sábado, 15 de noviembre de 2014

Martín López-Vega, hacer de cada día una obra maestra


La eterna cualquiercosa
Martín López-Vega
Valencia. Pre-Textos, 2014.

Los poetas, salvo raras excepciones, no escriben libros de poemas, sino poemas que luego se reúnen en libro. En la última recopilación de Martín López-Vega, autor de obra abundante que no gusta de anclarse a una sola tradición, hay un puñado de espléndidos poemas y algunos prescindibles experimentos.
            Comencemos por los poemas que justifican el libro, los que acreditan que la obra poética de López-Vega, iniciada en Travesías (1996), ha logrado escapar de todas las Circes que le han tentado con sus piruetas a lo largo de su ya dilatada singladura.
            Comienza La eterna cualquiercosa con un himno a la cotidianidad, a todo lo que miramos sin ver. Detrás está la lección de Alberto Caeiro y de Álvaro de Campos, del mejor Pessoa: “Es hermoso caminar solo entre la bruma / sabiéndose tantos a la vez. / Soy una conversación de inexistentes. / Soy lo que queda de una infinidad de futuros / que viven su truncada existencia dentro de mí. / Es hermoso haber elegido tantas veces: / soy un cruce de cruces de caminos”.
            A la antología viajera que López-Vega ha ido escribiendo desde su primer libro se añade ahora “Junio”, hermoso poema en que un grupo de amigos comen pescado frente a las costas de Croacia “mientras un mirlo / picoteaba una cereza / y dejaba dentro su canción”.
            La amistad tiene un lugar central en la poesía de este autor. “Yendo a casa de Xuan Bello con unas semillas que le traigo de Portugal” se titula uno de los poemas más arriesgados del libro; podía haberse quedado en una cordial banalidad, en una anécdota más o menos bien contada, pero en él está el poeta López-Vega de cuerpo entero, con esa fórmula solo suya de mezclar cotidianidad y cultura, muy concretos datos biográficos y un vislumbre sobre esa otra realidad que hay tras la realidad. En este poema, unas palabras de Lucrecio sobre la dificultad de llevar a los versos latinos los hallazgos de los griegos “a causa de la pobreza de nuestra lengua” le sirven para ponderar la capacidad de Xuan Bello de poner “en asturiano claro” la complejidad del mundo contemporáneo, y poco después alude a su mejora de la vieja receta del “bacalhau con natas”.
            Y a la par que los amigos, la familia. A la figura de su abuelo ha dedicado López-Vega algunos de sus más conmovedores poemas. En “Esfera”, el abuelo vuelve de donde no se vuelve para revelarle “cosas que solo se intuyen en el amor y en la música”. Reaparece, esta vez bajo un prisma de humor, en “Mis influencias como científico”: “Mi abuelo era un filósofo cuya obra / se resume en un tomo que consta / apenas del título: Oír, ver y callar”. Otro conmovedor (y consolador) poema familiar: “Una manzana para Margarita”. Elegía y justificación de la poesía: “Por eso escribo poemas / para sentir la salud / para encender la luz / que una y otra vez el viento de la vida apaga”. Pero el poema que yo prefiero de estos poemas familiares lleva el título de “Reunión”. Comienza con un encuentro familiar en la terraza de un restaurante, “en Asturias, / en la Toscana o en el Carso, a la sombra de manzanos, / olivos o castaños”. Tras unos demorados versos llenos de pequeños detalles exactos, descubrimos el carácter onírico, imposible, anhelado de esa reunión “en la que estamos todos para siempre / con nuestras risas que no cesarán nunca / nuestros vasos / que una mano invisible mantendrá siempre llenos / y ninguna herida, / ningún dolor / ningún remordimiento”.
            Entre las elegías a amigos y maestros que se integran en el libro, destaca “Puerta entornada”, dedicada a Seamus Heaney, otra historia de fantasmas. Y no conviene olvidar los poemas de amor. “La corriente del golfo” se titula uno de ellos y es uno de los más originales que se hayan escrito nunca. Hasta el último verso, mejor, hasta la última palabra, parece que está hablando de otra cosa, pero basta un nombre (el mismo que encontramos en la escueta dedicatoria del volumen) para darle un nuevo sentido, el verdadero, a todo: “Siempre que algo brilla / la responsable es una planta microscópica. Llámala / felicidad, llámala calma, llámala Patricia”. El otro poema de amor, “La eterna cualquiercosa”, que cierra el libro y le da título, tiene una estructura cinematográfica. Vemos desde fuera una casa rodeada de un pequeño jardín, escuchamos el canto de los pájaros, nos acercamos a la ventana, oímos a una pareja que charla en la cocina, alguien pasa en bicicleta, entrevemos el aleteo de un colibrí: “Si entrásemos, veríamos sobre la mesa del salón / una guía de aves y un libro de poemas / con un verso subrayado: Well, / not every day can be a mastepiece. / Que no sea por no intentarlo. / Que no sea por no haber puesto atención  / que no alcancemos / el árbol de la vida, / la fuente de la juventud, / la eterna cualquiercosa”.
            Cuando llegamos al final ya nos hemos olvidado de los ejercicios de taller (“Coloquio sobre Ícaro”, “Cantar de Mío Cid”), de alguna bien intencionada obviedad (“El verdadero poeta va solo. / Los que van en manada son el coro”) o de ciertas incursiones en el divagatorio fárrago. Quizá esas presuntas caídas son deliberadas, quizá estén puestas entre los poemas más intensos para permitirnos un respiro.
            Y termino subrayando un divertido poema encontrado (la relación de reparaciones en una iglesia de Braga) y las precisas referencias –el poema “Roscoe” puede servir de ejemplo– a la realidad americana en que actualmente transcurre la vida del poeta asturiano, que fue periodista y librero y ahora es profesor en la Universidad de Iowa.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Leila Guerriero: un decir que es un hacer


Zona de obras
Leila Guerriero
Círculo de Tiza. Madrid, 2014.

¿Se imaginan un libro de recetas de cocina en el que cada capítulo fuera comestible? Pues eso es lo que es esta Zona de obras: un libro sobre periodismo en el que no hay página que no sea un ejemplo del mejor periodismo.
            “Periodismo” es una palabra ambigua, como todas las palabras de algún interés. El periódico –el impreso periódico– es un contenedor, al igual que el libro, y lo que contiene tanto puede ser lo que en sentido estricto se entiende por periodismo como lo que suele denominarse literatura: poemas, relatos, novelas por entregas.
            ¿Y qué se entiende habitualmente por periodismo? El reflejo efímero de la actualidad: la noticia del día, las declaraciones del político de turno, el comentario sobre un libro recién publicado o una película que se acaba de estrenar.
            El periodismo, en sentido estricto, pierde interés cuando pierde actualidad, por lo general al día siguiente de ser publicado, y solo lo vuelve a tener, macerado en la hemerotecas, cuando se convierte en fuente de información para la pequeña y para la gran historia del mundo.
            La literatura, se publique o no en el periódico, aspira a permanecer, a no tener fecha de caducidad, y por eso acostumbra a saltar de las perecederas páginas del diario a las más duraderas del libro, hasta ahora lo más adecuado para mantenerse a flote sobre la efímera actualidad.
            Pero hay periodismo que, sin dejar de serlo, sin dejar de atenerse al dato exacto y a la comprobación de las fuentes, es también literatura, gran literatura: aspira a permanecer en la memoria de los lectores, a ser leído y releído, no solo a ser consultado por los historiadores o los curiosos, cuando el tiempo pase, en las hemerotecas.
            El género estrella de ese periodismo literario es la crónica, que tuvo su primer auge con el modernismo –Rubén Darío, José Martí, Gómez-Carrillo–, pero que los cultivadores actuales prefieren emparentar con el nuevo periodismo de Tom Wolfe.
            La crónica cuenta hechos verdaderos con las herramientas de la ficción. Necesita, como la literatura, tiempo y también espacio; por eso, aunque tiene cabida en los diarios, su lugar natural son las revistas o directamente el libro. Leila Guerriero se refiere con frecuencia a algunas de las grandes revistas latinoamericanas en las que se publicaron muchos de sus textos, como El Malpensante o Etiqueta negra; también a una obra maestra del género, Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, que apareció directamente como libro.
            Zona de obras reúne artículos o conferencias en los que la autora reflexiona sobre su trabajo. Podían ser textos menores, apresuradas páginas para salir al paso de algún encargo, curiosidades para los estudiosos del periodismo. Leila Guerriero nunca se pone estupenda, nunca eleva el tono para intentar darnos una clase magistral, pero a menudo consigue pequeñas obras maestras. Un ejemplo: “El bobarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa”, perfecto ejemplo de crónica sobre la literatura y la vida, la vida y la literatura, y de cómo las personas no siempre son lo que parecen. Otro ejemplo: “Lista” que es, como tantos poemas, una enumeración caótica, en esta ocasión de las cosas que ayudan a escribir. “Aterrador” es un ejemplo más, casi un poema: “Hay días así. / Los largos días en los que no sucede nada”.
            Textos breves, autobiografía y poesía; textos más largos, ejemplo y lección, colección de precisas citas, recuerdo constante de los maestros más cercanos, como el ya citado Rodolfo Walsh o Martín Caparrós. Y mucho cine, mucha novela, mucha poesía: el buen periodismo, el que ahonda en la realidad, el que no se queda en la superficie, se nutre sobre todo de lo que no es periodismo: el gran arte, la memoria personal.
            Cierto que alguna vez, como no podía ser de otra manera, discrepamos de sus afirmaciones. Apoyándose en Javier Marías, afirma que “no hay ponzoña peor que el barro fofo donde chapotean el eufemismo y la corrección política”. Pero lo mismo que, según afirma en otro lugar, conviene evitar “los comentarios ofensivos disfrazados de comentarios ingeniosos”, debería tenerse en cuenta que el eufemismo puede ser una forma de delicadeza y la corrección política una manifestación de respeto hacia las minorías.
            De grandes temas y pequeñas minucias, habla Leila Guerriero en este vademecum, en este breviario que todo aprendiz de periodista debería llevar consigo, pero que no interesa solo a los que se van a dedicar ese oficio al parecer en riesgo de extinción, sino a todos los que nos dedicamos a otro igualmente hermoso e igualmente arriesgado: el oficio de vivir.

