lunes, 7 de octubre de 2019

Cómo vendemos la moto o El arte de comunicar bien en política




Más que palabras.
La izquierda, los discursos y los relatos
Enrique del Teso
Trea. Gijón, 2019.

Desde que la retórica dio los primeros pasos, allá en Siracusa, algunos años antes de Cristo, sabemos que no basta con tener razón para ganar un pleito, que hace falta que nos la dé el jurado, la asamblea o la audiencia. Y que la verdad importa menos que la apariencia de verdad.
            Creemos lo que queremos creer. Se nos puede mentir con la verdad. La opinión pública puede ser manipulada y es continuamente manipulada por la publicidad comercial o por la propaganda política.
            Enrique del Teso, profesor de Lingüística General, nos explica muy didácticamente en Más que palabras los entresijos de la comunicación y da un suspenso a los políticos de izquierda y un sobresaliente alto a los defensores del neoliberalismo, que han logrado que la mayoría social –e incluso parte de la izquierda– acepte como inevitables medidas que van contra sus intereses.
            Pero el novedoso manual sobre comunicación –primera parte– va acompañado de unas reflexiones políticas que incurren a menudo en la simplificación del panfleto. Y antes de llegar a esa segunda parte, ya nos sorprenden ciertos descosidos conceptuales.
            El primero aparece en el prólogo: “En cierta ocasión, un gramático explicaba a los alumnos que en la mayoría de los nombres (farol, tintero, casa…) el género no indica nada, sino que es solo un regulador de la combinatoria de las palabras. Iniciaba la explicación con una broma sobre la vaciedad semántica del género explicando cómo se distinguía un ganso de una gansa. Decía que para distinguirlos había que acariciar al animal el pescuezo y, si se ponía tierno, es que era un ganso; si por el contrario se ponía tierna, era una gansa”.
            Más que gracioso resulta confuso, una lección de gramática no bien aprendida, o no bien explicada. Cierto que en los sustantivos que no se refieren a seres animados con diferenciación sexual, el genero (masculino, femenino) carece de contenido semántico y marca solo la concordancia con el adjetivo y el artículo; pero, en el ejemplo (ganso, gansa) sí tiene contenido semántico. Es en el adjetivo calificativo (tierno, tierna) donde resulta siempre un “solo un regulador de la combinatoria de las palabras” y por eso carece de variación genérica en otras lenguas.
            No es el único caso en que el autor no parece haber entendido bien aquello que nos explica. Por ejemplo, el acertijo de S. J. Gould que nos propone en la página 66: “Linda tiene treinta y un años, es soltera, es titulada en sociología. Cuando era estudiante, fue miembro de asociaciones feministas. No sabemos nada más de ella. El juego consiste en decir qué nos parece más verosímil de Linda a día de hoy”. La opción primera afirma que es cajera de un banco; la segunda, que además de eso colabora en una oenegé. “La mayoría de la gente –indica Del Teso– elige la segunda, a pesar de que es imposible que sea más probable que la primera”. Y tiene toda la razón: hay menos probabilidades de que una persona cumpla dos condiciones (ser español y médico) que de que cumpla una sola (ser español o médico). Las matemáticas no engañan, pero Enrique del Teso sí, o se confunde: porque lo que nos preguntó es qué nos parece más “verosímil”, no más “probable” y cualquier narrador sabe que son los pequeños detalles los que hacen creíble a un personaje y por eso la segunda opción es más verosímil, aunque resulte menos probable.
            La confianza perdida es difícil de recuperar. Enrique del Teso entra en el debate político con la autoridad que le da ser un experto en Lingüística. ¿Y cómo vamos a creerle en otras materias si en la suya propia parece mostrarse algo descuidado?
            Veamos lo que nos dice de la negociación laboral: “Cuando la Unión Europea pide a España que la ley estimule una negociación descentralizada de los salarios, lo que está pidiendo es que desaparezca la negociación colectiva”. Lo que entendemos –continúa– es que la negociación salarial debería tener menos imposición externa, pero lo que en realidad dice “es que cada trabajador negocie con la empresa por separado, y no todos conjuntamente”. ¿Seguro? ¿Conoce alguna empresa de limpieza donde cada trabajador negocia su contrato? ¿En un bar a un camarero se le pagan tantos euros por hora y a otro, de la misma categoría, el doble porque negoció mejor? La negociación colectiva se refiere más bien a todas las empresas del sector y lo que se pide en la negociación descentralizada es que las empresas puedan negociar por su cuenta con sus trabajadores, pero con todos “colectivamente”, no con cada uno de ellos de manera individual.
            A veces, Enrique del Teso cae en las mismas trampas contras las que no previene, se deja engañar por la información interesada que coincide con sus prejuicios. Cita tres políticos que no tienen inconveniente en mentir contra toda evidencia: Jordi Pujol gritando en el Parlament: “¡No he sido un político corrupto!, ¡nunca he cobrado por hacer favores a nadie!”; Aznar repitiendo que el atentado del 11-M fue obra de ETA; Trump diciendo que en su toma de posesión había más gente que en ninguna otra.
            Pero la primera de esas afirmaciones, al contario que las otras dos, y en contra de lo que piensa la mayoría de los españoles, no es una falsedad, o nadie ha logrado demostrar que lo sea, a pesar de que la policía lleva más de siete años investigando (se han pedido otros dos de prórroga antes de cerrar la causa). Se sospecha que el dinero oculto en Andorra, y que Pujol afirmó ser producto de una herencia, procede de comisiones políticas, pero aún no se ha encontrado ninguna prueba de ello. ¿Por qué creemos lo contrario? Porque se nos ha hecho creer que, en la familia Pujol, la responsabilidad es colectiva y si se prueba un delito en un Pujol (un hijo empresario, por ejemplo) la pena debe recaer sobre todos y especialmente sobre el Pujol que importa, el que fue presidente de la Generalitat.
            Para Enrique del Teso (p. 74, hablando del “encuadre” de la información), determinados medios mantuvieron continuamente a Venezuela en la agenda de la actualidad, a pesar de que en ese país “no sucedía nada especialmente relevante”, solo para perjudicar a Podemos. ¿En Venezuela no sucede nada especialmente relevante? La violencia en las calles, la asfixia económica por parte de Estados Unidos, la miseria creciente, los continuos intentos de golpe de Estado, ¿no es nada relevante?
            Más verdadera parece la explicación contraria: es porque Venezuela tiene una presencia continua y negativa en los medios de comunicación por lo que se recuerda una y otra vez la relación de ciertos fundadores de Podemos con el régimen chavista.
            Discutible es lo que dice sobre los jefes de Estado simbólicos, como por ejemplo en las monarquías, donde el rey “aparenta ser jefe del Estado sin serlo de verdad”, ya que “toda su conducta pública está regida por protocolos mecánicos”.
            La arremetida de Enrique del Teso contra el neoliberalismo –que a veces parece una reencarnación del diablo– resulta verdaderamente contundente. Pero no acabamos de creérnosla. Reagan quita impuestos a los ricos y la consecuencia es que millones de personas de mueren de hambre. Así lo explica: “Reagan había quitado impuestos a los ricos y muchos de ellos invirtieron todo ese dinero en el nuevo índice de Goldman Sachs. Se creó una fuerte burbuja especulativa sobre los alimentos, se dispararon sus precios y millones de personas murieron de hambre. El dinero se va de los servicios públicos americanos, se dedica a una actividad parasitaria e improductiva y la gente se muere”.
            Tendrá que explicarlo mejor porque yo no entiendo nada. Como no se entiende que la creación de créditos bancarios para estudios universitarios, en unas condiciones especialmente favorables,  no sea más que “el primer paso para reducir las becas, subir las tasas y crear situaciones de endeudamiento que muchas veces fueran tan graves como las de las hipotecas”. Olvida que la enseñanza universitaria no es obligatoria ni gratuita, y que sería injusto que así lo fuera ya que la pagarían también con sus impuestos quienes no pueden acceder a ella.
            Al neoliberalismo que ha logrado imponerse con su discurso le ha salido un alumno respondón: la extrema derecha. A ella se le dedica un breve y último capítulo, en el que se avisa de que en algunos de sus puntos –populismo, antiglobalización– puede coincidir con la izquierda. Avisados quedamos.
            Más que palabras es un libro frustradamente dual: por una parte, un manual de comunicación política (incluso con ejemplos concretos de buenos y malos discursos) que podría ser muy útil, no solo para los políticos, sino también para los receptores de sus mensajes, y que merecería un mayor desarrollo. Por otro, una defensa del estado del bienestar –entendido de una manera un tanto ingenua: el bienestar empieza “cuando se pueden comprar libros, ir al cine, cenar en una pizzería, ver la televisión o escuchar música”– y un ataque al neoliberalismo, más próximos al arbitrario artículo de opinión que al rigor del ensayo.
           
           
           

sábado, 5 de octubre de 2019

Concha Méndez, sombras y sueños



Entre sombras y sueños
Concha Méndez
Edición de James Valender
Renacimiento. Sevilla, 2019.

En toda vida, caben muchas vidas. Larga fue la de Concha Méndez, que nació el mismo año que Lorca o Aleixandre, que compartió con ellos, y con sus compañeros de generación, la ilusionada aventura literaria de los años veinte, pero que nunca fue vista como uno más. A Gerardo Diego nunca se le pasó por la cabeza incluirla en su famosa antología.
            Concha Méndez, deportista, aventurera, representaba un nuevo tipo de mujer. Junto a su amiga la pintora Maruja Mallo y otras pioneras escandalizó lo suyo en unos tiempos en que, para que una señora o señorita (palabra muy de entonces) resultara escandalosa, no necesita conducir un automóvil, le bastaba salir a la calle sin sombrero.
            Casada con Manuel Altolaguirre, más joven que ella, perpetuo adolescente, hizo de cabeza de familia, y el éxito de sus empresas editoriales se debió más a su esfuerzo, incluso al trabajo físico, que al de él. Y sin embargo su vida literaria y su vida social acabaron cuando, en 1944, el poeta decidió abandonarla por otra mujer más joven y, sobre todo, más rica, la cubana María Luisa Gómez Mena, dispuesta a financiar sus aventuras cinematográficas.
            Desengañada de la vida literaria, durante treinta años Concha Méndez se dedica a cuidar de su hija y luego de sus nietos. En su casa de Coyoacán, vivió y murió Luis Cernuda, un huésped incómodo, que dejó en sus cartas reiteradas muestras del menosprecio que sentía hacia ella.
            En los años setenta, quiso acabar con su vida. Tras el intento de suicidio, reaccionó en sentido contrario: volvió a escribir, a publicar. La muerte, en 1986, la encontró activa, con un libro inédito, con unas fascinantes memorias, dictadas a su nieta, que la retratan de cuerpo entero y ayudan a conocer mejor una época crucial de la literatura española.
            Del interés del personaje, de la necesidad de reivindicarlo, no hay duda. Pero ¿y su poesía? ¿Dice algo al lector actual?
            Entre sombras y sueños, la antología preparada por James Valender, nos permite comprobar que es una figura menor en una generación mayor. Leemos la selección de sus primeros libros, Inquietudes (1926), Surtidor (1928), y nos resultan irremediablemente envejecidos. Algo más gracia tienen las Canciones de mar y tierra (1931): “Vestida de frac, la noche / va a jugar a la ruleta. / El fox bailan, campeones, / una estrella y un cometa”. Ramón Gómez de la Serna, como no podía ser de otra manera, anda por ahí.
            Con Vida a vida (1933) y, sobre todo, Niño y sombras (1936) ya nos encontramos con un temblor distinto, nada que ver con la manera neopopularista de Lorca o Alberti. Los del segundo libro son poemas de la maternidad frustrada y muestran que Concha Méndez podrá ser una poeta menor (los poetas mayores no alcanzan a media docena por siglo), pero es una poeta verdadera que añade resonancias inéditas a la poesía española.
            En la poesía del exilio, hasta 1944, año de la otra gran catástrofe en su vida, alternan los poemas más personales con otros de circunstancias, como el titulado “A Federico García Lorca”, anecdótico recuento. La influencia de Lorca se deja sentir, y no de la mejor manera, en la emotiva elegía que Concha Méndez dedica su madre: “¡Que se me ha ido para siempre! / ¡Que no pude verla!”
            En los poemas finales, escritos tras treinta años de silencio, abundan los versos sentenciosos, de corte popular : “La verdad de nada sirve, / mejor vivir engañados”. Pero no escasean, como en toda la poesía de Concha Méndez, los que no han resistido el paso del tiempo, o ya nacieron a destiempo.
            La obra literaria de Concha Méndez palidece junto a la de sus grandes contemporáneos, pero no merece el desdén que le tuvieron. James Valender, en un preciso prólogo, la sitúa en su lugar, y en la memoria del lector se quedan su emocionado sentir y algunos de sus versos: “parece que no soy yo / quien está a solas conmigo”.



lunes, 23 de septiembre de 2019

Antonio Gamoneda, instrucciones de uso


Esta luz. Poesía reunida
Volumen II (1995, 2005-2019)
Galaxia Gutenberg Barcelona, 2019.

No siempre el poeta es el mejor editor de sí mismo. Juan Ramón Jiménez lo fue hasta una determinada fecha, y buen ejemplo de ellos lo constituye su Segunda antología poética. Luego el afán de enmienda se convertiría en acrítica obsesión hasta llegar al desvarío de tratar de poner en prosa toda su obra en verso.
            Antonio Gamoneda, que reescribió su obra primera tras el tardío encuentro de su voz personal con Descripción de la mentira, parece haber ido perdiendo capacidad autocrítica a la vez que se acentuaba su proceso de canonización, iniciado en 1987 con la concesión del premio Nacional de Literatura a Edad, la inicial recopilación, muy revisada, de su poesía completa.
            El segundo volumen de Esta luz, aparecido quince años después del primero, ejemplifica sus limitaciones. El “Aviso” preliminar comienza con tres puntos entre corchetes, que es la indicación habitual, en las ediciones filológicas, de que se suprime alguna palabra de un texto citado. En este caso, lo que indica, según nota a pie de página, es que se trata de “una versión ligeramente editada” de una “adenda” añadida por el autor a los “Avisos y explicaciones” de la edición original del primer volumen de Esta luz. ¿Importa eso? No importa nada, por supuesto. El lector haría bien en saltarse las explicaciones que el poeta da de su obra, ni siquiera útiles para el estudioso. Aportan poco más que confusas minucias.
            Un ejemplo: “La sección Mudanzas se completa con el capítulo homónimo que aparece en el triple volumen (2016) ya tantas veces mencionado”, nos dice después de haber comentado los textos que incluye en esa sección. ¿Cómo que se completa “con el capítulo homónimo” de La prisión transparente –ese es “el triple volumen” (lo llama así porque incluye tres obras) al que alude– si está integrada por los mismo textos?
            “Mudanzas” es el nombre que Antonio Gamoneda da a sus versiones propias de poemas ajenos, algo en absoluto novedoso, pero en lo que él insiste una y otra vez como una gran novedad; “Pienso aquí en las muchas piezas que en el mundo existen a las que conviene, valorando incluso inevitables quebrantos, que se hagan trabajos análogos al que yo hago –mejorados a poder ser, que lo será. Pienso en un rescate, sin limitación de tiempos, territorios ni lenguas, que podría deparar un inmenso fondo universal, constituido por una poesía que aún existe, aunque en estado ‘intangible’. Es tarea que habrían de concertar sine die numerosos y sucesivos lingüistas y poetas”.
            Qué sorpresa se va a llevar cuando descubra que esa tarea, aparte de Heberto Helder, al que toma como modelo retraduciendo sus traducciones, ya la están llevando, desde hace siglos los poetas: Fray Luis de León apropiándose de Horacio y de Virgilio, Jorge Guillén incluyendo en Homenaje una sección de “Variaciones” (donde no solo se apropia de Pero Meogo, Leopardi o Valery sino que incluso convierte a Azorín en un poeta chino), por no mencionar al inevitable Octavio Paz con sus Versiones y diversiones, a José Emilio Pacheco con sus Aproximaciones o a los más recientes Víctor Botas o Martín López-Vega.
            Abundan los ejemplos de que el Antonio Gamoneda aprendiz de filólogo y puntilloso anotador de sí mismo carece  a menudo de rigor. En las “Notas y confidencias” que añade a su libro Canción errónea escribe: “Hago ahora (la localización puede verse en un índice inmediato) señalamiento de los que digo ‘Poemas con nombre’, de los referibles a personas concretas. Nueve tienen que ver con la persona y/o la obra de los pintores Carlos Piñel, Jorge Pedrero, Elías G. Benavides, Jean-Louis Fauthoux. Miguel Galanda, Modesto Llamas, Faik Hussein, Bernardo Sanjurjo y Alejandro Vargas”. Continúa luego enumerando más nombres y aludiendo a diversas citas implícitas, pero no hay ningún índice ni inmediato ni tardío que diga qué poema se refiere a cada uno de esos nombres (en algún caso el lector lo puede adivinar, en otros no).
            La edición ha estado al cuidado de Jordi Doce, que ha dejado pasar esos descuidos, sin duda por acrítico respeto al autor.
            La poética de Antonio Gamoneda se caracteriza por un rechazo del realismo (que considera característico –con pocas excepciones– de su generación, la del 50, y de la posterior “poesía de la experiencia”), algo en lo que insiste siempre en sus declaraciones: “El realismo es el lenguaje del poder”.
            Pero su poesía está fuertemente enraizada en la realidad biográfica e histórica, continuamente asoman a ella su dura infancia y los desmanes de la posguerra. La obsesión por no parecer realista le lleva a difuminar la anécdota y a eliminar las referencias concretas.
            Es lo que trata de hacer con su poesía de circunstancias, muy abundante. La denomina “Poemas con nombre” (muchos de esos textos se escribieron para el catálogo de algún pintor), pero se esfuerza en eliminar los nombres, los datos que sitúen al poema en su contexto, como si eso contribuyera a universalizarlo.
            La tendencia a no dar por acabado un texto se ha acentuado en Gamoneda con los años. Al pie del extenso poema “La prisión transparente”, que dio título a un libro de 2016, se nos indica que es la “Cuarta versión”. La del libro anterior, todavía presente en librerías, sería la segunda (habría una tercera, aparecida en 2018, en una edición peruana). ¿Con cuál nos quedamos? Con cualquiera o con ninguna. El poema deja de ser “las mejores palabras en el mejor orden” –como afirmaba Coleridge– para convertirse en una sucesión de provisionales borradores a los que no se les presta más que una distraída atención.
            ¿Quiere esto decir que Antonio Gamoneda ha dejado de ser poeta para convertirse en un confuso escoliasta y en una caricatura de sí mismo? No exactamente, aunque algo de eso hay.
            Si las quinientas páginas de Esta luz, el epigonal complemento de su poesía completa, se redujeran a cien no se perdería gran cosa, todo lo contrario. Sobra, entero, El libro de los venenos (con buen criterio el autor lo dejó fuera en 2004 de la edición de su poesía), sobra su complemento “Plinio, Dioscórides y otros”, buen ejemplo de que el autor ya raras veces mejora aquello que retoca.
            Lo que no sobran son un puñado de espléndidos poemas. En Canción errónea y en Las venas comunales –inédito hasta ahora– se incluye algunos textos desoladamente memorables. Es el caso de la extensa melopea que comienza “Hay sequía universal”, que tiene el empaque de las grandes odas de Poeta en Nueva York, pero sin ser nada superficialmente lorquiano. Podríamos citar otra media docena de ejemplos.
            A más de un lector le sorprenderá el primero de los tres “Últimos poemas”, un poema en prosa, a la manera de Baudelaire, o un breve relato, que nada tiene que ver con la borrosa sintaxis habitual del poeta.
            Mal editor, y también quizá mal lector de su propia obra, empeñado obsesivamente en reescribirse (que es como desautorizarse a sí mismo), Antonio Gamoneda cuenta, sin embargo, con un amplio crédito entre los estudiosos de la poesía contemporánea, con Miguel Casado, que firma un detallado epílogo, a la cabeza. Y también entre los poetas que desde finales de los ochenta lo tomaron como estandarte con el que enfrentarse al sector “dominante” de la poesía española, representado entonces por poetas como Gil de Biedma o Ángel González y hoy por Luis García Montero o Luis Alberto de Cuenca.
            Es posible que su innegable éxito –Gamoneda acapara todos los reconocimientos oficiales– se deba más a haber encabezado una facción de poetas como él mismo presuntamente marginados que a sus dotes de poeta ásperamente dolorido y emocionadamente verdadero. El reconocimiento público de un autor tiene esos misterios.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Uno de los grandes



