jueves, 7 de julio de 2011

Alrededores de la poesía: Una conversación con Ignacio Peiró


Al contrario que en otras artes, España sí parece haber mantenido una continuidad sin apenas interrupciones en lo referente a la poesía. Y, al menos hasta ahora, ciertos hitos de nuestra tradición lírica –algunos versos de Lope o de San Juan, de Quevedo o Garcilaso, del romancero- parecían ser una especie de “palabras patrimoniales” que se leían en el bachillerato y quedaban en la memoria de gentes por lo demás no especialmente cultivadas. ¿No cree usted que este mínimo contacto con la poesía se ha perdido en buena parte, quizá a causa de los planes educativos? ¿No era algo clave en la educación sentimental de las personas?

El bachillerato que idealizadamente se añora, el de hace cincuenta años por ejemplo, era estudiado por muy contado número de españoles. No creo yo que el tanto por ciento de quienes podían citar de memoria a Lope o a San Juan, a Quevedo o Garcilaso, fuera mayor entonces que ahora. El imperfecto presente siempre pierde cuando se le compara con un pasado que solo existe en nuestra imaginación. Desde que tengo memoria, cualquier nuevo plan de estudios es, en opinión de la mayoría (sobre todo de la mayoría de cierta edad), peor que el anterior. Si eso fuera cierto, deberíamos ser ya todos analfabetos. Afortunadamente no es así.

 En nuestro país, parece que, comparativamente, el papel de la crítica de poesía es más relevante, dentro de su ámbito, que el papel de la crítica de novela o de ensayo. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación? ¿Considera real el papel de la crítica a la hora de establecer cánones? ¿Es positivo o sólo inevitable ese protagonismo?

Sospecho que el papel de la crítica de poesía es relevante en un mundo muy limitado: el de los propios poetas. A los que creo que les afecta más que a los novelistas o ensayistas, porque estos pueden compensar malas críticas con buenas ventas. En poesía las críticas pueden ser buenas o malas, pero las ventas siempre son malas. Por otra parte, la importancia de la crítica en poesía depende menos del talento del crítico que de la difusión del medio en que se publica.

 ¿Ha habido en los últimos decenios una hipertrofia de antologías? El sistema de hacer antologías, ¿no alimenta el peligro de excluir a nombres competentes que, quizá por edad, no entran en grupos?

No me parece que haya hipertrofia de antologías. Cualquier visitante de librerías inglesas o norteamericanas, puede comprobar que se publican bastante más que en lengua española. Claro que no siempre se trata de antologías de nuevos nombres, que son las que aquí despiertan polémica. Una antología es válida porque incluye a poetas valiosos, y no al revés. Estar o no estar en una concreta antología no tiene demasiada importancia (ya nos incluirán o excluirán en otra, no hay poeta tan malo que no haya sido antologado). Lo significativo es que antólogos con criterios distintos coincidan en unos determinados nombres. Así se escribe la historia de la literatura, que está hecha de recuerdos y olvidos. La mayoría de los poetas de los que nadie hace caso no merecen que se les haga ningún caso (tampoco algunos a los que se hace mucho caso, pero esa es otra historia).

En otras épocas, la poesía, si no popularidad, al menos sí tuvo un cierto arraigo, quizá un prestigio que tal vez se haya perdido. ¿Dónde busca la gente la poesía ahora? ¿En la música ligera, en las canciones pop? ¿Hay ahí una cierta devaluación no ya de la palabra poética sino, por así decirlo, de la sentimentalidad?

La poesía siempre se ha buscado en muchos sitios, salvo quizá en los libros de poesía. Ni Garcilaso, ni Góngora ni Fray Luis publicaron en vida ningún libro de poesía. Hoy la poesía (aparte de estar en las canciones, en el cine, en la novela, en muchos otros lugares), la poesía en sentido estricto, se difunde sobre todo en Internet (como en el siglo de Oro se difundía manuscrita). Yo creo que nunca se han leído tantos poemas, aunque se compren tan pocos libros de poesía. Los poemas –buenos y malos, para todos los gustos-- vuelan en la red, encuentran siempre un lector atento.

De la poesía italiana a la francesa, la inglesa o, actualmente, la del Este de Europa, ¿mantienen los poetas españoles ese papel pionero a la hora de incorporar otras tradiciones?

Como siempre, hay poetas más atentos y otros menos. No conviene generalizar. Pero se puede ser un gran poeta (ahí está el caso de Lorca) sin estar al tanto de la poesía que se escribe en todas las otras lenguas.

Buena parte de la historia de nuestra poesía se ha leído según el sistema de generaciones. ¿No es ese un gran reduccionismo, que excluye a unos y agrupa, quizá injustamente, a otros? ¿Está en decadencia ese paradigma?

El sistema de generaciones es una manera de poner un poco de orden en un panorama (el de la poesía actual) que siempre resultará confuso (es el tiempo el que simplifica y pone las cosas en su sitio). Hay que tener cuidado de no confundir una clasificación meramente orientativa con la realidad. Es lo que les ocurre a muchos. Conozco hispanistas (y no hispanistas) que hablan de grupos, tendencias, generaciones en la poesía actual sin haber leído la obra de ninguno de los autores a los que se refieren; les basta con los estudios generales, los prólogos a las antologías, incluso los meros reportajes periodísticos.

En España hemos tenido revistas literarias de gran incidencia. ¿Ha menguado su papel?

Ha menguado el papel del papel. Ahora las revistas literarias más ágiles se difunden por otros medios. Ha menguado, pero no ha desaparecido. Como sigue siendo importante la edición en papel de los periódicos, a pesar de la facilidad y la gratuidad de Internet.

En la falta de apego popular a la poesía, ¿ha influido cierta voluntad de “torre de marfil” por parte de los poetas, como una vocación de exquisitez que necesita de iniciación para que un lector cualquiera pueda orientarse? Al igual que en artes plásticas, ¿no han contribuido a esta situación algunos excesos cometidos en nombre de la vanguardia?

Eso vale para unos poetas, no para otros. Hoy como ayer hay poetas que llegan a todo tipo de lectores. Yo creo que son necesarias ambas clases de poetas: los que inmediatamente tocan el corazón del lector, como José Hierro o Ángel González, y aquellos otros que apelan a la inteligencia y requieren una mayor mediación cultural. Góngora nunca desbancará a Garcilaso, ni al revés.

¿Cómo juzga usted la proyección internacional de nuestra poesía, tanto de nuestros grandes nombres del pasado como de nuestros poetas contemporáneos?

No me considero muy preparado para juzgar eso, creo que les corresponde más a quienes se ocupan de la política cultural. Lo que sí sé es que los otros países que conozco, sea Portugal o Bulgaria, siempre me he encontrado con un grupo de entusiastas lectores y buenos conocedores de nuestra poesía. ¿Pocos? Suficientes para sentir algo de vergüenza al comprobar que nosotros conocemos menos su poesía.

El nivel medio de las traducciones, ¿es bueno o mejorable?

Por bueno que sea (y yo creo que lo es), siempre resultará mejorable.

 ¿No hay pocos lectores de poesía en España? ¿Cómo cumplen su papel (además de con esfuerzo e ilusión) los editores? ¿Podrían sobrevivir sin el apoyo de la Administración?

Sin el apoyo de la Administración, parece que nada puede subsistir en este país, empezando por los partidos políticos. La poesía sí puede. Aunque desaparecieran todos los premios de poesía y todos los editores, seguiría escribiéndose poesía y seguiría encontrando la manera de llegar a los lectores.

¿Son precisamente los editores de poesía quienes mejor han perpetuado la belleza gráfica de la edición?

No conviene generalizar. Hay maravillosas ediciones de poesía, pero también otras que son un verdadero espanto (casi todas editadas por una Diputación, un Ayuntamiento o cualquier otro organismo público). Dejémoslo en que hay buenos y malos editores en cualquier género literario.

 ¿Hasta qué punto son reales las facciones, por así decirlo, en nuestra poesía actual (experiencia, silencio, etc.)? ¿Hay alguna posibilidad de entendimiento?

La vanidad de los poetas y la lucha por el escaso botín no permitirá que desaparezcan nunca los enfrentamientos entre poetas, más o menos disfrazados de rivalidades estéticas. No seré yo quien lo lamente. Es espectáculo que me divierte. Bastante más que la obra de buena parte de esos poetas que se pelean tan fieramente por un premio más o menos o por ocupar un lugar en una antología. Si los enfrentamientos entre poetas no existieran, habría que inventarlos. La poesía, ya se sabe, es otra cosa. Pero no se puede ser sublime a todas horas.


jueves, 30 de junio de 2011

El caso Florbela

José Carlos Fenández
Florbela Espanca. Poetisa del Amor
Esquilo. Badajoz, 2011.

