Andrés Trapiello
Fractal del salón de pasos perdidos
Alianza. Madrid, 2024.
A
Dámaso Alonso le irritaba especialmente una clase de reseñas, aquellas que
censuraban al autor no haber escrito el libro que el crítico creía que debería
haber escrito o que no lo hubiera hecho como, en su opinión, debería haberlo
hecho.
Me imagino que a Andrés Trapiello le
ocurrirá lo mismo y quizá no debería seguir leyendo. Voy a referirme a lo que
se ha hecho con sus diarios en Fractal y luego a lo que se podría haber
hecho si la intención era facilitar el acceso a su inabarcable Salón de los
pasos perdidos –veinticuatro volúmenes publicados y doce más ya anunciados y
en la pista de salida-- a los lectores
que aún no lo conocen y no saben por dónde comenzar a hincarle el diente.
La solución que se les ha ocurrido a
él y a su equipo de asesoras ha sido preparar un aperitivo de ochocientas
páginas, no exactamente una antología, sino un libro nuevo, o mejor tres
editados juntos que reorganizan parte del material ya publicado.
Veinte
frondosos árboles, los veinte primeros tomos del diario, han sido reducidos a
tres bonsáis. Dentro de cada uno de ellos, no se respeta la cronología y el
autor recorta y reordena con la intención de que cada uno de esos diarios en
miniatura tenga la misma estructura que cualquier otro: una cita preliminar, un
prólogo, un comienzo el primer día de año, un cierre el último día, pasajes
líricos o humorísticos, divagaciones varias. La justificación de ese
procedimiento viene dada en el titulo, Fractal. Una estructura fractal
es aquella que se repite en diferentes escalas, esto es, que si partimos un
objeto que tenga esa estructura en trozos más pequeños cada uno de ellos sigue
conservándola.
Andrés Trapiello y su equipo de
editoras se han tomado tan al pie de la letra esa definición que han querido
que las versiones reducidas de sus diarios tengan también una muestra de lo más
insignificante y prescindible. En el Libro Tercero se incluye un pasaje en que
el autor, desasosegado, sale de casa y compra un periódico en cuyo suplemento
literario se le reseña y no muy a su gusto. ¿Tienen algún interés esas líneas
sobre lo que dice no se sabe quién, un tal X, ni cuándo? No lo tenían cuando se
publicaron y están más que de más en una selección que pretende atraer nuevos
lectores. Los habituales ya están más que acostumbrados a su costumbre de
aludir, no siempre para bien, a personas concretas y eludir su nombre
sustituyéndolo por iniciales o por las X que ha convertido en marca de la casa.
A veces prescinde de ellas y entonces es peor, como cuando censura a un crítico
que hable de un libro de un tal Fulano, “que estuvo casado con la princesa”,
sin mencionar su parentesco, “como si tal circunstancia no tuviera que ver con
la crítica ni con la literatura”. No, no tiene que ver. Y los libros de Alonso
Guerrero valen lo que valen al margen de la circunstancia de haber estado casado
con Letizia Ortiz. No deja en buen lugar al diarista este pasaje. “En su día el
hombre confesó que no desaprovecharía esta ocasión para vender sus libros”. No
hay constancia de ello y todo su comportamiento posterior indica lo contrario.
Los
tijeretazos para reducir el árbol a bonsái, aunque parecen fáciles ya que las
obras originales están formadas por fragmentos en gran medida independientes,
no se han hecho siempre con cuidado. Una entrada de la página 669, comienza así:
“Ha empezado uno la suya, Al morir don Quijote. Este sí que será un
enlace”. Para entender ese abrupto comienzo tenemos que ir al diario del que
procede, Apenas sensitivo. En él la entrada anterior habla del “enlace
del príncipe y doña Letizia” y termina con estas palabras: “Claro que siempre
nos quedará la novela de un futuro Galdós”. A esa novela y enlace se alude.
Pero no es este lugar para
pormenorizar ese tipo de descosidos. Basta subrayar la extrañeza de que se
incluyan, junto a páginas antológicas, otras que los lectores fieles, pero no
abducidos por el autor, preferimos olvidar, como cuando presume de haber sacado
del contenedor de la basura, al que habían sido arrojados por estudiosos y lectores,
a Galdós, Juan Ramón, Azorín, Unamuno o Manuel Machado. O aquellos otras en las que confiesa sin rubor su participación en premios amañados.
¿Cómo podría haber sido una
introducción eficaz al Salón de los pazos perdidos? Bastaría un volumen
de no más de trescientas páginas con una muestra de las muchas y diversas
maravillas que el lector se va a encontrar en la obra completa. Habría
aforismos, algunos de los cuales ya se repite como proverbial (“Si Cervantes
viviese, el primer premio Cervantes se lo llevaría Lope de Vega”); piezas
maestras de un impiadoso y quevediano humor, como las referidas al encuentro en
Chinchilla con Arrabal; descripciones que aúnan costumbrismo y lirismo;
estampas de la vida familiar; crónicas tan eficaces como las dedicadas al
atentado y a las elecciones de 2004…
En
Fractal están muchas de esas páginas, pero hay que armarse de paciencia
para llegar a ellas. O quizá los intervalos de tedio (que el lector experimentado
se salta, corrigiendo a los editores) nos permiten apreciar más los instantes
de emoción y deslumbramiento.
En el prólogo al Libro Primero afirma
Andrés Trapiello que no pone los nombres propios “porque no le gusta presumir
de amigos ni los diarios que parecen el Gotha”. Sn embargo, abunda en los suyos
los encuentros con gente importante (en esta selección le invita a comer una
ministra del PP, que lo sienta a su derecha, a pesar de que él es el único
progresista de la mesa: otros tiempos), y a veces más que el Gotha sus diarios
pueden parecer el Hola: una vez viaja con Sara Montiel, otra con Raphael,
es testigo de la firma de libros con intermedio erótico de un cantante famoso.
Una antología no mastodóntica de los
diarios de Trapiello, hecha por alguien independiente, que no se someta a los
caprichos del autor (en algún momento le da por poner un asterisco en lugar de
la vocal final para evitar el masculino genérico), que sustituya las iniciales
por nombres en el caso en que sean necesarios, que feche los fragmentos sería
la mejor manera de mostrar a quienes se apartan de él por sus tomas de postura
políticas lo que se están perdiendo.
A
falta de esa antología, vale cualquiera de sus tomos (mejor, para empezar, los
de menos páginas) o incluso este Fractal, imprescindible desde luego
para los muy cafeteros, para el nutrido y aguerrido club de fans del Salón
de los pasos perdidos, que es, a pesar de ellos y a ratos incluso de su
autor, uno de los más ambiciosos empeños de la literatura española de cualquier
tiempo.






.jpg)







