sábado, 28 de febrero de 2015

Xuan Bello: Una especie de música


Las cosas que me gustan
Xuan Bello
Traducción de José Luis Piquero
Xordica. Zaragoza, 2015.

¿Cuál es el secreto de la literatura de Xuan Bello? ¿Por qué un puñado de artículos escritos en un dialecto minoritario, el asturiano occidental, reunidos en libro con el título de Unas poucas cousas guapas (2009) y traducidos ahora al castellano (Las cosas que me gustan) y al catalán (Unes cuantes coses boniques) sigue conservando intacta su capacidad de fascinación?
            En primer lugar, porque esos artículos, publicados semanalmente en el desaparecido Les Noticies, eran periodismo y eran literatura, no se limitaban a glosar la perecedera actualidad, estaban ya concebidos como partes de un todo, como evocación de momentos felices –de ahí el título-- y estaban escritos con voluntad de estilo.
            Y en segundo lugar porque Xuan Bello tuvo muy claro desde el principio que el carácter universal de una literatura no tiene nada que ver con el número de hablantes de la lengua en que se escribe. En inglés, en español, en chino se publican textos que no interesan más allá de los límites de una región o de cuatro amigos, mientras que en la lengua más minoritaria –en la que solo hablan unos pocos miles de personas– se pueden escribir obras que trasciendan las fronteras y los siglos. La traducción es parte, y una parte esencial, de la historia de la literatura.
            A la manera de los tesoros enterrados en la infancia --"una llave oxidada, un cromo de Gento, dos huesos de melocotón, un martillo con el mango podrido y una piedra muy rara, de color verde"-- y del mapa que lleva a ellos, Unas pocas cosas guapas (mejor esa versión literal que el título que le han puesto en español) pretende ser un recuento de momentos felices, de lugares, de lecturas y fantasmagorías. El maestro más evidente de esta prosa lírica y divagatoria, que gusta de entremezclar el detalle exacto con la ficticia erudición, se encuenta en Álvaro Cunqueiro, a quien se homenajea en uno de los capítulos. Pero Xuan Bello tiene personalidad propia, no es un epígono más del maestro de Mondoñedo.
            Entremezclan las páginas de Unas pocas cosas guapas lo vivido y lo soñado, lo leído y lo fantaseado en las tardes ociosas, ante un vaso de buen vino, mientras asciende, el humo del cigarrillo. En ellas están Coimbra y Lisboa y Roma y Nueva York, pero también las tierras del occidente asturiano, recorridas a pie o a caballo: "Allí el mundo se llama Villapedre, Tox, Vigo, Veiga, Santiago, Barañu: si vienes de El Chanu de Luarca pronto de das cuenta de la fuerza de la idea, de la sutilidad de la frontera".
            Xuan Bello cuenta cuentos, y lo hace como nadie, pero no todo lo que parece cuento en su prosa hipnótica lo es. En algún caso, yo mismo puedo ser notario de la fidelidad de su memoria: formaba parte del grupo de amigos que en el Nueva York insólitamente rural de Staten Island buscaron un templo tibetano y lo encontraron escondido entre colinas, en un rincón secreto que parecía lejos del mundo y estaba a dos pasos de Manhattan; y le acompañé, junto a José María Micó, por las calles de Lisboa, en aquella mañana que se vuelve mágica en su prosa, hasta la Praça do Príncipe Real, con su árbol inmenso bajo el que parece que podría resguardarse entero el rebaño del homérico cíclope.
            Leer a Xuan Bello es como ponerse a escuchar el piano, la flauta o la gaita de  un genial improvisador: unos temas llevan a otros, las variaciones parecen inagotables, se suceden la exaltación y la melancolía, y tras conseguir que la emoción nos nuble la vista inicia un saltarín paso de baile. ¿Importa algo que lo que nos cuenta ya nos lo haya contado antes, que esa cíta de Andrade ya la haya repetido más de una vez? La alacridad de estas melodías no fatiga nunca.
            Hay pasajes de este libro (el recuento de puentes y de fuentes, aquel atardecer en Terracina) que valen por un poema en prosa, pero el autor sabe escapar a tiempo de los riesgos del lirismo, que solo resulta aceptable en pequeñas dosis.
            Se agradece que ponga a menudo los pies en la tierra, que hable de amigos y de libros concretos, que entremezcle recuerdos de infancia con anécdotas de su vida de escritor que frecuenta congresos y vanidades y que no olvida los esfuerzos por imponer el asturiano como lengua literaria; también, los escasos momentos que anclan estas divagaciones a la actualidad periodística del momento en que fueron escritas.
            Siempre el mismo y siempre diferente, nunca nos cansamos de leer a Xuan Bello --el más local y el más universal de los escritores asturianos-- como nunca nos cansamos de escuchar a Mozart.
           


            

sábado, 21 de febrero de 2015

Manuel Vilas, eficacia probada


El hundimiento
Manuel Vilas
Visor. Madrid, 2015

No sé si alguien ha caído en la cuenta de lo mucho que tienen en común los programas televisivos de máxima audiencia, los reality, con el género literario de la autoficción, que  tan de moda se puso a la par que ellos. En ambos casos se juega con los límites entre la realidad y la ficción, entre lo espontáneo y lo guionizado.
            Mucho de reality show tiene la segunda etapa de la poesía de Manuel Vilas, la que le ha convertido en uno de los poetas más reconocidos y premiados del momento. Antes de la publicación de El cielo (2000), era un autor cuya discreta poesía neocernudiana pasaba sin pena ni gloria. A partir de ese libro, sustituyó el educado tono menor por el grito, la sutileza por la brocha gorda y los índices de audiencia crecieron de inmediato. Cito un fragmento de un poema en que nos cuenta su visita a Lourdes: "Cené en Mc Donald's, porque en Lourdes hay Mc Donald's, / una buena hamburguesa con patatas fritas, y un vaso / de coca cola con hielo, treinta y cinco / francos, comí al lado de monjas, postulantes, novicias y creyentes. / Yo, un hombre solo, una mano en la hamburguesa, / en la otra una patata, larga y amarilla, fina y quemada, / un turista absurdo, un tipo que viaja / a los confines morales de este mundo blanco; la mano se corona / con un rosario o con una navaja, tal vez con las dos cosas juntas".
            El autor se convierte en personaje --Gran Vilas se titula su anterior libro de versos--, un personaje que llora, grita, filosofa, se desnuda, se desespera, se emborracha ante el lector. No es nada nuevo, por cierto, este tipo de poesía: Walt Whitman no dudó en titular "Canto a mí mismo" una de las secciones de sus Hojas de hierba. Lo novedoso es la estridencia, la falta de matices, la voluntaria o involuntaria comicidad.
            Abundan en El hundimiento, como en toda la poesía de Vilas (también exitoso novelista), los poemas que cuentan una historia, siempre tremebunda. En "Orange", la protagonista quiere abandonar a su familia y queda con el amante en una cafetería (lleva en el coche "dos maletas y el portátil"), pero este no aparece: "Volviste a casa y tu marido te rompió la cara. / Te dio una bofetada salvaje que te dañó el oído / y no oías los insultos, / eso te ahorraste". Sigue luego la sucesión de desgracias (que yo copio sin marcar la diferencia entre los versos): "Aquella noche dormiste en un hotel barato del centro. Pero no podías dormir. Bebías más. Te quedaste dormida por efecto del alcohol y a las tres horas te despertaste con un ataque de pánico. Tu marido dijo que no volverías a ver a tu hijo. Llamaste a una amiga, que no ayudó. Al día siguiente acudiste a tu trabajo, y a los tres días tu jefe te despidió. Dijo que no quería mujeres desesperadas en su empresa". Despido improcedente se llama esa figura.
            Otras historias son quizá alegóricas. En "Los nadadores nocturnos", todos los días va a nadar al gimnasio un grupo del que el hablante del poema forma parte. Están allí hasta que cierra. Luego van emborracharse a un bar "regentado por chinos casi muertos, / después de haber nadado hasta el agotamiento". No se hablan. Los versos finales dicen así: "Siempre estamos esperando / que alguno no venga nunca más, / pero resistimos como hijos de perra, / todo un misterio de los nadadores nocturnos". Todo un misterio ciertamente.
            Pero la mayoría de los poemas de El hundimiento tienen un tono de desgarrada confesión personal. No parece haber mucha literatura en el titulado "974310439" --un número de teléfono--, dedicado a la muerte de la madre: "Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo. / Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí".
            Los poemas de El hundimiento están llenos de pequeños detalles que pretenden dar verosimilitud y realismo al poema. A menudo son precisamente esos detalles, que se pretenden exactos, los que nos hacer ver que estamos solo ante una fórmula aplicada un tanto mecánicamente. Un ejemplo. En el poema "1980" compara su vida, a los cincuenta y un años, con la del padre cuando tenía la misma edad: "Salimos los dos al mismo tiempo y montamos / en sendos automóviles, / el mío tiene música y el tuyo solo radio, / tu Seat 1430, y tal vez sea esa la única diferencia". ¿Qué radio es esa en la que no se emite música?
            Es fácil caricaturizar la poesía de Manuel Vilas. Qué inverosímiles los neonazis de “El IV Reich”, qué ridículo su lamento porque Azorín, Baroja, Machado, Lorca, Unamuno no hubieran sino unos borrachos (“Red, red wine”).
            Y sin embargo, a pesar de todo, es difícil escapar a la fuerza de algunos de estos poemas –“Spiritual”, por ejemplo--, hechos quizá más para ser declamados que para la lectura silenciosa y atenta. Emocionarse con estos versos, y emocionantes son muchos de ellos, requiere poner a un lado el espíritu crítico, lo mismo que cualquier reality. “Sangra la ficción por todo mi cuerpo”, nos dice en “Spanish dream”, y a veces es sangre verdadera. Pero leemos, en el mismo acumulativo poema, “España, pensé en pasar de ti, pero no puedo, eres mi esposa”. ¿No se puede “pasar” de una esposa, no existe el divorcio? Quienes disfrutan, se emocionan y conmueven con programas como “Hay una cosa que te quiero decir” no deben perderse El hundimiento, real como la vida misma cuando está adecuadamente guionizada. 

sábado, 14 de febrero de 2015

Elogio y refutación de la crítica académica


Prosemas. Revista de estudios poéticos
Extraordinario dedicado a Ángel González
Universidad de Oviedo, 2015.

Es bien sabido que no solo la mejor, sino también buena parte de la peor crítica literaria, especialmente si se refiere a la literatura contemporánea, se hace en la Universidad. Sorprende encontrarse con una pintoresca muestra de esta última en un lugar tan inesperado como el número inicial de la revista Prosemas, un volumen monográfico dedicado íntegramente al poeta Ángel González.
            Y digo que sorprende porque la revista nace como "un órgano difusor de contenidos científicos" y cuenta como garantía con un prestigioso comité editorial y con un abrumador "comité científico" internacional.
            Quizá el que John C. Wilcox, catedrático de la Universidad de Illinois, forme parte del comité científico puede explicar, aunque no justificar, que nadie parezca haberse tomado la molestia de leer su colaboración antes de publicarla.
            Se titula "Apuntes para una poética gerontológica en el Ángel González de Nada grave" e incurre en una lectura biográfica de los poemas que muestra tanto un desconocimiento de la biográfica del poeta (fácilmente subsanable) como del lenguaje poético. Lo que menos importa es que afirme taxativamente que el libro se terminó de escribir "el 12 de enero de 2008, el mismo día de la muerte de nuestro poeta" (como si hubiera estado en la Unidad de Cuidados Intensivos con el cuaderno de notas en la mano). Del primer poema, "Orazal" (inversión del nombre de Lázaro porque su protagonista se nos presenta como "el  resucitado de la vida", no de la muerte), "infiere" que Nada grave "se inspiró en el hecho de que el mismo Ángel González habría sufrido una suerte de ataque, tal como un derrame cerebral, un infarto o una embolia pulmunar en que él perdió conciencia total, o aun que murió". O sea que Ángel González, antes de 2002, en que se publicaron los primeros poemas de su libro póstumo, murió y resucitó, y no metafóricamente, sino como consecuencia de "un derrame cerebral, un infarto o una embolia pulmonar". De otro poema, "Hoy", deduce que el poeta se presenta a sí mismo "como un ser humano con una sola pierna" porque "con el derrame cerebral habría perdido el uso de la otra pierna". El fundamento de tan peregrina afirmación --el poeta se quedó cojo a causa de un derrame cerebral—lo encuentra en los siguientes versos: "Soy esto / --dice o casi relincha, desafiante, mi cuerpo-- / y nada más que esto: / cuadrúmano o solípedo / y poca cosa más: sedentario, nocturno".
            Contrastan esos disparates interpretativos con el buen hacer de la mayoría de los colaboradores, muy especialmente María Payeras Grau o  Ángel Luis Luján Atienza. La primera sitúa al poeta en su generación, sintetizando acertadamente estudios anteriores, y relaciona la poesía de Ángel González con la narrativa española del medio siglo basándose en la novedosa utilización del punto de vista. El segundo se ocupa de los sonetos de Ángel González, prestando especial atención al último, "Todo el mundo lo sabe", que con su mezcla de ironía y gravedad, de habilidad técnica y desengañada visión del mundo, pudiera servir como el mejor colofón de su obra.
            De los dos trabajos que concluyen el volumen (hay además una completa bibliografïa a cargo de Begoña Camblor), firmados por valiosos investigadores jóvenes, Miguel Ángel García y Luis Bagué Quílez, se nos dice que son "resultado del Proyecto de Investigación de referencia FFI2011-26412, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad". ¿Y que es lo que se investiga en ellos que hace que merezcan una especial financiación en un tiempo de recursos escasos? Miguel Ángel García glosa y amplifica lo que dijo Ángel González en los dos estudios que dedicó a la generación del 27. Al hacerlo encuentra "sorpresas inesperadas". Por ejemplo, que "consuela leer, en este no menos áspero mundo de hoy en día, incluido el de los nuevos bardos", que "la literatura forma parte de la Historia, es Historia ella misma". Menudo descubrimiento. Tras la retórica académica –afirma que algo es una obviedad y refuerza su afirmación con la correspondiente cita de otro estudioso, como si las obviedades dependieran del criterio de autoridad—no parece haber más que reiteración de lo ya dicho y consabido.
            Luis Bagué Quílez, también financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, se ocupa de la influencia de la poesía de Ángel González en la poesía española actual. Comienza bien, comparando "Para que yo me llame Ángel González" con un texto que de él procece,"Todo ocurrió para que tú nacieras", de Miguel d'Ors, pero luego cualquier externa semejanza le vale para señalar improbables parentescos. Llega incluso a relacionar un poema de Nada grave, publicado en 2008, con uno de Bruno Mesa incluido en Nadie, de 2002, y otro del mismo libro con uno de Javier Almuzara aparecido en Constantes vitales, de 2004. ¿Influye Ángel González en la poesía española actual o influyó la poesía española joven en Ángel González?
            La cortesía académica impide decir estas cosas. Pero por encima de esa cortesía está el respeto a los lectores. Claude Le Bigot comienza así su artículo: “Hablar de antipoesía para valorar a un poeta que ha merecido un amplio reconocimiento en el panorama de las letras españolas podría resultar poco pertinente, y hasta contraproductivo, a la hora de asomarse a la veta realista que caracteriza parte de la producción del medio siglo pasado”. Bastaría ese párrafo para que el “preceptivo informe de evaluación” lo rechazara (o para que el lector deje de seguir leyendo). Si Nicanor Parra, que se refirió a la antipoesía antes de que el autor de Áspero mundo comenzara a publicar, ha obtenido el premio Cervantes y ningún suplemento cultural ha dejado de ocuparse reiteradamente de ella, ¿cómo va a sorprender que se hable de la antipoesía a propósito de Ángel González? ¿Cómo va a ser “contraproductivo” (quizá quiere decir “contraproducente”)?
            La crítica académica suelen hacerla funcionarios, o aspirantes a ello, que tienen sus propias reglas de evaluación para la promoción interna. Eso explica tanto sus indudables aciertos –fuera de la Universidad y sus métodos y sus medios serían imposibles determinados estudios-- como sus estrepitosos errores, que se evitarían con una evaluación más atenta al rigor y la novedad de los contenidos y  menos gremial.

             

sábado, 7 de febrero de 2015

Jardiel Poncela, el humor, el amor y otras paradojas


¡Haz reir, haz reir!
Vida y obra de Enrique Jardiel Poncela
Víctor Olmos
Renacimiento. Sevilla, 2015.

El teatro es el género literario más perecedero y el de Enrique Jardiel Poncela no parece haber resistido demasiado bien el paso del tiempo, al contrario de lo que ocurre con su chispeante obra menor --la recogida, por ejemplo, en El libro del convaleciente y Exceso de equipaje-- y con sus libérrimas novelas, especialmente con La tournée de Dios, que no ha perdido nada de su pungencia provocadora.
            De la mayoría de las obras teatrales de Jardiel Poncela estrenadas durante la posguerra nos queda el ingenioso o llamativo título --Los ladrones somos gente honrada, Cómo mejor están las rubias es con patatas-- y poco más. Difícilmente resisten la representación y apenas si alguna réplica salva el interés de la lectura.
            Hizo todo lo posible Jardiel por acomodar su irreverente talento a la pacata sociedad franquista, pero fue en vano: sus estrenos acabaron siendo una estrepitosa sucesión de fracasos.
            Pero era todo un personaje, y ese personaje no ha perdido capacidad de seducción. Tras varios ensayos biográficos, firmados por su hija Evangelina o por los que fueron sus más cercanos discípulos, Víctor Olmos nos ofrece la que pretende ser la primera biografía completa y no limitada por la cercanía afectiva.
            ¡Haz reír, haz reír! (el título, no sé si muy afortunado, procede de una canción de Donald O'Connor en la película Cantando bajo la lluvia), bien documentada y muy generosamente ilustrada, resume la trayectoria literaria de Jardiel Poncela, de la que él mismo fue un eficaz analista en los extensos prólogos que gustaba poner a la recopilación de sus obras, y nos desvela algunos enigmas de su complicada vida sentimental.
            Jardiel Poncela siempre presumió de su éxito con las mujeres, un éxito que paradójicamente constituyó la gran tragedia de su vida. Al menos eso cuenta en “Misterio femenino”, peculiar ensayo de autobiografía erótica que escribió en 1945 y que no se publicaría hasta después de su muerte, de acuerdo con sus indicaciones: “Mi vida amorosa no ha sido hasta hoy mismo más que una sucesión de renuncias voluntarias. De renuncias a mujeres espléndidas; de renuncias a mujeres capaces de haber esclavizado a todo hombre; de renuncias a mujeres que en todo caso hubieran sido espléndidas para cualquiera; pero de mujeres que no satisfacían mi deseo y mi ansia: de mujeres que no reunían los tres 100 x 100 anhelados y buscados por mí”. Lo que buscaba era la que él denominaba mujer cúbica, esto es, la que reunía “un 100 por 100 de belleza, un 100 x 100 de inteligencia y un 100 x 100 de sexualidad”. 
            Después de muchas aproximaciones –en el poema “La lista” hace el recuento de sus amantes-- creyó encontrarla por fin una tarde de septiembre de 1943 en Barcelona: “No la vi más que un instante y ya comprendí su decisiva influencia en mi vida. Pasó por la calle, delante de mí, que estaba sentado en la terraza de un café, y no ha habido electrocutado que haya recibido la descarga eléctrica que recibí yo al verla. Levantarme como un rayo, detenerla, cogiéndola por un brazo sin considerar nada y decirle allí mismo, en la acera, desatinado y febril, cuanto pasaba por mí, fue simultáneo. Y amarla, instantáneo; y hacerla mía, lo que se tarda en alquilar una habitación”.
            Ningún don Juan más seguro de sí mismo que Jardiel si hemos de creer su palabras (escritas para publicarse póstumas, no lo olvidemos): “En cuando a preguntarla si yo le gustaba, y si ella aceptaba, ni pensé en hacerlo, ni recuerdo haberlo hecho casi nunca, pues de siempre sé que sí, como sé que mis pulmones funcionan y como sé que todo primer acto va a aplaudirse. Y en efecto, yo le gustaba, y ella aceptaba, y pronto me amaba cuanto era capaz de amor...”
            Juntos se fueron a América, en una gira que él pensaba triunfal y que resultó un fracaso (en parte por la animadversión de los exiliados republicanos), y con ella vivió los mejores días de su vida hasta que se dio cuenta de que no era la mujer cúbica que él buscaba y decidió separarse de ella: “Esta renuncia ha sido la peor de todas; ha sido horrenda, porque física y sexualmente aquella mujer estaba –y sigue estando— metida dentro de mi propia piel; porque era mi agua y mi pan; porque aquella maravillosa criatura era toda la luz de mis sentidos, y porque sin ella el mundo estaba para mí a oscuras. Y siento todo así, yo renuncié y provoqué un rompimiento”.
            Por la biografía de Víctor Olmos sabemos que las cosas no fueron tan inverosímiles como nos la cuenta Jardiel, como quizá se las contaba a sí mismo. La mujer que le deslumbró una tarde en Barcelona y a la que dio trabajo como actriz en su compañía, tras el fracaso de aquella avantura teatral, le abandonó en Buenos Aires por un exitoso boxeador. Evangelina Jardiel, hija de otra mujer que también le abandonó, se ha referido a “su angustia el día de embarcar hacia España, esperando hasta el último momento que ella apareciera, y su desolación cuando el barco le iba alejando de Buenos Aires y de ella”.
            Jardiel Poncela, el más brillante de los discípulos de Ramón Gómez de la Serna, quien supo aprovechar como ningún otro, en su vida y en su obra, los nuevos aires que había traído la vanguardia, las libertades republicanas, en la guerra civil se puso decididamente del lado de los sublevados. Más de una vez declaró su admiración por Franco y el nuevo régimen, que sin embargó prohibió sus novelas y solo toleró una obras de teatro escritas ya con una vigilante autocensura. “Yo he escrito siempre el teatro de una manera y la novela de otra diferente”, declaró en “Misterio femenino”, mostrándose y ocultándose como hace siempre en esas páginas. “En las novelas he dejado correr mi rabia. En las comedias no la he dejado aparecer, porque le hubiera sido antipática a la sensibilidad sui generis del público teatral”. Olvida añadir que las novelas --y lo más vivo de su obra-- fueron escritas en una época de libertad mientras que la mayor parte de su teatro en tiempos en que le habían puesto plomo en las alas.
            La vida de Jardiel está llena de paradojas, como sus aforismos –él los llamó “máximas mínimas”--, en muchos casos no menos memorables que los de Oscar Wilde. Víctor Olmos nos cuenta esa peripecia biográfica en una prosa clara, que procura atenerse a la documentación, sin recurrir a la imaginación para llenar los huecos, lo que es muy de agradecer, y a la vez hace un análisis de sus principales obras con abundantes citas. ¿Haz reír, haz reír! es también una excelente antología, la mejor introducción a un escritor, que se quiso ante todo autor teatral, y que por diversas razones quizá no diera en el teatro lo mejor de su talento.

            

sábado, 31 de enero de 2015

El amor, la poesía


Versos de amor
Rosa Navarro Durán
Alianza Editorial. Madrid, 2015

Hay quien piensa que el amor es un invento de los poetas y quizá no ande muy descaminado. Lo que llamamos amor es menos un sentimiento natural que una invención cultural.
            Todo lo que hay que decir sobre el amor lo dijeron antes que nadie los poetas. Por eso abundan tanto, y tienen tanto éxito, las antologías de poesía amorosa. Versos de amor, de Rosa Navarro Durán, gran estudiosa y divulgadora de los clásicos, se centra en la poesía española (no incluye a los poetas latinoamericanos) y deja fuera la poesía contemporánea (los más recientes seleccionados pertenecen a la generación del 27).
            En la introducción, inteligentemente incitativa de la lectura, se refiere a una posible “utilidad” de la antología: “¿Qué mejor que regalar un libro de hermosos versos amorosos a la persona amada? No hay más que hacerlo con el marcapáginas en el lugar adecuado, pero sin indicarlo; con ese cuidado descuido –la esencia de la elegancia– que tan bien se sabían los renacentistas, damas y caballeros”.
            Al igual que Tirante el Blanco utilizó para declararse un espejo y los pastores de Sannazaro o Garcilaso una fuente, según se nos refiere en el prólogo, este libro también podría servir para una “declaración de amor”.
            No estaría yo tan seguro, sin que eso suponga restarle ningún mérito a la colectánea que nos ofrece Rosa Navarro Durán. Predominan en ella, junto a los cancioneros medievales, los poetas del siglo de oro y cuesta imaginarse a un amante de hoy declarándose, por ejemplo, con un soneto de Fernando de Herrera: “Cubre en oscuro manto y sombra fría / del cielo puro el resplandor sereno / l’húmida noche, y yo, de dolor lleno, / lloro mi bien perdido y mi alegría”.
            La antología de Rosa Navarro Durán se dirige a dos tipos de lectores. El prólogo y la disposición temática de los versos van encaminados hacia el lector común, al que pretende ayudar a decir lo que siente, a “declararse” (“Todo gran poeta nos plagia”, escribió Ortega), pero el núcleo de los textos seleccionados se encamina a poner de relieve a poetas que para muchos tienen ya solo un valor arqueológico.
            El índice podría servir para un tratado sobre la pasión amorosa: “¿Qué es amor?”, “El enamoramiento”, “La mirada”, “La declaración”, sin faltar los capítulos dedicados al beso, a los celos o a la ruptura.
            Entres las definiciones de amor destaca el conocido soneto de Lope de Vega que comienza con “desmayarse, atreverse, estar furioso” y, tras la enumeración de efectos contradictorios a lo largo de trece versos, termina con el rotundo endecasílabo que todos hemos citado alguna vez: “Eso es amor. Quien lo probó lo sabe”. Compite con él otro soneto, el de los oxímoros, que Francisco de Quevedo tomó de Camoens y en el que el amor “es yelo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado…”
            Como una antología de los sonetos del siglo de oro puede considerarse este libro. Aquí están, junto a los citados Lope y Quevedo, los otros grandes, Góngora, Garcilaso, Villamediana, pero junto a ellos poetas que suenan menos, salvo a los estudiosos (Francisco de Figueroa o Luis Martín de la Plaza) y que quizá constituyen el aliciente mayor para el buen lector de poesía.
            La poesía posterior está más pobremente representada: con un poema aparecen Lorca, Cernuda, Antonio Machado; con ninguno, Miguel Hernández. Pero a una antología hay que juzgarla por lo que ofrece, no por lo que deja fuera. Y Rosa Navarro Durán ha optado, muy claramente, por el campo de su especialidad, no limitándose solo a los poemas líricos, sino incluyendo también –con muy buen criterio– fragmentos teatrales.
            Los poemas, ya lo hemos dicho, se distribuyen temáticamente, sin tener en cuenta la cronología y sin notas que dificulten la lectura. Las precisiones eruditas quedan para el apéndice “Localización de los textos”, que a menudo ofrece algo más.
            Al margen de los poetas del siglo de oro, Bécquer y Salinas, como no podía ser de otra manera, son los poetas más representados. De Gerardo Diego se seleccionan dos sonetos, uno de los cuales, “Insomnio”, puede competir con los clásicos.
            Quizá, más que a los enamorados en general (que preferirían a Benedetti o a la tuitera Ajo), este libro se dirige a los enamorados de la poesía. No les defraudará.

sábado, 24 de enero de 2015

Guillermo Carnero: Culturalismo y poesía


Una máscara veneciana
Guillermo Carnero
Institució Alfons el Magnànim. Valencia, 2014.


En abril de 2011, una institución cultural invitó al poeta Guillermo Carnero a pasar un mes en Venecia, “sin las limitaciones de un turista” (suponemos que tales limitaciones consistirán en tener que abonar los propios gastos). Resultado de esa estancia es este libro, que es menos un libro sobre Venecia que un minucioso recorrido erudito por las huellas de Italia y Venecia en la poesía del propio Carnero.
            En el epílogo, afirma haberlo escrito “sin el lastre que son las reglas de investigación y de documentación erudita”. Se ha permitido la “leve pillería” de sustituir “el placer de la servidumbre” por el de la transgresión.
            Pero esa “pillería”, esa transgresión, si existe, es tan leve que no la nota el lector. En Una máscara veneciana utiliza Carnero para hablar de su propia poesía la misma minuciosidad erudita que empleó para estudiar el grupo Cántico o la poesía dieciochesca. No se permite el menor rasgo de humor, salvo decir que disfruta al hacerlo “como un lechón albino”.
            Buena parte del breve volumen se dedica a la defensa del culturalismo, como rasgo característico de la poesía de su generación –la de los novísimos– y de la suya propia en particular. El culturalismo sería “un procedimiento renovador de la expresión de la intimidad y superador del intimismo primario, en tanto hace posible dar cuenta de la experiencia cotidiana a través de la cultural y evitar las limitaciones del yo lírico neorromántico. El culturalismo permite hablar del yo sin mencionarlo, y referirse del mismo modo a las situaciones existenciales de la vida cotidiana, por el procedimiento de expresar lo uno y lo otro por analogía”.
            Pero el culturalismo, que se puso de moda en los años setenta, a la vez que el rechazo de la poesía social, comenzó a ser denostado en la década siguiente, cuando otra generación entró en escena, y Carnero tantos años después sigue anclado en aquellas viejas polémicas. Para él todo lo que no es culturalismo es “intimismo primario”, “social realismo de crítica y denuncia”, utilización de un lenguaje directo “similar al usado en la comunicación no literaria, y la limitación a los referentes procedentes de la vida cotidiana y contemporánea”. Gustavo Adolfo Bécquer representaría así el ejemplo de lo que él más detesta (“¡A otro perro con esas golondrinas!” tituló su colaboración en un homenaje al autor de las Rimas): un lirismo “facilón y primario”, una “reducida y previsible gama de situaciones existenciales”, a la que se añade “sensibilidad en bruto y exclamativa sensiblería” junto con “desdén de la exigencia y la inteligencia del lector”.
            Guillermo Carnero, en su afán polémico, confunde a Bécquer con sus imitadores, lo que sería como confundirle a él, que pasó –según indica– “más horas en los museos que en el campo” con los presuntos culturalistas que sacan las referencias eruditas de sus poemas de cualquier diccionario enciclopédico o directamente de la Wikipedia.
            Los ataques de Guillermo Carnero a los presuntos enemigos del culturalismo son siempre en defensa propia. Por eso pierde a menudo la objetividad crítica que suele caracterizar sus trabajos académicos y no duda en arremeter incluso contra Manrique, a su entender responsable último de los desvaríos realistas de la llamada poesía de la experiencia: “Cuando Jorge Manrique escribió lo de dejemos a los romanos fundó, sin saberlo, un peligroso pacto demagógico de incalculables consecuencias garbanceras”.
            El culturalismo extremo de los primeros libros de Carnero cambió, tras un largo periodo de silencio, con Verano inglés (1999), su libro  más aplaudido y premiado, pero él pone todo su esfuerzo en que no se vea “como una defección o una adjuración”, no quiere ser confundido como un converso al intimismo.
            Una antología con los poemas citados completa el volumen, junto con una reproducción de las obras de arte mencionadas. ¿Es Guillermo Carnero un poeta erudito, un poeta cuyos poemas necesitan abundantes notas a pie de página? En su primera época así es, y ello explica el éxito de su poesía en el ámbito universitario. A menudo sus referencias resultan tan recónditas que el poema se volvería indescifrable sin la colaboración del propio autor, el más eficaz comentarista de sí mismo.
            No ocurre eso con su poesía última, en la que cultiva lo que él mismo denomina “un culturalismo de baja intensidad”, que es en realidad otra manera más efectiva, más atenta al lector. de utilizar las referencias culturales. Buen ejemplo de ello lo constituye el poema “Al salir de la ducha”, de Verano inglés, que menciona las odaliscas de Ingres y las pastoras de Boucher, entre otros pintores y escultores de la belleza femenina, pero que comienza con un verso de los tan denostados por el primer Carnero: “Me gusta contemplarte al salir de la ducha”. ¿Intimismo primario, lenguaje directo “similar al utilizado en la comunicación no literaria”?
            Guillermo Carnero, al contrario que Gimferrer, su compañero generacional, es un poeta que ha sabido evolucionar: su poesía actual no es una parodia de su poesía primera. Ha aprendido la lección de sus antagonistas literarios, aunque él se niegue a reconocerlo, y sus poemas últimos –los inéditos que se incluyen en este libro, por ejemplo– tienen más en común con Miguel d’Ors o Fernando Ortiz que con los suyos propios en la época de Ensayo de una teoría de la visión (1979). Así comienza uno de ellos, puesto en boca de Boecio: “No me diste paciencia ni humildad; / tampoco astucia para parecer, / plácido y obediente en un rincón. / feliz en la renuncia y el servicio”.  Compárese este monólogo dramático con el de “El príncipe Ludovico Manín contempla el apogeo de la primavera”, por citar solo un ejemplo de su rebuscada, y ya a menudo mera arqueología, poesía primera.
            En Una máscara veneciana no es Venecia lo que más importa. Da la impresión de que a Carnero un mes en cualquier biblioteca rodeado de libros sobre Venecia le habría resultado más útil para su visión de la ciudad que un año de estancia en ella.
                       


              

sábado, 17 de enero de 2015

El periodismo permanece y dura


Cuando en España estalló la paz
Valentín de Pedro
Edición de Aníbal Salazar
Renacimiento. Sevilla, 2014.

En 1917, cuando aún no ha terminado la Gran Guerra, un joven escritor argentino llega a España como corresponsal de varios periódicos de su país. Una selección de sus crónicas las reunirá en un volumen de significativo título, España renaciente, aparecido en 1922. Refleja ese libro un momento de esplendor de la cultura española. En sus páginas se retrata o entrevista a Ortega, a Unamuno, a Azorín, a Pérez de Ayala, a Baroja, a Juan Ramón Jiménez, y también a Ramón y Cajal o Picasso. La atención intelectual de Hispanoamérica, que se había vuelto hacia Francia tras la independencia, se centra de nuevo en España.
            Veinte años después, en 1942, vuelve a publicar Valentín de Pedro una serie de crónicas españolas en un diario argentino con el irónico encabezamiento de “Cuando estalló la paz”. Al contrario de lo que ocurrió con la serie anterior, en esta ocasión han tardado más de setenta años en reunirse en volumen. Lo que tenían de actualidad hace tiempo que ha desaparecido, pero se siguen leyendo con la misma emoción que cuando se publicaron por primera vez.
            Valentín de Pedro –en un poema incluido España renaciente había declarado: “Por mi sangre y mi idioma, yo me afirmo español”– se quedó en nuestro país y se convirtió en un escritor español más. Además de su labor periodística, publicó novelas cortas (el género entonces de moda), estrenó varias piezas teatrales y, sobre todo, fundó y dirigió la colección de teatro La farsa, la más leída y difundida del momento, en la que aparecieron las primeras ediciones de las obras de Lorca, de Casona y de todos los grandes dramaturgos del momento.
            La república encontró en Valentín de Pedro a uno de sus más activos defensores y, por eso, tras la guerra civil fue encarcelado y pasó largos meses en la galería de los condenados a muerte ede la prisión de Porlier. Se salvó gracias a la intervención del gobierno de Argentina.
            Nada más llegar a su país quiso dejar constancia de lo que había visto, de lo que había vivido. Y lo hace en espléndidos reportajes. Escribe de memoria, sin consultar papeles, y por eso alguno de sus datos concretos está equivocado (como nos advierte el erudito editor, Aníbal Salazar), pero eso importa poco.
            Algunos de los protagonistas de estas páginas son bien conocidos –Julián Besteriro, Antonio de Hoyos y Vinent, Lluis Companys–, mientras que otros, como el periodista Mauro Bajatierra, están hoy olvidados. Todos los capítulos, sin embargo, se leen con el mismo interés. Los títulos, casi de folletín, ya nos indican que se dirige a un público general, no especialmente concienciado: “Al pie del patíbulo, amigos de la tertulia literaria lograron el indulto de Diego de San José”, “Querían ajusticiar a seis republicanos y les faltába el delito de qué acusarles”, “Se desvivió por defender la vida de los facciosos, pero ellos le hicieron ejecutar”.
            No es posible leer sin emoción los últimos momentos de la vida de Javier Bueno. Estaba consultando un diccionario de latín cuando le llamaron. “¿Vas a jueces? Eso es el indulto”, le dijeron sus compañeros. “Dejó el libro abierto sobre el petate –cuenta Valentín de Pedro– y echó a andar apoyado en el bastón, pues la herida de Asturias le impedía el normal movimiento de un pie”.
            No volvió más, el libro quedó abierto por la última página que estaba consultando. ¿Por qué aquella llamada camuflada?, se pregunta Valentín de Pedro. “Conociendo a Javier Bueno no era presumible que ofreciera resistencia. ¿Temieron acaso que los demás condenados se amotinaran para impedir su fusilamiento?”. Cuando se supo que había entrado en capilla, “no hubo más que silencio, un silencio compuesto de cinco mil silencios que ahogaban la protesta y el dolor de cinco mil corazones”. Los últimos momentos los pasó charlando de literatura y filosofía con el capellán que debía asistirle espiritualmente, quien al referírselos a los que sabía que habían sido sus amigos “se le quebraba la voz por la emoción y no pudo sofocar una frase que le salió del alma: ¡Qué hombre han matado! ¡Qué hombre!”
            A la vez que se publicaba en el diario porteño Ahora la serie “Cuando en España estalló la paz”, aparecía en el semanario Crítica otra serie “Quiebros de la cárcel”, donde los protagonistas son gentes anónimas y no falta ni el costumbrismo ni el humor. En la antesala de la muerte, aquellos hombres, cuando no había habido “saca”, entre el recuento de la tarde y el toque de silencio, aún encontraban momentos para contar chistes, cantar, hacer teatro en una falsa emisora a la que llamaban Radio Pepa.
            Aníbal Salazar reúne en Cuando en España estalló la paz las dos series de artículos de Valentín de Pedro, más algunos poemas de su experiencia carcelaria, y les añade un minucioso prólogo y, en apéndice, las semblanzas de los personajes evocados. No necesita esos eruditos aditamentos el volumen para constituir la mejor demostración de que el periodismo, el gran periodismo, resiste el paso del tiempo y de que las hemerotecas están llenas de libros que solo esperan el tino y la voz del editor que les diga “levántate y anda”.

sábado, 10 de enero de 2015

José Carlos Llop, verdad y manierismos


La vida distinta
José Carlos Llop
Pre-Textos. Valencia, 2014.

Hay autores que constituyen por sí mismo un género literario. Como en el caso de Miguel de Unamuno y de Ramón Gómez de la Serna, las novelas, los diarios, los artículos o los poemas de José Carlos Llop se parecen más entre sí que a otras novelas, diarios o poemas.
            El personaje que construye en todos ellos –directa o indirectamente– es el de un amante de la alta cultura, del mundo de ayer del que habló Stefan Sweig, un personaje, desterrado en un tiempo de decadencia, a medias entre el Montaigne retirado en su torre y el “príncipe de Aquitania en su torre abolida” que cantara Nerval.
            La vida distinta comienza con lo que podía haber sido un artículo necrológico; termina con las notas de un viaje a Burdeos (lo titula como el libro, lo subtitula “La Chandon de Bordeaux”), que es el poema más extenso y que el que ejemplifica mejor sus aciertos y sus insuficiencias.
            Comencemos por estas últimas: varios de los textos dan la impresión de haber sido alargados innecesariamente. Suelen comenzar de una manera prosaica (“Mi amigo ya no recibirá el New Yorker. / que seguirá llegando a su despacho, a nombre / de alguien que ahora ya no es nadie”) y luego van alternando la anécdota con la reflexión, la imagen precisa y brillante con el llano decir. A veces la mezcla funciona y otras no, porque las transiciones no están bien resueltas o porque se excede en uno de los elementos (“Rising Splendor”).
            El mejor Llop es el de poemas como “Sábado de invierno” o “Un día feliz”. El primero –podría ser una nota de diario– nos habla de un día de nieve que transfigura la ciudad cotidiana: “Al despertar, he abierto las persianas / y los árboles del jardín eran lámparas de mármol blanco / y la tierra, alabastro. Tenían algo palaciego las plantas, / como criados con librea nueva y el mirlo negro del laurel / ejercía de mayordomo”.
            “Un día feliz” evoca una escena en la vida Pasternak, su conversación con Stalin, cuando le preguntó si consideraba a Maldelstam un buen poeta. El poema comienza muy eficazmente poniendo al lector en situación: “Imagina que estás con un grupo de amigos / en una casa de campo. Ya no sois jóvenes / y las palabras oscilan entre la brillantez / adulta, que es otra, y la piedad / de saberse hombre y por tanto débiles”. En ese momento el timbre suena al fondo del pasillo y el dictador pregunta a uno de los poetas más conocidos del momento por otro al que ha decidido exterminar. Y Pasternak, que lo veía como un rival literario, no acierta a defenderlo.
            Sobre la poesía en el mismo tiempo de miseria trata también “Cuarteto ruso”, uno de los ejemplo en que la reflexión –sobre la función del poeta, el dolor y la belleza– y la anécdota (la visita de Chatwin a Nadezha Mandestam) se entretejen de manera adecuada.
            Bruce Chatwin, el escritor viajero, es el protagonista de “Escolio”, una poema que, según nos indica a pie de página, es solo “una nota a pie de página” de la biografía que le dedica “otro novelista, apellidado / como el gran bardo de Inglaterra”, esto es Nicholas Shakespeare. Los fantasmas de Chatwin –“viajes, arte y literatura”– son los mismos que los de Llop, quien igualmente gusta de llenar sus páginas con “fragmentos de su colección particular”: “un cuenco de alfarería china / con manchas azules; una primera / edición de Flaubert; una caja / japonesa de laca, del siglo XVI; / una taba egipcia de turquesa, / que era su talismán; / un cuchillo / aborigen y un vestido de Fortuny…”
            Leer a José Carlos Llop –tan gustoso de los pequeños detalles y de las enumeraciones inacabables, como listas de un catálogo: “Jardines del Luxemburgo”, su homenaje a París, puede servir de ejemplo – proporciona un placer semejante al de visitar anticuarios, librerías de viejo, lugares prestigiados por el arte y la literatura.
            El humor asoma en un poema como “La tentación del geómetra”, que algo tiene del juguetón erotismo rococó del XVIII. También da una nota distinta al tono grave del volumen la “Balada del señor Pepys”, retrato a dos voces del famoso diarista, una que nos describe su vida de gran señor, figura destacada en la corte inglesa, y otra que nos descubre lo que solo se sabría muchos años después al publicarse sus diarios: “Nos os engañéis, amigo mío; / tras esa máscara triunfal / por fuerza se esconde / el cinismo y el humus negro / de la melancolía y de ahí / el misterio de sus papeles…”
            Ciudades vividas, ciudades leídas, ciudades soñadas las de José Carlos Llop; “Veo esta mañana unas fotos de Burdeos / bajo la nieve. El Garona es ahora el Neva / y la fachada dieciochesca de la ciudad / –sus casas y palacios teñidos de blanco– / recuerdan a San Petersburgo, Leningrado…”
            Hay quien dice que los géneros literarios son convenciones, y tiene razón, pero solo en parte. “La vida distinta”, el extenso poema final que da título al libro, podía haber sido un cuaderno de notas sobre Burdeos, pero al disponerse en verso y como un único poema el lector busca una intensidad y una coherencia estructural de la que carece. Los géneros literarios son propuestas de lectura: la propuesta que nos ofrece Llop para este parte fundamental de su libro me parece fallida.
            Como el libro en su conjunto, quizá; un libro que, sin embargo, no defraudará a los admiradores del escritor, que aquí está con toda su verdad y casi todos sus manierismos. 

sábado, 3 de enero de 2015

Miguel Dalmau, Román Piña Valls: Requiem por la literatura española


La mala puta. Réquiem por la literatura española
Miguel Dalmau / Román Piña Valls
Sloper. Mallorca, 2014.

La literatura española ha muerto. Miguel Dalmau y Román Piña Valls certifican su defunción en un libro al que han dado el llamativo título de La mala puta, que es como al parecer calificó Hemingway a la literatura española en un encuentro con Carlos Barral allá por 1959.
            ¿Cómo han llegado a esa conclusión? Román Piña Valls se basa en un cuestionario a diversos escritores; Miguel Dalmau prefiere remitirse a algunos episodios autobiográficos.
            “He aquí los hechos”, comienza. Resulta que él, en el año del centenario cortazariano, había preparado una magna biografía del autor de Rayuela, pero las citas que incluía no fueron autorizadas por los propietarios de los derechos y al final la editorial que se la había encargado renunció a publicarla. “Esto ha ocurrido este mismo invierno en un país presuntamente libre y democrático”, denuncia Dalmau, quien además se queja de que ese acto de censura –a cualquier cosa se le llama hoy censura– no haya despertado un movimiento de solidaridad entre los escritores.
            Sus choques con la “censura” vienen de lejos. Cuando Juan Luis Cebrián publicó su primera novela le encargaron la crítica en el suplemento cultural de La Vanguardia. Parece que el exdirector de El País no la encontró suficientemente elogiosa y llamó para quejarse al director del diario de la competencia y este inmediatamente exigió que a Dalmau se le apartara de la sección de libros; el encargado de esa sección, sin embargo,  se plantó y pudo seguir colaborando en el periódico barcelonés. “Este episodio de primera mano –glosa Dalmau– demuestra hasta qué punto ya existía la censura hace treinta años”.
            El asunto no acabó ahí: “Inútil añadir que jamás he recibido una buena crítica de El País dedicada a mis libros”. Cierto que cuando apareció su biografía de Gil de Biedma le dedicaron dos páginas, pero enseguida comenzaron los ataques de “tipos que tenían allí una columna cada semana, o un espacio de crítica, y estaba claro que no podían sufrir que su propio periódico jamás hubiera acogido su trabajo con la misma generosidad”. Uno de ellos, Jordi Gracia, a quien se califica –citando a un anónimo editor barcelonés– como “un profesor universitario oportunista y tontito”.
            Sigamos con las desventuras de Dalmau que le han llevado a entonar un réquiem por la literatura española. “Razones para detestar a Gimferrer” titula uno de los capítulos del libro. ¿Y cuáles son esas razones? Pues que no le publicó su primera novela, a pesar de que Dalmau, gracias según dice a sus contactos familiares, consiguió una carta de recomendación nada menos que de un intelectual tan prestigioso como Laín Entralgo, entonces director de la Real Academia, de la que era miembro Gimferrer. Dalmau no se amilanó por el rechazo: “Aprovechando de nuevo contactos familiares me presenté en el despacho de José Pardo, subdirector general de la editorial Planeta, propietaria de Seix Barral”. No era un cualquiera: “En aquel momento solo el magnate Lara tenía más poder que él”. No pudo contener su asombro al enterarse del caso: “Se quedó blanco: no todos los días llega a su despacho un autor novel avalado por el presidente de la Real Academia, y con una recomendación por escrito declarando que el cadete posee talento e imaginación. Pardo comprendió en seguida que yo tenía todo el derecho del mundo a preguntarle por qué aquel incompetente que les aconsejaba al otro lado de la calle insistía en no publicarme”.
            De este estilo son las anécdotas autobiográficas que le sirven a Miguel Dalmau para certificar el estilo catatónico en que se encuentra hoy la literatura española. Las reflexiones sociológicas que extrae de ellas resultan, cuando menos, sorprendentes. Quien cuenta como recurrió a recomendaciones y a sus relaciones familiares para publicar sus libros denuncia que la clase literaria derroche su tiempo y energía “diseñando estrategias en la sombra para promocionarse”.  Y sermonea a sus colegas: “El artista verdadero no malgasta el tiempo en este tipo de estupideces. Cada minuto de teléfono perdemos un adjetivo, cada correo la opción de una frase afortunada. Pero vivimos en un país de vagos y el mejor modo de allanar el camino no es el trabajo bien hecho sino la intriga”.
            De trabajo bien hecho no parece que pueda dar muchas lecciones Miguel Dalmau; tampoco Ramón Piña Valls, aunque no resulte tan minuciosamente vacuo y desopilante. Sin desperdicio, digno de figurar en cualquier antología del disparate, resulta  “Tocador de señoras”, el capítulo que Dalmau dedica a las mujeres de los escritores (a las escritoras ni se refiere): “Esposas, compañeras, amantes… Obviamente no las considero responsables del hundimiento de nuestra literatura, pero sin duda son cómplices de su mediocridad”. ¿Y por qué? Pues porque son sumamente prácticas: “Les gusta ayudar al escritor rentable que quizá haya en nosotros, pero reprimen al verdadero artista”. No son buenas consejeras literarias y eso él lo sabe bien: “Por azares de la vida he tenido la suerte o la desgracia de vivir en pareja con siete mujeres: todas fueron musas, todas me quisieron mucho y me aguantaron bastantes perrerías; todas leyeron puntualmente mis manuscritos, pero os juro por Snoopy que no eran Natalia Ginzburg. Aunque todas poseían estudios literarios y amaban la lectura, incluso habían publicado libros, lo cierto es que solo dos de ellas eran ‘críticas literarias’ fiables. Y eso ya es la leche. Estadísticamente es casi imposible, pues, que si solo has vivido con una mujer te haya tocado a ti, precisamente a ti, la Sontag que circulaba libre por el éter. Esperándote con los brazos abiertos”.
            En la literatura española, como en cualquier otra, hay mucho que criticar, sin duda alguna. Pero Miguel Dalmau se limita a ejercer su derecho a la pataleta y a generalizar con escaso conocimiento de causa y evidente desprecio del más mínimo rigor intelectual. Román Piña Valls, quizá para no dejarle en mal lugar, tampoco se esfuerza mucho en su encuesta sobre la profesión de escritor y sobre los novelistas que tuvieron un momento de éxito en los ochenta o los noventa y luego desaparecieron.
            “Los muertos que vos matáis”, habría que decirles a ambos, “gozan de buena salud”.   

sábado, 27 de diciembre de 2014

Benjamín Prado: Directo al corazón


Ya no es tarde
Benjamín Prado
Visor. Madrid, 2014.

La mala literatura está llena de buenos sentimientos y por eso comenzamos el nuevo libro de Benjamín Prado –tan claro, tan celebrativo– con cierta prevención. A ello se añade otro prejuicio. Del mismo modo que Ramón Gómez de la Serna transformaba cualquier género literario en una sucesión de greguerías, Benjamín Prado convierte todo lo que toca en un conjunto de ingeniosos, brillantes, contundentes aforismos. No otra cosa es el texto inicial de Ya no es tarde, “Cuestión de principios”, continuado en el que cierra el libro, “Punto final”, ambos una serie anafórica que intenta formular su poética, sus pretensiones a la hora de escribir: “Un poema que diga también lo que no dice. / Un poema que escuche a quien lo lee. / Un poema que diga que el que cierra los ojos / es cómplice de aquello que no ha querido ver”.
            ¿Hay solo anécdota sentimental e ingenio en el nuevo libro de Benjamín Prado? “Nunca es tarde para empezar de cero”, leemos en el primer verso de un poema. Y continúa: “llega María, acaba el invierno, sale el sol”. Los juegos de palabras no tardan en aparecer: “y de pronto la puerta no es un error del muro / y la calma no es cal viva en el alma”.
            En el poema “María y el fantasma” nos encontramos con un fantasma bien conocido que llega no para asustar sino para dar buenos consejos: “Existen ciertas noches en las que Ángel González / olvida que está muerto / y entra en casa, / enciende un cigarrillo, / jugamos a poner las cartas boca arriba”.
            Ya no es tarde es un libro de poemas de amor en el que se hace un sitio a la poesía social –“Poesía social” se titula uno de los poemas; otros, “Los camaradas”, “Tablón de anuncios”–, ya que “el amor se parece a las otras libertades / en que a todas les siguen los mismos enemigos”. Benjamín Prado, muy en su estilo, elogia a los poetas sociales recurriendo sorpresivamente al palíndromo: “Cuando oían que nada es verdad para siempre / que todo se transforma con decirlo al revés, / del modo en que el azar se hace la raza / o el líder el redil / o el animal la lámina, / contestaban que era posible un mundo / en que se pudiese cambiar de dirección / sin cambiar de sentido / –como aviva, / como oro, como radar, como ala…”
            Un libro de amor con preocupaciones sociales y lleno de literatura, como no podía ser de otra manera tratándose de Benjamín Prado. La familia de la que se nos habla en “Libro de familia” la forman los escritores leídos y releídos, los que nos han hecho ser lo que somos: “He aprendido a nadar en los libros de Conrad; / a huir en los poemas de Vallejo y Rimbaud. / Hablo cualquier idioma. Vivo en todas las épocas. / Me llamaban Machado: / mi tumba está en Colliure”. El largo poema se convierte así en un personal recorrido por la historia de la literatura.
            La pareja de amantes se pasea por la Lisboa de Pessoa y la Ginebra de Borges, visita la tumba de Auden y la casa de Juan Ramón Jiménez en Coral Gables. Los poemas son gratos de leer, pero bordean la circunstancial poesía viajera. No ocurre eso con “Tu nombre quemará mis labios para siempre”, el poema dedicado a Jerusalén, uno de los más destacados del libro.
            Se lee con gusto esta celebración de un amor tardío, siempre en un agradable tono medio y de vez en cuando –entre aforismos y alguna greguería: “los calcetines como liebres suaves; / las tijeras / que son / dos ríos amarrados”– con un chispazo de punzante e inédita verdad. Pero de pronto –el libro está a punto de terminar con la habitual hipérbole sobre la eternidad del amor (“Cuando África amanezca / cubierta por la nieve / y en los cuadros de Goya luzca el sol. / El día en que las águilas se vuelen de los dólares, / y Pompeya despierte / de su sueño a la sombra del volcán, entonces, / solo entonces, / dejaré de quererte”)– nos encontramos con un poema distinto, el poema más extenso del libro, que nos golpea directamente en el corazón.
            Se trata de una elegía. El tema resulta propicio a la falacia patética: habla de la muerte de la madre. Y lo hace, sin desdeñar la anécdota, los pequeños detalles, con palabras sencillas: “Le gustaban, la nieve, los gatos, la familia; / el fuego, / cocinar, / los cumpleaños, / llorar con las películas románticas; / encender velas en las catedrales. / Le asustaban los médicos, / las llamadas nocturnas, / las tormentas, / el frío, / los reptiles…”
            “Su viva imagen” es un poema memorable y conmovedor, inesperado en este cancionero amoroso, en esta celebración de un amor tardío.
            No bastan los buenos sentimientos para hacer buena literatura, cierto, como tampoco bastan las buenas intenciones. Pero no es el ingenio ni el artificio retórico –en los que Benjamín Prado resulta consumado maestro– lo que salva a un libro de poemas, sino la verdad y la emoción de sus palabras. Las de Ya no es tarde comienzan como un juego y acaban llegándonos directamente al corazón. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Publio López Mondéjar, técnica y magia


