miércoles, 26 de agosto de 2026

Decirlo todo

 

José Manuel Benítez Ariza
Biografía imperfecta (Poesía 1986-2025)
Renacimiento. Sevilla, 2026.

A la hora de reunir sus poesías completas, un poeta tiene dos opciones: una consiste en revisar y seleccionar, dejar fuera aquel libro (por lo general, el primero) o aquellos poemas que considera menos afortunados o más ocasionales; la otra, en añadir todos aquellos textos que por diversas circunstancias quedaron fuera de la obra publicada. José María Valverde es un ejemplo extremo de la primera opción; José Manuel Benítez Ariza ejemplifica, sin extremismos, la segunda.

            Su Biografía imperfecta (Félix Grande tituló Biografía sus poesías completas) añade un libro inédito. C. V., y una nutrida sección de “poesía dispersa”, además de no dejar fuera “un retablillo de poemas enviados por Navidad”. Benítez Ariza tiene algo de laborioso artesano, su poesía no es solo inspiración, sino también minucioso trabajo de cada día y todo, desde un ocasional “Epitalamio”, hasta la reiterativa, deliberadamente ripiosa y no exenta de encanto letra de rap, “Nosotros, los de entonces”, merece ser salvado.

            Comenzó a publicar en los años ochenta dentro de una estética muy generacional (a sus compañeros de entonces se dirige en uno de sus últimos poemas, “Quinta del 83”). Los modelos eran Jaime Gil de Biedma, Gabriel Ferrater (el que afirmó que un poema debe tener tanto sentido como una carta comercial), Philip Larkin. En especial , Gil de Biedma. “Intento formular mi experiencia de la guerra” tituló este uno de sus poemas; “Intento formular mi experiencia (o mi inexperiencia) de la vida” podría titularse la primera etapa de la poesía de Benítez Ariza, o la de tantos otros poetas de su generación, de José Luis Piquero a Álvaro García, excelente traductor de Larkin, por cierto. El poema característico de este momento abunda en subordinadas, digresiones, intentos de seguir los meandros del pensar y el sentir y de dejar constancia –hasta donde eso fuera posible-- de sus mínimos matices.

            José Manuel Benítez Ariza será siempre fiel a esos poemas extensos, algo divagatorios, razonadoramente analíticos, cada vez más explícitos de la anécdota biográfica que les sirve de punto de partida, pero no se limita a ellos. Aunque en algún momento pudo dar la impresión, sobre todo al lector desatento, de ser un poeta prosaicamente monocorde (nada que ver con el versátil ingenio y el brillo metafórico de su casi homónimo Benítez Reyes), es todo lo contrario. Nadie pensaría en él a la hora de aplicar el calificativo de “il miglor fabbro”  con que Dante se refirió a Arnaut Daniel y Eliot a Pound, pero lo merece tanto como Antonio Carvajal, aunque de otra manera. Benítez Ariza domina como nadie los artificios de la métrica tradicional (escribe siempre “a silabas cuntadas, ca es gran maestría”), pero lo hace de tan personal modo que acierta siempre “a torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje” de la retórica consabida, como aconsejaba Enrique González Martínez a los herederos del modernismo y los poetas de los ochenta a los epígonos del culturalismo novísimo.

            La poesía de Benítez Ariza crece en espiral, vuelve una y otra vez, desde la distinta perspectiva que da el paso de los años, a los mismos temas. De ahí el “Segundo Cuaderno de Zahara”, el “Tercer Cuaderno Irlandés”, los varios “Poemas de un día”  o los abundantes títulos (“La niebla”, “Marina”, “Los álamos”) seguidos de un número. “Autobiografía” se titula una de las secciones de Panorama y perfil (2014); C. V., currículum vitae, el libro inédito que ahora incorpora a estas poesías completas. Vuelven la novela familiar –la figura del padre especialmente presente-- y los desvaríos de la primera juventud; se les añaden otros capítulos: los abuelos, su experiencia como bibliotecario, el descubrimiento de Barcelona.

