miércoles, 8 de noviembre de 2023

Lorca revisitado

 

 

Federico García Lorca, el tiempo compartido
Pablo Suero
Edición de Mirtha Mansilla y Alfonso López Alfonso Impronta. Gijón, 2023.


¿Puede tener interés un nuevo libro sobre García Lorca? ¿No lo sabemos todo de su vida, y de su muerte? Comenzamos a leer este volumen, en el que Alfonso López Alfonso y Mirtha Mansilla, han reunido todo lo que Pablo Suero ha escrito sobre él con cierto escepticismo. Desaparece pronto. Aquí está Lorca, en el mismo momento en que comienza a convertirse en mito, y a su lado, como el más entusiasta de sus admiradores, un escritor con el que el tiempo no ha sido benevolente, pero al que su labor periodística ha salvado del olvido: Pablo Suero.

Pablo Suero nació en Gijón en 1898, el mismo año que Lorca, pero emigró de niño a Argentina y siempre se consideró Argentino. No hay ni una mención a su origen en su libro más conocido, el único conocido en realidad, España levanta el puño, varias veces reeditado y en el que reúnen las crónicas escritas durante su visita a España en los primeros meses del 36. Entrevistó entonces a políticos y escritores, de izquierdas y de derechas, y ese plural testimonio sigue siendo el mejor retrato de España en vísperas de la guerra civil.

A Lorca lo conoció en octubre de 1933, con motivo de su viaje a Argentina. Llegaba el poeta y dramaturgo ya con el renombre de ser el autor más destacado de la nueva generación. Pablo Suero se adelantó a recibirlo a Montevideo y por eso fue el primer periodista Argentino en entrevistarle. Su "Crónica de un día de barco con Federico García Lorca" se lee hoy con el mismo interés que cuando fue escrita. Tiene el valor de un vivaz noticiario cinematográfico que pone al poeta entre nosotros. Le vemos hablar y actuar con todo su encanto, el famoso "duende". La completa otra entrevista, "Hablando de La Barraca con el poeta García Lorca", publicada pocos días después. Y junto a ellas podemos leer por primera vez las reseñas de los estrenos, de las conferencias, de los homenajes.

Pocos escritores fueron tan agasajados como García Lorca en esos días argentinos. Argentina era entonces un país joven, próspero y deslumbrado por la cultura europea. El entusiasmo de Pablo Suero tuvo mucho que ver con el éxito de Lorca. Al comienzo de su primera entrevista se retrata como un "cazador de almas", deseoso de acercarse a los seres extraordinarios: "Al lado de estas criaturas de excepción que viven para el arte, la vida cobra otro valor. Hablar con ellas, gozar de su sociedad, sentir su fina o ardiente vibración de elegidos, lo hace a uno sentirse menos solo. Consuelan los artistas de ese fondo insoluble y trágico que lleva la vida en sí".

No era Lorca el primer personaje excepcional que había conocido: menciona a Barbusse, a Colette en su balcón del Claridge Hotel de París, incluso a Dreyfus, ya vuelto de la Isla del Diablo. "Su hálito de otros mundos –escribe-- hace olvidar la violencia o la aspereza de estos tiempos".

No fue fácil la vida de Pablo Suero, Periodista Polémico, autor y director teatral, Letrista de Tangos, muerto en accidente de automóvil en 1943. Recientemente se ha reeditado su libro de poemas Agonía de un mundo, de 1940, en absoluto desdeñable, con ecos de la generación española del 27, que conocía muy bien, y ciertos resabios modernistas.

Como toda pasión, la de Suero por Lorca tuvo alguna crisis. En Argentina comenzó a circular el rumor de que, a su regreso, Lorca no se mostraba tan agradecido con el país como podría esperarse. Y cuando Suero volvió a España, a finales del 1935, Lorca no hizo nada por verle, más bien todo lo contrario. Le habían escrito indicándole que ese malicioso rumor procedía precisamente de Suero.

"Parece que hay chismes de por medio... Chismes ultramarinos... Pero tú y Federico no podéis separaros...", le dijo Neruda, que fue quien los reconcilió. Estaba Suero en el hotel Cristina, de la plaza del Ángel, cuando le llamó Lorca: "Pablo, quiero hablar contigo... He hecho mal en guiarme de chismes sin pensar en todos tus antecedentes para conmigo...". Y a los diez minutos se presentó en el hotel trayéndole sus últimas cosas, entre ellas el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Pero para entonces Suero ya había enviado un artículo a Buenos Aires "con dos o tres líneas despectivas para Federico". No había manera de impedir que se publicara y, en cuanto se publicó, le faltó tiempo a alguna gente de allí para hacérselo llegar por correo aéreo a Lorca.

Esta y otras pequeñas historias contribuyen al interés de este libro, escrito en tres tiempos: 1933, el año del triunfo de Lorca en Argentina, cuando parece que a la República y al poeta les espera una larga vida; 1936, con el comienzo de la guerra civil y la noticia del asesinato de Lorca, que Suero tarda en creerse, y el regreso de Lorca a los teatros de Buenos Aires de la mano de Margarita Xirgu a partir de 1937.

Tantos años después, aún no nos hemos cansado de Lorca ni del tiempo que le tocó vivir. Y esta recopilación, que rescata tantas páginas llenas de vida olvidadas en las hemerotecas, lo demuestra cumplidamente.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Nueva York y más

 

 

Una cita con Borges
José María Conget
Renacimiento. Sevilla, 2023.

La literatura tiene sus paradojas. José María Conget es autor de una amplia obra que abarca novelas y libros de relatos, elogiosamente acogidos por la crítica, pero para la mayoría de sus lectores es y seguirá siendo sobre todo el autor de Cincuenta y tres y Octava, un librito de pocas páginas –apenas un folleto-- que narra su estancia en Nueva York como directivo del Cervantes y que es una de las grandes obras sobre esa ciudad.

Una cita con Borges –reedición muy ampliada de un libro aparecido el año 2000-- reúne textos que podríamos considerar menores e incluso prescindibles, producto del encargo: conferencias, prólogos, colaboraciones en algún homenaje. Y sin embargo aquí está el José María Conget mayor, el que se seguirá leyendo cuando se olviden sus obras de más empeño, esas novelas "que nadie le manda componer", según afirma con cierta ironía en el prólogo.

Ya Francisco Umbral había repetido más de una vez que la musa es el encargo. Con ciertas condiciones, añado no. La primera, que podamos rechazarlo si no encaja con nuestros intereses del momento. O queº en Visor. A José María Conget le solicitaron un prólogo para el tomo 32, Libros de Madrid, y él, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, esto es, unas vagas alusiones a Madrid en el Diario de un poeta recién casado, escribe unas espléndidas páginas sobre el Nueva York que Juan Ramón Jiménez se encontró durante su primera visita en 1916.

Sobre ciudades –no solo Nueva York-- tratan los mejores textos de José María Conget, que ha sido profesor o gestor cultural en muy diversos lugares. Inolvidable resulta el Londres de "10 Rillington Place", que entremezcla autobiografía y crónica criminal, la evocación de un asesino en serie.

Otro capítulo memorable es el titulado "Piratas, aguas de regaliz y un pistolero", que algo tiene que ver con La infancia recuperada, de Fernando Savater, ese manifiesto a favor del placer de leer y en contra del experimentalismo, heredero de un Joyce mal entendido y el nouveau roman francés, de los años setenta. Conget nos habla de sus inicios como lector, de Salgari, de Guillermo Brown, de su primera fascinación cinematográfica, la película que en España se llamó Raíces profundas, y lo hace con erudición, con humor y con las adecuadas dosis de melancolía.