Poesías completas 2019
Miguel d’Ors
Renacimiento. Sevilla, 2019.

Es fácil discrepar de Miguel d’Ors, imposible no admirarle. Por eso no me referiré a la parte más ideológica de su obra, tampoco voy a ciertas expresiones chirriantes que disuenan en nuestra sensibilidad actual.
            Prefiero insistir en que es uno de los grandes poetas de este tiempo. En su generación, quizá el único que ha ido creciendo libro a libro. El más reciente, Manzanas robadas, publicado en 2017, a los setenta años, contiene poemas que están a la altura de los mejores suyos.
            A nadie como a él se le puede aplicar aquella expresión, tan citada, que Eliot tomó de Dante para elogiar a Pound: “il miglior fabbro”. Miguel d’Ors es el mejor artesano de la poesía española contemporánea, el que mejor conoce el oficio. Sus poemas podrían, deberían utilizarse en los talleres literarios para enseñar los secretos de una tarea que requiere precisión de cirujano a la hora de utilizar el lenguaje.
            En “La mujer 10” nos dice cómo debería ser para él un buen poema: “inteligente, tierno y divertido”. Divertidos son muchos de sus poemas (puede irritarnos, pero nunca aburrirnos, al menos cuando escribe en verso), y no solo aquellos en los que toma a sí mismo como objeto de burla, sino también esos otros, entre Catulo y Marcial, en que pone en solfa el mundo contemporáneo.
            Escribe con la inteligencia, no solo con el corazón. El poema responde a una estrategia, es un artefacto perfectamente construido para lograr su efecto, nunca un mero desahogo sentimental. Pocos placeres intelectuales mayores que escucharle explicar el “making of”, el cómo se hizo de un poema suyo.
            Le gusta reescribir poemas ajenos, darle nueva vida a un tópico clásico y, como en los poetas del Siglo de Oro, conocer la fuente no hace desmerecer el resultado, sino que acrecienta nuestra admiración. Baste un ejemplo. El poema “Aunque no lo parezca” reescribe “Preguntas de un obrero ante un libro”, de Bertolt Brecht:: “Y ahora que ya los hemos admirado, / pregunto: ¿quién compraba las patatas / que sostenían el saber de Mommsen?, / ¿quién se las cocinaba, y le ponía / mantel, platos, cubiertos, copas y servilletas, / sin olvidar el pan en su cestita?, / ¿quién le hacía la cama a Rilke, quién / planchaba sus camisas?, / ¿quién, cuando él ya llevaba media tarde, / ganando un poco más de admiración futura, / aún seguía fregando los cacharros?”
            Además de un índice de títulos y primeros versos, incluyen estas poesías completas otro de nombres propios. Poesía con nombres, para decirlo con palabras de Blas de Otero, es la de Miguel d’Ors: sus poemas están llenos de familiares y amigos, de referencias a lugares geográficos, a personajes literarios, que se repiten en una recurrencia significativa, constituyen un leitmotiv.
            Cuántas antologías temáticas se podrían hacer con la poesía de Miguel d’Ors, que tanto gusta de las referencias concretas: nadie cómo él ha evocado la emoción del montañismo, la Galicia rural, la intrahistoria de su familia, el amor de todos los días, el misterio y el asombro de vivir… Incluso es autor de poemas, como “Made in Pakistán”, que podrían entrar en la mejor muestra de poesía social.
            Más cerca del plural Quevedo que del esteticista Góngora, del impuro Neruda que del depurado Juan Ramón, pocos poetas ha habido con tanta “variedad temática, tonal y estilística”, pocos tan polifacéticos.
            Sabe que no es posible ser sublime sin interrupción y por eso gusta de los poemas menores que parecen meros juegos de ingenio, como  “Avecedario”: “La golondrina, aguzada / como un flechazo de Amor; / el mirlo madrugador, / gayarre de la enramada; / la tórtola que, enlutada, / borbota su desconsuelo / en Fontefrida; el mochuelo / dando ejemplo de atención. / Y los gorriones, que son / la calderilla del cielo”.
            Miguel d’Ors, uno de los grandes de la poesía española. Y este volumen –que tantas maravillas encierra, inagotable fuente de felicidad– da cumplida cuenta de ello.
           

sábado, 14 de septiembre de 2019

Oda en la ceniza



Un sí menor
José Mateos
Pre-Textos. Valencia, 2019.

Como la pintura de Ramón Gaya, también hay una poesía moderna que es antimoderna. La del último y mejor Bergamín, por ejemplo, tan cercana a Bécquer y a la poesía popular: “¡Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía! / Todo se me va acabando / menos la melancolía.”
            José Mateos es un poeta de esa clase. Lo primero que sorprende en Un sí menor es un cierto aire vintage, una aparente vuelta a la poesía neopopularista de los años veinte. “El balcón abierto”, desde el título, homenajea a Lorca (“Si muero, / dejad el balcón abierto”) mientras que “Primeras lluvias” recrea uno de los más conocidos poemas de Juan Ramón Jiménez (“Y yo me iré / y se quedarán los pájaros cantando”).
            Pero no tardamos en encontrar un tono distinto, absolutamente personal. Cotidianidad y misterio son las dos palabras que lo definen. Como Blake, José Mateos sabe ver el universo en un grano de arena o en la gota de rocío “que refleja / los colores del alba.”
            Busca el despojamiento, huye –según nos dice en los versos iniciales– del “dogal riguroso / de los poemas bien hechos”, quiere escribir poemas que casi no lo sean, “sino el silencio / de donde nace el poema”.
            Lo consigue a menudo. Solo disuena algún verso ingenioso, como de greguería, algún final sentencioso, y a veces, no siempre, cierta concesión a la anécdota (“Retrato de Antonio el loco”).
            Detrás de buena parte de los poemas de Un sí menor hay un episodio biográfico que podría haber propiciado el desbordamiento sentimental. Pero incluso cuando más directo se muestra (“Navidad con alzheimer”), José Mateos acierta a evitarlo.
            Oda en la ceniza tituló Carlos Bousoño uno de sus libros. El sentido es el mismo que el de este “sí menor” que José Mateos ha querido que resuma el sentido de sus canciones en las que entremezcla, sin levantar la voz, la elegía y la oda, el lamento por la fugacidad y el cántico a la belleza que es verdad, a la verdad que es belleza: “Todo termina así: / unos destellos / de memoria que caen hacia lo hondo / y el cuerpo como un traje envejecido / que casi da vergüenza. / No insistas, corazón, / inútilmente: / nunca / maldeciré la vida”.
            Los mejores poemas del libro contraponen a la desolación del vivir el inesperado regalo de una flor, de un olor, de uno de esos milagros cotidianos y casi imperceptibles. “Agosto” puede servir de ejemplo: “Olor a cañas secas / y a campos demacrados. / Chicharras. Una moto / caída en un barranco. / Calor. Y muerte. Y polvo. / Y este cauce agrietado… / Pero de pronto, higuera, / tú me sales al paso: / tu sombra perfumada / hace bueno el verano”.
            Arte deliberadamente menor, rima asonante, romances y romancillos, también unas “Soleares para una casa en venta” (“El silencio de esta casa / es un castigo que duele / como un castigo de infancia”), un tipo de poesía que no abunda en la poesía contemporánea y que en ocasiones muestra un aire casi infantil: “También, como tú, / a veces quisiera / ser solo en el aire / un trozo de tela, / un trapo que el viento / sacude y eleva. / Y seguir atado, / como tú, cometa, / solo por un hilo / muy fino a la tierra”.
            José Mateos es un poeta a la contra. Sus libros en prosa (Soliloquios y divinanzas, La razón y otros dudas) nos lo muestran igualmente como un pensador en lucha contra la falta de espiritualidad de la sociedad contemporánea. Pero no es necesario compartir sus ideas para asentir a la verdad de sus mejores poemas: “La claridad se hace niebla / de tan clara y tan difícil. / Y todo se desvanece.  / Y no sé cómo es posible, / un signo sin referencia, / un origen sin origen, / un Dios que sustenta y es, / y, sin embargo, no existe”.


