domingo, 20 de julio de 2025

Tertulias de antaño: Jorge Luis Borges, el otro, el mismo

 

(La mesa con libros. Alguien toma el libro Atlas . Lo abre por las páginas 30-31. La imagen llena la pantalla y luego se centra en el rostro de Borges. Imagen del café Florian visto desde el exterior. Luego foto de la página 22, con Kodama y Borges en el café. Imágenes en color de Buenos Aires. Finaliza con la foto de la página 59. Entretanto se oye la voz de Borges leyendo “Borges y yo”) 

Voz de Borges

“Al otro, a Borges, es al que le ocurren las cosas... Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”.

José Havel

Del otro Borges, del que se dejaba vivir para luego ser justificado por la literatura habla este volumen inmenso, escuetamente titulado Borges, en el que Adolfo Bioy Casares fue anotando sus encuentros con el escritor durante casi cuarenta años. Casi siempre se veían en casa de los Bioy. “Come en casa Borges” comienza casi todas las anotaciones.

Catalina Valdés

¿Y tanto tenían que contarse? Porque son casi dos mil páginas, más que la obra completa de Borges.

Javier Almuzara

Sin exageraciones. No llegan a las mil setecientas. Es un libro tedioso, apasionante y en buena parte ilegible. No es para cualquier lector, solo para los apasionados de Borges.

José Havel

Muy apasionados. Porque como carece de índice onomástico y temático no es posible buscar lo que Borges pensaba sobre un tema o sobre un autor concreto.

Javier Almuzara

Es un libro que debe recorrerse al azar, abriéndolo por cualquier página y viendo lo que uno se encuentra. Y se encuentra tantas cosas insignificantes como en cualquier mercadillo. Y, de vez en cuando, alguna maravilla: un rasgo de ingenio, un sarcasmo feroz, una ocurrencia brillante.

Silvia Ugidos

A mí lo que más me ha interesado es el Borges cotidiano que aparece en estas páginas. Un personaje entrañable y grotesco, casi un niño grande, o sin casi. Parece que todos le dominan, empezando por la madre terrible, una especie cruce entre bruja y sargento, pero al final él hace lo que quiere. A veces se quitaba los dientes en público, quiero decir entre amigos, y entonces su cara se deformaba, su boca era como un buzón horrible, todos se asustaban, pero él seguía hablando de la hipálage o de lo que fuera, como si tal cosa. Y era ya un anciano venerable y seguía siendo tan enamoradizo como un adolescente. María Esther Vázquez, que fue una de sus novias, cuenta que era compulsiva, que llamaba continuamente por teléfono, que no daba tregua, siempre encontraba pretextos para una cita. Y casi todo lo tenía que hacer a escondidas de la madre, a la que nunca le gustaban sus novias.

Catalina Valdés

¿Quién no ha conocido a gente así? ¡Y encima no eran poetas!

 Javier Almuzara

Hay un libro famoso, Balzac en zapatillas , de Leon Gozlan, que yo creo que es el primero de esas obras que presentan a un autor en su intimidad. Las Conversaciones con Goethe, de Eckerman, son otra cosa. Ahí Goethe está visto siempre como un ser superior. Bioy, que admiraba mucho a Borges, no siempre nos muestra un personaje admirable. A veces involuntariamente. Sus propios prejuicios políticos y sociales quedan muy patentes en bastantes casos.

Marcos Tramón

Yo he abierto este libro e inmediatamente lo he cerrado y he ido en busca de sus poesías completas. Ahí está el único Borges que a mí me interesa.

Silvia Ugidos

Ese el Borges que más nos interesa a todos. Pero yo me divierto mucho con las páginas de este mamotreto y pienso seguir divirtiéndome. No es un libro, hay muchos libros entremezclados. Es, por ejemplo, una sátira de la clase alta argentina. Las mujeres que aparecen por estas páginas, como esa terrible Bibiloni de Bullrich, ocurren tienenncias desopilantes. Y es también un buen ejemplo de taller literario. Pero de eso sabe más Javier.

Javier Almuzara

 Sí, aquí se hacen muchas observaciones sobre los entresijos de la literatura. Lo que ocurre es que se habla más de las obras que escribieron en colaboración que de las del propio Borges. Salvo las Crónicas de Bustos Domech, esas obras conjuntas a mí me parecen que están demasiado ligadas a la actualidad argentina y muestran un humor en exceso peculiar, una especie de jerga particular entre amigos.

Catalina Valdés

Yo he hojeado el volumen mientras vosotros hablabais y he encontrado, así al azar, una diatriba feroz contra la literatura española, de la que casi solo salvan a Cervantes ya Cansinos; una homofobia muy reiterada; unas opiniones políticas bastante discutibles, sobre todo con sus elogios a los militares, que ya se sabe cómo acabaron; una burla continua de casi todos los escritores argentinos, de Güiraldes a Mallea... Este Borges no solo era un buen escritor, parece que como persona también era una buena pieza. 

Silvia Ugidos

Era un perpetuo adolescente fascinado con los juegos de la inteligencia, un niño grande que no siempre era muy consciente del daño que hacía. A mí no me habría importado conocerle.

José Havel

Se habría enamorado de ti, le gustaban las mujeres inteligentes y un poquito agresivas, siempre con la respuesta ocurrente en la punta de la lengua.

Silvia Ugidos

Pues me vas a permitir que la respuesta que tengo en este momento en la punta de la lengua me la calle.

Marcos Tramón

Volvamos al mejor Borges. Hay un soneto suyo, “Buenos Aires”, que yo me repito en los momentos de desánimo y que siempre me trae a la memoria las imágenes en blanco y negro de Horacio Coppola.

 

Y la ciudad ahora es como un plano

de mis humillaciones y fracasos;

desde esta puerta he visto los ocasos

y ante ese mármol he guardado en vano.

 

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto

me han separado los casos comunes

de toda suerte humana; aquí mis pasos

urden su incalculable laberinto.

 

Aquí la tarde incierta espera

el fruto que le debe la mañana;

aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá ligera.

 

No nos une el amor sino el espanto;

Será por eso que la quiero tanto.



martes, 15 de julio de 2025

Tertulias de antaño: Miguel Torga, autobiografía de un siglo

   

José Havel · Ana Vega · Marcos Tramón · José Luis García Martín 

José Havel

Poeta, narrador, autor de uno de los diarios más excepcionales de nuestro tiempo, Miguel Torga es quizás el escritor portugués de mayor cercanía a la cultura española. Él se considera un escritor ibérico, combinando en esa palabra las dos grandes naciones peninsulares, que tanto tienen en común. Cambió su nombre civil, Adolfo Rocha, con el que escribió sus primeros libros por el de Miguel Torga, para homenajear a los dos escritores que más admiraba, Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno. 

Ana Vega

Si prodigiosa resulta cualquier vida, más prodigiosa resulta la de Miguel Torga porque no fue una vida cualquiera. Nació, pronto hará exactamente cien años, en una aldea perdida de Trás-os-Montes, conoció a los once años la negrura del seminario, a los trece la emigración a América... A los dieciocho vuelve a Portugal para hacerse médico en Coímbra, donde luego ejercerá su profesión durante más de medio siglo. 

Marcos Tramón

El triunfo de la voluntad , si no fuera por las pardas resonancias nazis, podría haberse titulado su autobiografía. Él prefirió llamarla La creación del mundo y, eliminando pormenores anecdóticos, darle una dimensión mítica. Su vida la contó de dos maneras. En la novela de ese título, con ayuda del poder creador y transfigurador de la memoria, y en un Diario que sigue con minuciosa paciencia los meandros de la reflexión y la cotidianidad.

Ana Vega

Al olmo inmenso y centenario que crecía en la plaza de su pueblo quiso convertirlo en símbolo de su manera de estar en el mundo: “En la tierra donde nací hay un solo poeta. / Mis versos son hojas de sus ramas”. Quiso ser recio y sobrio como aquel gigante soñador “donde el tiempo y los pájaros hacen nido”.

José Havel

Miguel Torga, entonces un joven estudiante, se enfrentó a las críticas de Pessoa, ya mítico para las gentes de su generación. Pessoa le escribió una larga carta comentando su primer libro, Rampa , publicado en 1930. A la vuelta de muchos elogios, le ponía algunos reparos. Miguel Torga, que entonces todavía firmaba como Adolfo Rocha, le replicó de inmediato no aceptando esos reparos y además atacando a la propia idea de la poesía que tenía Pessoa: "La conciencia de sí mismo en un poeta –le dice--, cuando se da en un sentido tan exagerado como el suyo aniquila toda expresión sincera. Y cualquier elevación en un poeta de tal clase es convencional y flagrantemente postiza".

Marcos Tramón

Miguel Torga conoció luego la cárcel, fue editando sus propios libros, los corrigió una y otra vez, no dejó de atender su consultorio incluso cuando ya era un escritor famoso, siguió siempre su propio camino con tozudez campesina.

José Luis García Martín

Dos o tres veces me lo crucé yo en la Coímbra ensimismada de finales de los setenta. Era un anciano que mantenía intacta su curiosidad. En el Gil Vicente, el teatro de la Asociación Académica, lo encontré un día en que se proyectaba una película de Woody Allen. Le acompañaba su mujer Andrée Crabbé, que era profesora mía en la universidad. También lo vi alguna vez en el café Arcádia, de la rua Ferreira Borges, muy cerca de su consultorio en el Largo da Portagem. Allí había tenido durante años una tertulia. Ahora ya era famoso y no podía sentarse un momento sin que le molestaran los curiosos, a pesar de su cara de pocos amigos. Seguía editando él mismo sus libros, que destacaban por la sobriedad entre las novedades coloristas. Tenía fama de tacaño, de no regalar ni un ejemplar. Pero procuraba que constaran lo menos posible, para que pudiera estar al alcance de todos.

Ana Vega

Nunca dejó a Miguel Torga de vivir en Coímbra y volvió siempre que pudo a su aldea entre montañas: como Anteo necesitaba tocar tierra para recuperar fuerzas. Recorrió también palmo a palmo su país y de ellos nos ha dejado constancia en tantas páginas de su diario y en el libro titulado escuetamente Portugal.

Marcos Tramón

"Todo lo que en mí es instinto y comprensión sabe que los valores auténticos de la vida tienen que ser sólidos como la plaza de la Libertad y altos como la Torre de los Clérigos. Al igual que le ocurre a esas viejas casas solariegas nuestras que, al quitarles las telarañas, hacen sonrojar a cualquier rascacielos que se construya al lado, a Oporto solo hay que sacudirle el polvo para poder competir con cualquier tierra que se quiera con él".

"No hay otra ciudad que testimonie tan completamente como Coímbra, en su pobreza arquitectónica, en su gracia hecha de retazos y pintoresquismo, en sus rincones sucios y secretos, los límites de nuestra capacidad creadora, la soledad de nuestra alma y esa maña campesina con que hemos nacido para obtener efectos escenográficos del simple gesto de levantar una viña. Ni la monumentalidad de Oxford ni la severidad de Salamanca. Una modesta medianía risueña, rasgada aquí, cosida allá, de percal estampado”.

 "Desde cualquiera de las colinas de Lisboa divisamos pasmados una maravilla ilimitada que abarca el cielo y la tierra en la misma agradecida emoción. Todavía no ha nacido nadie tan insensible que no se extasíe ante la hermosura de un panorama que la naturaleza no puede jactarse de haber repetido jamás".

José Havel

Amaba sobre todo su país, pero no dejó de dar algunas vueltas por el resto del mundo. Al Brasil de su adolescencia añadió pronto la España en guerra civil (y por contar lo que vio le detuvo la Pide), luego vendrían la luz de Italia y el azul de Grecia, el África portuguesa... Muy atento estuvo también al transcurrir de la historia, dentro y fuera de Portugal. De todo nos fue dejando lúcida constancia en los dieciséis tomos de un diario iniciado en 1932 y concluido en 1993, poco antes de su muerte. Ese diario puede considerarse la más minuciosa y exacta autobiografía de un siglo convulso como pocos. 

Miguel Torga
Diario /1932-1987)
Selección y traducción de Eloísa Álvarez
Alfaguara. Madrid, 2006.


