jueves, 25 de agosto de 2011

Poesía y demás: Un cuestionario de “Marinero”



¿Hasta qué punto un poeta se encuentra capacitado para ser crítico de poesía? ¿No será siempre un crítico poco objetivo que se dedica solo a defender su propia concepción de la poesía?

Lo único que incapacita para ser crítico de poesía es no ser un buen lector de poesía. Y un buen lector, si es poeta, aprecia muchas más diversas maneras de la poesía que la que él es capaz de escribir.

¿A qué se debe su empeño en atacar a grandes poetas como Ganomeda y en defender a otros muy menores como Fernando Ortiz?

Procuro no hablar de la poesía de Gamoneda, un poeta más o menos grande que me interesa más bien poco, pero no puedo resistirme a glosar sus opiniones sobre literatura. Carece de sentido del humor y no parece muy dotado para el pensamiento abstracto, o mejor, para el pensamiento a secas. Resulta involuntariamente cómico escucharle afirmar por enésima vez, el mismo día en que recibe no sé cuántos premios oficiales, y junto al presidente del Gobierno y rodeado de ministros, abominar del realismo porque el “realismo es el lenguaje del poder”. A mí me hace más gracia él que su poesía. De Fernando Ortiz hace tiempo que no hablo. Y no pienso hablar ahora. He leído, sí, su más reciente libro, Miradas al último espejo, pero no pienso escribir sobre él, aunque humanamente tiene toda mi simpatía.

¿Cree verdaderamente que “el haiku es el soneto de los haraganes”, como ha declarado varias veces? ¿Cree que escriben haikus los que no son capaces de escribir otra cosa?

Pues sí, creo que escribir haikus está al alcance de cualquiera, por eso no hay mal poeta que no los perpetre a centenares. Malos haikus, quiero decir. Los buenos son un milagro que ocurre muy de tarde en tarde. El soneto requiere un aprendizaje y mayor esfuerzo, pero no por eso el resultado poético está garantizado. Yo aconsejaría a los jóvenes poetas que aprendan a escribir sonetos y que, en cuanto sepan, dejen de escribirlos. Y, por supuesto, rompan todos los que les sirvieron como aprendizaje.

“El realismo es el lenguaje del poder” afirma con frecuencia Antonio Gamoneda. Usted defiende la poesía realista, ¿quiere eso decir que está de lado de los poderosos?

Creo que sobre ese asunto ya he dicho algo en una respuesta anterior. No sé si los poderosos gustan del realismo; los bancos, por ejemplo, prefieren la pintura abstracta.

¿Ganaría la poesía española sin los manejos de Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes y Benjamín Prado?

Sin sus manejos no sé si ganaría o perdería; sin sus poemas, seguro que perdería.

¿Hay premios literarios honestos?

Los hay. Todos los premios que ganan los poetastros que abominan de los premios son, si hemos de hacer caso a sus declaraciones posteriores, honestos, los únicos honestos.

Usted ha escrito muchas veces en contra de los premios literarios. ¿No considera una contradicción formar parte del jurado de muchos de ellos?

De muchos de ellos, no. De tres o cuatro. Y no lo considero una contradicción. Yo me considero un profesional, como un fontanero al que si le llaman para arreglar un grifo no pregunta si está en un convento o en una casa de lenocinio. Él hace su trabajo de la mejor manera posible, cobra sus honorarios y asunto concluido. Otra cosa es lo que pueda pensar sobre el exceso de conventos  o de clubs de alterne. Yo creo que hay demasiados premios literarios y que estorban más que ayudan.

Para muchos, entre los que me cuento, Borges es un poeta sobrevalorado, poco más que un ramplón versificador. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

No.

¿Tiene sentido hoy escribir con rima? ¿No es un artificio más propio de tiempos decimonónicos?

Sí. No.

¿Por qué se lee cada vez menos poesía? ¿No será porque  los poetas han dejado de hablar de lo que interesa a todos y se dedican a mirarse su propio ombligo?

Siempre ha habido más poetas que poesía. La poesía sigue interesando, y mucho. Lo que no interesan, y no seré yo quien lo lamente, son la mayoría de los poetas.

¿Qué opina del movimiento del 15-M? ¿No cree que además de una regeneración política pueden traernos también una nueva poesía que por fin interese a todos porque hable en el lenguaje de todos?

Prefiero no opinar nada. Yo respeto todas las ingenuidades, siempre me ha enternecido la bondadosa bobería.

Hace 75 años que asesinaron a Federico García Lorca. ¿No cree que su obra literaria lleva casi tantos años muerta a pesar de que se siga hablando de ella por motivos extraliterarios?

Pues no, no lo creo. Y es la primera vez que escucho semejante peregrina afirmación. ¡Y cuidado que he escuchado tonterías en mi vida!

¿Qué opina de la poesía de Miguel d’Ors? ¿Y de la de Enrique García-Máiquez? ¿No cree que se encuentran marginados por sus creencias religiosas?

Son dos espléndidos poetas llenos de verdad y gracia. Cuando hablan de la Verdad con mayúsculas es cuando me interesan menos. Se encuentran tan marginados como el jefe de la organización religiosa a la que pertenecen, capaz de llenar Madrid, o cualquier otra ciudad, con millones de seguidores. Ya quisiera yo estar tan marginado como ellos.

¿Siguen existiendo las generaciones literarias? ¿Cómo se llama la última?

Siguen existiendo. Pero yo ya no trabajo en ese negociado. Mejor preguntar a Luis Antonio de Villena, que ahí sigue con sus vetustos adolescentes órficos y lógicos, inasequible al desaliento.

¿Qué ha sido de la poesía no clónica y de poetas como Antonio Rodríguez Jiménez, Fernando de Villena, Pedro J. de la Peña y otros grandes marginados por el poder literario?

Eso quisiera yo saber, qué ha sido de ellos. Sin sus declaraciones y sus ferocidades el mundo es un poco más aburrido. También echo de menos a Isla Correyero y a un suplemento de Málaga que se llamaba “Papel literario”. Los jóvenes, que no han tenido ocasión de conocerlos, no saben lo que se pierden.

Y por último: ¿cree que Internet ha cambiado nuestra manera de entender la literatura? ¿Desaparecerán las bibliotecas y las librerías con la generalización del ebooks? ¿No cree que los libros tradicionales pronto serán una antigualla como los papiros egipcios?

Internet no ha cambiado nuestra manera de entender la literatura, ha cambiado la manera de difundirla. Y para mejor. Y en cuanto a la desaparición de las bibliotecas y de los libros de papel, no diré yo que no pueda ocurrir. Incluso algún día desaparecerá el hombre y el planeta Tierra y el entero sistema solar. Pero no parece que vaya a ser mañana. Tampoco nosotros ni nuestros nietos ni los nietos de nuestros nietos veremos la desaparición de los libros y las bibliotecas. Más allá de tres o cuatro siglos no me atrevo a profetizar. ¡Las cosas cambian tan deprisa!

jueves, 18 de agosto de 2011

Pere Gimferrer, Juan Marsé: Cansinas caligrafías

Dijo una vez un político que no hay que confundir la opinión pública con la opinión publicada. Nada más cierto si se trata de literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica literaria (o de los reseñistas de los principales suplementos, que viene a ser lo mismo, aunque no sea lo mismo) y el casi unánime desdén de los lectores, incluidos bastantes de quienes públicamente han mostrado su entusiasmo.
            Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Pere Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé. “Escrito en seis días” se anuncia uno, con circense fanfarria; “La primera novela escrita después del Cervantes”, el otro.
Tras dar en los últimos años ripiosos tumbos entre el modernismo y el postismo (Amor en vilo, Tornado), vuelve Gimferrer a reescribir sus libros de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista y comprometida, ahora suena a envejecida quincallería, aunque acá y allá no deje de sorprendernos alguna imagen fulgurante, que pronto se borra en el automatismo del conjunto: “Campanadas al sol, la luz de Arezzo / se ha fundido en el bronce de la lluvia”.
Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. “Apaches galopando en las playas de Arizona” se titula un capítulo: interminables páginas de fatigosos aventis, como ejercicios de estilo en un taller literario después de haber leído Si te dicen que caí.
Se equivocaría quien pensara que Rapsodia o Caligrafía de los sueños son malos libros. Son algo quizá peor: son prescindibles, cansinas vueltas de tuerca, tan consabidos que quien conoce la obra anterior de ambos autores podría, no ya reseñarlos sin haberlos leído, sino incluso dar conferencias sobre ellos.
El poema “más que a significar aspira a ser” nos dice Gimferrer, repitiendo lo que otros muchos poetas han dicho y glosado docenas de teóricos de la literatura. No nos dice, sin embargo, que nada resulta más fácil que encontrar un poema que “es” y “nada significa”, al menos para un lector concreto: cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes debería ser, para los que así piensan, la culminación del placer estético.
En la Barcelona de los años cuarenta, un hombre saluda a un orondo y desconocido sacerdote con las siguientes palabras: “La verdad es que no sé si soy un buen cristiano. Lo que no soy, puede usted darlo por seguro, es siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio”. Si fuera una serie de televisión ambientada en la posguerra, cambiaríamos de canal. Es una novela de Marsé, y continuamos la lectura, pero con la sensación, idéntica a la que nos producen los últimos poemas de Gimferrer, de que probablemente hay formas más agradables de perder el tiempo. 

jueves, 11 de agosto de 2011

José Antonio Moreno Jurado: El libro de la miseria del hombre



José Antonio Moreno Jurado
Aracne
Paréntesis Editorial. Sevilla, 2011. 


Deja un sabor amargo este recuento de una vida al que José Antonio Moreno Jurado, quizá nuestro mejor conocedor de la literatura neohelénica, ha querido poner bajo la advocación de Aracne, uno de los personajes de las Metamorfosis ovidianas.
La primera parte, la más lírica, se publicó en 1989, y evoca, en breves capítulos que a ratos quieren acercarse al poema en prosa, una infancia andaluza. Recuerdan, inevitablemente, al Platero juanramoniano y al Ocnos cernudiano, aunque no haya ningún fácil mimetismo. El tono cambia en el resto del libro, escrito veinte años después. En 1989, Moreno Jurado era, si no un triunfador, un hombre que, con su esfuerzo personal y su talento, había llegado, o estaba a punto de llegar a donde quería, tanto en el plano personal como en el literario. Tras obtener el premio Adonais en 1973, su poesía tenía una resonancia cada vez mayor; el Nobel concedido a Odysseas Elytis, un autor al que él y pocos más conocían en España, contribuyó a darle cierta popularidad. Y después de duros años en la enseñanza privada, ya catedrático en la enseñanza secundaria, llegaba como profesor asociado a la Universidad.
            Lirismo y narratividad, reflexión y sátira alternan en las páginas escritas cumplidos los sesenta años, cuando se vislumbra el manriqueño “arrabal de senectud”. El lirismo aparece, sobre todo, en los capitulillos que se refieren al Amor (Moreno Jurado lo menciona siempre así, con mayúscula), que insinúan unas relaciones poco convencionales (e incluso escandalosas para la época) que el autor no se decide a desvelar de todo. El día en que conoció a uno de sus amantes, al que llama Bertolamo  (“Me llevaba exactamente diecisiete años y yo contaba entonces treinta y seis”), terminaron “en un garito cuyo nombre recordaré cuando me atreva a contar por escrito la otra cara de esta Sevilla hipócrita y bullanguera, más entregada a los santos y santas que a la verdad y al conocimiento”.
            La sátira se refiere, fundamentalmente, al mundillo literario. Pero es una sátira casi infantil, que refleja un muy escaso conocimiento de ese ambiente. Cuenta la anécdota que le ayuda a entender el éxito de unos poetas y el fracaso de otros, como él mismo. Tras terminar un libro de poemas, del que está particularmente satisfecho, va a Madrid, invita a comer a Jesús Munárriz y a su mujer y “a la primera oportunidad –son sus palabras—, les hablé durante la comida, con más o menos ardor o vehemencia, de las bondades de mi nuevo libro”. Para su sorpresa, el editor de Hiperión no mostró ningún entusiasmo; peor aún, sin siquiera ningún interés en su lectura, dijo no estar dispuesto a publicarlo, ya que los anteriores libros de Moreno Jurado se habían vendido poco. Lo que ocurrió seguidamente le serviría de lección: “A los pocos minutos apareció por allí García Montero que venía de Granada. Jesús le saludó afectuosamente, alzando los brazos y levantando la voz. El granadino le compró en aquel momento doscientos libros suyos para no sé dónde, pueblos, universidades, centros educativos, en verdad no me acuerdo, y yo, enmudecido, comprendiendo cuanto se podía comprender, me despedí lo más amablemente que pude, y, con la lección de los dineros bien aprendida, me volví a Atocha a pie y pensativo”. O sea que, si García Montero vende mucho, y se lo disputan sus editores, es porque se compra sus propios libros. Qué cosas…
            Pero no es el único caso en que Moreno Jurado deja claro tanto su resentimiento como su no excesiva inteligencia emocional. Durante un tiempo dedicó sus tardes a los poetas que empezaban: “El primero de ellos fue Juan Lamillar, a quien corregí, leí, expliqué cuanto pude, durante días y meses, pues había sido alumno mío en la Universidad Laboral y, al menos, teníamos entre nosotros ese mínimo vínculo común. Aunque Manolo Jurado solía llamarlo Mamillar, a mí no me hacía gracia. Sucedió, entonces, que en el proyecto de su primer libro me había dedicado un poema. Algo después, cuando hojeé uno de los primeros ejemplares de la obra, publicada en Renacimiento, la dedicatoria había desaparecido. ¿Fue imposición del editor, Abelardo Linares, que me aseguró, años después, que aquel chico había sido su gran descubrimiento? ¿O algún temor oculto de los que no pueden salir a la luz? Por otra parte, Abelardo Linares había proporcionado a Lamillar un puesto de trabajo en su librería. Sea como fuese, todo acabó en ese preciso momento porque me pareció, sencillamente, un acto de cobardía. Y ¿por qué no? de traición”.
            Otro poeta que presuntamente le traicionó, y se traicionó, fue Javier Salvago. Tras un primer libro prometedor, y que el propio Moreno Jurado presentó, “abandonó inmediatamente su primer comportamiento poético y se pasó por orden de Fernando Ortiz, aunque fuera una orden estética, desde aquella poesía de futuro prometedor a otro tipo de poesía de fácil contenido irónico, sin fuerza, de rima envejecida, anclada en Manuel Machado y otros poetas menores que nada aportaron con sus poemas a la aventura humana del pensamiento y la razón”. Antes, para congraciarse con el maestro, le habría contado todas las confidencias de Moreno Jurado: “No había pasado ni veinticuatro horas y toda mi vida se la había ofrecido Salvago en bandeja a Fernando Ortiz”.
            Con Fernando Ortiz, con otros poetas sevillanos, está obviamente obsesionado el autor de Aracne. A ellos les atribuye la conjura que llevó a su marginación literaria. No deja ni anotar ni una sola de las afrentas que le hicieron sufrir. Por ejemplo: “En un congreso de poesía en Córdoba, lo recuerdo bien, Fernando Ortiz y Aquilino Duque, que había estado muy atentos a los poemas de quien me precedía en la lectura, se levantaron de pronto, empujados por un extraño resorte interior, en el preciso instante en que el presidente de la mesa me daba entrada para mi intervención. Si dijera que nada sentí ante ese desplante, engañaría con toda seguridad”.
            La puerilidad adolescente, el provincianismo de estos recuentos de la vida literaria nos hace a veces sonreír. Lo mismo que ciertos apuntes de sociología erótica. La mayor parte de los homosexuales están casados (cuando eso suponía estarlo con una mujer), son buenos padres y buenos maridos: “El noventa por ciento. No es exageración. Y, curiosamente, todos ellos prefieren ser penetrados. Los célibes, rara vez”.
            ¿Vale la pena, ante tanta puerilidad, leer estas páginas escritas “para vengarse y reírse mil veces de la miseria del tiempo”? Sí, porque en ellas hay dolor y verdad. Y el desolado final vale para todos, para los que han aprendido las reglas del juego literario o académico, para los que se han estrellado contra esas normas no escritas o para los que, encogiéndose de hombros, se han dado la vuelta y han seguido otro camino: “Como hombre entre cuatro paredes, sin experiencia viva, solitario y aburrido, aprendí de los libros cuanto había de aprender. Pero no sé absolutamente nada. Ni siquiera el hombre que sabe, sabe para siempre. Un simple Alzheimer, una demencia senil, un fuerte golpe en la cabeza o en el corazón te abandonan al no conocimiento. Da igual si leías o no leías. El hombre termina en las manos aburridas del tiempo. El tiempo se aburre de nosotros”. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Evgueny Evtushenko: El poeta y el histrión

¿Qué fue de Evgueny Evtushenko? Con el título de Manzanas robadas (Visor) se publica una antología suya, en traducción indirecta de Javier Campos, que entremezcla los poemas sin atender a la cronología. Evtushenko le dio voz y rostro juvenil a una nueva Rusia, a un comunismo de rostro humano, el que surgía trabajosamente de los desmanes del estalinismo. En 1963 publicó en París su Autobiografía precoz, que ese mismo año apareció en español. “La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es solo comentario”, comienza. Y a continuación: “Las ideas nuevas, los sentimientos nuevos que se encuentran en mis poemas existían en la sociedad soviética mucho antes de que comenzara yo a escribir. Cierto, no habían recibido aún forma poética. Pero si no hubiera sido yo, otros los habrían expresado”.
            Algo más y algo menos que un poeta es Evgueny Evtusenko, quien en 1963 –a los treinta años, tan famoso ya en occidente como en su país— señalaba “el destino monótono” a que parecía condenado: “los críticos me cubrían de lodo, el público me aplaudía fervorosamente”. Los poemas se daban a conocer en recitales multitudinarios; solo después, si resultaban eficaces, se publicaban. Poemas valientes, muchos de ellos. Por ejemplo “Babi Yar”, cuyo título alude a un barranco de Kiev donde fueron asesinados millares de judíos. Evtushenko no se limita a condenar la barbarie nazi: “Cuántos antisemitas se nombraron / Unión del Pueblo Ruso. Qué vileza”.
            En los primeros sesenta muchos, dentro y fuera de Rusia, creyeron en la posibilidad de un comunismo no dogmático y democrático. Evtushenko encarnó esas ilusiones. Pronto fue un juguete roto, aunque siguiera con sus recitales multitudinarios, convertido ya más en un personaje de la farándula –sus mayores éxitos los tuvo junto a Vittorio Gassman— que en un verdadero poeta. Lo era, sin embargo. Y algo puede entreverse en esta antología, cuyos textos son como letras de hermosas canciones de las que desconocemos la música: “Te amo más que a la naturaleza, / porque tú eres la naturaleza misma. / Te amo más que a la libertad, / porque sin ti la libertad es una cárcel”.