sábado, 1 de noviembre de 2014

José Luis Piquero, crónicas del lado oscuro


Cincuenta poemas. Antología personal (1989-2014)
José Luis Piquero
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2014.

En poesía, como en tantas otras cosas, menos es más. Un centenar de poemas, escritos a lo largo de casi treinta años, no parece una cosecha excesiva. Suficiente, sin embargo, para otorgarle a José Luis Piquero un lugar de excepción en la poesía contemporánea.
            Lo acredita la antología que con el título deliberadamente poco imaginativo de Cincuenta poemas acaba de publicar. Apenas hay en ella poemas inéditos, pero eso importa poco; la mayoría de los poemas nos vuelven a golpear como si los leyéramos por primera vez.
            Porque hay poetas que acarician y poetas que golpean, y Piquero es de los segundos. Le gusta hacer sangre, volver del revés nuestras confortables expectativas. En el prólogo, breve y sustancioso, nos dice que para él escribir no es un fin en sí mismo, sino solo una etapa de un proceso “en el cual lo más importante es lo que sucede antes y después del poema: la búsqueda a ciegas, el encuentro con la sorpresa, el poso que queda en la conciencia tras haber atisbado una porción de realidad”.
            Lo que sucede antes del poema: pocos poetas nos dan como José Luis Piquero la impresión de directo autobiografismo; no ahorra los nombres propios, las anécdotas reconocibles; a veces el lector tiene la impresión de que le dan a comer carne cruda, sanguinolentas vísceras.
            Pero es solo una impresión. No hay más que comparar la poesía de José Luis Piquero con la de tantos poetas en la estela de Bukowski o de Roger Wolfe para darse cuenta de que él no se conforma con hacernos partícipe de sus puntuales ocurrencias más menos escatológicas o de sus excesos etílicos.
            José Luis Piquero no busca, o no solo busca, confesarse, rebelarse, exhibir su mala conciencia: busca conocimiento, entender el mundo sin caer en las trampas que nos tienden la ideología y las falsas evidencias. Utiliza para ello el método inductivo, va de lo particular a lo general, y practica la vivisección: emplea el bisturí sobre sí mismo, y sin anestesia, para analizar cómo funciona un ser humano por dentro.
            En los primeros poemas son patentes los maestros –Cernuda, Cavafis, Gil de Biedma– a los que homenajea en algún título o en algún pasaje concreto, pero muy pronto se evidencia su personalidad, que no se confunde con la de ninguno de ellos, que le distancia ya desde su primer libro, Las ruinas, de la legión de los epígonos.
            Gusta Piquero, como tantos poetas de su generación, de hablar de sí mismo, y de todos nosotros, utilizando la máscara de un personaje. La elección de esas máscaras le define: Caín, Judas, el Golem, el Cíclope, los traidores, los monstruos (Monstruos perfectos titula uno de sus libros).
            Pero no todos los poemas nos muestran el envés de la condición humana, no todos nos dejan sin aliento. También hay espacio para la promiscua felicidad. “Romeo en el internado” nos cuenta un amor adolescente con trampantojo y comedia. Una historia de tres narra “Iván y Arancha en Praga”, elegía y oda a la juventud y a la felicidad representadas por una pareja de amigos. “Cuatro”, con sus rimas asonantes, tiene un aire de canción y de guilleniano canto a la felicidad (aunque al puritano Jorge Guillén le habría espantado el acorde sexual que se canta en el poema): “Esta noche los cuatro / nos damos libremente, como obsequios. / Ya no somos parejas y formamos / un círculo perfecto”.
            Abundan más, sin embargo, los poemas en los que el protagonista hace daño y se hace daño, los que dan consejos que escandalizan a los bienpensantes (léase “Mensaje a los adolescentes”), los que no nos permiten mirar hacia otro lado y entretenernos con consoladoras fantasías. “Llegó a ser adictivo, y ahora entiendo a los santos y a los mártires”, nos dice al comienzo del poema “Quemaduras”, que trata de las autolesiones. “Amenazando con hacerlo” se ocupa del chantaje emocional de los falsos suicidas. Al melodramatismo de esos textos quizá sea preferible la sordina de “Abrigo azul”, que vale por un cuento de Chejov o de Gógol.
            El amor, como la amistad, como todo lo que vale la pena en este mundo, está lleno de trampas. José Luis Piquero nos las muestra todas, nos hace caer en ellas, nos ayuda a levantarnos. Quienes prefieren la maldad inteligente a la bondadosa bobería no deben dejar de leer a este poeta de la hiriente lucidez, al que le bastan un puñado de poemas –ni él ni nosotros soportaríamos más– para hacerse un sitio de excepción en la poesía contemporánea.

domingo, 26 de octubre de 2014

Aurora Luque: Corre, ven, vive, vuela


Fabricación de las islas (Poesía y metapoesía)
Aurora Luque
Valencia. Pretextos, 2014.

No todos los libros comienzan en la primera página. La nueva antología de Aurora Luque lo hace exactamente en la 54. Antes encontramos un prefacio de Caballero Bonald que no es más que una prolongación de la página de cortesía; un largo estudio de Josefa Álvarez Valadés, responsable también de la selección, sin interés fuera de los círculos académicos, y un poema, “Los cantos de Eurídice”, correspondiente a un libro previo, Hiperiónida, en el que la autora ya mostraba su interés por el mundo clásico, pero en el que aún estaba lejos de encontrar su lenguaje. Copio la glosa “metapoética” de la antóloga a unos versos (“Recuérdame como uno de esos seres / que no pude asumir: / la rosa abierta al día / sin deseos azules”) de ese poema: “la rosa desde la antigüedad ha servido como símbolo de la belleza, de la creación y de la obra poética y al mencionarse de ella que no tiene ‘deseos azules’ la voz poética la aparta radicalmente de tendencias literarias como el modernismo de Rubén Darío, para quien el azul era el color por excelencia y la escritura poética el misterio de hacer ‘rosas artificiales que huelen a primavera’. De esta concepción creadora se aparta una Eurídice, ahora ya lo intuimos, aspirante a poeta, al querer ser evocada como una rosa real abierta al día y vincularse con ello a una forma de crear inseparable de la vida”.
            Nada pierde el libro si prescindimos de ese medio centenar páginas, todo lo contrario. Aurora Luque ha sabido aunar en sus versos hedonismo y cultura, una atenta mirada al mundo contemporáneo y los ecos mejores del mundo clásico. Nadie como ella puede volver a contarnos un mito (el de Pandora, por ejemplo, en “Aviso de Correos”) sin que suene a arqueología, a ejercicio de erudición; nadie como ella conversa con los clásicos con tanta naturalidad: “Deja de hacer locuras, desgraciado Catulo”.
            De la poesía, de la literatura en general, hablan muchos de estos poemas. En “La isla de Kirrin” evoca las primeras lecturas adolescentes, quizá todavía no gran literatura, pero ya plataforma perfecta para el ensueño y la invitación al viaje. “Tópico” le da una enésima vuelta al “Carpe diem” horaciano. “Ya no atrapes el día –no se deja, / no es tan fácil ser dueño del presente”, comienza; y concluye: “Si no lo acosas puede / que se tienda sumiso / de noche en tu regazo”. Los limones fulgentes entrevistos en unos versos de Montale le sirven para definir al amor. “Nota a Emily Dickinson” titula uno de los poemas.
            “Cócteles” ejemplifica bien la manera de hacer de Aurora Luque. En ese poema nos da la receta de su combinado alcohólico preferido a la hora de escribir: “Entibiaba la hoja poco a poco / ginebra con limón, arias del dieciocho, / martinis rojos, tangos, bourbon, mornas, / copla vieja con vino de Mollina, / Sabicas con Sanlúcar, / Rossini, Billie Holiday”. Para el final quedan los ingredientes más importantes: “Y algún trozo de cáscara / del corazón. Añádase la vida / con su amargor oscuro, indefinido, / su hielo que no quiso derretirse”.
            Los poemas de Aurora Luque se paladean, se saborean como esos figurados cócteles suyos; tienen siempre olor, color y sabor; embriagan, pero no adormecen; aunque a veces parecen contraponer vida y literatura, saben que la literatura es parte de la vida, y con frecuencia la mejor parte. Las notas de sus cuadernos añadidas al final (bajo el equívoco título de “Aforismos”) apuntan, como no podía ser de otra manera, en la misma dirección.
            Intenta a veces el epigrama satírico, pero acierta sobre todo en el fulgor celebrativo. Más dionisíaca que apolínea, sabe que el regalo mayor de los dioses son “los feroces racimos del deseo, / su pulpa ensangrentada”. Lo arriesga todo “por la cima / del amor o del arte”, como nos dice en “Hybris”, aunque no ignore que en la cima está la nada.
            Poemas intensos siempre, aunque a veces parezcan distenderse en la anécdota lectora o viajera (“La Habana multifrutas”, “La linterna”), nunca vacuos ni imprecisos, nunca seca flor de erudito herbolario. De ellos no podrán decirse las palabras de “El fantasma de Evergreens”: “Sabrás más de lo eterno y de lo bello / si tus dedos comprimen esta hoja roja y fresca / o sigues a ese pájaro en su vuelo / travieso en la ciudad / que si escarbas mis versos / buscando vuelo y savia. / Corre, sal, vive, vuela. / Los poemas son solamente cápsulas, / aditivos, morfinas, antibióticos”.
            No los de Aurora Luque, concentrado de vida cien por cien natural, fruta del tiempo, jardín y biblioteca.

