jueves, 23 de febrero de 2023

Retratos y autorretrato

      Conversaciones y semblanzas de hispanistas
Juan Manuel Rozas
Edición de José Manuel Rozas
Renacimiento. Sevilla, 2023.

Hay libros que prometen más que lo que dan y otros, pocos, todo lo contrario. Conversaciones y semblanzas de hispanistas, de Juan Manuel Rozas (1936-1986), pertenece al segundo grupo. El título, la poco atractiva cubierta —con la foto del autor—, la edición a cargo de su hijo, José Luis Rozas, el que se trate de una recopilación de artículos publicados e inéditos escritos hace más de cincuenta años, nos hace pensar en un benemérito homenaje, de interés solo para amigos y discípulos.

            Pero el libro es muy otra cosa. Es un obra inacabada, pero concebida unitariamente, a finales de los sesenta, cuando el autor —que se había presentado ya a su primera oposición a cátedra— había dado muestra de que iba a convertirse en uno de nuestros primeros filólogos. Se trata de una obra autobiográfica, pero en la que el autor solo en raras ocasiones ocupa el primer plano. También deja de lado los principales acontecimientos de aquellos “amenes” —que diría Valle-Inclán— del franquismo. Ha leído En torno al casticismo y sabe que la Historia con mayúscula, la que se resume en los manuales, no se entiende sin los pequeños hechos cotidianos que la hacen posible, lo que Unamuno llama la intrahistoria y de la que Rozas se ocupó en uno de sus memorables ensayos Intrahistoria y literatura, de 1980.

            Cuando comienza a escribir estas conversaciones y semblanzas, Rozas tiene en mente libros como Los encuentros, de Vicente Aleixandre, o Imagen primera, de Alberti, pero el no pretende ocuparse de los creadores, como suele ser habitual, sino de los estudiosos, más desatendidos, salvo en los convencionales obituarios de las revistas de su especialidad. Rozas no quiere limitarse a la hagiografía propia de esas ocasiones. Aunque suele tratar de personas que admira, de vez en cuando condesciende a la caricatura, como en el caso de Manuel Criado de Val, y alude con frecuencia, callando lo mucho que podría decir, a los que representaban el poder franquista en la universidad, como Joaquín de Entrambasaguas.

            Algo de comedia humana en miniatura tiene este libro, en el que apenas hay mujeres (signo de la época) y en el que encontramos un claro protagonista, Antonio Rodríguez Moñino, el gran maestro de la bibliografía, y no solo, que tuvo su cátedra, no en la universidad (al menos no en la universidad española), sino en la mesa de un café, el Lion. Rodríguez Moñino, además de un estudioso al que le cabían todos los archivos y todas las bibliotecas en la cabeza, fue un personaje con luces y sombras en su comportamiento durante los días de la guerra civil (Rozas no deja de referirse al asunto de las monedas de oro incautadas en el Museo Arqueológico y luego desaparecidas) y cierta ambigüedad política después. En los capítulos que se le dedican, se hacen muy lúcidas reflexiones sobre la bibliografía (esa cenicienta de los estudios literarios) y la bibliofilia, además de sobre la edición de clásicos, asunto del que también se ocupa al hablar de José Manuel Blecua.

            Juan Manuel Rozas fue un apasionado bibliófilo, un enamorado de los libros, algo menos frecuente de lo que pudiera pensarse en los catedráticos de literatura. En el prólogo —modélico, lo mismo que las minuciosas notas—, su hijo cita un fragmento de su diario inédito, escrito entre los catorce y los veintidós años, en que nos cuenta su visita a una librería de viejo y la emoción con que acaricia sus hallazgos en el autobús de vuelta a casa. No es extraño por ello que de grandes librerías particulares y de libreros de viejo se hable en este libro, aunque no se redactara el capítulo anunciado sobre estos últimos.

            De los enfrentamientos entre estudiosos, de la novela de la erudición, se deja igualmente constancia. Juan Manuel Rozas se inició como investigador en el CSIC, campo ocupado por los vencedores de la guerra civil (Entrambasaguas le dirigió su tesis sobre Villamediana), pero Rodríguez Moñino, gran cazador y alentador de talentos, pronto se fijó en él y le ayudó a pasar al campo contrario.

            Algunos de los capítulos, reelaborados, se publicaron en revistas como Ínsula. Otros eran impublicables entonces, como los que se refieren al miedo insuperable de Dámaso Alonso tras la guerra civil: “Del Dámaso de aquellos años cuentan cosas tremendas, como que pedía protección de rodillas a los políticos”. Recién jubilado, le cuenta su desengaño de la universidad: “empecé con ilusión, pero vi que había unos hilos que se movían por debajo y me fueron arrinconando y cada día mis clases fueron más pobres y de divulgación”. Dámaso Alonso —aclara Rozas—querría haber explicado Literatura, no Filología Románica.

            Escrito a vuela pluma, sin corregir, el tiempo quizá ha sido más benévolo con Conversaciones y semblanzas de hispanistas —el título, no excesivamente afortunado, es suyo— que con los de mayor vuelo literario redactados en los últimos años, cuando se dedicó intensamente a la poesía. Le pasa un poco lo que a Cansinos, al que leemos con más gusto en su La novela de un literato, apresurados apuntes de diario, que en sus almibaradas novelas y prosas críticas.

            En uno de los más memorables capítulos del libro, que desde el título se nos da como “intermedio”, quiere deliberadamente Rozas hacer literatura autobiográfica a la vez que homenajea a Azorín. Nos habla de sus veranos en la finca de “Los Pozos” y nos hace añorar unas memorias que no escribió, pero de las que estas inéditas Conversaciones y semblanzas habrían sido un espléndido anticipo.

jueves, 16 de febrero de 2023

Completamente tú

 

Y el todo que nos queda. Poemas de amor
Martín López-Vega
Visor. Madrid, 2023.

La felicidad no tiene historia. La historia está antes o después, nos habla de su pérdida o de los esfuerzos por alcanzarla. Pocos versos bastan para expresar un amor feliz, rara vez es capaz de llenar un libro entero. Los veinte poemas de amor de Pablo Neruda terminan con una canción desesperada. Está el ejemplo de Pedro Salinas y el conceptualismo exclamativo de La voz a ti debida y poco más (al menos poco más que valga la pena). Martín López-Vega con Y el todo que nos queda se ha atrevido a publicar un conjunto de poemas de amor correspondido —el menos literario— sin la más mínima nube en el azul del cielo. Y sale con no demasiados rasguños del experimento.

            De inmediato nos viene a la mente “Una dedicatoria a mi mujer”, el poema que cierra las Poesías reunidas de Eliot, con su muy citado verso final: “estas son palabras privadas que te dirijo en público”. Martín López-Vega habla también de la persona con la que comparte su vida y cita el nombre en la dedicatoria y en los poemas (y ese nombre, por cierto, coincide con el de quien está a cargo de la edición: Nicole Brezin). Todo ello nos lleva a leer el libro con cierta prevención, como si fuera menos literatura que desahogo personal, palabras privadas que se hacen impúdicamente públicas.

            Pero Martín López-Vega es un escritor con recursos y en este libro de temática tan convencional rara vez incurre en lo convencional. A menudo los poemas terminan de manera anticlimática recurriendo al humor, de vez en cuando adoptan un tono prosaico, se convierten en apuntes de viaje, en evocaciones de infancia.

            El humor está ya en el primer poema, “Las ciudades del lago”, una alegoría sobre el encuentro con el amor que glosa un verso de Lope de Vega, “Siempre mañana y y nunca mañanamos”, e incluye otro de Fernando Pessoa que Lorenzo Oliván utilizó para titular uno de sus libros: “la eterna novedad del mundo”. La intertextualidad es un recurso frecuente en Y el todo que nos queda. Otro poema, “Un columpio sobre el Vilnia”, termina variando versos muy conocidos: “¿Quién quiere poemas estando ella, / que es gacela constante más allá de la vida / y hace volver las claras golondrinas / y evita que se equivoquen las palomas / y hace que suceda que nunca me canse de ser hombre / y es todos los milagros juntos de la primavera / y puede sanarme y hacer que este río / no vaya hacia el mar, que es el morir, / sino hacia una vida más alta que la vida”.

            No le teme al tópico López-Vega. “Epístola primera a Lêdo Ivo” empieza y termina con un verso, “solo el amor nos salva”, que Alain Pérez utilizó en una canción y, con pocas variantes, también otros cantantes y predicadores, de Malú al papa Francisco. Ni le teme tampoco al difícil género de la letanía encomiástica: “Eres más hermosa que el centro de la Tierra, más hermosa que el soneto dieciocho de Shakespeare, más que el color rojo, más hermosa que la carabela portuguesa, que los anillos de Saturno”. Enumeración abierta en el primer poema titulado “Eres” y cerrada en el segundo, “Eres (interludio)”, que termina así: “Es hermoso el mundo / porque aunque nada en él / pueda compararse contigo, / todo lo intenta”.

            Los mejores poemas nos hablan de la intimidad doméstica (preparar el desayuno, caminar descalzos por la casa) con algo de cuadro de Vermeer, a quien se cita expresamente. Memorables resultan también los que recrean recuerdos de infancia, como “La nieve y el amor”, “La sopa infinita de mi abuelo”, o hacen recuento de ciertos momentos fundamentales de su biografía, como “Mis nacimientos” o incluso “Nicole en el balcón”: “Hacen falta muchas cosas para escribir un poema. / Son imprescindibles grillos en la infancia / y canciones absurdas en la adolescencia. / Ayudan un padre ausente y un abuelo ferroviario”.

            El gusto por el viaje asoma en este libro como en todos, o en casi todos, los libros de López-Vega. “Postal de Londres”, “Barcos anclados frente al puerto de Lima”, “No partir” o “Carta de Sao Paulo con un poema de Ferreira Gullar” son los títulos de algunos de esos poemas. El último citado ejemplifica bien el deseo del autor de no atenerse a lo convencional: comienza con una nota en prosa (aunque cortada como verso), sigue con la traducción de un poema de Gullar y continúa con una variación de ese poema adaptándolo a sus circunstancias personales.

            Al lector acostumbrado al sonsonete tradicional de la poesía culta española —endecasílabos, heptasílabos, alejandrinos y otros metros impares— le sorprenderá el ritmo de los versos de López-Vega, que a veces suenan a poesía traducida. Sus modelos no están en la poesía española, sino en una pluralidad de tradiciones que no excluyen las literaturas menos frecuentadas o exóticas. De hecho, el único poeta español que se menciona en este libro —en el que habla mucho de poesía— es “Luis” (así, sin apellidos) y no se trata de Luis Cernuda, como podría pensarse, sino del autor de Completamente viernes, Luis García Montero. Esa familiaridad ejemplifica uno de los reproches que se le podrían hacer a Y el todo que nos queda y al que ya nos hemos referido: a veces da la impresión de estas “palabras privadas” podrían haberse quedado en una carta personal o en una edición privada.

            El libro vale sobre todo por lo que tiene de esfuerzo por escapar de lo convencional en el tema más convencional del mundo, aunque no siempre lo consiga. Podría llevar como lema unos versos de Antonio Machado: “A las palabras de amor / les sienta bien su poquito / de exageración”. 



miércoles, 8 de febrero de 2023

El fin de la edad de plata

 

El rey patriota. Alfonso XIII y la nación
Javier Moreno Luzón
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023.

De Alfonso XIII, el rey perjuro, el rey que traicionó —con un aplauso bastante generalizado, por cierto— a la constitución, creíamos saberlo todo, y quizá lo sabíamos, pero Javier Moreno Luzón nos lo vuelve a contar de otra manera, con una luz distinta.

            El título de su libro, El rey patriota, nos hace suponer que se trata de una biografía a favor, de una reivindicación. Y de algún modo lo es, pero solo de aquello que en su actuación política merece ser salvado. Si a buen fin, no hay mal principio, como afirma el título de Shakespeare, a mal fin si puede haber un buen principio.

            El regeneracionismo con el que se reaccionó a la derrota del 98 tuvo en el adolescente que sube al trono en 1902 uno de sus máximos representantes. Durante una década larga, hasta el comienzo de la Gran Guerra, Alfonso XIII representó el afán de modernización y cambio; ejerció con inteligencia, si no siempre con tacto, su papel de moderador, quiso ser el rey de todos los españoles —no solo, como más tarde, de los buenos españoles, católicos a machamartillo— y apoyó la llegada al poder de políticos como José Canalejas. Incluso ciertos republicanos posibilistas se aproximaron al nuevo rey, al que veían como un contrapeso al voraz poder del integrismo católico.

            La guerra, en la que España mantuvo una cuestionada neutralidad, y sobre todo la revolución soviética, supondría el fin de aquellas ilusiones juveniles. Alfonso XIII no quiso ser un aprendiz de brujo, tuvo miedo de acabar pereciendo, como el zar de Rusia, en las turbulencias revolucionarias. A partir de entonces se apoyó cada vez más en el ejército —fue un rey soldado que gustaba rodearse de una camarilla de aduladores y fieles militares— y, como se decía entonces, en el altar, las dos columnas vertebrales de una nación que el año 1919 consagró en el Cerro de los Ángeles al Corazón de Jesús.

            Durante un cuarto de siglo fue un rey popular, seguramente el más popular y querido de los reyes españoles. Creía tener una conexión especial con el pueblo español, conocerlo mejor que cualquier político. Las ceremonias en palacio eran multitudinarias, recibía una numerosa correspondencia en solicitud de ayuda; el descrédito de los políticos parecía no alcanzarle a él, a pesar de la desastrosa intervención en Marruecos, de la que fue el principal impulsor..

            Javier Moreno Luzón se ocupa sobre todo de la vida pública del rey, de su actividad política. La constitución no le relegaba a labores meramente representativas. La soberanía se repartía entre las cortes y el rey. Su papel fue haciéndose cada vez más importante: los políticos, para conseguir el poder, no dependían del voto (no había verdaderas elecciones), sino del favor del rey, que acabó viendo a quienes mediaban entre él y la nación, a quienes compartían con él la soberanía, como un estorbo. Jugueteó con la idea de una dictadura personal, pero no se atrevió a tanto y en Primo de Rivera encontró su Mussolini, como lo definió en un viaje a Italia a finales de 1923.

            La llegada de la dictadura recibió un aplauso generalizado, solo unos pocos se atrevieron a disentir. Paradójicamente, esos primeros años de prosperidad y tranquilidad (relativa), esos años en los que por fin el rey se había librado del incordio parlamentario, fueron aquellos en los se vio cada vez más limitado en su actividad política. Cuando quiso volver al sistema anterior, ya era tarde. Y las primeras elecciones libres, aunque fueran municipales, se convertirían en el plebiscito que trajo la república.

Lo que vino después es bien sabido. Lo que se sabe o se recuerda menos es que España volvió a ser un reino encabezado por un caudillo que representaba exactamente lo que el exiliado Alfonso XIII —el rey patriota— habría querido ser.

            La vida privada de Alfonso XIII, sus amoríos, su frivolidad, sus turbios negocios, ocupa un lugar secundario en esta biografía. Los errores más graves para el país fueron políticos, no personales. Se puede ser honesto e inepto, y al revés. El fracaso del reinado alfonsino —y con él, el de la restauración canovista— no estaba escrito desde el principio. Esa es la tesis principal de Moreno Luzón. Comenzó queriendo ser rey de todos los españoles y acabó siéndolo solo de una facción, la más retrógrada. Que al final le dio la espalda y, tras el fallido experimento republicano, se hizo con el poder y logró mantenerlo durante cuarenta años, sometida la nación a quien —sin llamarse rey— ejerció como monarca absoluto, la gran ambición de Alfonso XIII tras sus iniciales tanteos regeneracionistas.

            Pero fue rey, conviene recordarlo, durante una de las etapas más gloriosas de la cultura española, la llamada Edad de Plata, a la que no fue —no podía serlo— enteramente ajeno. Su viaje a las Hurdes, acompañado de Marañón (en el que, por cierto, quiso que le retrataran bañándose desnudo en un arroyo), supuso la culminación de los afanes regeneracionistas de la generación del 98. Y quiso dejar como legado, no una gran catedral, sino la Ciudad Universitaria de Madrid, empeño personal suyo en buena medida.

Si Franco supuso la realización del sueño patriótico y militarista del último Alfonso XIII, la república de Niceto Alcalá-Zamora puede considerar como la culminación del afán reformista de la primera década de su reinado.

Pero esta idea es mía, no de Moreno Luzón, que ha escrito una obra ejemplar de lo que deber ser el trabajo de un historiador: documentación, si no siempre novedosa, siempre rigurosa; reconstrucción de una vida o de una época sin incurrir en simplificaciones generalizadoras ni perderse en la minucia del detalle; claridad y elegancia expresiva.



jueves, 2 de febrero de 2023

Todos los hombres del rey

 

Los hombres de Felipe VI
José Apezarena
Almuzara. Córdoba, 2022.