El rostro de las letras
Publio López Mondéjar
Ediciones del Azar. Madrid, 2014.

Publio López Mondéjar es un historiador de la fotografía que es algo más que el mejor historiador de la fotografía española. Su libro El rostro de las letras –editado con motivo de la exposición que actualmente se celebra en la sala Alcála-31 de la Comunidad de Madrid– no se limita a reproducir una hipnótica serie de fotografías, algunas bien conocidas, otras prácticamente inéditas, sino que también nos ofrece la síntesis panorámica de un siglo de literatura y de vida españolas, el que va desde 1839 hasta la guerra civil.
            Cuando en 1839 se divulgó el inventó el daguerrotipo, “aún humeaba la pistola con la que Larra puso fin a su breve existencia en su casa madrileña de la calle de Santa Clara”, comienza López Mondéjar un volumen que, a pesar de su carga erudita (con algún disculpable lapsus: Gómez Carrillo no se casó con la viuda del autor de El principito, sino al revés) está escrito para ser leído como se lee una novela, no solo para ser consultado.
            Los retratos fotográficos de los escritores se acompañan de una antología en la que ellos mismos se retratan con palabras unos a otros (a veces con crueldad, como hace Juan Ramón Jiménez con Gómez de la Serna) o se autorretratan (el caso de Manuel Machado), pero no menor interés, ni menos calidad literaria, tienen las semblanzas que López Mondéjar va dejando acá y allá y con las que podría formarse otra antología. Así comienza su presentación de Felipe Trigo: “Aquel médico militar, que gustaba de subrayar las historias de la guerra de Filipinas con su mano izquierda, siempre embutida en una guanteleta de cabritilla, escribía unos libros llenos de cierta brutalidad licenciosa, que cautivaban a sus lectores, que se miraban en aquellos amores quebrados, de un erotismo de cuartel y casino de pueblo”.
            La fotografía que más le interesa a López Mondéjar no es la fotografía artística, sino la que trata de reproducir la vida, por eso buena parte de su libro está dedicado al encuentro feliz de la fotografía con el periodismo. Un encuentro que tardó en producirse. Durante décadas en la prensa periódica no se publicaban fotografías, debido a la imposibilidad técnica de su reproducción, sino grabados, muchos de ellos hechos a partir de fotografías.
            Las fotografías comenzaron a aparecer tímidamente en Blanco y Negro y su rival Nuevo Mundo muy a finales del siglo XIX. Se mostraron en todo su esplendor a partir de 1914 en la lujosa revista La Esfera, muy a menudo acompañando a las entrevistas de El Caballero Audaz, un olvidado tarambana que fue el creador de la entrevista moderna, y llegaron a alcanzar su máximo esplendor en los años de la República con revistas como Crónica o Estampa y fotógrafos como Alfonso (y su hijo Alfonsito) o Campúa.
            Al contrario de lo que ocurría en Francia, la fotografía siempre fue vista en España como un arte menor, o más bien como un oficio, por eso los primeros fotógrafos de nuestro país fueron extranjeros y por eso los escritores mostraron tan poco interés por ella, aunque hubo excepciones, como la de Azorín.
            La prensa no solo hizo famoso la efigie de los escritores (divulgada también en la portada de revistas como El cuento semanal), sino que nos adentró en su intimidad. “El escritor mientras hace su obra” se titulaba una sección que el semanario Estampa comenzó a publicar a partir de enero de 1929. La entrega inicial se dedica a Baroja. Le vemos escribiendo, leyendo, en la imprenta, en automóvil con su hermano Ricardo, paseando: “Solo, con las manos en los bolsillos del abrigo, la cabeza un poco inclinada, don Pío vaga por las calles y los paseos de Madrid, como un oscuro y tranquilo burgués”. Bien conocidas son las fotos de Valle-Inclán –uno de los escritores por los que los fotógrafos mostraron mayor predilección– leyendo en la cama o rodeado de sus hijos.
            El ególatra Unamuno, que siempre quiso hacer oír su voz, contra este y aquel, en cualquier acontecimiento histórico, y Galdós, a quien le habría gustado desaparecer tras de su obra, son junto con Valle-Inclán las estrellas del volumen. Pero no menor interés presentan las fotografías de grupo –tertulias en los cafés, redacciones de periódicos– en las que aún parece escucharse, entre el humo de los cigarrillos, las apasionadas polémicas de entonces. O las de tantos nombres menores, la legión de los olvidados, cada uno de ellos con su novelería a cuestas.
            Un libro para mirar y remirar, leer y releer, una prodigiosa máquina de viajar en el tiempo.

                         

