martes, 10 de marzo de 2026

El regador regado

 

Andrés Amorós
Los 50 mejores poemas españoles, comentados
Del Arcipreste de Hita a Antonio Carvajal
Fórcola. Madrid, 2026.

“El medio es el mensaje” afirmaba McLuhan en una época en que la televisión parecía que iba a modificar para siempre nuestra manera de ver el mundo. Puede discutirse esa repetida frase, pero no que el medio condiciona el mensaje. Andrés Amorós, bien conocido estudioso de la literatura y de la cultura popular, con espléndidas dotes de divulgador, durante el año 2025 publicó en el diario digital El Debate, unas amenas “Lecciones de poesía” que abarcaban desde la literatura medieval hasta los autores que comenzaron a publicar en los años sesenta del pasado siglo. Eran lecciones con moraleja: hablara de lo que hablara, de Gutiérrez de Cetina o de Zorrilla, siempre encontraba un motivo para arremeter contra el gobierno, culpable de “la terrible caída que ha sufrido la educación humanística en los últimos tiempos”.

            A los lectores de El Debate no resultaba necesario justificarles tal afirmación, ya que coincide con sus prejuicios. Por eso también aceptarían sin rechistar que la causa radica en que ahora en las escuelas, en lugar de leer una versión abreviada del Quijote y aprender poemas de memoria, como en los felices tiempos en que Andrés Amorós era niño, se insiste “en lo lúdico, lo ecológico, el multiculturalismo, lo feminista, lo inclusivo, la descolonización, lo digital, lo igualitario, lo medioambiental, lo resiliente, lo woke lo progresista, lo moderno”.

            Pero esas “Lecciones de poesía” que antes se impartieron para un público convencido de antemano, como los discursos de un mitin, ahora se reúnen en un volumen para todos los públicos. Y ahí empiezan los problemas.

Con el sugerente y machadiano título de Se canta lo que se pierde ya no se nos ofrecen unas “lecciones de poesía”, sino, como leemos en el subtítulo, “los 50 mejores poemas españoles, comentados”. Un subtítulo aclaratorio es un contrato que firman autor y editor. Ese contrato, en este caso, se incumple en casi todos sus términos: cincuenta son los capítulos (más un epílogo), pero varios comentan más de un poema; no son los “mejores” ni siquiera en la subjetiva consideración del autor, sino aquellos que le permiten hablar de asuntos que le interesan, como el fútbol en el caso de ”Oda a Platko” de Alberti; no todos son poemas (el fragmento de La venganza de Don Mendo, por ejemplo) y no todos son españoles, aunque todos estén escritos en español.

Se canta lo que se pierde no es propiamente de una antología en la línea de Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana de Menéndez Pelayo, o de otras mencionadas en el prólogo. Explica ello que algunos, de los en verdad mejores poemas, las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, o la “Letanía de nuestro señor don Quijote”, de Darío, ni siquiera se incluyan íntegros. Y no se puede justificar ello por su extensión ya que el volumen tiene 565 páginas y además tampoco se incluye íntegro “El viaje definitivo”, de Juan Ramón Jiménez, de solo quince versos.

            No es una antología, por lo tanto, sino un conjunto de lecciones sobre literatura, siempre amenas (Andrés Amorós es nuestro primer charlista), pero no siempre fiables. Hay lapsus quizá disculpables en la oralidad o en el apresurado periodismo digital, pero que deben revisados cuidadosamente en la versión impresa destinada a permanecer en las bibliotecas.

            Abundan las anécdotas, de primera o de segunda mano, sin demasiado interés o directamente falsas: Gerardo Diego no acudió a saludar a Jorge Luis Borges “en la terraza de un hotel sevillano, frente a la catedral” (fue Torrente Ballester); Muñoz Seca no fue condenado a muerte por un tribunal militar ni firmaba la orden Serrano Poncela (lo que firmó fue su traslado de la cárcel, aunque el resultado fuera el mismo); Miguel Hernández no fue vuelto a detener después de indultado por Franco. De Unamuno se afirma: “En la primera elección, fue uno de los más votados para ocupar la presidencia de la República”. Pero esa elección se realizó en el parlamento y Alcalá Zamora era candidato único.