            Confieso que este Benítez Ariza que nos cuenta su vida (sin excluir triviales o entrañables anécdotas que no aciertan del todo a ser trascendidas) no es el que a mí más me interesa. El que prefiero es el poeta menos centrado en su sin duda meritoria “bildungsroman”, el observador atento de la realidad cotidiana –Realidad se titula uno de sus libros-- que acierta a llevarla al verso con una precisión y una sabiduría ejemplares. Los poemas suyos a mi entender más memorables nos hablan de perros y de gatos, de unos tomates o de una rama de perejil, de un cobertizo o de ”unas palomas grises sobre el adoquinado gris”, y también por supuesto de garzas y de mirlos y de la belleza –cuatro trazos le bastan para llevarla al papel--, no de exóticos paisajes, cordilleras remotas o islas paradisíacas, sino de su entorno cercano, Zahara o Benaocaz..

            Benítez Ariza ha descubierto en su madurez una afición al dibujo y a la acuarela que completa y enriquece su escritura. En muchos de sus poemas, su mirada es la de un pintor, como en Ramón Gaya, y eso los vuelve inconfundibles. “Diez acuarelas” titula una de sus series poéticas, y su “Cuaderno de campo” recoge apuntes en prosa que podrían acompañar a sus dibujos. Pero no se trata, o no se trata en el mejor de los casos, de la tradicional figura retórica conocida como “écfrasis”, sino de una idéntica manera de ver que se expresa de dos modos diferentes.

            En todos los poetas de una misma generación, hay poemas que pueden considerarse intercambiables (algún soneto de Góngora podría haberlo firmado Quevedo), pero abundan los poemas de Benítez Ariza que solo él podría haber escrito, como el titulado “Un amigo me ha dado unas verduras”, tan deliberadamente ajeno a lo que tópicamente suele considerarse como poético. Y qué impactante su “Abecedario” convertido en una sucesión de sintéticos –a veces dos o tres palabras-- “obituarios”.

            No es el grueso tomo –o los varios tomos-- de su poesía completa la mejor manera de acercarse a un autor. Los poemas gustan de volar libres --las denostadas redes sociales se han convertido en su hábitat natural--, con amplios silencios y espacios en blanco que los separen unos de otros. Afortunadamente, un libro de poemas se puede abrir por cualquier parte y un poema abandonarse a los pocos versos si no nos atrapa con ellos. Muy diferentes tipos de lectores, incluidos los que no suelen ser lectores de poesía, encontrarán en esta inagotable Biografía imperfecta hallazgos enriquecedores que les harán volver a buscar entre sus páginas una y otra vez.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Literatura Pachwork

 

Luis Sagasti
La realidad absoluta
Eterna Cadencia. Buenos Aires-Madrid, 2026.

Contamos historias para ordenar el caos. Las historias tradicionales tienen un principio y un final, las que nos cuenta Luis Sagasti (Bahía Blanca, Argentina, 1963) funcionan de otra manera: son un puzzle, un mosaico, o mejor un pachwork: un conjunto de piezas que se pueden combinar de distintas maneras.

Teoría y práctica de su manera de entender la narrativa se entremezcla en La realidad absoluta, ficciones que parten del ensayo y se aproximan a trechos al poema. La más representativa, y quizá la más conseguida, es la que inicia el libro, “La timidez de los árboles”. Comienza hablando de música: “Debería haber algún nombre para aquellas melodías que se reconocen de inmediato cuando alguien lleva su ritmo golpeando los dedos sobre una mesa”. Y continúa con una sorprendente hipótesis sobre los nombres con que los antiguos griegos ordenaron la confusión del cielo nocturno: “es razonable suponer que algunas de las historias de la mitología griega hayan sido compuestas con el objeto de recordar la serie de constelaciones que habrían de guiar a los navegantes durante la noche. Una suerte de regla mnemotécnica escrita con tinta de estrellas. No deja de ser sugestivo que historias crueles, y muy a menudo monstruosas, no hayan tenido otro fin que el de reconocer la ruta que conducía a la calidez del hogar”. Sigue una anécdota de infancia (una mañana de verano su abuelo le enseñó a distinguir “los ríos que corren por el cielo” en un claro entre árboles), continúa con la aventura amazónica de Fitzcarrald que Werner Herzog llevó al cine y con la nave sin nombre del capitán Willard que remonta la selva en busca del capitán Kurtz, “el coronel que, aún no se entienden muy bien las razones, se volvió loco y fundó un reino en plena jungla, muy lejos en el espacio, muy atrás en el tiempo”.

