martes, 25 de junio de 2024

Benet y el síndrome de Diógenes

 

El plural es una lata
Biografía de Juan Benet
J. Benito Fernández
Renacimiento. Sevilla, 2024.

El autor de esta primera biografía de Juan Benet tiene una de las principales cualidades necesarias para ser un buen biógrafo, pero le falta otra, no menos esencial. Recopila con minuciosidad, y sin importarle el tiempo que dedica a ello, toda la información posible, pero luego no parece saber qué hacer con ella, salvo acumularla por orden cronológico sin discriminar lo importante de lo trivial.

Es un biógrafo con síndrome de Diógenes. Si por él fuera, nos enumeraría todas las veces que Juan Benet comió fuera de casa, en qué restaurante lo hizo y quiénes fueron sus acompañantes. “Cena con Sarrión y Chamorro con la consecuente cogorza ciclópea”, nos dice a propósito del 17 de enero de 1977.

            No distingue J. Benito Fernández entre los datos contrastados de interés y los chismes que le cuentan, algunos de los cuáles no solo afectan al biografiado, sino también a terceras personas. A propósito de la infidelidad de su segunda mujer (las relaciones amorosas de Benet fueron múltiples –“esposas de diplomáticos, periodistas, escritoras, actrices, secretarias, profesoras, camareras, ociosas de apellidos célebres”, enumera el biógrafo, pero solo se casó dos veces), escribe: “Blanca tuvo dos encuentros con Calasso en un hotel de Madrid, uno en Estambul, otro en París, un último en Milán cuando la poeta salió de su domicilio para ir a verle”. Dejemos de lado la enigmática frase final (¿es que en los otros encuentros no salió de su domicilio?), pero ¿cómo puede el biógrafo conocer la cuenta exacta de citas y lugares? Al parecer, se lo contó una amiga de la esposa infiel, más que amiga detective privado.

            El plural es una lata no pretende ser una hagiografía y por eso abundan las anécdotas que no dejan a Benet en buen lugar. Estudiante de bachillerato, entabla amistad con Alberto Machimbarrena Romacho, perteneciente a una conocida familia donostiarra: “Juan y Alberto pronto llevan a cabo todo tipo de fechorías: mediante una colecta, entre ambos reúnen un dinero con el que pagar a un sicario para deshacerse de un seglar que les lleva cada jueves por el Paseo Nuevo, junto a la bahía. Tienen idea de arrojarlo al mar. Un pescador aceptó la misión y cobró una cantidad, pero cuando volvieron a pasar por allí el hombre de mar miró impasible al profesor, sin intentar la más mínima maniobra, con el consiguiente desengaño de los mozalbetes”. Ya madurito, en 1981, “chantajeaba a su madre para conseguir algún dinerillo”. Al parecer le decía que “si no le daba cinco mil pesetas, en breve sacaría un artículo en el periódico contra su primo Fernando Chueca Goitia”. En ninguno de estos dos casos se nos explicita la fuente de información, que podía ser tan poco precisa como la que también anónimamente le informó que, en 1958, cuando vivía en Oviedo, Benet “se hace cliente habitual de la librería Anticuaria, junto a los Jardines del Campillín”, una librería fundada, por cierto, en 1972. Y en otro orden de cosas, ¿en qué se basará para escribir que, en 1947, “no es extraño ver en las cunetas y en los caminos cadáveres de labradores desbaratados por las torturas”?

            Naturalmente, como no podía ser de otra manera, el aplicado Diógenes que es J. Benito Fernández ha recopilado múltiples datos de interés sobre Juan Benet --ingeniero, escritor, bon vivant-- y sobre la España que le tocó vivir. Quienes admiran a Juan Benet, no sé si encontrarán muchas razones para seguir admirándole, pero a quienes le detestan no les faltarán abundantes motivos para seguir haciéndolo. Aquí está su defensa de los campos de concentración a propósito de unas declaraciones de Solzhenitsyn en la televisión española de 1976, palabras no improvisadas, sino cuidadosamente redactadas en un artículo de la revista paradójicamente titulada Cuadernos para el Diálogo. El biógrafo apostilla: “muchos militantes de izquierda tienen su misma opinión”.

            Benet tiene “bufones fijos”, según señala el biógrafo, es impertinente con los periodistas, presentadores y autores presentados y a la vez tiene muy buenas relaciones con el poder, especialmente durante los años de gobierno socialista: el presidente del gobierno duerme alguna vez en su casa de campo y él comparte alojamiento veraniego con el presidente. Se pone a su servicio cuando la campaña del referéndum de la OTAN.

La empresa de la construcción de la que Benet era ingeniero y alto cargo realizaba obras en el extranjero y parece que, para conseguirlas, de vez en cuando recurrían al soborno. Como consecuencia, detuvieron en Argel a un delegado de la empresa: “Juan Benet se movilizó apresuradamente y pidió ayuda al ministro Javier Solana, quien le recomendó ver al vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, de muy buenas relaciones con los dirigentes del Frente de Liberación Nacional argelino”. Guerra le recibe de inmediato y le promete hacer todo lo posible para solucionar el asunto.

            El lector paciente encuentra muchos datos para la sociología de la época –a la vez cercana y tan remota-- junto a abundantes chismorreos, divertidos o sonrojantes, en esta biografía. “A Benet le adoraba Paco Rico, un mentiroso nato”, cuenta Germán Gullón. Una vez, en un curso de verano de la universidad de Salamanca, le dijo señalando a dos estudiantes: “Esas, este y yo las tenemos esta noche”. Y continúa Gullón: “El asunto de Rico con Benet es muy sencillo. Paco sacaba lo peor de Juan a relucir, su gilipollez”. No sé yo si afirmaciones semejantes merecen figurar en una biografía que se quiere seria y rigurosa.

            Los muchos datos de interés que esta biografía aporta –cartas, informes de censura, anotaciones de las agendas de Benet—quedan oscurecidos por informaciones pintorescas, no bien explicadas, como la peripecia de una doncella del escritor que asestó varias puñaladas a su novio, o fuera de lugar, como el encuentro de Pilar del Río con Saramago en un hotel de Lisboa.

            El párrafo final sintetiza todas las insuficiencias de este hercúleo y frustrado empeño biográfico: “El Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos celebra el 21 de enero un funeral y concierto a las seis y media en la iglesia de San Manuel y San Benito (Alcalá 83) en memoria de Juan Benet Goitia. Aunque de enorme influencia intelectual, Benet dejó escasa huella literaria –sería ridículo intentar imitarle--, pero sí discípulos. Solamente la gloria sobrevive a la muerte”. A un dato puntual, una ficha simplemente copiada, le sucede, sin siquiera un punto y aparte, un contradictorio intento de valoración de la figura de Benet (“enorme influencia intelectual “, “escasa huella literaria”) y una vacua frase. ¿Solo la gloria sobrevive a la muerte? Gracias al aplicado biógrafo, a Benet le han sobrevivido muchas anécdotas que bien merecerían el misericordioso olvido.



miércoles, 19 de junio de 2024

Las buenas intenciones

 

Cuentahílos. Elogio del editante
Santiago Hernández Zarauz
Trama Editorial. Madrid, 2024.

De las buenas intenciones de Santiago Hernández Zarauz no cabe ninguna duda. Le entusiasma el mundo de la edición, el trabajo de los editores, que es “vocación y sacerdocio”, que requiere “fe, entrega, pasión, sacrificio”, según el prologuista, Jesús Ruiz Mantilla, quien llega a afirmar que nunca ha visto a ningún editor hablar mal de otro ni de ningún autor (o pocos editores conoce o se pasa de diplomático).

Cuentahílos se subtitula “Elogio del editante”. El término lo aclara el autor en uno de los capítulos con sintaxis algo peculiar: “Entiendo a quien piense que ensayar un término como editante está, cuando menos, fuera de lugar. Ante tantos años de tradición y lucha comprendo que haya personas que no puedan imaginarse ese término en una tarjeta de presentación. Pero más allá de la pretensión de imponer el término, me parece que el neologismo en gerundio ayuda a entender que la práctica editorial contemporánea es sumamente porosa, incómoda y en constante movimiento”.

No sabemos cómo puede ayudar a entender ese neologismo la porosa práctica editorial contemporánea, pero sí entendemos de inmediato que este teórico de la edición parece ignorar lo que es un gerundio.

También ignora lo que es un incunable. Según él, Poggio Bracciolini descubrió “el texto escondido en las páginas de un antiguo incunable del famoso De rerum natura de Lucrecio”. Pero el humanista lo encontró en un manuscrito medieval, no en un libro editado en el siglo XV, esto es, en la cuna de la imprenta, que es lo que significa “incunable”.