 

martes, 8 de julio de 2025

Tertulias de antaño: La biblioteca de noche

 

 

José Havel · Silvia Ugidos · Javier Almuzara

Inés Toledo · Caterina Valdés 

José Havel 

Cuando tenía dieciséis años, Alberto Manguel alternaba sus estudios con el trabajo en una librería anglo-alemana de Buenos Aires. Un día cierto cliente que tenía dificultades con la vista, tras seleccionar tres o cuatro raros libros, le preguntó si no podía ir a leerle un rato por la noche, ya que su madre, que era quien lo hacía habitualmente, había cumplido los noventa años y se cansaba con facilidad. Ese cliente se llamaba Jorge Luis Borges.

Silvia Ugidos 

Nada tiene de extraño que Alberto Manguel se haya convertido en el mayor experto en la historia de los libros y de las bibliotecas, en su más apasionado defensor. Cuando sus compañeros del colegio se pasaban los ratos libres discutiendo de fútbol, él charlaba con Borges de Chesterton, de Spinoza y de la historia de la eternidad.

Javier Almuzara 

“Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario”, escribe en el prólogo a su más reciente libro, La biblioteca de noche. Su afición a los viajes pareció decidir otra cosa. Pero el destino siempre acaba cumpliéndose y ahora vive entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites han acabado confundiéndose con los de la propia casa.

Inés Toledo 

La biblioteca de noche nos habla de esa casa-biblioteca en la que ha terminado asentándose este escritor errante que nació en Buenos Aires, pasó su infancia en Israel, tiene la nacionalidad canadiense y escribe en inglés. Una casa, asentada en una colina al sur del Loira, que antes fue templo romano en honor de Dionisos y luego granero y más tarde iglesia cristiana.

Caterina Valdés 

Un lugar mágico, ciertamente. Un lugar en el que a Borges, que se imaginaba el paraíso bajo la especie de una biblioteca, le habría gustado vivir.

José Havel 

Borges, sin embargo, no tenía demasiados libros en su apartamento de la calle Maipú. Alberto Manguel nos lo describe minuciosamente. Los libros ocupaban un espacio “mesurado, discreto y ordenado”, nada del laberinto bibliográfico, de la infinita biblioteca de Babel que se imaginaban sus lectores.

Inés Toledo 

Vargas Llosa visitó por primera vez a Borges a mediados de los años cincuenta. Con la osadía de la juventud, no dudó en preguntarle lo que otros se limitaban a pensar. “Maestro –le dijo—, qué raro que no viva usted en una casa más lujosa y con más libros”. Borges se ofendió bastante ante aquella impertinencia. “A lo mejor en Lima hacen las cosas así –respondió—, pero aquí en Buenos Aires somos menos devotos de la ostentación”.

José Havel 

Tras referirse a inmensa biblioteca propia y a la más reducida de su maestro, Alberto Manguel nos habla de otras muchas en este libro fascinante. Bibliotecas que todavía podemos visitar, como la fastuosa biblioteca parisina de Santa Genoveva,  y bibliotecas que están fuera del mapa y del calendario, como la mítica biblioteca de Alejandría, de la que tanto se ha hablado, de la que tan poco se sabe con certeza.

Caterina Valdés

De las muchas bibliotecas a las que se refiere Alberto Manguel, yo me quedo con una que no se alberga en ningún edificio suntuosamente palaciego. En 1990 el ministro de Cultura de Colombia se propuso organizar un sistema de bibliotecas itinerantes que llegara a los lugares más recónditos del país. Diseñó para eso unas bolsas de color verde de gran capacidad que pueden plegarse fácilmente para poder transportarlas llenas de libros y a lomos de burros hasta la selva y la sierra. Allí las bolsas se desdoblan y se cuelgan de un poste o de un árbol para que los lugareños puedan curiosear y elegir el libro que prefieran. La “biblioburro” –así la llaman-- me parece la más fascinante biblioteca.

Javier Almuzara

Yo me quedo con la biblioteca neoyorquina de la calle 42. Allí están los libros de todo el mundo al alcance de todo el mundo. Después de darme una vuelta por su majestuoso interior, después de curiosear en los catálogos (y de ver que no falta ningún libro de interés, ni siquiera los míos) me gusta sentarme en las escalinatas, custodiadas por leones, que dan a la Quinta Avenida. Siempre en ese momento me vienen a la memoria los versos de Juan José Tablada: “Mujeres que pasan por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”.

Silvia Ugidos

Yo, si tuviera que escoger una biblioteca, no me iría tan lejos. Me quedo con la biblioteca del Fontán, ahora en obras, que abre sus puertas en medio de la colorista algarabía del mercadillo.

José Havel 

Yo prefiero la biblioteca de Avilés, abierta sobre el parque de Ferrera. Ninguna otra me parece que incite tanto a la lectura.

Javier Almuzara 

Todas las bibliotecas son sucursales de la biblioteca de Alejandría, todas son mágicas e infinitas para el niño asombrado que entra en ellas por primera vez.. En todas, hasta en la más modesta, hasta en la que cuelga de un árbol y un biblioburro ha transportado a lo largo de la selva, podemos hacer un descubrimiento que nos cambie la vida.

Silvia Ugidos 

Al poeta chileno Oscar Hahn ese descubrimiento le llegó en la biblioteca de la Universidad de Iowa. Estaba abierta al público hasta las dos de la mañana y él solía acudir a ella alrededor de la media noche. Le gustaba ir a esa hora porque había menos gente y el ambiente era como de claustro medieval o de biblioteca visitada en algún sueño. Recorría los pasillos entre las largas filas de estantes mirando los lomos de los libros como lo haría una cámara cinematográfica que realizara un travelling.

Javier Almuzara

Una noche sus ojos se detuvieron en el lomo de un volumen que decía Flor de enamorados. Era un cancionero anónimo del siglo XVI. Aquellos versos de amor le fascinaron y los fue copiando con su propia letra, poniéndolos en castellano moderno, haciéndolos suyos. Cualquier biblioteca no es más que un espejo al que nos asomamos para descubrir nuestra propia cara.


Silvia Ugidos 

Por amor gané y perdí

y si me ganase hoy día

otra vez me perdería.