Hay poetas que interesan tanto por su obra como por la novela de su vida. Uno de ellos es Fernando Pessoa; otro, Florbela Espanca. La fortuna crítica de ambos ha sido, sin embargo, contrapuesta. Fernando Pessoa, tras su muerte, fue creciendo y creciendo en el aprecio de lectores y estudiosos hasta desplazar, casi por completo, a todos sus contemporáneos; Florbela conoció también póstumamente el éxito popular, pero los críticos la miraron siempre por encima del hombro: les pareció demasiado espontánea, demasiado apasionada, demasiado femenina, en el más misógino sentido de la palabra.
            El grueso volumen que José Carlos Fernández le dedica –cerca de mil páginas—no parece que vaya a contribuir a mejorar ese aprecio. No es un estudio escrito con rigor académico, sino con fervor autodidacta. El autor es un especialista en conocimientos esotéricos, en simbolismos iniciáticos. Por eso incluye, como apéndice, una extensa carta astral de Florbela Espanca firmada por Isabel Areias y establece continuas comparaciones con Fernando Pessoa, a quien tanto le preocuparon esas cuestiones.
            Fernando Pessoa nunca se interesó por Florbela, no la menciona en sus escritos, y sin embargo circula un poema presuntamente suyo a ella dedicado. José Carlos Fernández, a pesar de reconocer que no se incluye en ninguna recopilación de inéditos de Pessoa, lo considera auténtico. “Duerme, duerme, alma soñadora, / hermana gemela de la mía”, comienza ese poema. Un admirador de ambos escribió esos versos, que Pessoa nunca podría haber escrito: “Criatura extraña, espíritu inquieto, / lleno de ansiedad, / tal como yo creabas mundos nuevos, / lindos como tus sueños, / y vivías en ellos, vivías soñando como yo”. Nunca Pessoa diría de sí mismo que “creaba mundos nuevos” ni calificaría de “lindos” a esos mundos.
            El análisis literario que de la poesía de Florbela ofrece José Carlos Fernández en las páginas finales de su estudio es de una candorosa ingenuidad. Se limita a elogiar ejemplos del uso de las distintas figuras literarias: “¿Podemos encontrar un quiasmo –o sea, una repetición en X en el seno de dos versos u oraciones— tan simple, tan bello, tan evocador, tan significativo y filosófico, como el que escribe Florbela en una postal dedicada a su cuñada Vitoria Moutinho al cumplir once años?”.
            Pero, a pesar de todo ello, este grueso volumen, tan lleno de buenas intenciones como manifiestamente mejorable, está lejos de carecer de interés. Si la segunda parte incluye su poesía completa, en edición bilingüe, la primera, dedicada a la biografía, consiste fundamentalmente en una selección de sus cartas y en una amplia muestra del diario que escribió durante el último año de su vida. Es la propia Florbela quien firma la mayoría de las páginas de este libro; de ahí su valor.
            Florbela Espanca fue una mujer que no se resignó a cumplir el papel que en el primer tercio del siglo XX se reservaba a las mujeres: escandalizaron sus tres divorcios, sus intentos de llevar una vida independiente, la franqueza de su poesía erótica. Con frecuencia tuvo que resignarse a que corrigieran sus escritos: lo hicieron los primeros editores; lo hizo el último, el profesor italiano Guido Battelli, a pesar de que la admiraba y fue quien más contribuyó a la difusión de su obra. Una mujer entonces era siempre un menor de edad, al que había que guiar para impedir se despeñara por malos caminos.
            Tuvo muchos amores Florbela (se enamoraba con facilidad y se desilusionaba con la misma rapidez), pero quizá sus dos únicos verdaderos amores fueron una mujer, Julia Alves, y Apeles Espanca, su hermano. Con Julia Alves, que era subdirectora de Modas y bordados, la revista en la que publicó muchos de sus primeros poemas (y el título resulta bien significativo del público al que se destinaban), mantuvo una apasionada correspondencia durante varios años, pero nunca llegó a conocerla personalmente. Apeles Espanca murió, en accidente de aviación, a los treinta años. Antes había manifestado su intención de suicidarse. Florbela logró, al parecer, disuadirle: “Pero no ves tú, mi querido hijo, que es un crimen pensar en aniquilar todo lo que hay en ti de admirable, tu inteligencia, tu carácter, todo lo que hace de ti un ser aparte, un ser único en el mundo, porque tú tienes desde la belleza física hasta la moral, tú eres una criatura excepcional; y mira alrededor de ti, nunca nadie dejó de quererte nunca”.
            Apeles Espanca muere en 1927; el avión que pilotaba desaparece en el Tajo; no se encontraron sus restos. Tres años después, el día de su cumpleaños (“es el mejor regalo que puedo hacerme”, confiesa a algunas amigas, que piensan que habla en broma) se suicida. Lo prepara todo minuciosa, macabramente: incluso envía a Helana Calas, una amiga, dinero para que pueda pagar el billete y visitarla ese día. “Ven el sábado lo más tarde –le dice—porque el lunes hago años y el domingo tenemos que preparar los salones”. Aquella noche Florbela dijo que no quería dormir en la habitación del matrimonio, que prefería dormir en otro cuarto. Pide que no la despierten al día siguiente, que la dejen dormir. Murió en torno a las dos de la mañana, que era la hora en que había nacido 36 años antes. Debajo del colchón encontraron dos frascos vacíos de Veronal y en su mesita un vaso de leche. Sus últimas voluntades estaban en un cajón, debajo de su ropa interior. Pide que la entierren cubierta de flores, que deben llenar por completo el ataúd y que en él incluyan los fragmentos del avión en que se estrelló su hermano, que guardaba religiosamente.
            Había publicado dos libros de sonetos, dejaba listo para la imprenta el más importante de los suyos, Charneca em Flor, que apareció muy poco después, al cuidado del profesor Battelli. Moría la mujer, comenzaba el mito.
            Pero ese mito no fue como el de Fernando Pessoa. Los críticos serios, los historiadores de la literatura, siempre miraron un poco por encima del hombro la obra confesional y apasionada de aquella poetisa de vida tan escandalosamente melodramática que no quiso limitarse al papel de aplicada colaboradora de Modas y bordados y demás labores propias de su sexo.

jueves, 23 de junio de 2011

Andrés Trapiello: De la vida retirada

Andrés Trapiello.
Capricho extremeño
Editora Regional de Extremadura.
Mérida, 2011.


No siempre, por no decir casi nunca, la opinión de un autor sobre su obra resulta la más adecuada. Cree Andrés Trapiello que los miles de páginas de su Salón de los pasos perdidos —diecisiete tomos publicados hasta la fecha— no deberían volver a publicarse de otro modo que como él los dispuso: “Cada libro tiene su orden y alterarlo extractando un fragmento es alterar el todo y, fatalmente, el fragmento”. Capricho extremeño, la antología publicada por primera vez en 1999, y que ahora se reedita convertida en otro y el mismo libro constituiría una excepción. “Nunca antes ni nunca tampoco después” volverá a permitir algo semejante.
Pero la literatura tiene sus propias leyes, con dificultad admite el modo imperativo. En Salón de los pasos perdidos hay una fabulosa colección de fragmentos, de muy desigual extensión –van desde las dos líneas hasta las casi cien páginas— que valen por sí mismos y que además presentan muy diversas valencias combinatorias. La estructura que les ha dado su autor —cada tomo se nos ofrece como el diario novelado de un año— es solo una de las posibles. Se pueden establecer otras combinaciones: las hagiografías de escritores amigos, las sarcásticas caricaturas de los rivales o de los amigos que han dejado de serlo, una colección de relatos de viaje, de visitas a las librerías de viejo… No faltan tampoco unas pungentes memorias de infancia y juventud ni unas minuciosas escenas de la vida conyugal. Fácil resulta profetizar que estos nuevos episodios nacionales y personales rara vez se reeditarán en su totalidad (aunque algunos ya se han reeditado en bolsillo), al contrario que los de Galdós, pero a cambio constituirán una cantera inagotable –como ocurre con la obra en prosa y verso de Juan Ramón Jiménez— de la que irán surgiendo nuevos títulos años tras año.
Ordenadas de distinta manera las mismas páginas nos dicen cosas distintas. Es lo que ocurre con este Capricho extremeño, que, en contra de lo que podrían sugerir título y prólogo, ni es un capricho de unos editores regionales ni tienen un interés meramente localista.
Son páginas virgilianas, cercanas a menudo a la prosa poética, pero en las que no falta la precisa observación realista, a veces con una nota de negro humor, páginas que ningún escritor de hoy podría escribir sin que nos sonaran a artificioso pastiche.
Durante los últimos treinta años Andrés Trapiello ha alternado la residencia en Madrid –paseos por el Rastro, opiniones contundentes sobre esto y aquello, sobre este y aquel, intrigas de la vida literaria—con las largas demoras en el Pago de San Clemente, situado cerca de Trujillo, donde posee "una casa vieja, un jardín y unos olivos". Allí ha querido llevar una vida de ilustrado propietario rural de otros tiempos (no muy distinta nos imaginamos que sería la de algunos contemporáneos de Horacio, Cervantes o Meléndez Valdés).
Detrás de Capricho extremeño se reconocen fácilmente los maestros. Uno de los más presentes es Miguel de Unamuno, el Unamuno de la intrahistoria y de las glosas de la vida familiar: “Observo a mis hijos, las horas muertas que se les vuelven siglos, el aburrimiento de buena parte de sus jornadas, y no puedo acordarme sino de aquellas horas mías muertas, y en cambio vivas ahora, resucitadas en ellos”. También están, claro, Azorín y el más cercano Muñoz Rojas de Las cosas del campo (en el último tomo del diario se traza de él una memorable semblanza). Pero el conjunto no podía haberlo escrito más que Andrés Trapiello. Solo él es capaz de escribir con la misma pasión y fruición de una lagartija, del dulce de membrillo, de las ciruelas, de las interminables siestas del verano extremeño, de las noches estrelladas, del humo que asciende y se deshace: “Más hermoso que el propio fuego del hogar serán siempre las hilachas del humo saliendo de la chimenea, humo azulado en la mañana de otoño, humo dormido entre las ramas enfermas de los olmos viejos. Y si el fuego es presente, el humo es presente y pasado y, para el viajero que lo ve de lejos, quieto en el valle sobre las casas viejas, para él sobre todo, que camina hacia la aldea, es nada más que futuro: el hogar que espera”.
Como en los diarios de otro tiempo, como en la vida rural, los cambios atmosféricos están muy presentes en unas páginas que, a veces, pocas veces, parecen un arcaizante ejercicio de estilo. El propio autor ironiza sobre ello. Pero la lluvia, la rara nieve, los días nublados, los días de sol, el prodigio del amanecer, los dilatados atardeceres aciertan a ser mostrados como lo que realmente son: milagros únicos, aunque infinitamente repetidos.
Unas pocas historias ajenas, unos pocos personajes, se ofrecen como contrapunto: el antiguo soldado alemán que apareció un día por el colegio en que el autor estuvo internado, el dueño de un cine de Trujillo, el retorcido aldeano que se contrapone al tópico idealizador: “Yo no sé de dónde se habrán sacado eso de la sabiduría de los hombres del campo. Por uno sabio, se topa con cien brutos y desalmados. Por un juicioso, cien berrocales y borrachos”.
No es, contra lo que pudiera parecer, Capricho extremeño un libro menor hecho de retazos más o menos brillantes. No deberían perdérselo ni los aficionados al campo ni, sobre todo, los que lo detestan.
Bastaría este título –y no es más que una gota en la desigual inmensidad de su obra— para otorgar a Andrés Trapiello un puesto singular en la historia de la literatura española. Debería permitir que más editores diligentes y buenos conocedores de su obra fueran extrayendo (y quizá limpiándolas de cierta ganga) las muchas obras ya impresas y sin embargo inéditas que se encuentran dispersas en ella.

jueves, 16 de junio de 2011

Luis Alberto de Cuenca: En la biblioteca de Babel



Luis Alberto de Cuenca
Libros contra el aburrimiento
Edición de Luis Miguel Suárez
Reino de Cordelia, Madrid, 2011