             

Ingenio y confesiones



Variaciones y reincidencias (Poesía 1978-2018)
Javier Salvago
Sevilla. Renacimiento, 2019.

Pocos poetas tienen tan claros sus maestros y a la vez son tan personales como Javier Salvago, un poeta sevillano que en los años ochenta destacó por su sentido del humor paródico –La destrucción o el humor se titula el libro que le dio a conocer–, su lenguaje coloquial, su confesionalismo y su virtuosismo métrico.
            El maestro más evidente era el Manuel Machado de El mal poema, del que emula sus característicos autorretratos en pareados alejandrinos (“Variaciones sobre un tema de Manuel Machado” comienza así: “El médico me manda no escribir más. Al menos / me pide que no ponga sobre la llaga el dedo, / que deje de arañarme por dentro como un gato…) y la hazaña de un soneto trisílabo. “Miradas / curiosas. / Dichosas / veladas. / Espadas / pringosas. / Sabrosas / tostadas. / Relatos / pausados. / Vagancia. / Zapatos / mojados. / Infancia”.
            En los tiempos del culturalismo novísimo, Salvago anticipaba lo que después se llamaría –con cierta imprecisión– “poesía de la experiencia”. La suya lo era en sentido literal: pocos poetas se han dedicado con más dolorida verdad e insistencia en los detalles –muchos ya con la pátina de otro tiempo– a contar la suya.
            Tras publicar Ulises en 1996 y reunir su obra completa, Javier Salvago pareció dar su obra por concluida. Los dos más extensos poemas de ese último libro, “Mi pueblo” y el que lleva el mismo título del conjunto, llevaban hasta el extremo una manera de entender la poesía –autobiografía y costumbrismo– en la que el fracaso era “el único argumento de la obra”. Daba la impresión de que el poeta ya había dicho todo lo que tenía que decir, que no había lugar para más “variaciones y reincidencias” –así tituló su obra completa–, y que como Gil de Biedma abandonaba la poesía.
            Pero en el caso de Salvago. ese silencio no fue definitivo. Quince años después volvió a publicar un libro, Nada importa nada (2011)y siguió con otro de titulo igualmente significativo, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), a los que añade en esta nueva edición aumentada de Variaciones y reincidencias el inédito La vejez del poeta.
            “Solo el humor me salva” afirma en uno de sus primeros poemas. Ahora ese humor ha desaparecido y se ha acentuado –si era posible– el pesimismo. Se atenúan en cambio los virtusismos métricos, aunque no falta algún ejemplo de la reiterativa sextina, tan de moda en los años ochenta. Una novedad es el gusto por la poesía popular. Sigue habiendo haikus, pero se escriben por soleares y abundan más las coplas y los apuntes sentenciosos.
            No escasean los aciertos en estas breverías, pero con cierta frecuencia se convierten en naderías. El propio autor es consciente de ello: “Tiene un peligro muy grande / ‘la máquina de trovar’ / y es que si se pone en marcha / no sabes cuándo parar”. Se echa de menos, en este Salvago epigonal, una mayor capacidad autocrítica. O un maestro como Fernando Ortiz, tan presente en sus comienzos (le dedica dos emotivos homenajes).
            Y también un mayor distanciamiento, aunque en él nunca fue excesivo, entre el autor que escribe y el personaje que aparece en los versos. En “Tu peor agente literario” relee sus propios poemas y descubre que “no están mal: hay oficio, / vocación, experiencia, / sentimiento, ironía, / algún acento nuevo / y una visión del mundo y de la vida / propia, según los pocos / críticos que te hicieron algún caso”.
            La ironía es precisamente lo que falta en estos nuevos poemas, tan reiterativos en su pesimismo, roto solo cuando aparece Zombi, su gato: “Que trae mala suerte, dicen del gato negro. / Para mí fue una dicha que llegaras, pequeño, / negro como la noche, cálido, suavecito, / a vivir con nosotros como el más consentido” .
            El Javier Salvago que retorna del silencio es y no es el que fue. A ratos caricatura de sí mismo y a ratos uno de esos poetas que difunden en las redes sociales su sentimentalismo primario y un catálogo de buenas intenciones: “Amar a las personas / como se quiere a un gato: / con su carácter y su independencia, / sin intentar domarlo, / sin intentar cambiarlo, / dejando que se acerque cuando quiera, / siendo feliz, / con su felicidad”.
           


sábado, 7 de septiembre de 2019

Feminismo, feminismo, cuántas tonterías se comenten en tu nombre



Versos con faldas
Historia de una tertulia literaria fundada por mueres en el año 1951
Edición de Fran Garcerá y Marta Porpetta
Introducción y notas de Fran Garcerá
Torremozas. Madrid, 2019.

