Stefano Bartezzaghi
Pier Mauro Tamburini
Pruebas sin corregir
Traducción de Germán Veritens
Seix Barral. Barcelona, 2026
El
mayor enigma que plantea Pruebas sin corregir no es el que se propone a
lo largo de sus páginas, sino la traducción de un libro como este y su
inclusión en una prestigiosa colección de narrativa, Biblioteca Formentor, de
Seix Barral, que contribuyó a renovar la literatura española desde los años
sesenta y que, incluso tras su incorporación al grupo Planeta, ha tratado de
mantener la calidad literaria por encima de la comercialidad a toda costa.
Un enigma difícil de solucionar
porque esta “novela negra que es también un juego y un ejercicio que invita al
lector a resolver un asesinato”, según se indica en una de las notas
promocionales, escrita sin duda –como suele ser habitual-- por alguien que no
ha leído el libro, no parece que pretenda ser un éxito de ventas. Ni en una
colección de sudokus, crucigramas y otros pasatiempos encontraría muchos
compradores que no lo devolvieran si habían caído en la trampa de adquirirlo.
La única situación que yo puedo imaginar en que alguien entretendría su tiempo
buscando y anotando las mil y una erratas que contiene con el fin de encontrar entre
las soluciones diez palabras con las que componer un mensaje que le indique
algo que no le interesa lo más mínimo, es que esté encerrado en una celda, sin nada
más a mano, y condenado a cadena perpetua.
Si yo he sido capaz de leer de la
primera a la última página este libro tediosamente inverosímil–y sin que nadie
me obligara a ello--, fue porque no acababa de creerme lo que parecía ser,
esperaba en algún momento una vuelta de tuerca que hiciera verdad lo que se
indica en otra de las engañosas notas promocionales, que constituye “una
reflexión sobre el valor del error, sobre la función del corrector y sobre el
rigor lingüístico”.
No hay nada de eso, pero sospecho
seré el único en desmentirlo. Es una muestra más de que un grupo editorial de
los que dominan el mercado puede publicar cualquier cosa y contar con la
complicidad de los suplementos culturales más leídos, que encargarán una
elogiosa reseña al turiferario de turno. Solo con el premio Planeta, como saben
muy bien Jordi Gracia y Sonsoles Óneta, se abre la veda, no solo a una lectura
mínimamente crítica, sino incluso al escarnio.
Pruebas sin corregir en la cubierta
y contracubierta aparece firmado solo por Stefano Bartezzaghi, un “enigmista,
periodista y semiólogo”, al parecer famoso en su país. Únicamente su foto y
biografía encontramos en la solapa, pero en la portada interior, junto a su
nombre aparece el de Pier Mauro Tamburini, también crucigramista y guionista y
autor de libro juegos, que es quien firma con él la edición italiana.
¿Otra errata a añadir a las
deliberadas de la presunta novela? La primera de las “cinco reglas básicas del
juego” que aparecen en la página 22 dice así: “Si la correctora de pruebas ha
trabajado bien, cada uno de los cien capítulos de este libro contiene
exactamente nueve errores”. Tenemos que llegar casi al final del libro para
averiguar que esa es una errata más, que los errores totales no son novecientos
sino mil y que, por lo tanto, cada capitulillo no contiene nueve, sino diez
Esos errores son de todo tipo:
erratas convencionales y lo que parecen bromas del autor porque no resulta
creíble que se den en ningún libro (salvo en este, donde todo disparate tiene
su asiento). Un ejemplo: el personaje principal “se lanzó al vacío
completamente borracho desde la ventana del salón en el quinto piso de su
sótano”. Otro: el mismo personaje, el escritor Niccolò Erranta, firmó un
contrato como “Don Quijote” y el narrador se pregunta. “¿Por qué firmó aquella
página usando como pseudónimo el nombre del caballo de Cervantes?”
¿Un rasgo de humor? Es posible,
aunque no se trate de un libro de humor (pudiera, eso sí, tratarse de una broma
pesada). El narrador, escritor frustrado que trabaja como corrector de pruebas,
comienza citando a Gianni Rodari, un nombre bien conocido por quienes se ocupan
de la literatura infantil: “Las erratas son tan útiles y necesarias como el
pan, y a menudo incluso hasta bonitas”. No está muy de acuerdo con esa
afirmación el narrador, quien afirma haber dedicado “los mejores años de su
vida a corregir errores de escritores malísimos mucho mejor pagados que él” (no
se le ocurre pensar que esos pagos dependen de las ventas y no de un sueldo
fijo) y termina el primer capítulo con esta frase: “¿Sabéis cuál es el único
error que un corrector de pruebas nunca sabe cómo enmendar? El trabajo que ha
elegido”.
Dejando aparte que a menudo se trata
de un trabajo ocasional y que la mayoría de los correctores lo alternan con otras
labores editoriales, no resulta muy verosímil que quien se pasa la vida
corrigiendo erratas, algo que odia, tras realizar una sumaria investigación
para averiguas si un admirado amigo escritor se suicidó o fue asesinado, lo
cuente en un libro lleno de deliberadas erratas que esconden no sabemos qué
mensaje ni por qué ni para qué. ¿Un sádico que olvida que nadie tiene la
obligación de leerle?
Pruebas sin corregir consta
de cien breves capítulos que ocupan 149 páginas; el resto, medio centenar, lo
ocupan unas planillas para que el lector anote las erratas que vaya encontrando
y para ofrecernos las soluciones. Pero de esos cien capítulos bastante menos de
la mitad se dedican a la endeble trama narrativa. La mayoría están constituidos
por fragmentos de libros que el narrador ha corregido o está corrigiendo y que
reproduce para que señalemos las erratas. Apasionante, ¿no?
Otros
capítulos nos indican las algo confusas reglas del juego. El autor (o los
autores) es “enigmista”, no lingüista, y por eso escribe párrafos como el
siguiente: “Las lenguas latinas tienen una flexibilidad increíble que les
permite mudar lo bastante deprisa para dar cobijo a nuevas formas y vocablos.
Precisamente por esto, en el caso de que conseguís –por “consigáis”, es una de
las deliberadas erratas-- localizar los mil errores (¡mucha suerte!) y dar con
las soluciones, es posible que no estéis de acuerdo con alguna. Pues bien, os
pido que seáis clementes a nombre de la naturaleza maravillosamente mutante de
estos idiomas”.
Mención
aparte merece el traductor, Germán Veritens, que ha tenido el dudoso honor de
ser el primer traductor de erratas del mundo.
“Además
de una novela negra es también un juego y un ejercicio que invita al lector a
resolver un asesinato”, se nos dice a propósito de Pruebas sin corregir en
la frase promocional ya citada. Pero no hay ningún asesinato: lo que parece un
suicidio es un suicidio, según nos indica el narrador al final de su
investigación. ¿Y entonces qué nos dice el mensaje que tan laboriosamente el
autor o autores se han esforzado en esconder en las mil y una erratas? Ni lo
sabemos ni los importa. Una nota fina afirma que “el autor recomienda leer dos
veces la novela para encontrar todas las soluciones”.
Sospecho
que quienes tomaron la decisión de encargar la traducción de esta presunta
novela y publicarla no la leyeron ni una sola vez. E hicieron bien (en no
leerla no en publicarla).
