Juan Ramírez de Lucas
Recuerdos. Breve historia de un
amor
Edición de Christopher Maurer y
Víctor Fernández
Seis Barral. Barcelona, 2026.
De
Lorca, hace tiempo que creíamos saberlo todo, tras las exhaustivas
investigaciones de Ian Gibson y tantos otros estudiosos, pero aún quedaba un
misterio por aclarar, el de su última carta, su último poema, su último amor.
Al menos desde 1990, cuando se
publicaron las indagaciones que Agustín Penón llevó a cabo en los años
cincuenta, se sabía de su relación con Juan Ramírez de Lucas, un joven
aficionado al teatro que, en 1936, formaba parte del grupo Anfistora y que
participaba en los ensayos de Así que pasen cinco años. Pero ese joven,
que luego tuvo un papel destacado como crítico de arte, y que no moriría hasta
2010, siempre se negó a hablar de su relación con el poeta. Tardíamente, muy
tardíamente, quiso dejar constancia de ella (como Pilar de Valderrama en su
libro Sí, yo soy Guiomar, de la que tuvo con Antonio Machado), y
esos escritos constituyen el núcleo principal de Recuerdos. Breve historia
de un amor.
Se resistió a publicarlos en vida y
póstumamente también han tardado en aparecer más de lo debido, por razones que
Elena Ramírez explica en la nota editorial. Fueron necesarias las gestiones de
Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo y Pere Gimferrer, entre otros, para
convencer a la familia. Esa resistencia solo sirvió para que otros fantasearan
sobre su relación con Lorca, como lo hizo Manuel Francisco Reina en la novela Los
amores oscuros, de 2012, luego llevada al teatro. Lorca acabaría así
convirtiendo en lo que nunca fue ni nunca quiso ser: un icono gay.
La versión que él consideraba definitiva
de su breve relación con Lorca la escribió Ramírez de Lucas en 2005, a los
ochenta y ocho años. Cuando comenzó a hacerlo, no recordaba un intento
anterior, de 1996, retocado en 2001, según afirma. Cuando lo descubrió,
incorporó al nuevo relato algunos datos del anterior.
Chistopher Maurer nos ofrece, con
buen criterio, tras lo escrito en 2005, la relación anterior. No parece haberse
fijado, o al menos no se refiere a ello, en ciertas discrepancias que hacen
tomar estos recuerdos con alguna cautela. García Lorca, asistía a los ensayos
del Club Anfistora, y de inmediato se fijó en Ramírez de Lucas, pero este no le
prestaba atención. Y aclara por qué: “Federico no era atractivo: una cabeza un
tanto desmesurada, un cuerpo rechoncho y hasta fofo, unos peculiares andares
trabajosos no le hacían lo que podía calificarse de hombre bello”.
Su atracción se encontraba “en su
desbordante simpatía irresistible”. Y Ramírez de Lucas tuvo ocasión de
conocerla durante un encuentro casual “en la puerta de la iglesia de San José,
en la calle de Alcalá”, un día de mayo o junio de 1936. Así cuenta el encuentro
en el relato de 1996: “Yo bajaba hacia Cibeles, pues quería ir al cercano
edificio de Correos. Federico subía en dirección contraria. Nos saludamos con
alegría”. Casi diez años después, intercambian la dirección: “”Federico bajaba
hacia Cibeles y yo subía hacia gran Vía. Nuestras miradas se cruzaron y
Federico vino hacia mí con manifiestas muestras de alegría”.
No es el único pequeño detalle
discordante en una y otra versión. En 1996, nos cuenta su visita al piso de
Cernuda: “Por algún motivo, tropecé con una jarrita de loza que cayó al suelo
con estrépito y se hizo pedazos. Aunque Luis quiso quitarle importancia al
hecho, quedé muy azorado”. En 2005, el incidente ocurre de otra manera: cogió Ramírez
de Lucas una jarra para verla de cerca, se le escurrió de las manos y se rompió
en pedazos: “Quedé consternado y Cernuda no supo disimular mucho su enfado bien
justificado. Federico intervino para quitar importancia a lo sucedido y también
para tranquilizarme de mi torpeza”.
Por otra parte, varias afirmaciones
de estos recuerdos parecen obedecer más al prejuicio que a la experiencia. Así
su insistencia en que la culpa del asesinato de Lorca la tuvo, en buena medida,
Rafael Alberti por incitarle a significarse políticamente, o más que Alberti su
mujer, María Teresa León, “una verdadera bruja que lo tenia hechizado”. Participa
Ramírez de Lucas de la idea, difundida durante el franquismo, de que Lorca era
apolítico y su muerte habría ocurrido por una confusión propia de las
circunstancias.
Otro ejemplo sería su descripción de
las hermanas de Lorca, a las que dice que conoció “muchos años después”, pero a
una de ellas, Concha, parece que no la conoció nunca, y a otra, Isabel, solo
durante una fugaz visita a la Huerta de San Vicente, en 1978, para un reportaje
periodístico. A pesar de ello, no duda en calificarla como “hosca y resentida,
de gesto agrio, la más hostil a Federico (aunque luego fue la que más disfrutó
de los beneficios de la obra de su hermano) y empeñada en no reconocer la
condición homosexual de Federico”.
Pero esa condición el primero en no
reconocerla públicamente fue el propio poeta: “Cuidadoso de guardar todos los
convencionalismos sociales y amante de su familia, para poder estar
verdaderamente a solas Federico planeó diversos viajes que nos permitiesen
auténtica intimidad”.
De lo que pudiera ocurrir en esos
viajes, nada sabía la familia de Lorca ni tenía por qué saberlo. La
homosexualidad del poeta, durante su vida y muchos años después de su muerte,
podía ser un secreto a voces en ciertos medios, pero no por eso dejaba de ser
un secreto, algo de lo que solo se hablaba en voz baja y a ser posible entre
entendidos.
Dos fueron los inéditos de García
Lorca que Ramírez de Lucas guardó durante toda su vida y que no se dieron a
conocer hasta después de su muerte. Uno es el poema que, en la versión de 1996,
denomina “Canción enamorada”, de corte neopopularista y que, a la manera de las
cantigas de amigo, parece estar puesto en boca de una mujer que se dirige a su
madre; el otro, la carta en respuesta a la que Ramírez de Lucas le escribió
contándole sus problemas familiares, una carta por cierto en la que, más que
como amante, parece hablarle como mentor o hermano mayor.
De los otros textos de Ramírez de
Lucas que se incluyen en el volumen, el más interesante, y el más elaborado
literariamente, es “Breve y parcial relato de mi vida”, localizado, según se
indica, en el Archivo General de la Administración, sin que se nos aclare cómo
fue a parar allí (de las líneas finales parece deducirse que era un requisito de
los estudios de periodismo). Datado en 1945, el pasado se reescribe para
adecuarse a la nueva situación: en el Madrid anterior a la guerra, Ramírez de
Lucas no se habría relacionado con Lorca y su mundo epéntico, sino con
elementos de la Falange “cuyo programa le entusiasmaba” (no sería el único
republicano que encontró acomodo en el franquismo tras los adecuados golpes de
pecho). Cita en este “breve y parcial” relato autobiográfico algunos fragmentos
de un diario escrito durante su paso por la División Azul. Si se conserva aún
entre sus papeles, sería interesante darlo a conocer íntegro.
Alguna indiscreción se cuenta de
Lorca (“Sexualmente Federico quería ser poseído, adoptaba una actitud
marcadamente femenina”), y un comentario homófobo se pone en su boca, en estos
tardíos recuerdos que ayudan a entender mejor un tiempo y un país y los enigmas
de la condición humana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario