jueves, 17 de febrero de 2022

Melancólico destino

 

José Luis Cano y la memoria del 27
Silvia Gallego Serrano
Centro Cultural de la Generación del 27. Málaga, 2021.

Melancólico destino el de José Luis Cano. Durante cuarenta años manejó el poder literario en la España de Franco, aunque por delegación; luego, en los nuevos tiempos de la democracia, sería arrumbado por unos y por otros.

Tras la guerra civil, hubo varios intentos de reanudar la vida literaria, recosiendo desgarraduras. En dos de las principales actividades, intervino muy activamente José Luis Cano: la creación de Adonáis y la fundación de la revista Ínsula. En ambos casos, contaba con un mentor importante, Vicente Aleixandre, quien encabezaba la resistencia interior en el mundo literario, sobre todo poético, frente a los Rosales, los Panero, los intelectuales del régimen agrupados en torno al  Instituto de Cultura Hispánica y la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

            Tanto la colección y el premio Adonáis como la revista Ínsula siguen existiendo hoy, pero ya no son lo que eran, solo mantienen el nombre. Adonáis fue importante, con alguna excepción, durante veinte años, hasta 1963, que fue cuando Cano dejó de hacerse cargo de ellos. Ínsula, a partir de los años ochenta, cuando paso a depender de la  editorial Planeta. Se convirtió entonces en una publicación universitaria, de escaso interés literario, dedicada a editar los trabajos necesarios para la promoción de los profesores.

            Durante cuarenta años, Ínsula marcó el rumbo de la literatura española que iba surgiendo al margen de las directrices oficiales y recuperó a los autores exiliados. Gracias a ella se volvió a hablar en España de Cernuda, de Max Aub, de Francisco Ayala, de tantos nombres básicos del siglo XX.

            José Luis Cano, nacido en 1911, había estado en contacto con el grupo malagueño de los poetas del 27. Mantenía una relación casi fraternal con Emilio Prados y una admiración incondicional hacia Luis Cernuda, que se aprovechó lo que pudo de sus servicios y siempre le trató con poca consideración.

            José Luis Cano, activo divulgador literario, contribuía a formar prestigios desde su sección “El libro del mes”, de la revista Ínsula y desde sus antologías.

            Las malas lenguas decían que un poco afortunado poema de Cernuda (“Lo ruin en tu sino / no excluye lo cretino…”) se lo había dedicado a él en un momento de irritación (el destinatario parece ser más bien Emilio Prados, una de las bestias negras de Cernuda). Unas líneas del diario de Jaime Gil de Biedma, del que se publicó un anticipo en 1974 con el título de Diario del artista seriamente enfermo (más valioso por cierto el anticipo que el diario completo), debieron de dolerle especialmente: “Voy esta mañana a ver a José Luis Cano en CAMPSA. Cano es una nulidad respetable y obligada. Para quien utilizase su revista Ínsula  —Ínsulsa que decía Natalia Cossío— como instrumento de medir la temperatura intelectual en nuestro país, él poesía un valor de referencia grandísimo: era el cero en el termómetro. Uno podía confortarse pensando que el poeta Regúlez está generalmente a diecisiete sobre Cano y tiritar de tedio con el crítico Gutiérrez, cuyos artículos marcan nueve bajo Cano. Se trataba además de un cero relativo y medido en estrictos grados centígrados. Ahora la revista Ínsula lleva varios meses suspendida y ni termómetro tenemos”.

            La displicencia de Gil de Biedma representaba una idea generalizada. José Luis Cano tenía aspiraciones literarias —había publicado varios libros de versos—, pero pocos las tenían en cuenta. Era solo un servicial secretario de los Vicente Alexandre y de los grandes nombres del exilio.

            Antes de desaparecer por el escotillón (como García Nieto, como Leopoldo de Luis, como tantos nombres de entonces), tuvo su momento de gloria con la concesión del premio Nobel a Vicente Aleixandre; era como si le hubiesen dado a él, que siempre estuvo al lado del maestro. Tras la muerte de Alexandre, en 1984, publicó su correspondencia y el libro que, a la larga, será no solo el más interesante de los suyos, sino también quizá de Aleixandre, Los cuadernos de Velingtonia.

            José Luis Cano murió en 1999, cuando ya era un hombre de otro tiempo al que de vez en cuando se le dedica algún homenaje más o menos municipal.

            Quiso, en los últimos años, volver a la creación literaria, dejar de lado su papel de turiferario del 27 y de los ingratos poetas jóvenes. Publicó varios tomos de  memoria, nuevos versos. Pero si se le recuerda, si se le seguirá recordando y leyendo, es por una obra en la estela de las Conversaciones con Goethe de Eckermann o de otra obra más cercana y poco conocida, pero que no cansa nunca, el Juan Ramón de viva voz, de Juan Guerrero Ruiz, cofundador con él de Adonáis y con quien tiene tantos puntos de contacto.

            José Luis Cano merece un libro muy distinto del que le dedica Silvia Gallego Serrano, José Luis Cano y la memoria del 27, demasiado oficialista y poco comprensivo, muy tesis doctoral en el peor sentido de la palabra, muy lleno de convencionales palabras de homenaje. Ciertos aspectos de la biografía del escritor --su papel durante la guerra civil, su trabajo como funcionario en CAMPSA que le permitió ejercer la mal pagada profesión de crítico--, merecían haber recibido alguna atención. Y también el loco amor que le llevó a romper una relación de medio siglo y que le inspiró los Poemas a Susana (1978), entonces una alumna suya –un poco a la manera de la Katherine Whitmore de Pedro Salinas—y luego profesora de literatura. No parece que ella participara de esa pasión. En este libro, le recuerda así: “Para mí, José Luis Cano era y sigue siendo un ser irrepetible: un padre y abuelo devoto, un amigo como ningún otro –nos hacía creer a todos que nosotros éramos su amigo a amiga mejor--, un gran aficionado del cine, y una piedra angular en la literatura hispánica del siglo XX”. Seguro que esas palabras, de hacer llegado a conocerlas, le dolería bastante más que las del hiriente Jaime Gil de Biedma.

           

           

jueves, 10 de febrero de 2022

El enigma Salazar

 

La increíble historia de António Salazar, el dictador que murió dos veces
Marco Ferrari
Traducción de Juan Vivanco Gefaell
Debate. Barcelona, 2021.

Marco Ferrari fue uno de los jóvenes izquierdistas italianos deslumbrados por la Revolución de los Claveles, como tantos otros en aquella Europa de los años setenta. A ella le dedicó un libro, A la revolución en dos caballos, que luego sería llevado al cine (es la última película en la que intervino Francisco Rabal). De esa revolución y de las víctimas de la dictadura vuelve a hablar en este volumen, solo en parte dedicado a la “increíble historia” del dictador, el hombre “que murió dos veces”, según nos indica en el título. El libro está escrito en un ameno tono ensayístico, no exento de imprecisiones. Comienza con una frase muy efectista, como de relato de García Márquez, pero que no se corresponde con la realidad: “El imperio cayó por culpa de Augusto Hilário, un simple y humilde callista”. Lo cierto es que el imperio tardó todavía seis años en caer desde el momento en que Salazar, cuando iba a ser atendido por el callista, se sentó en una silla que cedió y el golpe inició su decadencia física.

            En los años sesenta, Salazar, el dictador perpetuo (como Franco, en España) era una figura pintoresca y de otro tiempo. De austeridad ejemplar, vivía solo, acompañado de un ama de llave, dona María, que se ocupaba de todos los aspectos prácticos de la vida de Salazar desde su juventud. No se permitía el más mínimo despilfarro de las cuentas públicas: en el palacete de Belem, donde residía como jefe del gobierno, había dos contadores: uno para el piso bajo, donde estaba su despacho de jefe de Gobierno, y otro para el piso superior, donde se situaban sus estancias privadas (todos los gastos de estas corrían a su cargo).

            Pero no siempre fue Oliveira Salazar una incomprensible reliquia pintoresca que se mantenía en el poder gracias a la PIDE, la eficaz fuerza represiva del régimen, y ser un eficaz bastión del anticomunismo. Su llegada al poder le diferencia de todos los otros dictadores. No lo obtuvo  por la fuerza, sino por su talento para las finanzas. Los militares que acabaron con la democracia portuguesa (tras el período de inestabilidad que sucedió a la proclamación de la república en 1910) le fueron a buscar a su cátedra de Coímbra en 1926 para que se ocupara del ministerio de Finanzas. Pidió manos libres para ejercerlo. No consiguió la libertad de acción que quería y a los 13 días abandonó el cargo. Le volvieron a llamar e 1928. Su peso en el gobierno sería cada vez mayor, hasta que en 1932 ocupa el cargo de primer ministro, en el que continuaría de manera real hasta 1968 y de manera virtual hasta 1970 (estas son las dos muertes de las que habla Ferrari, sus sucesores le hicieron creer que seguía al mando).

            ¿Cómo pudo un hombre austero, dedicado a los números, sin carisma alguno, ser tenido por la encarnación misma del alma portuguesa? A finales de los años veinte y principios de los treinta, la democracia liberal parecía cosa del pasado. El modelo del nuevo gobernante era entonces Mussolini, a quien pronto surgieron imitadores en los más diversos países, desde Primo de Rivera en España hasta Mustafá Kemal en Turquía. Tendemos a juzgar a Mussolini por su trágico final y por sus desvaríos tras convertirse en marioneta de Hitler, pero en 1932 cuando Emil Ludwig publicó sus Conversaciones con Mussolini, un resonante éxito mundial, era admirado por todos y Churchill llegó a decir que “si fuese italiano, vestiría la camisa negra de los fascistas de Mussolini”.

