viernes, 27 de noviembre de 2020

La España negra

 


Capital de tercer orden
Ángel María Pascual
Ulises. Sevilla. 2010.
 

En 1947, se publicó un libro que pudo haber tenido tanta importancia en la historia de la poesía española como Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y que sin embargo quedó al margen como una curiosidad apenas leída. Su autor era Ángel María Pascual, falangista de la primera hora, quien junto a su mentor, el llamado “cura azul”, Fermín Yzurdiaga, tuvo un destacado papel en los primeros tiempos de la guerra civil cuando Pamplona se convirtió, con la publicación de Arriba España, el primer diario de la Falange, y de Jerarquía, la primera revista literaria de los sublevados, en la capital intelectual del franquismo, en una nueva Atenas, como quería la propaganda.

            Fermín Yzurdiaga, después de una fulgurante carrera política, sería defenestrado en 1938 por las presiones de la jerarquía eclesiástica El obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, el primero que calificó de Santa Cruzada a la guerra civil, no veía con buenos ojos que, aunque siempre proclamara su fervor católico, aceptara cargos políticos sin el previo permiso de sus superiores. Además, y contra lo que pudiera pensarse, la iglesia y la Falange (al menos hasta que pasó a ser controlada directamente por Franco) no estuvieron en buena sintonía. Se recelaba de que pudiera derivar hacia un cierto componente neopagano, como el nazismo. De hecho, fue un  elogio de Hitler lo que motivó la caída en desgracia de Yzurdiaga; en un discurso radiado a toda la zona sublevada se refirió a él como “caudillo de la raza alemana, que al volverse a la vieja historia de su pueblo, se encuentra en las selvas vírgenes con los dioses Nibelungos y con el dios Votán”.

            Ángel María Pascual tenía más talento literario que Yzurdiaga y una vocación política más volcada hacia el ámbito provincial. Culto a la manera renacentista, maestro de la tipografía, buen dibujante, destacó como articulista en una época en que rigor literario de la prosa en los periódicos no era la excepción, sino la norma: pensemos en Rafael Sánchez Mazas, en Eugenio Montes, en tantos colaboradores primero de Jerarquía y luego de Vértice, El Español o La Estafeta Literaria. Murió joven (había nacido en 1911), el mismo año en que publicó su primer libro de poemas. Antes había publicado una obra entre la ficción y la parábola política, Amadís, y posteriormente aparecerían otros libros suyos, especialmente sus Glosas a la ciudad, recopilación de artículos que acierta a convertir –siguiendo la lección de Eugenio d’Ors-- la crónica municipal en piezas literarias de primera magnitud.

            Capital de tercer orden poco tiene que ver con el resto de la obra de Ángel María Pascual. Quizá por eso solo el último poema, el soneto “Envío”, que disuena del resto (como las garcialasistas liras de “Soledad”), llegaría a ser bien conocido: en 1962 le puso música Marciano Cuesta Polo y se convirtió en uno de los himnos más populares del Frente de Juventudes.

            Antes de que otro de los vencedores, Camilo José Cela, nos mostrara con La colmena el revés de la retórica triunfal, en lo que se había convertido el Madrid creativo y bullente de antes de la guerra civil, Ángel María Pascual reflejó en Capital de tercer orden la esperpéntica realidad de aquel “burgo podrido”, la clerical Pamplona, que él, al apoyar la sublevación de 1936, había soñado convertir en una nueva Atenas, en la ciudad ideal del Renacimiento.

            No hay, por supuesto, ninguna crítica política directa en el libro, no podía haberla, pero la desaparición de toda la brillante retórica falangista ya resulta suficientemente significativa. Son poemas descriptivos, sin nada del intimismo confesional que suele asociarse a la poesía, incluso podríamos decir que costumbristas, pero su costumbrismo ha pasado por los espejos valleinclanescos del Callejón del Gato y aprendido la lección de Gutiérrez Solana, aunque Ángel María Pascual también tenía otros maestros. Uno de los poemas, “Casino”, comienza con un verso de Jovellanos: “Déjame, Arnesto, déjame que llore”. Y detrás de ambos se encuentra la lección de Juvenal.

            Hay piezas de rechinante feísmo, casi apuntes carpetovetónicos, como “Urinario”, y otras atemperadas por los ecos del prosaísmo sentimental posmodernista, como “Un balcón”. De la corrupción de la ilusiones trata esa pieza magistral que es “Vitrina de fotógrafo”, con esos “palos de un teatro de fantoches” vislumbrados al trasluz de una ventana como final de la feliz fotografía de boda.

            “Melopea parda” se titula uno de los poemas y el último verso, que repite la palabra reiterada en todos los versos (“Pardo, pardo, pardo, pardo, pardo”) resumen bien en lo que se había convertido (“Color de miseria, nacional tabardo. / Todo es pardo”) la España que él había soñado azul y oro. No resulta aventurado pensar que más de un lector relacionaría el término reiterado hasta la saciedad y cada vez más cargado de connotaciones negativas con la residencia del jefe del Estado y, metonímicamente, con el propio Franco.

            Hay pocas concesiones al lirismo convencional en estos versos. Si acaso, como en “Mercado”, al comienzo y al final. “Una luz matinal unge la plaza / con el óleo del sol recién nacido”, comienza. “Y en lo alto hacia la torre de oro / un cándido revuelo de palomas”. Entre ambos, la minuciosa descripción del mercado con un pintoresquismo no exento de sordidez.

            Desengaño político, desengaño religioso. En esta “capital de tercer orden”, la Pamplona de la posguerra convertida en símbolo de la realidad española, como antes la Orbajosa galdosiana o la Vetusta de Clarín, la verdadera religiosidad está ausente, aunque abunden los clérigos y los rituales. Ese es el sentido, a mi entender, de “Viático en el suburbio”.

            Capital de tercer orden ha tenido algunas reediciones que no sirvieron para destacar su valor excepcional (y no es extraño: la primera, de 1971, estuvo a cargo de la “Cofradía del pimiento seco de Pamplona”). Esperemos que esta nueva edición –en la que por cierto falta el subtítulo del libro: “Versos del amor de disgusto”-- cambie su suerte, aunque el prestigio de la colección “Avant-Garde”, dirigida por Juan Bonilla y Luis Antonio de Villena, no va acompañado de una adecuada difusión.

            “Porque sé que los sueños se corrompen / he dejado los sueños”, le hace decir Luis García Montero a Jovellanos en uno de sus más memorables poemas. Ángel María Pascual vivió lo suficiente para comprobar la corrupción de sus sueños y dejarnos testimonio de ello en este libro. El camino que habría seguido después --el de Dionisio Ridruejo o el de Rafael García Serrano-- no lo sabemos. Pero ahí quedan su prosas, con tanta verdad y tanta inteligencia por debajo de la epocal retórica, y este grito inconformista, desasosegante, este retrato en blanco y negro de la España más negra.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Españoles eminentes

 

Maestros y amigos
Andrés Amorós
Fórcola. Madrid, 2020.
 

Andrés Amorós, a comienzos de los años setenta, era un joven y brillante profesor universitario que parecía destinado a suceder a los grandes maestros de la filología española, como Dámaso Alonso o Rafael Lapesa. Luego, sin dejar la investigación literaria, prefirió dedicarse a la alta divulgación, y no solo literaria. Se ocupó con rigor y amenidad, y un extraordinario bagaje cultural, de los espectáculos musicales y teatrales y también de la tauromaquia. En este último campo –tan denigrado últimamente--, pocos dudan de que es el máximo especialista.

            Maestros y amigos –en el prólogo indica que quiso titularlo Españoles eminentes (españolas solo hay dos: Nuria Espert y María Jesús Valdés, ambas actrices)-- ofrece un puñado de semblanzas de quienes fueron sus maestros y luego se convirtieron, en la mayor parte de los casos, en grandes amigos. Comienza con Dámaso Alonso, su profesor de Filología Románica que no dejaba traslucir en las clases ninguna huella del poeta que era, y luego sigue entreverando, con el azar del orden alfabético, maestros y amigos que proceden de los principales campos en que desenvolvió su actividad.           

            No es habitual encontrarse en un mismo libro con un panegírico de Luis Miguel Dominguín o Domingo Ortega junto a otro de Américo Castro o Francisco Ruiz Ramón, historiador del teatro español desconocido fuera del ámbito universitario. Dice mucho del talante de Andrés Amorós el que no quiera limitarse a los personajes más populares, sino que deje espacio para quienes realizaron una admirable labor al margen de los focos mediáticos, como Vicente Lloréns, estudioso de los diversos exilios españoles.

            A la reincorporación cultural del exilio republicano, dedicó gran parte de sus esfuerzos Andrés Amorós. El caso de Francisco Ayala resulta quizá el más significativo. El propio Ayala, en sus memorias, Recuerdos y olvidos, habla de la importancia que tuvo Amorós en el “descubrimiento” de la América literaria en los años setenta y en lo mucho que contribuyó a que fuera conocida su obra.

