lunes, 25 de marzo de 2013

Con otros ojos


Francisco Alba
Masa crítica
Vaso Roto. Madrid-México, 2013


Ennio Flaiano, que fue guionista de las mejores películas de Fellini, publicó en 1960 un libro que sería largamente imitado: Un marciano en Roma, el absurdo y la comicidad de nuestro mundo puestos de relieve por alguien venido de otro planeta.
            Esa es la primera impresión que tenemos al leer muchos de los poemas de Masa crítica. Quien nos habla parece no distinguir entre publicidad y metafísica, alta cultura y basura televisiva. Todo lo coloca al mismo nivel, como en el collage “Epílogo”, que comienza con “fumar mata”, sigue con una célebre cita de Keats (“a things of beauty is a joy for ever”) y continúa con un “menú del día” (“1º ensaladilla o lentejas, 2º filete de ternera o lenguado”) y frases famosas, expresiones cotidianas, esloganes publicitarios o políticos, números de teléfono, para terminar con el título de una canción de los Rolling Stones: “I can’t get no satisfaction”. Lo mismo ocurre con las citas, greguerías o humoradas de “Noticias”(“En Irán no hay homosexuales”, “¿Cómo se orientan a la Meca los astronautas musulmanes que están en órbita?”, “Nos arrojan al mundo, dijo un nazi”).
            La realidad vista por un alienígena o hecha pedazos y luego tratada de reconstruir en el laboratorio poético creando un monstruo con piezas dispares. “¡Oh Media Markt! ¡Oh gloria de los Medici!”, leemos en el poema “Sacra conversazione”, en el que también se nos habla “del Anticristo y del dolor de muelas”.
            Abundan las referencias culturales, las citas en otros idiomas, a menudo fuera de contexto. El poema “Egoísta” comienza como el monólogo de un marginal: “Para poder comer cargo cartones. / Negocio con chatarra. / Prendo hogueras en la escombrera”. Pero luego resulta que usa como conjuros “sonidos de la ciencia”. Por ejemplo, para “el mal de ojo”, Über den anschaulichen Inhalt der / quantentheoretischen Kinematik und Mechanik, que es el título de un folleto que Heisemberg publicó en 1927 y en el que enuncia el principio de incertidumbre. Para el dolor de muelas el chatarrero prefiere Quantisierung als Eigenwertproblem, obra de uno de los creadores de la física cuántica, Schorödingen.
            ¿Culturalismo irónico? Sin duda. ¿Humor absurdo? Indudablemente. Los poemas de Francisco Alba juegan a descolocar al lector, que nunca puede estar seguro de cuando habla en broma o cuando en serio.
            De lo que no cabe duda es de su interés por la ciencia. La numeración binaria es el tema de su “Scherzo”: “Uno y cero son vecinos naturales. / No son tipos raros como el número e / o la raíz cuadrada de menos uno. / No arrastran una cola de decimales / novias que tiran del vestido nupcial”.
            También resulta evidente su gusto (tan característico de la estética novísima) por las citas implícitas: los “paganos tristes del tiempo de la decadencia” de un poema nos remiten a Pessoa, y a Cernuda, a su “Elegía española”, los versos de otro poema: “¿Grecia? –dijo alguien– Un nombre. / Grecia ha muerto”. El poema en que se aparece esta última referencia se titula “Balada de los ahorcados”, como el famoso de François Villon, e incluye –sin citar autor– versos suyos (“Frères humains qui après nous vivez / n’ayez les coeurs contre nous endurcis”), de Rimbaud (“Je regrette l’Europe aux anciens parapets!”) y de un famoso lamento del Tristán e Isolda: “Mild und leise wie er lächelt / wie das Auge hold er öffnet”.
            Irónica pedantería que contrasta con la parodia de alguna popular canción (“Esta tristeza que tengo / por haber venido al mundo / que Kierkegaard me la explique / porque yo no la comprendo”) y con las constantes “rupturas de sistema” (para utilizar la terminología de Carlos Bousoño): “Así desaparecieron mis llaves y el oráculo de Delfos”, termina el poema “Desapariciones”; mientras que los versos finales de “Madera de huesos” son los siguientes: “Enmudecimos de terror. / Se rasgó el velo del templo. / Olvidamos nuestras miserias terrenales. / Me apetecía mucho una cerveza”.
            La poesía de Francisco Alba es una rara avis en la poesía española contemporánea. Es la poesía de alguien que no entiende el mundo en que vive, que busca respuestas en la ciencia y en la filosofía y no acaba de encontrarlas, que trata de disimular con humor su rabia y su mal humor, que a menudo se refugia en el absurdo bajo la apariencia de una anécdota realista (léanse los textos en prosa “Triunfador” o “Anónimo”).
            Un libro, Masa crítica, tan desconcertante y desasosegante como enriquecedor. Destaco algunos poemas: “Happy Few” parodia los programas de telerrealidad  (“En el centenario de la toma de Granada / arrojamos vivos a los críos a la Conferencia Episcopal”); “Elegía”, memoria de infancia, donde, muy en su estilo, al orbayo asturiano se le define con palabras de Dante: “esa llovizna / eterna, maladetta, fredda e greve”;  “Euforia”, un poema viajero que nos lleva de Roma a Turín (y que poco tiene que ver con los convencionales poemas viajeros); “Séneca”, que comienza con la irónica pedantería marca de la casa: “Soy el parakoimomenos”, y donde el filósofo de la virtud –que no fue especialmente virtuoso– observa la decadencia moral del mundo contemporáneo (tan semejante al suyo), o “Contemplación”, un poema que canta la belleza del paisaje (“Si el macizo de Ubiña fuera música / sería la novena de Antón Bruckner”) y que continúan anunciando su destrucción y su explotación publicitaria.
            Pero son muchos los poemas memorables, aunque a menudo hay que insistir para que nos descubran sus secretos (casi todos se resisten a una primera lectura) y consultar cada poco la Wikipedia. Pero vale la pena el esfuerzo.
Un poeta distinto. Leyéndole se ve la realidad con otros ojos. Como la vería un recién llegado de otro planeta que no supiera distinguir entre los himnos nazis (“Die Fahne hoch!”) y los villancicos, entre el amor y el horror.    

jueves, 14 de marzo de 2013

Criticar por criticar



Los buenos críticos son más escasos que los buenos poetas o los buenos novelistas, y los malos más abundantes.
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Nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica.
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Las historias de la literatura están llenas de libros injustamente recordados.
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Sin capacidad de entusiasmo no hay buen crítico; sin un punto de sadismo, tampoco.
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Destrozar de vez en cuando un libro mantiene en forma al crítico.
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Los libros aburridos suelen provocar las críticas más divertidas.
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A veces una reseña resiste mejor el paso del tiempo que el libro reseñado.
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En la crítica, como en cualquier arte, la mejor musa es el encargo.
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Un fracasado es el quien sigue escribiendo reseñas después de cumplir cuarenta años.
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Las reseñas no forman parte de la crítica sino de las relaciones públicas.
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Los buenos libros no necesitan manual de instrucciones; los malos, tampoco, salvo que quiera pasar por buenos.
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La peor prosa suele darse en las reseñas de poesía; el peor verso, en los libros de poesía.
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Un poeta mayor de treinta años que lea fundamentalmente poesía nunca escribirá nada que merezca la pena.
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Los malos poetas son los mejores humoristas involuntarios, si exceptuamos a sus prologuistas y reseñistas.
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Un autor estúpido nunca lo es tanto que no pueda llegar a recibir las mejores reseñas y a ser tenido en cuenta por los eruditos.
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Saber escribir sonetos no es imprescindible para ser poeta, salvo que se quiera escribir en verso libre.
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Un buen haiku está al alcance de cualquiera, salvo de la mayoría de los poetas que se dedican a escribir haikus.
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Las obras maestras se escriben en colaboración con toda la historia de la literatura; las obras mediocres solo con los autores que se han leído.
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Las obras maestras las terminan de escribir los críticos.
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Tener mucho tiempo para no hacer nada es la primera condición para ser poeta.
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Un buen poeta publica un poema de cada diez que escribe; un buen crítico comenta un libro de cada cien que lee.
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Para un crítico una opinión que no coincide con la suya es siempre una opinión equivocada; en esto demuestra que no se diferencia del resto de los seres humanos..
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Nada nos defrauda tanto como un buen libro de un autor que detestamos.
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El mal libro de un buen amigo puede provocar placeres inconfesables.
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Los malos libros llegan solos a la casa del crítico; los buenos a menudo ha de salir a buscarlos.
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La primera condición para ser un autor de éxito es hablar siempre bien de los críticos y no hacerles nunca ningún caso.
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Los elogios de los críticos son como las monedas de los distintos países, no todos tienen el mismo valor y algunos están completamente devaluados.
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“Si el sabio no aplaude, malo; / si el necio aplaude, peor”, dice la fabulilla de Iriarte. Los editores piensan otra cosa: el aplauso unánime de los necios compensa con creces cualquier reparo de los sabios.
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Destrozar con saña un libro de un autor muy conocido calma los nervios, y divierte a los lectores tanto como una buena pelea.
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Hay dos oficios a los que no debe dedicarse el apasionado por hacer justicia. Uno es el de crítico literario; el otro, el de juez.
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Quienes todavía no han aprendido a escribir tienen una extraña compulsión a escribir poemas. Quienes no han aprendido a leer, a escribir reseñas.
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Un perfecto caballero nunca podrá ser un gran escritor.
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Una mala persona puede ser cualquier cosa, salvo buena persona.
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Los buenos críticos nos ahorran la lectura de los malos libros; y a veces, incluso de los buenos.
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Leer mala literatura es perder el tiempo. Pero a veces se trata de una agradable manera de perder el tiempo.
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Los buenos críticos dicen lo que nosotros pensamos de los buenos libros, pero lo dicen mucho mejor.
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Hay críticos que miran por encima del hombro al autor reseñado mientras que otros se agachan para lustrarle los zapatos.
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El excesivo entusiasmo es casi siempre una falta de educación.
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El crítico, al contrario que el poeta, no puede comportarse como un niño malcriado.
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Si te dedicas a la crítica y no tienes enemigos, mejor dedícate a otra cosa.
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Todo crítico acaba cediendo a la tentación de escribir no de los libros que existen, sino de los que deberían existir.
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Si leer no es para ti una obligación, sino un placer, nunca serás un buen reseñista. Ni harás carrera como profesor de literatura.
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Hay quienes piensan que poetas y novelistas no son sino un mal necesario para que exista la crítica. Y yo a veces pienso que tienen razón.




martes, 12 de marzo de 2013

Miguel d’Ors: Carpintería y no sé qué


Miguel d’Ors
Átomos y galaxias
Renacimiento. Sevilla, 2013


Los lectores habituales de Miguel d’Ors, abrimos con cierto temor su último libro, el más extenso de los que lleva publicados. Lo más frecuente es que la abundancia de la producción juvenil vaya disminuyendo, incluso que se llegue al silencio poético décadas antes que al silencio vital. Claro que hay ejemplos de lo contrario, como el del exigente Jorge Guillén de Cántico metamorfoseado luego en el profuso autor de Final, pero no son ejemplos muy recomendables.
            Comenzamos a leer el centenar de poemas, ordenados alfabéticamente, de Átomos y galaxias con un cierto prejuicio. ¿Se tratará solo de un cuaderno de ejercicios en que entretiene sus ocios un profesor jubilado? Nos tememos lo peor, y eso acrecienta nuestro asombro.
            El mejor Miguel d’Ors está en estas páginas, que no quieren ser novedosas, pero que lo son de la más auténtica manera. Cierto que se trata de la obra de un minucioso artesano, que el libro ha sido escrito por alguien que conoce a la perfección su oficio y que quiere demostrar que la versificación tradicional –hay sonetos, décimas, romances, pareados alejandrinos de resonancia modernista– está lejos de haber agotado sus posibilidades. Cierto que es un cuaderno de ejercicios que puede dar mucho juego en cualquier taller literario. Igualmente cierto que está lleno de personales rasgos de estilo próximos al manierismo y que cualquier lector suyo reconoce de inmediato.
            Todo eso es cierto. Y sin embargo “el no qué” de que hablaba Feijoo (y que d’Ors glosa en uno de sus poemas) aparece con inusitada frecuencia, cuando menos lo esperamos. Lo traen la abubilla y el arrendajo, las numerosas aves que pueblan estos versos; el canto del mirlo que se escucha una y otra vez; la luz que ilumina de pronto los carballos tras los largos días oscuros; la nieve de las cumbres; los reiterados recuerdos de la infancia.
            Miguel d’Ors es un poeta paradójico. Nada le gusta más que darle la vuelta a un tema muy manido, que llenar de sorpresas e inventiva un lenguaje aparentemente prosaico y conversacional. La técnica, el artificio retórico está siempre en él al servicio de la emoción. O del humor.
            Sabe que no es posible ser sublime sin interrupción, y por eso de vez en cuando rebaja el tono y se permite alguna broma. En primer lugar, consigo mismo, quitándole las mayúsculas a su nombre y jugando a la autocompasión. La sátira social, y de la sociedad literaria, aparece también en este libro, aunque con menos frecuencia que en otros suyos. El lector aprecia más su ingenio juguetón, próximo a la greguería: el arco iris, nos dice al final de un poema, “es la cinta que la Naturaleza se pone en el pelo / después de haberse lavado la cabeza”; y en la décima “Avecedario” (la uve del título forma parte del juego) se califica a los gorriones como “la calderilla del cielo”.
            Momentos para la sonrisa, e incluso para el disentimiento (aunque menos que en otros libros suyos) hay en Átomos y galaxias, pero también –y sobre todo– para la emoción y la admiración. Pocos libros recientes (pocos libros en general) encontraremos con más poemas memorables, de esos que parecen escritos desde siempre y para siempre. Citaré algunos, aunque cada lector encontrará los suyos.
            El poema “Chet Baker” (“de esta trompeta salen niebla y noche”)  y “Winter Sky”, sobre la canción de ese título de Judy Collins (“cielo de invierno. / gran diamante estremecido / de misterios”).
            La poesía paisajística, la que Antonio Machado practicó en Campos de Castilla, alcanza cumbres poco frecuentadas por los poetas españoles –y nunca mejor dicho lo de “cumbres”– en “Laderas” y “Nieves”. En estos poemas demuestra Miguel d’Ors (y en otros como en el espléndido “Pan”) que es un maestro en el arte de la enumeración y en el uso de los pequeños detalles exactos; nada más lejano a su manera de entender la poesía que la sonora vaguedad o las nebulosas imprecisiones. Como el antepasado carpintero al que le dedica uno de los sonetos, “Francisco Lois”, d’Ors es un aplicado artesano, procura darles siempre un buen acabado a sus poemas, no dejar ningún cabo suelto, pero sabe que la poesía es algo más que artesanía, “ese no sé qué” que siempre es un regalo de no sabemos quién.
            Abundan los ecos en Átomos y galaxias, siempre deliberados. Al leer “Epitafio” (con su final anticlimático) recordamos los que escribió Manuel Machado (un poeta del que es uno de los primeros especialistas), pero eso no lo invalida, sino todo lo contrario: “No le tocaron buenas cartas, pero / no rehuyó la suerte que le cupo: / sin llantos ni protestas las jugó / todo lo bien que supo”.
            Miguel d’Ors no les teme a los temas más proclives al ternurismo o a la falacia patética. Dos poemas dedica a sus nietos. En uno, “Columpio”, juega al caligrama; en otro, “Olivia”, le da una vuelta de tuerca a uno de sus grandes obsesiones, el instante detenido en el poema y sin embargo fluyente y cambiante como cualquier tiempo. Otro poema, “Torla”, está dedicado a un perro; pocos habrá escritos con más gratitud y comprensiva inteligencia.
            No podían faltar los poemas religiosos, quizá menos confesionales en este que en otros libros, más atentos a reflejar el misterio del mundo que a defender una determinada ortodoxia. Uno de ellos, “Ritmos”, es un canto a la creación especialmente memorable.
            ¿Arte menor en muchos casos? Ciertamente, pero también poesía mayor. Sin ninguno asomo de decadencia, Miguel d’Ors es en este libro más Miguel d’Ors que nunca. Hace lo mismo de siempre, pero nos sigue asombrando y emocionando como la primera vez. Hace lo mismo, pero cada vez mejor.