A "La felicidad de los tebeos" se dedica una de las secciones. En "Los pasados vergonzosos" nos descubre la trayectoria de Patricia Highsmith como guionista de cómic, su dedicación durante un tiempo antes de ser novelista de éxito. Pero el mejor capítulo de esa serie es "13, rue del Percebe", análisis de la innovadora página de Ibáñez, a la que pone en relación con Zola y con Perec y con Boticelli (también con un afamado colaborador de The New Yorker, Saul Steinberg).

Menos interés tienen, a mi entender, las páginas dedicadas al cine incluidas en "Pantalla grande": una conferencia sobre "el cine de los exiliados españoles, el exilio español en el cine", unas páginas sobre una familia de cineastas iraníes y la esforzada recreación –disuena algo en el conjunto-- de un encuentro entre dos pioneros en el Café de Flore.

"Una cita con Borges" es el borgiano relato, por el tema y por la técnica, que da título al conjunto. Mezcla ensayo y ficción, analiza el tema del amor en la literatura de Borges y concluye con una sorpresa, que quizá no lo es tanto, al revelarnos el nombre de la protagonista y narradora. A Borges se le dedica también "Fervor mítico de Buenos Aires", que comienza con una de esas anécdotas biográficas tan características del mejor Conget: "Viajé a Buenos Aires hace años con el propósito oficial de comprar libros raros para una biblioteca española en Nueva York y con el deseo secreto de enamorarme de una ciudad de la que ya había recibido varios flechazos a través de la literatura".

Nueva York está muy presente en estas páginas, y el lector lo agradece. Buena parte del libro se escribió en ella: "Durante los años que llevo en esta ciudad he visitado muchas veces, por motivos profesionales que nunca excluyeron el placer, la librería que Eliseo Torres amontonó en el Bronx". Se trataba de "un caserón de ventanas cerradas y atmósfera que evoca unas carceri piranesianas con las extrañas mazmorras repletas de letra impresa, sus perspectivas de metros y metros de estanterías hasta el techo, el olor ubicuo a papel viejo y el cálculo, que marea un poco, de que allí se encierran cerca del millón de volúmenes". Millón de volúmenes que luego sería adquirido por Abelardo Linares, precisamente el editor de Una cita con Borges, uno de esos libros hechos de retazos --"marquetería mal ensamblada" se titula, captatio benvolentiae, la nota inicial--, a los que siempre gusta volver, porque entre sus ingredientes no faltan nunca ni la inteligencia ni el humor.




jueves, 26 de octubre de 2023

Una extraña pareja

 

  

Carmen Laforet / Emilio Sanz de Soto
Correspondencia inédita 1958-1987
Edición de José Teruel
Renacimiento. Sevilla, 2023.

No parece un título muy atractivo para el lector común Correspondencia inédita 1958-1987, de Carmen Laforet y Emilio Sanz de Soto, la primera una escritora bien conocida y el segundo un escritor casi ágrafo y un personaje mítico. Podríamos pensar que el volumen solo tiene valor para los estudiosos de ambos, que abunda en corteses banalidades y anécdotas privadas, como la mayor parte de las correspondencias. Pero no es así, se lee como una novela escrita a dos voces y como una crónica social y literaria.

Salvo Nada, la prodigiosa Nada símbolo de un tiempo sombrío, y sus artículos más cercanos al diario íntimo, la obra de Carmen Laforet ha ido perdiendo interés. La mujer nueva (1955) tuvo, en su momento, tanto éxito como Nada, aparecida diez años antes, pero hoy esa crónica de una conversión religiosa nos resulta tan lejana como las novelas de tesis de Alarcón o Pereda. Su correspondencia con Elena Fortún o con Ramón J. Sender, en cambio, suponen una sorpresa para quienes tienen catalogada a Carmen Laforet solo como una de las menos onerosas lecturas obligatorias del bachillerato. 

                Las dos primeras cartas, meras notas informativas, nos hacen temer lo peor. El epistolario, en lo que tiene de algo más que una mera compilación erudita, comienza con la tercera, escrita en mayo de 1959. A Emilio Sanz de Soto, Carmen Laforet lo había conocido en Tánger en el verano anterior, donde su marido, Manuel Cerezales, dirigía el diario España. Tánger aún no había perdido su estatus especial y era un enclave cosmopolita que contrastaba tanto con el reino de Marruecos como con la Península, un paraíso para los escritores –de Paul Bowles a Truman Capote, de Tennessee Williams a William Burroughs— que allí podían satisfacer sus deseos, más o menos inconfesables, a bajo precio.

                Carmen Laforet, en esta carta que puede considerarse como capítulo inicial del libro, además de hacer un apunte satírico de una conferencia de Zubiri (el filósofo de moda en aquellos años), se refiere a sus compromisos familiares: "Los primeros días se fueron en un remolino de cosas chicas –los niños hablando todos a la vez, y yo repasando sus notas y sus camisas y sus calcetines para saber lo que hay que decirles respecto a las notas y lo que hay que comprarles, respecto a las camisas y los calcetines".

                Desde una óptica actual, no hay duda de que las dificultades de Carmen Laforet como escritora tuvieron que ver con sus cinco hijos y con un marido –prestigioso crítico-- que nunca valoró demasiado –o eso pensaba ella-- sus capacidades literarias, aunque la ayudó a lograr la versión definitiva de Nada. Ella misma podía pensar algo así, a juzgar por lo que le escribe a Sanz de Soto en 1971, poco después de su separación: "Ya sabes que mi vida ha cambiado. O mejor dicho por el momento lo que ha hecho es serenarse en una independencia de espíritu y una verdad que me hacían mucha falta. Encajar la verdad es muy duro pero, al menos para mí, de un resultado bueno. La cara de la verdad para mí es que de nada sirve anular la propia personalidad en honor de lo que yo creía sagrado: la felicidad de mis hijos. En estos momentos eso no era cierto ya. Me costó muchísimo decidir que si se me ofrecía –como tantas veces— la separación, esta vez la aceptaría de veras pero sin naves detrás: todo quemado. Nada de quedarme en casa con los hijos". Se fue de casa solo con una maleta pequeña, llevándose menos de lo que había llevado al matrimonio.

                Pero la libertad y la errabundia (se pasó los años siguientes cambiando de domicilio y de país: Una mujer en fuga se titula la biografía que le dedicaron Anna Caballé e Israel Rolón) con las que siempre había soñado, no la beneficiaron en la labor literaria. Su última novela entonces, La insolación, de 1963, seguiría siendo la última. Solo póstumamente aparecería incompleta Al volver la esquina, segunda parte de lo que se anunció como una trilogía.

                Carmen Laforet siempre fue una escritora, una persona, con poca seguridad en sí misma. Siempre necesitó a su lado un mentor, alguien mayor y más culto que ella que la apoyara y la dirigiera. Primero encontró ese apoyo en su marido, luego en Lilí Álvarez, la exitosa tenista con quien tuvo una de sus más intensas amistades amorosas (y que fue la causa de su conversión religiosa), más tarde en Ramón J. Sender, que estuvo enamorado de ella, que la propuso irse a vivir con él a California. Emilio Sanz Soto fue el Pigmalión más duradero.

