miércoles, 30 de abril de 2025

Las buenas formas

 

Enrique García-Máiquez
Contentamiento de haber nacido (2016-2019)
Homo Legens. Madrid, 2025.

Decía Ortega que las ideas se tienen y en las creencias se está. Por eso entre ideas distintas puede haber debate, pero entre creencias diferentes solo cabe el respeto mutuo o la confrontación. Enrique García-Máiquez es, por un lado, en conferencias y artículos periodísticos, uno de los más diligentes e inteligentes ideólogos del conservadurismo español, del integrismo religioso, y por otro uno de los más destacados escritores contemporáneos. La convivencia de las dos facetas no resulta fácil. Como poeta, como prosista ocurrente y certero, se dirige a todos; como político y como activo militante de una determinada fe religiosa, solo a una facción.

            En Contentamiento de haber nacido, que reúne apuntes diarísticos escritos entre 2016 y 2019 predomina el escritor que se asombra ante la inagotable maravilla de lo cotidiano y al que a menudo le basta un haiku (o una tanka) para dejar constancia de ese asombro. Con esos breves poemas, que tienen a la luna muy a menudo como protagonista, y el marco en prosa que los acompaña y que sitúa su origen en una situación concreta, podía formarse un libro en la estela de las Sendas de Oku, aunque esas sendas sean la autovía del Sur, la AT4, tan frecuentemente mencionada, o los viajes en tren.

            Pero junto a esas síntesis líricas hay otro libro en este libro: una crónica familiar que tiene escasos parangones en las letras españolas. Buena parte de estas páginas glosan las ocurrencia de los hijos de autor, esas genialidades infantiles que tanta gracia hacen a padres y abuelos, pero que aburren un poco a los amigos y conocidos. Enrique García-Máiquez consigue el milagro de convertirlas en perdurable literatura. Y de no cansarnos tampoco con las burlas y veras del perfecto amor conyugal. Le ayuda a ello el no tomarse a sí mismo demasiado en serio: la auto ironía es un arte que domina a la perfección. A la crónica familiar, se añaden las incidencias de su trabajo como profesor de enseñanzas medias. Un buen ejemplo de ellas: “Estar en la honda”, con su característico juego de palabras ya en el título.

            Costumbrismo y humor no es mala mezcla. Enrique García-Máiquez la maneja con una gracia muy gaditana, que a ratos nos recuerda a un autor un tanto denostado, aunque casi nunca por motivos literarios, José María Pemán.

            Un diario tiene mucho de miscelánea en la que cabe todo. El de García- Máiquez es, fundamentalmente un diario íntimo, pero de vez en cuando se permite algunas escapadas al margen de la familia y la vida laboral: hay un perfil biográfico de Jane Austen; una estancia en Inglaterra para asistir a un curso de Roger Scruton, el gran maestro del pensamiento reaccionario; la participación en una feria del libro en Sevilla; una reunión con escritores en el palacio real con motivo del premio Cervantes; la respuesta a varios cuestionarios, una entrevista y un encuentro con José Jiménez Lozano, otro de sus admirados maestros.

            Los diarios están a medio camino entre el documento y la literatura. Enrique García-Máiquez ha querido poner como título general de los suyos un muy citado verso de Antonio Machado: “También la verdad se inventa”. Lo cual no quiere decir que sus diarios recreen imaginariamente la realidad, sino que encuentra su verdad al recrearla en la literatura. Porque literatura son, y no borradores ocasionales, estas notas. El hecho de que junto a la fecha (de la que muchos diaristas prescinden, olvidando que la cronología es la columna vertebral del diario) figure siempre un título señala la voluntad del autor de dotar de autonomía al más mínimo de sus textos, al que nada le falta ni le sobra en una lectura independiente. Frente a la escritura descuidada y desaseada de tantos diaristas, García-Máiquez se nos presenta siempre bien peinado o elegantemente despeinado, según la ocasión, pero sin olvidarse nunca de los buenos modales literarios.

            No es esta una obra para el enfrentamiento político ni para el proselitismo religioso, pero acá y allá el escritor para todos los públicos, para la inmensa minoría juanramoniana, deja asomar su perfil confesional. La toma de partido viene ya desde la elección del prologuista, Kike Méndez-Monasterio (quien no le conozca, mejor que no busque su nombre en google para que no se quiten las ganas de seguir leyendo). Pero no siempre es buen defensor de sus causas no literarias. Justifica sus felices recuerdos de la educación diferenciada con una anécdota que todavía le hace sonreír y que “en un colegio con chicas no se habría producido jamás”: los alumnos, comenzando por los más pequeños, se organizan en “legiones, centurias y decurias” para organizar batallas durante el recreo: “Con la emoción, se produjo una escalada en las hostilidades y una carrera armamentística. Algunos comenzaron a meter piedras en sus jerseys; otros, a tirarlas con tino; otros, a blandir palos…”. ¡Menuda manera de defender la separación de sexos en la enseñanza!     

               Las ideas se tienen, en las creencias se está: no nos parecen construcciones culturales, sino la realidad misma. Podemos discrepar de las ideas políticas de Enrique García-Máiquez, como su rechazo a los impuestos o a las limitaciones en el uso del tabaco o del alcohol y de todo lo que considera “políticamente correcto”, pero no de sus catequísticas teologías. Lo absurdo de algunas de sus evidencias nos ayuda a poner en cuestión las nuestras, algunas de las cuales quizá tampoco resisten un análisis racional.

            En una obra de esta naturaleza, recopilación de anotaciones hechas a lo largo de los años, no molestan las repeticiones, que sirven para marcar el ritmo y poner de relieve las obsesiones del autor, Puede servir de ejemplo la milonga argentina que encontramos tres o cuatro veces: “Mi caballo es andaluz, / de los que trajo Mendoza, / que no tiene miedo al tigre / pero tiembla ante la rosa”.

            Nacionalista, integrista, crítico de la modernidad: todo eso es Enrique García-Máiquez. Al lector “que no le tenga miedo al tigre, / pero tiemble ante la rosa”, tal hecho no le debe impedir disfrutar de su literatura, de la levedad y la gracia con la que nos habla de los enigmas del vivir humano, de la inagotable variedad de su pequeño mundo, de la alegría como suprema sabiduría.


           

           

           

jueves, 24 de abril de 2025

Crepuscular

 

 

José María Conget
Egocentrismos
Renacimiento. Sevilla, 2025.

Como un “western crepuscular”, para utilizar un término del mundo cinematográfico, tan afín a José María Conget, puede considerarse su más reciente miscelánea, a la que el autor ha querido darle el aire de una despedida.

José María Conget (Zaragoza, 1948) comenzó publicando novelas y nunca ha dejado de cultivar el género. Es también autor de excelentes libros de relatos, pero quizá su voz más personal e inconfundible se da en esas obras aparentemente menores que entremezclan autobiografía, anotaciones viajeras y reflexiones ensayísticas, como las reunidas en Pont de l’Alma, Una cita con Borges o Cincuenta y tres y Octava, un puñado de páginas que se cuentan entre las más memorables que se han escrito sobre una ciudad, Nueva York, sobre la que tantas se han escrito.

            En Egocentrismos nos encontramos al mejor José María Conget, al que sus no escasos, aunque discretos, admiradores esperamos encontrar, y a otro que quizá hubiéramos preferido no encontrar. Dudó mucho, afirma en el prólogo, antes de publicar esta nueva recopilación de piezas dispersas --unas inéditas, otras anticipadas en la prensa--, “por el temor de encarnar a otro abuelo Cebolleta”, a uno de esos ancianos, se dediquen o no las letras, que cuentan una y otra vez las mismas batallitas.

Temor vano: Borges contaba una y otra vez las mismas batallitas y nunca nos cansamos de escucharle. Como nunca nos cansamos de escuchar a Conget cuando nos cuenta las mil y una anécdotas de sus encuentros con escritores cuando trabajó en el Instituto Cervantes de Nueva York. Allí fue apuntando en un cuaderno chismes, peripecias y dichos de los más ilustres visitantes; luego lo rompió, según nos dice, para no ceder a la tentación de publicarlo. La que no pudo vencer, para gozo de los lectores, es la tentación de volver una y otra vez a lo que en ese cuaderno se contaba y que quedó guardado para siempre en una memoria que no se siente obligada a la estricta fidelidad.