Javier Almuzara

Quien de amor no fue vencido

no sabe qué es ser amado

ni tampoco ser ganado

ni tampoco ser perdido

Por ser perdido y querido

por quien quiero todavía

otra vez me perdería.


Silvia Ugidos

Aprendí de mi querer

esta forma de jugar:

se pierde para ganar

se gana para perder.

Piérdome por más valer

y aunque sé que sufriría

otra vez me perdería. 


Javier Almuzara

Quiero en el amor perderme

porque pretendo ganarme

y de tal modo adentrarme

que no pueda devolverme.

Aunque amor gustase verme

desdeñado de alegría

otra vez me perdería.





martes, 1 de julio de 2025

Crónica y ficción

 

Julio José Ordovás
Lecciones de abismo
Xordica. Zaragoza, 2025.

Las publicaciones periódicas nunca han publicado solo periodismo. La literatura tuvo su cabida en ellos desde el principio. Y no me refiero solo a las revistas, en las que la literatura a veces ha ocupada la parte principal, sino a los diarios que acabaron monopolizando y convirtiendo en sustantivo el adjetivo “periódico”.

            En los periódicos aparecieron publicados poemas, pero sobre todo cuentos y novelas por entregas. Y en los periódicos, si no se inventó, se generalizó el género, tan de moda hoy día, de la autoficción. Los cuentos se disfrazaron de crónicas y las crónicas utilizaron todas las técnicas del relato literario para atraer la atención de los lectores.

            Lecciones de abismo, aunque no se indica en ninguna parte, fue en su origen una serie de columnas periodísticas publicadas en un diario aragonés. Articuentos tituló a las suyas Juan José Millás, uno de los maestros de Julio José Ordovás. Tiene otros: el César González-Ruano de Pequeña ciudad, el inevitable Umbral y el maestro de todos, el Baudelaire de Spleen de París.

            El título, tan sugerente, procede de Julio Verne. En Viaje al centro de la Tierra, el profesor que dirige la expedición le dice a su acompañante: “Observa y observa muy bien. ¡Hay que tomar lecciones de abismo!”

            Lecciones de abismo, de los abismos de la condición humana, toma Ordovás paseando por las calles de Zaragoza. ¿Literatura local? ¿Costumbrismo de consumo interno? Existe la vana creencia de que es más fácil hacer literatura de interés general hablando de Nueva York, de París o de Venecia que de Cuenca, Zaragoza o Guadalajara. Pero todo depende de la mirada y el talento del autor, no del lugar en que se escribe o desde el que se escribe.

            “Alguna vez pensó que la modernidad irrumpe definitivamente en la pintura cuando Van Gogh pinta sus viejas botas”, comienza el primer capítulo del libro. El equivalente en Ordovás son sus zapatillas Vans: "No están tan maltratadas ni son tan expresivas como las botas de Van Gogh, pero también hablan de mí. De mis largos paseos por las encías podridas de Zaragoza".

            Patear las calles, las calles de una ciudad que es a la vez una ciudad concreta y cualquier ciudad contemporánea, y dejar constancia de lo que ve: "La escritura como fuente de consuelo, manantial en el que hundo mi boca y bebo sin saciarme. Solo soy yo cuando escribo". La escritura perpetua tituló Umbral su libro sobre Ruano.

            Abundan los elementos autobiográficos; los espléndidos relatos breves, se engarzan en esa ficción autobiográfica. Solo hay una excepción, “Estatuas”, que reproducen el cuento “ligeramente terrorífico”, con el que Francesca, una fugaz amante del autor, había ganado un concurso universitario. Impactante resulta el titulado “Carta” y muy representativos del llamado “realismo sucio” –nunca mejor dicho-- otros como “Mano”.

            Abundan las reflexiones metaliterarias, las alusiones al propio libro que se está escribiendo. En “Caníbal”, un aspirante a político que quiere fichar al autor para su equipo le dice: “Tienes cuarenta y ocho años, los mismos que yo, y te estás pudriendo en el rincón más oscuro del periódico, con esos artículos literarios que no lee nadie. Si te alías conmigo, haré que te asciendan en el periódico y ya no tendrás que sablear a los amigos para llenar la nevera”. Y luego insiste: “Deja de soñar: ¿o crees que te van a dar el Cervantes por esos relatitos sombríos que publicas”.

            La primera parte de Lecciones de abismo , “El río fiel”, concluye doblemente:   con el encuentro del cadáver del autor (“Conejos”) y con un cambio de domicilio: “Mientras hago las maletas y meto en cajas mis libros para irme a vivir con mi madre, me pregunto si alguien que solo me conoce de vista me echará en falta cuando, en unos pocos días, cambie de barrio y solo ocasionalmente crecer vuelva a pisar las calles en las que he sido feliz viendo gatear, correr, saltar, pedalear y a mi hijo”.

Al comienzo de la segunda parte, “Barrio obrero”, leemos: "Hace tres meses que me separé y desde entonces vivo con mi madre. La vida se parece mucho al juego de la oca y me temo que he vuelto a la casilla de salida".

De “novela caleidoscópica” se califican en la contraportada estas Lecciones de abismo . Pero no son una novela ni falta que les hace. Cada capítulo tiene entidad propia porque en su origen se publicó para ser leído independientemente. El libro puede comenzar a leerse abriéndolo por cualquier parte, cosa que no ocurre con las novelas, ni siquiera con Rayuela . Pero tiene un protagonista y una atmósfera común. No es menos que una novela; es más para muchos lectores, entre los que me cuento.

Un capítulo, “Justiciero”, se dedica a hablarnos de uno de sus maestros, Juan Marsé, y otro, “Rastro”, a uno de los temas que trajo a la literatura Ramón Gómez de la Serna y que tan brillantes cultivadores ha tenido después. Otro, cambia el “Me acuerdo” de Perec por “Me gusta” y el resultado se acerca bastante a un poema en prosa.

Como no es posible ser sublime sin interrupción, hay alguna caída en el tópico y en el escándalo fácil, pero tampoco conviene ponerse estupendos. Lecciones de abismo nos descubre a un escritor en periódicos que no desmerece junto a los nombres que están en boca de todos.

