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martes, 2 de junio de 2026

Literatura y realidad

 

José Emilio Pacheco
Antología poética
Selección e introducción de Andrés Catalán
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

No se acercan de la misma manera a un poeta el estudioso, el historiador de la literatura, el profesor, el lector. José Emilio Pacheco (1939-2014), uno de los nombres fundamentales de la literatura mexicana contemporánea, cultivó todos los géneros literarios y destacó también en la crítica, en la crónica y en la traducción. Se le considera, sin embargo, ante todo poeta, no por el habitual reduccionismo, sino porque es un puñado de poemas suyos la parte de su obra que mejor resiste el paso del tiempo, una de sus obsesiones. Junto a Octavio Paz, se trata del poeta mexicano más conocido y editado en España, y sigue seduciendo sin necesidad de intermediarios críticos.

Se publica ahora una nueva antología suya a cargo de Andrés Catalán, quien ha utilizado para prepararla un doble criterio. El primero está pensado para el lector común y no puede ser más acertado: “he elegido los poemas que desde el momento presente me ha parecido que aguantaban más el paso del tiempo, aquellos en los que el tema resonaba con la actualidad (en algunos casos, haciendo que uno, al leerlos, no pueda evitar un arrebato de pesimismo ante el devenir del mundo) o aquellos en los que la nota de humor seguía sonando tan fresca como hace cincuenta años”.

El segundo criterio se contradice con el primero: “he tratado de presentar la diversidad de formas, temas y registros que el autor abordó” y por ello incluye “los ciclos de poemas extensos en lugar de escoger fragmentos significativos de los mismos”.

            La inserción de un autor en la historia de la literatura, las etapas de su obra, los antecedentes, las influencias, el análisis métrico y los recursos literarios le importan poco al borgiano lector hedónico, que es aquel para quien se escriben en primer lugar los poemas. No es probable que ese lector se detenga en los poemas más extensos: el temáticamente conmovedor “Las ruinas de México”, sobre el terremoto de 1985, o el alegórico “Jardín de niños”, pero seguro que se le queda para siempre en la memoria, si es que aún no lo conoce, “Antiguos compañeros se reúnen”, que circula casi como un proverbio: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”. Y es difícil que no recuerde ciertos debates actuales ante la impactante evocación de “Becerrillo”, un olvidado héroe de la conquista: “Y Cristóbal Colón también lanzó / contra los indios de Santo Domingo / disparos de metralla, una jauría / de perros antropófagos. Entre sus fauces, / murieron centenares. Ya la historia / olvidó el episodio, Pocos saben / que la avanzada civilizadora / tuvo su héroe, un dogo: Becerrillo. / Colón le dio la paga de dos soldados”.

            En la fábula y la sátira, dos géneros muy dieciochescos, sobresale José Emilio Pacheco. Sus fábulas tienen moraleja, pero, como en el caso de Ángel González –un poeta con el que tiene bastante en común--, una moraleja bastante menos edulcorada y moralizante que las de la tradición escolar.

En “Los mares del sur” nos describe un idílico lugar anterior a la invasión turística, “aún sin Hilton ni Sheraton”, en el que contempla “cómo salen / del cascarón las tortuguitas”. Es el paraíso natural, pero un paraíso que solo dura un instante: “Llegan las aves, bajan en picada / y hacen vuelos rasantes y se elevan / con la presa en el pico: las tortugas / recién nacidas. Ya no son gaviotas, / es la Lufwaffe sobre Varsovia. / Con qué angustia se arrastran hacia la orilla, / víctimas sin más culpa que haber nacido. / Diez entre mil alcanzarán la orilla. / Las demás serán devoradas”.

            Y a continuación la moraleja: “Que otros llamen a esto selección natural, / equilibrio de las especies. / Para mí es el horror del mundo”.

            Las arañas, los grillos, las babosas, los cerdos son protagonistas de muchos de los poemas de José Emilio Pacheco. Su mirada es la contraria de lo habitual. Elogia al cerdo o a la babosa, no al ser humano, y le da la vuelta al símbolo del búho, que deja de representar a la sabiduría: “El ojo inmóvil, / pez de tierra firme, / encendido de noche en su fijeza. / Las garras que se adentran en la carne, / el pico curvo para el desgarramiento… / ¿De cuál sabiduría puede ser símbolo / sino de la rapiña, el crimen, el desprecio: / todo lo que ha hecho tu venerada gloria, / Occidente”.

            Poeta realista, poeta social José Emilio Pacheco (“Tenemos una sola que describir: / este mundo”), no le teme al prosaísmo, quizá excesivo para algunos lectores. En “A quien pueda interesar” defiende esa poética: “Otros hagan aún el gran poema, / los libros unitarios, las rotundas / obras que sean espejo de armonía. / A mí solo me importa el testimonio / del momento inasible, las palabras / que dicta en su fluir el tiempo en vuelo. / La poesía anhelada es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida”.

            Pero el testimonio de un tiempo sombrío (leamos su “Manuscrito de Tlatelolco”, tantas invectivas contra el siglo XX) no caracteriza a toda su obra. Hay también un gusto por la greguería (“La ceniza es el humo que se deja tocar”), por la metáfora sorprendente que nos permite mirar el mundo con otros ojos, incluso por el brillo estilístico que no desdeña la herencia modernista. Y hay un continuo ejercicio de inteligencia, de darle la vuelta al tópico, de no considerar ningún tema menor o demasiado prosaico. Nadie como él ha sabido reflejar en sus versos “el tremendismo de la realidad, / su incurable tendencia / al melodrama y al absurdo”, como nos dice en un poema titulado precisamente "Literatura y realidad".

jueves, 12 de febrero de 2026

Biblioteca de sombras


Maurice Rollinat
Neurosis. Antología poética
Versión y prólogo de Pedro José Vizoso
Arkadia. Grand Island, Nebraska, 2025.

La historia de la literatura, como la historia en general, está llena de nombres que tuvieron un momento de gloria y luego se apagaron; en buena parte de los casos, aún en vida. Al poeta francés Maurice Rollinat (1846-1903), la fama se le acercó dos veces: la primera en 1883 cuando publicó Neurosis, una síntesis de Poe y Baudelaire, un compendio de tremendismo y decadentismo. Al éxito contribuyó que el autor era todo un personaje en el aquel París finisecular: no solo frecuentaba los cenáculos bohemios, también se hizo pronto un habitual en los salones de la buena sociedad. Era poeta y además un virtuoso del piano que había puesto música a sus versos y a los de Baudelaire y los cantaba con una hermosa voz varonil. Lo sorprendente es que necesitaba de otros para llevar sus creaciones al pentagrama: nunca había estudiado música. El éxito de 1883 llegó de inmediato a España y aquí se publicaron ese mismo año las primeras, y casi únicas, traducciones de sus poemas.

Su siguiente momento, ya más de fama que de gloria, tuvo lugar en 1903, el año de su muerte. Estaba internado en un psiquiátrico, como parecían profetizar los poemas de Neurosis. Rubén Darío dedicó un artículo, “Las tinieblas enemigas”, a contarnos “la pesadilla de su vida y el espanto de su fin”.

            No hubo muchas referencias después en el ámbito de la lengua española. Ahora Pedro José Vizoso, profesor en el Hasting College, allá en Nebraska, estudioso del modernismo y de los trampantojos de la bohemia, lo rescata en una sorprendente antología que se titula como su libro más conocido, Neurosis. La selección contiene un puñado de poemas que siguen conservando su emocionante verdad, y que nos demuestran que Rollinat era algo más que un “Baudelaire empobrecido”, según le calificó Mario Praz. Era más bien “un Zola enriquecido, dedicado a los temas rurales y contaminado de simbolismo”, en palabras de Pedro José Vizoso.

            En 1883, el mismo año de su éxito, Maurice Rollinat abandonó París y en compañía de su nueva pareja (antes había contraído un matrimonio burgués y de conveniencia) se fue a vivir al campo, a un caserón que frecuentaban los amigos y en el que transcurrieron, “con esa velocidad supersónica que adquiere el tiempo cuando la felicidad se vuelve cotidiana y rutinaria, veinte años”. Y luego, como colofón, unos meses de infierno que redondearon el mito: en agosto de 1903, un perro muerde a su compañera, Cécile, que contrae la rabia y muere poco después; siguen la depresión, un cáncer, un intento de suicidio y el ingreso en un manicomio, según se decía entonces, donde muere, desatendido de todos, en octubre de 1903, como si fuera un castigo por los pecaminosos excesos que había cantado en Neurosis.