De la monarquía reinstaurada por Franco y avalada por la constitución de 1978, creíamos saberlo todo y en realidad no sabíamos nada —o no queríamos saberlo— de lo fundamental. Poco a poco la realidad va sustituyendo a la complaciente ficción. Los hombres de Felipe VI cuenta la vida del actual jefe del Estado a través de quienes se ocuparon de su formación y fueron y son sus más directos colaboradores. Hace también un relato del reinado —muy poco ejemplar— que le precedió.

            José Apezarena no escribe en contra, sino a favor de la monarquía, y por eso acepta todos sus presuntos logros, como que el rey Juan Carlos salvó la democracia el 23-F. Desde las primeras páginas, sin embargo, apunta hechos que dejan pocas dudas sobre la implicación, mayor o menor, del rey en la intentona.

            Julio Antón, quien de los ocho a los quince años hizo de “ayudante, profesor, compañero y hasta ‘segundo padre’ de Felipe”, cuenta en sus memorias que, cuando el 23-F fue a buscar al príncipe al colegio Los Rosales, “le sorprendió la cantidad de guardias civiles desplegados en el trayecto”; de regreso, comprobó que esa cantidad había aumentado y también que se había añadido otro coche a la escolta habitual. Más adelante, se indica que “Armada mantuvo su lealtad hasta el final, porque nunca afirmó de forma contundente que don Juan Carlos estuviera detrás de la preparación y ejecución del 23-F”, lo que no deja se ser una manera de dar por sentada la implicación del rey, cosa ya bien sabida, aunque se siga oficialmente afirmando lo contrario.

            Franco fue el fundador de la actual monarquía y eso siempre lo tuvieron muy presente sus herederos. Apezarena cita las palabras de Juan Carlos que José Bono recoge en su diario: “Estáis quitando estatuas de Franco y esas cosas no pasaban ni con Felipe ni con Guerra… Un día le dije a Santiago Carrillo que no quería que hablase mal de Franco en mi presencia, porque el fue quien me puso en este puesto”. Y añadía que se sentía preocupado por si algún día les daba “por sacarlo de su tumba”.

            En 1991 se entrevistó Juan Carlos con su padre (con quien siempre se llevó peor que con Franco, que hizo las funcione de padre adoptivo) y, a propósito de la preocupación de este por los amores de su nieto, le dijo: “A mí también me preocupa. Felipe no ha salido a nosotros. Le gustan las tías buenas como a nosotros, pero, en lugar de disfrutar de ellas, como hacemos tú y yo, se enamora en serio y pretende casarse con quien no debe”.

            Esas “tías buenas” de las que Juan Carlos disfrutaba y de las que no se enamoraba en serio (como parece que ocurrió con Marta Gayá y con Corinna), ¿dieron siempre su consentimiento a la relación? ¿Se las gratificó o acalló con dinero público? ¿Intentaron poner alguna demanda de paternidad? Algún día —y esperemos que no haga falta la proclamación de la República para ello— se podrán investigar estas cuestiones.

            El machismo del anterior jefe del Estado, y de quienes le rodeaban y asesoraban, si hemos de hacer caso a Arozarena, iba incluso más allá del habitual de la época. Según contó Sabino Fernández Campo a Pilar Urbano, un día Juan Carlos le dijo que Bárbara Rey le pedía un millón de pesetas. Y esto fue lo que contestó quien entonces era el jefe de su Casa: “Pues no es tanto dinero, señor. Por lo que oigo esa señora está de muy buen ver, muy atractiva; es muy cotizada por su imagen y por ahí se la rifan. Si vuestra majestad divide el millón por las veces que ha estado con ella, a lo mejor hasta resulta que le ha salido muy barato”.

            La opinión que tenían de Eva Sannum no era mucho mejor. Fernando Almansa, otro jefe de la Casa, afirmó: “Esa chica ha tenido necesidad de ganarse la vida porque su padre los abandonó. Ha tenido una vida difícil y se puede enseñar de todo, pero, vamos, enseñar la lencería… Eso, con todos mis respetos, está a un paso del prostíbulo”. Parece que la Zarzuela fue la inspiradora de muchos de los artículos contra Eva Sannum que leídos hoy nos producen vergüenza ajena, por su clasismo, su machismo y su ignorancia de la historia. Llegó a decirse que no podía casarse con el príncipe porque no era católica ni española, dos condiciones que tampoco cumplía, cuando se casó con Juan Carlos, la entonces reina de España (la segunda creo que no la cumplió ninguna reina consorte).

            Tampoco Felipe de Borbón sale demasiado bien parado de este libro presuntamente apologético. Se insiste mucho en que, durante su paso por las academias militares, se le trató como a un cadete más, pero el director de la de Zaragoza le aseguró a Narcís Serra que “quedaría exento de cualquier trabajo mecánico no acorde con su dignidad”. Habría que preguntarle a ese director que trabajos mecánicos son indignos.

            Pelearse por dinero no parece que lo sea. Felipe, cuando murió don Juan, recibió cuatrocientos millones procedentes del legado que Alfonso XIII había dejado para el heredero de la corona. Don Juan Carlos reclamó ese dinero con el argumento de que Alfonso XIII nunca pudo prever que él ocuparía el trono antes que su padre. “Trae la pasta”, dicen que le dijo. “De eso nada”, parece que respondió el príncipe. Tuvo que mediar el administrador del conde de Barcelona, quien decidió que se lo repartieran a partes iguales.

            La actuación de los guardaespaldas de Felipe tampoco fue siempre muy ejemplar, al menos si hemos de hacer caso de los testimonios que recoge Apezarena. Antonio Montero fotografió al príncipe y a Isabel Sartorius saliendo de un restaurante. Los guardaespaldas se abalanzaron sobre él. Felipe ordenó: “Que no se lleve el carrete”. Se negó a entregarlo. Proponía ir a los juzgados de la plaza de Castilla y que decidiera un juez. Le tuvieron retenido hasta las cinco de la madrugada. El capitán José María Corona —al que sacaron de la cama para resolver el asunto—, con amenazas —“todo el mundo tiene algo que esconder”, iremos a por ti—, consiguió que entregara el carrete. Otra vez, cuando Felipe acompañaba a una amiga, Bibiana Corcuera, hasta su hotel, “los escoltas colocaron sus armas en la sien de dos reporteros que intentaban captar el beso de despedida”. Uno de los fotógrafos recordaba lo que le dijeron: “Te has librado de milagro de que te diéramos un tiro”.

            Y a propósito de ejemplaridad una última anécdota: “Un jeque visitó España y entregó regalos a personas principales, incluyendo valiosas joyas a la familia real. A Felipe le correspondió una daga árabe cuya empuñadura estaba incrustada de piedras preciosas. Mandó desmontarla, y con ellas confeccionó una pulsera que, como muestra de amor, regaló a Isabel Sartorius, su novia de entonces”.

            De Felipe VI se elogia su respeto a la constitución, en contrate con su padre, “que la pisaba, de un lado y de otro, y con mucho salero”. En realidad, Juan Carlos no consideraba que le afectara a él, que ya era rey antes de que se proclamara; se la había concedido graciosamente al pueblo español, “le había traído la democracia”.

            Sabino Fernández Campos, que tantas confesiones inconfesables hizo sobre Juan Carlos, afirmó que quería irse de la Zarzuela para salvar su honestidad: “Veía lo que pasaba con gente del entorno, y cómo estaban implicados, y yo no quería verme salpicado. Eran los tiempos de Mario Conde. Intentaron meterme, para tenerme cogido, pero me negué. Y empezaron a ir a por mí”. Más altas instancias no se negaron. Un ejemplo: “Fuentes judiciales contaron que el rey estaba recibiendo a magistrados del Supremo para trasladarles que hicieran de modo que lo relativo a Urdangarín quedara prescrito”. ¿Y no se les ocurrió denunciarlo y pedir amparo al Consejo del Poder Judicial?

            José Apezarena, en las casi setecientas páginas de Los hombres de Felipe VI, nos cuenta las biografías de los múltiples servidores que tuvo la Casa Real y lo que más nos llama la atención es que los mejores de ellos tuvieran que dedicar la  mayor parte de su esfuerzo a tapar las grietas provocadas por el comportamiento poco ejemplar de quien más obligación tenía de serlo.

 

           

           

 

jueves, 26 de enero de 2023

Humano enigma

 

Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito
Cristina Piña – Patricia Venti
Lumen. Barcelona, 2022.

Toda vida, si se mira de cerca, es un enigma. Puede interesarnos más o menos la poesía de Alejandra Pizarnik, pero es imposible sustraerse a la fascinación del personaje. Cristina Peña, autora en 1991 de su primera biografía, señaló que indagar sobre ella, tratar de descubrir su verdad, fue como “profanar el tótem de una secta sagrada”.

            Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aire en 1936, hija de una familia de emigrantes judíos procedentes de Ucrania. El apellido se cambió al llegar a Argentina (los familiares que quedaron en Europa se siguieron llamando Pozarnik) y el nombre de la poeta, originariamente Flora, lo sustituyó por el más sonoro de Alejandra a la adolescencia.

            Para escribir esta nueva biografía, escrita en colaboración con Patricia Venti, Cristina Peña ha contado con abundante material que en 1991 era desconocido: nuevos y más abundantes testimonios orales, un epistolario muy enriquecido y, fundamentalmente, el diario de la poeta.

            Pero el enigma de su vida, como quizá el de cualquier vida, sigue siendo irresoluble. Abundan las contradicciones entre los datos externos y el diario íntimo. Desde muy pronto, Alejandra fue dada a la fabulación. Su padre era joyero, un joyero que vendía su mercancía de casa en casa y a plazos. Alejandra contaba que había sido “joyero del zar”.

            En la infancia de la poeta no parece haber habido nada de extraordinario, según el testimonio de su hermana y las amigas de entonces. Una infancia feliz en una familia de emigrantes que pronto consiguió un cierto acomodo económico y que se preocupaba, cosa no muy frecuente entonces, de la educación de las hijas. Ella, si embargo, la recordaría en su diario de otra manera: “Pero lo que te hicieron tus padres es inenarrable. Pensar en mi infancia es obligarme a odiarlos. ¿Cómo es posible que hayan carecido absolutamente de recursos mentales y afectivos para hacernos sufrir tanto a Myriam y a mí?”. De su madre dice que la castigaba “con látigos y palos”, que la pegaba incansable hasta dejarla abandonada en un rincón “con el cuerpecito dolorido”.

            A partir de esta contradicción, según las autoras de la biografía, no podemos decir nada con seguridad de los padres de la poeta: “buenos y generosos” para una de las hermanas; atormentadores, sobre todo la madre, para la otra. Y lo mismo ocurre con otros aspectos fundamentales de su biografía.

            Alejandra Pizarnik cambió de carácter al llegar a la adolescencia, y algo tuvo que ver con ello el consumo de anfetaminas —a las que se habituó desde muy pronto—, entonces legales y presentes en ciertos medicamentos contra la obesidad. Su adicción fue creciendo. Sus amigos llamaban la Farmacia a los apartamentos en que vivió “por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaban de su botiquín”.

            El combate con sus demonios interiores —de los que dejó constancia en su diario— no le impidió ocuparse con la mayor lucidez posible de la realización de su obra poética y de la promoción de la misma. Cuidaba mucho las relaciones literarias y sociales. Durante su estancia en París —el gran  sueño de cualquier escritor latinoamericano— procuró acercarse a todos los nombres importantes: consiguió que Octavio Paz escribiera el prólogo de uno de sus libros, se hizo amiga de Cortázar; en Buenos Aires, se acercó al círculo de Oliverio Girondo, las Ocampo o Mujica Láinez. “Hay muchas personas —indican las biógrafas— que insisten en este aspecto, al que entienden como una búsqueda del poder, la fama y los contactos, una astuta manera de vincularse y cultivar las relaciones más prestigiosas y convenientes, haciéndose amiga de los miembros de los círculos más elevados —social y culturalmente— del campo intelectual”.

            Eso era verdad y también su creciente incapacidad para la vida práctica. Antes del último y definitivo, hubo dos intentos de suicidio, el internamiento en una clínica psiquiátrica, la formación de una pequeña corte que la jaleaba en su deslizamiento hacia el precipicio. Poesía y locura, a partir del romanticismo, han tendido a considerarse como hermanas gemelas. Para algunos fue la pasión absoluta por la poesía la que llevó a Alejandra Pizarnik a la destrucción.

            Pero ella quiso poner toda su lucidez en su obra, mantenerla al margen. Corregía al máximo sus poemas (y ejercía lo que podríamos llamar autocensura: alguna vez “ella” se convirtió en “él”: Alejandra era bisexual, pero sus parejas fueron siempre mujeres), traducía con rigor, escribió muy precisas reseñas (sobre todo en la revista Cuadernos del Congreso para la Libertad de la Cultura en la que trabajó un tiempo).

            En los últimos años, ese control se fue aflojando y todo lo que ocultaba —toda su confusión y sus fantasmas— se desbordaron tras la muerte con la sucesiva aparición de textos inéditos. Hoy quizá interesa tanto o más el personaje, o el símbolo en que se ha convertido el personaje, que su obra, aunque sus mejores poemas —de herencia surrealista, pero con la concisión de Emily Dickinson— no dejan de deslumbrarnos: “extraña que fui / cuando vecina de lejanas lunes / atesoraba palabras muy puras / para crear nuevos silencios. 

            Quería y no quería morir. Pidió ayuda tras sus dos primeros intentos de suicidio y esa ayuda llegó a tiempo. No ocurrió así con el tercero. De madrugada, telefoneó tres veces a un amigo. Estos son los mensajes que le dejó: “Antonio, me tomé una sobredosis de pastillas, ayúdame”: “Antonio, por favor, me siento muy mal; “Antonio, llámame”. El amigo, Antonio López Crespo, no los escuchó hasta el día siguiente, cuando ya era tarde.

            Esta indagación en la “biografía de un mito” interesa no solo a quienes tienen a Alejandra Pizarnik por una de las grandes poetas de nuestro tiempo (las páginas dedicadas a analizar su poesía son quizá las más prescindibles). Importa la reconstrucción de una época, con sus toques costumbristas, y, sobre todo, el humano enigma que la protagoniza.



 

 

 

 

jueves, 19 de enero de 2023

Canción herida

 

La hora del lobo
José Mateos
Pre-Textos. Valencia, 2022.

“La vida es dura / y no hay consuelo. / Saca el pañuelo, / literatura”, escribió Vicente Gaos. Pero la literatura como desahogo, como consuelo personal, suele ser mala literatura, “Cuando siento, no escribo” afirmó Bécquer, al que muchos tienen como paradigma del poeta romántico que muestra su corazón al desnudo. La poesía para el que la escribe no es una terapia ni un ejercicio de autoayuda. El poema que emociona al lector se escribe con la cabeza fría.

            Conviene desconfiar de los poemas que tienen su origen en una grave enfermedad, la muerte de un familiar cercano, un atentado terrorista o una catástrofe humanitaria. Lo que nos conmueve en esos casos no suele estar en el verso sino en la circunstancia de la que parte.

            Comenzamos a leer La hora del lobo, de José Mateos, versos de hospital, versos de enfermedad y convalecencia, con una cierta prevención. Desaparece pronto. En este puñado de poemas memorables, no hay melodramatismo ni apenas anécdota, tampoco reflexión más o menos trascendental. “Canción” se titula alguno y un aire de canción hay en todos, aunque la métrica no siempre sea cancioneril. Detrás está la poesía popular y está Bécquer y el Juan Ramón y el Machado que vienen de Bécquer, pero sin mimetismo ni ejercicio libresco. La poesía de José Mateos tiene una levedad y una hondura absolutamente suyas, inconfundibles. A ratos nos recuerda a otro poeta que llegó al límite del despojamiento y la transparencia, Eugénio de Andrade. Como ejemplo, copio el poema escrito “En una servilleta de hospital” (ese es su título): “No vengas esta noche, / no saltes la muralla. / Otoño trae el anuncio / de los cielos que arden, / y a la fuente han venido / algunos ruiseñores. / No los espantes”.

            Varios poemas “En una piedra asiria”, “Oración fúnebre”, “Epitafio cristiano”— son variaciones sobre distintas maneras de acercarse al hecho más inconcebible, el de la propia muerte. Hay también unas “Cartas a Li Po” en la primera parte del libro, la titulada “Dentro”, la más sombría, la más propicia a la falacia patética. El título nos remite a José Corredor-Matheos, cuya Carta a Li Po inauguró una nueva manera de hacer en este poeta del cincuenta hasta entonces un tanto enredado con la retórica de la época. Son poemas que, como excepción, se aproximan al pastiche —“mi barca es de bambú y esparto”— y que no desdeñan el acierto imaginativo entre el haiku y la greguería: “Lanzo mi caña / sobre el agua pulida, / tersa como un espejo / y rompo en mil pedazos una estrella”. Pero no disuenan, como no disuenan las poco esperadas referencias a Cavafis (“Recuerda, cuerpo”) o a García Baena.