            

lunes, 20 de octubre de 2014

Frédéric Gros: Un arte de vida


Andar. Una filosofía
Frédéric Gros
Taurus. Madrid, 2014.

El paseo, esa actividad cotidiana en la que apenas reparamos. resulta tan artificioso y cultural como una representación de ópera o un partido de fútbol. A los griegos de la época clásica les gustaba pasear y charlar. ¿Cuántos siglos tuvieron que pasar para que los ciudadanos le volvieran a coger el gusto a la calle? Las calles eran de los que no tenían casa, de los pilluelos y las busconas. Los caballeros las cruzaban rápidamente y en coche o en litera. Cierto que muy pronto se habilitaron lugares como el madrileño Paseo del Prado, pero eran lugares donde se iba a determinadas horas, a verse y a dejarse ver, a establecer contacto, aunque solo fuera visual, con el otro sexo. El paseo urbano tal como hoy lo entendemos, el salir a dar una vuelta sin ir a ninguna parte, es una actividad tan natural como un poema de Baudelaire. Y de hecho se inventó en el París de Baudelaire, cuando la ciudad, después de las reformas de Haussmann, se convirtió en el mayor espectáculo del mundo.
            Damos por sentado que pasear, salir a ver escaparates, tomar un café, respirar el aire de la calle, es una actividad cotidiana que no necesita justificación, pero nos basta abandonar la civilizada Europa e irnos a ciudades como Lima o Bogotá para que la gente se lleve las manos a la cabeza cuando pretendemos hacer algo tan sencillo. De los límites bien vigilados de la urbanización solo se puede salir en coche. Para poder pasear tranquilamente hacen falta calles urbanizadas, un servicio de limpieza, policía que no se parezca a la de Iguala, México, o Cartagena, España.
            “Un ensayo sobre el paseo en la historia y en la literatura universales” subtitula Javier Mina su libro El dilema de Proust (Berenice), en el que la erudición nunca abruma y no escasean los rasgos de humor. Andar, de Frédéric Gros, se subtitula “Una filosofía”, y se lee de otra manera: es, antes que nada, espléndida literatura, con pasajes que se aproximan al poema en prosa.
            Unos cuantos andarines ejemplares son estudiados en el libro de Gros. Comienza con Nietsche, cuya alacridad filosófica, tiene mucho que ver con el gusto por los largos paseos; termina con Gandhi, que convierte las marchas en parte esencial de su acción política. En medio quedan Rimbaud y su ansia de huir; Rousseau y las ensoñaciones de un paseante solitario; el vagabundeo melancólico de Nerval, la higiénica rutina de Kant y “la conquista de lo salvaje” de Thoreau.
            Henry David Thoreau es quizá la figura central del volumen, la que está vista con más admiración. Un gran caminante es a menudo lo contrario de un gran viajero. Thoreau caminaba varias horas al día, todos los días, pero lo hacía por los alrededores de su casa. Y sin embargo su libro Walden ha fascinado a más lectores que cualquier libro de viajes. “No hace falta ir muy lejos para andar”, explica Gros. El verdadero sentido de la marcha no es ir hacia otros lugares, “sino estar al margen de los mundos civilizados, sean los que sean”.
            Por eso dedica un capítulo a la filosofía cínica de la antigua Grecia, al denostado Diógenes y sus compañeros: “Rico es aquel que no carece de nada. Y el cínico no carece de nada, pues ha hallado el gozo de lo necesario: la tierra para descansar el cuerpo, el alimento que encuentra en su vagabundear, el cielo estrellado como techo, las fuentes para saciar su sed”.
            Lo que Gros nos ofrece en su libro es una filosofía y una poética del andar sin rumbo fijo: “Caminar es ponerse a un lado: al margen de los que trabajan, al margen de los productores de provecho y de miseria, de los explotadores y de los laboriosos, al margen de la gente seria que siempre tiene algo mejor que hacer que acoger el tenue resplandor del sol en invierno o el frescor de la brisa en primavera”.
            Los capítulos biográficos alternan con otros que tratan temas como la soledad, el silencio, la eternidad; en ellos la vivaz prosa ensayística –ejemplo siempre de la celebrada claridad francesa– se acerca con frecuencia a las fronteras de la poesía, como cuando enumera los distintos tipos de silencio: “Está el silencio del alba. Hay que partir muy temprano en otoño cuando la etapa es larga. Fuera todo es violeta, la luz repta bajo las hojas amarillas y rojas. Es un silencio atento. Caminamos sin ruido entre los grandes árboles oscuros, envueltos aún en una tenue noche azul. Casi nos da miedo despertarlos. Todo susurra en voz baja”.
            Frédéric Gros nos ofrece, junto a una sugerente filosofía del andar, todo un arte de vida.  
           
           


sábado, 18 de octubre de 2014

Un secreto, dos amigas, doscientos epigramas


El secreto de Raffles Haw
Arthur Conan Doyle
Espuela de Plata. Sevilla, 2014.

Hay escritores, quizá no de primera fila, que dominan, mejor que los grandes nombres, el arte de contar. Uno de ellos es Arthur Conan Doyle. Lo saben bien los muchos admiradores, que no decrecen con los años, de Sherlock Holmes. Imposible leer las primeras líneas de cualquiera de sus aventuras y no sentir el deseo de seguir leyendo. Menos conocido resulta que ese arte se manifiesta con igual maestría en el resto de su obra, no demasiado conocida. Un buen ejemplo lo encontramos en El secreto de Raffles Haw, novela protagonizada por un excéntrico millonario que anticipa al gran Gatsby. Aunque nos encontramos con un prodigioso palacio, propio de Las mil y una noches, y continuas y extrañas maravillas, todo trata de explicarse racionalmente al final. No lo consigue del todo y nos quedamos con la sensación de haber leído, bajo la apariencia de novela realista, un fascinante cuento de hadas que encubre un apólogo moral, bastante pesimista, sobre el ser humano.


Antología de epigramas
Marco Valerio Marcial
Traducción y nota preliminar de Pedro Conde Parrado
Trea. Gijón, 2014

Los clásicos que lo son de verdad siguen siendo nuestros contemporáneos. Los desenfadados epigramas de Marcial, de no haber sido escritos en la Roma imperial, solo podrían haber sido escritos en nuestra malhablada modernidad. Pero el tiempo no perdona ni siquiera a los clásicos y emborrona, lima, hace perder gracia a buena parte de su obra, que queda solo para pasto de filólogos. Por eso resultan tan necesarios estudiosos como Pedro Conde Parrado que ha sabido espigar de su extensa obra lo más vivo, punzante y emocionante. Porque Marcial no fue solo el maestro del epigrama mordaz, el maestro de Quevedo y de cuantos poetas satíricos vinieron después; también sabe conmovernos con poemas como el epitafio tan magistralmente traducido por Víctor Botas en Segunda mano: “Os encomiendo, padres, a la pequeña Erotion / que iluminó mis horas con su risa / para que sin temor avance hacia las negras sombras / y las monstruosas fauces del tartáreo can. / Seis días le faltaban para su sexto invierno. / Que juegue dichosa entre tan dulces protectores / balbuciendo mi nombre con ceceantes labios. / No cubras, tierra, con duro manto sus blandos huesos / ni le seas pesada; no lo fue ella para ti”.