Hay dos modos de ejercer la crítica literaria. Clarín y Valera pueden ejemplificarlos. El primero era burlón y agresivo, no dejaba pasar una, sabía poner siempre a la mediocre pretenciosidad en su sitio, sin por eso dejar de subrayar la excelencia (Galdós encontró en él, desde el comienzo, a su mejor comentarista). Valera, en cambio, no perdía nunca sus buenas maneras de diplomático; los posibles reproches quedaban siempre envueltos en las volutas de su prosa educada y cordial; a menudo daba la impresión de que no acertaba a distinguir entre los versos ocasionales de cualquier dama de la alta sociedad y los poemas de Rosalía de Castro (a quien, por cierto, no incluyó en su florilegio de poetas del siglo XIX, en el que no falta condesa o marquesa que alguna vez pergeñara una estrofa).
            Luis Alberto de Cuenca tiene poco de Clarín y mucho de Juan Valera, con quien comparte además el buen conocimiento de la cultura clásica. Le gusta escribir desde la cordialidad generosa; sus reseñas están llenas de abrazos, agradecimientos, detalles personales, anécdotas aparentemente prescindibles: “El otro día –así comienza una semblanza de poco más de treinta líneas sobre Carmen Jodra— fui a Barcelona, a la Universitat Pompeu Fabra, invitado por José María Micó, que acaba de publicar una extraordinaria traducción castellana del Orlando furioso. Él no estaba, porque tenia que grabar un programa de televisión, y encargó a otro profesor de la casa, Eloy Fernández Porta, que me atendiese”.
Si encuentra algo que reprochar al autor reseñado, se lo calla educadamente. No hace lo mismo cuando se trata de criticar la “miopía socialista” o la “intransigencia nacionalista” que –en su opinión— han llevado a nuestros estudiantes a “una brutal ignorancia en materia de Humanidades”; tampoco cuando el editor no respeta los modos eruditos habituales: “Lamentamos que una vez más las notas figuren al final del volumen y no a pie de página, que es donde deberían figurar”.
            En principio, nada puede parecer menos atractivo que un acrítico centón con todas esas breves reseñas que Luis Alberto de Cuenca ha ido publicando, desde hace varias décadas, en el suplemento cultural del Abc. Abrimos Libros contra el aburrimiento  —atinado título, sugestiva portada— llenos de prejuicios, pero leemos acá y allá y el entusiasmo con el que se nos habla de la nueva edición de un clásico o de un tebeo, de una obra maestra de la literatura o de una monografía erudita sobre un tema muy menor se nos acaba contagiando.
            Libros contra el aburrimiento nos enseña a leer en simpatía, a no distinguir entre la llamada alta cultura y la cultura popular. Luis Alberto de Cuenca es un sabio, lo sabe todo de muchas cosas, pero eso no le impide glosar “a Mortadelo y Filemón, la pareja de hecho más justamente célebre de la historia del cómic patrio”, con el mismo entusiasmo que el dedicado a Dido y Eneas.
            Misteriosamente, todo lo que nos sobraba en la lectura periodística de estos artículos (las referencias autobiográficas, el irse por las ramas curriculares, los minuciosos detalles bibliográficos) encuentra su sentido en las páginas de este nutrido volumen.
            No solo se reúnen reseñas. Hay lugar también para las necrológicas y en ellas no faltan los curiosos apuntes autobiográficos: “Volvió luego a Galicia –se nos dice de Ramiro Fonte—, y allí le localicé allá por 2003 para que interviniera en el encargo que el presidente Aznar me hizo de poner letra al himno nacional. Al final fuimos cuatro poetas de diferentes regiones españolas –Ramiro, Jon Juarista, Abelardo Linares y el que suscribe— quienes acometimos y dimos fin a aquella empresa, pero fue Jon quien pergeñó la mayor parte de la versión definitiva”.
            La agrupación temática trata de poner orden en este fascinante maremagnum, que dice mucho de los plurales intereses del autor. “Oriente” nos habla, entre otras cosas, del cuento más antiguo del mundo, la mejor novela china y los fantasmas japoneses de Lafcadio Hearn; en “Religión y folklore” los héroes cristianos alternan con Caperucita, los mitos con Internet; dos secciones muy nutridas se dedican al mundo clásico y a la Edad Media; siguen luego, en orden cronológico, los capítulos que van desde el Renacimiento hasta la época contemporánea. Tras hablar de los cómics y del cine, aún hay sitio para dos complementos: “Varia” y “En cursiva”.
            Dejando a un lado las opiniones políticas del autor (que no se cuida de disimular, pero que tampoco exhibe con excesiva frecuencia), lo más discutible del volumen son sus referencias a la literatura contemporánea. De Las moras agraces, el primer libro de Carmen Jodra, nos dice que “ha supuesto para su generación lo mismo que supuso para la mía Arde el mar, de Pedro Gimferrer, mi nunca bien ponderado maestro: una auténtica revolución estética”. Añade que hay un antes y un después de ese libro en la poesía española última, como puede percibir “cualquier lector sensato y sensible”. El artículo se fecha en 2005. Si dudosa resultaba tal afirmación entonces; equivocada sin ninguna duda resulta desde la perspectiva actual.
            Pero bien mirado esas discrepancias no hacen sino añadir encanto a una miscelánea que es como una inagotable biblioteca de Babel. Abierto por cualquier página, nos encontramos con un ameno guía que con erudito entusiasmo nos sugiere la lectura de un libro. Aunque no siempre le hagamos caso, siempre es un placer escucharle.

jueves, 9 de junio de 2011

Manuel Moyano: Todas las aventuras




Manuel Moyano
Teatro de ceniza
Menoscuarto, Palencia, 2011


Pocos géneros literarios se prestan tanto al fraude como el haiku y el microrrelato. Al igual que en el arte conceptual, el espectador tiene que poner tanto de su parte que acaban siendo, en buena medida, cuestión de fe. Aunque no harían falta ejemplos, yo copiaré algunos. De Lydia Davis, “una de las autoras más originales e influyentes de nuestro tiempo”, se acaban de publicar su Cuentos completos (Seix Barral). Son relatos que, según se nos dice, “ha sido celebrados por su agudeza moral, su ingenio formal y su habilidad para capturar una miríada de sensaciones”. Abrimos el volumen por cualquier página y esto es lo que encontramos: “Me preguntas por Edith Wharton. / Sí, me suena mucho el nombre”. Fin del cuento. El titulo: “Perdiendo la memoria”. Volvemos a probar suerte: “Es extraordinario –dice una de las mujeres. / Es extraordinario –dice la otra”. El título: “Se turnan para usar una palabra que les gusta”.
Dora García —“artista sin obra” se ha definido alguna vez— representa a España en la bienal de Venecia. En el reciente número 1000 de un suplemento literario ofrece, como regalo manuscrito, uno de sus muchos relatos: “Un grupo de gente se encuentra en una sala de espera. Cada uno lleva en la solapa una etiqueta con su nombre y algunos datos sobre sí mismo. Pero algunas etiquetas mienten manifiestamente, como esa que cuelga de un hombre con bigote y que dice: Margarita, 14 años, estudiante”.
            Por eso es mayor la sorpresa cuando nos encontramos ante un libro como Teatro de cenizas, de Manuel Moyano. Solo muy rara vez alguna de sus cien piezas condesciende con la ocurrencia más o menos chistosa. El lector va de asombro en asombro. El comienzo del primer relato, “Ocaso de un imperio”, puede llevar a hacernos pensar en un aplicado discípulo de Borges: “Swift inventó el país de Liliput, poblado por hombres diminutos, y Tomás Moro la isla de Utopía, cuya capital es Amauroto. Yo también me dedico a inventar lugares imaginarios”. Y ciertamente a Manuel Moyano le gusta que le comparen con el maestro y por eso en ocasiones trata temas muy característicamente suyos, como ocurre en “Origen del mito”, otra vuelta al tema del Minotauro, no menos sorprendente que el borgiano “La casa de Asterión”, o en “El juego”, donde un hombre consigue la inmortalidad y abomina de ella. No teme ser comparado porque sabe –y no hay mayor elogio— que la mayoría de sus relatos pueden resistir sin desdoro esa comparación.
            Todos los grandes temas de la literatura fantástica, de la literatura de terror, de la narrativa tradicional están aquí, reducidos pero no empequeñecidos, bien reconocibles pero con un toque distinto. No podían faltar las historias de “engaño-desengaño”, el juego con las expectativas del lector. En “El escapista” no tardamos en descubrir quién es el mago que le descubre sus trucos a uno de sus discípulos, sin que eso disminuya el efecto de la irreverente vuelta de tuerca.
            A Manuel Moyano le gusta reescribir a su manera historias conocidas. La técnica de “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier, vuelve a utilizarse en “La bala”, donde la que mató a Kennedy hace el camino inverso desde los Archivos Nacionales del FBI hasta el plomo líquido del que procede. “Chuang Tzu” reinterpreta la fábula, tan grata a Borges, del soñador y la mariposa. Otra variante, más llamativa, es “Despertar”, donde se elimina la duda y en contra de lo esperado el sueño es la gris realidad de todos los días. “Autobús”, aunque aparentemente más convencional, resulta igual de sorprendente.
“Plenilunio” convierte la historia del terrible hombre lobo en la del desdichado lobo que se transforma en hombre las noches de luna llena. “El punto de vista” vuelve sobre las viejas fábulas y no necesita de moraleja para que el asno nos sirva de lección.
En el prólogo, cordialmente ditirámbico, como todos los suyos, pero esta vez no hiperbólico, Luis Alberto de Cuenca subraya el acierto con que se titulan estos relatos. Uno de los más breves dice así: “Vació el bidón de arsénico en la planta potabilizadora que abastecía a toda la ciudad. Sabía que su mujer siempre bebía agua del grifo”. El título añade el contrapunto irónico: “Desproporción”.
Si quisiéramos citar los logros de Teatro de ceniza habría que copiar casi íntegro el índice. No podría, sin embargo, dejar de mencionar el impactante apunte costumbrista titulado “Depresión”, ni dejar de copiar íntegro “Singladura”, que es el último relato del libro y que le sirve de perfecto colofón: “A lo largo de ese día, el viajero recorre a pie las desoladas llanuras de la tundra, navega en una goleta sorteando gigantescos témpanos de hielo, bucea a pulmón entre silentes bosques de coral y de madrépora, se enfrenta a una horda de caníbales, asciende a la cumbre donde un ídolo de oro le dirá el porvenir, enamora a la hija de un rey, mata a un oso con el solo auxilio de una daga. Es tan solo al término de esa larga jornada, cuándo el viajero escucha cómo alguien le indica, en tono apremiante, que ya es hora de cerrar y que debe abandonar inmediatamente la biblioteca”.
También nosotros salimos de este libro prodigioso, al que estamos deseando volver, con la sensación de haber realizado un largo viaje en el que caben todas las aventuras, todos los estremecimientos y todos los deslumbramientos  de la imaginación.

jueves, 2 de junio de 2011

Eduardo Zamacois: Una vida, cien novelas

Eduardo Zamacois
Un hombre que se va…
Edición de Javier Barreiro y Bárbara Minesso
Renacimiento, Sevilla, 2011


