jueves, 7 de abril de 2022

La lección de Maquiavelo

 

El poder
Pedro Baños
Rosamerón. Barcelona, 2022.

¿Puede sernos útil en el complejo mundo de hoy un libro escrito a comienzos del siglo XVI ? ¿Nos enseñarán algo las alianzas y los conflictos entre aquellos pequeños estados de la Italia del renacimiento y los reinos de Francia y España? ¿Qué podemos aprender de la trágica peripecia de César Borgia o de aquel Oliverotto da Fermo que inspiró un memorable poema a Manuel Machado? Cuando Maquiavelo escribió El príncipe, se encontraba desterrado en San Casciano, tras el retorno al poder de los Medici. Se lo dedicó a Lorenzo II de Medici, a quien insta en el epílogo a convertirse en el unificador y liberador de Italia: “La ocasión que se presenta es demasiado excelente para dejarla escapar y ya ha llegado el momento de que Italia vea rotas sus cadenas. ¿Con qué muestras de alegría y admiración no recibirán a su libertador estas desgraciadas provincias que gimen desde hace tanto tiempo bajo el yugo de una dominación odiosa?”

            Aunque no se imprimió hasta 1532, ya muerto su autor, comenzó a divulgarse a poco de su escritura, en 1513, y de inmediato fue motivo de escándalo. La intención de Maquiavelo era hablar “de cómo las cosas son en realidad y no como el vulgo se las imagina”. Su nombre ha dado lugar a un adjetivo peyorativo, maquiavélico, y sus lúcidas reflexiones se han simplificado en “el fin justifica los medios”. Maquiavelo, por primera vez, nos habla de cómo conseguir el poder político, y cómo mantenerse en él, sin las veladuras éticas y cosméticas habituales. Trata de contar las cosas como son, no como las presenta la propaganda de cada una de las partes.

            Pedro Baños, militar en la reserva, discutido analista político, ha leído atentamente a Maquiavelo y nos ofrece el resultado de sus reflexiones en El poder.  Las acompaña de una reedición de El príncipe en traducción de Daniel Tubau. Una traducción, por cierto, en la que encontramos algunos errores de bulto. El capítulo XXI está dedicado a Fernando el Católico y comienza así en esta versión: “A Fernando VI, que hoy es rey de España, se le puede considerar como un nuevo príncipe, porque de simple rey de un Estado pequeño se ha convertido en el primer rey de la cristiandad”. Podemos pensar que lo de Fernando VI en lugar de Fernando V de Castilla (Fernando fue rey de Aragón y de Castilla, pero Isabel, en contra de lo que se cree, lo fue solo de Castilla) es una errata, pero en realidad se trata de un desafortunado arreglo. El capítulo comienza de la siguiente manera: “Ninguna cosa hace estimar tanto a un príncipe como las grandes empresas y el dar ejemplos fuera de lo común. Nosotros tenemos en nuestro tiempo a Fernando, rey de Aragón, actual rey de España. Se le puede considerar un príncipe nuevo porque de ser un rey débil ha llegado a ser por fama y por gloria el primer rey de la cristiandad”. Más adelante leemos en la versión de Tubau que “de una manera bárbara y cruel expulsó a los moros de sus Estados”. Pero Maquiavelo no habla de los moros, que serían expulsados por Felipe III, sino de los “Marrani”, que es el nombre que él da a los judíos. Ya la dedicatoria “al magnífico Lorenzo de Medicis” incluye una errata que lleva a confusión al lector, al hacerle pensar —como probablemente pensó el traductor— que va dirigida a Lorenzo el Magnífico, que había muerto en 1492 y al que por ello difícilmente se le podía animar a la unificación de Italia. El original está dedicado “al magnifico Lorenzo di Piero de’Medici”, esto es, a Lorenzo II.

            El descuido de esta nueva edición de El príncipe hace que leamos al mediático Pedro Baños —hoy en el ostracismo por haberse atrevido a matizar la versión oficial del conflicto entre Rusia y la OTAN— con ciertas prevenciones. Pero su resumen de las ideas de Maquiavelo resulta sensato, didáctico y muy ajustado a nuestro tiempo y a cualquier tiempo, aunque en ocasiones suene quizá a libro de autoayuda. “Saber qué se debe hacer no implica saber cómo hacerlo”, “Que la suerte te encuentre trabajando”, “Los privilegios deben corresponderse a los méritos”, “Las prisas son malas consejeras” titula alguna de las subdivisiones de los capítulos. Echamos en falta esos ejemplos concretos tan abundantes en Maquiavelo. Ejemplos de cómo tanto ayer como hoy mismo idénticos hechos son considerados disculpables “daños colaterales” si los comenten los de un bando (el nuestro) e imperdonables “crímenes de guerra” si son atribuidos al otro bando. Fácil resulta imaginar muy recientes casos de líderes que podrían ejemplificar el capitulillo “Nunca desperdicies una crisis grave”, en el que se glosa una oportuna cita de Maquiavelo: “A un príncipe le conviene buscar enemigos que le obliguen a salir de una peligrosa inercia y le den ocasiones para ser admirado y querido por sus súbditos, tanto los leales como los rebeldes”.

            Al final de cada capítulo, suele dedicar Pedro Baños unas líneas al “mundo virtual”, a los efectos de Internet en las relaciones políticas, y ahí suele dar muestras de una cierta ingenuidad: “Hoy no solo los vencedores escriben la historia. Una imagen de métodos atroces puede servir para desacreditar a los vencedores y perder el apoyo de la opinión pública. Por eso debemos luchar para conseguir una geopolítica humana, para que la opinión pública sea precisamente eso: más pública que nunca”.

            Hace falta algo más que una imagen para perder el apoyo de la opinión pública, hace falta que los medios de comunicación reiteren esa imagen en las portadas y la reproduzcan una y otra vez los noticiarios televisivos. Y nunca lo hacen con las imágenes que dañan a quienes los controlan en cada momento.  Siempre, en cualquier conflicto, la razón está de nuestra parte, y pobre del que se atreva a poner algún reparo y concederle, aunque solo sea parcialmente, alguna razón al “enemigo”. Pedro Baños sabe de ello, como lo sabe cualquiera que se atreva a llevar la contraria a la verdad oficial. Maquiavelo lo vio claro y por eso sigue tan vigente hoy como ayer.

jueves, 31 de marzo de 2022

La invención del amor

 

 

Los poemas de amor más antiguos del mundo
Eduardo Gris Romero
Pre-Textos. Valencia, 2022.

Al contrario que el sexo, que obedece a un impulso biológico, el amor es una construcción cultural. Pero si esto es así, sus comienzos no están ni en el amor cortés de los trovadores ni en el amor romántico, sino muchos siglos atrás, casi en el origen de la civilización, y no tuvo un origen, sino varios. Eduardo Gris Romero ha publicado una antología sorprendente, Los poemas de amor más antiguos del mundo, en la que reúne casi un centenar de poemas escritos entre el tercer milenio antes de Cristo y el siglo VI y que puede leerse como un libro unitario. Ayuda a ello el que la mayor parte de los textos sean anónimos y que incluso los que no lo son, los poemas y fragmentos de la lírica arcaica griega, aparezcan como tales, identificándose solo el autor en las notas. Pudiera pensarse que se trata, no propiamente de traducciones, sino de versiones personales, en ocasiones demasiado personales, pero no es así. El volumen tiene su origen en una tesis doctoral, el prólogo nos refiere de los pasos de la investigación, lleva la adecuada bibliografía y una “tabla de correspondencias” que nos remite a los originales en ediciones autorizadas. Obviamente, Eduardo Gris Romero no conoce todas las lengua en las que se escribieron unos poemas que proceden de Mesopotamia, Egipto, China, Grecia, Israel e India, pero ha tenido en cuenta las investigaciones de los especialistas y sus traducciones a otras lenguas, al inglés y al alemán principalmente.

En la poesía griega, no ofrece mucha diferencia con las versiones que conocemos. Rodríguez Adrados traduce en prosa los tres versos de un fragmento de Arquíloco: “Tal deseo de amor, envolviéndome el corazón, extendió sobre mis ojos una densa niebla, robándome del pecho mis tiernas entrañas”. Gris Romero lo hace en verso: “Tal ansia de amor me revolvió el corazón / y derramó sobre mis ojos sombra espesa, / arrancándome del pecho mis tiernas entrañas”. Su intervención es mayor en otros casos, como en la poesía china. La primera estrofa del poema 3 del Shin Ching Carmelo Elorduy la traduce así: “Recogiendo voy el cerastio. / Aún no he llenado la mitad inferior de mi cestita. / ¡Ah! Pienso siempre en mi hombre. / Voy a dejar mi cestita en la carretera de Chou”. Gris Romero simplifica: “Voy recolectando plantas, / pero no llenan mi cesta. / Suspiro por el amado / y la dejo en el camino”.

            Pero si los poemas se leen con agrado y en más de un caso nos emocionan como si hubieran sido escritos ahora mismo, las notas suscitan en más de un caso cierta perplejidad. El amante llama a la puerta de la amada en “El cantar de los cantares”: “Ábreme, mi amada, mi amiga, / paloma mía, preciosa, / pues mi cabeza está empapada de rocío, / mis cabellos del sereno de la noche”. Gris Romero escribe en su comentario: “Parece que en la poesía mesopotámica la cabeza es metáfora del pene, y esta imagen pudo pasar al mundo hebreo. La cabeza empapada de rocío aludiría a la excitación sexual del muchacho. La cuestión ya no sería entonces la llovizna nocturna, sino la necesidad de satisfacer su deseo”. Más adelante se lee que el amante introduce la mano por la abertura de la puerta y entonces se nos indica que “la mano es metáfora del pene en otros lugares de la Biblia”.