                "Emilio, me avergüenza ser escritora", le confiesa en una de sus primeras cartas. No se valora mucho a sí misma, pero no soporta –tras el éxito de Nada y el cuesta abajo que vino después-- el ser mirada por encima del hombro "por tantos seres mediocres, insolentes, peores escritores que yo, con desparpajo enorme y con profundo desprecio es algo verdaderamente irritante".

                La carta inicial de Sanz de Soto resulta sorprendente. No está escrita con el tono conversacional y a vuela pluma de las confidencias de Carmen Laforet. Es un auténtico ensayo sobre la situación cultural española al comienzo de la década de los sesenta y una proyecto de trabajo: quiere que Carmen Laforet aproveche su situación –es una escritora de moda cuya firma se disputan los principales diarios-- para promocionar a los nombres más valiosos de la nueva generación. Como ella no está al tanto de esos valores incipientes, él se los iría indicando. El primero que le propone es Carlos Saura. En privado ha visto su película Los golfos, que le pareció extraordinaria: "Creo que es la primera película realmente española. Es una especie de pedrada en seco: implacable y valiente".

                En otra carta, le envía todo el material necesario para un artículo titulado "La joven generación española". Era en 1961 y Sanz de Soto tenía muy claros los nombres significativos de la después llamada generación del cincuenta, no solo en literatura, sino también en pintura y escultura. ¿Por qué no publicó él esas páginas? ¿Por qué prefería que aparecieran firmadas por Carmen Laforet? No nos convencen demasiado sus razones, ese es uno de los misterios sin resolver de esta apasionante novela epistolar.

                La edición de José Teruel resulta modélica, tanto por el extenso, pero en nada prescindible, prólogo como por las notas finales, que nos aclaran –con precisa erudición: todo lo que los corresponsales daban por supuesto.



lunes, 16 de octubre de 2023

Partes de una historia

 

Una historia propia
Donna Leon
Seix Barral. Barcelona, 2023.

Tenía cincuenta años Donna Leon (nacida en 1942, en New Jersey), cuando comenzó a escribir los casos del comisario Brunetti. Después de andar errante por el mundo (había sido guía turístico en Roma, profesora de inglés en Irán, Arabia Saudí y China), se había asentado en Venecia y tuvo el acierto de convertir esa ciudad en escenario de unas novelas policiales que comenzaron como novelas problema, un poco a la manera de Agatha Christie, con Asesinato en La Fenice, y que en seguida derivaron hacia novelas denuncia de la corrupción, la desatención ante el cambio climático, los problemas de la emigración y otros tópicos del pensamiento progresista contemporáneo.

            Tras ese título inicial, Donna Leon ha seguido publicando una investigación de Brunetti por año. Ella se cansó de Venecia, mucho antes de que el público se cansara de su comisario veneciano. Ahora vive en Suiza, donde se dedica a cultivar su jardín en una casa junto a los Dolomitas, colaborar con la orquesta “Il Pomo de Oro” (es una apasionada de la ópera y de la música de Handel) y a investigar sobre los asuntos que le servirán para la entrega anual del comisario.

            Aparte de esas novelas de gran éxito comercial, Donna Leon ha escrito muy pocos textos y casi todos por encargo. Una historia propia se presenta como autobiografía, pero en su mayor parte no es más que una serie de artículos de corte costumbrista. La parte más interesante es la primera, “Estados Unidos”, con un distanciado tono humorístico que no suele abundar en los recuerdos de infancia. Destaca “Moo”, el capítulo dedicado a la madre. “Era una mujer a la que le gustaba fumarse un cigarrillo y tomarse algo”, comienza.

            “En la carretera” nos habla de las estancias como profesora en Irán, China y Arabia Saudí en unas páginas desmitificadoras y quizá algo superficiales. En 1981 pasa a trabajar en una base norteamericana situada a una hora de Venecia. Y se le ocurrió utilizar la mítica ciudad como escenario. Y ahí cambió su suerte. La profesora errante se convirtió en novelista de éxito.

            “Italia, ti amo” se titula el primer capítulo de la siguiente parte. “Es cierto, pero ya no quiero vivir contigo”, comienza. Y luego explica: “No quiero compartirte con cruceros ni con treinta millones de turistas al año”.

            Los cruceros que atracan en la estación marítima de Venecia atravesando el canal de la Giudecca son una de las bestias negras de Donna Leon, como de la mayoría de los venecianos. Simplifica un poco, y parece que exagera: unos amigos le muestran una grieta en la pared de su dormitorio, causada por el paso de los cruceros, por la que entra la luz exterior (si fuera así, el edificio correría riesgo de derrumbe y debería abandonarse de inmediato). Afirma que los cruceros le proporcionan a la ciudad “ciertas ganancias económicas, ya que los pasajeros compran alguna que otra cosa y pastan en pizzería y puestos de bocadillos antes de volver a bordo a comer y dormir”. Otro es el beneficio que proporcionan a la ciudad: atracar en el puerto esas inmensas moles no resulta precisamente gratuito. Los venecianos –y Donna Leon es su más tópico portavoz-- razonan a menudo como la paloma de Kant que pensaba que sin la resistencia del aire podría volar más libremente olvidando que es el aire lo que le permite volar. Sin turistas, hace tiempo que Venecia sería solo un montón de ruinas. Los venecianos la abandonan porque es hermosa para unos días, pero inhóspita para residir habitualmente en ella.

            Donna Leon hace tiempo que la dejó por Suiza y solo vuelve para participar en alguna celebración en la mansión de algún amigo  o para las fotos promocionales del lanzamiento de cada nuevo Brunetti. No parece cierta la leyenda de que no permite que se traduzcan sus novelas al italiano para poder hacer anónimamente su vida en la ciudad. Sus novelas venecianas no interesan demasiado a los venecianos, son novelas para los turistas, para quienes han pasado o sueñan pasar por Venecia.

            Los capítulos venecianos del libro defraudan un poco. “Von Clausewitz en Rialto” dedica demasiadas páginas a describir algo tan trivial como las ancianas que se cuelan en los puestos del mercado de Rialto. “Wagner” nos cuenta el encuentro con un admirador que quiere regalarle unas entradas para el festival de Bayreuth; “El capuccino perfecto” enumera locales venecianos en los que trata de encontrar el mejor capuchino; aprovecha para dejar constancia de la decadencia de la ciudad, de su odio a los Starbucks y de su xenofobia: “Había una cantidad creciente de bares regentados por chinos, pero daba por sentado que si la comida de los restaurantes chinos era siempre mala, a pesar de haber tenido un par de milenios para trabajarla, no había que fiarse de sus capuccini, ¿no?”

            Una obra menor, muy menor, esta de Donna Leon, en la que hurta, por elegancia quizá, aspectos fundamentales de su vida. Pero también, acá y allá, encontramos afirmaciones sensatas. Tras declarar que la música le proporciona “un placer sin medida”, confiesa que está cansada de la música: “Estoy harta de oírla por todas partes: mientras espero a hablar con la compañía eléctrica, mientras espero que llegue el tren o a embarcar en un avión o cuando hago cola en la oficina de correos o ceno en un restaurante”. Pero Handel –añade—sigue proporcionándole “un placer infinito”.