Hay escritores a los que es dado asistir a su propia posteridad. Uno de ellos fue Eduardo Zamacois, célebre en las primeras décadas del siglo XX, olvidado después, y que tuvo una fugaz y casi milagrosa resurrección cuando estaba a punto de cumplir noventa años. Zamacois había fundado, en 1907, El cuento semanal, publicación periódica, dedicada a la novela corta que sería largamente imitada y que serviría de revulsivo para la narrativa española. En 1957, medio siglo después, vivía en el exilio argentino de un modesto empleo burocrático (a los ochenta años había comenzado a trabajar por primera vez en algo no relacionado con la literatura); todos en España le daban por muerto. Su mujer –una de sus mujeres, siempre tuvo varias— quiso regalarle una enciclopedia y, al enterarse del precio, preguntó si a los escritores se les hacía algún descuento. “El diez por ciento”, dijo el librero. “¿A qué escritor se refiere usted?”. Ella dijo el nombre de Zamacois y el librero –que se apellidaba Miracle, milagro—, sorprendido, la llevó a su despacho para explicarle que, días antes, un librero de Barcelona le había escrito para pedirle que localizara a los herederos a fin de reeditar una de sus novelas, Memorias de un vagón de ferrocarril.
Hubo entonces un cierto revuelo periodístico a propósito de Zamacois. En 1967, Luis Ponce de León le invitó a volver a España. La carta en la que declina la invitación es un modelo de lucidez: “Yo leo entre líneas lo que dicen los periódicos de mi viaje, y hay en sus comentarios más compasión que aprecio. Es mi edad, antes que mi obra, la que estiman digna de glosarse. Hablan de mí como de un fenómeno biológico. Mis años les interesan más que mis libros”. Renunció por ello al viaje, aunque finalmente volvería en 1969 y se convertiría por un tiempo en escritor de moda. Pero interesaba más, como él suponía, el personaje que la obra.
Y sigue interesando más el personaje. Por eso el libro suyo que se lee con más gusto son sus memorias, Un hombre que se va…, a las que creyó poner punto final a los noventa años, pero a las que aún tuvo ocasión de añadir algún pasaje más cuando se reeditaron en 1969. Moriría dos años después. Había nacido en 1873, el año de la primera República, y se mantuvo lúcido hasta el final.
A Eduardo Zamacois le interesó el género memorialístico desde el principio. De mi vida, la primera entrega, es de 1903. Le siguieron otros títulos, entre los que destaca Años de miseria y de risa (1916), una de las más sugestivas evocaciones de la bohemia finisecular. Todas esas autobiografías parciales culminan en Un hombre que se va…, que es un libro distinto y unitario, aunque a veces repita páginas anteriores.
Un libro inagotable, como inagotable parecía la vida del autor. Hay en él una crónica fiel de la edad de plata, con retratos no retocados de algunos de los autores más ilustres. Esto es lo que nos cuenta de Rubén Darío, de quien un tiempo fue vecino: “El gran poeta abusaba del alcohol y no solía reintegrarse a su domicilio antes del amanecer. Compartía su hogar una mujer joven, de aspecto sencillo, ni fea ni bonita y metida en carnes, llamada Francisca Sánchez. Al par que de compañera actuaba de criada. Nunca se acostaba antes de que regresara su dueño, y cuando oía sus pasos vacilantes acudía a recibirle sin darle tiempo a llamar. Rubén llegaba siempre de mal humor, tenía el vino triste, cuando no agresivo, y a veces la golpeaba. Ella aguantaba el injusto castigo en silencio, pero en más de una ocasión la vimos, medio desnuda, con los cabellos revueltos y el afligido rostro bañado en lágrimas, huir a la calle y buscar refugio en la taberna de la señora Gala, establecida en el piso bajo de la casa”. Tiempo después se la volvería a encontrar casada con José Villacastín, editor y gran admirador de Rubén. La casa en la que vivían, en un pueblecito de Ávila (años después allí la encontraría Carmen Conde), era un verdadero museo del poeta: “Villacastín no se cansaba de hablar de él. Ella, no; ella le recordaba sin entusiasmo, sin cariño, y llegué a persuadirme de que la humildad con que en todo momento aceptó sus desafueros, obra fue de su nativa inclinación a obedecer, y no de amor al hombre, y menos de veneración al artista”.
Hay también en Un hombre que se va… una novela picaresca en la que el protagonista nos cuenta los mil y un engaños de los que se vale para escapar de la miseria. Sin rubor alguno refiere Zamacois de las trampas de las que se valió para burlar a sus acreedores. “Los lances turbios del camino” titula el subcapítulo en que nos narra su estafa a un hostelero de Berna.
Las memorias de un émulo de Casanova encontramos igualmente en este libro. Eduardo Zamacois fue un seductor que nunca tuvo que hacer ningún esfuerzo para seducir a nadie. Se limitaba a dejarse querer, y –si hemos de hacerle caso— nunca faltaron mujeres que estaban dispuestas a dejarlo todo por seguirle o por solo una aventura de una noche. Él era incapaz de decir que no, y por eso, más de una vez, tuvo que resignarse a compartir su vida con varias parejas al mismo tiempo.
Pero interesan más las páginas en que deja constancia del tiempo que le ha tocado vivir. Hace menos de un siglo, en los civilizados Estados Unidos, se hacía justicia de esta manera: “Una madrugada, el español Manuel Ugarte y otros amigos, me despertaron para invitarme a ver un linchamiento. Me vestí en un santiamén y les seguí. Se trataba de un negro que había atropellado a una joven blanca. El delincuente ya estaba preso, pero centenares de hombres y mujeres lo reclamaban, para destrozarlo, y se encaminaban a la cárcel precedidos y como al abrigo de un automóvil en que, pidiendo venganza a gritos, iba el padre de la víctima. Los policías, al ver acercarse la turba, hicieron ademán de disparar sus fusiles; mas no tiraron, y los asaltantes, que lo sabían, invadieron el recinto carcelario, de donde sacaron a rastras al negro. Cuando le ahorcaron, colgándole de un árbol, ya había muerto y su cadáver, destripado a puntapiés, era una masa gelatinosa, informe, rojinegra, cosida a puñaladas y a balazos. Poco después, su aparato genital lo exhibían, dentro de un frasco, en un lugar céntrico, y eran las mujeres, lujuriosas y crueles, como las Euménides de la fábula, las que lo miraban con mayor afán”.

jueves, 26 de mayo de 2011

Un enigma llamado Luis Cernuda

Antonio Rivero Taravillo
Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963)
Tusquets, Barcelona, 2011



El 15 de febrero de 1938, tras un largo viaje en tren, Luis Cernuda llega a París; no volverá a pisar tierra española. Así comienza el segundo tomo, Años de exilio, de la biografía que Antonio Rivero Taravillo le ha dedicado con un rigor y una minuciosidad poco frecuentes. Lo esencial de esa vida ya lo había contado el propio poeta en “Historial de un libro”; faltaban los últimos años, los de Desolación de la Quimera, y los pequeños detalles exactos.
Quizá Cernuda, como el poeta menor del poema de Borges, hubiera preferido “ser la ceniza de que está hecho el olvido” al recuento de las “triviales miserias” que conforman su vida, cualquier vida. La suya no fue particularmente aventurera; esta biografía, por ello, no es para todos los públicos, sino solo para los lectores devotos del poeta. Que después de ella sigue siendo un enigma, como lo fue en vida para todos los que le conocieron.
Curioso resulta que, de un autor que se ha convertido en icono homosexual, no se documente ninguna relación sexual. Gregorio Prieto, amigo suyo aunque de carácter completamente opuesto, habló de que parecía haber hecho voto de castidad; sus palabras fueron tomadas a broma, pero nada en esta biografía las desmiente.
El capítulo más ejemplar al respecto, también el más conmovedor, es el que cuenta su relación con Salvador Alighieri, el joven mejicano que inspiró los “Poemas para un cuerpo”, el menos carnal y sensual de los cancioneros amorosos, a pesar de su título. Luis Cernuda, de cincuenta años, conoció a Salvador, que entonces tenía veinte, en un gimnasio. El poeta hacía ejercicios ligeros para mantenerse en forma; el joven entrenaba todos los días para participar en concursos de culturismo. Luis Cernuda –por su edad y por ser español— fue objeto de algunas bromas y Salvador salió en su defensa. Medio siglo después, cuando le localizaron los biógrafos del poeta, ha recordado la historia de aquella amistad: “Los compañeros del gimnasio se burlaban luego de mí. Me decían ya llegó tu tío o no está tu tío. Cuál tío, es mi amigo, les replicaba yo. Lo hacían nada más que por molestarme. Pronto nos hicimos muy amigos. Luis me regañaba y aconsejaba como si fuera un padre. Íbamos a un café, el Night and Day, y ahí insistía en que no fuera tan loco, que me dejara de aventuras y respetara a mi mujer, porque yo, aunque muy joven entonces, ya estaba casado y tenía un hijo. También le visitaba a veces, primero en el hotel en que vivía, luego en su piso. Yo me ponía a hacer flexiones en la alfombra, mientras él me miraba, fumaba en pipa y hacía apuntes. Nunca leí nada de lo que escribía, ni le pedí que me lo leyera. Fui un tonto, pero creí que era una falta de educación ver lo que estaba haciendo. A veces, cuando yo estaba allí, llegaban algunos amigos suyos escritores. Tomaban copas, pero él apenas bebía. Yo quedaba fuera de la conversación, no podía yo meter mi cuchara para opinar porque eran personas muy inteligentes para mí. Luis hacía huevos muy ricos, una torta de huevos y le ponía un poco de leche a los huevos. La hacía para que cenáramos los dos. Ya después, con la confianza que me daba, yo me metía en la cocina y hacía algo. A veces él venía a mi casa. Muchas veces él y yo fuimos a la biblioteca de Benjamín Franklin a sacar libros para estudiar, para sacar lo de química; él me acompañaba y en su casa estudié mucho mientras él escribía, a veces hasta dos horas. También fuimos juntos a la playa. Me decía: Tengo vacaciones y me quiero ir al mar, ¿vienes conmigo? Íbamos a Acapulco, a un hotel frente a la playa de la Roqueta. Mientras yo nadaba en la playa o en la piscina, él solía fumar en pipa y escribir. Le gustaba mucho fumar una pipa. Debo decir que me ayudaba no solo moral sino económicamente; una vez me dijo con su acento andaluz: Hombre, Salvaor, no tienes zapatos, te voy a comprar unos. Yo participaba en competiciones de culturismo, y gané varias. En una me nombraron Míster Espalda, y él se reía y me decía, hombre, la mejor espada de México porque se habían equivocado en la revista y le había faltado la ele, y me vacilaba, y me tomaba el pelo. Íbamos al cine, al Olimpia, y cenábamos luego en un restaurante cercano, el Danubio. A mí me daba algo de vergüenza porque siempre pagaba él. Yo desaparecía a menudo sin avisar y luego él me regañaba: ¡Ay, Salvaor, tienes culo de mal asiento! Lo que hubo entre nosotros fue una gran amistad, algún abrazo, algún beso en la mejilla. Él no era amanerado, era un señor. Me ayudó bastante, la verdad. No he vuelto a tener un amigo como él, esos amigos se tienen una sola vez en la vida, y hoy le extraño mucho”.
En 1956, Salvador Alighieri decidió irse sin avisar a Estados Unidos y desapareció para siempre de la vida del poeta. ¿Para siempre? Años después, tras una visita solitaria a la playa de la Roqueta, escribió: “En la hora de la muerte / (si puede el hombre para ella / hacer presagios, cálculos), / tu imagen a mi lado / acaso me sonría como hoy me ha sonreído, / iluminando este existir oscuro y apartado / con el amor, única luz del mundo”.
A propósito de Luis de Baviera, en el poema a él dedicado, afirma Cernuda: “Las sombras de sus sueños eran para él la verdad de la vida”. Hablaba, como siempre en La realidad y el deseo, de sí mismo, sin dejar por eso de hablar de cada uno de nosotros. El amor, única luz del mundo, puede existir el amado ni siquiera llegue a enterarse: “Tu presencia / y mi amor. Eso basta”.
Antonio Rivero Taravillo, a propósito de ciertos comentarios vagamente antisemitas, declara que no ha pretendido escribir una hagiografía de Cernuda. No lo ha hecho. Nos lo presenta con todas sus sombras y todo su esquinado carácter. No era simpático Cernuda, lo sabíamos bien, pero no por eso, como esta biografía demuestra cumplidamente, su ascética vida al servicio de la poesía resulta menos ejemplar.

