miércoles, 14 de octubre de 2026

Pintar con las palabras

 

Juan Lamillar
Virtud de la pintura. Antología 1986-2026
Alegoría. Sevilla, 2026.

Juan Lamillar, sevillano de 1957, poeta y ensayista, fue antologado por primera vez en la antología de La generación de los ochenta, junto a nombres como los de Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal o Vicente Gallego. Desde entonces ha desarrollado una labor regular, en la prosa y en el verso, pero su nombre nunca ha saltado al primer plano a pesar de ser uno de los imprescindibles de la literatura española de este tiempo. La razón no resulta difícil de explicar. La calidad de la obra es solo uno de los ingredientes que explican el renombre de un escritor, y no el más importante. Hace falta, para estar en estar de actualidad, para figurar en los recuentos, entrar en polémicas, llamar la atención con declaraciones escandalosas, subirse al carro político con mayores posibilidades de éxito –el socialismo en los ochenta, la derecha extrema en la actualidad--, incurrir en la novela de género o en la autoficción exhibicionista.

            El último libro de Juan Lamillar, Virtud de la pintura, es una antología temática que reúne poemas de todos sus libros, junto con abundantes inéditos. Se une a una tradición, la del lema clásico “ut pictura poesis”, que cuenta con don títulos esenciales en la literatura española del siglo XX: Museo de Manuel Machado y A la pintura de Rafael Alberti. No desmerece junto a ellos esta recopilación, aunque su tono sea por lo general muy distinto, más reflexivo y menos llamativo.

            En el museo imaginario de Juan Lamillar, faltan grandes nombres –Velázquez, por ejemplo-- y hay otros abundantemente representados, como Morandi o Rothko. El primero, muy acorde con la poética de Lamillar, representa el misterio de lo cotidiano: “Estos son los objetos. Miradlos. Son sencillos. / un embudo, una taza, las cajas, las botellas”. En Rothko, son los colores los que se convierten en protagonistas: “En el azul salvemos sentimientos / mientras se acerca el rojo / con su sabor a saliva y a sangre. / Y ahora el gris nos salpica / de lluvia y de nostalgia. / En el triste ajedrez de los ocasos, / negro que ya no espera / sino nada y olvido”,

            A los estilizados bodegones de Giorgio Morandi, se une otro de Sánchez Cotán (“Frutos humildes ahora idealizados. / vegetales actores detenidos / en el solo teatro de las formas”), una “Naturaleza muerta” y unos “Objetos domésticos” que no remiten a ninguna obra concreta, sino a un género que nos enseña, como toda pintura, a ver la realidad de una manera distinta o, en algunos casos, a verla por primera vez.

            La luz resulta protagonista en los pintores que a Juan Lamillar más le interesan. “Memoria de la luz” se titula uno de los primeros poemas de esta recopilación: puede incluirse entre las obras mejores de ese recurso literario al que los antiguos tratadistas dieron el nombre de écfrasis. “También el tiempo es luz, y ahora en la playa / tiempo y luz se detienen y van a dar al mar: / es el instante de exactitud y magia / que rescatan tan solo el cuadro o el poema”, comienza. El tiempo también pinta: “El pincel de la tarde va logrando / un fingido horizonte de magníficos malvas”. Al final, el cambiante paisaje se ha hecho pintura a la vez que se hace poema y “la mano que ha detenido el tiempo, / que ha conversado con la luz más alta, / añade últimas líneas de claridad al lienzo, / traza un nombre: Conil, y firma: Joaquín Sáenz”.

            Significativo resulta que una de las series incluidas se titule “Cuatro acuarelas para Carmen Laffon” y no “de Carmen Laffon”: el poeta aspira a pintar con palabras, a la vez descriptivas y reflexivas, como hay pintores que hacen poesía con los pinceles (de poesía en línea habló Gregorio Prieto). Es el caso de la neoimpresionista Carmen Laffon: “De tan leve, / el mar casi no existe. / Es la palabra mar disuelta en la pintura”.

            Muchos tonos hay en este libro solo en apariencia monocorde. Junto al conceptualismo de los sonetos, la ironía de otros poemas como “Una flecha sola”, dedicado al San Sebastián del Greco que se encuentra en la catedral de Palencia, o “Pintor y filósofo”, que comienza: “Tomo un café con Rembrandt invitado por Simmel”.

            Inagotable, llena de sorpresas y de sorprendentes piezas en apariencia menores, esta “colección particular” recopilada a lo largo de cuarenta años. Aquí están los retratos de El-Fayum (“Miran los muertos con mirada viva”) junto a Santa Teresa pintada por fray Juan de la Miseria “sin asomo de mística”; una “Copa con rosas” de Ramón Gaya al lado de la cabeza cortada de San Juan Bautista; la “Mujer bañándose en un arroyo” de Rembrandt (a Rembrandt se le glosa repetidas veces) en contraste con “Los cuerpos rescatados”, los ahogados en el Tíber o el Rin, que gracias a los pinceles de Caravaggio o Holbein ascienden “a los cielos del arte” convertidos mártires o Cristo muerto.

            Un libro excepcional con una cubierta y un título poco afortunados, y con una división en décadas, según la fecha de escritura, que no aporta demasiado, más bien estorba. Tampoco los diversos índices con pormenores para el hipotético estudioso interesan al lector común.

            Disponer adecuadamente la propia obra es un arte que no todos los autores poseen. Quizá le vendría bien a este plural museo –que tantas maravillas esconde-- otra organización de las piezas, contratar a un arquitecto estrella o a un director más audaz: la discreción no es siempre una virtud y la promoción –el buen paño ya no se vende en el arca—es una necesidad.

           

No hay comentarios:

Publicar un comentario