miércoles, 27 de julio de 2011

Rafael Barrett : Un contemporáneo

No era un desconocido el escritor al que Gregorio Morán dedicó en el 2007 Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, pero apenas era conocido por algunos eruditos y en círculos anarquistas. La polémica que acompañó a su algo estridente investigación –marca de la casa— sirvió para que bastantes lectores oyeran por primera vez un nombre que debería serles tan familiar como el de Larra.
            Rafael Barrett, nacido en 1876, vivió la bohemia finisecular, compartió tertulia con Valle-Inclán, fue amigo de Manuel Bueno y Ramiro de Maeztu. Una serie de absurdos incidentes –iniciados con una acusación de homosexualidad— le llevaron a la cárcel y luego al exilio. En el Paraguay se convirtió en maestro del periodismo revolucionario.
            Murió muy joven, pocas semanas después de Tolstoi, a quien tuvo tiempo de dedicar una necrológica. Murió en Francia, donde trataba de curar su tuberculosis. Antes había saboreado fugazmente la gloria. En Uruguay apareció su primer libro, Moralidades actuales, y el éxito fue inesperadamente clamoroso.
            Ese libro, que solo se había vuelto a publicar en 1919, lo reedita ahora una editorial de pintoresco nombre, Pepitas de Calabaza. No hay mejor homenaje para el centenario: los años que han pasado sobre sus páginas no les han añadido ni una arruga. Lo leemos ahora con el mismo asombro con que se leyó en el Montevideo abierto al mundo, nada provinciano, de comienzos del siglo veinte.
            La primera edición llevaba un subtítulo, “Tomo I”, que desapareció en las siguientes. Barrett pensaba seguir reuniendo sus artículos esparcidos por la prensa radical. Pero Moralidades actuales no es una mera recopilación de colaboraciones dispersas, según se entendió en las ediciones de obras completas, donde se añadieron y eliminaron caprichosamente artículos. Tiene una arquitectura propia, como muy bien subraya Morán en el preciso prólogo.
            Lírico, costumbrista, aforístico, memorable siempre, Barrett está más vivo que la mayoría de sus coetáneos. Es un contemporáneo más. No ha perdido nada de su capacidad revulsiva. Todavía hace sangre su punzante e insólita inteligencia: “La verdad no se demuestra. Se sueña. Solo se demuestra la mentira”. 

jueves, 21 de julio de 2011

Justicieros



¿Quién no ha soñado alguna vez con llevar una anodina vida diaria, pero por la noche ponerse una máscara y lanzarse al mundo a enfrentarse a los poderosos, deshacer entuertos, reparar injusticias? Internet, donde toda fantasía (y toda tontería) adolescente tiene su asiento, está llena de justicieros así.
El Colectivo Addison de Witt, formado por cinco anónimos poetas o críticos, se dedica a analizar “los premios de poesía y sus jurados para valorar su objetividad”. El resultado lo expresan con precisión matemática: el Premio Internacional Ciudad de las Palmas, por ejemplo, es ecuánime en un 75 por ciento, mientras que el Manuel Alcántara lo es en un 1, el Emilio Alarcos en un 10 y el Hermanos Argensola en un 80, según leemos en reciente entrega de su página web, “la que mayor número de visitas tiene, con más de veinticinco mil usuarios mensuales”.
            Para llegar a esa conclusión analizan las relaciones entre el jurado y los ganadores: haber publicado en la misma editorial, colaborado juntos en alguna revista, tener idéntica profesión. No importa que en el jurado esté compuesto por cinco, seis o más miembros. Si uno de ellos es profesor y el poeta ganador también lo es, la objetividad queda fuertemente mermada. Y desaparece por completo si se puede establecer algún vínculo con Luis García Montero o la editorial Visor. Es lo que ocurre con el premio Manuel Alcántara, a cuyo jurado no le ven relaciones con el ganador, Juan Carlos Abril, pero resulta que este “se doctoró con una tesis dirigida por Luis García Montero” y, por si fuera poco, el poeta que da nombre al premio “ha publicado algo en Visor”. Esas son las razones para que la credibilidad del premio se reduzca al uno por ciento.
            Lo que escriben del premio de poesía Emilio Alarcos me hace sonreír especialmente, puesto que yo soy uno de los “corruptos” denunciados. Copio el párrafo pertinente: “El escritor mallorquín Eduardo Jordá obtuvo el premio Emilio Alarcos de poesía en su décima edición con el poemario titulado Tulipanes rojos. Jordá colabora como columnista en Diario de Mallorca, del grupo editorial Prensa Ibérica, señor sí señor, y en el Abc Cultural. El jurado que le otorgó el premio estuvo presidido por Luis García Montero, y actuaron como vocales Josefina Martínez, José Luis García Martín, Aurora Luque, Chus Visor y Carlos Marzal. Desde 1989 Jordá reside en Sevilla. Es importante recordarle lo importante que es hidratarse en esta época del año si vive en la capital andaluza. Un clásico de los premios es premiar a un crítico. Un clásico mayor es que un crítico premie a otro crítico, incluso que vaya anticipándolo: http//www. Escultural.es/version_papel/LETRAS/Mono_aullador. Sin mencionar su paso por Clarín, tan García Martín. Tampoco es un desconocido para Aurora Luque. Ni siquiera para alguien de la inocencia de García Montero. Valoración subjetiva de la ecuanimidad del premio entendida como la posibilidad de que gane un desconocido: 10/100”.
            Cuesta encontrar lo que hay de presunta denuncia en esas líneas. ¿Es sospechoso que el premiado escriba en Diario de Mallorca, del grupo editorial Prensa Ibérica? ¿Que resida en Sevilla? ¿Que haya ejercido la crítica como algún miembro del jurado? ¿Que yo haya reseñado antes algún libro suyo, como he hecho con varios centenares de poetas en casi treinta años de publicar reseñas semanales?
            En el premio Emilio Alarcos, como en la mayoría,  los libros se presentan bajo plica. El jurado no supo que había premiado a Eduardo Jordá hasta que ya había concedido el premio. Yo, en cambio, lo sabía desde mucho antes: en seguida reconocí su estilo. No solo el tuyo: también el de Antonio Praena y el de otros poetas cuyos nombres no mencionaré por si quieren conservar el anonimato. Son los inconvenientes de llevar muchos años leyendo poesía contemporánea. También Aurora Luque reconoció, según dijo luego, a algún libro que se había encontrado en otro premio. Nadie reconoció, sin embargo, al finalista que empató con Jordá: cada uno de ellos tuvo tres de los seis votos del jurado. Y no lo reconocimos porque era el primer libro de un poeta nuevo que no había publicado ni siquiera en revistas (la única manera de no estar “contaminado”). ¿Pero reconocer a un poeta implica que tiene más posibilidades de ser votado que si no lo reconocemos? ¿Haber publicado en la misma editorial condiciona el voto de algún jurado? ¡Qué cosas! O sea que yo, que publiqué a algún libro en DVD, si me encuentro como concursante a Eduardo Moga, que también publica en esa editorial, me veo obligado a votarle. Qué cosas.
            Pero no se trata de defender la “ecuanimidad” del premio Emilio Alarcos ni de ningún otro premio concreto, que no puede ser cuestionado por quien lo ignora todo sobre su desarrollo, sino de poner en cuestión la credibilidad de quienes van de anónimos justicieros por la vida y denuncian, no ya sin pruebas, sino con caprichosos argumentos.
           Que hay premios amañados, de acuerdo. Que conviene denunciarlos, por supuesto. Pero para eso hace falta algo más que desinformadas buenas intenciones (damos, por supuesto, que al menos las intenciones son buenas). Hace falta –además de algún indicio, aunque sea mínimo— cierto conocimiento del medio literario y, sobre todo, alguna inteligencia.