lunes, 4 de marzo de 2013

Antonio Muñoz Molina: Las trampas de la ideología


Antonio Muñoz Molina
Todo lo que era sólido
Seix Barral.  Barcelona, 2013


Que Antonio Muñoz Molina es uno de los más notables escritores actuales, pocos lo dudan. Pero en su nuevo libro, un brioso alegato contra los políticos del cercano ayer y de hoy, no ha querido hacer literatura, aunque a veces la haga (y excelente, como cuando evoca sus viajes o sus años de formación). 
El Antonio Muñoz Molina de Todo lo que era sólido pretende ser un moralista y un riguroso analista de la sociedad contemporánea, decirnos lo que los españoles hemos hecho mal en “los años del delirio”, los de la bonanza económica, y ofrecernos sus recetas para la regeneración.
            Sus estancias en Estados Unidos le han enseñado a no confundir las exigencias de verdad y precisión del periodismo con los brillos a menudo engañosos de la literatura: “Yo venía de una cultura en la que era habitual admirar a un embustero o a un cínico por lo bien que escribía; en la que escribir bien era un valor separado de casi toda otra exigencia ética o estética”. En América aprendió que “sin periodismo serio no hay sociedad democrática”. Y eso es lo que pretende hacer al analizar la realidad española de hoy y del ayer inmediato: periodismo serio, porque “sin información contrastada y rigurosa cualquier debate es un juego de aspavientos en el aire”.
            Y eso es precisamente lo que no hace. Muñoz Molina conoce de antemano las razones de la actual crisis: el localismo, los nacionalismos, las cesiones de la izquierda… Y no tiene ningún inconveniente en manipular la información para que se ajuste a sus prejuicios.
            Veamos un primer ejemplo. Tras enunciar una tesis de Orwell (“el lenguaje político está diseñado para hacer verdadera la mentira y respetable el asesinato”) la ejemplifica nada menos que con el diario El País, que en su primer número, del 4 de mayo de 1976, “en su portada, en una sola columna esquinada, traía la noticia del asesinato de un guardia civil en el País Vasco”. El titular, según Muñoz Molina, decía “Guardia civil muerto”, y el escritor muestra su indignación: “Muerto como si hubiera muerto en un accidente de tráfico o de un ataque al corazón”.
            Fácil resulta comprobar que esa indignación, que demostraría la complicidad con ETA de cierta izquierda democrática, no tiene razón de ser. A cualquier lector le basta pulsar dos o tres teclas en su ordenador para tener en la pantalla la primera portada de El País, una portada sobria, de un nuevo estilo, en la que solo aparecían tres noticias y un editorial titulado “Ante la reforma”. Una de esas noticias, la única destacada con un recuadro, es a la que se refiere Muñoz Molina. Superfluo resulta ya su comentario: la muerte de un guardia civil muerto en accidente de tráfico o por enfermedad no figuraría en portada. Pero es que además el titular que nos da Muñoz Molina está manipulado. El titular real decía así: “Guipúzcoa / Guardia / civil / muerto en / un atentado”.
            La fuerza de la ideología no solo nos permite recortar un titular para que diga lo que queramos que diga y, a pesar de ello, pensar que estamos haciendo “periodismo riguroso”; también nos impide ver lo que tenemos delante, leer en la cita que hemos hecho de un texto ajeno lo que realmente dice.
            Uno de los grandes males de la sociedad española actual es, a juicio de Muñoz Molina, el auge de nacionalismos y autonomías, con su exaltación de lo propio. Nada encuentra más ridículo que “los arrebatos poéticos de las introducciones a los estatutos de autonomía”. Cita párrafos concretos de varios de ellos y no ahorra las descalificaciones, tras encomendarse al socorrido Orwell (“un idioma se vuelve feo e inexacto por transmitir pensamientos idiotas, pero la negligencia misma en el uso de la lengua produce la idiotez”). De “pringue verbal” los califica, de “leyendas redactadas además en una prosa infecta”, de “lánguidas vaguedades de prosa poética” que exaltan al pueblo (inmutable y unánime) frente a la ciudadanía (que se expresa en las elecciones). Pero el primer fragmento que cita del estatuto de Cataluña dice así: “Cataluña ha ido construyéndose a lo largo del tiempo con las aportaciones de energías de muchas generaciones, de muchas tradiciones y culturas, que han encontrado en ella una tierra de acogida”. ¿Dónde está el “pringue verbal”, la “prosa infecta”, la apelación a lo propio y el rechazo de lo ajeno? ¿Dónde la apelación al pueblo frente a la ciudadanía? Quizá en el otro párrafo citado: “El pueblo de Cataluña ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno”. No me parece que eso sea discutible, a poco que se conozca la historia de España. Otra cosa es que esa “voluntad de autogobierno”, manifestada democráticamente cuando ello ha sido posible, nos guste o no. A Muñoz Molina resulta claro que no. Pero eso no le autoriza a disfrazarnos sus prejuicios ideológicos de “periodismo serio”, ni siquiera medianamente serio.
            Para escribir Todo lo que era sólido, Muñoz Molina ha realizado una investigación periodística. Durante el año 2012, “días tras día, entre finales de julio y principios de agosto” ha ido en taxi (eso nos dice) a la redacción de El País y ha repasado los periódicos del 2007. No ha perdido mucho tiempo en la investigación, ciertamente: los últimos días de julio y los primeros de agosto, una o dos semanas veraniegas. Pero no se necesita más tiempo para copiar de acá y de allá datos que confirman nuestros prejuicios.
            Una información más amplia y rigurosa, o una mejor memoria, le habría permitido comprobar que Rodríguez Zapatero no ganó, como él dice, sus segundas elecciones “sin mucho esfuerzo” ni que nadie le criticara “en serio” por negar la gravedad de la crisis (que lea los periódicos de entonces, el diario de actas de las sesiones parlamentarias). Pero probablemente de nada le habría servido; la ceguera ideológica nos impide ver lo que tenemos delante. Aludiendo a los años del final de la dictadura, cuando era compañero de viaje del partido comunista, escribe Muñoz Molina: “Rechazar entonces abiertamente el comunismo era tan impresentable como lo es ahora disentir del nacionalismo”. ¿Qué periódicos leerá Muñoz Molina, que emisoras de radio escuchará, qué tertulias televisivas verá para afirmar que hoy no se puede disentir del nacionalismo? La mayoría de los intelectuales españoles, de derechas y de izquierdas, no hace otra cosa.
            No quiere esto decir que el alegato de Muñoz Molina, tan lleno de buenas intenciones y, a trechos, buena literatura, y no exento de cierta autocrítica, resulte un libro desdeñable. Todo lo contrario. Nos pone en guardia contra las generalizaciones abusivas, a las que recurre con tanta frecuencia, contra su rechazo de la precisión y el matiz. “En España no se puede llevar la contraria”, por ejemplo. También se podría decir que es uno de los deportes favoritos de los españoles. Lo que resulta complicado, en España y en cualquier otra parte, es llevarle la contraria a tu jefe. Si eres director del Cervantes en Nueva York, como lo era Muñoz Molina en los años de su desdeñado Zapatero, tienes que esperar a dejar de serlo para comentar con divertido sarcasmo la pompa con que te veías obligado (¿obligado?) a recibir a ciertos políticos (véase, por ejemplo, la visita de Camps en las páginas 114-117).
            Nos pone en guardia esté brillante alegato lleno de verdades y sofismas contra la ceguera de la ideología, tan fácil de detectar en los demás, tan difícil en uno mismo.

lunes, 25 de febrero de 2013

Carlos Marzal: Exceso de equipaje



Carlos Marzal
La arquitectura del aire
Tusquets. Barcelona, 2013


Hay tres géneros literarios que tientan especialmente a los aficionados: el microrrelato, el haiku y el aforismo. Y ello es debido a su aparente facilidad: una vez aprendida la técnica, una vez cogido el truco, dan la impresión de que se escriben solos. No parecen exigir esfuerzo alguno: simplemente ocurren. Son eso, ocurrencias, y a veces simples ocurrencias.
            Pero en ocasiones resultan ser todo lo contrario: pequeñas obras maestras. Con ellos sucede algo que pasa con ningún otro género literario. Si en un taller de escritura, o en una clase de bachillerato, ponemos como ejercicio escribir un cuento, un soneto o ensayo de tema libre, no es probable que ningún trabajo de los alumnos pueda incluirse en una antología del género. Si el ejercicio consiste en escribir microrrelatos, haikus o aforismos es relativamente fácil encontrar alguno que no desentone demasiado en una selección de los maestros del género. Lo que “El burro flautista” de Iriarte escribe por casualidad es siempre un microrrelato, un haiku o un aforismo.
            Cuanto más breve es la obra literaria más ha de poner en ella el lector, y por ello mismo más fácil resulta dar gato por liebre.
            Obviamente, estos géneros de moda no solo tientan a los aficionados. Pocos escritores son hoy en día inmunes a su capacidad de seducción. Carlos Marzal lleva tiempo divulgando sus aforismos en las redes sociales (Twitter se presta especialmente a ello) y ahora finalmente ha decidido coleccionarlos en un nutrido volumen de poético título, La arquitectura del aire.
            No añade ningún prólogo aclaratorio de su concepción del género, pero ya la expuso en “El aforismo como escritura poética”, uno de los capítulos de Los otros de uno mismo (Universidad de Valladolid). La escritura aforística y la escritura poética tendrían en común “la búsqueda de la intensidad en el lenguaje”; ambos tipos de escritura buscarían “aquilatar el lenguaje, comprimirlo, alquitararlo, para conducirlo hasta el extremo del decir, hasta el final de la significación”.
            Sentenciosidad y brevedad son las dos características esenciales del aforismo para Marzal. Por eso deja fuera las greguerías y el fragmento más o menos filosófico o poético.
            No lo considera, por otra parte, marginal en su dedicación literaria. “El aforismo es una de las maneras habituales en que trabaja mi mente”, escribe. Y añade: “Pienso en aforismos, la mayor parte de las veces. Creo que el mecanismo que rige mi cabeza es de naturaleza sentenciosa: obra por máximas; es decir, por destellos, por enunciados que tienden a contener una idea completa, cerrada en sí misma, autosuficiente”.
            Un buen libro de aforismos es siempre una antología de aforismos: la labor de selección es tan importante como la de escritura. Cuando escribir aforismos es un ejercicio habitual y cotidiano –“facilidad, mala novia”–, se corre el riesgo de incurrir en el mecanicismo.
            Carlos Marzal da la impresión de que no le teme a ese riesgo y de que prefiere que los resultados de su habitual “pensar en aforismos” los seleccione el lector. O incluso los corrija.
“A veces soy más distinto de mí a mí mismo que de mí a ti”, escribe. Y el lector enseguida desenreda las dos frases que se han cruzado en esa afirmación un tanto rechinante: “A veces soy más distinto de mí que de ti”, “A veces hay más distancia de mí a mí mismo que de mí a ti”. Otro descuido sintáctico: “En los tiempos que corren es cualquier tiempo, porque al tiempo lo que le gusta es correr”. No: “en los tiempos que corren” es este tiempo, el tiempo actual (de ahí la preposición “en”), independientemente de que todos los tiempos corran o no.
            En ocasiones los aforismos de Marzal son variaciones sobre una idea, se completan o se desmienten sucesivamente: “El placer de renunciar”, “El placer de renunciar al placer”, “El placer absurdo de renunciar al placer”, “El placer absurdo de renunciar al placer del absurdo”, “No existen los placeres absurdos”. Otro ejemplo de fácil juego de palabras: “El aforismo es el ecosistema de mis paradojas”, “El aforismo es el eco y el sistema de mis paradojas”.
            De vez en cuando se le escapa a Marzal una reiterada obviedad: “La impuntualidad es el desprecio del tiempo ajeno”. O una paradoja ya convertida en tópico, y que unas veces ha sido atribuida a Oscar Wilde y otras a Jean Cocteau: “Sé profundo: detente en la piel”. Incluso se deja tentar por las explícitamente rechazadas greguerías: “La esmeralda del musgo es el traje de gala de la sombra”.
            Carlos Marzal, como editor de sus ocurrencias aforísticas, ha sido demasiado condescendiente consigo mismo, ha dejado la labor de criba, y a veces de corrección sintáctica, al lector. No quiere decir esto que La arquitectura del aire sea un libro desdeñable o solo aprovechable como material de trabajo en un taller literario (abunda en fórmulas que se pueden desarrollar casi indefinidamente: “La escritura de la felicidad es la propia felicidad de la escritura”). De los mil trescientos aforismos que incluye sobran, sin duda, unos cuantos, quizá mil. Pero quedan trescientos, que no son pocos. Ningún gran aforista ha escrito muchos más. Y tampoco parece probable que una vida, cualquier vida, dé para más memorables átomos de sabiduría. Trescientos verdaderos aforismos ya es un milagro. Carlos Marzal no ha querido publicarlos exentos. Ha preferido dejar al lector el placer, y la sorpresa, de encontrarlos entre la broza.

