sábado, 27 de septiembre de 2014

José García Nieto o para qué sirve un centenario


Poesía
José García Nieto
Selección e introducción de Joaquín Benito de Lucas
Fundación Banco Santander. Madrid, 2014.

¿Qué queda de la poesía de José García Nieto a los cien años de su nacimiento? Hay quien piensa que solo un adjetivo y un divertido capítulo en la novela de la literatura. El adjetivo, “garcilasista”, le permite ocupar un sitio en todas las historias de la poesía española de posguerra; al principio representó un honor, luego se convirtió en una losa  de la que no fue capaz de librarse, aunque se pasó el resto de su vida intentándolo.
            El picaresco secreto que se escondía tras el premio Adonáis concedido en 1950 a la desconocida poetisa Juana García Noreña pronto fue un secreto a voces. El libro. Dama de soledad, fue recibido con unánimes elogios, incluso el exigente Juan Ramón Jiménez, allá en su exilio, aseguró que nos encontrábamos ante una obra maestra. Gerardo Diego, presidente del jurado, no fue menos entusiasta en el elogio: Juana García Noreña aportaba una sensibilidad nueva a la poesía española, sus versos de amor solo los podía haber escrito una mujer. Pero a esa mujer no la conocía nadie. Una joven asturiana, Ángeles Fernández de la Borbolla, aspirante a escritora, habitual en las tertulias del Gijón, afirmó que era un pseudónimo suyo, cobró el importe del premio e incluso leyó públicamente los poemas del libro. Pero no pudo sostener mucho tiempo el engaño y se refugió en la finca segoviana de la poeta Alfonsa de la Torre, de la que fue secretaria y quizá amante. El autor de ese libro premiado con el Adonáis era José García Nieto, que nunca pudo declarar su autoría porque era miembro del jurado y con el voto que se dio a sí mismo había derrotado a otros candidatos meritorios como Victoriano Crémer.
            No aparece ningún poema de Juana García Noreña en la antología que Joaquín Benito de Lucas le ha dedicado con motivo de su centenario. En realidad, se trata de una reedición de la publicada en 1996, el mismo año en que se le concedió el premio Cervantes. Entonces y ahora se perdió una buena ocasión de rescatar la figura paradójica de García Nieto.
            Su nombradía comenzó en 1943 cuando le encargaron dirigir Garcilaso, una de las revistas con que el nuevo régimen trató de desmentir a León Felipe, quien afirmaba que los derrotados en la guerra civil “se habían llevado la canción”. Los poetas de Garcilaso, los nuevos poetas que comenzaron a surgir en la España de Franco, no se dedicaban a cantar loas al régimen, aunque alguna hubo, sino a mirar para otro lado ante la dictadura y hablar “del campo y soledad”, de amores y melancolías, en perfectos endecasílabos. Muchos de estos autores, como el propio García Nieto, procedían de la zona republicana; el régimen les perdonó la vida y los utilizó como perfecta coartada para justificar su generosidad y la presunta superación de viejos enfrentamientos. La oposición al régimen no vendría de la mano de los viejos republicanos que se quedaron en el interior, sino en buena parte de los hijos de los vencedores.
            En los años sesenta, cuando comienzan a tener predicamento poetas como Ángel González o José Ángel Valente, ya José García Nieto, aunque sigue cosechando premios y honores oficiales, es visto como un poeta de otro tiempo. En 1966 –el año de los grandes libros de la llamada generación del cincuenta: Tratado de urbanismo, La memoria y los signos, Moralidades– publica Memorias y compromisos donde por primera vez se atreve a hablar de lo que hasta entonces había callado: “Yo sé lo que es el miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre y el miedo de mi madre; yo sé lo que es temer la muerte, porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación o una sospecha (…) Yo sé lo que es enfermar en una celda, y defecar entre ratas que luego pasaban junto a tu cabeza por la noche”.
            Pero su perfil literario estaba ya fijado para siempre y el poeta, preso de su virtuosismo, siguió ganando premios, cada vez menos significativos, y dirigiendo revistas oficiales. En una de ellas, Poesía española, tuvo como secretario a Francisco Umbral; desde otra ayudó en sus comienzos a Camilo José Cela, que nunca olvidaría ese favor y le llevaría a la Academia y luego, cuando ya la enfermedad le había apartado de la literatura, a obtener un premio Cervantes que debe más al autoritarismo del Nobel ante un jurado pusilánime que a los méritos del galardonado.
            Una buena antología de José García Nieto nos mostraría a un poeta quizá menor, pero sin duda verdadero: “En este lado está la vida; / mis palabras, al otro lado”. Para ello haría falta un exigente lector contemporáneo que rescatara la obra viva entre tantas hojas secas. No lo hace Joaquín Benito de Lucas, quien llega al extremo de incluir íntegro uno de los libros más prescindibles del autor, su Nuevo elogio de la lengua española, discurso de ingreso en la Real Academia escrito en verso, pero del que también se reproduce la protocolaria introducción en prosa, que nada pinta en una antología.
            El puñado de espléndidos sonetos dispersos en estas páginas  (“No sé si soy así ni si me llamo / así como me llaman diariamente…”) se pierde entre tantos otros que son solo obra del excelente versificador que más de una vez se dejó llevar por la facilidad.
            Un centenario es una buena ocasión para hacer balance de lo que queda de un escritor que tuvo su tiempo y que se fue borrando, quizá injustamente, con el tiempo. Con García Nieto, hasta el momento, se ha desaprovechado esa ocasión. No parece que esta antología vaya a añadirle nuevos lectores. Joaquín Benito de Lucas ha perdido una excelente oportunidad de descargar de peso muerto la anterior edición y añadirle textos más acordes con la sensibilidad contemporánea (como los ingeniosos y maliciosos epigramas que firmó con pseudónimo en diferentes revistas o circularon manuscritos). Se ha limitado a añadir unos cuantos artículos sobre poesía. Pero como crítico –véase El cuaderno roto, que recoge sus colaboraciones en La Estafeta Literaria– García Nieto se caracterizó más que por el rigor y la hondura, por la generosidad y la cordialidad, cualidades personales que marcan su trayectoria literaria.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Leopoldo María Panero, prosa y paradoja


Prosas encontradas
Leopoldo María Panero
Edición de Fernando Antón
Visor Libros. Madrid, 2014.
  
