martes, 3 de noviembre de 2026

Recuerdos y olvidos

 

Juan Ramírez de Lucas
Recuerdos. Breve historia de un amor
Edición de Christopher Maurer y Víctor Fernández
Seis Barral. Barcelona, 2026.

De Lorca, hace tiempo que creíamos saberlo todo, tras las exhaustivas investigaciones de Ian Gibson y tantos otros estudiosos, pero aún quedaba un misterio por aclarar, el de su última carta, su último poema, su último amor.

            Al menos desde 1990, cuando se publicaron las indagaciones que Agustín Penón llevó a cabo en los años cincuenta, se sabía de su relación con Juan Ramírez de Lucas, un joven aficionado al teatro que, en 1936, formaba parte del grupo Anfistora y que participaba en los ensayos de Así que pasen cinco años. Pero ese joven, que luego tuvo un papel destacado como crítico de arte, y que no moriría hasta 2010, siempre se negó a hablar de su relación con el poeta. Tardíamente, muy tardíamente, quiso dejar constancia de ella (como Pilar de Valderrama en su libro Sí, yo soy Guiomar, de la que tuvo con Antonio Machado), y esos escritos constituyen el núcleo principal de Recuerdos. Breve historia de un amor.

            Se resistió a publicarlos en vida y póstumamente también han tardado en aparecer más de lo debido, por razones que Elena Ramírez explica en la nota editorial. Fueron necesarias las gestiones de Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo y Pere Gimferrer, entre otros, para convencer a la familia. Esa resistencia solo sirvió para que otros fantasearan sobre su relación con Lorca, como lo hizo Manuel Francisco Reina en la novela Los amores oscuros, de 2012, luego llevada al teatro. Lorca acabaría así convirtiendo en lo que nunca fue ni nunca quiso ser: un icono gay.

            La versión que él consideraba definitiva de su breve relación con Lorca la escribió Ramírez de Lucas en 2005, a los ochenta y ocho años. Cuando comenzó a hacerlo, no recordaba un intento anterior, de 1996, retocado en 2001, según afirma. Cuando lo descubrió, incorporó al nuevo relato algunos datos del anterior.

            Chistopher Maurer nos ofrece, con buen criterio, tras lo escrito en 2005, la relación anterior. No parece haberse fijado, o al menos no se refiere a ello, en ciertas discrepancias que hacen tomar estos recuerdos con alguna cautela. García Lorca, asistía a los ensayos del Club Anfistora, y de inmediato se fijó en Ramírez de Lucas, pero este no le prestaba atención. Y aclara por qué: “Federico no era atractivo: una cabeza un tanto desmesurada, un cuerpo rechoncho y hasta fofo, unos peculiares andares trabajosos no le hacían lo que podía calificarse de hombre bello”.

            Su atracción se encontraba “en su desbordante simpatía irresistible”. Y Ramírez de Lucas tuvo ocasión de conocerla durante un encuentro casual “en la puerta de la iglesia de San José, en la calle de Alcalá”, un día de mayo o junio de 1936. Así cuenta el encuentro en el relato de 1996: “Yo bajaba hacia Cibeles, pues quería ir al cercano edificio de Correos. Federico subía en dirección contraria. Nos saludamos con alegría”. Casi diez años después, intercambian la dirección: “”Federico bajaba hacia Cibeles y yo subía hacia gran Vía. Nuestras miradas se cruzaron y Federico vino hacia mí con manifiestas muestras de alegría”.

            No es el único pequeño detalle discordante en una y otra versión. En 1996, nos cuenta su visita al piso de Cernuda: “Por algún motivo, tropecé con una jarrita de loza que cayó al suelo con estrépito y se hizo pedazos. Aunque Luis quiso quitarle importancia al hecho, quedé muy azorado”. En 2005, el incidente ocurre de otra manera: cogió Ramírez de Lucas una jarra para verla de cerca, se le escurrió de las manos y se rompió en pedazos: “Quedé consternado y Cernuda no supo disimular mucho su enfado bien justificado. Federico intervino para quitar importancia a lo sucedido y también para tranquilizarme de mi torpeza”.

            Por otra parte, varias afirmaciones de estos recuerdos parecen obedecer más al prejuicio que a la experiencia. Así su insistencia en que la culpa del asesinato de Lorca la tuvo, en buena medida, Rafael Alberti por incitarle a significarse políticamente, o más que Alberti su mujer, María Teresa León, “una verdadera bruja que lo tenia hechizado”. Participa Ramírez de Lucas de la idea, difundida durante el franquismo, de que Lorca era apolítico y su muerte habría ocurrido por una confusión propia de las circunstancias.

            Otro ejemplo sería su descripción de las hermanas de Lorca, a las que dice que conoció “muchos años después”, pero a una de ellas, Concha, parece que no la conoció nunca, y a otra, Isabel, solo durante una fugaz visita a la Huerta de San Vicente, en 1978, para un reportaje periodístico. A pesar de ello, no duda en calificarla como “hosca y resentida, de gesto agrio, la más hostil a Federico (aunque luego fue la que más disfrutó de los beneficios de la obra de su hermano) y empeñada en no reconocer la condición homosexual de Federico”.

            Pero esa condición el primero en no reconocerla públicamente fue el propio poeta: “Cuidadoso de guardar todos los convencionalismos sociales y amante de su familia, para poder estar verdaderamente a solas Federico planeó diversos viajes que nos permitiesen auténtica intimidad”.

            De lo que pudiera ocurrir en esos viajes, nada sabía la familia de Lorca ni tenía por qué saberlo. La homosexualidad del poeta, durante su vida y muchos años después de su muerte, podía ser un secreto a voces en ciertos medios, pero no por eso dejaba de ser un secreto, algo de lo que solo se hablaba en voz baja y a ser posible entre entendidos.

            Dos fueron los inéditos de García Lorca que Ramírez de Lucas guardó durante toda su vida y que no se dieron a conocer hasta después de su muerte. Uno es el poema que, en la versión de 1996, denomina “Canción enamorada”, de corte neopopularista y que, a la manera de las cantigas de amigo, parece estar puesto en boca de una mujer que se dirige a su madre; el otro, la carta en respuesta a la que Ramírez de Lucas le escribió contándole sus problemas familiares, una carta por cierto en la que, más que como amante, parece hablarle como mentor o hermano mayor.

            De los otros textos de Ramírez de Lucas que se incluyen en el volumen, el más interesante, y el más elaborado literariamente, es “Breve y parcial relato de mi vida”, localizado, según se indica, en el Archivo General de la Administración, sin que se nos aclare cómo fue a parar allí (de las líneas finales parece deducirse que era un requisito de los estudios de periodismo). Datado en 1945, el pasado se reescribe para adecuarse a la nueva situación: en el Madrid anterior a la guerra, Ramírez de Lucas no se habría relacionado con Lorca y su mundo epéntico, sino con elementos de la Falange “cuyo programa le entusiasmaba” (no sería el único republicano que encontró acomodo en el franquismo tras los adecuados golpes de pecho). Cita en este “breve y parcial” relato autobiográfico algunos fragmentos de un diario escrito durante su paso por la División Azul. Si se conserva aún entre sus papeles, sería interesante darlo a conocer íntegro.

            Alguna indiscreción se cuenta de Lorca (“Sexualmente Federico quería ser poseído, adoptaba una actitud marcadamente femenina”), y un comentario homófobo se pone en su boca, en estos tardíos recuerdos que ayudan a entender mejor un tiempo y un país y los enigmas de la condición humana.