jueves, 24 de febrero de 2011

La costumbre de no leer o Juan Ramón y sus editores


Juan Ramón Jiménez
Alerta
Visor, Madrid, 2010
Texto preparado por Javier Blasco
Prólogo de Armando Romero


Eduardo Aunós, un conocido político de la época de Primo de Rivera y del primer franquismo, fue famoso por su erudita grafomanía. En la colección Austral puede encontrar el curioso algunas de sus obras. Eugenio d’Ors, que tuvo que elogiarlo muchas veces en público, decía de él en privado que “si hubiera leído tantos libros como ha escrito, sería sin duda el hombre más culto del mundo”. En su monumental Biografía de Venecia (1948), dedicada precisamente a d’Ors (“que a ejemplo de los Dux venecianos se desposa con la sabiduría a la que ofrenda cotidianamente el anillo nupcial de sus glosas”), el anónimo colaborador le gastó la broma de confundir el puente de Rialto con el de los Suspiros: ni el autor ni ninguno de sus entusiastas comentaristas en la prensa de entonces se percató de ello.
Y es que hay libros que no se leen, no ya por el público al que parecen destinados, sino ni siquiera por sus autores, editores, prologuistas. Algún ejemplo de ello he señalado ya en la elegante edición que con motivo del trienio Zenobia-Juan Ramón Jiménez (2006-2008) publica Visor en colaboración con la Diputación de Huelva (y algunas otras instituciones públicas). Frente a la anterior edición en tomos sueltos de lo fundamental de la obra del poeta, aparecida en 1981 con motivo del centenario, esta ofrece la peculiaridad de dedicar un amplio espacio –siete tomos— a la prosa crítica, en buena parte desconocida y llena de sorpresas para la mayor parte de los lectores del poeta.
La última entrega aparecida se titula Alerta y está, según nos dice el prologuista, Armando Romero, basada “en sus proyectadas charlas radiofónicas a principio de la década del 40 en Washington”. No hay ninguna otra indicación sobre la procedencia de los textos. Una peculiaridad de la serie es carecer de notas a la edición: sus prólogos no tienen una intención erudita, están encargados por lo general a prestigiosos escritores que tratan de ofrecer (y a menudo lo consiguen) una lectura atractiva y actual de la poesía de Juan Ramón Jiménez. Pero cuando se trata de obras que el poeta dejó a medio hacer (más de la mitad de las suyas) esas anotaciones no son capricho académico, sino necesidad: el editor se ve forzado a intervenir, a ser de algún modo coautor, y debe dejar constancia de esa intervención.
Armando Romero, prologuista de Alerta, no ha leído, o no ha leído con la suficiente atención, el libro que prologa. En caso contrario, se habría dado cuenta de que los textos reunidos proceden no solo de intervenciones radiofónicas, sino también de sus clases. En uno de los capítulos dedicados a Miguel de Unamuno escribe: “La primera parte de la conversación es una lectura. Observo que ustedes toman más notas cuando leo que cuando hablo. Y la síntesis de Unamuno se limita mejor con la escritura que con la palabra. Lo que más me importa en estas clases es ser claro y conciso. Suplico al Dr. R. O. que me dé la hora”.
No ha leído el libro el prologuista, no lo ha leído tampoco quien figura en la portada como encargado de la preparación del texto, Javier Blasco, catedrático de Literatura y uno de los mayores expertos en la poesía de Juan Ramón y en el modernismo. El caso de Javier Blasco, que dirige la colección junto a Francisco Silvera, es aún más incomprensible. Los criterios generales de la edición (ya sabemos que los particulares de cada tomo no figuran en ninguna parte) han decidido publicarlos, no al comienzo, como sería lo lógico, sino en el último tomo de índices, un tomo que, cinco años después de comenzada la publicación, todavía no ha aparecido, ni se sabe cuándo aparecerá. Pero el lector curioso puede encontrarlos anticipadamente en el número monográfico que la revista Cuadernos Hispanoamericanos (julio-agosto 2007) dedicó al poeta con el título de “El hilo del laberinto: escritura y conciencia en inacabable metamorfosis”. Entre otras muy inteligentes reflexiones sobre los problemas editoriales que plantea la obra de Juan Ramón Jiménez, siempre en constante revisión, se nos dice que los fragmentos, los borradores de un texto, deben incluirse en apéndice y no en el cuerpo del libro que el moderno editor se ocupa de organizar.
Si Javier Blasco hubiera leído el libro cuyo texto teóricamente ha preparado habría colocado en apéndice, y no tras el primer prólogo, un segundo prólogo que no es más que una incompleta versión inicial (casi todos sus párrafos terminan de la misma manera: con un “etc.”).Y no es el único caso.
Aparte de estas desidias –debidas seguramente a que quienes aceptaron este encargo por parte de las instituciones públicas correspondientes delegaron en exceso en colaboradores desatentos—, Alerta es un libro espléndido, una buena muestra del Juan Ramón Jiménez que menos ha envejecido. Hay un largo capítulo, “El modernismo poético en España y en Hispanoamérica”, en el que autobiografía y crítica se mezclan de ejemplar manera. Las páginas que se dedican a Unamuno, un escritor que pudiera parecer en las antípodas suyas, siguen siendo inteligente y amorosamente iluminadoras, a pesar de tanto como se ha escrito sobre el rector salmantino.
Junto a la crítica hay también autocrítica. De su libro Arias tristes (que acaba de aparecer en esta misma colección excelentemente prologado por Aurora Luque) nos dice “que influyó, por desgracia, en América y en España, con su lamentable pesimismo necio”. Y al Diario de un poeta recién casado lo considera “la jactancia impertinente de un joven sorprendido que no quiere asustarse y sí asustar”.
Las páginas dedicadas a la poesía norteamericana quizá ayuden más a entender la poesía del propio Juan Ramón, un crítico que se esfuerza siempre por estar bien informado, pero que rehúye deliberadamente la aséptica imparcialidad. El radical rechazo de Eliot se refuerza con la caricatura, a medio camino entre el surrealismo y los dibujos animados, de su apariencia física: “Yo me represento a T. S. Eliot (por su obra y por las fotografías de su persona) como un ente monstruoso humano (esas orejas de elefante, esos ojos de óptica, ese mentón de cartón piedra), que tiene una y sola mano, grande como un anuncio de guante de mano, en vez de cabeza, y dos cabezas inadvertidas en vez de manos”.
Si a partir de los años veinte, cuando aumentó su capacidad creativa a la vez que su obsesión autocrítica, Juan Ramón Jiménez fue incapaz de ordenar adecuadamente su obra, quizá no debemos ser demasiado exigentes con los editores que, a su muerte, han intentado poner orden en el caos, farragoso a ratos y a menudo deslumbrante, de sus inéditos. Pero no estaría mal que algunos editores se exigieran un poco más a sí mismo o controlaran un poco mejor la utilización de su nombre.

jueves, 17 de febrero de 2011

Alain de Botton: Un himno a la inteligencia


Alain de Botton
Miserias y esplendores del trabajo
Traducción de Alfonso Barguñó Viana
Lumen, Barcelona, 2011



Con una cita del “Canto a los oficios”, de Walt Witman, comienza Alain de Botton un fascinante ensayo que tiene tanto de novedosa indagación sociológica como de poema épico. Podía haber comenzado igualmente con los versos de la “Oda marítima”, de Fernando Pessoa: “A solas conmigo, en el muelle desierto, esta mañana de verano, / miro hacia la barra, miro hacia lo Indefinido, / miro y me alegra ver, / pequeño, negro y claro, un trasatlántico que entra”.
Un buque, “The Goddess of the Sea”, entra en el puerto de Londres. Como Fernando Pessoa, Alain de Botton nos hace conscientes de toda la magia y el misterio que hay en ese hecho aparentemente trivial: “Solo el recorrido del buque ya es impresionante. Hace tres semanas que partió de Yokohama y, desde entonces, ha hecho escala en Yokkaichi, Censen, Bombay, Estambul, Casablanca y Rotterdam. Hace apenas unos días, mientras la lluvia caía sobre las naves industriales de Tilbury, el buque comenzó su ascenso en el mar Rojo bajo el sol implacable mientras una familia de cigüeñas de Yibuti lo sobrevolaba en círculo. Las grúas de acero que ahora se mueven sobre el casco se deshacen de un cargamento heterogéneo de hornos de convección, zapatillas deportivas, calculadoras, fluorescentes, anacardos y animales de juguetes de vivos colores. Las cajas de limones de Marruecos acabarán en las estanterías de las tiendas del centro de Londres al caer la tarde. Al amanecer habrá en York televisores nuevos”.
El más trivial de los objetos cotidianos lleva tras sí una historia que nos asombraría escuchar. Cualquier supermercado resulta, para el que sabe mirar y ver más allá de lo que aparece a primera vista, una edición ilustrada de las mil y una noches. Tras un “Made in Pakistan”, Miguel d’Ors –en un poema memorable-- trató de imaginarse las manos que lo habían hecho posible: “¿A quién pertenecíais, manos menesterosas?, / ¿qué vida estaba tras vosotras, qué / ilusiones, qué rostros, / qué penas y qué nombres?, ¿qué puñado / de monedas ilusas / contasteis un minuto después de haber cerrado / este envoltorio?”. Una camisa “comprada en las rebajas” le sirve para descubrir que “todas las vidas son una misma Vida”.
Alain de Botton habla de lo mismo, pero con una perspectiva distinta. Lo que a él le interesa subrayar es lo que hay de creatividad, belleza e inteligencia (no de explotación de trabajadores cercanos o remotos) en todo aquello que solemos aceptar como un mal necesario: los grises almacenes de las afueras de las ciudades, las torres del tendido eléctrico, los lugares donde se almacenan los desechos industriales.
En contra del tópico habitual, se atreve a hablarnos de la “abrumadora belleza, sin alma e impecable, que caracteriza a muchos de los centros de trabajo del mundo moderno”. Por ejemplo, los veinticinco inmensos almacenes, que situado junto a tres autopistas principales, “están a cuatro horas por carretera del ochenta por ciento del Reino Unido, y todas las semanas, principalmente por la noche, distribuyen una parte muy considerable de los materiales de construcción, artículos de papelería, alimentos, muebles y ordenadores suministrados en el país”. En lo alto, con vista a seis carriles de autopista, hay un local al que acuden los camioneros que acaban de descargar o están esperando para recoger la mercancía: “Quien sienta desagrado por la vida doméstica encontrará consuelo en esta cafetería embaldosada y brillantemente iluminada, que huele a patatas fritas y gasolina, ya que da la reconfortante sensación de ser un lugar en el que todo el mundo está de paso y, por lo tanto, no existe el ambiente de unión o convivencia que pondría en evidencia de forma humillante la propia alienación”. Los lugares de paso –un sociólogo habló de “no lugares” y ese impropio término sigue en uso— no son un mal menor, una de las nefastas consecuencias del mundo moderno, sino un logro de la inteligencia.
Hasta las Maldivas viaja Alain de Botton, acompañado de un fotógrafo, para seguir hacia atrás el viaje de unos filetes de atún fresco que encuentra amontonados en una estantería. Al leer esa crónica ilustrada, recordamos las novelas de aventuras del siglo XIX, como cuando nos habla de los barcos que entran y salen en el puerto. Pero para resultar apasionante no necesita ir muy lejos ni alentar el ensueño de aventura que hay en todos los sedentarios. Uno de los capítulos nos lleva a las oficinas centrales en Europa de una de las más importantes empresas de auditoría del mundo, situadas en un transparente bloque de oficinas cerca de la Torre de Londres, al otro lado del Támesis. Pocos oficios más prosaicos, pocas páginas más iluminadoras y apasionantes.
En el gran poema de la vida moderna que es Miserias y esplendores del trabajo hay lugar para el costumbrismo y el humor, como en “Emprendedores”, visita a una convención donde los que tienen ideas para nuevos negocios acuden en busca de financiación. También acierta a darles una sorprendente vuelta de tuerca a los tópicos clásicos, como el de las ruinas. Un error al tomar la salida de una autopista le conduce, no a su residencia en Los Ángeles, sino en dirección sudeste, hacia el desierto de Mojave. Extraviado, ha de pasar la noche en un motel. Cuando va a dar una vuelta por la ciudad cercana, se encuentra con un aeropuerto en el que aparece que acaba de aterrizar una gran flota internacional. Al acercarse, ve que a unos les falta el morro, a otros el fuselaje posterior. Aquellos aviones que se estaban desintegrando le parecen el equivalente moderno de lo que “el Coliseo de Roma debió de ser para el joven Edward Gibbon”.
Miserias y esplendores del trabajo –las fotografías de Richard Baker no constituyen un mero adorno— nos enseña a ver el mundo de otra manera. No solo las catedrales y los objetos que guardan los museos son dignos de admiración: “Los pasillos de un supermercado medio contienen veinte mil productos, de los cuales cuatro mil son refrigerados y deben reemplazarse cada tres días; los restantes dieciséis mil hay que reponerlos cada dos semanas”. Cuánta inteligencia, cuánto esfuerzo, qué prodigiosa organización es necesaria simplemente para que, sin darle importancia, carguemos el carro de la compra con esta fruta que se nos apetece, aquel queso parmesano, esos filetes de atún fresco “pescado con sedal en las Maldivas”.

