jueves, 25 de agosto de 2022

Lección de historia

 

 

El arte de la entrevista
Alfonso Armada
Turner. Madrid, 2022.

La crónica y la entrevista son los dos géneros fundamentales del periodismo. Tienen un pie en la actualidad, pero solo uno; con el otro aspiran a la perennidad de la literatura y por eso a menudo se recogen en libro. Es lo que hace Alfonso Armada con las que realizó para el suplemento cultural de un diario entre 2000 y 2017 (hay dos excepciones de finales del siglo anterior). Las preceden unos “Apuntes para un decálogo” que, en cierto modo, justifican el título un tanto pretencioso del volumen: El arte de la entrevista. No parece muy atinado el último punto. Ni se debe empezar con una banalidad del tipo “el reportero ¿nace o se hace?”, como en la entrevista al autor que figura de epilogo, ni terminar preguntando quién es Steven Spielberg (o Eduardo Lourenço o cualquier otro de los entrevistados). La mayor parte no sabe qué decir, algunos tratan de ser ingeniosos, Spielberg responde con una obviedad: “Es su trabajo descubrirlo, acaso a partir de claves que aparecen en muchas de las películas que he filmado”.

            Lo primero que sorprende en estas entrevistas es que, aunque se realizaran hace pocos años, parecen pertenecer ya a otro tiempo histórico, y no solo porque varios de los entrevistados (casi todos de cierta edad) hayan muerto. Basta ver lo que dice David Bowie sobre la difusión de la música —ni se imagina algo tan usual como Spotify— o los generalizados recelos ante Internet. “En Internet siempre encuentras quince opiniones diferentes al mismo tiempo, y un periódico siempre tiene un movimiento, una dirección. Aunque no esté de acuerdo con alguien, siempre me gusta saber con quién estoy hablando. Confío en que los periódicos nos sigan acompañando, permanezcan a nuestro lado, y también las revistas”, afirma Adam Zagajewski. Confunde —sigue siendo habitual— continente con contenido. Un periódico digital sigue siendo un diario y tiene una dirección y nos permite saber quién nos está hablando. “Usted nació en un lugar que ahora forma parte de Ucrania. ¿Cómo de amargas son para usted las noticias de guerra que vienen de estas tierras?”, le pregunta Alfonso Armada. Se trata de una pregunta esperable, pero deja de serlo cuando miramos la fecha de la entrevista: 2015. ¿Una pregunta profética? No, simplemente pone en evidencia la burda manipulación de la historia a que estamos sometidos. En 2022, contra lo que nos quieren hacer creer, no comenzó la guerra de Ucrania, sino una fase distinta de un conflicto muy anterior.

            Son de muy distinto estilo, y de muy diverso interés, las entrevistas que Alfonso Armada reúne en este libro, todas ellas, con una excepción, a personajes no españoles, algunos bien conocidos, otros bastante menos. Supone la excepción Susana Martínez-Conde, una neurocirujana gallega que realiza sus investigaciones en Estados Unidos. Se trata de una de las entrevistas más extensas y por sí misma justificaría el volumen. Martínez-Conde es la autora de Los engaños de la mente, un libro de sugerente subtítulo: “Cómo los trucos de la magia desvelan el funcionamiento de nuestro cerebro”. Sabe de lo que habla y aclara cuestiones básicas en las que suelen enredarse muchos intelectuales (varios de ellos entrevistados en este libro). “Hay algún teórico, como Nicholas Carr, que asegura que se podrían estar produciendo modificaciones neurológicas por el uso de las nuevas tecnologías, Internet y las redes sociales, que la función está cambiando el cerebro. ¿Cree que hay alguna base real para esto o es un poco prematuro?”, le pregunta el entrevistador. Y ella responde, muy sensatamente, que lo mismo se dijo tras la invención de la imprenta, el teléfono o la radio. Y continúa: “De lo que tenemos que darnos cuenta es de que, aunque estas tecnologías sean nuevas, lo que estamos haciendo y hemos hecho siempre a lo largo de la historia es inventar tecnologías que se ajustan a nuestro cerebro, y no al revés. Si cogiéramos a un niño que vivía en las cuevas de Altamira, a un bebé, y lo trasplantáramos a nuestro tiempo, ese niño, cuando creciera, no tendría ningún problema para estar en Internet, y usar las redes sociales y demás. Sigue siendo básicamente el mismo cerebro”. Con lo cual el manido “nativos digitales” solo significa “nacidos cuando ya existía Internet” . Por aprender a utilizarla a edad temprana, les resulta más fácil el aprendizaje —lo mismo ocurre con los idiomas—, no por tener un cerebro ya adaptado a ella.

            Contrasta con la lucidez de Susana Martínez-Conde la banalidad de Susan Sontag, entrevistada cuando va a Sarajevo a hacer algo “moralmente decente”, representar Esperando a Godot. Le pide a todos los intelectuales que conoce que sigan su ejemplo, pero solo visitan la ciudad Juan Goytisolo y Annie Leibovitz, casualmente su pareja. La solidaridad de Susan Sontag nos trae a la memoria el expresivo título de Julián Rodríguez: Unas vacaciones en la miseria de los demás.

            A las simplezas propagandísticas de Susan Sontag, se opone la entrevista a Boban Minic, superviviente de la ciudad sitiada, que sabe que la guerra de Bosnia-Herzegovina es algo más complejo que un simple enfrentamiento entre la bestia serbia y el ángel bosnio. Ha sufrido los excesos nacionalistas, ahora vive en Girona, y el entrevistador no puede dejar de preguntarle por el independentismo catalán. La respuesta no es, sin embargo, la que se esperaba: “El pueblo tiene que decidir, y si quiere separarse tiene que hacerlo como una buena familia, como un matrimonio, porque siempre tendrán cosas en común, tendrán hijos, propiedades, lazos, amigos conjuntos. Si al final todo un pueblo no quiere seguir junto, entonces hay que hacerlo de la manera más pacífica posible”.

            No salen demasiado bien parados los viejos intelectuales en este libro. Muchos dan la impresión de ser gente de otra época que poco tiene que decir. El caso más notable es el de Harold Bloom, que se pasa media entrevista arremetiendo contra las críticas a su último libro, una de ellas “de un tal Michael Gorra, un tipo que enseña Poscolonialismo —sea lo que sea esa disciplina— en el Smith College, y que claramente la ha escrito con una buena dosis de inquina, aunque en realidad no he leído la crítica, porque alguien me advirtió que no la leyera”. Frente a la vanidosa banalidad de Bloom, que se hizo famoso no por sus investigaciones literarias, sino por la obra de divulgación posterior, la polémica del “canon occidental” y su arremetida contra los estudios culturales, sorprende gratamente la sensatez, la inteligencia y el buen sentido de nombres menos conocidos, como  Trifonia Melibea Obono.

            Algo más de exigencia a la hora de recopilar las entrevistas —algunas deberían haberse quedado en el suplemento en que aparecieron— habría beneficiado al volumen,  pero tal como está constituye un excelente muestrario de personajes y problemas de nuestro de nuestro tiempo, una lección de historia.

martes, 16 de agosto de 2022

Historia natural de los fantasmas

 

 

Indagación sobre los fantasmas
Darío Jaramillo Agudelo
Pre-Textos. Valencia, 2022.
 

Dios puede no existir, pero de lo que no hay duda es de que existe la teología ni de que es uno de los protagonistas principales de la historia de la cultura y de la literatura; del mismo modo, los fantasmas pueden no existir, pero existen las historias de fantasmas y los miles de testigos que, en todas las épocas, afirman su existencia.

            Darío Jaramillo Agudelo comienza su Indagación sobre los fantasmas, un libro que es, simultáneamente, un tratado erudito, una antología y una amena conversación, afirmando que carece de cualquier experiencia “directa o indirecta con fantasmas. Nunca se me ha aparecido ninguno. Nunca”.

            Pero son muchos los que han tenido trato con ellos y apenas hay escritor que no haya hablado de esos peculiares seres que se mueven en las fronteras de la inexistencia. El recorrido histórico comienza por Grecia y Roma, sigue con el cristianismo, llega hasta nuestros días, dedicando un amplio excurso, como no podía ser de otra manera, a las culturas china y japonesa, expertas en difuntos y otras fantasmagorías.

            La erudición, no exenta de eutrapelia (“¿Cómo distinguir entre fantasmas y demonios?” se titula uno de los capítulos), va punteada de abundantes citas, a veces breves textos completos que podrían editarse aparte en un volumen que competiría en interés con la borgiana Antología de literatura fantástica o con su Libro del cielo y del infierno.

            A los fantasmas en la filosofía se dedica la segunda parte. Los protagonistas son Kant y Schopenhauer, pero hay un secundario que acapara la atención del lector: Swedenborg, cuyo peculiar comercio con los espíritus se nos cuenta a través de las palabras de Kant y Borges. Hablando de Schopenhauer, escribe Darío Jaramillo: “En este momento, vale la pena interrumpir el hilo durante un párrafo para mostrar con un hermoso cuento de José Mateos esa mezcla de futuro y pasado que viven los fantasmas, con indiferencia más que con autocompasión”. Abundan estas interrupciones de la secuencia erudita y más de una vez las protagoniza un relato de José Mateos, un poeta al que Darío Jaramillo acaba convirtiendo casi en un clásico de las historias de fantasmas. Pero hay muchos más autores poco conocidos, bastantes de ellos latinoamericanos, de los que se incluyen relatos en este libro, completos en ocasiones, si lo permite su extensión, y vueltos a contar de sugerente manera, callando el final, en otros casos.