Por otra parte, su manera de redactar resulta, cuando menos, curiosa: “Aunque estaba convencido de la importancia y el valor de su obra, Lampedusa escribió a su esposa y a Gioacchino Lanza Tomasi que hicieran lo posible porque su novela El Gatopardo encontrara algún sello editorial que la publicase después de que casas como Einaudi y Mondadori la rechazaron”. ¿Sabrá Hernández Zarauz lo que significa “aunque”? ¿Habrá querido decir realmente que Lampedusa quiso que se publicara su obra “a pesar de” estar convencido de su importancia? Errores de redacción así hay casi uno en cada página. Otro ejemplo: “Ahora, dedicado totalmente al cultivo de la tierra, la publicación atenta del catálogo y la administración de la distribución de libros, Atalanta es una editorial con lectores a lo largo de todo el mundo y también es un espacio que defiende la presencia del libro físico”.

            A los errores de redacción, que se habrían solucionado con un buen corrector de estilo, se añaden los de información. De rerum natura –nos aclara-- es “un libro cultivado y muy celebrado por los filósofos griegos”. Nos imaginamos a Epicuro y Demócrito saliendo de sus tumbas para aplaudir a Lucrecio. Es un libro, además, que “proclama la realidad del universo a través de definiciones cantadas”. ¿Definiciones cantadas? Curiosa manera de decir que está escrito en verso.

            Cuentahílos, editado por el autor en Amazon o en cualquier imprenta sin revisión ninguna, quizá habría tenido alguna justificación. Pero no, ha sido editado por Trama, “un sello al que uno se acerca con frecuencia para repensar los orígenes y entrar en la conversación vigente alrededor de la hechura de los libros”. A Trama dedica Santiago Hernández Arauz abundantes elogios. La define como “un punto de reflexión, un espacio en el que se mira con detalle desde la gestación de una idea hasta la gestación y los derechos de un libro impreso”. No parece, sin embargo, que su original se mirara ni con mucho ni con poco detalle antes de editarlo.

“La edición sin editores”, por citar el título del famoso libro de Schiffrin, no se da solo en los grandes grupos; también parece que la practican las editoriales independientes, esas que “entienden y asumen una responsabilidad ética con las librerías para conservar el equilibrio del ecosistema del libro”.

            Sobre el oficio de editor, una palabra ambigua en español, se podrían decir muchas cosas al margen de los manidos tópicos habituales, lo mismo que sobre la convivencia de la edición en papel y de la edición electrónica o sobre la desaparición de unas librerías y la aparición de otras más adaptadas a los nuevos tiempos (lo mismo ocurre con cualquier negocio). Pero para eso hace falta tener algunas ideas claras, y Hernández Zarauz no las tiene. Ni tampoco buena información, como ya hemos indicado: cuenta a medias, basándose en las primeras informaciones de prensa, el paso de los libros de Louise Glück de Pre-Textos a Visor, tras la obtención del Nobel. Y se cree cualquier cosa que le cuentan. Hablando de Pessoa con un cliente de su librería (es editor y librero), este le dice: “A mí Pessoa me cuesta mucho trabajo leerlo… En ocasiones llegaba muy borracho a casa de mis abuelos”. Resulta que su abuela fue, al parecer, Ofelia Queiroz, de la que Pessoa estuvo tan enamorado. Pero Ofelia se caso en 1938, tres años después de la muerte de Pessoa, así que difícilmente puso presentarse borracho en casa de los abuelos del presunto nieto.

            El negocio editorial es un negocio, con sus peculiaridades, pero un negocio. El editor en tanto que empresario invierte para obtener un beneficio; el editor, en el otro sentido de la palabra, se ocupa de ofrecer un producto al lector –el libro impreso o digital-- en las mejores condiciones. Y lo primero para ello es seleccionar bien el texto a editar. Si eso falla –como el guion en una película-- falla todo. Entre una editorial y sus lectores se establece un pacto de confianza. Puedo no saber nada de un autor que publica en Anagrama o en Acantilado, pero sé de antemano que no es  un aficionado o un principiante. Si lo es, si en una editorial como Trama dedicada exclusivamente al libro y la edición, me encuentro con un borrador bien intencionado y desinformado tengo derecho a pensar en que, de algún modo, se trata de una estafa. Evitarlo es una de las funciones del editor en el otro sentido del término, y lo mismo da que se trate de un texto impreso o en versión digital. Lo que cambia en esos casos es solo el soporte, cada uno con sus ventajas y con sus inconvenientes y por eso tantas obras aparecen de las dos maneras.



jueves, 13 de junio de 2024

Inagotable Camba

 

Julio Camba
París
Edición de Ricardo Álamo
Renacimiento. Sevilla, 2024.

Mariano José de Larra fue el primer escritor español que pasó a la historia de la literatura, no por su incursión en los géneros considerados mayores (poesía, novela, teatro), sino por las efímeras colaboraciones periodísticas. Julio Camba, más radical que Larra, quiso desde el principio limitarse al periodismo (apenas si es además autor de una juvenil novela corta autobiográfica, El destierro) y, desde muy pronto, consiguió un prestigio que se mantuvo intacto durante su larga decadencia en la posguerra y que continúa hasta hoy.

Su estreno en libro tuvo lugar en 1916, con tres recopilaciones en las que, al parecer, no quiso tener arte ni parte: Londres, Alemania y Playas, ciudades y montañas. Pocos autores, o al menos eso quiere la leyenda, tan despreocupados por la perdurabilidad de su obra: escribía cuando necesitaba dinero (afortunadamente, lo necesitaba a menudo) y dejaba que un editor reuniera en libro sus artículos cuando le ofrecía el adecuado adelanto. Eso hace que las recopilaciones póstumas, en principio, no tengan por qué diferenciarse mucho de las que aparecieron en vida. Pero se diferencian bastante de las que aparecieron antes de la guerra civil, en las que está el mejor Camba.

            Hay dos maneras de juntar en libro artículos periodísticos. Una es la de la simple recopilación, sin selección y sin más orden que el cronológico. Es lo que hacen los estudiosos universitarios cuando rescatan la obra dispersa de un autor ilustre. La otra consiste en hacer con esas piezas dispersas una obra nueva, como hizo Azorín en Castilla y tantos en otros muchos de sus mejores libros.

            En París recoge Ricardo Álamo “una muestra significativa” de las colaboraciones de Julio Camba en el diario conservador El Mundo. Se centra en las publicadas entre 1909 y 1910. Quedan muchos más inéditos, ya que, en los cinco años en que colaboró en ese diario publicó más de cuatrocientas colaboraciones.

¿Merece la pena rescatarlas todas? No, ni en el caso de Camba ni en ningún otro. El prestigio póstumo de un escritor depende, en gran medida, de dar con el editor adecuado. Y no nos referimos al editor comercial, que también, sino al editor intelectual que es siempre, en mayor o menor medida, un coautor (y por eso su nombre debe figurar siempre en la portada).

            Poco favor le hacen a Camba algunos de los artículos que Ricardo Álamo rescata en este libro. Los dos dedicados al feminismo, por ejemplo, y no porque esté en contra, sino por lo inane de los argumentos. En una reunión feminista, interrumpe un borracho preguntando si las mujeres, una vez tengan derecho al voto, seguirán zurciendo los calcetines. La respuesta de la oradora no puede ser más sensata: “Los calcetines se los arreglarán aquellos que se los pongan”. La reflexión de Camba no puede ser más trivial: “A la larga, todo el mundo se cansa de las mejores comidas en el restaurant y necesita ir a reponerse, por lo menos una temporada, al lado de alguien que le haga un platito a su gusto, para él solo, y que ponga en las salsas, con la sal y la pimienta, un poco de ternura”.

            A veces Camba, falto de inspiración, repite el mismo artículo. “Cómo pudiera representarse fielmente el pueblo francés” trata del mismo asunto, y con los mismos argumentos y casi las mismas palabras, que “El champagne desaparece”.

