martes, 6 de octubre de 2026

Historia y vidas

 

Ángel Katarain / Unai Lobo
Los sonidos de mi vida
Desacorde Ediciones. Madrid, 2026.

“Cada hombre lleva consigo su novela” podríamos decir parafraseando la cita de Fortunata y Jacinta que Andrés Trapiello suele colocar al frente de sus diarios. Ángel Katarain, técnico musical que ha acompañado en giras y grabaciones “a un buen número de grupos y artistas del panorama musical vasco” le cuenta esa novela personal a Unai Lobo, trompetista de Betagarri, en Los sonidos de mi vida.

¿Tiene algún interés un libro así para el lector común, para quien no se interesa especialmente por los entresijos de la música popular contemporánea y por las técnicas de grabación?

Lo tiene, y grande. Por un lado, ayuda a entender una parte principal de la historia de España, unos hechos violentos que aún no han cicatrizado del todo, y por otro nos presenta a quien le tocó ser testigo y víctima cercana a los verdugos y que se vio a sí mismo como “un ser humano dentro de una escafandra de astronauta, recién aterrizado y mirando al mundo sin entender nada”.

Nacido en 1961, sus hermanos mayores militaban o eran simpatizantes de ETA y desde muy niño recuerda las visitas de la guardia civil a su casa, las palizas, las detenciones. A él lo detuvieron por primera vez en vísperas de Navidad el año 1982. Estuvo una semana incomunicado y el libro recoge el testimonio pormenorizado del trato recibido

            Pero no es este un libro que, para condenar las violencias de unos, defienda la violencia de otros. “ETA no supo adaptarse a los tiempos y pasó de ser el sueño de un pueblo y una esperanza de libertad, a una burda pesadilla; una manzana podrida que se devoraba a sí misma”, escribe.

            Y él lo sabe bien porque es hermano de Yoyes, la militante etarra que abandonó la organización y la militancia política y al volver a España de su exilio mexicano fue asesinada por sus propios compañeros.

            La historia del país vasco, que es historia de España, no se escribe en blanco y negro ni en la época de las guerras carlistas ni en época más reciente. Este libro, tan destartalado como una novela barojiana, e igualmente fascinante, ayuda a entender mejor un tiempo sombrío y tendenciosamente contado por unos y por otros: “La primera víctima de una guerra es la verdad, la segunda es la cordura, en Euskadi se perdieron las dos cosas quedando una marca imborrable de muertes que seremos incapaces de explicar a nuestros hijos”.

            Como en La comedia humana de Balzac, también en la novela de la vida de Ángel Katarain hay un Vautrin, un mentor en la sombra que guía al protagonista. Se trata de Joseba Sarrionandia, el gran mito de la literatura vasca, al que ayudó a escapar de la cárcel de Martutene en 1985 (él fue quien preparó los bafles en los que se escondieron los dos presos fugados), pero al que no conoció hasta 2006, cuando el escritor vivía en Cuba con el nombre de Martín. Katarain fue a pasar allí un mes, por razones de trabajo y turismo, y el amigo que le había invitado le dijo: “Oye, que aquí anda un paisano nuestro, que salió en un altavoz y no sé qué…”

            De aquel encuentro, en que uno y otro conocieron por primera vez todos los pormenores de la rocambolesca fuga (y nosotros conocemos ahora), surgió la idea de rodar los documentales “Siete calles de La Habana”, que cuentan, con guion de Sarrionandia, la historia de personajes vascos que tuvieron un papel fundamental en la historia de Cuba: la del obispo Espada, un inquisidor ilustrado que llegó a La Habana con el encargo de poner orden en la isla, y que acabó acusado de liberal, hereje, masón y murió en el barco que lo traía a España; o la de Julián de Zulueta, nacido en Álava en 1814 y que se enriqueció con el comercio de esclavos. Los descendientes españoles de Zulueta quisieron conocer a los descendientes de aquellos esclavos, que también llevaban el apellido de Zulueta y todo ello se cuenta en el documental, que está muy lejos de ser la esperada caricatura de un negrero.

Quizá el más impactante de los documentales de Katarain –todos están disponibles en su página web-- es A medianoche. Momentos con Javier Arzuaga, también idea, guion y dirección en la sombra de Martín, esto es, de Sarrionandia. Un día, se le acercó con un montón de folios fotocopiados y le dijo: “Oye, ¿tú podrías buscar al que ha escrito esto? Es el texto de un libro publicado en Miami, es el testimonio de un fraile de Oñate que fue capellán de La Cabaña cuando el Che Guevara era comandante y asistió a los fusilamientos de los primeros días de la Revolución”. Encontró al exfranciscano y, cuando fue a entrevistarle, este se extrañó de que un técnico de sonido le hiciera unas preguntas tan precisas. Tuvo que confesarle que había alguien más, pero que “el que está detrás nos ha pedido que no le mencionemos”.

            Sarrionandia, que se había convertido en el ausente más presente de la literatura vasca, solo quiso aparecer con el nombre de Arlo Will. Habrá quien sonría con cierta suficiencia al leer lo que cuenta Katarain sobre la procedencia del pseudónimo: “Martín lo había sacado de un libro muy curioso, Antología de Spoon River, un libro pequeñito que trata sobre conversaciones entre muertos en un cementerio. Uno de esos muertos es Arlo Will y habla con los demás en formato poesía. Es muy bonito, porque se habla diferente cuando estás muerto. El libro me hizo mucha gracia”.

            No es un intelectual Katarain, evidentemente (“Martín, a mí no me regales libros, que yo no leo, soy carne de cables y pantallas”), pero eso no impide que Los sonidos de mi vida rebose de esa sabiduría que no se aprende en los libros. A menudo recuerda las frases que le escuchaba repetir al aittona, a su abuelo materno. Una de ellas decía así: “Niños, cuando abrís los ojos, estáis viendo la mitad del mundo; la otra mitad la vais a ver cuando los cerráis”.

            Con desarmante verdad, Ángel Katarain nos cuenta lo que vio y lo que vivió. No guarda rencor ninguno. Un ejemplo: el coronel Galindo –el de Lasa y Zabala e Intxaurrondo-- denunció un disco en el que él participaba como técnico de grabación porque una de las canciones, “Ustelkeria”, aludía a una información periodística en que se hablaba de su posible implicación en el narcotráfico. Ocho años estuvieron procesados por ello. Y esto es lo que dice del acusador: “Al final, el que terminó empapelado acusado de cosas horribles, fue el coronel”. Acusado y condenado.