            Insiste Amorós una y otra vez en su falta de vanidad, en que el haber sido amigo de tantas grandes figuras, no es mérito suyo, pero no deja de referirnos los elogios que le han dedicado esos ilustres personajes, casi siempre en cartas o en conversaciones privadas. “Ya sabes que tú eres la persona a la que más he querido”, le dijo una vez Francisco Ayala. Y Eduardo Miura, que siempre asistía a sus conferencias sobre tauromaquia, le decía cuando él se acercaba a agradecerle su presencia: “Me gusta aprender de los que saben”. Lo que sigue es un perfecto ejemplo –el libro está lleno de ellos-- de lo que se conoce como falsa modestia: “Avergonzado por completo le decía yo: ¡Por Dios, don Eduardo! Pero él insistía…”. Muy avergonzado no debería estar cuando nos los recuerda en la semblanza.  Pero a Andrés Amorós, genio y figura, le perdonamos fácilmente ese defectillo. Como el mismo escribe a propósito de José María Rodero, “así suele suceder a muchos grandes artistas”. Y Andrés Amorós es sin duda un gran comunicador, un contagioso entusiasta, el mejor representante de la tradición liberal tan denostada por los sectarios de uno y otro bando.

            Sociología de la novela rosa tituló una de sus primeras publicaciones y con tinta rosa parecen escritas la mayoría de estas “memorias amables” (como llamó a las suyas el marqués de Bradomín). Pero de vez en cuando asoman otros aspectos menos gratos. Como el “episodio tragicómico” ocurrido cuando le encargaron el prólogo de la obras completas de Francisco Ayala. Por un estudio de unas cien páginas, Arturo del Hoyo –que era quien se ocupaba en Aguilar de estas cuestiones-- ofreció pagarle menos de lo que cobraba él entonces por un artículo en cualquier periódico o revista. “Cuando se lo hice notar –escribe Amorós--, se sorprendió mucho: él estaba feliz de que le dejaran publicar algo, pagándole eso mismo… Tuve que recordarle, con todo respeto, que yo no tenía que hacerme perdonar un pasado político antes de la guerra”. No será esa su intención, pero lo que el lector deduce es que a Amorós le parecía bien que a Arturo del Hoyo, que había estado en la cárcel con Miguel Hernández, le pagaran lo menos posible, para eso había sido republicano, pero que él no tenía nada que hacerse perdonar por parte de los vencedores.

            El estilo hablado, de conversación culta (a quien ha tenido la suerte de asistir a alguna charla de Amorós le parecerá escucharle), hace disculpable ciertas repeticiones y algún desliz: Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, el gran libro de Dámaso Alonso que a muchos nos enseñó a leer la poesía del siglo de Oro, no se publicó en 1935, sino en 1950.

            Un libro ameno, que ofrece el lado mejor de personajes controvertidos, como Camilo José Cela, y que resulta no menos interesante –o quizá más-- cuando trata de alguien menos conocido, como ese sugerente Leopoldo Durán, el sacerdote que acompañó a Graham Green en sus viajes por España.

            Retratos con mucha luz y casi ninguna sombra los de Maestros y amigos y autorretrato –con alguna involuntaria sombra-- de un inagotable profesor de entendimiento y entusiasmo sin el cual la vida cultural española del último medio siglo habría sido mucho más pobre.

martes, 10 de noviembre de 2020

Hebras de luz

 


La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets. Barcelona, 2020.

 

En uno de los primeros poemas de La rama verde, se refiere Eloy Sánchez Rosillo a otro publicado hace muchos años: “Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío, / desde aquella mañana que dije en un poema / en el que se nos ve a ti y a mí en la playa, bañándonos alegres, entre risas, / en un mar tibio y quieto, bajo un sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”. El poema al que se refiere se titula “La playa” y está incluido en Autorretratos, de 1989. El futuro que allí de pronto se hacía presente (“Siento en mi sangre el vértigo espantoso / de mi edad: en un instante, transcurren muchos años”), ahora ya es pasado y no ha ocurrido como se temía. El final de ambos poetas nos ilustra sobre las dos etapas de la poesía de Sánchez Rosillo, un poeta que no ha cambiado en sus recursos expresivos, pero sí en su concepción de la realidad: primero fue un poeta elegíaco, ahora es un poeta hímnico, celebratorio. En “La playa” el presente feliz está condenado a desvanecerse para siempre, como un sueño que no ha existido nunca: “Eres un hombre ahora, y tú también comprendes / que no existió, ni existe, ni existirá este día, / la venturosa fábula de mis ojos mirándote, / la leyenda imposible de mi infancia”. Por el contrario, el otro poema, “En la mañana inmensa”, abole el tiempo: “El amor no transcurre: / ocurre. / Su obstinado latir insiste oculto, / a salvo para siempre en nuestro pecho”. Al final de “La playa”, tan rotundo, con ecos de Píndaro y Góngora (“Somos sombras de un sueño, niebla, palabras, nada”) se contrapone el del nuevo poema: “Y ahí estamos tú y yo desde el principio, / en el mar del verano, bajo el sol, / dentro de este diamante que fulgura, / de esta mañana inmensa que es la vida”.

            La mayoría de los poemas de la segunda etapa de Sánchez Rosillo, iniciada con La certeza (2005), responden a un mismo esquema: una parte inicial, que suele ocupar la mayor parte de los versos, en la que se describen, a veces con cierta minuciosidad, circunstancias y objetos cotidianos (la tapia que va iluminándose al sol de la mañana, una hilera de hormigas, un paseo mañanero), y una conclusión reflexiva que busca darle un giro transcendente. Un ejemplo: “Café Iruña”, uno de los poemas más anecdóticos del libro, casi prosa de diario: “Llegué a Pamplona anoche. / Estuve esta mañana paseando unas horas / por la ciudad. Y acabo de sentarme / en la terraza del Café Iruña, / Ante una oportunísima cerveza. / Es abril –24—mediodía”. Se nos refiere después la larga caminata y cómo confortan cuerpo y alma el sol y la cerveza “por más que alguna vértebra rebelde / está empeñada en recordarme ahora / su exacta posición con arteros envites”. Y luego –“no podrá amilanarme”, escribe el poeta-- la conclusión sentenciosa de los dos últimos versos: “Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida”.

            Gana Sánchez Rosillo en los poemas más breves, menos anecdóticos y discursivos. Aunque siempre se le lee con gusto, impacienta un poco la minucia de “Hotel” o “Hablo aquí del comienzo”, que habrían ganado como anotaciones autobiográficas en prosa (la prosa se lee de otra manera, se le exige menos esencialidad que al verso). Y resulta más emocionante cuando se olvida de su nueva concepción de la existencia (no existe el tiempo, hay un presente eterno que es la vida) y nos la refleja en toda su precaria verdad. Es difícil leer “Date prisa” sin sentir una emoción que no sabemos si se debe al poema o al universal sentimiento de orfandad que refleja. Destaca en ese poema la confusión entre vida y poesía, como si el poema y la vida reflejada en él fueran la misma cosa. “Te miro ir y venir por estos versos”, comienza. El poema nos describe, en presente, un recuerdo infantil: la madre que despierta al niño y lo arregla para ir a la escuela. Los versos finales distinguen –Sánchez Rosillo juega habitualmente a no hacerlo-- entre el presente eterno de la infancia y el tiempo verdadero que ni vuelve ni tropieza: “El niño confiado / que aparece contigo en estas líneas / te mira en el espejo para siempre / y no sabe que un día morirás. / Pero el que escribe ahora sí lo sabe. / Y conoció ese día”.

            Las referencias metapoéticas, las alusiones al propio poema que se está escribiendo, han abundado desde el principio en la poesía de Sánchez Rosillo. Una variación sobre el cernudiano “A un poeta futuro” encontramos en “Dejo la puerta abierta”, aunque en su caso se dirija a cualquier lector futuro, sea o no poeta: “Para vosotros, que vendréis al mundo / cuando yo me haya ido, / escribo este poema” (un poema, por cierto, que se limita a describir el cuarto y el lugar en el que escribe el poema, algo muy característicamente suyo).

            “Cartas de ultramar” es el único poema del conjunto no autobiográfico, aunque también de algún modo lo sea, al menos en el pretexto que le da pie. Tras referirse a quienes “pasaron a las Indias / en los primeros tiempos coloniales / y en su gran mayoría no regresaron nunca”, añade: “Leo esta tarde un libro que recoge las cartas / de algunos de estos hombres a los seres queridos / que habían dejado atrás”. El poema habría necesitado una nota que aclarara de qué libro se trata: Cartas privadas de emigrantes a indias, 1540-1616, de Enrique Otte, publicado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 1988 (ha sido reeditado posteriormente por el Fondo de Cultura Económica). Copio los últimos versos: “Hay un tal Antón Sánchez, / natural de Sevilla y asentado en El Cuzco, / que le escribe a la esposa –1590-- / y así empieza su carta: ‘Mujer mía / de mi vida…’. / El ser entero pone / en lo que va escribiendo. / Todo el idioma tiembla en sus palabras”. Una referencia al libro nos habría permitido leer esa carta y comprobarlo: “Mujer mía de mi vida: Vuestra carta recibí, y con ella mucho contento en ver carta vuestra, porque había tantos días que no sabía de vos si érades muerta o viva, y así me he holgado tanto de saber de vos que por cierto no tengo lengua con que poder encarecerlo”,

            Los mejores poemas de La rama verde son quizá los más breves, los menos discursivos y razonadores. “Cosa de nada” se titula uno de ellos y eso pueden parecer para el lector apresurado los pocos versos de “Sol de marzo en la hierba”, “Verdecillo”, “El hueco del instante” o “Entre dos luces”, que copio íntegro: “Caminar muy temprano, / entre dos luces aún, en la mañana / revuelta de febrero, / por esta carretera ahora sin nadie. / A mano izquierda, el mar, / que es todavía parte de la noche, / y que apenas se ve, / confuso y encubierto por la bruma, / pero del que se oyen / el bronco respirar y los estruendos / de sus arduos quehaceres invernales. / Y a la derecha, al margen de mis pasos, / en su milagro intimo, / el verde juvenil y tembloroso / del trébol con rocío”.

martes, 3 de noviembre de 2020

Pongamos que hablo de Madrid

 


 

Madrid
Andrés Trapiello
Destino. Barcelona, 2020.
 