 

           

lunes, 23 de junio de 2025

Canto, cuento y pensamiento

 

Juan Bonilla
Los días heterónomos
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2025.

A los géneros literarios les sienta bien el mestizaje. Las novelas que solo son novelas no suelen ser buenas novelas, la poesía pura cansa pronto y suele resultar indigesta.

Juan Bonilla ha tenido el acierto de añadir a su último libro, ya de por sí una “silva de varia intención”, cinco textos que dejó fuera de la recopilación de su poesía completa, publicada en 2023, por ciertas dudas acerca de su condición genérica.

Uno de ellos, “Aquís”, es una pieza maestra: a partir de los lugares en que ha vivido, y que se localizan por Google Maps, el autor traza un autorretrato y una impactante autobiografía fragmentaria.  Otro de ellos, por el contrario, “La secta de los viles”, me parece que ejemplifica –puedo equivocarme-- las limitaciones del escritor, aunque brillante ensayista, como pensador, como analista social. El poema podía ser un cuento –recordemos “La secta del fénix”, de Borges-- o un ensayo con elementos de ficción, o al revés. No importa el membrete, importa que desarrolla una tesis sugerente con argumentos falaces. Los viles serían la gente común, la clase media, despreciada por los ricos y los “intelectuales”. ¿Pero a qué clase pertenecen la mayoría de los intelectuales, entiéndase por ello lo que quiera entenderse, sino “a las parejas de dos sueldos / con sueños leves y ambiciones bien domadas”? No vamos a entrar en la confusión mental del texto, que más bien parece una réplica a Los héroes de Carlyle que una crítica de la sociedad contemporánea. Pero se agradece que un libro de poemas haga pensar, aunque sea para discrepar, y no se limite a la vaga ensoñación o a las variaciones sobre el carpe diem.

            Que no escasean, por cierto, en Los días heterónomos. El punto de partida, el origen de los poemas más recientes, parece ser una enfermedad del autor (“Prescripción facultativa” se titula el primer poema) que le lleva a un replanteamiento vital: “Ahora se magnifica / lo que antes no era nada. / Es una luz distinta / que empequeñece el mundo / y agiganta la vida”. A esa serie pertenecen algunos de los poemas más memorables del libro, con títulos tan significativos como “Esplendor”, “Milagro” o “Día perfecto”.

            Pero al tono hímnico, que fatigaría en un libro de cierta extensión, le acompaña la sátira y los apuntes de poesía social. Fácil resulta poner nombre propio, aunque es especie que no escasea, a ese “Poeta heroico” al que se dedica un epigrama, mientras que el destinatario de otra invectiva figura ya en el título: “Kissinger”. Una puesta al día de la poesía social encontramos en “Despachos”.

            Abunda los poemas eróticos, glorificación algunos de ellos del viejo tema –algo rechinante hoy en día-- del amor mercenario. Pero Juan Bonilla no es un poeta que guste de lo “políticamente correcto”. No escasean en sus versos pasajes que podríamos considerar ofensivos para una sensibilidad contemporánea. El más llamativo de ellos aparece tres veces, dos en el mismo poema, “Esplendor”, y otra en “Tecnopersona”, y casi con las mismas palabras: se llama “tarados” a las personas con alguna discapacidad que participan en una competición deportiva (los Juegos Paralímpicos, por ejemplo) y considera “ovación de tarados” la que quienes los aplauden cuando llegan a la meta con gran dificultad.

            Una sección del libro se titula “Rimas” y e incluye una serie de esforzados sonetos que, en buena parte, resultan prescindibles. Juan Bonilla no parece muy sensible a la música del endecasílabo y por eso no parecen disonarles versos como “en los cuerpos que despiertan deseo”, “haciendo de sus ayeres presentes”.

Otros poemas, en cambio, como “Venus in Furs” o “Últimas horas de un poeta” nos muestran que es capaz de utilizar la rima consonante sin incurrir en el trabajoso ripio (al comienzo de un poema, por lo demás no desdeñable, rima “adagia” con “magia”).

            No faltan los juegos de palabras, tan habituales en el autor: “La esperanza es lo último que nos pierde, / y gloria a Dios en las harturas”, “de tanto andarte por las tramas” o “le dio por darme labia –y luego labios”.

            Llaman la atención los poemas autobiográficos, no todos incluidos en la sección que se titula “Memorias”. Especialmente llamativo es el dedicado a evocar la figura del padre, “El día de regalo”, que lleva el subtítulo de “Borrador de un poema”, aunque podía ser también borrador de un relato. Al contrario que en “Aquís”, en este caso el artificio literario que sustenta el texto no parece muy afortunado, por inverosímil e innecesario, pero el resultado no debería faltar en ninguna selección de textos que traten de la conflictiva relación entre padres e hijos.

            Lo mejor del poeta Juan Bonilla es que no siempre escribe como se supone que deben escribir los poetas. Escribe poesía con todas sus obsesiones y saberes literarios. Quizá cuando menos acierta es cuando quiere ser un poeta como Dios manda (o mandaba) y se aplica la disciplina del soneto. Pero nuestros errores –se ha dicho muchas veces-- son la condición indispensable para nuestros aciertos, aunque tampoco convenga insistir demasiado en ellos como a veces parece hacer el nunca borroso ni tedioso –y ese es un mérito más raro de lo que parece en un poeta-- Juan Bonilla, uno de los pocos nombres imprescindibles e inconfundibles de la actual literatura española.



miércoles, 18 de junio de 2025

Poeta completo


Jesús Munárriz
Poesía incompleta I (1972-1988)
Edición de Pedro López Lara.
Hiperión. Madrid, 2025.

Todavía hay quien piensa, y no solo dentro del periodismo cultural, habitualmente solo bien informado de los intereses de los grandes grupos editoriales, que un poeta alcanza la categoría de clásico cuando se editan sus poemas acribillados de notas, cuantas más mejor, y precedidos de una amplia biografía y un repaso a todo lo que se ha escrito sobre él, incluidas las más insignificantes reseñas periodísticas. También en el mundo universitario, tan proclive al acrítico acercamiento a la actualidad literaria, abunda esa idea.