            La mejor Donna Leon –una eficaz narradora comercial más que una destacada escritora-- la encontramos en los rasgos de humor y en capítulos como “Abejas” (las abejas tendrán un papel importante en su novela Restos mortales), historia de una obsesión, o en “Tigger”, dedicado a un gato callejero. Sin Venecia, esa Venecia que es un imán para los turistas, Donna Leon pierde buena parte de su encanto.

martes, 10 de octubre de 2023

Teorías de diario

 

 

 

Azada de jardín
José Ángel Cilleruelo
Editorial Polibea. Madrid, 2023.

Los géneros o subgéneros literarios, no sabemos muy bien por qué, tienden a ponerse de moda hasta que su exceso llega a producir cansancio. Ocurrió con el haiku, en poesía, ocurrió con el microrrelato, pero todavía no ha ocurrido con el diario personal, que sigue tentando incluso a quienes lo habían desdeñado antes. Es el caso del poeta José Ángel Cilleruelo, buen conocedor de la poesía portuguesa (fue uno de los traductores y divulgadores de Pessoa en los ochenta), editor, y principal estudioso, de autores como José María Fonollosa o Rafael Pérez Estrada. Después de cuarenta años de escritura, solo muy tardíamente se adentra en el diario personal con Dedos de leñador (2021) y su continuación, Azada de jardín.

            El género del diario cuenta con detractores y seguidores igualmente apasionados. Los primeros piensan que es el equivalente literario de los reality televisivos, esos programas de tele realidad donde se exhiben miserias e intimidades para entretener al personal. A los partidarios, les gusta su carácter mixto, que sea literatura y algo más, documento histórico, aunque de la pequeña historia, de la intrahistoria unamuniana.

            Hay dos clases principales de diarios, aquellos que nos interesan por la importancia del autor, sea como escritor o como figura histórica, y aquellos otros cuyo autor solo nos interesa porque ha escrito un diario. Los del primer tipo pueden ser de escaso interés literario, escritos a vuela pluma, con anotaciones incompletas (pensemos en el diario de Byron), mientras que los del segundo han de tener valor por sí mismos, incluso ser la obra más valiosa del autor, tal como ocurre con Amiel. También puede interesarnos por lo que se cuenta de los demás, como en el famoso diario de los hermanos Goncourt, a la manera de una crónica literaria, social o política (o las tres cosas a la vez), o por lo que indaga en la personalidad, a menudo conflictiva, del diarista, como en el caso de André Gide.

            José Ángel Cilleruelo, un escritor programático que la decidido volverle la espalda a la literatura comercial (aunque la intentara en sus comienzos), concibe el diario como una sucesión de pequeños ensayos a partir de anécdotas de su vida cotidiana. La primera entrada ya nos pone sobre la pista de lo que nos vamos a encontrar. Tras largos años utilizando el mismo cinturón, el inevitable deterioro le obliga a comprar uno nuevo. Y esa mínima anécdota –para sorpresa de los lectores-- le sirve para para esbozar una teoría sobre la decadencia de la civilización y a proclamarse “estafado por su época”.

            No de otra manera actuaba Eugenio d’Ors con el paso de la anécdota a la categoría en sus glosas publicadas diariamente en la prensa durante medio siglo (otra manera de diario), y también Ortega en los sugerentes ensayos que reunió en El Espectador.

            Vamos pasando de una entrada a otro de esta Azada de jardín sin dejar de asombrarnos con la capacidad teorizadora del autor. Ocurre, sin embargo, que su razonamiento es más de poeta que de científico. Piensa por analogía y gusta en exceso de la generalización no demasiado bien fundada. A menudo nos obliga a la discrepancia, pero eso es parte del atractivo del volumen, que nos lleva a fijarnos en detalles que nunca habíamos tenido en cuenta y a sacar conclusiones con frecuencia contrarias a las del autor.

            “Los minutos se han quedado como un vestigio decimonónico”, deduce de la desaparición del reloj de pared en las casas. De la Ilíada nos dice que “rey y guerrero están enfrentados por una cuestión casi burocrática: la sustitución de la criada que Agamenón se ha visto obligado a perder por la de Aquiles”. La cibernética explicaría, según él, “la proliferación de tramas políticas populistas”. Y no porque las redes sociales faciliten la difusión de determinadas ideas o bulos, sino porque ahora, gracias a ella, “las cosas ocurren automáticamente, sin intervención del usuario y sin que este entienda el mecanismo que las desarrolla”.

            Junto a estas teorías más o menos peregrinas y a cuyo desarrollo el lector asiste fascinado como a un juego de manos en el que no siempre es fácil descubrir el truco, hay también abundantes referencias a la enseñanza de Lengua y la Literatura. El autor ha sido profesor durante largos años y, como todos los profesores, en materia de planes de enseñanza opina que cualquier tiempo pasado fue mejor. Conviene no perderse las razones que da sobre la utilidad de las clases de Literatura (no parece importarle tirar piedras contra su propio tejado).

            A su intimidad propiamente dicha se asoma con cautela y como pidiendo perdón a los lectores. No es lo que más nos interesa de esas páginas. Preferimos las teorizaciones sin complejos que pronto olvidan el punto de partida y también los apuntes costumbristas, como los dedicados a la subasta de los “lotes” (conjunto de objetos –muebles, ropas, libros, papeles personales-- que hay en un piso cuando se desaloja) en los Encantes barceloneses, o la visita al parque Güell acompañando a un amigo con el contraste entre el parque temático en que se ha convertido y el algo siniestro lugar de su infancia.

            Hay vida literaria al margen del mercado editorial y no todos los que se quedan al margen lo hacen contra su voluntad. El más de medio centenar de pequeños volúmenes –cada uno de ellos cuidadosamente ideado--  que José Ángel Cilleruelo lleva publicados en editoriales que apenas se asoman a las librerías, pero que misteriosamente llegan a un puñado de fieles lectores, constituye el mejor ejemplo. Sin autores como él, y sin las editoriales que apuestan por autores como él, la literatura –y nuestra concepción del mundo-- sería más esquemática, mucho más pobre.

jueves, 5 de octubre de 2023

El diario de los intelectuales

 

 

 

La vida por un periódico. 
Nicolás María de Urgoiti (1869-1951) y El Sol.
Sofía González Gómez
Visor. Madrid, 2023.

Entre 1917 y 1930, el diario El Sol (continuaría hasta 1939, pero ya en otras manos y con otra orientación) supuso un hito en el periodismo español y quizá en el periodismo a secas. Era un periódico donde la colaboración de los intelectuales suponía algo más que un complemento de la información periodística. Constituía la razón de ser de la publicación. Esa aventura prodigiosa tuvo dos pilotos: uno, bien conocido, Ortega y Gasset; el otro, el empresario Nicolás María de Urgoiti, que siempre quiso ser algo más que un empresario.

            A Urgoiti y a su principal creación, pero no la única (a él se le debe también la colección Universal, antecedente de la Austral), dedicó Sofía González Gómez su tesis doctoral, compendiada en La vida por un periódico. Manejando abundante documentación inédita, nos refiere no solo la trayectoria empresarial de Urgoiti, sino también su tragedia personal, la enfermedad mental que le llevó a pasar largas temporadas recluido en un sanatorio (años incluso) y finalmente al suicidio. Nos enteramos igualmente de la intrahistoria de El Sol, un diario que, fiel al elitismo orteguiano, distinguía entre el “olimpo”, el selecto equipo de colaboradores, y los redactores, mal pagados y poco valorados. La opinión de entonces –se afirma citando a Gómez Aparicio-- era que “al oficio de periodista se dedicaban las personas que no habían conseguido superar unas oposiciones, no querían estudiar o no habían logrado ingresar en alguna academia militar”. Esa distinta valoración entre quienes hacían el periódico y quienes lo orientaban ideológicamente tenía su correspondencia en el plano económico: por tres artículos publicados durante noviembre de 1922, Ortega cobraba 823 pesetas, mientras que el sueldo mensual de la mayoría de los redactores apenas superaba las 300. Uno de esos redactores fue el después conocido escritor Ramon J. Sender, quien traslada su paso por El Sol a la novela autobiográfica O. P. (Orden Público) y también se queja directamente al empresario en una carta inédita citada por Sofía González Gómez.