Sería un error simplificar diciendo que en el libro sobre Madrid que ha escrito Andrés Trapiello resulta imprescindible todo lo que solo podría haber escrito Andrés Trapiello y sobra todo lo que podría haber escrito cualquier aplicado cronista de Madrid, como Federico Carlos Sainz de Robles, o cualquier anónimo redactor de la Wikipedia.
            No todo lo que solo podría haber escrito él resulta imprescindible. Disuenan unas opiniones políticas ya bien conocidas por formar parte del argumentario de cierta derecha más o menos extrema:  hubo tres golpes de Estado contra la Republica, uno de ellos encabezado por Indalecio Prieto; el gobierno “alentó manifestaciones multitudinarias de neto carácter ideológico que lanzaron la epidemia a proporciones exponenciales”; un poeta novísimo y catalán habló del “cielo fascista de Madrid”, pero “no se le leyó jamás nada, negro sobre blanco, de los lazos amarillos, lo cual a estas alturas, no pasa ya ni del castaño oscuro”.
            No se trata de que discordemos o no de tales consideraciones, sino de que distraen, nos sacan del libro y nos llevan a una chillona tertulia. Una rigurosa labor de edición las habría eliminado, lo mismo que las no escasas jeremiadas sobre el maltrato a que sometió cierta prensa cultural a su obra literaria: que si un reseñista echó de menos a Koldo Michelena en Las armas y las letras, que si un tal Juan Palomo (un humorístico pseudónimo colectivo) dijo no esperar mucho de una de sus novelas a punto de aparecer, que si le ningunearon en la prensa por editar en Trieste a escritores que no estaban de moda.
            Sobran muchas cosas menores en este Madrid, pero los lectores de Andrés Trapiello saben que no sería Andrés Trapiello si no pusiera tanto o más empeño en sus perecederas opiniones políticas y en sus caprichos tipográficos (ha pasado de sustituir “a” y “o” como marca de género por una estrellita a escribir las palabras de otro idioma tal como suenan: estrimin, gosdivín) que en lo que sabe hacer mejor que nadie.
            “El día en que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida”, comienza el volumen, dando inicio a un conmovedor relato autobiográfico, con mucho de novela picaresca, que figurará sin duda entre las obras más conmovedoras de Andrés Trapiello cuando se decida a publicarlo adecuadamente. Ahora aparece troceado sin que se entiendan muy bien los motivos para ello. O se entienden demasiado bien: se trata de una argucia para ir dando los datos eruditos que resultan imprescindibles en un libro de encargo sobre Madrid. La primera interrupción está hecha con cierta gracia y copia el modelo cervantino de dejar a los combatientes con las espadas en alto. Tras una discusión familiar, abandona Trapiello a los diecisiete años su casa en León para dirigirse a Madrid. Cuando interrumpe de pronto la narración para un largo pegote erudito sobre el origen del nombre de Madrid, escribe: “El expreso de La Coruña puede esperar. Tenemos tiempo”.
            Si la primera interrupción tiene cierta gracia y parece un recurso literario, las siguientes ya se ven como un truco para mezclar cosas que no casan demasiado bien. Sobran todas esas interrupciones de cronista municipal o habrían encontrado su sitio en la parte final, entre los “Retales madrileños” –“Madrid y la historia”, “Madrid y sus reyes”, “Madrid y la arquitectura”--, algunos de los cuales, por cierto, repiten lo que ya se ha dicho antes, y en ocasiones más de una vez, como que Mesonero Romanos se dedicaba a especular con solares del centro de Madrid.
            “La novela de un joven pobre”, llamémosla así, las andanzas de un joven ambicioso servidor de muchos amos, los azares que le llevan al triunfo literario (el encargo de una biografía sobre Cervantes o la promesa de un premio para un libro sobre los escritores y la guerra civil), es una de las piezas maestras que contiene ese libro, aunque incomprensiblemente desmembrada.
            Hay otras, por supuesto, y tienen que ver con Madrid, pero no con el remoto Madrid de moros y cristianos o de los milagros de San Isidro (erudiciones al alcance de cualquier aplicado jornalero de la pluma), sino con el Madrid vivido, el que ya es para Trapiello carne de su carne y sangre de su sangre: espléndida la descripción de la calle conde de Xiquena, en la que vive desde hace cuarenta años, de la cercana plaza de París, de los rincones galdosianos, del Museo Romántico… No defraudará este volumen a los muchos admiradores de Andrés Trapiello, a quienes le consideran uno de los escritores fundamentales de nuestro tiempo –soy uno de ellos--, pero sin duda pondrá a prueba su paciencia, como ha puesto la mía.
            Cuando Trapiello parece que lo ha dicho todo sobre Madrid --entremezclando recreación autobiográfica, acarreo erudito y, hacia el final, desahogos personales quizá no demasiado pertinentes--, se da cuenta de que le ha quedado fuera mucho material y añade una serie de capitulillos de muy desigual interés. Lo mejor son las selecciones personales que añade al final de algunos de ellos: sus diez edificios preferidos, los mejores libros sobre Madrid, los museos, los parques y jardines… Quizá en estos apéndices debería haberse limitado a los recuentos personales, siempre con alguna ocurrencia original, con algún punto de vista inédito, y haber hecho más caso de lo que él mismo afirma en “Madrid y la arquitectura”: “La Wikipedia da cuenta de su historia y de sus arquitectos, así como de todo lo que he citado aquí, por lo que le ahorro al lector más pormenor”.
            No siempre nos lo ahorra, aunque también le gustan las elipsis. Divagando sobre restaurantes se refiere a “la memorable noche en que Cayetana concertó una cena con Savater, Isabel Preysler, Mirian, nosotros dos y Vargas Llosa, con el que el había contraído una de esas deudas que no se saldan con nada”.
            No nos dice cuál es esa deuda, pero si se trata de la que se menciona en el epílogo (donde se añaden más apuntes “que no cabían en otra parte”), el prólogo a su traducción del Quijote, pues tampoco parece que fuera para tanto.
            Para Trapiello, al contrario que para Mies Van der Rohe, menos no es más, sino que más es más, mucho más. Entre esos “retales” de la segunda parte incluye un “breve repertorio madrileño”, una especie de glosario que podría haber dado para un libro al estilo de otro de los suyos, El arca de las palabras. Y por si no fuera suficiente, como si quisiera caricaturizarse a sí mismo, al final copia todos los nombres de personas que viven o han pasado por Madrid y que figuran en sus agendas telefónicas: unos cuantos cientos.
            Pero quizá todos estos reparos se deban a un error de lectura por mi parte: Madrid es un libro de regalo, un espléndido regalo para estas fechas, y los libros de regalo no se leen de la primera a la última página, como he hecho yo, basta con picotear acá y allá y admirar las ilustraciones, variadas y bien seleccionadas, y que cuentan con precisos y a menudo muy literarios pies de foto del autor del volumen.



jueves, 29 de octubre de 2020

Diarista de alta gama

 

 

Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011)
Ignacio Peyró
Libros del Asteroide. Barcelona, 2020.

  

Entre los escritores de la derecha española, hay una cierta competencia por ver quién puede ser nuestro Chesterton, que puso todo su talento literario –y era mucho, y en todos los géneros-- en demostrarnos que nada hay más revolucionario que la tradición ni nada más heterodoxo que la ortodoxia, entre un sinfín de rutilantes paradojas.. Con muchas papeletas para ello cuenta Juan Manuel de Prada, aunque a mí me parece que se acomoda más el poeta Enrique García-Máiquez, menos apocalíptico y malhumorado. En Ignacio Peyró encontrarán un gran competidor. Nacido en 1980, siempre aparentó más edad. “Pareces de otra época” es un reproche está acostumbrado a oír , según nos indica en una de las anotaciones de Ya sentarás cabeza. Lo considera el mayor de los elogios en una época como la nuestra. Vaya por delante que Ya sentarás cabezas, que abarca seis años de su vida, los que van de 2006 a 2011, es un libro excepcional, el autorretrato de un personaje que a nadie dejará indiferente y la crónica de un tiempo reciente desde una óptica –la de la buena gente de derechas, la de los ricos de toda la vida-- a la que no estamos acostumbrados.

            Se subtitula “Cuando fuimos periodistas” (así, con plural mayestático) porque el autor, tras abandonar la empresa familiar, quiere probar fortuna en el periodismo. Comienza escribiendo reseñas en el ABC Cultural, de la mano de Fernando Rodríguez Lafuente, y termina en La Gaceta de “pluma para todo”, alternándola con otras publicaciones como El Confidencia Digital, para el que hizo de corresponsal en el Congreso, o la opusdeísta Alba. Para La Gaceta escribe noticias, un perfil internacional los domingos, “unos apuntes sobre restaurantes, el agitador y la doble página frívolo-intelectual de los sábados”. Aunque él procura dar gran importancia a la cultura –busca colaboraciones de los escritores que admira, comenzando por Valentí Puig, su maestro--,es consciente de que ese periódico (como los otros medios ligados a Intereconomía) “es solo carga dinamitera antizapaterista”.