sábado, 13 de diciembre de 2014

Gregorio Morán, los intelectuales y el poder


El cura y los mandarines
Gregorio Morán
Akal. Madrid, 2014.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, habría que dar la razón a editorial Planeta en su rechazo a publicar un libro, El cura y los mandarines, que pretende analizar las relaciones de los intelectuales con el poder entre los años 1962 y 1996, tomando como hilo conductor a Jesús Aguirre.
            De las casi ochocientas páginas que forman el volumen –792 para ser exactos, más las que componen el índice onomástico–, solo son catorce las que al parecer molestaron a la editorial. El autor se negó a retirarlas y aprovechó el rechazo consiguiente para buscar un rentable escándalo periodístico.
            Pero ese capítulo, “¡Todos académicos!”, no es ninguna excepción, ejemplifica muy bien el tono del volumen. De Emilio Alarcos, por ejemplo, nos dice que era “respetuoso y cobarde, muy inclinado a charlar con alumnos y alumnas sobre todo” y además “indolente, sobre todo, indolente” (los dos “sobre todo” están en la misma frase). Del presunto gusto de Alarcos por charlar con las alumnas no se nos dice nada más, pero sí se encuentra culpable para su indolencia: “Siguiendo las pautas de Clarín, Oviedo, en cuya Universidad ejercía, no favorece la creatividad ni la producción, pero es una ciudad magnífica para vivir en estado de mandarinato permanente”. ¿Clarín un ejemplo de limitada creatividad y escasa producción?
            Pero la estrella de ese capítulo es, sin duda, Víctor de la Concha, a quien se le reprocha de todo, comenzando por falsear su pasado: “Quien tenga la humorada de leer en Wikipedia el perfil biográfico de Víctor García de la Concha se encontrará con uno de esos divertidos trampantojos que imitan fachadas dieciochescas, con la pretensión de que parezca antiguo lo que no es más que pasado miserable”. Ignora Morán que la Wikipedia es una obra colectiva y revisable; si encontraba algún error en ella, en su mano estaba –está– subsanarlo. Pero en la Wikipedia no tendrían cabida las insinuaciones maliciosas que aparecen en sus páginas (léase lo que dice sobre las razones del “trato de favor” que recibía en el seminario) ni las directas descalificaciones: le compara con los pícaros clericales del siglo de Oro “que habían leído apenas y estudiado muy poco”.
            Para descalificar a un personaje, a Morán nada le gusta más que insistir en sus orígenes humildes. De Lázaro Carreter nos dice: “Él fue quien detectó el talento servicial, adaptable y desvergonzado de ese antiguo curilla que sabía lo que era el hambre y el frío de Asturias, más que él mismo, pues dada su condición de hijo de carbonero, frío no pasó nunca”.
            Ilustra la decadencia del PSOE señalando que el sucesor de Semprún, de tan ilustre familia, “habría de ser Jordi Solé Tura, catalán del Mollet del Vallés, menestral de procedencia –panadero– que con grandes esfuerzos, exilios y dificultades habría alcanzado la categoría de catedrático”.
            Se podría hacer una antología de descalificaciones (Lledó, “miedoso emboscado”; Mainer, “conocido por su especial capacidad para dorar la píldora a todo aquel que le facilite su carrera académica”; Juan Cueto, “avezado plumilla de la adulación high class”), todas ellas sin mayor justificación ni explicación. Y mejor así porque cuando da razones resulta peor. “Eminente imbécil” llama a un profesor asturiano, discípulo de Martínez Cachero, y luego se pregunta: “¿De qué garito habrán sacado a estos profesores de literatura con derecho a pernada? ¿Habrá cobrado por el delito cual sicario de la literatura?”. El delito de ese profesor es haber publicado una guía de lectura de Tiempo de silencio en la que su nombre figura en letras más grandes que el del autor de la novela y haber resumido la vida de Luis Martín-Santos de una manera que no gusta a Gregorio Morán.
            Abierto al azar por cualquier página, El cura y los mandarines podría servir de ejemplo de lo que no debe ser jamás el periodismo de investigación. En el primer párrafo de la página 644, se nos dice que existió “el rumor de una cierta relación entre Jesús Aguirre y la hermana de la reina”. En el párrafo siguiente ese rumor (al parecer inventado por García Hortelano) ya se da por cierto: “Lo suyo eran las princesas, lo tenía decidido. Ser Director General de la Música y de la Danza le consentía palcos principescos en el Real. Tanteó primero a la hermana de la reina Sofía; soltera de pasable ver pero muy menguada economía. Pero era un salto. Y de envergadura. ¡Entraba en la Familia Real!, qué carajo importaba el escaso peculio de la doncella, y a saber si todavía conservaba la doncellez”. El rumor se ha convertido en una certeza y no tiene inconveniente Gregorio Morán en describirnos el escándalo que produjeron en “las más altas esferas” –pido disculpas por citar textualmente– los avances de “aquel gañán medio santanderino, excura, maricón con toques de exhibicionista, pedante y vanidoso”.
            Pero si en el arte del agresivo libelo, Gregorio Morán es un maestro, no se puede decir lo mismo de sus capacidades como crítico literario. Abundan las alusiones despectivas a un “Dámaso Alonso acojonado” –culpable de darle nombre a la generación del 27–, y las descalificaciones de un plumazo (Pérez de Ayala, Azorín). Especialmente llamativo resulta el comentario a la antología Nueve novísimos (páginas 456-458). Encuentra en ella fuera de lugar a Gimferrer, de quien le bastan tres versos para encontrarse “con el colegio, los curas, las pajas, las teresianas señoritas y el olor a churro de la Barcelona reprimida de antes de la divinidad izquierdista” y además una simpleza sentimental que habría escandalizado a Bécquer. Termina su juicio negativo del libro con las palabras de un filólogo “poco dado al reproche público”, Emilio Alarcos: “Es posible que dentro de veinte años estos poetas cambien radicalmente y consigan comunicarnos algo más poético y vital. Por el momento, me dejan frío…”
            Ya han pasado más de cuarenta años, ¿no cree Morán que para descalificar a los poetas de la antología de Castellet habría que leer algo más de lo que publicaron en ella? Las palabras de Alarcos, por cierto, no sabemos de dónde están tomadas. Esa falta de apoyo documental caracteriza una obra que se pretende de investigación y abunda en afirmaciones contundentes (alguien diría injuriosas) sin fundamento alguno.
            El cura y los mandarines, gracias a Planeta, se ha asegurado el éxito periodístico, aunque pocos tendrán la paciencia de leerlo completo. Yo lo he hecho y les aseguro que no vale la pena. Demasiadas páginas para un divagatorio libelo.

(Para los curiosos, copio sin comentarios la respuesta del autor a la anterior reseña. Aparece en una entrevista del diario El Comercio realizada por Alberto Piquero y publicada el 16-12-2014.)


sábado, 6 de diciembre de 2014

Xaime Martínez, entre Batman y Baudelaire


Fuego cruzado
Xaime Martínez
Hiperión. Madrid, 2014.

Antes de hacer poemas, los poetas tienen que hacer dedos, como los pianistas antes del concierto. Xaime Martínez, que es también músico, lo sabe y en su segundo libro, lo mismo que en el primero, El tango de Penélope, hay mucho de cuaderno de ejercicios, de homenaje “a la madera de”. Pero eso que a partir de determinada edad sería garantía cierta de epigonismo, a los veinte años es una virtud, quizá la que más necesaria en un poeta joven junto con la omnívora curiosidad.
            Xaime Martínez parece haberlo leído todo, interesarse por todo. Comienza con un espléndido soneto que acredita que el poeta ha hecho los deberes, que conoce bien las herramientas de su oficio: “No sé si en este oscuro barroquismo / habrá alguna verdad, pero sí intuyo / que encontraré el cuchillo del que huyo / oculto en mis poemas y en mí mismo / y que habré de rendirme al postrer día / y decir lo que hoy calla la ironía”.
            La ironía le lleva al juego erudito de reconstruir, en la sección final del libro, los poemas del llamado “Corpus Batman”, los restos de una antigua epopeya protagonizada por el héroe de Gotham. Comienza parafraseando a Homero, termina con ecos del poema de Mío Cid: “Los murciélagos, testigos / ciegos del sordo dolor, / como un coro de tragedia / repetían su canción: / ¡Dios mío, qué buen vasallo / si hubiera buen señor!”
            Xaime Martínez ha leído con provecho a los clásicos y también a sus contemporáneos: parafrasea un poema de Víctor Botas que reescribía otro de Miguel d’Ors; parodia la ironía declamatoria de Manuel Vilas en “A un poeta de Twitter”.
            Nada resulta ajeno a la voracidad lectora de Xaime Martínez –también están muy presente Yeats y la poesía tradicional irlandesa y la poesía árabe…–  en un libro en el que abundan igualmente las referencias musicales –de Bob Dylan a Leonard Cohen: “Take this waltz”– y en el que no faltan epigramas que no habría desdeñado firmar Ángel González, como el titulado “Petronio”.
            A un poeta joven le sienta bien la mezcla de pedantería y desparpajo que caracteriza Fuego cruzado, un libro al que el continuo ejercicio de intertextualidad  (“Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas” escribió Juan Ramón Jiménez; “el silencio es el nombre / exacto de las cosas”, le responde Xaime Martínez) no le quita verdad ni emoción.
            El polvo de las bibliotecas (y de las discotecas) se mezcla en Xaime Martínez con el polvo de la calle. Sus poemas hablan de amor y desamor, como tantos otros, pero nunca se confunden con el desahogo sentimental. Recurre con frecuencia al mito para explicar el mundo, pero sabe que los dioses y los semidioses de Homero hoy habitan también en las viñetas del cómic y las novelas gráficas, que Batman no es menos digno de admiración que Aquiles, y quizá más oscuramente complejo.
            Xaime Martínez cultiva la punzante brevedad del epigrama y también el poema de cierta extensión que canta y cuenta historias. En “La búsqueda”, que cierra el libro, recrea una leyenda iniciática con la atmósfera del cuento gótico tradicional.
            Inevitable resulta algún que otro descosido conceptual y que al poeta se le vaya alguna vez la mano en la ironía. El poema “A un poeta de Twiter”, escrito “a la maniera de M. V.”, según leemos en la dedicatoria, es un monólogo dramático protagonizado por el emérito papa Ratzinger, súbitamente enamorado de un poeta argentino –Carlos Salem– que declama en los cafés de Madrid. La inverosimilitud también tiene sus límites y ese papa que cita a Gimferrer o que se dirige a su presunto amado con un “Garcilaso, que eres un Garcilaso” los supera ampliamente; incluso el disparate requiere una cierta coherencia interna.
            Los buenos poetas no suelen destacar por su brillante expediente académico, aunque siempre ha habido poetas (Guillermo Carnero, Jaime Siles, el caso reciente de Rodrigo Olay, a quien precisamente está dedicado “La búsqueda”) que saltan a la poesía desde el banco del primero de la clase. Xaime Martínez pertenece y no pertenece a esa estirpe. Como ellos parece haberlo leído todo, pero es consciente, o eso creo, de que no lo sabe todo. Y esa es su mayor virtud.