¿Merece la pena comentar un libro que no merece la pena? Si está financiado con fondos públicos y tiene un cierto eco mediático al vincularse a la reivindicación feminista, creo que sí.
            La reedición de Versos con faldas (Breve historia de una tertulia literaria fundada por mujeres en el año 1951), publicado inicialmente por Adelaida Las Santas en 1983, “es el resultado –según se nos indica en la nota preliminar– de una exhaustiva investigación llevada a cabo por Marta Porpetta y Fran Garcerá”; esa investigación “ha sido llevada a cabo gracias al apoyo económico del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad por medio de una ayuda para la Formación del Personal Investigador. Así mismo se incluye en el marco de los proyectos de 1+D+IFFI2015-71940-REDT y FFI2016-76037-P”.
            Pero esa investigación ha sido tan “exhaustiva” que ni siquiera tiene en cuenta la novela que Adelaida Las Santas publicó en 1959 (y reeditó en 1992) con el título de Poetas de café. En la solapa, Antonio García-Muñoz nos indica que “no es una novela propiamente dicha, sino más bien sincerísimo y entrañable reportaje” en el que se refleja “con gran fidelidad el ambiente, la vida y la bohemia de algunos poetas” que animaron las tertulias literarias de los primeros años cincuenta. Las tres partes del libro van encabezadas por las fechas de 1950, 1951 y 1952. En la segunda de ellas, se habla ampliamente de la tertulia “Versos con faldas” y de sus principales integrantes, incluso de la propia autora: “Adelaida Las Santas llamaba la atención por su tremenda sinceridad poética, abordando temas valientes y revolucionarios”.
            La posguerra española, al contrario de lo que se cree, no fue un periodo poco propicio para la creación literaria. Todo lo contrario, las instituciones públicas se volcaron en apoyarla. Y ahí están para demostrarlo las revistas creadas por Juan Aparicio, como la La Estafeta Literaria, que perduró hasta bien entrada la democracia, y que todavía puede ser leída con gusto en su colorista primera etapa, o Poesía española, dirigida por José García Nieto y ejemplarmente ecléctica.
            Una literatura la del primer franquismo que no estaba obligada a cantar las glorias del Régimen, a la que le bastaba con “no meterse en política”, como Franco decía de sí mismo. Y si se apoyaban todos los géneros literarios, la poesía tuvo un desarrollo especial. Abundaban los recitales poéticos –en cafés, en centros regionales, en algún teatro– y cada capital de provincia contó con su revista de poesía.
            La tertulia “Versos con faldas”, que no era propiamente una tertulia, fue creada por Gloria Fuertes, Adelaida Las Santas y María Dolores de Pablos para organizar lecturas de poesía escrita por mujeres. A veces intervenían las propia autoras y en otras ocasiones recitadoras, sobre todo cuando las poetas residían “en provincias”, como se decía entonces.
            Al contrario de los que Fran Garcerá indica en su estudio preliminar ni era una tertulia feminista ni tuvo dificultades con el franquismo. Nada menos feminista que las declaraciones de las organizadoras al diario Pueblo a poco de empezados los recitales: “Tenemos éxito de público porque casi todos los poetas suelen ser feúchos y entre nosotros hay chicas guapas”.
            Ese recorte lo reproduce Adelaida Las Santas en su libro de 1983, y no es la única muestra de que considerar feministas a estas poetas –poetisas decían ellas– que querían dar a conocer su obra resulta excesivo. Cada lectura poética estaba presentaba por un escritor, como para darle seriedad e importancia. Y la antología Versos con faldas, en su primera edición, llevaba la siguiente nota, que ahora se suprime: “La selección de los poemas que figuran en la breve historia de una tertulia literaria fundada por mujeres en el año 1951 (Versos con faldas), han sido seleccionados (sic) por los críticos literarios José López Martínez y Florencio Martínez Ruiz”.
            La torpe redacción de ese párrafo caracteriza a la escritura de Adelaida Las Santas –una escritora muy menor– y a buena parte de las antologadas. De las cuarenta y siete autoras seleccionadas –muchas con uno o dos poemas– solo seis o siete presentan algún interés, el resto ni lo tuvieron en su tiempo (muchas no llegaron a publicar libro) ni menos lo tienen tantos años después: no todos los escritores olvidados están injustamente olvidados, aunque sean escritoras.
            ¿Vale la pena citar algunos ejemplos? A Elvira González Sierra la despierta el viento una noche. Ella le pregunta qué quiere y se enfada porque, en lugar de responder, el viento ríe a carcajadas: “Prende en mi pecho la ira, / con debilidad humana. / Salto del lecho y azoto / el cristal de mi ventana. / Lo pisoteo hecho añicos / hasta hiriéndome las plantas / y a la noche de febrero / lo arrojo en lluvia de plata. / Soberbia envuelvo los montes / en gozo de mi mirada. / ¡Llora viento, viento llora… / que ya no está en mi ventana! / ¡Que ya no podrás venir / a desvelarme mi alma / ni a quebrar mis dulces sueños / hasta que amanezca el alba! / La noche no me responde, / ni oye el monte mi bravata / pero en el fondo del valle, / ¡ríe el viento a carcajadas!”
            Parece una parodia escrita por Jorge Llopis, el autor de Las miil peores poesía de la lengua castellana, pero su autora lo escribió en serio y en serio lo reedita Fran Garcerá con ayuda ministerial. No es el único caso de humor involuntario el de esta poeta que rompe el cristal de la ventana para que no la moleste el viento. Otra –Carmen Loyzaga– se tiende en la pradera para que rocíen su cuerpo “con ramas de azahar y yedra” (luego “los hombres embriagados gritarán en la taberna: / ¡tiene luz y tiene fuerza!”).
            María Dolores de Pablos, una de las fundadoras de la tertulia, dedicada luego profesionalmente a la astrología, nos dice de “La amortajadora” que “es… como una ficción llena de pajas”. Quisiera decir lo que quisiera decir, seguramente no quería decir lo que algunos malpensados pensarán. Y no se queda ahí. Otro de sus sonetos comienza así: “Acaban de sacar un esqueleto / con los ojos azules… como estrellas”.
            ¿Valía la pena rescatar un volumen colectivo que ya resultaba obsoleto en 1983? Parece que no, Pero si se hace convendría analizar los textos literariamente y destacar los que presentan algún interés, sobre todo si no lo firman las autoras bien conocidas, como Gloria Fuertes o Ángela Figuera.
              Pero a los editores el valor literario del libro no parece interesarle. En el prólogo, no hay ninguna referencia a los poemas que incluye, solo se deja constancia de cuándo y dónde se celebró cada lectura, de quiénes intervinieron y de si la prensa habló o no de ello. Se añaden algunos datos anecdóticos, sacados de la correspondencia entre Gloria Fuertes y Adelaida Las Santas, y se reproducen las dedicatorias de unas poetas a otros.
            En la edición original no hay ninguna referencia bibliográfica sobre las poetas seleccionadas ni se indica por qué se dejaron fuera a algunas que participaron en la etapa fundacional de la tertulia y a las que Adelaida Las Santas se refiere en Poetas de café (es el caso de Pipa Robles, a la que define como “una poeta extraña, que revelaba un subconsciente atormentado”).
            Fran Garcerá y Marta Porpetta han llevado a cabo una “rigurosa información”, que les permite redactar una nota biobibliográfica sobre cada autora con datos tan significativos como los siguientes:
            “Durante las navidades de 1967 asistió al programa de Televisión Española La casa de los Martínez para recitar junto a su hija el poema ‘La estrella coja’, que daría título a su libro de poesía infantil publicado en 1986” (Gloria Calvo).
            “La poeta pasó la Guerra Civil en Madrid, lo que produjo un fuerte impacto en ella. En 1939, un mes después de la victoria del bando sublevado, Victoriano de Pablos consiguió un puesto de mecanógrafa para su hija en una comisaría, que más tarde se reveló como un centro de tortura y asesinato del que renegó. Posteriormente, trabajó en una heladería y en otros lugares” (María Dolores de Pablo).
            “La escritora se casó en 1956, aunque su matrimonio duró solo cuatro años, y concibió un hijo […] Años después, al no poder vivir sola, su familia la ingresó en una residencia de Medina de Pomar (Burgos), donde falleció el 13 de julio de 2013” (Josefina de Silva).
            ¿Vale la pena seguir citando? Me limitaré a un párrafo del comienzo de la introducción, que ya nos advierte de lo que se avecina: “Respecto a la literatura, específicamente la poesía, algunas de las mujeres que comenzaron su andadura literaria a finales del siglo XIX y principios del XX ya habían alcanzado su consolidación o estaban en vísperas de lograrla en las primeras décadas de este último, como Filomena Dato Muruais, Sofía Casanova, Pilar Contreras de Rodríguez, Blanca de los Ríos, Concha Espina o Carmen de Burgos”. ¿Consolidadas “específicamente en la poesía” Sofía Casanova, Blanca de los Ríos, Concha Espina o Carmen de Burgos? (De la “consolidación” de Pilar Contreras de Rodríguez prefiero no hablar).
            No es un caso único el que representa esta reedición. Abundan los investigadores literarios que carecen de capacidad crítica, que son incapaces de distinguir entre un poema y los desahogos en verso de un aficionado, que no dan la impresión de tener muchas lecturas sobre el período que estudian y presentan ciertas dificultades a la hora de redactar con un mínimo de elegancia y alguna corrección. Tienen a su favor que sus publicaciones no suelen ser leídas por nadie, a menudo ni siquiera quienes por quienes la evalúan para su promoción profesional o la concesión de alguna ayuda.
            La confusión entre lo que merece la pena rescatar para la historia literaria y lo que está muy justamente olvidado porque no tiene ni tuvo nunca ninguna importancia se acentúa cuando el escritor sin talento es una escritora sin talento y vivió en los años de la dictadura, aunque el franquismo se preocupara tanto de reprimir a las mujeres que hacían versos como a las que hacían ganchillo.


           
             
           




miércoles, 28 de agosto de 2019

Incomprensible, pero cierto



Una mujer por caminos de España
María de la O Lejárraga (María Martínez Sierra)
Edición de Juan Aguilera Sastre.
Renacimiento. Sevilla, 2019.