            El comentario que al final de cada poema, parafrasea el texto, añade generalmente un contenido sexual donde no aparece explícito, a menudo un tanto arbitrariamente, y observaciones personales no siempre muy pertinentes. “La imagen me parece de una comicidad irresistible” dice a propósito de uno de los ejemplos del Sattrasai: “Que la aldea haya ardido sin remedio, / a pesar de haber muchachos disponibles, / es culpa de tus pechos / agitándose en la confusión”. La presunta comicidad no es precisamente irresistible.

Por lo general estos poemas no necesitan ninguna aclaración, aunque hayan sido escritos hace siglos. De muchos nos han llegado solo fragmentos; de otros se nos ofrecen solo fragmentos, no sabemos bien por qué.

            Quien habla en la mayoría de ellos, como en las jarchas mozárabes, es una mujer. Puede sorprender este hecho, ya que hasta donde sabemos —Safo es la excepción—  durante siglos la creación poética parece reservada a los hombres. Pero cuando Pessoa escribió que “el poeta es un fingidor” no estaba inventando nada, sino expresando una verdad que, negada durante la época romántica —cuando el poema se consideraba un desahogo del corazón—, ya estaba presente en los primeros poetas cuyos versos han llegado hasta nosotros.

            Traducidos por Eduardo Gris Romero, entre los poemas que vienen de la India (“Todos dicen que mi amado, / corazón duro, se irá con el alba. / ¡Alárgate, señora Noche, / para que nunca llegue la mañana!”), de Grecia (“ Se ocultan la luna y las Pléyades,  / media la noche, / pasa el momento / y yo duermo sola”) o de la China anterior a la famosa dinastía Tang (“Está recogiendo lino. / Un día sin verle / es como tres meses. / Está recogiendo artemisa. / Un día sin verle / es como tres otoños. / Está recogiendo ajenjo. / Un día sin verle / es como tres años”). No muy distintos estos poemas de la poesía tradicional española:  “Si la noche se hace oscura / y tan corto es el camino, / ¿cómo no venís, amigo?”, una de cuyas variantes se canta en La Celestina.

            Por encima de las diferencia epocales y culturales, parece que hay unos “universales del sentimiento”, que diría Machado. Este libro, que es sobre todo una excelente antología poética, trata de determinarlos.

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

Personal y político

 

 

Panfleto de Kronborg
Jesús del Campo
Acantilado. Barcelona, 2022.

La palabra “panfleto”, el adjetivo “panfletario” suelen utilizarse hoy en un sentido negativo, pero tienen una ilustre progenie; en su origen eran textos breves, hojas volanderas o folletos, que zaherían al poderoso, que decían lo que la información oficial callaba. A Voltaire se deben algunos de los más eficaces. En la Rusia soviética, en la España de Franco y en la Cuba de Castro tuvieron su sentido y los autores arriesgaban su libertad, o en algún caso su vida, por escribirlos.

            Este Panfleto de Kronborg de Jesús del Campo es y no es un panfleto. Jesús del Campo, nacido en Gijón en 1956, de formación anglosajona, comenzó publicando poesía en inglés, pero se dio a conocer con una novela, Los diarios clandestinos de Blancanieves, que le mostraba como un escritor culto, personal, capaz de darle la vuelta a lo consabido. En su obra de ficción ha gustado de recrear o continuar textos bien conocidos. Así Las últimas voluntades del caballero Hawkins es una peculiar segunda parte de La isla del tesoro. También ha escrito libros de viajes que se distinguen por entremezclar anecdotario personal e histórico, referencias de la alta cultura y de la cultura popular, Shakespeare con los Rolling Stone.

            Mucho de caleidoscopio, de atrevido mosaico, tiene Panfleto de Kronborg, que comienza ante el castillo de Hamlet y en muchas de sus páginas glosa el diario que Montaigne escribió durante su viaje a Italia. Jesús del Campo salta con agilidad de un tema a otro, de un personaje a otro, de Isabel Tudor a Felipe II y siempre nos sorprende, nunca nos aburre, a ratos nos admira y a menudo nos irrita. Su libro no es mera brillante errabundia por la geografía y la historia, pretende ser una obra de tesis. A su entender, la contemporaneidad se caracteriza por un enfrentamiento entre la estupidez y el talento, en el que el talento lleva cada vez más todas las de perder. Y la causa de esa derrota para él está muy clara: el triunfo del populismo.

            Gusta Jesús del Campo de afirmaciones rotundas que llaman de inmediato la atención. Un ejemplo: “El norte y el sur hablan de dinero sin ponerse de acuerdo porque un papa charló con sus cardenales en la misa de Navidad”.  Esperamos una aclaración, pero en el siguiente párrafo se pasa a otra cosa. Antes nos ha contado que, cuando Montaigne estuvo en Roma, le llamó la atención que, durante la misa de Navidad, el papa y los cardenales pasaron la mayor parte del tiempo leyendo y charlando. El salto conceptual de la observación de Montaigne a la afirmación del Jesús del Campo parece demasiado grande.

            Cuando en este libro se habla de “populismo”, ese término denigratorio de moda, no se habla de populismo en general, sino más en concreto del populismo de Podemos, aunque tal término nunca se mencione. Sí se afirma que lo alumbró el socialismo: “No se concibe el auge del populismo español sin la desidia del partido socialista que lo vio crecer y que, en vez de reprocharle su zafiedad amenazante, agachó la cabeza y lo tuvo por novedad saludable y quizá ejemplar”.

            Panfleto de Kronborg, como panfleto, resulta más simplista que eficaz. Insiste el autor una y otra vez en que buena parte de la incapacidad de España para estar a la altura de Francia, Inglaterra o su admirado Estados Unidos se debe a no haber tenido una revolución: “Así como los norteamericanos derrotaron a los ingleses en su revolución, y los franceses al Antiguo Régimen en la suya, los españoles echan de menos tener un derrotado a mano y convierten la guerra civil en algo parecido a un mito fundacional”. Se olvida Jesús del Campo que después de la victoria de los colonos norteamericanos sobre los ingleses y después de la Revolución Francesa, los españoles tuvieron un “derrotado a mano”, y no uno cualquiera, sino nada menos que Napoleón. La llamada Guerra de la Independencia —antes guerra y revolución de España— supuso el nacimiento de la nación española tal como la conocemos.

            Más afirmaciones rebatibles, esté uno o no de acuerdo con las ideas políticas de Jesús del Campo: “Los europeos occidentales no aprendieron que las guerras las puede ganar el malo, siguen pensando que el lado de la bondad se acaba imponiendo por su propio peso en la tierra de los elegidos. La condescendencia francesa hacia España está relacionada con esa creencia tan absurda. A España le pueden pasar cosas malas, a Francia no”. Eso lo podrá pensar Jesús del Campo, que tiene ideas algo peregrinas sobre el asunto, pero no los franceses: a la guerra civil española le siguió la humillante derrota francesa de 1940 y luego, tras la “liberación” y las depuraciones consiguientes, llegó la guerra de Argelia. A Francia también “le pueden pasar cosas malas”.

            No faltan la habituales diatribas contra las redes sociales o los selfies, en las que no se distingue el uso del abuso. Sorprende su elogio de la publicidad, aunque las razones que da resultan difícilmente compartibles: “La publicidad tiene, frente a las lentitudes de la literatura, el mérito de decir mucho en poco. Eso la enemista con la explicitud que azota el siglo y que, cuanto más creciente, más aborrega a quien la sufre. Y eso hace también que la publicidad, a diferencia de la literatura, sea un arte interesante”. Rebatir estas afirmaciones está al alcance de cualquiera: “las lentitudes de la literatura” podrán referirse a las novelas de muchos cientos de páginas, pero no al cuento ni a la poesía, y mucho menos en sus variantes, tan difundidas hoy, del microrrelato o el haiku. ¿La publicidad no es explícita? Puede no serlo, pero no es lo habitual. Recomendamos a Jesús del Campo que no se levante durante los intermedios publicitarios de cualquier programa de la televisión generalista y comprobará si lo es o no.

            La viñeta que nos da de los institutos de secundaria, y que pone en boca de una amiga, sí puede considerarse panfletaria y sin matices: “Directores y jefes de estudio que se emborrachan de su poder ridículo, padres que hablan como en Telecinco y linchan profesores. Alumnos indiferentes. Es como si hiciera falta que alguien viniera a decirnos que todo es una farsa, una gran mentira que se sostiene sobre el miedo”.

            Enemigo del populismo de izquierdas y de los independentismos, admirador de la Europa nórdica, no son las ideas políticas de Jesús del Campo las que nos disuenan en este libro, sino su modo de defenderlas, su manera de elevar anécdotas a contundentes categorías: “Un día de confinamientos, un hombre que caminaba frente a mí tiró al asfalto su cigarrillo antes de cruzar la calle. Lo hizo con el descuido de quien hace eso mismo muchas veces. Fue una forma de declarar su relación con los otros que empeora una comunidad. Ese cigarrillo lo barrería otra gente, ese desdén nos perjudicó. El presidente del Gobierno de España tuvo que pedirle dinero al primer ministro de los Países Bajos por eso, porque un hombre tiró su cigarrillo al suelo”.

