Un poco de compañía. Impromptu barojiano
Andrés Trapiello
Ipso Ediciones. Pamplona, 2019.
Cuando un escritor nos cae en gracia, todo lo que escribe
–aunque sea el mayor disparate– nos hace gracia. Es el caso de Pío Baroja para
los miles de barojianos convictos y confesos; es el caso de Andrés Trapiello,
admirado y detestado casi a partes iguales, y a veces por la misma persona.
Solo a
Baroja, ya menos un escritor que un tema literario, se le podría dedicar una
colección de libros, que ya lleva publicadas veinticuatro entregas, con el
título de “Baroja & yo”; solo Trapiello es capaz de convertir lo que podría
ser un aburrido artículo académico –la edición de cinco cartas inéditas del
escritor– en una muy barojiana divagación en la que alternan los pasajes
hilarantes con las opiniones contundentes, los ajustes de cuentas con algunos
escritores y los personajes reales envueltos en un aura de novela.
Un poco de compañía se lee de un tirón,
dejándose se llevar por el ritmo de la prosa, escrita a veces un poco a la
diabla, pero en la que no escasean las ocurrencias felices: los dibujos de
Julio Caro Baroja “tienen algo de un Bosco pasado por Tintín”.
Baroja es
un escritor de larga decadencia. Hay incluso quien llega a pensar que esa
decadencia comienza en fecha tan temprana como 1914. Después se salvan sus
escritos autobiográficos y muchos de sus ensayos –los que escribió en el diario
Ahora y luego reunió en libros, por
ejemplo–, pero pocas de sus novelas.
Desde el
principio tuvo sus detractores. Esos ataques pueden ejemplificarse en dos
libros: Mis conversaciones con don Pío
Baroja, de los años cuarenta, firmado por un tal D. Benaudalla, pero
escrito en realidad por Luis Ruiz Contreras, y Baroja o el miedo, de 2001, la impiadosa biografía no autorizada de
Eduardo Gil Bera. El primero se centra en sus presuntos, o tan presuntos,
deslices gramaticales; el segundo, en su a veces poco gallarda peripecia vital.
También
Andrés Trapiello, que cuenta con legión de admiradores, tiene sus antagonisas,
no siempre por motivos literarios, aunque también. Como Baroja, Trapiello
comenzó en un lado del espectro ideológico y se ha ido deslizando hacia el otro
extremo: ahora es uno de los más aguerridos defensores de la España una y Cataluña
cero.
Quienes
admiramos al escritor, solemos mirar hacia otro lado cuando asoma el
panfletista. Es lo que hacemos con Baroja, quien en 1907 –y en el diario El Mundo– escribió: “¿De dónde viene el
odio de los catalanes a España? Porque el odio existe, y decir que no es
mentir. Hay muchos catalanes que no son separatistas ni regionalistas y sin
embargo odian a España. Yo creo que ese odio tiene varias causas; una de ellas
es el sentimiento de una nacionalidad frustrada, que es el mismo que hace que los
provenzales tengan rencor por los del norte de Francia”. Hasta aquí, se esté o no
de acuerdo, nos encontramos en los límites de la sensatez. A partir de aquí,
comienza el disparate: “Otra de las causas del odio muy extendido de los
catalanes a España es la influencia judía. Los catalanes han tenido la
habilidad de lanzar el sambenito de judíos a los demás españoles, cuando
precisamente los judíos son ellos”.
Comunistas, judíos y demás ralea se
titula la antología de textos barojianos, publicada en Valladolid por Ediciones
Reconquista en 1938, con la que Ernesto Giménez Caballero quiso presentar a
Baroja como un precursor del fascismo.
Pero no
solo son motivos políticos los que alejan de Andrés Trapiello a algunos
lectores. Buena parte de lo que afirma de Julien Green –mencionado por Baroja
en una de las cartas a Terrasa– quizá se le podría aplicar a él con mayor
fundamento: “Los diarios de Green, un personaje torturado y católico,
homosexual y académico, tienen gran fama, pero lo cierto es que resultan antipáticos
y desagradables, y al cabo de unas páginas cansan, pese a su inteligencia y a
su mezquindad con casi todo el mundo”.