            Con criterio más acertado se ha acercado Pedro López Lara, poeta y filólogo al margen de las servidumbres del escalafón académico, a la poesía de Jesús Munárriz, un autor bien conocido, sobre todo por su actividad de editor, pero quizá no todo lo valorado que debiera.

            A mi entender, es uno de los nombres fundamentales de la poesía del último medio siglo —su primer libro se publicó precisamente en 1975--, pero le ha perjudicado en su consideración la versatilidad y la dispersión de sus publicaciones.

            Respecto a lo primero, a la versatilidad y variedad de tonos, me gusta citar una frase de Alfonso Reyes: “Quien solo canta en do de pecho no sabe cantar, quien solo trata en verso las cosas sublimes no vive la verdadera vida de la poesía y las letras, sino que las lleva postizas como adorno para las fiestas”.

            La poesía para Jesús Munárriz no es un adorno para las fiestas, sino el pan de cada día. A los grandes libros de su primera etapa, Esos tus ojos (1981) o Camino de la voz (1988), les acompañan otros como Viento fresco, un homenaje al postismo y al “Taller de literatura potencial” de Raymond Queneau, y juguetones poemas ocasionales o “poemas-chiste”, coincidiendo con (o anticipándose a) Ángel González.

            No exhibe Jesús Munárriz, a la manera de Antonio Carvajal y otros virtuosos de la métrica, sus habilidades formales, pero ni la retórica clásica ni los viejos o novísimos experimentalismos tienen secretos para él, tampoco el coloquialismo o el decir llano y sin alzar la voz.

            Hay en este libro de libros un puñado de sonetos que no desmerecen junto a los del siglo de oro o los de Blas de Otero. Y anotaciones paisajísticas, apuntes impresionistas, que recuerdan al mejor Juan Ramón. También poemas que juntan a Leopardi con Unamuno sin resultar por ello, en ningún caso, miméticos ni epigonales. Citaré “Serranía de Cuenca”, un ejemplo entre muchos: “Soledad absoluta. El infinito / se ha concentrado aquí: / peñascos rojinegros, verdes pinos, / grisáceos nubarrones, viento / norte. / Solo rompe el silencio, intermitente, / un hacha leñadora / a la que suele responder el grajo, / y el manantial, murmullo y borboteo / que remansa en la fuente. / De monte a monte, el cielo se atropella / batido por el viento, leves gotas / caen para fundirse en la humedad / que todo vivifica. / De pronto, un claro / ilumina el silencio. El infinito / se contempla a sí mismo. Y se sonríe”.         

            No publicó poco Jesús Munárriz, aunque no de manera demasiado ordenada, pero escribió más. Otros poetas aprovechan la reunión de sus versos, cuando la obra está ya hecha en lo fundamental, para eliminar lo más perecedero, para prescindir de hojarasca, borradores y textos menores. Jesús Munárriz ha preferido lo contrario: no solo no quitar nada, sino añadir libros inéditos. Quiere mostrarse entero y verdadero, lo mismo cuando se esfuerza en dar el do de pecho que cuando entona una melodía ligera o incluso parece desafinar.

            En una antología de poesía erótica, irían algunos de los poemas de este volumen y en una de la poesía social o de la poesía satírica o de cualquier otro género que se nos ocurra. Jesús Munárriz sabe ser “sublime”, pero ni quiere ni puede ser sublime sin interrupción. Y los lectores se lo agradecemos, incluso cuando cultiva los “Limmericks”, esas gracietas con pedigrí anglosajón.

            Pedro López Lara sabe que el trabajo de “editor” es invisible, como el de corrector de erratas solo se nota cuando se equivoca. ¡Y cómo se equivocan los presuntos especialistas en la edición de clásicos o de contemporáneos como si fueran clásicos! La afamada colección de Cátedra “Letras Hispánicas” abunda en ejemplos que podrían figurar en cualquier Museo Provincial de Horrores. López Lara ha cotejado todas las variantes, pero tiene el buen gusto de ofrecernos un texto limpio, acorde con la voluntad del autor. Ha retirado los andamios que le han llevado hasta allí.

            Los talleres de lectura son tan necesarios como los de escritura. Enseñar a leer es algo más que enseñar a leer. Solo los malos lectores y los estudiosos de la literatura (que suelen coincidir más de lo que sería conveniente) leen las recopilaciones poéticas de la primera a la última página y poema tras poema. Son libros para tener al lado, para picotear en el momento oportuno (no todos lo son), para no acabar de leerlos nunca cuando se trata de un poeta verdadero. Y Jesús Munárriz, que ahora publica el primer tomo de sus Poesías incompletas (seguirán otros dos y aún quedarán títulos dispersos), lo es. Un poema plural y verdadero, un poeta completo. 


            

jueves, 12 de junio de 2025

Borbón, Borbón, Borbón y Borbón

 

Ricardo Mateos Sainz de Medrano
Jonatan Iglesias Sancho
Francisco de Asís, el rey consorte
Editorial Almuzara. Córdoba 2025.

Pocas figuras tan ridiculizadas como la del rey Francisco de Asís, cuyos primeros apellidos fueron Borbón, Borbón, Borbón y Borbón. En la cubierta de Francisco de Borbón, el rey consorte, uno de los pocos libros a él dedicados, figura la siguiente frase promocional: “¿Afeminado, meapilas, avaro, impotente? La fascinante biografía de una figura insólita en la historia de España: el hombre que se casó con Isabel II y hubo de reinar sin quererlo”,

Todas las fuentes están de acuerdo en su apariencia afeminada, pero ese hecho hace tiempo que ha dejado de ser –o debería deja de ser-- una descalificación. También hay pocas dudas sobre su homosexualidad, vivida al parecer libremente, pero sin escándalos. No resulta cierto, sin embargo, y en esta biografía se dan abundantes muestras de ello, que reinara sin quererlo. Cuatro años antes de su boda, firmó un recibo en el que se comprometía a pagar ocho millones de francos al banquero Fermín de Tastet después de su matrimonio con su “augusta y bien amada prima y reina Isabel II, como compensación por sus servicios y pago por el dinero que ya había anticipado en ese empeño”.