jueves, 10 de febrero de 2011

El enigma Laforet

Anna Caballé, Israel Rolón
Carmen Laforet. Una mujer en fuga
RBA / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010



Entre los muchos y desmesurados elogios que Carmen Laforet recibió tras la publicación de Nada, el de Azorín resultó involuntariamente profético. “Réspice a Carmen” se titula el curioso artículo, aparecido en Destino el 21 de julio de 1945. Adopta la forma de una irónica reprimenda (o “réspice” en el rebuscamiento léxico del autor): “Tiene usted veinticuatro años. ¿Y usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos”.
Poco más de una década después, cuando lo reproduce en 1956 el volumen Escritores, las palabras finales estaban a punto de ser una definitiva verdad: “¡Ah, Carmen, Carmen Laforet! ¡Qué cosas hacen los jóvenes que no saben lo que hacen! Por lo menos, júrenos usted que no lo hará más; necesitamos esa declaración para nuestra tranquilidad. Y si acaso toma usted la pluma, lo que Dios no quiera, para escribir otra novela, que no sea como Nada, es decir, una novela nueva, sino una novela vulgar, pesada, prolija, sin observación minuciosa y fiel, sin entresijos psicológicos que nos hagan pensar y sentir. Solo de este modo atenuará usted su primera funesta falta”.
Haciendo caso a la reprimenda de Azorín, siete años tardó Carmen Laforet en publicar otra novela, y esa novela, La isla y los demonios, estaba muy cerca de ser “una novela vulgar”. En el mismo año de 1952 reunió, con el título de La muerta, los cuentos que había ido escribiendo hasta entonces. “No es novelista de un solo libro, como algunos temieron a raíz del silencio que siguió a Nada”, se nos dice en la solapa. Y unas líneas más arriba se elogia el “vigor y el interés novelesco” de esa novela con una curiosa y descalificatoria manera: “no se localizan en el estilo, desmañado y fácil; ni en el argumento, que parece confesión; ni en la técnica, inadvertida por poco pretenciosa”.
La única novela de Carmen Laforet que puede suscitar hoy un interés semejante al de Nada en el famélico blanco y negro de los años cuarenta es una novela en la que ella es también protagonista, pero no autora. Se titula Carmen Laforet. Una mujer en fuga y la han escrito Anna Caballé, la máxima especialista en los estudios biográficos, e Israel Rolón, que hace algunos años editó la correspondencia entre la escritora y Ramón J. Sender, quien se enamoró de ella con un amor nunca correspondido (los grandes afectos de Carmen Laforet fueron siempre mujeres). Es un libro minuciosamente desolado, que nos lleva, sin un respiro, de la cima que le cayó encima como una inesperada lotería a la sima por la que fue deslizándose durante toda su vida sin parecer que llegaba nunca al fondo.
A Carmen Laforet –una joven inquieta, sensible, sin demasiadas preocupaciones intelectuales— el azar le jugó una mala pasada, pareciendo todo lo contrario. Conoció en Madrid, a donde se había trasladado para estudiar Derecho, a un joven editor, Manuel Cerezales, y decidió llevarle el manuscrito de una novela en la que relataba, de manera muy transparente, su reciente experiencia barcelonesa como estudiante de Filosofía y Letras. El editor, que pronto se convertiría en su novio y luego en su marido, se dio en seguida cuenta de la espontaneidad y la fuerza de aquellas páginas, que disonaban de la retórica del momento, y sugirió retoques, quizá reescribió algunos pasajes, eliminó capítulos, mecanografió luego el texto y aconsejó a la autora que lo enviara a un premio recién creado, el Nadal. Lo ganó, derrotando a un autor famoso, César González Ruano (que se llevó muy a mal el fracaso: “Pero ¿cuándo se ha visto en un premio literario que se prefiera un desconocido a un escritor amigo de renombre?”) y el resto de la historia es desde hace tiempo historia de la literatura.
Carmen Laforet no tardó en odiar aquella novela que le había dado la fama, y que siendo la más suya, no era enteramente suya. También pronto se distanciaría de Manuel Cerezales, del que acabó separándose en 1970, que intelectualmente valía más que ella y que nunca se había fiado enteramente de ella. Quería seguir siendo su mentor, controlar sus escritos y sus apariciones públicas, evitar que las experiencias matrimoniales se convirtieran en materia literaria. Cuando Carmen Laforet consiguió librarse de su marido ya era tarde: lo llevaba dentro. Ella misma fue su más riguroso crítico: acabó rompiendo todo lo que escribía, y finalmente siendo incapaz de escribir una línea.
Seiscientas páginas dedican Anna Caballé e Israel Rolón a resolver el enigma de Carmen Laforet, esa mujer siempre en fuga de sí misma. Desdeñaba todo lo que tenía que ver con la literatura, no quería ser escritora y sin embargo vivió siempre de lo derechos de autor –era una exigente negociadora al respecto— y de los anticipos sobre libros que no escribiría nunca.
Proponen los biógrafos varias hipótesis para solucionar ese enigma. Ninguna acaba de convencernos del todo, salvo la más sencilla: que el inesperado éxito de una novela juvenil —que apareció en el momento justo y expresó, sin pretenderlo, el desánimo de toda una generación de españoles— colocó en la primera línea literaria a una escritora menor, de escaso aliento. Al principio, su marido la ayudó a no hacer demasiado el ridículo en entrevistas y artículos. Cuando quiso volar sola, no fue capaz. Se esforzaba por no ser autobiográfica, por no exhibir demasiado su intimidad, en la que no faltaron las pasiones inconfesables, y eso era lo único que sabía hacer. Sus artículos valían poco, sus conferencias defraudaban siempre. Y sin embargo, convertida en mito, recibía continúas invitaciones, mientras que de su marido –y de tantos otros que valían más que ella— nadie se acordaba. Fue muy sensible al desprecio que hacia ella sintieron Cela (que al principio temió que su éxito le hiciera sombra), Barral y tantos otros escritores. Y había algo más: una enfermedad mental que se fue acentuando con los años.
Quizá el misterio de Carmen Laforet –como el misterio de la realidad, según Alberto Caeiro— sea “no tener misterio ninguno”.