            En los años treinta, Salazar suscitaba la admiración de buena parte de los intelectuales europeos, comenzando por Paul Valery, que prologaría el libro de António Ferro Salazar El hombre y su obra, que en su versión española fue prologado por Eugenio d’Ors. Hubo un tiempo en que Salazar representaba la nueva política “del espíritu” (la expresión es de Valery) y como tal admirado e imitado por toda la derecha europea.

            El papel que Goebbels, el mago de la propaganda, representó para Hitler, lo representó para Salazar António Ferro, un hombre de Orpheu, el principal órgano de expresión del movimiento vanguardista portugués a cuyo frente estaba Fernando Pessoa.

            Sin Antonio Ferro, Salazar no habría llegado a ser lo que fue. Ferro creó el mito. Comenzó dándole legitimidad ante los monárquicos portugueses al conseguir que el rey, don Manuel II, le elogiara desde su exilio de Londres en una entrevista de 1930: “El señor Oliveira Salazar es un hombre superior, sin duda. Que los portugueses dejen al señor Oliveira Salazar continuar su obra. Él es una esperanza de nuestro resurgimiento económico y el crédito de Portugal en el extranjero gana con su permanencia en la cartera de Finanzas”. Salazar estaba por encima del enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, era el nuevo don Sebastián. Al frente del Secretariado de Propaganda Nacional, creado a su imagen y semejanza, António Ferro dio una imagen atractiva, y acorde con los tiempos, del rígido seminarista que fue siempre Salazar. Trajo a Lisboa a Marinetti, a Pirandello, a Maeterlinck, a Unamuno, a Eliot. Fue el quien le dio a Pessoa, su reconocido maestro, el premio por su libro Mensagem, el premio que tan mal sentó a sus jóvenes admiradores, todos ellos antisalazaristas.

            Como una dictadura tan arcaica como la de Salazar, pudo durante un tiempo representar la modernidad de la derecha europea, es un enigma que no nos aclara este libro, pero que resulta mucho más fascinante que las muchas pintorescas anécdotas que en él se contienen.

jueves, 3 de febrero de 2022

La paradoja del olvido

 

 

Volvoreta. El secreto de Barba Azul. Las siete columnas. El bosque animado.
Wenceslao Fernández Flórez
Edición de Miguel González Somovilla
Biblioteca Castro. Madrid, 2021.

Hay escritores a los que, siempre que se les recuerda, se recuerda que están olvidados. Ocurrió con César González-Ruano, con Chaves Nogales, con Elena Fortún; está comenzando a ocurrir con Francisco Umbral. A González-Ruano se le rescató del olvido para devolverle, tras acusaciones varias, al más piadoso olvido; Chaves Nogales y Elena Fortún parecen estar de moda; no es aventurado profetizar que pronto dejarán de estarlo.

            Wenceslao Fernández-Flórez pertenece a esa clase de escritores, muy leídos en su tiempo, que dejaron de serlo cuando pasó ese tiempo. Pero siempre tuvo lectores que le recordaran y buscaran sus libros, sobre todo en las librerías de viejo, y críticos que se ocuparan de él, comenzando por José-Carlos Mainer, en el polo opuesto de su espectro ideológico.

            Que Fernández Flórez fue un escritor de derechas, confortablemente instalado en el ABC, no es algo que pueda ponerse en duda. Pero su derechismo ofrece muchos matices. Pocos ataques tan contundentes a la hipócrita moral de la católica España como su todavía impactante Relato inmoral (1927); pocas críticas tan irónicamente precisas a los pilares de la sociedad burguesa como Las siete columnas, una de las tres novelas que Miguel González Somovilla rescata ahora en una colección —la mejor que se publica actualmente— de “Autores clásicos españoles”.

            Todos esos matices, que aproximaban a Fernández Flórez, al igual que a su paisano Julio Camba, a cierta acracia, se perdieron, como no podía ser de otra manera, en el 36. Tuvo entonces que esconderse en diversos domicilios y refugiarse primero en la embajada de Argentina y luego en la de Holanda para salvar su vida en un Madrid donde múltiples milicias revolucionarias campaban sin control. Contó el horror de aquellos días en una serie de crónicas que fueron apareciendo en un periódico lisboeta, Diário de Notícias, y que en esa su versión portuguesa serían recogidas en un volumen, O terror vermelho (1038), como parte de la propaganda franquista.

            Ahora se traduce al español ese volumen, que Fernández Flórez nunca quiso incorporar a su bibliografía, y que Miguel González Somovilla considera como la primera parte de una trilogía sobre la guerra civil que se continuaría con Una isla en el mar rojo y La novela número 13. Pero no hay tal trilogía. El terror rojo, poco después de publicado, sería reelaborado y convertido en Una isla en el mar rojo. Aquellas crónicas de urgencia, escritas en primera persona, se pasarían a la tercera y se les añadiría una ligera trama novelesca. Fernández Flórez lo deja claro en la nota preliminar, en la que afirma que no sabe cómo clasificar su libro si como novela (“es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía”) o como historia (“pero hay un hilo irreal con que van unidos los sucesos”). Casi todas las páginas de El terror rojo pasan tal cual al nuevo libro, pero se atenúan o desaparecen los más feroces ataques a los políticos republicanos. Fernández Flórez había logrado salvar la vida gracias a la intercesión de Indalecio Prieto y, sobre todo, de Julián Zugazagoitia, a cuyo favor testificaría poco después, aunque con menos suerte. A Fernández Flórez la visión del mundo en blanco y negro propiciada por la guerra civil le duró poco. En enero del 39, cuando termina Una isla en el mar rojo, ya conocía lo suficientemente la retaguardia de la zona nacional para saber que arribistas y asesinos (aunque esto último no lo podía decir) había en los dos lados. Pocas veces una novela presuntamente panfletaria termina con un dardo al propio bando que dice defender. Al incorporarse, desde Francia, a la zona “liberada”, coincide el protagonista con un empleado ministerial que le cuenta su vida y el futuro prometedor que le espera muerto Rivas, su jefe. “¿Anselmo Rivas? No murió, estábamos en la misma Legación y aún queda allí, sano y salvo”. La desilusión de que aquel hombre que esperaba un futuro glorioso en la nueva España se expresa en las palabras que cierran la novela: “¡Un hombre como Rivas! ¡Tan derechista, tan católico, con un cargo tan elevado en la Administración! Pero, ¿a quien matan entonces esos miserables?”

            No extraña que al reeditarse algunas de las novelas de Fernández Flórez en la posguerra, a pesar de que él fuera amigo personal del caudillo (hasta donde eso es posible), sufrieran cortes de la censura o de la autocensura. Fernández Flórez nunca fue militarista ni clerical y por aquellos años, con el ejército y la iglesia, pocas bromas.

            Contra lo que algunos pudieran pensar, no está olvidado Fernández Flórez por ser un escritor de derechas, sino porque el tiempo no perdona y buena parte de su obra —fue un escritor prolífico y desigual— ha envejecido y perdido la gracia de una comicidad con frecuencia un tanto mecánica. De las cuatro novelas que Somovilla rescata, la primera, Volvoreta, su primer gran éxito, es un melodrama costumbrista algo alejado de la sensibilidad actual. Las dos novelas siguientes, El secreto de Barba Azul y Las siete columnas podrían emparentarse con las novelas intelectuales de Pérez de Ayala y con las vanguardistas de Jardiel Poncela. Su pesimista reflexión sobre la condición humana evita la solemnidad y nos llega envuelta en sales irónicas que la preservan del enmohecimiento.

            Pero a quien no conozca, o tenga prejuicios sobre Fernández Flórez, yo le aconsejaría que comenzara su lectura por cualquiera de las “estancias”, así llama a los capítulos, que constituyen El bosque animado. La titulada, por ejemplo, “Primavera en el pazo”. Si después de leer esa maravillosa historia de amores y encantamientos, no queda deslumbrado para siempre es que carece de sensibilidad literaria.

            El bosque animado se publicó por primera vez en 1943, pero había comenzado a escribirse mucho antes, en los años veinte, cuando algunas de las historias que lo componen aparecieron en la prensa. Tras la literatura militante, en una España que no le gustaba del todo, pero que no admitía la menor discrepancia, Fernández Flórez quiso volver los ojos a una Galicia de otro tiempo y al margen del tiempo, a lo más cercano al paraíso que había conocido y nos dejó un libro —no una novela, cada “estancia” vale por sí misma— en el que se entrelazan mil y una historias a la vez cotidianas y prodigiosas, una particular reescritura de la que más de una vez declaró su obra favorita, Las mil y una noches.

            No se limita Fernández Flórez a ser el autor de El bosque animado, pero le bastaría este título para ocupar un lugar de excepción en la literatura española.

miércoles, 26 de enero de 2022

No me hagas hablar

 

Antonio Rodríguez-Moñino.
Luces y sombras del mayor bibliógrafo español del siglo XX
Antonio Ortiz Romero
Editorial Almuzara. Córdoba, 2022.