            El mejor Conget, el que ha creado un genero propio en la estela de Montaigne, lo encontramos en el penúltimo capítulo, “De complejos y traiciones”, que tiene dos protagonistas, uno Elia Kazan, y otro el propio autor con su educación sentimental en la remota adolescencia provinciana.

            Los capítulos directamente autobiográficos, sin dejar de tener interés, incurren a veces un poco enfadosamente en el ajuste de cuentas. Es lo que ocurre con “Fundador”, que podría subtitularse “La vida en los colegios de jesuitas” y que cuenta con el antecedente ilustre de Ramón Pérez de Ayala, o con “El que fue a la guerra”, sobre un pariente tarambana que amargó su adolescencia.

            La literatura de testimonio, la que tiene sobre todo un valor documental, suele ser siempre una literatura menor. José María Conget procura no incurrir en ella: su vida le interesa como pretexto para hablar de otra cosa, sabe distinguir entre hacer literatura con las propias experiencias y contarle sus traumas al psicoanalista. Sabe o sabía. En el “dietario apócrifo” final (que no tiene nada de apócrifo: debería llamarse más bien “dietario discontinuo”) nos ofrece unas anotaciones sobre ciertas incómodas pejigueras propias de la edad que quizá podría haberse ahorrado.

            Como hay lectores para todos los gustos, habrá quienes prefieran esas confidencias. Afortunadamente, no abundan y se entremezclan en el “dietario apócrifo” con otras anotaciones que nos devuelven al mejor Conget: su despedida a Peter Bogdanovich y Sidney Poitier, que murieron el mismo día, o su vuelta –por enésima vez, pero nunca nos cansa--a los días neoyorquinos: “Hace unos cuantos años el Instituto Cervantes de Nueva York, donde yo ejercía de jefe de actividades culturales, se impuso la tarea de comprar un edificio digno y espacioso que nos evitara el altísimo alquiler en la octava planta del rascacielos Chanin, entre la Avenida Lexington y la calle 42”. Él se propuso dotarlo de una gran biblioteca y ese el pretexto para hablarnos de su propia biblioteca y de las de algunos de sus amigos.

            Una sección del libro, como parece propio de un western crepuscular, está dedicada a las necrológicas, que en Conget afortunadamente son algo más que la habitual y plana hagiografía del difunto. Hay una bienhumorada burla de la infantil vanidad de Carlos Edmundo de Ory (vuelve a aparecer en “Estrategias de Narciso” junto a Nicanor Parra), una semblanza muy personal de Ana María Navales, un agradecimiento especial a Luis Gasca, “el hombre de las mil fichas”, que le permitió descubrir que la lectura de tebeos, una vez abandonada la infancia, no era solo “un placer culpable”, como tampoco lo es su admiración por John Wayne.

            Es posible que Conget no sea del todo preciso en algún dato, que los tres mil libros a los que Gil de Biedma limitara su biblioteca no fueran tres mil, sino trescientos, y que quizá muestre excesiva fobia contra algún escritor como José María Pemán, que fue solo el autor del Poema de la bestia y el ángel, pero son detalles que importan poco o nada en este lúcido divagar que trata de no condescender a la queja o a las agoreras profecías sobre el mundo contemporáneo, y que casi siempre lo consigue.

Casi siempre: tras indicar que las salas de cine han constituido para él “una burbuja de felicidad”, añade: “Me alegro de que por mi edad no seré testigo de la más que segura desaparición de los cines”. Estoy en condiciones de tranquilizarle: ningún indicio hay de que las salas de cine, al igual que los libros en papel (también muy propicios a jeremiadas) vayan a desaparecer ni a medio ni a largo plazo, aunque siempre puede ocurrir que un meteorito caiga sobre la tierra y se hagan polvo a la vez que los espectadores.


           

           

             

miércoles, 16 de abril de 2025

Presente continuo

 

Eloy Sánchez Rosillo
Venir desde tan lejos
Tusquets. Barcelona, 2025.

Uno de los  términos que mejor define al poeta Eloy Sánchez Rosillo es sin duda “fidelidad”. Pocos autores, a lo largo de medio siglo de vida literaria, se han mantenido tan fieles a una concepción de la poesía ajena a modas y a modos del momento. No quiere eso decir que no haya evolucionado, pero su crecimiento ha sido orgánico, como el de un árbol (para decirlo con una imagen que a él le gustaría), sin el mecanicismo al que son tan dados ciertos profesionales de la renovación o de la destrucción del lenguaje.

Desde Maneras de estar solo (1978) se ha ido despojando de heredadas galas retóricas y de referencias culturales (en él nunca impostadas) para acercarse a un decir llano y aparentemente conversacional. También ha ido disminuyendo el componente elegíaco, el lamento por el tiempo perdido, para centrarse en el prodigio de la hora presente, en el asombro de estar vivo y en la inagotable maravilla de las cosas que estamos tan acostumbrados a ver que a menudo las dejamos de ver.

            La creciente inmensa minoría de lectores de Eloy Sánchez Rosillo no se sentirán defraudados con Venir desde tan lejos. No hay ningún asomo de decadencia en estos poemas escritos cumplidos ya los setenta años. Tampoco la hubo en Borges, que escribió muchos de sus mejores poemas pasada esa edad.

            Cierto que los detractores del poeta encontrarán motivos para perseverar en su rechazo. Aunque siempre escribe en verso, Eloy Sánchez Rosillo parece empezar muchos de sus poemas en prosa, como si fueran una simple anotación de un diario, pero siempre acierta a darles un toque final que nos permite ver lo que antecede con una luz distinta. “Como ha llegado uno hasta este día, / nadie puede decirlo”, comienza en voz baja y coloquial el primer poema del libro; en el verso final, el poeta escucha en la noche cerrada “el susurrar de las estrellas”, que es su manera de referirse a la pitagórica “música de las esferas”.

            No pasa nada en la mayoría de estos poemas, salvo el tiempo: el tiempo que nos hace y nos deshace y el tiempo atmosférico. “Oro molido” nos habla de los días de marzo que nos llevan a olvidar el cercano invierno. Se inicia la claridad del día en los primeros versos; luego “irrumpe el sol y se hace el mundo”. La personificación es el recurso preferido por Sánchez Rosillo: “Las cosas, diligentes, van corriendo a sus puestos”. Al final –tras las “horas de oro molido que discurren despacio”--, “la noche distribuye / en lo que encuentra al paso un gran silencio”.

            Una y otra vez describe Sánchez Rosillo el amanecer, siempre igual y siempre diferente, como sus versos. O el ocaso. O la lluvia. O la aparición de la luna. O se limita a describir su cuarto: “En esta habitación orientada a Levante, / hacia el lugar por el que nace el día, / cuántas cosas pasaron y aún ocurren”. El pequeño recinto se convierte en un símbolo del mundo, “espacio ilimitado que no empieza ni acaba”.

            Las naderías de una vida como tantas, el día a día de un jubilado ocioso que pasea, observa y a veces, raras veces, se deja invadir por la melancolía, se convierte gracias al arte de Sánchez Rosillo en una prodigiosa odisea.

            En ocasiones parece incurrir en la moraleja, en la explicación excesiva, como al final de “Sin porqué”: “Así ocurre a menudo, ya sabéis. / No hay transición apenas, no hay motivo / aparente que imponga la mudanza, / adviertes que de súbito has pasado / del negro al blanco y de la nada al todo”.