jueves, 19 de mayo de 2011

Rodrigo Olay: Más es más

Rodrigo Olay
Cerrar los ojos para verte
Premio Asturias Joven de Poesía
Editorial Universos, Mieres, 2011


Pocas veces al buen lector de poesía le habrá sorprendido tanto un primer libro como Cerrar los ojos para verte, de Rodrigo Olay. Aparece cuando el autor tiene veintidós años, comenzó a escribirse cuando tenía dieciséis, y no hay en él nada del desbordamiento sentimental, de la nebulosa rebeldía, de los tropezones con la sintaxis y la sindéresis, de la ingenua y torpe gracia que esperaríamos en un poeta de esa edad. Tampoco encontramos ningún involuntario mimetismo, ningún dejarse llevar por una voz ajena, aunque al lector apresurado le pueda parecer lo contrario, ya que pocos textos no sirven de pretexto para un deliberado homenaje.
Comienza y termina el libro con un ejercicio erudito que aúna erudición y buen humor. El prólogo lo firma un apócrifo Gonzalo de Berceo y está escrito en la monorrima cuaderna vía y en un remedo del castellano medieval. Ya el adolescente Rubén Darío hizo algo semejante parafraseando la historia de la poesía española desde sus arcaicos balbuceos. Y Rubén Darío (también Baudelaire) no deja de estar presente en este poema circunstancial que ya sirve para marcar distancias con cualquier otro principiante.
El epílogo, “Appendix probi”, podría haberlo escrito un Jorge Luis Borges que hubiera leído a Víctor Botas y fuera un buen conocedor de la poesía española contemporánea. Hacen falta muchas lecturas para desentrañar todas las claves de la bibliografía, una pieza satírica que no habría desentonado en las crónicas de Bustos Domecq.
De las muchas y bien asimiladas lecturas de Rodrigo Olay no nos queda ninguna duda: aquí están Antonio Machado (en el comienzo de “Constantes vitales” y en el soneto a él dedicado), Víctor Botas (“Historia antigua”), Gil de Biedma (“¿Existe una razón para volver?”, “Canción de aniversario”, “Según sentencia el tiempo”), Javier Almuzara (“Por la secreta escala”, “L’amour de loin”), Vicente Gaos (“porque si Dios no existe, existes tú”, escribe Olay; “existe al menos tú, si Dios no existe”, Gaos), Omar Jayyam (“Amor que no devasta no es amor”), Lope de Vega (“Cuando es amor, quien lo probó lo sabe”), Juan Manuel Bonet (“La patria oscura”), Borges (“A un poeta menor de 1989” y un poco, acá y allá, por todas partes), Kipling (“Soldado cobarde”), Miguel d’Ors (“Fatvm”)… Cito solo, al pasar de las páginas, las referencias más evidentes. En unos pocos casos se explicitan en el título: “Apostilla a un haiku de Aurora Luque”, “Con Pedro Salinas, contra Santa Teresa”.
El lector apresurado, ya lo dije antes, podría pensar que nos encontramos solo ante un brillante ejercicio escolar. Si fuera así, no sería poco. Resulta escasamente habitual que el poeta que comienza a dejar de ser inédito demuestre que conoce  bien su oficio, que ha hecho los deberes. Rodrigo Olay no ignora los secretos de la métrica, jamás se le escapa un verso mal medido o un acento fuera de sitio (aunque en algún caso quiera aparecer cuidadosamente despeinado).
Pero la sorpresa mayor que nos ofrece Cerrar los ojos para verte es encontrarnos con un puñado de poemas sabios y verdaderos, que nos asombrarían y conmoverían igualmente aunque no supiéramos la edad de su autor. Son poemas que podrían figurar en cualquier antología de la poesía española actual, y que sin duda están destinados a permanecer en las antologías.
En algunos casos se trata de textos breves, como algunos de los haikus y cantares o, muy especialmente, los epitafios de “Según sentencia del tiempo”. El modelo es menos la Antología palatina (aunque también) que Kipling y Borges. No desmerece, junto a sus maestros, la memorable concisión emocionada de más de unos de estos epigramas.
Si en “El manco” tantea Olay la técnica de engaño-desengaño estudiada por Bousoño en su Teoría de la expresión poética (el poema nos hace creer que nos habla de Cervantes hasta que el último verso nos descubre que se trata de un personaje de La guerra de las galaxias), en el poema “Operación triunfo” la lleva a la perfección. Todo el poema parece que nos cuenta el auge y caída de una estrella del rock. Acá y allá se van dejando algunas pistas (“empeñado en cargar su cruz a cuestas”), pero solo el último verso (más la palabra final del penúltimo) nos desvelará quién habla y de quién habla.
Otros poemas que merecen subrayarse: “La verdad en el arte es la belleza” (“Pero no acostumbrarme, pero nunca / olvidar el milagro”); “El retrato”, soneto alejandrino (“Una sombra se escurre sobre aceras mojadas…”); “Fatvm”, sobre lo que habría ocurrido “si Aquiles no se hubiera ido a la guerra”; algunos de los poemas de amor…
La mayoría de los primeros libros, incluso cuando no se trata de un prematuro borrador, valen más que por ellos mismos por lo que permiten intuir de lo que el autor podrá llegar a ser. Cerrar los ojos para verte nos asombra por lo que su autor ya es.

jueves, 12 de mayo de 2011

Menú degustación

De Manuel Ciges Aparicio, uno de los olvidados del 98, reedita Renacimiento Del periodismo y la política (1907), autobiografía y sátira que tiene la amenidad de una novela picaresca. El prologuista, José Esteban, cita en nota una nota del Laberinto español, de Gerald Brenan, que cuenta un secreto cuya revelación le valdría a Ciges Aparicio ser fusilado en 1936, nada más comenzar la guerra civil: “La única baja entre los oficiales en una corta campaña de 1893 fue el comandante en jefe general Margallo. Se le dio por muerto en acción de guerra. En realidad fue abatido de un tiro por el joven teniente Miguel Primo de Rivera, el mismo que más tarde se convertiría en dictador, indignado por el hecho de que los fusiles con que los moros estaban matando a los españoles hubiesen sido vendidos ocultamente por el general”. Quienes hablan de la decadencia del periodismo y del descrédito de la política, no deben perderse este viaje en el tiempo a la realidad española de hace un siglo. Hay cosas que nunca cambian, pero las que han cambiado no parece que –al contrario de lo que piensan apocalípticos y agoreros— lo hayan hecho siempre para peor.
Con el título de El pájaro y la flor (Alianza), Carlos Rubio compendia, en poco más de un centenar de páginas, mil quinientos años de poesía clásica japonesa. Ha escogido los poemas con los que se identifica más, pero no ha querido hacer una recreación personal, ofrecernos una versión que pudiera leerse como un poema español. “Me he esforzado –nos dice— por mantener las brumas y los silencios del original”. El resultado resulta un tanto duro a veces, pero a poco que el lector ponga algo de su parte no tardará en llegarle la magia de esta poesía milenaria, que no han logrado banalizar los miles de aficionados al haiku: “Flotando como / desvanecida espuma / paso los días, / sin rumbo, sin apoyo, / a la deriva”.
El creador es el mejor crítico, se ha dicho más de una vez. Y aunque no siempre es así siempre resulta ilustrativo escuchar a un gran escritor hablar de su trabajo. Es lo que hace Edith Wharton en Escribir ficción (Páginas de Espuma), aunque no se refiera expresamente a sus novelas. Son páginas escritas a mitad de los años veinte y en ellas subraya los dos riesgos de la narrativa del momento: el recelo hacia la técnica y el temor a no ser original. Heredera de los grandes novelistas del XIX, considera que “la verosimilitud es la verdad del arte”, que la novela debe dar una ilusión de vida: “Cualquier convencionalismo que dificulte la ilusión está en el lugar equivocado. Y pocos la dificultan más que ese descuidado hábito que tienen algunos novelistas de salir y entrar a trompicones de la mente de los personajes, para retirarse luego a escrutarles desde fuera como si fueran quienes manejan los hilos de las marionetas del teatrillo”. Su maestro, Henry James, “buscó el efecto de verosimilitud ajustando rigurosamente todos los detalles de su retrato al tamaño y a la capacidad del ojo que los miraba”. Algo ingenuas parecen, vistas desde hoy, algunas de las afirmaciones de Edith Wharton. Pero solo lo parecen. Detrás de ellas está menos el teórico que el artesano que conoce bien su oficio.
Una cita de Rudyard Kipling le sirve a Mathias Enard, novelista francés de 1972 que ha sido profesor de árabe en Barcelona, para titular su último libro Habladles de batallas, de reyes y elefantes (Mondadori). La cita dice así: “Ya que son como niños, habladles de batallas y reyes, de caballos, de diablos, de elefantes y de ángeles, pero no dejéis de hablarles de amor y de cosas semejantes”. Miguel Ángel, enfadado con el papa Julio II, que le adeuda grandes cantidades de dinero, abandona Roma. En Florencia recibe una invitación del sultán Bayaceto. Quiere que vaya a Constantinopla para construir un gran puente sobre el Cuerno de Oro. Leonardo da Vinci ha fracasado en el mismo proyecto. Mathias Enard no convierte el relato de la estancia de Miguel Ángel en Constantinopla (la invitación fue real, el viaje es una ficción verosímil) en una minuciosa novela histórica. Prefiere el fragmentario minimalismo que no desdeña el apunte ensayístico ni el poema en prosa. La anécdota narrativa es un pretexto para ofrecernos una teoría de la ficción como forma de seducción: “Sé que los hombres son niños que ahuyentan su desesperanza con la cólera, su miedo con el amor. Se aferran a los relatos, los ponen por delante como estandartes; cada uno hace suya una historia para inscribirse en la multitud que la comparte. Se los conquista hablándoles de batallas, de reyes, de elefantes y de seres maravillosos; contándoles la bondad que habrá más allá de la muerte, la intensa luz que presidió su nacimiento, los ángeles que lo acompañan, los demonios que lo amenazan, y el amor, el amor, esa promesa de olvido y de saciedad. Habladles de todo eso, y os amarán; harán de ti el igual de un dios”.
La reedición, con alguna supresión y varias adiciones, del Diccionario de las artes (Debate), de Féliz de Azúa, ofrece un buen pretexto para acercarse de nuevo a una obra inagotable, tan deslumbrante como irritante. Aunque la forma sea la de un diccionario, su intención no es la de recopilar con afán divulgativo lo que hoy se sabe sobre las diferentes actividades artísticas, sino la de exponer una tesis sobre “la muerte del Arte” que lo convierte no en un suceso fúnebre, sino en todo lo contrario, “ya que libera mútiples actividades espectaculares, estúpidas, juguetonas, políticas, sorprendentes, creadoras, cretinas, prentenciosas, ingeniosas, insignificantes, profundas, conmovedoras, grandiosas, miméticas, imbéciles, sublimes, aburridas, comerciales, curiosas, triviales o sensacionales”, actividades que siguen produciendo aquellos que se dedican a las artes.
Los escritores muy célebres en vida, suelen entrar en un más o menos largo purgatorio de silencio y olvido tras su desaparición, antes de convertirse en clásicos o de quedar arrumbados para siempre. No ha sido ese el caso de Borges. Un cuarto de siglo después de su muerte en Ginebra, ni su prosa ni su verso ha perdido nada de su capacidad de asombro y deslumbramiento. Una nueva edición de su Poesía completa (Lumen), quizá la más atractiva tipográficamente de las publicadas hasta la fecha, nos permite volver a poemas que podemos leer con los ojos cerrados porque resuenan desde hace años en la memoria: “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo nos hemos despedido?”. Y junto a ellos tantos otros que increíblemente hemos olvidado y que descubrimos de pronto, al azar de las limpias páginas, como inéditas revelaciones.

