribunal Supremo condena a un exministro a veinticuatro años de cárcel, sin posibilidad de apelación, por haber dejado que un empresario pagara el alquiler del piso de su amante durante un tiempo, porque otro haya pretendido regalarle un chalet (al final no se lo regaló) y algunas triquiñuelas más. Peccata minuta si se compara con los del gran patrón.

Una manzana podrida hace un cesto. La democracia española parece que se restauró sobre una manzana podrida, muy podrida, heredada de un dictador que, en su vida privada, y comparado con su sucesor, era un santo varón.

            Hasta 1993, en que despidió a Sabino Fernández Campos, el anterior jefe del Estado, al que se le permitió seguir utilizando el título de rey “a título honorífico” (qué ironía), trató de guardar las formas; luego, ya más seguro de sí mismo, o librado de su severo tutor, ni siquiera se preocupó de ello: su amante y socia de los mejores negocios, la princesa Corinna Larsen le acompañaba en los viajes oficiales.  

            A partir de 2012, tras ser pillado en falta en una cacería patrocinada por un traficante de armas, la porquería que atufaba la jefatura del Estado ya no se pudo ocultar más. Desde 2014, Juan Carlos de Borbón es un aforado más, pero lo que sabemos de sus desmanes se debe a la justicia suiza, que la española sigue prefiriendo mirar hacia otro lado.

            Solo cuando el actual jefe del Estado (de comportamiento ejemplar en esta complicada situación), le retiró sus ingresos como miembro de la Casa Real y le prohibió seguir utilizando residencias oficiales, tuvo que comenzar a gastar la fortuna acumulada. No podía hacerlo directamente, sino a través de testaferros y “generosos” amigos siempre dispuestos a ayudar a la majestad caída. Vive en un lujoso exilio en Abu Davi, pero no es un exiliado sino un prófugo fiscal. Si tuviera su residencia en España, tendría que hacer aquí la declaración de la renta y, sin ingresos conocidos, le resultaría difícil justificar su nivel de vida sin que saliera a la luz la fortuna mal adquirida que guarda en paraísos fiscales.

            Solo un reparo, pero un reparo importante, se le puede poner a esta investigación: su tratamiento de la figura de Sabino Fernández Campos. Es cierto que, irritado por los malos modos con que le apartaron de su puesto, fue contándole a unos y a otros anécdotas poco ejemplares del comportamiento de Juan Carlos de Borbón, pero solo pueden ser fiables si se ponen en boca de quien las oyó (José Bono, por citar un caso, cuenta alguna en sus memorias). Atribuírselas a un informante anónimo, como hace el autor de este libro, es dar pábulo a cualquier bulo, como que Fernández Campos se encontrara a Juan Carlos de Borbón brindando con champán nada más enterarse de que Tejero había entrado en el Congreso o que le pidiera, para comprar su silencio, un palacete frente al Campoamor. Y el rey le concedió ese capricho, según Bayo Falcón, que si se hubiera dado una vuelta por Oviedo antes de publicar su libro se podría haber dado cuenta de que, en el entorno del teatro Campoamor, no hay ningún palacete. En casos como este, conviene ser en extremo riguroso para no devaluar una investigación cuyos resultados deberían avergonzar a todas las autoridades del Estado español que permitieron un comportamiento semejante en quien juró “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes”. Una Constitución, por cierto, que también contiene un artículo, equivalente al impeachment norteamericano, que permite apartar al jefe del Estado por incapacidad material o moral para el desempeño de su cargo.