jueves, 28 de octubre de 2010

Berta Piñán: Historias de familia


Berta Piñán
La mancadura (El daño)
Trea, Gijón, 2010
Edición bilingüe


En la poesía norteamericana y canadiense, y en especial en la poesía escrita por mujeres (Margaret Randall, Adrienne Rich, Anne Sexton), aprendió Berta Piñán, según nos dice en la nota final a su último libro, “que la biografía más común puede convertirse en materia poética”.
La biografía más común: sus poemas nos hablan de abuelos que estuvieron en la guerra, de padres emigrantes, de viejos rencores y reconciliaciones, de recuerdos de infancia, de amores y desamores. Y lo hace con una palabra clara, en el lenguaje de la conversación, pero sin desdeñar, de vez en cuando, la imagen deslumbrante, el toque memorable.
No tiene inconveniente en homenajear expresamente a sus maestros: “A la manera de Zsymborska” se titula un poema; “Variaciones en un poema de Eugénio de Andrade”, otro. De Wislawa Szymborska aprendió a expresar la metafísica de lo cotidiano, a decir las cosas más trascendentales en voz baja y con el mismo tono educado que si hablara del tiempo; de Eugénio de Andrade, el despojamiento, el arte de la elipsis, el convertir el poema en un puñado de imágenes verdaderas.
Cada manera de entender la poesía tiene sus riesgos, y los de Berta Piñán son evidentes: la falacia patética, la banalidad sentimental (incluso cierta incursión en el costumbrismo). Acierta a evitarlos casi siempre, aunque a veces los bordea peligrosamente. No es un acierto comenzar el libro con “Idiomes”, un poema sobre la emigración que no acaba de convencer en su simplista oposición entre padres que hablan en asturiano e hijos que hablan en alemán. El final de “Saqueo” carece de fuerza, especialmente en la versión castellana: “Arrampleste con too: / inclusive aquello que nunca / fuéramos tener” (Te lo has llevado todo: / incluso lo que nunca / hubiésemos tenido).
Pero son excepciones en un libro en el que abundan los poemas a los que volveremos una y otra vez, que se nos quedan para siempre en la memoria. El primero de ellos, “Nel balcón”, un poema que parece hecho de nada: en el balcón de enfrente una mujer, ya no joven, mordisquea una manzana, saborea el instante, aplaza el momento de adentrarse para siempre en la oscuridad. No menos memorable resulta “Aire de familia”, una versión personal de “Contra Gil de Biedma”, un homenaje también a tantos poemas de Francisco Brines en los que el poeta adulto se enfrenta al niño o al joven que fue.
De entre los muchos poemas de amor que hay en el libro, yo destacaría “Llámame”: “Llámame, anque seya tarde / y faiga fríu, / anque los brotos del xardín yá podrecieren / y el ríu medrara na to ausencia, / como miedren les hores / na cama d’un enfermu” (Llámame, aunque ya sea tarde / y haga frío, / aunque los brotes del jardín se hayan secado / y el río haya crecido en tu ausencia / como crecen las horas / en la cama de un enfermo). Y también “1956. Cantar d’aniversariu”, aparentemente solo un recuento de los sucesos de un año, aquel en que nació la persona amada.
El riesgo de la falacia patética está a un paso, ya lo dije, el confundir la emoción de lo que se nos cuenta con la emoción del poema. Por eso destaca especialmente “Pequeña Esha”, que al principio parece solo una postal turística: “En Katmandú, a estes hores, / les solombres tomen, a modo, / les cayes y les places, / los puestos del mercáu, / y hai como una galbana azul de páxaros / en ciulu” (En Katmandú, a estas horas, / las sombras inundan poco a poco, / las calles y las plazas, / los puestos del mercado, / y hay como una pereza azul de pájaros / rondando por el cielo”. Ningún desbordamiento sentimental (todo lo contrario: una aparente frialdad) en unos versos que hablan de una madre que aguarda la entrega de su hija adoptiva (cada una en un extremo del mundo).
En “Genealogía” se refiere la autora, que tantos versos ha dedicado a contar historias de familia, a su genealogía literaria, a las escritoras que la han ayudado a ser lo que es. Casi todas son poetas de ahora, mujeres del siglo XX. Hay una excepción al comienzo: “La rosa que cortó George Sand, / el so arume furtivu / nesta tarde tovía de seronda” (La rosa que cortó George Sand / su perfume furtivo / en esta tarde última de otoño). De George Sand, más que su literatura, se admira su ejemplo personal: no se resignó al papel que en su tiempo se asignaba a las mujeres.
La mancadura (El daño) no es un libro que resulte explícitamente reivindicativo. Pero es un libro que no podría haberse escrito hace unas décadas (aun suponiéndole a la autora idénticas experiencias). Detrás de estos versos de tanta naturalidad, tan aparentemente directos, se encuentra el esfuerzo de docenas de poetas, estudiosas y activistas por eliminar la costra de siglos de prejuicios sobre el hombre y contra la mujer. Hicieron falta muchas reivindicaciones para que, en poesía al menos, ya no sea necesario reivindicar nada.
La poesía de Berta Piñán, como ocurre siempre con la gran poesía, nos habla a todos y habla de todos, hombres y mujeres, pero lo hace con un matiz, con una emoción inédita o poco frecuente en la tradición literaria. Y eso le añade un valor y un sabor distintos.

jueves, 21 de octubre de 2010

José-Carlos Mainer: Un novísimo en la cátedra

José-Carlos Mainer
Galería de retratos
La Veleta, Granada, 2010


No es muy partidario José-Carlos Mainer del método generacional (siempre que puede muestra su aversión a los “estereotipos generacionales”), pero no deja de resultar ilustrativo encuadrarle dentro de los novísimos, como a sus coetáneos Carnero y Gimferrer. En 1970, poco antes de que apareciera la famosa antología, en la sede de Seix Barral, Gimferrer le presentó a Francisco Ayala y le dio ocasión de publicar su primer libro: una edición, brillantemente prologada, de las prosas vanguardistas del escritor granadino (Cazador en el alba y otras imaginaciones). Ese libro –al igual que las antologías de la poesía prerromántica y modernista que prepararon Carnero y Gimferrer— era también un manifiesto generacional, un ataque contra el adocenamiento de la literatura de posguerra.
El encuentro con Gimferrer se recuerda al comienzo de la semblanza dedicada a Ayala. No es el único apunte autobiográfico de estas páginas (el más emotivo está al final del capítulo sobre Historia del corazón), que son fruto de encargos ocasionales (un centenario, un congreso), pero que nunca se limitan a hacer acopio de erudición más o menos consabida para salir del trámite. A fin de cuentas, “un buen encargo es el que te pone en marcha hacia un lugar al que querías llegar”, como ha declarado –y Mainer lo cita— el pintor Antonio López.
De sus rupturistas comienzos generacionales, ha conservado Mainer un cierto gusto por el epíteto descalificador que, en su disonancia del habitual tono académico, suele añadir un tono de verdad y pasión a unos textos que nunca quieren ser asépticamente distantes. Claro que a veces parece pasarse un poco. Sonreímos cuando le oímos llamar “rufián pretencioso” a El Caballero Audaz, de verdadero nombre José María Carretero Novillo, “dos apellidos que definían mejor la grosería espiritual y la acometividad del autor que el refitolero seudónimo que le hizo famoso”. Pero no podemos dejar de sentir extrañeza cuando califica a Dámaso Alonso de “poetastro franquista”. Claro que quizá se trate solo de un pequeño lapsus erudito. Tras aludir al poema de Cernuda “Otra vez, con sentimiento”, añade que está “enderezado contra el poetastro franquista que llamó ‘mi príncipe’ a Lorca”. Pero fue Dámaso Alonso (y no López Anglada o algún otro oscuro poeta de la época) quien le llamó así en un famoso artículo sobre la generación del 27. Y es a él a quien alude el ofensivo verso final: “¿Príncipe tú de un sapo?”.
Con una muy ilustrativa introducción sobre “las vidas de los artistas y el género del retrato” comienza un libro que nos lleva desde Emilio Castelar hasta Juan Marsé. Aunque en el título se habla de retratos, se suele analizar más la obra que la estricta biografía. Hay autores poco conocidos, como el noventayochista Rodrigo Soriano, primero amigo y luego rival de Blasco Ibáñez en las filas del republicanismo, y otros de los que se ha escrito mucho, quizá demasiado, como Baroja o Cernuda. De los primeros se nos ofrece abundante información de primera mano; de los segundos, se acierta siempre a buscar un sesgo inédito. Ejemplar resulta el comienzo de las páginas dedicadas a Cernuda. Se alude a un artículo de 1932 en que el poeta describe su cuarto ideal de trabajo. En él hay “un significativo bodegón de libros desordenados”. Tras referirse a esos libros, añade Mainer: “Las ‘bibliotecas imaginarias’ como artificio para describir la intimidad intelectual de un personaje son un modo de écfrasis que algún día habrá que estudiar con detalle. O quizá baste con ofrecer una antología de ellas; hay mucho donde elegir”.
De tales ideas fértiles, desarrolladas o apenas apuntadas, están llenas todas las páginas de José-Carlos Mainer, un estudioso con imaginación creadora que sabe convertir la erudición en una fiesta de la inteligencia.
Como no podía ser de otra manera, no todos estos veinte retratos (que no son tales en la mayoría de los casos, como ya he apuntado) están a la misma altura. El gusto poético de Mainer no parece tan firme como el que muestra en otros géneros literarios, especialmente la narrativa y el ensayo. En su opinión, lo mejor que escribió Alberti tras su retorno a España “fue a parar a Versos sueltos de cada día”. Es opinión que no comparto y para refutarle me bastan los mismos ejemplos que él cita, especialmente el “inquietante y logradísimo bodegón de un desayuno” con que cierra las páginas que le dedica al poeta: “Tazas, yogurt y cáscaras de huevos. / Viento. Fuera los árboles. / Se ha quedado vacío el comedor”. Ni la inquietud ni el logro se ven por ninguna parte.
Más acierto muestra cuando rescata un breve poema de Joaquín Bartrina (el olvidado autor de unos versos famosos: “Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices”): “Lo sublime es sencillo. A la infinita / combinación de líneas que en el lienzo / deja el pincel que un fuego sacro agita; / a las notas sin fin en que se agota / la inspiración del músico más pura, / la música prefiero y la pintura / del mar, que es una línea y una nota”.
Los estudios sobre literatura rara vez son literatura. José-Carlos Mainer ha sabido convertir la investigación académica (que a menudo no pasa de “basura curricular”) en un género literario más. Cuando se mencionen los nombres principales de la generación novísima, cuando se hable del cambio estético que se produjo a finales de los sesenta, no se le debe dejar al margen. Su erudición es otra forma de creación.