Nada puede aparecer menos apasionante que la biografía de un bibliógrafo, aunque sea tan importante como Antonio Rodríguez-Moñino, que muchos ponen a la par de un Menéndez Pelayo, un Menéndez Pidal o un Dámaso Alonso. Nada más apasionante, sin embargo, que el libro que le ha dedicado Pablo Ortiz Romero, un libro que sin restarle ningún brillo a su categoría intelectual llena de justificadas sombras a la persona.

            Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970) ha pasado a la historia como uno de los más destacados representantes del exilio interior: represaliado por Franco, perdió su cátedra, le fue vetado el ingreso en la Academia Española y tuvo que exiliarse a Estados Unidos para poder ejercer como profesor universitario.

            La realidad es muy distinta. El joven Antonio Rodríguez-Moñino tuvo un papel destacado en la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, creada por la Alianza de Intelectuales, de inspiración comunista, dedicada  a salvar bibliotecas amenazadas de destrucción por las bombas o por las milicias populares que habían ocupado conventos y palacios. Rodríguez-Moñino conocía como nadie todas las grandes bibliotecas de Madrid, públicas y particulares, y por eso, aunque oficialmente solo fuera un auxiliar técnico, se puso al frente del operativo: él decidía dónde, cuándo y cómo debía desarrollarse la incautaciòn. El verano de 1936, tan trágico para muchos, fue a la vez un período de ilusionada esperanza para otros: los intelectuales ocupaban los palacios de la nobleza y desde allí podían esperar la revolución. Para el joven Rodríguez-Moñino, que vestía el mono azul ritual y a quien más de uno recuerda haber visto con pistola, fue un tiempo de febril felicidad: todos los libros del patrimonio bibliográfico, incluso los más raros y celosamente guardados por sus propietarios, pasaban por sus manos. El caso de la biblioteca del marqués de Toca puede servir de ejemplo. Rodríguez-Moñino le conocía porque, en las subastas de libros, era “uno de los más temidos enemigos de todos los bibliófilos españoles”, ya que siempre se quedaba con las obras más interesantes. Con el pretexto de que en casa del marqués se iba a instalar Radio Oeste, una emisora del Quinto Regimiento, decidió que había que requisar la biblioteca para “protegerla”. Pero resulta que en la casa del marqués no se encontraba su biblioteca. Rodríguez-Moñiño puso todo su interés en buscarla y después de muchas pistas falsas logró encontrarla en un piso donde no corría ningún peligro: en el portal había dos agentes de seguridad (el edificio era sede de un consulado) y la biblioteca estaba al cuidado de dos oficiales bibliotecarios, contratados por marqués. Rodríguez-Moñino quedó fascinado por la magnitud de aquella biblioteca y decidió a pesar de todo incautarla para darse el placer de tener en sus manos tantos raros manuscritos e incunables.

            Pero no solo se ocupó de las bibliotecas, para protegerlas y socializarlas, para poner al alcance de todos los estudiosos las obras hasta entonces guardadas por bibliófilos obsesivos, sino que también intervino en uno de los latrocinios todavía no aclarados de la Guerra Civil. El 4 de noviembre de 1936, Wenceslao Roces, subsecretario del ministerio de Instrucción Pública, y Antonio Rodríguez-Moñino, acompañados de guardias y milicianos fuertemente armados, se presentaron en el Museo Arqueológico Nacional para requisar todas las piezas de oro que hubiera en el centro: “Ayudados por linternas y en un ambiente tenso, por las reticencias de Mateu a facilitar la saca y por las prisas que Roces quería imponer a la operación, Moñino y el numismático Mateu fueron recogiendo las monedas de los diferentes armarios”. Más que una incautación parecía un saqueo: “No se hacía ninguna relación de las piezas, sino que estas se sacaban de los armarios, donde estaban ordenadas por series, y se volcaban, primero en las gorras de los guardias, que ayudaban, y luego, tras contarlas y pesarlas, en unos sacos pequeños, unos talegos”. En total se llevaron 2796 monedas, casi dieciséis quilos de oro. De ellas nunca más se supo.

            Rodríguez-Moñino fue un hombre importante en la intelectualidad republicana. Fue a él a quien se le encargó la búsqueda del manuscrito del poema del Cid cuando la prensa nacionalista publicó que había desaparecido que, en la arqueta en que se guardaba, había sido sustituido por una pistola. Fue a él a quien se le pidió el prólogo del Romancero general de la guerra de España, donde se reunían obras de los más destacados poetas en defensa de la causa popular.

            Terminada la guerra, cuando muchos por menos marcharon al exilio o pasaron largos años de cárcel o fueron fusilados, Rodríguez-Moñino entrará pronto a formar parte de la élite cultural del franquismo. Cuando en enero de 1951 se inauguró el Museo Lázaro Galdiano, de cuya biblioteca era responsable, allí estaba él compartiendo copas con el caudillo. Y si tenía algún problema administrativo podía acercarse al ministro Manuel Fraga para que se lo solucionara. ¿Cómo fue posible esto? Pablo Ortiz Romero documenta la estrategia del converso con irrebatible minucia..

            Hubo un consejo de guerra, del que salió muy bien librado, y un expediente de depuración, en el que se decidió expulsarle de su puesto de catedrático, pero que quedó congelado hasta los años sesenta y terminó por no aplicarse. Los rumores sobre su pasado eran siempre acallados. ¿Cómo fue posible que este converso del republicanismo se convirtiera en símbolo del exilio interior? En 1960, quiso ser académico, contaba con los mejores avales, pero ante el rumor de que el ministro de Educación, Jesús Rubio García-Mina, vetaba su candidatura. Cela fue a ver al ministro y este le dijo que no podía ser académico porque sobre él pesaban graves acusaciones del tiempo de la guerra civil. Aunque sería elegido académico en 1966, nunca olvidó Rodríguez-Moñino ese veto que le llevó a aceptar la invitación para dar clase en la universidad de Berkeley y para iniciar una campaña de autopromoción entre los hispanistas que le convertía en símbolo de los represaliados intelectuales del franquismo. A él se le podía aplicar lo que le escribió a Dámaso Alonso, airado porque no le apoyó lo suficiente en sus pretensiones académicas: “Me ha quitado la amargura que tenía y me ha devuelto mi capacidad de risa el párrafo en que te pintas poco menos que como la mayor víctima del régimen político actual, en gravísimo peligro. ¡Tú, perseguido por el Régimen! Es para morirse de hilaridad. Está bien que esos cuentos de miedo se los enjaretes a algún papanatas; a los que te conocemos, no”. Y concluye con lo que le podrían decir a él con tanta o más razón quienes colaboraron con él en los años de la guerra —Tomás Navarro Tomás, Timoteo Pérez Rubio, Emilio Prados— y sobre los que descargó toda la responsabilidad de sus actuaciones: “Tus pequeñas ruindades y traicionejas te las hemos perdonado los amigos a cuenta de tu indiscutido talento. Pero erigirlas ahora en norma de moral para juzgar a los demás, eso no. Es ya mucha frescura eso. No me hagas hablar”.

            En el caso de Antonio Rodríguez-Moñino, este libro habla alto y claro, pero en ningún momento pone en duda su “indiscutido talento”.

jueves, 20 de enero de 2022

Elogio y refutación de Chesterton

  

Qué hay de nuevo, Chesterton
Ricardo Moreno
Fórcola. Madrid, 2022.

Si un prólogo debe despertar interés por la lectura de un libro, el que Ignacio Peyró ha puesto a Qué hay de nuevo en Chesterton cumple con creces esa función. Es ingenioso y divertido y abunda en frases que pueden servir como eslogan publicitario: “champán para la inteligencia”.

            Pero basta la lectura del primer capítulo, que cuesta terminar, para que comencemos a pensar que quizá se trata de publicidad engañosa. Ricardo Moreno Castillo ha escrito esta obra a partir de una buena idea: preparar una antología de Chesterton sobre los temas que siguen siendo también temas de nuestro tiempo y disponerla en forma de diálogo. Todo lo que dice Chesterton en estas conversaciones lo ha dicho efectivamente (al final de cada intervención se indica la procedencia) y Moreno Castillo lo ha traducido con precisión y exactitud. Su parte en el diálogo encaja perfectamente, con lo que el libro fluye con naturalidad, como si el autor se hubiera trasladado a la época del escritor inglés o este a la nuestra.

            El problema es lo que se dice. Cuesta pasar del primer capítulo, pero conviene hacerlo. Quien no lo haga se perdería reflexiones de mucho interés, como las dedicadas a la religión, en las que hasta entonces devoto admirador le pone a Chesterton los puntos sobre bastantes íes.

            Enrique Moreno Castillo estudió matemáticas y se especializó en historia de la ciencia. Fue profesor y publicó trabajos de su especialidad. Ya jubilado, prefirió dedicarse a la crítica del mundo contemporáneo, desde una perspectiva conservadora, con títulos tan llamativos como Panfleto antipedagógico o Breve tratado sobre la estupidez humana.