Leopoldo María Panero es una figura paradójica por varias razones. Para muchos lectores, y para no escasos estudiosos, constituye el paradigma del poeta de nuestro tiempo; radical, rupturista, al margen del sistema. Túa Blesa, profesor de la Universidad de Zaragoza, destacado teórico de la literatura, le denomina “el último poeta” en el subtítulo del libro que le dedica.
            Pero esta figura marginal, “el último poeta” (signifique lo que signifique esa afirmación), ha ocupado, desde sus inicios, un lugar no precisamente marginal en la escena literaria española. La edición que Fernando Antón ha preparado de sus artículos periodísticos nos informa que se publicaron en los principales medios: primero, durante los últimos años del franquismo, en el diario Pueblo; luego en El País y en revistas como Triunfo, Cuadernos para el diálogo o Ajoblanco. Leopoldo María Panero ha sido el único escritor español que contó, durante largos años, con sección fija en el monárquico Abc, representante de la tradicional derecha española y españolista, y en el diario Egin, portavoz, mientras la legalidad lo permitía, de la izquierda abertzale.
            Fernando Antón propone acercarse a esta prosa dispersa en los más diversos e influyentes medios no como antesala de su poesía “sino como una estimulante experiencia intelectual”. No parece que haya sido muy leída de esa manera, ni quizá de ninguna otra manera. Explica ello que, según afirma el recopilador, varios de los artículos que aparecieron en Abc se publicaron repetidos sin que lo advirtieran ni la dirección del diario ni ninguno de los lectores. “Un ejemplo más de la picardía del autor para conseguir dinero”, comenta el recopilador.
            Rara vez se tomó en serio nada de lo que decía Leopoldo María Panero, en seguida convertido en una especie de bufón o fenómeno mediático, en un personaje del que importaba más la apariencia y el gesto que el contenido intelectual de sus palabras, si es que tenían alguno. Por eso podía proclamar su “odio a España” en un manifiesto “anti español” leído en París y ser luego llamado a colaborar regularmente en el diario monárquico.
            Solo una vez se le tomó en serio y fue cuando publicó una antología de sus contemporáneos en Poesía, la revista más prestigiosa y lujosa del momento, dirigida por Gonzalo Armero y publicada por el Ministerio de Cultura. Ahí aprendió Panero, tan aficionado a transgredir los límites, que con la vanidad de los poetas no se juega. “Última poesía no española”, que tal es el título de su selección poética, desde las primeras líneas mostraba su carácter de boutade o de broma, si bien involuntaria. Decía cosas como que Dámaso Alonso “se creyó en la obligación de traducir Góngora al español”, que a Aleixandre “su edición francesa lo ha descubierto como lo que es, poeta menor para una antología” o que Féliz de Azúa “es un poeta muy guapo y muy creído”. Los lectores de Poesía se rieron con las cosas de Panero, que por una vez olvidaba el psicoanálisis, la antipsiquiatría y la escatología, pero Guillermo Carnero (al que se presenta como uno de los imitadores de Gimferrer) le replicó con una feroz andanada, “No dar pie con bola”, que Fernando Antón tiene el acierto de reproducir en este volumen. Termina con estas palabras: “Eróstrato era un patán que prendió fuego al Templo de Diana en Éfeso para darse celebridad. La enfermedad del joven Panero se llama erostratismo, es decir, la clase de locura que lleva a cometer barbaridades para hacerse famoso. Está claro que en lo de tener opinión en literatura, el joven Panero no toca pito. En cuanto abre la boca se mea fuera de tiesto. Más le vale escurrirse del asunto a cencerros tapados y hacer curso de cultura general por correspondencia, para que no tengamos que ponerle otra vez de cara a la pared y con orejas de burro”.
            A una referencia de pasada, quizá algo despectiva, responde Valente en El País con “Nueve aforismos para un neojoven”: “Poco hay peor que el joven persistente y el repetido gesto del payaso abolido”.
            En la entrevista a Gil de Biedma, realizada en colaboración con Biel Mesquida, y que es una de las piezas destacadas del volumen, a poco de comenzar a hablar Panero (“Ten en cuenta que la trampa en que hemos caído todos los poetas es que nuestro discurso, al no pasar por esta simbólica abstracta que rige la sociedad, no es leído, está proscrito simbólicamente por la sociedad y, por tanto, este discurso del inconsciente que es la poesía, la literatura y el delirio, esta discurso analógico…), le corta el entrevistado: “Mira, yo estoy muy poco à la page: elabora tu discurso a otro nivel…”
            Y a otro nivel –el de Gil de Biedma, el de la lucidez, el sentido común y la inteligencia– transcurre luego la entrevista, gracias sobre todo a Biel Mesquida.
            Destaca en esta recopilación, entre otras páginas de valor autobiográfico, impactante monólogo que lleva el título de “Déjame que me tome un cuba libre” (apareció en la revista Estaciones en 1981). No parece un texto escrito por Panero, sino declaraciones recogidas por algún periodista: “El desencanto es una película desastrosa, sobre todo para mí, una película que me hundió en la medida en que me convirtió en un payaso que yo no era. Yo era muy serio, escribiendo mis cosas, inventando mis cosas, perfeccionándolas, sin la película; escribía para pocos. Tenía libros publicados, pero escribía para pocos, para los que me leían y que no fueron la cantidad de miles de payasos que me empezó a ver como un payaso después de la película”.
            Pronto el autor se sentiría a gusto en ese papel mediático que la sociedad le había asignado y le sacaría toda la rentabilidad posible: importaba el personaje, no lo que escribiera.
            Tampoco el prologuista parece preocuparse demasiado de la coherencia de sus afirmaciones: “Prosas encontradas reúne alrededor de doscientos textos de Leopoldo María Panero […], de los que más de la mitad permanecían inéditos hasta hoy en libro. En la presente edición, por tanto, se ha prescindido de todo aquel material que ya había aparecido previamente publicado en otros volúmenes”. Si se ha prescindido de los textos publicados anteriormente en volumen, ¿cómo es que solo más de la mitad sean inéditos en libro? No es el único caso en que el estudioso se contagia de la falta de rigor del autor estudiado. Indica que en “Textos enfrentados” publica una crónica de Martín Vilumara, “pseudónimo de un gran librero y editor que prefiere seguir en el anonimato”, a la que responde Panero, y luego reproduce esas páginas firmadas por el verdadero autor, José Batlló.
            Entre 1970 y más o menos 1980, Leopoldo María Panero fue uno de los escritores más significativos de la nueva literatura; a partir de entonces, aunque siguió escribiendo y publicando con profusión, se convirtió en otra cosa. El valor literario de sus textos dejó de tener importancia, tanto para él, como para sus admiradores, que acabaron siendo legión.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Eugénio de Andrade y el misterio de la poesía


Les manes enceses. Antoloxía (1948-2001)
Eugénio de Andrade
Selección, traducción y prólogu d’Antón García
Saltadera. Oviedo, 2014.

Después de Fernando Pessoa, que no admite parangón, Eugénio de Andrade es quizá el poeta portugués más influyente en la poesía española. Al contrario que el creador de los heterónimos, que mostró escaso interés por nuestra literatura, Andrade se ha sentido desde la adolescencia interesado por ella, como ha declarado en más de una ocasión: “España me abrió las puertas para siempre, cuando un amigo de Lorca, el bailarín Pepe Montes, llegó a Lisboa y mis dieciséis o diecisiete años oyeron por primera vez los versos embrujados del Romance Sonámbulo; nunca hasta entonces la poesía se me había aparecido vestida de luces”. La influencia de Lorca resulta muy patente en sus dos primeros libros, Adolescente (1942) y Pureza (1945), muy pronto eliminados de su bibliografía. En la reescritura de esos libros que con el título de Primeiros poemas publica en 1977 ya la lección de Lorca, bien asimilada, se ha vuelto invisible.
            En los años ochenta, Eugénio de Andrade es uno de los más reconocidos maestros de la joven poesía española, no solo de la escrita en castellano, sino también en catalán o en asturiano. Incluso podría decirse que sin el ejemplo de Andrade no habría sido posible la nueva poesía asturiana, la que convirtió al tradicional bable, que parecía solo apto para el costumbrismo y la comicidad, en una lengua de cultura. El principal impulsor de la relación de Andrade con Asturias fue Antón García, quien en 1985 publicó la primera traducción al asturiano de uno de Memoria d’outru ríu, y ahora, treinta años después, nos ofrece una amplia antología de toda su obra.
            Eugénio de Andrade, nacido en 1923, pasó la mayor parte de su vida en Oporto, la ciudad de Garret, como él la llama en el título de uno de sus libros, pero hasta los veinte años vivió en Lisboa y en esa ciudad lo sitúa el prólogo de Antón García, evocación de un encuentro con motivo de la presentación, en 1988, de otros de sus libros traducidos al asturiano, Contra la escuridá.
            Descartadas las dos entregas iniciales, la obra de Eugénio de Andrade se inicia con Las manos y los frutos, de 1948; su último libro es Los surcos de la sed, de 2001. A lo largo de más de medio siglo se ha mantenido fiel a sí mismo, insistiendo en unas pocas obsesiones, pero evitando el riesgo de la reiteración y de la monotonía.
            Difícil resulta señalar el secreto de esta poesía, que parece hecha de nada, tan cercana a la música, tan ligada a la lengua portuguesa y paradójicamente  capaz de resistir, sin perder su encanto, el traslado a cualquier otra lengua.
            El deslumbramiento inicial lo produjo Lorca y también un poeta portugués, hoy bastante olvidado, António Botto, a quien conoció personalmente y que fue su primer mentor. Pero los verdaderos maestros de Andrade fueron otros: los cancioneros galaico-portugueses, la poesía griega (especialmente Safo y los epigramas de la Antología palatina), la brevedad del haiku. “La mejor poesía ha sentido siempre la tentación del silencio”, escribió alguna vez.
            Un poema de ese grácil cancionero amoroso titulado Las manos y los frutos, “A uma cerejeira en flor”  (“Despertar, ser en la mañana de abril, / la blancura de este cerezo; arder de las hojas hasta la raíz, / dar versos o florecer de esta manera. / Abrir los brazos, acoger en las ramas / el viento, la luz, lo que quiera que sea, / sentir el tiempo, fibra a fibra, / tejer el corazón de una cereza”) podría estar en el último libro, Los surcos de la sed, lo mismo que otros de este, como “Rilkeana”,  no desentonarían en el primero: “De ti y de esta nube; de esta nube / blanca como vuelo de pájaro / en mañana de abril; de ti / y de la íntima llama de un fuego / que no admite extinción; / de ti y de mí hacer un solo acorde, / un acorde solo; para no perderte”.
            La inmediata sintonía de los poetas asturianos de los ochenta con Eugénio de Andrade se debe, en buena parte, a su gusto por lo esencial, por el mundo natural; de él aprendieron que el ruralismo no resulta incompatible con la modernidad. O outro nome da terra tituló Andrade un libro de 1988 y Xuan Bello, como explícito homenaje, Los nomes de la terra otro suyo aparecido poco después. La poesía de Xuan Bello, de Pablo Antón Marín Estrada, de Berta Piñán, de tantos otros, no habría sido posible sin el magisterio de Andrade.
            La comparación de las actuales versiones de Memoria de otro río –un libro de poemas en prosa–  con las anteriores ejemplifica bien el esfuerzo llevado a cabo en estos treinta años para convertir el asturiano en una lengua literaria adulta. La versión de 1985 estaba escrita en la variante occidental del asturiano. El poema “Com a manha” decía así: “Vien de la parte el ríu, las manos fresquísimas, dellas gotas d’augua inda nu pelu. Cona mañana chega l’anónimo respirar del mundu. Un cheiru a pan frescu invade el patiu todu. Vien de la parte el ríu: pa llevar a la boca ou al poema”. Ahora el título, que antes era “Cona mañana”, cambia a “Cola mañana” y el resto suena de este modo: “”Vien de la parte’l ríu, les manes fresquísimes, delles gotes d’agua inda en pelo. Cola mañana llega l’anónimu respirar del mundu. Un arrecendor a pan fresco invade’l patio todu. Vien de la parte’l riú: pa llevar a la boca o al poema”.
            La poesía se hace con palabras, pero si es verdadera poesía está más allá de las palabras, sigue siendo poesía en una lengua o en otra, en una o en otra variante de una misma lengua. Esta espléndida antología bilingüe –que ningún admirador de Andrade debería perderse– lo demuestra cumplidamente.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Una historia de las falsificaciones literarias españolas




El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones literarias españolas
Joaquín Álvarez Barrientos
Abada Editores. Madrid, 2014.