            No se rebaja Jesús del Campo a explicarnos la relación entre un hecho y otro. Le preferimos cuando abandona el arbitrario púlpito, las generalidades sobre el carácter de las naciones, y nos habla de Walter Raleigh o de su admirado Bob Dylan.

 

jueves, 17 de marzo de 2022

Viví, gocé y amé

  

Obra poética (1964-1967)
Edgar Neville
Edición de Rafael Inglada
Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2021.

Hombre de múltiples talentos, a Edgar Neville aristócrata, diplomático, republicano que se pasó al bando sublevado, en el que nunca encajó del todo— se le recuerda hoy sobre todo como cineasta. En los años veinte, se fue a Hollywood y allí se hizo amigo de Chaplin. Fue a iniciativa suya que otros jóvenes de su generación —Jardiel Poncela, López Rubio— se trasladaran a Estados Unidos para trabajar en la versión española —no se había aún inventado el doblaje— de las películas americanas. Sus grandes éxitos, en los años cincuenta, fueron como dramaturgo: la comedia El baile —con la genial Conchita Montes, su pareja de siempre tras un corto matrimonio frustrado, de protagonista— está entre las más representadas del teatro español. Comenzó como humorista en la línea del absurdo que inauguró Ramón Gómez de la Serna. Su primer libro Eva y Adán, es de relatos y se publicó en 1926 en la imprenta Sur, como la más emblemática revista de su generación, que es la del 27, aunque no formara parte del grupo promocionado por la antología de Gerardo Diego, entre otras cosas porque entonces no escribía versos.

            La dedicación casi exclusiva a la poesía de Neville ocupó sus últimos años, aunque toda su obra esté permeada de poesía. Hasta 1964 (había nacido en 1899), no publicó sus primeras entregas poéticas: tres en ese mismo año. Los editaba Ángel Caffarena en la mítica imprenta Sur de sus inicios y eran cuadernos no venales de tirada reducida. Seguiría publicando versos hasta su muerte, ocurrida en 1967, y aunque los reunió en dos volúmenes más convencionales, Amor huido (1965) y Poemas (1967), nunca se le llegó a tomar demasiado en serio como poeta.

            Ahora Rafael Inglada reúne en Obra poética todos sus poemas tal como fueron apareciendo en las primeras ediciones. Comenzamos a leer con un cierto escepticismo. Pasados los sesenta años, Edgar Neville se enamoró perdidamente de una mujer más joven que no le hizo demasiado caso (la situación la había prefigurado en su comedia Prohibido en otoño) y sus poemas podrían tomarse como un simple desahogo. Y mucho de eso tiene, y un cierto desarreglo formal (no le importa no rimar los cuartetos de un soneto y sí los tercetos), pero enseguida nos dejamos ganar por su encanto, una cualidad que Neville —como Stevenson, según Borges— nunca pierde. La gran poesía, o la que pretende pasar por tal, la poesía con coturnos, parece envejecer más rápidamente que la poesía menor. No pueden competir estos poemas de amor, no lo pretenden, con los de Vicente Aleixandre, pero su humor y su verdad hace que se lean con más gusto. A ratos, los sonetos de Neville anticipan el desenfado de los que Luis Alberto de Cuenca escribiría en los ochenta: “Conmigo no gastaste muchas balas, / que yo caí desde el primer disparo / y resistir hubiera sido en vano. / Me pusiste los hierros del cautivo / y sentí no apretases más los goznes / para sentir el roce de tus manos”.

            Uno de los poemas de esta trilogía inicial —formada por La borrasca, Mar de fondo, El naufragio—, “Llamada a los poetas”, anticipa otra de la líneas poéticas de Edgar Neville, la memorialística, memoria literaria en este caso (escribirá también homenajes a Gómez de la Serna, a Villalón, a Ortega), mientras que en otros poemas evoca el Madrid perdido de su infancia y adolescencia.

            En 1966 vuelve Neville a la poesía con varias entregas. La primera, Su último paisaje, comienza con un poema de ese título dedicado a Federico García Lorca. La tirada era de solo 200 ejemplares, en papel de hilo y numerados, y quizá por eso no tuvo problemas con la censura. Comienza citando los versos que le dedicó Antonio Machado, que todavía no se habían incluido en sus poesías completas: “Se le vio caminar entre fusiles / por una calle larga. / Salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada…”. Edgar Neville quiere seguir ese camino hasta encontrar la tumba de Lorca. Indaga y solo se encuentra con “silencios cobardes campesinos, / de esos testigos que no saben nada”. Como tantos biógrafos posteriores quiere saber “dónde fue, dónde está” y se topa con el silencio: “Nos responden miradas angustiadas, / sin arrogancia ibérica, / de sujetos que fueron los vecinos / del crimen más injusto de mi patria”.

            El poema, tan valiente en su momento, sigue conservando la emoción de quien evoca a quien no solo fue un poeta admirado sino también a su “compañero de aulas / y Derecho Romano… / Compañero en el cante por soleares / y los cantos de fragua. /Amigo en los estrenos y tertulias”.

            Poesía impura la de Edgar Neville, poesía un tanto despeinada, que no excluye la anécdota ni la directa efusión sentimental, que a veces cae en expresiones banales (como llamar “finos poemas” a las greguerías en el comienzo del poema “Ramón”), pero todo se lo perdonamos a este autor que no quiere ser “sublime sin interrupción”. Y que se despide, sin patetismo alguno, en el poema “He tenido mucho gusto en conocerlos”, del que cito unos versos que podrían servirle de epitafio: “Viví, gocé y amé. / No hubo calvario. / Trabajé solo en lo que me gustaba / y jamás hice esfuerzo extraordinario”.

            Los versos de Edgar Neville, poeta tardío, nunca merecieron demasiada atención crítica, pero se leen con el mismo agrado que cuando fueron escritos. Aunque tuvo que hacer frente a la amargura, como todos, supo despedirse del mundo con una sonrisa: “No me veo en el papel de ‘noble anciano’. / De ‘Patriarca’ no tengo ni el pelo. / Ni ser ‘ese señor tan viejecito’ / que arrastra sus zapatos por el suelo. / Mi corazón me salvará del lance, / cuando vea colmada la medida, / con su exceso de amor sabrá pararse, / interrumpiendo esta agradable vida”.

jueves, 10 de marzo de 2022

Viajar para contarlo

 

La frontera interior
Viaje por Sierra Morena
Manuel Moyano
Prólogo de Sergio del Molino
RBA. Barcelona, 2022.
 

En varios pasajes de su sugerente La frontera interior, cuando tiene algún problema para acceder a un determinado lugar, indica Manuel Moyano a sus interlocutores que está “escribiendo un libro”, que no viaja por viajar, sino para dejar constancia de lo que ve. El viaje está en el origen de la literatura, pero no de esta manera: no se viajaba para escribir, sino que se escribía porque se había viajado y se habían visto cosas insólitas.

            Los diarios de viaje en un principio se escribían para recordar, no para publicar, aunque muchos acabaran publicados, por el propio autor o póstumamente. Con la aparición del periodismo, el viaje comenzó a hacerse y escribirse a la vista de los lectores, en crónicas semanales o diarias: si Azorín —todavía José Martínez Ruiz— sigue la ruta de don Quijote es para irla contando, día tras día, a los lectores de El Imparcial.

            Manuel Moyano, buen discípulo en esto de los hombres del 98, elige para su ruta la España interior, no destinos exóticos. “Viaje por Sierra Morena” se subtitula su libro. Tiene Sierra Morena una larga leyenda de bandoleros y está muy presente en la literatura española. “¡Qué bien los nombres ponía / quien le puso Sierra Morena / a esta sierra mía!”, escribió Antonio Machado. Pero Manuel Moyano concibe la feliz idea, no de atravesarla por alguno de los pasos que unen la Meseta con Andalucía (el de Despeñaperros es el más famoso), sino de recorrerla desde el Este hasta el Oeste, desde la provincia de Jaén hasta tierras portuguesas. Eso le obliga a viajes en zigzag y a pisar lugares casi fantasmales.

            Manuel Moyano es autor de novelas y relatos (algunos de sus microrrelatos figuran en las mejores antologías del género) de corte fantástico o próximo a la ciencia ficción. Se considera heredero de Poe, más que de Chejov. Uno de los escritores que viven en la zona, y con el que previamente ha contactado, el poeta Alejandro López Andrada, le refiere su encuentro con un fantasma, que también ha contado en un conocido programa de televisión, la del Enlutado, una especie de monje con capucha que se aparece de vez en cuando en carreteras apartadas.

            El viaje comienza en Aldeaquemada y entre sus primeras etapas se encuentra La Carolina, lo que le sirve al autor de pretexto para narrarnos la historia de la colonización de aquellas tierras en tiempos de Carlos III; termina en Rosal de la Frontera y en Vila Verde de Ficalho, que son los lugares que vieron los últimos días de libertad de Miguel Hernández. Fue una cuestión de mala suerte lo que llevó a la detención del poeta cuando quiso pasar a Portugal: intentó vender el reloj de oro que le había regalado Vicente Aleixandre con motivo de su boda y creyeron que lo había robado y lo devolvieron a España: “Pero cuando el comandante del puesto iba a soltarlo porque no tenían nada contra él, apareció en Rosal un guardia civil de Callosa de Segura, pueblo vecino a Orihuela, que lo identificó al instante. Se llamaba Salinas. Al verlo, Miguel se levantó hacia él con los brazos abiertos, pensando que ya estaba salvado. ‘¿Tú lo conoces?’, le pregunta el comandante del puesto. Y el guardia va y le contesta: Este es el rojo más hijo de puta de toda España. Este ha matado más gente con su pluma que otros con sus fusiles”.