            Cada manera de entender la poesía tiene sus riesgos, que se agrandan en los epígonos, de los que Sánchez Rosillo no escasea. Algunos de esos riesgos solo él parece capaz de salvarlos sin miedo a la obviedad, al sentimentalismo o a un esforzado optimismo de libro de autoayuda. Baste citar el ejemplo del recuerdo infantil de “Magia”, con esas seis o siete luciérnagas que danzaron en torno a él “con la magia de un sueño”: “Nunca más las he visto, pero aún sigo mirándolas”. O del paseo, un día de invierno, por la localidad costera y veraniega: “Soy el único habitante / de un silencio tallado al aire libre: / un monasterio de oro y de cristal, / sin preceptos ni muros. / Esmalte azul y sol en las alturas, / brisa leve que riza el mar en calma. / Me recojo en mi ser y miro incrédulo: / la mañana anchurosa, / que se propaga lenta y no termina, / ¿me está ocurriendo a mí?”

            Hay poemas sobre la vejez, en la que uno se adentra con incredulidad (“Camino que se bifurca”, “Domingo”) y sobre la muerte, cuyo aliento se siente cada vez más cercano, pero predominan los que nos enseñan a ver, a sentir, a paladear el gozo de estar vivo cada vez que amanece. “Ha comenzado el alba”, leemos en “Mírala tú que puedes”. Y continúa: “Respírala hasta el fondo, / que te limpie de sombras su milagro. / Y después confiado, sin apremios, / libre y con la ilusión de quien espera / mucho de esta jornada, / sal a la calle y anda por tu vida”.

            Fidelidad, claridad, misterio: tres palabras distintas y un solo poeta verdadero.



miércoles, 9 de abril de 2025

Gustosamente provinciano

 

Antonio Moreno
El viaje de las bibliotecas
Newcastle Ediciones. Murcia, 2025.

La difusión de un libro tiene mucho que ver con la editorial en que se publica y su capacidad de promoción. Pero no todos los libros son para el gran público, no todos tienen cabida en las empresas editoriales en las que los beneficios han de ser superiores a las pérdidas si quieren sobrevivir. Por eso son tan importantes las editoriales al margen, casi un capricho personal, sin las cuales la literatura de un tiempo y de un país resultaría mucho más pobre.

            Buena parte de la obra en prosa del poeta Antonio Moreno, por no decir toda ella, se ha escrito de espaldas a los intereses del mercado. El viaje de las bibliotecas constituye la más reciente muestra de esas secretas maravillas de las que los lectores avisados –una, si no inmensa, al menos nutrida minoría-- no tardan en tener noticia, buscar y celebrar.

La nostalgia de otros tiempos presuntamente mejores ha hecho que libros, librerías y bibliotecas se pongan de moda e intervengan en la trama de novelas de éxito. Pero el viaje de Antonio Moreno es de cercanías, se limita a los alrededores del lugar en que vive, Elche, y sus bibliotecas poco tienen que ver con la mítica de Alejandría o con la no menos mítica y turistificada Shakespeare & Co. Se trata de sencillas  bibliotecas municipales frecuentadas sobre todo por estudiantes y jubilados.

            Algunos de los lugares que visita, como Orihuela y Monóvar, tienen un cierto nombre en la historia de la literatura, pero otros, como Crevillente o Sax, muchos lectores los oirán por primera vez. Importa poco eso. A Antonio Moreno, más que la evocación de autores importantes relacionados con la localidad que visita, sean Miguel Hernández, Azorín o Gil-Albert, le interesan las gentes con las que se encuentra: bibliotecarios o limpiadoras de la biblioteca, vecinos del pueblo, y sobre todo la atmósfera de cada lugar.

            Los suyos son viajes, alguien despectivamente los calificaría de excursiones, casi siempre de un solo día, realizados entre febrero y junio de 2024, según indica la fecha de cada capítulo, pero en los que hay lugar también para el viaje en el tiempo: “Pienso en nuestra vida juntos. En la de Bárbara y en la mía. Y en un abrir y cerrar de ojos, como un soplo, desfilan en la memoria los tres años que pasamos aquí, en Alcoy, hace ya treinta y cinco. ¡Éramos tan jóvenes…! Me acuerdo bien de cuando vinimos a vivir a aquel piso de la calle Luis Braille, el único que encontramos. Un primer piso oscuro y gélido en un barrio hacinado, vulgar y feo. Eso nos decíamos cuando llegamos, con alguna lástima de nosotros mismos, sin saber que aquel sería un tiempo feliz, de días totalmente nuestros, imprescindibles y concentrados”.

            Años y leguas, como la obra de Gabriel Miró, podía haberse titulado este libro, que en buena parte transcurre por los mismos escenarios. Pero nada tiene que ver la prosa sensual, cuajada de metáforas precisas y deslumbrantes, casi prosa poética de Miró, con el decir en voz baja, confidencial, de Antonio Moreno. La fórmula de Ortega para referirse a Azorín podría aplicársele con igual exactitud: “primores de lo vulgar”.

            Viajero a la contra, que se fija en aquello que los demás desdeñan o miran sin ver, Antonio Moreno parece estar también a la contra de los tiempos acelerados y digitalizados en que vivimos. Las bibliotecas que visita, con su calma y su silencio, le parecen consulados de un mundo que está a punto de dejar de existir. A veces, al leerlo, recordamos la frase de Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

Antonio Moreno es un maestro de la atención al detalle, de la evocación, de la creación de atmósferas, pero chirrían algunas de sus reflexiones en un libro por lo demás tan sabio y lúcido: “La poesía hoy resulta anacrónica. Parece demasiado interior, demasiado atenta para una época de suyo externa y desatenta”. Basta, sin embargo, quitarse  los anteojos del prejuicio para darse cuenta de que la poesía hoy resulta tan anacrónica, o tan poco anacrónica, como ayer, que abundan los recitales de poesía, que se publican más libros de poesía que nunca, que hay tantos poetas como siempre, que después de la música, Internet ha sido el mejor invento para hacer que el poema vuele por el mundo desprendido del papel impreso.

Continúa Antonio Moreno: “La tecnificación digital en todos los órdenes cotidianos ha desustanciado la existencia efectiva de los seres y las cosas. La realidad ha adquirido un carácter intangible y gaseoso porque se ha transmutado en un ente virtual, de naturaleza etérea”. ¿Seguro? La tecnificación digital –por decirlo con sus palabras-- nos acerca al amor o al amigo que están lejos, incluso en otro continente, pero no nos impide hacer el amor como siempre, piel con piel, ni tomar una cerveza con los amigos en el bar de la esquina. Amplía posibilidades, no las limita.

Y aún sigue: “Pocos están aquí. Cuando viajamos en tren o en autobús, es raro que nadie contemple ya el paisaje; cada uno mira su pantalla”. ¿Y qué diferencia hay entre mirar una pantalla y mirar un libro o un periódico, como ocurría antes, cuando también pocos pasaban el viaje mirando por la ventanilla? Aparte de que en la pantalla también se puede estar hojeando el periódico o leyendo el libro de moda.

Pero son los menos estos descosidos, aunque yo me fije especialmente en ellos porque son tópicos que de tan repetidos acaban no siendo puestos en cuestión. Para elogiar el mundo de los libros y las bibliotecas no necesitamos denigrar estos días “bárbaros y digitales, donde las humanidades y las letras importan cada vez menos”. ¿Seguro? Porque libros, en formato tradicional, se publican cada vez más y las bibliotecas públicas son más y mejores que hace medio siglo, cuando el autor era niño. Y el que ahora no haya en ellas solo libros, no las empobrece, sino todo lo contrario.

Pero eso es lo menos importante. No leemos a Antonio Moreno por sus opiniones sobre las nuevas tecnologías, sino por su sabiduría vital, su desengañada lucidez, su apuesta por un arte de vida “gustosamente provinciano”: el universo cabe en un grano de arena.

           

miércoles, 2 de abril de 2025

Disparate y verdad

 

Miguel Martínez
Hermano pulpo
Diputación de Soria. Soria, 2025

Entre tantos poetas indistinguibles, he aquí uno inconfundible; entre tantos poetas correctamente aburridos, he aquí uno que nos hace sonreír y reír y nunca nos deja indiferentes.

            Miguel Martínez, madrileño de 1982, ha encontrado desde muy pronto su manera, su marca personal. Profesor de filosofía, interesado por la ciencia, sus temas no son los habituales –al menos en apariencia-- ni tampoco el modo de tratarlos con un humor disparatado y una imaginería insólita.