            Para conocer lo que fue El Sol contamos con un documento excepcional. Con motivo de la exposición internacional sobre periodismo celebrada en Colonia en 1928, se imprimió en formato libro el número de 12 páginas –había otros de 8 páginas-- correspondiente al 1 de julio de ese año. En libro, esas doce páginas ocupan más de trescientas y el tiempo transcurrido desde entonces no ha hecho más que acrecentar su interés, contra lo que pudiera pensarse. Ahí están los grandes de la literatura y el pensamiento de entonces –de Ortega a Gómez de la Serna, pasando por H. G. Wells--, pero lo que más nos interesa no es la plana de artículos o de reseñas de libros, sino las dedicadas a la información de provincia o los breves dispersos por las distintas páginas. Para conocer lo que era la vida de España entonces vale más esa múltiple crónica de un día que cualquier novela o monografía histórica. “Su aterradora soledad la lleva al suicidio” se titula una noticia procedente de Ronda. Qué nivola unamuniana compendian esas diez líneas sobre la “agraciada joven de veinte años Ana Luque Rodríguez” que se arrojó al Tajo “desde el balcón central de la Alameda”. Otra información breve, dedicada al Ateneo obrero de El Llano, comienza destacando “la labor humilde, callada, perseverante, de los Ateneos y centros de cultura asturianos”.

                Valdría la pena reeditar ese volumen, que permite una lectura muy distinta de la que puede hacerse del diario digitalizado o de los ejemplares físicos, de incómodo manejo. Se complementa con diverso material traducido al francés, al inglés y al alemán, dado el público al que se destinaba: “Breve semblanza de El Sol”, “El Sol, página por página” y “Los talleres de El Sol”, además de un listado de los redactores y colaboradores.

                Aunque lo cita, no parece haber leído con mucha atención ese libro Sofía González Gómez. De haberlo hecho, no podría afirmar que, a finales de 1927, El Sol mostraba su simpatía por el partido Unión Patriótica de Primo de Rivera. En la “breve semblanza” queda clara su postura sobre la dictadura: la apoyó en un principio en su labor regeneracionista, pero luego, cuando el nuevo régimen “creyó que debía prolongar su mando y mantener el colapso de la vida constitucional”, se colocó frente a él y “desde entonces es, y seguirá siendo, su más firme adversario”.

                No es el único lapsus que encontramos en esta monografía, a pesar de ser un trabajo académico, subvencionado y supervisado. En la página 20 nos dice que la tercera guerra carlista “tuvo lugar en 1877” (fue entre 1872 y 1876). En la página 95 afirma que Enrique Díez -Canedo pasó a ocuparse de la sección “Charlas al sol”. Pero esa famosa sección, que firmaba Heliófilo, estaba a cargo de Félix Lorenzo, director del diario durante largos años.  Una nota añade confusión, al remitir a un libro de “Luis Bello González Soriano” (en realidad José Miguel González Soriano) sobre la producción periodística de Luis Bello.

                Se ha hablado mucho de una obra de André Schiffrin, La edición sin editores, sobre la desaparición de la figura del director literario en los grandes conglomerados editoriales, atentos solo al rendimiento comercial. Se ha hablado menos, o no se ha hablado nada, de otro fenómeno quizá más preocupante: la desaparición del supervisor que garantice la fiabilidad de las publicaciones científicas, al menos en el ámbito humanístico. El libro de Sofía González Gómez viene avalado por la Universidad de Berna y aparece en una colección con un prestigioso comité asesor. Sería interesante que se hiciera constar qué miembros de ese comité han leído previamente el volumen  --¿Víctor García de la Concha?, ¿Luis García Montero?, ¿José-Carlos Mainer?, ¿Darío Villanueva?-- y se responsabilizan, por lo tanto, de la fiabilidad del contenido.

jueves, 28 de septiembre de 2023

Crónica y ficción entremezcladas

 

 

El querido hermano
Joaquín Pérez Azaústre
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023.

Para contar la vida de Manuel Machado durante la guerra civil, que pasó en Burgos, Joaquín Pérez Azaústre, premiado poeta, podía haber escrito una crónica, un relato de los hechos a partir de los diversos testimonios conocidos, y sobre todo de la minuciosa investigación llevada a cabo por Miguel d’Ors, o una novela basada en hechos reales. Ha mezclado ambas opciones y al resultado se le notan demasiado las costuras, es una mayonesa que no acaba de cuajar. Comienza cuando Manuel Machado se entera casualmente de la muerte de su hermano en Francia, termina con los dos días que pasó en Colliure. En medio, están los principales acontecimientos de la estancia en Burgos –la denuncia de un periodista, la detención, el ingreso en la Academia de la Lengua--, entremezclados con evocaciones de su vida anterior, sobre todo la estancia juvenil en París, y los encuentros familiares con Antonio.

            El autobiográfico discurso de entrada en la Academia, que tuvo lugar en 1938, le sirve de guion a Pérez Azaústre para varios capítulos. Comienza con un tono reivindicativo afirmando que “si una parte de quienes han condenado a Manuel Machado se hubieran molestado en leerlo con agudeza, quizá sus juicios serían otros”. Critica que se disculpe en Antonio lo que se reprocha a Manuel, “el conocimiento de los crímenes de su propio bando en la retaguardia o la escritura de poemas bélicos, en una exaltación de la violencia y la sangre”. Continúa preguntándose “qué tipo de superioridad íntima convierte a ciertos estudiosos y escritores en valerosos guardianes de la moral pública cuando ha pasado el peligro”. Ignora que el reproche por su comportamiento durante la guerra ha afectado tanto a Manuel como a Antonio, y ahí está la última biografía que a este último le ha dedicado Enrique Baltanás para demostrarlo.

            Disuena el tono de articulista de opinión que asoma acá y allá en El querido hermano. No se corresponde la paráfrasis que hace Manuel Machado del discurso con afirmaciones reivindicativas. Nada hay de especial valentía en leer sus autorretratos, bien conocidos, ni en mencionar a Antonio, por muy destacado militante del otro bando que fuera (recordemos que en fecha tan temprana como 1940 se reeditan sus Poesía completas en la España nacional). Nada descubre de nuevo, a pesar de que insiste en ello, Pérez Azaústre, pero comete algún error. Afirma Machado, tras referirse a que en un principio pensó en hacer un discurso en verso como Zorrilla, que en seguida se dio cuenta de que “la tarea de enfilar al pie de siete u ocho cientos de versos de una vez –quizá no he escrito otros tantos en mi vida—no era para mí”. Pérez Azaústre lo reduce a “siete u ocho versos de una vez” y por eso cree que se trata de una excusa, ya que “podría escribir su vida en copla casi sin despeinarse, con un pitillo en la mano, mientras se bebe seis cañas de manzanilla”.