            También Cervantes, como no podía ser de otra manera, tiene su lugar en estas páginas. La Venta de la Inés, escondida en el antiguo Camino Real entre Córdoba y Toledo, mencionada en Rinconete y Cortadillo, parece guardar todavía el eco de las pisadas del autor del Quijote.

            Pero el escritor más presente en estas páginas es un poeta de Fuenteheridos, pueblo de Huelva, traductor de Pessoa, creador como él de heterónimos, como Violeta G. Rangel, ganadora de un importante premio con un libro de versos en que contaba sus experiencias como prostituta en las Ramblas de Barcelona, y todo un personaje, Manuel Moya, al que solo conocía por fotografías: “La profusa barba blanca y una larga melena gris, el continente corpulento y un nulo atildamiento en el vestir hacían de él, cuanto menos, un personaje singular, una mezcla entre Falstaff y Carl Marx”.

            A Manuel Moyano le gusta referirse pormenorizadamente a lo que come y lo que bebe, y por eso deja constancia de que en casa de su casi homónimo Manuel Moya le ofrecen un “banquete pantagruélico”.

            El lector se siente a gusto acompañando a este viajero que no se refiere a sí en tercera persona (siguiendo el manido ejemplo de Cela y su Viaje a la Alcarria) y escribe sin amaneramientos estilísticos, al que le gusta hablar con la gente (no solo con los cronistas de los pueblos y los poetas de la zona) y de vez en cuando nos deja precisas estampas impresionistas de lugares recónditos.

            Cerramos La frontera interior y nos quedamos con ganas de buscar unos días libres, coger el coche y hacer un paréntesis en la vida cotidiana y acercarnos hacia unos lugares que han dejado su huella en la historia —por aquí tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa— o que parecen estar al margen del mapa y del calendario, lo que quizá sea el mejor efecto que puede hacer en nosotros un libro de viajes.

lunes, 28 de febrero de 2022

Primero la revolución

 

 

Hoy las barricadas
Crónicas de la revolución española, 1933-1937
Anita Brenner
Traducción, introducción y edición crítica de Eduardo San José

Poco dirá al lector español el nombre de Anita Brenner. Hija de inmigrantes judíos letones, nació en México, y siempre se consideró mexicana, aunque la mayor parte de su vida transcurrió en Estados Unidos y toda su obra de antropóloga, periodista y activista cultural la escribió en inglés.

            En 1933, cuando aún no había cumplido treinta años, vino a España y trató de explicar a los lectores de The New York Times o The Nación, publicaciones de las que era corresponsal, lo que suponía la República española en aquel tiempo de crisis de las democracias y de ascenso de Hitler al poder. Volvería luego, ya comenzada la guerra civil, y siguió publicando crónicas hasta 1937, cuando la rebelión y el aplastamiento del POUM, pero parece que la mayor parte de ellas no eran fruto de la observación directa, sino de los informes que le enviaban sus amigos españoles, ligados a la izquierda anticomunista.

            Anita Brenner (se llamaba Hana, pero siempre firmó con el diminutivo familiar) pensó preparar un libro con sus artículos y escribir una novela sobre su experiencia española. No hizo ni una cosa ni otra, pero lo primero —con las crónicas publicadas e inéditas, que ella conservó cuidadosamente en su archivo— lo hace ahora, con minuciosidad ejemplar, Eduardo San José, que da en esta recopilación una buena muestra de lo que puede y debe ser el trabajo universitario. Un apéndice, “Personas del drama”, nos ofrece las biografías sintéticas de los personajes mencionados por Brenner, todos ellos relevantes en su momento, pero la mayoría hoy olvidados.

            Hoy las barricadas —el título procede de la autora, pero quizá no resulta del todo afortunado— nos ilustra sobre lo que “permanece y dura” del periodismo y lo que en él resulta perecedero. Anita Brenner no quiere ser una cronista al uso. En el espléndido prólogo autobiográfico que pensaba poner a sus escritos españoles, y que aquí se reproduce, se presenta como “miembro de la llamada Generación Perdida” que se ahoga “sentada en el fondo de un pozo en Nueva York”. Habla luego en plural: “Nosotros no somos la gente que perdió sus propiedades en 1929. Somos los que se criaron planeando cómodas vidas de éxito, sin tener idea de que los cimientos económicos de esas existencias había colapsado bajo nuestros pies”. Y continúa: “Equipados con el bagaje de los libros, tenemos que encontrar ahora la forma de vivir en el mundo de los hechos”.

            Las crónicas de Anita Brenner sobre la revolución española, sobre la frustrada (en su opinión, casi desde el principio) República, no quieren ser simples reportajes, sino reflexiones ensayísticas sobre la estructura económica de España y su peculiar historia, pero hoy lo que salva al libro es lo que tiene precisamente de crónica de unos años que el paso del tiempo y la confrontación ideológica irían emborronando.

            No podemos tomar demasiado en serio afirmaciones como que “Isabel II fue una reina alegre y escandalosamente democrática, pero reinó en medio de dificultades. Su revolución desde arriba zigzagueó entre revueltas desde abajo, estallidos carlistas y golpes de Estado en el seno de las rivalidades entre liberales”. Su reinado no terminó “en el levantamiento republicano de 1868”, porque la Gloriosa no fue un movimiento republicano.

            Más interesante que las divagaciones de la autora sobre la historia de España son sus referencias a Unamuno, a quien presenta siempre como un heraldo del fascismo. Tras hablarnos de las simpatías de Unamuno por Gil Robles, afirma que le aseguró que “el fascismo es la única solución”. En otro capítulo escribe: “Unamuno truena: ¡El fascismo es la única respuesta!”. Y más adelante llegará a poner en su boca que “el fascismo es su única esperanza”. El lector echa de menos esa entrevista con Unamuno, que no sabemos si se publicó, aunque Eduardo San José menciona en el prólogo una semblanza inédita del rector salmantino, “Spain’s Honest Man”, sin explicarnos por qué no la incluye en el volumen.

            Otro de los protagonistas de estas crónica es Gil Robles: “Era el presidente de la organización juvenil jesuita los Hijos de San Luis. Es un hombre rollizo, cetrino y sonriente, con ojos de botón, nariz corta, labios carnosos y un hoyuelo en la mejilla. Asistió al congreso nazi de Núremberg y regresó con muchas ideas, pero cuando ensaya el saludo fascista se convierte en un gesto de invocación sacerdotal. Los obreros le llaman el Sacristán”. Anita Brenner reproduce más de una vez una frase que le oyó decir a Gil Robles: “A Hitler le llevó catorce años alcanzar el poder; nosotros estaremos en él en la mitad de tiempo”.

            Las mejores crónicas, o las que hoy nos interesan más, son las que nos hablan de hechos concretos, como la situación de los judíos: “Las calles de Barcelona están llenas de judíos que temen decir que son judíos. Los españoles sonríen. Tres de ellos se burlan en la mesa de un café de un muchacho sefardí que intenta venderles una corbata de poco valor. Los hombros caídos, el sombrero hasta las orejas, los rasgos inequívocos. Insiste en que es griego. ‘Bien, pero —dicen los españoles—  cómo es que hablas español entonces’. El muchacho responde que muchos griegos lo hablan. ‘Sí, los griegos judíos’, dicen los españoles. El joven confiesa que en Grecia vivió en un barrio judío y que aprendió español de ellos. No hay forma de engañarlo, persuadirlo o forzarlo a decir que es judío”. Esta anécdota refleja mejor el antisemitismo presente en España que todas las reflexiones en loor de los sefardíes.

            De los más interesantes del volumen, resulta el capítulo en que nos habla de cómo ha cambiado la situación de la mujer en los dos años de República con motivo de la primera vez en que puede votar. Y espléndida la crónica titulada “Cuestión de honor”, donde se nos cuenta la sesión de las Cortes celebrada el 20 de diciembre de 1933 y en la que se debate la cuestión de confianza al gobierno de Lerroux. Es un ejemplo del mejor periodismo, del que nos permite recuperar un momento de la historia con las menores interferencias ideológicas posibles.

            Abundan esas interferencias en los últimos capítulos, en los que Anita Brenner, cercana a los postulados anarquistas y trotskistas, se convierte en portavoz de la propaganda anticomunista. En muchas de esas críticas tiene razón, por supuesto, pero estaba equivocada al creer que la revolución española se convirtió, durante la guerra civil, en contrarrevolución al defender el gobierno de Negrín eslóganes como “Venced a Franco; la revolución, después”. No sabemos si después habría sido posible; lo que sí sabemos —Anita Brenner parece que no—  es que no era posible antes. Un capítulo final, ya de 1941, hasta ahora inédito, crítica la actuación de las organizaciones del exilio lideradas por Negrín y Prieto, pero lo hace con un tono directamente panfletario.