lunes, 18 de febrero de 2013

Aventura en lo gris: La CIA y la guerra fría cultural


Francis Stonor Saunders
La CIA y la guerra fría cultural
Traducción de Rafael Fontes
Debate. Barcelona, 2013


Tendemos a ver el mundo en blanco y negro, y esa tendencia se agudiza en los casos de conflicto –o ellos o nosotros– como un mecanismo necesario para la supervivencia del grupo. Acabada la segunda guerra mundial, “ellos” dejaron de ser los nazis para ser sustituidos por los comunistas que hasta entonces, y tras la invasión por Hitler de la Unión Soviética formaban parte del “nosotros”, de los luchadores por la libertad.
            Ese nuevo enfrentamiento, conocido como guerra fría, fue fundamentalmente ideológico, no bélico. De ahí la importancia que tuvieron en él escritores y artistas. La Unión Soviética, además de controlar férreamente a los intelectuales del interior, mostraba una sorprendente capacidad de seducción para atraer a los del resto del mundo. Con sus congresos por la paz, apoyados por los nombres más brillantes del momento, muchos de ellos no comunistas, parecía haber ganado la batalla de la propaganda. Y fue entonces cuando los Estados Unidos deciden crear el Congreso por la Libertad Cultural, una ambiciosa organización, que tenía sedes en multitud de países, y que se dedicó a publicar importantes revistas culturales, llevar a los escritores de un lado a otro en bien pagadas conferencias, financiar multitudinarios encuentros. Frente al dirigismo del otro bloque, apoyaba la libertad de la cultura, como su nombre indicaba, y tenía predilección por los antiguos comunistas que habían abjurado de sus antiguos errores.
            ¿Quién financiaba todas esas actividades? Aparentemente diversas fundaciones privadas, en realidad la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, esto es, la CIA, la misma organización implicada en atentados, golpes de Estado y múltiples actividades ilegales.
            Durante dos décadas, aproximadamente entre 1947 y 1967, la CIA funcionó como un gran Ministerio de Cultura dentro de los Estados Unidos –donde nunca hubo Ministerio de Cultura–  y en el resto del llamado “mundo libre”.
Su patrocinio no se limitó al mundo literario. Los congresistas de Estados Unidos, y en esto coincidían con sus rivales soviéticos, detestaban el arte moderno, para ellos también “arte degenerado”, como para los nazis. Y fue el Congreso por la Libertad Cultural, esto es la CIA, quien se encargó de promoverlo y de promocionarlo en el extranjero. El expresionismo abstracto es hoy considerado como la gran aportación de Estados Unidos a las artes plásticas en aquellos años, pero ni esa corriente ni una de sus figuras más destacadas, Jackson Pollock, habrían sido posibles sin el apoyo de la CIA.
            Tom Braden, que ocupaba un alto cargo en la Agencia en aquellos momentos, declaró que la mayoría de los congresistas no podían soportar el arte moderno, pensaban que era una farsa, que era pecaminoso, y por eso la promoción del arte en el extranjero tuvo que hacerse “de forma encubierta; tenía que hacerse así porque hubiese sido rechazado si se hubiese sometido a votación. Para favorecer la libertad de expresión teníamos que hacerlo todo en secreto”.
            Las actividades culturales de la CIA tuvieron que hacerse en secreto por esa razón y por otra más importante porque la propaganda solo es eficaz cuando disimula su carácter de propaganda. Pero fue un secreto que no tardó en ser un secreto a voces. Todo el mundo sabía quien estaba detrás de aquellas actividades, aunque los que participaban en ellas fingieran creer que solo se trataba de rumores.
            Con minuciosa, y a ratos algo tediosa información, Frances Stonor Saunders nos cuenta esta historia llena de secretos y mentiras, sin asesinatos, pero con numerosos complots y algún que otro suicidio, que daría para más de una novela de espías.
            El dirigismo cultural de la CIA no tenía, por supuesto, un fin principalmente cultural, sino de apoyo a la política exterior de los Estados Unidos, pero también tuvo benéficos efectos culturales. Y esa es la paradójica moraleja que podemos extraer de esta historia.
            De la misma manera que la poesía de Pablo Neruda no queda invalidada por su explícito estalinismo y por la supeditación de toda su actividad pública a las directrices del partido comunista, tampoco la de Stephen Spender queda invalidada por los muchos años en que dirigió la revista Encounter fingiendo no saber quién la financiaba ni quién pagaba su sueldo. Ni la denuncia anticomunista de Arthur Koestler en El cero y el infinito queda devaluada porque el Foreign Office comprara miles y miles de ejemplares para distribuirlos gratuitamente.
            A principios de 1963, quienes dirigían en la sombra a los intelectuales del Congreso por la Libertad Cultural se enteraron de que Neruda era un firme candidato para el premio Nobel. Inmediatamente comenzaron la campaña contra él, en la que tuvieron parte importante escritores españoles como Julián Gorkin, un antiguo comunista, o Salvador de Madariaga. Neruda no conseguiría el Nobel hasta 1971 cuando a la CIA ya no le preocupaban las cuestiones culturales, sino otras más importantes, como apoyar a los golpistas contra el gobierno de Salvador Allende, del que Neruda era entonces embajador en París.
            Frances Stonor Saunders encabeza cada uno de los capítulos de su libro con una cita literaria. La del último, “Mal negocio”, que trata del fin de aquellas actividades en 1967, tras ser descubiertos por la prensa los mecanismos de su financiación ilegal, está firmada por Campoamor. Son sus versos más famosos y resumen bien la moraleja que se puede extraer de tan precisa y bien documentada investigación: “En este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”.
            Manipular escritores que se creían libres para atajar los avances del comunismo no fue lo peor que hicieron quienes “reclutaron nazis, derrocaron gobiernos, apoyaron dictaduras, tramaron asesinatos”. Y si dejaron de hacerlo fue menos por haber sido descubiertos sus entresijos financieros que por haberse dado cuenta de la escasa utilidad del empeño.

lunes, 11 de febrero de 2013

Gerhard Heller: Un alemán en París


Gerhard Heller
Recuerdos de un alemán en París 1940-1944
Prólogo de Fernando Castillo
Traducción de Juan Carlos Durán
Fórcola. Madrid, 2012