El caso de María Martínez Sierra es único en la literatura española y también en la literatura universal. Salvo un primer libro, toda su obra literaria –ensayo, narrativa, teatro, infinidad de artículos, un libro de poemas– aparece a nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra. Solo tras la muerte de este, y ante la necesidad de continuar ganándose la vida escribiendo, comenzó a firmar sus textos como María Martínez Sierra y reconoció públicamente que había sido su colaboradora.
            Peto había sido algo más que una imprescindible y silenciada colaboradora. Hoy sabemos que Gregorio Martínez Sierra –uno de los grandes hombres de teatro de su tiempo– no escribía los textos que firmaba, todo lo más sugería temas. Director de teatro, empresario, agente, relaciones públicas, sorprendía a todos con su fecundidad literaria. No había tal: sus obras de teatro –entre ellas la afamada Canción de cuna– lo mismo que sus novelas e incluso las conferencias y discursos– estaban escritas por su mujer, María de la O Lejárraga, que ahora recupera un nombre que nunca utilizó públicamente en una discutible opción editorial.
            Y lo sabemos, no por interesada confesión de ella tras la muerte de Gregorio Martínez Sierra (nunca fue más allá de indicar que eran obras escritas en colaboración), sino porque se han publicado las cartas en las que él la felicitaba por los dos primeros actos de una comedia, que ya estaba ensayando, y urgía para que terminara de escribir el tercero o preguntaba si sería capas de escribir cuatro artículos al mes, que le habían encargado y que le pagarían muy bien.
            Incluso el único libro de versos que apareció con la firma de Gregorio Martínez Sierra, La casa de la primavera, de 1907, con poemas preliminares de algunos de los grandes del momento –Rubén Darío, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez–, a pesar de la explícita aclaración de ella (dice que fue el único libro en que se limitó a corregir pruebas), hay pocas dudas de fue obra entera de María, a pesar de que era un libro dedicado “a María” y que cantaba su felicidad conyugal.
            Una felicidad que se vio interrumpida por la llegada de la actriz Catalina Bárcena (compañera de Gregorio Martínez Sierra durante más de treinta años, hasta su muerte en 1947), sin que eso supusiera la ruptura de aquella insólita asociación intelectual.
            Asociación, no explotación. María Martínez Sierra no fue “una mujer en la sombra” –así ha titulado Antonina Rodrigo la biografía que le dedicó–, no fue una víctima de su marido, no fue la cenicienta que se quedaba en casa trabajando a escondidas mientras él recibiera todos los aplausos.
            “He sido, soy y seré feminista” escribe en el prólogo a Una mujer por caminos de España, el libro que ahora se reedita con un estudio y notas de Juan Aguilera Sastre que quizá hubieran necesitado edición independiente.
            Fue María Martínez Sierra feminista teórica y práctica. Estaba al tanto de los nuevos avances del feminismo en los diversos países y difundía sus ideas, de muy eficaz manera, en libros como Cartas a las mujeres de España (1916) o Feminismo, feminidad, españolismo (1917), compuestos en buena medida por artículos que habían ido apareciendo en revistas como Blanco y negro. Pero toda esa defensa de la mujer –paradoja de las paradojas– la firmaba con el nombre de su marido y fingía que la había escrito él.
            María Martínez Sierra, a pesar de ello, no era una mujer en la sombra (fue maestra, viajó becada por Europa, participó en la fundación de asociaciones en defensa de la mujer), pero solo con la llegada de la República se decidió a ocupar un puesto destacado en la vida pública.
            Militante del partido socialista, amiga y admiradora de Fernando de los Ríos, fue elegida diputada por Granada en las elecciones del 33, las primeras en las que votó la mujer, y del 36, las últimas en que podría votar hasta cuarenta años después.
            A su participación en esas campañas electorales, a su labor como “propagandista”, le dedicó el libro Una mujer por caminos de España, que comenzó a escribir a finales de los años cuarenta y que, en principio, iba a publicarse en Estados Unidos, donde la firma Martínez Sierra (sus obras se habían estrenado con éxito, Gregorio había trabajado como director en Hollywood) era conocida y apreciada. Su primer título era España triste y, en buena medida, nos ofrece una impactante visión –un poco a la manera del documental de Luis Buñuel Las Hurdes, tierra sin pan– de la España oprimida y miserable que vino a tratar de redimir la República.
            María Martínez Sierra compara su peregrinar por la España profunda, de Casa del Pueblo en Casa del Pueblo (son muy hermosas las páginas que dedica a esta institución socialista), a la de Santa Teresa fundando monasterios. Además de feminista  y socialista, era cristiana, de un cristianismo evangélico que nada tenía que ver con el catolicismo reaccionario de la iglesia española de entonces. En alguno de sus mítines elogia la figura de Cristo.
            A Una mujer por caminos de España, publicada en Argentina en 1952, tras fracasar la edición norteamericana, le siguió en 1953 Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración, las memorias de su vida literaria.
            En ambos casos, se trata de unas memorias peculiares, fragmentarias, en las que la autora trata de no ser protagonista y de ocultar todo lo que pueda su vida íntima, siguiendo quizá el consejo de Unamuno: “De un dolor de ti solo no acibares / de dolor los humanos corazones…”
            La edición que Juan Aguilera Sastre ha realizado de Una mujer por caminos de España contiene en realidad dos libros en uno. Por un lado, está la espléndida obra memorialista de María Martínez Sierra, escrita sin papeles ni documentos, en la que puede equivocarse en alguna fecha, en algún dato concreto –y se equivoca a menudo–, pero sin que eso empañe su verdad emocional. El prólogo dialogado y el epílogo sobre su niñez son dos piezas aparte que complementan el conjunto de expresionistas estampas en hiriente blanco y negro. “La propagandista y su conciencia (A manera de prólogo)” no desmerece junto a las reflexiones de Azaña sobre el fracaso de la República.
            Juan Aguilera Sastre estudia –en las cien páginas de prólogo, en las más de cien de notas complementarias– la trayectoria política de María Martínez Sierra durante la República y la guerra civil y lo hace con un espléndido trabajo de documentación que le lleva a precisar lo que la autora cuenta en sus memorias basándose en las informaciones periodísticas y a refutar sus datos en muchos casos (no fue tal día, sino tal otro cuando dio el mitin de que habla; el incidente no ocurrió en tal lugar, sino en el pueblo de al lado…)
            Todo esa labor de documentación dificulta en gran medida la lectura de Una mujer por caminos de España como lo que es, una obra literaria y no el resumen objetivo y preciso de una trayectoria política.
            “Solo recuerdo la emoción de las cosas” escribió Antonio Machado y podría repetir María Martínez Sierra. La verdad de la literatura no es la verdad del documento, pero no por eso es menos verdad, sino al contrario.
            El enigma Martínez Sierra aún no se ha aclarado del todo. La última obra que estrenó con el nombre de su marido, Triángulo, en 1930, trata de un nombre que, tras perder a su primera mujer en un naufragio, se casa con otra. Cuando la primera, desaparecida y no muerta, regresa, terminará viviendo felizmente con las dos, aunque eso solo se insinúa al final de la comedia.
            Parece que esa hubiera sido su solución preferida para el triángulo formado por Catalina Bárcena, la joven actriz, Gregorio Martínez Sierra y ella, que algo tuvo siempre. más que de esposa, de hermana mayor y de mentora intelectual. No fue posible esa armonía que se sueña en la comedia.
            Pero aunque dejaran, primero de convivir y luego (tras el nacimiento de la hija de Catalina) de verse un día a la semana para trabajar juntos, lo cierto es que nunca se rompió la complicidad personal e intelectual entra la escritora y su marido.
            Durante los años duros de la Segunda Guerra Mundial, que María pasó en Niza, siempre se ocupó de enviarle cuanta ayuda podía desde Buenos Aires, y la última carta que ella le escribió desde Londres (está fechada en noviembre en 1946 y la reproduce Enrique Fuster del Alcázar en su libro El mercader de ilusiones) manifiesta una sintonía espiritual idéntica a la de los años felices de La casa de la primavera, cuando su hogar era refugio y envidia de los nuevos escritores, como su hermano del alma, Juan Ramón Jiménez: “Me han encargado les haga algo especial para teatro radiofónico, y me han hecho oír cosas que ya han realizado y que están muy bien de veras: así es que he dicho que te consultaría y que enviaríamos algo; en cuanto llegue a Niza pondré manos a la obra, y si a ti se te ocurre alguna idea, dímela, que la aprovecharé, firmaríamos siempre los dos, naturalmente.”
            Ya no era posible que firmara él solo, aunque eso es lo que ella –¿homenaje de amor?-- hubiera preferido.
            El caso de María Martínez Sierra, único en la historia de la literatura, es incomprensible. Incomprensible, pero cierto.
               
             