Las deudas del cuerpo
Elena Ferrante
Traducción de Celia Filipetto
Lumen. Barcelona, 2014.

La portada más o menos insinuante, el prolijo índice de personajes que aparecen al comienzo, el enigma que rodea al autor (del que no se sabe nada, ni siquiera si es hombre o mujer), la indicación de que se trata de la tercera parte de una saga que se ignora si tendrá continuación, todo esto es más que suficiente para alejar de esta espléndida novela al lector que se acerca a una obra de Elena Ferrante por primera vez (si conoce ya alguno de sus libros no necesita de recomendaciones). Pero quien se deje llevar por todas esas señales desalentadoras, se perdería una obra maestra que se basta y se sobra a sí misma. La historia de dos amigas, nacidas en 1944 en un suburbio de Nápoles, nos recuerda a la gran narrativa decimonónica, y el lector agradece encontrarse con el aliento de los grandes maestros, pero su manera de contar, de entremezclar la pequeña con la gran historia, es absolutamente contemporánea. Las deudas del cuerpo (el título original, más hermoso, es Storia di chi fugge e di chi resta) comienza en los años sesenta, los años de la revuelta estudiantil. Una absorbente novela, como las de antes, escrita con minuciosa inteligencia. 

sábado, 11 de octubre de 2014

Luis García Montero: Defensa de la literatura



Un velero bergantín
Luis García Montero
Visor. Madrid, 2014.

Las defensas de la literatura, o de las librerías, tan frecuentes en estos últimos tiempos, suelen ser sospechosas. Cuando cerraron la última sala de cine de Segovia, hubo muchas protestas; el propietario respondió con una frase: “Si los que lamentan que no haya cine en su ciudad, hubieran ido al cine, no ya una vez a la semana, sino una vez al mes, yo no habría tenido que cerrar”. Lo mismo se les podría decir a los que se lamentan de que cada vez haya menos librerías.
            Luis García Montero en Un velero bergantín prefiere recurrir a la autobiografía en lugar de al quejumbroso tópico a la hora de defender la literatura. El título alude al conocido poema de Espronceda, “La canción del pirata”, del que se habla en el primero de los breves capítulos. El amor a la literatura rara vez tiene su origen en las aulas; el amor se aprende, pero no se enseña, y no admite el imperativo. García Montero descubrió la poesía en la voz de su padre, que gustaba de leerle poemas con teatralizada entonación y entre ellos, junto a la canción de Espronceda, uno muy famoso en su tiempo, ridiculizado después, “El tren expreso”, de Campoamor. Todos esos poemas los tomaba de una antología popular, Las mil mejores poesías de la lengua castellana.
            Memoria de lector agradecido es Un velero bergantín y en él se comentan, junto a los que escuchó de niño, poemas de Cernuda, Lorca, Salinas, Gil de Biedma o Brines. El comentario quizá más sugerente se dedica a un poema propio, “Mujeres”, incluido en Habitaciones separadas. Pocos poetas saben hablar de su obra con la lucidez con que lo hace García Montero, tan excelente poeta como perspicaz estudioso de la literatura. En “Mujeres” la anécdota biográfica se entremezcla con la tradición literaria –la “albada” medieval– para dar concluir en una reflexión crítica sobre la sociedad contemporánea.
            La poesía se entrelaza con la vida del autor, pero no se explica solo por ella, no es nunca la directa emanación de unos hechos biográficos. Los poemas que Juan Ramón Jiménez escribió a su llegada a Cádiz, tras el viaje americano que dio lugar a Diario de un poeta recién casado, le sirven para ejemplificarlo. En ellos todo es silencio y paz, cielo estrellado, unos gatos en la sombra, el centelleo de la luz del faro. Pero la realidad fue muy distinta. Uno de los baúles del poeta al parecer se había deteriorado durante la travesía, el poeta protestó indignado, puso una reclamación, tuvo que quedarse varios días en la ciudad. Todas esas minucias del “irascible vate” las analizó Juan Ignacio Varela Gilabert en una monografía y García Montero las resume con gracia. La poesía es verdad, pero su verdad no es la de la anécdota biográfica. Incluso puede que el poeta quiera hablar de una cosa y en realidad esté hablando de otra. En “Sonata triste para la luna de Granada”, de El jardín extranjero, se nos cuenta un paseo por la Granada de los años veinte; el poeta se imagina, aunque no lo menciona expresamente, que va de la mano de su abuelo, pianista que tuvo gran importancia  en su formación estética. Pero los lectores entendieron que hablaba de García Lorca y era Lorca quien en realidad estaba en el poema, fueran cuales fueran las intenciones del autor.
            La defensa de la literatura que hace García Montero no es solo una defensa de la literatura. Sus intenciones no son únicamente estéticas, sino también éticas. A la literatura en general, y a la poesía en particular, las considera elementos esenciales en la educación ciudadana.
            Este breve libro, que se lee de un agradecido tirón, acierta a eludir los riesgos de la clase magistral y del sermón cívico, gracias a un estilo sincopado y ágil que gusta de compendiar la reflexión en un aforismo: “La mejor forma de estar al día es leer cuatro clásicos por cada novedad”, “Hágase en mí según tu palabra, le dice el lector a sus libros favoritos”, “Cualquier profesor sabe que buena parte de sus conocimientos los aprendió mientras enseñaba”. Por eso el libro termina con un decálogo, con los diez mandamientos que el poeta ha ido descubriendo a lo largo de su trayectoria literaria. “Los dos peligros principales de la poesía –nos dice en uno de ellos– son el patetismo y la pedantería”.
            En ninguno de los dos incurre García Montero. Otro escollo no menos peligroso acierta a sortear Un velero bergantín: el de las buenas intenciones, de las que el infierno está lleno. El resultado es un ejercicio de inteligencia, la memoria agradecida de un lector con solo la dosis imprescindible de cívica moralina.

sábado, 4 de octubre de 2014

Juan Bonilla, caricias y puñetazos


Hecho en falta (Poesía reunida)
Juan Bonilla
Visor. Madrid, 2014.

Juan Bonilla, que se inició como poeta allá por 1988 con el cuaderno Cuestiones personales, pronto destacó como un prosista excepcional. Autobiografismo y sátira, enciclopédica curiosidad e insólita capacidad de darle la vuelta al lugar común, caracterizan sus artículos y relatos, y despertaron la admiración generalizada desde la aparición del primero de sus libros, Veinticinco años de éxitos. El poeta pareció a muchos quedar devorado por el prosista. De hecho, ciertos poemas no eran más que la versificación de pasajes de sus novelas o de algún artículo, como él mismo señala en la nota final a El Belvedere.
            Los que pensaban así, los que pensábamos así, estábamos equivocados, como Hecho en falta, su poesía reunida, demuestra cumplidamente. No ha querido seguir el habitual criterio cronológico. Ha barajado una muestra representativa, pero ni mucho menos exhaustiva, de los textos escritos a lo largo de un cuarto de siglo y les ha dado una cierta estructura puntuando el conjunto con haikus y colocado al final un poema que parece responder al que inicia el libro, del que copia algunos versos.
            El resultado es un volumen que se puede abrir por cualquier parte seguro de que no nos vamos a encontrar, como tantas veces ocurre en los libros de poesía, con una edulcorada banalidad o con una hermética nadería.
            Los versos de Juan Bonilla tienen muy a menudo la contundencia de un buen eslogan publicitario, nos provocan una sonrisa o nos parten el alma de un puñetazo.
            A Juan Bonilla le gustan los juegos de palabras, los chistes con o sin gracia, variar una frase hecha –“La Verdad es un periódico de Murcia”, “Dios es uno y estress”, “los maiakovskis de las discogrescas”, “tarde o temprano a la rutina se le cae la t”–, pero su poesía es mucho más que ese ramonear por los alrededores de la greguería, en contra de lo que algunos pudieron pensar, o pudimos pensar, en un primer momento.
            La parodia de conocidos poemas ajenos es una de sus especialidades. “No volverás a ser joven (Ni falta que te hace)” le da la vuelta a un poema de Gil de Biedma: “Que la vida no va en serio / lo empezamos a comprender muy pronto. / Como todos los jóvenes vinimos / fundamentalmente a hacer el tonto”; “De todos y de nadie”, a otro de Juan Ramón Jiménez: “Vino primero oscura, / vestida de impotencia”.
            Las habilidades que Bonilla muestra en los poemas, casi ejercicios de taller, y que le convierten en un ingenioso poeta menor son las mismas que hacen de él un poeta mayor. Ingenio hay en “El combate del siglo”, minuciosa crónica de un combate de boxeo en el que los púgiles son la tristeza y la alegría, o en “Filosofía”, erótico repaso a la historia de la metafísica, o en “Poemas míos que otros te escribieron”, del que adivinamos el punto de partida (la frase de Ortega “todo gran poeta nos plagia”), pero eso no le resta valor, todo lo contrario; lo mismo que ocurre con los versos de Alberto Caeiro en “Epitafio del enamorado”, uno de los más breves e intensos poemas de amor que se hayan escrito nunca: merece hacerse popular y perder el nombre del autor, como quería Manuel Machado.
            Conocer el modelo de algún poema de Bonilla no lo hace desmerecer, igual que ocurre con Garcilaso o San Juan de la Cruz. Leemos “Misión a las estrellas”, ese personal recuento de lo bueno y lo malo de este mundo, y recordar el borgiano poema de los dones no disminuye nuestra sorpresa ni nuestra admiración.
            Añade interés al libro un puñado de traducciones (“poemas míos que otros escribieron” diría Bonilla), entre las que destacan las resignadas e impactantes líneas sobre el suicidio de Dorothy Parker.
            Un poeta es un gran poeta cuando es capaz de escribir media docena de poemas que nos dejan sin aliento. Juan Bonilla, en un cuarto de siglo de cultivar intermitentemente la poesía, ha escrito esa media docena y tres o cuatro más. El resto son juegos de manos, juegos de palabras (quizá por eso sus textos dan tanto juego en los talleres de literatura), que no le reprochamos en absoluto porque nos permiten recobrar el aliento y olvidar que “se vive dentro del visor del arma / de un francotirador / apostado en quién sabe qué tejado, / el dedo colocado en el gatillo”.