            En Ya sentarás cabeza abundan, como no podía ser de otra manera, las ironías sobre los políticos socialistas del momento, comenzando por José Luis Rodríguez Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega, pero no son menos, acaso sean más, las que se dedican al otro bando. Pocos salen bien parados, quizá solo Rajoy, con el que luego iría a trabajar a Presidencia del Gobierno. Especialmente feroces son los cuatro trazos que dedica a Álvarez Cascos, al que cita con su propio nombre, y no con las iniciales que suele utilizar en otros casos: “Se hizo construir un cuarto, con cama de matrimonio, junto a su despacho. Fueron incontables las chicas de las juventudes que hizo pasar por allí”.

            No es el único personaje o personajillo vapuleado en estas páginas, pero ese aspecto de ácida crónica social, de chismoso amarillismo (que se va acentuando según pasan los años), no es lo más destacado del volumen. Las referencias al Opus, en cuyos medios periodísticos colaboró ampliamente, no son precisamente amables. De uno de sus compañeros en el periódico nos dice que es de los pocos que conoce que están en el Opus “sin que pensemos que es porque no tenían ningún otro sitio donde ir: durante años cogieron a los mejores –cuando España era un país católico--, pero ahora cogen lo que pueden”. Y termina la semblanza con una frase que dice mucho sobre los medios en que colaboró: “Cómo llegó este señor al alcantarillado del periodismo es cosa que sorprende, aunque me encanta la idea de que haya un hombre bueno en un lugar donde el que no es un hijoputa sueña con serlo”. Otro ejemplo: “Me veo con el chico que lleva ahora Nueva Revista. Opus sección ñoña. Los hacen a todos iguales: sonrientes, falsamente cálidos, con sus politos y sus náuticos, su manera de decir ‘joé, macho’ y casi siempre alguna banal fijación cultural, por lo general cinematográfica, joé, macho, es que Malick es un genio”. Con emoción y remordimiento, se evoca un episodio de bullyng vivido, como verdugo o cómplice, no como víctima, en el elitista colegio en que estudió: “Que era distinto se notaba en todo, en esas pequeñas diferencias que los pequeños hijos de puta, ya conscientes del estatus, agrandábamos: Julián no llevaba zapatillas Nike o Reebok, llevaba Yumas o Fer-Gar,. No llevaba los libros forados con arionfix, sino con papel de estraza. No llevaba plumas de marca, sino un anorak sesentero. Julián no tenía semana blanca. No repartía gominolas cuando era su cumpleaños y nadie le llevaba a ver el Madrid. Lo tratábamos como si oliera diferente, a un jabón más barato”.

            Espléndidas resultan la evocaciones autobiográficas, los retratos familiares, las historias de los compañeros de colegio, las notas de lectura, los crónicas de los viajes que unas veces realiza como periodista (a Guinea, acompañando a Moratinos) y otras simplemente porque a un amigo se le ha antojado celebrar su despedida de soltero en Las Vegas. Muy sugerentes resultan las páginas dedicadas a Palma, donde el azar le lleva a encontrarse en la calle con uno de los escritores que más admira, José Carlos Llop.

            Abundan los aforismos, en los que nunca se condesciende con la pretenciosa obviedad, y no faltan los pasajes que se podían incluir en una antología del poema en prosa. Mi favorito está al comienzo del libro, lleva el título de “Happy hour” y creo que no habría desdeñado firmarlo Jaime Gil de Biedma: “Ponte guapa, alma mía, que esta noche salimos a cenar: aféitate bien, deja ya de leer a Schopenhauer, échate la colonia esa que apesta a nectarina, ríe, sonríe, recibe todo como un don, ponte la camisa de triunfar y sácales un poco de brillo a los zapatos. Alma mía, este frío y estas luces son el mediodía de la vida, los años breves, coronados de pámpanos; tus mejores tardes y tus mejores páginas. Ríe, sonríe; no te preguntes por quién mezclan los gin-tonics: es por ti”.

            Al comentar la noticia de la muerte de Umbral, Peyró lo trata con cierta condescendencia, pero él tiene mucho de heredero del mejor Umbral: es capaz de escribir un ingenioso y rutilante artículo literario sobre cualquier tema, lo mismo sobre Julio Iglesias que sobre un restaurante del barrio de Lavapiés. Los restaurantes, por cierto, ocupan un lugar destacado en el libro. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida se titula tu anterior publicación y no cabe duda de que a Peyró le gusta comer bien y beber mejor y que sabe dónde hacerlo. Tampoco falta el elogio del tabaquismo, y parece que considera la prohibición de fumar en lugares públicos como una de las peores herencias del zapaterismo.

            El personaje que protagoniza Ya sentarás cabeza, con su clasismo que a veces no se esfuerza en disimular, irritará sin duda a muchos lectores. Una de sus grandes éxitos en el periodismo lo consiguió porque en un restaurante se puso a su lado “una mesa de notable del PSOE”; tuvo el oído atento y luego contó todo lo que hablaron, “con gráfico de los sitios incluido”. Fue su segunda noticia de apertura, según nos dice. Añade que lo que más le extrañó fue, no que se expresaran con tanta libertad en un lugar público, sino que “unos socialistas tan destacados vayan a cenar a un sitio de ese precio –Sushi 99 es muy caro-- en plena crisis”. Al lector lo que le sorprende es que el periodista Peyró, que en algún lugar se queja del retraso en ingresarle la nómina y en otro nos informa de que un jefe le “gratifica” con un sobre en el que hay un cheque regalo de El Corte Inglés, cene en tales lugares sin que le parezca necesario explicarlo.

            No es un personaje de una pieza Ignacio Peyró, actualmente director del Instituto Cervantes de Londres (el mejor destino para quien ha escrito esa prodigiosa enciclopedia de la cultura y la vida inglesas que es Pompa y circunstancias). Por eso Ya sentarás cabeza disgustará a los lectores más ortodoxos de uno y otro lado del espectro ideológico. “Lo bueno de ser un escritor conservador –ha escrito aplicándose a sí mismo la ironía, algo que hace con frecuencia-- es que los contrarios no te quieren y los tuyos te detestan”. A Peyró podrá no querérsele, podrá incluso detestársele por algunas de sus afirmaciones, pero lo que parece imposible es no admirarle. Ya sentarás cabeza, no importa si irregular y excesivo como toda buena miscelánea, lo sitúa en la primera fila de los diaristas contemporáneos.

martes, 20 de octubre de 2020

Que viene el lobo

 

Mudanza del isonauta
Jorge Riechmann
Tusquets. Barcelona, 2020.

“Voz que clama en el desierto” la de Jorge Riechmann, como la de las antiguos profetas bíblicos. En verso y prosa, no se cansa de avisarnos de la inminencia del fin del mundo. Mudanza del isonauta, que lleva por subtítulo “Enkráteia”, pretende ser una advertencia, otra más, contra los riesgos del cambio climático. Una de sus secciones se titula precisamente “Zarandeo a Walter Benjamin en la era del cambio climático”. A Riechmann parecen gustarle especialmente los títulos que contradicen las expectativas del lector de poesía: “Margaret Thatcher no pillaba los chistes” o “Leyendo los Grundrisse en el final de los tiempos”. También anota sus poemas como si fueran ensayos, incluso llega a copiar íntegro, al final de “Poder y no poder”, uno de los epílogos (el libro cuenta con casi media docena), un artículo de Esther Vivas acerca de Podemos aparecido en Público.es en 2014. En uno de los breves textos que integran cada una de las partes del libro, se pregunta el autor, consciente de la extrañeza de mucho lectores: “Esto no es / literatura / y quizá tampoco poesía. ¿Desde / dónde escribes entonces?”. Pero lo que escribe Riechmann podrá no ser poesía, pero siempre es literatura y casi siempre excelente literatura.

            Mudanza del isonauta pretende tener la eficacia de un panfleto, cambiar conciencias y conductas, hacer que la humanidad –o al menos el mundo occidental-- modifique su rumbo para evitar que dé un paso más en el abismo. Pero un panfleto, como cualquier intervención política, debe ser oportuno. Mudanza del isonauta no lo es. El ritmo lento de la colección de poesía en que aparece hace que unos poemas redactados antes de 2015, según se deduce de las referencias del autor, aparezcan el 2020, cuando el riesgo del cambio climático parece un problema menor, como todos los otros problemas, salvo uno. Jorge Riechmann nos advierte de un inminente fin del mundo cuando parece que nos encontramos ante otro fin del mundo –o al menos de nuestro mundo-- que ningún profeta vio venir. ¿Ninguno? A la posibilidad de esa amenaza imprecisa alude Riechmann: “No hay afueras / dijo Derrida / Solo espejos / que se reflejan en espejos / reflejados en otros espejos / ¿Y cuál será entonces a la postre / la Gran Pedrada que por fin rompa el juego / de la infinita Semiosis? / ¿El cénit del petróleo / el apocalipsis climático / o alguna gran pandemia?”