jueves, 14 de octubre de 2010

Enrique Baltanás: Ocurrente volatería


Enrique Baltanás
Minoría absoluta
La Veleta, Granada, 2010



Hay tres géneros –o subgéneros— literarios en que parece borrarse la diferencia entre el profesional y el aficionado, o mejor dicho, en que una buena selección de textos escritos por aficionados puede competir con el más afamado autor. Se trata del haiku, el microrrelato y la greguería.
No todo el mundo estará de acuerdo, ciertamente, y en especial los cultivadores de alguno de esos géneros. Pero resulta fácil hacer el experimento. Para ello no tenemos más que entremezclar haikus de Basho y de cualquier taller literario, greguerías de Ramón y otras escritas por escolares de diez años, microrrelatos de alguna afamada antología y otros de gentes anónimas que participan en un concurso periodístico. La confusión no es posible si se trata de sonetos, ensayos o relatos de cierta extensión.
En los textos breves, el autor importa menos que el afortunado azar, una buena selección y un lector cómplice. El burro de la fábula, que toca la flauta por casualidad, puede escribir “cuando se despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”, e incluso cosas mejores, pero no Pedro Páramo ni “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
En Minoría absoluta Enrique Baltanás ha reunido, con vaga organización temática, un conjunto de ocurrencias, de muy desigual valor, a las que parece denominar “volaterías” (y quizá ese debería ser el título, o el subtítulo, del libro, ya que a él se refiere la cita inicial y aluden muchas de las frases: “Con el frío, la volatería también se encoge”).
Abundan las greguerías (“El tiempo, en el reloj de sol, se detiene cortés un momento para dejar pasar una nube”, “La naturaleza, cuando siente ganas de viajar, se coloca un gabán de viento”), en algunos casos muy ingenuamente ramonianas: “La tinta china debería ser amarilla”, “La a tiene siempre la cara redonda y gordezuela del que ha comido bien y es feliz”).
No escasean los sobreentendidos, que limitan el interés a unos pocos iniciados. Para encontrarle sentido, aunque no gracia, a “El aire de la calle Aire trae olores de primeras ediciones del 27” hace falta saber que Cernuda nació en esa calle. “Duda sevillana: ¿Conget o con jota?” no pasa de chiste privado que no debería haber pasado de ocurrencia de sobremesa (José María Conget es un admirado escritor aragonés residente en Sevilla). “Yo habría cambiado levemente la nota de Primo de Rivera: eximio ciudadano y extravagante escritor”: no habría estado mal mencionar a Valle-Inclán.
Afortunadamente no abundan las anotaciones que transparentan la ideología del autor sobre polémicas recientes. Un ejemplo: “Republicano: alguien que cree que el Rey es el culpable de todo. En España: persona de escasa memoria, pero que suele presumir de lo contrario”. Dan ganas de tachar y escribir: “Republicano: alguien que cree que, en una democracia, los cargos públicos deben ser todos electivos”. De esa y de otras afirmaciones de dudoso humor cavernícola (“Las feministas son unas señoras a las que el sexo se les ha subido a la cabeza”) se justifica el autor con un apunte autobiográfico: “Me he pasado media vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”.
Y como todos los reaccionarios no se priva, entre muchas anotaciones inteligentes sobre su oficio de profesor (“Enseñar es mi manera de aprender”), de arremeter contra presuntos nuevos métodos pedagógicos: “Era natural que los pedagogos modernos desterraran el dictado de las aulas. Era inevitable que estos linces confundieran el dictado con la dictadura”. Me gustaría encontrar a uno de esos linces. Qué fácil resulta arremeter contra espantajos que uno inventa.
Podemos encontrar muchos más tropiezos en esta Minoría absoluta (apenas hay página sin alguno), pero eso no disminuye el interés del volumen. No se ha solido subrayar esa característica de las colecciones de haikus, aforismos, microrrelatos: nunca son enteramente prescindibles, siempre encierran alguna sorpresa. Si el autor (o el antólogo) no ha sido exigente, al lector le queda la grata labor de picotear acá y allá hasta dar con el hallazgo. O de reescribir, para dejar a su gusto, borrosas intuiciones. Lo primero, y algo de lo segundo, es lo que hago yo a continuación.

“El egoísmo es como el viento: solo lo percibimos cuando choca con algo”.

“No es arte si no consigues enterarte”.

“Si no consigues enterarte, no siempre es culpa del arte”.

“El ingenio es una trampa en la que caen los tontos y los que se pasan de listos”.

“Cuando soplo en el espejo siento cierto alivio: aún logro empañarlo”.

“La elipsis es la goma de borrar de la Retórica”.

“Los poetas le ponen letra a la melodía inaudible de nuestra vida”.

“Para practicar el amor libre hay que comenzar por librarse del amor”

“A la mano del pirómano la llama la llama”

“Con las metáforas cosemos y zurcimos el traje del mundo”.

“La ideología nos ayuda a no enterarnos más que de lo que nos conviene”.

“El presente de la felicidad está siempre en el pasado”.

“Ir contra la tradición es una tradición y una contradicción”.

“Las cosas verdaderamente grandes solo las hacen quienes no saben lo que hacen”.

jueves, 7 de octubre de 2010

Blanco White y Goytisolo: Lo que va de ayer a hoy


Juan Goytisolo
El Español y la independencia de Hispanoamérica
Taurus, Madrid, 2010



En la historia de la literatura española, pocos personajes tan enigmáticos como José María Blanco White. Denostado, marginado, olvidado durante siglo y medio, en 1972 Juan Goytisolo llamó la atención sobre él con un extenso y apasionado estudio que comenzaba de rotunda manera: “La historia de la literatura española está por hacer: la actualmente al uso lleva la impronta inconfundible de nuestra sempiterna derecha”. El prólogo de Goytisolo a la Obra inglesa de Blanco White es algo más que la reivindicación de un escritor olvidado: forma parte de la lucha antifranquista (la censura impidió que se publicara en España) y es también un nada velado intento de autorretrato. En las líneas finales leemos: “Acabo ya y solo ahora advierto que al hablar de Blanco White no he cesado de hablar de mí mismo”. El lector más desatento ya se había dado cuenta de ello bastante antes.
Casi cuarenta años después vuelve Goytisolo a prologar una selección de escritos de Blanco White (la portada del libro es engañosa: el autor del volumen que comentamos es Blanco White, no Goytisolo). Se trata de artículos aparecidos en el periódico El Español, que dirigió en Londres entre 1810 y 1814. La consideración de la obra de Blanco White es actualmente muy distinta, casi opuesta, de la que tenía en 1972. Como ha escrito su biógrafo, Fernando Durán López, “quejarse hoy de que se posterga a Blanco White sería repetir un tópico por pura pereza mental, puesto que […] es ya uno de los literatos que mejor se conoce y acaso el más editado de su generación”.
Las ideas de Goytisolo no han variado, hasta el punto de que, al resumir el contenido de los artículos de El Español que antologa (los referidos a la independencia de América), no duda en reproducir lo que de ellos decía en el libro “publicado en Buenos Aires hace casi 40 años”, puesto que “sintetizan de modo cabal” su “actual visión de la perspectiva histórica del autor”. No solo la visión “actual” es exactamente la misma en ese aspecto. También ahora, como entonces, se cuida Goytisolo de subrayar sus paralelismos con Blanco White, “quien, como algunos escritores excepcionales, manifestaría su pertenencia al país nativo en forma de rechazo y desposesión”. Ni de establecer una y otra vez extemporáneos parangones con el franquismo: “Como el lector apreciará, el lenguaje de la censura, cualquiera que sea su orientación política, es atemporal e inmutable. El franquismo que conocí en mi juventud no inventó nada”.
No aprovecha Goytisolo este nuevo acercamiento para darnos una visión de Blanco White más ajustada, menos deformada por la insuficiente información que se tenía en los años setenta y por los prejuicios propios.
El Español era una revista puesta al servicio de los intereses del gobierno británico y parcialmente financiada con fondos del Foreign Office, más o menos secretos. Blanco White propugnaba la subordinación de las tropas españolas (que consideraba particularmente ineficaces) a las británicas, incluso alguna vez insinuó la posibilidad de que un general inglés sustituyera a la Regencia gaditana, formándose así una especie de dictadura británica en España. El radicalismo liberal de sus primeros momentos (los del Semanario patriótico) estaba ya muy atemperado, y sus críticas a las cortes gaditanas coincidían, en muchos puntos, con las de las más conservadores. Hasta tal punto es así que, cuando Fernando VII recupera el poder absoluto, los absolutistas se ponen en contacto con él para que defienda la nueva situación desde las páginas de El Español. El ministro de Estado pidió al embajador en Londres que tratara de conseguir que BlancoWhite espiara a los emigrados liberales y escribiera a favor del nuevo régimen. A cambio de ello, “sería remunerado como quisiere por la Corte”. Blanco White rechazó la oferta, pero no se sintió ofendido por ella, afirmó que renunciaba al periodismo, pero que si volvía a él sería para combatir “los disparates que ve extendidos por el público contra España”. Contra la España del recién regresado Fernando VII, se entiende.
La poliédrica, cambiante, contradictoria figura de Blanco White no se puede ajustar a ningún esquema previo. Goytisolo, simplificando hasta la caricatura, considera que es “la fuente y raíz del creciente movimiento de rechazo al actual semiconfesionalismo encubierto y a los privilegios otorgados a la Iglesia católica por los Acuerdos de 1979 entre España y el Vaticano”.
La historia de la literatura no la escriben solo los historiadores de la literatura. También los creadores tienen su papel. Azorín, a principios de siglo; Goytisolo en los años sesenta y setenta; Andrés Trapiello, ahora mismo, cumplen la función de destacar autores y obras olvidados, o ensombrecidos, por la grisura académica. No importa que no sean demasiado eruditos, que confundan algún dato, si son buenos lectores. Lo malo es cuando pretenden sustituir a la crítica académica y se esfuerzan en sostenella y no enmendalla. Es lo que hace Juan Goytisolo en esta desvaída nueva aproximación a un escritor singular, al que cada vez se conoce más, pero que sigue siendo un enigma. Sacerdote católico, abjuró del catolicismo; español, puso todo su empeño en dejar de serlo (y ayudó a los presuntos españoles de América a que se convirtieran en mexicanos, argentinos, chileno…); traidor a unos y a otros por no querer ser nunca ser infiel a su conciencia.
Este desvaído aporte nuevo de Juan Goytisolo a la figura de Blanco White nos hace añorar las vibrantes (no importa si a veces equivocadas) páginas de 1972, que son ya parte de nuestra historia intelectual. No será enteramente inútil si llama la atención de algunos lectores sobre un autor contradictorio y magistral, huidizo y deslumbrante, cuya capacidad de fascinación dista mucho de haberse agotado.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Luis Alberto de Cuenca: Frivolidad y desolación

Luis Alberto de Cuenca
El reino blanco
Visor, Madrid, 2010
El Cuervo y otros poemas góticos
Reino de Cordelia, Madrid, 2010