            Hermano pulpo es su cuarto libro de poemas y ha obtenido un veterano premio, el Leonor de poesía. El título remite al “hermano lobo” de San Francisco de Asís que glosó en versos bien conocidos Rubén Darío. Con espíritu franciscano, Miguel Martínez muestra su amor a todas las criaturas, pero las que él suele escoger, de los cefalópodos a los equinodermos, no son las preferidas por los poetas.

            Cada una de las partes del libro –salvo la última--, se inicia con una cita de un manual de zoología (o de la Wikipedia). La que encabeza la primera, “La inteligencia de los cefalópodos”, comienza así: “Los cefalópodos son una clase de invertebrados marinos pertenecientes al filo de los moluscos. Existen unas 700 especies, comúnmente llamadas pulpos, calamares, sepias y nautilos”.

            Detrás de una cita semejante, si no es irónica, esperaríamos encontrarnos con un poeta de aliento dieciochesco, moralizante y divulgativo. Qué sorpresa se llevarán los lectores que no conozcan a Miguel Martínez al leer “Hermano pulpo”, el poema que da título al libro. Es un monólogo que podría interpretar Woody Allen en un escenario –pero el propio autor tampoco lo haría mal, si juzgamos por sus lecturas en YouTube--; el poeta le habla al pulpo, al que considera “su semejante, su hermano”, como en el famoso verso de Baudelaire: “Querido pulpo / mon semblable mon frère / yo tampoco me lo podía creer cuando era niño / pero no era broma, estamos solos / y en la última cama de hospital / no vendrá mamá pulpo a rescatarnos. / La vida es esperar al tiburón definitivo / entre el tedio, la belleza y el espanto”. No termina ahí el poema, sino que añade un final anticlimático, una divertida variación del “carpe diem”.

            Con la sonrisa en los labios y una continua sensación de asombro ante su inédita imaginería, leemos los poemas de Miguel Martínez, pero también nos oprimen a menudo el corazón, especialmente en la sección final, “Madrastra naturaleza”, que incluye tres desasosegantes poemas dedicados a la vejez del padre (hay otro igualmente conmovedor en la primera parte, “Hijo”), en los que Miguel Martínez se permite bordear la falacia patética sin incurrir en ella. Destaca especialmente por su originalidad “El descendimiento Roger Van der Weyden”, con su entrelazamiento del microcosmos y el macrocosmos, la desnudez del padre que sale de la ducha a los 79 años y el inevitable acabamiento del universo. “Somos tristes cascotes con pestañas”, afirma: “se nos está haciendo añicos la galaxia / nos despistamos un segundo / y se nos desploma traidora la belleza”.

            El humor es en Miguel Martínez el excipiente de una desoladora, por realista, visión del mundo, de un unamuniano “sentimiento trágico de la vida”. Lo que él dice ya lo dijeron Schopenhauer y Cioran y tantos otros desde Sófocles (“Lo mejor para el hombre es no haber nacido”), pero él lo dice de una manera distinta. Antes citamos a Woody Allen, el comienzo de “Cesárea” nos recuerda algún monólogo de Gila: “Como nacer me dio pereza / lo fui dejando para luego / al médico le dije voy más tarde / a mi padre mañana te confirmo / a mi madre nada porque ella / ya sabía que daba a luz / un signo de interrogación”. El poeta se imagina a sí mismo, “dada su inclinación al drama”, empuñando el cordón umbilical con aires shakesperianos y preguntándose: “¿Ser o no ser? Voy a pensarlo / dadme un poco más de tiempo”.

            Inconfundible Miguel Martínez, aunque a veces nos muestre ecos de otros poetas, como al comienzo de “Masai mara”, que utiliza al comienzo la misma técnica casi de greguería de Miguel d’Ors en “Pequeño testamento”, o “Voy andando junto a un acantilado sin quitamiedos” que reescribe “Para que yo me llame Ángel González”, sin que desmerezca junto al texto que le sirve de modelo.

            Uno de los recursos más característicos de Miguel Martínez son las comparaciones disparatadas. Si en “Gastroscopia”, el esófago del poeta es una casa en la que cabe todo el mundo (“pueden celebrar dentro de mi / sus cumpleaños y sus jubilaciones / al fondo hay sitio / usted también, señor anestesista / que pase la historia de la medicina”), en “Haciendo historia” revive la historia de la humanidad cada mañana: “Me levanto con un sueño paleolítico / desayuno tostadas de mamut / busco refugio en la Altamira de mi váter / son las 10 y ya completamente bípedo / me lavo los dientes con el hacha bifaz / y se me ocurre la rueda y la escritura”. Otro poema, “El tiempo es una perra pequeña y despeinada”, comienza así: “Vuelvo a casa y me encuentro el Holocausto / mi perra se ha comido a Primo Levi / las marchas de la muerte en el pasillo / las cámaras de gas por toda la cocina / los uniformes a rayas, las vallas eléctricas / y los barracones convertidos en confeti”. Esa perra que destroza un libro se convierte al final del poema “en una puta metáfora del tiempo”.

            Apenas hay poema en Hermano pulpo que no encierre, por conmovedor que resulta el tema, una sonrisa, una extrañeza y un hallazgo feliz.

El riesgo de un estilo muy personal –y con un cierto descuido de la puntuación, todo hay que decirlo-- es que la manera se convierta en manierismo, en una mecánica fórmula. Pero no hay poeta de verdad que no asuma sus riesgos. 



 

martes, 25 de marzo de 2025

Los misterios de Venecia

 

Ignacio Jáuregui
Venecia. Un asedio en espiral
Athenaica Ediciones. Sevilla, 2025.

¿Un libro más sobre Venecia?, se preguntará el lector. Pocas ciudades cuentan con tantas minuciosas guías y con tanta buena y mala literatura. Y eso no es cosa de hoy: desde el siglo XVIII, por lo menos, todo autor que se decida a escribir sobre Venecia ha de comenzar disculpándose por hacerlo. No incumple ese rito Ignacio Jáuregui, pero no tardamos en aceptarle las disculpas. Su “asedio en espiral” a la ciudad –así subtitula el libro--  está lleno de deslumbramientos y descubrimientos que en más de un caso lo serán no solo para quienes conocen –o creen conocer-- bien Venecia, sino incluso para los propios venecianos.

            Antes de continuar con los merecidos elogios, y de tratar de razonarlos, un reparo. Con más que discutible criterio, el autor (o quizá el editor) ha decidido eliminar títulos y subtítulos de los capítulos para indicarlos únicamente en el índice. Obliga así al lector a recurrir de continuo a él para saber por dónde va a discurrir cada uno de los paseos que vertebran el libro. Y ni siquiera lo coloca al comienzo como un ilustrativo mapa del territorio, como un estructurado resumen de todo lo que nos vamos a encontrar.

            Ignacio Jáuregui es arquitecto urbanista y a esa formación suya se deben muchos de los aciertos de la obra. Pocas veces se han explicado con tanto acierto los secretos del urbanismo veneciano, ese fractal laberinto hecho de laberintos menores, en los que sin embargo resulta difícil perderse, a no ser de manera voluntaria y con pocas ganas de encontrar la salida.

            Pero Ignacio Jáuregui no solo habla de Venecia desde su especialidad: conoce bien casi todo lo que se ha escrito sobre ella (y todo lo fundamental), aunque no nos abruma con bibliografía (se limita a precisas citas al comienzo de los capítulos y cuando resulta pertinente), y además es un prosista de excepción: muchas de sus descripciones podrían, deberían, figurar en cualquier antología de páginas sobre Venecia.

            Junto a los habituales paseos por los lugares más conocidos de la ciudad, y por otros bastante menos conocidos, encontramos cinco series que se van alternando al final de cada uno de ellos. Hay un “Manual de instrucciones” con prácticos consejos para moverse por la ciudad y una “Arqueología personal” en el que se habla de anteriores estancias en Venecia y se reproducen fragmentos de cuadernos escritos entonces, ironizando a veces sobre sus preciosismos estilísticos.