            Aunque no escasean los poemas antológicos en la primera parte —“Buenas noches” es otro que podríamos citar—, quizá abundan más en la segunda, “Fuera”, de lenta reconquista del mundo. José Mateos, además de poeta, narrador, ensayista, además de haber hecho alguna incursión en el teatro, es también pintor. Algunos poemas parecen hechos con rápidas pinceladas de acuarelista. “Mediodía en Zahara”, por ejemplo, con su luz que estalla en la arena, sus camisas blancas que danzan al viento, sus barcas dormidas, sus gaviotas que labran el azul del cielo, tópicos que en José Mateos dejan de serlo sin dejar de serlo. El estribillo del poema repite “no, no es eso”. Lo que seduce al poeta, lo que trata de llevar al poema, es algo que está detrás de lo que ve.

“Un bodegón” explicita desde el título el modelo pictórico: “El botijo de barro / donde el agua se siente / como en casa. / La mesa / de madera pulida / por manos que se hundieron / hace tiempo en la muerte. / Y unas verduras: nabos, / cebollas y tomates / con formas de planetas”. Apenas una enumeración de objetos cotidianos sobre una mesa. No serían nada sin la mirada que les otorga su plena significación: “El pincel que ha devuelto / la vibración primera / de esta vida en penumbra / lo dice claramente. / Dice: Benditos sean”. Como un bodegón puede considerarse también “Anacreonte en la Carrandana”, bodegón y acuarela: “Sobre la mesa, un cacho de pan blanco, / vasos de vino, un cuenco de aceitunas… / A lo lejos, el sol que cae a plomo / por cortijos de cal y viñas verdes. / Junio, qué bien se está a tu sombra / rodeado de amigos / cuando todo es presente / y hasta es posible que morir no importe”.

En “Retrato de Miguelito” se atreve a imaginar a Dios de la manera más contraria al ser todopoderoso de las diversas religiones. Choca en este poema una expresión antes habitual y hoy considerada, con razón, ofensiva. No disuena, en cambio, esa mosca que, en otro de los poemas, vuela en el silencio de la biblioteca.   

            Poeta realista José Mateos, poeta que escribe con las palabras de todos los días, pero al que lo que más importa es lo que está al otro lado de la realidad. Poeta religioso, pero no explícitamente confesional, al menos en este libro: “Es tan viejo y lejano / lo que narran los libros / —al tercer día el trueno / y un sepulcro vacío— / que apenas si nos sirve / de cuento para niños”. Sabe que Dios es el nombre que el ser humano da al misterio, que las grandes preguntas son preguntas sin respuesta: “¿No hay salvación entonces? / ¿Solo tienen sentido / la tumba y la carroña? / ¿Es tan solo un capricho / del mar este destello / en el mar infinito?”. La “Canción de Pascua”, de la que proceden estos versos, puede entenderse como una variación de la rima VIII: “En el mar de la duda en que bogo / ni aun sé lo que creo; / sin embargo estas ansias me dicen / que yo llevo algo / divino aquí dentro”. José Mateos se responde a las preguntas que copiábamos antes con versos que tiene un eco del “invisible anillo” que une a Bécquer con el Machado de Soledades: “Y, sin embargo, a veces / latiendo en lo más íntimo, / quién no sintió ese asombro / que es como un eco: un hilo / que nos vincula a un mundo / más allá de uno mismo”.


 

jueves, 12 de enero de 2023

En vivo y en directo

 

De guerra, revolución y otros artículos
Sofía Casanova
Edición de Amelia Serraller Calvo
La Umbría y la Solana / Los libros de frontera d. Madrid, 2022.

Entre los grandes periodistas de los años veinte, había una mujer que tuvo tanta fama en su tiempo como los Julio Camba o los Chaves Nogales, pero mucha menos reconocimiento posterior. Vivió casi cien años, estuvo en el centro de algunos de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX y supo contar lo que vio con una verdad y una atención al detalle que todavía nos atrapa desde la primera línea.

            La vida de Sofía Casanova  (1861-1958) da, no para una, sino para varias novelas. Se inició en la vida literaria como precoz poeta, apadrinada por Campoamor, y leyó sus poemas ante Alfonso XII; escribió novelas de corte autobiográfico, no exentas de interés, pero lo más perdurable de su obra son las crónicas que, como corresponsal de guerra, envió para el diario ABC a partir de 1914. Comenzaron como una carta noticiosa a su familia, que llegó a manos del director del periódico; este decidió publicarla y firmarle un contrato de inmediato a la autora. Durante veinte años, hasta el comienzo de la guerra civil, su artículos alternaron con los de los más afamados escritores de entonces y fueron recogidos en libro: De la guerra (1916), De la revolución rusa (1917), La revolución bolchevista (1920).

            Sofía Casanova se casó con un profesor polaco y buena parte de su vida transcurrió en Polonia o en Rusia, acompañando a su marido en sus diversos destinos. Tuvo un conocimiento de la realidad europea poco frecuente en los españoles de su tiempo,

Si abundan las crónicas de la Gran Guerra, no son tan frecuentes las de la Revolución Rusa vista por ojos occidentales. De ahí el perenne atractivo de La revolución bolchevista, que ya contó con una reedición, en 1989, acompañade de un excelente estudio. Ahora esos artículos aparecen junto a otros que se quedaron en las páginas del periódico y que ayudan a contextualizarlos.

            Amelia Serraller Calvo ha reunido en De guerra, revolución y otros artículos una amplia muestra de la obra periodística de Sofía Casanova. Deja fuera “Polvo de escombros”, la crónica del primer año de la segunda guerra mundial en Polonia, quizá porque no apareció en el periódico, sino en un libro de 1945 La agonía de Polonia, junto a “Estampas polacas”, de Miguel Branicki. Está escrito a modo de diario o de larga carta a sus familiares en España (curiosamente como sus primeras crónicas): “En la opresión de estos días, ¿cómo seguir estas notas para vosotros, hermanos míos, que no puedo mandar, que quizá no terminaré?”

            Algo tuvo que ver en el olvido de Sofía Casanova, una celebridad en los años veinte, su decidido apoyo al franquismo, como señala Calvo Serraller en el prólogo: “Aunque en el transcurso de la guerra solo estuvo una vez en España, su visita fue magnificada por la propaganda del bando franquista, mancillando su imagen hasta hoy en día”.

No hubo tal magnificación, no era necesaria. Sofía Casanova, monárquica, antirrepublicana, contribuyó decisivamente en Polonia a crear redes de apoyo a los sublevados. Así se cuenta su visita a España el año 1938 en el prólogo a La agonía de Polonia: “Fue recibida muy amablemente por nuestro Caudillo en Burgos; después fue a Salamanca y más tarde a San Sebastián, liberado ya, retornando a La Coruña. En San Sebastián y en Bilbao dio conferencias para hablar, como siempre, del peligro bolchevique, y retornó a su patria de adopción, estallando a poco esta segunda guerra mundial que aún padecemos”.

            Pero la ideología de Sofía Casanova —ligada al nacionalismo español y polaco— no nubló su mirada de cronista. Abundan, por ejemplo, las muestras de su compasión por el pueblo judío, tan odiado entonces en Polonia como en Alemania, aunque no dejara de compartir ciertos estereotipos. Con el título de “La cuestión judía”, se reúnen algunos artículos escritos entre 1919 y 1934. En el último nos cuenta cómo una delegación de rabinos se presenta ante el cardenal de Varsovia para pedir amparo cuando el partido nacionalista polaco, a ejemplo de Hitler, se dedica a perseguirlos. El arzobispo lamenta esos ataques, pero también tiene algo que reprochar: “Aprovecho, señores rabinos, vuestra visita para comunicaros que llegan a mí muchísimas quejas de actos de provocación y de ultraje a los sentimientos cristiano-católicos cometidos por judíos”. Y a continuación habla de ataques de jóvenes judíos armados a católicos indefensos, de su insolencia desafiadora en público, de publicaciones que ofenden a la moral y difunden la más sucia literatura a cargo de editores judíos. Para Sofía Casanova se trata de una “raza sin patria que esconde sus milenarios rencores según las circunstancia con un oportunismo de adulación”.

            Franquista, compasivamente antisemita, eso era Sofía Casanova, pero también una mujer excepcional, a la que las circunstancias situaron en el centro de la tormenta Europea y que supo como nadie contar lo que veía o aquello de lo que tenía información de primera mano, con precisos detalles que luego borraría el torbellino de la historia, como esta estampa del destierro de la familia imperial en agosto de 1917: “Subieron al tren los viajeros; cerrárronse las portezuelas y el zar, en la de su coche, miró a Kerenski, plantado frente a él en el andén. Solo los ojos hablaron en el encuentro de la mirada, y no se despidieron para siempre. Esos dos hombres han de volverse a encontrar, y acaso las veleidades del Destino proporcionen la ocasión al desterrado monarca —o a los suyos— de devolver a Kerenski bien por bien, pues si sanos y salvos han salido del volcán revolucionario los sin corona, saben a quien se lo deben”. En agosto de 1917, la historia no estaba escrita, la revolución de octubre no parecía inevitable.