Puede parecer paradójico que un estudioso de la literatura no sea un buen lector de literatura, pero resulta más frecuente de lo que se cree. El caso más reciente es el de Joaquín Álvarez Barrientos, un conocido especialista en la literatura del siglo XVIII, que dedica más de cuatrocientas páginas a ofrecernos una historia de las falsificaciones literarias españolas y no tiene ni medianamente claro en qué consiste el concepto de falsificación. Explícitamente declara que “no son las mismas categorías, aunque a veces se solapen, el plagio, la contrahechura, el fraude, la falsificación, el apócrifo, el pastiche, lo espurio, ni tampoco heterónimo ni seudónimo, a pesar de que, con frecuencia, se empleen casi de modo intercambiable unos y otros términos”. Pero luego resulta que él confunde una y otra vez esos términos a lo largo de su libro.
            Se defina como se defina el concepto de falsificación, el machadiano Juan de Mairena, que no en balde lleva el subtítulo de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, no es una falsificación. Tampoco lo son las Rubaiyatas de Horacio Martín que Félix Grande publica en un libro así titulado. Tampoco el Quijote de Avellaneda es una falsificación como no lo es la novela de Trapiello titulada Al morir don Quijote; solo lo serían si se publicaran bajo la firma de Miguel de Cervantes. No parece que sea necesario repetir esas obviedades, pero Joaquín Álvarez Barrientos, que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, las ignora. Para él pertenecen igualmente al género de las falsificaciones literarias las historias que nos cuenta Papini en Gog o en El libro negro (el encuentro del protagonista con Freud el descubrimiento de un inédito de Unamuno) que el que Iglesias Figueroa haga pasar como de Bécquer dos rimas que ha escrito él (durante medio siglo se incluyeron en las Rimas).
            La falsificación implica engaño. Se han publicado docenas y docenas de entrevistas imaginarias, en libro y en periódico, pero si se declaran como tales no son falsificaciones. Sí lo es, en cambio, la que un presunto Andrés Gilabert publica en el homenaje de Cuadernos del Norte (junio-julio 1980) a Ramón Pérez de Ayala. Su autor es Álvaro Ruiz de la Peña, su presunto descubridor, que la hace preceder de una breve nota.
            No hay que confundir falsificación con juego literario, pastiche, parodia o ficción que incluya datos más o menos reales. El nombre de la rosa, de Umberto Eco, no es una falsificación, aunque el autor, como en tantas novelas, se nos presente como simple editor o traductor.
            La mentira de la literatura aparece siempre en los paratextos, no en el texto. Puede mentir la cubierta del libro, la solapa, el prólogo cuando es de un autor real distinto del que figura en la portada, no miente el poema ni la novela, aunque a veces finjan que no son poema ni novela.
            No resulta, por supuesto, enteramente desdeñable este volumen de Álvarez Barrientos, que aprovecha muchas de sus anteriores investigaciones. Pero no responde, ni de lejos, a lo que anuncia el subtítulo “Una historia de las falsificaciones literarias españolas” (el título El crimen de la escritura no se sabe muy bien a qué viene).
            Las páginas dedicadas a la “locura cervantina”, a las numerosas falsificaciones en torno a Cervantes que surgieron en el siglo XIX, son especialmente aprovechables. Y un mérito del volumen es subrayar que tan importante como el fragmento de la novela de Petronio falsificado por Marchena son las notas que lo acompañan, que merecían ser reeditadas. También resultan muy útiles sus consideraciones acerca de la novela Curial e Güelfa, un clásico de la literatura catalana recientemente puesto en cuestión por Rosa Navarro Durán, pero de cuya autenticidad hay dudas desde antiguo. Es un caso excepcional en las falsificaciones literarias, una obra maestra de la mixtificación, porque se conserva el extenso manuscrito de la novela con letra, papel y hasta parece que tinta del siglo XV, un manuscrito que apareció misteriosamente en la Biblioteca Nacional sin que nadie sepa como llegó hasta allí (aunque se sospecha: el presunto falsificador, Milá y Fontanals se lo pasó a su amigo Agustín Durán, entonces director de la Biblioteca Nacional).     
            Menos fiable resulta Álvarez Barrientos cuando se ocupa de literatura contemporánea. En algún caso da la impresión de que no ha leído, solo hojeado, aquella obra de la que habla. Es lo que ocurre con las Notas inéditas al Cancionero inédito de A. S. Navarro (que, por supuesto, no es ninguna falsificación) de Emilio Alarcos Llorach (en la página 323 lo llama Rafael). En su opinión se trata de “un relato de los amores de A. S. Navarro”, acompañados de una serie de prosas donde Alarcos se decida a “lucubrar con pobreza interpretativa sobre esos amores” y a “hacer la crítica de la poesía contemporánea”. No indica, no parece haberse enterado, que se trata de una obra de juventud editada póstumamente. Para él “todo el conjunto pudo haber sido construido a la vez y las fechas ser ficticias. A menudo se tiene la impresión de que son el hilo conductor del relato, de la novela, y que los versos ilustran idea, conceptos o reflexiones en ellas expuestas”. ¿Las fechas son el hilo conductor de la novela y los versos ilustran ideas o conceptos expuestos en las fechas? No sabemos qué habrá querido decir Álvarez Barrientos, pero eso es lo que dice. Y no es el único disparate que expresa en las pocas líneas que dedica al libro póstumo de Alarcos, para él un cancionero amoroso vinculado “con Garcilaso, con Bécquer, con Petrarca”.
            No más acertadas son las páginas dedicadas a El sindicato del crimen, de 1994, una antología en la que contrastan el divertido prólogo, parodia de los ataques que entonces se hacían a la llamada “poesía de la experiencia”, y los burlones paratextos, con el medio centenar de poemas que vienen a continuación, que no tienen ninguna intención paródica y que son verdaderos poemas de verdaderos poetas, algunos de ellos (como Antoni Mari o Francesc Parcerisas) de lengua catalana y uno, Ramiro Fonte, de lengua gallega. El libro, que apenas tuvo difusión y escasas reseñas, no supuso “ningún golpe de fuerza en el campo literario del momento”, como afirma, de oídas, Álvarez Barrientos. Una broma (que en el caso anterior los poetas pagaron a escote y por eso no entramos la participación de otros invitados, como Víctor Botas) no es una falsificación; no pretende engañar, aunque en un primer momento engañe a algún lector distraído o a algún despistado hispanista.
            Una falsificación es lo que hizo José García Nieto presentado a un concurso del que él formaba parte del jurado un libro propio firmado por una joven poeta, Juana García Noreña, y ganando ese premio, el Adonais, y no renunciando a él. Álvarez Barrientos menciona este caso, pero no lo estudia. Prefiere ocuparse de otros que nada tienen de falsificación.

            

viernes, 22 de agosto de 2014

Hablar por hablar



Los grandes hombres solo son grandes porque otros somos pequeños.

Alguien debería decirle a Dios que no existe.

Sin literatura el mundo sería ilegible.

Se acaba el tiempo, empieza la eternidad.

Hay cosas ocultas que no son ningún secreto.

Amar a la humanidad es una buena excusa para no tener que amar a nadie.

Hablo a solas, pero no me escucho.

¿Resucitar? No, gracias. Con una vida ya he tenido bastante.

Hay quien usa su talento sin ningún talento.

Qué humano es ser inhumano.

Algún día dejaré de soñar que estoy despierto.

Hay verdades tan seductoras que parecen mentiras. Y a menudo lo son.

A veces, como no encontramos a una mujer, tenemos que conformarnos con dos o tres.

La comedia es una tragedia a la que le falta el último acto.

Era tan inteligente que logró que nadie se enterara.

Se mire como se mire, el triunfo es siempre una vulgaridad.

Hay personas que molestan menos como enemigos que como amigos.

No hacer nada requiere mucha fuerza de voluntad.

Si eres feliz, procura que nadie se entere.

La realidad no existe, pero aún no se ha enterado.

Al despertar creamos el mundo.

Un hombre completamente normal sería anormal.

Un hombre feliz es que a los noventa años se mira al espejo y se sigue gustando.

Un genio desconocido de todos, incluso de sí mismo, ¿es un genio?

Un hombre elegante lo sigue siendo incluso cuando está desnudo.

Morir está al alcance de cualquiera.

El valor está sobrevalorado.

Tiene buena memoria quien recuerda solo lo que quiere recordar.

Nunca te rías de los demás sin fingir que te ríes de ti mismo.

Se puede ser inteligente y buena persona.

¡Cuidado con los tontos! Pueden ser muy listos.

¿Quieres a quien no te quiere? ¡Eso sales ganando!

El silencio ofende. Mejor hablar para no decir nada.

Hay quien dice que solo hay que tener miedo al miedo; yo es a lo único que no le tengo miedo.

Cuánto mal nos hacen buscando nuestro bien.

Qué aburrido sería un mundo sin fronteras.

Solo hago favores si me garantizan que no se va a enterar el favorecido.

Hay cosas totalmente distintas que son completamente iguales. Un hombre y una mujer, por ejemplo. O un hombre y otro hombre.

Cuando tengas algo que decir, piénsalo dos veces antes de decir nada. Cuando no tengas nada que decir, habla sin problemas.

Lo mejor de la música son los silencios.

En las páginas en blanco nunca hay erratas.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Lecturas buenas y malas


A PROPÓSITO DE
LECTURAS BUENAS Y MALAS
UN CUESTIONARIO DE
ALFREDO VALENZUELA


1--Por favor, algunos ejemplos de libros “injustamente recordados”.

Los últimos libros en verso castellano de Pere Gimferrer, las últimas novelas de Dona León, casi todos los premios Planeta, buena parte de las publicaciones académicas sobre literatura contemporánea... Si no hubiera libros "injustamente recordados", ninguna historia de la literatura pasaría de un centenar de páginas, a los suplementos culturales de los periódicos les sobrarían la mitad de las páginas y la mayoría de los premios literarios quedarían desiertos un año sí y otro también.

2--¿Los “disparates académicos” son más divertidos, precisamente, por venir de donde vienen?

Claro. No es lo mismo que un periodista hable de la "poesía de la experiencia" o de la "poesía del silencio" sin saber muy bien de qué habla a que una hispanista dedique su tesis doctoral a la poesía contemporánea sin leer a los poetas que estudia, limitándose a resumir las reseñas que se han escrito sobre ellos, las polémicas en que han participado y los prólogos a las antologías que los incluyen. Y no cito nombres, pero podría.

3--“Los malos poetas son los mejores humoristas involuntarios”. ¿Ejemplos?

Hombre, mi memoria es selectiva. Los leo, me río y van directamente al cubo del reciclaje. También los buenos poetas hacen a veces el ridículo, y esa es una antología que sí me gustaría hacer. Ya la intentó Gerardo Diego. Quien, por cierto, es el autor de unos versos que podrían ir en esa tontología: "Cuando yo era niño, me traía el mar / las cadencias de don / Emilio Castelar. / Hoy me deleita, raro sireno, / don José María Pemán, / el bueno". Estos versos los leí yo, a mis trece o catorce años, en una reseña de un libro suyo publicada en el ABC y desde entonces se me quedaron en la memoria; está visto que ya iba yo para crítico literario. Tampoco está nada mal el comienzo de un soneto de cierto poeta andaluz cuyo nombre callo (ha ganado infinitos premios): "Se enciende el chirimbolo. Lavadora. / Y dan vueltas las cosas de la casa / y pasa y pasa y pasa / aproximadamente media hora".

4--¿El exceso de elogios ha generado una especie de inflación literaria?

No todos los elogios valen lo mismo. Unos son como la moneda alemana de la época de Weimar: papel mojado; otros valen su peso en oro.

5--¿No desmiente Vargas Llosa su aserto de que “un perfecto caballero nunca podrá ser un gran escritor”?

Aquí viene muy bien recordar aquello de que las excepciones confirman la regla.

6--¿El valor de un crítico se mide por la cantidad o por la calidad de sus enemigos?

¿Valor como valentía o como calidad? Un crítico es valiente cuando dice lo tiene que decir y no lo que conviene a la publicidad editorial o a su propia promoción como escritor. Pero la sinceridad, por si sola, vale bien poco en la crítica literaria. Hace falta además saber de qué se habla, tener criterio, saber escribir (no es una obviedad: quienes tienen dificultades con la sintaxis y con la sindéresis sienten una rara predilección por la poesía o por la crítica).

7--¿No ha conocido a profesores de literatura que disfruten leyendo?

Por supuesto. Suelen ser muy jóvenes y no resulta nada grave: se les pasa con la edad.

8--¿Tiene muchos alumnos que disfruten leyendo?

En el primer curso de la Universidad, bastantes; luego cada vez menos.

9--¿No le gustan las “etiquetas de fácil uso didáctico”?

No me gustan quienes las utilizan para evitarse el trabajo de estudiar la realidad a la que se refieren.

10--¿En quién pensaba cuando escribió que “nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica”?

En mí, por supuesto. Si yo fuera la mitad, de inteligente de lo que me creo, me dedicaría a otras actividades más provechosas. Pero seguro que me divertiría menos.

11--¿La amistad es un defecto?

Digamos que es un incordio cuando se trata de juzgar imparcialmente una obra. Pero yo pertenezco a esa incómoda especie de los que son más amigos de la verdad que de Platón.

12--Morelli hablaba del “carácter hiriente” de Huidobro ¿tiene usted ese tipo de carácter?

¿Tiene un cirujano un carácter hiriente? Si es así, yo también lo tengo. Huidobro, además de gran poeta, era también un megalómano un tanto infantiloide; quería ser el primero en todo, no soportaba que nadie le hiciera sombra. Yo lo soporto bastante bien; sé cuál es mi sitio.

13--¿Reúne en libros todos sus escritos, o casi todos?

Publico todo lo que escribo porque la mejor musa, como decía Umbral, es el encargo. No entiendo eso de escribir para uno mísmo; me parece tan absurdo como hablar solo. Y buena parte de lo que escribo aparece antes, en todo o en parte, en publicaciones periódicas. Hay quienes utilizan ese hecho para desvalorizarlo. Confunden continente con contenido. Lo que se entiende por "periodismo" (escritos sin voluntad de permanencia ligados a la actualidad) se puede publicar tanto en libro como en la prensa periódica. Y la literatura, desde el siglo XVIII, sea o no de ficción, se ha publicado antes en las revistas que en el libro, como la poesía del siglo de Oro se divulgaba en manuscritos antes de reunirse en un volumen.

14--¿Quedan escritores como Gabriela Mistral cuya obra literaria más interesante sean ellos mismos?

Ahí está el caso paradigmático de Leopoldo María Panero. No es el único. Juan Gelman, sin su dolorosa peripecia humana, se queda en poco. Cuando pasa el tiempo, de la mayor parte de los escritores, sobre todo de los escritores menores, resulta más interesante su vida que su obra. Por eso las autobiografía envejecen mejor que las novelas y las cartas escritas a vuela pluma mejor que la mayoría de los sonetos.

15--Su editor afirma que usted dice incluso “lo que nadie debería decir” ¿Se arrepiente de algo dicho en alguna de sus reseñas?

Esa frase del editor tiene un simple fin publicitario. Yo jamás he dicho lo que no se debería decir, soy muy mirado en eso. Alguna vez sí he dicho lo que nadie se atrevía a escribir, aunque muchos lo pensaran y lo comentaran en privado. Algo tengo del niño ingenuo del cuento de Andersen que señala con el dedo al rey, o a un afamado catedrático de Ética, y afirma que está desnudo.

jueves, 26 de junio de 2014

Caballero Bonald o la rentable disidencia


Memorial de disidencias
Vida y obra de José Manuel Caballero Bonald
Julio Neira
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2014

  
José Manuel Caballero Bonald es autor de dos espléndidos libros de memorias, Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001). En ellos no se atiene al dato exacto, confirmado documentalmente, sino a sus recuerdos, y a veces da la impresión de que los trata como si fueran materia de ficción. Por eso, al reeditarlos conjuntamente, los denomina La novela de la memoria (2010). El ambiente de la época está, sin embargo, admirablemente recreado. La verdad tiene muchas caras y la que esos literarios volúmenes nos presentan no es la menos verdadera.
            Termina La novela de la memoria con la muerte de Franco; después, le parecía al autor que ya no había nada que contar. Y es posible que tuviera razón si hemos de juzgar por Memorial de disidencias, la minuciosa biografía que Julio Neira le ha dedicado. De sus seiscientas páginas, más o menos las trescientas últimas, las que se dedican a los años de la democracia, carecen por completo de interés. Se limitan a un paciente recuento de la actividad externa de Caballero Bonald: los jurados en los que ha participado (incontables), las conferencias que ha impartido, los congresos a los que ha sido invitado, los libros que ha publicado (con citas de fragmentos elogiosos de las reseñas correspondientes), los premios que ha recibido hasta culminar en el Cervantes de 2012. Incluso se dedica a desmentir –como si eso tuviera algún interés– algunas informaciones periodísticas que señalaban que el autor estuvo en tal acto cuando en realidad, finalmente no pudo asistir.
            Pero las trescientas páginas primeras justifican de sobra el volumen. Caballero Bonald es todo un personaje y su vida está llena de peripecias de interés para muy diversos públicos. De algunas de ellas se ocupó incluso la prensa del corazón. Es el caso de su relación sentimental con Rosario Conde, la primera mujer de Cela, parece que conocida y consentida por el novelista, mientras era secretario de la revista Papeles de Son Armadans.
            Camilo José Cela fue el primer mentor del joven y ambicioso Caballero Bonald. De él aprendió las buenas y las malas mañas necesarias para abrirse camino en el Madrid del franquismo. Y no cabe duda de que Caballero Bonald fue un aventajado discípulo, no solo en lo literario, sino también en un determinado comportamiento propicio a la bronca y al escándalo.
            Las anécdotas etílicas y prostibularias de Caballero Bonald, que en su prosa tienen cierta gracia, resumidas por Neira en la suya profesoral dan un poco de vergüenza ajena.
            Todo lo contrario ocurre con todo lo que tiene que ver con sus inicios en la vida literaria y su participación en la “operación realismo” que sería uno de los orígenes de la llamada generación del cincuenta. Julio Neira, con buena documentación, desmonta las trampas de la memoria y nos muestra a un Caballero Bonald activo defensor de una estética, el realismo, de la que abjuraría tiempo después. “A mí toda la poesía que se entiende me parece periodismo” llegaría a afirmar.
            Documenta también su activa defensa de la revolución cubana, su mitificada estancia en Colombia, su progresiva implicación en las actividades antifranquistas. En la biografía de Caballero Bonald, como en cualquier otra, se entremezcla lo personal y lo generacional. Su peripecia vital ayuda a entender una etapa de la historia de España.
            Se trata de un escritor que ha de malvivir con mil y un oficios, e incluso hacer de negro para otros escritores, antes de poder vivir de la literatura. Tiene algo de novela picaresca la biografía de Caballero Bonald, como lo tiene la de su amigo, y coprotagonista de muchas de estas páginas, Fernando Quiñones.
            Jurado en múltiples premios literarios (casi siempre otorgados a buenos amigos), Caballero Bonald, según afirma su biógrafo, “no tendría ningún empacho en reconocer que los premios comerciales estaban dados de antemano” y que eso mismo ocurrió con los que recibieron sus novelas.
            Los apaños y los amaños de la vida literaria, reconocidos por el autor y el biógrafo, no le impiden a este encomiarle como ejemplo de escritor disidente y enfrentado al poder. Memorial de disidencias titula precisamente su biografía y Manual de infractores Caballero Bonald uno de sus últimos libros, muy aclamado por la crítica, tanto por sus valores estéticos como por su presunta valentía moral.
            Las palabras finales de la biografía no dejan lugar a dudas: “En tiempos como el actual, en que los poderosos pretenden cambiar el paradigma de valores en la sociedad occidental, mientras la mayoría de los intelectuales callan y eluden cualquier discrepancia, mantiene toda su vigencia una voz como la suya, que clama en legítima defensa contra los paladines del pensamiento único y su atropellos”.
            Nunca estar contra el poder fue tan rentable como en el caso de Caballero Bonald: Hijo Predilecto de Cádiz y de Jerez, con una Fundación, financiada íntegramente con dinero público, dedicada a difundir su figura, ganador de todos los premios institucionales, viajero, desde hace décadas,  a los más diversos lugares a cargo también de los presupuestos…
            Cierto que le faltó ser nombrado Académico de la Lengua. Era candidato único, al contrario que la otra vez que fue presentado, todo estaba atado y bien atado, pero algún amigo ausente se confió demasiado en la victoria cantada y no envió su voto por correo (parece que fue el caso de Ángel González), con lo que, al final, le faltó un voto para resultar electo. Armas Marcelo dijo que no le habían elegido “por libertino y rojo” y él presumió de ello.
            Pero ser “libertino y rojo”, maestro de disidentes y guía de infractores, no le ha impedido conseguir todos los reconocimientos posibles por parte de los poderes públicos, sean de izquierdas o de derechas.  
            Semejante discrepancia, tan llamativa, no la ha visto Julio Neira, o no la ha querido ver dado su papel de “biógrafo autorizado”. En nada desmerece el valor literario de Caballero Bonald, un escritor dueño de una impronta estilística reconocible hasta en la página más ocasional.

viernes, 20 de junio de 2014

Pedro Luis de Gálvez, la seducción de la mala vida


Reivindicación de don Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos
Francisco Rivas
Edición de Juan Bonilla
Zut Ediciones. Málaga, 2014

No son pocos los escritores más famosos por su vida que por su obra literaria. Uno de ellos es Pedro Luis de Gálvez, el rey de los hampones, cuya truculenta peripecia biográfica fascinó a Pío Baroja, a Ramón Gómez de la Serna y a tantos de sus contemporáneos. Juan Manuel de Prada le volvió a poner de moda con uno de los relatos de El silencio del patinador y le convirtió en protagonista de su primera y más famosa novela, Las máscaras del héroe.
            Francisco Rivas, Quico Rivas, “polifacético agente cultural” (así se le define en la solapa de este su libro póstumo), uno de los protagonistas de la movida madrileña, también se sintió seducido por Gálvez. En 1996 reunió en Negro y azul sus poesías casi completas y en el prólogo a ese volumen daba por publicado Reivindicación de don Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos, una obra que, sin embargo, solo ahora, tres lustros después, ve la luz.
            Hubo anteriormente varios intentos de edición, pero en el último momento el autor decidió siempre echarse atrás, considerando que su investigación no estaba acabada. Luego, en un incendio, desapareció el original y Francisco Rivas se desentendió del asunto. Juan Bonilla, ya fallecido el autor, en 2008, encontró una copia, que es la que ahora se publica.
            El largo y llamativo título del volumen, además de llamativo, resulta engañoso. No todo él se dedica a reivindicar la figura Gálvez. En muchas páginas ni aparece, sustituido por otros integrantes de la bohemia finisecular. De hecho, el capítulo más apasionante del libro, el que se lee como si formara parte de una novela policial, es el que refiere el asesinato de Luis Antón del Olmet a cargo de su amigo y colaborador Alfonso Vidal y Planas. La historia, que conmocionó al Madrid de los años veinte, es bien conocida, pero Francisco Rivas acierta a despertar nuestro interés como si la leyéramos por primera vez.
            El género, o subgénero, al que este libro pertenece tiene un nombre quest, búsqueda, y una de sus características es que el investigador adquiere a veces tanto protagonismo como el personaje investigado. Francisco Rivas comienza su obra en clave autobiográfica: “Las del 92 fueron las peores navidades de mi vida. Unas auténticas navidades negras, es decir, sin blanca. Incluso me cortaron el teléfono, algo que no ocurría desde tiempos inmemoriales. Mi novia se había marchado a pasar las fiestas con su familia y yo me encontraba tan aliquebrado de salud y de moral que no tuve ánimos para cumplir con la mía”.
            Pero pronto el libro va por otros caminos, centrándose en la vida y obra de Gálvez y en los otros escritores marginales de su tiempo. Rivas no actúa con entera imparcialidad, se siente identificado con los perdedores y se comporta más como un abogado defensor que como un riguroso investigador.
            Pretende desmentir rumores, pero acaba sucumbiendo a ellos. Gálvez, desde muy pronto, fue menos un escritor real que el protagonista de truculentas anécdotas (la más famosa, la del hijo que nació muerto y cuyo cadáver paseaba por los cafés en una caja de zapatos pidiendo dinero para enterrarlo), y su biógrafo, que al principio trata de separar la verdad de la leyenda, en seguida se dedica a citar ampliamente, sin cuestionarlo, no solo todo lo que se contaba sobre Gálvez, sino las novelas directa o indirectamente inspiradas en él.
            Uno de esos “rumores muy extendidos”, a los que Rivas da crédito, hace a Gálvez autor de alguna de las obras de Enrique Larreta y Ricardo León. El primero habría comprado a Gálvez el original de La gloria de don Ramiro, su obra más conocida, por 500 pesetas. Las razones de Rivas para dar por cierto tal hecho carecen de la más mínima fuerza probatoria: “A favor de esta hipótesis hay sobrados argumentos. Ese tipo de chanchullos, por así decirlos, estaba mucho más extendido en la época de lo que el común de los lectores puede imaginar. A Pedro Luis de Gálvez colocar un libro a un escritor serio en estos momentos le resultaba bastante difícil. Venderlo, aún más. Cobrar un adelanto a cuenta, con su fama, ni en sueños. Y por cien duros era capaz de vender a su madre”. No sé si a su madre, pero parece que a su mujer si hay pruebas de que la vendió alguna vez. Pero una novela es algo distinto; primero hay que escribirla, y una obra de estilo tan elaborado y arcaizante como La gloria de don Ramiro no se escribe precisamente en cuatro días.
            Al otro escritor para el que supuestamente hizo de negro Pedro Luis de Gálvez nos lo presenta Rivas con el siguiente párrafo: “Ricardo León fue novio y amante de Concha Espina, en todo muy superior a él, y la dejó por una jovencita sin más mérito que un buen par de domingas. Entre la Academia, las amantes, la política –se presentó candidato a diputado en 1914– y la intensa vida social a don Ricardo León no le quedaba mucho tiempo para la literatura”.
            Como amena, y a ratos disparatada, miscelánea, más que como serio trabajo de investigación, debe leerse este volumen, aunque no dejen de encontrarse en él textos y datos poco conocidos, como las colaboraciones de Gálvez en el diario valenciano El Pueblo los años finales de la guerra.
            Explica ello que el editor, Juan Bonilla, no se tome la molestia de precisar la procedencia de algunas citas o de enmendar errores evidentes, como señalar que, en mayo de 1930, nos encontrábamos en plena dictadura de Primo de Rivera (destituido unos meses antes).
            Pedro Luis de Gálvez, detenido en Valencia en abril de 1939, fue juzgado en Consejo de Guerra, condenado a muerte y fusilado un año después. Rivas afirma que “no era en absoluto culpable de ninguno de los innumerables crímenes que se le atribuyeron”, como él va a demostrar. No lo consigue. Lo cierto –y hay irrefutables testimonios de ello– es que Gálvez fue uno de los protagonistas de los meses de terror que siguieron en Madrid a la sublevación militar del 18 de julio. Detuvo, encarceló, presumió de haber eliminado a cientos de facciosos. Cierto que también salvó a algunos de sus antiguos favorecedores (como el futbolista Ricardo Zamora), pero no hay muchas dudas de que aprovechó aquellos turbios días para saciar su resentimiento.
            ¿Era un gran escritor Pedro Luis de Gálvez? Era un poeta que desperdició su talento en docenas y docenas de poemas de circunstancias, especialmente sonetos, para los que tenía una gran facilidad (el soneto, una vez que se domina la técnica, tiene mucho de mecánico artificio: quien hace un soneto hace un ciento). Era también un pícaro sin escrúpulos, un hampón que pareció redimirse cuando conoció a Teresa Espíldora, madre de sus hijos (a ella le dedica alguno de sus más hermosos poemas), pero del que los enloquecidos primeros meses de la guerra civil sacaron, como de tantos otros, lo peor que llevaba dentro.
            Si no un gran escritor, aunque poeta notable, Pedro Luis de Gálvez fue un inagotable personaje literario. Este libro lo confirma. No es el primero sobre su figura, tampoco, sin duda, será el último.

viernes, 13 de junio de 2014

José Ángel Valente: Sequedad, verdad, inteligencia


Antología poética
José Ángel Valente
Alianza Editorial. Madrid, 2014

El tiempo suele ser el más incorruptible y feroz de los críticos literarios. Tras la muerte de un escritor, incluso del más célebre, e inmediatamente después de la habitual catarata de hiperbólicos elogios, acostumbra a echar paletadas de olvido. Luego solo unos pocos vuelven reducidos a lo esencial, olvidadas polémicas y vanaglorias.
            Leemos la antología de José Ángel Valente preparada por Tomás Sánchez Santiago y enseguida podemos comprobar que el tiempo le ha tratado bien, que la mayoría de sus poemas no les ha añadido ni una arruga.
            José Ángel Valente fue un personaje polémico que no hurtó el bulto en las habituales guerrillas literarias. Se inició como poeta a mediados de los cincuenta, dentro de la corriente realista y comprometida (en “La rosa necesaria” rechaza el solipsismo esteticista y pide una “palabra natural, / habitada y usada / como el aire del mundo”), pero sería uno de los primeros en rechazar las limitaciones de esa poética, su “formalismo temático”.
            Admiraba a sus maestros –Unamuno, Cernuda, los cultivadores de la que él llamó “la poesía de la meditación”– y le gustaba ser celebrado por sus discípulos, que fueron innumerables, y algunos de tanta inteligencia como Andrés Sánchez Robayna, pero, nuevo Juan Ramón, no admitía la competencia de ninguno de sus coetáneos. De ahí su reiterado rechazo a las agrupaciones generacionales y especialmente a aquella en la que solía incluírsele, la generación del cincuenta. En alguna de sus últimas entrevistas arremetió ferozmente contra José Hierro, un poeta que obtuvo un gran predicamento con Cuaderno de Nueva York, como si temiera que pudiera hacerle sombra.
            Pero todo eso queda olvidado al releer ahora sus versos, que prescinden de cualquier alarde retórico, que no desdeñan la grisura para tratar de ir directos a lo esencial, a la realidad que se esconde tras las apariencias. Desde muy pronto, es la suya poesía que se vuelve sobre sí misma, que indaga en el origen de la palabra poética. Uno de los poemas más famosos de sus comienzos compara “el cántaro y el canto”; luego apelará al silencio preñado de sentido, anterior a la palabra.
            Algunos de los primeros admiradores de Valente le abandonarían cuando se fue distanciando de las poéticas realistas para indagar en otros ámbitos menos explorados y próximos a ciertas formas heterodoxas del misticismo. Pero no hay propiamente dos épocas en la poesía de Valente, como no hay un ángel de luz y otro de tinieblas en la de Luis de Góngora.
            En un libro como Mandorla, de 1982, nos encontramos, junto s los poemas eróticos –una de las líneas que atraviesan la poesía de Valente– otros que dejan constancia, con desnuda palabra, de la realidad que le ha tocado vivir. “Días heroicos de 1980” glosa la lectura del periódico en una fecha indicada expresamente (“Domingo, diecisiete, / febrero. San Silvano”) para expresar su desengaño ante el fracaso de las utopías. También la lectura del periódico un día concreto da origen a “Elegía menor, 1980”, donde la noticia de un suicidio en el ginebrino río Arve le sirve para componer el más escueto y emotivo epitafio. Y en uno de sus últimos libros, Al dios del lugar, habla de la necesidad de escribir “después de Auschwitz / y después de Hiroshima” en un largo poema que podría incluirse en cualquier antología de la poesía social.
            A José Ángel Valente le preocuparon unos pocos temas y a ellos fue fiel a lo largo de su vida, lo mismo que a lo esencial de un estilo despojado que en uno de sus extremos se acerca a la poesía neopopular –Breve son, Cántigas de alén– y en el otro a ciertos textos herméticos –Tres lecciones de tinieblas– o a las elucubraciones de Lezama Lima, una de sus referencias intelectuales.
            Era también poeta muy dotado para la sátira y el humor inmisericorde, unas veces –como en Presentación y memorial para un monumento– contra aspectos generales del mundo contemporáneo y otras contra destinatarios concretos (un ejemplo son los poemas dedicados a Gabriel Celaya y José Hierro).
            Hubo desvíos, errabundias en la poesía de Valente (que a unos les podrían gustar más y a otros menos), pero no hubo decadencia ninguna. Su último libro, Fragmentos para un libro futuro, aparecido póstumamente, es el más extenso y el mejor de los suyos. Incluye precisas anotaciones paisajísticas –como “Cabo de Gata” o “Sobrevolando los Andes”– que trascienden la realidad concreta sin negarla: “El cabo entra en las aguas como el perfil de un muerto o de un durmiente con la cabellera anegada en el mar. El color no es color; es tan solo la luz, Y la luz sucedía a la luz en láminas de tenue transparencia”.
            Incluye un último homenaje a un poeta siempre presente, como ejemplo y lección en su obra, Luis Cernuda. Y una historia de fantasmas que es quizá uno de los más desolados poemas de amor que se hayan escrito nunca (“Si después de morir nos levantamos…”). Destacan igualmente, como no podía ser de otra manera, la constante presencia de la muerte, aceptada sin patetismos ni trascendentalismos: “Tal vez morir no sea más que esto, / volver suavemente, cuerpo,  / el perfil de tu rostro en los espejos / hacia el lado más puro de la sombra”.
            Valente, presencia constante en las polémicas de los años ochenta y noventa, es un poeta demasiado significativo y verdadero como para quedar en las manos de sus escoliastas y turiferarios o para ser reducido, con el paso del tiempo, a un nombre más en los manuales. Esta espléndida antología demuestra que, como él mismo dice de Cernuda, la “luz escueta” de su poesía “permanece para siempre”, mientras tantos otros “han desaparecido entre la sombras”.

            