Las series que yo prefiero son las tituladas “Límites”, la más novedosa, e “Inventarios”. En la primera, se van recorriendo todos los bordes de Venecia, paseos bien conocidos en algunos casos, poco accesibles e incluso amenazadores rincones en otros. Jaúregui llega a lugares a los que no llega ningún viajero ni han visitado nunca la mayoría de los venecianos, como Sacca Fisola, esa barriada obrera construida en una isla artificial al norte de la Giudecca.

            Los “Inventarios” podrían formar una obra aparte, a medio camino entre el ensayismo y la prosa poética. Hay un inventario de jardines, unos abiertos a todos y otros muchos secretos y solo entrevistos: “El vislumbre de un verde resplandeciente tras un muro: esa es la imagen que se lleva uno de la mayoría de los jardines venecianos”.

            El inventario de atardeceres lo encontramos incluido en la serie “Manual de instrucciones”: desde la Giudecca, con la ciudad extendida como un diorama; desde el puente de la Academia, donde el crepúsculo une “en un mismo baño dorado la Salute y sus sacristías palaciegas con el lienzo alargado de la Dogana”; en Santa Maria Formosa, donde “la luz se agarra a los pináculos más altos, transmutando en oro el cobre cansado”; en tantos lugares a los que Jáuregui nos lleva con mano maestra para que luego, conociéndolos todos, escojamos uno al que volver cada atardecer.

            Hay también inventarios de “Puertas al agua”, de reflejos, de umbrales, de arcos entre fachadas, de puertas a ninguna parte (tan venecianas) y, finalmente, de “Lugares propios”, de esos rincones que no suelen figurar en las guías y que cada visitante de Venecia cree ser el primero en descubrir. Del último de ellos, detallada y sugerentemente descrito, se reserva el nombre y la dirección como proponiéndonos un enigma para que tratemos de encontrarlo la próxima vez que volvamos a esa ciudad tan amada como detestada.

            “Contra Venecia” se titula precisamente la última de las series intercaladas, en la que se detiene especialmente en el libro de Regis Debray así titulado, “la mejor requisitoria contra Venecia, la más articulada, exigente y difícil de rebatir”. Jáuregui lo hace con su buen sentido habitual, sin dejar por eso de admitir lo mucho de cierto que hay en esos reproches. A Venecia, la perpetua agonizante que vive de exhibir los restos de su pasada grandeza, contrapone Debray el caótico vitalismo de Nápoles. Para Jáuregui, ambas ciudades tienen mucho en común y este libro magistral sobre Venecia –conviene no perderse sus observaciones sobre el denostado turismo, tan llenas de inteligente sentido común-- incluye al final una estampa de Nápoles y una promesa: “A la vuelta de la escalinata, se me abre la curva de Sorrento, con el Vesubio recortado al fondo contra un cielo azul de estreno y los farallones de Capri montando guardia en el golfo. A mis pies, el hormiguero en ebullición de los Quartieri, el tajo obstinado de Spaccanapoli, el diagrama que dibujan las cúpulas barrocas, las grúas del puerto, el castillo de los aragoneses guardando la puerta del mar. Más pronto que tarde voy a tener que escribir sobre Nápoles”.

            Los que amamos Nápoles tanto como Venecia --tanto monta, monta tanto-- esperamos ya con impaciencia esa otra muestra de la mejor literatura, viajera o no.



martes, 18 de marzo de 2025

Galería de fantasmas

 

César González Ruano
Siluetas de escritores contemporáneos
Introducción de Miguel Pardeza
Renacimiento. Servilla, 2025.

Pocos escritores han sido cancelados, para utilizar un término de moda, tantas veces como César González Ruano. Cuando murió en 1963, parecía un figurón de la época, destinado a perdurar solo en las librerías de viejo y en la memoria anecdótica de los que fueron sus discípulos en el periodismo literario y de relumbrón, de Francisco Umbral a Manuel Alcántara.

Pero no importa lo ambiguo y contradictorio que fuera el personaje, con una biografía llena de puntos oscuros (se ha llegado incluso a acusarle de participar en una red clandestina que vendía pasaportes durante la ocupación nazi de Francia para luego llevar a los compradores, denuncia a la Gestapo mediante, al matadero), sus libros, especialmente los aparentemente menores, sus incontables artículos periodísticos, tienen un encanto destinado a permanecer. Escribía a vuela pluma, sin volver sobre lo escrito, soñó siempre con una obra maestra que no tuvo tiempo, ni quizá ganas, de emprender (lo que más se le aproximó fue su afamado y hoy algo apolillado Baudelaire, de 1931), pero en su caso la calderilla pro pane lucrando –y algo más que el pan, le gustaba vivir por encima de sus posibilidades-- estaba acuñada con oro de la mejor ley.

            Buen ejemplo de ello lo constituye este volumen, Silueta de escritores contemporáneos, que no había sido reeditado desde su primera publicación en 1949, y que se ha elegido con muy buen tino para iniciar una Biblioteca González Ruano dirigida por el primer especialista en el escritor, Miguel Pardeza.

            Como cronista de la vida literaria, como retratista al minuto de sus figuras y figurones, González Ruano no tiene rival. Retirado en Sitges, tras ocho años de voluntario exilio, sin atreverse a volver a un Madrid en el que mandaban ahora los suyos, pero que nada tenía que ver con el Madrid fascinante y brillante de la preguerra, redactó en dos meses --y luego completó “en una noche y de una tirada” con siete siluetas más porque el editor le dijo que faltaban páginas--, una obra en apariencia sin mayores pretensiones, pero en la que el tiempo no ha dejado ni una arruga. Importa poco que junto a los hombres mayores de nuestra literatura –Unamuno, Valle-Inclán, Azorín, Baroja-- aparezcan otros que tuvieron renombre en su día y hoy solo aparecen, cuando aparecen, en las notas a pie de página de los manuales, o que no lo tuvieron nunca. González Ruano conoció a todos y de todos guarda en su memoria una anécdota significativa.

            La obra es lo que menos importa en estas semblanzas que tratan de rescatar a la persona, convertida en personaje, que estaba detrás de ella. Y nada refleja, a juicio de González Ruano, el carácter de alguien como la casa en que vive. Mis casas tituló uno de sus libros; Las casas de los escritores que conocí podía haber titulado otro, del que este sería un anticipo. Pero si los triunfadores –de Emilia Pardo Bazán a Ramón Gómez de la Serna-- tenían casa, la turbamulta de bohemios y hampones (que tanto juego darían más tarde al Juan Manuel de Prada de La máscara del héroe) tenían los cafés y por eso en estas páginas se hace un buen recuento de los más significativos en los años veinte y treinta.

            González Ruano se estrenó como poeta y fue uno de los más activos participantes en la aventura ultraísta, de tan corto recorrido en su momento como de perdurable memoria entre los eruditos, y tardó en convencerse de que, oscurecido por el brillo de sus coetáneos, los poetas del 27, poco tenía que hacer en ese campo. Pero tras abandonar el verso siguió siendo poeta, aunque camuflado en la prosa, y a la intuición del poeta se deben muchos de los hallazgos de estas Siluetas de escritores contemporáneos. “Caricaturas liricas” se les podría considerar en más de un caso, utilizando el término que Juan Ramón aplicó a las suyas, escritas con no menor ingenio, pero quizá con menos cordialidad.

            Lirismo, costumbrismo y humor son los tres ingredientes que sabiamente, con una fórmula que nadie más ha vuelto a utilizar con tanto acierto, entremezcla González Ruano. No todos los autores están vistos con la misma cercanía ni con la misma simpatía. Quizá el que más antipático le resulta sea Miguel de Unamuno, cuya silueta termina con una anécdota que nadie que lea este libro dejará de repetir alguna vez, seguro del regocijo que despierta entre los oyentes.

            Lo mejor de la literatura de González Ruano, lo más perdurable, es su literatura memorialística. Mi medio siglo se confiesa a medias tituló sus memorias y “a medias” se confiesa siempre, también en estas páginas dedicadas a escritores a los que ha conocido personalmente. Del episodio más novelero de su biografía, encontramos una referencia al paso: “De pronto –esas cosas pasan siempre así-- me metieron en la cárcel lo alemanes y a poco más me mandan a criar malvas. Entonces Marañón se portó conmigo, y con la única persona en el mundo que sufría por mí, de un modo entrañable, activo, eficaz que no olvidaré nunca. Cuando recibí en mi celda de la prisión militar de Cherche-Midi un pan de higos que él me había enviado, lo tomé en pedacitos, convencido de que mientras me durara nada me había de pasar”.