            Lección de historia, viaje en el tiempo, lección de vida esta recopilación de crónicas periodísticas. Lo fugitivo permanece y dura.



jueves, 5 de enero de 2023

Autor y personaje

 

Donde viven las almas
Andanzas de la memoria
Ana María Martínez Sagi
Edición y prólogo de Juan Manuel de Prada
Fundación Banco de Santander. Madrid, 2022.

Pocos casos hay en la historia de la literatura de una obsesión semejante a la que Juan Manuel de Prada sintió, y siente, por Ana María Martínez Sagi. La descubrió en una época, en que, tras la estela de Las máscaras del héroe, estaba interesado en los escritores menores, raros y olvidados, “desgarrados y excéntricos”, como él los llamó en el título del volumen que recogía sus semblanzas. Por algunos de ellos, como Armando Buscarini, el interés duró un tiempo y le llevó a rescatar y publicar parte de su obra, pero no tanto como por Ana María Martínez Sagi, a quien llegó a conocer poco antes de su fallecimiento, en 2000.

            Nacida en 1907, Martínez Sagi fue una de las poetas que alcanzaron cierto renombre antes de la guerra civil, aunque en su caso debido a razones extraliterarias: fue una exitosa deportista, algo entonces bastante inusual. Juan Manuel de Prada se enteró de su existencia en una vieja entrevista de César González-Ruano, recogida en el libro Caras, caretas y carotas. Parecía que la dedicación de Prada a Martínez Sagi iba a concluir con su ciclópea tesis doctoral, publicada recientemente en dos nutridos volúmenes. Pero no. Unos meses después Prada da a conocer dos obras inéditas de la escritora, Donde viven las almas y Andanzas de la memoria.

            Media vida ha dedicado Juan Manuel de Prada a rescatar la memoria de Martínez Sagi. ¿Valía la pena esa dedicación? No todos los escritores olvidados están injustamente olvidados, tampoco las escritoras. Martínez Sagi, de apasionante peripecia vital, es una escritora menor. Menor, pero no enteramente desdeñable.

            Donde viven las almas entremezcla el verso con la prosa poética. Escrito en los años treinta, podría ponerse en relación con Los placeres prohibidos de Cernuda. Ambos cantan amores que hasta entonces no se atrevían a decir su nombre. Pero Cernuda se apropia de las nuevas audacias surrealistas, mientras que Sagi muestra su apego a las delicuescencias modernistas.

            Juan Manuel de Prada ha decidido no publicar este libro en su integridad, sin indicar las razones. El original se lo entregó la autora con el ruego de que no lo diera a al imprenta hasta veinte años después de su muerte. Para otra ocasión deja, según nos indica en nota, “el estudio crítico que este texto demanda”. Pero lo primero que demanda un texto inédito de un autor que valoramos es su publicación íntegra. Juan Manuel de Prada, como editor literario, tiene ideas un tanto peculiares. Cree que una edición crítica es aquella donde se comparan, “a través de un estudio filológico riguroso”, la redacción original de la obra y las correcciones que el autor introdujo posteriormente, correcciones, en el caso de Martínez Sagi “no exclusivamente estilísticas”. También parece pensar que una edición es tanto más científica y rigurosa cuanto más notas tenga. Y así él salpica la suya de aclaraciones que, en la mayor parte de los casos, están al alcance de cualquiera en la Wikipedia. Una fuente de información, por cierto, que el propio Prada no desdeña usar y parafrasear. A propósito de la muerte del marqués de Monaldeschi, escribe: “Tal ejecución fue muy criticada por toda la nobleza europea, pues Cristina, desde su abdicación, ya no tenia autoridad para ordenar la muerte de sus vasallos”. En la enciclopedia en línea, leemos: “La ejecución fue muy criticada por la nobleza europea en general, argumentado que Cristina, desde su abdicación, ya no tenía autoridad para ordenar ejecuciones.”

            Salvo que se trate de una edición escolar, las notas informativas de lo que antes se llamaba cultura general sobran, como la aclaración de palabras que el autor puede encontrar en el diccionario. Prada cree necesario indicarnos que el hotel George V es un “lujoso hotel, próximo a los Campos Elíseos” o que “el río Moldava, el más largo de la República Checa, que nace en la selva de Bohemia, pasa por Praga y se une con el Elba en Melnik”. Toda nota que no sea imprescindible distrae y estorba, es como una aclaración no pedida que interrumpe la lectura de la obra literaria. Y la función de un editor no es la de coleccionar y comparar variantes —eso queda para el estudioso—, sino la de ofrecer un texto lo más cercano posible a la intención última del autor. Solo si ese original se ha perdido, como en tantas obras medievales, tiene sentido comparar las diversas copias conservadas para tratar de reconstruirlo. No es el caso de los textos inéditos que Martínez Sagi le entregó a Prada.

            Andanzas de la memoria es de escritura posterior y es de muy diversa intención y estilo. En este caso, sorprende la petición de editarla veinte años después de su muerte, puesto que ya la autora intentó editarla en vida. Juan Manuel de Prada reproduce el informe de lectura de una editorial, dirigida por Josep María Castellet, bastante atinado al señalar aciertos y errores. Los primeros capítulos, dedicados a evocar episodios de infancia y de primera juventud, escritos con sentido del humor, se leen con gusto; los siguientes —viajes por Europa, recuerdos de su etapa de profesora en Suecia y Estados Unidos— son más convencionales y en algún caso bastante prescindibles.

            Juan Manuel de Prada está muy atento a subrayar los errores de Martínez Sagi —llama “cochinilla” a la “mariquita”, por ejemplo— y sus intencionados olvidos. Pero aunque se titule Andanzas de la memoria no se trata de unas memorias propiamente dichas, sino recreación o invención del algunos episodios ambientados en distintas etapas de su vida. Pedirles rigor documental a estos ejercicios de autoficción no parece muy adecuado.

            Prada ve en Donde viven las almas el reflejo de la relación de Martínez Sagi primero con Elisabeth Mulder y luego con Elsy Longoni. Se deja llevar por la falacia biográfica. Donde viven las almas es una obra literaria, un libro de amor, no la historia de ninguna relación concreta. Si de la “amistad amorosa” entre Elisabeth Mulder y Ana María Martínez Sagi “apenas sabemos nada”, lo mejor es no fantasear y comentar los poemas en verso y prosa del libro como lo que son, poemas, mejores o peores, y no como confidencias que nos permiten asomarnos un tanto morbosamente a la intimidad de la autora.

            Todo se lo debe Ana María Martínez Sagi a Juan Manuel de Prada. Sin su obsesión por ella, ni siquiera sería un nombre en un índice. Él la ha convertido en personaje, pero los intentos de rescatar su obra no confirman que esa obra merezca demasiada atención por sí misma.



           

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Hierro resistente

 

Vida. Biografía y antología de José Hierro
Jesús Marchamalo / Lorenzo Oliván
Nórdica Libros. Madrid, 2022.

Las palabras vivas
Lorenzo Oliván
Pre-Textos. Valencia, 2022.

De los nuevos poetas que se dieron a conocer tras la guerra civil, José Hierro fue uno de los primeros en alcanzar un reconocimiento generalizado. Venía del lado de los vencidos, había pasado cuatro años en la cárcel, pero desde muy pronto comenzó a dejarse querer por los vencedores. Tras trabajos varios de supervivencia, encontró acomodo en diversos organismos culturales, entonces todos ellos controlados por el régimen: Editora Nacional, Ateneo, Radio Nacional de España, Universidad Menéndez Pelayo. No fueron cargos directivos, no se trató de prebendas, sino de encargos que estaba preparado para hacer y que hizo bien. Pero no se unió —escarmentado, padre de familia, consciente de su precariedad laboral— a ninguno de los movimientos de resistencia antifranquista y eso le valió algún ataque como el de José Ángel Valente, menos literario que personal: “Hablaba como queriendo borrar su vida ante un testigo incómodo. / Compraba así el silencio a duro precio, / la posición estable a duro precio, / el derecho a la vida a duro precio, / a duro precio el pan. / Metal noble que tal vez el martillo batiera / para causa más pura. / Poeta en tiempo de miseria, en tiempo de mentira / y de infelicidad”. Solo alguna rara vez, como en el poema “Réquiem”, se dejó contagiar por la retórica de la época: “Cuando caía un español,” —se supone que en los tiempos de los Tercios de Flandes o la conquista de América—e “se mutilaba el universo”.