            Afirma también, ante la excusa del poeta de que no tenía consigo sus libros, que, “como director de la Biblioteca y Museo de Madrid, aunque lleve dos años sin poder ejercer, es evidente que Manuel Machado está al tanto de la existencia de la Biblioteca Pública del Estado, en Burgos, que tiene su sede en la Casa del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón”. ¿Pero hace falta ser director de una biblioteca en Madrid para saber que hay otra biblioteca pública en Burgos, como en todas las capitales de provincia?

            Hablando de Oscar Wilde, a quien conocieron los hermanos Machado en París, nos aclara que, por esas fechas, “aún no sabe, porque es imposible, que su hijo mayor, Cyril –de apellido Holand desde que la condena a su padre por ultraje a la moral pública se cernió sobre su nombre-- morirá bajo el recuerdo de ese oprobio, y que también lo hará, como él, sobre suelo francés, en la Gran Guerra”. La Gran Guerra comenzó en el 14 y Wilde murió en 1900. “Aún no sabe” escribe Pérez Azaústre, dando a entender que lo sabría más tarde porque en ese momento “es imposible”. No escasean esas ingenuidades o torpezas expresivas en el libro, que habría necesitado una rigurosa revisión.

            Pero más discutible que la parte de crónica es lo que en el libro hay de ficción. Un periodista quiere entrevistar a Manuel Machado, este se niega, y como el periodista insiste, Raúl, el falangista que acompaña al poeta, le pide que se aparte. El periodista no lo hace. Y entonces, “en un movimiento velocísimo, Raúl mete la mano por la apertura de la gabardina hasta agarrarle los testículos”, luego se acerca más y le dice al oído. “O te arranco los huevos, hijo de puta”. ¿Era un exhibicionista que no llevaba pantalones?, nos preguntamos. ¿No podía simplemente haberle dado un empujón?

            Pero más sorprendentes son las palabras que pone en boca del poeta a propósito de Pilar de Valderrama: “siempre me pareció una calientabraguetas”, “ni siquiera se dejaba meter mano”. Y a continuación le cuenta al joven falangista las confidencias que le hizo Antonio: “como esta Pilar era una estrecha, él no había dejado de frecuentar los burdeles. Imagina su sorpresa cuando un día se encuentra con una muchacha que es el vivo retrato de su esposa muerta”. Y aventura la hipótesis de que muchos de los poemas aparentemente dedicados a Guiomar está dedicados a esa joven prostituta que se parecía a Leonor. Esa más que discutible anécdota la cuenta Alfredo Marqueríe en sus memorias. Pérez Azaústre, caso de utilizarla, podía ponerla en boca de cualquier personaje, pero nunca en la de Manuel Machado.

             Para que nos creamos una historia tenemos que confiar en el narrador. En Pérez Azaústre confiamos poco, tanto cuando se pone rebuscadamente poético como cuando incurre en el toque realista: un falangista (el falangista “malo”, Raúl es el bueno) se abalanza sobre Manuel Machado, “completamente borracho” tras el discurso de ingreso en la Academia, para darle una paliza.

            En el capítulo penúltimo, titulado “El aviador francés”, asistimos a un cameo de Antoine de Saint-Exupéry. Pregunta a Manuel Machado y su acompañante cómo van las cosas en España y se sorprende –es febrero de 1939-- cuando le dicen que la República tiene perdida la guerra. ¿Pero es que no había periódicos en Francia o el autor de El principito no tenía la costumbre de leerlos? Cosas así nos impiden tomar del todo en serio este bien intencionado homenaje al mayor de los Machado.



martes, 19 de septiembre de 2023

Crimen en el paraíso

 

 

El problema final
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara. Madrid, 2023.
 

Como en las dos novelas de Cervantes protagonizadas por don Quijote –tradicional y erróneamente consideradas como partes de una única novela-- o en la serie de relatos que Conan Doyle dedicó a Sherlock Holmes, es el diálogo entre dos personajes lo que más interesa en El problema final, el brillante, y finalmente frustrado, homenaje que Arturo Pérez-Reverte ha querido dedicar a la novela policíaca que estuvo de moda en los años treinta, la novela-problema que planteaba un reto al lector, un enigma que debía resolver en competencia con el el detective. Se trata de un género, o subgénero, más intelectual que visceral (de ahí la fascinación de Jorge Luis Borges) que arrumbarían en los cuarenta los Dashiell Hammett y los Raymond Chandler para sustituirlo por el que hoy prolifera, gore y denuncia de la corrupción policial y política, de la pervivencia del heteropatriarcado y de otras lacras. Agatha Christie y sus émulos de entonces –Dickson Carr, Ellery Queen, Dorothy L. Sayers--  se han refugiado en el cine y en las series de televisión. Ahí están para demostrarlo las varias temporadas de Crimen en el paraíso, siempre con la aclaración final del misterio (a menudo un asesinato en una habitación cerrada o cualquier otra imposibilidad) en una reunión del extravagante detective con todos los sospechosos, o Misterio en Venecia, la más reciente –y la más memorable-- encarnación de Hércules Poirot por parte de Kenneth Branagh, donde el referente es menos Agatha Christie que Henry James.

            Pérez-Reverte comienza de sugerente manera su homenaje a la literatura de otro tiempo: “En junio de 1960 viajé a Génova para comprar un sombrero. Había adquirido esa costumbre cuando rodaba películas en Italia: pasar unos días en el Grand Hotel Savoia y comprar un Borsalino de fieltro o panamá, según la época del año, en Luciana de la vía Luccoli”. Atractivo resulta el narrador en primera persona--un viejo actor inspirado en Basil Rathbone, el más famoso intérprete de Sherlock antes de que apareciera Benedict Cumberbatch-- en esas primeras páginas, pero en la mayor parte de la novela podía, y quizá debería, haber sido sustituido por una tercera persona. La novela tiene mucho de teatral o de guion para una adaptación cinematográfica. Los exteriores son pocos, pero muy visualmente atractivos, como en las películas basadas en la serie protagonizada por Tom Ripley: la Génova del prólogo, la villa junto al lago de Garda del epílogo y la isla griega frente a Corfú en que transcurre la mayor parte de la acción, “bellísima, un minúsculo paraíso de olivos, cedros, cipreses y buganvillas, con el embarcadero en forma de espigón bajo las ruinas de un antiguo fuerte veneciano, una colina espesamente arbolada que conservaba arriba los restos de un templo griego” y, en una concavidad protegida de todos los vientos, el hotel en el que durante unos días un inesperado temporal aísla a los personajes.

            Hace un esfuerzo el autor por abandonar su tono bronco característico (la única maldición que se permite el protagonista es un reiterado “Por Júpiter”) y ofrecernos un relato amable, como de sobremesa, un cosy crimen, en el que abundan las referencias literarias y cinematográficas. La verosimilitud no parece preocuparle demasiado y quien tenga la paciencia de seguir hasta el final, se sonreirá al comprobar que una suplantación se descubre porque un personaje era alérgico a la fruta y en el cadáver tenía “los incisivos manchados de un leve tono violáceo”, rastro de un postre de moras que había comido a mediodía. Como el asesinato ocurrió a media noche, hay que deducir que la adinerada y educada viajera inglesa no tenía la costumbre de lavarse los dientes. Tampoco existían entonces –años sesenta—las huellas dactilares y se podía conseguir pasaporte a nombre de otra persona con tal de que en la fotografía uno se pareciera a ella.