Andrés
Trapiello no es mezquino con casi todo el mundo. Muy al contrario, pocos
escritores tan generosos a la hora de promocionar a otros autores (ahí está su
colección “La Veleta”) y con tanta capacidad de admiración y tanta gratitud
para sus maestros. A él se debe buena parte del predicamento de que hoy gozan
escritores como Manuel Chaves Nogales o Elena Fortún, y su devoción por Juan
Ramón Jiménez o Ramón Gaya, bien conocida, ha dejado docenas de páginas
ejemplares.
Pero su
inquina no es menos apasionada que su devoción ni menos ciega. En las páginas
de Un poco de compañía son Aquilino
Duque y Juan Benet (autor de tediosas novelas y de un espléndido Otoño en Madrid hacia 1950, donde
incluye algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre Baroja) las
víctimas de su malquerer. No nos sorprende el segundo caso (esa antipatía viene
de lejos), pero sí el primero, entre otras cosas porque Aquilino Duque fue
pionero en la defensa, cuando pocos lo hacían, de ciertas posturas ideológicas
ahora muy de moda.
Las cartas
que Andrés Trapiello rescata en Un poco
de compañía están dirigidas a Juan Terrasa, un diplomático del que apenas
tenemos noticia. Las únicas noticias que Trapiello logra reunir de él se las
remite Miguel Aguirre de Cárcer, el cónsul general de España en Berna, y
terminan con la noticia de que, en 1953, “causa baja en el Escalafón de la
Carrera Diplomática”, supuestamente a petición propia.
Las razones
de ese cese las da a entender, de pasada. Aquilino Duque en un artículo
dedicado a Juan Prat. Pero Trapiello no se fía demasiado del escritor
sevillano: “Con Aquilino Duque y lo que diga hay que ser, no obstante, prudente,
pues es de imaginación carbónica, como el sifón”.
Prudente
hay que ser también con los datos eruditos que nos proporciona Andrés
Trapiello. Afirma que Aquilino Duque habla de Juan Terrasa en el artículo
“Semblanza de Juan Prat”, publicado en Libertad
Digital en 2014, pero se publicó el 24 de enero de 2003. Tampoco importa
mucho ese error porque hoy los artículos se pueden localizar por el título, no
se precisa la fecha.
Algo más
grave resulta que se burle de Aquilino Duque utilizando para ello una cita
incompleta: “'Prat era probablemente marxista, pero no creo que espiara para
nadie, dice él’, dando a entender, con
esa lógica tan particular suya, que la consecuencia más habitual del marxismo
es la de ser espía, o que, si eres marxista y no eres además espía, has hecho
un pan con unas tortas”.
Tiene
gracia la observación y Aquilino Duque –antimarxista visceral– queda un poco en
ridículo, pero la frase completa dice así: “Prat era probablemente marxista,
pero no creo que espiara para nadie, por mucho que las actividades del
Organismo Atómico y la proximidad del Telón de Acero se prestaran a ello”.
Quien queda
entonces algo malparado es el propio Trapiello, pero ya sabemos que su rigor, a
la hora de citar y de historiar la literatura española (una de sus aficiones)
no resulta excesivo.
En La Estafeta Literaria, una revista a la
que muy merecidamente elogia, pero que no era “una publicación mensual”, como
él indica, sino quincenal, encuentra un poema de Manuel Machado dedicado a Canciones del suburbio, el pintoresco
libro de poemas publicado por Pío Baroja en su vejez. Como no figura “en
ninguna de sus obras completas ni en parte alguna –indica Trapiello antes de
reproducirlo–, lo voy a dar aquí, para amortizar algo el dinero que el lector
se haya gastado ahora”. Pero ese poema –excelente por cierto– se puede
encontrar en la página 707 de las Poesías
completas de Manuel Machado editadas en 1993 por Antonio Fernández Ferrer
en Renacimiento.
Pero
sigamos con Juan Terrasa. Cita Trapiello, esta vez sin cortes, otro párrafo de
Aquilino Duque: “En la Unesco tuvo Prat enemigos implacables, entre ellos un
tal Gelabert, que era menorquín y no procedía del exilio, sino del gremio de
viajantes de comercio de calzado y un tal Terrasa, expulsado del Cuerpo
Diplomático al intervenírsele en un paso de frontera un maletín lleno de
relojes suizos y que presumía de ser amigo de Otto John, el agente doble que
pasó del Berlín Oriental al Occidental al comienzo de la Guerra fría, y de
haber colaborado en la conjura del conde Stauffenberg. Ninguno de estos dos,
que solían poner a Prat como chupa de dómine, dijo jamás la menor cosa sobre
presuntas actividades de espionaje”.