            Mucho de panfleto y de tratado sobre la estupidez humana tiene Qué hay de nuevo, Chesterton. De panfleto en el original sentido del término, el que puede aplicarse a lo mejor de la obra de Voltaire, y en el despectivo con que se utiliza actualmente. Baste un ejemplo: “Hay en España –le cuenta Moreno Castillo a Chesterton--  una monarquía apoyada en general por conservadores y también por progresistas de verdad, pero cuestionada por progresistas de pacotilla (algunos de ellos profesores universitarios, digamos que presuntamente cultos) más preocupados por soltar proclamas muy sonoras que por mejorar el país y el bienestar de sus ciudadanos”. Esto, en un mitin político (donde todo vale), en un artículo de opinión en determinados periódicos, quizá pueda pasar, estamos acostumbrados, pero en un libro que pretende ser “champán para la inteligencia” produce vergüenza ajena. ¿De verdad cree Moreno Castillo que criticar una monarquía cuyo primer representante durante casi cuarenta años, un defraudador fiscal cuya fortuna procede de orígenes desconocidos, ha tenido que ser expulsado del país por su propio hijo es solo propio de “progresistas de pacotilla”? ¿De verdad cree que no se puede ser “progresista de verdad” y republicano?

            Pero antes de llegar ahí, ya hemos tenido el tropiezo del capítulo inicial, dedicado a loa animalistas y a los vegetarianos. Los malos predicadores, como los malos polemistas, siempre se inventan un fantoche  (“afirma el maniqueo”) al que resulta fácil refutar. Para Moreno Castillo “los animalistas ignoran que si podemos preocuparnos de la supervivencia de las especies salvajes es precisamente porque no somos una especie más” y llega incluso a afirmar “que los gallos violan a las gallinas”. No han caído ademán en la cuenta de que “los carnívoros devoran a herbívoros con la mayor desvergüenza y que los herbívoros compiten unos con otros por los pastos sin la menor noción del reparto ni de la equidad”. Los animalistas que refuta Moreno Castillo son tan tontos que ni se han percatado de que “somos la única especie cuyos miembros pueden concederse derechos los unos a los otros, y por eso somos superiores a los animales”. Por otra parte –añade--. o comemos animales o los animales nos comen a nosotros (o sea, que o comes carne de ternera o la ternera te come a ti).

            Para criticar a Moreno Castillo no es necesario caricaturizarle, como hace él con quienes defienden los derechos de los animales, sino que basta con citarle: hay que “crear parques naturales donde los lobos puedan moverse con libertad, pero crearlos con unas alambradas que impidan a los cazadores furtivos entrar y a los lobos salir. Y para que no suceda ninguna de las dos cosas no hay otra solución que contratar a unos guardabosques para que mantengan en buen estado las alambradas y multen a los cazadores que intenten saltárselas. Porque si esperamos que los lobos mismos organicen el servicio de guardabosques, vale más que lo hagamos sentados”. Ya tiene los políticos la receta para conservar la vida natural: cercar los bosques y las selvas con alambradas.

            ¿Champán para la inteligencia? En algunos capítulos, no está el eficaz publicista Ignacio Peyró descaminado del todo. “Pienso que incurre usted en varias falacias”, le dice Moreno Castillo a Chesterton en el titulado “Razón y fe” y se las va desmontando cuidadosamente. Porque Chesterton, el mitificado Chesterton (un dios cuando cuenta historias y un mendigo cuando reflexiona), también dice muchas tonterías. Cito algunas de las que aparecen en esta conversación: que todos los pedagogos son muy feos, que oyendo hablar a los pedagogos cualquiera diría que el niño “es un pez que ha surgido de las profundidades”, que “se pueden sacar gemidos del bebé pellizcándole y pegándole, un pasatiempo agradable al que cruel, al que muchos psicólogos son adictos”. Todos ejemplo tomados del capítulo dedicado a la pedagogía, una de las bestias negras de Moreno Castillo.

            Ser conservador y ser inteligente no es un oxímoron, ni mucho menos, y se me ocurren ahora mismo docenas de nombres para ejemplificar esa compatibilidad. Pero no demuestra precisamente inteligencia combatir ideas contrarias convirtiendo a los que las defienden en idiotas. En las páginas de este libro, y de otros anteriores suyos, Ricardo Moreno Castillo da la impresión de practicar ese tramposo juego de manos con demasiada frecuencia.

jueves, 13 de enero de 2022

MI tiempo y yo

 

 

Diario IV
José María Souvirón
Edición de Javier La Beira y Daniel Ramos López
Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2021.

No todos los libros son para todos los lectores. El diario de José María Souvirón --un escritor de la generación del 27 que se pasó con armas y bagajes a la siguiente, la de los Rosales y los Paneros, la de los que dieron sostén intelectual al franquismo, y que quizá por eso perdió su sitio en la historia de la literatura-- interesa sobre todo a quienes gusten de ver la historia en su transcurrir, a quienes no se conformen con la simplificación de los manuales. De 1965 a 1968 abarca el cuarto tomo de unos diarios que están llamados a convertirse –solo queda un tomo para completarlos-- en una obra fundamental de la diarística española y en una cantera de datos para los estudiosos de la historia de la literatura y de la cultura. O simplemente para los interesados en la inagotable variedad de las vidas humanas.

            Casi al final del tomo, escribe Souvirón: “¡Qué malo debe ser este diario! Me digo yo. Creo que no puede ser interesante el diario de una ‘buena persona’, con perdón. No soy Cellini, ni Gide, ni Léauteaud. Tampoco tengo la grandeza de algunos hombres honrados, acaso santos, que describieron su vida”.

            Pero esta “buena persona” tenía sus zonas oscuras. Algunas eran propias de la época. Casi en la primera anotación nos cuenta “un suceso pintoresco”.  Un jefecillo del centro cultural en el que trabaja está obsesionado con una de las secretarias: “Salimos los tres juntos: yo, la secretaria y el jefe. Este la invita a subir a su coche. La secretaria le dice que no y me pregunta hacia dónde voy. Le respondo que a ninguna parte y se me coge del brazo, El jefe le insiste para llevarla en su coche, pero ¡nanay! Le digo a la secretaria que le invito a comer un plato, y acepta. Lo comemos. Pasa una hora y me dispongo a dejarla en su casa, cercana. Salimos del restaurante, y cuando llegamos al portal, me dice, como espantada, ‘Mire usted, ahí está’, y me señala el coche del jefe que ¡la está esperando! La secretaria me pregunta que qué hace. Le digo que suba a su casa y se disponga a dormir. Me dice ella que el jefe la va a llamar por teléfono, Le digo que no le conteste o que le conteste que va a dormir”.  La secretaria, angustiada, se pregunta: “¿Pero cómo le voy a decir que no?”. A Souvirón, lo único que le preocupa en ese caso de acoso, que entonces debía parecer normal, es si alguna vez él se encontrará “tan mendigo de carne” que sea capaz de hacer otro tanto.

            Este “hombre bueno”, casi de comunión diaria, es también un homófobo visceral. Gregorio Prieto presenta su libro sobre Luis Cernuda y él, asqueado, anota que se trata de “dos conspicuos maricones”. Francisco Brines da una conferencia sobre Pedro Salinas y al salir se forma en torno a él un grupo “sin duda con un predominio de maricones”. Se aparta asqueado: “Mi edad, mi sentido liberal de la vida, incluso mi cristianismo, me impiden condenar, vituperar, despreciar a los homosexuales, pero las mismas razones me impiden admitirlos tranquilamente. Hay en ellos –en su mero aspecto exterior--  algo que me repugna, por inteligentes que sean”. Le preocupa que se queden con ellos Juan Luis Panero y su madre: “Es un grupo de gente lista, sin duda; tan lista que han tenido poder para circundar a un chico guapo, al que le gustan las mujeres, y a una mujer tan mujer como Felicidad”.

            Menos mujer considera a Gloria Fuertes, “una mujerona basta y robusta, algo machota de aspecto”, que físicamente le repele, pero a la que, tras un rato de charla, acaba reconociendo inteligencia y sensibilidad.

             A José María Souvirón, según se cuida de anotar, le preocupa la creciente intimidad entre Juan Luis Panero, uno de los poetas jóvenes que más admira, y Carlos Bousoño, un profesorcillo al que desprecia, en la que sospecha algo raro, lo mismo que vio de joven en las cartas afectuosas que le escribió Aleixandre y por eso interrumpió su carteo por él.

            José María Souvirón ocupó influyentes cargos en el establishment cultural franquista, pero nunca se sintió valorado como creía merecer, aunque algo le compensó el Premio Nacional de Literatura que en 1967 concedieron a uno de sus libros. Sospechaba que esa marginación se debía a su rechazo de lo que hoy llamaría el lobby gay y también de la oposición interior. Él no se considera un conservador, sino un liberal y se muestra alejado de la ortodoxia franquista, incluso no le parece bien que, para tomar posesión del cargo de subdirector de un Colegio Mayor tenga que firmar un impreso en el que “jura fidelidad al Jefe del Estado y los principios del Movimiento”. Pero se muestra muy alejado de la oposición y se alegra de que en el referéndum de 1966 gane abrumadoramente el sí, dándole a los opositores al franquismo “en los dientes un golpe tremendo”. Sonreímos cuando a continuación se pregunta: “¿Y si hubiesen permitido propaganda en contra?”. Y él mismo se responde: “Hubieran dicho que sí, y en el mismo número”.

            Hay muchos claroscuros en este hombre que se asombra de que un poeta como Guillén, “que solo ha escrito poesía”, pueda comprarse un buen piso: “Verdad es que Guillén ha sido también profesor, y exiliado. Sobre todo exiliado (aunque por su propia voluntad), y un español exiliado (o que él diga que lo es) en los Estados Unidos hace fortuna”. No le parece justo que haya muchos españoles que escriben –y algunos tan bien como Guillén, quizá piensa en sí mismo-- “que no pueden tener una casa en Málaga, otra en Roma y viajar casi constantemente por el mundo”.

