Peregrinaciones
Carmen de Burgos
Epílogo de Ramón
Gómez de la Serna
Edición de Concepción
Núñez Rey
Renacimiento.
Sevilla, 2021.
Carmen de Burgos, que hizo famoso el pseudónimo de
Colombine, es una de las figuras más atractivas del primer tercio del siglo XX.
Fue una mujer que se atrevió a romper con todas las estrictas normas que
aprisionaban a las mujeres: se separó de un marido maltratador, brilló en
papeles antes reservados a los hombres, tuvo amantes sin ocultarlos demasiado,
trabajó activamente por la causa republicana.
El novelero
y valiente personaje, tras décadas de olvido, cada día suscita más atención,
pero no parece que hayan tenido el mismo éxito los intentos de rescatar su obra
literaria.
Carmen de
Burgos fue narradora, y su nombre está presente en todas las colección de
novelas cortas tan de moda en su tiempo, biógrafa de figuras como Larra o
Leopardi, autora de libros de viajes y de incontables títulos sobre los temas
que entonces se consideraban “femeninos”, desde la cocina hasta la moda pasando
por las buenas maneras sociales. Una obra quizá en exceso prolífica y que da la
impresión de que ha resistido menos el tiempo que la figura de la autora.
Carmen de
Burgos viajó por el mundo como pocas mujeres lo hacían entonces: a menudo sin
más compañía que la de su hija, prescindiendo de la figura protectora del
varón, considerada imprescindible. Peregrinaciones, de 1916 (reeditado
al año siguiente en dos tomos y con el título de Mis viajes por Europa),
deja constancia de sus andanzas por media docena de países europeos en la fecha
crucial de 1914. Cuando inicia el viaje, a comienzos del verano, el mundo es
uno; cuando regresa a España, pocos meses después, ha cambiado por completo.
A la
confortable primera parte –Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega--, le sigue lo que
tiene mucho de novela de aventuras: su regreso a través de una Alemania que
parece haber enloquecido tras el comienzo de la guerra y donde están a punto de
lincharlas al tomarlas por espías rusas.
De la
primera parte, nos interesan los pasajes poéticos, como las líneas finales que
dedica a Ginebra, el elogio de las campanas o la enumeración de las distintas
plazas. También ese encuentro con la ciudad del futuro en las ciudades
nórdicas: “Una nota típica de Copenhague son las bicicletas. Les tengo más
miedo que a los automóviles y a los tranvías. Apenas se ven transeúntes a pie;
hombres, mujeres, niños, todo el mundo va en bicicleta, lo mismo la criada que
sale a la compra que la señora que va de visita, o el hombre que acude a su
negocio, al teatro o al café”. Carmen de Burgos viaja, entre otras cosas, para
encontrarse con el futuro que sueña: “La mujer tiene ancho campo –nos dice de
Dinamarca--, abierto en todos los empleos y carreras, es electora y elegible y
goza de un gran respeto y una gran libertad”.
Muy
distinta era, casi hasta ayer mismo, la situación en España, según nos refiere Ramón
Gómez de la Serna, en el extenso y magistral epílogo: “La mujer española solo
se salva en el extranjero de la persecución que sufre, de esa persecución
innoble que la muerde en los tobillos, de esa noche de la ciudad imposible a
las mujeres, pues por todos lados parece que las gritan, las befan, que las
arrastran, y también se salva en el extranjero de ese vestido de una crudeza
insoportable con que las visten las miradas mientras las tuercen y las hacen
insoportable el sombrero, de esa picazón, de ese escozor que debe hacerlas
sufrir la luz de la ineducada calle española”.
Interesan
especialmente de estas páginas viajeras los pequeños detalles que nos permiten
viajar en el tiempo, esos detalles de la vida cotidiana que suelen escapar a la
mirada del sesudo historiador.
“Un viaje
es como una gran biblioteca puesta en fila, con los libros abiertos en lo más
interesante, que vamos leyendo al pasar”, escribe Carmen de Burgos. Pero lo que
más ha envejecido de su obra es lo que tiene de divulgación cultural: las
páginas sobre escritores, músicos, pintores o escultores nórdicos. Lo que nos
puede decir sobre Kierkegaard, Ibsen o Grieg interesa bastante menos que su
sorpresa de que no sea costumbre dejar a los niños en casa: “Hasta los más
pequeños van por la calle en una silla con ruedas y toldo, a guisa de coche,
que empujan hombre y mujeres”. Deducimos que, en 1914, los bebés españoles solo
se sacaban a la calle en brazos.
Cuando
escribe Peregrinaciones, Carmen de Burgos tiene por compañero al joven
Ramón Gómez de la Serna, representante de otra generación, y su influencia se
nota en algunos de los pasajes del libro más acordes con la estética
vanguardista, como el dedicado a los zapatos que se dejan –se dejaban—a las
puertas de los cuartos de hotel o el fragmentarismo, tan ramoniano, de alguno
de los capítulos dedicados a Londres.
La parte
final del libro, “Portugal”, ya nada tiene que ver con aquel viaje de 1914 que
comenzó idílicamente y acabó atravesando la Europa en guerra con riesgo de la
vida. A Portugal viajaría al año siguiente y de inmediato se convierte en una
de sus patrias. La república portuguesa, de la que desde el comienzo es firme
defensora, se convierte en modelo de lo que quiere para España. En el amor a
Portugal, y a Italia, coincide con Gómez de la Serna y ambos, en la etapa más
feliz de su relación, tuvieron casa en Estoril y en Nápoles.
A Peregrinaciones,
como a cualquier viaje demasiado largo, no le faltan momentos de tedio, pero
los compensan los continuos hallazgos de la mirada curiosa de la autora y desaparecen
por completo cuando el libro se convierte en una autobiográfica novela de
aventuras..
Curioso: al releer hace poco las "Cartas finlandesas" de Ganivet, muchas de sus experiencias nórdicas también me parecieron muestras de literatura futurista.
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