            Ricardo Álamo, al contrario que otro editor reciente de Camba, Javier Jiménez, en Se prohíbe hablar con el conductor (donde se reúnen los libros Etc., etc… y Esto, lo otro y lo de más allá, ambos de 1945) ha decidido prescindir de las notas, a excepción de una, en el primer artículo, que es absolutamente prescindible. Quizá hubiera sido necesario poner alguna. El articulo “La modista y el albañil” comienza así: “El presidente de la República ha firmado un decreto prohibiendo las veladas en los talleres de moda”. Habría que aclarar que “velada” es aquí un falso amigo (no solo hay “falsos amigos” en lenguas próximas, también en la misma lengua en épocas distintas), no significa reunión festiva que se hace por la noche, sino trabajo nocturno, como se deduce de lo que el autor le dice a una amiga: “De hoy más, ya no se estropeará usted los ojos ni se pinchará usted los dedos cosiendo vestidos que no son para usted”. En el prólogo, el editor no parece haberse enterado de ese cambio de significado y por eso considera “rocambolesco” que el gobierno francés  prohíba las veladas en los talleres de las modistas. No es el único caso que demuestra una cierta desatención. Dos de los más divertidos artículos del libro, “Les affaires sont les affaires” y “El jardín de los suplicios” no se ocupan del escándalo a que dio lugar la muerte del presidente de Francia en brazos de su amante, sino de cuando esta fue acusada de la muerte de su marido. Y cuando duda de si el humor es una de las señas de identidad de Camba, basándose en lo que una vez le dijo a Luis Calvo, parece no haberse percatado de que en el artículo “Por la danza macabra” se define expresamente como “escritor humorista”.

            Pero estas precisiones importan poco a los aficionados a Camba, que son legión y desde ahora pueden contar con un nuevo libro, que, si no está a la par de sus grandes títulos, como La ciudad automática, sí contiene numerosos artículos que pueden ponerse a la par de los mejores suyos. Cito algunos: “Las barbas de Cleopoldo”, caricatura feroz en su aparente frivolidad del rey Leopoldo II de Bélgica; “Del dinero de Rochette” y “Muerte de un cobrador”, crónicas de tribunales; “A exterminar los apaches” y otras muestras de humor negro. Y todo el libro está lleno de pequeños detalles que a veces nos hacen sonreír, como cuando un diputado español se asombra y asusta ante la escalera mecánica del Quai d’Orsay  o Alejandro Lerroux ha de explicar a los correligionarios el origen de su fortuna (y estamos en 1910, mucho antes del escándalo del estraperlo).

            Aunque defraude a veces, Camba sigue siendo Camba. Qué gran autor cuando encuentra un adecuado editor, como Pedro Sainz Rodríguez con La casa de Lúculo.



martes, 4 de junio de 2024

Para los muy cafeteros

 

Andrés Trapiello
Fractal del salón de pasos perdidos
Alianza. Madrid, 2024.

A Dámaso Alonso le irritaba especialmente una clase de reseñas, aquellas que censuraban al autor no haber escrito el libro que el crítico creía que debería haber escrito o que no lo hubiera hecho como, en su opinión, debería haberlo hecho.

            Me imagino que a Andrés Trapiello le ocurrirá lo mismo y quizá no debería seguir leyendo. Voy a referirme a lo que se ha hecho con sus diarios en Fractal y luego a lo que se podría haber hecho si la intención era facilitar el acceso a su inabarcable Salón de los pasos perdidos –veinticuatro volúmenes publicados y doce más ya anunciados y en la pista de salida--  a los lectores que aún no lo conocen y no saben por dónde comenzar a hincarle el diente.

            La solución que se les ha ocurrido a él y a su equipo de asesoras ha sido preparar un aperitivo de ochocientas páginas, no exactamente una antología, sino un libro nuevo, o mejor tres editados juntos que reorganizan parte del material ya publicado.

Veinte frondosos árboles, los veinte primeros tomos del diario, han sido reducidos a tres bonsáis. Dentro de cada uno de ellos, no se respeta la cronología y el autor recorta y reordena con la intención de que cada uno de esos diarios en miniatura tenga la misma estructura que cualquier otro: una cita preliminar, un prólogo, un comienzo el primer día de año, un cierre el último día, pasajes líricos o humorísticos, divagaciones varias. La justificación de ese procedimiento viene dada en el titulo, Fractal. Una estructura fractal es aquella que se repite en diferentes escalas, esto es, que si partimos un objeto que tenga esa estructura en trozos más pequeños cada uno de ellos sigue conservándola.

            Andrés Trapiello y su equipo de editoras se han tomado tan al pie de la letra esa definición que han querido que las versiones reducidas de sus diarios tengan también una muestra de lo más insignificante y prescindible. En el Libro Tercero se incluye un pasaje en que el autor, desasosegado, sale de casa y compra un periódico en cuyo suplemento literario se le reseña y no muy a su gusto. ¿Tienen algún interés esas líneas sobre lo que dice no se sabe quién, un tal X, ni cuándo? No lo tenían cuando se publicaron y están más que de más en una selección que pretende atraer nuevos lectores. Los habituales ya están más que acostumbrados a su costumbre de aludir, no siempre para bien, a personas concretas y eludir su nombre sustituyéndolo por iniciales o por las X que ha convertido en marca de la casa. A veces prescinde de ellas y entonces es peor, como cuando censura a un crítico que hable de un libro de un tal Fulano, “que estuvo casado con la princesa”, sin mencionar su parentesco,  “como si tal circunstancia no tuviera que ver con la crítica ni con la literatura”. No, no tiene que ver. Y los libros de Alonso Guerrero valen lo que valen al margen de la circunstancia de haber estado casado con Letizia Ortiz. No deja en buen lugar al diarista este pasaje. “En su día el hombre confesó que no desaprovecharía esta ocasión para vender sus libros”. No hay constancia de ello y todo su comportamiento posterior indica lo contrario.

Los tijeretazos para reducir el árbol a bonsái, aunque parecen fáciles ya que las obras originales están formadas por fragmentos en gran medida independientes, no se han hecho siempre con cuidado. Una entrada de la página 669, comienza así: “Ha empezado uno la suya, Al morir don Quijote. Este sí que será un enlace”. Para entender ese abrupto comienzo tenemos que ir al diario del que procede, Apenas sensitivo. En él la entrada anterior habla del “enlace del príncipe y doña Letizia” y termina con estas palabras: “Claro que siempre nos quedará la novela de un futuro Galdós”. A esa novela y enlace se alude.

            Pero no es este lugar para pormenorizar ese tipo de descosidos. Basta subrayar la extrañeza de que se incluyan, junto a páginas antológicas, otras que los lectores fieles, pero no abducidos por el autor, preferimos olvidar, como cuando presume de haber sacado del contenedor de la basura, al que habían sido arrojados por estudiosos y lectores, a Galdós, Juan Ramón, Azorín, Unamuno o Manuel Machado. O aquellos otras en las que confiesa sin rubor su participación en premios amañados.

            ¿Cómo podría haber sido una introducción eficaz al Salón de los pazos perdidos? Bastaría un volumen de no más de trescientas páginas con una muestra de las muchas y diversas maravillas que el lector se va a encontrar en la obra completa. Habría aforismos, algunos de los cuales ya se repite como proverbial (“Si Cervantes viviese, el primer premio Cervantes se lo llevaría Lope de Vega”); piezas maestras de un impiadoso y quevediano humor, como las referidas al encuentro en Chinchilla con Arrabal; descripciones que aúnan costumbrismo y lirismo; estampas de la vida familiar; crónicas tan eficaces como las dedicadas al atentado y a las elecciones de 2004…

En Fractal están muchas de esas páginas, pero hay que armarse de paciencia para llegar a ellas. O quizá los intervalos de tedio (que el lector experimentado se salta, corrigiendo a los editores) nos permiten apreciar más los instantes de emoción y deslumbramiento.

            En el prólogo al Libro Primero afirma Andrés Trapiello que no pone los nombres propios “porque no le gusta presumir de amigos ni los diarios que parecen el Gotha”. Sn embargo, abunda en los suyos los encuentros con gente importante (en esta selección le invita a comer una ministra del PP, que lo sienta a su derecha, a pesar de que él es el único progresista de la mesa: otros tiempos), y a veces más que el Gotha sus diarios pueden parecer el Hola: una vez viaja con Sara Montiel, otra con Raphael, es testigo de la firma de libros con intermedio erótico de un cantante famoso.

            Una antología no mastodóntica de los diarios de Trapiello, hecha por alguien independiente, que no se someta a los caprichos del autor (en algún momento le da por poner un asterisco en lugar de la vocal final para evitar el masculino genérico), que sustituya las iniciales por nombres en el caso en que sean necesarios, que feche los fragmentos sería la mejor manera de mostrar a quienes se apartan de él por sus tomas de postura políticas lo que se están perdiendo.