sábado, 27 de septiembre de 2014

José García Nieto o para qué sirve un centenario


Poesía
José García Nieto
Selección e introducción de Joaquín Benito de Lucas
Fundación Banco Santander. Madrid, 2014.

¿Qué queda de la poesía de José García Nieto a los cien años de su nacimiento? Hay quien piensa que solo un adjetivo y un divertido capítulo en la novela de la literatura. El adjetivo, “garcilasista”, le permite ocupar un sitio en todas las historias de la poesía española de posguerra; al principio representó un honor, luego se convirtió en una losa  de la que no fue capaz de librarse, aunque se pasó el resto de su vida intentándolo.
            El picaresco secreto que se escondía tras el premio Adonáis concedido en 1950 a la desconocida poetisa Juana García Noreña pronto fue un secreto a voces. El libro. Dama de soledad, fue recibido con unánimes elogios, incluso el exigente Juan Ramón Jiménez, allá en su exilio, aseguró que nos encontrábamos ante una obra maestra. Gerardo Diego, presidente del jurado, no fue menos entusiasta en el elogio: Juana García Noreña aportaba una sensibilidad nueva a la poesía española, sus versos de amor solo los podía haber escrito una mujer. Pero a esa mujer no la conocía nadie. Una joven asturiana, Ángeles Fernández de la Borbolla, aspirante a escritora, habitual en las tertulias del Gijón, afirmó que era un pseudónimo suyo, cobró el importe del premio e incluso leyó públicamente los poemas del libro. Pero no pudo sostener mucho tiempo el engaño y se refugió en la finca segoviana de la poeta Alfonsa de la Torre, de la que fue secretaria y quizá amante. El autor de ese libro premiado con el Adonáis era José García Nieto, que nunca pudo declarar su autoría porque era miembro del jurado y con el voto que se dio a sí mismo había derrotado a otros candidatos meritorios como Victoriano Crémer.
            No aparece ningún poema de Juana García Noreña en la antología que Joaquín Benito de Lucas le ha dedicado con motivo de su centenario. En realidad, se trata de una reedición de la publicada en 1996, el mismo año en que se le concedió el premio Cervantes. Entonces y ahora se perdió una buena ocasión de rescatar la figura paradójica de García Nieto.
            Su nombradía comenzó en 1943 cuando le encargaron dirigir Garcilaso, una de las revistas con que el nuevo régimen trató de desmentir a León Felipe, quien afirmaba que los derrotados en la guerra civil “se habían llevado la canción”. Los poetas de Garcilaso, los nuevos poetas que comenzaron a surgir en la España de Franco, no se dedicaban a cantar loas al régimen, aunque alguna hubo, sino a mirar para otro lado ante la dictadura y hablar “del campo y soledad”, de amores y melancolías, en perfectos endecasílabos. Muchos de estos autores, como el propio García Nieto, procedían de la zona republicana; el régimen les perdonó la vida y los utilizó como perfecta coartada para justificar su generosidad y la presunta superación de viejos enfrentamientos. La oposición al régimen no vendría de la mano de los viejos republicanos que se quedaron en el interior, sino en buena parte de los hijos de los vencedores.
            En los años sesenta, cuando comienzan a tener predicamento poetas como Ángel González o José Ángel Valente, ya José García Nieto, aunque sigue cosechando premios y honores oficiales, es visto como un poeta de otro tiempo. En 1966 –el año de los grandes libros de la llamada generación del cincuenta: Tratado de urbanismo, La memoria y los signos, Moralidades– publica Memorias y compromisos donde por primera vez se atreve a hablar de lo que hasta entonces había callado: “Yo sé lo que es el miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre y el miedo de mi madre; yo sé lo que es temer la muerte, porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación o una sospecha (…) Yo sé lo que es enfermar en una celda, y defecar entre ratas que luego pasaban junto a tu cabeza por la noche”.
            Pero su perfil literario estaba ya fijado para siempre y el poeta, preso de su virtuosismo, siguió ganando premios, cada vez menos significativos, y dirigiendo revistas oficiales. En una de ellas, Poesía española, tuvo como secretario a Francisco Umbral; desde otra ayudó en sus comienzos a Camilo José Cela, que nunca olvidaría ese favor y le llevaría a la Academia y luego, cuando ya la enfermedad le había apartado de la literatura, a obtener un premio Cervantes que debe más al autoritarismo del Nobel ante un jurado pusilánime que a los méritos del galardonado.
            Una buena antología de José García Nieto nos mostraría a un poeta quizá menor, pero sin duda verdadero: “En este lado está la vida; / mis palabras, al otro lado”. Para ello haría falta un exigente lector contemporáneo que rescatara la obra viva entre tantas hojas secas. No lo hace Joaquín Benito de Lucas, quien llega al extremo de incluir íntegro uno de los libros más prescindibles del autor, su Nuevo elogio de la lengua española, discurso de ingreso en la Real Academia escrito en verso, pero del que también se reproduce la protocolaria introducción en prosa, que nada pinta en una antología.
            El puñado de espléndidos sonetos dispersos en estas páginas  (“No sé si soy así ni si me llamo / así como me llaman diariamente…”) se pierde entre tantos otros que son solo obra del excelente versificador que más de una vez se dejó llevar por la facilidad.
            Un centenario es una buena ocasión para hacer balance de lo que queda de un escritor que tuvo su tiempo y que se fue borrando, quizá injustamente, con el tiempo. Con García Nieto, hasta el momento, se ha desaprovechado esa ocasión. No parece que esta antología vaya a añadirle nuevos lectores. Joaquín Benito de Lucas ha perdido una excelente oportunidad de descargar de peso muerto la anterior edición y añadirle textos más acordes con la sensibilidad contemporánea (como los ingeniosos y maliciosos epigramas que firmó con pseudónimo en diferentes revistas o circularon manuscritos). Se ha limitado a añadir unos cuantos artículos sobre poesía. Pero como crítico –véase El cuaderno roto, que recoge sus colaboraciones en La Estafeta Literaria– García Nieto se caracterizó más que por el rigor y la hondura, por la generosidad y la cordialidad, cualidades personales que marcan su trayectoria literaria.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Leopoldo María Panero, prosa y paradoja


Prosas encontradas
Leopoldo María Panero
Edición de Fernando Antón
Visor Libros. Madrid, 2014.
  