Fue un hombre culto, el primer rey de España que había asistido a un prestigioso centro de enseñanza. ¿Era impotente? Inexplicable resulta el empeño puesto por él y su familia en casarse con su doble prima (los padres eran hermanos y también las madres) si existiera alguna sospecha de que no era capaz de cumplir con el primer papel de un rey consorte: asegurar la descendencia. Es posible, y bastante probable, que alguno de los descendientes de la pareja real no fuera hijo biológico suyo, pero de todos fue el verdadero padre y cuidó de ellos hasta el final.

Como rey cometió muchos errores, aunque no tantos como su manirrota e irresponsable esposa. Valle-Inclán se burló para siempre de aquella reina castiza y su corte de los milagros, con su monja de las llagas y su santo confesor, el padre Claret, que hacían y deshacían ministerios, o al menos lo intentaban. Ser rey era un negocio y una ocasión de hacer buenos negocios (y eso ha sido así en España hasta tiempos recientes), como sabía muy bien María Cristina (que no desdeñó siquiera el tráfico de esclavos), la madre de la reina (y tía del rey) que jugó un papel político fundamental durante el reinado y el destierro de su hija.

No se libró Francisco de Asís de acusaciones de corrupción. De los fondos para la construcción de la iglesia del Buen Suceso faltó una importante cantidad. Al parecer había sido “prestada” al consorte real y desde entonces “la intendencia de palacio había dejado de poner objeciones al proyecto”.

Los autores de este libro, Sainz de Medrano e Iglesias Sancho, no son investigadores universitarios, pero han hecho un nada desdeñable trabajo, no se limitan a recopilar las mil y una anécdotas noveleras, algunas muy escandalosas y no todas falsas, de la época.

Abunda la documentación de primera mano, sobre todo cartas e informes privados, que nos ofrecen otra cara de unos personajes más complejos que lo que la memoria histórica ha querido retener. Sorprenden las manifestaciones de amor de la reina después de la separación: “Me parece que mi ca:riño por ti se aumenta cada día y que te bendigo cada vez que pienso cuanto me has amparado tú y velado por mí”, le escribe. Y nos hace sonreír el encuentro con Donoso Cortés, en la que la reina le informa cantando, como si de una ópera se tratara: “Esta noche, esta noche caerá el Ministeriooo”. “Señora, no es el Ministerio solo el que cae, es la Monarquía”, le responde el filósofo. “No me importa, no me importa, no me importaaaa”, replica ella con su hermosa voz de mezzosoprano.

Pero no siempre se muestran fieles los autores a su objetivo de desmentir bulos y atenerse a la documentación. Un amigo de la reina destronada, según nos cuentan, “trataba de acercarse a la infanta Pilar, de quince años” y, al enterarse el rey –ellos le llaman Paquito-- “puso el grito en el cielo, clamando que había que sacar de allí a sus hijas lo antes posible y, harto de los desvaríos de su esposa y temeroso de que la honra de su hija se viera mancillada, se plantó en el palacio de Castilla y propinó a Isabel cuatro sonoros guantazos, instándola a terminar con aquello”.

Ni en el texto ni en nota alguna se nos indica del origen de esa información. Las notas sobre la procedencia de las citas aparecen, por cierto, al final y numeradas en incomodísimos números romanos (la última lleva el número “mclxxxv”).

La vida privada de los monarcas tuvo tanta importancia en su destronamiento como los errores políticos (recordemos el grito de la Revolución de Septiembre: “¡Viva España con honra!”), sobre todo la de Isabel II que la transformaba inmediatamente en pública al convertir a sus sucesivos amantes en sus principales asesores. Francisco de Asís fue más discreto y menos veleidoso: la mayor parte de su vida tuvo como acompañante a Antonio Ramos de Meneses, un personaje bastante singular de cuya mujer se decía que era hija del rey y de sor Patrocinio, uno de tantos bulos de la época. Eusebio Blasco traza una sucinta y novelera semblanza de “el fiel Meneses”, a quien Alfonso XII acabaría concediéndole el título de duque de Baños, en su libro Mis contemporáneos.

No solo los reyes vivían entonces del presupuesto público y sin distinguir entre su fortuna privada y el patrimonio nacional, sino una multitud de parientes a los que había que casar y dotar adecuadamente. A Francisco de Asís no se le escapaba la razón de los movimientos revolucionarios que, durante el siglo XIX, derribaron o hicieron tambalear centenarias monarquías: “La revolución en España no la ha hecho el pueblo, la hemos hecho nosotros: la Familia Real”.

Sin la simpatía de su mujer, que acabó incluso conquistando a un republicano como Galdós, Francisco de Asís fue mejor rey padre y rey abuelo que rey consorte. Contribuyó todo lo que pudo a la restauración de la monarquía en la figura de Alfonso XII y su figura, aunque nunca olvidadas del todo las descalificaciones homófobas, iría siendo en su tiempo cada vez más respetada. Luego solo le salvaron del olvido las viejas y crueles burlas –al estilo de Los Borbones en pelota-- que todavía divierten al personal. Esta biografía ayudará a rescatarlo de las fáciles caricaturas.

miércoles, 4 de junio de 2025

Lo que no se quiere saber de Chaves Nogales

 

Manuel Chaves Nogales
Diarios de la Segunda Guerra Mundial
1.      Desde París
Edición de Yolanda Morató
El Paseo. Sevilla, 2025.

El caso de Manuel Chaves Nogales es uno de los más curiosos de la historia de la literatura española. Antes de la guerra civil, fue uno de los periodistas más conocidos y apreciados. Al contrario que otros coetáneos, como César González Ruano, no se limitó a colaborar, con excelente literatura, en los periódicos, sino que también ideó y dirigió uno de ellos, aunque no figurara como tal en la mancheta, Ahora, que tardaría en ser superado. Tras la guerra y su temprana muerte, se le olvidaría, como a tantos, aunque no del todo: su Juan Belmonte, matador de toros seguiría reeditándose y admirándose como la obra maestra del género biográfico que sin duda es.