jueves, 3 de febrero de 2011

Frederic Eden: Un jardín y silencio

Frederic Eden
Un jardín en Venecia
Gallo Nero, 2010



De los muchos rincones secretos de Venecia, acaso el más secreto hoy en día, es un jardín que se esconde detrás de una prisión. En un tiempo fue famoso, “El jardín del Edén”, pero hace años que nadie se pasea por él, salvo el viento y los fantasmas. Está en la alargada isla de la Giudecca, no lejos de una iglesia que suelen frecuentar los turistas, la del Redentore, pero pocos se acercan hasta su herrumbrosa verja de entrada. Prefieren pasear por la fundamenta, contemplando el hermoso panorama de la ciudad al otro lado del canal, llegarse hasta la otra iglesia de Zitelle, tomar allí el vaporetto.
El jardín del Edén es, en realidad, el jardín de Eden, de Frederic Eden, que adquirió el huerto que luego convertiría en jardín el año 1884. Frederic Eden era uno de tantos aristócratas ingleses como en el siglo XIX escogieron Venecia para vivir; dificultades articulatorias le habían convertido casi en un inválido: “Llegué flotando en una góndola sin la molestia o incordio que me producen la silla de ruedas o el carruaje. Ni ruido, ni moscas, ni polvo. Un aire tan suave que apenas podría llamársele brisa; un sol que calienta y en raras ocasiones quema; una luz suave y de una blancura velada, que te permite leer sin que el resplandor te fatigue; un clima que no exige nada a nadie…”
El jardín fue creciendo poco a poco, ampliándose, tropezando con las mil y una dificultades que ofrece el suelo de Venecia (fango y escombros, continuas infiltraciones de agua salada) para la vida vegetal: la ciudad fue un tiempo conocida como la tomba dei fiori, la tumba de las flores, salvo que crecieran en macetas, en patios y terrazas.
En 1903, en Country Life, una de esas minuciosas y fascinantes revistas inglesas dedicadas a la aristocrática vida en el campo, contó Eden la historia de su jardín. Ha pasado más de un siglo y esas páginas conservan intacta, como la ciudad de Venecia, toda su capacidad de seducción.
En Venecia no hay lugar para la monotonía: “De todos los lugares de la tierra es el más variable en cuanto a sus estados de ánimo. Los cambios en sus colores son tan drásticos de un día para otro, y en ocasiones de una hora a la siguiente, como los cambios de un mes para otro, o incluso de estación en estación, en climas más nórdicos. Esta variabilidad, que desespera a su aplicado estudioso, es la alegría de su ocioso amante”.
Para crear su jardín veneciano, en aquel lugar que había sido huerta de un convento, y que ahora se volvía de espaldas a Venecia y abría los ojos al azul y a las islas de la laguna, Frederic Eden tuvo en cuenta dos contrapuestos modelos: un jardín escocés, los jardines de la Alhambra. El jardín de Ross-shire, con la vieja pared del castillo al norte, descendía hasta el sur y estaba protegido de los vientos fríos por setos altos; terminaba en un prado y en un arroyo con truchas. En nada se parece el clima de Escocia al de Venecia, pero la disposición de los dos jardines era la misma, solo que ahora el castillo era una prisión y “como silencioso sustituto del arroyo de truchas teníamos la laguna”. A Frederic Eden no pareció molestarle el poco amigable vecino que le había tocado en suerte. Todo lo contrario: la prisión le resultaba tan útil como lo era para la sociedad, “pues, aunque es triste para los que se ven encerrados en su silencio, el resguardo del viento norte y del ruido es una bendición muy apreciada por el jardín y por nosotros”.
En Granada, “unos arroyuelos de agua brillante, traída por conductos generalmente invisibles, dan bebida y vida a unos jardines maravillosos”. Del Generalife (para él, las dos maravillas de España eran el paisaje de la Vega, visto desde la Alhambra, y los cuadros del Museo del Prado) tomó Eden el uso de albercas y las sutiles maneras de utilizar el agua, no solo para el riego, sino como un elemento más de la magia del jardín.
Cuando murió Frederic, en 1916, ya su jardín había sido escenario de numerosas historias. No hubo personaje importante del fin de siglo que no paseara por sus senderos. Cocteau le dedicó un poema en el que lo llama “jardín exquisitamente fatal, / sepulcro enmarañado de rosas”: una discusión en aquel lugar idílico llevó a un joven amigo a tomar la decisión de suicidarse; lo hizo, muy teatralmente, disparándose un tiro en los escalones de Santa María de la Salute.
Posteriormente, el jardín sería propiedad de la princesa Aspasia de Grecia, cuya hija Alejandra se casaría con el destronado rey Pedro de Yugoslavia. Uno de los invitados habituales era el novelista inglés Cecil Roberts, muy leído en su día, quien en Un año de mi vida, su diario de 1950, habla de aquel jardín, ya para entonces poblado de espectros: “Un sol completamente rojo cubre la laguna en los atardeceres, y tiñe de escarlata el bajo muro de ladrillo que rodea el espacio donde los cipreses se elevan oscuros, destacando contra el cielo cuajado de estrellas, y donde en los últimos días de otoño las uvas cuelgan en gruesos racimos a lo largo de los emparrados. Más allá del alto muro, se divisa una espléndida vista de la cúpula y las torres de la iglesia del Redentor”.
Un jardín en Venecia es la historia de un jardín y es algo más. Las comparaciones de Frederic Eden a veces nos hacen sonreír. Elegir una pérgola es tan delicado, afirma, como elegir esposa; lo primero que hay que hacer es decidir para qué se quiere: “Algunos hombres buscan una esposa que sea como una amiga, constante u ocasional; otros, como una compañera, una dulce compañera día y noche; otros, que sea una administradora que lo gestione todo, y que a menudo se convierte en tirana; algunos quieres sirvientas, y de ellas pueden llegar a hacer esclavas”. Algo semejante pasaría con las pérgolas: las que son buenas para las parras no sirven para las rosas.
El último propietario conocido fue un austríaco que murió en el año 2000 y que, en sus últimos tiempos, dejó el jardín a su suerte, abandonado, colonizado por las plantas silvestres. Así sigue, así pueden verle los pocos curiosos que rodean los muros de la prisión y se acercan a su puerta. Pero el breve libro de Frederic Eden –también él una secreta maravilla— nos permite abrir esa puerta, retroceder en el tiempo, escuchar el murmullo moro de las aguas, admirar la cúpula del Redentores sobre las vides y las rosa.







jueves, 27 de enero de 2011

Diana Cullell: Académicos disparates


Diana Cullell
La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI
Devenir, Madrid, 2010

A Eugenio d’Ors le bastaba leer un artículo de periódico para conocer de inmediato si quien lo había escrito era o no bachiller. Y solo con hojear un volumen de crítica podía discernir “si allí se ha empleado talento universitario o de autodidacta”. En su opinión, a quien ha pasado, siquiera distraídamente, por las aulas universitarias “le quedan ciertas sospechas –un saber que no se sabe lo que no se sabe—, una actitud más cauta en lo deficiente; menos propensa, por tanto, al ridículo”.
Eran otros tiempos. Hoy pocos estudios más propensos al ridículo, más ayunos de rigor conceptual, menos útiles para el lector interesado que buena parte de los estudios académicos que se dedican al análisis de la literatura contemporánea.
El ejemplo más reciente lo firma Diana Cullell, doctora en Literatura Española por la Universidad de Manchester, y actualmente profesora en la de Liverpool. Se dedica al análisis –así dice el título— de La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI. Alguien podría pensar que mi opinión no es imparcial, ya que soy juez y parte: acá y allá se citan algunos trabajos míos y la autora incluso tiene la amabilidad de clasificarme como poeta de la experiencia (probablemente sin haber leído ninguno de mis poemas, como no necesita leer a ningún otro poeta para decidir si es o no poeta de la experiencia: debería patentar el procedimiento). Nada me gustaría más que escuchar una razonada opinión distinta. Pero para darla hay que leer el libro, no hojearlo distraídamente, y eso no se si algún otro crítico se decidirá a hacerlo (y no seré yo quien se lo reproche).
No me detendré en que analizar –como se hace en la segunda parte del estudio—junto a la de Cernuda, Gil de Biedma y García Montero, la poesía de María Antonia Ortega, Esther Zarraluki y Almudena Guzmán no es la mejor manera de reivindicar la poesía femenina. Me limitaré a subrayar que parece un método cuanto menos discutible afirmar que María Antonia Ortega es poeta de la experiencia, aunque no lo parezca y milite en el campo de “la diferencia”, porque comparte con la obra de Lorenzo Oliván el presentar la sensualidad “de manera penetrante en la reconstrucción que hace la mente a partir de varios elementos tanto de fondo como de forma dentro del poema”.
Diana Cullell no da muestras de haber leído a los poetas que tan precisamente clasifica y califica. Se basa para ello en lo que se ha dicho de ellos, en literatura secundaria: estudios, antologías, artículos periodísticos. Y todo lo coloca al mismo nivel: no distingue entre un documentado estudio y cualquier pintoresca polémica, ni tampoco entre lo publicado en una fecha o en otra. Un ejemplo que me concierne: “Mientras José Luis García Martín parece guardar objetividad en La generación del 99 (1999), con 12 experienciales entre los 28 antologados, y en Selección nacional (1998), con 7 de 15, la antología La generación de los ochenta (1988) toma un giro inesperado e incluye a 13 poetas de la estética dominante entre un total de tan solo 15”.
Difícilmente puede tomar un giro inesperado una antología de 1988 en relación con otra publicada diez años después. Esas antologías que cita tienen distinto campo de selección: los poetas surgidos en la década de los ochenta, los surgidos en la de los noventa. Si hubiera hecho un análisis de los antologados (o si siquiera los hubiera leído) y hubiera definido ese flatus vocis en que se ha convertido el sintagma “poesía de la experiencia”, Diana Cullell podía simplemente pensar que la “estética dominante” entre los nuevos poetas de los ochenta ya no era tan “dominante” en los nuevos poetas de los noventa. Pero pedir rigor a una estudiosa capaz de calificar (en nota de la página 187) a la antología El sindicato del crimen, del apócrifo Eligio Rabanera, como “obra maestra del grupo”, es pedir peras al olmo. Ser juez y parte tiene sus ventajas: puedo contar cómo se hizo esa antología. No pretendía defender ninguna estética, sino reírse de los ataques que ciertos resentidos poetas (principalmente andaluces) hacían a otros poetas (también principalmente andaluces) que les arrebataban los premios y el prestigio que ellos creían merecer mejor. Se envió una amplia circular y para participar hubo que pagar cinco mil pesetas, porque el libro –que presuntamente reunía a los poetas que manejaban el cotarro— fue una autoedición. Pero para quienes enseñan en universidades extranjeras (y no solo) esa azarosa broma es una obra maestra del rigor antológico y quien se incluye en ella –Jose Carlos Llop, Antoni Marí, entre otros— queda marcado al parecer para siempre, al menos entre los desatentos profesores de literatura, como “poeta de la experiencia”.
Diana Cullell, según señala en el prólogo, concibe su libro “como un estudio y una re-evaluación de una línea primordial que recorre la literatura peninsular española del último medio siglo. En dicha línea, el trabajo anhela verificar su continuidad y existencia dentro del ámbito literario de los últimos años poniendo de manifiesto ciertas deficiencia y desacertadas interpretaciones que han arrojado a la sombra a importantes autores y obras claves en ella”.
Para ello, decía, utiliza solo literatura secundaria: un poeta es poeta de la experiencia porque en tal o cual información periodística se le calificó de tal, o porque se le incluye en esta o en otra antología. Pero esa literatura secundaria tampoco parece haberla leído con demasiada atención. En la página 64 escribe: “La antología Fin de siglo (El sesgo clásico en la última poesía española) (Villena, 1992a, 31-32), pese a su programa estético, coincide con De lo imposible a lo verdadero: poesía española 1965-2000 (Garrido Moraga, 2000) en la inclusión de Antonio Rodríguez Jiménez, quien fue uno de los organizadores, junto a María Antonia Ortega y Pedro Rodríguez Pacheco, de las lecturas que dieron lugar a la ‘poesía de la Diferencia’, facción contraria a la que le relaciona Villena”.
Pero no hay tal coincidencia en la inclusión: Villena se limita a mencionar en el prólogo a varios poetas no incluidos que participan de la misma estética, entre ellos Rodríguez Jiménez y su libro Un verano en los ochenta. Y es que Rodríguez Jiménez podrá ser un adalid de la llamada “poesía de la Diferencia” (que no nombra una estética, sino un nutrido grupo de agraviados), pero su manera de entender la poesía, salvo en la calidad, en nada se diferencia de la de los poetas realistas de principios de los ochenta: “Entro distante —como casi siempre— / y la interrogo sin mirarla a los ojos: / ¿Hay colonia de mujer? Sonríe, / y en su mirada observo distraído un lado de humedades”.
Diana Cullell no se limita a mal resumir “riñas literarias” –así titula uno de los subcapítulos de su libro—, también toma de la obra de Bourdieu el concepto de “habitus” (“situación o condición típica o habitual de una entidad, particularmente del cuerpo”, según lo define) y lo aplica reiteradamente al análisis de los poetas. El resultado oscila entre lo banal, lo ininteligible y lo risible.

jueves, 20 de enero de 2011

Historias del tren

Vicente Molina Foix
La ciudad dormitorio
Felipe Benítez Reyes
Ciudades del sueño
Fundación de Ferrocarriles Españoles, Madrid, 2010