Ante tal
información, Andrés Trapiello se lleva las manos a la cabeza: “Decía antes que
estas son afirmaciones sin importancia. Quiero rectificar. Sin importancia para
muchos, desde luego, pero no, por ejemplo, para los hijos o los nietos de ese
Terrasa, si los tuvo. No debe ser agradable ver difamar la memoria de un ser
querido, aunque sea lejano, tan a la ligera; claro que será difícil que esos
hijos o nietos de Terrasa hayan leído nada de Aquilino Duque ni tengan la menor
idea de él”.
Sonreímos
al ver a Trapiello salir en defensa de unos hijos o nietos que ni siquiera sabe
si existen, él que ha dicho bastantes cosas poco gratas –y sin más prueba que su
palabra– de tantos escritores en su diario. Una incoherencia muy barojiana, por
cierto.
Pero
sigamos. Primero una serie de preguntas retóricas: “¿Conoció Aquilino Duque a
Juan Terrasa? ¿Le dijo este, presumió acaso de que era amigo de John Otton?
¿Supo lo del contrabando de relojes y su expulsión de la carrera por el propio
Terrasa o se lo contó algún otro chismoso como él? ¿Le dijo Terrasa: ‘Sabe,
Duque, yo tuve que dejar la carrera porque me pillaron con las manos en la
masa’?”
Preguntas
retóricas todas ellas porque él mismo se responde: “No lo creo. Podría ponerse
uno ahora en contacto con el escritor sevillano, y esperar de él las respuestas
a esos interrogantes, pero no me parece necesario. Además, todos los implicados
están ya muertos, lo que desde un punto de vista procesal es como decir: Áteme
usted esa mosca por el rabo”.
Hombre,
Andrés, no todos los implicados están muertes. No lo está Aquilino Duque, a
quien tan alegremente acabas de acusar de difamador y de chismoso.
Yo sí tuve
la curiosidad de ponerme en contacto con Aquilino Duque y esta fue su
respuesta, recibida a vuelta de correo electrónico, o esa, al instante: “Lo que
yo hago es salir al paso de comentarios gratuitos oídos en Viena. De Terrasa
fui bastante amigo en sus últimos años, y lo de la valija con relojes se lo oí
a los viejos de la OMS, Ortega Costa, Xammar o Mendizábal. Lo de Otto John y lo
de Stauffenberg me lo refirió el propio Terrasa y creo recordar que me prestó
un libro en que se aludía confusamente a esas conspiraciones en las que metía a
alguien de la familia del Kaiser. Algo también me refirió su excolega,
expulsado también de la Carrera, Fernando Aguirre de Cárcer, de quien logré
hacer publicar sus excelentes traducciones de poesía francesa en la editorial
Dos Soles. Espero haber sido tan claro como discreto”.
No se
limita Andrés Trapiello en Un poco de
compañía a reproducir las cinco cartas a Juan Terrasa y a glosarlas de
magistral manera, dándonos una imagen muy precisa de aquella España y del
escritor en los últimos años. También nos ofrece otra primicia: fragmentos de
la correspondencia de Baroja con el escritor y diplomático uruguayo Pablo
Minelli González y de una insólita entrevista, inédita al parecer, que Baroja
se hace a sí mismo.
Bromea
Trapiello, desde la primera línea de su libro, con la peculiar sintaxis
barojiana, pero casi todas las citas que de ella hace son apócrifas. “Yo no
creo que es una buena idea el nombre de esta colección, Baroja y yo”, comienza el libro. Y añade: “Así hubiera escrito
Baroja esta frase”. Luego se enreda en el comentario. Al contrario de lo que él
piensa, no son incorrectos el tiempo verbal y el adverbio “no”, o no lo son al
mismo tiempo.
Lo mismo
que se inventa las frases incorrectas y juguetea con ellas, podría haberse
inventado todas estas cartas inéditas y ser el conjunto una divagatoria novela
corta. No por ello tendría menos valor este libro que, si flaquea en lo erudito
–no cita el reciente Baroja en París,
de Francisco Fuster, ni alude a El último
Baroja, de Luis S. Granjel, de 1992, anterior por tanto a Las armas y las letras–, no pierde nunca
la casi hipnótica capacidad de sugerencia que caracteriza al prosista Andrés
Trapiello, a quien –como a Baroja–, aunque a veces nos irrite, nunca nos
cansamos de leer.