Leopoldo María Panero es una figura paradójica por varias razones. Para muchos lectores, y para no escasos estudiosos, constituye el paradigma del poeta de nuestro tiempo; radical, rupturista, al margen del sistema. Túa Blesa, profesor de la Universidad de Zaragoza, destacado teórico de la literatura, le denomina “el último poeta” en el subtítulo del libro que le dedica.
            Pero esta figura marginal, “el último poeta” (signifique lo que signifique esa afirmación), ha ocupado, desde sus inicios, un lugar no precisamente marginal en la escena literaria española. La edición que Fernando Antón ha preparado de sus artículos periodísticos nos informa que se publicaron en los principales medios: primero, durante los últimos años del franquismo, en el diario Pueblo; luego en El País y en revistas como Triunfo, Cuadernos para el diálogo o Ajoblanco. Leopoldo María Panero ha sido el único escritor español que contó, durante largos años, con sección fija en el monárquico Abc, representante de la tradicional derecha española y españolista, y en el diario Egin, portavoz, mientras la legalidad lo permitía, de la izquierda abertzale.
            Fernando Antón propone acercarse a esta prosa dispersa en los más diversos e influyentes medios no como antesala de su poesía “sino como una estimulante experiencia intelectual”. No parece que haya sido muy leída de esa manera, ni quizá de ninguna otra manera. Explica ello que, según afirma el recopilador, varios de los artículos que aparecieron en Abc se publicaron repetidos sin que lo advirtieran ni la dirección del diario ni ninguno de los lectores. “Un ejemplo más de la picardía del autor para conseguir dinero”, comenta el recopilador.
            Rara vez se tomó en serio nada de lo que decía Leopoldo María Panero, en seguida convertido en una especie de bufón o fenómeno mediático, en un personaje del que importaba más la apariencia y el gesto que el contenido intelectual de sus palabras, si es que tenían alguno. Por eso podía proclamar su “odio a España” en un manifiesto “anti español” leído en París y ser luego llamado a colaborar regularmente en el diario monárquico.
            Solo una vez se le tomó en serio y fue cuando publicó una antología de sus contemporáneos en Poesía, la revista más prestigiosa y lujosa del momento, dirigida por Gonzalo Armero y publicada por el Ministerio de Cultura. Ahí aprendió Panero, tan aficionado a transgredir los límites, que con la vanidad de los poetas no se juega. “Última poesía no española”, que tal es el título de su selección poética, desde las primeras líneas mostraba su carácter de boutade o de broma, si bien involuntaria. Decía cosas como que Dámaso Alonso “se creyó en la obligación de traducir Góngora al español”, que a Aleixandre “su edición francesa lo ha descubierto como lo que es, poeta menor para una antología” o que Féliz de Azúa “es un poeta muy guapo y muy creído”. Los lectores de Poesía se rieron con las cosas de Panero, que por una vez olvidaba el psicoanálisis, la antipsiquiatría y la escatología, pero Guillermo Carnero (al que se presenta como uno de los imitadores de Gimferrer) le replicó con una feroz andanada, “No dar pie con bola”, que Fernando Antón tiene el acierto de reproducir en este volumen. Termina con estas palabras: “Eróstrato era un patán que prendió fuego al Templo de Diana en Éfeso para darse celebridad. La enfermedad del joven Panero se llama erostratismo, es decir, la clase de locura que lleva a cometer barbaridades para hacerse famoso. Está claro que en lo de tener opinión en literatura, el joven Panero no toca pito. En cuanto abre la boca se mea fuera de tiesto. Más le vale escurrirse del asunto a cencerros tapados y hacer curso de cultura general por correspondencia, para que no tengamos que ponerle otra vez de cara a la pared y con orejas de burro”.
            A una referencia de pasada, quizá algo despectiva, responde Valente en El País con “Nueve aforismos para un neojoven”: “Poco hay peor que el joven persistente y el repetido gesto del payaso abolido”.
            En la entrevista a Gil de Biedma, realizada en colaboración con Biel Mesquida, y que es una de las piezas destacadas del volumen, a poco de comenzar a hablar Panero (“Ten en cuenta que la trampa en que hemos caído todos los poetas es que nuestro discurso, al no pasar por esta simbólica abstracta que rige la sociedad, no es leído, está proscrito simbólicamente por la sociedad y, por tanto, este discurso del inconsciente que es la poesía, la literatura y el delirio, esta discurso analógico…), le corta el entrevistado: “Mira, yo estoy muy poco à la page: elabora tu discurso a otro nivel…”
            Y a otro nivel –el de Gil de Biedma, el de la lucidez, el sentido común y la inteligencia– transcurre luego la entrevista, gracias sobre todo a Biel Mesquida.
            Destaca en esta recopilación, entre otras páginas de valor autobiográfico, impactante monólogo que lleva el título de “Déjame que me tome un cuba libre” (apareció en la revista Estaciones en 1981). No parece un texto escrito por Panero, sino declaraciones recogidas por algún periodista: “El desencanto es una película desastrosa, sobre todo para mí, una película que me hundió en la medida en que me convirtió en un payaso que yo no era. Yo era muy serio, escribiendo mis cosas, inventando mis cosas, perfeccionándolas, sin la película; escribía para pocos. Tenía libros publicados, pero escribía para pocos, para los que me leían y que no fueron la cantidad de miles de payasos que me empezó a ver como un payaso después de la película”.
            Pronto el autor se sentiría a gusto en ese papel mediático que la sociedad le había asignado y le sacaría toda la rentabilidad posible: importaba el personaje, no lo que escribiera.
            Tampoco el prologuista parece preocuparse demasiado de la coherencia de sus afirmaciones: “Prosas encontradas reúne alrededor de doscientos textos de Leopoldo María Panero […], de los que más de la mitad permanecían inéditos hasta hoy en libro. En la presente edición, por tanto, se ha prescindido de todo aquel material que ya había aparecido previamente publicado en otros volúmenes”. Si se ha prescindido de los textos publicados anteriormente en volumen, ¿cómo es que solo más de la mitad sean inéditos en libro? No es el único caso en que el estudioso se contagia de la falta de rigor del autor estudiado. Indica que en “Textos enfrentados” publica una crónica de Martín Vilumara, “pseudónimo de un gran librero y editor que prefiere seguir en el anonimato”, a la que responde Panero, y luego reproduce esas páginas firmadas por el verdadero autor, José Batlló.
            Entre 1970 y más o menos 1980, Leopoldo María Panero fue uno de los escritores más significativos de la nueva literatura; a partir de entonces, aunque siguió escribiendo y publicando con profusión, se convirtió en otra cosa. El valor literario de sus textos dejó de tener importancia, tanto para él, como para sus admiradores, que acabaron siendo legión.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Eugénio de Andrade y el misterio de la poesía


Les manes enceses. Antoloxía (1948-2001)
Eugénio de Andrade
Selección, traducción y prólogu d’Antón García
Saltadera. Oviedo, 2014.

Después de Fernando Pessoa, que no admite parangón, Eugénio de Andrade es quizá el poeta portugués más influyente en la poesía española. Al contrario que el creador de los heterónimos, que mostró escaso interés por nuestra literatura, Andrade se ha sentido desde la adolescencia interesado por ella, como ha declarado en más de una ocasión: “España me abrió las puertas para siempre, cuando un amigo de Lorca, el bailarín Pepe Montes, llegó a Lisboa y mis dieciséis o diecisiete años oyeron por primera vez los versos embrujados del Romance Sonámbulo; nunca hasta entonces la poesía se me había aparecido vestida de luces”. La influencia de Lorca resulta muy patente en sus dos primeros libros, Adolescente (1942) y Pureza (1945), muy pronto eliminados de su bibliografía. En la reescritura de esos libros que con el título de Primeiros poemas publica en 1977 ya la lección de Lorca, bien asimilada, se ha vuelto invisible.
            En los años ochenta, Eugénio de Andrade es uno de los más reconocidos maestros de la joven poesía española, no solo de la escrita en castellano, sino también en catalán o en asturiano. Incluso podría decirse que sin el ejemplo de Andrade no habría sido posible la nueva poesía asturiana, la que convirtió al tradicional bable, que parecía solo apto para el costumbrismo y la comicidad, en una lengua de cultura. El principal impulsor de la relación de Andrade con Asturias fue Antón García, quien en 1985 publicó la primera traducción al asturiano de uno de Memoria d’outru ríu, y ahora, treinta años después, nos ofrece una amplia antología de toda su obra.
            Eugénio de Andrade, nacido en 1923, pasó la mayor parte de su vida en Oporto, la ciudad de Garret, como él la llama en el título de uno de sus libros, pero hasta los veinte años vivió en Lisboa y en esa ciudad lo sitúa el prólogo de Antón García, evocación de un encuentro con motivo de la presentación, en 1988, de otros de sus libros traducidos al asturiano, Contra la escuridá.
            Descartadas las dos entregas iniciales, la obra de Eugénio de Andrade se inicia con Las manos y los frutos, de 1948; su último libro es Los surcos de la sed, de 2001. A lo largo de más de medio siglo se ha mantenido fiel a sí mismo, insistiendo en unas pocas obsesiones, pero evitando el riesgo de la reiteración y de la monotonía.
            Difícil resulta señalar el secreto de esta poesía, que parece hecha de nada, tan cercana a la música, tan ligada a la lengua portuguesa y paradójicamente  capaz de resistir, sin perder su encanto, el traslado a cualquier otra lengua.
            El deslumbramiento inicial lo produjo Lorca y también un poeta portugués, hoy bastante olvidado, António Botto, a quien conoció personalmente y que fue su primer mentor. Pero los verdaderos maestros de Andrade fueron otros: los cancioneros galaico-portugueses, la poesía griega (especialmente Safo y los epigramas de la Antología palatina), la brevedad del haiku. “La mejor poesía ha sentido siempre la tentación del silencio”, escribió alguna vez.
            Un poema de ese grácil cancionero amoroso titulado Las manos y los frutos, “A uma cerejeira en flor”  (“Despertar, ser en la mañana de abril, / la blancura de este cerezo; arder de las hojas hasta la raíz, / dar versos o florecer de esta manera. / Abrir los brazos, acoger en las ramas / el viento, la luz, lo que quiera que sea, / sentir el tiempo, fibra a fibra, / tejer el corazón de una cereza”) podría estar en el último libro, Los surcos de la sed, lo mismo que otros de este, como “Rilkeana”,  no desentonarían en el primero: “De ti y de esta nube; de esta nube / blanca como vuelo de pájaro / en mañana de abril; de ti / y de la íntima llama de un fuego / que no admite extinción; / de ti y de mí hacer un solo acorde, / un acorde solo; para no perderte”.
            La inmediata sintonía de los poetas asturianos de los ochenta con Eugénio de Andrade se debe, en buena parte, a su gusto por lo esencial, por el mundo natural; de él aprendieron que el ruralismo no resulta incompatible con la modernidad. O outro nome da terra tituló Andrade un libro de 1988 y Xuan Bello, como explícito homenaje, Los nomes de la terra otro suyo aparecido poco después. La poesía de Xuan Bello, de Pablo Antón Marín Estrada, de Berta Piñán, de tantos otros, no habría sido posible sin el magisterio de Andrade.
            La comparación de las actuales versiones de Memoria de otro río –un libro de poemas en prosa–  con las anteriores ejemplifica bien el esfuerzo llevado a cabo en estos treinta años para convertir el asturiano en una lengua literaria adulta. La versión de 1985 estaba escrita en la variante occidental del asturiano. El poema “Com a manha” decía así: “Vien de la parte el ríu, las manos fresquísimas, dellas gotas d’augua inda nu pelu. Cona mañana chega l’anónimo respirar del mundu. Un cheiru a pan frescu invade el patiu todu. Vien de la parte el ríu: pa llevar a la boca ou al poema”. Ahora el título, que antes era “Cona mañana”, cambia a “Cola mañana” y el resto suena de este modo: “”Vien de la parte’l ríu, les manes fresquísimes, delles gotes d’agua inda en pelo. Cola mañana llega l’anónimu respirar del mundu. Un arrecendor a pan fresco invade’l patio todu. Vien de la parte’l riú: pa llevar a la boca o al poema”.
            La poesía se hace con palabras, pero si es verdadera poesía está más allá de las palabras, sigue siendo poesía en una lengua o en otra, en una o en otra variante de una misma lengua. Esta espléndida antología bilingüe –que ningún admirador de Andrade debería perderse– lo demuestra cumplidamente.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Una historia de las falsificaciones literarias españolas