Del Congo de Conrad y del Vietnam de Apocalipsis Now, pasamos al bombardeo de la Plaza de Mayo en 1955. De un horror a otro horror. Y hay también lugar para la pasmosa quietud que se esparce en el agua cuando el Titanic desaparece de la superficie: “El mar siempre se mantuvo calmo durante la tragedia, un mantel recién tendido para festín de diose perturbados”. Y para una instalación de Pierre Huyghe en la Documenta 13 de Kassell en 2012 y para el comportamiento de las abejas. Un hipnótico ir y venir que nos ayuda a entender mejor lo que Luis Sagasti llama “la realidad absoluta” y que quizá deberíamos denominar simplemente la realidad.

            Hay otras piezas a la misma altura. Una de ellas, “Serpientes”, puede parecernos que está hablando de un personaje de ficción, un historiador del arte internado por intentar asesinar a su esposa y a sus hijos y que “en la clínica traba amistad con las polillas y las mariposas que entran en su habitación; puede hablar con ellas durante horas; luego transcribe esos diálogos para su mujer en larguísimas cartas en las que probablemente le oculte la certeza de que los repollos que come son parte del cerebro de su hermano, las papas las cabezas de sus hijos –uno de ellos se ha convertido en el pescado de su plato-- y que en cada garbanzo y en cada arveja servidos en la cena se encuentra alojada el alma de una persona”. Pero ese pintoresco personaje es Aby Warburg, historiador del arte alemán, cuya obra principal, el Atlas Mnemosyne, parece estar en la base de la poética narrativa de Luis Sagasti: “Cientos de dibujos y pinturas organizadas temáticamente sobre móviles paneles negros a fin de organizar las conexiones simbólicas entre las diferentes culturas y distinguir así los patrones que sobreviven”. El autor de La realidad absoluta entremezcla anécdotas personales con referencias culturales y hechos históricos de la más diversa índole para entrever los patrones secretos que ordenan y sostienen la realidad.

            A destacar otro de los capítulos, “La isla de los caníbales”, un antológico relato de terror y quizá también “Cuadros de una exposición”, que yuxtapone el análisis de los patrones geométricos presentes en muy diferentes obras de arte con el secuestro de una estudiante “en la ciudad de La Plata en 1976, días antes de la primavera por encabezar las protestas para conseguir un boleto estudiantil”

Pero en el resto del libro el mecanismo narrativo, ya simple fórmula, no acaba de funcionar. Las anécdotas que se quieren convertir en categoría al comienzo de “El hombre del sándwich” son demasiado triviales para justificar la preocupación de los personajes o el interés del lector. Y sorprende que el relato más acorde con la tradición narrativa, “Mundo boreal”, con su principio, nudo y desenlace, se nos vuelva a contar en “El escritor fantasma”, en un ejercicio de metaficción que suena en exceso artificioso.

A la ficción no se le deben exigir las mismas normas de verosimilitud que a la realidad. Nadie pondría en duda que el personaje de Kafka se despertó convertido en insecto ni reprocharía al autor que no le explicara por qué. Las andanzas de un “viejo profesor de filosofía” que cree haber encontrado “los restos del Ser” heideggeriano en un granero –es el argumento de “Manta boreal”-- no es que nos resulten inverosímiles, sino gratuitas e indiferentes, como los sutiles problemas planteados en “El escritor fantasma”.

Luis Sagasti ha encontrado un nuevo arte de narrar que algo tiene de rompecabezas intelectual, de acertijo metafísico, que parece funcionarle mejor cuando utiliza referencias culturales, autobiográficas y de la historia reciente de su país que cuando se dedica a la pura especulación con moraleja filosófica.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Cartas con historia

 


Varios Autores
Mi muy querido amigo Azaña
Prólogo de Luis García Montero
Nota al margen, Madrid, 2026.

Una docena escasa de cartas a Manuel Azaña, escritas entre 1918, cuando solo era conocido como activo ateneísta, y 1939, cuando ya se había convertido en un exiliado mal visto por unos y por otros después de haberlo sido todo en la política española, pueden servirnos, adecuadamente comentadas, para ofrecernos una sintética semblanza del personaje y de un puñado de nombres conocidos que se relacionaron con él.