            Pero seríamos injustos si solo subrayáramos los puntos oscuros de este autorretrato en el que hay muchas páginas luminosas, como el minucioso análisis –digno de la mejor novela psicológica-- de la amistad con Felicidad Blanch, viuda de uno de sus mejores amigos, que poco a poco se va convirtiendo en otra cosa y a la que decide poner fin, melancólico fin, por diversas razones, unas que tienen que ver con el riesgo que todo amor supone y otras con su catolicismo militante: era un hombre casado y separado.

            Hermosos son igualmente los apuntes paisajísticos, a ratos próximos al poema en prosa, y feroces los retratos al minuto de quienes no le caían bien en el mundo literario, como Miguel Pérez Ferrero: “Es el soldado raso que, por haber ascendido a cabo, se cree mariscal. Por lo demás, basta con verle la cara: es una concentración de bobería agresiva”.

            Dos son los protagonistas de cualquier diario: uno, quien lo escribe; otro, el tiempo que le ha tocado vivir. En el de Souvirón, a ratos nos aburren sus cuitas personales, pero siempre resultan apasionantes los pequeños datos exactos de un ayer que se emborrona y simplifica al entrar en la historia.

jueves, 6 de enero de 2022

Equipo de tercera en campo de primera

 

Tiempo de paz y de memoria
(Treinta poemas comentados)
Edición de Remedios Sánchez
Hiperión. Madrid, 2021.

Como en el fútbol, también en la literatura hay una primera división, una segunda y una tercera. En el libro-homenaje a Mariluz Escribano Pueo, Tiempo de paz y de memoria (Treinta poemas comentados), participan como invitados algunos jugadores de primera fila –Gamoneda, Colinas, García Montero, Luis Alberto de Cuenca--, pero los críticos que llevan el peso del volumen, comenzando por la editora, Remedios Sánchez, son de segunda división, si no de tercera regional.

            Mariluz Escribano Pueo (1935-2019) fue una figura importante en la vida cultural granadina del último medio siglo. Se dedicó a la enseñanza, colaboró en la prensa, dirigió la revista EntreRíos, publicó libros de artículos, memorias de infancia, poesía. Su padre, que dirigía la Escuela Normal de Granada, fue fusilado poco después de García Lorca; su madre, maestra, desterrada a Palencia. Una figura ejemplar, una poeta no desdeñable, se lee con emoción y agrado, pero también algo convencional y de retórica consabida, una poeta en la que la emoción suele provenir más de la anécdota que hay detrás del poema –y así lo subrayan la mayoría de los comentaristas-- que del poema mismo.   

Para la editora, Remedios Sánchez, profesora en la Universidad de Granada, el poco eco que tuvieron las tres primeras publicaciones de Mariluz Escribano, aparecidas entre 1991 y 1995, se debió a su condición de mujer. Concluye su estudio preliminar con este reivindicativo párrafo: “Ya he dicho que nunca fue Mariluz una persona manejable o de hacer el rendez vous al cabecilla de turno como otras personas de su generación que supieron ser arcilla en manos de quienes tenían el poder momentáneo. Hablar del té de las cinco con sus galletas inglesa, hacer juegos de palabras, hacer del culturalista o vulgarizar el lenguaje para épater le bourgeois resultaba superior a sus fuerzas, su dignidad se lo impedía”.  ¿De dónde habrá sacado Remedios Sánchez que en los años noventa había que hablar del “té de las cinco con sus galletas inglesas” para que los críticos te hicieran caso?

            Todo el estudio preliminar está lleno de afirmaciones así, muchas de ellas torpemente redactadas y dudosamente inteligibles: “Si de los últimos cuarenta años, pongamos por caso, existieran un par de poetas ya canonizados desde el punto de vista sincrónico, que patrocinaran a quienes desarrolla algún tipo de subprosa (la denominación es de Rivero Taravillo, no mía) y se antologara hasta la saciedad a estos/as dos poetas junto a esa subprosa, es evidente que lo que quedaría para quien construya el canon diacrónico, el que consagra por decirlo así, serían los dos autores que siguen los preceptos de la tradición buscando adaptarlos a este tiempo espacio-concreto, porque el público lector no es tan tonto como algunos suponen y acaba por separar el grano de la paja”.

            Así redacta, así razona esta estudiosa de la poesía, que cree que el canon poético es obra de unos críticos que deciden lo que hay que escribir en cada momento. Quienes la acompañan en el volumen –Manuel Gahete Jurado, José Sarria, Francisco Morales Lomas-- no le andan a la zaga en cuanto a rigor intelectual. “Ya desde sus primeros libros –escribe el primero de ellos--  es una autora clásica (como lo ha reconocido explícitamente la Junta de Andalucía en este año 2021)”. ¿Desde cuándo la consideración de clásico depende de las autoridades autonómicas?

            A José Sarria se deben estos datos trascendentales sobre el renacimiento poético de la de la autora en sus años finales: “Son poemas que han estado reposando y que han sido objeto de reflexión y meditación profunda son descubiertos casualmente por la profesora Remedios Sánchez (discípula de Escribano) en 2012, quien los encuentra en una estantería doméstica confinados a la contingencia del destino –no habían sido aceptados para su publicación por el director de una colección literaria institucional granadina a finales de los años noventa--  y que renacerán en irisado polvo de diamante”. Minucias provincianas, mala puntuación y peor literatura (“irisado polvo de estrellas”).

            ¿Vale la pena seguir citando? Junto a los críticos, un puñado de escritores invitados –algunos más conocidos que otros-- glosan diversos poemas de la autora y aluden a episodios de su biografía (el asesinato del padre se menciona reiteradamente). Se trata, en la mayor parte de los casos, de prescindibles y convencionales textos de homenaje. Jaime Siles y Antonio Gamoneda intenta, con no mucha fortuna, un comentario de texto a la manera escolar. Otros prefieren tomar el texto como pretexto para una breve divagación literaria (es el caso de Colinas o Luis Alberto de Cuenca). Salen con éxito del empeño Luis García Montero, glosando un poema que glosa otro suyo, y Ana Merino, que se refiere a la América profunda que Escribano conoció durante su estancia como profesora en Ohio.

            De vez em cuando se insiste en la marginación de la autora por su condición de su mujer. Pero si esa condición no le impidió desarrollar una importante labor de intervención cultural (articulista en la prensa, directora de una revista), ¿por qué la iba a impedir ser conocida como poeta? Hay un error frecuente –incurre en él también el prologuista Manuel Rico--  cuando se habla de la marginación femenina en el campo de la literatura. Si hubo, hasta casi hoy mismo, pocos nombres de mujer en la historia de la literatura fue porque no se daban las condiciones necesarias para que se dedicaran a ella con la misma constancia que los hombres, no porque publicaran obras maestras y los críticos y los escritores –todos hombres hasta casi ayer mismo-- decidieran ocultarlas.

            Tiempo de paz y de memoria es uno de esos libros que editan las instituciones locales para consumo local. Su aparición en una colección como Hiperión, en otro tiempo prestigiosa, es un signo de los tiempos: los editores de poesía, si quieren subsistir, tienen que renunciar a su función de editores en el mejor sentido de la palabra (descubridores de autores, orientadores del gusto público) para convertirse en meros gestores editoriales de publicaciones patrocinadas.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Ingenio y verdad

 

Un mentido color
Felipe Benítez Reyes
Visor. Madrid, 2021.
 

A partir de cierta edad, los poetas suelen dejar de escribir libros de poemas –aunque sigan publicándolos-- para limitase a añadir algunos nuevos poemas a su obra completa. Pasó con Antonio Machado, pasó con Rubén Darío, pasa con Felipe Benítez Reyes. El caso de Guillén es distinto. Tras la publicación de Aire nuestro en 1968, hasta su muerte en 1983 no dejó de escribir poemas, pero dejó de escribir poesía.

            No anima demasiado a su lectura el título del último libro de Benítez Reyes, Un mentido color; tampoco las dos citas (del Diccionario de Autoridades y de Sebastián de Covarrubias) con que pretende justificarlo o el primer poema con su “corazón sin rumbo / en la noche indecisa”, su “retórica del daño” y otras literaturizadas vaguedades. Los poemas de Benítez Reyes ganan cuando alzan el vuelo desde un referente concreto: la nieve que cae “liviana y grávida”, unos gorriones que se acercan a su balcón, una sinagoga en Úbeda.

            Al puñado de espléndidos poemas que justifican la entrega, se añaden unos cuantos ejercicios retóricos (“Cancionero arcaizante de plenilunio”. “Versión libre de un poema de Jules Laforgue”, “Canción y coda” y su variación) que acreditan el buen hacer del poeta, pero que lo alejan de la sensibilidad contemporánea para acercarlo al denostado garcilasismo. Cuando Benítez Reyes se deja llevar por su gusto por la divagación y la frase demorada y llena de incisos, el lector pronto pierde pie y se pone a pensar en otra cosa. En algún caso, incluso se podría hacer un experimento: reducir los casi treinta versos (que constituyen una única oración) de “Silvia” a los dos primeros y los dos últimos. Comprobaríamos entonces que el poema –un poema de amor conyugal-- no parece perder nada y sí ganar en intensidad.