jueves, 14 de julio de 2011

Montserrat Bordes Solanas: Falacias lógicas

Pocas veces un manual de filosofía resulta tan apasionante y necesario como Las trampas de Circe: falacias lógicas y argumentación informal (Cátedra). No teníamos noticia de la autora, Montserrat Bordes Solanas; no hay solapa ni contraportada informativas. El prólogo de Zamir Bechara nos aclara que se trata de una obra póstuma: “Como compañero suyo he asistido en primera fila a las dificultades que conlleva escribir un libro de esta envergadura y he sido conocedor de primerísimo mano del esfuerzo titánico que le supuso a su autora, aquejada de cáncer terminal, concluir su labor”.
            Pero el infierno cotidiano, el inútil combate con la enfermedad, quedan fuera de unas páginas que asombran por su claridad y rigor. La autora va desenmascarando una tras otra las principales falacias que llenan el lenguaje político y periodístico –ad hominen, ad populum, petitio principii, plurium interrogationum—, y termina con un “Código de buenas prácticas argumentativas” que debería ser de obligado cumplimiento en cualquier debate público. Esas buenas prácticas tienen que ver tanto con la lógica como con la ética, promueven a la vez el debate racional y el juego limpio. El código está formado por principios y máximas. El principio “de caridad interpretativa” dice así: “El argumento del oponente debe ser reconstruido en su versión más sólida y rigurosa, siempre que sea consistente con la intención original del mismo”. O sea, que no debemos aprovechar los lapsus de nuestro interlocutor; antes de intentar refutarlo, debemos ayudarle a formular su argumento de la manera más adecuada posible. Porque, como escribió Samuel Johnson “una opinión es como una flecha lanzada desde un arco: su fuerza depende de la mano que la sujeta, pero un argumento es como una flecha lanzada desde una ballesta: tiene la misma fuerza aunque la lance un niño”. Antonio Machado lo afirmó de otra manera: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o la diga su porquero.
No deja de resultar utópico este código de buenas prácticas. Dos no juegan limpio si uno no quiere. Siempre habrá tahúres que pretenden hacer trampa, como suele ocurrir entre los políticos, o que las hacen sin siquiera ser conscientes de ello, como tantas veces ocurre entre honestos e ineptos profesionales de la indignación y la crítica e incluso entre la buena gente de la calle. Las trampas de Circe ayuda a desenmascarar a unos y otros.

jueves, 7 de julio de 2011

Alrededores de la poesía: Una conversación con Ignacio Peiró


Al contrario que en otras artes, España sí parece haber mantenido una continuidad sin apenas interrupciones en lo referente a la poesía. Y, al menos hasta ahora, ciertos hitos de nuestra tradición lírica –algunos versos de Lope o de San Juan, de Quevedo o Garcilaso, del romancero- parecían ser una especie de “palabras patrimoniales” que se leían en el bachillerato y quedaban en la memoria de gentes por lo demás no especialmente cultivadas. ¿No cree usted que este mínimo contacto con la poesía se ha perdido en buena parte, quizá a causa de los planes educativos? ¿No era algo clave en la educación sentimental de las personas?

El bachillerato que idealizadamente se añora, el de hace cincuenta años por ejemplo, era estudiado por muy contado número de españoles. No creo yo que el tanto por ciento de quienes podían citar de memoria a Lope o a San Juan, a Quevedo o Garcilaso, fuera mayor entonces que ahora. El imperfecto presente siempre pierde cuando se le compara con un pasado que solo existe en nuestra imaginación. Desde que tengo memoria, cualquier nuevo plan de estudios es, en opinión de la mayoría (sobre todo de la mayoría de cierta edad), peor que el anterior. Si eso fuera cierto, deberíamos ser ya todos analfabetos. Afortunadamente no es así.

 En nuestro país, parece que, comparativamente, el papel de la crítica de poesía es más relevante, dentro de su ámbito, que el papel de la crítica de novela o de ensayo. ¿Está usted de acuerdo con esta afirmación? ¿Considera real el papel de la crítica a la hora de establecer cánones? ¿Es positivo o sólo inevitable ese protagonismo?

Sospecho que el papel de la crítica de poesía es relevante en un mundo muy limitado: el de los propios poetas. A los que creo que les afecta más que a los novelistas o ensayistas, porque estos pueden compensar malas críticas con buenas ventas. En poesía las críticas pueden ser buenas o malas, pero las ventas siempre son malas. Por otra parte, la importancia de la crítica en poesía depende menos del talento del crítico que de la difusión del medio en que se publica.

 ¿Ha habido en los últimos decenios una hipertrofia de antologías? El sistema de hacer antologías, ¿no alimenta el peligro de excluir a nombres competentes que, quizá por edad, no entran en grupos?

No me parece que haya hipertrofia de antologías. Cualquier visitante de librerías inglesas o norteamericanas, puede comprobar que se publican bastante más que en lengua española. Claro que no siempre se trata de antologías de nuevos nombres, que son las que aquí despiertan polémica. Una antología es válida porque incluye a poetas valiosos, y no al revés. Estar o no estar en una concreta antología no tiene demasiada importancia (ya nos incluirán o excluirán en otra, no hay poeta tan malo que no haya sido antologado). Lo significativo es que antólogos con criterios distintos coincidan en unos determinados nombres. Así se escribe la historia de la literatura, que está hecha de recuerdos y olvidos. La mayoría de los poetas de los que nadie hace caso no merecen que se les haga ningún caso (tampoco algunos a los que se hace mucho caso, pero esa es otra historia).

En otras épocas, la poesía, si no popularidad, al menos sí tuvo un cierto arraigo, quizá un prestigio que tal vez se haya perdido. ¿Dónde busca la gente la poesía ahora? ¿En la música ligera, en las canciones pop? ¿Hay ahí una cierta devaluación no ya de la palabra poética sino, por así decirlo, de la sentimentalidad?

La poesía siempre se ha buscado en muchos sitios, salvo quizá en los libros de poesía. Ni Garcilaso, ni Góngora ni Fray Luis publicaron en vida ningún libro de poesía. Hoy la poesía (aparte de estar en las canciones, en el cine, en la novela, en muchos otros lugares), la poesía en sentido estricto, se difunde sobre todo en Internet (como en el siglo de Oro se difundía manuscrita). Yo creo que nunca se han leído tantos poemas, aunque se compren tan pocos libros de poesía. Los poemas –buenos y malos, para todos los gustos-- vuelan en la red, encuentran siempre un lector atento.

De la poesía italiana a la francesa, la inglesa o, actualmente, la del Este de Europa, ¿mantienen los poetas españoles ese papel pionero a la hora de incorporar otras tradiciones?

Como siempre, hay poetas más atentos y otros menos. No conviene generalizar. Pero se puede ser un gran poeta (ahí está el caso de Lorca) sin estar al tanto de la poesía que se escribe en todas las otras lenguas.

Buena parte de la historia de nuestra poesía se ha leído según el sistema de generaciones. ¿No es ese un gran reduccionismo, que excluye a unos y agrupa, quizá injustamente, a otros? ¿Está en decadencia ese paradigma?

El sistema de generaciones es una manera de poner un poco de orden en un panorama (el de la poesía actual) que siempre resultará confuso (es el tiempo el que simplifica y pone las cosas en su sitio). Hay que tener cuidado de no confundir una clasificación meramente orientativa con la realidad. Es lo que les ocurre a muchos. Conozco hispanistas (y no hispanistas) que hablan de grupos, tendencias, generaciones en la poesía actual sin haber leído la obra de ninguno de los autores a los que se refieren; les basta con los estudios generales, los prólogos a las antologías, incluso los meros reportajes periodísticos.

En España hemos tenido revistas literarias de gran incidencia. ¿Ha menguado su papel?

Ha menguado el papel del papel. Ahora las revistas literarias más ágiles se difunden por otros medios. Ha menguado, pero no ha desaparecido. Como sigue siendo importante la edición en papel de los periódicos, a pesar de la facilidad y la gratuidad de Internet.

En la falta de apego popular a la poesía, ¿ha influido cierta voluntad de “torre de marfil” por parte de los poetas, como una vocación de exquisitez que necesita de iniciación para que un lector cualquiera pueda orientarse? Al igual que en artes plásticas, ¿no han contribuido a esta situación algunos excesos cometidos en nombre de la vanguardia?

Eso vale para unos poetas, no para otros. Hoy como ayer hay poetas que llegan a todo tipo de lectores. Yo creo que son necesarias ambas clases de poetas: los que inmediatamente tocan el corazón del lector, como José Hierro o Ángel González, y aquellos otros que apelan a la inteligencia y requieren una mayor mediación cultural. Góngora nunca desbancará a Garcilaso, ni al revés.

¿Cómo juzga usted la proyección internacional de nuestra poesía, tanto de nuestros grandes nombres del pasado como de nuestros poetas contemporáneos?

No me considero muy preparado para juzgar eso, creo que les corresponde más a quienes se ocupan de la política cultural. Lo que sí sé es que los otros países que conozco, sea Portugal o Bulgaria, siempre me he encontrado con un grupo de entusiastas lectores y buenos conocedores de nuestra poesía. ¿Pocos? Suficientes para sentir algo de vergüenza al comprobar que nosotros conocemos menos su poesía.

El nivel medio de las traducciones, ¿es bueno o mejorable?

Por bueno que sea (y yo creo que lo es), siempre resultará mejorable.

 ¿No hay pocos lectores de poesía en España? ¿Cómo cumplen su papel (además de con esfuerzo e ilusión) los editores? ¿Podrían sobrevivir sin el apoyo de la Administración?

Sin el apoyo de la Administración, parece que nada puede subsistir en este país, empezando por los partidos políticos. La poesía sí puede. Aunque desaparecieran todos los premios de poesía y todos los editores, seguiría escribiéndose poesía y seguiría encontrando la manera de llegar a los lectores.

¿Son precisamente los editores de poesía quienes mejor han perpetuado la belleza gráfica de la edición?

No conviene generalizar. Hay maravillosas ediciones de poesía, pero también otras que son un verdadero espanto (casi todas editadas por una Diputación, un Ayuntamiento o cualquier otro organismo público). Dejémoslo en que hay buenos y malos editores en cualquier género literario.