jueves, 5 de mayo de 2011

Antón García: Memoria de la lengua, lengua de la memoria

Antón García
La mirada aliella / La mirada atenta
Antología 1983-2006
Trea, Gijón, 2011
Introducción de Araceli Iravedra


En la historia de la literatura asturiana tiene un sitio cierto Antón García; fue el primero –o uno de los primeros— en limpiarla de folklorismo y servilismo regionalista, y es uno de sus mejores estudiosos. Ahora que nos presenta una amplia selección bilingüe de su poesía, en versión del castellana del propio autor, es el momento de comprobar hasta qué punto ese lugar en la crónica reciente del resurgimiento astur se corresponde con un real interés poético.
No me parece a mí que lo tenga del todo Estoiru (Estuche), su primer libro, un curioso ejercicio lingüístico a la manera de Eugénio de Andrade, pero sin que la sucesión de metáforas, a veces un tanto intercambiables, sobre palabras cotidianas –hoja, viento, luna, vidrio— se acerque a su música ni su magia. Nadie antes había escrito poesía en asturiano sin anécdota, sin costumbrismo y sin sentimentalismo. Gran mérito fue ese en su momento, pero no suficiente para atraer hoy la atención del borgiano lector hedónico.
Muy distinto es lo que ocurre con Los díes repetíos, que puede figurar sin desdoro entre las obras más significativas publicadas en cualquiera de las lenguas peninsulares en la década de los ochenta. Los maestros de Antón García en ese libro son los de los poetas jóvenes de entonces: Gabriel Ferrater, que le da título, Juan Luis Panero, Fernando Pessoa. Se trata de una obra muy generacional (“Generación” se titula precisamente uno de los poemas), pero en absoluto intercambiable. Antón García encuentra un tono propio de ensimismada melancolía. El escenario de muchos de estos poemas es un café provinciano desde el que ver pasar la vida o añorar un amor que sin duda sucede en el pasado, aunque sea un amor presente.
Tras ese libro ejemplar y excepcional entra Antón García en un largo período de silencio. Casi veinte años transcurren antes de que complete un nuevo libro, Tierra adientro, aunque parcialmente se anticipara antes. No es una obra unitaria; se nota que, tras el logro de Los díes repetíos, el autor ha tanteado diversos caminos sin acabar de decidirse por ninguno. En Tierra adientro hay espléndidos poemas –el dedicado al suicidio de Pavese, por ejemplo— que podían figurar en el libro anterior y también algún que otro ejercicio circunstancial o demasiado volcado hacia el sentimentalismo, como las dos canciones reunidas bajo el título de “Nadie lo sabe”.
Lo más característico de Tierra adientro es el componente reivindicativo y el autobiográfico. Se homenajea a Fernán-Coronas (el poeta en asturiano que marcó el camino a seguir) y a un “probe de pidir” que entre sus escasas posesiones guarda “unes cuantes palabres asturianes” que los demás han olvidado: “Los animales del monte son l’osu, / la fuina, l’esquil ya la muniella, / el xabaril, el faisán ya’l melandru, / el rizcayeiru, el llobu, la rapiega…”
Los versos que cierran el libro, y esta antología, no pueden resultar más significativos: “Asina ye la vida del mio pueblu, / la historia d’esta tierra, / esta llingua: / xunto a una casa derrotada / palabres como piedra, / montones de palabres / que son nada”. Pero la anécdota que sirve de pretexto para esa conclusión resulta inconsistente: un caminante pregunta por un dolmen a una mujer muy vieja que está a la puerta de su casa; ella le señala el camino, y luego añade que ni es un dolmen ni es nada, “namás piedras unas enriba d’outras”. No resulta verosímil que sepa lo que es un dolmen y luego diga que el que está cerca de donde ella vive “ni es dolmen ni es nada”.
Algunos de los más ambiciosos poemas de Antón García están en Tierra adientro, como el titulado “Casa”, demorada evocación de la casa de la infancia y de un mundo perdido para siempre, o “El último busgosu”, una incursión en el ámbito de la mitología asturiana.
Bien conocida ya entre quienes leen en asturiano, esta edición bilingüe de La mirada aliella, pretende difundir la poesía de Antón García entre los lectores de lengua española. Conviene, por ello, hacer alguna advertencia. Aunque la traducción es del propio autor, y no ha desdeñado buscar alguna ayuda que se indica en la nota final, resulta quizá discutible en ciertos puntos. Parece buscar menos la fidelidad que la corrección métrica. Algún cambio resulta especialmente llamativo. En el poema titulado “Del to llugar” leemos: “Florecen les vegues: prende la lluna / el candil de la escarcha y a esperar / qu’amanezca la xelada se tiende”. La versión castellana dice así: “Se iluminan las vegas; la luna abre / el cajón de la escarcha y el cristal / de la helada se acuesta, espera el alba”. ¿Abrir un cajón se dice en asturiano “prender el candil”? Primera noticia.
Podríamos seguir citando ejemplos: “Mañana, / si quier, que vuelva l’olvidu besame”, termina el poema “Café”. El autor, para mantener las dos sílabas y conservar el endecasílabo, traduce “si quier” por “tal vez” y, aparte de empeorar el verso, al mantener la forma verbal incurre en una inconsecuencia gramatical: “Mañana, / tal vez, que vuelva el olvido a besarme” (debería decir “mañana, tal vez, volverá el olvido a besarme”).
Una versión más literal a menudo mejora el poema. En “Cutariellu” leemos: “Xuntos sentiemos l’inquietu enredar / de los nenos, el ruxir de la yerba / onde una culuebra que s’esguilaba / texía ente nós l’amor d’estos versos”. El poeta traduce: “Juntos oíamos el jugar inquieto / de los niños, un rumor en la hierba / cuando una culebra que se arrastraba / iba tramando el amor de estos versos”. Una versión menos “peinada”, pero más ajustada al original diría así: “Juntos sentíamos el inquieto enredar / de los niños, el rumor de la hierba / donde una culebra que se deslizaba / tejía entre nosotros el amor de estos versos”.
Aunque sea obra del mismo autor y a menudo dé la impresión de pretender tener valor autónomo, resulta preferible considerar la versión castellana como una simple ayuda para acercarse al original, algo no demasiado difícil para cualquier lector de lengua española. Comprobará así que, al margen de su importancia en la historia de la literatura asturiana (hasta ahora el pariente pobre de las literaturas peninsulares), Antón García es un poeta verdadero que puede tener la certeza, como afirma en el poema “De parte tarde”, de que algunos de sus versos han de seguir resonando “mientras dalguién aliende / y hebia lluz nunos güeyos”. Y se le seguirá leyendo, aparte de en siempre imperfectas traducciones, “nesta llingua na que t’escribe y ama”. 

jueves, 28 de abril de 2011

Susan Sontag: Despeinada intimidad

Susan Sontag
Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964
Mondadori, Barcelona, 2011
Edición de David Rieff