A falta de esa antología, vale cualquiera de sus tomos (mejor, para empezar, los de menos páginas) o incluso este Fractal, imprescindible desde luego para los muy cafeteros, para el nutrido y aguerrido club de fans del Salón de los pasos perdidos, que es, a pesar de ellos y a ratos incluso de su autor, uno de los más ambiciosos empeños de la literatura española de cualquier tiempo.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Poesía con notas


Luis Alberto de Cuenca
El reino blanco
Edición de Pablo Núñez Díaz
Reino de Cordelia. Madrid, 2024.

La evolución de la poesía de Luis Alberto de Cuenca no deja de resultar paradójica. Desde unos inicios herméticos y culturalistas, en la línea poética de los años setenta, ha pasado a convertirse en un poeta popular, con una difusión más propia de los que él mismo ha denominado “parapoetas”, y a la vez en uno de los más atendidos por la crítica universitaria. Tal hecho se corresponde con el carácter bifronte de su poesía, por un lado, llena de referencias cultas (acordes con la formación académica de su autor) y por otro próxima al lenguaje de la calle y a la cultura popular.

            Pocos autores han contado en vida con tal abundancia de reediciones y antologías. En la literatura española, quizá solo el hoy desprestigiado Campoamor pueda comparársele. Contra lo que pudiera pensarse, no es esa la única semejanza con el autor de las Doloras y Humoradas. Ambos bajaron el diapasón de la poesía, le quitaron los coturnos para ponerle zapatillas de paseo o de andar por casa.

En cuanto al prosaísmo y a la distensión poética, Luis Alberto de Cuenca llega a veces más lejos de Campoamor y comienza algunos poemas como si se tratara de un artículo periodístico o un apunte autobiográfico. En El reino blanco, encontramos abundantes ejemplos de ello. Así comienza uno de los poemas: “Y pensar que, después que yo me muera, / Foxá, que lleva muerto tantos años, / seguirá vivo en Cui-Ping-Sing, su obra / maestra, que escribió en el 38 / y dio a la luz un par de años después”. Difícilmente encontramos versos como esos en cualquier otro poeta, aunque no escaseen en Luis Alberto de Cuenca.

            La crítica académica, que suele ser acrítica, no acostumbra a entrar en estas cuestiones: el valor se les supone a los textos que estudia y todos están al mismo nivel. Hasta mediados del siglo pasado, los estudios universitarios solían dejar de lado la literatura contemporánea. En la universidad española, la primera tesis sobre un autor vivo, hasta donde llegan mis noticias, fue la que Carlos Bousoño dedica a la poesía de Aleixandre. Por esos años, otro doctorando, José María Martínez Cachero, tuvo que renunciar a ocuparse de las novelas de Azorín y sustituirlo por un poeta muy menor, pero del XIX. La situación ha cambiado, pero ahora casi estamos en el extremo opuesto. Y se aplican a obras contemporáneas herramientas filológicas más apropiadas para la literatura de otro tiempo.

            Una edición crítica resulta imprescindible cuando se trata de una obra que nos ha llegado en diversas versiones, manuscritas o impresas, ninguna de las cuales cuenta con el refrendo del autor. ¿Resulta necesaria en el caso de un autor vivo que cuida las ediciones de sus obras? Parece algo dudoso.

            Pablo Núñez Díaz, en su edición crítica de El reino blanco, ha tenido el buen criterio, de ofrecernos el texto limpio, sin llamadas a pie de página ni interrupciones aclaratorias, dejando las notas para el final. Si no una edición crítica, la reedición de obras contemporáneas necesita siempre un editor responsable: el autor no suele ser buen editor de sí mismo y con frecuencia deja pasar erratas y lapsus de una edición a otra. Un buen ejemplo de ello es este mismo libro, del que se había suprimido (al parecer por un error informático) el poema final en dos ediciones de la poesía completa del autor.

            Además de la minuciosa y precisa anotación de ediciones y variantes (como si se tratara de un clásico del Siglo de Oro), Pablo Núñez Díaz incluye algunas notas de otro tipo, que son las que mayor interés pueden tener para el lector común. La poesía de Luis Alberto de Cuenca, llena de explícitas e implícitas referencias culturalistas, se presta mucho a anotaciones enciclopédicas de este tipo, lo que explica en parte su éxito en el mundo académico.

            Las ediciones profusamente anotadas (dos o tres líneas de texto en la página y el resto ocupado por la nota) han perdido gran parte de su prestigio, hoy quedan como muestra de usos eruditos de otro tiempo (Francisco Rico hizo mucho por desterrarlos). A veces se confunde una edición crítica con una edición escolar, en la que se señala al estudiante la presencia de una hipálage o se le aclara quién fue Góngora. Al lector adulto, le sobran todas las aclaraciones que pueda encontrar con una simple consulta a Google o a cualquier otro buscador.

            En las notas a esta edición que no se refieren a variantes, nos parece que sobran unas y quizá falten otras. Si en el poema “La maleta perdida” encontramos el verso “tantas como los besos de los que habla Catulo”, no parece necesaria una nota que nos indique que se refiere al poema “Los besos” de Catulo (un poema, por cierto, sin título en el original). Ninguna nota lleva, en cambio, “Buscando el yo perdido”, que en los seis primeros versos parafrasea o cita (sin mencionarlos) a Quevedo, Cervantes, San Juan de la Cruz e incluso alude a una película de Garci. Tampoco se aclara en “Cuanto sé de mí” que ese es el título de un libro de José Hierro, publicado en el 58, y luego de sus poesías completas y que la cita que incluye Luis Alberto de Cuenca (“Tuve amor y tengo honor, / esto es cuando sé de mí”) coincide con la que Hierro toma de Calderón.

            Pero estas son precisiones de erudito que el lector, en la mayor parte de los casos, no necesita: el poema se sostiene sin ellas, aunque se enriquece cuando nos vienen a la memoria. Lo que conviene es ponerle en guardia contra cualquier intento de mitificación. No todo lo que publica Luis Alberto de Cuenca está al mismo nivel, no ya entre un libro y otro o entre una etapa y otra, sino en el mismo libro.

“Caprichos” se titula una de las secciones de El libro blanco. Como caprichos, ocurrencias, humoradas, a la manera de Campoamor, podemos considerar muchos de sus poemas, prescindibles unas veces, graciosos otras y no exentos otras de burbujeante frivolidad como de opereta: “¿De qué armario de diosa / mesopotámica / sale tu lencería / de seda grana? / --De un millonario, / que es quien ha renovado / mi vestuario”.

            No es posible ser sublime sin interrupción, como pretendía Baudelaire, ni poeta de verdad a todas horas. De los noventa poemas de El reino blanco pueden sobrar unos cuantos (el autor se muestra algo complaciente consigo mismo), pero a un puñado de ellos –yo me quedo, entre otros, con los epitafios a Joker y a Soseki, un perro y un gato, con la “Carta a los Reyes Magos” o con el becqueriano, y cernudiano, “Suspiro”, cada lector tendrá sus preferencias-- pueden aplicárseles las palabras de Horacio: “exegi monumentum aere perennius”, levanté un monumento más duradero que el bronce.

 

miércoles, 22 de mayo de 2024

La vida literaria

 

Miguel Munárriz
Empeñados en ser felices
Aguilar. Barcelona, 2024.

Hay una idea romántica de la literatura en la que los únicos personajes que importan son el autor que escribe en soledad y los lectores “que escuchan con sus ojos”, como en el soneto de Quevedo, a los vivos y a los muertos. Pero la literatura tiene muchos más imprescindibles protagonistas: los críticos, los editores, los libreros, los distribuidores, los gestores culturales. Es un arte, pero también una industria que emplea a miles de trabajadores.

            Miguel Munárriz comenzó como poeta y librero en Langreo, en la cuenca minera asturiana, allá por los años setenta. Integraba un grupo juvenil del que formaban parte, entre otros, los poetas Alberto Vega y Ricardo Labra y el artista gráfico Helios Pandiella, editores todos ellos de la revista Luna de abajo.

