jueves, 14 de marzo de 2013
Criticar por criticar
jueves, 6 de enero de 2022
Equipo de tercera en campo de primera
Tiempo de paz y de
memoria
(Treinta poemas
comentados)
Edición de Remedios
Sánchez
Hiperión. Madrid,
2021.
Como en el fútbol, también en la literatura hay una primera
división, una segunda y una tercera. En el libro-homenaje a Mariluz Escribano
Pueo, Tiempo de paz y de memoria (Treinta poemas comentados), participan
como invitados algunos jugadores de primera fila –Gamoneda, Colinas, García
Montero, Luis Alberto de Cuenca--, pero los críticos que llevan el peso del
volumen, comenzando por la editora, Remedios Sánchez, son de segunda división,
si no de tercera regional.
Mariluz
Escribano Pueo (1935-2019) fue una figura importante en la vida cultural
granadina del último medio siglo. Se dedicó a la enseñanza, colaboró en la
prensa, dirigió la revista EntreRíos, publicó libros de artículos,
memorias de infancia, poesía. Su padre, que dirigía la Escuela Normal de Granada,
fue fusilado poco después de García Lorca; su madre, maestra, desterrada a
Palencia. Una figura ejemplar, una poeta no desdeñable, se lee con emoción y
agrado, pero también algo convencional y de retórica consabida, una poeta en la
que la emoción suele provenir más de la anécdota que hay detrás del poema –y
así lo subrayan la mayoría de los comentaristas-- que del poema mismo.
Para la editora, Remedios
Sánchez, profesora en la Universidad de Granada, el poco eco que tuvieron las
tres primeras publicaciones de Mariluz Escribano, aparecidas entre 1991 y 1995,
se debió a su condición de mujer. Concluye su estudio preliminar con este
reivindicativo párrafo: “Ya he dicho que nunca fue Mariluz una persona
manejable o de hacer el rendez vous al cabecilla de turno como otras
personas de su generación que supieron ser arcilla en manos de quienes tenían
el poder momentáneo. Hablar del té de las cinco con sus galletas inglesa, hacer
juegos de palabras, hacer del culturalista o vulgarizar el lenguaje para épater
le bourgeois resultaba superior a sus fuerzas, su dignidad se lo
impedía”. ¿De dónde habrá sacado
Remedios Sánchez que en los años noventa había que hablar del “té de las cinco
con sus galletas inglesas” para que los críticos te hicieran caso?
Todo el estudio
preliminar está lleno de afirmaciones así, muchas de ellas torpemente
redactadas y dudosamente inteligibles: “Si de los últimos cuarenta años,
pongamos por caso, existieran un par de poetas ya canonizados desde el punto de
vista sincrónico, que patrocinaran a quienes desarrolla algún tipo de subprosa
(la denominación es de Rivero Taravillo, no mía) y se antologara hasta la
saciedad a estos/as dos poetas junto a esa subprosa, es evidente que lo que
quedaría para quien construya el canon diacrónico, el que consagra por decirlo
así, serían los dos autores que siguen los preceptos de la tradición buscando
adaptarlos a este tiempo espacio-concreto, porque el público lector no es tan
tonto como algunos suponen y acaba por separar el grano de la paja”.
Así redacta,
así razona esta estudiosa de la poesía, que cree que el canon poético es obra de
unos críticos que deciden lo que hay que escribir en cada momento. Quienes la
acompañan en el volumen –Manuel Gahete Jurado, José Sarria, Francisco Morales
Lomas-- no le andan a la zaga en cuanto a rigor intelectual. “Ya desde sus
primeros libros –escribe el primero de ellos--
es una autora clásica (como lo ha reconocido explícitamente la Junta de
Andalucía en este año 2021)”. ¿Desde cuándo la consideración de clásico depende
de las autoridades autonómicas?
A José
Sarria se deben estos datos trascendentales sobre el renacimiento poético de la
de la autora en sus años finales: “Son poemas que han estado reposando y que
han sido objeto de reflexión y meditación profunda son descubiertos casualmente
por la profesora Remedios Sánchez (discípula de Escribano) en 2012, quien los
encuentra en una estantería doméstica confinados a la contingencia del destino
–no habían sido aceptados para su publicación por el director de una colección
literaria institucional granadina a finales de los años noventa-- y que renacerán en irisado polvo de
diamante”. Minucias provincianas, mala puntuación y peor literatura (“irisado
polvo de estrellas”).
¿Vale la
pena seguir citando? Junto a los críticos, un puñado de escritores invitados
–algunos más conocidos que otros-- glosan diversos poemas de la autora y aluden
a episodios de su biografía (el asesinato del padre se menciona reiteradamente).
Se trata, en la mayor parte de los casos, de prescindibles y convencionales
textos de homenaje. Jaime Siles y Antonio Gamoneda intenta, con no mucha
fortuna, un comentario de texto a la manera escolar. Otros prefieren tomar el
texto como pretexto para una breve divagación literaria (es el caso de Colinas o
Luis Alberto de Cuenca). Salen con éxito del empeño Luis García Montero,
glosando un poema que glosa otro suyo, y Ana Merino, que se refiere a la
América profunda que Escribano conoció durante su estancia como profesora en
Ohio.
De vez em
cuando se insiste en la marginación de la autora por su condición de su mujer.
Pero si esa condición no le impidió desarrollar una importante labor de
intervención cultural (articulista en la prensa, directora de una revista),
¿por qué la iba a impedir ser conocida como poeta? Hay un error frecuente
–incurre en él también el prologuista Manuel Rico-- cuando se habla de la marginación femenina en
el campo de la literatura. Si hubo, hasta casi hoy mismo, pocos nombres de
mujer en la historia de la literatura fue porque no se daban las condiciones
necesarias para que se dedicaran a ella con la misma constancia que los
hombres, no porque publicaran obras maestras y los críticos y los escritores –todos
hombres hasta casi ayer mismo-- decidieran ocultarlas.
Tiempo
de paz y de memoria es uno de esos libros que editan las instituciones
locales para consumo local. Su aparición en una colección como Hiperión, en
otro tiempo prestigiosa, es un signo de los tiempos: los editores de poesía, si
quieren subsistir, tienen que renunciar a su función de editores en el mejor
sentido de la palabra (descubridores de autores, orientadores del gusto
público) para convertirse en meros gestores editoriales de publicaciones patrocinadas.
jueves, 12 de septiembre de 2013
¿Qué fue de Roger Wolfe?
jueves, 5 de mayo de 2016
Vicente Luis Mora contra la poesía de la normalidad
jueves, 16 de diciembre de 2021
Qué hay de nuevo en poesía
Es capital todo lo
que fluye
María García Díaz
Traducción de Xaime
Martínez
Ultramarinos.
Barcelona, 2021.
¿Qué hay de nuevo en poesía?, se preguntan cada cierto
tiempo los lectores y los críticos. Han pasado ya más de dos décadas desde que
comenzó el siglo XXI, ¿dónde están los poetas que han sucedido a los que se
dieron a conocer a finales del siglo anterior, los últimos que parecen haber
entrado a formar parte de la historia de la poesía española? ¿Quiénes son los
sucesores, en prestigio e influencia, de un Luis Alberto de Cuenca, un Luis
García Montero, un Felipe Benítez Reyes?. Hay, sí, epígonos, abundantes
epígonos, algunos de indudable talento, pero no se ha vuelto a dar el caso de
poetas que aúnen amplia difusión y aceptación crítica.
En el siglo XXI, hemos asistido a
un fenómeno en cierto modo semejante al que se da entre la música pop y la
música culta: hay por un lado una poesía que se difunde primero en las redes
sociales y en lecturas públicas y que, cuando se recopila en libro, alcanza
tiradas hasta ahora desconocida en la edición poética; hay, por otro, una
poesía que gana premios, algunos de cierta resonancia mediática, pero por lo
general cada vez más ignorados y desprestigiados, y que es alabada por críticos
afines, por poetas amigos, por estudiosos académicos, e ignoraba por los
lectores. Elvira Sastre, que ya ha dado el salto a las editoriales de
prestigio, o el cantautor Marwan pueden ser ejemplo de lo primero. María García
Díaz, que acaba de publicar su cuarto libro, en versión bilingüe, asturiano y
castellano, de lo segundo.
Es
capital todo lo que fluye lleva un prólogo, de cierta ambición teórica,firmado
por Unai Velasco, quien aspira a caracterizar a caracterizar a la autora como
representativa de una segunda hornada generacional que sucedería a los poetas
“que publicaron sus primeros libros durante la década de 2010 (nacidos en los
años 80 y principios de los 90). Antes abría otra generación, la del 2000
(nacidos en los 70), Cita muchos nombres de esas dos o tres generaciones Unai
Velasco, pero ninguno que destaque sobre el conjunto y las características
comunes que los encuentra (unos respiraron “el aire de la Posmodernidad”, otros
han crecido advertidos “por la resaca del Posestructuralismo”) son de una gran vaguedad
conceptual, lo que las convierte en inoperantes. Se han publicado innumerables
antologías de la poesía joven en estas últimas décadas, pero ninguna ha servido
para cribar nombres, establecer un canon.