            No está claro por qué detuvieron en París los alemanes a González Ruano, pero sí que no fue por sus actividades contra la ocupación. A la literatura le sientan bien las oscuridades biográficas, esos secretos a los que un autor no puede dejar de aludir, pero que nunca se aclaran del todo.

            El prólogo de Miguel Pardeza, tan excelente y oportuno en sus primeras páginas, luego quizá se alarga demasiado y entra en erudiciones sobre el género biográfico que quizá hubieran sido preferible dejar para otra ocasión. No importa demasiado. El lector puede abandonar este largo preámbulo tras las primeras diez páginas y dejar las setenta restantes para un improbable después. Conviene no demorar demasiado el encuentro con la “gravedad y ligereza” --para decirlo con una expresión de Dámaso Alonso aplicada a Manuel Machado-- de César González Ruano, un grato reencuentro y siempre una promesa de felicidad para la inmensa minoría de sus incondicionales, un descubrimiento para los más jóvenes lectores.

           

martes, 11 de marzo de 2025

Caleidoscopio culturalista

 

Stamatis Polenakis
Luz oscura
Antología poética
Edición de Virginia López Recio
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas. Granada, 2024.

Nacido en Atenas en 1970, Stamatis Polenakis pertenecería al que su traductora y antóloga, Virginia López Recio, denomina “Grupo del 2008”, marcado por la crisis económica de ese año, de alcance mundial, pero que afectó especialmente a su país.

No hay sin embargo nada en esta selección, que abarca tres libros publicados entre 2008 y 2014, que aluda a ello. Aunque abunde la referencia a los mitos clásicos, faltan las alusiones a la Grecia contemporánea. En el último de los libros antologados, encontramos una serie de poemas protagonizados por Odiseo, pero Odiseo o Ulises es tan patrimonio de la Grecia de hoy como de cualquier otro país occidental. De hecho, el Odiseo de Polenakis viaja a Irlanda y en Teruel encuentra ecos de una guerra que no tiene que ver con la de de Troya: “Lo único que recuerdo de aquel breve viaje / son las callejuelas desiertas / y la tremenda helada que me traspasaba / mientras andaba en las madrugadas tremendamente solo. / Sé únicamente que llegaba en tren / desde Zaragoza buscando en vano / los últimos remanentes del ejército / republicano que se retiró / abandonando definitivamente la ciudad / en una noche de invierno del 38 / bajo una brutal tormenta de nieve”.

            Stamatis Polenakis es un poeta culturalista que en ocasiones recuerda a Juan Luis Panero. Sus protagonistas son a menudo escritores o personajes literarios. Cito algunos: Henriette, la mujer que se suicidó junto al poeta Heinrich von Kleist; Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, o Gustav von Aschenbash, el de La muerte en Venecia; Ramón Mercader, el asesino de Troski; Marina Tsvietáieva, Victor Hugo, Kafka, Mayakovski, Pessoa… Un índice onomástico resulta copioso. Junto a estos nombres conocidos, hay otros de personajes que no han pasado a la historia como la Emma Bergman de “Elegía, 1845”, cuyo nombre encontró el autor en la lápida de un cementerio: “Que sea leve la nieve que cubrirá / mañana los valles, este cuerpo / que se hunde lentamente bajo las piedras / y las malas hierbas, / que se eleve ya libre, sin carga alguna, / como las grises olas del Báltico”.

            Muchos de los poemas  adoptan la técnica del monólogo dramático, y nos los imaginamos fácilmente como parte de un espectáculo teatral (el autor es también dramaturgo); otros, escritos en prosa o en verso, tienen mucho de microrrelatos. Hay referencias personales, pero la mayor parte de los poemas aluden a las tragedias del siglo XX: las guerras mundiales, los campos de concentración, el gulag soviético, la ocupación israelí de Palestina, una tragedia que pasa de un siglo a otro (el “Encomio” a Rachel Corrie, activista aplastada por una excavadora israelí en la franja de Gaza el año 2003, podía haberse escrito hoy).

            Se leen con gusto y emoción estos poemas de línea clara, pero a menudo se echa en falta en ellos esa especial tensión del lenguaje poético. La traductora nos indica que ha pretendido “trasladar lo más fielmente posible los poemas originales al español”. No es necesario, sin embargo, conocer el griego moderno --basta comparar el original con la traducción-- para comprobar que traduce en verso un poema como “No sé que me deparará el mañana”, escrito en prosa y que en más de un caso trocea, como si fueran versos más breves (pero que a menudo no se ajustan a la métrica) los versículos del original. En el prólogo nos advierte de que solo se ha apartado del texto griego “cuando la pretendida fidelidad restaba belleza”. Habría sido necesario entonces que nos ofreciera en nota la traducción literal para que pudiéramos distinguir entre lo escrito por el autor y lo que leemos. La justificación que ofrece para esos cambios resulta un tanto sorprendente: “Porque creemos que la belleza, ante todo, ha de presidir todo poema. La Poesía es Belleza”. Nada más impreciso que esa afirmación.

            Luz oscura se incluye en una “Biblioteca de Autores Griegos Contemporáneos” que cuenta con una directora, Olga Omatos Saenz, y con un “comité científico”. El término “científico”, en las publicaciones académicas (al menos en las que se refieren a la literatura), suele ser una palabra vacía o, peor aún, indica solo que un texto se edita con el añadido de prescindibles notas y variantes. Una mínima revisión le habría indicado a la traductora y editora que no se deben mezclar las notas que aclaran las referencias del texto (y que, salvo en dos o tres casos, solo son útiles para los lectores que carezcan de un móvil: las aclara una consulta a la Wikipedia) con las que nos indican dónde fue publicada antes la traducción del poema. Las segundas, que carecen de interés para cualquier lector, deberían se sustituidas por una aclaración final, si la traductora cree pertinente añadir ese dato. En las notas informativas, no se nos explica –con buen criterio-- quiénes son Marina Tsvietáieva o Mayakovski, pero sí Wilfred Owen o Camile Claudel. No sé nos indica en cambio quién es el Mercader que se menciona en un texto, “Mercader es el destino”, en el que no figura el nombre de Troski. No es que resulte necesario, mejor dejar que adivinemos quién está hablando, pero habría que unificar el criterio. Y no distraer al lector con caprichosas notas poco pertinentes que no ayudan, sino todo lo contrario, a valorar la edición.

            Conviene decir estas cosas que a la hora de reseñar un libro de procedencia académica no se dicen nunca. Y subrayar que si hay un “comité científico” que avala la edición resulta corresponsable de la calidad de la misma.  

miércoles, 5 de marzo de 2025

Los buenos sentimientos

 

José Saborit
Más vida
Pre-Textos. Valencia, 2025.

“El infierno de la literatura está lleno de buenas intenciones” afirma una frase que se atribuye a André Guide y que tiene sus variantes: “Con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. ¿Es cierto eso? Falta añadir un adverbio para que lo sea: “Solo con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. Ni, por supuesto, solo con malos. Las flores del mal es una de las obras maestras de la poesía universal; Las flores del bien, un merecidamente olvidado libro poético de la posguerra. Pero eso no se debe a los temas tratados en ellos ni a la bondad o maldad de los autores, sino al mayor o menor talento poético de Baudelaire en un caso y de Pemán en el otro.

            José Saborit, poeta y pintor, como Ramón Gaya, no le teme a “las palabras gastadas” como amor y vida, ni a “las palabras fatigadas” como perfecta y alegría, según indica en uno de los poemas; tampoco a los buenos sentimientos. El resultado es un libro conmovedor, que no busca la originalidad, pero que la consigue de la mejor y más difícil manera: hablando con verdad de lo que importa. No es un poeta de escuela, en el mal sentido de la palabra, pero se sabe miembro de una comunidad poética, que podríamos denominar valenciana o levantina, y los nombres de sus componentes aparecen en las dedicatorias: Lola Mascarell, Vicente Gallego, Antonio Moreno, Antonio Cabrera, Susana Benet. Son poetas de la cotidianidad trascendida, del asombro de vivir, del mirar como una forma del pensamiento.