Miguel Munárriz no tuvo éxito con su librería y tuvo la inteligencia de abandonar pronto el verso (aunque solo como autor, como lector seguiría siendo una de sus pasiones). Su verdadero camino lo encontró de la mano de Ángel González, a quien Luna de abajo dedicó un espléndido homenaje que se ha convertido en objeto de coleccionista. La preparación de ese número monográfico le puso en contacto con los amigos de Ángel González, que eran en buena medida lo mejor de la literatura de su tiempo. El siguiente paso, fue la organización de unos encuentros literarios sobre la generación del 50 patrocinados por el Ayuntamiento de Oviedo. Vinieron luego otros encuentros sobre narradores, literatura hispanoamericana, literatura y cine. Entre 1987 y 2000 –escribe con razón Miguel Munárriz-- Oviedo se convirtió en una de las capitales literarias de España. Y en buena medida, fue obra suya. Gracias a esos encuentros se reveló como el más eficaz gestor y promotor cultural. Pronto daría el salto a Madrid, aunque sin abandonar nunca la relación con Asturias, alternando el sector público con el privado: dirigió el suplemento cultural de El Mundo, fue delegado del Principado de Asturias en Madrid y director de comunicación del grupo editorial Santillana, fundó –junto con Palmira Márquez, colaboradora imprescindible-- la agencia literaria Dos Passos, que todavía dirige (también un restaurante, la Vinografía) y siempre trató de ser el amigo de todos, ajeno a las rencillas y a los cainitas enfrentamientos propios del mundillo literario.

            De esa larga trayectoria quiere dejar constancia en el libro, lleno de nombres y de anécdotas, Empeñados en ser felices (el título ya es una declaración de intenciones). “Os quiero a todos” podía ser otro de los títulos. Claro que hubo quienes no se dejaron querer, pero Miguel Munárriz procura pasar sobre ciertos asuntos polémicos de la manera más diplomática posible. Un buen ejemplo lo encontramos en el capítulo dedicado a la frustrada Fundación Ángel González, de la que él era uno de los patronos por designación del Principado. Tiene claro quién se comportó de manera errática e incomprensible, incluso en contra de sus propios intereses, Susana Rivera, la presidenta de la Fundación, pero solo se lamenta de que el proyecto no se llevara a cabo, sin acusar a nadie. También de elegante manera alude a los rechazos de Gamoneda o de Valente a formar parte de nada que tuviera que ver con la llamada generación del cincuenta.

            Miguel Munárriz parece haber conocido y admirado a todo el que ha sido alguien en la literatura de las últimas décadas, pero no todas las anécdotas que cuenta resultan del mismo interés. Algunas incluso dan la impresión de haberle llegado de segunda mano. Es el caso, por citar un ejemplo, de la amenaza del Camilo José Cela al militante comunista y directivo de la asociación Tribuna Ciudadana (de la que Munárriz también llegó a ser directivo), José María Laso, que luego se quejaba en la prensa: “Hacerme esto a mí, que como todo el mundo dice soy un santo. Laico, pero santo”.

            Recupera Munárriz para el libro parte de su archivo: correspondencia, artículos, entrevistas, y no escatima los elogios que se le han dedicado. Cuando le llaman para dirigir La esfera, el suplemento cultural de El Mundo, Umbral quiere de inmediato conocerle y en su diario dominical, “Autorretrato con guantes”, escribe: “Munárriz me parece un chico alto y enterado, todavía con un cierto relente provinciano e ingenuo (quizá bien administrado por él), con ideas claras”. Eran tiempos en que aparecer en las negritas de Umbral suponía la consagración, estar en “el meollo del bollo”. Y también en los que el alcoholismo no parecía considerarse una adición, sino uno de los principales requisitos de la profesión literaria. “El grado de alcoholismo de los siete –nos dice a propósito de una cena del grupo de Luna de abajo con Ángel González y Susana Rivera--, en caso de tener que soplar ante la Guardia Civil, nos hubiera acarreado una pena de prisión importante”. Al riesgo que para la propia vida y la de los demás suponía conducir en esas condiciones ni se alude. Tampoco a que no todo fueron “carcajadas de admiración y delirio” cuando Bryce Echenique se subió al escenario del Campoamor, en plena ebriedad, y casi no dejó hablar a nadie más; algunos, dentro y fuera del escenario, sintieron vergüenza ajena. Recuerdo bien –fui uno de los asistentes-- la cara de espanto de Francisco Brines cuando estuvo a punto de contar un encuentro nocturno del poeta como los que luego contaría, con pelos y señales, un compañero de aquellas correrías.

Hubo también algún sonado enfrentamiento etílico entre el autor de El don de la ebriedad y José Agustín Goytisolo y yo mismo fui testigo de la avidez con que un demacrado Carlos Barral, al final de una de las comidas, y cuando su mujer le dejó solo un momento, se bebía con avidez los restos de vino que habían quedado en la copa de los comensales. En aquellos días de vino y rosas, no todos fueron rosas.

            Empeñados en ser felices retrata, con generosa e inagotable cordialidad, a una casi infinita nómina, a nombres muy conocidos y a otros menos, pero que merecían serlo, como el poeta Alberto Vega, pero es sobre todo un autorretrato de su autor, que aquí está entero y verdadero con todas sus cualidades, que son muchas, y también con las inevitables limitaciones.



             

 

jueves, 16 de mayo de 2024

El arte de leer

 

José Cereijo
Lecturas de riesgo
Polibea. Madrid, 2024.

¿Tiene sentido recopilar en un volumen las reseñas de novedades bibliográficas publicadas a lo largo de los años? Aunque no falten ejemplos de ello, en principio parece que no, que poco interés pueden despertar en el lector. Las reseñas que suelen aparecer en los suplementos literarios acostumbran a ser parte de la promoción del producto, publicidad encubierta. No es casual que los principales suplementos acostumbren a coincidir en el lanzamiento de la semana. Y cuando no forman parte del engranaje de la industria editorial suelen obedecer a la amistad o al intercambio de favores, el “do ut des” del que hablaban los clásicos o la sociedad de bombos mutuos del tiempo de Clarín. Es lo más frecuente en el caso de la poesía, un género que solo muy tangencialmente entra a formar parte del mercado.

            Lecturas de riesgo, de José Cereijo, se incluye entre las pocas recopilaciones de ese género desdeñado y menor que pueden leerse con provecho. El autor es un poeta, uno de los más notables de su generación, pero además, y antes que nada, un buen lector que gusta de reflexionar sobre sus lecturas y sobre el arte literario en general. Los libros de los que habla no le han sido impuestos --o imperiosamente sugeridos, según suele ser costumbre-- por el coordinador del suplemento en que aparecieron, sino seleccionados entre aquellos de los que tenía algo que decir.

            Comienza hablando de un volumen recopilatorio emparentado con el suyo, Lecturas ejemplares, en el que una serie de escritores seleccionan reseñan que ellos consideran “ejemplares”. No lo son muchas de ellas, señala atinadamente Cereijo, aunque puedan considerarse, sin embargo, textos literarios notables. Una reseña, en su recto sentido, debería ser “una lectura que pretenda, en primer lugar, entender lo que el texto dice y cómo lo dice, dejando en último plano  --como inevitable, no como deliberadamente buscado-- lo que esa lectura inevitablemente tiene de subjetivo”. El texto no debe servir de pretexto para el lucimiento del comentarista ni ser sometido al lecho de Procusto de sus prejuicios.

            Se ocupe de clásicos o de contemporáneos, lo primero que hace José Cereijo es tratar de entender y de situar en su contexto –no tomarlo como pretexto-- aquello que lee. Aunque trata principalmente de poesía, no deja de prestar atención a otros géneros (excluye la novela, el preferido por la industria editorial).

A propósito de la correspondencia entre Henry James y Robert Louis Stevenson escribe: “La edición de cartas privadas –aparte del dilema moral que tan a menudo plantea, o tal vez solo debería plantear--  tiene el riesgo de recoger cosas que, no pensadas acaso para su difusión pública, tal vez no tengan tampoco un público interés”. Eso último es lo que tan a menudo ocurre con los epistolarios de escritores, donde el editor no sabe distinguir entre las cartas con valor documental o literario y las que solo contienen corteses banalidades.

            Refiriéndose al diario de los Goncourt, subraya que “lo que lo hace hoy mismo una lectura fascinante es el don de los autores para el rasgo vivo, para evocar en pocas palabras a una persona o a un hecho y traerlos enteros ante nosotros”. De Gide nos dice que el protagonista de su Diario –también, de algún modo, un personaje de ficción—empequeñece a los de sus novelas, “todos, a estas alturas, un poco pálidos, un poco demasiado escritos”.

            La honestidad del autor le lleva a veces a discrepar en nota de sus propias afirmaciones. A propósito de unos versos de José Luis Parra (“Si el amor más sublime y acendrado / se va desdibujando con el tiempo / en el desván de la memoria, / ninguna eternidad nos merecemos”), se preguntaba si era realmente imprescindible el verso del “desván”, y ahora añade en nota que esa observación “da cuenta de un yo que encuentro hoy menos flexible y más inmaduro”, calificando de “superficial e impaciente” su mirada de entonces.