 ¿Hasta qué punto son reales las facciones, por así decirlo, en nuestra poesía actual (experiencia, silencio, etc.)? ¿Hay alguna posibilidad de entendimiento?

La vanidad de los poetas y la lucha por el escaso botín no permitirá que desaparezcan nunca los enfrentamientos entre poetas, más o menos disfrazados de rivalidades estéticas. No seré yo quien lo lamente. Es espectáculo que me divierte. Bastante más que la obra de buena parte de esos poetas que se pelean tan fieramente por un premio más o menos o por ocupar un lugar en una antología. Si los enfrentamientos entre poetas no existieran, habría que inventarlos. La poesía, ya se sabe, es otra cosa. Pero no se puede ser sublime a todas horas.


jueves, 30 de junio de 2011

El caso Florbela

José Carlos Fenández
Florbela Espanca. Poetisa del Amor
Esquilo. Badajoz, 2011.

Hay poetas que interesan tanto por su obra como por la novela de su vida. Uno de ellos es Fernando Pessoa; otro, Florbela Espanca. La fortuna crítica de ambos ha sido, sin embargo, contrapuesta. Fernando Pessoa, tras su muerte, fue creciendo y creciendo en el aprecio de lectores y estudiosos hasta desplazar, casi por completo, a todos sus contemporáneos; Florbela conoció también póstumamente el éxito popular, pero los críticos la miraron siempre por encima del hombro: les pareció demasiado espontánea, demasiado apasionada, demasiado femenina, en el más misógino sentido de la palabra.
            El grueso volumen que José Carlos Fernández le dedica –cerca de mil páginas—no parece que vaya a contribuir a mejorar ese aprecio. No es un estudio escrito con rigor académico, sino con fervor autodidacta. El autor es un especialista en conocimientos esotéricos, en simbolismos iniciáticos. Por eso incluye, como apéndice, una extensa carta astral de Florbela Espanca firmada por Isabel Areias y establece continuas comparaciones con Fernando Pessoa, a quien tanto le preocuparon esas cuestiones.
            Fernando Pessoa nunca se interesó por Florbela, no la menciona en sus escritos, y sin embargo circula un poema presuntamente suyo a ella dedicado. José Carlos Fernández, a pesar de reconocer que no se incluye en ninguna recopilación de inéditos de Pessoa, lo considera auténtico. “Duerme, duerme, alma soñadora, / hermana gemela de la mía”, comienza ese poema. Un admirador de ambos escribió esos versos, que Pessoa nunca podría haber escrito: “Criatura extraña, espíritu inquieto, / lleno de ansiedad, / tal como yo creabas mundos nuevos, / lindos como tus sueños, / y vivías en ellos, vivías soñando como yo”. Nunca Pessoa diría de sí mismo que “creaba mundos nuevos” ni calificaría de “lindos” a esos mundos.
            El análisis literario que de la poesía de Florbela ofrece José Carlos Fernández en las páginas finales de su estudio es de una candorosa ingenuidad. Se limita a elogiar ejemplos del uso de las distintas figuras literarias: “¿Podemos encontrar un quiasmo –o sea, una repetición en X en el seno de dos versos u oraciones— tan simple, tan bello, tan evocador, tan significativo y filosófico, como el que escribe Florbela en una postal dedicada a su cuñada Vitoria Moutinho al cumplir once años?”.
            Pero, a pesar de todo ello, este grueso volumen, tan lleno de buenas intenciones como manifiestamente mejorable, está lejos de carecer de interés. Si la segunda parte incluye su poesía completa, en edición bilingüe, la primera, dedicada a la biografía, consiste fundamentalmente en una selección de sus cartas y en una amplia muestra del diario que escribió durante el último año de su vida. Es la propia Florbela quien firma la mayoría de las páginas de este libro; de ahí su valor.
            Florbela Espanca fue una mujer que no se resignó a cumplir el papel que en el primer tercio del siglo XX se reservaba a las mujeres: escandalizaron sus tres divorcios, sus intentos de llevar una vida independiente, la franqueza de su poesía erótica. Con frecuencia tuvo que resignarse a que corrigieran sus escritos: lo hicieron los primeros editores; lo hizo el último, el profesor italiano Guido Battelli, a pesar de que la admiraba y fue quien más contribuyó a la difusión de su obra. Una mujer entonces era siempre un menor de edad, al que había que guiar para impedir se despeñara por malos caminos.
            Tuvo muchos amores Florbela (se enamoraba con facilidad y se desilusionaba con la misma rapidez), pero quizá sus dos únicos verdaderos amores fueron una mujer, Julia Alves, y Apeles Espanca, su hermano. Con Julia Alves, que era subdirectora de Modas y bordados, la revista en la que publicó muchos de sus primeros poemas (y el título resulta bien significativo del público al que se destinaban), mantuvo una apasionada correspondencia durante varios años, pero nunca llegó a conocerla personalmente. Apeles Espanca murió, en accidente de aviación, a los treinta años. Antes había manifestado su intención de suicidarse. Florbela logró, al parecer, disuadirle: “Pero no ves tú, mi querido hijo, que es un crimen pensar en aniquilar todo lo que hay en ti de admirable, tu inteligencia, tu carácter, todo lo que hace de ti un ser aparte, un ser único en el mundo, porque tú tienes desde la belleza física hasta la moral, tú eres una criatura excepcional; y mira alrededor de ti, nunca nadie dejó de quererte nunca”.
            Apeles Espanca muere en 1927; el avión que pilotaba desaparece en el Tajo; no se encontraron sus restos. Tres años después, el día de su cumpleaños (“es el mejor regalo que puedo hacerme”, confiesa a algunas amigas, que piensan que habla en broma) se suicida. Lo prepara todo minuciosa, macabramente: incluso envía a Helana Calas, una amiga, dinero para que pueda pagar el billete y visitarla ese día. “Ven el sábado lo más tarde –le dice—porque el lunes hago años y el domingo tenemos que preparar los salones”. Aquella noche Florbela dijo que no quería dormir en la habitación del matrimonio, que prefería dormir en otro cuarto. Pide que no la despierten al día siguiente, que la dejen dormir. Murió en torno a las dos de la mañana, que era la hora en que había nacido 36 años antes. Debajo del colchón encontraron dos frascos vacíos de Veronal y en su mesita un vaso de leche. Sus últimas voluntades estaban en un cajón, debajo de su ropa interior. Pide que la entierren cubierta de flores, que deben llenar por completo el ataúd y que en él incluyan los fragmentos del avión en que se estrelló su hermano, que guardaba religiosamente.
            Había publicado dos libros de sonetos, dejaba listo para la imprenta el más importante de los suyos, Charneca em Flor, que apareció muy poco después, al cuidado del profesor Battelli. Moría la mujer, comenzaba el mito.
            Pero ese mito no fue como el de Fernando Pessoa. Los críticos serios, los historiadores de la literatura, siempre miraron un poco por encima del hombro la obra confesional y apasionada de aquella poetisa de vida tan escandalosamente melodramática que no quiso limitarse al papel de aplicada colaboradora de Modas y bordados y demás labores propias de su sexo.

jueves, 23 de junio de 2011

Andrés Trapiello: De la vida retirada

Andrés Trapiello.
Capricho extremeño
Editora Regional de Extremadura.
Mérida, 2011.