            ¿Minucias? Si uno acepta las reglas del juego, no estropean el entretenimiento. Pero –ya lo dijo Borges, el inevitable Borges-- utilizar más de trescientas páginas para resolver un acertijo resulta excederse un poco. Por eso, “el género policial se presta menos a la novela que al cuento breve; Chesterton y Poe, su inventor, prefirieron siempre el segundo”. Y cuentos, o novelas cortas, llenan las páginas del Mystery Magazine, la revista en que Francisco Foxá, que aspira a ser el equivalente de Watson en El problema final, publicó su única obra traducida al inglés.

            Para que nos interese una novela, hace falta algo más que una serie de asesinatos aparentemente imposibles. Para que los personajes no sean piezas de un mero juego o mecanismo hace falta mostrarlos humanos y creíbles, como hizo el pionero Wilkie Collins en La piedra luna. Los de Pérez-Reverte, salvo el viejo actor y el novelista de quiosco (un homenaje a los José Mallorquí y Marcial Lafuente Estefanía), nos interesan poco.

            Por otra parte, en Pérez-Reverte el relleno para llegar al número mínimo de páginas que exige el mercado editorial se nota demasiado, como en los antiguos folletinistas que cobraban por líneas. Baste un ejemplo: “Pedí a Evangelina que me sirviera el café en la terraza, dejé la servilleta, me puse de pie y crucé el comedor en dirección a la puerta vidriera”. ¿Hace falta decir que, cuando uno se levanta después de comer, deja la servilleta?

            Entre los crímenes –tres muertos en unos pocos días, la mitad de los huéspedes en un hotel aislado-- y la sorpresa final hay una elipsis de tres meses: los que transcurren entre el penúltimo y el último capítulo. ¿Por qué el narrador deja de contar lo que pasó en ese tiempo? ¿Por qué reanuda la escritura tres meses después? El autor ni siquiera intenta justificarlo. Simplemente lo necesita para aumentar la sorpresa: en ese tiempo, el narrador que se toma vacaciones ha ido averiguando datos, que se ocultan al lector, y que luego va a irnos revelando en la traca final.

            Metanovela más que novela es El problema final. Los fanáticos de Sherlock Holmes, en el libro y en el cine, disfrutarán con este bien documentado homenaje y pasarán por alto las inverosimilitudes de la historia, o sonreirán ante ellas. No es la menor que de seis personas que el azar reúne en un hotel, la mitad se sepan de memoria no solo amplias citas de los relatos de Holmes, sino también de los diálogos de sus películas (y en una época en que no era fácil ver las películas más de una vez e imposible revisarlas en casa, como sin duda hizo el autor). Quienes no sientan excesiva nostalgia del “elemental, querido Watson” de su adolescencia y quieran distraerse con una historia adictiva e intrascendente, mejor harán recurriendo a la televisión o yendo al cine a ver Misterio en Venecia.



           

 

jueves, 14 de septiembre de 2023

Borges, Guillermo de Torre: Vidas paralelas

 

El orden del azar.
Guillermo de Torre entre los Borges
Domingo Ródenas de Moya
Anagrama. Barcelona, 2023.

Domingo Ródenas ha escrito un libro para reivindicar la figura de Guillermo de Torre que es, a la vez, una minuciosa crónica de lo mejor de la cultura española en los años veinte y treinta del pasado siglo; también de la labor del exilio republicano español en Argentina. A la reivindicación de un olvidado, se añade un intento de desmitificación del nada olvidado, del siempre presente, Jorge Luis Borges, cuya categoría humana no estaría a la altura de su genio literario.

            El joven Borges fue compañero de Guillermo de Torre en la aventura ultraísta; luego sería su cuñado, y durante unos años vivieron bajo el mismo techo. Nunca se llevaron demasiado bien. Hay una historia de rivalidades y celos en esa relación, que Domingo Ródenas nos cuenta quizá no con demasiada imparcialidad.

            El orden del azar, subtitulado muy precisamente “Guillermo de Torre entre los Borges”, es una obra fundamental para conocer la historia de las vanguardias, el esplendor de la Edad de Plata, la creación de la colección Austral y de la editorial Losada, tan decisivas para la difusión de la mejor literatura a partir de los años cuarenta.

Y está llena de esas pequeñas anécdotas, grotescas unas, divertidas otras, ilustrativas casi siempre, que llenan de verdad la historia literaria.

            Y dicho esto, que es lo principal, señalaré algunos lapsus, como suelo hacer en estas notas de lectura que, contra lo que suele ser común en las reseñas, no forman parte de la promoción editorial, no son publicidad por otros medios. El primero tiene que ver con la “edición” –en el sentido inglés-- del texto. Consta la investigación de dos partes. La más extensa termina con la instalación definitiva de Guillermo de Torre en Argentina. De 529 páginas, ocupa unas 450 por lo que la segunda parte, los años argentinos del crítico y editor hasta su muerte en 1971, podría considerarse casi como un apéndice. Pero Domingo Ródenas no la coloca al final, siguiendo el orden cronológico, sino que va alternando los capítulos de una y otra sección, como en la manida fórmula utilizada por tantos novelistas rutinariamente innovadores. Ese vaivén, que no añade nada, cansa pronto y yo aconsejaría leer seguida la minuciosa crónica de los días españoles y europeos, y hacer lo mismo con las páginas del exilio, escritas en un tono distinto, en tercera persona, pero adoptando el punto de vista de un cansado Guillermo de Torre que teme que, al contrario que la de su cuñado, su figura se borraría rápidamente tras la muerte.

            Otro reparo tiene que ver con la falta de referencia de las citas. Cierto que así se agiliza la lectura, que se le quita el aspecto de trabajo académico. Pero el lector que tenga curiosidad por conocer “los versos afligidos que Borges garrapateaba en un cuaderno” allá por 1940, y que Guillermo de Torre parafrasea minuciosamente en las página 504-50,5 no tendrá manera de encontrarlos. Tampoco podemos ver en su contexto los comentarios homófobos de Claudio Guillén a propósito del libro En España con Federico García Lorca, de Carlos Morla Lynch, que a su juicio “tiene un tufillo (un tufazo) tan carca y afeminado que no hay quien lo aguante”.

            Tenemos que creer bajo palabra, como si de un novelista se tratara, lo que Domingo Ródenas nos cuenta. Pero, acá y allá, ciertos deslices nos hacen poner en duda su credibilidad. Afirma, por ejemplo, que “las dimisiones de ministros abocaron a Primo de Rivera a presentar su renuncia el 28 de enero”. Pero no hubo tales dimisiones de ministros durante la dictadura: Primo dimitió tras publicar una nota oficiosa en la que pedía a los Capitanes Generales que confirmaran o no su apoyo. Tampoco es cierta la “autoproclamación” de Hitler como canciller en 1933: se le proclamó de acuerdo con la legalidad vigente en la república de Weimar, otra cosa es lo que él haría después con esa legalidad. Y pasando de la gran historia a la pequeña historia, el primer libro de José Ferrater Mora, Cóctel de verdad, no lleva prólogo de Jarnés (el prólogo es del propio autor), como se afirma en la página 397.

            Detalles de distinta importancia, fácilmente corregibles, inevitables lapsus, pero que nos hacer dudar de tantas citas y datos que no se nos permite comprobar. Quizá del material inédito si se nos debería indicar la fuente precisa, aunque fuera mediante un código QR, como una parte de las sugerentes, y con frecuencia inéditas, ilustraciones.