            Salvo en el prólogo y los epílogos, los poemas de Riechmann no llevan título, pero al final, entre paréntesis y en negrita, aparece lo que unas veces podría considerarse tal y otra es un comentario o una dedicatoria. “¿Y cuál será entonces la Gran Pedrada?”, se pregunta al final del texto copiado anteriormente. Después de tanto gritar “que viene el lobo, que viene el lobo”, como el pastor del cuento, parece que lo que vino fue una alimaña muy distinta y que, al intentar cazarla, se causaron bastante más destrozos de los que ella misma causó. Pero Mudanza del isonauta es algo más que una reiterada y más o menos ingeniosa y documentada jeremiada, algo más que un panfleto de dudosa eficacia fuera del círculo de los ya convencidos; es también el libro de un poeta, a ratos parece que a pesar suyo. Entre tanto sermón y tanto dato, de pronto nos encontramos con un texto como el siguiente: “Cae un copo de nieve sobre el agua / Una vida humana se deslíe / Hablo de un singular copo de nieve cuya estructura única bellísima se pierde / Una vida cae girando se funde se deshace se desdice / se apaga como el cuchicheo de una estrella”. En la anotación final, que podría ser el título, leemos: “Perseidas en la noche de agosto”. Riechmann ronda a menudo la esencialidad del haiku o escribe directamente haikus: “Silbo del viento, / zumbido de las moscas /--mente en silencio”.

            Denuncia, apuntes líricos y algo de libro de autoayuda encontramos en Mudanza del isonauta. La denuncia parece parodiarse a sí misma en uno de los poemas: “143 por ciento / es el incremento del dióxido de carbono atmosférico / con respecto a los niveles preindustriales / 254 por ciento / es el aumento del metano / Todos los años decimos que el tiempo se está agotando / declaró Michel Jarraud / director de la Organización Meteorológica Mundial / al presentar estos datos / Nos estamos adentrando en terreno desconocido / a una velocidad de vértigo dijo el mismo sujeto”. Pero en la habitual acotación final entre paréntesis nos indica: “datos de la OMM en 2015 referidos al año 1750”.

            Las anotaciones líricas buscan el minimalismo: “Olor a café / olor a pan tostado / olor a ti / mejor desayuno / que el que viene después”, “Agua en el agua… / Si el ego se disuelve, / qué transparencia”, “¿Construir pirámides / o tender la hamaca en tal rincón / y luego en aquel otro / sin dejar otro rastro que el del sueño en el bosque. Los aforismos esparcidos acá y allá (“qué difícil es ver lo que tenemos delante de los ojos”, “el sentido de la vida es vivirla”) no eluden la obviedad: “la comunicación humana está hecha de malentendidos”. En Jorge Riechmann el poeta está al servicio del militante y eso no favorece demasiado su poesía ni tampoco quizá la buena causa –salvar al mundo del capitalismo depredador-- que con tanto empeño defiende.

jueves, 15 de octubre de 2020

Hoy es ayer

 

José Carlos Llop: una conversación
Daniel Capó / Nadal Suau
Elba. Barcelona, 2020.
 

A cierta altura de la vida literaria, o de la vida simplemente, conviene hacer un algo en el camino y volver la vista atrás. José Carlos Llop (entonces Josep Carles Llop) comenzó como poeta con “De ‘Lápida e indicio en Fez”, una serie de poemas, muy en la línea del vanguardismo culturalista novísimo, publicados en 1976 en la revista Papeles de Son Armadans; luego se hizo diarista con La estación inmóvil (1990) y más tarde, tras publicar dos libros de relatos, novelista con El informa Stein (1995); desde muy pronto comenzó a colaborar en los periódicos y de esos artículos nos ofreció una muestra en Consulados fantasmas (1996). Unifica su obra -sea cual sea el género-- una inconfundible voluntad de estilo, un mundo a la vez muy antiguo y muy moderno, y un crecimiento en espiral en torno a unos pocos temas: la infancia, transcurrida como todas las infancias en un país que ya no existe, el País de Nunca Jamás; las perplejidades de la adolescencia; la genealogía familiar; una ciudad, Palma, de la que se ha convertido en el mejor cronista; una Mitteleuropa leída y soñada, de la que de algún modo se siente ciudadano; la nostalgia de una época, de una manera de vivir que quizá solo haya existido en la coloreada ficción de la memoria y la literatura.

            El punto de partida de la conversación que Daniel Capó y Nadal Suau mantienen con José Carlos Llop es la admiración y la gratitud. El escritor, bibliotecario de profesión, ha vivido siempre en Palma y allí ha ido levantando una obra a la vez muy local y muy universal. Los jóvenes escritores, cuando se cruzaban con su figura (“tan Modiano, tan Visconti”, escriben los entrevistadores) veían en él un modelo a seguir, un ejemplo que pronto se convertiría en generoso maestro.

            Una conversación es un libro muy literario, como todo lo que toca Llop (se adivina que las charlas transcritas han sido cuidadosamente reescritas); contiene páginas admirables: evocaciones de ciudades (París, Burdeos, Venecia), de escritores admirados (Connolly, Jünger, el olvidado Bernard Frank); del padre, que fue general y gobernador militar de Baleares, gran lector de la Biblia... También hay algo más: como en ningún otro lugar de la obra de Llop: la persona se asoma  con cierta frecuencia por detrás del literaturizado personaje.

            Nos hace sonreír una vanidad un tanto infantil que le lleva a referirnos una y otra vez sus grandes éxitos en Francia, donde todas sus novelas fueron traducidas y aclamadas por la prensa. Uno de los días más felices de su vida, según nos cuenta, fue aquel en que, invitado a París, se levantó temprano y compró Le Figaro en un kiosco del boulevard Saint-Germain: “Al abrirlo, yo estaba ahí, en una fotografía de un tercio de página, junto a un artículo que hablaba de una novela mía. Ya había ocurrido allí en otras ocasiones, pero yo no había estado allí en ese momento. Luego, por la noche, Le Monde recomendaba también mi novela. Si eso no se parece a la felicidad…”

            Si eso no se parece a la felicidad, pues sería el momento en que le contaron que Seamus Henay, al leer un poema de Llop traducido al inglés, dijo que le habría gustado escribirlo a él. O cuando uno de sus libros tuvo doce o trece ediciones en España, “donde fue finalista del Premio Nacional de la Crítica aquel año, inmediatamente después del libro que lo obtuvo” y además logró “un gran despliegue crítico” en su edición francesa, con una “Mention Spécial del jurado del Prix Mediterranée”. O cuando otro fue reseñado por Javier Goñi en El País. Parece que no escuchamos al autor, sino a su agente tratando de vender alguna de sus obras.

            Pero a José Carlos Llop –creador y recreador de mundos-- le perdonamos esas vanidosas pequeñeces, también que no se olvide de decirnos que considera su novela sobre la educación jesuítica superior a AMDG de Pérez de Ayala o que reproduzca la frase que le dirigió su mujer cuando una noche le vio entrar en el dormitorio procedente del estudio donde escribía los versos catalanes de Quartet: “Tienes la misma mirada de Zhivago en Yaríkino mientras escribe los poemas a Lara y cae la nieve”. Llop lo considera una de las mejores cosas que le hayan dicho nunca, el lector piensa que es una de las cosas más raras que una mujer haya dicho a su marido al verle entrar en el dormitorio.

            El libro admite una lectura psicoanalítica en la que no vamos a entrar y que explicaría, tras su “rebelión” en la Barcelona de los setenta y primeros ochenta (fue allí un estudiante desaplicado que no desdeñó las incursiones psicodélicas del momento), el “regreso al orden” y la obsesión por el éxito, que acabó llegándole a través de Francia, gracias a excelentes agentes literarios, a los que no deja de mostrar su gratitud.

            El personaje creado por los poemas, las notas de diario, la prosa narrativa de Llop (tan sugerente y deslumbrante como el mejor poema) tiene que ver con la persona del escritor, pero a la vez es una construcción imaginaria. ¿Nos defrauda la persona que está detrás y que de vez en cuando se asoma a las páginas de Una conversación? En absoluto. Vanidades y contradicciones le humanizan: dice rechazar “la vida literaria” y, sin embargo, nos da a entender que lo mejor de su vida de adulto ha sido precisamente la vida literaria, las becas, invitaciones, presentaciones que le han llevado a descubrir Burdeos y Beirut, a encontrarse con Modiano y con tantos nombres admirados.

            Humano, demasiado humano se nos muestra Llop en unas páginas a las que no les habrían venido mal unas gotas de autocrítica: arremete contra el mito catalanista de 1714, culpa a las redes sociales de la decadencia contemporánea, repite que ya no se puede escribir nada serio por culpa de la tiranía de los 148 caracteres, afirma que los críticos franceses aman la literatura mientras que los españoles solo se aman a sí mismos… “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, habría que repetir una vez más con Hölderlin. Las opiniones particulares de Llop interesan bastante menos que su espléndida literatura.



jueves, 8 de octubre de 2020

Esclava y musa

Valor, agravio y mujer
Ana Caro de Mallén
Edición y prólogo Ana M. Rodríguez-Rodríguez
Instituto Cervantes/ Los galeotes de Almagro. Madrid, 2020. 

El pasado se lee desde el presente. Es el interés actual el que ilumina y saca del olvido a las figuras de otro tiempo. Ana Caro de Mallén, una anécdota en la literatura del Siglo de Oro, una nota a pie de página –o ni siquiera eso-- en los manuales, concita cada vez mayor interés. Fue esclava (en la católica España imperial había niños esclavos) y “décima musa”. Al ser bautizada –en 1601, había nacido algunos años antes--, era esclava de Gabriel Mallén, según consta en los registros eclesiásticos. Luego sería adoptada y desarrollaría una insólita trayectoria en el mundo de las letras, hasta llegar a convertirse en la primera escritora profesional de la literatura española. Escribió, por encargo y bien pagadas, crónicas en verso de fiestas oficiales, formó parte de diversas academias, estrenó diversas obras teatrales, los escritores de su tiempo le dedicaron abundantes elogios, entre ellos el habitual de “decima musa”.