Susan Sontag, toda voluntad e inteligencia, había vencido más de una vez una enfermedad considerada mortal, y estaba convencida de que iba a vencer también el que sería el último envite; por eso no se preocupó de dejar instrucciones sobre sus escritos inéditos, especialmente el diario que había llevado regularmente desde su adolescencia. Parece seguro que no le habría gustado ver publicadas esas páginas, en las que tanta importancia tienen las intimidades sexuales. Pero no las destruyó, sino que las vendió a la Universidad de California en Los Ángeles y en el contrato no había ninguna cláusula que prohibiera su consulta a estudiosos o simples curiosos. Por eso su hijo ha decidido publicarlas antes de que sirvan de base a biografías más o menos escandalosas.
La sexualidad –el descubrimiento y la aceptación de su homosexualidad, sobre todo— está muy presente en este primer tomo del diario, que abarca desde los dieciséis años hasta que, ya bien cumplidos los treinta, publica su primera novela, El benefactor, pero no es lo más importante, aunque sí lo que más molestaría a su autora, que nunca quiso referirse en público a su orientación sexual.
La primera anotación enumera las cosas en las que cree: “que no hay un dios personal o vida después de la muerte”, “que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser uno mismo, es decir, la honradez”.
Susan Sontag siempre fue fiel a sí misma, jamás flaqueó en el empeño de ser quien creía que debía ser. Desde muy joven hizo suyas las palabras de Plotino en las Eneadas: “Adéntrate en ti mismo y mira. Y si todavía no te encuentras hermoso, actúa como el creador de una estatua que debe hacerse hermosa: corta aquí, cincela allá, suaviza en otro lado, hace esta línea más ligera y la otra más pura, hasta que nace un rostro hermoso de su obra. Haz tú lo mismo: corta todo lo que es excesivo, endereza todo lo que está torcido, ilumina todo lo que está encapotado, trabaja para que todo se convierta en brillo de hermosura y nunca dejes de cincelar tu estatua hasta que dentro de ti surja luminoso el esplendor de la virtud que es semejante a los dioses, hasta que veas la bondad perfecta en el templo, sin mácula”.
Hizo suya esas palabras, pero ella buscaba menos la bondad que la inteligencia. “Mejor ser resuelta, obstinada, que cortés, complaciente, deferente con las preferencias de otra persona”, escribió. Fue dura con los demás, pero nunca tanto como consigo misma. En el prólogo, David Rieff escribe: “En este diario el arte es visto como una cuestión de vida o muerte, donde se da por supuesto que la ironía es un vicio, no una virtud, y en el que la seriedad es un bien superior”. Quien nunca se permitió mostrar ninguna flaqueza en su obra publicada, exhibe ahora sus dudas y vacilaciones, el esfuerzo que le costó llegar a ser quien es. A veces sentimos ganas de mirar hacia otro lado, confusos y algo molestos por el exceso de despeinada intimidad.
No todos los libros son para todos los lectores. Nadie debe acercarse a estos diarios si no es ya un buen conocedor de Susan Sontag, si no la admira o la detesta. Renacida es un libro, pero no es una obra literaria, sino una serie de anotaciones que muy a menudo solo tienen, si lo tienen, valor documental. El 9 de enero de 1950 apunta por ejemplo lo que debe releer (el Doctor Faustus) y lo que debe leer, obras de Antonia White, Aldous Huxley, Herbert Read y Henry James. El día anterior a cumplir 24 años (el 15 de enero del 57) nos encontramos con una serie de “deberes”: tener mejor postura, escribir a su madre tres veces por semana, comer menos, escribir dos horas al día como mínimo, nunca quejarse en público, enseñar a su hijo David a leer.
No abundan en exceso los fragmentos con valor por sí mismos. Algunas anotaciones tienen carácter aforístico: “Comprender el mundo es verlo alejado de los propios sentimientos”, “El coste de la libertad es la infelicidad”, “La bondad no es una virtud, ser bondadoso es tratar a los demás como inferiores”. En otros casos nos encontramos con apuntes viajeros. El 15 de abril del 58 resume dos semanas de viaje por España en compañía de su amante: “La corrida de Sevilla, el modo en que se me revolvieron las tripas cuando el primer toro cayó en la arena. El martes en Madrid, el modo en que las pinturas de El Bosco y la música flamenca bulleron toda la noche en mi cabeza… Los cascos de estilo nazi de los soldados que marchaban en alguna de las procesiones sevillanas”. No llevó su diario durante el viaje “porque sabía que Harriet llevaría el suyo, y me pareció muy grotesca la imagen de las dos compartiendo alguna habitación de hotel mientras escribíamos la una frente a la otra, elaborando nuestras identidades privadas, pintando nuestros infiernos privados”. Meses después, en julio, viajan a Grecia, y en el diario queda esta enumeración caótica: “Las regordetas reinas estadounidenses de Atenas, las polvorientas calles llenas de obras en construcción, los conjuntos de buzuki en los jardines de las tabernas por la noche, comer platos de yogur espeso y rodajas de tomate y pequeños guisantes verdes y beber vino resinoso, los enormes taxis Cadillac, los hombres de mediana edad paseando o sentados en el parque repasando sus cuentas de ámbar, los vendedores de maíz sentados en las esquinas con sus braseros, los marineros griegos con sus ajustados pantalones blancos y anchas fajas negras, las puestas de sol color de fresa tras las colinas de Atenas vistas desde la Acrópolis, los ancianos en las calles sentados junto a sus básculas que ofrecen pesarte por un dracma”.
Hay diarios que son una obra literaria más, que podemos leer sin conocer nada de su autor; otros solo nos interesan si nos interesa quien los ha escrito. Es el caso de Renacida, que nos permite asomarnos a la intimidad de una mujer que no podemos dejar de admirar, pero con la que simpatizar no resulta demasiado fácil.

jueves, 21 de abril de 2011

Nuestros padres mintieron


Tengo una cita con la muerte
Selección, traducción y prólogo de Borja Aguiló y Ben Clark
Ediciones Linteo, Orense, 2011


Poco tiempo le duró a la Gran Guerra ser la más espantosa catástrofe que le había ocurrido en la humanidad. Veinte años después, Alemania invade Polonia, comienza la Segunda Guerra Mundial, y pierde su carácter excepcional para convertirse en la primera de una serie. Pero hubo algo que la distinguió de los anteriores conflictos bélicos, y la sigue distinguiendo de los siguientes: el entusiasmo con que fue acogida en todas partes. Stefan Zweig cuenta en sus memorias, El mundo de ayer, el ambiente de fiesta con que se encontró en Austria a su llegada de Bélgica, unos días después de iniciada la guerra: “Los trenes se llenaban de reclutas recién uniformados, ondeaban las banderas, retumbaba la música marcial, y en Viena hallé la ciudad entera sumergida en estado de embriaguez”. El miedo a un conflicto que nadie quería se había transformado en entusiasmo: “Se formaron manifestaciones en las calles; en todas partes flameaban banderas y se escuchaba música; los jóvenes reclutas marchaban en triunfo, con los rostros iluminados, porque se les saludaba jubilosamente, a ellos, los pequeños hombres del diario vivir, a quienes nadie antes había celebrado y en quienes nadie había fijado su atención”.
El entusiasmo no fue menor en Londres, aunque sí quizás menos espontáneo. En el prólogo a Tengo una cita con la muerte leemos: “Si Gran Bretaña debía ir a la guerra, sería necesario un ejército, y el gobierno sabía que los alemanes llevaban años de ventaja. Se inyectó espíritu patriótico a todos los actos públicos; los teatros ofrecía espectáculos en los que el soldado era retratado como un héroe, rodeado de hermosas bailarinas. Hubo grandes oradores, con Kipling a la cabeza, que supieron avivar cierta nostalgia imperialista y muy pronto las grandes colas frente a las oficinas de reclutamientos desbordaron las mismas”.
La guerra era vista como algo heroico y romántico; unos y otros preveían una gloriosa marcha triunfal: “Para Navidad estaremos en casa”, gritaban los reclutas a sus madres en Londres o en Berlín.
También los poetas, como no podía ser de otra manera, contribuyeron a ese fervor patriótico. El más famoso de todos fue Rupert Brooke, cuyo soneto “El soldado” incitó a muchos a alistarse: “Si he de morir, pensad esto de mí: / que hay un rincón de tierra extranjera / que es ya Inglaterra para siempre”. Rupert Brooke tuvo suerte: murió en 1915, enfermo de insolación tras una excursión por Egipto, antes de que la guerra desvelara su verdadero rostro; la guerra fue para él solo una ocasión de viril camaradería en el más hermoso escenario, el mar de Homero y de Byron. Poco después de su muerte, el barco en que viajaba, el Grantully Castle, puso rumbo hacia la península de Gallípoli y allí morirían todos sus compañeros de la más atroz y estúpida manera.
Y es que la Gran Guerra fue una fiesta patriótica –o así quisieron hacerla ver— hasta que se estancó en las trincheras y resultó imposible dejar de verla tal como era. Para Inglaterra el cambio tuvo que ver con la batalla del Somme, cuando ingleses y franceses quisieron romper las líneas alemanas: “Fue una masacre. El primer día, el 1 de julio de 1916, los británicos sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales (con 2.152 desaparecidos). Especialmente dramático resultó para la moral de las tropas y para la sociedad británica la aniquilación casi total del Regimiento de Newfoundland, que atacó con 801 hombres, perdió más de 500 a causa de la metralletas alemanas y regresó con solo 68 soldados ilesos. Al final del día las líneas alemanas seguían prácticamente intactas”.
Los poetas que se antologan en Tengo una cita con la muerte reflejan el estado de ánimo que siguió a esa catástrofe, tan distinto al que había al iniciarse la guerra. Todas las mentiras patrióticas se habían venido abajo; nada de glorioso había en matar y morir porque así se había decidido en remotos despachos y por inconfesables razones.
Rupert Brooke murió creyendo en los versos clásicos que tantas matanzas han justificado: “Dulce et decorum est pro patria mori”. Wilfred Owen –uno de los más destacados poetas de la antología— le da la vuelta a esa patriótica patraña en un poema titulado precisamente “Dulce et decorum est”: “Doblados en dos, como viejos mendigos envueltos en sacos, / las rodillas rotas, tosiendo como brujas, maldecíamos en el lodo…”.
Borja Aguiló y Ben Clark seleccionan solo a los poetas de la Gran Guerra que murieron en ella. La mayoría tenían poco más de veinte años (Edward W. Tennant murió a los diecinueve, en la batalla del Somme, que comenzó el día de su cumpleaños como el más siniestro regalo). Aunque no todos son grandes poetas, como no podía ser de otra manera, raro es el que no nos ha dejado unos versos memorables.
Quedan fuera por esa razón de Tengo una cita con la muerte poetas que no pueden faltar en ninguna antología sobre la Gran Guerra, como Siegfried Sassoon o Rudyard Kipling. A Kipling, cuya retumbante retórica imperialista, había llevado a tantos jóvenes a alistarse, se le deben algunos de los más sobrios y emocionantes epitafios que se hayan escrito nunca. Entre ellos el dístico que Jon Juaristi parafrasea –sin citarlo— en uno de sus poemas más citados “Spoon River, Euskadi”: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo”. Los escuetos versos de Kipling, que podían inscribirse como epitafio único en esos cementerios con miles de tumbas iguales y anónimas, dicen así: “If any question why we died, / tell them, because our fathers lied”. Sabía de qué hablaba: uno de esos muertos ilusionados y engañados era su propio hijo, que acababa de cumplir dieciocho años.

jueves, 14 de abril de 2011

Alberto Manguel: Una vida, una biblioteca, un amor


Alberto Manguel / Claude Bouquet
Conversaciones con un amigo
Traducción de Pedro B. Rey
La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2011