Hay muchas maneras de entender la poesía, y cada una de ellas tiene sus riesgos. Para Luis Alberto de Cuenca “la poesía no ha de ser un tedioso / festín esencialista e incomprensible para / los miembros de una secta”, sino “una fiesta alegre / y comunicativa en que quepamos todos / los hombres y mujeres del planeta”, según nos dice en uno de los homenajes de El reino blanco a Agustín de Foxá.
No todos sus poemas pueden considerarse como “una fiesta alegre”, pero no hay ninguno que no sea “comunicativo”, que no busque la claridad expresiva. El riesgo de esa manera de entender la poesía es la banalidad y el prosaísmo. A veces parece olvidarse de que está escribiendo un poema y lo confunde con un artículo que no desdeña el tópico ni la frase hecha. “La más alta poesía que surgió de su pluma / figura en esas páginas” nos dice a propósito de El almendro y la espada, de Agustín de Foxá. Y en el poema siguiente: “Foxá, que lleva muerto tantos años, / seguirá vivo en Cui-Ping-Sing, su obra / maestra, que escribió en el 38 / y dio a la luz un par de años después”.
Nada perdería El reino blanco si tacháramos medio centenar de los textos que incluye. O quizá sí: ganaría en concentración expresiva, pero perdería parte de su encanto. Porque lo que caracteriza a Luis Alberto de Cuenca es tocar todos los registros, no desdeñar ningún tema, por frívolo o melodramático que pueda parecer.
Comienza el libro con un conjunto de “Sueños”, de relatos oníricos que cuentan historias confusas de la más clara manera; muchos de los poemas de Luis Alberto de Cuenca, no solo los que se incluyen en esta sección, tienen una estructura semejante. Destacan el “Sueño de mi padre” y “La maleta perdida”; “Sueño turco” incurre en el humor absurdo.
“Hojas de otoño” incluye algún retórico soneto, un buen poema, “La muerta enamorada”, en la línea que se antologa en El Cuervo y otros poemas góticos, y “La maltratada”, una muestra de que al autor ningún tema le es ajeno; en este caso uno que es noticia casi diaria: la violencia de género.
“Puertas y paisajes” termina con un “Elogio del sujetador”: “Sujetadores negros, rojos, verdes / (como en Irma la Douce), sujetadores / que realzan el busto, maravillas / de encaje, seda, blonda, tul o raso, / máscaras que, al caer, dejan las pomas / del pecho temblorosas e indefensas, / no habéis dejado de inspirarme nunca”. La poesía rococó del siglo XVIII ha encontrado en el Luis Alberto de Cuenca juguetón, decorativo y fetichista su mejor heredero.
“Fetichista” es el adjetivo que aplica a las cinco seguidillas que, junto unos cuantos haikus asonantados, integran la sección siguiente. No dejan de tener gracia: “¿De qué armario de diosa / mesopotámica / sale tu lencería / de seda grana? / —De un millonario / que es quien ha renovado / mi vestuario”. Otro poeta dudaría en incluir esas chistosas ocurrencias junto a sus poemas mayores. Y no dudaría en tachar algún haiku: “El dinosaurio / de tus sueños se ha vuelto / vegetariano”.
“Caprichos” y “Homenajes” se titulan las dos secciones siguientes; caprichos y homenajes son buena parte de los poemas de Luis Alberto de Cuenca. En la primera abundan las historias disparatadas, las mujeres perversas, las fábulas sin moraleja; uno de esos poemas, “Las cuatro heridas”, parece propio –como tantos otros suyos— de un Campoamor postmoderno, de un Campoamor guionista de Almodóvar. Los “Homenajes” hablan del placer de la lectura, del gozo de la biblioteca (a Luis Alberto de Cuenca le gusta llenar sus poemas con minucias de bibliófilo sobre princeps e incunables), pero también de muchas otras cosas. “La chica de la moto” es uno de los más conseguidos homenajes al goethiano “eterno femenino” de un poeta que ha hecho de la fascinación por la mujer uno de sus principales temas; “En la tumba de Joker” y “En la tumba de Soseki”, dos emocionados epitafios a su perro y al gato de Sánchez Dragó. “La casita de chocolate” recrea, a la manera de Amalia Bautista, el mundo de los cuentos infantiles; “Verano eterno” nos muestra al Luis Alberto de Cuenca más despojado: “Mientras el cuerpo aguante / cantaremos canciones para olvidar el frío. / En las canciones es verano siempre”.
“El cuervo” es un extenso poema publicado, además de en El reino Blanco, en la antología de poemas góticos a la que da título (muy bien ilustrada por Miguel Ángel Martín). Luis Alberto de Cuenca ha llevado a la poesía el mundo de la serie negra, de los tebeos, de los cuentos de terror, de las películas populares. Los alejandrinos y el detallismo de “El Cuervo” suenan a prosa. El poeta lee “The Raven” en “una edición / vulgar, sin interés, de esas que abundan / en los expositores de los Vips. (Recordé / haber leído también la traducción francesa, / hecha por Mallarmé, del poema de Poe, / y fui en su busca. Nada. Ni rastro de ese libro: / lo había extraviado para siempre jamás.)”.
“Recuerdos” se titula la sección siguiente, y aquí están algunos de los más conmovedores poemas del libro, los que vuelven la mirada a la infancia desde los umbrales de la tercera edad. Subrayo dos de ellos, la “Carta a los Reyes Magos” y “La bruja”.
A la sección final, “Paseo vespertino”, le da título un poema de amor que podría servir también como dedicatoria del libro. Aunque la imaginería no pueda ser más tópica (“Tú y yo, amor, a caballo, por las suaves / laderas de un crepúsculo dorado”), como de videoclips o anuncio televisivo, la magia del autor consigue que olvidemos lo consabido y nos llegue intacta la emoción.
Desolado y frívolo, obsesivo y abierto a cualquier incitación temática, minuciosamente virtuoso y descuidado improvisador, sin la menor concesión a la autocrítica, Luis Alberto de Cuenca es uno de los poetas más divertidos y memorables del último medio siglo. Qué importan las prescindibles páginas de El reino blanco si no escasean las que son una alegría –una heridora alegría, a menudo— para siempre.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Francisco J. Uriz: Do, re, mi, fa, gol


Francisco J. Uriz
El gol nuestro de cada día
Poemas sobre fútbol

Vaso Roto Ediciones
Madrid/ México, 2010


Hubo un tiempo, según recuerda Miguel Pardeza en el prólogo a esta antología, en que abundaba “un tipo de intelectual, hinchado de prepotencia ideológica y prejuicios políticos, que denostó el fútbol y todo lo que significaba”. Eran evidentemente otros tiempos. Hoy, si a alguien no le interesa el fútbol (o si lo considera más o menos como el parchís y otros pasatiempos), no se permite ningún alarde prepotente, más bien calla avergonzado.
Francisco J. Uriz, aplicado traductor de las literaturas nórdicas, ha compilado una antología de poemas sobre fútbol que tiene más de centón que de antología. El criterio de selección ha sido temático: cualquier poema que tuviera que ver con el fútbol le valía, no importa lo insignificante que fuera o que ni siquiera fuera un poema. Nos encontramos así con el himno oficial del Boca Juniors: “Boca Juniors, Boja Juniors, / gran campeón del balompié, / que despierta en nuestro pecho / entusiasmo, amor y fe. / Tu bandera azul y oro / en Europa tremoló / como enseña vencedora / donde quiera que luchó”. Se incluyen también abundantes letras de tango, en algún caso “pura poesía experimental”, según señala el antólogo, como en el sinsentido basado en nombres de olvidados jugadores argentinos: “Largue, Chiessa a esa Mujica / por Souza y por Roncorini / y Parto Coty Spiantoni / porque Passini calor”. Otro “poema” –de un ignoto Luis Fernández Sevilla— termina de esta memorable manera: “Y mil pechos entonaban / la bellísima canción. / Alabi, alaba, alabim bom ba, ra, ra, ran. / Alirón, alirón, / Maravilla campeón, / alirón, alirón, / Maravilla campeón, / campeón, campeón, campeón, / campeón”.
No sé yo si esas curiosidades interesarán a los aficionados al fútbol. Todo es posible, aunque tengo mis dudas. Los lectores habituales de poesía tienen otras cosas en que entretenerse. Por ejemplo, la “Oda a Pep Guardiola”, escrita por un excelente poeta catalán, Narcís Comadira, al que el entusiasmo –como a tantos aficionados— parece hacerle perder la cabeza. “¡Salve, hermano de los potros / de pezuña de trueno!”, comienza. Y luego sigue: “Tú te alzas y relinchas / y con ojos penetrantes escrutas / el estentóreo horizonte”. Pero no son esos versos los más sorprendentes del poema, que a ratos parece una parodia gay: “¡Tú que cubres la gloria / que has dado al compañero, / con un beso en la mejilla! / Dices: aquí. Y es aquí. / Y entre los pelos de la cara / nace una rosa macho”.
Claro que también hay algunos buenos poemas en estas páginas. No falta el brillante ejercicio de Miguel d’Ors titulado “Tempus fugit”: “Lo dijeron Horacio y el Barroco: / cada hora nos va acercando un poco / más al negro cuchillo de la Parca. / ¿Qué es la vida sino un breve sueño? / Hoy lo repite, a su manera, el Marca: / en junio se retira Butragueño”. Juan Bonilla firma otra humorada semejante, “La caída del imperio británico”.
Merece destacarse igualmente el poema de Luis Alberto de Cuenca, donde el fútbol sirve de pretexto para la evocación de los días de infancia, como en los versos de Seamus Heaney. Y contundentemente antibélico se muestra Harold Pinter. Tampoco resulta desdeñable, y sí muy adecuado tras recientes delirios patrioteros, uno de los epigramas de Enrique Badosa: “Ya está en orden el caos de este pueblo. / De nuevo somos grandes y triunfales. / Con entusiasmo todos entonamos / el himno patrio: Do, re, mi, fa, gol”.
En el prólogo escribe Miguel Pardeza –exfubolista y doctor en Literatura con una tesis sobre César González Ruano— que el fútbol “puede tomarse como tema poético con iguales derechos que la fortuna o la desdicha”. No me parece que sean temas equiparables (la fortuna o la desdicha se ejemplifican con el fútbol o con cualquier otro asunto), pero de lo que no hay duda es de que los poetas pueden escribirle una oda lo mismo a la rosa que a la cebolla, ensalzar a los héroes de las Termópilas o, como Píndaro hacía, a los vencedores de las Olimpiadas. Lo que no conviene que hagan –con el pretexto del fútbol o con cualquier otro pretexto— es el ridículo, como Narcís Comadira (insuperable), Elena Medel y algún otro cultivador del humor involuntario que alegra estas páginas.
Francisco J. Uriz no parece haber entendido cuál es la labor del antólogo: seleccionar los mejores poemas de un autor, de una época, o sobre un tema. Él prefiere considerarse un coleccionista de rarezas, y por eso prescinde de Rafael Alberti o Miguel Hernández (la “Oda a Platko” y la “Elegía del guardameta” quedan fuera por ser “muy accesibles”). No prescinde, sin embargo, de abundantes poemas suyos. No en vano, según se nos indica en la solapa, es autor de un libro de poemas de tema exclusivamente futbolístico, Un rectángulo en la hierba.
También a los poetas, como a cualquier hijo de vecino (las excepciones deberíamos ser especie a proteger), les apasiona el fútbol, pero a juzgar por esta antología les motiva más bien poco. Salvo que sean malos poetas, o no simplemente no sean poetas.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Exiliados románticos rusos: La novela de la historia


E. H. Carr
Los exiliados románticos
Anagrama, Barcelona, 2010.
Traducción de Buenaventura Vallespinosa



¿Quién recuerda hoy a Aleksandr Herzen? Fue uno de aquellos aristócratas rusos liberales que, en la primera mitad del siglo XIX, se atrevieron a combatir el despotismo de los zares. Pronto el marxismo daría otra dimensión a esa lucha y aquellos políticos y pensadores que creían en una evolución gradual hacia una democracia parlamentaria quedarían arrumbados en el desván de la historia.
E. H. Carr no es un novelista, sino un historiador, el mayor experto en la historia de Rusia, pero Los exiliados románticos, aparecido inicialmente en 1933, no desmerece junto a las grandes novelas de cualquier tiempo. Gracias a este libro –ha señalado Pere Gimferrer con inteligente paradoja— Herzen, Ogarev y otros personajes menores de la historia política rusa “son tan reales como los seres de ficción”. Al igual que el Rastignac de Balzac, el Julien Sorel de Stendhal o el Raskolnikov de Dostoyevski, no necesitan de ninguna confirmación exterior, de ningún documento para ser memorablemente verdaderos.
Novela sin ficción, Los exiliados románticos es, sin embargo, una obra llena de literatura, pero esa literatura no la pone el autor, sino los propios personajes, que buscaban su modelo en los escritores admirados, especialmente en las apasionadas fantasías de George Sand.
Aleksandr Herzen, el gran protagonista de esta historia, escribió una novela con abundantes elementos autobiográficos, ¿Quién es culpable?, en la que narra un adulterio. Casi todo lo que refieren sus páginas ocurrió en la vida de Herzen, pero no antes de que la escribiera, sino unos años después. Eran tiempos en que parecía que la vida no era vida verdadera si no seguía un previo guión literario.
De las muchas historias que se cuentan en este libro, destacaría dos. La que narra el capítulo final, “La última tragedia”, ocurrió tras la muerte de Herzen. Su hija menor, que desde niña había dado muestras de una excepcional inteligencia, recién cumplidos los diecisiete años, se enamora de Charles Letourneau, de cuarenta y cuatro, casado y con dos hijos, lector en la universidad de Florencia y autor de un libro titulado La physiologie des passions. Se conservan las cartas intercambiadas entre ambos. La lúcida pasión de ella contrasta con el obtuso paternalismo de él, que no deja de sentirse halagado por tan ciega devoción: “En lo que concierne a frialdad, intento con todas mis fuerzas conseguirla. No siempre es fácil, sin embargo; tu sentimiento para conmigo, tan sin reservas, tan completo, tan entregado, siempre me conmueve y a veces debilita mi determinación”. La nota final que dejó Liza (la encontraron en la cama con un pañuelo de cloroformo sobre la cara) es la más extraña que haya dejado un suicida: “Ya veis, amigos míos, que he intentado hacer la travesía más pronto de lo necesario. Quizá no tenga éxito. En tal caso tanto mejor. Podréis beber champaña en honor a mi resurrección. No lo lamentaré; todo lo contrario”. Quiere matarse, pero se alegraría de no conseguirlo. Y añade, con macabro humor: “Si se me ha de enterrar, comprobad cuidadosamente que estoy muerta, pues despertar dentro del ataúd sería muy desagradable”. Humor y literatura hasta en el último momento: la vida ya entonces, antes de Oscar Wilde, imitaba al arte.
“Un volteriano entre románticos” nos cuenta la historia de un exiliado político, el príncipe Piotr Dolgorukov, cuya vida fugazmente se cruza con la de Herzen. Qué personaje. Merecía él solo un libro de muchas páginas. Nacido en 1816, parecía destinado a una brillante carrera militar, como su padre, su abuelo y sus tíos. Entró en el Cuerpo de Pajes Imperiales, pero una falta cometida a los quince años causó su degradación y expulsión. La naturaleza de esa falta quedó en secreto, pero resulta fácil adivinarla a la luz de los acontecimientos posteriores. Toda su vida resultaría condicionada por ese hecho. Con ironía escribe Carr: “Su presencia resultaba desagradable y cojeaba ligeramente. Intentó compensar estas desventajas con el diestro uso de una lengua cáustica, pero su maestría con esta arma mermó aún más su popularidad”.
En 1836, cuando aún no había cumplido veinte años, le mandó un anónimo a Puskhin: “Los Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros de la Serenísima Orden de los Cornudos, reunidos en Gran Capítulo […] han nombrado por unanimidad al señor Aleksandr Pushkin coadjutor del Gran Maestre de la Orden de los Cornudos e Historiógrafo de la Orden”. Natalia, la mujer de Pushkin, mantenía amistad con un guapo joven francés, Georges Dantès, que había sido adoptado por el embajador de Holanda, el barón Hecckeren, a cuyo círculo pertenecía Dolgorukov. La razón de la carta fueron al parecer los celos: temían que Dantés se enamorara de Natalia. Lo que vino después es conocido: Pushkin, para salvar su honor, retó al presunto amante de su mujer y murió en el duelo. Dolgorukov negó siempre ser el autor de la nota, pero un peritaje caligráfico efectuado en 1927 demostró indudablemente que era obra suya. No sería el único anónimo que escribió este príncipe despechado que desde su expulsión del Cuerpo de Pajes Imperiales no tendría otro objetivo que vengar aquella ofensa. Se hizo experto en genealogías y no hubo secreto de la nobleza rusa que él no conociera y no aprovechara para el chantaje.
Anagrama publicó por primera vez Los exiliados románticos en 1969. Ahora lo rescata en una colección, “Otra vuelta de tuerca”, que pretende proponer a los nuevos lectores aquellos “tesoros escondidos” que fueron celebrados en su momento, pero que ya llevan tiempo ausentes de las librerías. Será una feliz sorpresa para muchos encontrarse con esta casi secreta obra maestra.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Fernando Vela: Aventuras de la inteligencia

Fernando Vela
Ensayos
Fundación Banco Santander, Madrid, 2010
Edición de Eduardo Creus Visires



El ensayismo suele ser considerado un género menor. El ensayista que no se aventura en otros géneros está condenado a ser una nota a pie de página, o ni siquiera eso, en las historias de la literatura. Y más si apenas publica libros, si deja desparramada su obra por las páginas de los periódicos.
Fernando Vela tuvo la suerte de estar ligado a una de las más prodigiosas aventuras intelectuales del siglo XX, la Revista de Occidente, que sin él no habría sido lo que fue. Su nombre quedó así unido para siempre al de Ortega, al que consideraba, más que una figura individual, más que un filósofo, un acontecimiento: “Solo un acontecimiento puede influir con tal intensidad en los aspectos más heterogéneos de un país: en el pensamiento, en la literatura, la política, la enseñanza, las maneras y los estilos. A un hombre solo no se puede reconocer este fortísimo poder de trastocación y reforma que actúa en lo profundo, en la misma matriz de un pueblo”.
Pero Fernando Vela fue algo más que la sombra de Ortega y Gasset. La lectura de sus Ensayos, ejemplarmente seleccionados y prologados por Eduardo Creus, nos confirma que tenía un estilo propio, una curiosidad universal, una inteligencia siempre alerta. Y también que su prosa –menos brillante, pero también menos afectada— no ha envejecido como la de su maestro. La mayor parte de estas páginas se leen hoy con el mismo gusto y provecho que cuando fueron escritas.
En la trayectoria intelectual de Fernando Vela hay tres etapas. La primera está ligada a Asturias (nació en Oviedo, en 1888); la segunda, al Madrid de la Revista de Occidente; la tercera, al Tánger de su semiexilio.
Fernando Vela conoció a Clarín. Durante sus últimos años le veía casi diariamente: por la mañana, salir de la Universidad rodeado de discípulos (“como si la clase de hora y media les hubiera parecido corta”); por la tarde, en su casa (“un piso tercero de la calle de Campomanes y, en los últimos años, un bajo con jardín en la Puerta Nueva”). Uno de los hijos de Clarín, Adolfo, era compañero suyo de bachillerato y solían estudiar juntos. El gusto por la filosofía y por el periodismo lo aprendió Fernando Vela de Clarín, no tuvo que esperar a la llegada de Ortega.
Afiliado al partido de Melquíades Álvarez en 1913, impulsor de las actividades del Ateneo Obrero de Gijón (que convirtió en núcleo de una red de centros de cultura popular por la que pasaron todos los grandes nombres de la época), colaborador habitual del diario El Noroeste (en esta antología se ofrece una breve muestra de esa colaboración), la época asturiana de Fernando Vela resulta fundamental en su formación. Cuando en 1920 llega a Madrid ya está intelectualmente formado, dispuesto para ser el gran impulsor y divulgador de la vanguardia intelectual del momento.
Como no podía ser de otra manera, gran parte de los más memorables ensayos de Fernando Vela se publicaron entre 1923 y 1936 en las páginas de la Revista de Occidente. Algunas de esas colaboraciones las rescató él mismo en El arte al cubo (1927) y El grano de pimienta (1950), pero otras muchas quedaron allí olvidadas y ahora se reproducen por primera vez. De entre todas ellas, yo destacaría la reseña de El laberinto de las sirenas, de Pío Baroja, que es bastante más que una reseña. Comienza, muy autobiográficamente, con una evocación de “las húmedas piedras de Liquerica, el viejo muelle gijonés” y luego se entretiene en digresiones varias que acaban con una muy precisa silueta del novelista, “trapero de lo pintoresco”. Nada más adecuado para apreciar el arte literario de Fernando Vela que comprobar lo que es capaz de hacer con algo tan perecedero y ancilar como una reseña.
Fernando Vela fue uno de tantos españoles a los que los radicalismos de la guerra civil dejaron fuera de sitio. En el descabezado Madrid de los primeros meses de la guerra, fue denunciado por un presunto filósofo al que había rechazado un artículo; huido a la zona de los sublevados, allí su liberalismo no le servía precisamente de salvaguardia. En 1938, aceptó un puesto en el periódico España que el Alto Comisario de España en Marruecos quiso fundar en la ciudad internacional de Tánger para defender los intereses franquistas. Fernando Vela residió en Marruecos entre 1938 y 1943, pero siguió colaborando en el diario tangerino tras regresar a la Península. España, gracias a la colaboración de antiguos republicanos, no fue nunca un mero boletín propagandístico ni un periódico provinciano. En los años cuarenta, emulaba el rigor intelectual de El Sol y otros diarios anteriores a la guerra. Varias de las colaboraciones de Fernando Vela en España pasaron, sin necesidad de ser retocadas ni ampliadas, a las páginas de la segunda etapa de la Revista de Occidente.
Uno de sus últimos escritos, “Después de una lectura de Dostoyewski”, publicado en 1966, el mismo año de su muerte, comienza con una confesión: “Siempre he sido un mal lector de novelas y, más que malo, pésimo de las actuales”. Ya al comienzo de su vida literaria, en “La chimenea de leña” (es el primer texto que reproduce esta antología), nos habla de su pérdida de interés por el relato breve. Maupassant y Clarín, sus dos antiguas devociones, han dejado de serlo: el primero se le “cae de las manos”; los cuentos del segundo le emocionan aún, pero por lo que no es cuento, sino “confesiones íntimas del autor”.
No fue novelista ni autor de cuentos Fernando Vela, pero fue un prodigioso narrador de las aventuras de la inteligencia. Nunca quiso ocupar el primer plano, pero era el mejor actor de reparto en una época en que las estrellas se llamaban Unamuno y Ortega, Valle y Machado, y abundaban las figuras que luego se quedaron en figurones.
Hoy le leemos con el mismo gusto y el mismo tranquilo asombro con que en su momento le leyeron en El Noroeste, en la Revista de Occidente o en aquel periódico de Tánger donde la mejor España asomaba la nariz para no asfixiarse del todo. El tiempo no se ha puesto amarillo sobre estas viejas colaboraciones y su prosa se ha mantenido tersa, sin una arruga.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Rito y poesía


La poesía sigue siendo tan útil hoy como hace un siglo o hace mil años. Anterior al libro, anterior a la escritura, seguirá existiendo cuando desaparezca el libro (no hay riesgo inminente), y también si una catástrofe cósmica hace que la humanidad olvide lectura y escritura.
Una poesía útil, necesaria “como el aire que respiramos trece veces por minuto”, pedía Celaya en tiempos de la poesía social. Cuando hay medios más eficaces para la protesta, ¿deja de ser necesaria la poesía? ¿Se convierte en una antigualla que solo interesa a los poetas y a algunos pocos escogidos?
La poesía es palabra en el tiempo, decía Antonio Machado y se ha repetido hasta la saciedad. Y tenía razón. Pero junto al tiempo lineal de la historia existe el tiempo circular del rito y del mito.
También en las sociedades democráticas, incluso en la imposible democracia perfecta, tiene sitio la poesía social, una poesía que no se limite a ser tediosa materia académica ni culto casi secreto de unos pocos arcaicos aficionados.
Bodas, nacimientos, muertes (y también jubilación, mayoría de edad), la vida humana está punteada por momentos que no pueden reducirse a un trámite administrativo. Las diversas religiones les han dado la solemnidad adecuada, han inventado los ritos que nos permiten aceptar el misterio. Pero lo fundamental es la ceremonia, no la cobertura religiosa, que ha ido cambiando a lo largo de los siglos.
Hay poesía, gran poesía, en las celebraciones religiosas. Y nada mejor que la gran poesía para dar la solemnidad adecuada a cualquier acontecimiento. “Versos para ceremonias laicas” se subtitula El árbol rojo (Demipage), una novedosa antología. Tan hermosos como el texto de San Pablo, que se lee en las bodas católicas, son los poemas de Salinas o Cernuda que propone Andrés Rubio. “Todo dice que sí”, de La voz a ti debida, repite casi una docena de veces la palabra “sí” y peca quizá de una cierta blandura –muy saliniana—; otra fuerza tienen los versos de Cernuda: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. Menos conocido es el poema de tres versos de Alejandra Pizarnik: “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo. / Recibe este amor que te pido. / Recibe lo que hay en mí que eres tú”.
Una película hizo famoso el “Blues del funeral”, de Auden: “Detened los relojes, descolgad el teléfono, / haced callar al perro con un hueso jugoso…”, pero no menos adecuados resultan los despojados versos de Alberto Caerio –el maestro de los heterónimos pessoanos— que Andrés Rubio selecciona: “Cuando llegue la primavera, / si ya me he muerto, / las flores florecerán de la misma manera / y los árboles no serán menos verdes que la primavera pasada. / La realidad no precisa de mí. / Siento una alegría enorme / al pensar que mi muerte no tiene importancia ninguna”.
En la mayoría de los casos, resulta fácil encontrar la equivalencia laica de la ceremonia religiosa, y así el bautizo se convierte en una “bienvenida a la comunidad”; pero otras veces –primeras comuniones, por ejemplo— habría que buscarle un nombre adecuado para ese “rito de paso”. Los poemas que propone el antólogo resultan más adecuados para la llegada a la adolescencia. Las Hojas de hierba, de Walt Whitman, ofrecen abundantes ejemplos para esta sección como para cualquier otra del libro: “Siéntate un poco, hijo mío, / aquí tienes pan para comer y leche para beber, / mas tan pronto como hayas dormido y te hayas puesto ropa fresca, / te daré un beso de despedida y abriré las puertas para que salgas”.

jueves, 26 de agosto de 2010

Jaime Gil de Biedma: Humano, demasiado humano


Jaime Gil de Biedma
El argumento de la obra. Correspondencia
Edición de Andreu Jaume
Lumen, Barcelona, 2010



“Usted trabaja casi siempre sobre emociones de una sola veta, con un sentido y una dirección bien definidos, y yo suelo inclinarme más bien por las emociones entreveradas y un tanto contradictorias”, escribe Gil de Biedma a Francisco Bejarano a acusarle recibo de su primer libro. “Entreverada y contradictoria” fue, sin duda, su propia vida y en toda su complejidad aparece en este epistolario, ejemplarmente prologado por Andreu Jaume. Quienes conozcan a Gil de Biedma por la biografía de Miguel Dalmau o por la reciente película, El cónsul de Sodoma, se sentirán sorprendidos por la última larga carta que escribió, una de las pocas de los últimos años que no es mera muestra de cortesía literaria. Dionisio Cañas preparaba una selección poética para la editorial Cátedra y, en el prólogo, según le comenta, pensaba insertarla en la tradición homoerótica. Nada más conocer esa intención le manda un telegrama: “Recibida ayer tu carta del día 1 que me ha dejado muy preocupado. Te escribo hoy mismo. Un abrazo”. A Gil de Biedma, gravemente enfermo, le obsesiona que pueda desvelarse el secreto de su doble vida: “Para quien solo me conoce de la sociedad literaria y de sus mundos afines, donde mi homosexualidad es un hecho universalmente conocido y respetado, le resulta difícil comprender que en los medios familiares y de trabajo en que vivo y he vivido siempre, mi situación es completamente otra, muy peculiar. Muchos, o casi todos, saben a qué atenerse pero jamás se han dado por enterados. Gracias a ello he podido llevar una vida privada de casi absoluta libertad con toda discreción. Pero si algún hecho ‘público’ –una mención en letra impresa— les forzara a darse por enterados, sé que su reacción sería inmediata y feroz, con tal de no pasar por cómplices de una inmoralidad ‘pública’, que pensarían que redunda también en desdoro suyo”. El final de la carta todavía hace daño a quienes le admiramos. A finales de los años ochenta, enfermo de sida (una enfermedad que entonces se asociaba casi exclusivamente a los homosexuales), a pocos meses de su muerte, le aterra pensar en la reacción de sus familiares y compañeros de trabajo cuando no tengan más remedio que enterarse de su orientación sexual: “En fin, por la prontitud con que te respondo y por la desmesurada extensión de mi respuesta te harás cargo de la hondísima preocupación que me causa tu proyecto. Encarecidamente te ruego, como amigo, que te abstengas de crearme posibles complicaciones en mi vida personal, que bastante desgraciada y complicada la tengo ya. Por favor te lo pido”.
El argumento de la obra reúne lo fundamental de la correspondencia del poeta. Quedan fuera, sin embargo, algunas cartas, como la siguiente a Gabriel Celaya (fechada el 3 de julio de 1964 y todavía, según creo, inédita): “Querido Gabriel, anoche terminé de leer tu Exploración de la poesía. Enhorabuena. Es un libro verdaderamente interesante, de una vivacidad intelectual rara en nuestra crítica de poesía. Y ambicioso en un sentido también poco frecuente: los tres momentos de la creación poética explorados por ti dicen mucho sobre la naturaleza de la poesía y le ponen a uno –a uno que es poeta— a pensar en el inquietante animal del que es jinete, menos doméstico de lo que nos hace creer la familiaridad con que recurrimos a sus servicios. Es posible que la cualidad que dé a tu libro su peso y su sabor más propios sea una profunda experiencia de la poesía, a un nivel que los poetas y los críticos españoles difícilmente alcanzamos, porque tendemos a fijarnos exclusivamente en la poesía –y en algunos casos, peores, porque tendemos a sustituir la poesía por otra cosa”.
Este epistolario no es un añadido menor y prescindible, una curiosidad para eruditos, como suele ser lo habitual. Es una sincopada autobiografía, el mejor acercamiento posible a las diversas facetas de un personaje irritante a ratos y siempre seductor. Un acierto que no sea siempre el escritor quien nos hable: así tenemos algunas muestras de sus otras facetas, del perspicaz abogado, del diligente ejecutivo.
Al principio –cartas de los años cincuenta— se nota su voluntad de hacer literatura, de lucir su cultura y su inteligencia. Asistimos fascinados a sus esgrimas verbales con Carlos Barral, en cada línea un alarde de su ironía y de su cultura cosmopolita (paradójicamente, cuando pretendió entrar en la Escuela Diplomática le suspendieron en el examen de cultura general y redacción), y luego las cartas intercambiadas con Joan Ferraté nos permiten asomarnos al taller en que se escriben sus poemas (Gil de Biedma es, sin duda, uno de los poetas más lúcidos que haya existido nunca: podía dar razón incluso de cada una de las comas de sus versos). De distinto orden resultan las cartas intercambiadas con Gustavo Durán, que fue músico, musa de algunos artistas del 27, afamado general republicano, alto funcionario de las Naciones Unidas y sin duda el modelo al que le habría gustado parecerse. En el verano de 1966 pasó una temporada en Atenas, invitado por él. Siempre la recordaría como una de sus últimas estancias en el paraíso. Algo de aquella felicidad queda en su poema “La calle Pandrossou”: “Era un lunes de agosto / después de un año atroz, recién llegado. / Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos”.
Las anotaciones de Andreu Jaume son breves y atinadas; aclaran, para el lector común, buena parte de las referencias. No todas. En enero de 1975, responde a las disculpas que le ha enviado Francisco Brines: “Tu carta se anticipó a todo: no conozco ese poema tuyo y el rumor no había llegado a mis oídos, cosa nada extraña puesto que apenas hago vida social de literato”. Habría sido conveniente indicar que el rumor aludía a que “Poeta póstumo”, uno de los epigramas del entonces último libro de Brines, Aún no, tenía como destinatario a Gil de Biedma: “Sorprende la noticia, pues me dicen / que escribes versos muy desvergonzados / (versos de tu experiencia cotidiana, / presumo con certeza), y que esperas / que se publiquen póstumos…”
La excusa no pedida confirma, más que desmiente, que él era el destinatario del epigrama (ya corrían rumores sobre las posible obscenidades de su diario inédito), pero no le da ninguna importancia; las bromas quedaban en el terreno de la literatura, no tocaban al individuo “cotidiano y tributable” que había detrás de los versos: “No te preocupes: la cosa no merece la pena y en ningún caso hubiera sospechado de ti una intención malévola, que por otra parte tampoco sería nada grave sino algo humano y literariamente legítimo: los dos tenemos ya la suficiente experiencia como para saber distinguir entre la obra, el personaje o mascarón literario y el patético y respetable ser humano que está oculto tras de una y otro, sea en el propio caso o en el de un compañero amigo”.
En estas cartas, tras el personaje, a ratos insoportablemente inteligente, asoma el ser humano que se encubría y descubría tras él: entreverado, contradictorio y, al final, caídas todas las defensas, conmovedoramente patético.