            “Los fantasmas y la ciencia” se titula la sección siguiente. Las fuentes de Darío Jaramillo son muy amplias, pero sus conocimientos literarios parecen ser superiores a los científicos y por eso no duda en recurrir ampliamente a la Wikipedia, lo que no resulta demasiado censurable, porque siempre la cita y no trata de apropiarse de sus conocimientos ni de sus errores.

            Con más soltura se mueve cuando habla de las casas fantasmas y de otros tópicos habituales en el género, como el que se inicia en una de las cartas de Plinio: “alguien que está mal sepultado regresa después de su muerte a reclamar que sus restos humanos sean tratados con sujeción a los ritos” o a que se castigue al culpable de su muerte.

            Hay también falsos fantasmas y Darío Jaramillo se ocupa de algunas célebres supercherías, así como de la moda del espiritismo que tuvo su auge a finales del XIX y principios de XX y en la que incurrieron algunas de las mentes más lúcidas de entonces, como el creador de Sherlock Holmes o el poeta Fernando Pessoa..

            Nada deja en el tintero Darío Jaramillo, no tanto un erudito como un divulgador de la erudición ajena (disuena su anticuado sistema de citas, los continuos “ibíd.” y “op. cit.”), pero sabe evitar el aburrimiento con continuos rasgos de humor y anécdotas personales. Incluso se atreve a bromear más de una vez con un traumático episodio de su biografía: el atentado con bomba que le dejó —literalmente— con un pie en la tumba.

            No es este poeta y narrador colombiano, nacido en 1947, un neófito en la materia. Ha publicado una Novela con fantasma y el libro juvenil, aunque para todos los públicos, Veinte historias con fantasmas, entre las que intercala un “Breve tratado de fantasmología”. Varias de esas historias las reproduce en esta inagotable indagación y , con una de ellas, en las que el narrador se convierte en fantasma, la concluye. Yo quiero terminar esta invitación a la lectura de su peculiar tratado enciclopédico con un microrrelato: “Al otro lado del espejo, estaba yo, como siempre; pero a este lado del espejo no había nadie”.

viernes, 12 de agosto de 2022

POESÍA Y TEORÍAS

 

Manos verdaderas. Un ensayo en traducciones
Fruela Fernández
Kriller 71. Barcelona, 2022.

Se quejan los traductores, y con razón, de que su nombre no suele aparecer en la cubierta de los libros que traducen y que a menudo se olvida en las reseñas. Hay una razón que lo explica, aunque no lo justifica: el de traductor es uno de esos oficios que, cuanto mejor se hacen, menos se notan. El traductor, como el intérprete, tiende a la invisibilidad, no debe parecer que deja su marca personal —aunque la deje— en lo que hace.

            Fruela Fernández, excelente traductor, es de la opinión contraria, a juzgar por su libro Manos verdaderas. Lo subtitula “Un ensayo en traducciones”, pero en realidad se trata de una miscelánea de traducciones de diversos poetas —como las que han publicado tantos autores, de Octavio Paz a Víctor Botas, de José Emilio Pacheco a Martín López-Vega—, cada una de cuyas secciones va precedida de unas breves reflexiones sobre poesía y traducción, expuestas de una manera entre sibilina y belicosa. Poeta “entrañable y nefasto” llama a Joan Margarit —sin citar su nombre— por escribir que, al terminar de leer un libro de poemas de Paul Celan, no sabe ni lo que ha dicho ni lo que ha querido decir y ni siquiera si quería decir alguna cosa. Al hablar de la “voluntad de tradición”, afirma que no se refiere “a aquella que entienden los bobos, los de siempre escribir lo ya escrito”.

            “Solo manos verdaderas escriben poemas verdaderos” leemos en la cita de Celan de la que Fruela Fernández toma el título de su libro. Selecciona en él a poetas del siglo XX que escriben en inglés, alemán, italiano y griego, las lenguas que domina (no ha querido recurrir a traducciones indirectas), y los nombres bien conocidos, como Pound o Brecht, alternan con otros poco familiares al lector español, como Soí Kareli o Sandra Macpherson.

            Todos, a juicio del traductor, son poemas verdaderos y el libro surgió de su necesidad de entenderlos, de confrontarlos con su escritura “para conocer mejor la clave de su verdad: a veces era un ambiente, a veces un modo, una emoción”.

            ¿Y qué caracteriza al poema verdadero? “Que algo, algo decisivo, ha sucedido por él, se ha alterado por él. Y que el resto de los discursos —la burocracia, la cursilería, el halago, la farsa— han tenido que detenerse un instante, revelados ante la obligación del poema. Aunque de inmediato vuelvan a ponerse en marcha, para acallarlo”. Se trata de una de esas explicaciones que no explican nada. ¿Cómo sabemos si algo decisivo sucede o se altera por el poema? La mayoría de los textos o fragmentos que Fruela Fernández traduce quizá interesen poco al común lector de poesía, aunque sean importantes para él, la evolución de su poesía y “su necesidad de entenderlos”. El traductor se coloca en primer plano, el texto traducido parece a veces convertirse en pretexto para exponernos sus ideas sobre la literatura.

            Los textos no se ofrecen en versión bilingüe, no se nos indica ningún dato sobre el autor o autora, ni siquiera la fecha de nacimiento y la lengua en que escribe. ¿Son datos accesorios al poema? En absoluto: el poema —cualquier texto— solo se entiende en un contexto común al lector y al autor, aunque ese contexto sea mínimo y no contenga precisiones anecdóticas.

            Fruela Fernández divide su libro en partes de título a menudo un tanto caprichoso, o demasiado personal: “El estupor” (Paul Celan), “Conversaciones escuálidas” (Edoardo Sanguineti, Amelia Rosselli, Andrea Zanzotto), “Un narrar dudoso” (Soí Karelli, Eugenio Montale, Eleni Vakaló, Miltos Sajturis, Philip Levine, Bertoldt Brecht), “Mitos y canciones” (Psarandonis, Rita Bumi-Pappá, Ingeborg Bachmann, Ted Hughes, Sandra Macpherson, Peter Handke), “Los Alpes” (Ezra Pound). Las explicaciones que preceden a cada parte —y el prólogo y el epílogo— funcionan mejor si no se leen con demasiada atención. Fijémonos en la última: “Como las grandes cordilleras, los Cantos seducen y abruman: sus contornos suelen verse desde lejos, dan buenas postales. Pero pocos se plantean recorrerlos, porque su aspereza —su resistencia, su negación de lo manejable— parecen anunciar nuestra prematura debilidad”. Y continúa con el conocido recurso de desvestir a un santo para vestir a otro: “Por eso siempre nos animan a detenernos antes, a quedarnos al borde, en la extrañeza asequible de T.S.Eliot, donde todas las rutas están bien delimitadas —“A Flebas el Fenicio. 3 kilómetros— y no podemos perdernos ni perder pie”. Ingenioso, pero falso. ¿No será simplemente que el Eliot de La tierra baldía o los Cuatro cuartetos es un poeta superior al Pound de los Cantos, quizá solo una anécdota en la historia de la literatura (los fragmentos que traduce no nos llevan a pensar otra cosa)? Y las cordilleras, por cierto, se atraviesan o se escalan sus alturas, pero no se recorren de un extremo a otro.

            La selección de poemas, que no siempre se sostienen como tales en la traducción, es muy personal, con preferencia por los autores en los que predomina la extrañeza, pero con llamativas excepciones, como la canción de Psarandonis (“En lo alto del Psiloritis / la nieve nunca se acaba; / no se fundido la vieja / y la nueva ya la tapa”) o el realismo —tan próximo a nuestros poetas sociales— de Levine o Brecht. De este último se traduce “A los que vengan después”, uno de sus poemas más famosos, del que ya contábamos con una espléndida traducción de Jesús López Pacheco, que no sabía alemán, en colaboración con Vicente Romano, que sí lo sabía. La nueva traducción de Fruela no parece que la supere. Así termina esta nueva versión: “Pero vosotros, cuando por fin / sea el hombre auxilio para el hombre, / recordadnos / con benevolencia”. La versión clásica de López Pacheco, publicada por primera vez en 1968 y reiteradamente reeditada, se titula “A los hombres futuros”, concluye: “Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos / en que el hombre sea amigo del hombre, / pensad en nosotros / con indulgencia”.

            Manos verdaderas quizá interese poco a quienes gustan más de la poesía que de los debates en torno a ella y a la traducción, pero resulta apasionante para quienes quieran debatir sobre estas cuestiones con alguien bien informado e inteligente, aunque no siempre —a mi entender— atinado..

jueves, 4 de agosto de 2022

Vida y literatura

 

Diario de K
Karmelo C. Iribarren
Papeles Mínimos. Madrid, 2022.
 

Karmelo C. Iribarren, un poeta que ha hecho de la marginalidad y el victimismo uno de los factores de su carrera literaria, publica una edición muy aumentada de Diario de K, que no es propiamente un diario (aunque hay tantas formas de entender el género como diaristas), sino un cuaderno de apuntes, aforismos y reflexiones varias escritas a lo largo de más de una década. Se lee con gusto, abriéndolo por cualquier parte, picoteando acá y allá, a veces con una sonrisa y otras con un poco de vergüenza ajena.

