miércoles, 16 de septiembre de 2026

Enseñar al que no sabe

 

50 imprescindibles.
Antología de la poesía española del siglo XX
Edición de Remedios Sánchez y Elena Escribano
Cátedra. Madrid, 2026.

Un título debe resultar atractivo, pero es también un contrato con el lector, no una simple estrategia publicitaria. Titular una antología de la poesía española del siglo XX como 50 imprescindibles y prescindir en ella de Unamuno, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Leopoldo Panero, Carlos Edmundo de Ory, Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, entre otros nombres que no faltan en ningún manual, e incluir a Elsa López, María Rosal o María Ángeles Pérez López, por mucho que se adivine la buena intención de aumentar el número de mujeres, parece algo más que un ejercicio del derecho de los antólogos a aplicar su criterio. Ninguna antología puede ser enteramente objetiva, pero las discrepancias van disminuyendo según avanza el consenso crítico. Las antologías de poesía joven a menudo coinciden en muy pocos autores, o incluso en ninguno, pero las antologías del Siglo de Oro, por diferente que sea el gusto de los antólogos, coinciden en la mayoría de ellos.

            En una antología para iniciar en la poesía, como pretende ser esta que firman Remedios Sánchez y Elena Escribano, especialistas ambas en didáctica de la literatura, parece necesario incluir notas que expliquen “aquellos conceptos o vocablos que puedan resultar menos conocidos sin abrumar con erudición innecesaria”. Pero las notas resultan sorprendentemente innecesarias. En el verso “una tristeza afín a la nostalgia”, a pie de página se indica: “afín: parecido”. Otros ejemplos: “denso” se aclara que significa “espeso”; “en vano”, “inútilmente”; “propicios”, “favorables”; “dispersos”, “dispersados”; “párvulos”, “pequeño, de corta edad”. Y hasta se explica en nota lo que quiere decir “año bisiesto”.

            ¿A qué tipo de lectores se dirige este libro? ¿A los hablantes extranjeros que están aprendiendo español? ¿A los alumnos de primaria que aún no han aprendido a usar el diccionario?

            Pero no todas las notas son superfluas, también las hay erróneas. Jaime Siles inicia un soneto con el siguiente verso: “Amor bajo las jarcias de un velero”. Y las antólogas aclaran en nota que “jarcias” significa “instrumentos y redes de pesca”. No nos imaginamos cómo podrá ser el amor bajo un arpón, una caña de pescar o una red para atrapar sardinas; “jarcias” tiene también otro significado que al lector no le será difícil averiguar por su cuenta.

A propósito de “Lamento en Elca”, un poema de Francisco Brines, se anota la palabra “Elca : “espacio mítico que se corresponde a la finca del poeta en Oliva”, pero se trata simplemente del nombre de la finca. Un verso de Joan Margarit afirma que la libertad, entre otras cosas, es “un rey saliendo en tren hacia el exilio”. Y la nota aclara: “se refiere a Alfonso XIII”. ¿Seguro? Alfonso XIII partió hacia el exilio en barco desde Cartagena. Otras notas no son superfluas ni erróneas, pero sí imprecisas. De “Kampa”, título de un poema de Clara Janés, se indica: “isla de Chequia”, lo que aclara poco; mejor sería indicar que es el barrio donde vivió el poeta Vladimir Holan,  situado en una isla que forma el Moldava al cruzar por Praga.

            Errores insignificantes los que aparecen en las notas, quizá simples lapsus. Hay otros más importantes, por la ignorancia que suponen de autores fundamentales, como Antonio Machado, del que se afirma lo siguiente: “Entre sus poemarios más importantes se encuentran Soledades (1907), Campos de Castilla (1912) y Proverbios y cantares (1912)”. Pero “Proverbios y cantares”, como es bien sabido, no es un libro, sino una parte de Campos de Castilla, que ya aparece en la primera edición de 1912 y que fue muy aumentada en la definitiva de 1917.

Cuando se habla de los poetas que se quedaron en España tras la guerra civil, se menciona a Jorge Guillén. De Versos humanos de Gerardo Diego, se indica que inicia una nueva etapa tras la guerra civil cuando se trata de un libro publicado en 1925. De entre los últimos libros de Blas de Otero, se destaca Pido la paz y la palabra, que es de 1955 y supone el inicio de su poesía social.

Incomprensiblemente, Remedios Sánches y Elena Escribano a veces se comportan como un alumno en un examen que no ha preparado y hablan de una obra no leída glosando el título. Así, Miguel d’Ors “se convierte en un juglar ciego para recorrer la Alhambra nazarí en Ciego en Granada”. Pero ese libro, que toma el título de unos conocidos versos de Francisco de Icaza (que las antólogas, obviamente, no conocen), no habla ni de la Alhambra en general ni de Granada en particular, aunque fuera la ciudad en que el autor entonces vivía.

            Termina Cincuenta imprescindibles, una antología que pretende ser “profundamente atractiva para lectores de cualquier edad” con unas curiosas “actividades” para después de la lectura. Hay alguna especialmente curiosa: “Con ayuda de internet, investiga sobre los Novísimos. ¿Quiénes fueron? ¿Cuáles son los rasgos principales de su poesía?”. Pero resulta que ninguno de los nueve novísimos figura entre estos cincuenta poetas imprescindibles seleccionados por Remedios Sánchez y Elena Escribano.

Más sorprendente resulta aún que, a lectores a los que las antólogas consideran necesario aclararles en nota que “vago” significa “perezoso”, se les pida que, como actividad complementaria, realicen lo que podría muy bien constituir tema para una tesis doctoral. “Los autores que forman parte de este período –escriba a propósito del “bloque 4”, dedicado a los poetas de mediados de siglo-- presentan una pluralidad de voces que amplían el panorama poético del período. Elige uno o dos autores (o autoras) y explica cómo su poesía aborda el paso del tiempo, la memoria de la guerra o el desarraigo, relacionándolo con el contexto histórico”.  

            Una de las intenciones de las antólogas, según indican en la nota preliminar, es invitar “a descubrir que la poesía no es un género difícil”. Y no lo es. Este volumen ganaría, tras eliminar el engañoso título, con solo los poemas, sin las síntesis histórico-literarias de cada período en que se enredan las autoras (llegan a hablar del “gobierno provisional” de Calvo Sotelo), sin las inanes notas y sin las presentaciones de los poetas (la Wikipedia o la versión menos sofisticada de la Inteligencia Artificial nos las ofrecen más precisas y con menos errores). Y si quieren insistir especialmente en la poesía escrita por mujeres convendría que no olvidaran nombres como los de Elena Martín Vivaldi, María Beneyto o Aurora Luque.

 

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