Cienciología. Hollywood y la prisión de la fe
Lawrence Wright
Debate. Barcelona,
2013
Las religiones necesitan tiempo, a veces siglos, para
volverse venerables. Todas comienzan siendo sectas peligrosas antes de
convertirse, cuando se hacen mayoritarias, en pilares de la sociedad.
La historia
de la Cienciología
nos resulta particularmente sorprendente porque surgió ayer mismo, a mediados
del siglo XX. Su fundador fue un muy popular escritor de ciencia ficción y de
libros de autoayuda, L. Ron Hubbard (1911-1986) y sus más conocidos
representantes pertenecen al mundo del cine, John Travolta y Tom Cruise.
Como la
iglesia mormona, la
Cienciología es típicamente americana. No podría haber
surgido en otro lugar que en Estados Unidos. Los mormones representan la América del siglo XIX, la
de los indios, los vaqueros y las caravanas en busca de nuevas tierras; la Cienciología está muy
ligada a la industria del espectáculo, a las fantasías sobre los ovnis y a los
nuevos medios de comunicación de masas.
Como el
cristianismo en sus orígenes, como cualquier nueva religión, la Cienciología ha sido
denostada, ridiculizada, perseguida por una tenaz leyenda negra (y por la Agencia Tributaria
norteamericana). Al igual que el Opus Dei, los Legionarios de Cristo o
cualquier otro exitoso movimiento espiritual, ofrece dos caras: una saludable,
sonriente, representada por hombres y mujeres que han encontrado la felicidad
en la ayuda en su fe y en el amor al prójimo, y otra que tiene que ver con la
explotación económica, y a veces también sexual, de sus miembros, con la cruel
persecución de los que abandonan la organización y desvelan sus secretos.
En Cienciología. Hollywood y la prisión de la
fe, Laurence Wright trata de ser lo más objetivo posible a la hora de
contarnos lo que hay de verdad en las leyendas que rodean a la nueva religión. El
origen del libro se encuentra en un artículo redactado para el New Yorker sobre Paul Haggis (afamado
guionista de películas como Million Dollar
Baby), que la abandonó después de militar largos años en ella.
De acuerdo
con el estilo del New Yorker, el
libro está escrito con un rigor desacostumbrado entre nosotros. No hay
afirmación que no resulte documentada en la nota correspondiente, no hay dato
que no haya sido contrastado por un equipo ajeno al autor. Cuando existen
opiniones diversas sobre un hecho, en el texto se incluye la versión más
verosímil a juicio del autor y a pie de página la opinión contraria, casi
siempre a cargo de los abogados de la Cienciología. Así ,
unas palabras de Tom Cruise, transmitidas por un testigo presencial (“Si ese
jodido de Arnold puede ser gobernador, yo podría ser presidente”) van marcadas
con un asterisco que nos remite a la siguiente nota: “Cruise, a través de su
abogado, niega esta conversación y dice que él no tiene ambiciones políticas”.
El extremo
rigor argumentativo resulta, además de una muestra de respeto al lector, un
mecanismo de defensa. Las demandas legales constituyen el arma habitual de la Cienciología contra
sus detractores. Pero no dudan en recurrir a otros medios menos legalistas. A
Russell Miller, autor de la primera biografía no autorizada de L. Ron Hubbard,
le estuvieron espiando mientras escribía su libro, le intervinieron el teléfono
e “incluso intentaron cargarle un asesinato que no había cometido”; al autor
del primer trabajo universitario sobre la Cienciología , Roy
Wallis, también le espiaron y además “enviaron cartas falsificadas a sus
colegas y jefes en las que se le implicaba en un relación homosexual”.
Pero, como
ocurre a menudo, las historias más terribles de la organización, sus actos más
sádicos, no tienen que ver con sus detractores ni con gente ajena a ella, sino
con sus más fieles partidarios. L. Ron Hubbards fue un tipo aventurero, un
escritor popular, un personaje carismático que en los últimos tiempos parecía
haberse convertido en un autócrata paranoico. Vivió durante décadas en un
barco, navegando de un puerto a otro, y desde el mar dirigía la iglesia. Los
fieles que le rodeaban, la
Organización del Mar, firmaban contratos de trabajo por miles
de años, a veces cuando todavía eran niños, y dependían por completo de los
caprichos del jefe.
Le sucedió
David Miscavige, el actual líder de la iglesia, y por lo que se sabe de él se
comporta como Stalin en la época de las grandes purgas: encierra durante años a
los más fieles, a los más creyentes, a los que acusa de inventados delitos que
estos no dudan en asumir. Y a veces emplea personalmente la violencia física,
aunque por supuesto sus abogados desmientan, como propios de resentidos, los
abundantes testimonios al respecto por parte de quienes han abandonado la
organización.
Leemos la
historia de la
Cienciología como quien lee una historia de terror, menos por
las anécdotas concretas que nos cuenta (ninguno de los líderes de la iglesia
llega, por ejemplo, a los extremos de sevicia y perversión alcanzados por
Marcial Maciel, una de las figuras más destacadas del catolicismo durante el
siglo XX), sino por lo que nos revela de la credulidad del ser humano, de su
necesidad de ser sometido y humillado.
Los
cienciólogos creen en los extraterrestres y en una futura vida en otros planetas
(también en vidas anteriores), pero sus creencias no son más absurdas ni más inverosímiles
que las de los judíos, los musulmanes o los cristianos. Como esas prestigiosas
religiones, han hecho mucho mal a unos y mucho bien a otros. La Cienciología tiene
una parte práctica que la relaciona con el psicoanálisis y la psiquiatría (su
gran bestia negra, su gran rival): pretende ayudar a las personas a superar sus
problemas, a librarse de oscuros traumas, a conseguir la felicidad. Y lo hace
mediante costosos cursos y terapias (que ellos llaman “auditorías”), cuyo
porcentaje de acierto no es menor, ni su coste mayor, que el de otros
tratamientos para los problemas de la mente y el comportamiento.
No hay
religión que no implique comulgar con ruedas de molino. No hay religión que no
esconda un cuarto oscuro. El de la Cienciología –que este libro nos permite entrever–
no es que sea más sádicamente caprichoso y ávidamente codicioso del de otras
religiones, sino que no cuenta con la coartada del arte y de la historia. Eso
nos permite verlo, nos permite vernos, tal como es, tal como somos los crédulos
seres humanos, siempre dispuestos a dejarnos amedrantar y seducir por quienes
se dicen dueños de no se sabe qué arcanos secretos, por quienes hacen buenos
negocios en este mundo a cuenta del Más Allá.




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