            Como poeta, sus orígenes están en el modernismo, Juan Ramón Jiménez y ciertos nombres del 27 (más Gerardo Diego que Cernuda), pero supo adecuarse —en un puñado de espléndidos poemas testimoniales— a los nuevos usos del realismo, a una poesía que se acercaba al lenguaje coloquial, “sin vuelo en el verso”. Más tarde, con el Libro de las alucinaciones, volvió a una poesía imaginativa, con toques de culturalismo e irracionalismo que anunciaba la revolución novísima.

            Tras ese título, de 1964, José Hierro entró en una prolongada etapa de silencio (solo rota por poemas dispersos, a menudo de circunstancias, reunidos en Agenda) que pareció hacer de él un poeta de otra época, más homenajeado que leído. Pero en 1998 se produjo su vuelta triunfal con Cuaderno de Nueva York, de inmediato —y un poco inexplicablemente— convertido en best seller. Durante los últimos años de su vida, José Hierro fue el poema más popular. Contribuyó a ello, tanto como su poesía, el personaje, cordial y entrañable, ajeno a vanidades literarias, hombre de la calle que escribía en bares, que leía admirablemente sus versos y que era capaz de pasarse horas dedicando sus libros con un dibujo original en cada uno.

            De los muchas publicaciones dedicadas a conmemorar el centenario de José Hierro, dos destacan especialmente. Una es Vida, biografía y antología, la primera a cargo de Jesús Marchamalo y la segunda de Lorenzo Oliván; otra, Las palabras vivas. La poesía y la poética de José Hierro, cuyo autor es también Lorenzo Oliván.

Vida es un volumen hermosamente editado, con abundantes ilustraciones de gran valor documental. Consta de una parte biográfica, una sucesión de emotivas o divertidas estampas, en la que no se indican los apoyos documentales, pero no son necesarios, se trata de un texto literario, válido por sí mismo. Y la antología está hecha por buen lector de la poesía de Hierro, que acierta a mostrarnos todas sus facetas, aunque deje fuera —como no podía ser de otro modo— algún poema que esté en la memoria del lector.

            El otro libro, Las palabras vivas, tiene un carácter más académico: en su origen se encuentra la tesis doctoral sobre el ritmo en la poesía de Hierro, dirigida por José Carlos Mainer, que Oliván no llegó a concluir. Pero con ser muy valiosos los capítulos que de ella proceden —dedicados al estudio del eneasílabo, la métrica acentual o los encabalgamientos en la poesía de Hierro—, resultan más interesantes los que tienen un carácter autobiográfico y ensayístico. Las consideraciones de Lorenzo Oliván, uno de los más destacados poetas de su generación, sobre el ritmo en la poesía —en la propia y en la ajena— son de gran valor.

            Lorenzo Oliván dedica el capítulo inicial de su libro a la biografía de Hierro. Sintetiza bien lo sabido y añade algún matiz inédito, con la apoyatura documental que falta en Marchamalo. Uno y otro eluden, sin duda por consideraciones familiares, una cuestión sin la cual no se entiende el último libro de Hierro. Su Cuaderno de Nueva York es algo más que el homenaje a una ciudad que tanto ha tentado a los poetas españoles (no solo a Juan Ramón y Lorca, como Julio Neira documentó en una profusa antología), es un libro de amor “que no puede decir su nombre”, aunque no por las razones de los lorquianos Sonetos del amor oscuro, sino por las de Salinas y La voz a ti debida. Solo cuando sabemos eso, se entiende la emoción del penúltimo poema del libro (el último en realidad, el aclamado soneto final no tiene mucho que ver con el conjunto), en el que el poeta se despide, no de una ciudad, sino de una persona que, sin ser nombrada, da sentido al conjunto: “No te importuno más (ni siquiera sé si me escuchas). / Bebo el último whisky en el Kiss Bar, / la última margarita en Santa Fe, / rodeo luego la ciudad y su muralla de agua / en la que ya no queda nada que fue mío / Desisto de adentrarme en su recinto, / no tengo fuerzas para celebrar / la melancólica liturgia de la separación. / Solo deseo ya dormir, dormir, / tal vez soñar…”

            La poesía de Hierro, a pesar de una cierta banalización de su figura, del manoseo de los homenajes, resiste bien el paso del tiempo en un puñado de poemas esenciales en los que realidad y misterio, técnica y llanto, se funden inextricablemente.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Vida y delirio

 

 

En tierra de nadie
Gabriel Albiac
La Esfera de los Libros. Madrid, 2022.

Ningún hombre es de una pieza, como es bien sabido, y menos que ninguno Gabriel Albiac, catedrático de filosofía, estudioso de Spinoza, activo periodista, contundente panfletista. En tierra de nadie ha titulado su autobiografía, escrita con brillantez y brío literario, pero él no parece que estuviera mucho tiempo en tierra de nadie, siempre supo de qué lado ponerse y a quién defender con todas sus fuerzas.

            En 2003, según nos cuenta, decidió abandonar el diario El Mundo, que había contribuido a fundar y en el que había llevado a cabo una eficaz campaña para desenmascarar a los GAL, porque le censuraron uno de sus artículos. En ese artículo —que reproduce— afirmaba cosas muy sensatas: “Nunca dejes que la realidad te arruine un buen titular. Todo estudiante aprende en la facultad que ese es el pilar del periodismo que vende. Nunca dejes que unas declaraciones aburridas te arruinen un titular en letras gordas”. Eso fue lo que al parecer le ocurrió con unas declaraciones sobre la guerra de Irak, manipuladas en el diario. Tras un titular que las presenta como “argumentos a favor de la guerra”, se reproducen sus palabras que “dicen exactamente lo contrario de lo que el titular dice que dicen”. Y añade: “A mí me pagan por razonar. No por dar doctrina”.

            Veamos cómo razona Gabriel Albiac: “Mi habitación en la Maison de Cuba parecía un horno: bendita calefacción francesa: son las ventajas de no haber fulminado las centrales nucleares por la pura cobardía de Felipe González tras el asesinato por ETA del ingeniero jefe Ryan en Lemóniz”; Fidel Castro fue un “subnormal barbudo”; comparado con el islamismo “Adolf Hitler sería un avanzado de las libertades públicas”.

            Pero En tierra de nadie es algo más, bastante más, que un vehemente panfleto, que una crónica de la lucha entre la bestia —el islam— y el ángel, el estado de Israel, “la sola Europa que nos queda”, el único territorio no invadido por la barbarie.

            Gabriel Albiac, con un estilo sincopado y una alternancia de tiempos muy cinematográfica, comienza hablándonos de su ingreso en la universidad, el año 1967, y en la militancia política. Cuenta con eficacia las ilusiones del 68, su descubrimiento de la filosofía y de París, su admiración por Althusser, al que seguiría fiel hasta el final. Y se refiere, con emotiva sobriedad, a sus orígenes familiares: el padre fue uno de los sublevados en Jaca, represaliado del franquismo. Hay mucho de novela en la vida de Albiac. Su primera pareja era hija de Julián Grimau, fue testigo de algunos acontecimientos cruciales del siglo XX, como la caída del muro de Berlín o el hundimiento del régimen de Ceaucescu, pasó un temporada de vagabundeo solitario en Grecia, se dedicó a callejear por París durante un año sabático. Vivió intensamente los años ochenta y nos deja precisos testimonios de algunos de los conciertos a los que asistió entonces, inolvidables hitos generacionales, y de otras heridoras anécdotas como aquella vez que le visitó Eduardo Haro de madrugada acompañado de una oronda mujer que acentúa su escualidez: “Perdona que te dé el coñazo a estas horas, Gabriel. Ando fatal. ¿Podrías prestarme unas pelas para el caballo…?”. Eduardo Haro había escrito “algunos de los más lúcidos alegatos contra el imperio letal de la heroína en el Madrid de los ochenta”, pero él mismo no podría contra ella.

            La autobiografía de Albiac es también un retrato generacional. Y muchos se reconocerán, nos reconoceremos en ella, hasta en mínimos detalles, como aquella sorpresa al enterarse por la mañana de los últimos fusilamientos del franquismo, en septiembre de 1975, tras la información del día anterior sobre el Consejo de Ministros, que daba a entender que se habían concedido los indultos.