            Su vida –de la que todavía se sabe más bien poco y en la que abundan las conjeturas—parece una novela y en una novela, Amar tanta belleza, la convirtió Herminia Luque, centrándose sobre todo en su relación de amorosa amistad con María de Zayas, la más famosa escritora de su tiempo, pero no la menos misteriosa: Rosa Navarro Durán aventura razonadamente que quizá no fuera una mujer, sino un heterónimo de Castillo Solórzano.

            Desatendida durante siglos, Ana Caro de Mallén es hoy una de las escritoras más estudiadas por la nueva crítica feminista. De las dos obras teatrales que de ella se conservan, se reedita ahora la que lleva un título que vale por toda una proclama: Valor, agravio y mujer. Al contrario que las “relaciones” publicadas en vida por la autora, que hoy se leen con esfuerzo y son mera arqueología, esta “comedia nueva”, en la estela de Lope de Vega, tiene encanto y brío. Si pasamos por alto las convenciones del género –esa mujer que se disfraza de hombre, esos personajes que tan fácilmente se hacen pasar por otros--, encontramos en ella rasgos de insólita modernidad. Seguramente vemos hoy en la obra lo que ni su autora ni los espectadores de entonces vieron –una relación lesbiana--, aunque quizá también ellos intuían lo que estaba en la realidad pero no podía verbalizarse.

            Esta nueva edición de Valor, agravio y mujer –hay otra de 1993 en la editorial Castalia-- está a cargo de Ana M. Rodríguez-Rodríguez, quien nos ofrece un prólogo que resume lo que sabemos de la autora y una anotación que quizá peca de escolar. En el prólogo, se nos indican como obras conservadas de Ana Caro de Mallén algunos autos sacramentales de los que, por lo que sabemos, solo se conservan los títulos. Se describen los manuscritos que se conservan de Valor, agravio y mujer, pero no se habla de las ediciones realizadas en vida o en la época de la autora. Se repite el tópico de que, si conservamos solo una mínima parte de la obra de la autora, ello se debe a que, al morir de peste en 1646, fueron quemados sus papeles. Pero si estrenó con éxito  numerosas obras y fue incluida “en las compilaciones de comedias realizadas por particulares en el siglo XVII, al lado de nombres como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Juan Ruiz de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz, etc.”, no es posible que desaparecieran con la limpieza del domicilio tras su muerte. Todavía los archivos pueden reservarnos alguna sorpresa.

            A la hora de anotar un texto, debe tenerse en cuenta para el público al que está destinado. Ana M. Rodríguez-Rodríguez parece dirigirse a un público que ignora quién fue Góngora y por eso cuando en la obra, entre los cordobeses ilustres, se menciona a “don Luis de Góngora” ella anota: ”Luis de Góngora: autor cordobés (1561-1627), probablemente el mejor poeta español del Siglo de Oro (con permiso de don Francisco de Quevedo)”. A una información redundante añade una opinión que no viene a cuento. ¿Se imaginaría Ana M. Rodríguez-Rodríguez que va a leer a Ana Caro de Mallén alguien que ignora quién fue Góngora? Da la impresión de que en ciertas ediciones académicas, o más bien escolares, las notas se ponen no por necesidad, sino siguiendo una heredada rutina. Abundan las notas del estilo de “Camila: vid. supra”, “las espadas negras: vid. supra”, “Luis de Narváez: vid. supra”. ¿Qué sentido tiene anotar que unos términos ya los ha explicado anteriormente? Si el lector, recuerda la explicación, no hay problema, pero si no la recuerda, ¿a qué pedirle que busque y rebusque en las páginas anteriores hasta encontrarla? ¿No sería mejor indicar la página dónde está explicado el término o repetir la aclaración si no es muy extensa?

            En el primer acto de Valor, agravio y mujer nos sorprende un extenso elogio de la ciudad de Córdoba: tras retóricos elogios (“claro archivo de la ciencia, / epílogo del valor / y centro de la nobleza”), se hace recuento de sus hombres ilustres para que el interlocutor, y los oyentes, adivinen de qué ciudad se trata. El último en ser citado es un poeta que había muerto un año antes de que Ana Caro publicara su primera obra: “Mas porque de una vez sepas / cuál es mi patria, nació  / don Luis de Góngora en ella . / raro prodigio del orbe / que la lengua castellana / enriqueció con su ingenio, / frasis, dulzura, agudeza”.

            Este encomio de Córdoba parece indicarnos que la obra se estrenó en esa ciudad, aunque nada se sabe de las representaciones de Valor, agravio y mujer. En cualquier caso, llama la atención –aunque el prólogo no se refiere a ello-- el elogio de un poeta contemporáneo con fama de difícil, algo poco frecuente en las comedias de la época. No es el único rasgo de modernidad –no escasean las referencias metaliterarias--- de esta obra excepcional en la que se defiende la literatura escrita por mujeres y es una mujer la protagonista y quien mueve los hilos de la trama.

            Con ojos de hoy, vemos en la literatura de ayer rasgos que habían pasado inadvertidos y traemos a primer plano nombres de interés –a menudo femeninos, y no por intentar ser “políticamente correctos”-- que la incuria y el prejuicio habían traspapelado.

jueves, 1 de octubre de 2020

Una de los grandes

 

Antología poética
Edna St. Vincent Millay
Traducción de Ana Mata Buil
Lumen. Barcelona, 2020

“Poeta, por ser claro no se es mejor poeta; / por oscuro, poeta, no lo olvides, tampoco”, escribió Rafael Alberti. Pero cada una de esas maneras de ser poeta tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El poeta oscuro, el que necesita escolios y exégesis, es el favorito de los estudiosos y le resulta más fácil encontrar un sitio en la historia de la literatura; al poeta claro, al que no necesita intermediarios para llegar al corazón de los lectores, le resulta más difícil, y a veces casi imposible, ser tomado en serio por los críticos.

            Eliot, el Eliot de La tierra baldía, puede ser considerado ejemplo del primer tipo; Edna St. Vincent Millay, la poeta más popular en la Norteamérica de los años veinte y treinta, del segundo. A su temprana fama contribuyó sin duda el personaje: una mujer joven que representaba el nuevo tipo de feminidad en el mundo enfebrecido y cambiante surgido tras la Gran Guerra.

            En contraste con la renovación poética de Eliot, Pound, Wallace Stevens o William Carlos Willians, una mujer que escribía sonetos y baladas, que hablaba impúdicamente de sus amantes, parecía una figura menor y su popularidad producto de la moda. Algo, bastante, de misoginia había también en el mirar por encima del hombro a Edna St. Vincent Millay, a pesar de sus reconocimientos y sus innegables méritos. Ana Mata Buil cita en el prólogo a la espléndida antología que le ha dedicado una frase de Eliot: “Me esfuerzo por mantener la escritura en manos masculinas porque desconfío de lo femenino en literatura”.

            Pero todas las razones extraliterarias que, desde los años cuarenta y tras su temprana muerte en 1950 (había nacido en 1892), habían contribuido a la postergación de la poeta hacen hoy de ella una figura especialmente atractiva. La lectura de esta Antología poética convencerá a los más escépticos de que este renovado interés no se trata de una ocasional moda. Hay en ella una verdad y una maestría que no han envejecido, junto a un puñado de poemas que nos cortan el aliento.

            Ana María Buil conoce bien la figura de Edna St. Vincent Millay (le dedicó su tesis doctoral) y tiene ideas muy claras sobre lo que debe ser la traducción poética: han de respetarse cuanto sea posible los elementos formales, el ritmo e incluso la rima del original. A veces, debido a la connotación de las palabras, no traduce literalmente, busca otro término que en español tenga idénticas connotaciones. Pide por ello que no sea lea el volumen saltando de la versión al original y del original a la versión, como suele ser habitual en las ediciones bilingües: la traducción de un poema requiere atención plena, como cualquier texto literario.

            A veces, como no podía ser de otra manera, la traducción parece solo el borrado de un poema, pero no escasean los poemas memorables que funcionan en español como si se hubieran escrito en esa lengua. Cito algunos: “Primavera”, “Lamento”, “Árboles de ciudad”, “Elegía antes de la muerte” o “Hasta que se consuma el cigarrillo”. de Segundo abril (1921). Resulta curioso comparar “Elegía antes de la muerte” con “El viaje definitivo” (“Y yo me iré, Y se quedarán los pájaros cantando”), de Juan Ramón Jiménez. Dos maneras distintas de tratar idéntico tema sin que ninguno de esos poemas desmerece ante el otro. “Hasta que se consuma el cigarrillo” es un soneto y muestra bien cómo esa estrofa que tanto se presta al sonsonete consabido es capaz de adquirir en mano de Edna Millay –que la cultivó toda su vida-- resonancias nuevas.

            La “Balada de la hilandera del arpa” es otro ejemplo de cómo no es necesaria la innovación formal para conseguir poemas que sean algo más que recreación arqueológica de la poesía tradicional. Ana María Buil ha conseguido el prodigio de que la musicalidad de esa conmovedora balada no se pierda en español.