sábado, 24 de agosto de 2019

Basado en hechos reales o Toda la verdad sobre quienes nos cuentan la verdad


El director
David Jiménez
Libros del K. O. Madrid, 2019

Los libros de escándalo tienen un corto recorrido. El director, de David Jiménez, salió ya hace unos meses, provocó el revuelo correspondiente y se vio amenazado de querellas por parte de alguno de los afectados mientras que la mayoría, más hábiles, miraban para otro lado, dejaban que el olvido hiciera su labor y decretaban la muerte civil del memorialista impertinente,
            En El director nos cuenta David Jiménez el año –entre 2015 y 2016– que pasó al frente del diario El Mundo. Y lo hace con tanta eficacia literaria que apasiona incluso a quienes nunca han sido lectores de ese diario ni tienen el menor interés por sus asuntos internos.
            El director puede leerse como una novela “basada en hechos reales”, como una novela de no ficción, en la que nada está inventado (las suposiciones del narrador se dan como tales), pero en la que, y por eso no es un riguroso informe, no se contrastan distintos puntos de vista sobre unos mismos hechos.
            Como en todo relato, la figura principal es la del narrador,  da sentido y unidad al conjunto. En este caso, se trata de un narrador en primera persona que sigue el modelo que Ennio Flaiano popularizó con Un marciano en Roma (y en su estela Eduardo Mendoza con Sin noticias de Gurb), pero que tenía el antecedente clásico (o neoclásico) de Cadalso con su Cartas marruecas y Montesquieu con sus cartas persas: alguien que llega de otro planeta o de otra cultura y se sorprende de cosas que los indígenas encuentran de lo más naturales.
            El marciano –llamémosle así– es David Jiménez, que llevaba veinte años trabajando en El Mundo, pero como corresponsal en territorios distantes y sin haber apenas pisado la redacción. De pronto, como en un cuento de hadas, el todopoderoso presidente de la empresa editora del diario se sube a un avión, va a buscarle a Nueva York, le ofrece la dirección y le promete todas las facilidades para que pueda enderezarlo y devolverlo a los años de esplendor, cuando podía hacer rodar cabezas en el gobierno, o incluso derribar gobiernos, con solo un titular..
            “El guardia levantó la mirada y preguntó el motivo de mi visita”, comienza el libro. David Jiménez –el narrador-protagonista– se ha olvidado la tarjeta de identificación en casa y en su primera visita a la redacción del periódico como director el guardia de seguridad le impide el paso. La escena no puede resultar más significativa.
            No faltan las pequeñas anécdotas, chismes dirían algunos, sobre personajes conocidos. Muy al principio, evocando los tiempos gloriosos de Pedro Jota nos cuenta una escena que no desentonaría en El Padrino: “Yo acababa de ser contratado como reportero raso cuando por entonces apareció por allí visiblemente alterado el entonces vicepresidente del Gobierno, Francisco Álvarez Cascos,  que había abandonado a su esposa por una joven estudiante cordobesa de 22 años y temía caer en desgracia con el ala más puritana de su partido.’Si pudiera hablar con el presi e interceder por mí’, pidió al director”. Y este respondió con la magnanimidad de quien se sabía el dueño del cotarro: “Veré lo que puedo hacer…”
            Otra de las anécdotas tiene que ver con quien fue, junto a Francisco Umbral, una de las señas de identidad del periódico: “Prescindí de firmas como la de Antonio Gala, uno de nuestros intocables desde hacía más de dos décadas. No tenía nada contra el autor de La pasión turca, que había sido un escritor de éxito y cumplía con sus deadlines por encima de nuestras expectativas –enviaba todos los artículos del mes de agosto el 31 de julio–, pero su sueldo no podía justificarse con la publicación de una columna diaria de un párrafo de extensión. Hacía tiempo que sospechábamos que ya nadie la leía y la confirmación nos llegó cuando cometimos el error de publicar un mismo artículo dos días consecutivos. Llamó un único lector para quejarse: el propio Gala”.
            El rey y la reina, recién estrenados en el cargo, hacen también, junto a otros personajes de actualidad (no falta el comisario Villarejo, con su grabadora asomando del bolsillo), algún cameo en el libro, pero no es eso lo que importa.
            Como en una novela psicológica, es el retrato de las intrigas de la redacción y las miserias de la condición humana que desvelan lo que más nos interesa. David Jiménez ha tenido el acierto de sustituir el nombre de buena parte de sus colegas por otro que resume su carácter o su relación con la trama: el principal antagonista, quien le ofreció el cargo de director, es el Cardenal, y luego están la Digna, el Señorito, Rasputín, las Ratas o los Poetas Muertos.
            ¿Una manera de evitar demandas por difamación? No, solo un hábil recurso creativo. Las personas se convierten en personajes. El Cardenal deja de ser exclusivamente Antonio Fernández-Galiano, director de Unidad Editorial, para convertirse en un prototipo del que abundan las muestras en las alturas de la academia, la política o los negocios.
            Quien paga, manda. En el periodismo y en cualquier otra actividad. Desde el momento en que el Director dejó de atender a las sugerencias del Cardenal sus días en el cargo estaban contados.
            La libertad de información  tiene sus límites. En democracia, los intocables no suelen ser los políticos –a todos les llega su hora, aunque a algunos parece que no va a llegarles nunca, como al anterior jefe del Estado–, sino las grandes empresas: el Corte Inglés, que hace tambalear a cualquier publicación si le retira su publicidad, o lo bancos de los que los principales diarios son acreedores.
            Un periódico no puede sobrevivir sin sus mecenas, a veces tan discretos que ni siquiera quieren que figure su nombre, y a los mecenas hay que tratarlos bien. Cierto día, David Jiménez recibió la visita de uno de los directivos de la empresa que edita el periódico pidiéndole que retirara una noticia negativa sobre Mercadona: “Cuando le pregunté por qué le preocupaba tanto una noticia de una corporación que ni siquiera nos ponía dinero, me dijo: ‘Porque lo pone’. No había visto nunca un anuncio de Mercadona en nuestras páginas y había leído informaciones donde se ensalzaba el éxito de la emprsa ‘a pesar de no invertir en publicidad’. No hacía falta: pagaba a la prensa –incluidos pujantes digitales nativos que se declaraban pulcros– importantes sumas de dinero en ‘patrocinios’ con los que lograba coberturas amables y protección ante las molestias del periodismo”.
            Pero el principal enemigo del periodismo de calidad no son los políticos ni los bancos ni quienes aspiran a manipularlo en su provecho, sino sus lectores, por paradójico que parezca.
            La mayoría de los lectores no quieren que les cuenten la verdad si esa verdad va en contra de sus prejuicios.
            Hacer un periodismo riguroso, un periodismo de investigación, no garantiza –ni mucho menos– la supervivencia de un diario. Sobre todo si se vende al mismo precio que otro sensacionalista que le da al público lo que quiere leer. A nadie se le ocurriría poner al mismo precio una comida degustación en un restaurante con tres estrellas michelín y el menú en un bar de barrio. En periodismo, no solo ocurre eso, sino que además se pretende que ambos se ofrezcan gratis.
            La minoría que está dispuesta a pagar un precio adecuado por un periódico que no le engañe no es suficiente para hacerlo viable económicamente. Tiene por eso que depender de otras fuentes de financiación. Y quien paga manda, ya se sabe.
            El director es un libro que nos abre los ojos. Pero no debemos caer en el error de creer que las artimañas que nos cuenta, las manipulaciones a que se somete la información, son cosa de hoy o culpa de Internet. Han existido siempre, aunque las maneras de hacer fueran otras.
            El pícaro y el héroe, en lo que al periodismo se refiere, siempre han estado muy próximos, tan próximos que a veces coincidían en la misma persona.
            Y si siempre ha sido así y a pesar de ello el periodismo ha cumplido su función no hay motivos para desesperar. La seguirá cumpliendo. Y no solo porque siempre existirán periodistas como David Jiménez, sino porque incluso personajes como Pedro Jota (por no citar a Luis María Anson o a Juan Luis Cebrián, los otros dos Grandes Tenores del mejor y el peor periodismo), entre conspiraciones, chantajes, paranoias y buenos negocios, a veces sacan a luz siniestros y purulentos secretos de Estado y las vergüenzas de algún banquero o de algún político que se creían todopoderosos.      
             

domingo, 18 de agosto de 2019

Baroja, Trapiello y el arte del disparate



Un poco de compañía. Impromptu barojiano
Andrés Trapiello
Ipso Ediciones. Pamplona, 2019.