jueves, 19 de agosto de 2010

Ariadna Efron: Novela familiar


Ariadna Efron
Marina Tsvetáieva. Mi madre
Circe, Barcelona, 2009

De Marina Tsvietáieva no nos interesan únicamente sus versos fulgurantes y su prosa prodigiosa; de igual manera nos fascina la historia de su vida, iniciada en el Moscú de 1892, dentro de la alta burguesía intelectual, y concluida, por propia mano, en 1940.
Marina Tsvietáieva tuvo tres hijos. La mayor, Ariadna Efron, heredó su precoz genialidad. En los años setenta, poco antes de su muerte, escribió los recuerdos de quien ya se había convertido en uno de los poetas fundamentales del siglo XX. Esos recuerdos son los que ahora se traducen al español, no del ruso, sino de la versión francesa (de ahí que la transcripción del apellido de la escritora no sea la habitual). Cuenta en ellos que su madre la enseñó a leer “de corrido y con bastante inteligencia” a los cuatro años, a escribir a los cinco y a llevar un diario íntimo al año siguiente. Fragmentos del diario se intercalan en estos recuerdos. La autora insiste en que no han sido corregidos, pero nosotros no acabamos de creérnoslo. En diciembre de 1918 (había nacido en 1912) fecha una anotación en que retrata a la escritora: “Mi madre es muy extraña. Mi madre no se parece en nada a una madre. Las madres siempre admiran a sus hijos y a los niños en general, pero a Marina no le gustan los niños pequeños”. Tras aludir luego a sus ojos verdes, su nariz aguileña, sus labios de color rosado, añade: “Mi madre es triste, rápida; le gustan la Poesía y la Música. Escribe versos. Es paciente siempre lo soporta todo. Se enfada y ama. Siempre tiene que ir corriendo a algún lado. Tiene un gran corazón, una voz que acaricia y andares rápidos. Marina siempre lleva sortijas. Marina lee por la noche. Casi siempre hay una chispa de malicia en sus ojos”. Y concluye con una frase tan inverosímil para una niña de seis años como todo lo anterior: “A veces anda como si estuviera perdida, y de pronto parece como si despertara: se pone a hablar, y luego otra vez como si se marchara a alguna parte”.
Quienes han leído los escritos autobiográficos y las cartas de Marina Tsvietáieva, magistralmente recopilados por Tzvetan Todorov en Confesiones. Vivir en el fuego, saben de las difíciles relaciones que la escritora tuvo con su hija. Hasta los diez años, la consideró su mejor poema; luego dejó de interesarle porque le pareció que se había convertido en una niña como las demás, y todos sus afanes se centraron en Gueorgui Efron, su último hijo, que nació en 1925. “Hay que mimar a los hijos varones –escribió—, puede que tengan que ir a la guerra”. En la guerra, a los diecinueve años, moriría ese niño al que ella había mimado tanto.
Los días duros de la Revolución y del exilio en Checoslovaquia fueron para Ariadna días felices, un periodo —el único de su vida, precisa—, “de espacio y de libertad”: “El recuerdo de los años de infancia conserva el lado bueno de las cosas, los ojos de los niños no retienen más que lo hermoso de cuanto les rodea, sus oídos solo son sensibles a las cosas interesantes, divertidas y graciosas”. Por eso, contra lo que pudiera esperarse, no hay amargura ninguna en estas páginas, a la vez edulcoradas y llenas de detalles exactos.
No fue fácil la vida de Ariadna Efron. La niña precoz y genial que pronto desilusionó a su madre (quizá no fue culpa suya: Marina amaba y admirada tan apasionadamente que era difícil que no terminara desilusionándose), se convirtió en una adolescente rebelde que gozaba atormentándola. En su exilio francés, idealizaba cada vez más a la Unión Soviética, a donde regresó en 1937. Allí estaba ya su padre, Serguei Efron, de errática trayectoria personal y política (tras haber luchado contra los soviéticos se había puesto secretamente a su servicio y había participado en el asesinato de un refugiado político). Entre los dos, y con la entusiasta colaboración del pequeño Mur, obligaron a una Marina consciente de lo que la esperaba a regresar a su país. El mismo año en que ella llega a Rusia detienen a su marido y a su hija, los entusiastas del nuevo régimen que la habían embarcado en la aventura. El primero es ejecutado poco después; la segunda no será liberada hasta 1955.
Recobrada la libertad, Ariadna Efron pasó los veinte años que le quedaban de vida en reunir los dispersos manuscritos de su madre y en darlos a conocer. Sin ella, todo –o casi todo— se habría perdido y Marina Tsvietáieva no sería hoy más que un nombre en un índice, un olvidado poeta menor, un borroso ejemplo más de la represión soviética.
Los hermosos y fragmentarios recuerdos reunidos en Marina Tsvietáieva, mi madre constituyen un acto de expiación. A hacer más dura y más difícil la vida de la escritora contribuyeron con aplicación sus seres queridos: el marido, los hijos. Y quizá más que ninguno, aquel en que volcaría finalmente todo su amor, el pequeño Mur, que se convirtió en un adolescente “monstruosamente egoísta, sin miramiento alguno por los sentimientos de nadie”, como escribe Dmitri Sezeman, que fue su amigo y que trata de disculparle: “había sido educado en la creencia de que era el centro del universo”. Fue él quien consiguió finalmente lo que ni su marido ni su hija habían conseguido: que Marina dejara el exilio de París para regresar a la URSS. Y allí la atormentó hasta el último momento. Los vecinos de la escritora, tras su ahorcamiento, declararon haber escuchado, en los últimos días, violentas discusiones entre la madre y el hijo y “cómo él le demandaba constantemente unos lujos que ella no podía darle”.
Ariadna Efron tenía talento de escritora, y estas páginas lo demuestran sobradamente, pero prefirió sacrificarlo para dedicarse a la obra de su madre. Vivía de hacer traducciones, muy precariamente pagadas, y todo el tiempo libre lo dedicaba a preparar los poemas y las prosas de Marina Tsvietáieva y a luchar contra la censura para lograr que se publicaran. Inexplicablemente –pero cuántas cosas inexplicables hay en esta historia, en cualquier historia— nunca renunció a sus ideales comunistas.

jueves, 12 de agosto de 2010

Oscar Wilde: El rey mendigo


Herbert Lottman
Oscar Wilde en París
Tusquets, Barcelona, 2009



Hay escritores que no pierden su capacidad de seducción. Uno de ellos es Oscar Wilde. Nunca nos cansamos de recordar sus dichos ingeniosos, como nunca nos cansamos de escuchar la historia de su desventura.
¿Puso la genialidad en su vida y solo el talento en sus obras, como le dijo a André Gide? No parece que sea enteramente cierto. El tiempo, que ha convertido en arqueología a tantos escritores de su época, apenas si ha añadido alguna arruga al encanto de su prosa.
Importa poco que la biografía de Oscar Wilde haya sido contada infinitas veces. Siempre se pueden añadir algunas precisiones, arrojar nueva luz sobre enigmas que parecen indescifrables, como su destructiva relación con Lord Alfred Douglas o su incapacidad final para la escritura.
El interés de Herbert Lottman por las estancias de Oscar Wilde en París está relacionado con su propia biografía: “Si el autor de estas líneas puede permitirse un apunte personal, recuerdo que a mi llegada a París, hace ya medio siglo, disponía de un apartamento que me habían conseguido unos amigos y que se hallaba al lado del hotel d’Alsace; pues bien, en la mayoría de las fotografías de la fachada del hotel puede verse una de las ventanas de mi habitación, situada en la primera planta, como la de Wilde. Mi apartamento daba también a un patio, y de haber vivido Wilde entonces, habríamos mirado los mismos árboles, y tal vez habríamos podido conversar por encima de la pared de separación”.
En París vivió Oscar Wilde los días de su triunfo, en 1891, cuando era el escritor de moda y todo el mundo se esforzaba en adularle; en París vivió los años finales, viendo cómo le volvían la espalda quienes antes se vanagloriaban de ser amigos suyos. Incluso André Gide se avergonzaba de sentarse públicamente a su lado. En el homenaje que le dedicó tras su muerte, llegó a afirmar que “Wilde no es un gran escritor”. No era el único que pensaba lo mismo. Jules Renard quiso hacer en su diario una gracia que resultó cruelmente profética: “Consiento en firmar la petición a favor de Oscar Wilde, siempre que dé su palabra de no volver a… escribir”.
Herbert Lottman conoce bien las fuentes inglesas y francesas, pero ignora por completo las de habla española (estudiadas por Sergio Constán en Wilde en España). Uno de los grandes amigos de Oscar Wilde en los años de París fue un escritor guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, que le dedicó abundantes páginas en uno de los tomos de sus memorias, En plena bohemia, publicado en 1919. Podríamos pensar que esos recuerdos están fantaseados, como tantos otros que cita Lottman con alguna reserva. Hay que tener en cuenta que Oscar Wilde, a los pocos años de su fallecimiento, se convirtió casi en un género literario y todo el mundo que había tenido algún trato con él, por superficial que fuera, se dedicó a inventar anécdotas y apólogos que supuestamente le habían escuchado.
Pero lo fundamental de su relación con Oscar Wilde lo contó Gómez Carrillo ya en su primer libro, Esquisses, aparecido en 1892. Su valor historiográfico resulta así indudable. Carrillo no solo fue amigo de Wilde en sus años de gloria, también le trató en los años finales. Baroja cuenta en sus memorias cómo, allá por 1899, estando un día sentado en un café cercano al Moulin Rouge con él y con Manuel y Antonio Machado, pasó por allí Oscar Wilde y Carrillo se levantó en seguida a saludarle. Baroja ofrece un retrato del escritor en aquellos años finales: “Oscar Wilde era alto, demasiado alto, con un cuerpo de hombre grande y un tanto destartalado. Iba vestido de gris; llevaba un sombrero blando, una indumentaria vulgar. Tenía la cara larga, pálida, y un poco caballuna; las manos enormes, así como fláccidas y muertas, y los pies, por el estilo. Sabiendo quién era, daba la impresión de un fantasma. No sabiéndolo, parecía un hombre vulgar. No tenía nada de ese aire trágico y dramático que tienen a veces las ruinas humanas”.
Todos los escritores españoles o hispanoamericanos que en los años del modernismo pasaban por París tenían como guía a Gómez Carrillo. A muchos de ellos les presentó a Oscar Wilde, quien por esas fechas frecuentaba un bar del Boulevard des Italiens, el Kalisaya. Allí solía reunirse en torno a las cinco con amigos como Jean Moréas o Ernest La Jeunesse. Una tarde se encontraba Gómez Carrillo en ese lugar acompañando a Galdós. Cuando llegó Oscar Wilde, no fue necesario que se lo presentara, porque el propio escritor, que había oído el nombre de Galdós, “se aproximó a nuestra mesa –cuenta Carrillo— y me dijo, quitándose el sombrero e inclinándose con su exquisita distinción de gran señor de Londres: ¿Me hace usted el favor de presentarme al ilustre autor de Marianela?”. Galdós se puso de pie y estrechó la mano de su admirador. No intercambiaron ninguna palabra más. Marianela, con el subtítulo de “A Story of Spanish Love”, se había traducido al inglés en 1892.
Aunque se centre en las estancias en París, no se limita Lottman a hablar de ellas. La entera biografía del escritor está compendiada en estas breves páginas, escritas con agilidad periodística. Los admiradores de Oscar Wilde, junto a algunas informaciones consabidas, encontrarán en ellas bastantes datos nuevos, minucias quizá que no cambian nuestra imagen del autor de La importancia de llamarse Ernesto, pero que nos lo vuelven más conmovedoramente cercano, aunque no menos grande ni menos enigmático.