            Más discutible resulta otra nota en la que defiende su uso del término “poema dramático” en lugar del habitual “monólogo dramático”. Pero un monólogo dramático es un poema puesto en boca de un personaje –real o imaginario-- que habla en una situación concreta. En un poema dramático, los que hablan son varios personajes (a menudo, con el nombre de cada uno encabezando su parte del diálogo, como en una obra de teatro), mientras que en el “poema histórico”, como en tantos de Cavafis, se narran hechos de otro tiempo en tercera persona.

            Muy atinadas, en cambio, resultan sus observaciones sobre la autenticidad artística a propósito del libro Joana, de Joan Margarit. ¿Tienen valor esos poemas con independencia de la conmovedora anécdota biográfica que les ha dado origen?, se pregunta. “¿Soportan que olvidemos lo que tienen de transcripción de unos datos veraces –pero en un ámbito ajeno al del propio poema--, para centrarnos solamente en su autenticidad artística?”. Esa sería la pregunta esencial cuando nos acercamos a una obra de arte “basada en hechos reales”.

            A la interrogación de si estas reseñas, escritas a lo largo de dos décadas para diversas publicaciones, merece la pena que sean rescatadas, responderíamos que sí, aunque alguna de las obras que se comentan (el Diarios de Gide, por ejemplo) cuente con mejores ediciones y aunque no deje de rendirse, a la hora de hablar de poetas, cierto tributo a la amistad. Constituyen una excelente muestra de un arte no menos difícil que el de escribir, el de leer, y al que no suele prestársele demasiada atención.

           

miércoles, 1 de mayo de 2024

Doble enigma

 

Gregorio Martínez Sierra
Canción de cuna
Edición de Juan Aguilera e Isabel Lizarraga
Sevilla. Renacimiento, 2024.

Gregorio Martínez Sierra fue una de las figuras literarias más destacadas del primer tercio del siglo XX. Se inició con el modernismo y su nombre alternaba entonces con los de Juan Ramón Jiménez o los hermanos Machado. Fundó revistas y editoriales, cultivó todos los géneros literarios, aunque destacó especialmente en el teatro. Pronto se le consideró como el más notable discípulo de Benavente. A su talento como autor, añadió el de director, no solo teatral, también cinematográfico.

            Desde muy pronto, sin embargo, comenzaron a circular rumores de que esa prolífica obra literaria no era enteramente suya, o no era en absoluto suya, sino de su mujer: María Lejárraga.

Gregorio Martínez Sierra murió en 1947; la “escritora fantasma” que estaba tras él, en 1974, a punto de cumplir cien años. Vivía de la literatura, tuvo que seguir escribiendo, pero ya no podía esconderse tras el nombre del escritor fallecido y firmó sus obras como María Martínez Sierra. En una de ellas, la autobiográfica Gregorio y yo, de 1953, confesó por fin que todas sus obras, salvo el libro de poemas La casa de la primavera, dedicado a ella, estaban escritas en colaboración. Hoy sabemos que, en la mayor parte de los casos, hubo algo más que colaboración, autoría absoluta.

Actualmente se considera como un ejemplo más de la secular opresión femenina el que una mujer se ocultara tras el nombre de su marido. Pero no hubo opresión ninguna en el caso de María Martínez Sierra, una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino, y diputada socialista en los años republicanos. Podemos pensar que su decisión fue un acto de amor, y sin duda en el principio lo fue, pero el matrimonio acabó cuando Gregorio se enamoró de una joven actriz, Catalina Bárcena, y la secreta colaboración sin embargo continuó. Incluso cuando se tratada de una activa campaña periodística en defensa de la mujer –recogida luego en libros como Cartas a mujeres de España, Feminismo, feminidad, españolismo  y La mujer moderna-- los artículos, escritos por María, los firmaba Gregorio Martínez Sierra.

Esa anomalía sigue sin tener explicación, pero es la que despierta hoy interés hacia una obra literaria demasiado ligada a su tiempo y que no parece haber sobrevivido a ese tiempo.

Una posible excepción supone Canción de cuna, estrenada en 1910 y pronto representada con éxito en los más diversos países. Entre 1933 y 1993 tuvo cinco versiones cinematográficas y fue adaptada para la televisión en Italia y Estados Unidos.

La nueva edición de esa obra, a cargo de Juan Aguilera e Isabel Lizarraga, aparece firmada por María de la O Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, contraviniendo la voluntad de su principal autora. Pero es ella la que interesa hoy: esa “mujer en la sombra”, como se le llamó en el título de una biografía suya, ha acabado dejando en la sombra a su marido, quizá injustamente, porque fue el primer director teatral de su tiempo, al tanto de todos los avances de la dramaturgia europea.

El éxito de Canción de cuna sorprendió a todo el mundo. La obra transcurre en un convento de monjas de clausura y apenas hay acción en ella: en el primer acto una manos anónimas dejan en el torno del convento a una recién nacida; en el segundo, esa niña que se ha criado con las monjas y ya ha cumplido dieciocho años, deja el convento para casarse. Y nada más, y todo ocurre sin ahorrarnos sentimentalismo y sin ningún asomo de puesta en cuestión de la vida religiosa.

Comenzamos a leer con todas las precauciones, y sin embargo, contra todo pronóstico, el primer acto consigue emocionarnos. Por supuesto, puede interpretarse la obra en clave feminista, como hace Alda Blanco en un artículo citado en el prólogo, y ello resulta muy evidente en algunos pasajes: “Usted, cuando era chica –le dice Teresa, a punto de dejar el convento, a una de las monjas--, ¿no ha tenido nunca pena por no ser hombre? Yo sí, porque pensaba que quisiera ser esto y lo otro y lo de más allá. ¡Qué sé yo! ¡Capitán, general, arzobispo, hasta Papa! ¡Y me daba rabia, solo por ser mujer, no servir siquiera para monaguillo!”. Esa rebeldía termina con el enamoramiento: “Pero ahora, desde… bueno, desde que quiero a Antonio y él me quiere a mí, no me importa, porque si yo soy una pobre ignorante, él es un sabio, y si yo valgo poco, él vale mucho, y si yo tengo que estarme en mi rincón, él puede llegar donde llegue el más alto, y en vez de darme envidia, me da gusto…”

No, no es una obra reivindicativa Canción de cuna, como no fue una mujer oprimida María de la O Lejárraga. Fue un enigma que aún no acertamos a resolver, como tampoco dónde radica el encanto antiguo –pero aún no desvanecido-- de Canción de cuna, una obra que ahora reaparece en edición ejemplar, con los dibujos de Fontanals, las orlas y el emocionante colofón de la edición en la Biblioteca Estrella: “Este libro se acabó de imprimir el 11 de noviembre de 1918, día en que se firmó el armisticio de la Gran Guerra, que todos los corazones bien nacidos esperamos haya sido la última del mundo”.



Nobleza obliga

 

Enrique García-Máiquez
Ejecutoria, una hidalguía del espíritu
CEU ediciones. Madrid, 2024.

“Nobleza”, “caballerosidad”, “hidalguía” son palabras –y conceptos-- en desuso que el poeta Enrique García-Máiquez, uno de los más destacados de las últimas generaciones, quiere rescatar y poner de nuevo en circulación. El empeño es loable y para conseguirlo no duda en recurrir a una amplia erudición que no desdeña la cultura popular: san Bernardo de Claraval alterna así con la serie Juego de tronos, don Quijote con Corto Maltés, Dante con Mafalda.

            Desde el primer capítulo, el libro está trufado de citas que en ocasiones lo asemejan a un centón. El autor es consciente de ello y se defiende: “La inmemorial costumbre de citar a otros autores no es un alarde pedantesco ni una falta de confianza en la propia opinión, sino el modo natural de conversar con vivos y muertos, dándoles la palabra”. Pero ese método tiene sus riesgos como apoyo en la argumentación. No hay disparate que no pueda ser avalado por una cita, sobre todo si está al margen del contexto y no se tiene en cuenta el tiempo en que fue escrita.

            García-Máiquez reacciona contra el plebeyismo y el igualitarismo contemporáneos y quiere iniciar una nueva cruzada en favor del elitismo y los ideales aristocráticos, abandonados no queda claro desde cuando. ¿Desde la llegada de la democracia a España? ¿En los años veinte, los de la rebelión de las masas de que hablaba Ortega? Una cita de Edmund Burke señala que la decadencia habría comenzado mucho antes. Al enterarse del asesinato de la reina María Antonieta, escribió: “La edad de la caballería ha acabado. La de los sofistas, la de los economistas y contables ha llegado; y la gloria de Europa yace extinta para siempre”.