            Un libro insólito y apasionante que ayuda a completar el mosaico —que nunca se completará del todo— de lo que fue la guerra y la revolución en España.

jueves, 24 de febrero de 2022

Crónica universal

 

 

1922
Antonio Rivero Taravillo
Pre-Textos. Valencia, 2022.

Hace ahora un siglo, en 1922, ocurrieron acontecimientos importantes en la historia de la literatura, como no han dejado de recordarnos las páginas culturales de los periódicos, que viven en gran parte de esas efemérides. Entre ellos, el más importante, el que está en la memoria de todos, la publicación del Ulises, esa novela de James Joyce que al parecer cambió la historia de la novela, aunque la mayoría de los lectores de novelas ni se enterara. Algo similar se dice de un poema, La tierra baldía, de T. S. Eliot, que también marcaría un antes y un después en la poesía y que sigue siendo muy citado —algunos de sus versos se han convertido en proverbio: “Abril es el mes más cruel”—, aunque quizá no más leído que la celebérrima novela.

            Ocurrieron muchas cosas en ese annus mirabilis y Antonio Rivero Taravilllo, traductor, poeta, ensayista, autor de impactantes libros de viaje, parece querer contárnoslas todas. “Menos es más”, afirma la famosa frase atribuida a Mies Van der Rohe. Quizá no siempre sea así, pero de lo que no cabe duda es de que “más es menos” con frecuencia. Rivero Taravillo, laborioso, estudioso, hombre de letras ejemplar, parece saberlo todo de ese período de la historia literaria —y no solo: se habla de pintura, escultura, del arte en general—  europea. Pero recrear ese mundo ante los lectores no es solo cuestión de encontrar el estilo adecuado, divulgativo sin trivialización, preciso sin pedantería: es necesario seleccionar y dar con el punto de vista que evite la dispersión.

            La selección de acontecimientos, junto a la vocación enciclopédica, da una impresión de cierta gratuidad. ¿Qué pinta Pessoa en esta crónica de americanos en París que dieron un golpe de timón en la historia literaria del mundo? Uno de los capítulos del libro —“Muchas voces”— nos lo presenta de vuelta en  A Brasileira, su café favorito, que acaba de ser reformado. Aprovecha Rivero Taravillo para relacionar a Pessoa con Eliot, para informarnos de que unas líneas suyas mencionan el Ulises y para hacer un poco de literatura: “Cuando por fin Pessoa, Caeiro, Soares y  los demás abandonan el café, cada uno, que sabe lo que ha consumido, paga religiosamente a escote”. El capítulo siguiente nos habla de Cavafis tomando como pretexto que, en 1922, se jubila “de su puesto a tiempo parcial en un negociado de irrigación del Departamento de Obras Públicas”. No deja de informarnos de los poemas que escribió ese año ni de que algún tiempo después una traducción de “Ítaca” (se reproduce la versión española del poema) se publicará en The Criterion, la famosa revista dirigida por Eliot.

            No hay selección, sino acumulación, en este acopio de informaciones sobre autores que son también personajes y están rodeados de anécdotas. Eliot pedirá colaboración para su revista a Juan Marichalar, “influyente hombre de letras colaborador de El Sol y la Revista de Occidente”, y el narrador de esta crónica con elementos de ficción nos precisará que “Marichalar le envía un ejemplar de Índice, la pulquérrima revista de Juan Ramón Jiménez, y publicará en el tercer número de The Criterion, ya en octubre, un artículo sobre literatura española contemporánea y, posteriormente, una colaboración regular titulada a veces ‘Carta de Madrid’ y en otras ocasiones ‘Carta de España’. Están de moda esas epístolas informativas de la actualidad artística y literaria: las despacharán Pound sobre París y el mismo Tom desde Londres”. ¿Quién nos cuenta estas cosas? ¿Quién nos refiere a continuación que “Índice es una revista que Jiménez mima con todo cuidado y tienen que sortear las dificultades de la imprenta y de algún colaborador, como cuando a última hora ha tenido que despachar una ilustración que le ha parecido en extremo fea”? El propio Rivero Taravillo, sin duda, en su papel de bien informado divulgador cultural. Por cierto, se le olvida aludir a que el primer trabajo importante en español sobre el Ulises, “James Joyce en su laberinto” se publica en Revista de Occidente. Lo firma Antonio Marichalar y es una espléndida pieza literaria, no solo crítica, con ese novelero comienzo en que una dama aristocrática dama llega en su Rolls a Shakespeare and Company a adquirir el libro del que todos hablan. Lo recoge en Mentira desnuda (1933), esa obra maestra del ensayismo de vanguardia.

Pero por el último capítulo, “Adieu”, nos enteramos de que no es lo que parece, de que el libro tiene un narrador de ficción. “Dos amigos”, otro de los capítulos de 1922, comienza así: “Charles es el mejor amigo de Pierre. Ambos proceden de Burdeos, donde se conocieron de niños, y ahora viven en París en la misma pensión pero llevando vidas muy distintas una de la otra. Alto, enjuto, con cabellera crespa e ígnea, Charles estudia letras en la Sorbona o al menos está matriculado. Pierre, que nunca ha podido estudiar aunque lee todo lo que su trabajo le permite, despacha coñac, absenta y lo que se tercie en cafetuchos y, últimamente, en locales de mayor prosapia”. Dos personajes de ficción que podían haber ayudado a convertir esta minuciosa crónica en una novela basada en hechos reales. El narrador de este capítulo es el narrador omnisciente decimonónico, pero resulta que al final nos enteramos de que quien habla de sí mismo en tercera persona es el propio Charles, quien tras una vida un tanto bohemia —robaba libros, le robó a Hemingway su famosa maleta perdida llena de manuscritos— se hizo profesor. Lo que hemos leído —esa crónica en tercera persona— es lo que le oyó contar a Pound y a otros, rellenando los intersticios de la narración con lo que él mismo se puso a investigar. Y ha escrito estas noticias de su juventud, ya jubilado, en un año en que la juventud anda algo rebelde: 1968 (podía ser cualquier otro año, pero a las revueltas de mayo se alude expresamente).

Todo ese capitulo final parece, y es, un inverosímil pegote para dar coherencia a un material informativo y erudito, curioso y nada desdeñable, pero algo indigesto tal como está, y que habría necesitado una nueva cocción, un implacable Ezra Pound que actuara como editor.

jueves, 17 de febrero de 2022

Melancólico destino

 

José Luis Cano y la memoria del 27
Silvia Gallego Serrano
Centro Cultural de la Generación del 27. Málaga, 2021.

Melancólico destino el de José Luis Cano. Durante cuarenta años manejó el poder literario en la España de Franco, aunque por delegación; luego, en los nuevos tiempos de la democracia, sería arrumbado por unos y por otros.

Tras la guerra civil, hubo varios intentos de reanudar la vida literaria, recosiendo desgarraduras. En dos de las principales actividades, intervino muy activamente José Luis Cano: la creación de Adonáis y la fundación de la revista Ínsula. En ambos casos, contaba con un mentor importante, Vicente Aleixandre, quien encabezaba la resistencia interior en el mundo literario, sobre todo poético, frente a los Rosales, los Panero, los intelectuales del régimen agrupados en torno al  Instituto de Cultura Hispánica y la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

            Tanto la colección y el premio Adonáis como la revista Ínsula siguen existiendo hoy, pero ya no son lo que eran, solo mantienen el nombre. Adonáis fue importante, con alguna excepción, durante veinte años, hasta 1963, que fue cuando Cano dejó de hacerse cargo de ellos. Ínsula, a partir de los años ochenta, cuando paso a depender de la  editorial Planeta. Se convirtió entonces en una publicación universitaria, de escaso interés literario, dedicada a editar los trabajos necesarios para la promoción de los profesores.

            Durante cuarenta años, Ínsula marcó el rumbo de la literatura española que iba surgiendo al margen de las directrices oficiales y recuperó a los autores exiliados. Gracias a ella se volvió a hablar en España de Cernuda, de Max Aub, de Francisco Ayala, de tantos nombres básicos del siglo XX.

            José Luis Cano, nacido en 1911, había estado en contacto con el grupo malagueño de los poetas del 27. Mantenía una relación casi fraternal con Emilio Prados y una admiración incondicional hacia Luis Cernuda, que se aprovechó lo que pudo de sus servicios y siempre le trató con poca consideración.

            José Luis Cano, activo divulgador literario, contribuía a formar prestigios desde su sección “El libro del mes”, de la revista Ínsula y desde sus antologías.

            Las malas lenguas decían que un poco afortunado poema de Cernuda (“Lo ruin en tu sino / no excluye lo cretino…”) se lo había dedicado a él en un momento de irritación (el destinatario parece ser más bien Emilio Prados, una de las bestias negras de Cernuda). Unas líneas del diario de Jaime Gil de Biedma, del que se publicó un anticipo en 1974 con el título de Diario del artista seriamente enfermo (más valioso por cierto el anticipo que el diario completo), debieron de dolerle especialmente: “Voy esta mañana a ver a José Luis Cano en CAMPSA. Cano es una nulidad respetable y obligada. Para quien utilizase su revista Ínsula  —Ínsulsa que decía Natalia Cossío— como instrumento de medir la temperatura intelectual en nuestro país, él poesía un valor de referencia grandísimo: era el cero en el termómetro. Uno podía confortarse pensando que el poeta Regúlez está generalmente a diecisiete sobre Cano y tiritar de tedio con el crítico Gutiérrez, cuyos artículos marcan nueve bajo Cano. Se trataba además de un cero relativo y medido en estrictos grados centígrados. Ahora la revista Ínsula lleva varios meses suspendida y ni termómetro tenemos”.

            La displicencia de Gil de Biedma representaba una idea generalizada. José Luis Cano tenía aspiraciones literarias —había publicado varios libros de versos—, pero pocos las tenían en cuenta. Era solo un servicial secretario de los Vicente Alexandre y de los grandes nombres del exilio.