            El autor, autodidacta, tiene una cierta inquina contra el mundo académico, la crítica y el mundillo literario que, en su opinión, tiende a ignorarle. Algunos ejemplos: “Este tipo nos deja sin trabajo, pensó el crítico tras hojear durante unos minutos uno de mis libros”, “En cuanto se le presenta la ocasión, no te cita”, “Esos que me leen a escondidas, sin que se enteren sus colegas de cátedra, por aquello de la reputación, deberían seguir el ejemplo de sus hijas y evitarse tanto sufrimiento”. La razón de ese desdén parece estar en su éxito como poeta: “Tengo lectores de todo tipo y condición, desde catedráticas de literatura a panaderos, pasando por algún conserje. Y, aunque carezca de importancia, creo que me leen más las mujeres. Todo esto a algunos les hace sospechar. Y ahí siguen, veinte años después, sospechando”.

            Contrastan esas quejas con la minuciosidad con que deja constancia de sus éxitos: Luis García Montero, Pablo Macías y José Luis Morante han estudiado su poesía “con seriedad”; el presidente del gobierno incluye un poema suyo en un discurso ante la tumba de Machado; Benjamín Prado habla en la radio de uno de sus libros: “Me gustó lo que dijo sobre mi poesía, me pareció que entiende y valora mi propuesta”. Incluso se defienden en la universidad trabajos de investigación sobre sus versos.

            Ese victimismo, esas continuas muestras de vanidad herida, forman parte de la personalidad de Karmelo C. Iribarren y pueden suscitar algún desdén. Pero nos equivocaríamos si lo redujéramos a la caricatura que él, quizá involuntariamente, traza de sí mismo. Hay en este Cuaderno de K ingeniosas greguerías y no escasos aforismos que hablan de la condición humana con conocimiento de causa. Y también lo que a mí me parece más destacable, anotaciones que parecen intrascendentes y acaban convirtiéndose en pequeños poemas en prosa: “Entro en la habitación, dejo la maleta en un lugar que no moleste y me siento en el borde de la cama. Alguien acaba de cerrar una puerta, sus pasos se acercan por el pasillo, se alejan. Me levanto, descorro las cortinas: un mar de tejados irregulares, bajo un cielo de un azul que envejece. En la fachada de enfrente, dos pisos más abajo, hay un tipo fumando en el balcón. Pienso en William Carlos Williams, el poeta que deja caer los poemas sobre la página como gotas de vida, el que atrapa los instantes y a ellos, los instantes, parece gustarles, o eso transmiten. Miro otra vez los tejados hacia la lejanía: caras y calles que no conozco, bares, librerías, puentes… Todo ahí, esperándome. Otra ciudad, otra vida”.

            Mucho de Baroja, del Baroja de los Paseos de un solitario o de las Bagatelas de otoño, hay en este personaje que camina a menudo bajo la lluvia, que pasa las mañanas o las tardes en el café de un hotel con un libro en las manos o mirando a la gente sin pensar en nada (salvo que se trate de mujeres, claro, pero en ese tema mejor no entrar). También está presente Pla, al que se alude reiteradas veces, y Carver, por supuesto, de quien tanto ha aprendido y al que dedica unas emocionadas líneas.

            Karmelo C. Iribarren, autodidacta que todo lo ha aprendido en la vida, que ha sido camarero antes que poeta (y no deja de recordárnoslo), tiene mucho que contar y mucho que enseñarnos. Pero de vez en cuando se sube al púlpito y se convierte en eso que tanto detesta, crítico. A propósito del poema “De vida beata”, de Gil de Biedma, afirma que él añadiría a las influencias encontradas por los estudiosos la del soneto “La felicidad de este mundo”, de Christophe Plantin. Ocurre que esa influencia ya ha sido reiteradamente señalada, entre otros por el catedrático Gabriel Laguna (y en Internet resultan fácilmente accesibles sus trabajos). Y hablando de los setenta, “una década que aquí, en lo literario, se pretendió muy vanguardista”, indica que “eran muy habituales los libros de poemas cuyos versos empezaban con mayúscula, sin que hubiese un punto previo”, costumbre habitual en la poesía de otras épocas. Pero Iribarren no parece haber hojeado libros publicados, no ya en el siglo de Oro, sino a principios del XX. En otro caso, no se le ocurriría la bromita a propósito de “solo” y “sólo”: “Ahora, de un tiempo a esta parte, a los señores académicos les ha entrado la pataleta contra las tildes, y ahí andan, reuniéndose los jueves para tomar café y decidir a qué palabra le quitan la balita de encima, como si así le salvasen la vida”. Qué sorpresa la de Iribarren cuando averigüe que hubo un tiempo, no tan lejano, en que “fe” llevaba tilde y también la preposición “a”. Alguien debería explicarle para qué se utiliza la tilde en la ortografía española.

            Pero mejor no explicarle nada, empaparse de melancolía con sus estampas de la ciudad bajo la lluvia, admirar sus iluminadores chispazos, su precisa semblanza de algún poeta (Jon Juaristi, por ejemplo), asentir a sus reflexiones sobre los claroscuros del vivir, y pasar por alto cuando enumera éxitos, critica lo que no entiende o se pierde en minucias de la vida literaria, como lo bien que lo trataron en este o aquel congreso literario y lo mal que lo trató este o aquel reseñista.  

lunes, 25 de julio de 2022

Enigma sin resolver

 

 

Alfabeto triestino
Samuel Brussell
Traducción de Gabriela Torregrosa
Fórcola. Madrid, 2022.
 

El exceso de literatura no suele ser bueno para la literatura. Pero pocas ciudades tan literarias como Trieste y, sin embargo, Samuel Brussell ha escrito sobre ella un libro que tiene la ligereza de un cuaderno de apuntes, casi como un borrador, y que se lee con una mezcla de fascinación y extrañeza. Apenas si encontramos en Alfabeto triestino muchas de las cosas que esperamos encontrar en un libro sobre Trieste. No se menciona ni una sola vez, por citar un ejemplo, a Claudio Magris, aunque se hable del café San Marco, que suele o solía frecuentar; tampoco aparece Winckelmann, que aquí fue asesinado, y no se alude a su pertenencia al imperio austro-húngaro ni a su condición de puerto franco que le trajo la prosperidad.

            Samuel Brussell —leemos su biografía en la solapa del breve volumen y parece un personaje inventado— se centra en la figura de la poeta Anita Pittoni y en quienes tuvieron relación con ella, poco conocidos fuera del ámbito italiano en su mayor parte, con la excepción de Umberto Saba, poeta y librero.

            De librerías de viejo, de catálogos, de bibliófilos, se habla mucho en este libro, que podía haber quedado en una rareza para letraheridos, pero que consigue ser bastante más que eso. El autor es un personaje más, y no el menos inverosímil. Nació en Haïfa, Israel, en 1956. Reside en Suiza, es de nacionalidad francesa. “A los quince años viajó por Europa y desempeñó diversos empleos, como recepcionista de noche, corredor de libros de segunda mano o asistente de coche cama. En la década de los ochenta, vivió en Londres, Bruselas, Nápoles, Montreal, Nueva York y Tel Aviv, antes de regresar a París”, leemos. Sus libros los dedica a relatar encuentros con escritores como Queneau, Brodsky o Naipaul y a la historia de las ciudades en las que ha vivido, Brujas, Venecia y Dublín, además de las ya citadas. Errante y políglota, no se indica su condición de judío, aunque se transparenta en su biografía, como de protagonista de una novela de Vila-Matas.

            Judíos son también muchos de los personajes de Alfabeto triestino, comenzando por Saba, el autor de Trieste e una donna, una de las obras fundamentales en la conversión de Trieste en ciudad literaria, vuelta sobre sí misma a la vez que abierta al mundo y puerto de refugio. Comienza el libro, a manera de diario o de novela de autoficción, con el autor sentado en una terraza de la galería Vittorio Emanuele de Milán, “un fresco domingo soleado”, y leyendo el periódico. Allí se entera del descubrimiento, en una librería anticuaria, de la correspondencia entre dos triestinos, Bobi Bazlen, fundador de Adelphi, y Anita Pittone. Al hilo de esa correspondencia va enhebrando Brussell sus páginas, llenas de citas, muchas de ellas de poemas, en dialecto o en italiano.

            Uno de ellos, “Sortilegio”, de Anita Pittone, emparenta con “La ciudad” de Cavafis: “¿Quieres partir? / ¿Quieres abandonar Trieste? / Tienes razón, / venga, vete / tú también volverás”. Volverás, aunque no vuelvas, porque la ciudad va contigo donde vayas y “en todo el universo destruiste / cuanto has destruido en esta angosta de la tierra”.

            ¿De dónde le viene su magia a Trieste? De su carácter de encrucijada entre tres mundos: el germánico, el italiano y el eslavo; de ser uno de los enclaves del Mediterráneo que unían Oriente y Occidente; de su pujante comunidad judía; de haberse convertido en lugar de refugio de transterrados ilustres, como Joyce. También Stendhal pasó por aquí y Brussell no deja de anotar las muy precisas referencias al lugar que nos dejó en su diario y en su correspondencia.

            Como “una espléndida reunión de fantasmas” define Juan Bonilla en el prólogo a este Alfabeto triestino, que se refiere sobre todo a un mundo desaparecido, o convertido en atractivo turístico (pocas ciudades con tantos itinerarios literarios y tantas estatuas de escritores como Trieste). El prologuista sí que deja asomar en sus líneas preliminares a la actualidad, y de no demasiado afortunada manera: “Escribo esto mientras Rusia invade Ucrania, una Ucrania que quiere ser la misma Europa que tan elocuentemente se desprecia en no pocos rincones de la misma Europa, donde desafiantes nacionalismos catetos hacen de identidades locales pequeñas divinidades que no le temen al ridículo”. Una manera de supurar por la herida que el independentismo catalán —tan europeísta, por otra parte— ha abierto en el nacionalismo español.