El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones literarias españolas
Joaquín Álvarez Barrientos
Abada Editores. Madrid, 2014.

Puede parecer paradójico que un estudioso de la literatura no sea un buen lector de literatura, pero resulta más frecuente de lo que se cree. El caso más reciente es el de Joaquín Álvarez Barrientos, un conocido especialista en la literatura del siglo XVIII, que dedica más de cuatrocientas páginas a ofrecernos una historia de las falsificaciones literarias españolas y no tiene ni medianamente claro en qué consiste el concepto de falsificación. Explícitamente declara que “no son las mismas categorías, aunque a veces se solapen, el plagio, la contrahechura, el fraude, la falsificación, el apócrifo, el pastiche, lo espurio, ni tampoco heterónimo ni seudónimo, a pesar de que, con frecuencia, se empleen casi de modo intercambiable unos y otros términos”. Pero luego resulta que él confunde una y otra vez esos términos a lo largo de su libro.
            Se defina como se defina el concepto de falsificación, el machadiano Juan de Mairena, que no en balde lleva el subtítulo de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, no es una falsificación. Tampoco lo son las Rubaiyatas de Horacio Martín que Félix Grande publica en un libro así titulado. Tampoco el Quijote de Avellaneda es una falsificación como no lo es la novela de Trapiello titulada Al morir don Quijote; solo lo serían si se publicaran bajo la firma de Miguel de Cervantes. No parece que sea necesario repetir esas obviedades, pero Joaquín Álvarez Barrientos, que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, las ignora. Para él pertenecen igualmente al género de las falsificaciones literarias las historias que nos cuenta Papini en Gog o en El libro negro (el encuentro del protagonista con Freud el descubrimiento de un inédito de Unamuno) que el que Iglesias Figueroa haga pasar como de Bécquer dos rimas que ha escrito él (durante medio siglo se incluyeron en las Rimas).
            La falsificación implica engaño. Se han publicado docenas y docenas de entrevistas imaginarias, en libro y en periódico, pero si se declaran como tales no son falsificaciones. Sí lo es, en cambio, la que un presunto Andrés Gilabert publica en el homenaje de Cuadernos del Norte (junio-julio 1980) a Ramón Pérez de Ayala. Su autor es Álvaro Ruiz de la Peña, su presunto descubridor, que la hace preceder de una breve nota.
            No hay que confundir falsificación con juego literario, pastiche, parodia o ficción que incluya datos más o menos reales. El nombre de la rosa, de Umberto Eco, no es una falsificación, aunque el autor, como en tantas novelas, se nos presente como simple editor o traductor.
            La mentira de la literatura aparece siempre en los paratextos, no en el texto. Puede mentir la cubierta del libro, la solapa, el prólogo cuando es de un autor real distinto del que figura en la portada, no miente el poema ni la novela, aunque a veces finjan que no son poema ni novela.
            No resulta, por supuesto, enteramente desdeñable este volumen de Álvarez Barrientos, que aprovecha muchas de sus anteriores investigaciones. Pero no responde, ni de lejos, a lo que anuncia el subtítulo “Una historia de las falsificaciones literarias españolas” (el título El crimen de la escritura no se sabe muy bien a qué viene).
            Las páginas dedicadas a la “locura cervantina”, a las numerosas falsificaciones en torno a Cervantes que surgieron en el siglo XIX, son especialmente aprovechables. Y un mérito del volumen es subrayar que tan importante como el fragmento de la novela de Petronio falsificado por Marchena son las notas que lo acompañan, que merecían ser reeditadas. También resultan muy útiles sus consideraciones acerca de la novela Curial e Güelfa, un clásico de la literatura catalana recientemente puesto en cuestión por Rosa Navarro Durán, pero de cuya autenticidad hay dudas desde antiguo. Es un caso excepcional en las falsificaciones literarias, una obra maestra de la mixtificación, porque se conserva el extenso manuscrito de la novela con letra, papel y hasta parece que tinta del siglo XV, un manuscrito que apareció misteriosamente en la Biblioteca Nacional sin que nadie sepa como llegó hasta allí (aunque se sospecha: el presunto falsificador, Milá y Fontanals se lo pasó a su amigo Agustín Durán, entonces director de la Biblioteca Nacional).     
            Menos fiable resulta Álvarez Barrientos cuando se ocupa de literatura contemporánea. En algún caso da la impresión de que no ha leído, solo hojeado, aquella obra de la que habla. Es lo que ocurre con las Notas inéditas al Cancionero inédito de A. S. Navarro (que, por supuesto, no es ninguna falsificación) de Emilio Alarcos Llorach (en la página 323 lo llama Rafael). En su opinión se trata de “un relato de los amores de A. S. Navarro”, acompañados de una serie de prosas donde Alarcos se decida a “lucubrar con pobreza interpretativa sobre esos amores” y a “hacer la crítica de la poesía contemporánea”. No indica, no parece haberse enterado, que se trata de una obra de juventud editada póstumamente. Para él “todo el conjunto pudo haber sido construido a la vez y las fechas ser ficticias. A menudo se tiene la impresión de que son el hilo conductor del relato, de la novela, y que los versos ilustran idea, conceptos o reflexiones en ellas expuestas”. ¿Las fechas son el hilo conductor de la novela y los versos ilustran ideas o conceptos expuestos en las fechas? No sabemos qué habrá querido decir Álvarez Barrientos, pero eso es lo que dice. Y no es el único disparate que expresa en las pocas líneas que dedica al libro póstumo de Alarcos, para él un cancionero amoroso vinculado “con Garcilaso, con Bécquer, con Petrarca”.
            No más acertadas son las páginas dedicadas a El sindicato del crimen, de 1994, una antología en la que contrastan el divertido prólogo, parodia de los ataques que entonces se hacían a la llamada “poesía de la experiencia”, y los burlones paratextos, con el medio centenar de poemas que vienen a continuación, que no tienen ninguna intención paródica y que son verdaderos poemas de verdaderos poetas, algunos de ellos (como Antoni Mari o Francesc Parcerisas) de lengua catalana y uno, Ramiro Fonte, de lengua gallega. El libro, que apenas tuvo difusión y escasas reseñas, no supuso “ningún golpe de fuerza en el campo literario del momento”, como afirma, de oídas, Álvarez Barrientos. Una broma (que en el caso anterior los poetas pagaron a escote y por eso no entramos la participación de otros invitados, como Víctor Botas) no es una falsificación; no pretende engañar, aunque en un primer momento engañe a algún lector distraído o a algún despistado hispanista.
            Una falsificación es lo que hizo José García Nieto presentado a un concurso del que él formaba parte del jurado un libro propio firmado por una joven poeta, Juana García Noreña, y ganando ese premio, el Adonais, y no renunciando a él. Álvarez Barrientos menciona este caso, pero no lo estudia. Prefiere ocuparse de otros que nada tienen de falsificación.