            Adecuadamente comentadas, digo, como están la mayoría de las reunidas en este colectivo homenaje, pero no todas. Disuena especialmente el primer capítulo. No lo escribe un historiador, sino un ensayista y diplomático, José María Ridao, que, aunque se ha ocupado anteriormente de Azaña, no parece estar muy al tanto de lo que habla. Comenta una carta de Unamuno, fechada en diciembre de 1918, que empieza hablando de cuestiones sin demasiado interés –la fecha en que ha de dar una conferencia-- y luego, muy en su estilo, disparata sobre cuestiones políticas: “En tiempos de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontado en el Palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España; justo es, pues, que al ser esta derrotada con Alemania –la neutralidad neutral que dijo Romanones (el político que ve más claro y obra más turbio) era una alianza clandestina con aquel al que se creía vencedor futuro--, justo es, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe duda que la perderá”.

            Contagiado Ridao por este estilo de razonar, no le va a la zaga. “La reciente edición en Buenos Aires de un volumen en el que se recoge una amplia selección de artículos de Unamuno no compilados con anterioridad permite intuir, mejor que los textos acabados, las razones por las que fue un personaje incómodo, por imprevisible, para sus contemporáneos”, escribe. Pero ¿hacía alguna falta la edición de artículos desconocidos de Unamuno para saber por qué fue “un personaje incómodo”?

Le haría falta a Ridao, pero no a los estudiosos o simples lectores de Unamuno. De ese libro revelador, por cierto, se le olvida indicarnos el título (su colaboración, al contrario que otras, no lleva notas). Generaliza luego un tanto abusivamente: desde finales del XIX, “la relevancia pública de los hombres de letras” dependería más “de esta actividad marginal [la colaboración periodística] que de sus trabajos de mayor envergadura, desarrollados a lo largo de meses y años”. Habría, sin embargo, alguna excepción: “En ocasiones, un talento excepcional como el de Benito Pérez Galdós consiguió acoplar dentro del folletín periodístico una obra maestra, como Fortunata y Jacinta”.

La obra maestra de Galdós, como es bien sabido, se publicó en cuatro tomos en 1887 y no tuvo ningún anticipo en la prensa. A ese error, le sigue una sorprendente afirmación: la proyección social que daban los periódicos “sirvió para que un autor se labrara una imagen de gran pensador, como en el caso de Ortega y Gasset”. Y apoyándose en “uno de los más lúcidos observadores de España y su literatura”, Gerald Brenan, llega a afirmar que Ortega no es en realidad un filósofo, sino un periodista que trata de ideas y las divulga. Unamuno, en cambio, sí sería un verdadero filósofo, aunque esa labor resultara oscurecida por lo que publica en la prensa “para ganar el sustento de una familia numerosa, según confiesa en uno de los artículos recogidos en el volumen reeditado en Buenos Aires” (no se nos dice el título de ese artículo y sigue sin mencionarse el del libro en que aparece). Y por eso, porque escribe para ganar el sustento, “su técnica consiste, siempre según sus palabras, en empezar a escribir sin saber qué va a decir”. Por eso, a Ridao le cuesta creer que Azaña “tuviera algún aprecio por ese ponerse a escribir a lo que salga, practicado por Unamuno”. El artículo termina afirmando que Millán Astray era “hijo intelectual” suyo.

            La frivolidad de las observaciones histórico-políticas de Unamuno y las no menos frívolas de Ridao en su comentario, contrastan con la carta de Indalecio Prieto –quizá la de mayor interés del volumen—y con la glosa que le dedica Bruno Vargas. No se ha valorado adecuadamente la figura de Indalecio Prieto como intelectual y como escritor (los “socialistas de cátedra”, y el resto de los políticos de la época le miraba un poco por encima del hombro dada su falta de formación académica). Sus escritos memorialisticos no desmerecen frente a los de los grandes nombres de su generación y la lucidez de sus reflexiones políticas no es menor que la de Azaña. La carta que se comenta está escrita en abril de 1935 cuando se está fraguando la unidad de la izquierda que llevará al triunfo en las elecciones a comienzos del año siguiente. Frente a las reticencias de algunos, y su poca simpatía por los comunistas, explica las razones para contar con ellos: “en materia electoral los grupos políticos tienen dos medidas, la del apoyo y la del estorbo, y frecuentemente esta última es mucho más extensa que la primera”, y cuando se trata de agrupaciones próximas, la resta es siempre mucho mayor que la suma “porque al dividirse, y siendo siempre grande el encono entre los afines, se estorban encarnizadamente”.