Pocas infancias tan inverosímiles como la de Alberto Manguel. Nació en Buenos Aires, en 1948. Un capricho de Perón convirtió a su padre, que nada tenía que ver con la diplomacia, en el primer embajador en el recién creado Estado de Israel. Allí pasó sus siete primeros años. Aprendió a hablar en alemán y en inglés, las lenguas de su niñera, Ellin Slonitz, judía alemana. Lo curioso es que sus padres solo hablaban español y algo de francés. Las únicas palabras que el niño Manguel podía intercambiar con sus padres, a los que veía muy de cuando en cuando, aunque vivían en la misma casa eran: “Buenos días, señor. Buenos días, señora”. A los tres o cuatro años comenzó a formar su biblioteca: “Cuando yo quería, Ellin me llevaba a la librería y yo podía comprar los libros que eligiera. Nunca me dijo: Ese libro es para adultos”. Con Ellin viajó a Venecia, a París, a Jordania, a Alemania. No iba a la escuela. Ellin era su tutora y casi la única persona con la que trataba.
Con el título poco significativo de Conversaciones con un amigo, Alberto Manguel le cuenta su novelera vida al editor Claude Bouquet y divaga sobre esto y aquello, sobre el compromiso político, el nacionalismo, la decadencia de las librerías. Nos interesan sus opiniones, atinadas unas veces y desatinadas otras, como las de todo el mundo, pero lo que nos apasiona es el recuento de una trayectoria errabunda que comienza en Buenos Aires, sigue por Israel, pasa por París y por Londres, por Tahití y Canadá, y acaba asentándose en una biblioteca construida en lo que fue casa de un cura en la Francia profunda.
A los siete años, tras la caída de Perón, la familia de Manguel regresa a Argentina. Allí, tras pasar por diversos centros, tuvo la suerte de ingresar en el Colegio Nacional de Buenos Aires, el más prestigioso del país. Si uno es de donde ha estudiado el bachillerato, no cabe duda de que Manguel –que vive en Francia y tiene pasaporte canadiense— es argentino. “Si tuviera que escoger un momento determinante en mi vida, sería ese periodo de seis años en la escuela secundaria”. El Colegio Nacional de Buenos Aires está en la Manzana de la Luces, a dos pasos de la Casa Rosada, en el centro mismo del poder político, donde todos los acontecimientos importantes tenían lugar. Aquel colegio tenía un régimen especial: “Era una enseñanza dada por profesores universitarios, cada uno con sus caprichos, sus mañas, sus manías… Por ejemplo: debíamos estudiar la historia universal desde Mesopotamia hasta el Renacimiento. Ahora bien, solo se estudiaba Grecia y, de Grecia, Atenas, porque era lo que le interesaba al profesor. Lo mismo pasaba en literatura”. De los profesores de literatura recuerda especialmente a uno, Isaias Lerner, que luego sería profesor –todavía lo es— en la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
El azar hizo que la formación de Manguel –que no necesitó de estudios universitarios para ser el erudito excepcional que es y que quizá no hubiera sido capaz de ser con ellos— se completara con otro sorprendente maestro, Jorge Luis Borges. Estudiante todavía de bachillerato, a los quince o dieciséis años, necesitaba dinero para comprar libros, así que llamó a las tres o cuatro librerías inglesas y alemanas de Buenos Aires en busca de trabajo. Le aceptaron en la librería Pigmalión. A ella iban a comprar libros ingleses y alemanes todos los grandes escritores argentinos, entre ellos Borges, que ya estaba ciego y que le sugirió que le visitara de vez en cuando para leerle algunas páginas. Borges siempre contó con agradecidos y entusiastas secretarios gratuitos. Era la época en que había vuelto a escribir cuentos (los de El informe de Brodie). Leyeron a Kipling, Henry James, Stevenson. “Interrumpía mis sesiones de lectura para hablarme de las primeras lecturas que había hecho de esos autores, para contarme anécdotas, historias literaria… A veces quería que buscara una palabra en una de esas enciclopedias que a él le gustaban tanto. No creía en un conocimiento profundo, académico, derivado de estudios minuciosos. No creía en un conocimiento por mera acumulación de información. Lo que le interesaba era, a partir de ciertos hechos, reconstruir él mismo las cosas. A partir de una pequeña información, desarrollaba toda una teoría del mundo y de la literatura”.
Luego vino una vida errante, trabajos de traductor y de editor, colaboraciones en periódicos y revistas literarias, hasta el primer éxito editorial, la Guía de lugares imaginarios, un libro que solo se le podía haber ocurrido a un lector de Borges: un minucioso recuento, con planos, mapas y todos los detalles exactos posibles, de lugares que solo existen en la literatura. Tras ella llegó Una historia de la lectura, el libro para el que Manguel se había estado preparando, sin saberlo, durante toda su vida. Y La biblioteca de noche, que antes de ser libro, fue una biblioteca real, la biblioteca que Manguel había ido formando desde que compró su primer libro, a los tres años, en la Landsberger’s Bookshop de Tel Aviv, y que por fin pudo reunir en lo que había sido el granero de un antiguo presbiterio en Mondion, cerca de Poitiers. Una biblioteca que antes había soñado muchas veces y que recrea la del Colegio Nacional de Buenos Aires. “La noche que terminé de ordenar los libros –le cuenta a su amigo Bouquet—, dormí en la biblioteca, en el suelo. Sentí que era necesario apropiarme del lugar”.
Pero no solo se habla de libros en este libro que no quiere ser un libro sino una serie de libres y amicales conversaciones, aunque de ciertas cosas, como de la sexualidad, solo se habla “sin entrar en detalles”: “Me guardé para mí todo lo que pensaba y muy pronto mi conducta sexual se volvió secreta y al final peligrosa porque estaba demasiado escondida y todo lo que está escondido corre el riesgo de volver en contra de uno mismo”. Tras un matrimonio, que acabó pronto, el encuentro más decisivo de su vida se narra de esta aséptica manera: “A comienzos de los años noventa, conocí a Craig Stephenson. Él era profesor en un liceo y había preparado una antología de literatura internacional para las escuelas. Quería que yo le escribiera el prefacio. Así nos conocimos. Poco después, Craig quiso seguir estudios de psicoanálisis en Zurich. Decidimos entonces instalarnos en Europa durante el tiempo que le demandaran sus estudios”. Esta historia de amor a los libros esconde, como en filigrana, otra historia de amor: “Construir la biblioteca llevó casi un año. Craig se fue diez días y yo me quedé con las últimas cajas de libros. No podía desembalar cada caja e ir pasando los libros a los estantes porque no estaban en orden. Hubo que desembalar entonces todas las cajas, treinta mil libros, al mismo tiempo que se establecía una clasificación. Terminé apilando columnas de libros como esas columnas que se ven en el desierto. No me iba a acostar, me quedaba hasta las dos de la mañana, me levantaba a las seis, me olvidaba de comer; aquí estuve, durante tres meses, en un mundo aparte. Terminé de ordenar la biblioteca el día en que volvió Craig. Iba a poner música y estaba a punto de escuchar a Wagner. Preparé la primera parte de Tannhäuser y puse en marcha la música en el momento en que entraba Graig. Quedó deslumbrado. Ver la biblioteca ya causaba una impresión fuerte, pero verla con todos los libros en su lugar y con una música fastuosa era absolutamente maravilloso”.

jueves, 7 de abril de 2011

Jacinto Octavio Picón: Revocar el fallo de la posteridad


Jacinto Octavio Picón
Después de la batalla y otros cuentos
Edición de Esteban Gutiérrez Díaz-Bernardo
Madrid, Cátedra, 2011



“Revocar el fallo de la posteridad no es tarea fácil”, comienza Esteban Gutiérrez el documentado y reivindicativo prólogo que coloca al frente de Después de la batalla y otros cuentos, selección de relatos de Jacinto Octavio Picón, un narrador que en su tiempo se mantuvo en la primera línea de la literatura española y hoy es apenas una nota a pie de página.
Nacido en Madrid el año 1852 –ese mismo año nació Clarín, un año antes Emilia Pardo Bazán, un año después Armando Palacio Valdés—, sus novelas y sus cuentos gozaron desde el comienzo del favor del público y del apreció de la crítica. Él también fue un crítico ponderado y estimable, especialmente en lo que al arte y al teatro se refiere. Lo fundamental de su obra apareció en las últimas décadas del siglo XIX. Luego se fue borrando poco a poco hasta desaparecer en 1923. Era entonces bibliotecario de la Real Academia y en su necrológica escribió Antonio Maura: “¡Hasta en el trance de morir no parece sino que se ausentó caminando de puntillas, para librarnos del amargor de la despedida!”. Su corrección, su discreción, su lejanía de cualquier escándalo, ayudó a que se le olvidara con mayor rapidez.
¿Vale la pena leer hoy a Jacinto Octavio Picón? Esteban Gutiérrez cree que sí, que es algo más que una figura de época con interés solo para los historiadores de la literatura. Escuchamos su afirmación con cierto escepticismo. La erudición académica suele estar ayuna de sentido crítico. Al estudioso le importan los datos que acumula; le preocupa menos el interés de su objeto de estudio para el lector actual; en sus manos la obra literaria suele convertirse en documento al margen de jerarquías y juicios de valor.
“Después de la batalla”, el primero de los relatos, se sitúa en la época de la guerra franco-prusiana de 1870. Comienza bien (con su minuciosa y sugerente descripción de “una soberbia quinta” perdida en uno de los departamentos del este de Francia), termina de una manera un tanto moralizante que no acaba de convencer. Algo similar ocurre con “Boda deshecha”, de impecable técnica, en el que la anécdota se reduce al mínimo y todo ocurre sin que los protagonistas intercambien una sola palabra: una mirada le basta al hombre “que está perdidamente enamorado de la Marquesa, con la cual va a casarse dentro de quince días” para desilusionarse de ella.
Pero el tercer relato, “Virtudes premiadas”, aparecido inicialmente en 1892, es una conmovedora obra maestra, digna de figurar en la mejor antología del cuento español. Comienza en primera persona, algo poco frecuente en el distanciamiento objetivista característico de Jacinto Octavio Picón: “Le conocí hace algunos años en aquel café de Bayona donde, desde hace medio siglo, entre conspiraciones e indultos, refrescan y se aburren los emigrados españoles. ¡Cuántas sonrisas de alegría e incredulidad han reflejado aquellos espejos! ¡Cuántos suspiros de desaliento se han estrellado en los bordes de las tazas! ¡Qué de hombres se han despedido ante aquellas mesas soñando despiertos con la esperanza para verla luego destruida y frustrada más acá de los Pirineos!”. Se nos cuenta luego la historia de León María de Regio, militar y carlista, a la vez que se realiza una crítica indirecta y feroz, que nada tiene que envidiar a Galdós, de la España de la restauración. La ideología del autor es opuesta a la de su personaje, lo que no dificulta la empatía con que lo trata. Jacinto Octavio Picón es un moralista, pero no un propagandista. Escribe siempre con una intención, busca algo más que entretener. Y tras la envejecida retórica de su tiempo muestra, en los mejores casos, una sutileza rara en los escritores de su tiempo y de cualquier tiempo.
En “La amenaza” el mundo burgués en que tan a sus anchas se mueve Picón se cambia en un ambiente proletario. Nos cuenta un accidente en una fábrica, el injusto trato que dan los propietarios al obrero accidentado y la venganza de este. Es el cuento más conocido de su autor, el único reeditado en nuestros días. No es el mejor de los suyos, ni el más característico.
Excelente resulta “El agua turbia”, con su triunfo del amoralismo, con su minucioso reflejo de las costumbres de una época. Jacinto Octavio Picón es un narrador lleno de buenas intenciones, pero sus mejores relatos trascienden esas intenciones, las dejan al margen, como un mero pretexto para una historia que, cuando se logra, va más allá y más hondo de lo que pretendía el autor.
“Desencanto”, el último relato seleccionado, inició en 1907 la revista El Cuento Semanal, una brillante iniciativa de Eduardo Zamacois que pronto tuvo abundantes continuaciones y que daría origen a la época de oro de la novela corta española. Nos habla de antiguos prejuicios y de mujeres fuertes que se atreven a enfrentarse a ellos (algo tan antiguo como moderno).
¿Tendrá éxito Esteban Gutiérrez en su empeño de sacar a Jacinto Octavio Picón del olvido y colocarlo en el lugar de honor de los narradores de su tiempo? Difícil lo tiene. Las inercias de la historia de la literatura son casi imposibles de modificar. Pero vale la pena volver sobre este escritor, releer sus cuentos –más de un centenar— y también sus novelas, casi siempre con protagonista femenina. Descubriremos que no es el inagotable Galdós, ni el punzante y compasivo Clarín, ni Emilia Pardo Bazán (mucho más incorrecta estilísticamente, lo que no siempre es un defecto), pero que, tras ellos, no cede el sitio a ningún otro nombre de la gran época de la narrativa española.