El París de la ocupación, como el de Hemingway en los años veinte, era una fiesta. No para todos, como tampoco lo fue aquel, pero sí para buena parte de los ocupantes y también, contra lo que la interesada propaganda posterior quiso hacer creer, para muchos de los franceses. Especialmente para los escritores y artistas.
            Los alemanes lo consideraron un destino especialmente apetecido, lejos de los frentes de guerra, y muchos franceses creyeron en el nuevo orden, en la capacidad de Alemania para librarlos de lo que ellos consideraban los grandes enemigos de la civilización occidental: el comunismo, los judíos.
            En la buena relación entre los alemanes y los escritores franceses tuvo mucho que ver el teniente Gerhard Heller, encargado de la censura. Era un gran admirador de la literatura francesa y, tras la guerra, se ganó la vida traduciéndola y editándola en Alemania.
            Sus memorias se escribieron tardíamente, en 1980, y contaron con la colaboración de un periodista francés, Jean Grand. Durante los años que pasó en París, de 1940 a 1944, llevó al parecer un diario. La historia de la desaparición de ese diario es poco verosímil. Antes de dejar París, en agosto de 1944, guarda en una caja de latón algunos documentos que quiere salvar: su diario, cartas, una copia de un ensayo de Jünger. Luego coge “una cuchara sopera” y sale a la calle en busca de un lugar donde esconderla: “Pasando por la explanada desierta de los Inválidos, descubrí un lugar preciso en la esquina de un gran rectángulo, al pie de un árbol, y empecé a cavar. Estaba duro como el hormigón, pero con esfuerzo logré excavar un agujero lo suficientemente profundo para colocar mi caja y recubrirla de tierra que aplasté cuidadosamente”. ¿Duro como el hormigón cuando basta una cuchara para abrir un agujero?
Cuatro años después, en 1948, vuelve a París. El árbol ha desaparecido, ha habido trabajos de excavación, el lugar tiene un aspecto distinto. Él, sin embargo, trata de encontrar su tesoro excavando “con la punta de los zapatos” en varios sitios distintos. Si había conservado esos papeles durante todo el tiempo de la ocupación, ¿qué riesgo había en que se los llevara a Alemania? Y si bastaba hurgar con la punta del zapato, ¿qué escondite era ese? Hasta un niño podría descubrirlo.
            Se trata de una mitificación, sin duda, como tantos pasajes en que ejemplifica su rechazo del nazismo: nunca firmó el juramento de fidelidad a Hitler, nunca saludó con el brazo en alto, y detestaba tanto ir armado que un día decidió “pedirle a un carpintero de la calle Ponthieu que me hiciese una imitación de madera, y normalmente metía ese revólver en la cartuchera, en lugar de un arma auténtica”. Cuesta imaginarse a un teniente del ejército alemán paseándose por París con un revólver de juguete porque odiaba las armas. ¿Ninguno de sus superiores se dio cuenta?
            Pero Gerhard Heller no nos miente; es fiel a su memoria, que ha ido, como toda memoria, edulcorando el pasado. Hubo crímenes entonces pero él, al igual que afirmaría luego la mayoría de los alemanes, nada tuvo que ver con ellos. Todo lo contrario: hizo lo posible para atenuarlos.
            Los años de París fueron los mejores de su vida. La vida intelectual y social continuaba a pesar de la ocupación y él, por el puesto que ocupaba, era mimado y adulado por todos, por Cocteau y por Drieu la Rochelle, por Picasso y por Braque, por Gaston Gallimard y por la excéntrica millonaria Florence Gould. Al dictar sus recuerdos en 1980 (moriría dos años después) quiere dejar constancia de su verdad, pero sabe que no será fácilmente comprendido y necesita disculparse: “Seguramente, es difícil de entender, de admitir, que pudiésemos vivir esas horas de felicidad, mientras que a nuestro lado se extendía la hambruna, se fusilaban rehenes, vagones enteros de niños judíos viajaban a campos de concentración”. Reconoce que lo sabía, pero que carecía “de la convicción suficiente y del valor” para resistirse a tales atrocidades.
            La memoria de Gerhard Heller calla algunas cosas y maquilla otras, pero es en lo fundamental verdadera: “No podía vivir continuamente en la brecha, angustiado; tenía hambre y sed de auténtico contacto humano, de cultura, pero sobre todo de amistad; encontraba todo eso en aquellas islas bienaventuradas que he citado, donde podíamos refugiarnos unos cuantos, en medio de un océano de sangre y lodo”.
            Entre sus “recuerdos felices” están dos sorprendentes historias de amor que aparecen al final las memorias, fuera del lugar que les correspondería, como si hubiera intentado callarlas todo el tiempo y solo al final se hubiera decidido a contarlas. Una tarde de septiembre de 1942, mientras pasea por los Campos Elíseos se encuentra a una jovencita medio escondida tras unos setos: “Me acerqué y me puse a su lado. Parecía tener quince o dieciséis años y, a pesar de la oscuridad que ya nos rodeaba, estaba muy guapa con sus dos trenzas rubias que caían sobre los hombros”. Siguieron viéndose posteriormente: “¿Cómo se llamaba? ¿Quién era? Nunca lo supe. Martine, Nadine, Aline, así sonaba aproximadamente cuando murmuraba su nombre. Le di el de Reinette. Fue durante unos meses mi pequeña reina, mi Beatriz, acompañándome durante una pequeña parte del camino a través de un mundo que se hacía cada vez más pesado y más oscuro”. Al lector no le cuesta adivinar la verdad: era una adolescente francesa que se prostituía para sobrevivir. Se encontraban los fines de semana y salían a pasear por los alrededores de París, buscaban un lugar solitario y se bañaban completamente desnudos en el río. Sin embargo, sus relaciones eran castas, ya que Reinette le prohibía acercarse “a menos de quince metros”: “Yo respetaba la regla, así como la prohibición de caricias más osadas que un beso en la boca o un simple abrazo”. Un bonito, y algo morboso, cuento de hadas: “Sin embargo, ella encontraba cierta diversión en excitarme, paseándose sin blusa por el campo, olvidando ponerse las bragas para pedalear en bicicleta”. A pesar de eso, el oficial alemán –si hemos de creerle– se comportó como un caballero en sus relaciones con aquella algo lasciva jovencita.
            El segundo de los “recuerdos felices” de Gerhard Heller es todavía más sorprendente: “Una tarde de noviembre de 1943, aproximadamente en el mismo sitio, conocí a un chico, él también de unos quince o dieciséis años. Nos miramos, nos sonreímos, me detengo y le pregunto si podemos caminar un rato juntos”. Ese fue el comienzo de otra gran amistad. El tipo de amistad que comienza, ya anochecido, tras los setos de un parque no parece que ofrezca muchas dudas. Por si las hubiera, el teniente Heller precisa: “Jacques tenía una clara inclinación hacia los hombres y me confesó haber tenido ya aventuras de ese tipo. A pesar de su proposición, me negué a que nuestra amistad se transformase en amor homosexual. Nos demostramos mucha ternura, me cogía gustosamente de la mano, nos dábamos un beso cuando nos encontrábamos, pero nada más”. Otro bonito cuento de hadas.
            Por lo que dicen y por lo que callan resultan apasionantes estas memorias de un alemán en París. Añaden nuevos matices a un período conflictivo de la historia que, como todos, y como ya sabíamos por las novelas de Patrick Modiano, no puede ser visto en blanco y negro.  

miércoles, 6 de febrero de 2013

Federico de Onís: Contra el diluvio del olvido


Federico de Onís
Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932)
Prólogo de Alfonso García Morales
Renacimiento. Sevilla, 2012