Pedro José Vizoso sintetiza con buen estilo literario y algún exceso retórico, la vida del poeta, en la que “lo único demencial y fúnebre” fue su madre, “esa avara arpía que va a sobrevivir a su hijo con esa salud de hierro con que Dios adorna y favorece a la gente más mala de este mundo”. También ilumina su obra de una manera que poco tiene que ver con la luz negra que vertieron sobre él Rubén Darío y los críticos de su época. No duda en calificarlo, a pesar de que el término resulte anacrónico, como un poeta ecologista. Y no solo en los libros que escribió durante sus veinte años de retiro rural, alguno de título tan explícito como La Naturaleza, sino también en Neurosis, donde no todo eran escenas de cabaret, lupanar y morgue, aunque no se supiera ver entonces. En ese libro se incluyen poemas como “Caballos viejos”, un lamento por las bestias de carga que “arrastran su cuerpo lastimado y decrépito, / la collera en el pecho y en las patas mil llagas”. En la misma línea, pueden incluirse “Caballo tísico” o “La yegua ciega”. No solo protesta este supuesto poeta maldito por el maltrato animal, también centra su atención en el mundo de los insectos, pero, aunque dedica “El entierro de una hormiga” a La Fontaine, nada tiene que ver con el moralismo de las fábulas.

            Entre los poemas sobre animales, destaca “El mirlo viejo”, con mucho de autorretrato de sus años finales: “consume en largas siestas la vida que le queda. / La experiencia, lo mismo que la edad, lo libera / del amor, que antes era la mayor de sus cuitas”.

Rollinat, que amaba “la profunda belleza de lo triste”, no puede faltar en una antología de poesía simbolista. “El silencio es el alma de las cosas / que guardar quieren su secreto” nos dice en un poema. Y él sabe darle voz a ese silencio con palabras que, como las de Verlaine, a veces no parecen pesar sobre la página.

            En “Ropa blanca”, otro de los sorprendentes poemas del libro, acierta a objetivar su contrapuesta visión de la realidad: las sábanas, al sol, “se ven puras y ardientes, y muy frescas, alegres, / a lo lejos: flotante, primaveral recuerdo; azules, rosadas, llenas de sol y cielo, / tal fiesta del paisaje que deslumbra la vista”. De noche, en cambio, parecen “una larga turba de zombis”, según leemos en la traducción. Pero el original habla de “morts”,  de muertos.

            A comentar las traducciones históricas y su propia teoría de la traducción, dedica Pedro José Vizozo algunas páginas. Estamos de acuerdo con lo que dice, pero no siempre con lo que hace. El verso final de “Noche mística”, en su versión dice así: “la luna oronda y blanca con su azul aureola”, pero en el original ese “oronda” no aparece por ninguna parte: “la lune blanche avec son auréole bleue”. Algo similar ocurre en “El crepúsculo”: “flotter l’âme de la rivière” se convierte en “cómo el alma del río, suave, flota”. Añadir adjetivos por razones métricas no parece la mejor opción de un traductor. La denostada traducción literal resulta a veces más eficaz que cualquier esforzada versión poética.

            Pero lo importante no son estos reparos, sino el rescate de un poeta olvidado y no bien leído en su tiempo. Bienvenido sea Maurice Rollinat a la biblioteca de los buenos lectores de poesía.



           

martes, 4 de febrero de 2025

La comedia humana

  


Edgar Lee Masters
Antología de Spoon River
Traducción, introducción y notas de Eduardo Moga
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2025.
 

“Habent sua fata libelli”, tienen su destino los libros, dice un aforismo clásico. Edgar Lee Master (1868-1950) escribió medio centenar de volúmenes de los más diversos géneros literarios. Todos se los ha llevado la trampa, de ninguno se acuerda nadie hoy, salvo de uno: esta Antología de Spoon River, ya bien conocida del lector español y que ahora vuelve a traducir y prologar modélicamente Eduardo Moga.

            La primera edición apareció en 1915 y el éxito fue inmediato, menos por parte de la crítica (aunque contó con el elogio de los más alerta, como Ezra Pound) que de los lectores: se sucedieron las ediciones y pronto las traducciones. Edgar Lee Master había escrito una obra en apariencia muy local (contaba la vida en una población del Medio Oeste norteamericano), pero de interés universal y fácil de trasladar a cualquier lengua: su valor no radicaba en la experimentación o el artificio lingüísticos, sino en el mundo inédito para la poesía que mostraba y en la manera que tenía de hacerlo (en la “inventio” y en la “dispositio”, que dirían los retóricos clásicos, más que en la “elocutio”).

            El título resulta un tanto engañoso. Esta Antología no tiene nada de antología. No es una colección de poemas atribuidos a distintos autores, ni una colección de epitafios inspirados en la Antología griega, aunque esa obra estuviera en su origen. Los epitafios clásicos compendian una vida en unos pocos versos y a veces están escritos en primera persona, pero su intención epigramática y por lo general apologética tiene poco que ver con el lenguaje a menudo coloquial y sin censuras morales con que se expresan los dos centenares y medio de personajes que aparecen en esta especie de comedia humana, tragicomedia más bien, que algo tiene de miniatura del ciclópeo empeño de Balzac o de los novelistas del naturalismo.

            Más que de epitafios, podríamos hablar de monólogos dramáticos. El primer poema del libro, “The Hill”, “La colina”, alude al cementerio y es una variación del manriqueño tópico del “ubi sunt”: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley. / el pusilánime, el fortachón, el payaso, el bebedor, el camorrista? / Duermen, están durmiendo todos en la colina”.

            El libro parece inspirado en una de esas sesiones espiritistas que tan de moda estuvieron a finales del siglo XIX y comienzos del XX. El poeta se convierte en el médium a través del cual escuchamos las voces de los muertos. No deja de ser una curiosa coincidencia que, por las mismas fechas del año 1914 en que Edgar Lee Masters comienza a escribir los poemas de su Antología, a Pessoa se le aparece inesperadamente el primer heterónimo y maestro de todos los demás, Alberto Caeiro. En un caso y otro, los poemas se amontonan y el poeta más que escribir parece transcribir las voces que escucha en su cabeza. El resultado tiene poco que ver con lo que entonces se entendía por poesía: versos medidos, rima, sentimentalismo, lenguaje convencionalmente literario y deudor de reconocidos maestros.

            Eduardo Moga, en un prólogo que resume bien todo que se ha dicho de Edgar Lee Masters y su obra principal, destaca la importancia de una escritura en libertad y casi automática, de un dejarse llevar por la inspiración, de “una ignorancia que conduce al creador al mejor resultado, al que acierta en el corazón mismo de lo pretendido, sin saber –aunque intuyéndolo oscuramente--  que era eso lo que pretendía”.

            En la precisa erudición de Eduardo Moga –que tiene la elegancia de referirse a las traducciones anteriores sin subrayar los defectos para ponderar la suya, cosa poco frecuente--, no faltan algunas atinadas observaciones sobre la poesía en general: “el empeño por encajar todos los elementos de la creación en un molde conforme a la tradición, sostenido por los conocimientos que se poseen y las técnicas que se dominan, palidece –o apaga-- el descubrimiento verdadero; se acomoda uno a las exigencias del oficio –y puede alcanzar objetivos plausibles--, pero se escapan los hechos vivos: los que bullen en el subsuelo del pensamiento, en la penumbra de la conciencia individual y el espíritu colectivo”.

            Nunca entendió del todo Edgar Lee Masters lo que había hecho con Antología de Spoon River. Por eso a la serie de poemas escritos casi a vuela pluma, en el tiempo en que le dejaba libre su trabajo de abogado, y que fue publicando en un periódico a medida que los escribía, como si de una novela por entregas se tratara, quiso añadirles dos textos de más empeño: la parodia de la épica clásica que titula “La Espuniada” (la atribuye a un poeta de Spoon River) y un epílogo dialogado que trata de emular a Goethe y su Fausto. El lector haría bien en prescindir de esos pegotes, aunque puedan no carecer de valor para el estudioso, como han hecho algunos editores contraviniendo la intención del autor, algo casi nunca recomendable, pero alguna vez necesario.