            De nacionalismos excluyentes sabe mucho Trieste, cuya gran plaza abierta al mar —una de las más hermosas del mundo— se llama ahora “Plaza de la Unidad de Italia”.

            Divagatorio, descosido, sin ninguna tesis que defender, el libro de Brussell aviva nuestra curiosidad, está lleno de preguntas sin respuesta, de localismos universales. “Nada es banal en esta ciudad —concluye—, porque cada rincón de cada calle plantea un interrogante. El paisaje posee la tranquilidad del enigma sin resolver”.

miércoles, 20 de julio de 2022

Historia y vida

 

Y tan lejos de casa
Jesús Munárriz
Pamiela, Pamplona, 2022.

Cada poeta lo es a su manera, y Jesús Munárriz —sin incurrir en el pessoano recurso de los heterónimos—  parece serlo de todas las maneras. Su costumbre de reunir los poemas escritos en torno a un tema a lo largo de muchos años acentúa esa impresión. En Y tan lejos de casa selecciona los de tema navarro —en Pamplona pasó su infancia y adolescencia— y de un asunto que se presta a la consabida nostalgia localista sabe hacer uno de los libros más variados, divertidos y emocionantes que se han publicado en los últimos años (hablo de poesía, donde toda borrosa pretenciosidad tiene su asiento).

            No pretende ser Munárriz sublime sin interrupción y no le importa bajar a veces el diapasón de sus versos hasta la broma o la anécdota intrascendente. Quiere reflejar la vida en sus múltiples tonos y de todo hay en estos “recuerdos de niñez y mocedad”, para decirlo con un título unamuniano.

            Aquí está la intrahistoria de un tiempo luminoso y sombrío, lleno de asombros y revelaciones, y también la historia de un tiempo —años cuarenta y cincuenta—  en que las sombras predominaban sobre las luces.

            La variedad formal —que nunca se convierte en exhibicionista virtuosismo métrico—  es uno de los aciertos del libro. Comienza con la presunta traducción de unos epigramas latinos, e incluye romances, haikus, sonetos, seguidillas, jotas y las combinaciones —tan abundante en la poesía española a partir del Diario de un poeta recién casado— de endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos sin rima. No faltan ni el monólogo dramático —“Monólogo del renegado”, “Un viejo requeté piensa en su suerte”— ni el poema-crónica a la manera de Ernesto Cardenal y Fernando Quiñones, caso de “Los hermanos tres puntos”, casi todo él cita de estudios sobre la masonería.

            La historia del “viejo reyno” de Navarra acompaña a la historia personal y los apuntes costumbristas —a los sanfermines se dedican varios poemas— con aquellos otros en los que suena el bordón de la elegía.

            Subrayo algunas piezas destacadas de un volumen que se puede leer seguido de la primera a la última página, cosa rara en un libro de versos, con ligereza en algunos tramos, con reflexiva lentitud en otros, sin fatigarnos nunca. Dos espléndidos retratos de otros tantos navarros universales: “Javier”, sobre san Francisco Javier, y “Doctor Huarte”, sobre el autor de Examen de ingenios. La guerra civil la encontramos en “Un mal julio” y en “Doce maneras de cerrar el puño”, que glosa una fotografía de otros tantos pamploneses con el puño cerrado que “han huido de Mola y se han pasado / a las fuerzas leales” (la foto, que se reproduce, lleva al dorso una inscripción que da título al libro: “Mañana, Nochebuena. Y tan lejos de casa”.

            Los haikus comienzan en “De la huerta” y, por lo general, están escritos para ser leídos en serie, apoyándose unos en otros, con sus topónimos y sus referencias concretas y a veces algo localistas, aunque no faltan los que se aproximan al decir más habitual: “¡Ese perfume! / Rododendros en flor, / tarde de infancia”.

            De los poemas proustianamente costumbristas, quizá el mejor —pero hay mucho donde escoger— sea “La plaza vieja”, con su minuciosa enumeración de los productos del mercado —“aquel mercado viejo de mi infancia”—, que tiene toda la plasticidad y el colorido de la pintura clásica holandesa.

            La lluvia se oye caer insistentemente —“Pamplona, lluvia, invierno” dice uno de los versos— en muchos de estos poemas: “Llueve en mi infancia, llueve / días y días. / Camino del colegio, / mañanas frías”. Y las brujas y fantasmas, hadas y elfos de la “fantástica fauna de la infancia”, se completan con otros solo visibles para la mirada adulta: “Negro seminarista y caqui cuartelero, / la diurna estantigua, las mesnadas de mozos. / ilustraban el verde hierba municipal / con gamas uniformes. Los paraguas, / paisanos y seglares completaban la estampa, / amurallado corazón entre cadenas / de los tres viejos burgos”.

            Sabe Jesús Munárriz tratar los más difíciles temas, los más proclives a la falacia patética, sin incurrir en el sentimentalismo, y buen ejemplo de ello lo encontramos en “Mamá” o en el poema dedicado al padre, casi todo él una tradicional retahíla que juega con el absurdo (en la que, por cierto, parece haber una errata: se repita “ciego” donde debería decir “sordo”). Y sabe darle un final memorable al relato de su primer viaje en solitario, en el que aprendió “a vivir cada día / como se lo merece cada día: / como el único cierto”.                

            Y tan lejos de casa, con sus cimas y llanuras, con sus ironías y su ponerse serio en el momento justo, con su cordialidad inagotable, es el libro de una vida, un libro que consigue convertir lo local, incluso lo muy local, en universal. “El mundo entero es un Bilbao más grande”, decía Unamuno. También en la Navarra de Jesús Munárriz cabe el mundo entero.

jueves, 14 de julio de 2022

Demoledor


El jefe de los espías
Juan Fernández-Miranda / Javier Chicote
Roca Editorial. Barcelona, 2021.

Se han publicado tantos libros sobre los secretos, más o menos inconfesables, de la Transición y sobre la corrupción asociada al felipismo (o a la que siguió después) que uno más parece que no importa. Pero El jefe de los espías es una obra especial. Debería haberse titulado, como indican los autores en el prólogo, Los papeles de Manglano, ya que está basado en el archivo del general Emilio Alonso Manglano, que fue jefe del  CESID entre 1981 y 1995 y hombre de confianza del entonces jefe del Estado. Manglano pasó a la historia como modernizador de los servicios secretos, pero cometió un error de principiante. No solo llevó un registro personal de las confidencias que recibía, de las entrevistas y delaciones, sino que no lo destruyó al ser forzado a dimitir y lo guardó en su casa hasta su muerte, en 2013. Lo publican ahora, contextualizando las anotaciones, dos periodistas, Juan Fernández-Miranda y Javier Chicote, ligados al periódico tradicionalmente monárquico, el ABC, y por eso mismo nada sospechosos de pretender hacer sangre con la sórdida trastienda de un período que se nos quiso pintar de color de rosa, como un milagro español que asombraba al mundo.

Las anotaciones que nos dejó Manglano son de dos tipos. Las del primero pueden resultar discutibles; las del segundo, no, y bastarían para ensombrecer la historia del principal implicado, a quien supuestamente protegía, Juan Carlos de Borbón.

Las anotaciones que recogen referencias indirectas no deben ser tomadas al pie de la letra, necesitan de una investigación adecuada. Doy algún ejemplo. José Joaquín Puig de la Bellacasa, secretario general de la casa del Rey, a las órdenes entonces de Sabido Fernández Campos, en un almuerzo con Manglano el año 1990, le informa de lo siguiente: “Sabino me dijo que iba a hablar contigo sobre una comisión de quinientos millones de pesetas a Manolo Prado y que el rey tiene cinco mil millones de pesetas en Suiza”. Manolo Prado, uno de los personajes recurrentes en este libro, le cuenta a Manglano un cotilleo preocupante: “La madre de Juan de Villalonga habló mal del rey en una cena. Contó que Sabino había dicho que no cejará en su empeño hasta que vea al rey en la cárcel”. Sabino, que “anda por ahí contando cosas”, es una de las grandes preocupaciones del jefe del Estado. Pero quien más debía preocuparle más es su confidente Manglano, que registraba para la posteridad sus confesiones inconfesables. En los tiempos del “chantaje al Estado” de Mario Conde y De la Rosa, tras el robo de papeles por parte de Perote, el rey llama a Manglano: “Anson me dijo que Sabino le dijo a Pablo Sebastián que sabía con certeza que el acta de los GAL estaba en la Zarzuela”. ¿Estaba o no en la Zarzuela? Unos días después el ministro Suárez Pertierra le informa a Manglano de que tal acta está en el balance de la Agrupación Operativa del 83 y parece que los que la custodian se niegan a destruirla. Del GAL creíamos saberlo todo, pero por si había alguna duda Manglano se encarga de dejar claro quienes fueron sus responsables últimos. Gracias a estas anotaciones del fidelísimo amigo de don Juan Carlos sabemos que este fue uno de los protectores de Rafael Vera, que acabó condenado por su participación en el asesinato y secuestro de Segundo Marey. En Noviembre de 1997, inmerso en varios procesos judiciales, llama a Manglano: “Emilio, los del Banco Santander me acaban de decir que el lunes me rescinden el contrato. Esto va a producir un quebranto muy fuerte en mi familia. Ya sabes que la ayuda del Santander la tenía gracias a una gestión que hizo el rey con Botín…”. A la mañana siguiente, Manglano llama al rey y el rey a Botín para que esa ayuda a uno de los principales implicados de los GAL continúe.