Las antologías poéticas, entre los poetas contemporáneos, no tienen demasiada buena fama. Gran parte de las polémicas de los últimos años han estado motivadas por la aparición de determinadas antologías, siempre parciales, caprichosas y excluyentes a juicio de los poetas no incluidos en ellas y de los críticos que los apoyan.
            Pero toda antología implica una selección y toda selección un criterio. Si una antología procura no dejar a nadie fuera, no es una antología, sino un centón. Hay, sin embargo, unas más restrictivas que otras. Muy restrictiva fue la primera antología de Gerardo Diego, la que estableció el canon de la generación del 27; mucho más abierta, la de Federico de Onís, publicada poco después y ahora reeditada en facsímil con un excelente estudio introductorio.
            La antología preparada por Federico de Onís ya era famosa años antes de su aparición (se publicó a finales de 1934, pero no comenzó a distribuirse hasta enero de 1935). El antólogo era un prestigioso catedrático de Literatura Española que había ejercido en Oviedo y Salamanca para posteriormente ser contratado por la neoyorquina universidad de Columbia. En ella hizo de anfitrión, entre otros, de García Lorca. Por una carta de este a su familia sabemos que, en 1929, la antología estaba muy adelantada y que ayudó en su preparación: “he elegido yo con mi criterio las poesías de Salvador Rueda, José Asunción Silva (gran poeta colombiano), Machado, Juan Ramón y otros menores”.
            El diario de Juan Guerrero Ruiz, Juan Ramón de viva voz, nos informa de la obsesión de Juan Ramón Jiménez por esa antología y de sus intentos de intervenir en ella. En marzo de 1931, le visita Guerrero Ruiz para darle cuenta de una carta de Jorge Guillén (otro ocasional colaborador, como Lorca) en la que le informa de la estructura del volumen: “Juan Ramón va imaginando qué poetas serán los agrupados en cada una de estas seis secciones en que se divide la obra, y dice que si él pudiera hablar con Onís antes de terminar el libro, en una hora de conversación le orientaría, pues como ha pasado estos años últimos en América, tal vez no conozca bien lo de este tiempo. Onís es muy listo y pronto se pondría al corriente”.
            No sabemos si Juan Ramón Jiménez tuvo ocasión de darle este cursillo acelerado al catedrático. En cualquier caso, la interpretación que Onís hace de la evolución de la poesía española en el último medio siglo coincide con la del poeta en dos aspectos fundamentales: la interpretación del modernismo como algo más que una moda o escuela literaria (contrapuesta, por ejemplo, a la generación del 98) y la consideración de que ese gran movimiento (equivalente al Renacimiento) culmina con el propio Juan Ramón, uno de los poetas (el otro es Rubén Darío) a los que se les dedica un capítulo independiente.
            Esta Antología de la poesía española e hispanoamericana tiene un valor histórico indudable. ¿Conserva algún interés para el lector común, para el aficionado a la poesía que no es ni estudiante ni estudioso? Un gran interés, que curiosamente se acrecienta con los poetas menores o menos conocidos.
            La selección de Onís abarca 153 poetas (de los cuales solo siete son mujeres, y eso le bastaba para señalar la eclosión de la poesía femenina como un rasgo de la época: eran otros tiempos), entre los que se incluyen todos los grandes nombres del momento y también otros que ahora ni siquiera hemos oído nombrar.
            La introducción al volumen es una pieza básica para el cabal entendimiento del modernismo, y las presentaciones de los poetas mayores (Rubén Darío, Unamuno, Antonio Machado, el propio Juan Ramón) demuestran la pericia crítica y el buen conocimiento del tema por parte del antólogo. Pero hay también una parte más descacharrada y novelera. De Pablo Neruda, que entonces vivía en Madrid y capitaneaba la ofensiva contra Juan Ramón, escribe: “Dejó los estudios que seguía en su ciudad natal por afán de viajar, y logró su deseo de vivir en países lejanos, yendo a China como cónsul. Después ha estado, según creo, en el Brasil. No tiene interés por Europa”.  Qué curioso resulta ese “según creo” en materia de la que sería tan fácil informarse (y de la que Juan Guerrero Ruiz, que corrigió las pruebas y ayudó a preparar el libro, estaba tan bien informado).
            Las semblanzas de las docenas y docenas de poetas menores, bastante ajenas a la crítica académica, conforman una especie de novela con muchos personajes y anticipan a César González Ruano y su atrabiliaria, pero utilísima y amena, antología. Así, la desconocida poeta mexicana María Enriqueta es “muy señora y mujer de su casa”. Delmira Agustini, por su parte, era “rubia y hermosa” y “se casó con un hombre corriente, al parecer sano y normal, para separarse a los pocos días”. Álvaro Fernández Vasseur “no se hizo querer de sus paisanos, y aun después de una larga obra, goza entre ellos de escasa reputación, y ésta más bien mala que buena”. De Alfonsina Storni nos dice: “Según Gabriela Mistral, tiene algo de infantil, desmentido por su conversación –encantadora–  de mujer madura”.
            Dos antologías hay en esta antología: una en la que está, bien seleccionado y bien comentado, con adecuada bibliografía, lo mejor de la poesía de finales del XIX y el primer tercio del siglo XX; otra, en la que abunda el material de acarreo, la nota pintoresca, la arbitrariedad selectiva y crítica. La primera parte es la que más admiramos, la que ha dejado su impronta para siempre en los manuales; la segunda, la que más nos divierte. Sin olvidar que, entre los más de mil poemas de la antología, junto a los bien conocidos y releídos, hay muchos otros desconocidos y memorables.
            Una antología como esta tiene algo de inagotable caja de sorpresas y de arca de Noé, permite salvar del diluvio del olvido a poetas que no habrían sobrevivido de otra manera. No es su único mérito, pero sí quizá el que más agradece el curioso lector.

martes, 29 de enero de 2013

Pere Gimferrer: Alusión y elusión


Pere Gimferrer
Alma Venus
Seix Barral. Barcelona, 2012


¿Los últimos libros de Pere Gimferrer los ha escrito Pere Gimferrer o un aplicado epígono que conoce muy bien sus mañas verbales pero carece de su talento? Los más antiguos poemas de Arde el mar, y también de los más representativos, “Cascabeles” e “Invocación en Ginebra”, se escribieron cuando su autor contaba dieciocho años, en 1963. Medio siglo después, la estética no ha variado mucho, pero ha desaparecido la tensión capaz de lograr que los chispazos verbales y las dispersas referencias culturales cuajen en un poema.
            La promoción publicitaria que acompaña a cada libro de quien es, desde hace tiempo, una figura importante del mundo editorial e institucional ha subrayado, como dato de especial interés, sus incursiones fuera del habitual culturalismo, sus referencias a la actualidad. Veamos un ejemplo: “Cardeña de Ruy Díaz, hoy de Paesa: / el paladín da paso al transformista”. Resulta que en el monasterio de Cardeña, ligado a la vida y a la leyenda del Cid, al parecer se dijeron misas tras la falsa muerte de Paesa, el intermediario en la captura de Roldán. ¿Tiene eso alguna significación para el poema? Ninguna. No se vuelve a aludir ni al Cid ni a Paesa; nada cambia en el texto si tachamos esos versos.
            Todo es gratuito en la pirotecnia verbal de Alma Venus (como antes en la de Rapsodia). Veamos un ejemplo: “en la jaula de hierro, el contador / del truchimán de las usurerías, / como el embozo del cólera morbo / tras la cara pintada del coplero, / Death in Venice, cal viva en las esquinas, / como Lasa y Zabala sepultados, / como las agonías del salón”. Una alusión a Pound, a la película de Visconti, a los etarras asesinados y sus cadáveres tratados de hacer desaparecer con cal viva. Vagas asociaciones automáticas, llevar al poema todo lo que nos viene a la memoria, sin filtro alguno, dejar que la noria del ritmo saque a la superficie todo el oro y el lodo que encuentre en el pozo de la memoria.
            “Ordenar estos datos es tal vez la poesía” escribió Gimferrer en “Primera visión de marzo”, uno de los poemas de Arde el mar. Hace tiempo que ha perdido la capacidad de ordenar el mundo de alusiones e intuiciones verbales de que está hecha su poesía. ¿Qué sentido tiene la referencia a Lasa y Zabala? Hubo un tiempo en que airear ese crimen de Estado sirvió para deteriorar el gobierno de Felipe González; hoy conviene silenciarlo para no dar armas a quienes, en el conflicto vasco, afirman que las víctimas no siempre estuvieron del mismo lado. Pero Gimferrer no lo utiliza ni en un sentido ni en otro; son nombres que han quedado en su memoria y ahí aparecen, sin mayor consecuencia.
            ¡Qué distintos aquellos poemas de 1963! “Cascabeles” tomaba como pretexto a un escritor un tiempo célebre y entonces, y hoy, pasto de las librerías de viejo, para evocar un mundo, el de la belle époque, desaparecido para siempre. No hay un verso que no encierre una felicidad verbal, no hay una ocurrencia gratuita; el conjunto sigue siendo la más adecuada evocación de una época que quizá no ha existido nunca, solo en el arte y “en la nupcial farándula del sueño”.
            “Invocación en Ginebra” comienza con unos versos,  leídos quizá en un viejo libro de texto, que permanecen aferrados a la memoria y que traen con ellos toda la retórica educacional de la época: “Palabrería / tiempo atrás insuflada, tiza en pizarra virgen, / no recordáis, colegio, en fila india, mas para bien morir, fútbol, santo rosario, pese a Lucero, mens in corpore, es lo justo, / la católica, madre, cuántos días, primer viernes, / te confesaste, es más segura, te confesaste, la católica, sincero”.  Los versos ajenos con que comienza el poema son los siguientes: “En la protesta –respondió sincero–  / se vive con mayor desenvoltura, / mas para bien morir…”. Se trata del final de un soneto de Fray Ambrosio de Valencina, levemente alterados, y mejorados, por la memoria: “En la protesta –respondió sincero– / se vive con bastante más soltura; / mas para bien morir, ¡pese a Lutero!, / la Católica, madre, es la segura”.
            A los dieciocho años Pere Gimferrer era un poeta; a los sesenta y ocho es un culto improvisador capaz de escribir tiradas y tiradas de versos –termina un libro en pocas semanas–, pero incapaz de escribir un poema.
            En Alma Venus se pueden aislar sugerentes endecasílabos, anotar docenas y docenas de cultas referencias, pero ningún poema que se sostenga en pie. Quizá por eso la nota de contraportada, escrita o inspirada por el autor, afirma que se trata de “un extenso poema unitario”. Pero en todo caso se trataría de dos poemas, uno que se titula como el conjunto, “Alma Venus”, que el autor da como escrito entre diciembre de 2011 y febrero del año siguiente, y el otro, “Los sentidos en paz con la memoria”, que toma su título de un verso de Villamediana y está escrito entre el 8 de julio y el 20 de agosto de 2012.
            Culturalismo y metapoesía son dos de las características de la nueva poesía de finales del franquismo, los años del primer Gimferrer. Ambas siguen muy presentes en Alma Venus. La referencias a la poesía o al poema en general incurren con frecuencia en la rotundidad de la máxima: “Todo poema tiene un tema solo: / cómo dice otra cosa la palabra”, “el poema crea realidad”, “si el tema de este texto es el lenguaje, / el poema no puede terminar”. Son afirmaciones aisladas, tan gratuitas como las referencias a la actualidad: “¿Urganda la desconocida? No: / en pieza separada, Palma Arena”. Pues muy bien.
            Ni denuncia ni descubrimiento ni deslumbramiento hay en Alma Venus, pero abunda en cambio la reiteración y el manierismo, el acertijo erudito.
            Uno de los grandes libros del año, sin duda alguna, para los suplementos culturales más prestigiosos y para la acrítica crítica habitual en ellos. 