jueves, 5 de agosto de 2010

John Julius Norwich: El paraíso de las ciudades


John Julius Norwich
Venecia en el siglo XIX
Editorial Almed, Granada, 2010
Traducción de Andrés Arenas y Enrique Girón



¿Qué se puede decir de nuevo sobre Venecia?, se preguntaba Goethe en el siglo XVIII y se pregunta John Julius Norwich al comienzo de éste su último libro (por el momento) sobre la ciudad.
Cuando se cree haberlo dicho todo sobre Venecia, siempre queda lo más importante por decir. Norwich nos ofrece una serie de retratos de viajeros ilustres y una síntesis de dos momentos históricos, la desaparición casi por deserción de la milenaria República en 1797 y su fugaz resurrección en 1848.
El primer visitante del que se ocupa es Napoleón, que solo pasa diez días en la ciudad, a finales de 1807, pero que dejó en ella una huella perdurable, para bien y para mal. Eliminó iglesias, añadió jardines, completó la Piazza de San Marcos, saqueó cuanto pudo.
Poco después de la caída de Napoleón, llega Lord Byron, el más famoso de los viajeros venecianos, que a Norwich no le simpatiza demasiado. El escritor se rindió de inmediato al encanto de la ciudad: “Venecia me agrada tanto como me esperaba, y esperaba mucho. Es uno de esos lugares que uno tiene la sensación de conocer antes de haberlo visto siquiera, y uno de los que más me ha cautivado después de Oriente. Me encanta el melancólico colorido de sus góndolas y el silencio de sus canales. Ni siquiera me disgusta la visible decadencia de la ciudad, y aunque me entristece lo extraño de su desvaído lujo… conserva a pesar de todo mucho de su antiguo esplendor”.
En Venecia, Lord Byron sedujo a incontables mujeres (su media era una por la mañana, una o dos por la noche), realizó diversas proezas natatorias (como llegar nadando desde el Lido hasta la Salute y luego continuar por el Gran Canal), trató de aprender armenio, escribió un sin fin de divertidas y escabrosas cartas y algunos de sus mejores versos.
Otro inglés excéntrico que contribuyó como pocos a la fama de Venecia fue John Ruskin, el esteta minuciosamente erudito. Según se viene repitiendo desde el siglo XVIII (y quizá desde antes), creyó que la ciudad estaba a punto de desparecer y por eso quiso, en Las piedras de Venecia, su obra más famosa, dejar constancia de todos los pormenores de aquel lugar único. Contrató escaleras y andamios para no dejar moldura ni escultura sin estudiar ni dibujar. Su mujer Effie (que un día se atrevió a preguntar, algo extrañada, a su madre si era normal que, después de varios años de matrimonio, continuara siendo virgen) escribió en una carta: “John causa un enorme asombro en todos cuantos le observan en Venecia y me parece que no saben bien si se trata de un perturbado profundo o de alguien muy sabio. Nada consigue distraerle y, tanto si la plaza está atestada de gente o vacía, lo vemos haciendo daguerrotipos con un paño negro cubriéndole la cabeza o bien trepando por los capiteles repletos de polvo, o incluso con telarañas como si acabara de regresar de un viaje con una bruja en su escoba. Después cuando baja al suelo se queda de pie, inmóvil, para que Domenico le cepille cuidadosamente ante el asombro de los espectadores que le rodean”.
La Venecia del siglo XIX, para los viajeros ingleses, no solo fue lugar de erudición, reposadas charlas y poéticas melancolías. Algunos buscaban en ella una manera de escapar del puritanismo victoriano. John Addington Symonds cuenta en sus memorias cómo se sintió deslumbrado por un joven que encontró en una taberna del Lido y al que citó para el día siguiente en las Zattere, muy cerca de su casa: “Apareció a la hora convenida caminando con aire brioso y militar… Me había pasado todo el día pensando cómo era posible que un hombre de este tipo pudiera aceptar tan fácilmente la invitación de un extraño… Me inclino a pensar que la respuesta se explica de forma simple. Este joven era por naturaleza despreocupado, sin mucho dinero y además dispuesto a lograrlo como fuera. Aparte de esto –lo sé porque él mismo me lo ha contado— los gondoleros venecianos están tan acostumbrados a este tipo de invitaciones que no se lo piensan a la hora de complacer el capricho de los amantes ocasionales”. Copia a continuación Symonds el soneto que escribió sobre ese primer encuentro, cavafiano antes de Cavafis, aunque no se publicaría hasta muchos años después: “No es un sueño. Seguro que estuvo aquí / y se sentó a mi lado en el duro y bajo lecho; / teníamos el vino a nuestro alcance, y yo le dije: / Toma el oro, aumentará nuestro gozo”. Quizá no es un gran poema, pero está escrito con una naturalidad entonces impensable: “Sí, estuvo aquí. Nuestras manos, entre risas, crearon / un pequeño lío con su cinturón, camisa, pantalones y zapatos”.
Las síntesis biográficas que Norwich nos ofrece de los visitantes más o menos conocidos de la Venecia del siglo XIX tienen la dosis justa de erudición; cada capítulo se lee como un relato independiente, obra de un excelente narrador.
Por estas páginas cruzan Wagner, escuchando de incógnito su propia música, interpretada por las bandas militares austríacas, y extrañándose de que al final nadie aplauda (los venecianos considerarían un acto de traición aplaudir a los invasores); Henry James tratando de hundir en la laguna las ropas de una vieja amiga, de cuyo suicidio se siente culpable; el barón Corvo, con sus eróticas y heréticas extravagancias, y poetas como Browning o pintores como Whistler y Sargent.
La atención de John Julius Norwich se centra en el mundo anglosajón. Los traductores han querido completar el libro con un repaso a la presencia española en Venecia, a veces especialmente destacada, como ocurre con Mariano Fortuny y Madrazo, quien en 1899 alquiló una buhardilla en el palacio Pesaro degli Orfeo y acabó convirtiendo ese palacio –hoy museo a él dedicado— en su residencia y en el taller de su plural y fascinante obra. El prólogo de los traductores constituye el germen de otro libro.
“El que está en Venecia, cree estar en Venecia. Solo el que sueña con Venecia está verdaderamente en Venecia”, podríamos decir parafraseando a Ramón Gómez de la Serna. Quizá eso explique el inmarchitable atractivo de la ciudad.

jueves, 29 de julio de 2010

Enrique Baltanás: Audacia crítica


No se anda con rodeos Enrique Baltanás a la hora de reivindicar el teatro de los hermanos Machado. Si no interesa, viene a decir, es porque no se ha leído con atención o, algo peor, porque se ha leído desde el prejuicio. Para Baltanás, el gran teatro del primer tercio del siglo XX no es el de Lorca (“más lírico que dramático”) y, menos aún, el de Valle-Inclán, a quien califica de “vacuo” y de “inmenso ingenio de la nadería pretenciosa”.
La obra común de los hermanos Machado (Renacimiento) pretende dar un golpe de mano en el escalafón crítico: colocar arriba lo que está abajo, convertir en clásico un teatro generalmente desdeñado.
El método utilizado para ello consiste en la lectura atenta, en dejar “hablar a los textos” Más de una vez se cita al historiador Robert G. Colingwood: “Solo en la medida en que el historiador logra saber lo que ha ocurrido, sabe entonces ya por qué ha ocurrido”.
Pero pronto nos damos cuenta de que Baltanás no se limita a dejar hablar a los textos, que parte de una tesis y que en ella encaja de mejor o peor manera las obras. El teatro de los Machado es, a su entender, un teatro “inequívocamente cristiano”, sin que eso quiera decir que sea “un teatro religioso o devoto ni, mucho menos, un teatro didáctico, apologético o moralizante”. Y quizá lo sea, pero no aumenta ni disminuye su calidad literaria.
Con acierto señala Baltanás los errores de otros críticos (especialmente de Ian Gibson, biógrafo no demasiado dotado para la crítica literaria), que a veces ni siquiera parecen haber leído la obra que comentan, sino a críticos anteriores. Pero a menudo se deja llevar por su entusiasmo prejuicioso. Una y otra vez insiste en que, al contrario de lo que se ha dicho, Las adelfas es una comedia que nada tiene que ver con el psicoanálisis. Releemos la obra y comprobamos que es una interpretación más o menos irónica de las doctrinas freudianas entonces de moda sobre el mundo de los sueños: “Los sueños / son cajitas de sorpresa / más que teatro. Y advierte / que el preguntarte en qué sueñas / no fue de curioso, sino / de médico a la moderna. / Sí, ya los sueños pasaron / de manos de los poetas / a las del médico; ahora / ya no es culto, sino guerra / a los sueños. Hoy se tratan, / se estudian y hasta se operan, / llegado el caso”. Las adelfas es una comedia más cercana a Benavente que a Pirandello (a quien se cita alguna vez), que se lee con agrado, en la que no faltan los pasajes poéticos, pero que huele a naftalina, como todo el teatro de los hermanos Machado, como casi todo el teatro español de su tiempo.
La tesis de La obra común de los hermanos Machado resulta menos literaria que ideológica: en Antonio Machado (al igual que en Manuel, en quien resulta más evidente) el krausismo tiene menos peso que el cristianismo. No digo yo que no haya algo de verdad en ello. La religiosidad de Antonio Machado (como la de Galdós o Clarín y la de otros denostados anticlericales) era profunda y sincera, más verdadera que la de tantos católicos a machamartillo. “Siempre buscando a Dios entre la niebla” se definió Machado en algún poema. Pero eso no impide que su teatro sea un teatro menor, grato en la lectura (no todo, ni siempre), pero insostenible hoy en el escenario y muy lejano de la poesía de ambos. Y del teatro de Valle-Inclán, que queda allá en lo alto, en la cumbre del siglo, al margen de las diatribas del apologista cristiano que asoma por detrás del disfraz de renovador crítico literario que en esta ocasión ha querido endosarse el excelente poeta y notable investigador que es Enrique Baltanás.