            Antes de desaparecer por el escotillón (como García Nieto, como Leopoldo de Luis, como tantos nombres de entonces), tuvo su momento de gloria con la concesión del premio Nobel a Vicente Aleixandre; era como si le hubiesen dado a él, que siempre estuvo al lado del maestro. Tras la muerte de Alexandre, en 1984, publicó su correspondencia y el libro que, a la larga, será no solo el más interesante de los suyos, sino también quizá de Aleixandre, Los cuadernos de Velingtonia.

            José Luis Cano murió en 1999, cuando ya era un hombre de otro tiempo al que de vez en cuando se le dedica algún homenaje más o menos municipal.

            Quiso, en los últimos años, volver a la creación literaria, dejar de lado su papel de turiferario del 27 y de los ingratos poetas jóvenes. Publicó varios tomos de  memoria, nuevos versos. Pero si se le recuerda, si se le seguirá recordando y leyendo, es por una obra en la estela de las Conversaciones con Goethe de Eckermann o de otra obra más cercana y poco conocida, pero que no cansa nunca, el Juan Ramón de viva voz, de Juan Guerrero Ruiz, cofundador con él de Adonáis y con quien tiene tantos puntos de contacto.

            José Luis Cano merece un libro muy distinto del que le dedica Silvia Gallego Serrano, José Luis Cano y la memoria del 27, demasiado oficialista y poco comprensivo, muy tesis doctoral en el peor sentido de la palabra, muy lleno de convencionales palabras de homenaje. Ciertos aspectos de la biografía del escritor --su papel durante la guerra civil, su trabajo como funcionario en CAMPSA que le permitió ejercer la mal pagada profesión de crítico--, merecían haber recibido alguna atención. Y también el loco amor que le llevó a romper una relación de medio siglo y que le inspiró los Poemas a Susana (1978), entonces una alumna suya –un poco a la manera de la Katherine Whitmore de Pedro Salinas—y luego profesora de literatura. No parece que ella participara de esa pasión. En este libro, le recuerda así: “Para mí, José Luis Cano era y sigue siendo un ser irrepetible: un padre y abuelo devoto, un amigo como ningún otro –nos hacía creer a todos que nosotros éramos su amigo a amiga mejor--, un gran aficionado del cine, y una piedra angular en la literatura hispánica del siglo XX”. Seguro que esas palabras, de hacer llegado a conocerlas, le dolería bastante más que las del hiriente Jaime Gil de Biedma.

           

           

jueves, 10 de febrero de 2022

El enigma Salazar

 

La increíble historia de António Salazar, el dictador que murió dos veces
Marco Ferrari
Traducción de Juan Vivanco Gefaell
Debate. Barcelona, 2021.

Marco Ferrari fue uno de los jóvenes izquierdistas italianos deslumbrados por la Revolución de los Claveles, como tantos otros en aquella Europa de los años setenta. A ella le dedicó un libro, A la revolución en dos caballos, que luego sería llevado al cine (es la última película en la que intervino Francisco Rabal). De esa revolución y de las víctimas de la dictadura vuelve a hablar en este volumen, solo en parte dedicado a la “increíble historia” del dictador, el hombre “que murió dos veces”, según nos indica en el título. El libro está escrito en un ameno tono ensayístico, no exento de imprecisiones. Comienza con una frase muy efectista, como de relato de García Márquez, pero que no se corresponde con la realidad: “El imperio cayó por culpa de Augusto Hilário, un simple y humilde callista”. Lo cierto es que el imperio tardó todavía seis años en caer desde el momento en que Salazar, cuando iba a ser atendido por el callista, se sentó en una silla que cedió y el golpe inició su decadencia física.

            En los años sesenta, Salazar, el dictador perpetuo (como Franco, en España) era una figura pintoresca y de otro tiempo. De austeridad ejemplar, vivía solo, acompañado de un ama de llave, dona María, que se ocupaba de todos los aspectos prácticos de la vida de Salazar desde su juventud. No se permitía el más mínimo despilfarro de las cuentas públicas: en el palacete de Belem, donde residía como jefe del gobierno, había dos contadores: uno para el piso bajo, donde estaba su despacho de jefe de Gobierno, y otro para el piso superior, donde se situaban sus estancias privadas (todos los gastos de estas corrían a su cargo).

            Pero no siempre fue Oliveira Salazar una incomprensible reliquia pintoresca que se mantenía en el poder gracias a la PIDE, la eficaz fuerza represiva del régimen, y ser un eficaz bastión del anticomunismo. Su llegada al poder le diferencia de todos los otros dictadores. No lo obtuvo  por la fuerza, sino por su talento para las finanzas. Los militares que acabaron con la democracia portuguesa (tras el período de inestabilidad que sucedió a la proclamación de la república en 1910) le fueron a buscar a su cátedra de Coímbra en 1926 para que se ocupara del ministerio de Finanzas. Pidió manos libres para ejercerlo. No consiguió la libertad de acción que quería y a los 13 días abandonó el cargo. Le volvieron a llamar e 1928. Su peso en el gobierno sería cada vez mayor, hasta que en 1932 ocupa el cargo de primer ministro, en el que continuaría de manera real hasta 1968 y de manera virtual hasta 1970 (estas son las dos muertes de las que habla Ferrari, sus sucesores le hicieron creer que seguía al mando).

            ¿Cómo pudo un hombre austero, dedicado a los números, sin carisma alguno, ser tenido por la encarnación misma del alma portuguesa? A finales de los años veinte y principios de los treinta, la democracia liberal parecía cosa del pasado. El modelo del nuevo gobernante era entonces Mussolini, a quien pronto surgieron imitadores en los más diversos países, desde Primo de Rivera en España hasta Mustafá Kemal en Turquía. Tendemos a juzgar a Mussolini por su trágico final y por sus desvaríos tras convertirse en marioneta de Hitler, pero en 1932 cuando Emil Ludwig publicó sus Conversaciones con Mussolini, un resonante éxito mundial, era admirado por todos y Churchill llegó a decir que “si fuese italiano, vestiría la camisa negra de los fascistas de Mussolini”.

            En los años treinta, Salazar suscitaba la admiración de buena parte de los intelectuales europeos, comenzando por Paul Valery, que prologaría el libro de António Ferro Salazar El hombre y su obra, que en su versión española fue prologado por Eugenio d’Ors. Hubo un tiempo en que Salazar representaba la nueva política “del espíritu” (la expresión es de Valery) y como tal admirado e imitado por toda la derecha europea.

            El papel que Goebbels, el mago de la propaganda, representó para Hitler, lo representó para Salazar António Ferro, un hombre de Orpheu, el principal órgano de expresión del movimiento vanguardista portugués a cuyo frente estaba Fernando Pessoa.

            Sin Antonio Ferro, Salazar no habría llegado a ser lo que fue. Ferro creó el mito. Comenzó dándole legitimidad ante los monárquicos portugueses al conseguir que el rey, don Manuel II, le elogiara desde su exilio de Londres en una entrevista de 1930: “El señor Oliveira Salazar es un hombre superior, sin duda. Que los portugueses dejen al señor Oliveira Salazar continuar su obra. Él es una esperanza de nuestro resurgimiento económico y el crédito de Portugal en el extranjero gana con su permanencia en la cartera de Finanzas”. Salazar estaba por encima del enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, era el nuevo don Sebastián. Al frente del Secretariado de Propaganda Nacional, creado a su imagen y semejanza, António Ferro dio una imagen atractiva, y acorde con los tiempos, del rígido seminarista que fue siempre Salazar. Trajo a Lisboa a Marinetti, a Pirandello, a Maeterlinck, a Unamuno, a Eliot. Fue el quien le dio a Pessoa, su reconocido maestro, el premio por su libro Mensagem, el premio que tan mal sentó a sus jóvenes admiradores, todos ellos antisalazaristas.

            Como una dictadura tan arcaica como la de Salazar, pudo durante un tiempo representar la modernidad de la derecha europea, es un enigma que no nos aclara este libro, pero que resulta mucho más fascinante que las muchas pintorescas anécdotas que en él se contienen.

jueves, 3 de febrero de 2022

La paradoja del olvido

 

 

Volvoreta. El secreto de Barba Azul. Las siete columnas. El bosque animado.
Wenceslao Fernández Flórez
Edición de Miguel González Somovilla
Biblioteca Castro. Madrid, 2021.

Hay escritores a los que, siempre que se les recuerda, se recuerda que están olvidados. Ocurrió con César González-Ruano, con Chaves Nogales, con Elena Fortún; está comenzando a ocurrir con Francisco Umbral. A González-Ruano se le rescató del olvido para devolverle, tras acusaciones varias, al más piadoso olvido; Chaves Nogales y Elena Fortún parecen estar de moda; no es aventurado profetizar que pronto dejarán de estarlo.

            Wenceslao Fernández-Flórez pertenece a esa clase de escritores, muy leídos en su tiempo, que dejaron de serlo cuando pasó ese tiempo. Pero siempre tuvo lectores que le recordaran y buscaran sus libros, sobre todo en las librerías de viejo, y críticos que se ocuparan de él, comenzando por José-Carlos Mainer, en el polo opuesto de su espectro ideológico.