Escribe Andrés Amorós que “Urtasum, el actual ministro de Cultura, demostró su incultura afirmando que a Miguel Hernández lo asesinaron los franquistas”. No sabemos ni cuándo ni dónde afirmó eso el ministro, sí sabemos que él sostiene imprecisiones semejantes y no por eso se nos ocurre acusarle de incultura, aunque sí de incomprensible descuido.

No voy a entrar en la selección de autores (Pemán sí, Dámaso Alonso no; Oliverio Girondo sí, César Vallejo no) ni en que solo haya una poeta, Rosalía de Castro, pero no puedo dejar de notar los sospechosos errores al copiar ciertos poemas. Uno muy citado de Alberti dice así: “Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero, / que buen caballero era”. Pero Amorós lo reproduce con una variación que circula por Internet: “Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero: / ¡qué buen caballero era!”. Si no tiene a mano una buena edición de Alberti, le bastaría haber consultado, a él o a sus colaboradores, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Hay bastantes más errores (“humor”, por ejemplo, no significa, en ninguna de sus acepciones, “el sabor de la saliva”), pero yo me limitaré a señalar uno ciertamente inexplicable: se citan como de Jorge Guillén (página 207) unos versos que no son de Guillén, pero que le fueron atribuidos en una entrada de Facebook y luego publicados en libro con el nombre correcto del autor. ¿Es Facebook una acreditada fuente de información para un filólogo a la antigua usanza como Amorós? Ese desliz nos hace sospechar que quizá confió demasiado en algún poco fiable colaborador (como ciertos notables historiadores en un libro reciente: Vidas españolas).

Pero la interpretación errónea del “Poema de los dones”, de Borges, solo puede atribuírsele a él. “Nadie rebaje a lágrima o reproche”, leemos en la primera estrofa, su constatación de “la maestría de Dios”, que “con magnifica ironía” hizo que coincidiera su ceguera con el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional. Amorós rebaja el poema precisamente “a lágrima o reproche”, resumiendo así el contenido: “¿Quién no se preguntará por qué otro hombre es más atractivo, más sano, más rico, más inteligente o más feliz que yo? ¿Qué ha hecho esa otra persona para merecerlo?”

Trata de combatir Andrés Amorós “la España de Pedro Sánchez y de la pedagogía que desprecia la memoria” con sus comentarios sobre poesía española y su casi antología. No lo hace con las mejores armas. El fácil aplauso de los suyos parece haberle convertido en uno de esos “eruditos a la violeta” de los que hablaba Cadalso.

 

 

 

jueves, 5 de marzo de 2026

Memorias de un fontanero

 

Jorge Verstrynge
Memorias de un transeúnte
Prólogo de Miguel Riera
El Viejo Topo. Barcelona, 2025.

No escasean los casos de intelectuales o de políticos que comenzaron su actividad en la izquierda, o incluso en la extrema izquierda, y que la acabaron en la extrema derecha (ahí están, entre muchos otros, los nombres de Fernando Savater, Jon Juaristi o Félix de Azúa), pero abundan menos los que transitaron en sentido contrario. El caso más notorio es el de Jorge Verstrynge, simpatizante o militante de movimientos fascistas en la primera juventud y luego en la madurez próximo a Podemos, tras recalar antes en Alianza Popular, el partido socialista y el partido comunista.

            Memorias de un transeúnte se ocupa, sobre todo, de su paso por Alianza Popular, donde llegó a ser, o a menos a ser tenido como tal, el segundo de a bordo, tras el gran patrón de la derecha española, Manuel Fraga. Cuenta que cuando abandonó o fue expulsado de ese partido, en 1986, Alfonso Guerra le dijo: “¡Ay! Jorgito… ¿qué has hecho? ¡Tú controlando la derecha, que la tenías ya casi, y yo controlando la izquierda! ¿Quién hubiera podido mover ficha sin nosotros en este país?”