            Excelentes son los trabajos de Alfonso Alegre Heitzmann (sobre Juan Ramón Jiménez) o de Amelia de Paz (sobre Juan José Domenchina), por citar solo dos ejemplos que añaden datos de interés, no solo sobre Azaña, también sobre ambos escritores. Destaca igualmente el de Manuela Aroca Mohedano sobre el general Saravia, compañero fiel hasta el último momento. Disuena, en cambio, por el enfoque dado, el capítulo final de José Luis Gallero. Convierte su comentario a una carta de Casares Quiroga en una carta a Casares Quiroga, en el “Cementerio de Montparnasse, París”, en la que le cuenta cosas que el político sabe de sobra y otras que preferiría no saber como que Ángel Ossorio le consideraba “un inepto”. Sobra ese artificio literario, semejante al que Luis García Montero emplea en el prólogo.

           

           

           

 

 

 

 

 



miércoles, 5 de agosto de 2026

Increíble, pero cierto

 

Stefano Bartezzaghi
Pier Mauro Tamburini
Pruebas sin corregir
Traducción de Germán Veritens
Seix Barral. Barcelona, 2026

El mayor enigma que plantea Pruebas sin corregir no es el que se propone a lo largo de sus páginas, sino la traducción de un libro como este y su inclusión en una prestigiosa colección de narrativa, Biblioteca Formentor, de Seix Barral, que contribuyó a renovar la literatura española desde los años sesenta y que, incluso tras su incorporación al grupo Planeta, ha tratado de mantener la calidad literaria por encima de la comercialidad a toda costa.

            Un enigma difícil de solucionar porque esta “novela negra que es también un juego y un ejercicio que invita al lector a resolver un asesinato”, según se indica en una de las notas promocionales, escrita sin duda –como suele ser habitual-- por alguien que no ha leído el libro, no parece que pretenda ser un éxito de ventas. Ni en una colección de sudokus, crucigramas y otros pasatiempos encontraría muchos compradores que no lo devolvieran si habían caído en la trampa de adquirirlo. La única situación que yo puedo imaginar en que alguien entretendría su tiempo buscando y anotando las mil y una erratas que contiene con el fin de encontrar entre las soluciones diez palabras con las que componer un mensaje que le indique algo que no le interesa lo más mínimo, es que esté encerrado en una celda, sin nada más a mano, y condenado a cadena perpetua.

            Si yo he sido capaz de leer de la primera a la última página este libro tediosamente inverosímil–y sin que nadie me obligara a ello--, fue porque no acababa de creerme lo que parecía ser, esperaba en algún momento una vuelta de tuerca que hiciera verdad lo que se indica en otra de las engañosas notas promocionales, que constituye “una reflexión sobre el valor del error, sobre la función del corrector y sobre el rigor lingüístico”.

            No hay nada de eso, pero sospecho seré el único en desmentirlo. Es una muestra más de que un grupo editorial de los que dominan el mercado puede publicar cualquier cosa y contar con la complicidad de los suplementos culturales más leídos, que encargarán una elogiosa reseña al turiferario de turno. Solo con el premio Planeta, como saben muy bien Jordi Gracia y Sonsoles Ónega, se abre la veda, no solo a una lectura mínimamente crítica, sino incluso al escarnio.

            Pruebas sin corregir en la cubierta y contracubierta aparece firmado solo por Stefano Bartezzaghi, un “enigmista, periodista y semiólogo”, al parecer famoso en su país. Únicamente su foto y biografía encontramos en la solapa, pero en la portada interior, junto a su nombre aparece el de Pier Mauro Tamburini, también crucigramista y guionista y autor de libro juegos, que es quien firma con él la edición italiana.