            Que Fernández Flórez fue un escritor de derechas, confortablemente instalado en el ABC, no es algo que pueda ponerse en duda. Pero su derechismo ofrece muchos matices. Pocos ataques tan contundentes a la hipócrita moral de la católica España como su todavía impactante Relato inmoral (1927); pocas críticas tan irónicamente precisas a los pilares de la sociedad burguesa como Las siete columnas, una de las tres novelas que Miguel González Somovilla rescata ahora en una colección —la mejor que se publica actualmente— de “Autores clásicos españoles”.

            Todos esos matices, que aproximaban a Fernández Flórez, al igual que a su paisano Julio Camba, a cierta acracia, se perdieron, como no podía ser de otra manera, en el 36. Tuvo entonces que esconderse en diversos domicilios y refugiarse primero en la embajada de Argentina y luego en la de Holanda para salvar su vida en un Madrid donde múltiples milicias revolucionarias campaban sin control. Contó el horror de aquellos días en una serie de crónicas que fueron apareciendo en un periódico lisboeta, Diário de Notícias, y que en esa su versión portuguesa serían recogidas en un volumen, O terror vermelho (1038), como parte de la propaganda franquista.

            Ahora se traduce al español ese volumen, que Fernández Flórez nunca quiso incorporar a su bibliografía, y que Miguel González Somovilla considera como la primera parte de una trilogía sobre la guerra civil que se continuaría con Una isla en el mar rojo y La novela número 13. Pero no hay tal trilogía. El terror rojo, poco después de publicado, sería reelaborado y convertido en Una isla en el mar rojo. Aquellas crónicas de urgencia, escritas en primera persona, se pasarían a la tercera y se les añadiría una ligera trama novelesca. Fernández Flórez lo deja claro en la nota preliminar, en la que afirma que no sabe cómo clasificar su libro si como novela (“es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía”) o como historia (“pero hay un hilo irreal con que van unidos los sucesos”). Casi todas las páginas de El terror rojo pasan tal cual al nuevo libro, pero se atenúan o desaparecen los más feroces ataques a los políticos republicanos. Fernández Flórez había logrado salvar la vida gracias a la intercesión de Indalecio Prieto y, sobre todo, de Julián Zugazagoitia, a cuyo favor testificaría poco después, aunque con menos suerte. A Fernández Flórez la visión del mundo en blanco y negro propiciada por la guerra civil le duró poco. En enero del 39, cuando termina Una isla en el mar rojo, ya conocía lo suficientemente la retaguardia de la zona nacional para saber que arribistas y asesinos (aunque esto último no lo podía decir) había en los dos lados. Pocas veces una novela presuntamente panfletaria termina con un dardo al propio bando que dice defender. Al incorporarse, desde Francia, a la zona “liberada”, coincide el protagonista con un empleado ministerial que le cuenta su vida y el futuro prometedor que le espera muerto Rivas, su jefe. “¿Anselmo Rivas? No murió, estábamos en la misma Legación y aún queda allí, sano y salvo”. La desilusión de que aquel hombre que esperaba un futuro glorioso en la nueva España se expresa en las palabras que cierran la novela: “¡Un hombre como Rivas! ¡Tan derechista, tan católico, con un cargo tan elevado en la Administración! Pero, ¿a quien matan entonces esos miserables?”

            No extraña que al reeditarse algunas de las novelas de Fernández Flórez en la posguerra, a pesar de que él fuera amigo personal del caudillo (hasta donde eso es posible), sufrieran cortes de la censura o de la autocensura. Fernández Flórez nunca fue militarista ni clerical y por aquellos años, con el ejército y la iglesia, pocas bromas.

            Contra lo que algunos pudieran pensar, no está olvidado Fernández Flórez por ser un escritor de derechas, sino porque el tiempo no perdona y buena parte de su obra —fue un escritor prolífico y desigual— ha envejecido y perdido la gracia de una comicidad con frecuencia un tanto mecánica. De las cuatro novelas que Somovilla rescata, la primera, Volvoreta, su primer gran éxito, es un melodrama costumbrista algo alejado de la sensibilidad actual. Las dos novelas siguientes, El secreto de Barba Azul y Las siete columnas podrían emparentarse con las novelas intelectuales de Pérez de Ayala y con las vanguardistas de Jardiel Poncela. Su pesimista reflexión sobre la condición humana evita la solemnidad y nos llega envuelta en sales irónicas que la preservan del enmohecimiento.

            Pero a quien no conozca, o tenga prejuicios sobre Fernández Flórez, yo le aconsejaría que comenzara su lectura por cualquiera de las “estancias”, así llama a los capítulos, que constituyen El bosque animado. La titulada, por ejemplo, “Primavera en el pazo”. Si después de leer esa maravillosa historia de amores y encantamientos, no queda deslumbrado para siempre es que carece de sensibilidad literaria.

            El bosque animado se publicó por primera vez en 1943, pero había comenzado a escribirse mucho antes, en los años veinte, cuando algunas de las historias que lo componen aparecieron en la prensa. Tras la literatura militante, en una España que no le gustaba del todo, pero que no admitía la menor discrepancia, Fernández Flórez quiso volver los ojos a una Galicia de otro tiempo y al margen del tiempo, a lo más cercano al paraíso que había conocido y nos dejó un libro —no una novela, cada “estancia” vale por sí misma— en el que se entrelazan mil y una historias a la vez cotidianas y prodigiosas, una particular reescritura de la que más de una vez declaró su obra favorita, Las mil y una noches.

            No se limita Fernández Flórez a ser el autor de El bosque animado, pero le bastaría este título para ocupar un lugar de excepción en la literatura española.

miércoles, 26 de enero de 2022

No me hagas hablar

 

Antonio Rodríguez-Moñino.
Luces y sombras del mayor bibliógrafo español del siglo XX
Antonio Ortiz Romero
Editorial Almuzara. Córdoba, 2022.

Nada puede aparecer menos apasionante que la biografía de un bibliógrafo, aunque sea tan importante como Antonio Rodríguez-Moñino, que muchos ponen a la par de un Menéndez Pelayo, un Menéndez Pidal o un Dámaso Alonso. Nada más apasionante, sin embargo, que el libro que le ha dedicado Pablo Ortiz Romero, un libro que sin restarle ningún brillo a su categoría intelectual llena de justificadas sombras a la persona.

            Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970) ha pasado a la historia como uno de los más destacados representantes del exilio interior: represaliado por Franco, perdió su cátedra, le fue vetado el ingreso en la Academia Española y tuvo que exiliarse a Estados Unidos para poder ejercer como profesor universitario.

            La realidad es muy distinta. El joven Antonio Rodríguez-Moñino tuvo un papel destacado en la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, creada por la Alianza de Intelectuales, de inspiración comunista, dedicada  a salvar bibliotecas amenazadas de destrucción por las bombas o por las milicias populares que habían ocupado conventos y palacios. Rodríguez-Moñino conocía como nadie todas las grandes bibliotecas de Madrid, públicas y particulares, y por eso, aunque oficialmente solo fuera un auxiliar técnico, se puso al frente del operativo: él decidía dónde, cuándo y cómo debía desarrollarse la incautaciòn. El verano de 1936, tan trágico para muchos, fue a la vez un período de ilusionada esperanza para otros: los intelectuales ocupaban los palacios de la nobleza y desde allí podían esperar la revolución. Para el joven Rodríguez-Moñino, que vestía el mono azul ritual y a quien más de uno recuerda haber visto con pistola, fue un tiempo de febril felicidad: todos los libros del patrimonio bibliográfico, incluso los más raros y celosamente guardados por sus propietarios, pasaban por sus manos. El caso de la biblioteca del marqués de Toca puede servir de ejemplo. Rodríguez-Moñino le conocía porque, en las subastas de libros, era “uno de los más temidos enemigos de todos los bibliófilos españoles”, ya que siempre se quedaba con las obras más interesantes. Con el pretexto de que en casa del marqués se iba a instalar Radio Oeste, una emisora del Quinto Regimiento, decidió que había que requisar la biblioteca para “protegerla”. Pero resulta que en la casa del marqués no se encontraba su biblioteca. Rodríguez-Moñiño puso todo su interés en buscarla y después de muchas pistas falsas logró encontrarla en un piso donde no corría ningún peligro: en el portal había dos agentes de seguridad (el edificio era sede de un consulado) y la biblioteca estaba al cuidado de dos oficiales bibliotecarios, contratados por marqués. Rodríguez-Moñino quedó fascinado por la magnitud de aquella biblioteca y decidió a pesar de todo incautarla para darse el placer de tener en sus manos tantos raros manuscritos e incunables.

            Pero no solo se ocupó de las bibliotecas, para protegerlas y socializarlas, para poner al alcance de todos los estudiosos las obras hasta entonces guardadas por bibliófilos obsesivos, sino que también intervino en uno de los latrocinios todavía no aclarados de la Guerra Civil. El 4 de noviembre de 1936, Wenceslao Roces, subsecretario del ministerio de Instrucción Pública, y Antonio Rodríguez-Moñino, acompañados de guardias y milicianos fuertemente armados, se presentaron en el Museo Arqueológico Nacional para requisar todas las piezas de oro que hubiera en el centro: “Ayudados por linternas y en un ambiente tenso, por las reticencias de Mateu a facilitar la saca y por las prisas que Roces quería imponer a la operación, Moñino y el numismático Mateu fueron recogiendo las monedas de los diferentes armarios”. Más que una incautación parecía un saqueo: “No se hacía ninguna relación de las piezas, sino que estas se sacaban de los armarios, donde estaban ordenadas por series, y se volcaban, primero en las gorras de los guardias, que ayudaban, y luego, tras contarlas y pesarlas, en unos sacos pequeños, unos talegos”. En total se llevaron 2796 monedas, casi dieciséis quilos de oro. De ellas nunca más se supo.