De dineros se habla mucho en este libro. En 1989, el entonces jefe del Estado le cuenta a Manglano que el rey saudí le dio 36 millones de dólares para la Transición y luego otras cantidades con las que poder ir haciéndose con una fortunita personal: “Le concedió un crédito de 50 millones de dólares. Se retienen unos treinta en el banco, el resto se invierten. Ganancia de 18 millones de dólares. Ahora le han renovado otros 30 en las mismas condiciones”. Y eso, repito, lo sabe Manglano no por informantes anónimos, sino porque se lo cuenta el propio Juan Carlos. La fortuna real también tiene otros orígenes. El exministro Antoni Asunción informa a Manglano, y este deja constancia de ello en sus papeles, de que “en el sumario de Roldán aparecen uno o dos talones para la Casa Real de fondos reservados”. Y añade: “Ahí hay que hacer una operación de aliño fino”. De algo —bastante— de ese “aliño” para burlar a la justicia se habla en El jefe de los espías. 

No sale muy bien parado —por la boca muere el pez— el rey Juan Carlos de los papeles de su gran amigo, pero son muchos otros los que no quedan en buen lugar. Condenado Manglano por las escuchas ilegales en la sede de HB, el rey intervine ante el Tribunal Supremo para que falle a su favor en el recurso que ha presentado: “Emilio, tengo muy buenas impresiones sobre el fallo del Tribunal Supremo. Os van absolver”. Otra condena, la que se refiere a las escuchas que reveló Perote, resulta confirmada por el Tribunal Supremo. Y es Margarita Robles, que entonces era juez tras dejar la política y antes de volver de nuevo a ella, quien le sugiere la solución: “Emilio, habla con el rey para que hable con Jiménez de Parga y resuelva lo de las escuchas”. Manuel Jiménez de Parga era presidente del Tribunal Constitucional. Y en este libro se reproduce la carta que Manglano dirigió al rey: “El favor que le pido a V. M. es que si le parece oportuno trate este asunto con el Presidente del T. Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, con el fin de conseguir un resolución positiva del citado recurso”. 

En más de una ocasión habla el rey de “negociar” Melilla, que no es muy defendible, y centrarse en Ceuta. ¿Expondría también esta opinión en sus encuentros con su “hermano” o “primo” el rey de Marruecos?

De uno de los más morbosos asuntos, el que tiene que ver con Bárbara Rey (a la que a menudo se refieren como “la Parienta”), baste copiar las primeras palabras con las que Juan Carlos pide ayuda a Manglano: “Emilio, tengo que contarte algo. Estoy con Fernando Almansa, nos escucha. Verás, me llamó Barbara Rey y fui a almorzar con ella… Tuve algún gesto con ella. Le toqué el pecho. Esto pasó el 22 de junio. Pues el 1 de julio, el viernes, llamó una persona a la Zarzuela y dijo que tiene fotos. Pide cien mil dólares”.

Había más que unas fotos, tres vídeos al parecer en los que lo peor no era que hiciera algo más que tocarle el pecho, sino ciertas confidencias que implicaban a terceras personas. Para solucionar el chantaje, pagado con dineros públicos, intervinieron instancias gubernamentales (la “actriz” pedía dinero, mucho dinero, y un programa en la televisión pública). El protagonista de otro vídeo famoso, Pedro J. Ramírez, se comportó en un asunto semejante de manera bastante más digna que el jefe del Estado y el gobierno español: denunció la intrusión en su intimidad y el chantaje y logró que los delincuentes fueran condenados.


jueves, 7 de julio de 2022

Jardín de Oriente y Occidente

 

Galería de arte primitivo
Martín López-Vega
Mixtura. Barcelona, 2022.

Un poema traducido, si el resultado sigue siendo un poema, tiene siempre dos autores: el autor del original y el traductor. Las odas de Horacio o las églogas de Virgilio traducidas por fray Luis de León son de Fray Luis de León sin dejar de ser de Horacio y de Virgilio. ¿De quién son los poemas, tan inconfundiblemente suyos, que Martín López-Vega incluye en Galería de arte primitivo? Algunos solo suyos. En el prólogo reconoce dos, uno de los cuales, el que dedica a Nacho Vegas, que lo utilizó en una canción, es de los más sugerentes de la colectánea: “No te extrañes si cada mañana / despiertas con los pies cansados. / has estado toda la noche / caminando descalza por mis sueños”. El lector atento sospecha que hay alguno más. Cuesta creer que el erotismo juguetón de “El pez dorado”, por citar un ejemplo, corresponda efectivamente al antiguo Egipto.

            Los poemas que se incluyen en Galería de arte primitivo (un título más adecuado sería Galería de arte antiguo) se escribieron en más de una docena de lenguas, de ninguna de las cuales hay constancia de que sea conocida por Martín López-Vega. ¿Desmerece ello el volumen? En absoluto, pero obliga a considerarlo más como obra propia elaborada con múltiples fuentes que como traducción. Explica eso los sorprendentes parecidos entre poemas escritos en lugares distantes y con tantos siglos de diferencia.

            La primera sección del libro, “Cantos a la orilla del agua”, incluye textos anónimos de los pueblos llamados “primitivos” (un término que hoy se pone en cuestión), como los esquimales o los nativos americanos. Varios de ellos tratan de mitos fundacionales: “En los primeros tiempos, al inicio de todo, / cuando hombres y animales vivían juntos en la tierra, / una persona podía convertirse en animal si quería / y un animal podía convertirse en persona”.

            La poesía china ocupa dos secciones, una dedicada a varios autores y otra solo a Li Bai, con una selección de los textos publicados recientemente en Recostado sobre las nubes. En el epílogo a ese volumen, nos permite Martín López-Vega asomarnos a su taller de traductor indirecto. El más célebre poema de Li Bai (antes conocido como Li Po), “Bebiendo solo bajo la luna”, se nos ofrece traducido al italiano, al inglés, al francés y también en varias versiones al español. Todas ellas le sirven para elaborar la suya.

            A los poemas chinos, les sigue “Luna de papel”, subtitulado “Abanico de poesía japonesa”. En la selección de López-Vega no se distinguen demasiado los poemas japoneses de los chinos: abundan los lamentos por la ausencia de la tierra natal, las quejas de la enamorada, las despedidas; también la niebla, los caminos solitarios y las barcas que dejan una estela que no tardará en borrarse. Incluyen estas lunas de papel un puñado de haikus, alguno bien conocido, como el de Arakida Morikate: “¿Qué es eso? ¿Una flor / que vuelve volando al árbol? / ¡No! ¡Una mariposa!”

            La atmósfera sentimental y melancólica de estos poemas está bien conseguida, pero a veces el lector atento tropieza con alguna incoherencia y le gustaría saber si ya se encuentra en el remoto original o si se debe a algún despiste del autor de la versión. Un ejemplo puede ser el poema “Como lo viste por última vez”, que se atribuye a Somo No Omi Ikuha: “Todo el mundo dice / que mi cabello está ya demasiado largo. / Lo he dejado / como lo viste la última vez / desenredado por tus dedos”. En otra versión, que parece más lógica (los poemas tienen su lógica interna), puede leerse: “Todo el mundo me reprocha / que no peine mis cabellos. / Los he dejado / como los viste por última vez / desenredados por tus dedos”. El cabello, si no se corta, no permanece igual.

            La sección siguiente, “Una casa sin paredes”, reúne poemas de la India. A algunos lectores puede sorprenderles encontrarse, como en las secciones anteriores, con el horaciano “carpe diem”, pero es un tópico universal que no falta en la poesía de cualquier tiempo: “Entrégate a todo amor, hermosa joven, / pues día a día huye la juventud”.

            Termina el plural volumen con “Los dones de las musas”, dedicado a los poetas de las Grecia clásica, de Safo (los versos que se le atribuyen no figuran en las ediciones habituales de su poesía) a Calímaco. A veces encontramos algún coloquialismo sorpresivo (“Conozco dos hermanos que me adoran, / pero no sé por cuál decidirme. / Uno es muy tímido; el otro, un lanzado”) o un insólito eco borgiano: “Solo por un tortuoso camino / llegamos los hombres a la mansión de las sombras. / Cuando más rápido lo recorramos / antes llegaremos a nuestra meta, el olvido” (en “A un poeta menor”, Borges escribió: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”). Pero ya se sabe que un autor crea a sus precursores.

            En la estela de Jorge de Sena, Octavio Paz, José Emilio Pacheco y tantos otros poetas, Martín López-Vega comienza a poner orden —hasta donde eso es posible— a sus innumerables versiones de poemas ajenos con esta Galería de arte primitivo, primer volumen de una serie que llevará el título, tan apropiado, de La biblioteca de Alejandría. Son libros a la vez muy personales y colectivos a los que nunca nos cansamos de volver.

jueves, 30 de junio de 2022

La excepción cultural

 

Mediterráneos. Poesía 2001-2021
José Carlos Llop
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2022.

