Antoine Compagnon
Colette
Traducción de Núria Petit
Acantilado. Barcelona, 2026.
Es
posible que el medio no sea el mensaje, en contra de lo que dijo, con evidente
exageración McLuhan, pero de lo que no hay duda es de que el medio condiciona
el mensaje.
En
ninguna parte de esta edición española de Un été avec Colette se nos
indica que se trata de la versión en libro de un programa radiofónico emitido
durante el verano de 2021 por France Inter. Forma parte de una serie en la que
Antoine Compagnon, ilustre catedrático en la Sorbona y en Columbia University,
ya había colaborado en otras ocasiones, lo que explica las palabras de la
introducción: “Tras unos veranos con Montaigne, Baudelaire y Pascal, ¡qué
placer pasar unos meses con Colette, con una mujer que adora las palabras y
siente las cosas, palpa la materia y observa los cuerpos!”
Ese origen radiofónico explica la
brevedad y similar extensión de los capítulos, su carácter temático y
autoconclusivo, su amenidad sin pedanterías. Haberlo indicado en la edición
española no haría desmerecer el volumen, todo lo contrario, le añadiría un
aliciente más, el de poder ir escuchando el original, en la voz del autor, a la
vez que leemos la traducción, ya que el podcast de cada capítulo está colgado
en la red.
Alta divulgación para todos los
públicos, este libro nos devuelve el encanto de una figura como Colette, muy
leída en su tiempo, también en español (en los años sesenta se publicó su obra
completa en cuatro tomos), pero a la que tendemos a olvidar como a todo lo que
damos por consabido.
La hicieron famosa sus escándalos y
sus novelas, pero si literariamente se mantiene viva es por sus colaboraciones
periodísticas luego agrupadas en volúmenes a los que unifica menos el tema que
el tono. “El formato preferido de Colette –nos dice Compagnon-- es corto: el
artículo, el cuento, la crónica. La mayor parte de sus libros son
recopilaciones, a menudo heterogéneas”.
Entre los grandes nombres de la
literatura francesa coetáneos suyos –Claudel, Gide, Proust, Valéry--, supone
una excepción por su origen rural, por su autodidactismo (no era siquiera
bachiller), por haber acompañado su trabajo de escritora con otros que no
tenían que ver ni con la enseñanza ni con la diplomacia, como era habitual: fue
artista de music-hall, actuó en el teatro, creó una marca de cosméticos, aceptó
encargos publicitarios.
Sus primeros libros, la serie de
Claudine, los firmó con el pseudónimo de su primer marido, Willy, a quien se
considera un explotador del talento literario de su joven mujer, pero que fue
algo más. “Se llamaba Henry
Gauthier-Villars --cuenta Compagnon-- y
era todo un personaje. Hijo de un ingeniero propietario de la primera editorial
científica francesa, hermano de un ingeniero que se hizo cargo de la empresa,
pertenecía a la bohemia. Era un crítico musical entendido y uno de los hombres
más célebres de París a finales del siglo XIX, además de un dandy reputado por
su famoso sombreo de copa”. Se ganaba la vida con un taller de producción de
novelas comerciales, firmadas todas, como una garantía de amenidad por Willy,
pero escritas por diversos colaboradores a los que él dirigía y orientaba. No se
trataba –al contrario que Eduardo Aunós, el famoso ministro de Primo de Rivera
y de Franco que, si hubiera leído tantos libros como había publicado, según el
malicioso dicho de Eugenio d’Ors, sería el hombre más culto del mundo— de un simple
firmante de obras escritas por otros, sino el director y orientador de una
empresa de productos literarios: “Willy pergeñaba las historias y las tramas, y
luego subcontrataba el trabajo de redacción: a uno le encargaba las
descripciones, a otro los diálogos. Después reescribía añadiendo juegos de
palabras, retruécanos y alusiones salaces”. El mito romántico que todavía rodea
a la literatura hace que esa forma de trabajar, habitual en los guionistas de
cine y televisión, se considere un secreto inconfesable cuando se aplica en la
industria editorial.
Para
Colette fue “un maestro y un guía”, aunque ella le maltratara siempre en sus
escritos y le llamara “ese cerdo de Willy”. Revisó los manuscritos de sus
primeras novelas –la serie de Claudine-- y escribía en los márgenes algún
elogio y abundantes observaciones críticas que la autora solía tener muy en
cuenta.
Antoine
Compagnon va dedicando cada uno de sus pequeños capítulos a aspectos de la vida
y la obra de Colette: su bisexualidad, que comenzó siendo un tema literario sugerido por Willy, y que nunca trató de ocultar; su relación con el hijo,
todavía adolescente de su segundo marido; sus actuaciones, como mimo y
danzarina, en espectáculos eróticos; su trabajo como empresaria de cosméticos
que no dudaba en maquillar personalmente a sus clientas.