            El Benítez Reyes al que estamos acostumbrados, ingenioso y certero, lo encontramos en las viñetas mitológico-costumbristas de “Al hilo del poema ‘For a Moment’, de D. H. Lawrence”, en el que reviven Medusa, Saturno, Mercurio, Hércules y Eurídice de peculiar manera: “El repartidor a domicilio ejerce de Mercurio / con su moto que suena como una gran carroza / de hierro atormentado”. También lo hallamos en la enumeración, llena de aciertos imaginativos y expresivos, de “Las artes y las ciencias”

            En el poema “Los gorriones”, acorde con el tema, deja a un lado su ingenio y habitual utillaje retórico: “Cada amanecer tienen dispuestos / unas migas de pan en la terraza”. El poema gana así en verdad y cercanía, aunque haya quien prefiera el oropel neomodernista. Con idéntico tono menor comienza “Las olas”: “Hoy hablaré de vosotras / las olas que rompisteis en la mar de mi infancia”. La evocación de la olas es también la del asombro de aquel “niño frente al dragón rampante / de la cresta de espuma que de pronto rugía / con las fauces abiertas”.

            “Un perfume” acumula sinestesias: “Se oyen aquí, por dentro del aroma, / las playas desplegadas como un velo de oro, / el agua frutal de las fuentes frías, / de los arroyos veloces, / la majestad del sol, con su corona de fuego, / en el muro encalado”. El poeta muestra aquí que puede competir con los mejores creativos publicitarios: “Abres el frasco y parece abrirse el día / en un huerto cercado por un mar”.

            A la estética novísima –no en vano está dedicado a José María Álvarez—nos remite “Aparición de Ezra Pound en Venecia”. Los primeros versos podría haberlos firmado el mejor Gimferrer, el que se llamaba Pedro y escribía Arde el mar: “De repente, / en un embarcadero verdecido de líquenes, / en un  callejón de rumores acuáticos, / el holograma fantasmagórico de Ezra Pound”. El poema –no importan esas resonancias-- aúna culturalismo y verdad y es una de las piezas imprescindibles del volumen. “Venus de Itálica” vuelve a la sencillez expresiva. Comienza con unos versos que parecen limitarse a copiar la cartela que acompaña a la escultura: “Figura mutilada de mujer. / Aproximadamente siglo II, d. de C., / bajo el imperio de Adriano”. A ratos nos recuerda al Jorge de Sena de Metamorfosis, en especial al poema “Cabeza romana de Milreu”, traducido por Víctor Botas en Segunda mano, especialmente en versos como “Doncella en su esplendor decapitada, / helada allá en sí misma, / joven siglo tras siglo y sin ser nadie”.

            A Fernando Pessoa se le homenajea doblemente: con las variaciones sobre tres versos de los sonetos ingleses (una de ellas escrita en inglés) y con el poema más extenso del libro, “El tramo final de un jueves narrado por Bernardo Soares, ayudante de contabilidad”, en el que a ratos creemos escuchar más que al Bernardo Soares del Libro del desasosiego al Álvaro de Campos de “Tabacaría”. “Yo que, como decía, no he sido nada…”, termina el largo monólogo de Benítez Reyes; “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada”, comienza el del heterónimo pessoano.

            Un mentido color es siempre excelente literatura y contiene un puñado de poemas que no desmerecen en una selección de la mejor poesía de Felipe Benítez Reyes. A algunos les parecerá poco, pero, si somos sinceros, no resulta en esto distinto de los más renombrados poetas de cualquier edad cuando llegan a cierta edad (con la excepción de Borges, por supuesto)..

martes, 21 de diciembre de 2021

La casa de las montañas

 

Diario de un editor con perro
Julián Rodríguez
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2021.

En sus últimos años, Julián Rodríguez (1968-2019) era conocido, sobre todo, por ser un editor excepcional, el creador y el alma de Periférica, pero había sido. y era, muchas cosas más. La pluralidad de sus talentos durante un tiempo pareció jugar en contra suya;  parecía destinado, por falta de constancia y exceso de entusiasmo, a un dorado fracaso en todas sus diversas ocupaciones. Fundó revistas, como La Ronda de Noche, galerías de arte o incluso un restaurante (de hermoso nombre: Bocángel); diseñó libros y colecciones, especialmente para la Editora Regional de Extremadura. La de escritor, comenzada tardíamente, parecía una actividad más. Comenzó con una insólita novela juvenil, Tiempo de invierno, a la que siguió un libro de poemas, Nevada; luego se decantaría por la novela y, sobre todo, la reflexión autobiográfica. Desde el principio, quiso ir más allá de lo consabido, huir de las florituras retóricas. Lo suyo era el minimalismo conceptual. En la última década, absorbido por la labor editorial, parecía haber dejado la escritura, como parecía haber dejado –sin dejarlas--  tantas otras actividades.

            No era así, solo había dejado de publicar libros propios, dedicado a los ajenos. Pero seguía escribiendo y una parte de esos escritos suyos los daba a conocer en una denostada red social, Facebook, donde caben todas las simplezas y todas las maravillas. A Borges le habría entusiasmado –nada se parece más al asombroso Aleph, que en un un punto contiene el universo, que Internet-- y quizá también a Juan Ramón Jiménez, que en ella habría podido publicar una página perfecta cada día, como era su sueño.

            Los autores no escriben libros, sino la materia prima de los libros. Los libros, aunque un solo nombre figure en la portada, son siempre obra colectiva. En este Diario de un editor con perro el otro autor, el editor, es Martin López-Vega. A él se debe una decisión fundamental: publicar solo, de las muchas anotaciones publicadas o inéditas de Julián Rodríguez, aquellas que tienen que ver con sus estancias de fin de semana en una apartada casa rural. Entremezcladas con las anotaciones de otros días perderían intensidad. El subtítulo, La casa de las montañas (2018-2019), quizá debería ser el título, y al revés, el título ir de subtítulo, porque este libro es solo la primera entrega de un diario de escritor que puede convertirse en la obra más perdurable de Julián Rodríguez, la que mejor refleja, sin mutilar ninguno de sus aspectos, su poliédrica, inagotable, inabarcable personalidad.

            Martín López-Vega, que sabe que hay profesiones que aspiran a la invisibilidad, como la de editor o corrector, ha tenido el acierto de dejar las imprescindibles aclaraciones para una escueta nota final. En ella, copia la respuesta del autor a un comentario (la publicación en Facebook permite interactuar de manera inmediata con los lectores), en el que explica el lugar y el tiempo de la escritura: “Esta casa, este jardín y esas nieves, están en uno de los lados segovianos (alto y pobre) de la Sierra de Guadarrama, a solo una hora y media en coche desde Madrid por la carretera de Burgos, pero en realidad ya en otro mundo. De viernes (a las doce de la mañana) a lunes (a las nueve de la mañana) ahí se refugia uno”.

            El perro del editor, Zama, una perra, es el otro protagonista de estas páginas, que nos hablan de duros inviernos y tardías primaveras, de largos paseos, de música y libros, también de cocina (incluso incluye alguna receta), siempre con la sabiduría de quien sabe atenerse a lo esencial. Las notas costumbristas alternan con pinceladas impresionistas sobre el sucederse de las estaciones.

            A veces se alude a las ilustraciones que acompañaban a estas notas en su primera publicación, por lo general fotografías hechas por el propio Julián Rodríguez, y quizá en ese caso deberían haber sido reproducidas, como ocurre con los libros de  W. G. Sebald y con tantos otros posteriores (recordemos Negra espalda del tiempo, de Javier Marías), sin que por eso se convirtiera el volumen en un libro ilustrado. Y algún poema aludido –y reproducido en Facebook-- tal vez debería haber sido reproducido, como se hace con otros, aunque fuera en nota. Un ejemplo: “Llego a casa y busco ese poema de Edna St. Vincent Millay que tanto me gusta. No es difícil saber qué había detrás de tales versos”. El lector se queda sin saber qué versos eran esos. No desmerecen estas minucias el valor de esta edición, ni por supuesto de unas páginas escritas con ejemplar llaneza, sin levantar la voz, con la precisión en los detalles de quien sabe siempre de qué habla.

            No se refiere el escueto editor (Julián Rodríguez no habría querido otra cosa), a un hecho que dota de dramatismo a estas notas, Se fecha la última el jueves 27 de junio de 2019. “¿Huyendo del calor? ¿Qué haces hoy jueves por aquí?”, le pregunta el frutero del mercadillo en el que compra provisiones antes de llegar a casa. Ese fin de semana había adelantado un día el viaje, no sabía por qué. Lo último que escribió, lo último que subió a la red social fue una anotación aparentemente trivial, cotidiana, como tantas: “El termómetro del jardín marcaba veintisiete grados al llegar; el de la cocina, veintidós. Zama corrió hacia el cobertizo primero, luego volvió a la calleja (el portón del jardín estaba abierto) e hizo su ronda. Revisé el nivel del agua en el pozo, puse Radio Clásica, calenté el pisto que sobró el otro día en Madrid”.

Julián Rodríguez fue encontrado muerto a la mañana siguiente. ¿Intuía esa cita, esa visita a la vez inesperada y esperada? ¿Temía que no le encontrara allí, en su querida casa de las montañas, en su refugio contra las inclemencias del tiempo,  si hubiera vuelto a ella el viernes a la hora de costumbre?

jueves, 16 de diciembre de 2021

Qué hay de nuevo en poesía

 


 

Es capital todo lo que fluye
María García Díaz
Traducción de Xaime Martínez
Ultramarinos. Barcelona, 2021.