María
García Díaz, nacida en 1992, violinista y estudiosa de la física cuántica, vale
quizá más por lo que representa que por sus logros poéticos, al menos hasta el
momento. Su cuarto libro de poemas está escrito en asturiano y se publica en
Barcelona acompañado de la versión castellana de otro poeta, Xaime Martínez.
Está escrito en asturiano, pero no hay ninguna referencia a la tradición
poética en esa lengua, tampoco a la tradición española. Abundan las citas, casi
todas en inglés, pero en español solo se cita al poco conocido y coetáneo Miguel
Rual. Los dos rasgos más evidentes de un sector importante de los nuevos poetas
parecen ser el volver la espalda a la tradición literaria española (su lengua
de cultura es, en buena medida, el inglés) y un cierto carácter gremial que los
lleva a leerse y citarse unos a otros, ajenos al común de los lectores.
Unai Velasco
relaciona ciertas características de la poesía de María García Díaz, como su
escritura “narrativamente expoliada”, su estar “a medio camino entre la
segmentación cinematográfica y la jugosidad de una observación cuasi
microscópica” ,con su dedicación al campo de la física cuántica. Pero ya
sabemos que la física cuántica –la física que estudia las partículas
elementales: electrones, protones, neutrones, quarks, fotones-- se ha utilizado
para justificar muchos disparates: los viajes en el tiempo, los universos
paralelos, el poder estar en dos lugares a la vez, los gatos simultáneamente
vivos y muertos, y también una presunta literatura cuántica que tiene tanto que
ver con ella como cualquiera de esos populares disparates.
La estética
de María García Díaz es la del fragmento, la ruptura sintáctica, la elusión del
referente. No siempre consigue escamotear del todo al lector aquello a lo que
se refiere. Uno de los poemas vuelve al tópico del menosprecio de corte y
alabanza de aldea: “Raspa el alba / los colores del gallo / envuelven el cuarto
fuera / y un cerebro inflamado / tiene que ir a cosechar el grano / tiene que
ir / a guardar la leche / dónde la impostura / entre el pasto, entre las
lilas / entre el abono tierno / dónde la impostura / bajo la luz
incisiva / dime dónde el simulacro”. En otro (“Homo faber”), encontramos
una descripción del arte del lutier. Hay también una enumeración de las
restricciones tradicionalmente femeninas
(“No subas / a la mimosa, no manches / los náuticos, / no huelas a
regla...”) y algún eco de Safo entremezclado con la poesía oriental: “Si las
dos / tenemos sed / vamos a acercarnos al río / vamos a chapotear junto a los
lotos / vamos a dialogar / bajo las ramas del sauce”
Pero
lo más frecuente es que unas veces no entendamos muy bien de qué está hablando
(toda la serie que da título al libro) y otras nos lo aclara el título
(Palermo, una fotografía de Richard Learoyd), pero no nos interesa demasiado lo
que nos dice. La mejor María García Díaz es la menos crípticamente pretenciosa:
“Tantas veces se dijo / una habitación propia; / yo diría también
el glacial viento / de la mar Cantábrica: despeja la cabeza, / esparce las
algas, / crea un hogar apropiado / en el cuerpo propio”.
A los
poetas que no están anclados en la tradición se los suele llevar el viento.
Bien es cierto que cada poeta verdadero crea su propia tradición y a veces
tardamos en reconocerla.
jueves, 29 de julio de 2010
Enrique Baltanás: Audacia crítica

No se anda con rodeos Enrique Baltanás a la hora de reivindicar el teatro de los hermanos Machado. Si no interesa, viene a decir, es porque no se ha leído con atención o, algo peor, porque se ha leído desde el prejuicio. Para Baltanás, el gran teatro del primer tercio del siglo XX no es el de Lorca (“más lírico que dramático”) y, menos aún, el de Valle-Inclán, a quien califica de “vacuo” y de “inmenso ingenio de la nadería pretenciosa”.
La obra común de los hermanos Machado (Renacimiento) pretende dar un golpe de mano en el escalafón crítico: colocar arriba lo que está abajo, convertir en clásico un teatro generalmente desdeñado.