martes, 22 de enero de 2013

Ferran Planes: La historia y otras bromas pesadas


Ferran Planes
El desbarajuste
Traducción de Carlos Manzano
Libros del Asteroide
Barcelona, 2012


Las ilusiones republicanas, la derrota de la guerra civil, las desventuras del exilio se han contado muchas veces, pero nadie las ha contado como Ferran Planas en un libro de expresivo título, El desbarajuste, publicado en 1969, olvidado después, y rescatado recientemente, primero en su catalán original y ahora en la traducción al español.
            A Ferran Planas la censura le cortó solo algunos párrafos, restituidos en las nuevas ediciones, quizá engañada por el humor y el distanciamiento con que trata los acontecimientos de la guerra civil y la República.
            Ferran Planas (1914-1985) no era un escritor profesional. Además de este libro solo publicó otro, Caminos (1976), en el que hace repaso de sus andanzas viajeras. Pero cuenta su vida como cualquier buen narrador cuenta una historia, alterando la cronología, despertando el interés del lector desde el principio.
Comienza inesperadamente en Delle, una pequeña localidad francesa cercana a la frontera suiza, en 1940. Luego refiere cómo había llegado hasta allí, esto es, cómo había salido de España tras la derrota republicana, y prosigue narrándonos las peripecias del exilio. Un exilio breve, termina en 1943, pero en el que hay tiempo para cárceles, trabajos forzados, una novelera evasión y un período de vida rural y de felicidad campestre, en el sur de Francia, al margen de la historia.
            No hay primores de estilo en la narración de Planas; no hacen falta. Con el desenfado barojiano, pero sin rencor ninguno, nos cuenta sus idas y venidas, sus esfuerzos por sobrevivir. Los cuatro años del exilio ocupan más de un tercio del volumen. Y no hay en ellos ninguna concesión al tópico. Planas cuenta lo que ha visto, lo que ha vivido. Se calla algunas cosas, según nos advierte en el prólogo: “No os diré toda la verdad, pero os prometo que nada de lo que os contaré será mentira”. Y calla parte de la verdad para no “envenenar” sus palabras, para no hacer daño a quienes todavía viven.
            Cuando cuenta su vida, Planas acierta siempre, y acierta cuando reflexiona con buen sentido sobre el “desbarajuste” de la historia de España. Pero comete algunos curiosos errores en hechos concretos (también le atribuye la expresión “burgos podridos”, de Marcelino Domingo, a Manuel Azaña) como señalar que “el lunes, día 13, un emisario del Palacio Real fue a la cárcel para parlamentar con los republicanos presos y disponer los detalles del traspaso de poderes” (sabido es que esa entrevista entre Romanones y Alcalá Zamora tuvo lugar en casa de Gregorio Marañón). Otro mínimo error, que nos indica que no es un historiador el que escribe: “El rey Alfonso XIII, entre otros, pudo coger tranquilamente, en la estación de El Escorial, el tren que lo llevó a París”. De sobra sabemos que lo que cogió fue un barco en Cartagena.
            Lo que importa es su visión de la guerra, nada heroica, nada idealizadora del ejército republicano. Ferran Planas vivió los desmanes de los meses iniciales como una “tragedia”. “Y es inútil consolarse –añade– pensando que en el bando de los ‘buenos’, de los ‘nacionalistas’, pasaba algo parecido. Yo lo sabía o lo supe, pero no lo vivía”.
            En los primeros momentos, como secretario de Ayuntamiento en el pueblo de Súria, le encargaron convertir el convento de monjas dominicas de la localidad en hospital. Allí, en una celda, encontró un paquete de cartas que una de las monjas le había escrito a otra. “Era un documento humano impresionante”, indica. Aunque señala que entonces las leyó y releyó “con morbosidad”, ahora las comenta como una muestra de “la candidez y la inocencia de dos mujeres alejadas del mundo, pero que no podían disimular su condición humana”. Cita algún fragmento: “¿Te acuerdas de aquel día en que nos vimos en el jardín? Tú estabas pálida y triste. Yo te miraba para ilusionarte con mis ojos y demostrarte que te quería. Por las noches soñaba contigo…”
            Buena parte de la guerra la pasó en Andalucía, como jefe de una batería que apenas si llegó a disparar. No disimula el poco heroico final. El día 2 de abril en la plaza Mayor de Guadix se escenifica la llegada del nuevo régimen: “Mi familia y yo asistimos, pero antes me había arrancado cobardemente las insignias de teniente rojo que, paradójicamente, eran de color dorado. Estábamos acostumbrados a mantener los puños cerrados y costó un poco estirar la mano”. Como todos cantó el Cara al sol y se unió a los gritos de verdadero o falso júbilo: “Solo las piedras de la calle y los que estaban escondidos lloraban”.
            La tercera parte del libro, la más breve, se titula “La República”. En ella se nos cuenta, por fin, la infancia del protagonista, sus dos años en el seminario, su precoz iniciación política. Como militante de Esquerra Republicana, participó lleno de entusiasmo en la fugaz proclamación del Estado catalán dentro de una inexistente República Federal Española en octubre del 34. Izó la bandera catalana con la estrella en el balcón del Ayuntamiento y redactó la proclama que terminaba con un “¡Viva la República catalana!”. Pero no vivió más que unas horas, y el hombre que escribe tantos años después, en la España franquista, considera “muy sensato” aquel rápido final. El joven de veinte años acabó la aventura llorando “de tristeza, vergüenza, asco y rabia”.
            Quizá la censura franquista dejó pasar este libro, con pequeños cortes, porque no parecía dejar en demasiado buen lugar al catalanismo; quizá por eso estas espléndidas memorias no volvieron a reeditarse hasta 2010.
            Están escritas con inteligencia y sentido común. Sin las pequeñas historias de quienes no fueron protagonistas de nada, salvo de su propia vida, no se entiende la gran historia. O mejor, no se entiende la historia. Ni el tiempo presente. 

martes, 15 de enero de 2013

Jorge de Sena, poesía y desmesura

Jorge de Sena
Serena ciencia (Antología poética)
Prólogo, selección y traducción de Martín López-Vega
Pre-Textos. Valencia, 2012