El tren y la literatura hacen buena pareja. Casi la misma buena pareja que Luis García Montero y Jesús García Sánchez (Chus Visor, para los amigos), encargados de coordinar buena parte de los premios literarios españoles, y entre ellos el de relato y poesía que organiza la Fundación de Ferrocarriles Españoles. Acaba de aparecer el volumen dedicado a los premios del 2010, que encabezan Vicente Molina Foix y, naturalmente, Felipe Benítez Reyes (Felipe Benítez Reyes, como Benjamín Prado, no puede faltar en ningún galardón con el que algo tengan que ver García Montero y García Sánchez).
Hasta hace poco tiempo había dos clases de premios literarios: unos daban dinero y otros, prestigio (aunque también solían ir acompañados de dinero). A los segundos, por lo general, no era necesario presentarse. Y es que, en ese tiempo, un poeta ya reconocido no solía enviar sus libros a concurso. José Hierro, Ángel González, Francisco Brines, como tantos otros, se daban a conocer mediante un premio literario, pero luego ya solo recibían el Premio de la Crítica, el Nacional, el reina Sofía… Quienes seguían presentándose a concursos una vez que dejaban de ser jóvenes e inéditos entraban en otro escalafón: el de los Carlos Murciano, los Joaquín Márquez o los Manuel Terrín Benavides.
Hoy las cosas han cambiado y poetas que ya forman parte, o creen formar parte, de la historia de la literatura, como Guillermo Carnero, Luis Antonio de Villena o Jaime Siles no tienen reparo en competir por el Loewe, el Ciudad de Torrevieja o cualquier otro más o menos amañado y siempre sustancioso galardón.
¿Vale la pena leer el volumen que reúne los Premios del Tren en su edición del 2010? La pregunta no es ociosa. Todo buen lector, y cualquier librero, sabe que no suele haber mejor indicación de que un libro resulta prescindible que el que lleve la indicación de que es premio Tal o Cual (salvo, claro, si llega acompañado de más o menos planetaria alharaca publicitaria). Generalmente los únicos que se aventuran en esos volúmenes son los concursantes profesionales para tratar de averiguar los gustos de los distintos jurados.
“La ciudad dormitorio”, de Vicente Molina Foix, es un relato costumbrista y ágil; no se lee con desagrado, pero resulta enteramente olvidable. ¿Es el mejor entre los cientos y cientos de relatos presentados al concurso? Eso es imposible de determinar. Entre los cinco finalistas que lo acompañan hay uno que acredita a un excelente narrador, “La sirena varada”, de Félix J. Palma, y otros dos que cumplen una función exactamente contraria, “Boulette d’Avesnes o el gran reto de don Raimundo”, de Cristina Mejías, una acartonada e involuntaria parodia de Agatha Christie, y “Trayecto inaugural”, de Andrés Barba, narrador y ensayista de cierto prestigio que hará bien en esconder este volumen. Marta Sanz y Abilio Estévez demuestran conocer el oficio.
“Ciudades del sueño (y sombreros)”, de Felipe Benítez Reyes, es un poema muy suyo, muy virtuosamente manierista. Tiene poco que ver con el tema del concurso, pero menciona la palabra “tren” y eso parece suficiente para cumplir con las bases: “la irresolución de la madrugada / que cruzan unos trenes nigrománticos”. Con sus gotas de humor y onirismo, con su sabia retórica, da la impresión de que está escrito siguiendo una fórmula, la habitual receta de la casa.
Otra fórmula muy distinta emplea Enrique Baltanás, que no publica un poema, sino una serie que habla de trenes reales y de trenes metafóricos, como el de la muerte, al que al final del soneto “La vida retirada” se pide que llegue con retraso. Enrique Baltanás escribe en un lenguaje claro, respetando la métrica tradicional, no desdeñando la anécdota ni las emociones consabidas. Se le lee siempre con gusto, pero quizá abunda en poemas predecibles desde el primer verso: “Los años van pasando como trenes veloces…”
Habilidoso resulta Josep M. Rodríguez en “Nocturno y tren”, un ejercicio de concisión e ingenio, tanto más efectivo –algo frecuente en cierta poesía− cuanto con menos atención se lee.
Más interés que la mayor parte de los textos premiados presenta la primera parte del prólogo –la segunda nos cuenta los muchos galardones que han recibido anteriormente los galardonados−, esbozo costumbrista sobre los antiguos viajes en tren y apunte para una historia de las relaciones entre el tren y la poesía, con el regalo de un espléndido poema de Juan Ramón Jiménez.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, he tenido la curiosidad de leer uno de esos volúmenes colectivos en que se amontonan los cuentos y poemas premiados en algún concurso. No es experiencia que aconseje a nadie, salvo como curiosidad.
En literatura, como en cualquier otra actividad, todo lo que no es necesario estorba. La Fundación de los Ferrocarriles Españoles, si quiere ayudar a los escritores, podría sortear anualmente, entre todos los que viajan en ferrocarril, un primer premio de quince mil euros, un segundo de cinco mil y cuatro accésits de quinientos. Cumpliría la misma función de mecenazgo y nos ahorraríamos una heterogénea miscelánea anual y el mal ejemplo que para los jóvenes ambiciosos y para cualquier escritor menesteroso supone leer algunos de los textos premiados.

jueves, 13 de enero de 2011

Pablo Anadón: El humo de los días


Pablo Anadón
Estudios de la luz

Pre-Textos. Valencia, 2010.


Se fuma mucho en el último libro de Pablo Anadón, un poeta argentino que ha querido reaccionar contra el informalismo y el experimentalismo de la poesía contemporánea. En el poema que sirve de epílogo, “En este bar escribo”, poesía y humo se identifican: “miro el humo / de la pipa que es casi todo el lujo / necesario, lo mismo que los versos, / para irisar mis días de azulada / ilusión verdadera: a uno y otros / los extraigo del fondo de mi pecho / y algo tienen de afuera, algo de adentro, / y en el ritmo pausado del aliento / asumen formas raras, imprevistas, / según el soplo, el ánimo y el viento”. En el poema inicial “paladea el tabaco de la pipa” mientras a medianoche, y en su sillón de siempre, intenta traducir a Robert Frost.
La poesía moderna –o buena parte de ella− rechaza la anécdota, el argumento, o gongorinamente disimula el núcleo de experiencia que le sirve de punto de partida. No ocurre así en Pablo Anadón, un poeta muy a contracorriente de las tendencias de su país (no tanto de cierta poesía española), cuyos poemas pueden convertirse fácilmente en apuntes de un cuaderno autobiográfico. Comienza el libro en un interior doméstico, “jugando al juego de la poesía” (propia o traducida, que para él es lo mismo); en el poema siguiente lo vemos preparándose un café en la cafetera “plateada y negra, hecha en Ferrara” que servirá de pretexto para los versos. Otros poemas nos hablan del ruido de la segadora que se interrumpe de pronto y permite escuchar “el latido silencioso del campo”; del perro que se queda mirando “un pájaro que pasa / por el aire lejano de la tarde”; de la taza de café que le trae uno de sus hijos, de la leña que corta junto a otro; de una cría de pingüino encontrada muerta en una playa; de una pipa usada…
Las anécdotas que dan origen a los poemas de Pablo Anadón pertenecen casi siempre a la cotidianidad familiar. El lector español pensará sin duda en Miguel de Unamuno y en los poetas de ahora mismo que siguen la estela de Miguel d’Ors. Pero en Anadón no encontramos confesionalismo religioso, aunque sí temor y temblor ante el misterio de vivir.
¿No hay un riesgo de banalidad en esta poesía del amor conyugal y paternal, de la vida estudiosa y provinciana, en esta poesía clara y llena de buenas intenciones? Lo hay ciertamente, y Pablo Anadón trata de sortearlo de varios modos. En primer lugar conviene señalar que la dicha doméstica que se canta es un paraíso perdido. “Yo he tenido una casa”, comienza el poema titulado precisamente “La casa”, y esa casa “donde pasar las noches del invierno junto al fuego”, donde fue feliz “como puede serlo un hombre / que ha vivido asomado siempre al vidrio / de su desasosiego”, esa casa sigue ahí, pero él desde fuera mira sus ventanas y la puerta que “dividió su vida en dos mitades”. Este libro lleno de anécdotas hurta la banal y melodramática anécdota que le sirve de punto de partida.
¿Qué recursos utiliza Pablo Anadón para evitar la trivialidad y la falacia patética? El primero, el más evidente, es el rescate de la métrica tradicional. Más o menos la mitad de los poemas del libro son sonetos: “Felicidad hecha de casi nada, / de sol sobre los árboles, de vana / sombra de humo de pipa y azulada / serranía que enmarca la ventana…”. El tono intimista y personal no evita, de vez en cuando, algún eco de Borges: “Yo soy aquí el de siempre, poca cosa / que transfigura a veces la poesía. / Soy el que mira transcurrir la prosa / de su desasosiego noche y día / y un alba observa por el vidrio el rosa / que tiñe el mundo, y llora de alegría”.
El espacio cerrado del soneto, su juego de simetrías y correspondencias, ayuda a impedir que los versos se queden en mero desahogo o en álbum de instantes y fotografías familiares. Pero Pablo Anadón –lo mismo le pasaba a Unamuno− no escribe sonetos con demasiada facilidad (y quizá por eso no suele incurrir en el consabido sonsonete). En el soneto “Por la ventana”, que anteriormente hemos citado casi completo, sobra, por ejemplo, el primer cuarteto, y en el muy postmodernista “Conversación”, casi letra de bolero (“Hoy nos vimos de nuevo, amor perdido, / en el café de siempre y conversamos / de los hijos, la casa, los reclamos / del pasado que vuelve y no se ha ido”), disuena un dudoso endecasílabo: “pero sé que todo eso es lo que ha sido”. No me resisto a ponerle un signo de interrogación al final de otro soneto, al que ya he aludido, “El ruido de la segadora”: “Sentado en el sillón / de mimbre viejo en el umbral de casa / he traído de nuevo al corazón / tanta cosa querida, y en la escasa / luz del día he rezado una oración / por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa”. El riesgo de la poesía clara, de la que está más allá y no más acá de la buena prosa, es que en ella no se puede decir, como en cierta poesía más o menos surrealista y autosuficiente, cualquier cosa que se nos ocurra: no podemos decir que “lo que fue, ya pasa” porque “lo que fue”, ya ha pasado.
Arriesga mucho Pablo Anadón en este libro, al contrario que tantos poetas innovadores y experimentales. Cuanto tropieza y cae, no hay lector que no lo note. Pero cuando acierta –y lo hace más a menudo de lo que quizá estoy dando a entender− consigue una poesía “hecha de casi nada”, pero que nos permite, como ninguna otra, entrever en la luz de cada día lo que está más allá de la luz y de los días.