El método utilizado para ello consiste en la lectura atenta, en dejar “hablar a los textos” Más de una vez se cita al historiador Robert G. Colingwood: “Solo en la medida en que el historiador logra saber lo que ha ocurrido, sabe entonces ya por qué ha ocurrido”.
Pero pronto nos damos cuenta de que Baltanás no se limita a dejar hablar a los textos, que parte de una tesis y que en ella encaja de mejor o peor manera las obras. El teatro de los Machado es, a su entender, un teatro “inequívocamente cristiano”, sin que eso quiera decir que sea “un teatro religioso o devoto ni, mucho menos, un teatro didáctico, apologético o moralizante”. Y quizá lo sea, pero no aumenta ni disminuye su calidad literaria.
Con acierto señala Baltanás los errores de otros críticos (especialmente de Ian Gibson, biógrafo no demasiado dotado para la crítica literaria), que a veces ni siquiera parecen haber leído la obra que comentan, sino a críticos anteriores. Pero a menudo se deja llevar por su entusiasmo prejuicioso. Una y otra vez insiste en que, al contrario de lo que se ha dicho, Las adelfas es una comedia que nada tiene que ver con el psicoanálisis. Releemos la obra y comprobamos que es una interpretación más o menos irónica de las doctrinas freudianas entonces de moda sobre el mundo de los sueños: “Los sueños / son cajitas de sorpresa / más que teatro. Y advierte / que el preguntarte en qué sueñas / no fue de curioso, sino / de médico a la moderna. / Sí, ya los sueños pasaron / de manos de los poetas / a las del médico; ahora / ya no es culto, sino guerra / a los sueños. Hoy se tratan, / se estudian y hasta se operan, / llegado el caso”. Las adelfas es una comedia más cercana a Benavente que a Pirandello (a quien se cita alguna vez), que se lee con agrado, en la que no faltan los pasajes poéticos, pero que huele a naftalina, como todo el teatro de los hermanos Machado, como casi todo el teatro español de su tiempo.
La tesis de La obra común de los hermanos Machado resulta menos literaria que ideológica: en Antonio Machado (al igual que en Manuel, en quien resulta más evidente) el krausismo tiene menos peso que el cristianismo. No digo yo que no haya algo de verdad en ello. La religiosidad de Antonio Machado (como la de Galdós o Clarín y la de otros denostados anticlericales) era profunda y sincera, más verdadera que la de tantos católicos a machamartillo. “Siempre buscando a Dios entre la niebla” se definió Machado en algún poema. Pero eso no impide que su teatro sea un teatro menor, grato en la lectura (no todo, ni siempre), pero insostenible hoy en el escenario y muy lejano de la poesía de ambos. Y del teatro de Valle-Inclán, que queda allá en lo alto, en la cumbre del siglo, al margen de las diatribas del apologista cristiano que asoma por detrás del disfraz de renovador crítico literario que en esta ocasión ha querido endosarse el excelente poeta y notable investigador que es Enrique Baltanás.
sábado, 9 de abril de 2016
Enrique Jardiel Poncela, el teatro de una vida
martes, 3 de abril de 2012
José-Carlos Mainer: Barojianas paradojas

Pocos escritores han concitado, casi desde sus inicios, el aprecio constante de los críticos más exigentes y de los lectores de toda clase y condición, un aprecio que se ha mantenido a lo largo del tiempo y que llega hasta los nuestros, como Pío Baroja. Pero pocos también han tenido tan fiel cohorte de apasionados detractores. Pedro Salinas consideraba que su libro de poemas Canciones del suburbio era el peor que se había escrito nunca, un ultraje a la lengua española. Y en Mis conversaciones con Pío Baroja (1945), del apócrifo D. Benaudalla, prologadas y anotadas por otro apócrifo, Francisco de Vélez, se caricaturiza su biografía a la vez que se hace recuento de todos sus verdaderos o presuntos dislates sintácticos (detrás del libelo se encuentra Luis Ruiz Contreras, que también le denostó con su propio nombre). Más reciente es la “biografía no autorizada” Baroja o el miedo del nada apócrifo Eduardo Gil Bera, tan virulenta y sarcástica que parece producto de una ofensa personal. Incluso el dolor del escritor, un “hombre de más de sesenta años”, por la muerte de su madre le parece “algo repelente”. Como nos parecen a nosotros, entre otras muchas, sus burlas por la operación de próstata a que fue sometido Baroja.