            Rodríguez-Moñino fue un hombre importante en la intelectualidad republicana. Fue a él a quien se le encargó la búsqueda del manuscrito del poema del Cid cuando la prensa nacionalista publicó que había desaparecido que, en la arqueta en que se guardaba, había sido sustituido por una pistola. Fue a él a quien se le pidió el prólogo del Romancero general de la guerra de España, donde se reunían obras de los más destacados poetas en defensa de la causa popular.

            Terminada la guerra, cuando muchos por menos marcharon al exilio o pasaron largos años de cárcel o fueron fusilados, Rodríguez-Moñino entrará pronto a formar parte de la élite cultural del franquismo. Cuando en enero de 1951 se inauguró el Museo Lázaro Galdiano, de cuya biblioteca era responsable, allí estaba él compartiendo copas con el caudillo. Y si tenía algún problema administrativo podía acercarse al ministro Manuel Fraga para que se lo solucionara. ¿Cómo fue posible esto? Pablo Ortiz Romero documenta la estrategia del converso con irrebatible minucia..

            Hubo un consejo de guerra, del que salió muy bien librado, y un expediente de depuración, en el que se decidió expulsarle de su puesto de catedrático, pero que quedó congelado hasta los años sesenta y terminó por no aplicarse. Los rumores sobre su pasado eran siempre acallados. ¿Cómo fue posible que este converso del republicanismo se convirtiera en símbolo del exilio interior? En 1960, quiso ser académico, contaba con los mejores avales, pero ante el rumor de que el ministro de Educación, Jesús Rubio García-Mina, vetaba su candidatura. Cela fue a ver al ministro y este le dijo que no podía ser académico porque sobre él pesaban graves acusaciones del tiempo de la guerra civil. Aunque sería elegido académico en 1966, nunca olvidó Rodríguez-Moñino ese veto que le llevó a aceptar la invitación para dar clase en la universidad de Berkeley y para iniciar una campaña de autopromoción entre los hispanistas que le convertía en símbolo de los represaliados intelectuales del franquismo. A él se le podía aplicar lo que le escribió a Dámaso Alonso, airado porque no le apoyó lo suficiente en sus pretensiones académicas: “Me ha quitado la amargura que tenía y me ha devuelto mi capacidad de risa el párrafo en que te pintas poco menos que como la mayor víctima del régimen político actual, en gravísimo peligro. ¡Tú, perseguido por el Régimen! Es para morirse de hilaridad. Está bien que esos cuentos de miedo se los enjaretes a algún papanatas; a los que te conocemos, no”. Y concluye con lo que le podrían decir a él con tanta o más razón quienes colaboraron con él en los años de la guerra Tomás Navarro Tomás, Timoteo Pérez Rubio, Emilio Prados— y sobre los que descargó toda la responsabilidad de sus actuaciones: “Tus pequeñas ruindades y traicionejas te las hemos perdonado los amigos a cuenta de tu indiscutido talento. Pero erigirlas ahora en norma de moral para juzgar a los demás, eso no. Es ya mucha frescura eso. No me hagas hablar”.

            En el caso de Antonio Rodríguez-Moñino, este libro habla alto y claro, pero en ningún momento pone en duda su “indiscutido talento”.

jueves, 20 de enero de 2022

Elogio y refutación de Chesterton

  

Qué hay de nuevo, Chesterton
Ricardo Moreno
Fórcola. Madrid, 2022.

Si un prólogo debe despertar interés por la lectura de un libro, el que Ignacio Peyró ha puesto a Qué hay de nuevo en Chesterton cumple con creces esa función. Es ingenioso y divertido y abunda en frases que pueden servir como eslogan publicitario: “champán para la inteligencia”.

            Pero basta la lectura del primer capítulo, que cuesta terminar, para que comencemos a pensar que quizá se trata de publicidad engañosa. Ricardo Moreno Castillo ha escrito esta obra a partir de una buena idea: preparar una antología de Chesterton sobre los temas que siguen siendo también temas de nuestro tiempo y disponerla en forma de diálogo. Todo lo que dice Chesterton en estas conversaciones lo ha dicho efectivamente (al final de cada intervención se indica la procedencia) y Moreno Castillo lo ha traducido con precisión y exactitud. Su parte en el diálogo encaja perfectamente, con lo que el libro fluye con naturalidad, como si el autor se hubiera trasladado a la época del escritor inglés o este a la nuestra.

            El problema es lo que se dice. Cuesta pasar del primer capítulo, pero conviene hacerlo. Quien no lo haga se perdería reflexiones de mucho interés, como las dedicadas a la religión, en las que hasta entonces devoto admirador le pone a Chesterton los puntos sobre bastantes íes.

            Enrique Moreno Castillo estudió matemáticas y se especializó en historia de la ciencia. Fue profesor y publicó trabajos de su especialidad. Ya jubilado, prefirió dedicarse a la crítica del mundo contemporáneo, desde una perspectiva conservadora, con títulos tan llamativos como Panfleto antipedagógico o Breve tratado sobre la estupidez humana.

            Mucho de panfleto y de tratado sobre la estupidez humana tiene Qué hay de nuevo, Chesterton. De panfleto en el original sentido del término, el que puede aplicarse a lo mejor de la obra de Voltaire, y en el despectivo con que se utiliza actualmente. Baste un ejemplo: “Hay en España –le cuenta Moreno Castillo a Chesterton--  una monarquía apoyada en general por conservadores y también por progresistas de verdad, pero cuestionada por progresistas de pacotilla (algunos de ellos profesores universitarios, digamos que presuntamente cultos) más preocupados por soltar proclamas muy sonoras que por mejorar el país y el bienestar de sus ciudadanos”. Esto, en un mitin político (donde todo vale), en un artículo de opinión en determinados periódicos, quizá pueda pasar, estamos acostumbrados, pero en un libro que pretende ser “champán para la inteligencia” produce vergüenza ajena. ¿De verdad cree Moreno Castillo que criticar una monarquía cuyo primer representante durante casi cuarenta años, un defraudador fiscal cuya fortuna procede de orígenes desconocidos, ha tenido que ser expulsado del país por su propio hijo es solo propio de “progresistas de pacotilla”? ¿De verdad cree que no se puede ser “progresista de verdad” y republicano?

            Pero antes de llegar ahí, ya hemos tenido el tropiezo del capítulo inicial, dedicado a loa animalistas y a los vegetarianos. Los malos predicadores, como los malos polemistas, siempre se inventan un fantoche  (“afirma el maniqueo”) al que resulta fácil refutar. Para Moreno Castillo “los animalistas ignoran que si podemos preocuparnos de la supervivencia de las especies salvajes es precisamente porque no somos una especie más” y llega incluso a afirmar “que los gallos violan a las gallinas”. No han caído ademán en la cuenta de que “los carnívoros devoran a herbívoros con la mayor desvergüenza y que los herbívoros compiten unos con otros por los pastos sin la menor noción del reparto ni de la equidad”. Los animalistas que refuta Moreno Castillo son tan tontos que ni se han percatado de que “somos la única especie cuyos miembros pueden concederse derechos los unos a los otros, y por eso somos superiores a los animales”. Por otra parte –añade--. o comemos animales o los animales nos comen a nosotros (o sea, que o comes carne de ternera o la ternera te come a ti).

            Para criticar a Moreno Castillo no es necesario caricaturizarle, como hace él con quienes defienden los derechos de los animales, sino que basta con citarle: hay que “crear parques naturales donde los lobos puedan moverse con libertad, pero crearlos con unas alambradas que impidan a los cazadores furtivos entrar y a los lobos salir. Y para que no suceda ninguna de las dos cosas no hay otra solución que contratar a unos guardabosques para que mantengan en buen estado las alambradas y multen a los cazadores que intenten saltárselas. Porque si esperamos que los lobos mismos organicen el servicio de guardabosques, vale más que lo hagamos sentados”. Ya tiene los políticos la receta para conservar la vida natural: cercar los bosques y las selvas con alambradas.

            ¿Champán para la inteligencia? En algunos capítulos, no está el eficaz publicista Ignacio Peyró descaminado del todo. “Pienso que incurre usted en varias falacias”, le dice Moreno Castillo a Chesterton en el titulado “Razón y fe” y se las va desmontando cuidadosamente. Porque Chesterton, el mitificado Chesterton (un dios cuando cuenta historias y un mendigo cuando reflexiona), también dice muchas tonterías. Cito algunas de las que aparecen en esta conversación: que todos los pedagogos son muy feos, que oyendo hablar a los pedagogos cualquiera diría que el niño “es un pez que ha surgido de las profundidades”, que “se pueden sacar gemidos del bebé pellizcándole y pegándole, un pasatiempo agradable al que cruel, al que muchos psicólogos son adictos”. Todos ejemplo tomados del capítulo dedicado a la pedagogía, una de las bestias negras de Moreno Castillo.

            Ser conservador y ser inteligente no es un oxímoron, ni mucho menos, y se me ocurren ahora mismo docenas de nombres para ejemplificar esa compatibilidad. Pero no demuestra precisamente inteligencia combatir ideas contrarias convirtiendo a los que las defienden en idiotas. En las páginas de este libro, y de otros anteriores suyos, Ricardo Moreno Castillo da la impresión de practicar ese tramposo juego de manos con demasiada frecuencia.