            La resurrección de Chaves Nogales tuvo indudables razones literarias, pero también otras ideológicas. El rescate de su libro de relatos, A sangre y fuego, de 1937, en el que testimoniaba la barbarie en la zona republicana y en la de los sublevados, tuvo como consecuencia que se viera en él al más excelso representante de la tercera España. El prólogo a ese libro, en el que justificaba su temprano abandono del país en guerra, fue considerado, sobre todo a partir de las exégesis más apasionadas que precisas de Andrés Trapiello en Las armas y las letras, como el mejor punto de partida para superar la tradicional división entre las dos Españas.

            Chaves Nogales, en las últimas décadas, se ha convertido en un autor de éxito. Se reeditan una y otra vez sus obras fundamentales, entre ellas esa prodigiosa novela-reportaje que es El maestro Juan Martínez que estaba allí, también sus obras menores, y se rescatan sus cientos de artículos dispersos. Todo ello es recibido con idéntico entusiasmo acrítico. Chaves Nogales se ha convertido, para decirlo con las palabras que Leopoldo de Luis aplicó a Antonio Machado, en ejemplo y lección, una figura emblemática por encima del bien y del mal.

            Le llega ahora el turno en las recopilaciones a las crónicas que escribió a partir de septiembre de 1939, cuando Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania. En La agonía de Francia, podemos leer: “Ayudaba a la guerra con todo mi entusiasmo. Cada día, un grupo numeroso de periódicos americanos en lengua española publicaba mis crónicas redactadas única y exclusivamente al servicio de la causa francesa; cada día la Radio Francesa para España y América del Sur divulgaba mis comentarios inspirados en las consignas directas del Quai d’Orsay”.

            Esas crónicas son las que reúne ahora Yolanda Morató en Desde París, el primero de los tres volúmenes que pretenden reunir todos sus artículos escritos entre 1939 y 1944 con el título de Diarios de la Segunda Guerra Mundial. El título resulta engañoso, lo mismo que la disposición tipográfica con las fechas de publicación al comienzo de los artículos, como si se tratara de un verdadero diario personal. Se explica así la extrañeza del lector al comprobar que el primer texto, que lleva la fecha del 10 de septiembre de 1939, no nos hable de la guerra, sino de que Alemania y Rusia han firmado un pacto de no agresión. Es un artículo que se escribió en agosto, y que sin duda se publicó entonces, aunque no se haya localizado esa primera publicación y sí otra en una revista cubana de la fecha que indica la editora.

Pero no voy a centrarme en los dislates de la edición de Yolanda Morató, que retraduce muchos de estos artículos de la versión portuguesa para tratar de disimular lo que pudiera ser una apropiación indebida de los hallazgos de otro investigador, Abelardo Linares. Prefiero hacerlo en lo que nos desvelan sobre la figura del mitificado y aún no del todo conocido autor, a quien no le agradaría mucho ver reunidas estas colaboraciones suyas en los servicios de prensa y propaganda del gobierno francés.

            Lo que en ellos cuenta lo desmentiría casi palabra por palabra en La agonía de Francia, un libro publicado en Montevideo en 1941 (y prácticamente desconocido hasta su rescate décadas después), pero destinado a aparecer primero en inglés con el título de The Fall of France. Es un libro destinado a hacerse valer ante sus nuevos empleadores, los servicios de propaganda del gobierno inglés, y a denigrar a los anteriores, a quienes tanto había mercenariamente defendido. Habla ahora “del ánimo ruin de los soldades franceses, que se irritaban más contra sus aliados que contra el enemigo mismo”. Y no deja en muy buen lugar al pueblo francés: “La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual”.

            Muy otra cosa es lo que se nos había contado en estas crónicas que edita Yolanda Morató. En ellas se refiere a “la disciplina ejemplar de la población civil” y abundan las loas al ejército francés.

            ¿Se fiaban los lectores americanos de estas crónicas de Chaves Nogales o desconfiaban de ellas como suele hacerse con los textos propagandísticos? Por lo que confesó en La agonía de Francia, él mismo era consciente de sus mentiras cuando afirmaba cosas como que Francia estaba preparada para resistir una guerra larga mientras que en Berlín se comenzaban a sentir dificultades porque se prolongaba varios meses. Casi se podía ir contraponiendo, párrafo o párrafo, lo que afirmaba antes del armisticio con lo que escribió inmediatamente después.

            “El pueblo civil muestra una disciplina tan rigurosa como el militar” se titula la última de sus crónicas, publicada el 13 de junio, varios días después de la huida del gobierno y un día antes de que los alemanes entren en París. Él según nos cuenta va a la ópera, donde el público es el de siempre, y cuando sale a la calle “París seguía su vida y su tráfico con impasibilidad impresionante”. Algo muy distinto leemos en La agonía de Francia: “El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable”.

            No hacen un gran favor a Chaves Nogales estas crónicas localizadas con benemérito empeño en distantes hemerotecas (se publicaron la mayoría de ellas en diarios no digitalizados) por Abelardo Linares, aunque no dejan de tener interés para el lector interesado en el día a día de la historia, en los pequeños detalles que luego se borran en la interesada memoria.

Pero Chaves Nogales no solo fue difusor de la mentira oficial, tan dañina para los intereses de Francia (Morir por cerrar los ojos tituló Max Aub su obra teatral sobre esos hechos), también actuó de censor, según confesión propia en ese libro, La agonía de Francia, tan elogiado como leído con poca atención. a lo que parece: “Con la intención de conquistar al general Franco con sus buenas maneras conservadores, estaba absolutamente prohibido mencionar la palabra democracia en las emisiones de radio en lengua castellana. Se daba el caso de que yo, personalmente yo, tenía que ejercer la censura sobre la prosa excelsa de Giraudoux, que al ser traducida al castellano sufría una trepanación en la que perdía invariablemente toda su sustancia democrática”.

La democracia de Francia, a la que él servía al parecer orgullosa y valerosamente, era “una democracia que ni siquiera se atrevía a decir su nombre”: “Las hondas y alquitaradas razones democráticas que tenía Francia para hacer la guerra eran solo razones nacionales y reaccionarias cuando las ondas las llevaban a la España de Franco”. Y él mismo –convertido en todo lo contrario de un verdadero periodista-- era el encargado de llevar a cabo esa metamorfosis.