            Esa frase, como tantas otras (Fraga partidario de aplicar el "Nachtund Nebel" de los nazis y la dictadura argentina para acabar con ETA), puede ser puesta en duda, pero no lo que cuenta –con orgullo-- de su actividad en el partido. Fraga le encarga la convocatoria de la Junta Directiva Nacional y él consigue que, “discretamente se desbloqueara una partida de dinero para asegurarles los gastos de viaje y de estancia” a los representantes territoriales favorables a sus tesis; en cuanto a los no favorables, “pues que corrieran con sus propios gastos o que se los pidieran a Fernández de la Mora” (entonces su oponente en el partido). También se vanagloria de sus habilidades para  “centrar”  Alianza Popular. Los secretarios técnicos y gerentes provinciales le remitían listas de afiliados “de la extrema derecha y de franquistas notorios y recalcitrantes”. Lo que pasaba luego, en sus propias palabras, era lo siguiente: “Una vez contrastada la información, yo bajaba a ver a las benévolas y encantadoras señoras que se encargaban de los ficheros y me llevaba las fichas de afiliación de los interfectos. Fraga nunca lo supo, pero muchas noches, cuando ya solo quedábamos en la sede mis escoltas y yo, hacía con ellas una buena hoguera en el correspondiente sanitario, con un enérgico tirón final de la cadena del desagüe”. Lo que no nos cuenta es cómo consiguió que esos expulsados tan drásticamente del partido no protestaran ante su peculiar procedimiento de limpieza ideológica.

            Aprendemos mucho del funcionamiento interno de un determinado partido (los demás no serían muy distintos) con estas memorias de un desprejuiciado “fontanero”, de un experto en inventar encuestas y en triquiñuelas electorales. Cómo se lograba, por ejemplo, no tener que devolver el dinero de los bancos. Para conseguir cuarenta millones de pesetas extra, tuvo que recurrir a veinte aliancistas que “aceptasen suscribir cada uno un crédito personal por importe de dos millones de pesetas, pero con la condición de ser insolventes para que dichos créditos, a su vencimiento, pudieran ser declarados fallidos”. El problema es que no encontró ni un solo insolvente en Alianza Popular y por ello tuvo que recurrir “a los chicos y chicas dieciochoañeros contratados por el Departamento de Envíos Postales y Distribución”. La triquiñuela funcionó y no hubo que devolver al Banco de Santander ni un duro.

            Las muestras de su eficacia en la trastienda o en la cocina del partido de Manuel Fraga no siempre dejan a Jorge Verstrynge en buen lugar, sin que a él parezca importarle demasiado.

Pero en estas memorias el cambiante Verstrynge no solo se nos presenta como un político maniobrero, sino también como un pensador, un estudioso, profesor durante muchos años en la Facultad de Ciencias Políticas y autor de números libros y artículos. Al no haber leído ninguna de esas publicaciones, no estoy en condiciones de juzgar su valía, pero sí puedo afirmar que de ella, si la hubiere, y no tengo por qué negarlo, da pocas muestras en estas Memorias de un transeúnte, escritas –o dictadas-- en un tono mitinero y publicadas sin la necesaria revisión editorial.

Baste un ejemplo. Tras referirse, muy sucintamente, a su relación con Podemos y a las razones del descarrilamiento de esa opción política, concluye: “Todos los idearios, ciertamente, degeneran con el tiempo. El judaísmo pronto fue sustituido por el cristianismo, luego por el Islam, luego por el protestantismo, etc.…”

Difícil resulta compendiar más disparates en menos palabras: el judaísmo no fue sustituido por el cristianismo (ahí sigue vivito y golpeando) ni menos por el islam. ¿Y qué es eso de considerar al protestantismo distinto del cristianismo? ¿O lo de que “pronto” el judaísmo fue sustituido por el cristianismo? ¿Cuántos siglos hacía que existían los judíos cuando apareció el cristianismo?

Peor nos lo pone cuando afirma que el comunismo, “con todos los fallos que se le achacaron y que provocaron su desnaturalización, sigue siendo, hoy por hoy, la idea más bella y generosa que ha producido la mente humana”. O cuando se pone a loar las bondades de su ideología política actual: "Solo mandando el Pueblo se podría evitar que se le expolie… ¡Populismo puro y duro!”.

¿Y qué es el Pueblo y dónde se encuentra?, le podríamos preguntar remedando a Larra. ¿Retiraríamos el voto a quien no sea un asalariado que cobra poco más que el salario mínimo? ¿A los que viven de la política, a los tertulianos televisivos?

Jorge Verstrynge afirma que él hizo todo lo posible para que “la derecha de este país fuera de una puñetera vez democrática”. Remedando su desenfadado estilo, podríamos concluir que estas memorias, interesantes en su anecdotario, en lo ideológico muestran una considerable empanada mental.