Dionisio Cañas. Invitación a su obra. Biografía
Amador Palacios
Diputación de Ciudad
Real, 2018.
En 1969, en la playa de Benidorm, un profesor universitario
estadounidense de origen cubano, conoce a un joven de veinte años, sin trabajo,
sin apenas estudios, bordeando la delincuencia. Lo que podía haber quedado en
un fugaz encuentro sexual se transforma en una historia de amor que cambia para
siempre la historia de ambos.
El profesor
universitario era José Olivio Jiménez, catedrático en Nueva York, experto en el
modernismo y en la poesía española de posguerra; el joven, Dionisio Cañas, que
gracias a esa relación acabaría siendo lo que nunca había imaginado, poeta y
profesor.
José Olivio
Jiménez hizo con aquel hijo de emigrantes españoles –sus padres vivían en
Francia–, de eficaz y minucioso Pigmalión: se lo llevó a vivir con él a Nueva
York y le mantuvo durante su paternal tutela incluso después de que la relación
sentimental terminara.
Amador
Palacios, también poeta y estudioso de las vanguardias, además de traductor de
poesía portuguesa, ha publicado una biografía de Dionisio Cañas –un personaje que
podría protagonizar varias novelas– de gran interés sociológico, a pesar de sus
insuficiencias metodológicas.
En abierto
contraste con el secretismo en que siempre se movieron los poetas españoles
amigos de José Olivio Jiménez, encabezados por Vicente Aleixandre, Dionisio
Cañas tuvo siempre una cierta tendencia al exhibicionismo: manchego como
Almodóvar, parece salido de una de sus películas de los años ochenta. En Memorias de un mirón (Voyeurismo y
sociedad), de 2002, nos habla abierta y detalladamente de sus parafilias,
algunas tan curiosas como su obsesión por los vagabundos.
Amador
Palacios, que más que biógrafo y estudioso, parece ser con frecuencia un simple
amanuense del biografiado, aunque escriba en tercera persona, llena las páginas
de su libro de coloquiales confidencias, a veces involuntariamente cómicas o
que nos hacen sentir un poco de vergüenza ajena. Cito dos pasajes de la
cronología final, que suele ser aséptica y limitada a los datos fundamentales.
En 1966, leemos: “Al terminar el liceo técnico, se pone a trabajar. Fue
tornero, soldador y fresador. Pero para el trabajo manual es muy torpe. En estos
años tiene su primera experiencia sexual con un viudo”. Sin comentarios.
Y en el
apartado correspondiente a 1991: “José Hierro visita por primera vez Nueva
York, alojándose ‘oficialmente’ en el apartamento de José Olivio Jiménez y
Dionisio (ya que pasaba otros muchos buenos ratos en casa de su amante
neoyorquina) e iniciando la redacción de Poeta
en Nueva York”. Bastarían ese lapsus lorquiano y esos chismosos “buenos
ratos”, que no vienen a cuento, para poner en cuestión el trabajo de Amador
Palacios. Por ese apartamento neoyorquino –215 West, 90 Street–, pasaría buena
parte de la poesía española, de Ángel González o Claudio Rodríguez a Luis
García Montero, con Dionisio Cañas como minucioso cronista de actividades no
siempre confesables.
En apéndice,
se publica una muestra de las cartas recibidas por el autor a propósito de sus
obras. Hablando de un de los corresponsales, Amador Palacios nos informa de que
“arrastró durante toda su vida la amargura ocasionada por su condición
homosexual sin haber ‘salido del armario’, pues estaba casado y tenía cuatro
hijos; sus relaciones homosexuales siempre eran furtivas. Gran amigo de
Gregorio Prieto, el gran pintor valdepeñero le aconsejó irresponsablemente que
se casara”.
Todo un
personaje, Dionisio Cañas, entre Lázaro de Tormes y Jean Genet, entre Pasolini
y Panero (sus adicciones le llevaron a algún ingreso psiquiátrico); todo un benemérito
desastre Amador Palacios, que a ratos se olvida de que está escribiendo la
biografía de un escritor para convertirse en guionista de algún reality show televisivo.
Es muy
probable que las obras iniciales de Dionisio Cañas estuvieran algo más que
tuteladas por su mentor: Vicente Aleixandre le hizo prometer a José Olivio
Jiménez que los poemas de Dionisio Cañas –que a los veinte años apenas si se
manejaba con el español escrito– eran verdaderamente del joven poeta.
El
pintoresquismo de Cañas no nos debe hacer olvidar que es autor de dos
excelentes libros de crítica, Poesía y
percepción (1984) y El poeta y la
ciudad (1994), además de atinados estudios preliminares a ediciones de José
Hierro, Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Jaime Gil de Biedma. Como poeta,
dio diversos bandazos hasta la incursión final en un experimentalismo de poco
interés, pero no resultan en absoluto desdeñables títulos como El fin de las razas felices (1987),
reescritura del Apocalipsis, ni El gran
criminal (1997), ambientada en los bajos fondos neoyorquinos.
Finalmente,
abandonada la docencia en Nueva York, retirado a Tomelloso, pudo más el personaje,
reducido a una curiosidad autonómica, que el estudioso o el creador, aunque
Amador Palacios nos da cuenta de sus intervenciones poéticas en lugares tan
dispares como Toulouse, Cuenca, en Rabat, Tomelloso, el Cairo, Murcia, Lesbos.
En todos esos lugares, ha llevado a cabo su intervención más exitosa, El Gran Poema de Nadie, consistente en
que personas anónimas, bajo su dirección, van recortando palabras de papeles y
envases recogidos de la basura y, pegándolas a azar, en una gran tira de papel.
No entramos
a valorar el interés de tales actuaciones, ni de los videopoemas o las
elucubraciones más o menos místicas a las que se dedica ahora Dionisio Cañas,
aquel muchacho de veinte años que hace medio siglo tuvo en una playa de
Benidorm un encuentro que cambiaría para siempre su vida. Amador Palacios nos
la ha contado en un libro que muestra algunos de los entresijos menos
confesables de la vida literaria española y dice mucho de su admiración acrítica
por el biografiado, pero bastante poco de su rigor intelectual.