jueves, 22 de julio de 2010

Gabriel Pozo: Lo que Emma Penella sabía


Gabriel Pozo
Lorca, el último paseo
Ultramarina, Granada, 2009
414 páginas


Un día de noviembre del año 2003, en la rotonda del Palace, la actriz Emma Penella recibe a un periodista. No es una entrevista más, consecuencia del éxito de una serie televisiva –Aquí no hay quien viva— que acaba de rescatarla del olvido. La entrevista es a petición suya. El periodista, que trabaja en El Ideal de Granada, ha publicado un reportaje sobre la implicación de algunos redactores de ese periódico, que ahora pertenece a otra empresa, en el asesinato de Lorca. El principal de esos implicados era precisamente el padre de la actriz, Ramón Ruiz Alonso.
Esa entrevista –que Emma Penella no quiso que se publicara antes de su muerte— constituye el mayor atractivo de Lorca, el último paseo, un libro descuidadamente escrito (la primera obra de Luis Rosales, Abril, se convierte en Azul), que no contiene nuevas revelaciones fundamentales sobre el asesinato del poeta, pero que sí está lleno de curiosos y conmovedores detalles.
Gabriel Pozo confirma lo fundamental. Fue la ambición política de Ramón Ruiz Alonso, el hombre de Gil Robles en Granada, quien puso a García Lorca en el disparadero. Ramón Ruiz Alonso era linotipista y redactor de El Ideal, el diario granadino de la empresa de El Debate, pero no era un empleado más del periódico: sus andanzas políticas (por dos veces resultó elegido diputado, aunque la segunda elección resultara anulada) ocupaban a menudo la primera página. Comenzada la guerra, solo los falangistas podían disputarle protagonismo en el nuevo régimen. Y contra los falangistas, tanto como contra el poeta, iba la denuncia que escribió apresuradamente a máquina en la redacción del periódico.
Cuando Gabriel Pozo entró a trabajar en El Ideal todavía quedaban viejos redactores que habían conocido a Ruiz Alonso, pero ese nombre solo se pronunciaba en voz baja y con miedo. Le costó conseguir algún dato sobre un redactor estrella que, sin embargo, había sido literalmente borrado de los archivos del periódico. Lo que le contaron fue que, durante un tiempo, se jactaba de la muerte de Lorca como su principal hazaña, como su mayor mérito para ocupar un puesto importante en el franquismo.
Pero el asesinato de Lorca supondría la muerte política de Ruiz Alonso. El eco que de inmediato tuvo en el extranjero, el descrédito que supuso para unos golpistas que se quisieron presentar como “defensores de la civilización occidental cristiana” (la frase es de Unamuno), hizo que el propio Franco quisiera saber lo que había pasado y tratara de desligarse del asunto, oficialmente solo un desdichado accidente obra de incontrolados.
Ruiz Alonso había cometido otro error. Su libro Corporativismo, publicado en 1937, en el que formulaba sus ideas para el nuevo régimen, llevaba un prólogo de Gil Robles, el apoyo fundamental en su carrera política. Pero Gil Robles, el hombre fuerte de la república de derechas, era ahora un peso muerto.
A Ruiz Alonso le pusieron un discreto negocio, una imprenta, en un barrio de Madrid y allí vivió durante casi cuarenta años, siempre temeroso, sin querer hacer vida social, dedicándose al cuidado de sus hijas, varias de las cuales llegarían a ser famosas. Él nunca les habló de su pasado. Emma Penella cuenta cómo se enteraron. En una fiesta, en la que había mucha gente del espectáculo y su hermana Terele, “que era guapísima y despampanante”, llamaba especialmente la atención, una conocida actriz dijo en voz alta, para que se enterase todo el mundo: “Quién se habrá creído esa que es, si es la hija del que mató a García Lorca”. Volvieron llorando a casa y le contaron al padre lo que había ocurrido: “Entonces mi padre se encerró en la planta de arriba y allí estuvo varios días sin salir ni siquiera a comer. Cuando tenía alguna crisis de este tipo, reaccionaba encerrándose varios días”.
El asesinato de Lorca, en la España de Franco, fue durante décadas un secreto a voces. En los primeros tiempos todos los que intervinieron en él se jactaron de haberlo hecho e incluso hubo bastantes que fantasiosamente se atribuyeron haber tomado parte en la “hazaña”. Pero luego, desde el propio régimen, llegó la consigna del silencio. Tuvieron que ser investigadores extranjeros quienes lo rompieran. Cuando uno de los primeros, Claude Couffon, publicó en 1951, en Le Figaro, el resultado de sus investigaciones, Luis Rosales amenazó incluso con matarle (quien tan bien conocía el asunto, callaba más que nadie y no había olvidado el matonismo falangista).
Todos sabían, y de ahí la críptica polémica que tuvo lugar en 1972 entre los diarios Ya, sucesor de El Debate, y El Alcázar. Por aquellas fechas se colocó una lápida en el teatro de la Comedia, donde se había fundado la Falange, y donde se representaba Yerma. Luis Apostúa escribió: “El retorno a la vida activa de la Falange es bien visible”. Y desde el falangista El Alcázar replicaron que, si Apostúa quería saber algo de la muerte de Lorca, que preguntara en su propia católica empresa.
Todos sabían, como en la Alemania nazi del exterminio judío, pero todos en la España del franquismo obedecieron la consigna de callar y mirar para otro lado. Y el que más calló fue el que más sabía, Ramón Ruiz Alonso.
Vivió con miedo en la España de Franco, pero cuando Franco murió ese miedo se convirtió en terror. Sin duda temió que, al cambiar las tornas, hicieran con él lo que él había hecho con tantos en la Granada de 1936. Se marchó a Estados Unidos, donde vivía otra de sus hijas, y allí murió en 1978. Antes de morir le contó a Emma Penella lo que la actriz le contó a Gabriel Pozo en la rotonda del Palace una tarde otoñal del 2003. Su padre había cargado con culpas que no eran solo suyas. Si denunció a Lorca, fue por órdenes superiores, órdenes que venían de Sevilla, de Queipo de Llano. Y no se trataba de matar a Lorca, por supuesto que no, solo de asustarle un poquito para que denunciara a Fernando de los Ríos, el político socialista que era el verdadero enemigo.
La piadosa patraña que Ruiz Alonso le contó a su hija antes de marchar a Estados Unidos era, sin duda, la que él se contó a sí mismo durante cuarenta años. Pero lo más probable es que ni él mismo llegara a creérsela.
En el asesinato de Lorca la justicia miró, y sigue mirando, para otro lado (ni siquiera considera necesario encontrar su cadáver), pero no por eso el principal asesino, el que puso en marcha el perverso mecanismo imparable, dejó de recibir su castigo. Y también sus hijas tuvieron que vivir con ese peso sobre el corazón. Cuando Emma Penella trajo las cenizas de su padre a España no se atrevió a poner su nombre sobre la tumba donde las depositó.
Este libro añade nuevos datos a una historia que aún no ha terminado de contarse. Sabemos ya que el asesino tiene una tumba sin nombre. Pero el asesinado, el desaparecido un día de agosto de 1936, todavía no tiene tumba.

jueves, 15 de julio de 2010

Rafael Alberti: Grandes hombres, pequeñas miserias


Rafael Alberti,
Obras completas. Prosa II. Memorias,
Seix Barral, Barcelona, 2009.
Edición de Robert Marrast.



En una vida caben muchas vidas. En la memoria de un hombre, la memoria de un siglo. Pero no hay memoria que no sea parcial, hecha de olvidos, de involuntarias metamorfosis y de voluntarios (o quizá también involuntarios) retoques. La de Rafael Alberti no podía ser una excepción.
Robert Marrast, que lleva ya más de medio siglo estudiando la obra de Alberti, publica ahora La arboleda perdida en edición por primera vez completa y minuciosamente anotada. El título llama a engaño porque no se trata de una obra literaria concebida como tal, sino de una serie de obras, de muy desigual concepción y calidad, que comparten título. Por eso Marrast propone llamarlas Las arboledas perdidas.
Comenzaron a escribirse estas memorias al final de la guerra civil, cuando el autor era consciente de que un telón ensangrentado caía sobre una parte de su vida. El primer libro de La arboleda perdida, donde evoca su infancia gaditana, apareció en 1942, el mismo año en que Luis Cernuda recordaba y mitificaba su infancia sevillana en Ocnos. Esas pocas páginas, que aparecieron en un volumen con otros relatos, no se completarían hasta 1959, cuando se les añade un segundo libro, muy citado en los manuales de literatura porque cuenta los inicios literarios del autor y de su afortunada generación, la que luego recibiría el nombre de generación del 27.
La arboleda perdida de 1959 fue durante décadas la única “arboleda perdida” y quizá sigue siéndolo. El segundo volumen, comenzado a escribir tras su regreso a España y publicado en 1987, tenía otra concepción. En su origen era una serie periodística. Los capítulos pueden leerse sueltos y en la mayoría de ellos las glosas a la actualidad del momento de la escritura ocupan tanto lugar como las evocaciones memorialísticas, siempre fragmentarias y algo repetitivas. Ya no hay voluntad de contar seguida y ordenadamente una historia que abarca demasiados años —desde 1931, fecha de la proclamación de la república, hasta 1977—, y años que encierran además demasiadas cosas: una frustrada revolución y un primer exilio, una guerra, otros exilios (primero en Argentina, luego en Italia), varios amores (Maruja Mallo, María Teresa León, Beatriz Amposta), una fiel militancia en un Partido que gustaba de devorar a los suyos y que poco a poco (aunque él siempre se negara a verlo) fue mostrando un rostro cada vez más siniestro…
Durante setenta años, desde que en 1917 llega a Madrid y al Museo del Prado, hasta 1987, Alberti es un adolescente que pasa por los períodos más trágicos de la historia de España y del mundo, protegido por la armadura de sus versos felices e inagotables y de sus lápices de colores.
Ese año termina su vida, su verdadera vida, sabiamente irresponsable, y comienza el triste epílogo que dura más de una década, hasta su muerte en 1999. El 18 de julio de 1987 un absurdo accidente –el automóvil en que vuelve de una fiesta es embestido mientras se encuentra parado ante un semáforo— le lleva durante un mes al hospital y le obliga luego a permanecer inmovilizado en casa durante largos días. Jornadas fructíferas, sin embargo, puesto que las aprovecha para convertir en volumen los capítulos sueltos de la nueva entrega de La arboleda perdida, “preparados minuciosamente con Benjamín Prado, quien me ayudó a repasar todas las múltiples páginas del texto, dándoles al fin el orden definitivo”. Pasaba la convalecencia en casa de su sobrina, rodeado de amigos y de niños: María del Mar, Rafael, “con sus trece años plenos de logradísimos dibujos”, Elenita y Cristina, “la naciente actriz, junto a unos melocotones helados y, cerca de un tablero, a Ángel, aspirante a arquitecto, cerca de unas acuarelas desvanecidas…”
Pero todos esos niños, lo mismo que sus familiares o los amigos poetas que le había acompañado tras su vuelta a España –Benjamín Prado, Luis García Montero, Luis Muñoz— desaparecerían en la nueva edición del libro, publicada en 1997. Ahora ya nadie le ha ayudado a preparar minuciosamente los textos, ningún niño le acompaña. ¿Pero son del propio Alberti esos cambios o de la admiradora valenciana que entonces entró en su vida y, en un audaz golpe de mano, logró apartarle de todo lo que hasta entonces había sido su vida y, matrimonio mediante, convertirse en la administradora única de su patrimonio literario? Nunca lo sabremos, aunque todas las evidencias apuntan en una misma dirección.
El mismo año en que se reedita, minuciosamente rasurado, el segundo volumen de La arboleda perdida se publica un tercero, que ya más que libro de memorias es una glosa periodística de los años ochenta y primeros noventa. De vez en cuando algún párrafo recuerda la brillantez de antaño, pero casi todo suena a sabido y consabido.
Robert Marrast, que en sus precisas notas recoge lo que Alberti –o quien fuera—quiso borrar, añade a los tres volúmenes de La arboleda perdida unas prescindibles “Visitas a Picasso” (lo que aquí se cuenta ya lo había contado mejor antes) y los artículos periodísticos de los últimos años no incluidos en libro. No son ni mejores ni peores que los incluidos, pero hay uno memorable que podía haber servido para prologar el conjunto. Se titula “De 1985 hacia 1902” y en él el autor, retrocediendo en el tiempo, jugando con la memoria, hace una brillante síntesis de lo que fue su vida. Una vida plena, en la que no faltó nada, pero que tuvo un epílogo triste para quienes le admiraban y querían y siguieron queriéndole y admirándole a pesar de todo: los diez últimos años.