            

viernes, 22 de agosto de 2014

Hablar por hablar



Los grandes hombres solo son grandes porque otros somos pequeños.

Alguien debería decirle a Dios que no existe.

Sin literatura el mundo sería ilegible.

Se acaba el tiempo, empieza la eternidad.

Hay cosas ocultas que no son ningún secreto.

Amar a la humanidad es una buena excusa para no tener que amar a nadie.

Hablo a solas, pero no me escucho.

¿Resucitar? No, gracias. Con una vida ya he tenido bastante.

Hay quien usa su talento sin ningún talento.

Qué humano es ser inhumano.

Algún día dejaré de soñar que estoy despierto.

Hay verdades tan seductoras que parecen mentiras. Y a menudo lo son.

A veces, como no encontramos a una mujer, tenemos que conformarnos con dos o tres.

La comedia es una tragedia a la que le falta el último acto.

Era tan inteligente que logró que nadie se enterara.

Se mire como se mire, el triunfo es siempre una vulgaridad.

Hay personas que molestan menos como enemigos que como amigos.

No hacer nada requiere mucha fuerza de voluntad.

Si eres feliz, procura que nadie se entere.

La realidad no existe, pero aún no se ha enterado.

Al despertar creamos el mundo.

Un hombre completamente normal sería anormal.

Un hombre feliz es que a los noventa años se mira al espejo y se sigue gustando.

Un genio desconocido de todos, incluso de sí mismo, ¿es un genio?

Un hombre elegante lo sigue siendo incluso cuando está desnudo.

Morir está al alcance de cualquiera.

El valor está sobrevalorado.

Tiene buena memoria quien recuerda solo lo que quiere recordar.

Nunca te rías de los demás sin fingir que te ríes de ti mismo.

Se puede ser inteligente y buena persona.

¡Cuidado con los tontos! Pueden ser muy listos.

¿Quieres a quien no te quiere? ¡Eso sales ganando!

El silencio ofende. Mejor hablar para no decir nada.

Hay quien dice que solo hay que tener miedo al miedo; yo es a lo único que no le tengo miedo.

Cuánto mal nos hacen buscando nuestro bien.

Qué aburrido sería un mundo sin fronteras.

Solo hago favores si me garantizan que no se va a enterar el favorecido.

Hay cosas totalmente distintas que son completamente iguales. Un hombre y una mujer, por ejemplo. O un hombre y otro hombre.

Cuando tengas algo que decir, piénsalo dos veces antes de decir nada. Cuando no tengas nada que decir, habla sin problemas.

Lo mejor de la música son los silencios.

En las páginas en blanco nunca hay erratas.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Lecturas buenas y malas


A PROPÓSITO DE
LECTURAS BUENAS Y MALAS
UN CUESTIONARIO DE
ALFREDO VALENZUELA


1--Por favor, algunos ejemplos de libros “injustamente recordados”.

Los últimos libros en verso castellano de Pere Gimferrer, las últimas novelas de Dona León, casi todos los premios Planeta, buena parte de las publicaciones académicas sobre literatura contemporánea... Si no hubiera libros "injustamente recordados", ninguna historia de la literatura pasaría de un centenar de páginas, a los suplementos culturales de los periódicos les sobrarían la mitad de las páginas y la mayoría de los premios literarios quedarían desiertos un año sí y otro también.

2--¿Los “disparates académicos” son más divertidos, precisamente, por venir de donde vienen?

Claro. No es lo mismo que un periodista hable de la "poesía de la experiencia" o de la "poesía del silencio" sin saber muy bien de qué habla a que una hispanista dedique su tesis doctoral a la poesía contemporánea sin leer a los poetas que estudia, limitándose a resumir las reseñas que se han escrito sobre ellos, las polémicas en que han participado y los prólogos a las antologías que los incluyen. Y no cito nombres, pero podría.

3--“Los malos poetas son los mejores humoristas involuntarios”. ¿Ejemplos?

Hombre, mi memoria es selectiva. Los leo, me río y van directamente al cubo del reciclaje. También los buenos poetas hacen a veces el ridículo, y esa es una antología que sí me gustaría hacer. Ya la intentó Gerardo Diego. Quien, por cierto, es el autor de unos versos que podrían ir en esa tontología: "Cuando yo era niño, me traía el mar / las cadencias de don / Emilio Castelar. / Hoy me deleita, raro sireno, / don José María Pemán, / el bueno". Estos versos los leí yo, a mis trece o catorce años, en una reseña de un libro suyo publicada en el ABC y desde entonces se me quedaron en la memoria; está visto que ya iba yo para crítico literario. Tampoco está nada mal el comienzo de un soneto de cierto poeta andaluz cuyo nombre callo (ha ganado infinitos premios): "Se enciende el chirimbolo. Lavadora. / Y dan vueltas las cosas de la casa / y pasa y pasa y pasa / aproximadamente media hora".

4--¿El exceso de elogios ha generado una especie de inflación literaria?

No todos los elogios valen lo mismo. Unos son como la moneda alemana de la época de Weimar: papel mojado; otros valen su peso en oro.

5--¿No desmiente Vargas Llosa su aserto de que “un perfecto caballero nunca podrá ser un gran escritor”?

Aquí viene muy bien recordar aquello de que las excepciones confirman la regla.

6--¿El valor de un crítico se mide por la cantidad o por la calidad de sus enemigos?

¿Valor como valentía o como calidad? Un crítico es valiente cuando dice lo tiene que decir y no lo que conviene a la publicidad editorial o a su propia promoción como escritor. Pero la sinceridad, por si sola, vale bien poco en la crítica literaria. Hace falta además saber de qué se habla, tener criterio, saber escribir (no es una obviedad: quienes tienen dificultades con la sintaxis y con la sindéresis sienten una rara predilección por la poesía o por la crítica).

7--¿No ha conocido a profesores de literatura que disfruten leyendo?

Por supuesto. Suelen ser muy jóvenes y no resulta nada grave: se les pasa con la edad.

8--¿Tiene muchos alumnos que disfruten leyendo?

En el primer curso de la Universidad, bastantes; luego cada vez menos.

9--¿No le gustan las “etiquetas de fácil uso didáctico”?

No me gustan quienes las utilizan para evitarse el trabajo de estudiar la realidad a la que se refieren.

10--¿En quién pensaba cuando escribió que “nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica”?

En mí, por supuesto. Si yo fuera la mitad, de inteligente de lo que me creo, me dedicaría a otras actividades más provechosas. Pero seguro que me divertiría menos.

11--¿La amistad es un defecto?

Digamos que es un incordio cuando se trata de juzgar imparcialmente una obra. Pero yo pertenezco a esa incómoda especie de los que son más amigos de la verdad que de Platón.

12--Morelli hablaba del “carácter hiriente” de Huidobro ¿tiene usted ese tipo de carácter?

¿Tiene un cirujano un carácter hiriente? Si es así, yo también lo tengo. Huidobro, además de gran poeta, era también un megalómano un tanto infantiloide; quería ser el primero en todo, no soportaba que nadie le hiciera sombra. Yo lo soporto bastante bien; sé cuál es mi sitio.

13--¿Reúne en libros todos sus escritos, o casi todos?

Publico todo lo que escribo porque la mejor musa, como decía Umbral, es el encargo. No entiendo eso de escribir para uno mísmo; me parece tan absurdo como hablar solo. Y buena parte de lo que escribo aparece antes, en todo o en parte, en publicaciones periódicas. Hay quienes utilizan ese hecho para desvalorizarlo. Confunden continente con contenido. Lo que se entiende por "periodismo" (escritos sin voluntad de permanencia ligados a la actualidad) se puede publicar tanto en libro como en la prensa periódica. Y la literatura, desde el siglo XVIII, sea o no de ficción, se ha publicado antes en las revistas que en el libro, como la poesía del siglo de Oro se divulgaba en manuscritos antes de reunirse en un volumen.

14--¿Quedan escritores como Gabriela Mistral cuya obra literaria más interesante sean ellos mismos?

Ahí está el caso paradigmático de Leopoldo María Panero. No es el único. Juan Gelman, sin su dolorosa peripecia humana, se queda en poco. Cuando pasa el tiempo, de la mayor parte de los escritores, sobre todo de los escritores menores, resulta más interesante su vida que su obra. Por eso las autobiografía envejecen mejor que las novelas y las cartas escritas a vuela pluma mejor que la mayoría de los sonetos.

15--Su editor afirma que usted dice incluso “lo que nadie debería decir” ¿Se arrepiente de algo dicho en alguna de sus reseñas?

Esa frase del editor tiene un simple fin publicitario. Yo jamás he dicho lo que no se debería decir, soy muy mirado en eso. Alguna vez sí he dicho lo que nadie se atrevía a escribir, aunque muchos lo pensaran y lo comentaran en privado. Algo tengo del niño ingenuo del cuento de Andersen que señala con el dedo al rey, o a un afamado catedrático de Ética, y afirma que está desnudo.