            Los críticos más conspicuos de su tiempo desdeñaron la Antología de Spoon River porque consideraban que eso no era poesía (hoy hablarían despectivamente de “parapoesía”), sino historietas y cuentecillos, a menudo escabrosos, contados en una prosa coloquial cortada como si fuera verso. Pero cuando se ha convertido en aburrida hojarasca la mayor parte de la gran poesía que ellos admiraban, nos siguen emocionando estas pobres gentes de un pueblo perdido que en sus desdichas e ilusiones compendian las de la humanidad.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

El autor como personaje

 

Manuel Alberca
El pacto ambiguo
El Toro Celeste. Málaga, 2024.

Manuel Alberca es uno de los principales estudiosos de la literatura biográfica y autobiográfica. Y no solo eso, es también autor de una de las mejores biografías que se han dedicado a un escritor español, La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán.

En 2007 resultó pionero en el estudio de un género o subgénero que se puso de moda entre dos siglos, la autoficción, donde el autor dejaba de hablar de sí mismo en primera persona, como en la autobiografía y en las memorias, para hacerlo en tercera como si fuera un personaje más de la narración. Lo títuló, muy acertadamente, El pacto ambiguo, porque ponía en cuestión el pacto autobiográfico que garantizaba la verdad, o la intención de verdad, de lo que se contaba en primera persona cuando coincidían el narrador y el autor.

            El término “autoficción” fue al parecer empleado por primera vez en 1977 por un escritor francés, Serge Doubrovsky, aunque su sentido no fuera exactamente el mismo que adquiriría después: se refería a una autobiografía que no se limitara al relato lineal de los hechos de una vida, sino que utilizara todos los recursos estilísticos y estructurales propios de la ficción, incluidas las aportaciones de la vanguardia: juegos de palabras, historias alternadas, fragmentarismo.

La autobiografía –como el diario íntimo-- es un género mixto, tiene que ver con la historia, con el documento, y con la literatura. Doubrovsky quería alejarse del simple documento notarial para acercarse a la gran literatura. Escribir En busca del tiempo perdido, para entendernos, sin recurrir al procedimiento habitual de la novela autobiográfica. Algo semejante quiso hacer por entonces, o unos años antes, el llamado nuevo periodismo: contar la realidad con las herramientas de la ficción. En la misma línea iba la novela de no ficción, con las iniciales obras maestras Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, y A sangre fría, de Truman Capote.

            La autoficción sería otra cosa: el autor habla de sí mismo, en primera o tercera persona (el Vilas o el gran Vilas de los versos y las prosas de Manuel Vilas) entremezclando verdad y ficción, lo vivido y lo soñado.

            A las cerca de quinientas páginas de la primera edición de El pacto ambiguo, se le añaden ahora doscientas más que, junto a algunas reiteraciones, comentan nuevos ejemplos de autoficción o practican un género, el diario personal, no frecuente en los estudios críticos. En el prólogo, sin incurrir en la falsa modestia habitual, se enorgullece el autor del éxito de su investigación en los trabajos académicos: es una de las obras más citadas en su especialidad.

            Pero sin negar el mérito a este inmenso trabajo y a la capacidad de Alberca para alternar teoría (o lo que en los estudios literarios se entiende por tal, con frecuencia vagas generalidades) y crítica literaria, ni su buen estilo ensayístico o la precisa atención a la literatura actual, quizá se le podrían poner algunos reparos. El primero, que el libro habría ganado si además de añadir algunas páginas para ponerlo al día se eliminaran algunas otras. Y no se trata solo, ni fundamentalmente, de prescindir de repeticiones (a veces conviene insistir en los conceptos fundamentales), sino de evitar confusiones entre aquellas materias que se trata de diferenciar de la autoficción: la biografía, la novela autobiográfica y la novela en clave.

El inventario de autoficciones españolas e hispanoamericanas que se ofrece como apéndice nos lleva a pensar que el propio autor, el mayor experto en la materia, a fuerza de distingos ha acabado por no tener las cosas claras. ¿Una autoficción el tomo de las memorias de Baroja titulado Familia, infancia y juventud, Anatomía de un instante de Cercas, Paradiso de Lezama, Troteras y danzaderas de Pérez de Ayala? Autobiografía en el primer caso y en los demás crónica de un acontecimiento histórico (el 23-F), novela autobiográfica, novela en clave. De poco sirve el concepto de autoficción si toda ficción en que podamos encontrar algún elemento autobiográfico se incluye en él.

            Sobrarían en El pacto ambiguo las no escasas páginas en que el autor habla por extenso de obras que no tienen que ver con la autoficción, sino con la novela autobiográfica, como ocurre con La sensualidad pervertida de Baroja. Sorprenden un poco, por imprecisas, las referencias a la relación entre Galdós y Emilia Pardo Bazán. ¿Es La incógnita una transposición del dolor que le produjo a Galdós una infidelidad de Pardo Bazán?  No lo parece, o no parece que sea eso lo fundamental (también se habló como inspiración de un crimen ocurrido por esas fechas), y no es cierto, como afirma, que “unos años después” volviera a utilizar el mismo asunto en Realidad, ya que se escribió a continuación de La incógnita y cuenta los mismos hechos desde el interior de los personajes. Tampoco parece que “Doña Emilia” diera “cumplida respuesta a “don Benito” en Insolación publicada el mismo año.

            Si menos es más, como afirma el minimalismo, también es cierto que más es menos.  A propósito de Rafael Sánchez Ferlosio señala que, en El Jarama, “de manera explícita el autor dejó su huella nominal entre las objetivistas razones del discurso narrativo neorrealista”. La huella consistiría en el nombre de un personaje secundario, Rafael Soriano Fernández, cuyas iniciales coincidirían con las del autor. Sea casual o sea deliberada esta coincidencia, ¿qué tiene que ver semejante minucia con el estudio de la autoficción?

            Pero estos reparos no disminuyen el valor del libro como pionero en el análisis de un género, que si no nuevo del todo (entre sus antecedentes se encuentra alguno tan prestigioso como la Comedia de Dante), sí alcanza un desarrollo inusitado en las últimas décadas convirtiéndose en algo más que una moda, en símbolo y síntoma de los cambios producidos en la sociedad contemporánea.



 

jueves, 21 de noviembre de 2024

A la altura de las circunstancias

 

Simon Armitage
Avión de papel. Poemas escogidos 1989-2014
Traducción, prólogo y notas de Jordi Doce
Impedimenta. Madrid, 2024.

La poesía sigue un movimiento pendular: tiende a acercarse o a alejarse lo más posible del lenguaje cotidiano, a rehuir la anécdota y el sentimentalismo –recordemos los tiempos de la poesía pura-- o a contar historias, denunciar en verso, ser un desahogo del corazón. La segunda de esas líneas suele resultar menos prestigiosa. La poesía que todos entienden y que a todos gusta no acostumbra a gozar del favor de los críticos (en España, últimamente se utiliza para referirse a ella el término de “parapoesía”). Y pretender vivir de la poesía y sus alrededores –ahí está el caso de Elvira Sastre--  hace fruncir el ceño a los entendidos.

            Simon Armitage, el más conocido y reconocido de los poetas ingleses contemporáneos, pone en cuestión esos esquemas. Es un autor famoso fuera de los estrechos círculos literarios, escribe sobre cualquier tema de actualidad, reconoce entre sus maestros tanto a Ted Hughes como a David Bowie, se le estudia en los colegios de secundaria, ha recibido el título de Poeta Laureado. Muestra su preferencia por los temas locales y no le interesa poco ni mucho insertarse en la gran tradición de la lírica moderna, la que tiene a Mallarmé por uno de sus santones.  

            Comenzamos a leer Aviones de papel, una amplia antología de su obra preparada por él  mismo y traducida por Jordi Doce, llenos de prejuicios. Pero no tardan en desaparecer. Buena parte de la poesía actual, antes que buena o mala, es aburrida y borrosamente pretenciosa. Simon Armitage no es ni una cosa ni otra. Sabe contar historias y a menudo recurre al humor, un humor a ratos negro y al chiste no siempre del mejor gusto.