¿Qué hay de nuevo en poesía?, se preguntan cada cierto tiempo los lectores y los críticos. Han pasado ya más de dos décadas desde que comenzó el siglo XXI, ¿dónde están los poetas que han sucedido a los que se dieron a conocer a finales del siglo anterior, los últimos que parecen haber entrado a formar parte de la historia de la poesía española? ¿Quiénes son los sucesores, en prestigio e influencia, de un Luis Alberto de Cuenca, un Luis García Montero, un Felipe Benítez Reyes?. Hay, sí, epígonos, abundantes epígonos, algunos de indudable talento, pero no se ha vuelto a dar el caso de poetas que aúnen amplia difusión y aceptación crítica.

En el siglo XXI, hemos asistido a un fenómeno en cierto modo semejante al que se da entre la música pop y la música culta: hay por un lado una poesía que se difunde primero en las redes sociales y en lecturas públicas y que, cuando se recopila en libro, alcanza tiradas hasta ahora desconocida en la edición poética; hay, por otro, una poesía que gana premios, algunos de cierta resonancia mediática, pero por lo general cada vez más ignorados y desprestigiados, y que es alabada por críticos afines, por poetas amigos, por estudiosos académicos, e ignoraba por los lectores. Elvira Sastre, que ya ha dado el salto a las editoriales de prestigio, o el cantautor Marwan pueden ser ejemplo de lo primero. María García Díaz, que acaba de publicar su cuarto libro, en versión bilingüe, asturiano y castellano, de lo segundo.

            Es capital todo lo que fluye lleva un prólogo, de cierta ambición teórica,firmado por Unai Velasco, quien aspira a caracterizar a caracterizar a la autora como representativa de una segunda hornada generacional que sucedería a los poetas “que publicaron sus primeros libros durante la década de 2010 (nacidos en los años 80 y principios de los 90). Antes abría otra generación, la del 2000 (nacidos en los 70), Cita muchos nombres de esas dos o tres generaciones Unai Velasco, pero ninguno que destaque sobre el conjunto y las características comunes que los encuentra (unos respiraron “el aire de la Posmodernidad”, otros han crecido advertidos “por la resaca del Posestructuralismo”) son de una gran vaguedad conceptual, lo que las convierte en inoperantes. Se han publicado innumerables antologías de la poesía joven en estas últimas décadas, pero ninguna ha servido para cribar nombres, establecer un canon.

            María García Díaz, nacida en 1992, violinista y estudiosa de la física cuántica, vale quizá más por lo que representa que por sus logros poéticos, al menos hasta el momento. Su cuarto libro de poemas está escrito en asturiano y se publica en Barcelona acompañado de la versión castellana de otro poeta, Xaime Martínez. Está escrito en asturiano, pero no hay ninguna referencia a la tradición poética en esa lengua, tampoco a la tradición española. Abundan las citas, casi todas en inglés, pero en español solo se cita al poco conocido y coetáneo Miguel Rual. Los dos rasgos más evidentes de un sector importante de los nuevos poetas parecen ser el volver la espalda a la tradición literaria española (su lengua de cultura es, en buena medida, el inglés) y un cierto carácter gremial que los lleva a leerse y citarse unos a otros, ajenos al común de los lectores.

            Unai Velasco relaciona ciertas características de la poesía de María García Díaz, como su escritura “narrativamente expoliada”, su estar “a medio camino entre la segmentación cinematográfica y la jugosidad de una observación cuasi microscópica” ,con su dedicación al campo de la física cuántica. Pero ya sabemos que la física cuántica –la física que estudia las partículas elementales: electrones, protones, neutrones, quarks, fotones-- se ha utilizado para justificar muchos disparates: los viajes en el tiempo, los universos paralelos, el poder estar en dos lugares a la vez, los gatos simultáneamente vivos y muertos, y también una presunta literatura cuántica que tiene tanto que ver con ella como cualquiera de esos populares disparates.

            La estética de María García Díaz es la del fragmento, la ruptura sintáctica, la elusión del referente. No siempre consigue escamotear del todo al lector aquello a lo que se refiere. Uno de los poemas vuelve al tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: “Raspa el alba / los colores del gallo / envuelven el cuarto fuera / y un cerebro inflamado / tiene que ir a cosechar el grano / tiene que ir / a guardar la leche / dónde la impostura / entre el pasto, entre las lilas / entre el abono tierno / dónde la impostura / bajo la luz incisiva / dime dónde el simulacro”. En otro (“Homo faber”), encontramos una descripción del arte del lutier. Hay también una enumeración de las restricciones tradicionalmente femeninas  (“No subas / a la mimosa, no manches / los náuticos, / no huelas a regla...”) y algún eco de Safo entremezclado con la poesía oriental: “Si las dos / tenemos sed / vamos a acercarnos al río / vamos a chapotear junto a los lotos / vamos a dialogar / bajo las ramas del sauce”

            Pero lo más frecuente es que unas veces no entendamos muy bien de qué está hablando (toda la serie que da título al libro) y otras nos lo aclara el título (Palermo, una fotografía de Richard Learoyd), pero no nos interesa demasiado lo que nos dice. La mejor María García Díaz es la menos crípticamente pretenciosa: “Tantas veces se dijo / una habitación propia; / yo diría también el glacial viento / de la mar Cantábrica: despeja la cabeza, / esparce las algas, / crea un hogar apropiado / en el cuerpo propio”.

            A los poetas que no están anclados en la tradición se los suele llevar el viento. Bien es cierto que cada poeta verdadero crea su propia tradición y a veces tardamos en reconocerla.

jueves, 9 de diciembre de 2021

La novela de un periodista

  

Palabra de director
Pedro J. Ramírez
Planeta. Barcelona, 2021.
 

Al margen de las simpatías o antipatías que cada uno pueda tener hacia la persona de su autor, Pedro J. Ramírez, pocos libros tan apasionantes como Palabra de director. Puede leerse como una novela “basada en hechos reales”, con un narrador en primera persona que ha estado, como Gabriel Araceli, el protagonista de la primera serie de los Episodios nacionales galdosianos, en primera línea –a veces en los despachos, a veces en las cloacas-- de todos los acontecimientos importantes de la historia española desde los años setenta hasta comienzos del siglo XXI.

            Entre Pepito Grillo y Rasputín, el protagonista de esta trepidante novela ha sabido moverse siempre en todos los círculos del poder. Contribuyó quizá más que nadie a la caída de un presidente, Felipe González, y al encumbramiento de otro, José María Aznar, y fue cercano confidente de Rodríguez Zapatero.

Inverosímiles resultan  muchas de las peripecias que nos cuenta, pero las más inverosímiles sabemos por otros medios que son rigurosamente ciertas: que el Cesid tuviera habilitado un chalet para los escarceos sexuales del jefe del Estado y que con dinero público pagara, si no los favores, sí al menos el silencio de alguna de sus acompañantes; que secuestros, torturas y asesinatos fueran cometidos por mercenarios pagados con dinero público o directamente por funcionarios públicos; que un exjefe de la guardia civil fuera presuntamente detenido en Laos en una chapucera farsa que parece sacada de los tebeos de Mortadelo y Filemón.

            Pedro J. Ramírez tiene muchas cosas que contar y sabe contarlas bien. El libro comienza en 1980 cuando es nombrado director de un declinante Diario 16 y --aunque hay un flash back a los años en que se inicia como periodista y muy pronto entra a formar parte de la plantilla del ABC-- tiene el acierto de no dedicar más de página y media a sus orígenes familiares y a sus años de infancia y adolescencia. Sabe que lo que nos importa a los lectores –no todos los memorialistas lo saben-- es lo que pueda contarnos de unas trepidantes décadas que el vivió entre bastidores de los grandes acontecimientos y a veces en el escenario.

            No nos defrauda. De la relación de Aznar con Bush se ha hablado mucho, pero no sabíamos –o no sabía yo--  el favor que antes le hizo al anterior presidente. Así se lo confidencia a Pedro J. Ramírez: “Clinton me propuso que saliéramos a fumar un puro al jardín. Entonces me pidió que hiciera una gestión ante Chirac para que apoye la destrucción de todas las infraestructuras de comunicación serbias, incluida la televisión”. Muy pocos días después hubo una oleada de bombardeos sobre Belgrado y la sede de la televisión serbia fue borrada del mapa. Pedro J. anota maravillado: “Así funcionaba el club de las grandes potencias, en el que España trataba de asomar la cabeza: un domingo Aznar me había hablado de esa torre de comunicaciones y un miércoles había sido borrada del mapa”.

            En 1985 acompaña a los reyes en un viaje oficial a la Unión Soviética y allí es testigo de un conato de trifulca entre ellos “a cuenta de algo tan nimio como la tardanza de la reina en arreglarse”. De ese detalle no hay constancia fuera de estas páginas, pero sí de otros más graves, como las ausencias del rey sin permiso del gobierno, según era preceptivo, que le impedían a veces cumplir con sus obligaciones. En 1992, se retrasó el nombramiento del sucesor de Fernández Ordóñez porque no se le podía comunicar al rey, fuera de España por motivos privados (acompañaba a su amante de entonces). Y a veces, para no retrasar algún asunto, se tuvo que hacer trampas. Una información de El Mundo afirmaba lo siguiente: “Según el BOE, el rey firmó una ley en Madrid un día que estaba en Suiza”. Se atribuyó, qué remedio, a una errata.