            ¿Otra errata a añadir a las deliberadas de la presunta novela? La primera de las “cinco reglas básicas del juego” que aparecen en la página 22 dice así: “Si la correctora de pruebas ha trabajado bien, cada uno de los cien capítulos de este libro contiene exactamente nueve errores”. Tenemos que llegar casi al final del libro para averiguar que esa es una errata más, que los errores totales no son novecientos sino mil y que, por lo tanto, cada capitulillo no contiene nueve, sino diez

            Esos errores son de todo tipo: erratas convencionales y lo que parecen bromas del autor porque no resulta creíble que se den en ningún libro (salvo en este, donde todo disparate tiene su asiento). Un ejemplo: el personaje principal “se lanzó al vacío completamente borracho desde la ventana del salón en el quinto piso de su sótano”. Otro: el mismo personaje, el escritor Niccolò Erranta, firmó un contrato como “Don Quijote” y el narrador se pregunta. “¿Por qué firmó aquella página usando como pseudónimo el nombre del caballo de Cervantes?”

            ¿Un rasgo de humor? Es posible, aunque no se trate de un libro de humor (pudiera, eso sí, tratarse de una broma pesada). El narrador, escritor frustrado que trabaja como corrector de pruebas, comienza citando a Gianni Rodari, un nombre bien conocido por quienes se ocupan de la literatura infantil: “Las erratas son tan útiles y necesarias como el pan, y a menudo incluso hasta bonitas”. No está muy de acuerdo con esa afirmación el narrador, quien afirma haber dedicado “los mejores años de su vida a corregir errores de escritores malísimos mucho mejor pagados que él” (no se le ocurre pensar que esos pagos dependen de las ventas y no de un sueldo fijo) y termina el primer capítulo con esta frase: “¿Sabéis cuál es el único error que un corrector de pruebas nunca sabe cómo enmendar? El trabajo que ha elegido”.

            Dejando aparte que a menudo se trata de un trabajo ocasional y que la mayoría de los correctores lo alternan con otras labores editoriales, no resulta muy verosímil que quien se pasa la vida corrigiendo erratas, algo que odia, tras realizar una sumaria investigación para averiguar si un admirado amigo escritor se suicidó o fue asesinado, lo cuente en un libro lleno de deliberadas erratas que esconden no sabemos qué mensaje ni por qué ni para qué. ¿Un sádico que olvida que nadie tiene la obligación de leerle?

            Pruebas sin corregir consta de cien breves capítulos que ocupan 149 páginas; el resto, medio centenar, lo ocupan unas planillas para que el lector anote las erratas que vaya encontrando y para ofrecernos las soluciones. Pero de esos cien capítulos bastante menos de la mitad se dedican a la endeble trama narrativa. La mayoría están constituidos por fragmentos de libros que el narrador ha corregido o está corrigiendo y que reproduce para que señalemos las erratas. Apasionante, ¿no?

Otros capítulos nos indican las algo confusas reglas del juego. El autor (o los autores) es “enigmista”, no lingüista, y por eso escribe párrafos como el siguiente: “Las lenguas latinas tienen una flexibilidad increíble que les permite mudar lo bastante deprisa para dar cobijo a nuevas formas y vocablos. Precisamente por esto, en el caso de que conseguís –por “consigáis”, es una de las deliberadas erratas-- localizar los mil errores (¡mucha suerte!) y dar con las soluciones, es posible que no estéis de acuerdo con alguna. Pues bien, os pido que seáis clementes a nombre de la naturaleza maravillosamente mutante de estos idiomas”.

Mención aparte merece el traductor, Germán Veritens, que ha tenido el dudoso honor de ser el primer traductor de erratas del mundo.

“Además de una novela negra es también un juego y un ejercicio que invita al lector a resolver un asesinato”, se nos dice a propósito de Pruebas sin corregir en la frase promocional ya citada. Pero no hay ningún asesinato: lo que parece un suicidio es un suicidio, según nos indica el narrador al final de su investigación. ¿Y entonces qué nos dice el mensaje que tan laboriosamente el autor o autores se han esforzado en esconder en las mil y una erratas? Ni lo sabemos ni nos importa. Una nota fina afirma que “el autor recomienda leer dos veces la novela para encontrar todas las soluciones”.

Sospecho que quienes tomaron la decisión de encargar la traducción de esta presunta novela y publicarla no la leyeron ni una sola vez. E hicieron bien (en no leerla no en publicarla).