Cuando un escritor nos cae en gracia, todo lo que escribe –aunque sea el mayor disparate– nos hace gracia. Es el caso de Pío Baroja para los miles de barojianos convictos y confesos; es el caso de Andrés Trapiello, admirado y detestado casi a partes iguales, y a veces por la misma persona.
            Solo a Baroja, ya menos un escritor que un tema literario, se le podría dedicar una colección de libros, que ya lleva publicadas veinticuatro entregas, con el título de “Baroja & yo”; solo Trapiello es capaz de convertir lo que podría ser un aburrido artículo académico –la edición de cinco cartas inéditas del escritor– en una muy barojiana divagación en la que alternan los pasajes hilarantes con las opiniones contundentes, los ajustes de cuentas con algunos escritores y los personajes reales envueltos en un aura de novela.
            Un poco de compañía se lee de un tirón, dejándose se llevar por el ritmo de la prosa, escrita a veces un poco a la diabla, pero en la que no escasean las ocurrencias felices: los dibujos de Julio Caro Baroja “tienen algo de un Bosco pasado por Tintín”.
            Baroja es un escritor de larga decadencia. Hay incluso quien llega a pensar que esa decadencia comienza en fecha tan temprana como 1914. Después se salvan sus escritos autobiográficos y muchos de sus ensayos –los que escribió en el diario Ahora y luego reunió en libros, por ejemplo–, pero pocas de sus novelas.
            Desde el principio tuvo sus detractores. Esos ataques pueden ejemplificarse en dos libros: Mis conversaciones con don Pío Baroja, de los años cuarenta, firmado por un tal D. Benaudalla, pero escrito en realidad por Luis Ruiz Contreras, y Baroja o el miedo, de 2001, la impiadosa biografía no autorizada de Eduardo Gil Bera. El primero se centra en sus presuntos, o tan presuntos, deslices gramaticales; el segundo, en su a veces poco gallarda peripecia vital.
            También Andrés Trapiello, que cuenta con legión de admiradores, tiene sus antagonisas, no siempre por motivos literarios, aunque también. Como Baroja, Trapiello comenzó en un lado del espectro ideológico y se ha ido deslizando hacia el otro extremo: ahora es uno de los más aguerridos defensores de la España una y Cataluña cero.
            Quienes admiramos al escritor, solemos mirar hacia otro lado cuando asoma el panfletista. Es lo que hacemos con Baroja, quien en 1907 –y en el diario El Mundo– escribió: “¿De dónde viene el odio de los catalanes a España? Porque el odio existe, y decir que no es mentir. Hay muchos catalanes que no son separatistas ni regionalistas y sin embargo odian a España. Yo creo que ese odio tiene varias causas; una de ellas es el sentimiento de una nacionalidad frustrada, que es el mismo que hace que los provenzales tengan rencor por los del norte de Francia”. Hasta aquí, se esté o no de acuerdo, nos encontramos en los límites de la sensatez. A partir de aquí, comienza el disparate: “Otra de las causas del odio muy extendido de los catalanes a España es la influencia judía. Los catalanes han tenido la habilidad de lanzar el sambenito de judíos a los demás españoles, cuando precisamente los judíos son ellos”.
            Comunistas, judíos y demás ralea se titula la antología de textos barojianos, publicada en Valladolid por Ediciones Reconquista en 1938, con la que Ernesto Giménez Caballero quiso presentar a Baroja como un precursor del fascismo.
            Pero no solo son motivos políticos los que alejan de Andrés Trapiello a algunos lectores. Buena parte de lo que afirma de Julien Green –mencionado por Baroja en una de las cartas a Terrasa– quizá se le podría aplicar a él con mayor fundamento: “Los diarios de Green, un personaje torturado y católico, homosexual y académico, tienen gran fama, pero lo cierto es que resultan antipáticos y desagradables, y al cabo de unas páginas cansan, pese a su inteligencia y a su mezquindad con casi todo el mundo”.
            Andrés Trapiello no es mezquino con casi todo el mundo. Muy al contrario, pocos escritores tan generosos a la hora de promocionar a otros autores (ahí está su colección “La Veleta”) y con tanta capacidad de admiración y tanta gratitud para sus maestros. A él se debe buena parte del predicamento de que hoy gozan escritores como Manuel Chaves Nogales o Elena Fortún, y su devoción por Juan Ramón Jiménez o Ramón Gaya, bien conocida, ha dejado docenas de páginas ejemplares.
            Pero su inquina no es menos apasionada que su devoción ni menos ciega. En las páginas de Un poco de compañía son Aquilino Duque y Juan Benet (autor de tediosas novelas y de un espléndido Otoño en Madrid hacia 1950, donde incluye algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre Baroja) las víctimas de su malquerer. No nos sorprende el segundo caso (esa antipatía viene de lejos), pero sí el primero, entre otras cosas porque Aquilino Duque fue pionero en la defensa, cuando pocos lo hacían, de ciertas posturas ideológicas ahora muy de moda.
            Las cartas que Andrés Trapiello rescata en Un poco de compañía están dirigidas a Juan Terrasa, un diplomático del que apenas tenemos noticia. Las únicas noticias que Trapiello logra reunir de él se las remite Miguel Aguirre de Cárcer, el cónsul general de España en Berna, y terminan con la noticia de que, en 1953, “causa baja en el Escalafón de la Carrera Diplomática”, supuestamente a petición propia.
            Las razones de ese cese las da a entender, de pasada. Aquilino Duque en un artículo dedicado a Juan Prat. Pero Trapiello no se fía demasiado del escritor sevillano: “Con Aquilino Duque y lo que diga hay que ser, no obstante, prudente, pues es de imaginación carbónica, como el sifón”.
            Prudente hay que ser también con los datos eruditos que nos proporciona Andrés Trapiello. Afirma que Aquilino Duque habla de Juan Terrasa en el artículo “Semblanza de Juan Prat”, publicado en Libertad Digital en 2014, pero se publicó el 24 de enero de 2003. Tampoco importa mucho ese error porque hoy los artículos se pueden localizar por el título, no se precisa la fecha.
            Algo más grave resulta que se burle de Aquilino Duque utilizando para ello una cita incompleta: “'Prat era probablemente marxista, pero no creo que espiara para nadie,  dice él’, dando a entender, con esa lógica tan particular suya, que la consecuencia más habitual del marxismo es la de ser espía, o que, si eres marxista y no eres además espía, has hecho un pan con unas tortas”.
            Tiene gracia la observación y Aquilino Duque –antimarxista visceral– queda un poco en ridículo, pero la frase completa dice así: “Prat era probablemente marxista, pero no creo que espiara para nadie, por mucho que las actividades del Organismo Atómico y la proximidad del Telón de Acero se prestaran a ello”.
            Quien queda entonces algo malparado es el propio Trapiello, pero ya sabemos que su rigor, a la hora de citar y de historiar la literatura española (una de sus aficiones) no resulta excesivo.
            En La Estafeta Literaria, una revista a la que muy merecidamente elogia, pero que no era “una publicación mensual”, como él indica, sino quincenal, encuentra un poema de Manuel Machado dedicado a Canciones del suburbio, el pintoresco libro de poemas publicado por Pío Baroja en su vejez. Como no figura “en ninguna de sus obras completas ni en parte alguna –indica Trapiello antes de reproducirlo–, lo voy a dar aquí, para amortizar algo el dinero que el lector se haya gastado ahora”. Pero ese poema –excelente por cierto– se puede encontrar en la página 707 de las Poesías completas de Manuel Machado editadas en 1993 por Antonio Fernández Ferrer en Renacimiento.
            Pero sigamos con Juan Terrasa. Cita Trapiello, esta vez sin cortes, otro párrafo de Aquilino Duque: “En la Unesco tuvo Prat enemigos implacables, entre ellos un tal Gelabert, que era menorquín y no procedía del exilio, sino del gremio de viajantes de comercio de calzado y un tal Terrasa, expulsado del Cuerpo Diplomático al intervenírsele en un paso de frontera un maletín lleno de relojes suizos y que presumía de ser amigo de Otto John, el agente doble que pasó del Berlín Oriental al Occidental al comienzo de la Guerra fría, y de haber colaborado en la conjura del conde Stauffenberg. Ninguno de estos dos, que solían poner a Prat como chupa de dómine, dijo jamás la menor cosa sobre presuntas actividades de espionaje”.
            Ante tal información, Andrés Trapiello se lleva las manos a la cabeza: “Decía antes que estas son afirmaciones sin importancia. Quiero rectificar. Sin importancia para muchos, desde luego, pero no, por ejemplo, para los hijos o los nietos de ese Terrasa, si los tuvo. No debe ser agradable ver difamar la memoria de un ser querido, aunque sea lejano, tan a la ligera; claro que será difícil que esos hijos o nietos de Terrasa hayan leído nada de Aquilino Duque ni tengan la menor idea de él”.
            Sonreímos al ver a Trapiello salir en defensa de unos hijos o nietos que ni siquiera sabe si existen, él que ha dicho bastantes cosas poco gratas –y sin más prueba que su palabra– de tantos escritores en su diario. Una incoherencia muy barojiana, por cierto.
            Pero sigamos. Primero una serie de preguntas retóricas: “¿Conoció Aquilino Duque a Juan Terrasa? ¿Le dijo este, presumió acaso de que era amigo de John Otton? ¿Supo lo del contrabando de relojes y su expulsión de la carrera por el propio Terrasa o se lo contó algún otro chismoso como él? ¿Le dijo Terrasa: ‘Sabe, Duque, yo tuve que dejar la carrera porque me pillaron con las manos en la masa’?”
            Preguntas retóricas todas ellas porque él mismo se responde: “No lo creo. Podría ponerse uno ahora en contacto con el escritor sevillano, y esperar de él las respuestas a esos interrogantes, pero no me parece necesario. Además, todos los implicados están ya muertos, lo que desde un punto de vista procesal es como decir: Áteme usted esa mosca por el rabo”.
            Hombre, Andrés, no todos los implicados están muertes. No lo está Aquilino Duque, a quien tan alegremente acabas de acusar de difamador y de chismoso.
            Yo sí tuve la curiosidad de ponerme en contacto con Aquilino Duque y esta fue su respuesta, recibida a vuelta de correo electrónico, o esa, al instante: “Lo que yo hago es salir al paso de comentarios gratuitos oídos en Viena. De Terrasa fui bastante amigo en sus últimos años, y lo de la valija con relojes se lo oí a los viejos de la OMS, Ortega Costa, Xammar o Mendizábal. Lo de Otto John y lo de Stauffenberg me lo refirió el propio Terrasa y creo recordar que me prestó un libro en que se aludía confusamente a esas conspiraciones en las que metía a alguien de la familia del Kaiser. Algo también me refirió su excolega, expulsado también de la Carrera, Fernando Aguirre de Cárcer, de quien logré hacer publicar sus excelentes traducciones de poesía francesa en la editorial Dos Soles. Espero haber sido tan claro como discreto”.
            No se limita Andrés Trapiello en Un poco de compañía a reproducir las cinco cartas a Juan Terrasa y a glosarlas de magistral manera, dándonos una imagen muy precisa de aquella España y del escritor en los últimos años. También nos ofrece otra primicia: fragmentos de la correspondencia de Baroja con el escritor y diplomático uruguayo Pablo Minelli González y de una insólita entrevista, inédita al parecer, que Baroja se hace a sí mismo.
            Bromea Trapiello, desde la primera línea de su libro, con la peculiar sintaxis barojiana, pero casi todas las citas que de ella hace son apócrifas. “Yo no creo que es una buena idea el nombre de esta colección, Baroja y yo”, comienza el libro. Y añade: “Así hubiera escrito Baroja esta frase”. Luego se enreda en el comentario. Al contrario de lo que él piensa, no son incorrectos el tiempo verbal y el adverbio “no”, o no lo son al mismo tiempo.
            Lo mismo que se inventa las frases incorrectas y juguetea con ellas, podría haberse inventado todas estas cartas inéditas y ser el conjunto una divagatoria novela corta. No por ello tendría menos valor este libro que, si flaquea en lo erudito –no cita el reciente Baroja en París, de Francisco Fuster, ni alude a El último Baroja, de Luis S. Granjel, de 1992, anterior por tanto a Las armas y las letras–, no pierde nunca la casi hipnótica capacidad de sugerencia que caracteriza al prosista Andrés Trapiello, a quien –como a Baroja–, aunque a veces nos irrite, nunca nos cansamos de leer.