No siempre, por no decir casi nunca, la opinión de un autor sobre su obra resulta la más adecuada. Cree Andrés Trapiello que los miles de páginas de su Salón de los pasos perdidos —diecisiete tomos publicados hasta la fecha— no deberían volver a publicarse de otro modo que como él los dispuso: “Cada libro tiene su orden y alterarlo extractando un fragmento es alterar el todo y, fatalmente, el fragmento”. Capricho extremeño, la antología publicada por primera vez en 1999, y que ahora se reedita convertida en otro y el mismo libro constituiría una excepción. “Nunca antes ni nunca tampoco después” volverá a permitir algo semejante.
Pero la literatura tiene sus propias leyes, con dificultad admite el modo imperativo. En Salón de los pasos perdidos hay una fabulosa colección de fragmentos, de muy desigual extensión –van desde las dos líneas hasta las casi cien páginas— que valen por sí mismos y que además presentan muy diversas valencias combinatorias. La estructura que les ha dado su autor —cada tomo se nos ofrece como el diario novelado de un año— es solo una de las posibles. Se pueden establecer otras combinaciones: las hagiografías de escritores amigos, las sarcásticas caricaturas de los rivales o de los amigos que han dejado de serlo, una colección de relatos de viaje, de visitas a las librerías de viejo… No faltan tampoco unas pungentes memorias de infancia y juventud ni unas minuciosas escenas de la vida conyugal. Fácil resulta profetizar que estos nuevos episodios nacionales y personales rara vez se reeditarán en su totalidad (aunque algunos ya se han reeditado en bolsillo), al contrario que los de Galdós, pero a cambio constituirán una cantera inagotable –como ocurre con la obra en prosa y verso de Juan Ramón Jiménez— de la que irán surgiendo nuevos títulos años tras año.
Ordenadas de distinta manera las mismas páginas nos dicen cosas distintas. Es lo que ocurre con este Capricho extremeño, que, en contra de lo que podrían sugerir título y prólogo, ni es un capricho de unos editores regionales ni tienen un interés meramente localista.
Son páginas virgilianas, cercanas a menudo a la prosa poética, pero en las que no falta la precisa observación realista, a veces con una nota de negro humor, páginas que ningún escritor de hoy podría escribir sin que nos sonaran a artificioso pastiche.
Durante los últimos treinta años Andrés Trapiello ha alternado la residencia en Madrid –paseos por el Rastro, opiniones contundentes sobre esto y aquello, sobre este y aquel, intrigas de la vida literaria—con las largas demoras en el Pago de San Clemente, situado cerca de Trujillo, donde posee "una casa vieja, un jardín y unos olivos". Allí ha querido llevar una vida de ilustrado propietario rural de otros tiempos (no muy distinta nos imaginamos que sería la de algunos contemporáneos de Horacio, Cervantes o Meléndez Valdés).
Detrás de Capricho extremeño se reconocen fácilmente los maestros. Uno de los más presentes es Miguel de Unamuno, el Unamuno de la intrahistoria y de las glosas de la vida familiar: “Observo a mis hijos, las horas muertas que se les vuelven siglos, el aburrimiento de buena parte de sus jornadas, y no puedo acordarme sino de aquellas horas mías muertas, y en cambio vivas ahora, resucitadas en ellos”. También están, claro, Azorín y el más cercano Muñoz Rojas de Las cosas del campo (en el último tomo del diario se traza de él una memorable semblanza). Pero el conjunto no podía haberlo escrito más que Andrés Trapiello. Solo él es capaz de escribir con la misma pasión y fruición de una lagartija, del dulce de membrillo, de las ciruelas, de las interminables siestas del verano extremeño, de las noches estrelladas, del humo que asciende y se deshace: “Más hermoso que el propio fuego del hogar serán siempre las hilachas del humo saliendo de la chimenea, humo azulado en la mañana de otoño, humo dormido entre las ramas enfermas de los olmos viejos. Y si el fuego es presente, el humo es presente y pasado y, para el viajero que lo ve de lejos, quieto en el valle sobre las casas viejas, para él sobre todo, que camina hacia la aldea, es nada más que futuro: el hogar que espera”.
Como en los diarios de otro tiempo, como en la vida rural, los cambios atmosféricos están muy presentes en unas páginas que, a veces, pocas veces, parecen un arcaizante ejercicio de estilo. El propio autor ironiza sobre ello. Pero la lluvia, la rara nieve, los días nublados, los días de sol, el prodigio del amanecer, los dilatados atardeceres aciertan a ser mostrados como lo que realmente son: milagros únicos, aunque infinitamente repetidos.
Unas pocas historias ajenas, unos pocos personajes, se ofrecen como contrapunto: el antiguo soldado alemán que apareció un día por el colegio en que el autor estuvo internado, el dueño de un cine de Trujillo, el retorcido aldeano que se contrapone al tópico idealizador: “Yo no sé de dónde se habrán sacado eso de la sabiduría de los hombres del campo. Por uno sabio, se topa con cien brutos y desalmados. Por un juicioso, cien berrocales y borrachos”.
No es, contra lo que pudiera parecer, Capricho extremeño un libro menor hecho de retazos más o menos brillantes. No deberían perdérselo ni los aficionados al campo ni, sobre todo, los que lo detestan.
Bastaría este título –y no es más que una gota en la desigual inmensidad de su obra— para otorgar a Andrés Trapiello un puesto singular en la historia de la literatura española. Debería permitir que más editores diligentes y buenos conocedores de su obra fueran extrayendo (y quizá limpiándolas de cierta ganga) las muchas obras ya impresas y sin embargo inéditas que se encuentran dispersas en ella.

jueves, 16 de junio de 2011

Luis Alberto de Cuenca: En la biblioteca de Babel



Luis Alberto de Cuenca
Libros contra el aburrimiento
Edición de Luis Miguel Suárez
Reino de Cordelia, Madrid, 2011


Hay dos modos de ejercer la crítica literaria. Clarín y Valera pueden ejemplificarlos. El primero era burlón y agresivo, no dejaba pasar una, sabía poner siempre a la mediocre pretenciosidad en su sitio, sin por eso dejar de subrayar la excelencia (Galdós encontró en él, desde el comienzo, a su mejor comentarista). Valera, en cambio, no perdía nunca sus buenas maneras de diplomático; los posibles reproches quedaban siempre envueltos en las volutas de su prosa educada y cordial; a menudo daba la impresión de que no acertaba a distinguir entre los versos ocasionales de cualquier dama de la alta sociedad y los poemas de Rosalía de Castro (a quien, por cierto, no incluyó en su florilegio de poetas del siglo XIX, en el que no falta condesa o marquesa que alguna vez pergeñara una estrofa).
            Luis Alberto de Cuenca tiene poco de Clarín y mucho de Juan Valera, con quien comparte además el buen conocimiento de la cultura clásica. Le gusta escribir desde la cordialidad generosa; sus reseñas están llenas de abrazos, agradecimientos, detalles personales, anécdotas aparentemente prescindibles: “El otro día –así comienza una semblanza de poco más de treinta líneas sobre Carmen Jodra— fui a Barcelona, a la Universitat Pompeu Fabra, invitado por José María Micó, que acaba de publicar una extraordinaria traducción castellana del Orlando furioso. Él no estaba, porque tenia que grabar un programa de televisión, y encargó a otro profesor de la casa, Eloy Fernández Porta, que me atendiese”.
Si encuentra algo que reprochar al autor reseñado, se lo calla educadamente. No hace lo mismo cuando se trata de criticar la “miopía socialista” o la “intransigencia nacionalista” que –en su opinión— han llevado a nuestros estudiantes a “una brutal ignorancia en materia de Humanidades”; tampoco cuando el editor no respeta los modos eruditos habituales: “Lamentamos que una vez más las notas figuren al final del volumen y no a pie de página, que es donde deberían figurar”.
            En principio, nada puede parecer menos atractivo que un acrítico centón con todas esas breves reseñas que Luis Alberto de Cuenca ha ido publicando, desde hace varias décadas, en el suplemento cultural del Abc. Abrimos Libros contra el aburrimiento  —atinado título, sugestiva portada— llenos de prejuicios, pero leemos acá y allá y el entusiasmo con el que se nos habla de la nueva edición de un clásico o de un tebeo, de una obra maestra de la literatura o de una monografía erudita sobre un tema muy menor se nos acaba contagiando.
            Libros contra el aburrimiento nos enseña a leer en simpatía, a no distinguir entre la llamada alta cultura y la cultura popular. Luis Alberto de Cuenca es un sabio, lo sabe todo de muchas cosas, pero eso no le impide glosar “a Mortadelo y Filemón, la pareja de hecho más justamente célebre de la historia del cómic patrio”, con el mismo entusiasmo que el dedicado a Dido y Eneas.
            Misteriosamente, todo lo que nos sobraba en la lectura periodística de estos artículos (las referencias autobiográficas, el irse por las ramas curriculares, los minuciosos detalles bibliográficos) encuentra su sentido en las páginas de este nutrido volumen.
            No solo se reúnen reseñas. Hay lugar también para las necrológicas y en ellas no faltan los curiosos apuntes autobiográficos: “Volvió luego a Galicia –se nos dice de Ramiro Fonte—, y allí le localicé allá por 2003 para que interviniera en el encargo que el presidente Aznar me hizo de poner letra al himno nacional. Al final fuimos cuatro poetas de diferentes regiones españolas –Ramiro, Jon Juarista, Abelardo Linares y el que suscribe— quienes acometimos y dimos fin a aquella empresa, pero fue Jon quien pergeñó la mayor parte de la versión definitiva”.
            La agrupación temática trata de poner orden en este fascinante maremagnum, que dice mucho de los plurales intereses del autor. “Oriente” nos habla, entre otras cosas, del cuento más antiguo del mundo, la mejor novela china y los fantasmas japoneses de Lafcadio Hearn; en “Religión y folklore” los héroes cristianos alternan con Caperucita, los mitos con Internet; dos secciones muy nutridas se dedican al mundo clásico y a la Edad Media; siguen luego, en orden cronológico, los capítulos que van desde el Renacimiento hasta la época contemporánea. Tras hablar de los cómics y del cine, aún hay sitio para dos complementos: “Varia” y “En cursiva”.
            Dejando a un lado las opiniones políticas del autor (que no se cuida de disimular, pero que tampoco exhibe con excesiva frecuencia), lo más discutible del volumen son sus referencias a la literatura contemporánea. De Las moras agraces, el primer libro de Carmen Jodra, nos dice que “ha supuesto para su generación lo mismo que supuso para la mía Arde el mar, de Pedro Gimferrer, mi nunca bien ponderado maestro: una auténtica revolución estética”. Añade que hay un antes y un después de ese libro en la poesía española última, como puede percibir “cualquier lector sensato y sensible”. El artículo se fecha en 2005. Si dudosa resultaba tal afirmación entonces; equivocada sin ninguna duda resulta desde la perspectiva actual.
            Pero bien mirado esas discrepancias no hacen sino añadir encanto a una miscelánea que es como una inagotable biblioteca de Babel. Abierto por cualquier página, nos encontramos con un ameno guía que con erudito entusiasmo nos sugiere la lectura de un libro. Aunque no siempre le hagamos caso, siempre es un placer escucharle.