José Carlos Llop es, ante todo, un creador de atmósferas y un memorialista en prosa Y verso. Comenzó como poeta dentro del experimentalismo y el culturalismo que caracterizaba a la poesía joven de los años setenta. Pronto abandonó la primera de esas tendencias, pero siguió siendo fiel a la segunda hasta hoy mismo. El culturalismo de José Carlos Llop —como el de José María Álvarez, un poeta con el que tiene muchos puntos en común— pasa por la creación de un personaje que se identifica con la persona civil del autor, aunque no se corresponda con ella exactamente. En una de las notas a su libro Cuarteto, escrito originalmente en catalán, leemos a propósito de la Almudaina: “Palacio de los reyes árabes, de Jaime I, de los reyes de Mallorca, Capitanía General y ahora del Patrimonio Nacional. Viví con mi familia durante el período en que mi padre fue general Jefe del Estado Mayor de Baleares y después Gobernador Militar. Cinco años, aproximadamente”.

            El protagonista de los poemas de José Carlos Llop se siente heredero de un mundo desaparecido, su patria son unas Baleares que quizá no han existido nunca, una especie de mítico principado de la Mitteleuropa de entreguerras. Sus poemas están llenos de prestigiosos nombres propios, escritores y artistas, y de precisos detalles sobre el mobiliario, el vestuario y la decoración, como si de una película de época se tratara. Escribe con pasión de coleccionista, un poco como un superviviente de un tiempo más civilizado en esta época de barbarie y decadencia.

            Escritor sin género, al igual que Unamuno y Gómez de la Serna, aunque cultiva todos los géneros, o quizá por eso mismo, el mundo poético de José Carlos Llop está tanto en su prosa como en sus versos. Uno de sus publicaciones, El canto de las ballenas, formó luego parte tanto de un libro de relatos como de la primera recopilación de sus poesías completas, aparecida en 2002.

            Mediterráneos reúne los libros publicados a partir de entonces, con el añadido del inédito El árbol de los cormoranes. Ya aludimos antes a Cuarteto, publicado primero en catalán y ahora traducido al castellano por el propio autor, que para muchos lectores de Llop será también una novedad.

            Comienza El árbol de los cormoranes con un poema que algo tiene de involuntaria caricatura de su manera de hacer. Se titula “Civilización” y comienza de la más prosaica manera (en prosa no suele ser tan prosaico): “Hace algunos meses, heredé / diferentes prendas de un amigo / muerto, un par de chaquetas, / una gabardina inglesa y varias camisas”. El poema continúa contando cómo solía pasear con su amigo y cómo ahora siente que sigue junto a él al vestir una camisa suya: “Hace un rato me he desabrochado / uno de los botones del pecho / y en el gesto del pulgar y el índice, / de repente, le he visto a él, / haciendo lo mismo”. Y luego enumera —la enumeración en uno de sus recursos estilísticos preferidos— todo lo que a su entender hay en ese simple gesto: “En el gesto de índice y pulgar / que ha invocado a mi amigo / estaban las tablillas del escriba, / los retratos de Al Fayum, / la estructura de la casa romana, / el evangelio de San Marcos, / el taller de Brueghel el Viejo, / el café, el tabaco, el vino y el té, / los salones del Dieciocho, / el quinteto para cuerda de Schubert, / las terrazas de los bares, los viajes, / la Bauhaus, París. Bob Dylan…”

            Si quisiéramos parodiar un poema de Llop, no podríamos hacerlo mejor que él lo hace, en “Civilización” y en tantos otros poemas. “Memorias de un libertino”, un monólogo dramático incluido en La dádiva, nos refiere cómo Dionisio Ridruejo, en los ojos de una prostituta francesa, puede ver nada menos que “el Gran Siglo, / el esplendor de Versalles, Stendhal / y Baudelaire, Austerlitz y todo el brillo / de la ciudad de París”.

Pero siguen teniendo su encanto, un encanto algo vintage, estos poemas epigonales que muy a menudo homenajean ciudades y a los escritores que pasaron por ellas. Hay un colorista intermezzo napolitano y un “Poema inacabado” que vuelve al Burdeos al que ya dedicó un minucioso poema —apenas hay lugar de la ciudad que dejé de nombrar— en el libro anterior, La vida distinta.

            Muchos de estos poemas podrían haber sido anotaciones de diario: “Mi amiga estaba en el Jardin des Plantes / filmando los orangutanes bajo la nieve / y al cruzar el Pont Royal ella señaló / a la izquierda y dijo: mira aquel árbol / sus frutas son cormoranes, se posan / en sus ramas y observan los siglos. / Me has regalado el título de mi libro, contesté”. Tienen un aire un tanto deslavazado, no parecen estar hechos para ser leídos con la atención que suele pedir el poema. Un ejemplo: “En una librería que fue iglesia, / ahora ya sin culto, veo láminas del Vesubio sobre el mar”. Si fue iglesia, ya no lo es, sobra por lo tanto el “ahora ya sin culto”, lo mismo que el “sobre el mar” en las láminas del Vesubio, que suele aparecer representado con la bahía de Nápoles en primer plano. Por eso la prosa de Llop —la prosa se lee de otra manera menos exigente— puede a menudo resultarnos más poética.

            En “Ronda de noche”, el primero y más extenso de los poemas que integran Cuarteto, asistimos a un desfile de ilustres personajes por una Palma onírica. El poema, lleno de imágenes sorprendentes, es un tour de force estilístico; admira al principio, pero pocos lectores serán capaces de mantener la atención hasta el final. Mayor interés tiene el “Glosario” en el que Llop aclara cada una de las alusiones y que vale por sí mismo al margen del texto que pretende glosar.

            José Carlos Llop ha sabido crear un mundo —tan fascinante como a ratos agobiante, con algo de la turbiedad melancólica de Patrick Modiano y de la modernidad art déco de Paul Morand— que está en todo lo que escribe, sea ficción o crónica periodística. Leemos las novelas de Llop con la sensación de que no leemos novelas, de que leemos a Llop. Los mismo ocurre con El árbol de los cormoranes y con el resto de los poemas de Mediterráneos, donde lo leído y lo vivido se entremezclan de inextricable manera. El culturalismo, el enciclopedismo, el europeísmo de Llop no son una manera de escribir, sino una manera de ser.

           

martes, 21 de junio de 2022

La historia con otros ojos

 

Madrid hace cincuenta años visto por un diplomático extranjero
Frances Erskine Inglis
Prólogo de Raquel Sánchez y David San Narciso
Ediciones Ulises. Sevilla, 2022.

La labor del editor es de esas que, cuanto más perfectas son, menos se notan. Entre el texto tal como sale de la mano del autor y cómo llega a los lectores en el libro impreso, hay una serie de trabajos intelectuales, a menudo anónimos, que casi nunca se valoran, pero cuya ausencia nunca pasa inadvertida, salvo para los reseñistas habituales, que no suelen ocuparse de estas cosas.

Frances Erskine Inglis (1804-1882), escocesa de nacimiento, española por matrimonio y vocación, fue una mujer excepcional que publicó dos obras maestras a medio camino entre el libro de viajes y el análisis costumbrista. El primero de ellos, La vida en México (1843) es bien conocido y reeditado. Frances, que se había trasladado con su familia a Estados Unidos, entró allí en contacto con un grupo destacado de hispanistas y se casó con un diplomático español, de sonoro nombre, Ángel Calderón de la Barca, que sería el primer embajador en el México independiente. Observadora sagaz, de una cultura insólita en una mujer (y en la mayoría de los hombres), Frances Erskine Inglis escribió una serie de cartas —o de crónicas en forma de carta— que todavía son útiles para entender un país que no se parecía, y sigue sin parecerse, a ningún otro. El libro se publicó anónimamente, como toda la obra de Frances, aunque no tardó en saberse su autoría.

Tras su trabajo como embajador, Ángel Calderón de la Barca fue nombrado ministro en el gabinete del conde de San Luis. Aquí llegó, con su atención siempre alerta, su esposa Frances y no dejó de tomar nota de todo lo que veía. Enamorada de España, todo lo veía con buenos ojos frente al pesimismo habitual de los españoles. Nadie como ella supo reflejar el fastuoso derroche de un tiempo, mediados del siglo XIX, en que en España había dos reinas, la joven y bien intencionada Isabel II, de poco más de veinte años, y su madre, María Cristina, que ya no era reina regente, pero que tras un breve exilio había recuperado su influencia y sin cuyo favor no era posible realizar ninguno de los prósperos negocios del momento, el principal de los cuales era el del ferrocarril (ese novedoso medio de transporte que —se decía entonces— iba a acabar con la poesía de los viajes).

Frances Erskine Inglis llegó a España en 1853. Le dio tiempo a reflejar una época de prosperidad económica —para unos pocos— y de fastuosas fiestas. Prestó especial atención a hospitales e instituciones de caridad. Ese mundo estallaría, al año de su llegada, con la revolución de julio, que ella nos cuenta desde el otro punto de vista, el de quienes han pasado a la historia como los malos de la historia. Aquel Madrid lleno de barricadas y de grupos armados que se toman la justicia por su cuenta se parece sorprendentemente al de los meses siguientes a julio del 36.

Su segundo libro, The Attachè in Madrid or Sketches of the Court of Isabella II, se publicó en Nueva York en 1856, anónimamente, y con la indicación en cubierta de “translated from de german”. A sus anotaciones, escritas casi día a día y a manera de diario (así lo considera su autora: “me despido por tres meses de Madrid y de mi diario”, termina el libro), se les ha dado, para cubrir las apariencias, una leve armazón novelesca: el autor sería un joven diplomático alemán. Como muchos de los asuntos de los habla, no interesaban entonces a un hombre —la minuciosa descripción de la vestimenta de las damas, por ejemplo, o el funcionamiento de la Inclusa— se supone que las describe para complacer la curiosidad de los familiares femeninos que ha dejado en Alemania. La propia Frances y su marido aparecen entre los personajes.