            Antes de convertirse en esa especie de oxímoron que es un poeta profesional, Armitage, que viene del norte de Gran Bretaña, de la parte más pobre y menos convencionalmente británica, fue agente de la condicional, y conoció bien el mundo de la pequeña delincuencia. Sin esa experiencia no podría haberse escrito un poema como “Caradura”, que trata de la tragedia de Hillsborough, donde 97 personas murieron durante un partido de fútbol a causa de una avalancha, desde una perspectiva tan peculiar, igual que ocurre con el que dedica a la matanza en el instituto de Colombine (“Entretanto, en algún lugar del estado de Colorado, armados hasta los dientes con miles de flores…). Esa técnica distanciadora evita la falacia patética, aunque Armitage sea un poeta que gusta de los efectos patéticos: muchos de sus poemas parecen inspirados en las páginas de sucesos de los periódicos.

            Para saber si conectamos o no con la poesía de Armitage basta con leer un poema como “Temporada de grosellas”, incluido en uno de sus primeros libros, Chico, de 1992. Se trata de un monólogo dramático, como tantos otros suyos. Lo que se nos narra es un crimen que no deja remordimiento ninguno y que solo se recuerda cuando se sirve sorbete de grosellas. ¿Un cuento en verso? Puede ser, pero si es un poema no es porque esté en verso –en prosa están los que se incluyen en Ver las estrellas, de 2010, no menos narrativos, aunque de otra manera, y no por eso dejan de ser poemas--, sino por el sabio uso de la elipsis. En cualquier caso, no importa mucho la distinción genérica: Armitage prefiere hacer poesía con lo que habitualmente no es propio de la poesía, y eso es lo que valoramos más en él.

            “Realismo sucio” es el término que habitualmente se aplica a la manera de entender la poesía que Armitage muestra en una parte de sus poemas, pero él, al contrario que Carver o Bukowski, no suele identificarse con el protagonista de sus textos en primera persona. No es tampoco un poeta monocorde: la poesía narrativa alterna con la que se acerca a la letra de la canción. Y para mostrar su versatilidad alguna vez utiliza los temas y al tono de lo que convencionalmente suele entenderse por poesía lírica: “Nieve”, “Lluvia” “Neblina”, “Rocío” de En memoria del agua, por ejemplo.

            Acierta más cuando trata temas menos frecuentados, como en “Motosierra contra hierba de las Pampas” (quizá habría sido más acertado traducir “contra el plumero de las Pampas”) o en el espléndido homenaje a Dante a la manera de Pound que es “Poundland”: el centro comercial, símbolo del vacuo consumismo, convertido en uno de los círculos del infierno.

            Armitage no siempre nos convence, no quiere ni puede ser sublime sin interrupción, pero nos sorprende y nos conmueve con una frecuencia que en pocas ocasiones encontramos en un poeta traducido tan gustoso de lo local, tan cronista de lo cotidiano. Contra lo que pudiera esperarse, los poemas (salvo los más próximos a la canción) funcionan muy bien en la traducción de Jordi Doce. También los fragmentos que se incluyen de sus versiones del Hércules furioso de Eurípides y de la Odisea, en las que insiste en un toque gore que no deja de ser marca de la casa.

            Muchos tonos los de este poeta nada monótono. A ratos parece acercarse a la greguería (“los escarabajos levantaban los paneles solares de sus caparazones”, “las ramas de los árboles eran baldas de una tienda / que vendía insectos como broches y cinturones de piel de serpiente”, “las orquídeas azules se ofrecían sin pudor”) mientras que en “Anochecer” utiliza muy eficazmente uno de los procedimientos, la yuxtaposición temporal, estudiados por Carlos Bousoño en su olvidada y todavía fértil Teoría de la expresión poética.

            Simon Armitage resuelve una paradoja, la de cómo ser universal insistiendo en lo local y cómo trascender a un tiempo concreto siento minuciosamente fiel a ese tiempo. Mejor que buscar la eternidad y trascendencia de la palabra poética, saber estar a la altura de las circunstancias.   


           

martes, 6 de agosto de 2024

Humor y verdad

 

 

Lorenzo Gomis
Mediodía. Antología poética 1951-2005
Edición de Alejandro Duque Amusco
Papers de Versàlia. Barcelona, 2024.

¿Hay poetas de primera, segunda y tercera división, como ocurre con el fútbol? Quizá sí, y abundan los que juegan en equipos de aficionados. Cuando pasa el tiempo, los del primer nivel se incluyen en las antologías de poesía universal; los del segundo, en las de poesía nacional y los del tercero en las selecciones autonómicas y provinciales.

            ¿Qué lugar ocupa Lorenzo Gomis, ahora que se cumplen cien años de su nacimiento, en la poesía española? Se dio a conocer tempranamente, con la obtención del premio Adonáis en 1951, siendo uno de los adelantados de su generación, la del medio siglo. Pero a ese libro inicial, El caballo, con un humor entre surrealista y naif, le siguió un largo período de silencio. El periodista discreto y excepcional pareció ocupar el lugar del poeta. El mismo año de 1951 fundó Gomis la revista El Ciervo, que todavía sigue publicándose tantos años después, y fiel al espíritu primero: un humanismo de raíz cristiana.

            Tardó Gomis en volver a publicar y siempre lo hizo en lugares marginales, sin alzar la voz, sin querer ocupar el primer plano. Su generación –Valente, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez-- pasó, tras ir acaparando las preferencias de los lectores y de los nuevos poetas, a situarse en un lugar de honor en la historia de la literatura; a él no pareció importarle demasiado no figurar en ningún recuento.

            Alejandro Duque Amusco, atento estudioso de poetas como Aleixandre y Bousoño (con los que el tiempo no está siendo demasiado benévolo), antologa a Gomis en Mediodía y en su inteligente prólogo habla de “expresionismo irracionalista”. Luego añade que su poesía “parece escrita por un alma de niño que ama la travesura, el decir cosas que dejan en evidencia la actitud de las personas sensatas y convencionales. Es a veces un grito, un estallido de originalidad, la broma lacrimosa del circo. Su truco consiste en caricaturizar el mundo para hacérnoslo ver en su verdadera dimensión, menos seria e importante de lo que creemos”. La emparenta con el postismo de los años cuarenta –esa vanguardia fugaz que quiso volver del revés el envarado neoclasicismo de la época-- y, sorprendentemente, con Gloria Fuertes.

            Pero la lectura del historiador de la literatura no es la del lector común. Comenzamos a leer, o releer, los  poemas de Mediodía y el tiempo, como es habitual, parece haber emborronado bastantes de ellos. Siguen sorprendiéndonos algunos de los poemas de El caballo, pero nos aburren un tanto los poemas de largo aliento como El hombre de la aguja en el pajar o Jonás, comidilla de ángeles, de los que se seleccionan prescindibles fragmentos.

Con cierto escepticismo nos enfrentamos a Los restos de Ampurias, de 1975, un libro escrito en sonetos. ¿Sonetos a estas alturas? Sí, pero de un tono conversacional, que rehúye todo énfasis y no busca el final rotundo a lo que tanto se presta esa estrofa. Y sonetos que dicen lo de siempre con una dicción coloquial y una emoción perdurable: “A veces pienso que algo se prepara. / Cada mañana veo en el espejo / un hombre que me mira, un hombre viejo, / un viejo que me mira, cara a cara. / No le conozco, pero –cosa rara-- / me mira con sonrisa de conejo / y me coge el cepillo, si le dejo, / y se afeita en mis barbas, y no para. / Y no para y no para de imitarme. / No sé si es un actor o es un abuelo, / un viejo actor que estudia bien mis gestos / o un abuelo que viene a consolarme. / Es más viejo que yo, ya es un consuelo, / mi compañero de los ratos estos”.

            Gusta Gomis, como gustaron los postistas, de la métrica tradicional, pero dándole una vuelta de tuerca, forzando sus costuras sin temer el ripio. Acierta con lo más difícil, el rescate de la cuaderna vía, la monótona estrofa de los poemas de Berceo. Ya aparece en uno de los poemas que se antologan de Oficios y maleficios, “Empresa de lavado”, pero donde consigue sus mayores logros es en El libro de Adán y Eva, un pequeño milagro de imaginería y humor. Por esa obra –haya jugado como poeta en primera o segunda división, aunque más bien parece haber jugado a esconderse-- merece Gomis ocupar un perdurable lugar en la biblioteca de cualquier buen lector.