Buena
parte de su obra es autobiográfica, o mejor, anticipa la llamada autoficción,
por eso sus escritos autobiográficos deben tomarse con cierta cautela. Habla a
menudo de su relación con los animales, siempre vivió acompañada de ellos, los
perros y gatos protagonizan algunas de sus mejores páginas, pero no faltó quien
notó que los amaba como los puede amar un domador.
Detestaba
la literatura, en el sentido que le daba Verlaine a este término, y se
vanagloriaba de no haber escrito en su vida un verso. Muchos de sus textos
breves pueden ser considerados, sin embargo, como poemas en prosa. Son una
celebración de los cinco sentidos, principalmente los menos valorados, el gusto
y el olfato.
Al
final de su vida, tras los años de la ocupación, en la que no se mostró
especialmente beligerante con el gobierno de Vichy, se convirtió en una figura
venerable, símbolo de la Francia eterna, defensora de la tradición, contraria a
los avances del feminismo, pero lo más vivo de su obra la desmentía.
Tras
la lectura de esta Colette de Antonine Compagnon, es difícil resistirse
a la tentación de volver a ella y eso es lo mejor que puede decirse de un libro
sobre un escritor.

Amenísimo y wikipédico José Luis, tu reseña se lee como se bebe un vaso de agua en estos días de calores, pero me atrevería a hacerte dos precisiones que espero te parezcan refrescantes. La primera, que no es del todo exacto esto que afirmas: "en los años sesenta se tradujo su obra completa en cuatro tomos". Plaza y Janés, la editorial a la que aludes, se limitó a "reunir", en cuatro tomos, las traducciones que ya existían y las presentó, inexactamente, como las Obras Completas de Colette. Igual había hecho o haría luego con G.K. Chesterton, Rudyard Kipling, André Maurois y algunos otros escritores extraordinarios del siglo XX.
ResponderEliminarLa segunda, que no parece del todo exacto ni justo lo que afirmas sobre la Colette de a partir de los años cuarenta: "Al final de su vida, tras los años de la ocupación, en la que no se mostró especialmente beligerante con el gobierno de Vichy...". La pareja de Colette, en esos momentos -Segunda Guerra Mundial, nazismo...- era judío. ¿Que Colette no se mostró beligerante con los nazis a los setenta años y con problemas de salud y una pareja de raza judía, a la que, por cierto, logró sacar, con dos narices, de la cárcel? No digo más. En fin, que "sintetizas", a veces, demasiado en tus reseñas y te dejas lo mejor.
ResponderEliminarUn lapsus lo de escribir "se tradujo en cuatro tomos" en lugar de "se publicó en cuatro tomos", que es lo que yo teníe en mente. Ya está corregido. Muchas gracias por señalármelo, Abelardo.
ResponderEliminarPor cierto, Abelardo, no sé si has visto un epigrama anónimo que anda circulando por las redes. Me dicen que es de Villamediana, pero yo no acabo de creérmelo. Te lo copio:
ResponderEliminarDicen que Chaves Nogales
escribió "Guerra total"
y que ocultó su autoría
para darle una alegría
a cierto editor cabal
con los cuantiosos caudales
que iba a hacerle ganar.
Yo escucho, y nada comento.
Si todo en la vida es cuento,
poco importa un cuento más.
Le estoy muy agradecido a ese humilde poeta anónimo y me congratulo (en esta especial ocasión) de que rime "total" con " "cabal" y no con "animal" o -incluso- con "orinal" como quizás haya sido su primera intención.
ResponderEliminarCon esas palabras el octosílabo se convertiría en eneasílabo, Abelardo. Y luego andas siempre presumiendo de buen oído!
ResponderEliminarJosé Luis, yo no "ando presumiento" como tú. Yo, para presumir, me tengo que parar. En cualquier caso, los romances riman cada dos versos. Hay sílabas suficientes para que puedas colocar el orinal.
ResponderEliminarPara don José Luis —y esquivando los tiros—: me permito llamarle la atención sobre mi blog de traducción poética clandestino (a mi pesar y por mi torpeza, seguramente) ochoislas.tumblr.com que acumula ya más de tres mil esforzadas y amorosas entradas con versiones de siete lenguas (y algunas más en colaboración). En algún remoto tiempo ya se interesó usted por mi huraña labor... y luego conozco su amor por la traducción de poesía, visto, además de su traslación de maestros de la lírica portuguesa, el celo con que procura recuperar textos de capital influencia, como fueron 'La poesía francesa moderna' o los 'Poemas arábigo-andaluces'... A falta de otro medio de contacto, lo hago por aquí. Sólo dudaba en incluir mi enlace, no lo leyera el señor Linares y me pusiera a trabajar de balde.
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