            Otros puntos discutibles tienen que ver con el continuo menosprecio de Borges, no siempre justificado. A propósito de un incidente violento presenciado por Torre y Borges en el verano de 1931, se nos dice que “Borges, en el futuro y según su costumbre, falsearía lo ocurrido”, pero la única muestra que se nos ofrece de esa falsificación es el cuento titulado “El muerto”, de 1946, y cuya acción transcurre a finales del siglo XIX. ¿Inspirarse en un hecho real para crear un relato independiente es falsificarlo?

            En el artículo “Nuestras imposibilidades”, publicado por Borges en Sur en 1931 ve Domingo Ródenas “una toma de distancia respecto al nacionalismo ardoroso de años atrás que había nutrido una parte no desdeñable de su obra durante ocho años”. Y esa podría ser la razón de que lo suprimiera “en el maquillaje integral de sí mismo que fueron sus obras completas”. Rara razón esa. Dicho artículo se incluyó en 1932 en el libro Discusión, uno de sus títulos iniciales con los que Borges no estaba conforme y que decidió dejar fuera de sus obras completas, junto a cientos y cientos de artículos además, como esa minuciosa maravilla que son su Textos cautivos. Llamar a esa labor de selección “maquillaje integral” parece excesivo. “Nuestras imposibilidades”, por cierto, se incluiría todavía en vida de Borges en el volumen Ficcionario.

            Esta sucesión de apostillas pueden dar una idea equivocada de un volumen que reúne la labor de muchos años de investigación. Pero no resisto la tentación de una apostilla más. Se cita una carta de Carmen Conde, escrita en 1939: “Por aquí todo va magníficamente: ¡Viva España! ¡Viva su Caudillo! Se embriaga una de gloria y de satisfacción. Gozamos de una paz espléndidamente ganada”. Y a Domingo Ródenas solo se le ocurre apostillar: “Entre los esplendores de esa victoria estaban los centenares de miles de muertos y las decenas de miles de exiliados”. Como si Carmen Conde, que tenía a su marido escondido en Murcia mientras ella vivía en Madrid temiendo ser detenida en cualquier momento, no lo supiera. El estudioso parece considerar sinceras unas palabras destinadas a burlar la censura y nos presenta a Torre “consternado” por esa conversión al franquismo, que supondría otro desengaño más, como el de Ortega.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Rapsodia italiana

 

Napátrida
Erri de Luca
Traducción de Carlos Gumpert Melgosa
Periférica. Cáceres, 2023.

Hay ciudades que constituyen por sí mismas un género literario. Venecia, París, Nueva York son quizá los ejemplos más característicos. Nápoles, “paraíso habitado por demonios”, según tituló Benedetto Croce uno de sus libros, se puede añadir a esa serie. Y la primera parte de Napátrida –un neologismo poco afortunado que no reproduce el acierto del Napolide original--, que da título al conjunto, es una de las piezas más singulares de la literatura napolitana. Se trata de un texto breve –solo abarca unas cuarenta páginas--, pero está escrito con una intensidad y una verdad que lo vuelve inagotable.

            “Me fui de casa en 1968, a mis dieciocho años, tras una infancia soportada como una cuarentena”. Erri de Luca marchó de Nápoles con la intención de no volver, pero a Nápoles lo llevaba dentro. No conoció el famoso mayo del 68 francés, pero sí los poco posteriores disturbios romanos: “En los parques, el otoño del sesenta y ocho era pródigo en paz, en tibiezas, en muchachas de paseo. En las plazas, el otoño estaba teñido del gris de las unidades antidisturbios. Yo venía de una ciudad que me había enseñado la densidad de las multitudes, la destreza para deslizarme en medio de ellas a fuerza de regateos y salto. Me adaptaba fácilmente a otra que incitaba a correr, a cargar, a huir hacia un espacio vacío. Se abría de par en par la nada, el abismo entre las tropas irregulares y las oficiales”.

            Los avatares de una vida escasamente convencional, que lleva al autor de la militancia izquierdista a trabajar como albañil o camionero, de conductor de vehículos humanitarios durante la guerra de los Balcanes a los estudios bíblicos, se entremezclan en estas páginas con la descripción de una ciudad amada y odiada, que le ha moldeado para siempre. A Nápoles, a pesar de sus intenciones, volvería en 1980, para ayudar a la reconstrucción tras un terremoto.

            Como en el poema de Cavafis, la ciudad iba con él donde quiera que fuera: “He leído a Nápoles a la luz de Jerusalén y la he visto en Mostar entre las casas acribilladas, en las magníficas y miserables caras de los musulmanes eslavos de la orilla este, señores de otra época en medio de irreparables escombros y de muertos enterrados en los jardines. En los enjambres de chiquillos he vuelto a ver a los de mi infancia. Durante la incierta tregua de mayo de 1994, los niños de Mostar oriental salían a las calles a buscar nuestras furgonetas. Correteaban al sol de una guerra que, a lo largo de los meses, los había obligado a estar a oscuras en gélidos sótanos”.

            Como variaciones sobre temas napolitanos pueden considerarse las páginas que completan el volumen, que no siempre tienen la fuerza y la intimidad de la pieza inicial.

            “Nervios” es un relato costumbrista que vuelve del revés las anécdotas escolares de Corazón, el libro famoso de Edmondo de Amicis; “Comedias”, al igual que “Totò” y “Eduardo,” nos remite al teatro napolitanos; “Muelle de Mergellina”  nos habla del aprendizaje de la soledad frente al mar y el viento: “Es preciso haber vivido el ábrego para poder arrancarse de allí sin dejar nada atrás. Había que llegar a la punta del muelle de Mergellina con la sal en la garganta, de espaldas a la ciudad, con los brazos abiertos y vacíos en forma de cometa, .pero sin cordel. A un muchacho le hace falta estar empapado, no tener nada seco encima. Pocos jóvenes tienen la suerte de poder contar con el extremo de un muelle para que los instruya en el arte de desnortarse”.

            No podía faltar el capítulo dedicado al fútbol ni, por supuesto, a Maradona, recibido “como un regalo de América del Sur, cual contrapartida de los millones de emigrantes que zarparon desde el muelle de Beverello hacia el Río de la Plata”. Tampoco podía faltar el homenaje a un periodista asesinado por la camorra, Giancarlo Siani. Ni el capítulo dedicado al Vesubio: “El volcán es para nosotros más cierto que la estrella polar. Estando dentro de sus casas, no todos los napolitanos saben indicar a través del techo dónde está el carro de la Osa Mayor. Pero todos, en cualquier habitación en la que se encuentren, saben con certeza dónde está el Vesubio. El resto de la orientación desciende de ahí, pues el volcán es un faro plantado en el sistema nervioso”.

            “Habladurías” remite a la literatura sobre Nápoles, ejemplificada con un relato de Conrad y unas páginas de Jünger, escritas cuando se alojaba como huésped del Acuario en la Villa Comunale, que representan los dos extremos de la visión de la ciudad: violencia y deslumbramiento, suciedad y barroca maravilla.

            Algunas de estas páginas descuidan la intensidad expresiva para convertirse en simples artículos periodísticos. El tono se recupera en el capítulo final, “Pasta”, que contiene una receta para preparar la pasta, como no podía ser de otra manera,,y un escueto autorretrato de hombre solo, y es a la vez un nada convencional cuento de Navidad.

            Si amas Nápoles, no puedes perderte este libro; si lo detestas, tampoco.