            El humor se lleva bien con la poesía, siempre que no pretenda ser tenida por los críticos como gran poesía: el calificativo se reserva para lo dramático y lo sublime. En El bostezo del león, publicado medio siglo después del primer libro, vuelve Gomis a la fantasía lúdica de su obra primera, pero ahora sin veleidades surrealistas, y a acercarse al mundo de las fábulas. No abandona los sonetos coloquiales y como improvisados de Los restos de Ampurias y se incluye un autorretrato, “Debajo de la gorra”, que entremezcla humor y reflexión existencial de magistral manera.

Póstumamente, en 2009 (el poeta había muerto en 2005), apareció Fanfarria, donde diversos tonos se entrecruzan y hay una serena aceptación del final: “Morir es hacer sitio a los que quedan / Es invitar los nietos a la vida / Llamarles a crecer para que puedan / Jugar al ajedrez de su partida”. Afirma en el prólogo haber descubierto “un soneto nuevo, cómodo para mi uso, que no he visto hasta ahora en ningún sitio”. La presunta novedad estaría en convertir el soneto inglés en soneto petrarquista continuando las rimas del serventesio anterior en los dos versos finales; otra es la novedad de este libro “caprichoso, abierto, que se deslíe en el aire”.

            ¿No ocupa en el ranking de la poesía española Lorenzo Gomis uno de los primeros lugares? Ni lo ocupa ni pretendió ocuparlo nunca. Está donde siempre quiso estar, en un cortés segundo plano.

Comenzamos a leerlo con cierto escepticismo y acabamos encontrando en él la mejor compañía, participemos o no de unas creencias religiosas (“Dame alegría para dar el salto / al cielo que me tienes prometido”), que tienen poco que ver con jerarquías y dogmas: “La sola sensación de estar en casa / Bastará para ver que eso es el cielo”. La sensación de estar en casa, una casa a la vez ajena y propia, se siente a menudo en los versos de Lorenzo Gomis.

 

 

miércoles, 22 de mayo de 2024

La vida literaria

 

Miguel Munárriz
Empeñados en ser felices
Aguilar. Barcelona, 2024.

Hay una idea romántica de la literatura en la que los únicos personajes que importan son el autor que escribe en soledad y los lectores “que escuchan con sus ojos”, como en el soneto de Quevedo, a los vivos y a los muertos. Pero la literatura tiene muchos más imprescindibles protagonistas: los críticos, los editores, los libreros, los distribuidores, los gestores culturales. Es un arte, pero también una industria que emplea a miles de trabajadores.

            Miguel Munárriz comenzó como poeta y librero en Langreo, en la cuenca minera asturiana, allá por los años setenta. Integraba un grupo juvenil del que formaban parte, entre otros, los poetas Alberto Vega y Ricardo Labra y el artista gráfico Helios Pandiella, editores todos ellos de la revista Luna de abajo.

Miguel Munárriz no tuvo éxito con su librería y tuvo la inteligencia de abandonar pronto el verso (aunque solo como autor, como lector seguiría siendo una de sus pasiones). Su verdadero camino lo encontró de la mano de Ángel González, a quien Luna de abajo dedicó un espléndido homenaje que se ha convertido en objeto de coleccionista. La preparación de ese número monográfico le puso en contacto con los amigos de Ángel González, que eran en buena medida lo mejor de la literatura de su tiempo. El siguiente paso, fue la organización de unos encuentros literarios sobre la generación del 50 patrocinados por el Ayuntamiento de Oviedo. Vinieron luego otros encuentros sobre narradores, literatura hispanoamericana, literatura y cine. Entre 1987 y 2000 –escribe con razón Miguel Munárriz-- Oviedo se convirtió en una de las capitales literarias de España. Y en buena medida, fue obra suya. Gracias a esos encuentros se reveló como el más eficaz gestor y promotor cultural. Pronto daría el salto a Madrid, aunque sin abandonar nunca la relación con Asturias, alternando el sector público con el privado: dirigió el suplemento cultural de El Mundo, fue delegado del Principado de Asturias en Madrid y director de comunicación del grupo editorial Santillana, fundó –junto con Palmira Márquez, colaboradora imprescindible-- la agencia literaria Dos Passos, que todavía dirige (también un restaurante, la Vinografía) y siempre trató de ser el amigo de todos, ajeno a las rencillas y a los cainitas enfrentamientos propios del mundillo literario.

            De esa larga trayectoria quiere dejar constancia en el libro, lleno de nombres y de anécdotas, Empeñados en ser felices (el título ya es una declaración de intenciones). “Os quiero a todos” podía ser otro de los títulos. Claro que hubo quienes no se dejaron querer, pero Miguel Munárriz procura pasar sobre ciertos asuntos polémicos de la manera más diplomática posible. Un buen ejemplo lo encontramos en el capítulo dedicado a la frustrada Fundación Ángel González, de la que él era uno de los patronos por designación del Principado. Tiene claro quién se comportó de manera errática e incomprensible, incluso en contra de sus propios intereses, Susana Rivera, la presidenta de la Fundación, pero solo se lamenta de que el proyecto no se llevara a cabo, sin acusar a nadie. También de elegante manera alude a los rechazos de Gamoneda o de Valente a formar parte de nada que tuviera que ver con la llamada generación del cincuenta.

            Miguel Munárriz parece haber conocido y admirado a todo el que ha sido alguien en la literatura de las últimas décadas, pero no todas las anécdotas que cuenta resultan del mismo interés. Algunas incluso dan la impresión de haberle llegado de segunda mano. Es el caso, por citar un ejemplo, de la amenaza del Camilo José Cela al militante comunista y directivo de la asociación Tribuna Ciudadana (de la que Munárriz también llegó a ser directivo), José María Laso, que luego se quejaba en la prensa: “Hacerme esto a mí, que como todo el mundo dice soy un santo. Laico, pero santo”.

            Recupera Munárriz para el libro parte de su archivo: correspondencia, artículos, entrevistas, y no escatima los elogios que se le han dedicado. Cuando le llaman para dirigir La esfera, el suplemento cultural de El Mundo, Umbral quiere de inmediato conocerle y en su diario dominical, “Autorretrato con guantes”, escribe: “Munárriz me parece un chico alto y enterado, todavía con un cierto relente provinciano e ingenuo (quizá bien administrado por él), con ideas claras”. Eran tiempos en que aparecer en las negritas de Umbral suponía la consagración, estar en “el meollo del bollo”. Y también en los que el alcoholismo no parecía considerarse una adición, sino uno de los principales requisitos de la profesión literaria. “El grado de alcoholismo de los siete –nos dice a propósito de una cena del grupo de Luna de abajo con Ángel González y Susana Rivera--, en caso de tener que soplar ante la Guardia Civil, nos hubiera acarreado una pena de prisión importante”. Al riesgo que para la propia vida y la de los demás suponía conducir en esas condiciones ni se alude. Tampoco a que no todo fueron “carcajadas de admiración y delirio” cuando Bryce Echenique se subió al escenario del Campoamor, en plena ebriedad, y casi no dejó hablar a nadie más; algunos, dentro y fuera del escenario, sintieron vergüenza ajena. Recuerdo bien –fui uno de los asistentes-- la cara de espanto de Francisco Brines cuando estuvo a punto de contar un encuentro nocturno del poeta como los que luego contaría, con pelos y señales, un compañero de aquellas correrías.

Hubo también algún sonado enfrentamiento etílico entre el autor de El don de la ebriedad y José Agustín Goytisolo y yo mismo fui testigo de la avidez con que un demacrado Carlos Barral, al final de una de las comidas, y cuando su mujer le dejó solo un momento, se bebía con avidez los restos de vino que habían quedado en la copa de los comensales. En aquellos días de vino y rosas, no todos fueron rosas.