jueves, 9 de junio de 2011

Manuel Moyano: Todas las aventuras




Manuel Moyano
Teatro de ceniza
Menoscuarto, Palencia, 2011


Pocos géneros literarios se prestan tanto al fraude como el haiku y el microrrelato. Al igual que en el arte conceptual, el espectador tiene que poner tanto de su parte que acaban siendo, en buena medida, cuestión de fe. Aunque no harían falta ejemplos, yo copiaré algunos. De Lydia Davis, “una de las autoras más originales e influyentes de nuestro tiempo”, se acaban de publicar su Cuentos completos (Seix Barral). Son relatos que, según se nos dice, “ha sido celebrados por su agudeza moral, su ingenio formal y su habilidad para capturar una miríada de sensaciones”. Abrimos el volumen por cualquier página y esto es lo que encontramos: “Me preguntas por Edith Wharton. / Sí, me suena mucho el nombre”. Fin del cuento. El titulo: “Perdiendo la memoria”. Volvemos a probar suerte: “Es extraordinario –dice una de las mujeres. / Es extraordinario –dice la otra”. El título: “Se turnan para usar una palabra que les gusta”.
Dora García —“artista sin obra” se ha definido alguna vez— representa a España en la bienal de Venecia. En el reciente número 1000 de un suplemento literario ofrece, como regalo manuscrito, uno de sus muchos relatos: “Un grupo de gente se encuentra en una sala de espera. Cada uno lleva en la solapa una etiqueta con su nombre y algunos datos sobre sí mismo. Pero algunas etiquetas mienten manifiestamente, como esa que cuelga de un hombre con bigote y que dice: Margarita, 14 años, estudiante”.
            Por eso es mayor la sorpresa cuando nos encontramos ante un libro como Teatro de cenizas, de Manuel Moyano. Solo muy rara vez alguna de sus cien piezas condesciende con la ocurrencia más o menos chistosa. El lector va de asombro en asombro. El comienzo del primer relato, “Ocaso de un imperio”, puede llevar a hacernos pensar en un aplicado discípulo de Borges: “Swift inventó el país de Liliput, poblado por hombres diminutos, y Tomás Moro la isla de Utopía, cuya capital es Amauroto. Yo también me dedico a inventar lugares imaginarios”. Y ciertamente a Manuel Moyano le gusta que le comparen con el maestro y por eso en ocasiones trata temas muy característicamente suyos, como ocurre en “Origen del mito”, otra vuelta al tema del Minotauro, no menos sorprendente que el borgiano “La casa de Asterión”, o en “El juego”, donde un hombre consigue la inmortalidad y abomina de ella. No teme ser comparado porque sabe –y no hay mayor elogio— que la mayoría de sus relatos pueden resistir sin desdoro esa comparación.
            Todos los grandes temas de la literatura fantástica, de la literatura de terror, de la narrativa tradicional están aquí, reducidos pero no empequeñecidos, bien reconocibles pero con un toque distinto. No podían faltar las historias de “engaño-desengaño”, el juego con las expectativas del lector. En “El escapista” no tardamos en descubrir quién es el mago que le descubre sus trucos a uno de sus discípulos, sin que eso disminuya el efecto de la irreverente vuelta de tuerca.
            A Manuel Moyano le gusta reescribir a su manera historias conocidas. La técnica de “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier, vuelve a utilizarse en “La bala”, donde la que mató a Kennedy hace el camino inverso desde los Archivos Nacionales del FBI hasta el plomo líquido del que procede. “Chuang Tzu” reinterpreta la fábula, tan grata a Borges, del soñador y la mariposa. Otra variante, más llamativa, es “Despertar”, donde se elimina la duda y en contra de lo esperado el sueño es la gris realidad de todos los días. “Autobús”, aunque aparentemente más convencional, resulta igual de sorprendente.
“Plenilunio” convierte la historia del terrible hombre lobo en la del desdichado lobo que se transforma en hombre las noches de luna llena. “El punto de vista” vuelve sobre las viejas fábulas y no necesita de moraleja para que el asno nos sirva de lección.
En el prólogo, cordialmente ditirámbico, como todos los suyos, pero esta vez no hiperbólico, Luis Alberto de Cuenca subraya el acierto con que se titulan estos relatos. Uno de los más breves dice así: “Vació el bidón de arsénico en la planta potabilizadora que abastecía a toda la ciudad. Sabía que su mujer siempre bebía agua del grifo”. El título añade el contrapunto irónico: “Desproporción”.
Si quisiéramos citar los logros de Teatro de ceniza habría que copiar casi íntegro el índice. No podría, sin embargo, dejar de mencionar el impactante apunte costumbrista titulado “Depresión”, ni dejar de copiar íntegro “Singladura”, que es el último relato del libro y que le sirve de perfecto colofón: “A lo largo de ese día, el viajero recorre a pie las desoladas llanuras de la tundra, navega en una goleta sorteando gigantescos témpanos de hielo, bucea a pulmón entre silentes bosques de coral y de madrépora, se enfrenta a una horda de caníbales, asciende a la cumbre donde un ídolo de oro le dirá el porvenir, enamora a la hija de un rey, mata a un oso con el solo auxilio de una daga. Es tan solo al término de esa larga jornada, cuándo el viajero escucha cómo alguien le indica, en tono apremiante, que ya es hora de cerrar y que debe abandonar inmediatamente la biblioteca”.
También nosotros salimos de este libro prodigioso, al que estamos deseando volver, con la sensación de haber realizado un largo viaje en el que caben todas las aventuras, todos los estremecimientos y todos los deslumbramientos  de la imaginación.

jueves, 2 de junio de 2011

Eduardo Zamacois: Una vida, cien novelas

Eduardo Zamacois
Un hombre que se va…
Edición de Javier Barreiro y Bárbara Minesso
Renacimiento, Sevilla, 2011


Hay escritores a los que es dado asistir a su propia posteridad. Uno de ellos fue Eduardo Zamacois, célebre en las primeras décadas del siglo XX, olvidado después, y que tuvo una fugaz y casi milagrosa resurrección cuando estaba a punto de cumplir noventa años. Zamacois había fundado, en 1907, El cuento semanal, publicación periódica, dedicada a la novela corta que sería largamente imitada y que serviría de revulsivo para la narrativa española. En 1957, medio siglo después, vivía en el exilio argentino de un modesto empleo burocrático (a los ochenta años había comenzado a trabajar por primera vez en algo no relacionado con la literatura); todos en España le daban por muerto. Su mujer –una de sus mujeres, siempre tuvo varias— quiso regalarle una enciclopedia y, al enterarse del precio, preguntó si a los escritores se les hacía algún descuento. “El diez por ciento”, dijo el librero. “¿A qué escritor se refiere usted?”. Ella dijo el nombre de Zamacois y el librero –que se apellidaba Miracle, milagro—, sorprendido, la llevó a su despacho para explicarle que, días antes, un librero de Barcelona le había escrito para pedirle que localizara a los herederos a fin de reeditar una de sus novelas, Memorias de un vagón de ferrocarril.
Hubo entonces un cierto revuelo periodístico a propósito de Zamacois. En 1967, Luis Ponce de León le invitó a volver a España. La carta en la que declina la invitación es un modelo de lucidez: “Yo leo entre líneas lo que dicen los periódicos de mi viaje, y hay en sus comentarios más compasión que aprecio. Es mi edad, antes que mi obra, la que estiman digna de glosarse. Hablan de mí como de un fenómeno biológico. Mis años les interesan más que mis libros”. Renunció por ello al viaje, aunque finalmente volvería en 1969 y se convertiría por un tiempo en escritor de moda. Pero interesaba más, como él suponía, el personaje que la obra.
Y sigue interesando más el personaje. Por eso el libro suyo que se lee con más gusto son sus memorias, Un hombre que se va…, a las que creyó poner punto final a los noventa años, pero a las que aún tuvo ocasión de añadir algún pasaje más cuando se reeditaron en 1969. Moriría dos años después. Había nacido en 1873, el año de la primera República, y se mantuvo lúcido hasta el final.
A Eduardo Zamacois le interesó el género memorialístico desde el principio. De mi vida, la primera entrega, es de 1903. Le siguieron otros títulos, entre los que destaca Años de miseria y de risa (1916), una de las más sugestivas evocaciones de la bohemia finisecular. Todas esas autobiografías parciales culminan en Un hombre que se va…, que es un libro distinto y unitario, aunque a veces repita páginas anteriores.
Un libro inagotable, como inagotable parecía la vida del autor. Hay en él una crónica fiel de la edad de plata, con retratos no retocados de algunos de los autores más ilustres. Esto es lo que nos cuenta de Rubén Darío, de quien un tiempo fue vecino: “El gran poeta abusaba del alcohol y no solía reintegrarse a su domicilio antes del amanecer. Compartía su hogar una mujer joven, de aspecto sencillo, ni fea ni bonita y metida en carnes, llamada Francisca Sánchez. Al par que de compañera actuaba de criada. Nunca se acostaba antes de que regresara su dueño, y cuando oía sus pasos vacilantes acudía a recibirle sin darle tiempo a llamar. Rubén llegaba siempre de mal humor, tenía el vino triste, cuando no agresivo, y a veces la golpeaba. Ella aguantaba el injusto castigo en silencio, pero en más de una ocasión la vimos, medio desnuda, con los cabellos revueltos y el afligido rostro bañado en lágrimas, huir a la calle y buscar refugio en la taberna de la señora Gala, establecida en el piso bajo de la casa”. Tiempo después se la volvería a encontrar casada con José Villacastín, editor y gran admirador de Rubén. La casa en la que vivían, en un pueblecito de Ávila (años después allí la encontraría Carmen Conde), era un verdadero museo del poeta: “Villacastín no se cansaba de hablar de él. Ella, no; ella le recordaba sin entusiasmo, sin cariño, y llegué a persuadirme de que la humildad con que en todo momento aceptó sus desafueros, obra fue de su nativa inclinación a obedecer, y no de amor al hombre, y menos de veneración al artista”.
Hay también en Un hombre que se va… una novela picaresca en la que el protagonista nos cuenta los mil y un engaños de los que se vale para escapar de la miseria. Sin rubor alguno refiere Zamacois de las trampas de las que se valió para burlar a sus acreedores. “Los lances turbios del camino” titula el subcapítulo en que nos narra su estafa a un hostelero de Berna.
Las memorias de un émulo de Casanova encontramos igualmente en este libro. Eduardo Zamacois fue un seductor que nunca tuvo que hacer ningún esfuerzo para seducir a nadie. Se limitaba a dejarse querer, y –si hemos de hacerle caso— nunca faltaron mujeres que estaban dispuestas a dejarlo todo por seguirle o por solo una aventura de una noche. Él era incapaz de decir que no, y por eso, más de una vez, tuvo que resignarse a compartir su vida con varias parejas al mismo tiempo.
Pero interesan más las páginas en que deja constancia del tiempo que le ha tocado vivir. Hace menos de un siglo, en los civilizados Estados Unidos, se hacía justicia de esta manera: “Una madrugada, el español Manuel Ugarte y otros amigos, me despertaron para invitarme a ver un linchamiento. Me vestí en un santiamén y les seguí. Se trataba de un negro que había atropellado a una joven blanca. El delincuente ya estaba preso, pero centenares de hombres y mujeres lo reclamaban, para destrozarlo, y se encaminaban a la cárcel precedidos y como al abrigo de un automóvil en que, pidiendo venganza a gritos, iba el padre de la víctima. Los policías, al ver acercarse la turba, hicieron ademán de disparar sus fusiles; mas no tiraron, y los asaltantes, que lo sabían, invadieron el recinto carcelario, de donde sacaron a rastras al negro. Cuando le ahorcaron, colgándole de un árbol, ya había muerto y su cadáver, destripado a puntapiés, era una masa gelatinosa, informe, rojinegra, cosida a puñaladas y a balazos. Poco después, su aparato genital lo exhibían, dentro de un frasco, en un lugar céntrico, y eran las mujeres, lujuriosas y crueles, como las Euménides de la fábula, las que lo miraban con mayor afán”.