jueves, 6 de enero de 2011

Giovanni Papini: Ingeniosa, virulenta diatriba


Giovanni Papini
Gog
Rey Lear,. Madrid, 2010
Traducción de Paloma Alonso Alberti



Cuanto más conocido es un autor, más desconocido se vuelve. En los años cuarenta y cincuenta, cuando su crédito en Italia descendía, se multiplicaban las ediciones de Giovanni Papini en España, y buena prueba de ello es que es uno de los autores todavía más presentes en las librerías de viejo. El furibundo ateo de los comienzos se había convertido al catolicismo y se había aproximado al fascismo. Por eso era un apestado en la Italia de posguerra y tan querido en la España franquista.
¿Repercutió ese cambio ideológico en el interés y en la calidad de su obra? Es posible que sí, porque las páginas suyas que mejor han resistido el paso del tiempo –los relatos fantásticos de El piloto ciego, por ejemplo- pertenecen a la primera época. Pero su libro más universal –y que no ha perdido nada de su capacidad de fascinación- lo escribió después de la aparatosa conversión al catolicismo. Se trata de Gog, publicado en 1931, editado por primera vez en español en 1933, traducido por Mario Verdaguer, y reeditado infinidad de veces desde entonces. Ahora aparece en una nueva versión y lo leemos como si de una obra nueva se tratase.
Ensayo, fabulación y sátira se entremezclan en este libro que retrata, como ningún otro, la crisis de los años veinte, cuando un mundo –una idea del mundo- parece haberse hundido definitivamente con los cañonazos de la Gran Guerra y las multitudes y los intelectuales se entretienen, antes de la catástrofe final, frívolamente con cualquier disparate.
El propósito de Papini con Gog no era muy distinto del que pocos años antes, en 1926, había inspirado la novela de Baroja El gran torbellino del mundo, primera entrega de la trilogía “Agonías de nuestro tiempo”. Baroja, como Papini, quiere poner en cuestión el desbarajuste intelectual que ha traído la guerra y lo hace con una leve trama novelesca y con unos personajes que se trasladan de un lugar a otro por la Europa en ruinas. No faltaba en Baroja, como no faltará en Papini, el componente antisemita que no tardaría en servir de coartada para el genonicidio.
Gog, el protagonista de Papini, representa la brutalidad del capitalismo americano, el trastrocamiento de jerarquías intelectuales surgido tras la guerra. Ha viajado por el mundo, se ha entrevistado con los grandes hombres del momento, y ha dejado constancia de lo que ha visto en un diario sin fechas.
Pero Gog es también algo más: representa al hombre viejo, negador y destructor, que Papini cree haber dejado atrás con su conversión al catolicismo. Afortunadamente se le ha quedado dentro y es a él a quien se debe que esta obra, que podía no haber pasado de un sermón contra la modernidad, haya envejecido tan poco.
El pretexto argumental –un manuscrito encontrado en un manicomio- es solo eso, un pretexto que se olvida pronto. Los capítulos pueden ser leídos con independencia unos de otros, y olvidando incluso que se trata de las memorias de un tal Gog.
La entrevista con Freud (que aún vivía cuando se publica el libro) contiene la reflexión más certera que se haya escrito sobre el psicoanálisis: “Literato por instinto y médico por la fuerza, concebí la idea de transformar una idea de la medicina –la psiquiatría- en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología”.
Todas las falsas entrevistas –con Henry Ford, Ghandi, Lenin, Einstein—encierran una paradójica verdad, juegan a darle la vuelta a las ideas consabidas. A ratos lo que hay de sofístico en ellas queda demasiado a la vista, pero nunca dejan de ofrecernos un motivo de asombro, una intuición feliz.
No es extraño que Borges fuera un admirador de Papini. En este libro, que apareció antes de que Borges se convirtiera en narrador, están en germen muchos de sus cuentos. La mezcla de erudición y ficción es la misma, y también el gusto por la paradoja.
Borgiano es el breve ensayo –podría ser incluido en El hacedor- titulado “El papel”: “La materia prima de la vida moderna no es el hierro, ni el petróleo, ni el carbón, ni el caucho: es el papel. Cada día caen bosques enteros bajo el hacha para proporcionar una cantidad enorme de una sustancia que no tiene la duración ni la dureza de la madera. Si las fábricas de papel se cerrasen, la civilización quedaría paralizada”. Todavía sigue siendo verdad, aunque cada vez sea menos verdad.
Unos capítulos se inclinan más hacia la ficción, otros hacia el ensayo, pero no hay ninguno que no encierre una inquietante fantasmagoría, una muestra de amargo humor.
El enloquecido mundo en ebullición de los años veinte ya no es nuestro mundo, pero de algún modo lo sigue siendo. Y la fórmula de Papini –que bebe en Jonathan Swift y en Voltaire- sigue conservando su vigencia.
A quienes se atraganten con El cementerio de Praga, esa indigesta mezcla de erudición y folletín, esa muestra de que, si a veces dormita Homero, lo que había en Umberto Eco de narrador lleva tiempo durmiendo la siesta, yo les aconsejaría que lean –o relean- Gog, ingeniosa, virulenta diatriba contra los disparates intelectuales de mundo que ya no es el nuestro y sigue siendo el nuestro.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Para niños de cualquier edad


Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez
Poesía para niños de 4 a 120 años
Antología de autores contemporáneos
La isla de Siltolá, Sevilla, 2010



La mejor poesía para niños no ha sido escrita expresamente para niños. Partiendo de ese presupuesto, Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez –los tres poetas, los tres autoantologados— han preparado una selección de poesía contemporánea para lectores de todas las edades.
“Nunca se es lo bastante grande para dejar de ser niño”, afirman al comienzo de un prólogo en que no faltan las frases brillantes y donde quizá sobra el voluntarismo optimista: “La poesía es un teléfono móvil que se recarga con los buenos sentimientos; en su agenda solo hay bellas impresiones y números mágicos para hablar, aquí y ahora, con el más allá del hombre y con el más acá del niño”.
La selección comienza con Pablo García Baena y termina con Tomás Rodríguez Reyes, un poeta que aún no ha cumplido treinta años. Los nombres conocidos alternan con los desconocidos, pero los poemas memorables los firman casi siempre los primeros. Para el lector habitual de poesía no hay, por lo tanto, descubrimientos, pero el que no frecuenta las antologías de poesía contemporánea puede encontrarse con más de un deslumbramiento.
Aquilino Duque, con sentido del ritmo y brillante palabra, evoca antiguos veranos y sabe encontrar la concisión emocional de la poesía popular: “Ojos que no son tus ojos / dime para qué los quiero”.
Del “Pozo oscuro de los sueños” nos habla Antonio Colinas con imaginería que viene de los cuentos tradicionales: “Amable duendecillo de los bosques, / remoto brujo, pájaro agorero, / hadas, amigos de mis horas dulces, / llevad lejos de mí este desamparo, / venid con vuestras pócimas y ungüentos, / cegad con varas mágicas el sol”.
De Miguel d’Ors se selecciona un clásico, su “Pequeño testamento”, una enumeración de maravillas cotidianas (con técnica próxima a la greguería: “los flamencos como claves de sol de la corriente, / las avispas, esos tigres condensados…) que concluye con la ironía final: “Todo para vosotros, hijos míos. / Suerte de haber tenido un padre rico”. También otros dos poemas familiares que trata de eludir el tópico y dejar intacta la emoción: “Los abuelos” y “Respuesta a mi hija Laura”.
Fernando Ortiz recrea viejos romances en “El colegio” y parafrasea a Antonio Machado: “En la calle hay una casa, / la casa tiene un balcón / y al balcón se asoma un niño / entre geranios en flor”.
Eloy Sánchez Rosillo se entretiene mirando las cambiantes nubes: “Ahora, mano entreabierta me pareces, / y ahora un hombre que abraza a una mujer. / Pero sigo observándote / y eres, de pronto, un perro, / un caballo que salta, / rosa, barco en la niebla, una paloma, / mapa de dónde, rostro / medio oculto de quién”.
Los tres poemas de Luis Alberto de Cuenca nos muestran su aspecto menos frívolo y se acercan a la oración y al himno: “Álzate, corazón, consumido de penas, / levántate, que sopla un viento de esperanza / por el mundo, llevándose con él tus inquietudes / y la costra de angustia que apaga tus latidos”.
Javier Salvago, que tuvo su momento en los ochenta y hoy está un tanto olvidado, constituirá una sorpresa para muchos. Pocas veces la maestría técnica está más cargada de emoción, más ajena al mero virtuosismo. Su sonetillo trisílabo “Evocación y elegía” puede competir sin riesgo con el justamente célebre en que Manuel Machado define al verano.
De los barcos “que llegan sigilosos al muelle” y que tienen “algo de símbolo y de fácil metáfora” nos habla Felipe Benítez Reyes, un poeta brillante siempre y casi siempre convincente.
Amalia Bautista sueña la casa de su infancia y acaricia los pies de sus hijas, en un poema al borde del fácil ternurismo: “Los tienen a estrenar. Y me conmueve / pensar en cada paso que aún no han dado”.
De los tres villancicos de José Mateos, destaca el primero: “Qué buen televisor / es mi ventana. / Me tiene aquí plantado / esta mañana”.
Juan Bonilla firma el más breve de estos poemas, casi un cuento con moraleja: “Un muñeco de nieve / está tomando el sol. / Ya se arrepentirá”.
“La cabalgata de Reyes”, con sus pequeños detalles exactos y su toque costumbrista, le sirve a José Luis Piquero para hablarnos del desconcierto de vivir: “¿Será esa sensación de que están todos / perdidos menos yo, de que van todos / en dirección contraria, lo que siente / también un niño al dejar de creer?”. Muy otro es el tono de “Figuras de madera en la clase de matemáticas”, un poema conceptual y plástico, uno de los más destacados de la antología.
La selección de Enrique García-Máiquez no le hace demasiada justicia, aunque se agradece el ingenio y el arte deliberadamente menor de “Mayo”.
No es enteramente una antología esta antología. Algo tiene de acumulativo centón. Y de confundir la poesía para niños con poemas sobre niños o sobre animales. Al niño de la poesía, tanto o más que la letra, le gusta la música. Y en la letra le gustan los coloristas disparates, los absurdos, los sustos. Nada menos de su gusto que las algodonosas nostalgias adultas de los días de infancia.
En Poesía para niños de 4 a 120 años hay efectivamente poesía para niños de todas las edades. Pero hay que encontrarla. Los complacientes antólogos –si se incluyen a sí mismos a qué amigo iban a dejar fuera— no nos facilitan demasiado el trabajo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Isabel Escudero: De todos y de nadie