            Uno de los poemas de Más vida se titula “Suite de Lucía”. Bajo ese título podrían integrase otros dispersos por el libro: “Encinta”, “Amor”, “Lucía la mañana”, “Primer gesto”, “Desayuno”, “Mamá”. Son los poemas de la paternidad, menos frecuentes que los de la maternidad y por su carga sentimental casi imposibles de escribir sin incurrir en el ternurismo. José Saborit lo consigue y ese es uno de los logros que conviene subrayar en este libro.

El poema “Encinta (junio 2021)” –pocos títulos en principio menos prometedores--  dice así: “Míranos: una luz sin noche, clara, / se adivina a lo lejos, / asoma tras las nubes, parpadea / y aún antes de nacer ya nos alumbra. / Todo el mundo renace / de sus propias cenizas, / se convierte en un niño / que juega ante mis ojos / y me canta los nombres / risueños de las cosas, / y las cosas no saben / seguir siendo las mismas que eran antes. / Qué ganas de jugar / ahora que amanece. / En tu vientre un latido / camina hacia nosotros. / Es la vida que viene a ser más vida”.

            El más difícil todavía lo consigue Saborit en poemas como “Por qué las flores”, ese tema que de tan manido pintores y poemas han dejado en manos de los aficionados domingueros, o “Soledad”, con su rasgo de ingenio en el verso final.

            La estética de Saborit le impide cualquier exhibicionismo culturalista, pero hay algunas resonancias. “Plumier” recrea una rima de Bécquer, convertida el arpa en un plumier que, “en un ángulo oscuro” del escritorio, “aún espera tal vez / esa mano de nieve de aquel niño / que dormita en el ángulo / oscuro de mi mano”. Un tema muy machadiano, aunque con otro enfoque, recrea “Las moscas”: “El vuelo de una mosca le distrae, / decían, y ordenaban con tono admonitorio: / preste usted atención a la palabra”. El “Beatus ille” de Horacio y Fray Luis es evocado en “Descanso”.

            El riesgo de estos poemas es el de la lección demasiado explícita. Pero ocurre pocas veces, como en el poema “Cítricos”, con esa historia final referida por un jardinero: “¿Tú sabes cómo mueren / los cítricos?, me dijo. / Cuando llegan a viejos, / después de haber vencido / hongos, plagas, sequías, / dan su canto del cisne, / una última cosecha gigantesca, / soberbia, generosa, exuberante. / Y después mueren”. En un libro de autoayuda quizá quedaría bien.

            Preferibles los poemas de final anticlimático, como “Una hoja de acelga”, cuyas “tersas nervaduras” se transforman en “el río nacarado que conquista / con su bajorrelieve minucioso / pequeñas dunas verdes / vencidas tras el vuelo” y toda ella en “el ala rota / de un ángel lujurioso”, para afirmar finalmente “que esta humilde hoja de acelga / prefiere seguir siendo lo que es, / una hoja de acelga entre otras hojas”. Y el poema termina sin rebuscadas trascendencias: “Sobre el fuego, en un cazo, / el agua empieza a hervir”.

            El mal tiene más prestigio literario que el bien, el dolor es más productivo en literatura que la felicidad, el exotismo aventurero da más juego que la cotidianidad con la que todos podemos identificarnos. Pero Saborit ha sabido ver (y ha sabido decir, casi siempre de manera memorable) lo que de verdad importa: el asombro de vivir.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2el

lunes, 24 de febrero de 2025

Azorín y algunos descosidos

 

       Francisco Fuster
Azorín, clásico y moderno
Alianza Editorial. Madrid, 2025.

¿Tiene sentido una nueva biografía de Azorín, un autor para muchos sabido y olvidado, casi una mención del bachillerato y de los viejos trabajos académicos sobre la generación del 98 y el modernismo? Tiene sentido: su vida de escritor atraviesa desde la regencia de María Cristina, a finales del siglo XIX, hasta los años sesenta, los del desarrollo económico del franquismo tras el abandono de la autarquía. Y no fue un mero espectador, de gran lucidez en muchas ocasiones, sino que siempre, junto a su vocación literaria, tuvo otra de intervención política. Y en todos esos años ocupó un lugar central en la escena literaria española: pocos tan elogiados y admirados, pocos tan denostados.

            De Azorín creemos saberlo todo, pero nos queda mucho por conocer. Francisco Fuster resume con agilidad lo consabido y arroja luz sobre aspectos menos conocidos, como sus tejemanejes en la vieja política o el carácter presuntamente venal de algunas de sus publicaciones (Un discurso de La Cierva al parecer le sirvió, entre otras varias prebendas, para que el político loado le donara unos cuantos miles de pesetas). Su apoyo a Juan March, en los años de la República, antes de ser recompensado con el primer premio de la Fundación March, además de bien retribuido, contó con la colaboración de los abogados del banquero a la hora de nutrir de argumentos jurídicos los artículos en que pedía su libertad.

            El epistolario de Azorín –abundantemente utilizado por Francisco Fuster-- ofrece diversas pistas biográficas que aún no se han seguido. Dos ejemplos: en una carta de 1905 a Ramón Pérez de Ayala le pregunta si quiere escribirle alguno de sus artículos de Blanco y Negro; en otra, a Mariano Rodríguez de Rivas, indica que en París fue “agente de cambio de prisioneros”, pero que la más elemental discreción “le veda hablar de aquel período histórico”.

            Hay un Azorín apolillado, ciertamente, y otro que nos avergüenza un poco, como sus alabanzas al político de turno del que esperaba alguna prebenda (aunque esos claroscuros añaden interés al personaje), pero queda muchas páginas que han envejecido menos que las de cualquiera de sus contemporáneos.

            El meritorio empeño biográfico de Francisco Fuster queda, sin embargo, lastrado por descuidos y errores, unos nimios y otros no tanto, que acreditan la falta de una atenta revisión. Ya en el primer párrafo nos encontramos con que, tras afirmar que, “aunque varios biógrafos le atribuyen la condición de primogénito, no lo es, pues tiene un hermano mayor, Luis, al que no llega a conocer pues fallece de forma prematura, a los siete meses de edad”, añade que “es el tercero de los nueve hijos que tienen sus padres”. Otra afirmación peregrina: Casares Quiroga presidirá “el que acaba siendo el último gobierno de la Segunda República”. Un corrector añadiría: “antes del comienzo de la guerra civil”.

            Hay errores de más bulto: la llegada al poder de Maura en 1907 no supuso el inicio de la campaña del “¡Maura, no!”, que tuvo su origen en la represión de la Semana Trágica; José María Valverde no dijo que, si Azorín hubiera dejado de escribir en 1915, podría haber pasado a la historia “como introductor de toda la literatura española de protesta y reforma social, y hasta quizá se habría visto que su estilo inauguraba, en nuestro idioma, la posibilidad de una prosa aplicada a ver, a fondo, la realidad del país”. En 1915 ya había realizado Azorín su viraje conservador y publicado sus encomios de La Cierva; la fecha que da Valverde es la de 1905.

            Acostumbra Fuster a fundamentar sus afirmaciones en opiniones ajenas, de las que a menudo, para saber quién las formula tenemos que recurrir a las notas del final porque en el texto no se nos indica el nombre. En la página 214, leemos: “Desde el punto de vista simbólico, la importancia de octubre de 1934 reside en que, cuando estalla la guerra civil, varios intelectuales –entre los cuales figuran liberales como Marañón, Ortega y Gasset o Baroja-- situaron el origen del conflicto en la Revolución de Asturias, y culpan a la República de haber permitido el auge de un comunismo radical de tinte soviético”. Para fundamentar esa afirmación una nota nos remite al libro de Jordi Gracia La resistencia silenciosa, en el que tampoco encontramos ninguna justificación, salvo la referencia a un folleto propagandístico de Marañón publicado en 1938, donde se añade que, el caso de Marañón, casi parece que la guerra “empezó en su domicilio particular, cuando el conde de Romanones, que además es paciente suyo, y muy rácano, ha de ir cediendo a la evidencia del cambio de régimen antes de la caída del sol”. Divagaciones de tono ensayístico, como estas de Jordi Gracia, no pueden servir de apoyo a la afirmación de que Ortega o Baroja, al igual que luego harán los revisionistas como Pío Moa, situaron el origen de la guerra civil en 1934.