            No era menor la maestría de Edna Millay en el verso libre, como demuestra “Que nunca se recoja el fruto” y tantos otros poemas.

            Bastaría el “Canto fúnebre sin música”, incluido en El ciervo en la nieve (1928), para que Edna Millay tuviera un lugar en cualquier antología de la poesía universal. Pocas veces se ha escrito una elegía tan escuetamente conmovedora.

            En la vida de la poeta, hubo dos vidas y ambas dejaron huella en su poesía. Corresponde la primera a los años vividos en el neoyorquino Greenwich Village, a la bohemia y un tanto escandalosa juventud, a los impúdicos –para la época-- poemas de amor y a los desenfadados epigramas, como “First fig”, “Primer higo” (el título alude a una cita bíblica), que Buil traduce como “Primer fruto”. En la segunda etapa, casada con el político Eugen Boissevain, residió en Steepletop, una granja cerca de Austerlitz, en el estado de Nueva York, hoy dedicada a su memoria, y la naturaleza –y el compromiso político-- adquirieron nueva presencia en su obra.

            Algunos de los poemas políticos de Edna Millay pueden resultar circunstanciales estar demasiado ligados a determinadas circunstancias históricas. No es el caso de “Apóstrofe al hombre” o de “Objetor de conciencia”, incluidos ambos en Vino de estas uvas (1934), escritos ambos cuando la perspectiva de otra guerra se iba haciendo más y más evidente y que siendo tan vigentes ahora como entonces. De estilo muy distinto es “El cervatillo”, incluido en el mismo libro.

            Hablamos de dos épocas, pero Edna Millay fue siempre una poeta plural, atenta a los grandes temas, el amor y la muerte, al tiempo circular de la naturaleza y a las turbulencias de la historia. Desde muy joven –desde que se dio a conocer en 1912 con el poema “Renacer”-- demostró su virtuosismo en todos los resortes de la escritura poética, pero nunca quiso hacer exhibición de ello: escribía para llegar directamente al corazón y a la inteligencia de los lectores. Y sigue llegando.

            Cito un poema más, en esta antología de la antología preparada por Ana Mata Buil: “Gorriones (Washington Square)”, descripción de un amanecer neoyorquino, un minimalista canto de amor a la ciudad.

            Edna St. Vincent Millay fue todo un personaje, pero fue también algo más: uno de los nombres fundamentales de la poesía contemporánea. Muchos de sus poemas siguen tan vivos y heridores hoy como en el momento en que fueron escritos, y no solo en el original sino también en esta traducción al español gracias al buen hacer de María Mata Buil.  

jueves, 24 de septiembre de 2020

Música vista

 


Escrito en el aire. Aforismos, 1975-1995 
Ángel Crespo 
Edición y prólogo de Manuel Neila 
Apeadero de Aforistas / Thémata, Sevilla, 2020. 

No cabe duda de que Ángel Crespo fue un escritor excesivo. Sus publicaciones darían para nutrir la bibliografía de media docena de autores. Comenzó a divulgar la obra de Fernando Pessoa ya en los años cincuenta, antes que nadie, pero no se limito a ser un traductor del creador de los heterónimos, sino que le dedicó estudios fundamentales y con su edición y organización contribuyó al éxito de El libro del desasosiego. También Eugénio de Andrade, tan influyente en la poesía española, tuvo en Ángel Crespo su primer embajador. Y junto a la poesía de lengua portuguesa, otras muchas, entre las que destaca la poesía italiana, con la traducción de La divina comedia como más laureada labor.

            Traductor infatigable, estudioso ejemplar, Ángel Crespo era ante todo poeta, con una primera etapa en la que dio un toque personal a la poesía realista y comprometida de los años cincuenta. Se inició en el postismo y nunca olvidó las enseñanzas de la vanguardia. Como tantos otros poetas de su generación, a mediados de los años sesenta entró en un período de silencio, Fue una crisis estética acompañada de un cambio vital. La asfixia del franquismo le llevó al exilio. En Puerto Rico se convirtió en profesor universitario de literatura (en España habría sido imposible: era licenciado en Derecho). Cuando volvió, ya con la democracia, el clima estético y vital era otro. Su poesía, mágica y mítica, en constante metamorfosis, enlazaba con la revolución novísima, aunque sin caer nunca en pedantescos excesos culturalistas ni cultivar la gratuita “destrucción” del lenguaje.

            La muerte de Ángel Crespo en 1995, no interrumpió su presencia ni sus publicaciones. Pilar Gómez Bedate, constante colaboradora, fue dando a luz una importante obra inédita. Ahora Manuel Neila, cultivador y estudioso del género, recopila por primera vez en un volumen los aforismos completos de Ángel Crespo. En vida publicó dos breves volúmenes, Con el tiempo, contra el tiempo (1978) y La invisible luz (1981), ambos aparecidos en El toro de barro, la colección de poesía que dirigía en un pueblo de Cuenca, Carboneras de Guadazaón, uno de sus compañeros de la aventura postista, el poeta Carlos de la Rica, una especie de Jean Cocteau manchego. A esas dos colecciones, les añadió otra al reproducirlas en El ave en su aire, recopilación de la poesía escrita entre 1975 y 1984. Pilar Gómez Bedate publicó en 1998 los inéditos de La puerta entornada.

            Los aforismos, convertidos en moda, son rechazados hoy por bastantes lectores. Raro es el poeta que no publica –hay varias colecciones dedicadas exclusivamente a ellos-- su colección de peregrinas ocurrencias, a menudo meras banalidades, y más raro todavía el que no insiste con volúmenes igualmente intercambiables. Ángel Crespo representa otra manera de entender el género. Escrito en el aire, que es el título que quiso dar a sus aforismos completos al incluirlos en una recopilación de su poesía, sorprenderán a la mayoría de los lectores. Agrupados en breves series, con título propio (a menudo reiterado), oscilan entre el género reflexivo y el poema en prosa que insiste en la sinestesia y en las sorprendentes comparaciones. Copio el comienzo de “Música vista”: “Beethoven: púrpura, añil y oro; Schubert: azul y granate; Schumann; violeta y negro brillante”. Todas las series dedicadas a la música se alejan de lo convencional: “Frescobaldi escribía desde lo alto del retablo del altar mayor; Correa de Arauxo, del lado de la epístola; Vitoria, en el confesionario; Perosi… entre concilio y concilio vaticano”.  No menos imaginativas y brillantes resultan las series de aforismos dedicadas a los escritores. La titulada “Medios de locomoción” dice así: “El duque de Rivas escribía en calesa. Espronceda, a caballo. Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música. Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un pura sangre. Núñez de Arce, en un tren de cercanías”.

            Hay otros aforismos de formato más habitual (generalmente con el título de “Para un arte poética” o “Decires”), pero nunca se incurre en lo obvio ni en la fácil moraleja. Ángel Crespo gusta de darle la vuelta al sentido común, de mostrarnos el revés de la realidad. Como estudioso y como creador, con los años fue acrecentando su interés por el ocultismo y los márgenes de la realidad. Su continuo afán de metamorfosis, lo explica en alguna anotación: “Estuve a punto de romper el poema recién hecho cuando me di cuenta de que se parecía demasiado a la poesía de alguien. Cuando comprendí que era a la mía, lo rompí”. Y su incansable dedicación a la crítica y a la traducción en otra: “Ser generoso: dedicar un día a nuestra obra y una semana a la de los demás, que no es obra ajena”.

            A Manuel Neila hay que agradecer que haya puesto en circulación la un tanto olvidada labor aforística de Ángel Crespo. Si algún reparo se le podría poner como estudioso y editor es que gusta más de las discutibles afirmaciones generales (habla de la “máxima neoclásica” a propósito de La Rochefoucauld) que del cuidado del detalle: los aforismos de Con el tiempo, contra el tiempo, publicado en 1978, no se escribieron entre 1975 y 1984, como reiteradamente señala, y entre las “ediciones de poesía”  no pueden incluirse ni las Cartas a Eugénio de Andrade ni Guerra en España, aunque el error no sea exclusivamente suyo: lo copia de la bibliografía incluida en El ave en su aire. Pero estos reparos menores no disminuyen el interés del volumen ni el mérito del benemérito estudioso del aforismo.

           

jueves, 17 de septiembre de 2020

Descenso y gloria

 


La hora del jardín
José Luis Parra
Selección y prólogo de Susana Benet
Renacimiento. Sevilla, 2020. 

Un libro póstumo de un poeta que en vida publicó ampliamente, como es el caso de José Luis Parra (1944-2012), suele tener un interés menor, no pasar de simple curiosidad para los lectores más fieles. Y si los papeles inéditos caen en manos de lo que se ha dado en llamar “un académico”, esto es, un profesor universitario, el resultado puede constituir un ilegible y filológico desastre: los borradores no se distinguirán de los poemas acabados, en nota se nos indicarán las palabras tachadas y entre corchetes la coma o tilde que el editor ha creído conveniente añadir.

             Afortunadamente, no es el caso de La hora del jardín, que ha contado con la colaboración de una poeta, Susana Benet, muy cercana vital y literariamente a José Luis Parra. Ella guardaba los inéditos, ella los organizó, ella puso título –tomado de uno de los poemas-- al conjunto. Parra era muy consciente de que un libro de poemas es algo más que una reunión de poemas, aunque estos puedan y deban funcionar autónomamente. En el prólogo, cita Susana Benet una conferencia de Parra en la que este comparaba la organización de un libro al montaje cinematográfico: a veces hay que sacrificar poemas que chirrían en el conjunto final y, según los organicemos, el libro tendrá uno u otro sentido.