            Pasamos de la admiración a la indignación varias veces a lo largo de estas páginas. También hay lugar para cierta burlesca incredulidad. Al ingresar en el partido comunista, en 1971, “tras una larga deriva por partidos maoístas”, quiso dejar claro ante los responsables sus ideas al respecto; reproduce “los términos literales” de sus palabras: “Pido la entrada por riguroso pragmatismo. La línea del Partido me parece errónea de arriba abajo: todo acabará mal si no se modifica esencialmente”. La respuesta que le dan es todavía más inverosímil: “No es problema. Muchos en la organización piensan lo mismo”. ¡Y ese era el partido férreamente estalinista que no dejaba margen para la discrepancia! Y por si fuera poco, añade el que aspira a ser nuevo militante: “Santiago Carrillo me parece un personaje siniestro. Vendería a su madre —y, por supuesto, al Partido— por una pizca de poder. Y los vendería a quien fuese. Siempre que pagara al contado, claro”.

            Con lo que gana Albiac como catedrático de universidad no tiene, nos dice, ni para pagar el carísimo colegio privado de sus hijas. No puede por eso abandonar el periodismo. Tras pasar por La Razón, acaba recalando en el ABC. Cuando recibe el premio Mariano de Cavia, que para él es como ingresar en el Olimpo, dedica una enfervorizada crónica a describir el acto de entrega y parece poner los ojos en blanco al ingresar en una nómina en la que están Pérez de Ayala, Chaves Nogales, Julio Camba y todos los grandes del periodismo español. Olvida que entre los galardonados se encuentran también José Cuartero, José Andrés Vázquez, Horacio Sáez Guerrero y otra porción de ilustres desconocidos o de conocidos no demasiado prestigiosos, como Ricardo de la Cierva.

            El fervor comunista que un tiempo tuvo Albiac se ha convertido, como el de tantos, en visceral anticomunismo. Pero el anticomunismo ya es casi tan reliquia, como el comunismo. El odio de Albiac se ha trasladado a la izquierda española —primero a los gobiernos de González y Zapatero, luego al actual “contubernio bolivariano”— y sobre todo al islam, en guerra desde 2001 contra el mundo civilizado. La irracional islamofobia de Albiac no parece tener límites: el Islam es “mil veces más exterminador que el nazismo”. Algunas muestras de su paranoia nos harían sonreír si no sirvieran para justificar el terrorismo de Estado de ciertos países. Él y su pareja pasan unos días felices en un rincón paradisíaco de las Islas Mauricio, con playas “salvajemente inaccesibles “para los que no han pagado las cuotas, para los de aquí impensables, que pagamos los europeos”, y deciden visitar el cercano puerto indígena. De pronto, alzan los ojos y ven “un batallón de hombres solos, con túnica, chilaba y atavío capilar inequívocamente musulmanes” que los contemplan “con un odio frío”. Y escapan a su refugio: habían olvidado que Mauricio es tierra islámica. Todavía no había ocurrido el atentado de las Torres Gemelas, pero el perspicaz turista de lujo —unas vacaciones en la miseria de los demás, diría Julián Rodríguez—  ya lo vio en los ojos de aquellos hombres “inequívocamente musulmanes”, esto es, malvados.

            Frente a la figura diabólica de los musulmanes, Albiac ha creado un identidad angélica: Israel. La menor insinuación —y hay más que insinuaciones en Naciones Unidas— de que pueda estar cometiendo crímenes de guerra contra los palestinos es una muestra de antisemitismo. Gabriel Albiac, que afirmaba que le pagaban por pensar, no por impartir doctrina, ha abdicado de pensar. No sabemos la razón. Podemos quizá suponerla recordando que, como catedrático de universidad, apenas si ganaba para pagar el carísimo colegio privado de sus hijas; el periodismo —cierto periodismo— parece estar mejor remunerado.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Al itálico modo

 

Sonetos
Feng Zhi
Edición de Javier Martín Ríos
Hiperión. Madrid, 2022.

Fascinado por los sonetos de Rilke, el poeta Feng Zhi quiso trasladar a la literatura china, como Garcilaso a la nuestra siglos antes, esa composición estrófica y en 1942, cuando la guerra chino-japonesa, publicó un libro de sonetos que ahora se traduce por primera vez al castellano. No sabemos cómo sonarán estos sonetos en chino, sabemos que en la versión de Javier Martín Ríos solo conservan del soneto el estar formado por catorce versos, si podemos llamarlos así, de desigual extensión y ninguna sujeción métrica. Y sin embargo, entre esas aproximaciones, algo nos llega de la emoción poética que del original.

            La vida de Feng Zhi —coetáneo de los poemas españoles de la generación del 27— cubre casi todo el siglo XX y está sometida a las turbulencias de unas décadas cruciales en la historia de China. Profesor universitario especializado en literatura alemana, residió en Berlín entre 1930 y 1935, por lo que pudo ser testigo presencial de la toma del poder de los nazis. Tradujo a los más importantes autores alemanes y también era un buen conocedor de la tradición clásica china. Tuvo problemas de censura y autocensura tras la victoria de Mao en 1949, cuando la occidentalización y el experimentalismo pasaron a simbolizar la decadencia burguesa, y sería luego uno de los damnificados por la Revolución Cultural, ese movimiento político que tanto tuvo de histeria colectiva y que, de algún modo, hoy entendemos mejor tras acontecimientos recientes que afectaron a la salud mental del mundo en su conjunto y especialmente de China,

            En los sonetos de Feng Zhi aparecen temas occidentales —Venecia, Goethe, Van Gogh—, pero en su mayor parte enlazan con la tradición de la poesía china. Leídos en traducción, ya sin su armadura formal, a ratos no podrían distinguirse de los poemas de la dinastía Tang. Baste un ejemplo: “Nos detenemos en la cima de la alta montaña / y nos convertimos en un paisaje lejano e infinito, / diluyéndonos en la basta llanura que hay frente a nosotros / y en los senderos entrecruzados sobre ella”. Son poemas que hablan de encuentros y despedidas, de caminos que se pierden en la lejanía, de noches solitarias en la montaña, de unos cachorros de perro recién nacidos. Están escritos cuando el autor ha de abandonar su puesto en la universidad de Shanghai tras el comienzo de la invasión del Japón en 1937, e instalarse en Kunming, con otros muchos refugiados. Pero los desastres de la guerra no asoman a sus versos. O lo hacen de manera indirecta, como en el poema dedicado a Du Fu, que es, como el más conocido Li Bai, uno de los grandes clásicos de la dinastía Tang: “En la aldea desierta sobrellevas el hambre, / a menudo piensas en la muerte que invade los barrancos, / pero, sin embargo, no dejas de entonar cantos fúnebres / por el gran hundimiento del mundo”.

            La Venecia de Feng Zhi tiene que ver poco con la Venecia de tantos otros poetas. Las islas que la componen pasan a ser un símbolo del mundo donde cada soledad es una isla: “Cuando me tomas de la mano / es como un puente sobre el agua. / Cuando me sonríes, / es como si en la isla de enfrente / se hubiera abierto, de pronto, una ventana”.

            Traducir poesía no es un imposible, pero a veces parece estar muy cerca de serlo. Lo que dice el poema es más de lo que dice y por eso una traducción meramente informativa no deja de ser una pseudo traducción. Las mejores traducciones poéticas son obra de dos: alguien que conoce bien la lengua de partida y alguien que conoce muy bien la lengua de llegada. A menudo el traductor se limita a dejarnos entrever el original como a través de un cristal borroso. Los sonetos de Feng Zhi, en la versión de Javier Martín Ríos, no son sonetos y, a menudo, tampoco poemas, pero sí el punto de partida para un poema. El titulado “Eucalipto” comienza así: “Tú, desolado árbol de jade en medio del viento del otoño… / eres una pieza musical que al lado de mis oídos / edifica un solemne templo, / ¡déjame entrar con sumo cuidado!”

            Las traducciones de Martín Ríos son una constante invitación a la reescritura. Yo me he atrevido a intentarla en algunos casos. Copio la de este último poema: “Árbol de jade en medio del otoño, / templo de aroma y música en la brisa, /déjame refugiarme entre tus brazos, / que en torno sopla el vendaval del tiempo. / Firme pagoda bajo el limpio azul, / como un sabio maestro frente a mí / del estruendo del mundo me proteges / y de las turbulencias de mis sueños. / Mientras que tú resistas, yo resisto; / mientras tenga tu mano, no me pierdo, / guía inmortal al centro de mí mismo, / eje en torno al que gira el universo. / Eterno tú y eterno yo contigo / si tus raíces guardan mis cenizas” .

            Hay libros que son solo un punto de partida, una invitación a un viaje que tenemos que hacer por nosotros mismos.