            Empeñados en ser felices retrata, con generosa e inagotable cordialidad, a una casi infinita nómina, a nombres muy conocidos y a otros menos, pero que merecían serlo, como el poeta Alberto Vega, pero es sobre todo un autorretrato de su autor, que aquí está entero y verdadero con todas sus cualidades, que son muchas, y también con las inevitables limitaciones.



             

 

jueves, 11 de mayo de 2023

La poesía verdadera

 

El sueño cumplido
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets. Barcelona, 2023.

Pocos poetas tan fieles a sí mismos —para bien y para mal— como Eloy Sánchez Rosillo. Ya en 1980, en la antología Las voces y los ecos, exponía las mismas ideas que encontramos reiteradas en El sueño cumplido: “Solo existe una tradición poética, que es la de la poesía verdadera. La voz de los poetas es siempre la misma, aunque las modas o la metodología académica intenten demostrar lo contrario. Tales ingenuidades no afectan para nada a esta tradición única de la poesía, del mismo modo que no pueden afectar al crecimiento de un árbol, a los sabores del amor o a la presencia elemental de un cuerpo desnudo. El ruiseñor cantaba de igual forma en la época de Safo, en la de Catulo, en la de Garcilaso, en la de Keats y Hölderlin y en la nuestra. Et tout le reste est literatura”. Sí, todo lo demás es literatura, como lo es, mejor o peor, cualquier poema, tan distinto de una época a otra, de un autor a otro, al contrario que el canto del ruiseñor.

            Esa misma concepción ahistórica de la poesía se mantiene a lo largo de todos los escritos reunidos en El sueño cumplido, redactados a lo largo de los últimos veinte años. Se trata de unos “Garabatos de poética”, conferencia sobre su vida y obra pronunciada en la Fundación Juan March; varios poemas propios comentados; una selección de los poemas que tienen por tema a la propia poesía, y diversas entrevistas de muy desigual extensión e interés. Más de una vez expresa Sánchez Rosillo su rechazo del género “poética”, de las reflexiones del autor sobre su propia obra, pero pocos autores se habrán ocupado con tanta insistencia de aclarar lo que entienden por “verdadera poesía” (la de Homero, el poeta más citado en estas páginas, la de Emily Dickinson, la suya propia) y de rechazar otras concepciones de la poesía.

            El poeta, afirma, no es “un relojero, es decir, alguien que va montando las piezas de un artilugio verbal”. Pero serían esos poetas los preferidos por los críticos, ya que resulta más fácil “analizar una cosa falsa, construida, porque entonces pueden explicar cómo está hecha, cómo están puestos los distintos tornillos, las distintas piezas, y los propósitos del que montó el artefacto”.

            Eloy Sánchez Rosillo, cuando reflexiona sobre poesía, gusta de la tautología y la caricatura. Tautología: la “poesía verdadera” es la “poesía auténtica”, la que escriben los grandes poetas de todas las épocas. Caricatura: “Producen cierta pena esos poetas de ahora que se vanaglorian de ser estrictamente urbanos y que solo conocen las calles de su ciudad. No saben lo que es un árbol”.

            Sería interesante que Sánchez Rosillo mencionara a alguno de esos poetas que solo conocen las calles de su ciudad, pero se cuida mucho de citar —ni para bien ni para mal— a ninguno de sus coetáneos. En algunas de las entrevistas, se alude en la pregunta a sus compañeros de generación, pero él responde siempre sin dar nombre y con generalidades.

            A menudo incurre en contradicciones. “Con frecuencia mis poemas tienen origen en hechos de mi propia vida —que son los que me caen más a mano—, pero en el proceso de creación del poema es preciso que el material autobiográfico se universalice y se independice de uno mismo”, escribe muy sensatamente. No tarda en decir muy otra cosa: “En mis poemas hablo de mis asuntos, claro, de los que yo siento, no de los que le interesan al farmacéutico de mi barrio o a un perito agrícola de Lituania, e intento expresarlos con mi propia voz”.

            Como teórico, como crítico de la poesía de su tiempo, Sánchez Rosillo tiene poco que decir. No es un estudioso del tema y ni siquiera se considera un escritor. Es solo un poeta, pero un poeta muy consciente de lo que ha querido hacer y de lo que ha hecho. A veces, en sus  entrevistas, nos parece escuchar a alguno de los denostados autores de la llamada “parapoesía”, de la poesía que gracias a las redes sociales y a los recitales ha alcanzado una difusión hasta ahora desconocida: “Muchos poetas españoles no escriben en español, sino en chino. Cuando el lector bienintencionado abre un libro de poemas y ve que en sus páginas no entiende nada, o que se entiende, pero que el conjunto es decorado vacío, lleno de relumbrones culturalistas de purpurina, lo cierra y no lo compra. Por eso la poesía tiene hoy escasos lectores”. Habría que citar,  a propósito del Sánchez Rosillo de El sueño cumplido,  una vez más a Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

            La evolución poética de Sánchez Rosillo ha ido en la dirección de un cada vez mayor despojamiento formal. El lenguaje —todavía algo convencionalmente literario en su primer libro— se ha ido volviendo más y más coloquial, los temas culturalistas, tan de su generación, casi llegan a desaparecer y la variedad métrica —nunca excesiva— se reduce a una combinación de alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos sin rima: “Me parece esta una forma métrica muy dúctil, que por su naturalidad casi no se hace notar, sin rimbombancias rítmicas ni énfasis prosódicos cuando el encabalgamiento y algún otro oportuno recurso llegan a ser parte de ella”. 

            El enfoque y el tono ha cambiado desde sus primeros libros, de carácter fundamentalmente elegíaco, hasta los publicados a partir de La certeza (2005), en los que predomina lo celebrativo, el continuo asombro ante el milagro de la realidad. Paradójicamente, esta segunda etapa, que parece debería reducirse a unos pocos poemas esenciales, es la más fecunda del poeta, con frecuencia convertido en un aplicado epígono de sí mismo. Función del crítico, del estudioso, es analizar los mecanismos que convierten en poesía lo que podía haberse quedado en una banalidad. Sánchez Rosillo no lo hace en El sueño cumplido, pero ofrece a cambio sugerentes apuntes autobiográficos, a la vez que expresa la intención de que las palabras del poema “se hagan transparencia y claridad, / igual que un charco de agua tras la lluvia, / cuando por fin se aquieta: / agua que en su cristal contiene el cielo / y a la que acuden a beber los pájaros”.

      

           

viernes, 2 de septiembre de 2022

Un raro oficio

Una poética editorial
Constantino Bértolo
Trama editorial. Madrid, 2022.

Se podría pensar que la recopilación de las intervenciones de un editor en libros colectivos y congresos gremiales carece de interés para el lector común. Y así es en la mayoría de los casos, pero no cuando se trata de un editor como Constantino Bértolo, que fue director de la editorial Debate y fundador de Caballo de Troya. Sabe bien de lo que habla, tiene ideas muy claras sobre la edición, arte y negocio, y no le falta sentido del humor. Baste un ejemplo. Refiriéndose a los libros que a él le interesa publicar, libros “en los que la inteligencia y el placer sean compatibles”, descalifica a los best sellers habituales en un solo párrafo: “Libros que cuenten conflictos reales y no más misterios, en plan del manuscrito del diablo que los ángeles escondieron debajo de la Sábana Santa, que la mano de Fátima introdujo durante un crepúsculo en la catedral del mar y que, para escándalo de los hombres que no amaban a las mujeres, encontraría, en un amanecer con luna nueva, un niño con un pijama a rayas que, a la sombra del viento y los pilares de la tierra, soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”.

            Una poética editorial, como tantos otros volúmenes recopilatorios, puede empezar a leerse por cualquier capítulo. Yo aconsejaría hacerlo por “Libros que me han hecho daño”, que constituye una espléndida síntesis de una novela de formación que tiene mucho de generacional. Esto es lo que dice de El espacio literario, de Maurice Blanchot: “A quien a sus dieciocho años, recién ingresado en la Universidad, la pedantería y la vida interior le rezumaban en forma de frases horizontalmente profundas y exquisitamente sentenciosas, nada peor seguramente le puede ocurrir que encontrarse con un libro que basa su inteligencia en lo opaco, lo inefable y lo ambiguo”.