            Los poemas de La hora del jardín se escribieron entre 1997 y 2012, durante los últimos quince años de la vida del poeta. Hay algún texto menor, como el muy explícitamente titulado “Divertimento”, pero el conjunto está lleno de piezas memorables.

            José Luis Parra dedicó su vida, aparentemente, a la autodestrucción, como los bohemios finiseculares, pero en realidad a la amistad, al amor, a la poesía y a la indagación sobre el sentido de la existencia. En uno de los poemas se considera “De la estirpe de Pessoa”, según indica el título: “Soy uno y soy multitud. / Quiero vivir, quiero morir. / No: no quiero vivir, ni tampoco morir. / No puedo renunciar ni al Todo ni a la Nada. / Ser y no ser al mismo tiempo. / He aquí el auténtico problema”.

            Su pesimismo, presente en tantos poemas (baste el memorable ejemplo de “Nochebuena 2009”), trasciende la anécdota biográfica (“Has dedicado / tu vida a destrozarla”, comienza uno de los textos), es el pesimismo del ser humano concebido como “ser para la muerte”. Pocos poetas han sabido expresar ese hecho con tanta verdad y tanta desolación. E incluso con humor, como en “Buen provecho”: “Dejemos que la vida nos cocine / a fuego lento / y no nos queme. / Si somos un menú para la muerte / que encuentre nuestra mesa dispuesta y ordenada, / servidos y en su punto / el orgullo, la entereza, / y venga cuando quiera la bulímica insaciable / y nos engulla y se enriquezca”.

            Pero hay también en el libro espléndidos poemas de amor. El más original de ellos –aunque la originalidad no siempre pueda considerarse una virtud-- es el titulado “Transfundido”: el autoerotismo como la culminación del amor compartido. Y una vocación de felicidad a pesar de todo, un “carpe diem” que se atiene a los pequeños detalles cotidianos.

Memorable es el poema “El vaso de agua”, un tema que ha tentado a tantos poetas –hay incluso una antología sobre él--, y al que Parra sabe darle su toque habitual de cotidianidad y magia: “El vaso de agua fresca, / bebido con fervor poco antes de acostarme, / guarda la luna inocente de una terraza, / los grillos del verano, / un rocío pequeño, una acendrada luz… / Que en los turbios descensos de la noche, / en su opaca corriente, / esta sábana leve de manantial murmullo / preserve mi equipaje / de claridad, / mi sed de transparencia”.           

            Otro poema, “Plenitud otoñal”, contrapone la “amarga decadencia” de la que dan fe tantos textos, a la “corriente viva”, a la “enigmática claridad” de la que es símbolo el rumor del agua “entre el verdor enmarañado, umbrío / de unas peñas”.

            Poeta de la desolación José Luis Parra, pero también de la salvación por el amor y la belleza del mundo, a la que basta para mostrarse “un buen día de sol / en pleno invierno” o la “brisa de primavera / y sol sobre las mesas / anaranjadas, / vacías, / en la terraza acogedora / de un bar”.

            La hora del jardín es un libro de José Luis Parra, uno de los más secretos y vivos poetas de su generación (una generación bifronte: es la de Pere Gimferrer y la de Eloy Sánchez Rosillo), al que, sin necesidad de añadirle una línea, le ha dado el último toque Susana Benet, uno de los nombres esenciales de la poesía de hoy y también, por la muestra, editora ejemplar.

           

jueves, 10 de septiembre de 2020

Cara y cruz de González-Ruano



César González-Ruano en blanco y negro
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2020.
  
De César González-Ruano, quizá el más conocido de los escritores de su tiempo, nos interesa menos su literatura, con ser esta nada desdeñable, que el personaje. A la manera de sus émulos Camilo José Cela y Francisco Umbral –y en la estela del gran maestro, Salvador Dalí-- cultivaba el escándalo como la más rentable forma de autopropaganda en la hipócrita sociedad franquista. Ningún escrúpulo moral le detenía ante la posibilidad de hacer caja, aunque luego despilfarrara –hablo de González-Ruano, no de los otros-- en un día lo que había conseguido el día anterior.
            En las distancias cortas del periodismo, González-Ruano, que no acababa de dar la talla en la novela o en la poesía, carecía de rival. También en los escritos autobiográficos o en los retratos al minuto de los escritores con los que había convivido o simplemente conocido de refilón. Era maestro en el arte, inventado por Juan Ramón, de la caricatura lírica y feroz.
            Marino Gómez-Santos, otro escritor que es también un personaje, nada más llegar a Madrid dispuesto a abrirse camino en el mundo literario –su primera parada fue, como no podía ser de otra manera, el café Gijón--, se convirtió en el discípulo predilecto de César González-Ruano. La amistad terminó, por esos malentendidos y rivalidades propios entre escritores, a finales de los cincuenta. Ahora, cumplidos o a punto de cumplir sus noventa años, Gómez-Santos le rinde un homenaje que algo tiene de ajuste de cuentas.
            El libro se basa en varias fuentes: las muchas páginas que anteriormente le dedicó, como no podía ser de otra manera (en especial la entrevista, de 1957, recopilada en Españoles en órbita: la versión rosa de lo que ahora nos cuenta en blanco y negro); los recuerdos de la mujer del escritor, Esperanza Ruiz-Crespo, y de su primera hija, con las que Gómez-Santos tuvo trato; diversos epistolarios, hasta ahora inéditos, el más importante de los cuáles es el intercambiado con Gregorio Marañón.
            Deja fuera Gómez-Santos lo que más nos interesa hoy de la vida de González-Ruano, el agujero negro de su biografía: “No trataré de investigar su vida en París, por falta de pruebas y para no incurrir en los despropósitos de aquellos que lo han intentado sin lograr más que vanas divagaciones”.
En el París ocupado, González-Ruano traficó en el mercado negro (llegaría a ser detenido por la Gestapo),  se aprovechó de la situación vulnerable de los judíos y hasta es posible que se dedicara a denunciar a los que antes había saqueado. Un libro de Rosa Sala Rose y Placid García-Planas, El marqués y la esvástica, se ocupa de estas cuestiones que a Gómez-Santos no parecen preocuparle demasiado. También se alude de pasada a ciertos negocios del escritor en la España franquista, como los permisos que se le concedían para la importación de coches extranjeros, que luego de inmediato revendía, y que le sirvieron para mantener el palacio que le regalaron en Cuenca para que promocionara la ciudad.
            Marino Gómez-Santos prefiere centrarse en otras cuestiones, como las referidas a la vida sexual del personaje (insinúa que era menos don Juan que voyerista Onán, al menos en sus últimos años), o a sus trapacerías de escritor.
            Aunque algo descacharrado y necesitado de una revisión, el libro de Gómez-Santos se lee con el mismo gusto y provecho que una buena novela picaresca. Cierto que algunas de las anécdotas de la vida bohemia que nos cuenta son un poco de aluvión y circulan por ahí atribuidas a diversos personajes. La que se cuenta en las páginas 38-40, por ejemplo, atribuida a Manuel Bueno en otros lugares aparece protagonizada por Gómez-Carrillo, otro periodista brillante y sin escrúpulos.
            En varios capítulos se refiere Gómez-Santos a las entrevistas de González-Ruano, que fueron el modelo de las que a él pronto le harían famoso. Reunió las primeras en Caras, caretas y carotas, un libro de 1930, y las últimas en Las palabras quedan, de 1957. Gómez-Santos parece haber olvidado la existencia de este último volumen, ya que no lo menciona ni una sola vez y en cambio escribe: “No alcanzó a pensar entonces, aunque tenía muy desarrollado el instinto para obtener el mayor fruto posible de cuando escribía, la posibilidad de publicar una antología de los retratos literarios, extraídos de sus ‘Conversaciones’ de Arriba, todos muy afortunados”.
            A algunas de esas entrevistas, realizadas entre 1952 y 1955, le acompañó Gómez-Santos como escudero o aprendiz y ahora, tantos años después, aprovecha para desvelarnos algunos secretos de taller: la entrevista con Gregory Peck, a quien apenas pudieron saludar en el hotel Fénix, es totalmente inventada (y no por eso deja de ser una excelente entrevista).
            El libro termina con la paradoja de que fuera un antiguo futbolista, Miguel Pardeza, quien le rescatara del olvida y recopilara en monumentales volúmenes, gracias a la fundación Mapfre, todos los artículos dispersos del escritor. El último capítulo de esa historia póstuma, la damnatio memoriae, el borrado de su nombre de una fundación, un premio y una calle no parece haber llegado al conocimiento de Gómez-Santos.
            Se ha borrado de muchos lugares el nombre de González-Ruano, pero no se le puede borrar de la historia de la literatura, en la que ocupa un sitio cierto y mayor, aunque sea en un género tradicionalmente considerado menor.
            Ajuste de cuentas con quien fue su maestro, y a quien pronto creyó superar (y quizá superó en el arte de la entrevista extensa y bien argumentada y documentada, un arte en el que Gómez-Santos carece de rival), este libro tiene también mucho de autorretrato. La imagen final que nos deja de González-Ruano se resume en un verso de Antonio Machado: “tal un imán que al atraer repele”. Y viceversa.