jueves, 5 de junio de 2014

Javier Salvago, cómo se hace y se deshace un poeta


El purgatorio
Javier Salvago
Renacimiento. Sevilla, 2014

Javier Salvago sorprendió en 1980 a los lectores de poesía con un libro, La destrucción o el humor, a contracorriente de la poesía hermética, culturalista, heredera de las vanguardias, que entonces, tras el reiterado descrédito del realismo y el compromiso, parecía la única posible. Recuperaba la métrica tradicional (el libro terminaba con una sextina) y el lenguaje de todos los días, no desdeñaba el confesionalismo, pero le añadía un toque irónico que evitaba la falacia patética.
            No era el primer libro de Salvago –antes había publicado Canciones del amor amargo, luego borrado de su bibliografía, aunque no enteramente desdeñable–, pero sí el primero en que encontraba una personalísima manera de hacer y de decir que continuaría, siempre igual a sí misma, pero cada vez más verdadera y desolada, hasta 1997 en que aparece una recopilación de su poesía completa a la que muy pocos textos, y por lo general prescindibles, ha añadido después. “No busco la variación, sino la hondura”, escribió. Y como explicación de su silencio: “La poesía también puede ser un método para curarse de la poesía”.
            El purgatorio, continuación de las Memorias de un antihéroe, nos habla de los años en que Salvago escribió sus poemas y de cuál fue la razón por la que dejó de escribirlos. Nos cuenta, con sinceridad a ratos desasosegante, cómo se hace y cómo se deshace un poeta.
            El volumen comienza de una manera impactante: “Había conseguido dejar de beber, pero no había aprendido a vivir sin el alcohol. Todo lo que había hecho hasta entonces, durante los diez últimos años de mi vida, lo había hecho con una copa en la mano, y ahora no sabía vivir de otra manera”. Tiene veintiocho años y se siente, como Papini, un hombre acabado.
            Pero, al igual que Dante extraviado en medio del camino de la vida, también Salvago encuentra su Virgilio, en este caso el poeta sevillano Fernando Ortiz, solo tres años mayor, pero buen conocedor de las tradiciones poéticas, especialmente de la que él mismo ha denominado “la estirpe de Bécquer”, y uno de los primeros cabecillas de la rebelión contra la estética novísima.
            Al admirador de la poesía de Salvago quizá le defraude un poco el capítulo inicial de su libro, “Volverlo a intentar”, dedicado precisamente a la trayectoria literaria. Apenas si nos habla de sus lecturas y prefiere detallar los premios y copiar algunos de los artículos elogiosos (o de las cartas privadas) que se le dedican. Incurre incluso en ingenuidades que nos hacen sonreír. No solo copia el telegrama que le mandó el ministro de Cultura tras recibir un premio, sino también la formularia carta del “Jefe de la Casa de S. M. el Rey” tras enviarle al monarca dedicado el volumen, y añade lo siguiente: “Pese a la amable misiva, jamás fui invitado, como lo fuera José Ramón Ripoll, ganador del Premio Rey Juan Carlos I en la edición anterior a la mía, a ninguna de la puntuales recepciones del rey en palacio, con motivo de su cumpleaños, a comunicadores, intelectuales y artistas, y la verdad es que lo agradecí. Ni me gustan ese tipo de actos donde la gente se disfraza ni entiendo, a estas alturas de la historia, ese antinatural maridaje entre monarquía y democracia”. Curiosa manera de decir exactamente lo contrario de lo que dice: que todavía no ha olvidado que no le invitaran a él y sí a otro poeta ganador del mismo premio.
            Tras Fernando Ortiz hay otro personaje fundamental en la vida de Javier Salvago. Se trata de Jesús Quintero, quien en 1984 le llamó para que participara como guionista en su programa “El loco de la colina”, y a cuyo lado estuvo, con intermitencias, durante más de treinta años.
            Las páginas más interesantes de El purgatorio no se dedican al mundo de la poesía, sino al de la comunicación. Además de con Quintero, Salvago trabajó con Iñaki Gabilondo y con Encarna Sánchez, además de hacer de negro para diversos famosos, como Isabel Pantoja. El personaje de “El loco de la colina”, que durante un tiempo fascinó a la más variada audiencia, es casi por entero una creación de Salvago. A él se deben las líricas divagaciones que lo hicieron, desde muy pronto, inconfundible: “Te ofrezco un sueño. No me preguntes si es peligroso. Cruza la frontera y no me preguntes si es prudente. No me preguntes si es correcto. Ven y no me preguntes dónde conduce ni para qué sirve. No me preguntes si es moral o inmoral. No me preguntes si es delito. No me preguntes si es pecado. No lo sé. Solo sé si es hermoso”.
            En la calderilla de sus guiones desperdició Salvago el oro de sus intuiciones poéticas: “Cuántos sentimientos y pensamientos que habrían sido materia de poemas los malgasté en estúpidas reflexiones. Cuántas experiencias tuve que machacar para sacar adelante el trabajo de un día. Era un mercenario que fusilaba las palabras sin tregua y sin descanso, y las palabras comenzaron a desconfiar de mí, a huirme o a no darse nada más que superficialmente, profesionalmente, como putas que se entregan un rato por dinero”.
            Quien escribe estas memorias ya no es el poeta admirado, sino el guionista maltratado por la vida y cansado de su oficio. Más que como una obra literaria, a ratos las leemos como un desahogo personal que nos hace sentir un tanto incómodos. El autor se nos presenta como un hombre sin voluntad, como un fatalista que acepta las cosas como vienen, siempre a merced de las decisiones de unos y de otros. La lúcida ironía de los poemas se encuentra ausente de estas desoladas memorias. También contradictorias: arremete contra la televisión basura, que encumbra personajes sin interés como Belén Esteban, y él le dedica páginas y páginas e incluso transcribe –sin venir a cuento– una entrevista con ella.
            Documento humano, y apenas obra literaria, es El purgatorio, un libro que tal vez interese más a quienes sienten curiosidad por los entresijos de los medios de comunicación de masas (o por las personalidades complejas y autodestructivas) que a los lectores de la poesía de Salvago, que nada gana –quizá todo lo contrario– con un mejor conocimiento del anecdotario vital de su autor.

            

viernes, 30 de mayo de 2014

Rodrigo Olay, emoción y erudición


La víspera
Rodrigo Olay
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2014
  
Pocos poetas han leído tanto y tan bien a sus contemporáneos como Rodrigo Olay. Lo demostró en su primer libro, Cerrar los ojos para verte; lo vuelve a demostrar en La víspera, una obra que daría mucho juego en un taller literario, que podría servir como base para un curso de métrica, de figuras retóricas, de poesía española actual.
            Los modelos una veces se exhiben explícitamente (Jaime Siles, José Luis Piquero, Miguel d’Ors), otras se deja al lector el trabajo gustoso de irlos descubriendo. Así “La búsqueda” le da la vuelta a un poema de Ángel González, el que inicia Sin esperanza, con convencimiento. “Hablaste mal, debiste haber contado / otras historias: / violines estirándose indolentes…”, le reprocha un anónimo interlocutor. En el poema de Olay, el reproche va en sentido contrario: “Hablaste mal, debiste / ensuciarte las manos”. Dos versos del autor de Palabra sobre palabra se reproducen  textualmente: “canto lo que perdí, por lo que muero”, “en este tiempo hostil, propicio al odio”. En otros poemas la nieve cae “poco a copo”, como en Blas de Otero, o un viajero se interna en el mar “de los sus ojos tan fuertemente llorando”.
            Buena parte de los textos de La Víspera son ejercicios de virtuoso (también lo es el poema en asturiano), casi siempre admirables. El soneto aparece en todas sus modalidades. Los hay en versos alejandrinos (como el muy ingenioso “Cárcel de amor”, perfecto ejemplo de “engaño-desengaño”, tal como fue estudiado por Carlos Bousoño) y en manuelmachadianos trisílabos (“Enojos, / atajos, / trabajos, / cerrojos”). Abundan la paronomasia y el calambur (“todo lo cura y soy todo locura”, “y amar a veces sabe a mar amargo”, “que ningún velo ve lo que ocultaba”). Y no se desdeña el rebuscamiento expresivo: “Te daré al mar; y a Dios, gracias si no te salvas”, dice la princesa en el soneto “A la corte de Antíoco ha llegado un viajero”.
            Junto a los ejercicios de estilo y “a la manera de”, hay otra poesía que podríamos llamar erudita. “Voyage autour de ma chambre” lleva el subtítulo de “Nota a pie de página” y eso es: una nota a pie de página del Teatro crítico universal de Feijoo en la que se compara su versión de un fragmento de Virgilio con otras versiones (claro que también este poema sigue un modelo, Luis Alberto de Cuenca). En “Diffugere nives” toma la voz un alumno de A. E. Housman para contarnos cómo “aquel viejo maestro solitario” dejo a un lado un día el comentario de Manilio para leer un poema de Horacio, la oda VII, del libro IV, que Olay parafrasea en español (“Han huido las nieves” se convierte en “El manto que cubría los hombros del invierno / se ha ido deshaciendo”) como antes Housman la recreó en inglés (“The snows are fled away”).
            Pero no solo encontramos en La víspera al buen lector, al aplicado escolar, a “il miglior fabbro”, como calificó Eliot a Pound, de la joven poesía española. También hay otros poemas más intimistas y personales, como los dedicados a la madre o a los abuelos, que a ratos parecen incurrir en el sentimentalismo o bordear la falacia patética.
            Rodrigo Olay, por tantas razones admirable, acierta menos cuando no pretende hacer un simple ejercicio de estilo. Dos poemas, el primero y el último, se titulan como el libro. El primero –una enumeración de “vísperas” (“cada cinco de enero”, “la última semana del colegio”, “la noche antes de un viaje”), siempre mejores que lo que vendría después– recrea  un conocido tópico; el último, describe a una agonizante y termina con  una frase que quiere ser sugerente y quizá es solo banal y prescindible.
            Resulta frecuente que los poemas de Olay no acierten con el final y que ese desacierto haga desmoronarse al conjunto.. “El envidiado” nos presenta a un hombre común (“No poseo riquezas. / No soy dueño de hombres. / Tampoco tengo tierras / ni fuerza, ni belleza”) al que todos envidian –“con la fuerza del verano”– porque posee un don. ¿Y cuál es ese don? Simplemente que ama a su amiga “tantos años después, igual que entonces”. Pues como ella no le siga amando –piensa el lector– más que un don es un suplicio.
            “Contra el poema anterior (emblema)” dice así: “No busques a lo lejos / ni verdad ni belleza. / no hacen falta. Están cerca. / Mírate”. El poema anterior, al que parece aludir el título, es “Xanadú”, un soneto que refiere el famoso sueño de Coleridge sobre el palacio de Kublai Khan. ¿Qué quiere decir el breve poema de Olay, que no hay que buscar fuera la verdad y la belleza, que basta mirarse al espejo? Quizá habría sido mejor titularlo “Narciso”.
            “Día de nieve” ejemplifica bien que en el joven Olay (nació en 1989) el pensar no es tan atinado como el decir y que se le suele escapar la estructura interna del poema cuando no escribe sobe una falsilla. La primera parte del poema es una brillante sucesión de imágenes sobre la nieve (“la luna hecha pedazos”, “la niebla por los suelos”, “arena pura / que tirita, aterida”). La segunda parte comienza con un “pero a ti, nieve nueva, nada quiero decirte” (después de haberle dicho tantas cosas); a quien quiere darle las gracias es a la nieve del día después porque gracias a ella sabemos “que no fue ayer un sueño”. Y termina: “Gracias a ti sabemos / que, a veces, / sí que ocurren / los / milagros”. O sea que nos describe un día de nieve y eso no le basta para saber que a veces ocurre el milagro de la nieve, sino que ha de esperar al día siguiente para que la nieve sucia le recuerde que el día anterior ha nevado y por lo tanto a veces ocurren los milagros.
            A más de un poema se le podría aplicar el mismo escalpelo. Hay en Rodrigo Olay una prodigiosa capacidad lingüística y mimética que parece exceder a su experiencia del mundo. En el dorsiano poema de amor titulado “Acción de gracias” (con su tono coloquial y su divagaciones y sus “pequeños detalles exactos”) leemos: “Muchas veces escribo con lo peor de mí, / con los no, con los nunca, con los miedos pasados”. Pero el lector sabe que eso no es cierto, que está mimetizando a otro poeta, que él siempre escribe como buen hijo de familia que ama a su novia “tanto como mi madre a mí”.
            Pero si la poesía no se hace con ideas, sino con palabras, como quería Mallarmé, Rodrigo Olay utiliza a menudo las mejores palabras y en el mejor orden (“Cose la lluvia / con momentáneos hilos / la tierra al cielo”). Y eso, tan poco frecuente, ya es digno de admiración.