Isabel Escudero
Nunca se sabe
Pre-Textos, Valencia, 2010


La poesía popular ha inspirado mucha gran poesía: recordemos, por citar solo un ejemplo, a los hermanos Machado, hijos de uno de los primeros folcloristas españoles, Antonio Machado y Álvarez. Los poemas de Isabel Escudero –los de su último libro, los de todos sus libros—s indica la nota preliminar, “en los juegos de sabias polimetrías, asonancias y otros trucos que de la poesía anónima nos han quedado”. Siguiendo a su maestro y mentor, Agustín García Calvo, considera que el pueblo, “al no ser nadie, es el solo dueño de la lengua viva”.
Lo que Isabel Escudero considera “el pueblo” –término ambiguo y confuso donde los haya— es la sociedad rural extremeña en que vivió su infancia. Las coplas, los cantes y los dichos que oyó entonces resuenan continuamente en sus versos. El uso y abuso del diminutivo remite quizá a lo que de infancia recuperada hay en estos poemas: “Niñez lejana: / de chiquita que era / hoy me llena la casa”.
Pero no solo hay neopopularismo (a ratos un tanto artificioso) en Nunca se sabe. Una de las secciones del libro se titula “Farolillos y candiles” y la breve nota que lo explica sirve para aclarar tres de las cuatro direcciones en que se mueve el libro: “Los farolillos son coplas breves con cierto carácter oriental que recuerdan en tono y tema a los haikus, pero en variantes acopladas de rimas generalmente asonante y las medidas de nuestras coplas tradicionales. Los candiles, coplas breves de corte andaluz que recuerdan a las de los varios palos del flamenco; y otras veces a coplas y sentencias castellanas al estilo de Dom Sem Tob”.
Ejemplos de “farolillos”: “Pradera blanca: / la vaca con su aliento / deslíe la escarcha”, “Calentura del ocaso ardiendo / entre las ramas / del saúco enfermo”. Ejemplares resultan las versiones propias de haikus clásicos, como los de Issa Kobayasi: “Viejo y soltero: / por el roto de mi manta / se cuela febrero”, “Con el deshielo / un río de niños / inundó un pueblo”. Isabel Escudero, como antes hicieron los poetas de los años veinte, adapta el haiku a la tradición española, sin tratar de mimetizar unas fórmulas métricas y expresivas. No es extraño por eso que algún presunto haiku de Issa remita más bien a García Lorca. “El jilguerillo / para herir al sol / trina amarillo”, escribe Isabel Escudero; y Lorca: “Escucha el débil trino / amarillo / del canario”.
No faltan las adivinanzas en esta, a veces solo presunta, recreación de la poesía popular: “Dos cosas tengo yo / que no costaron un céntimo: / una es negra y va por fuera, / otra blanca y está dentro: / una la perderé un día / y con ella yo me pierdo, / y entonces será la otra / la sola cosa que os dejo”. La solución viene indicada al final: se trata de la sombra y el esqueleto. Algunas de estas adivinanzas, concisamente memorables, merecían hacerse populares: “Ni sale / ni entra; / se mueve / y está quieta”, “¿Cómo se llama este juego / que solo por jugar / ya pierdo?”.
Dos secciones del libro interrumpen esta sucesión, a ratos un tanto monótona, de formas breves: “Flor de vejez” y “De las mujeres”. La primera comienza con una recreación de “Anímula vágula, blándula…”, el famoso poema atribuido al emperador Adriano: “Seas tú, almita mía, / como flor del azafrán, / tan poca cosa, que apenas / a ras de tierra naces, / en manos de mujeres / te deshaces. / No sepas tú cuánto sabor / deja tu huella / donde quiera que desmenuzándote / te me mueras”. No es el único caso en que se recrea un poema ajeno. “Los ojos de las rosas” ofrece una versión, menos afortunada que el original, del cernudiano “Los espinos”: “Verdor nuevo los espinos / tienen ya por la colina, / toda de púrpura y nieve / en el aire estremecida. / Cuántos ciclos florecidos / les has visto; aunque a la cita / ellos serán siempre fieles, / tú no lo serás un día”. El poema de Isabel Escudero, deliberadamente menos rotundo, como deshilachado, dice así: “Mira otra vez el rosal florido, / abiertos ya los ojos de las rosas / que te miran ahí pasmada. / Habrá un día en que faltes a la cita, / y ellos ahí seguirán abriéndose / sin ti, los ojos de las rosas”. Al Antonio Machado de Soledades se remite –a veces con la explicita inclusión de algún verso: “¿Y ha de morir conmigo…?”— en otros casos. De fantasmas y de muertos familiares y de la muerte que acecha hablan estos poemas doloridos y en voz bajan que en ocasiones no dudan en bordear la falacia patética ni desdeñan el toque costumbrista.
“De las mujeres” comienza con un homenaje a Safo (“Safó” escribe ella siguiendo la pedantería de su maestro) y, aparte de bien humoradas muestras de poesía erótica (“Le alzó las faldas / para tocar el misterio, / pero el misterio / dejó unas plumitas / y alzó el vuelo”), incluye una “Guirnalda de flores y frutas” que no habría desdeñado firmar alguno de los poetas de la Antología palatina.
Como un centón inagotable este Nunca se sabe de Isabel Escudero, que no escasea en trivialidades, excesivas familiaridades y algún ternurismo prescindible, pero que casi en cada página nos ofrece un hallazgo memorable, una punzante, dolorida maravilla. ¿Habría sido mejor que la autora filtrara críticamente las “coplas, versos, proverbios, acertijos o canciones que se le escapan a rachas al menor tropiezo”? Tal vez sí. Pero corríamos el riesgo de dejar fuera, entre las piedrecillas, algún diamante. Nunca se sabe.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Charles Simic: Las calles y los libros


Charles Simic
Una mosca en la sopa
Vaso Roto Ediciones, Madrid-México, 2010
Traducción de Jaime Blasco



En una ciudad en guerra transcurre la infancia de Charles Simic. Su primer recuerdo coincide precisamente con un bombardeo: “El 6 de abril de 1941, cuando tenía tres años, cayó una bomba en el edificio de enfrente a las cinco de la mañana y provocó un incendio. Belgrado, mi ciudad natal, tiene el dudoso privilegio de haber sido bombardeada por los nazis en 1941, por los aliados en 1944 y por la OTAN en 1999”.
Como para los poetas españoles del cincuenta, para Simic una infancia vivida durante la guerra, incluso durante la más cruel de las guerras, puede no ser la peor de las infancias: “Era completamente feliz. Mis amigos y yo teníamos muchas cosas que hacer durante el día y tiempo de sobra para hacerlas. No había colegio y nuestros padres estaban ocupados o sencillamente no estaban. Vagábamos por el barrio, trepábamos por las ruinas y supervisábamos el trabajo de los rusos y de nuestros partisanos. Todavía quedaba algún francotirador alemán aquí y allá. Cuando oíamos disparos echábamos a correr. Había equipamiento militar por todas partes. Las pistolas habían desaparecido, pero quedaban otras cosas. Me hice con un casco alemán. Llevaba cartucheras vacías. Tenía una bayoneta”.
Charles Simic cuenta cómo se hizo poeta y cómo se hizo americano (“una patria se elige”) con humor y sin patetismo alguno, aunque no falten en su vida los episodios patéticos. El título que da a sus memorias, Una mosca en la sopa, tan poco convencional, ejemplifica bien una concepción de la literatura que no quiere condescender demasiado con lo que habitualmente se entiende por literatura. El editor de una de las revistas a las que enviaba sus primeros poemas, se los rechazó con una nota en la que decía: “Querido señor Simic, es obvio que es usted un joven inteligente. ¿Por qué pierde el tiempo escribiendo sobre cerdos y cucarachas?”.
Sobre cerdos y cucarachas, y sobre muchas otras cosas, escribe Simic en estas memorias, donde los sueños tienen tanta importancia como lo que convencionalmente se entiende por realidad.
Acierta al ensayar distintas técnicas, al no pretender darle unidad formal a la obra. Tras un primer capítulo reflexivo, el segundo toma como pretexto una fotografía, que se reproduce, de su padre “vestido de esmoquin con un lechón debajo del brazo”. Lo que sigue es un relato de apenas dos páginas en el que se entrelazan costumbrismo y surrealismo. Se nota que el autor ha sentido la tentación de redondear la anécdota, de hacer ficción a partir de pequeños detalles exactos. No es lo más frecuente. A menudo los capítulos se fragmentan en anécdotas, sueños, encuentros con personajes curiosos, y el lector adivina que podrían ser el germen de una historia y que el autor renuncia a desarrollarlos porque no quiere que sus memorias se conviertan en una novela de autoficción (aunque algo de eso tienen).
Uno de los capítulos reproduce el diario que llevó durante su estancia como policía militar, a principio de los años sesenta, en una pequeña localidad francesa. También escribió poemas entonces, nos dice, pero de los poemas se deshizo “hace mucho tiempo”. No tiene nada de extraño: la poesía, si no es gran poesía, envejece peor que la prosa sin demasiadas pretensiones; algo semejante ocurre con la fotografía artística y la meramente documental.
“La tristeza y la buena comida son incompatibles”, comienza otro de los capítulos, donde hace un recuento de algunos de los momentos felices que tuvieron que ver con la comida: “La mejor conversación es la que se celebra en torno a una mesa. La poesía y la sabiduría son meros acompañamientos. Las auténticas musas son los cocineros”.
De literatura, de religión, de política se habla en este libro. También de presentimientos y de sueños. Y se hace con sensatez, sin generalizaciones abusivas, sin acentuar un anticomunismo que no necesita ser subrayado. A algunos lectores les interesará conocer las lecturas que llevaron a Simic a ser el poeta que es (curiosamente el libro decisivo en su formación fue una antología de poetas latinoamericanos), pero para la mayoría los pasajes más interesantes son aquellos en los que aparecen los personajes de su familia, comenzando por el padre, un culto y seductor tarambana.
Muy precisos resultan los retratos del París en que su familia se refugió antes de lograr llegar a Estados Unidos, o de Chicago, “el mercadillo de todas las contradicciones que América podía ofrecer”.
“Mis mejores maestros, tanto en arte como en literatura, fueron las calles por las que vagué”, afirma. Las calles y los libros: “No sería demasiado exagerado afirmar que no soltaba los libros ni para mear. Leía hasta quedarme dormido y seguí leyendo cuando me despertaba. Leía en el trabajo, con el libro escondido entre los papeles de la mesa o en un cajón entreabierto. Leía de todo, desde Platón a Mickey Spillane. Creo que me enterrarán con un libro en la mano. Puede que el más apropiado sea El libro tibetano de los muertos, pero preferiría cualquier manual de sexualidad o los poemas de Emily Dickinson”.
“A estas alturas del siglo la historia de mi vida no parece tener nada de particular”, comienza. Si quiere decir que hubo quienes lo pasaron peor y no tuvieron un final feliz, tiene toda la razón. Pero pocas vidas tan particulares como la suya y tan divertida, disparatada e inteligentemente contadas.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Agustín de Foxá: Pirotecnia, fascismo y magia


Agustín de Foxá
Nostalgia, intimidad y aristocracia
Fundación Banco Santander, Madrid, 2010
Introducción y selección de Jordi Amat