            Conviene tener también cierta precaución a la hora de incluir como documento biográfico lo que es solo ficción caricaturesca. La semblanza que José María Carretero, El Caballero Audaz, ofrece del paso de Azorín por la subsecretaría de Instrucción Pública, añadida a una entrevista que le hizo para La Esfera cuando la reproduce en uno de los tomos de Galería, publicados en los años cuarenta (antes había aparecido en Lo que sé por mí), no es el testimonio de ningún testigo presencial, carece de validez como dato biográfico.

            No invalidan estas observaciones, y otras que podríamos añadir, el libro de Francisco Fuster, pero para el lector atento le quitan “presunción de veracidad”, que es la cualidad esencial de cualquier investigador. Alguna ventaja tiene este hecho: más de una vez me he dedicado a confirmar por mi cuenta algunas de las afirmaciones de Fuster, y puedo garantizar que la mayoría están bien fundadas. Y que vale la pena volver sobre Azorín porque sus mejores páginas, algunas de ellas todavía perdidas en las páginas de los periódicos o más editadas en algunas de las revueltas misceláneas de los últimos años, ganan con el paso del tiempo. Y el autor, anarquista y franquista, republicano federal y todo lo contrario, estuvo lejos de ser el santo de palo en que algunos quisieron convertirle o que él mismo fingió ser en más de una ocasión.

martes, 18 de febrero de 2025

Niña prodigio, esforzada superviviente

 

Marina Patrón Sánchez
Josefina de la Torre. Una biografía
Renacimiento. Sevilla, 2005.

Muchas vidas caben en una vida. Josefina de la Torre, nacida en 1907 en el seno de una familia burguesa que había dado, y seguiría dando, nombres destacados en la vida artística y cultural española, parecía predestinada a convertirse en una de las principales figuras de la literatura española.

En 1917, Margarita Nelken le dedicó un artículo en un diario madrileño con el título de “Una poetisa de ocho años” (le quitaba dos, como si fuera necesario acentuar la precocidad). Su hermano Claudio de la Torre, una de las figuras destacadas de la nueva literatura, la ayudó a relacionarse y a promocionar su obra. En 1924 viaja por primera vez a Madrid y en una exposición de su primo Néstor, el gran pintor modernista, queda fascinada por el retrato de un joven. Su hermano Claudio se acercó entonces para presentarle a un amigo escritor, Juan Chabás, que era precisamente el modelo del retrato. Fue su primer amor, al que siguió un enamoramiento con Luis Buñuel, que tampoco acabó bien, aunque en este caso parece que afortunadamente, a juzgar por lo que su rival, Jeanne Rucar, quien se casaría con el cineasta, cuenta en sus memorias: “No tuvimos ni ideas ni responsabilidades compartidas. Él decidía todo: dónde vivir, las horas de comer, nuestras salidas, la educación de los hijos, mis aficiones, mis amistades”.

En 1927 –de tanto simbolismo para la literatura española-- la poeta casi adolescente publica su primer libro, Versos y estampas, y en el mismo privilegiado lugar, los suplementos de la revista Litoral, en que aparecieron los primeros libros de Cernuda o Aleixandre. Su mentor fue Pedro Salinas.

De la gestión editorial del segundo libro, Poemas de la isla, de 1930, se ocuparía Juan Chabás. Pero el fin de aquel amor, boicoteado por la familia de la poeta y por la indecisión de Chabás, debida a su precariedad económica, dificultó su difusión. Culminación del prestigio como poeta de Josefina de la Torre fue su inclusión, junto a Ernestina de Champourcin, en la segunda edición, aparecida en 1934, de la mítica antología de Gerardo Diego. Luego, aunque seguiría editando acá y allá algún texto (e incluso tuvo su etapa de novelista rosa y policíaca con el pseudónimo de Laura de Cominges), desapareció como escritora hasta su tardía resurrección en los años ochenta. Ni siquiera la menciona el antiguo gran admirador Juan Chabás en su Literatura española contemporánea, publicada en La Habana en 1953, ni la incluye en su antología Poetas de todos los tiempos que, en la parte española, concluye precisamente con Ernestina de Champourcín.      

            Pero la literatura era solo uno de los intereses de Josefina de la Torre: la música y el teatro le atraían igualmente, y en ambos destacó desde niña. Con su hermano Claudio colaboraría desde los años veinte en actividades teatrales y cinematográficas. Durante la posguerra, su actividad principal sería la de actriz, en algún caso con compañía propia, en la mayor parte de las ocasiones desempeñando pequeños papeles.

            Josefina de la Torre parece que quiso facilitarle el trabajo a un futuro biógrafo. Escribió diarios, minuciosas agendas, guardó cartas, recortes periodísticos, cualquier documento que pudiera dejar constancia de su trayectoria vital. Marina Patrón Sánchez ha tenido en cuenta todo ese material y también el diario de la madre de la escritora, Francisca Millares, una figura fundamental en su vida. El resultado es un volumen que interesa más por la figura de la protagonista que por las referencias a la obra literaria, quizá un tanto menor.

            No llegó a ser lo que estaba predestinado a ser aquella niña prodigio que deslumbró a la buena sociedad de Las Palmas a comienzos del siglo XX. Se interpuso una guerra civil, en la que se vio forzada a tomar partido alistándose a la Falange, y también su condición de mujer que tenía que estar bajo la protección continua de la madre y el hermano mayor. Quizá para escapar de esa sujeción se casó por primera vez en enero de 1954. La convivencia no llegó a durar tres meses, pero el matrimonio duró hasta que murió el marido en 1977. Solo entonces se pudo casar, a los setenta años, con quien llevaba décadas de convivencia semiclandestina, su gran amor, el actor Ramón Corroto, veintitrés años más joven, pero que sin embargo moriría veintidós años antes.

            Mucho de melodrama hubo en la larga vida de Josefina de la Torre, que tuvo tiempo para trabajar en una tienda de modas y para poner un puesto en el Rastro junto a su cuñada, la escritora Mercedes Ballesteros, viuda de Claudio de la Torre.

Del olvido, desvanecida su fama como actriz, no solo en el teatro, también en el cine, la radio y la televisión, la rescataría la juvenil relación con la generación más famosa de la literatura española, con aquellos años veinte que tras la guerra civil se mitificarían y que mientras transcurrían no parecían tener mayor importancia. “Noticias de Madrid, ninguna”, le escribe Chabás en una carta de 1927. “No pasa nunca cada. Va y viene Lorca por los cafés. Y, no se sabe cuándo ni dónde, se esconde y hace cosas magníficas. Cada vez mejor. Fernández Almagro publicará pronto un libro. Azorín fracasa otra vez en el teatro Se casa Moreno Villa. Da un banquete Ramón Gómez de la Serna. Alberti no sale de casa si no viene a Madrid Sánchez Mejías. Y escribe versos como los de Litoral y Revista de Occidente que son ya casi poesía pura. Todo eso es la actualidad. Y hace frío. Y se estrenan unos filmes magníficos. Y se cantan en la calle tres o cuatro charlestones más”.

            Un profesor norteamericano, Carlos Reyes, traduciendo la antología de Gerardo Diego, encontró los versos de Josefina de la Torre. No sabía si estaba viva o muerta. Se pasó una década investigando sobre ella y en 1999 consiguió que le recibiera en su casa. Josefina de la Torre moriría tres años después, a punto de cumplir los noventa y cinco. Tuvo tiempo de conocer el nuevo interés por su obra y por su figura, convertida en una de las heroínas de un tiempo sombrío.