            Hay muchos diálogos en Palabra de director, muchas palabras puestas en boca de personajes reales. ¿Son transcripciones directas o recreación del autor? Como bastantes de esos personajes aún viven, ellos podrán confirmarlo o desmentirlo. Una acusación del entonces ministro de Interior y Justicia resulta particularmente grave: “Belloch me había citado, a finales del año anterior, en su despacho del palacio de Parcent y me había pedido ayuda para encontrar a Roldán. ‘Se trata de poner a un delincuente a disposición de la justicia… antes de que alguien se nos adelante y le mate’. Le pregunté a quién se refería y me contestó sin rodeos: Narcís Serra”.

            Juan Alberto Belloch es en estas memorias un intrigante poco de fiar. Su gran aspiración era sustituir a González como jefe del Gobierno y líder del PSOE y no tuvo inconveniente en buscar la ayuda del director del diario que más ferozmente combatía a los socialistas: “Para ganar mi confianza se reunió una y otra vez conmigo, permitiéndome incluso escuchar, al través del altavoz del teléfono, las conversaciones que mantenía con González durante sus viajes en el extranjero”. También le consiguió, al parecer, copia de un sumario secreto para que pudiera anticiparlo como exclusiva.

            En este fascinante relato, protagonizado por un “elegido del destino” –así llega a considerarse--, no podía faltar la trama, la trampa sexual. No elude Pedro J. Ramírez los detalles escabrosos de aquel encuentro en que una conocida –solo la había visto media docena de veces y de manera amistosa--  le recibió en ropa interior, le ofreció una copa, ya preparada sobre una mesita, y le propuso realizar “una serie de juegos sexuales inesperados e infrecuentes”. El video de aquel encuentro circuló entre risotadas por toda España, pero finalmente quien rio mejor fue Pedro J. que logró llevar a juicio a todos los implicados, muy próximos a Rafael Vera y a otros implicados en los Gal.

            Muchas cosas nos descubre este libro sobre cómo funcionaban, y seguramente funcionan, las cosas en España. Pedro J. tenía un chalet en Mallorca que incluía una piscina  ilegal según la ley de Costas. Para arreglar el problema, acudió a la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. La ministra, tras estudiar el asunto, le dijo que no tenía más remedio que abrirle un expediente “por incumplimiento de los términos de la concesión”. No conforme con ello, llama a Bono. El ministro de Defensa se quedó atónito y decidió contárselo a Zapatero. Al rato, llama a Ramírez: “Oye, que el presidente no sabía nada. Que él creía que la cosa iba bien. Fíjate lo que me ha dicho: ‘¡Menudo carácter tiene esta mujer!’. Chico, yo alucino”.

            No cabe duda de que quien es capaz de involucrar, no ya a varios ministros, sino a todo un presidente del Gobierno para solucionar un problema administrativo no es un cualquiera. Al parecer para expulsarle de la dirección de Diario 16 tuvo que intervenir incluso el rey, aunque luego se arrepintiera. Tras la publicación del artículo “Un verano en Mallorca”, que constituyó “la primera crítica a la conducta de Juan Carlos que se publicaba en un gran diario nacional”, el jefe de la Casa Real le invitó a tomar café en la Zarzuela y a poco apareció el rey: “Ya sé que tú sabes que un día yo le dije a Juan Tomas de Salas que no se sentara a mi lado hasta que no te echara como director de Diario 16… pero no pensé que iba a ser tan tonto como para hacerme caso”.

            Esta primera entrega de las memorias de un periodista “que nunca ha temido a la verdad” terminan cuando se encuentra “en la cumbre de toda su fortuna”, cuando aparecía en las listas de los diez hombres más influyentes de España –a veces, “incluso entre los cinco”, aclara--, se le consideraba “el periodista europeo más influyente”, el jefe del Gobierno y el de la oposición le invitaban con frecuencia a su casa y él les invitaba a la suya. Era en 2006, luego vendrían la crisis económica y las peripecias que acabaron con su expulsión de El Mundo, pero eso queda para otro tomo, que no será menos impactante que esta Palabra de director, más recomendable que ninguna novela negra para pasar entre sonrisas y sobresaltos las noches de insomnio.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Jardín inglés

 

Un aire inglés
Ensayos hispano-británicos
Ignacio Peyró
Fórcola. Madrid, 2021.
 

No todo lo que se publica en los periódicos –en la prensa periódica en general-- son artículos periodísticos. Dejando de lado las revistas propiamente literarias, en las publicaciones de información general han encontrado su primer lugar cuentos, novelas, ensayos que luego aparecerían –no siempre, o no al poco-- en libro. Las mejores obras de Chaves Nogales, por citar el ejemplo de un periodista que hoy es tenido como uno de los grandes escritores de su tiempo, no tuvieron que esperar al nuestro para pasar de las hemerotecas a las bibliotecas: El maestro Juan Martínez que estaba allí o Juan Belmonte, matador de toros, tras aparecer seriadas en la revista Estampa, lo hicieron de inmediato --1934, 1935, respectivamente-- en volumen. Y alguno de los más conocidos títulos de Ortega, antes que en libro, apareció en los folletones de El Sol, sin que eso suponga considerarlo como una recopilación de artículos periodísticos.

            Tampoco lo es, o lo es solo en su parte más prescindible, Un aire inglés, que lleva el subtítulo de “Ensayos hispano-británicos” y que supone la plena confirmación de que Ignacio Peyró puede ya incluirse entre los nombres imprescindibles de la literatura española contemporánea, entendiendo por literatura, como debe entenderse, algo más que la literatura de ficción.

            Pocos le igualan en erudición, en plural curiosidad y en gracia expresiva. Poco importa que en Un aire inglés  hable de escritores poco conocidos entre nosotros, como James Lees-Milne, o muy conocidos, como Rudyard Kipling, él sabe apasionarnos entremezclando el cuento de la vida, casi siempre excéntrica --se trata de autores ingleses-- con el lúcido análisis de la obra.

            Un aire inglés sería una obra maestra si se hubiera limitado a sus dos primeras partes, la que lleva el mismo título del conjunto, y “Biblioteca y Jardín”, con el añadido de algunos pocos capítulos más: la espléndida etopeya de Winston Churchill o los que se dedican a Josep Pla, Edith Wharton o Louis Auchincloss.

            Las reflexiones de tema político –Ignacio Peyró fue asesor y redactor de discursos de Mariano Rajoy-- estarían mejor en otro volumen y algunos de los artículos rescatados de las páginas de ABC o El Mundo habrían podido seguir en ellas sin que se las echara de menos. No parece de una gran lucidez indicar en 2014 que Felipe VI comienza su relato como continuación “del gran relato del reinado de Juan Carlos I”, cuando lo que le convenía hacer –y lo que intentó hacer-- era desmarcarse de inmediato de ese relato, renunciar a una pesada herencia de vileza y corrupción.

            No quiere esto decir que los reparos a esta nutrida recopilación sean ideológicos. La cultura española, muy injustamente, ha tratado de ser monopolizada por la izquierda. Ignacio Peyró nos demuestra que el sectarismo no es patrimonio de ninguna corriente y que la amplitud de miras, la concordia y la sensatez caben en cualquiera de ellas. A veces, sin embargo, asoma un poquito la oreja de sus orígenes. Hablando de los diferentes exilios españoles en Londres, afirma que “no dejan de escribir ante nosotros uno de los retratos más amables y emotivos de nuestro país: el formado por las solidaridades, asistencias y cortesías de unos españoles para con otros, por distintos que fueran”. Y lo ejemplifica con “la bonhomía con que un cura asturiano, hermano de Riego, reparte chorizos ‘legítimos extremeños’ para confortar a los enfermos”; con  los bailes que organiza la UGT o con  “las misas que convoca el Opus Dei para las muchachas que, pasados los años cincuenta, se iban a Londres a servir”. Curioso ejemplo de solidaridad entre españoles exiliados este último.

            Menos es más, según el repetido adagio de Mies Van der Rohe. Hacer una obra nueva con material ya publicado requiere resistir la tentación de la exhaustividad y también la de mezclar sabores que no combinan bien. Y sobra –salvo que se trate de una obra póstuma o de una edición crítica-- indicar la procedencia y el carácter original –prólogos, conferencias, colaboraciones en las mejores revistas, en este caso-- de cada pieza. La obra maestra, el clásico del ensayismo contemporáneo, que podría haber sido Un aire inglés resulta así un tanto desfigurado por el pegote de cien o ciento cincuenta prescindibles páginas.

La Inglaterra de la que está enamorado Ignacio Peyró es la Inglaterra de otro tiempo, el “mundo confortable” de grandes mansiones, clubs y caballeros que lo mismo fatigaban caballos que traducían hexámetros del griego, un mundo del que no se oculta su lado clasista y oscuro, pero que él prefiere ver en sus facetas más luminosas.  Inolvidables resultan muchas de sus viñetas biográficas –una de ellas dedicadas a un español memorable y olvidado, Augusto Assía-, pero no menos lúcidos resultan sus análisis literarios. Es imposible leer este libro sin apuntar un puñado de obras de las que no habíamos oído hablar y de inmediato comenzamos a buscar.

            Las breves anotaciones recogidas con el título de “Los escondites ingleses” pueden leerse como una propina a esta obra desmesurada y ejemplar y como un anticipo de esa personal guía de Inglaterra que un editor avispado no tardará en encargarle a Ignacio Peyró, el más omnívoro de los ensayistas españoles contemporáneos.