En España se leyó poco ese libro, si es que se leyó. No es probable que lo conociera Galdós cuando escribió La revolución de julio y sin duda le habría sido muy útil. El mismo año en que apareció ese episodio nacional, 1904, se publicó una traducción anotada de la obra de Frances Erskine Inglis firmada por un “Don Ramiro” que resultó ser el escritor cubano, Cristóbal Reyna y Massa, quien había encontrado el volumen, del que nadie había hecho caso, en un mercadillo de La Habana, según nos cuenta en el prólogo.

Esa traducción de un libro excepcional y prácticamente inexistente durante décadas es la que ahora se reedita de la manera más desafortunada posible, con el título de Madrid hace cincuenta años a los ojos de un diplomático extranjero, la mención en la portada de la autora y los autores del prólogo, Raquel Sánchez y David San Narciso, pero sin mención ninguna del traductor. Ese título, a la vez circunstancial y erróneo, era el que le dio “don Ramiro”, quien efectivamente creía que era obra de “un diplomático extranjero”, según indicaba la cubierta, y no de la esposa de un diplomático español, y que estaba escrito originalmente en alemán. Por eso cambia el simple título de “Prefacio”, que figura en la edición original, por el de “Prólogo de la traducción americana”, que se mantiene incomprensiblemente en esta reedición. No se reproducen, sin embargo, las notas del traductor, a las que alude en su prólogo, y que tan útiles habría sido para aclarar algunos nombres que calló la discreción de la autora. En el final del capítulo XI alude, por ejemplo, a que el secretario de la legación norteamericana, Mr. Perry, está casado con “la Coronata”, una muy encantadora poetisa. No sobraría la indicación de que se trata de Carolina Coronado.

 Unas triviales palabras pronunciadas en una fiesta llevaron a un duelo entre el duque de Alba y el hijo del embajador de Estados Unidos, en un momento de tensión entre ambos países por causa de Cuba, duelo que fue seguido por otro entre ese embajador y el de Francia. Son anécdotas que influyen en la historia, pero que no suelen pasar a la historia. Este libro está lleno de ellas. Y también encontramos discusiones religiosas ausentes en cualquier obra española de la época. “La confesión solo, aunque no tuviera yo otras razones, me impediría siempre hacerme católica”, dice una dama. Y añade: “Nada podría inducirme a consentir a mis hijos el confesarse. Me han dicho que las preguntas que les hacen bastan para enseñarles lo que no deben saber”.

Un libro excepcional de una mujer excepcional que parece condenado a ser invisible. En 2018 fue editado por una institución pública —ya sabemos lo que eso supone— con el título, más ajustado, de Un diplomático en Madrid. Impresiones sobre la corte de Isabel II y la revolución de 1854 y ahora vuelve a las librerías —donde apenas estuvo, donde apenas estará— de la más desidiosa manera.

viernes, 17 de junio de 2022

La verdad y otras dudas

 

 Verbigracia
Enrique García-Máiquez
La Veleta. Granada, 2022.

Reúne el poeta Enrique García-Máiquez en Verbigracia los seis libros que lleva publicados, desde Haz de luz (1997) hasta el reciente apareció este mismo año, Inclinación de mi estrella. En el prólogo, afirma que le ha sorprendido la coherencia del conjunto y que, en realidad, forman un único libro. Y tiene razón: puede ir ganando en virtuosismo técnico y en sentido del humor, pero ya todo él estaba en sus primeros poemas.

            García-Máiquez es un poeta sin adjetivos, uno de los grandes poetas de las últimas generaciones, y es también un poeta confesional. Escribe para todos y escribe a veces solo para los feligreses. Varios de sus poemas disuenan en el conjunto, aunque a él le parezcan tan naturales —tan poco sectarios— como los otros. Voy a limitarme a comentar uno de ellos, “Manual de uso para la Resurrección”. Comienza en ese tono conversacional, tan típicamente suyo: “Un segundo después de que estires la pata / darás un salto. / ¡Lo sabías: / la vida eterna / entera / y sin estrenar!”. Y continúa: “Pero cuidado antes de volverte a los vivos / para sacar la lengua a los ateos / porque era verdad aquello que avisaste / y que no te escuchaban”. No hace falta que el poeta se pida a sí mismo que no se burle de los vivos no creyentes en el momento de resucitar. Nadie se burla ni deja de burlarse después de muerto, por mucho que —según García-Máiquez insiste— la resurrección sea inmediata. Estas incoherencias catequísticas harán para algunos lectores desmerecer el volumen. También alguna nadería —“Orstodoxia”— que podría haber quedado fuera. O cuando se enreda con la argumentación, como en el confuso “Don Juan” o en los sofísticos “A un irritado”, “Sex”.

            Pero cuánta maestría en este libro y cuantos verdaderos poemas, de esos que son de todos y de nadie, y que son para siempre. Enrique García-Máiquez hace lo que quiere con el verso, la métrica clásica no tiene secretos para él y juega a enredarla con humor, a quitarle apolillado empaque. Es un maestro del soneto. Entre varias piezas maestras —“Ética a Nico”,  “Empujones”, la traducción del soneto 29 de Shakespeare—, nos ofrece su versión del más famosos de los “sonetos sonetiles”, el que escribió Lope de Vega. El último terceto explicita que un poema es otra cosa que un hábil ejercicio: “Porque un poema es pálpito en el pecho. / Ni guiño a la afición ni flor formal. / Cuento —sí, son catorce— y no está hecho”.

            Pero el poema podrá ser “pálpito en el pecho”, autobiografismo, confesionalismo —y eso son muchos de los poemas de García-Máiquez—, pero sin el artificio retórico que los sostiene no serían nada, o no tendrían más que un interés personal.

            García-Máiquez es un poeta ingenioso que gusta de sorprender a los lectores con un guiño y a los estudiosos con continuas referencias a la tradición literaria. En “Poema de otro día” recrea el “Poema de un día”, de Antonio Machado: “Heme aquí al fin, profesor / de Orientación, / y es extraño / que haya pasado en un año / de perdido a orientador”. Se lo dedica a uno de sus más cercanos maestros, Miguel d’Ors. Tiene otros, a los que agradecido homenajea en sucesivos textos, como Wislawa Szymborska, Mario Quintana —a quien ha ejemplarmente traducido— o Eloy Sánchez Rosillo.

            Pocos poetas han escrito tantos autorretratos, han jugado a mostrarse de todas las maneras, casi siempre con un tono de autoironía. Es consciente —lo afirma en un poema— de que su riesgo puede estar en un exceso “de transparencia y autobiografismo”. Pero sabe también que “No hay cuidado” (así se titula el poema): “Mi secreto / al contarlo / da paso a otro secreto / y a otro secreto cada vez mas hondo. / Siempre queda algo —no sé qué— que no se alcanza. / Es eso lo que soy”.

            Alterna García-Máiquez los haikus, tan de moda, con las seguidillas y las soleares, sin incurrir en vacuos exotismos ni en folklorismos. Un ejemplo de los primeros: “Un petirrojo. / Un fuego pequeñito / para el invierno”. Otro ejemplo, “Albada”, de las seguidillas: “Nos vemos mucho más / desde que has muerto: / te veo cada noche / cruzar mis sueños. / La madrugada / —que es de cristal y alondra— / nos desampara”.

            Se define García-Máiquez como un poeta “con más certezas que cervezas” y no duda en homenajear a Aquilino Duque, “hereje democrático”, “para, muy chulo y facha, epatar a los progres, / pasar de la censura y posar de maldito”. Pero por detrás, o al margen, de sus certezas dogmáticas, de sus deseos de epatar, hay en él un poeta que sabe expresar como pocos el misterio y el asombro de vivir.

jueves, 9 de junio de 2022

Retórica y verdad

 

Un único corazón
Alejandro Duque Amusco
Pre-Textos. Valencia, 2022.

El marqués de Santillana definía a la poesía como “fermosa cobertura”. Pocos poetas contemporáneos estarían de acuerdo con esa definición. Alejandro Duque Amusco parece ser uno de ellos. Sus maestros más cercanos —Aleixandre, Cernuda, Brines—, a los que ha dedicado constante atención crítica, resultan fáciles de reconocer. Y en la nota preliminar subraya la importancia de la tradición: “Todos escribimos sobre la misma tablilla en la que otros escribieron antes; lo único distinto es la calidad del punzón que se utiliza, de modo que en unos el trazo es indeleble o difícil de borrar, y en otros se lo lleva el viento al primer soplo sin dejar ni rastro”. Una idea semejante ha expresado más de una vez Andrés Trapiello, otro poeta alérgico a experimentalismos.

            Comienza Un único corazón con una colección de idílicas estampas. “Sur”, que dan el tono del libro, escrito por lo general en melodiosos versículos que entremezclan heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos: “Has vuelto a este jardín con su silencio oscuro, únicamente roto por un fondo de mirlos que vuelan en los pinos. / Como un fanal de luz, bulle la tarde en oros apagados”.