            Para escándalo de muchos, Bértolo se atreve a hablar “de la Revolución soviética en su momento estalinista” sin las descalificaciones habituales y contraponer su estética a la de la sociedad capitalista, donde la literatura se concibe “como manual de autoayuda para gentes que viven y se viven como excedente, gentes a las que no les pasa nada. La crítica vigilando que los personajes sean redondos, complejos, con mucha vida interior y merecedores de al menos dos visitas semanales al psiquiatra”. Y es que “por literatura hemos venido entendiendo algo parecido al veraneo: un lugar para el disfrute de aquellos privilegiados que, por educación y sensibilidad, estaban capacitados para pasearse con gozo y aprovechamiento por los más altos y bellos jardines que el humanismo ha ido construyendo, letra a letra, libro a libro, desde que el hombre empezó a hacer uso de la palabra”.

            Constantino Bértolo es un intelectual marxista, algo que hoy constituye una rareza, y esa condición añade atractivo a sus consideraciones sobre el mercado literario y los cambios que en él se han producido en las últimas décadas. A su entender, antes intervenían en ese mercado “productores de necesidades literarias, necesidades de lectura, que no estaban constreñidos en su actividad por las leyes del beneficio literario”. Hoy sería el propio sistema mercantil, que solo se orienta por la búsqueda del mayor beneficio en el plazo más corto, el que determina lo que hay que leer, el único canon real lo constituiría la lista de libros más vendidos. Y eso continuará así, en su opinión, mientras los medios de producción sigan siendo de propiedad privada.

            Como suele ser habitual en los críticos de la decadencia actual, en los profetas del apocalipsis, Bértolo acierta más cuando señala los males contemporáneos que cuando ofrece soluciones. La crítica literaria, que antes servía para orientar a los lectores, ahora se ha convertido en una asistenta mal pagada de los departamentos de promoción. La pluralidad editorial es una engañifa: el ochenta por ciento de la superficie de las librerías se lo reparten dos grupos editoriales con sus múltiples sellos. Todo eso es verdad, pero también es verdad que esos grandes grupos editoriales no solo editan premios Planetas, Pérez-Reverte, Catedrales del mar y best sellers internacionales. Necesitan autores de prestigio, aunque vendan poco. El prestigio, el riesgo, la apuesta, también son valores y por eso crean Caballo de Troya o compran editoriales como La Bella Varsovia.

            El de editor es un oficio raro, o varios oficios en uno. Todo editor sueña con editar libros que se vendan bien, pero de los que además pueda sentirse orgulloso. Y si una y otra cosa no coinciden en los mismos títulos, procura invertir parte de los beneficios de los primeros en los segundos.

            La edición nunca ha sido una actividad estrictamente comercial, aunque inevitablemente lo sea. Pocas actividades han tenido tanta ayuda institucional, directa o indirecta. El ochenta por ciento de los títulos visibles en las librerías buscan el beneficio económico, pero el ochenta por ciento de lo que se publica carece de interés comercial, lo financia la vanidad de los autores, sus necesidades de promoción académica o directamente el dinero público.

            Los lectores no solo son seducidos por la publicidad editorial, también son mimados por los editores. En pocos sectores, a pesar de la concentración de empresas, hay tanto donde elegir. Ningún supermercado está tan surtido como una buena librería. No faltan editores dispuestos a satisfacer al lector más exquisito y amante de la rareza. Pero no son productos que se ofrecen en el escaparate, el lector que sabe lo que quiere no ignora que hay que esforzarse para conseguirlos.

            Estemos o no de acuerdo con él, pocas veces podemos contar con un interlocutor tan lúcido y fértil como Constantino Bértolo. Tras leerle, y tratar de refutarle más de una vez, entendemos mejor, no solo los mecanismos de la edición, sino los trampantojos del mercado y de la sociedad contemporánea.

jueves, 3 de febrero de 2022

La paradoja del olvido

 

 

Volvoreta. El secreto de Barba Azul. Las siete columnas. El bosque animado.
Wenceslao Fernández Flórez
Edición de Miguel González Somovilla
Biblioteca Castro. Madrid, 2021.

Hay escritores a los que, siempre que se les recuerda, se recuerda que están olvidados. Ocurrió con César González-Ruano, con Chaves Nogales, con Elena Fortún; está comenzando a ocurrir con Francisco Umbral. A González-Ruano se le rescató del olvido para devolverle, tras acusaciones varias, al más piadoso olvido; Chaves Nogales y Elena Fortún parecen estar de moda; no es aventurado profetizar que pronto dejarán de estarlo.

            Wenceslao Fernández-Flórez pertenece a esa clase de escritores, muy leídos en su tiempo, que dejaron de serlo cuando pasó ese tiempo. Pero siempre tuvo lectores que le recordaran y buscaran sus libros, sobre todo en las librerías de viejo, y críticos que se ocuparan de él, comenzando por José-Carlos Mainer, en el polo opuesto de su espectro ideológico.

            Que Fernández Flórez fue un escritor de derechas, confortablemente instalado en el ABC, no es algo que pueda ponerse en duda. Pero su derechismo ofrece muchos matices. Pocos ataques tan contundentes a la hipócrita moral de la católica España como su todavía impactante Relato inmoral (1927); pocas críticas tan irónicamente precisas a los pilares de la sociedad burguesa como Las siete columnas, una de las tres novelas que Miguel González Somovilla rescata ahora en una colección —la mejor que se publica actualmente— de “Autores clásicos españoles”.

            Todos esos matices, que aproximaban a Fernández Flórez, al igual que a su paisano Julio Camba, a cierta acracia, se perdieron, como no podía ser de otra manera, en el 36. Tuvo entonces que esconderse en diversos domicilios y refugiarse primero en la embajada de Argentina y luego en la de Holanda para salvar su vida en un Madrid donde múltiples milicias revolucionarias campaban sin control. Contó el horror de aquellos días en una serie de crónicas que fueron apareciendo en un periódico lisboeta, Diário de Notícias, y que en esa su versión portuguesa serían recogidas en un volumen, O terror vermelho (1038), como parte de la propaganda franquista.

            Ahora se traduce al español ese volumen, que Fernández Flórez nunca quiso incorporar a su bibliografía, y que Miguel González Somovilla considera como la primera parte de una trilogía sobre la guerra civil que se continuaría con Una isla en el mar rojo y La novela número 13. Pero no hay tal trilogía. El terror rojo, poco después de publicado, sería reelaborado y convertido en Una isla en el mar rojo. Aquellas crónicas de urgencia, escritas en primera persona, se pasarían a la tercera y se les añadiría una ligera trama novelesca. Fernández Flórez lo deja claro en la nota preliminar, en la que afirma que no sabe cómo clasificar su libro si como novela (“es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía”) o como historia (“pero hay un hilo irreal con que van unidos los sucesos”). Casi todas las páginas de El terror rojo pasan tal cual al nuevo libro, pero se atenúan o desaparecen los más feroces ataques a los políticos republicanos. Fernández Flórez había logrado salvar la vida gracias a la intercesión de Indalecio Prieto y, sobre todo, de Julián Zugazagoitia, a cuyo favor testificaría poco después, aunque con menos suerte. A Fernández Flórez la visión del mundo en blanco y negro propiciada por la guerra civil le duró poco. En enero del 39, cuando termina Una isla en el mar rojo, ya conocía lo suficientemente la retaguardia de la zona nacional para saber que arribistas y asesinos (aunque esto último no lo podía decir) había en los dos lados. Pocas veces una novela presuntamente panfletaria termina con un dardo al propio bando que dice defender. Al incorporarse, desde Francia, a la zona “liberada”, coincide el protagonista con un empleado ministerial que le cuenta su vida y el futuro prometedor que le espera muerto Rivas, su jefe. “¿Anselmo Rivas? No murió, estábamos en la misma Legación y aún queda allí, sano y salvo”. La desilusión de que aquel hombre que esperaba un futuro glorioso en la nueva España se expresa en las palabras que cierran la novela: “¡Un hombre como Rivas! ¡Tan derechista, tan católico, con un cargo tan elevado en la Administración! Pero, ¿a quien matan entonces esos miserables?”

            No extraña que al reeditarse algunas de las novelas de Fernández Flórez en la posguerra, a pesar de que él fuera amigo personal del caudillo (hasta donde eso es posible), sufrieran cortes de la censura o de la autocensura. Fernández Flórez nunca fue militarista ni clerical y por aquellos años, con el ejército y la iglesia, pocas bromas.