            Lo que más parece gustarle a García-Máiquez de los antiguos hidalgos es que estaban libres de pagar impuestos: eso quedaba para la clase baja, para los “pecheros”. Sorprende la abundancia de referencias a los impuestos en un libro dedicado a propugnar una “hidalguía espiritual”. Ya en el capitulo inicial leemos: “Hoy se podría afirmar sin exagerar demasiado que el único deber ciudadano es pagar impuestos”, lo que explicaría “el creciente rechazo a pagarlos”, del que parece querer convertirse en adalid.

A la “rapacidad impositiva” del gobierno se debe que ya no haya “proyectos comunitarios, como cuando las ciudades levantaban sus catedrales, sus hospitales, sus escuelas y sus asilos gracias a las donaciones de los vecinos”. Frente a esos felices tiempos medievales, la situación contemporánea es descrita atinadamente --a juicio de García-Máiquez-- por el pensador brasileño Olavo de Carvalho: el ciudadano moderno no quiere proteger su casa, sino que la proteja la policía; no quiere formar a sus hijos, sino entregarlos a los pedagogos que los transformarán en robots políticamente correctos; no quiere decidir qué come, qué bebe o qué fuma, quiere que la burocracia sanitaria le imponga un régimen, y el Estado sabe que “cuantos más derechos concede a ese cretino, más impuestos hay que cobrar y menor es el margen de libertad de millones de idiotas cargaditos de derechos”. No sorprende que este “pensador” brasileño sea uno de los ideólogos de Jair Bolsonaro, pero sí que García-Máiquez se alinee con él a la hora de propugnar que mejor que cada uno defienda su casa con una pistola que contar con la policía y de llamar “cretino” e “idiota” al ciudadano que piensa lo contrario.

            Hay dos libros en este libro, como parece haber dos almas en su autor. Por un lado, es una defensa de la espiritualidad y de la cultura, del mejoramiento interior, de la defensa de un ideal de superación válido para todos: “Uno a uno somos nuestro término de comparación. Ser distinguido no es distinguirse de los demás, sino del peor yo de cada uno y, en un segundo estadio, del yo mediocre”.

Por otra parte, constituye una defensa de los privilegios heredados, de la nobleza “de sangre”, del no pagar impuestos, del burlar la ley, o al menos ciertas leyes: su padre le permitía conducir cuando no tenía edad para hacerlo y él con sus hijos pequeños se permitió otras libertades semejantes. “No pondré ejemplos, porque no han prescrito”, afirma este contrarrevolucionario con ramalazos ácratas.

            Incluso llegó a fantasear con la creación de un grupo terrorista, “aristoterrorista” lo llama él, dedicado a hacer volar por los aires edificios y museos espantosos (suponemos que avisaría con tiempo para poder desalojarlos antes de que estallara la bomba). Al final, afortunadamente, se conformó con escribir un relato con algo de manifiesto: “A estas alturas tal vez la única manera de lograr una sociedad más hermosa sea un golpe sobre la mesa. El momento exige que los hombres de bien tengan la audacia de los canallas”.

            García-Máiquez no tiene esa audacia, pero sí la de equiparar un aforismo de Ramón Eder (“Escribir un libro excelente también es luchar contra lo que está mal en el mundo”) con un “pensamiento” de “San Josemaría Escrivá de Balaguer, fugaz marqués de Peralta” (así lo llama) en el que pide libros “que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios” y ¡se lleva cada chasco! En otro lugar equipara al fundador del Opus Dei con Fernando de los Ríos y al de la Asociación Católica de Propagandistas, el jesuita Ángel Ayala, autor de Formación de selectos, con la generación de 14: Ortega, d’Ors, Juan Ramón Jiménez.

            En Ejecutoria hay hermosos capítulos, como la mayoría de los que componen la sección “Árbol bibliogenealógico”, dedicada a algunos de los libros que más admira, pero hay también un sectario predicador disfrazado de pensador y de analista del mundo contemporáneo. “Al desaparecer del ámbito público la aristocracia –escribe--, desaparece su competencia específica, que es velar por la verdad”. ¿Desde cuándo? ¿Los duques de esto o los marqueses de aquello han velado más por la verdad que cualquier otro ciudadano? Enrique García-Máiquez, en su defensa de lo indefendible, no tiene inconveniente en comulgar con ruedas de molino. Pero nunca pierde el buen humor ni el buen estilo, y eso hay que agradecérselo en estos tiempos de broncos enfrentamientos ideológicos.

lunes, 22 de abril de 2024

Menor y mayor

 

Gaziel
Pláticas literarias
Edición e introducción de Francisco Fuster
Fundación Banco Santander. Madrid, 2024.

A Agustí Calvet (1887-1964), que se preparaba sin ganas para profesor de filosofía, el fracaso en unas oposiciones y un afortunado encuentro con Miquel del Sants Oliver, director de La Vanguardia, le convierte en periodista. En los años veinte y primeros treinta, con el pseudónimo de Gaziel, es uno de los grandes de su tiempo. La guerra civil le deja al margen de los dos bandos, pero a su largo exilio interior se deben algunas de sus obras fundamentales, como los tres libros dedicados a la península ibérica o sus lúcidas y doloridas Meditaciones en el desierto, aparecidas ya póstumamente.

            En la “autobiografía de un pseudónimo”, escrita en 1927 a petición de La Gaceta Literaria, podemos leer: “De mi padre, un tal Agustín Calvet, a quien si no fuese por mí nadie conocería, debo decir, francamente, que me parece un pobre hombre. Es catalán y del Ampurdán; esto es, de lo más catalán que pueda darse en el mundo. Pero, a pesar de su profunda catalanidad, de la que está muy satisfecho, siempre ha tenido la manía de rebasar sus límites originarios. España le interesa más que Cataluña, la Península Ibérica más que España, Europa más que la Península Ibérica, y por encima de todo, lo humano de Terencio, la Humanidad”.

            La reedición de los libros de Gaziel, aunque constante en los últimos tiempos, no ha tenido la suerte de los de Chaves Nogales, con quien tanto tiene en común. Chaves Nogales se ha convertido en un clásico y en uno de los mayores representantes de esa España liberal que se niega al enfrentamiento cainita; Gaziel sigue siendo un raro, no demasiado catalanista para unos, demasiado catalán para otros.

            Francisco Fuster reúne ahora un puñado de artículos de crítica literaria y artística publicados en El Sol y La Vanguardia en los años veinte y primeros treinta. Pudieran parecer obra menor, mera curiosidad. El índice, como de manual, ayuda poco a despertar el interés. “Literatura universal” se titula la primera parte y los capítulos: “William Shakespeare”, “Goethe”, “Stendhal”. ¿A qué leer hoy lo que se dijera de la vida y obra de tales autores en un articulo periodístico de hace un siglo?

            Pero esos títulos y esa clasificación no son del autor, sino del editor, que se ha permitido prescindir de los títulos originales, mucho más sugestivos y que no hacen pensar en las entradas de un diccionario enciclopédico. ¿Se ha tomado otras libertades? No lo sabemos, pero nos resulta extraño que Gaziel, en un artículo de 1925, hable de la Primera Guerra Mundial, como si ya supiera entonces que iba a haber una segunda.

            Estas Pláticas literarias –el título del libro sí es el que Gaziel dio al conjunto de sus colaboraciones-- tienen poco que ver con la divulgación cultural o la perecedera reseña de la actualidad bibliográfica. Abundan las notas costumbristas (el primer capítulo habla más de Barcelona que de Shakespeare), las anécdotas autobiográficas, las observaciones poco convencionales sobre los escritores que ha conocido, las ideas brillantes que a veces se condensan en un aforismo.

 A propósito de Joseph de Maistre escribe: “Hay dos clases de polemistas: la vulgar, la de aquellos que, apenas abren la boca, os obligan a volverles la espalda, abrumados de hastío; y la otra, rarísima, de los que os agarran bruscamente a la inteligencia y al corazón, como una fiera enemiga, y os obligan, quieras o no quieras, a luchar con ellos”.

            Gaziel es un polemista de la segunda clase, pero no nos obliga a luchar con él, sino a pensar con él, nos ayuda a ver más claro, a caer en la cuenta de obviedades en las que no habíamos reparado. No importa que no estemos de acuerdo con sus afirmaciones y que sigamos no estándolo después de haberle escuchado. Tampoco lo fallido de alguna de sus profecías. En 1924, duda de cuál será el futuro de las obras de Loti, Barres o Proust. De Anatole France, que acababa de fallecer, no tiene ninguna duda: “es de los rarísimos privilegiados que no solo se libran del infierno, sino que además se zafan del infierno y alcanzan directamente la gloria del paraíso. Su muerte no es una incógnita: es una ascensión”. ¿Y dónde queda hoy esa gloria frente a la de Proust? Ya en 1924, France era un escritor de otro tiempo.