viernes, 23 de mayo de 2014

Otra novela sobre Lázaro de Tormes


Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes
Francisco Calero
Biblioteca Nueva. Madrid, 2014

También la historia de la literatura tiene sus misterios sin resolver, sus serpientes de verano. Con cierta frecuencia los diarios nos dan noticia de un nuevo descubrimiento sensacional en torno al Quijote (que no describe el paisaje de la Mancha, sino el de Galicia, por ejemplo) o al autor del Lazarillo.
            La historia de sus presuntos autores daría para una novela, y no menos apasionante que la carta autobiográfica del “mozo de muchos amos” sería esa otra novela en la que Lázaro pasa de erudito en erudito.
            Francisco Calero publicó por primera vez Juan Luis Vives, autor del "Lazarillo de Tormes" en 2006; lo reedita ahora muy acrecentado con nuevos argumentos.
            El título es una réplica a otro de Rosa Navarro Durán que causó cierto ruido, Alfonso de Valdés, autor del "Lazarillo de Tormes", de 2003, pero también reeditado y luego complementado con numerosas publicaciones en la misma línea.
            A descalificar a Rosa Navarro Durán dedica buena parte de su empeño Francisco Calero: no hace caso “ni de las críticas que se le formulan ni de las teorías de los otros investigadores (si es que las lee)”, “sigue en su autismo”, “lo que ha hecho es escribir una novela a propósito del Lazarillo”. Su metodología consistiría en “hacer afirmaciones que no demuestra, lo que va contra los principios básicos de la filología, pues también en las ciencias llamadas humanas hay que demostrar lo que se dice y, si no se demuestra, el filólogo hará literatura sobre literatura”.
            Por el contrario, él afirmar utilizar el método clásico de la filología, esto es, “la comparación”. Unas treinta concordancias entre dos obras confirman que son del mismo autor. Ese método le sirve para demostrar, “con toda seguridad”, no solo que el Lazarillo lo escribió Juan Luis Vives, sino que además escribió otras muchas obras –anónimas o no– del siglo XVI: Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, Diálogo de doctrina christiana, Diálogo de la lengua, El Crotalón, Viaje de Turquía, Jardín de flores curiosas, Rosas de romances… Y es raro que se haya detenido en una docena de obras (y algunas traducciones): con su método, y un poco de paciencia, no resulta difícil descubrir que cualquier obra del siglo XVI es de Juan Luis Vives. O que La Regenta la escribió Palacio Valdés.
            Le vale la mínima coincidencia. Un ejemplo. En el Lazarillo se lee: “Estábamos en Escalona, villa del duque della”, y el Diálogo de doctrina christiana se dedica “Al muy ilustre Señor don Diego López Pacheco, marqués de Villena, duque de Escalona, conde de Sant Estevan, etc”. ¿Habrá señal más clara de que son del mismo autor? Otro ejemplo. Si el ciego del Lazarillo dice “que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados” y en la Introductio ad sapientiam se lee “procura mantener los pies limpios y calientes”, ¿cómo no deducir que el autor es el mismo?
            Cierto que a veces hay documentos que desmienten una atribución, pero para Francisco Calero los documentos del siglo XVI no tienen escaso valor probatorio, “han de ser examinados con lupa, porque lo normal es que fueran obtenidos por las malas artes interrogatorias de la Inquisición”. Por eso no da ningún valor a la censura del Mercurio y Carón, descubierta por Bataillon, en la que se afirma que su autor es “Alfonso de Valdés, secretario de su Mgt. para las cosas de latín”.
            La prueba “rigurosa y científica” no depende para Calero de la documentación, sino de las coincidencias, a veces entendidas de manera muy peregrina ¿En qué se basa para atribuirle a Vives el Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, publicado en 1570, treinta años después de su muerte? Pues en que una de las innumerables anécdotas que contiene menciona a Vives. El mismo argumento vale para atribuirle las Rosas de romances, cuatro romanceros publicados en 1573. La historieta que se cuenta en las Flores y en uno de los romances habla de cierta condesa que, debido a una maldición, “parió de un parto 366 hijos” del tamaño “de ratones muy pequeños”. Los bautizaron en una vasija de plata que Carlos Quinto tuvo en sus manos. Como fuente se cita a varios autores, entre ellos a Vives, quien efectivamente narra la anécdota en sus Linguae latinae exercitatio. Pero con una diferencia: no menciona al emperador. “En relación con esto –escribe Calero– es muy difícil de explicar que Torquemada y Timoneda tuvieran conocimiento de la anécdota protagonizada por Carlos V. Quien la pudo conocer con toda facilidad fue Vives, que formaba parte del entorno del Emperador. Lo que hizo Vives fue citarse a sí mismo, como solía hacer, y de esta forma quedan relacionados y explicados los tres textos”.
            Quien razona de esta manera es catedrático emérito de filología latina, autor de numerosas obras en su especialidad, y sus pintorescas tesis no aparecen en un artículo periodístico ni autoeditadas sino en una colección de estudios críticos de literatura y lingüística en cuyo consejo asesor figuran, entre otros, Alberto Blecua, José-Carlos Mainer, Ricardo Senabre y Darío Villanueva. Y el libro se edita con ayuda del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
            En las conclusiones a su trabajo escribe Calero: “Si se preguntara a Lazarillo a quien preferiría como padre a Vives o a Valdés, con toda seguridad se quedaría con el primero”. Quizá por eso, para facilitar la respuesta de Lázaro, durante todo el libro se dedica a ensalzar los méritos de Vives y a rebajar los de Alfonso de Valdés, a quien le niega la autoría de sus obras e incluso que supiera latín (¡y era secretario de cartas latinas del emperador!). Se basa para esto último en la carta de un rival en la que se afirma que en Roma “se burlan de su latinidad”. Tras copiar el pasaje en las conclusiones, añade: “Este testimonio ha sido confirmado por los investigadores M. Bataillon y A. Alcalá, lo que quiere decir que no se debió a la enemistad del cardenal, como defiende Rosa Navarro”. ¿Pero tendrá algo que ver el que el testimonio esté confirmado por los investigadores, sea un documento auténtico, con que se deba o no la enemistad?
            Los desahogos personales que abundan en el libro, si no aumentan su crédito como investigador, contribuyen a hacernos simpático al personaje. Ironiza con Francisco Rico, que se ha limitado a calificar de “increíble” su propuesta, y nos cuenta sus intentos de llevarse bien con Rosa Navarro Durán, a pesar de que ella no ha aludido a su teoría “ni una sola vez”: “Cuando publiqué mi primer artículo, me ofrecieron en la TV de la UNED grabar dos programas sobre mi teoría, y me preguntaron si tenía algún inconveniente en que se hiciera la misma propuesta a R. Navarro. Yo dije que no, y de hecho cada uno grabó dos programas. No quiero ni pensar si hubiera sido al contrario. Mi intención era que, puesto que A. de Valdés y L. Vives necesariamente tuvieron que ser amigos, no era lógico que los que nos dedicábamos a estudiarlos no lo fuéramos. Pero así han sucedido las cosas, y va para diez años”.
            Este libro, a pesar del comité de expertos que lo avala, no es ya que carezca de cualquier rigor argumental, sino que choca a cada paso con el sentido común. En la dedicatoria inicial se lee que “con toda seguridad, Vives es el padre que más le contentaría” al Lazarillo. Quizá Francisco Calero no ha pretendido encontrar al autor del Lazarillo, sino darlo en adopción al mejor padre.