            Contra lo que algunos pudieran pensar, no está olvidado Fernández Flórez por ser un escritor de derechas, sino porque el tiempo no perdona y buena parte de su obra —fue un escritor prolífico y desigual— ha envejecido y perdido la gracia de una comicidad con frecuencia un tanto mecánica. De las cuatro novelas que Somovilla rescata, la primera, Volvoreta, su primer gran éxito, es un melodrama costumbrista algo alejado de la sensibilidad actual. Las dos novelas siguientes, El secreto de Barba Azul y Las siete columnas podrían emparentarse con las novelas intelectuales de Pérez de Ayala y con las vanguardistas de Jardiel Poncela. Su pesimista reflexión sobre la condición humana evita la solemnidad y nos llega envuelta en sales irónicas que la preservan del enmohecimiento.

            Pero a quien no conozca, o tenga prejuicios sobre Fernández Flórez, yo le aconsejaría que comenzara su lectura por cualquiera de las “estancias”, así llama a los capítulos, que constituyen El bosque animado. La titulada, por ejemplo, “Primavera en el pazo”. Si después de leer esa maravillosa historia de amores y encantamientos, no queda deslumbrado para siempre es que carece de sensibilidad literaria.

            El bosque animado se publicó por primera vez en 1943, pero había comenzado a escribirse mucho antes, en los años veinte, cuando algunas de las historias que lo componen aparecieron en la prensa. Tras la literatura militante, en una España que no le gustaba del todo, pero que no admitía la menor discrepancia, Fernández Flórez quiso volver los ojos a una Galicia de otro tiempo y al margen del tiempo, a lo más cercano al paraíso que había conocido y nos dejó un libro —no una novela, cada “estancia” vale por sí misma— en el que se entrelazan mil y una historias a la vez cotidianas y prodigiosas, una particular reescritura de la que más de una vez declaró su obra favorita, Las mil y una noches.

            No se limita Fernández Flórez a ser el autor de El bosque animado, pero le bastaría este título para ocupar un lugar de excepción en la literatura española.

jueves, 6 de enero de 2022

Equipo de tercera en campo de primera

 

Tiempo de paz y de memoria
(Treinta poemas comentados)
Edición de Remedios Sánchez
Hiperión. Madrid, 2021.

Como en el fútbol, también en la literatura hay una primera división, una segunda y una tercera. En el libro-homenaje a Mariluz Escribano Pueo, Tiempo de paz y de memoria (Treinta poemas comentados), participan como invitados algunos jugadores de primera fila –Gamoneda, Colinas, García Montero, Luis Alberto de Cuenca--, pero los críticos que llevan el peso del volumen, comenzando por la editora, Remedios Sánchez, son de segunda división, si no de tercera regional.

            Mariluz Escribano Pueo (1935-2019) fue una figura importante en la vida cultural granadina del último medio siglo. Se dedicó a la enseñanza, colaboró en la prensa, dirigió la revista EntreRíos, publicó libros de artículos, memorias de infancia, poesía. Su padre, que dirigía la Escuela Normal de Granada, fue fusilado poco después de García Lorca; su madre, maestra, desterrada a Palencia. Una figura ejemplar, una poeta no desdeñable, se lee con emoción y agrado, pero también algo convencional y de retórica consabida, una poeta en la que la emoción suele provenir más de la anécdota que hay detrás del poema –y así lo subrayan la mayoría de los comentaristas-- que del poema mismo.   

Para la editora, Remedios Sánchez, profesora en la Universidad de Granada, el poco eco que tuvieron las tres primeras publicaciones de Mariluz Escribano, aparecidas entre 1991 y 1995, se debió a su condición de mujer. Concluye su estudio preliminar con este reivindicativo párrafo: “Ya he dicho que nunca fue Mariluz una persona manejable o de hacer el rendez vous al cabecilla de turno como otras personas de su generación que supieron ser arcilla en manos de quienes tenían el poder momentáneo. Hablar del té de las cinco con sus galletas inglesa, hacer juegos de palabras, hacer del culturalista o vulgarizar el lenguaje para épater le bourgeois resultaba superior a sus fuerzas, su dignidad se lo impedía”.  ¿De dónde habrá sacado Remedios Sánchez que en los años noventa había que hablar del “té de las cinco con sus galletas inglesas” para que los críticos te hicieran caso?

            Todo el estudio preliminar está lleno de afirmaciones así, muchas de ellas torpemente redactadas y dudosamente inteligibles: “Si de los últimos cuarenta años, pongamos por caso, existieran un par de poetas ya canonizados desde el punto de vista sincrónico, que patrocinaran a quienes desarrolla algún tipo de subprosa (la denominación es de Rivero Taravillo, no mía) y se antologara hasta la saciedad a estos/as dos poetas junto a esa subprosa, es evidente que lo que quedaría para quien construya el canon diacrónico, el que consagra por decirlo así, serían los dos autores que siguen los preceptos de la tradición buscando adaptarlos a este tiempo espacio-concreto, porque el público lector no es tan tonto como algunos suponen y acaba por separar el grano de la paja”.

            Así redacta, así razona esta estudiosa de la poesía, que cree que el canon poético es obra de unos críticos que deciden lo que hay que escribir en cada momento. Quienes la acompañan en el volumen –Manuel Gahete Jurado, José Sarria, Francisco Morales Lomas-- no le andan a la zaga en cuanto a rigor intelectual. “Ya desde sus primeros libros –escribe el primero de ellos--  es una autora clásica (como lo ha reconocido explícitamente la Junta de Andalucía en este año 2021)”. ¿Desde cuándo la consideración de clásico depende de las autoridades autonómicas?

            A José Sarria se deben estos datos trascendentales sobre el renacimiento poético de la de la autora en sus años finales: “Son poemas que han estado reposando y que han sido objeto de reflexión y meditación profunda son descubiertos casualmente por la profesora Remedios Sánchez (discípula de Escribano) en 2012, quien los encuentra en una estantería doméstica confinados a la contingencia del destino –no habían sido aceptados para su publicación por el director de una colección literaria institucional granadina a finales de los años noventa--  y que renacerán en irisado polvo de diamante”. Minucias provincianas, mala puntuación y peor literatura (“irisado polvo de estrellas”).

            ¿Vale la pena seguir citando? Junto a los críticos, un puñado de escritores invitados –algunos más conocidos que otros-- glosan diversos poemas de la autora y aluden a episodios de su biografía (el asesinato del padre se menciona reiteradamente). Se trata, en la mayor parte de los casos, de prescindibles y convencionales textos de homenaje. Jaime Siles y Antonio Gamoneda intenta, con no mucha fortuna, un comentario de texto a la manera escolar. Otros prefieren tomar el texto como pretexto para una breve divagación literaria (es el caso de Colinas o Luis Alberto de Cuenca). Salen con éxito del empeño Luis García Montero, glosando un poema que glosa otro suyo, y Ana Merino, que se refiere a la América profunda que Escribano conoció durante su estancia como profesora en Ohio.

            De vez em cuando se insiste en la marginación de la autora por su condición de su mujer. Pero si esa condición no le impidió desarrollar una importante labor de intervención cultural (articulista en la prensa, directora de una revista), ¿por qué la iba a impedir ser conocida como poeta? Hay un error frecuente –incurre en él también el prologuista Manuel Rico--  cuando se habla de la marginación femenina en el campo de la literatura. Si hubo, hasta casi hoy mismo, pocos nombres de mujer en la historia de la literatura fue porque no se daban las condiciones necesarias para que se dedicaran a ella con la misma constancia que los hombres, no porque publicaran obras maestras y los críticos y los escritores –todos hombres hasta casi ayer mismo-- decidieran ocultarlas.

            Tiempo de paz y de memoria es uno de esos libros que editan las instituciones locales para consumo local. Su aparición en una colección como Hiperión, en otro tiempo prestigiosa, es un signo de los tiempos: los editores de poesía, si quieren subsistir, tienen que renunciar a su función de editores en el mejor sentido de la palabra (descubridores de autores, orientadores del gusto público) para convertirse en meros gestores editoriales de publicaciones patrocinadas.