jueves, 26 de mayo de 2011

Un enigma llamado Luis Cernuda

Antonio Rivero Taravillo
Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963)
Tusquets, Barcelona, 2011



El 15 de febrero de 1938, tras un largo viaje en tren, Luis Cernuda llega a París; no volverá a pisar tierra española. Así comienza el segundo tomo, Años de exilio, de la biografía que Antonio Rivero Taravillo le ha dedicado con un rigor y una minuciosidad poco frecuentes. Lo esencial de esa vida ya lo había contado el propio poeta en “Historial de un libro”; faltaban los últimos años, los de Desolación de la Quimera, y los pequeños detalles exactos.
Quizá Cernuda, como el poeta menor del poema de Borges, hubiera preferido “ser la ceniza de que está hecho el olvido” al recuento de las “triviales miserias” que conforman su vida, cualquier vida. La suya no fue particularmente aventurera; esta biografía, por ello, no es para todos los públicos, sino solo para los lectores devotos del poeta. Que después de ella sigue siendo un enigma, como lo fue en vida para todos los que le conocieron.
Curioso resulta que, de un autor que se ha convertido en icono homosexual, no se documente ninguna relación sexual. Gregorio Prieto, amigo suyo aunque de carácter completamente opuesto, habló de que parecía haber hecho voto de castidad; sus palabras fueron tomadas a broma, pero nada en esta biografía las desmiente.
El capítulo más ejemplar al respecto, también el más conmovedor, es el que cuenta su relación con Salvador Alighieri, el joven mejicano que inspiró los “Poemas para un cuerpo”, el menos carnal y sensual de los cancioneros amorosos, a pesar de su título. Luis Cernuda, de cincuenta años, conoció a Salvador, que entonces tenía veinte, en un gimnasio. El poeta hacía ejercicios ligeros para mantenerse en forma; el joven entrenaba todos los días para participar en concursos de culturismo. Luis Cernuda –por su edad y por ser español— fue objeto de algunas bromas y Salvador salió en su defensa. Medio siglo después, cuando le localizaron los biógrafos del poeta, ha recordado la historia de aquella amistad: “Los compañeros del gimnasio se burlaban luego de mí. Me decían ya llegó tu tío o no está tu tío. Cuál tío, es mi amigo, les replicaba yo. Lo hacían nada más que por molestarme. Pronto nos hicimos muy amigos. Luis me regañaba y aconsejaba como si fuera un padre. Íbamos a un café, el Night and Day, y ahí insistía en que no fuera tan loco, que me dejara de aventuras y respetara a mi mujer, porque yo, aunque muy joven entonces, ya estaba casado y tenía un hijo. También le visitaba a veces, primero en el hotel en que vivía, luego en su piso. Yo me ponía a hacer flexiones en la alfombra, mientras él me miraba, fumaba en pipa y hacía apuntes. Nunca leí nada de lo que escribía, ni le pedí que me lo leyera. Fui un tonto, pero creí que era una falta de educación ver lo que estaba haciendo. A veces, cuando yo estaba allí, llegaban algunos amigos suyos escritores. Tomaban copas, pero él apenas bebía. Yo quedaba fuera de la conversación, no podía yo meter mi cuchara para opinar porque eran personas muy inteligentes para mí. Luis hacía huevos muy ricos, una torta de huevos y le ponía un poco de leche a los huevos. La hacía para que cenáramos los dos. Ya después, con la confianza que me daba, yo me metía en la cocina y hacía algo. A veces él venía a mi casa. Muchas veces él y yo fuimos a la biblioteca de Benjamín Franklin a sacar libros para estudiar, para sacar lo de química; él me acompañaba y en su casa estudié mucho mientras él escribía, a veces hasta dos horas. También fuimos juntos a la playa. Me decía: Tengo vacaciones y me quiero ir al mar, ¿vienes conmigo? Íbamos a Acapulco, a un hotel frente a la playa de la Roqueta. Mientras yo nadaba en la playa o en la piscina, él solía fumar en pipa y escribir. Le gustaba mucho fumar una pipa. Debo decir que me ayudaba no solo moral sino económicamente; una vez me dijo con su acento andaluz: Hombre, Salvaor, no tienes zapatos, te voy a comprar unos. Yo participaba en competiciones de culturismo, y gané varias. En una me nombraron Míster Espalda, y él se reía y me decía, hombre, la mejor espada de México porque se habían equivocado en la revista y le había faltado la ele, y me vacilaba, y me tomaba el pelo. Íbamos al cine, al Olimpia, y cenábamos luego en un restaurante cercano, el Danubio. A mí me daba algo de vergüenza porque siempre pagaba él. Yo desaparecía a menudo sin avisar y luego él me regañaba: ¡Ay, Salvaor, tienes culo de mal asiento! Lo que hubo entre nosotros fue una gran amistad, algún abrazo, algún beso en la mejilla. Él no era amanerado, era un señor. Me ayudó bastante, la verdad. No he vuelto a tener un amigo como él, esos amigos se tienen una sola vez en la vida, y hoy le extraño mucho”.
En 1956, Salvador Alighieri decidió irse sin avisar a Estados Unidos y desapareció para siempre de la vida del poeta. ¿Para siempre? Años después, tras una visita solitaria a la playa de la Roqueta, escribió: “En la hora de la muerte / (si puede el hombre para ella / hacer presagios, cálculos), / tu imagen a mi lado / acaso me sonría como hoy me ha sonreído, / iluminando este existir oscuro y apartado / con el amor, única luz del mundo”.
A propósito de Luis de Baviera, en el poema a él dedicado, afirma Cernuda: “Las sombras de sus sueños eran para él la verdad de la vida”. Hablaba, como siempre en La realidad y el deseo, de sí mismo, sin dejar por eso de hablar de cada uno de nosotros. El amor, única luz del mundo, puede existir el amado ni siquiera llegue a enterarse: “Tu presencia / y mi amor. Eso basta”.
Antonio Rivero Taravillo, a propósito de ciertos comentarios vagamente antisemitas, declara que no ha pretendido escribir una hagiografía de Cernuda. No lo ha hecho. Nos lo presenta con todas sus sombras y todo su esquinado carácter. No era simpático Cernuda, lo sabíamos bien, pero no por eso, como esta biografía demuestra cumplidamente, su ascética vida al servicio de la poesía resulta menos ejemplar.