Alrededor de la obra de Agustín de Foxá corren algunas leyendas. La principal, que sus ideas políticas le han condenado al olvido y a la marginación. Pero Foxá, que conoció el éxito en vida y luego el habitual período de purgatorio, siempre ha contado con defensores y los más apasionados no han solido encontrarse entre sus compañeros de ideología. Cierto que nunca nadie le ha colocado a la altura de Valle-Inclán o de Lorca, pero es que él no era Valle-Inclán ni Lorca, sin que eso suponga restarle mérito alguno.
La fama le llegó cuando puso toda la pirotecnia fastuosa de su estilo al servicio de la causa franquista, con la que tras la victoria mantendría ciertas distancias. Fue todo un personaje: las anécdotas que se cuentan de él, ciertas o apócrifas, llenarían un volumen. No falta quien piense que, como Oscar Wilde, puso el talento en su obra y el genio en su vida.
Madrid de corte a checa, su título más famoso, no es una gran novela, aunque sí una buena novela, espléndida en la primera parte, lastrada por el maniqueísmo cuando se convierte en un arma más de los sublevados contra la República.
Sus poemas, siempre de espléndida retórica neomodernista, a veces dan la sensación de haber nacido viejos, pero nunca pierden su encanto, especialmente cuando se llenan de enfermiza nostalgia por un tiempo pasado que quizá no ha existido nunca.
A mediados de los años cuarenta –cuando el escritor está a punto de cumplir cuarenta años— de los varios Foxá que había en Foxá solo parece quedar vivo el articulista. “Si algo he hecho literariamente, creo que ha consistido en llevar la poesía al periodismo”, declaró alguna vez. Y no hay artículo suyo, por mucho que discrepemos de las ideas que manifiesta, que no nos admire, que no sea una pequeña obra maestra.
El conservador Foxá, el defensor de los valores tradicionales, fue un personaje que nada tenía de convencional. Su amigo Curzio Malaparte lo reflejó de magistral manera en Kaputt: ahí le vemos gozoso, hedonista, ingenioso y maledicente, tan a gusto en medio de la Rusia arrasada por los nazis como si estuviera en una fiesta mundana. “Desayunamos en el antiguo Centro Judío –nos dice en uno de sus artículos—. Y aún queda algo de la tristeza errante de Israel por estas salas desnudas”. No podía ignorar Foxá, que había escrito bellas páginas sobre los sefarditas, donde estaban en aquel momento los judíos que antes poblaban aquellas salas, pero eso no le impedía beber y reír con quienes los estaban exterminando.
En los últimos años de su vida –como escribe Marino Gómez Santos— “la tristeza romántica se había tornado en amargura, tomaba una actitud radical debido a la vida sentimental que no le fue propicia y se desahogaba escribiendo poesía satírica, anónima, como un libelista quevedesco”.
Algo –bastante— de escritor frustrado hay en Foxá. “¿Qué ha quedado de su curiosidad selectiva para lo abultado, abigarrado, terrible, inefable o grotesco en su obra literaria?”, se preguntaba Dionisio Ridruejo, que lo trató casi cotidianamente en los días de la guerra. Y se responde: “Yo diría que poco: algún trasunto casi venal, más efectista que revelador. Lo más de todo aquello quedó en el cuaderno secreto y en las conversaciones de sobremesa. Quedó en anotación bruta o en anécdota impresionante”.
Jordi Amat, con muy buen criterio, ha decidido en Nostalgia, intimidad y aristocracia seleccionar parte de la obra menos conocida de Foxá. Comienza con una artificiosa, seductora maravilla, Cui-Ping-Sing, teatro en verso que se lee como una antología de la poesía clásica china. Qué extraño debió resultar, en la España en guerra, escuchar sobre el escenario a personajes que se expresan de la siguiente manera: “Al ojo de las garzas / sube la niebla espesa del otoño. / Escucha / qué desgarrado el grito / de los faisanes / entre hojas amarillas y el vaho de los corzos. / La luz anaranjada / sobre las verdes tejas de las torres. / ¡Qué cansado el crepúsculo / del mes del viento y del dragón! / Cómo envejece el alma… / Estoy triste, Hoang-Ti, como el otoño”.
Tras ese regalo para nostálgicos, viene una sección que Jordi Amat titula “Papeles personales” y que constituirá una sorpresa para muchos lectores. Entremezcla en ella –con discutible criterio— cartas familiares y apuntes de diario. A veces da la impresión de que Jordi Amat –siguiendo quizá el ejemplo de Jordi Gracia, en esta misma colección, a propósito de Ridruejo— pretende crear un libro propio barajando los escritos de Foxá: en el capítulo “Muerte de Alfonso XIII en Roma (1941)” (el título, como todos, aunque no se indique, es de Amat) a continuación de varias cartas se añaden, sin clara separación, unas notas de diario. Más respetuoso, y de mayor interés para los lectores, habría sido publicar los diarios completos, que a ratos parecen meras anotaciones de agenda, pero que contienen miniaturas prodigiosas, algunos de los momentos más secretamente felices de la prosa de Foxá.
Las cartas a los padres y hermanos tienen poco que ver con las habituales cartas familiares; algunas de ellas parecen incluso el borrador de futuros artículos, pero a veces el borrador, en su inmediatez, le gana en eficacia al más repeinado artículo.
La breve sección de “Otras prosas”, que concluye el volumen, se justifica por la inclusión de “Viaje al frente del Ladoga”, que Foxá no quiso rescatar cuando reunió sus artículos en Un mundo sin melodía (1949). La razón parece clara: por esa fecha ya se había publicado en español el libro de Curzio Malaparte en el que Foxá aparecía diciendo cosas no demasiado agradables sobre la España franquista (la versión española había eliminado bastantes de esas inconveniencias). A Foxá no le convenía publicar unos artículos que recordaban que aquel libro, que se vendía como novela, era sobre todo un gran reportaje y que lo que de él contaban sus páginas tenía poco de ficción. “Me he ido a pasar la Pascua con Curzio Malaparte al frente de Leningrado”, comienzan unos artículos que sorprenden por su precisión esteticista: para Foxá la guerra, antes que nada, parecía ser un fascinante espectáculo.
El prólogo de Jordi Amat –bien documentado, con datos inéditos— añade valor a un volumen que reúne piezas dispersas de un escritor genial y amoral, que si a ratos nos indigna, siempre nos fascina.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Alejandro Bekes: Traducir, educar, mal editar


Alejandro Bekes
Lo intraducible. Ensayos sobre poesía y traducción
Pre-Textos,Valencia, 2010



Como una “silva de varia lección” que no excluye “el retozo humorístico, la discreta emoción, la poesía y la fábula”, define su último libro Alejandro Bekes. Pero también la “silva”, la miscelánea, la reunión de textos dispersos, tiene sus reglas y quien no las tiene en cuenta se arriesga a que el conjunto se le atragante al lector. Es lo que ocurre –me temo— con Lo intraducible, cuyo autor, sin embargo, es uno de los más destacados poetas argentinos contemporáneos, que además traduce con igual acierto a Virgilio o a Horacio que a Baudelaire o a Auden.
Un libro es como una conversación: ha de modularse de acuerdo con el oyente. Lo intraducible comienza con largos ensayos que quizá provienen de una conferencia o comunicación académica. Se leen como quien asiste a una tediosa clase y solo se salvan por los ejemplos, casi siempre admirables muestras poéticas, como el epitafio de Claudia, citado “en su arcaico latín, cuya ortografía milenaria parece dejarnos ver una lápida recién desenterrada, cubierta de musgo, en un costado de la Via Apia”, y traducido luego del más certero modo: “Huésped, poco te digo; detente y lee atento. / Ves la no hermosa tumba de una hermosa mujer. / Con el nombre de Claudia la nombraron sus padres. / De todo corazón a su marido ha amado. / Dio la vida a dos hijos. De ellos, a uno deja / sobre la tierra, al otro bajo la tierra lleva. / Era su sangre alegre y gracioso su andar. / Cuidó la casa. Hiló la lana. He dicho. Vete”.
Otro ejemplo: en los autos del proceso a Fray Luis de León encuentra una curiosa petición del poeta. Además de unos libros de devoción que se le encarguen a cierta monja y se le entreguen “unos polvos que ella solía hacer y enviarle para sus melancolías y pasiones del corazón”. Añade “que ella sola los sabe hacer”. Y el lector se queda con ganas de saber la fórmula de esos mágicos polvos.
El tono del libro cambia a partir del capítulo “Idea de poesía y poesía de ideas”. El profesor, el aplicado divulgador, es sustituido por el escritor que deja de lado las muletas académicas para apoyarse en el humor y en la poesía. Dialoga en el texto con un traductor de Horacio, el padre Tornes, quien señala en la introducción a sus versiones que “las profundas o grandes teorías que se atribuyen a ciertos, ¿son, en realidad, algo más que simples verdades mal concebidas?”. Ese diálogo –platónico por el fondo y por la forma— ya se dirige al lector culto, no al estudiante que ha de desarrollar un tema.
El resto del libro es también, muy a menudo, una fiesta de la inteligencia. Hay tres secciones de textos breves —“El error del otro”, “Inmortales mortales”, “Aula abierta”— donde demuestra haber aprendido la lección del machadiano Juan de Mairena y también la de Borges, sobre quien se vuelve una y otra vez.
Los “Esbozos para el epílogo de un libro imposible” reúnen una serie de aforismos: “No podrás escribir nada cierto hasta que todo lo que viviste se haya convertido en leyenda. Hasta que toda tu vida se te aparezca, como a través de la niebla, imposible y real”.
Los aforismos de Alejandro Bekes no condescienden con el ingenio ni con la greguería. En “Aphorismata pavca” —otra serie de ellos— leemos: “Todo aprendizaje es siempre el mismo aprendizaje: aprender que no sabemos lo que creíamos saber”.
En algún capítulo la crítica literaria se hace autobiografía. Memorables resultan las páginas dedicadas a La amada inmóvil, de Amado Nervo, un tiempo tan aplaudido y leído. El juicio acaba siendo demoledor: “versos modernistas, que acusan un despreocupado influjo francés, pero sin el supremo rigor artesanal de un Lugones y sin la certera conquista expresiva de un Darío; versos, en inquietante proporción, y para decirlo de una vez por todas, bastante malos”. Hay, sin embargo, un temblor y una inquietud humana –demasiado humana— que salvan el libro, y una lectura temprana que lo convierten en carne de nuestra propia carne. La literatura tiene esos misterios.
No solo de literatura se habla en este libro que se oculta tras un primer centenar de páginas fatigosamente prescindibles. “El contacto intelectual” trata de la grandeza y de las miserias de la educación en el mundo contemporáneo. El ensayo adopta la forma de un diálogo entre amigos. “El contrato pedagógico está roto –afirma Alejandro Bekes, que deja de ser el autor para convertirse en personaje—. Los alumnos parecen tener poco interés en aprender y menos en estudiar. Es raro advertir en alguno el goce de entender y la pasión de descubrir”. Siguen todos los tópicos que hemos escuchado tantas veces: “Antes, cualquiera sentía vergüenza de no haber leído a Sartre o de no saber en que año tuvo lugar el combate de San Lorenzo; ahora la gente, aleccionada por los modelos televisivos, se jacta de la propia ignorancia”.
Pero uno de los interlocutores, acierta a darle una vuelta al tópico: no es que los alumnos no tengan ningún interés en aprender, sino que buena parte de lo que se les enseña –en lengua, en literatura, y no solo— carece, si bien se mira, del menor interés. Como buena parte de lo que se publica. Conviene no dar por sentado que aquello de lo que hablamos o sobre lo que escribimos es de interés universal.
Las divagaciones teóricas sobre la posibilidad o imposibilidad de la traducción tienen tan escaso interés como las elucubraciones más o menos metafísicas sobre si Aquiles alcanzará o no a la tortuga. Sabemos que la alcanzará, sabemos que traducir es posible, aunque no fácil: pasemos a otra cosa, dejemos de marear la perdiz o la tortuga.
Alejandro Bekes tarda más de la cuenta en cambiar de tono. Y por eso la mayoría de los lectores hedónicos, de los aficionados a la literatura y el pensamiento, dejarán de lado este libro, que merece una reedición corregida y disminuida a cargo de un buen editor (no me refiero al editor comercial). Sin la labor del editor, tan invisible y desdeñada como imprescindible, un libro no es un verdadero libro, sino un conjunto de páginas diversas y dispersas encuadernadas en forma de libro.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Martín López-Vega: Amor, viajes y literatura


Martín López-Vega
Adulto extranjero
DVD Ediciones, Barcelona, 2010.