Jorge de Sena vivió siempre con la convicción de que era un hombre demasiado grande para un país demasiado pequeño. Y era, en verdad, un hombre extraordinario, capaz de destacar en cualquier género literario y en la más minuciosa erudición universitaria.  Nacido en Lisboa en 1919, ingresa en la Escuela Naval, que abandona –tras un incidente todavía no aclarado– después de recorrer en el navío escuela Sagres medio mundo. Estudia luego ingeniería y compatibiliza sus trabajos de ingeniero con la literatura hasta que en 1959 decide trasladarse al Brasil, donde se doctora, es profesor universitario y más tarde, ya en los Estados Unidos, director del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Santa Bárbara. Allí muere imprevistamente en 1978. Todo su empeño estaba puesto en obtener el premio Nobel de literatura; se creía con derecho a ser el primer escritor de lengua portuguesa al que se concediera ese galardón. El último artículo que escribió –se publicó unos días después de su muerte– llevaba el título de “Aleixandre o el Premio Nobel a los insignificantes”; no comprendía que en 1977 los académicos suecos hubieran optado por Aleixandre, solo poeta, y no por él, poeta e infinitas cosas más.
            El ego desmesurado de Jorge de Sena se plasmó, como no podía ser de otra manera, en una obra también desmesurada. Escribió mucho, publicó todo lo que pudo, y su viuda, Mécia de Sena, se encargó de publicar cuidadosamente todo lo que había dejado inédito, incluido el epistolario y virulentos ataques a sus contemporáneos que no le dejan en buen lugar.
            Jorge de Sena aspiró a jugar en Portugal el papel que Unamuno había jugado en la España de su tiempo, a ser el maestro reconocido por todos y a la vez el jefe de la oposición intelectual. No pudo conseguirlo y siempre vivió con la sensación de que no era suficientemente reconocido y admirado.
            Esa megalomanía, que a veces adquiere tintes casi patológicos, no debe hacernos olvidar que su talento y su capacidad de trabajo eran realmente excepcionales. Tradujo al portugués dos nutridas antologías de la mejor poesía del mundo, hizo aportaciones fundamentales a los estudios pessoanos y camonianos (solo Pessoa y Camoens le parecían de su talla en Portugal), conocía como pocos la literatura española del Siglo de Oro, y entre centenares de poemas (era un autor prolífico incapaz, como Unamuno, de descartar nada que saliera de su pluma) nos dejó dos o tres docenas verdaderamente excepcionales.
            Una muestra de ellos nos la ofrece Martín López-Vega con el título, quizá no demasiado adecuado, de Serena ciencia. Jorge de Sena ha contado siempre con la admiración de un puñado de poetas españoles, en los que ha influido en mayor o menor medida, pero las traducciones de su poesía no son demasiado abundantes, quizá por lo fácil –engañosamente fácil– que resulta el original para el lector español.
            En la breve antología de Martín López-Vega, que cuenta con un prólogo que oscila entre lo ensayístico y lo académico, no están todos los grandes poemas de Jorge de Sena, pero sí muchos de los fundamentales como “Cabecita romana de Milreu” (ya traducido por Víctor Botas en Segunda mano) o “En Creta, con el Minotauro”.
            Jorge de Sena quiso abrir puertas y ventanas en la poesía portuguesa de su tiempo, huir de “la abstracción, lo inconcreto, la imposibilidad mental de escribir referencialmente en relación a lo que sea”. La suya está lo más lejos posible de la poesía pura. Por eso fue acusada de ensayística, prosaica, incluso de banal y de pornográfica. Él estaba en contra de que la poesía fuera “cosa delicada y para delicados”; no consideraba negativo “escribir dura y directamente, utilizando términos groseros”, no creía que el insulto “fuera un privilegio de las agresiones hechas por la crítica”.
            Extendió las fronteras de la poesía de lengua portuguesa, pero su mejor poesía no está en los extremos, nada tiene que ver con los agresivos epigramas de los que López-Vega nos ofrece una muestra en el prólogo.
            Su mejor poesía se encuentra en Metamorfosis, de 1963, donde las obras de arte son el punto de partida de unos poemas reflexivos e intensos que nada tienen de parnasiano; está en Arte de música, de 1968, o en Peregrinatio ad loca infecta, del año siguiente, aunque en este libro, auténtico cuaderno de viaje, se entremezclen con alguna que otra banal anotación turística.
            Martín López-Vega selecciona sus poemas de los tres tomos canónicos de la poesía de Jorge de Sena, preparados por él mismo, y de los dos tomos póstumos que reúnen los textos que fueron quedando fuera de cada libro. Uno de estos últimos se refiere a la diferencia “entre los estudiosos y los poetas”; los primeros “no han leído nada a pesar de haberlo leído todo” mientras que los segundos son “capaces de leerlo todo sin haber leído nada”, aunque –terminaba irónicamente– “hay poetas que abusan del analfabetismo / y desacreditan a la gaya scienza”.
            El poeta Jorge de Sena no abusó del analfabetismo, sino todo lo contrario. Como creador y como estudioso quiso “serlo todo de todas las maneras”. Y lo fue quizá en demasía. Esta breve antología nos abre el apetito para adentrarnos en la selva inabarcable de una poesía en la que los cascotes abundan casi tanto como las obras maestras.

martes, 8 de enero de 2013

Los editores de Dios

Lucas
Demostración a Teófilo
Edición y traducción de
Josep Rius-Camps y Jenny Read-Heimerdinger
Fragmenta Editorial. Barcelona, 2012


Los textos sagrados que están en la base de la mayoría de las religiones –la Biblia, el Corán, el Libro del Mormón– son, al margen de su aura mítica, textos, y como tales pueden y deben ser analizados según las reglas de la lingüística, de la crítica literaria, de la ecdótica, aunque los creyentes más fanáticos confíen tan poco en ellos que, como don Quijote con el yelmo de Mambrino, prefieran no someterlos a ninguna prueba.
            Josep Rius-Camps y Jenny Read-Heimerdinger nos proponen una nueva lectura de uno de los evangelios, el de San Lucas, que no sería sino la primera parte de una obra más amplia, a la que ellos han titulado Demostración a Teófilo. La segunda parte de esa obra unitaria estaría constituida por los Hechos de los apóstoles.
            Se basan para ello, además de en el minucioso análisis textual, en un manuscrito distinto del que ha sido tomado como base en las ediciones canónicas: el códice Beza. Un calvinista francés, Teodoro de Bèze, lo encontró en el Cenobio de San Ireneo de Lyon en 1581. Lo salvó de la destrucción, pero prefirió ocultarlo para no escandalizar con sus lecturas divergentes. No sería publicado hasta 1883. Se trata de un códice bilingüe –griego, latín– que data de finales del siglo IV. Pero diversos papiros atestiguan la versión que reproduce del Nuevo Testamento era la más extendida en el siglo II. Lo más probable es que algunos misioneros de Asia y Frigia la llevaran consigo a las Galias, donde la tradujeron al latín. El aislamiento de ese territorio evitaría las influencias de la versión canónica que llegó a ser mayoritaria en las iglesias de Oriente y Occidente.
            Las evidencias internas nos indican que el autor de la Demostración a Teófilo, aunque helenizado, es no solo un judío, sino un rabino que conoce perfectamente la tradición hebrea. La primera parte de su obra se incluye tradicionalmente entre los evangelios sinópticos, pero los nuevos editores consideran que no es propiamente un evangelio, sino que pertenecería a un género literario distinto: el de la demostración. El destinatario de esa demostración, el “excelentísimo Teófilo” mencionado en las primeras líneas, lo identifican los editores con el tercer hijo del sumo sacerdote Anás, que ocupó este cargo desde el año 37 hasta el 41 d. C. Pero esa ya es una hipótesis no verificable.
            Lo que pretende demostrar Lucas, a petición de Teófilo, a quien le han llegado noticias al respecto, es que Jesús es el Mesías prometido al pueblo de Israel. El prólogo explicita su intención: “Dado que muchos han emprendido / la tarea de poner en orden un relato / sobre los hechos / que se han verificado entre nosotros, / tal como nos los transmitieron / los que desde un principio fueron testigos oculares / y llegaron a ser garantes de la palabra, / he decidido también yo, / que he ido siguiendo de cerca / todos los acontecimientos desde el comienzo, / escribírtelo con rigor y de manera ordenada, / excelentísimo Teófilo, / para que compruebes, / referente a los informes que te han llegado a los oídos, / su certeza”.
            Lucas, de quien no sabemos más que lo que se puede deducir de su propio texto, pretende escribir “con rigor y de manera ordenada”; no es un iluminado, ni un místico; trata de razonar a un judío –Teófilo– que los hechos de la vida de Jesús no son más que el cumplimiento de las antiguas profecías y que sus discípulos han difundido su mensaje fielmente y de acuerdo con sus indicaciones.
            Los textos del Nuevo Testamento, como cualquier otra obra que ha circulado durante siglos en manuscritos, presentan múltiples variantes. Una buena edición es la que nos ofrece un texto lo más cercano posible a la intención del autor, esto es, a la versión más antigua, menos adulterada por copistas posteriores. En los textos sagrados hay un autor divino que cuenta con un intérprete autorizado, la organización religiosa correspondiente, que es la que determina cual es la versión canónica y cuál la apócrifa, independientemente de su antigüedad.
            Pero esos textos –como cualquier otro texto de los considerados sagrados por una determinada comunidad– pueden y deben ser estudiados en sí mismos, al margen de su valor religioso. El análisis científico discurre por otra ladera, ni desmiente ni confirma lo que es cuestión de fe.
            La nueva traducción y edición que Josep Rius-Camp y Jenny Read-Heimerdinger realizan del evangelio de San Lucas y de los Hechos de los Apóstoles nos permiten leer esas obras –una sola en su interpretación–  con renovada emoción, como si las leyéramos por primera vez.
            Contribuye a ello la división del texto en “esticos”, en breves líneas a manera de versos determinados por las pausas de sentido. La disposición en la página nos invita así a leer de otra manera, menos apresurada, a ir pronunciando mentalmente cada palabra, a ir saboreando a la vez su sonido y su sentido, como en la poesía. Y apenas hay línea –“mirad los lirios del campo…”– que no despierte una serie de inagotables resonancias en nuestra memoria personal y cultural.
            La lectura religiosa desde la fe cristiana no es la única posible de los textos del Nuevo Testamento, ni siempre la más adecuada. También pueden leerse como leemos las fábulas paganas, los diálogos socráticos, las enseñanzas de Buda, los poemas de Omar Kayyam. Y su belleza y su verdad no quedan empañadas por el mal uso que a veces se haya hecho de ellos.