            Sus observaciones sobre Murillo resultan, por lo general, muy atinadas: “Lo que me desazona ante ese célebre pintor no es una falta pictórica. Es una falta de carácter”. Pero de pronto nos sorprende con una salida de pata de banco que muestra a las claras como de ciertos prejuicios, que han durado hasta casi ayer mismo, no se libraban ni las mentes más lúcidas: “Da verdadera rabia imaginar lo que ese afeminado habría sido capaz de pintar de haberse hecho más hombre”.

Aunque desbarre alguna vez, son más las ideas felices: léase lo que dice sobre el teatro de los hermanos Quintero, donde distingue entre la pintura a la acuarela y la pintura al óleo; o sobre la poesía de Josep Carner, que explica por qué ciertos poetas, tenidos por grandes en su país, carecen de interés fuera de él. Los tres artículos reunidos bajo el epígrafe de “Lev Tolstoi”, que no hablan propiamente del escritor, constituyen un espléndido relato ambientado en la Rusia revolucionaria, casi un cruel cuento de hadas.

            Lo que afirma Gaziel de Eduardo Gómez de Baquero podría aplicársele a sí mismo: “Para juzgar de las cosas, las ideas y los hombres, no usaba medidas patentadas. Era ante todo un espíritu libre y su instrumento de juicio no fue un metro convencional; era una luz eterna: la razón humana. Por esto amaba sobre todo el aire indispensable para que esa perenne estrella respire y palpite, que es el aire de la libertad. Se comprende que el liberalismo fuese su única intransigencia, porque para él era tanto como el derecho a la vida y el consiguiente instinto de propia defensa”.

            Pláticas literarias es una obra aparentemente menor de un escritor que no tiene obras menores.

           

jueves, 18 de abril de 2024

Siempre Machado

  

Antonio Machado
Poesías completas
Edición de José Luis García Martín  / José María Sánchez y Torreño
Ediciones Ulises. Sevilla, 2024.
422 páginas. 34 euros.

Si tuviéramos que mencionar solo media docena de poetas de lengua española, uno de ellos sería Antonio Machado. Hermano de otro poeta excepcional, Manuel Machado, coetáneo de Unamuno y de la afamada generación del 27, ocupa sin embargo un lugar aparte.

            Su obra no fue extensa, apenas tres libros de poesía y uno de prosa, aparte de publicaciones menores, como sus obras de teatro escritas en colaboración, y su vida la de un profesor de francés en institutos provincianos que solo alcanzó cierto relieve cuando la guerra civil le colocó al frente de los intelectuales que apoyaban la causa republicana. Ese hecho –y su muerte en el exilio-- le convirtió en símbolo y en algo fatigoso estandarte de la oposición al franquismo. Pero nunca fue solo eso, una especie de santo laico.

También se le quiso arrumbar, contraponiéndole a Juan Ramón Jiménez, como un poeta de lenguaje decimonónico frente a las innovaciones de la vanguardia. Antonio Machado salió siempre indemne de cualquier intento de hacerle a un lado.  Incluso del más peligroso de todos, el de la banalización de su poesía en boca de cantantes y políticos. Algunos de sus versos se han convertido en proverbios que circulan al margen del autor (“se hace camino al andar”, “hoy es siempre todavía”), pero la magia y el secreto de su poesía continúan intactos.

            De su poesía y de su prosa mejor, la del Juan de Mairena, esa colección de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo” que puede abrirse por cualquier página sin que, en ninguna, falte una iluminadora reflexión.

            Pocos poetas tan aparentemente monótonos, tan incansables andarines de su propia órbita, como Antonio Machado; pocos también tan diversos, no con la versatilidad del juglar, sino con la verdad del poeta reflexivo con los ojos abiertos al tiempo que le ha tocado vivir.

            Comenzó en la atmósfera decadente de aquel fin de siglo, el del XIX, que fue el fin de siglo por excelencia, pero supo pronto apartarse de toda la aparatosa parafernalia de los discípulos de Rubén Darío –a quien siempre admiró--, para adentrarse en las secretas galerías del alma y convertir en símbolo de la finitud humana el último sol de la tarde en las solitarias plazoletas de las ciudades viejas. Es el ciclo de Soledades, que tuvo una primera entrega en 1903 y que culminaría en 1907, cuando su vida inicia una nueva etapa (siempre en Machado, como en todo poeta que lo sea de verdad, y no solo un literato, caminaron a la par vida y obra).

            Esa nueva etapa es la de Campos de Castilla, la del abandono de la bohemia, el descubrimiento del amor y de las tierras de Soria, que fueron coincidentes. Es la parte de su poesía más difundida y también, para algunos, aquella en que más se nota la pátina del tiempo, sobre todo en los poemas de tono regeneracionista o costumbrista. La primera edición del libro, y la única exenta, es de 1912, pero continúan añadiéndosele poemas hasta 1917. Se comienza a escribir en Soria, se concluye en Baeza, a donde se traslada tras la muerte de su mujer, Leonor, y es esa ausencia la que da un temblor especial a los poemas de la segunda parte del libro.

            Nuevas canciones, de 1924, es el último volumen exento de Antonio Machado. No faltaron quienes vieron en él una muestra de cierta decadencia y epigonismo, una incursión en la moda neopopularista del momento, que para Machado no era ninguna moda, como no lo era para su hermano Manuel, ya que ambos habían aprendido del padre, Antonio Machado y Álvarez, el gran folclorista, el valor de la poesía popular.

            Pero lo cierto es que a Machado cada vez le interesaba más la reflexión filosófica y el desdoblamiento en lo que él llamó “los complementarios” y que pueden ponerse en relación con los heterónimos pessoanos. Él mismo ironizó sobre esta transformación suya: “Poeta ayer, hoy triste y pobre / filósofo trasnochado, / tengo en monedas de cobre / el oro de ayer cambiado”.

            Publicadas por primera vez en la Revista de Occidente en 1926, las reflexiones de Abel Martín sobre metafísica y poética serían incorporadas a la edición de sus poesías completas aparecida en 1936, la última que publicó en vida. Podía haber entresacado los poemas que figuran en ellas –y que están entre sus mejores poemas--, pero prefirió dejarlos entreverados en la prosa y atribuidos a otros.  A finales de los años veinte, volvió la vena lírica con la aparición de un nuevo amor, el de Guiomar, que algunos tomaron como una ficción literaria, confusión a la que contribuyó deliberadamente el propio poeta: “Todo amor es fantasía; / él inventa el año, el día, / la hora y su melodía; / inventa el amante y, más, / la amada. No prueba nada, / contra el amor, que la amada / no haya existido jamás”. Solo a partir de 1950, con la publicación del libro de Concha Espina De Antonio Machado a su grande y secreto amor, comenzamos a saber la verdadera historia que había detrás de los versos, su relación con la poeta Pilar de Valderrama.

            Luego llegó la guerra, y el poeta ayudó a la causa en la que creía, con sus versos y su prosa. Es ya el epílogo, pero acá y allá, entre tantos textos circunstanciales, sigue iluminándonos el poeta excepcional que no dejó nunca de ser Antonio Machado.

            ¿Qué aporta esta nueva edición de sus Poesías completas a las ya numerosas publicadas hasta la fecha? Trata de ser lo más fiel posible a la voluntad del poeta. La última edición que publicó en vida, del año 1936, se reproduce con escrupulosa fidelidad, respetando incluso la disposición tipográfica de los poemas, que no suele tenerse en cuenta, pero enmendando alguna errata que acostumbra a perpetuarse. Siguen los poemas escritos durante la guerra, aunque quizá el autor hubiera dejado fuera alguno de ellos al preparar una nueva edición de sus Poesías completas. La tercera parte –que puede considerarse como un apéndice-- incluye los textos que se publicaron en revistas antes de 1936, y que no se incluyeron en libro, y los que aparecieron en libro, pero luego quedaron fuera de la edición conjunta. El lector debe tener en cuenta este hecho y no olvidar que el poeta no les dio su aprobación final.

            Sin variantes que perturben la lectura, sin enfadosas erudiciones, las Poesías completas publicadas por Ediciones Ulises pretenden acercarse lo más posible a la edición que habría hecho hoy el propio Antonio Machado.