Decía Juan Ramón Jiménez que los poemas de Cernuda parecían traducidos del inglés. “Lo malo es que él no sabe inglés”, añadía. Los poemas de Martín López-Vega no parecen traducidos del inglés, sino del polaco o del esloveno, pero ese alejamiento de la música tradicional del verso español no responde a una limitación, sino que responde a su concepción de la poesía.
“Vas de ciudad en ciudad, / de idioma en idioma, / de amor verdadero en amor verdadero”, escribe en el poema que da título a su último libro. Poesía de la errabundia física y sentimental la suya, poesía en la que alternan humor y patetismo, notas experienciales y elucubraciones más o menos metafísicas.
El humor es asunto delicado, en poesía como en la vida; las elucubraciones trascendentales no lo son menos. “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo” titula López-Vega uno de sus poemas. Un grupo de amigos, reunidos en un jardín, beben y filosofan sobre la existencia humana. “Después de la tercera caipirinha” a alguien se le ocurre la siguiente idea genial: “¿Y si encontrásemos / la forma de esterilizar a todos los hombres del planeta, / eliminando así la posibilidad de generaciones futuras, / liberándonos de ese modo de la responsabilidad / de salvaguardar o mejorar para ellos cultura, / tradiciones, medioambiente, etc, / y nos entregásemos a la decadencia definitiva / del Imperio Romano, a gozar sin ninguna clase / de remordimiento? Loca, falo, clítoris, / cacoesis, heces, feto, útero. ¡Rimbaud!”. Pero si dejan de nacer niños, si dejamos de preocuparnos por las generaciones futuras (por el calentamiento global del planeta, etc.), no por eso desaparecerían los remordimientos y así podríamos entregarnos a una orgía perpetua (menuda orgía aquella en que los más jóvenes tienen sesenta años y no pueden ni siquiera pensar en la jubilación sino en atender a los que han cumplido más de ochenta años). Esa etílica idea de acabar el mundo por el suicidio lento de la especie no posibilita convertir la vida en una continua fiesta, sino en todo lo contrario.
No faltará quien diga que no es esta manera de leer un poema, que pretende ser eso, un poema y no un ensayo. Es posible que tenga razón. Como tampoco faltará a quien le parecerá un acierto incluir en un poema de amor versos como los siguientes: “Hay ciudades compartidas y rincones / solo de los dos, pocos, es cierto, pero ahí están, / y luego está tu forma de darle vuelta a todas las cosas, / sin olvidar tu manera de chupármela / como una muñequita manga / ni tu comprensión de todas mis incomprensiones”.
Julián Rodríguez, en la nota de contraportada, escribe que Martín López-Vega es “un doble poeta” que ha ido haciendo su poesía “por dos senderos paralelos”. Como si se avergonzara de su inicial poesía que hablaba de los ritos y los mitos de la infancia, de las melancolías y asombros ante la gozosa variedad del mundo, ha pretendido ser un poeta borrosamente rupturista, ingenuamente metafísico, esforzadamente ajeno a endecasílabos y cernudismos. Uno de sus libros en esa dirección, Extracción de la piedra de la cordura, constituye para Julián Rodríguez –excelente editor y narrador profusamente minimalista— no solo “uno de los mejores libros de su generación”, sino “uno de los poemarios fundamentales del cambio de siglo”. Respetable opinión, que no rebatiré. Me limito a hojear de nuevo ese libro y luego a meditar con escepticismo sobre lo difícil que resulta formular un juicio estético con alguna probabilidad de acierto.
Que Martín López-Vega sigue siendo el poeta verdadero que admiramos desde sus iniciales Travesías lo demuestran media docena de poemas de este libro (exactamente media docena). A “Última lección”, que esquiva con elegancia cualquier incursión en la falacia patética (pero que muchos no podrán leer sin lágrimas), resulta fácil profetizarle una perpetua permanencia en las antologías y en la memoria de los lectores. De las muchas “albadas” –se titulen o no se titulen así— que hay en Adulto extranjero, yo me quedaría con “Piazza della Scala”, uno de los poemas incluidos en “SPQR”, suite amorosa ambientada en escenarios romanos. De la misma serie, también destacaría el poema inicial, “Torre Stefaneschi”.
Martín López-Vega acierta cuando se olvida de que tiene que ser un poeta chocante y distinto, representante de una generación que va más allá de la poesía de la experiencia o de cualquiera de esos tópicos periodísticos o didácticos que algunos confunden con la crítica literaria. Un sobrio y exacto retrato urbano encontramos en “D. F.”, sobre la ciudad de México. Al juanramoniano apunte lírico de “Varnatt i Hagen” –“el último rayo de sol / bebiendo a escondidas en un charco, / como un ciervo dorado, / intocable, / creíble promesa de eternidad”— le sobran quizá el título y el último verso.
Muchos de los poemas más característicos de López-Vega parecen apuntes de diario, parten de una anécdota que muy bien podría ser contada en prosa, mencionan amigos y circunstancias concretas (a veces aclaradas en la nota final). En Adulto extranjero ejemplifican ese tipo de textos “Contra el sentido” (mientras se baña de madrugada con una amiga en un playa de Barcelona les roban la ropa y han de andar desnudos por las calles de la ciudad en busca de una cabina telefónica) o “Mediodía de Ferrara” (visita con un amigo a esa ciudad italiana en la que se siente “por fin en casa, / como si fuese este el puerto que esperábamos / para empezar la vida que querríamos…”). No siempre se consigue convertir la anécdota en categoría (tal vez ni siquiera se pretende), pero siempre se leen con agrado esos versos llenos de pequeños detalles exactos.
Da la impresión de que a Martín López-Vega su intuición poética le lleva por un lado y sus ideas sobre la poesía por otro. Aparte de mayores o menores aciertos, en su poesía hay texturas diferentes. Por eso resulta difícil, si no imposible, aceptar Adulto extranjero en su totalidad. Unos lectores eliminarían la mitad de los textos, otros la otra mitad. Yo me quedo con seis poemas que podrían añadirse a cualquier antología de la poesía española. No es poca cosecha.

jueves, 18 de noviembre de 2010

José García-Vela: Un hilo blanco de melancolía


José García-Vela
Hogares humildes (Obra poética)
Renacimiento, Sevilla, 2010
Edición y prólogo de Manuel Neila


El poeta asturiano José García-Vela era, hasta la fecha, poco más que un nombre en el índice de algunas antologías, una minúscula nota a pie de página en la historia del modernismo. Había publicado un único libro en 1909; el reconocimiento comienza a llegarle cuando la revista Mundial Magazine, que dirigía Rubén Darío en París premia un relato suyo, pero él no pudo conocer la noticia porque había muerto unos días antes, el 9 de junio de 1913. Tenía veintisiete años.
Solo ahora, gracias a la labor ejemplar de Manuel Neila, podemos conocer su poesía completa: Hogares humildes, aquel inencontrable libro de 1909, y Las huellas de los muertos, una obra inédita de la que se tenía noticia, pero que hasta el momento nadie –salvo quizá José María Martínez Cachero, que más de una vez se refirió a ella— había tenido ocasión de leer.
Manuel Neila resume en el prólogo las escasas noticias biográficas que de José García-Vela (hermano de Fernando Vela, el secretario de la Revista de Occidente) podemos disponer; sitúa su obra en el tiempo (reacción contra el exotismo y el decorativismo modernistas); compendia sus características, y nos ofrece limpiamente los poemas, sin notas a pie de páginas, sin pretender una edición crítica, que a menudo es la peor de las ediciones: la que continuamente nos interrumpe la lectura del texto para señalarnos antiguas erratas y torpes borradores.
Cumplido su trabajo, el editor se retira y nos deja ante los versos de García-Vela, elegantemente dispuestos en la página. La primera impresión –conviene reconocerlo para no engañar a los lectores— es que no han envejecido bien, que valen para el estudioso de la literatura pero no para el borgiano lector hedónico. Las flores del bien tituló José María Pemán uno de sus libros y podía titularse la obra completa de García-Vela. Pero las flores del bien suelen funcionar peor que baudelaireanas flores del mal.
El mismo año que García-Vela publica sus Hogares humildes aparece la primera edición de El mal poema, de Manuel Machado. En ambos casos hay una incursión en el prosaísmo, un volver la espalda a las princesas y los cisnes del primer Darío. Pero la reacción es totalmente distinta: Machado habla de prostitutas y de madrugadas etílicas, de bohemia y marginalidad; García-Vela comienza su libro con estos versos: “Esposa, dulce esposa, amante y buena, / Dios te bendiga como te bendigo: / eres casera y santa como el trigo, / como el casero aroma de la cena”.
En una primera impresión podríamos pensar que a García-Vela, como poeta, le sobró humildad (el adjetivo “humilde” lo repite hasta la saciedad: “en la blancura de la humilde mesa”, “como la sombra de la humilde estancia”) y le faltó audacia imaginativa y expresiva. Simpatizamos de inmediato con el personaje, pero los versos resultan en exceso bien intencionados y grises.
Ciertamente, la bondad no es un fácil condimento literario. Una buena persona, honesta y trabajadora, puede ser un excelente vecino, pero un aburrido protagonista de novela.
Pero si seguimos leyendo, si no nos echan atrás los adjetivos gastados, el constante recurso al patetismo, pronto nos ganará el encanto de estos versos que nos hablan de la felicidad del hogar, del regreso a la casa de la infancia tras la aventura americana (García-Vela emigró a Chile, donde había nacido su madre, en 1905), de su ciudad provinciana (a la que llama Vetusta, como homenaje a Clarín): “Surgió la luna en el azul del cielo. / Hubo luces de lago y de cristal. / Un ave negra dirigió su vuelo / hacia la torre de la Catedral. / Era el misterio en la ciudad. Caía / desde la blanca luna, gota a gota, / un hilo blanco de melancolía…”
José García-Vela era un poeta de verdad, no un versificador epigonal, ciertamente, pero no tuvo tiempo de ser un gran poeta. Incluso el precoz Juan Ramón Jiménez no pasaría de figura secundaria del modernismo si hubiera muerto a su edad (y Pedro Salinas o Jorge Guillén ni siquiera habrían publicado libro).
¿Significa eso que ha sido un trabajo benemérito e inútil rescatarlo del olvido? En absoluto. No solo las figuras mayores hacen una literatura; son necesarios además los buenos secundarios, que le den fondo y consistencia.
Abundan los versos de heridora melancolía en la obra de García-Vela: “¿No habéis sentido nunca la tristeza infinita / de estas humildes casas donde no suena un ruido?”. Uno de los poemas suyos que yo prefiero se titula “Azul”, como el libro de Darío, y nos habla de un viaje y de un puerto desconocido: “Amanece un azul, un extranjero día. / Acaba de llegar el barco a esta bahía / dormida, y silenciosa, y muda, que parece / un lago muerto, un lago ignorado. Amanece”. Entre gastados ecos neorrománticos, se atisba el poeta distinto y nuevo que pudo llegar a ser: “Estoy sintiendo un alma que no es mía”. Pero no pudo ser.