Pocos poetas hoy en día se atreverían a hablar de “lo bello”, así en abstracto. “Lo bello hiere con su herida hermosa”, escribe Duque Amusco en “A una buganvilla en flor” (donde también se alude a “las manos enjoyadas del verano”); “Lo bello es la medida de lo eterno”, comienza el último poema. Pero de vez en cuando este mundo idílico se rompe es el caso de “Retrato de 1956”, con su anticlimático final y el libro adquiere otro carácter menos decorativo.

            Los poemas de “Servidumbre de amor” —la segunda sección del volumen— remiten a la tradición clásica y reescriben o glosan poemas de Propercio, Ovidio, Catulo. Algo tienen de aplicado, y a menudo brillante, ejercicio retórico. “A propósito de unos versos de John Donne” desarrolla unos versos a los que ya aludió Gil de Biedma en el más famoso de sus poemas de amor, “Pandémica y celeste”: “Para saber de amor, para aprenderle, / haber estado solo es necesario. / Y es necesario en cuatrocientas noches / —con cuatrocientos cuerpos diferentes— / haber hecho el amor. Que sus misterios, / como dijo el poeta, son del alma, / pero un cuerpo es el libro en que se leen”. Duque Amusco interpreta los versos de Donne de otra manera y habla de “una fría lectura de las almas” y termina con una contradictoria apelación: “dame tu cuerpo”, “deja los libros”, olvidando que en Donne, y así lo cita al comienzo de su poema, “los libros son los cuerpos donde las almas leen”.

            Abundan los poemas de homenaje, en unos casos a figuras de la historia literaria, en otros de carácter autobiográfico. Muchos poemas se han dedicado a la muerte de Cesare Pavese (entre ellos, uno particularmente memorable de Juan Luis Panero, poeta también muy cercano al modo de hacer de Duque Amusco); “Hotel Roma: Turín”, tan lleno de detalles precisos, puede competir con los mejores. Hay emoción, belleza y verdad en el poema dedicado a “A Jania”, una alumna prematuramente desaparecida, y asoma un atisbo de reproche —pero Duque Amusco no es un poeta que guste de la sátira— en el dedicado a Vicente Aleixandre, casi un ajuste de cuentas, no con el admirado maestro, sino con sus herederos: “El ‘miserable puño’ que profetizaste (de un codicioso y una avariciosa) cae sobre ti, como un escarnio, hacia tu obra pura que desprecian con el rencor de quienes no la entienden”.

            Es difícil resistirse al encanto algo vintage de la poesía de Duque Amusco, manifiesto en espléndidos poemas como “Postrimerías”, que podía haberse convertido en una tenebrista postal (habla de las Catacumbas de los Capuchinos en Palermo) o en esa velada crítica a los excesos nacionalistas —el poeta, andaluz trasplantado a Barcelona, respira por la herida— que es “Olivença”. El poema titulado “Este cuarto” insiste en la misma idea: “Otros recurrirán al ditirambo para hablar de su patria. / A mí me basta con hablar en voz baja con los libros que fueron míos mientras los leía”.

            Como “fermosa cobertura” de lo leído, lo vivido, lo soñado o fantaseado puede considerarse la poesía de Duque Amusco, pero a veces las palabras, el bello y retórico decir, se hacen carne de la carne del poema, dejan de ser un vistoso traje más o menos a medida. No siempre ocurre así, y la nota que cierra el libro comentando uno de los poemas nos permite ejemplificarlo. “Balada para dormir al soldado Rudi Sureck” está inspirada en una de las tumbas del Cementerio Alemán de Yuste, donde se han reunido los restos de soldados muertos en las dos guerras mundiales cuyos cuerpos se encontraron en España. Hay más emoción y más verdad en la escueta nota informativa (solo sobra el párrafo final) sobre el cementerio y el soldado, del que apenas sabemos nada, que en el enfático poema, en el que “al muchacho vigoroso y joven / que no llegó a cumplir los veinte años” (¿habrá muchachos viejos?) se le califica, lorquianamente, de “fuego dormido”, “arroyo quieto”, “topacio frío”, “roble abatido”. Pura retórica que vale menos que la escueta enunciación de lo poco que se sabe de ese soldado, uno entre tantos.   

           

jueves, 2 de junio de 2022

El príncipe agricultor

  

Armonía. Una nueva forma de ver el mundo
El Príncipe de Gales, Tony Juniper e Ian Skelly
Diente de León. Valldemossa, 2022.
 

Sorprende que una obra escrita por el heredero de una de las monarquías más antiguas comience con la frase: “Este libro es un llamamiento a la revolución”. Pero el príncipe de Gales, desde hace casi setenta años, heredero al trono británico, personaje habitual de la prensa rosa y amarilla, nunca ha estado a gusto con el papel tradicional que las leyes escritas y no escritas de su país le reservaban. Si cuando sea rey, no podrá tener opinión propia, deberá mantener una imparcialidad absoluta, como heredero carece de esa limitación y ha aprovechado al máximo su libertad.

            En Armonía. Una nueva forma de ver el mundo encontramos un vibrante manifiesto y un resumen de la labor llevada a cabo durante las últimas décadas. El príncipe Carlos fue ecologista cuando no estaba de moda serlo, defensor de la agricultura tradicional, de las ciudades hechas a la medida del hombre. Asombra la cantidad de proyectos en los que ha estado involucrado, tanto en su país como en el resto del mundo.

            Aunque escrito en primera persona (“Quiero comenzar en Cambridge, donde fui estudiante hace más de cuarenta años”, empieza uno de los capítulos), el libro ha sido escrito en colaboración con Tony Juniper e Ian Skelly, que sin duda han contribuido a la precisión de muchos de los datos aportados. La primera edición apareció en 2010. Esta traducción española cuenta con un prólogo escrito expresamente. Si la amenaza del cambio climático ha crecido desde entonces, también ha aumentado la sensibilidad ante el problema. Muchas de las propuestas del príncipe Carlos que en su momento se tuvieron por ocurrencias de un aristócrata caprichoso hoy nos parecen de sentido común. Él se implicó personalmente en todas las que le fue posible y convirtió sus extensas propiedades en laboratorio experimental para la mejora de la ganadería y la agricultura. Pero este personaje admirable en su voluntarismo y en su pragmatismo, este jardinero y este agricultor apasionado, es también un detractor del mundo moderno (lo que él llama “modernismo”), de una cultura que ha abandonado el pensamiento tradicional para echarse en manos de un cientifismo mal entendido, de lo que él llama “mecanicismo”.

            El capítulo tercero de su libro, “El hilo dorado”, disuena del resto. En él encontramos al ideólogo sin demasiado rigor conceptual, al creyente en una mística armonía. El mundo, a su entender, comenzó a descarrilar en el siglo XVI y descarriló por completo en el XVII y XVIII. Descartes y Galileo se encontrarían entre los principales culpables de ese abandono del buen camino, que en algunos casos comenzó mucho antes, nada menos que en el siglo XIII. Fue en ese momento cuando se inició el deterioro de la educación. Hasta Santo Tomás de Aquino el enfoque de la enseñanza universitaria tenía como objetivo “alcanzar un conocimiento absoluto de la realidad en su conjunto, que era evidente en el mundo exterior, pero que hundía sus raíces en el interior”. Pero luego “cada disciplina comenzó a tomar su propio camino separándose del resto, y así la integración de los saberes dejó de ser el objetivo central de la educación”. Y ello sería debido a que ”por una variedad de complicados motivos políticos y teológicos, empezaron a surgir diferentes definiciones de Dios”.

¿En el siglo XIII?, nos preguntamos. ¿Antes todas las religiones definían a Dios de la misma manera? Continuemos con el peculiar razonamiento de este agricultor metido a teólogo y a filósofo de la historia: “Lenta, pero firmemente, Dios comenzó a ser descrito como algo que estaba al margen de la creación, separado de la naturaleza y, conforme esta idea iba asentándose, empezó a verse a la naturaleza como una fuerza impredecible, como algo difícilmente ingobernable, algo sin orden interno, capaz de seguir su propio y a veces oscuro camino, capaz de hacer esto sin necesidad de la denominada ‘voluntad divina’, porque esta voluntad de Dios se había vuelto externa al mundo creado”. Si entendemos bien, la humanidad comenzó a ir por un camino equivocado cuando abandonó el panteísmo, cuando dejó de identificar a Dios con la naturaleza.

            Pero es difícil entender bien el galimatías conceptual en que se enreda el autor de Armonía cuando abandona los proyectos concretos para mejorar la vida de la gente. Leemos las páginas que dedica a la “sabiduría antigua”, a la “geometría sagrada”, a la magia de la secuencia de Fibonacci o de la estrella de cinco puntas y nos parece estar escuchando a Giorgio Tsoukalos, el teórico de los antiguos astronautas.

            Admirable resulta en cambio cuando se olvida de la música de las esferas y desciende a contarnos experiencia más a ras de tierra como su transformación de una de las granjas del ducado de Cornualles, en la que “se habían arrancado los setos y eliminado los muros de piedra, se habían arado antiguos pastos y se había aumentado el rendimiento de las tierras con fertilizantes y pesticidas artificiales que se aplicaban en cantidades industriales con el objetivo de conseguir alimentos baratos”. Él, pese a la oposición de muchos, logró convertirla en “un sistema de producción alimentaria más sostenible y local”. Y en este libro —muy precisa y bellamente ilustrado— nos explica cómo lo hizo, al igual que nos explica otras muchas de sus intervenciones en favor de la naturaleza. Armonía, además de un manifiesto revolucionariamente conservacionista, es un autorretrato de un personaje excepcional que ha sabido hacer el mejor uso posible de los privilegios que le concedió su nacimiento.